LA PRINCESA REBELDE VIII
Palmira Ortega era una mujer de aspecto desagradable. Era alta y delgada, aunque eso no la convertía en una persona atractiva. De hecho, estaba en los huesos y su piel parecía acartonada. El hecho de que usara toneladas de maquillaje y llevara el pelo tintado de rubio no ayudaba en lo más mínimo. De habérsela encontrado por la calle, Elías jamás le hubiera dirigido la palabra. No obstante, todo lo que tenía de espantosa lo tenía de buena defensora y no dudó a la hora de contratar sus servicios. Tenía dinero suficiente como para permitírsela y no se equivocó. En menos de veinticuatro horas, ya tenía diseñado un plan de actuación.
—Le tendieron una trampa, señor Campuzano. He tenido acceso a los informes de los aurores y la señorita Virginia era en realidad un agente bajo los efectos de la poción multijugos.
Se había sentido muy asqueado al escuchar aquella información. No quería pensar en lo que había estado a punto de hacer. Si le hubiera hecho el amor a un hombre… Le daban ganas de vomitar con sólo imaginárselo. Se sentía estafado, como si hubieran pretendido abusar de él. Sin embargo, Ortega parecía contenta.
—Fue usted víctima de un engaño. Puedo conseguir que retrasen el procedimiento para comprobar las muestras de ADN, hasta que el oidor decida si fue legítima o no la forma de llevar a cabo la investigación.
A Palmira Ortega no le importaba lo más mínimo si era inocente o culpable. No se lo había preguntado ni una sola vez. De hecho, apenas le había dejado hablar desde que trabajaba para él. Ella sólo estaba interesada en utilizar todas las armas legales que tenía a su disposición para ponerlo en libertad.
—No va a ir a prisión, señor Campuzano. Le doy mi palabra.
Al principio no tuvo muchas esperanzas. Los aurores parecían bastante convencidos de disponer de pruebas suficientes para enviarlo a Atalanta. De hecho, esa misma tarde procederían a registrar su casa. ¿Qué cara pondría su mujer cuando llegaran y lo pusieran todo patas arriba? ¿Y si encontraban la caja con las braguitas de sus amantes? Tal vez Ortega pudiera dar una buena explicación para eso o tal vez no.
—Voy a conseguir que le concedan la libertad provisional. No va a pasar ni un minuto más en un calabozo.
Fue lo último que le dijo antes de abandonar la celda. Después, un guardia con cara de perro le llevó una botella de agua, un sándwich y una manzana. Y a esperar. Elías no dejaba de dar vueltas por el minúsculo habitáculo. No le gustaba nada estar encerrado. De pequeño, su madre solía castigarlo encerrándolo en un armario. Odiaba la oscuridad, el no poder correr libremente por las calles. No podría sobrevivir en Atalanta, eso lo tenía claro. No quería ir allí. ¿Qué diría la gente? ¿Qué pasaría con sus hijas?
Agitó la cabeza para aclarar las ideas. Ortega le había prometido que todo saldría bien. Era la mejor. Debía tener fe. Esa misma noche dormiría en casa con sus niñas. Le explicaría la verdad a su mujer. Hablaría con los directivos del equipo de quidditch para defender su inocencia. ¡Por Bargota! A esas alturas, la noticia de su detención debía estar en la prensa nacional. Era uno de los jugadores más famosos de la península. Esperaba que no se mencionase el asunto de las chicas. La gente no estaba preparada para entender a personas como él. Tal vez sería conveniente dar una rueda de prensa para contar la verdad, que todo había sido cosa de los aurores, que era inocente.
Perdió la noción del tiempo. El guardia hizo desaparecer la bandeja de comida ya vacía y alguien metió a un tipo gordo en la celda de al lado. A Elías le ponían muy nervioso los gordos. Aquel parecía estar borracho y se pasó un buen rato diciendo que él no quería robar nada, que había un gatito en un árbol. O algo parecido. Elías se dejó caer en su catre y cerró los ojos. Estaba tan agotado que se quedó dormido. Al despertar, Palmira Ortega estaba allí, acompañado por la auror que lo había detenido.
—Señor Campuzano. —La muy zorra le habló con frialdad—. Un oidor ha dictaminado su libertad provisional. Puede irse a casa, pero tiene la obligación de presentarse en el Cuartel de Aurores a diario. No puede abandonar el país y sus cuentas bancarias serán bloqueadas de forma temporal.
Tras decir eso, abrió la celda. Elías quiso protestar por aquello que consideraba injusto, pero Ortega le hizo un gesto para que guardara silencio. Tenía razón. Su situación era tremendamente complicada unas horas antes y al final sí que podría regresar a casa. Estaba claro que la bruja podía obrar milagros. Resignado ante la situación, siguió a la auror a través de los pasillos hasta que llegaron a la oficina central del Cuartel de Aurores. Todo el mundo se le quedó mirando. Parecían asqueados.
—Antes de irse, tiene que firmar unos documentos. Siéntese.
La auror le indicó que se acomodara en una silla. Le hizo caso. Con exasperante parsimonia, hizo aparecer una serie interminable de papeles y un bolígrafo negro. Mientras rubricaba una hoja tras otra, podía escuchar los murmullos a su alrededor. Se había convertido en el centro de atención. Incluso el Comandante López, cuya fotografía aparecía en los medios de vez en cuando, le estaba mirando. A su lado había un tipo tan alto como él. Tenía la cara roja y estaba tan tenso que parecía a punto de explotar. Ortega le susurró unas palabras al oído cuando se levantó.
—Es el agente que te tendió la trampa.
Era evidente que la mujer no se esperaba que reaccionara de aquella manera, pero estaba tan cabreado que no pudo contenerse. ¿Qué derecho tenía ese individuo a hacer lo que había hecho? ¡Acostarse con un hombre, por Bargota! ¡Qué asco! Con decisión, caminó hasta donde se encontraban. Tanto el Comandante de Aurores como el agente le miraron con pasmo. Elías venció a la repugnancia que sentía y logró sonreír.
—Siento que su plan haya resultado un rotundo fracaso. Tanto esfuerzo para nada. Ahora, regresaré a casa y seguiré con mi vida como si nada hubiera ocurrido.
Inclinó la cabeza con condescendencia. Amplió la sonrisa. Dio un paso atrás. Estaba preparado para darse media vuelta cuando el auror enorme le agarró del cuello y todo se volvió muy confuso.
Ocho. Nueve. Diez.
Los huesos de ese hijo de puta crujían con cada golpe. Al principio se había resistido un poco, pero ahora estaba prácticamente inconsciente. Cabía la posibilidad de que fuera el momento de detenerse. ¡Qué puñetas! Se lo merecía. A lo mejor el oidor había cometido la imprudencia de ponerlo en libertad para que pudiera seguir violando niñas, pero si le destrozaba el cráneo, quedaría inhabilitado de por vida.
—¡ARMERO!
La voz del Comandante López sonaba difusa. Desde que ese cabrón se burlara de ellos, Jorge sólo podía escuchar un ruido sordo dentro de su cabeza. No existía nada más que su puño estrellándose contra su cara. Alguien, tal vez el jefe, le agarró del pecho y tiró hacia atrás. ¡Bah! Sólo era una pequeña molestia. Podía seguir pegando y pegando y pegando. Por desgracia, otra persona le cogió del brazo derecho y otra del izquierdo y alejaron a su víctima.
—¡NO! ¡DEJADME, JODER! ¡DEJADME!
—¡ARMERO! ¡CÁLMESE!
El rostro del Comandante López estaba ahí delante. Parecía espantado. Le había agarrado de la cara y no tenía intención de soltarle. Justo detrás de él, Campuzano yacía en el suelo. Tenía que reventarle la cabeza. Dio un paso al frente y trató de zafarse de las manos de sus compañeros. El de la derecha era Domínguez. Estaba fuerte pese a ser tan chiquitín. Y la de la izquierda era Nunes. Podría con ellos. Eran dos enclenques.
—¡Si no se está quieto, le lanzaré un Desmaius!
El ruido de la cabeza estaba desapareciendo. El Comandante López hablaba muy en serio. Jorge bufó. Notó un escozor en los dedos y, al mirar, vio que los tenía llenos de sangre. Respiró hondo. Debía ser de Campuzano y, tal vez, un poco de la suya. Observó de nuevo a ese cabrón. Tenía la cara hecha polvo. No se movía. Sonrió con saña.
Genial.
—¡Esto es inadmisible! ¿Cómo se atreve?
¿Quién era esa? ¡Oh, sí! La abogada. ¿Si le daba una zurra a ella también, sería considerado machismo? Porque no le apetecía pegarle porque fuese una mujer, sino porque defendía violadores. Hija de puta. Cabrona.
—Cállese, Ortega.
A lo mejor no hacían falta golpes. A lo mejor una frase del Comandante López, pronunciada con muy mala leche, bastaba para cerrarle ese feo agujero que tenía por boca. A Jorge seguían sujetándole sus compañeros, pero el jefe ya le había soltado la cara. Estaba tomando las riendas del asunto.
—Avisen a los sanadores. Campuzano necesita que le atiendan en San Mateo. —Dicho eso, se volvió hacia Jorge—. Y usted. —El insulto murió en sus labios—. A mi despacho. Ahora.
Aún tenía ganas de seguir pegando a ese cabrón. De verdad que sí. El problema era que el comandante daba un poco de miedo. Domínguez y Nunes le soltaron, dedicándole una mirada desconfiada. Jorge llenó los pulmones de aire, cerró los ojos y procuró olvidarse de Campuzano. Era mejor seguir al jefe a su despacho, obedecer.
Se dio media vuelta y logró dar un par de pasos vacilantes. No se había dado cuenta, pero estaba temblando. Cuando la puerta se cerró a su espalda, la voz del Comandante López llegó alta y clara a sus oídos. El zumbido había desaparecido por completo.
—¿Qué cojones ha hecho, Armero?
Sacudirle a ese gilipollas.
No pudo hablar. Estaba empezando a comprender la magnitud de su error. Y le dolían los dedos.
—¡Se ha cargado la investigación, maldito imbécil!
—Yo no…
—¿Usted no, qué?
—Yo no estaba pensando.
José Vicente se rio.
—¡Oh, no hace falta que lo jure! ¡Es evidente, joder!
Jorge sintió la imperiosa necesidad de defenderse.
—¡Han soltado a ese violador!
Josevi dio un golpe sobre la mesa.
—¡Hemos seguido las instrucciones del oidor! ¡En un par de días nos habría dado luz verde para comparar el ADN! ¡Es usted un idiota, Armero! Ni siquiera merece que le llame auror.
—¡Señor!
—¿Se da cuenta de lo que ha hecho? ¡Ha agredido a un prisionero! ¡Ha abusado de su autoridad! Llevo años. ¡AÑOS! Luchando contra esa clase de comportamientos. ¿Qué debo hacer con usted, imbécil?
No lograba pensar con claridad. Le dolía la mano. Quería quitarse la sangre de ese cabrón de encima. Y lo peor de todo era que tenía razón. Se había cargado la investigación él solito. ¡Joder! Por su culpa, Campuzano podría seguir violando chicas.
—Lo siento, señor. He perdido la cabeza.
—Eso también es evidente.
José Vicente se dejó caer en su butacón. Tenía pinta de estar agotado.
—Lárguese de aquí. Vaya a la enfermería para que le curen esa mano y después recoja sus cosas. No quiero verlo por aquí en su puta vida.
Jorge le dirigió una mirada aterrada.
—¿Qué? Yo…
—¡QUE SE VAYA! ¡FUERA! Usted no es digno de vestir el uniforme de auror. Está suspendido de empleo y sueldo hasta nuevo aviso. Voy a asegurarme de que sea expulsado del cuerpo. No podrá ni ingresar en Seguridad Mágica.
—Pero, señor.
—Que se vaya. Ahora.
No podía ser verdad. El sueño de su vida hecho pedazos. Quería convencer al Comandante López de su arrepentimiento. Quería jurarle que no se volvería a repetir nada parecido, pero comprendió que no era el momento. Todos estaban muy alterados. Lo mejor era seguir sus instrucciones, desaparecer de su vista. Y curarse la mano porque, joder, cada vez le dolía más.
José Vicente había perdido la cuenta de los bollitos de chocolate que se había comido y, sinceramente, le importaba un pimiento. Estaba muy estresado y necesitaba relajarse comiendo cosas ricas. A la mierda el colesterol y los kilos de más. Abrió el paquete de Donetes y se metió uno en la boca. Enterito. Estaba riquísimo. El segundo se lo zampó enseguida. Cinco minutos después, arrojó el envoltorio a la papelera y conjuró un Bollicao. La basura muggle era lo mejor. Si Marina lo viera, diría que estaba fuera de control. Pues vale. Tendría razón, pero él al menos no daba palizas a nadie. A su estómago, como mucho.
Miró la hora. Eran las once de la noche y, aunque todo fuera un desastre, tenía que volver a casa. Engulló el Bollicao, deleitándose con el delicioso sabor del chocolate, y se puso en pie. Se desaparecía directamente, sin más miramientos. Sin embargo, unos golpecitos en la puerta le detuvieron. No podía ser Marina. Se cabreó bastante al ver a Roberto Peñalver. Para aguantar a chupatintas estaba él.
—¡Ah, Josevi! Sigues aquí.
Y encima le venía con confianzas. Pues no eran horas y él no estaba de humor, así que al carajo con la diplomacia del cargo.
—¿Qué quieres? Es tardísimo.
Peñalver entró al despacho como si le perteneciera y tomó asiento. Le señaló con un dedo y le sonrió afablemente.
—Tienes chocolate en la barbilla.
Lo que le faltaba. Se limpió con brusquedad y eliminó el rastro del crimen.
—Repito, ¿qué quieres? He tenido un día de mierda y no estoy para gilipolleces.
Peñalver no perdió la sonrisa. Cruzó las piernas en actitud relajada.
—Me consta. Ya sabes que mi trabajo consiste en enterarme de todo lo que ocurre entre los aurores y el personal de Seguridad Mágica.
Josevi entornó los ojos, harto. Muy harto, en realidad.
—El personal de San Mateo me ha comunicado que el señor Campuzano tiene una lesión craneal, aunque evoluciona de forma positiva. En un par de días le darán el alta.
—¡Qué maravillosa noticia!
El sarcasmo fue más que patente. Peñalver se rio. Debía estar medio chiflado.
—Desde luego, ha sido víctima de una agresión bestial, aunque perfectamente comprensible. Yo también me molesté cuando supe que un oidor había autorizado su puesta en libertad. Cualquier ciudadano decente lo hubiera hecho. No es de extrañar que una de sus víctimas haya perdido la razón de forma temporal.
Ese idiota quería llegar a algún sitio. Josevi tomó asiento y habló, haciendo acopio de la poca paciencia que le quedaba a esas alturas del día.
—Le pegó uno de mis agentes. Ha sido expulsado del cuerpo.
Peñalver alzó una ceja y juntó los dedos de las manos.
—¡Vaya! Eso no se corresponde con la versión que ha llegado a mis oídos.
—¿Cómo que no?
—Según tengo entendido, el señor Armero no estaba de servicio cuando agredió a Campuzano. Usted mismo le dio dos días libres después de que el sospechoso intentara abusar sexualmente de él.
No daba crédito a lo que estaba escuchando. Putos políticos, siempre tergiversando la realidad en su propio beneficio.
—Por supuesto, la señora Ortega ha presentado una denuncia contra él en Seguridad Mágica. Pretendía hacerlo en el Cuartel de Aurores, pero el señor Armero no usó la magia negra durante el ataque. Por consideración a los servicios prestados por el señor Armero desde que se graduó en la Academia de Aurores, he decidido poner a su disposición al mejor defensor que el Ministerio de Magia pueda proporcionar.
Josevi pestañeó. No supo ni qué decir. Sí notó el enfado subiéndole por la garganta. Estaba muy tenso cuando habló.
—Se lo repito. El auror Armero ha sido expulsado del cuerpo. Difícilmente podrá defenderle alguien del Ministerio.
Peñalver le observó unos segundos y se echó a reír.
—¡Por Bargota, Josevi! No hace falta tomar medidas tan extremas. Campuzano está bien. El señor Armero quedará absuelto gracias a su estado de enajenación mental transitoria. Llevaremos al responsable de las violaciones ante la justicia, más tarde o más temprano. No es necesario expulsar a nadie de ningún sitio.
Josevi lo comprendió todo de inmediato. Conocía bastante bien a los chupatintas y era consciente de que la decisión ya estaba tomada. El estómago se le revolvió. A lo mejor había comido demasiados dulces o a lo mejor el asco no le dejaba hacer la digestión. Pese a todo, se resistió un poco.
—Estás pasándote mi autoridad por el forro de los cojones, Roberto.
A la mierda las buenas palabras. Peñalver volvió a reírse.
—No seas exagerado, Josevi.
—Hasta donde yo sé, el que decide lo que pasa con mis agentes soy yo, no tú.
Pensó que era el momento de las amenazas. Tu cargo depende de mí y esas cosas. Pero no. Peñalver se acomodó en su asiento y habló con suavidad. Debía notar lo cabreado que estaba.
—¿De verdad quieres perder a un activo como Jorge Armero? He leído su expediente. Es un auror joven y capaz. Tiene un futuro muy prometedor por delante. No negaré que ha cometido un error muy gordo. Sé cuánto has luchado para acabar con la corrupción en el Cuartel de Aurores y te admiro por ello, pero no pasará nada porque levantes la mano una sola vez. Estamos hablando de un violador, Josevi. ¿Es más importante Campuzano que Armero? ¿Merece la pena destrozar su vida profesional para defender a un pederasta?
Apretó los dientes. Apartó la mirada. Tenía razón. Claro que la tenía, joder. Era fácil ser Comandante de Aurores y juzgar a la gente desde su posición, pero ése no era su trabajo. Él no debía juzgar, para eso estaban los oidores. Él debía perseguir y arrestar delincuentes. Hacer que la ley se cumpliera. Nada más. Traspasar esos límites equivalía a convertirse en alguien que nunca había querido ser.
Recordó aquel día, cuando tuvo a Tomás de Torquemada a su merced. Hubiera sido muy fácil ejercer de juez y verdugo. Ese hombre secuestró, violó, torturó y asesinó a su mujer. Todo el mundo le hubiera entendido. Él lo habría disfrutado y, sin embargo, se contuvo. Con todo el dolor de su corazón, se contuvo. Años después, no se arrepentía de haberlo hecho.
—Podemos alcanzar un punto intermedio con Armero. —Peñalver siguió hablando—. ¿Qué te parece una suspensión temporal? Un par de meses lejos del Ministerio. Y luego podrías degradarlo, mandarlo al archivo o a limpiar mierda de bús a la reserva de la Mancha. Darle la oportunidad de recuperar tu confianza.
Podría hacerse. Armero no había cometido demasiados errores en esos años. Era huraño y respondón y tenía cierta tendencia a la insubordinación, pero Peñalver tenía razón: prometía. Prometía muchísimo. Además, no andaba sobrado de aurores. Muy pocos conseguían graduarse en la Academia y algunos incluso abandonaban al poco de entrar en el servicio activo. Despedir a Armero era un lujo que no se podía permitir.
Vio a Peñalver levantarse de la silla. Parecía satisfecho. Había sembrado y sólo le restaba esperar para recoger los frutos. Josevi le observó mientras se ajustaba la chaqueta de su traje hecho a medida y se puso en pie a su vez.
—Nos vemos pronto, Josevi. Buenas noches.
Se marchó. Josevi conjuró un paquete de galletas Príncipe.
