LA PRINCESA REBELDE IX
Lorenzo se apoyó en la pared y encendió un cigarrillo. Desde allí tenía una vista espléndida de la entrada de San Mateo. Consultó la hora y cambió de postura, un poco impaciente. Por lo que sabía, a Elías Campuzano le darían el alta esa misma tarde. Había pasado dos días ingresado después de que un auror estuviera a punto de machacarle la cabeza. El asunto tenía su gracia. Los defensores del orden y la justicia enviando al hospital a sus prisioneros. Claro que podía entenderlo. Cualquier persona con dos dedos de frente se alegría de que semejante hijo de puta se hubiera llevado su merecido. Además, era una ventaja que estuviera en el hospital. Desde allí podría seguirlo, convertirse en su sombra hasta que llegara el momento de actuar.
Le había prometido a su hermano que lo haría pronto. Aunque Peñalver le había asegurado que Campuzano no se libraría de Atalanta, Tomás tenía sus dudas. La abogada que se había buscado era buena. Lorenzo la conocía bien. Una vez, contrató sus servicios para que ayudara a una de sus colaboradoras y salió bien librada. Incluso le sugirió a Vallejo la posibilidad de contar con ella, pero su antiguo socio se negó. Afirmó que ya tenía un defensor que le gustaba. Un gilipollas, en su humilde opinión, pero casi tan bueno como Palmira Ortega. Pese a todo, Lorenzo estaba convencido de que la justicia actuaría en favor de Blanca y las otras chicas. No. Él no lo hacía por eso. Quería vengarse. Y su hermano también. Lo que pasara después en prisión no sería asunto suyo. O tal vez sí. De hecho, ya se había puesto en contacto con un viejo compañero, Néstor Cobos. Cumplía condena por asesinato y le debía más de un favor. Se encargaría de cuidar de Campuzano tal y como se merecía.
Aunque su primer impulso fue el de estirar la espalda, Lorenzo permaneció impasible cuando vio salir a Campuzano del hospital. Estaba solo. Por lo que le habían contado, su mujer no había ido a visitarlo. Parecía dar crédito a las acusaciones de los aurores y le había enviado a San Mateo una pequeña maleta con ropa. Bien. Debía ser una mujer inteligente. Seguro que le aterraba la idea de que pudiera hacerles algo a sus hijas. ¿Sería capaz? En primera instancia pensó que no, pero uno podía esperarse lo peor de aquella clase de bestias. Hombres que eran presa de sus pasiones, incapaces de sentir empatía por nadie. Egoístas, traicioneros, cobardes.
Lo perdió de vista cuando una nube de periodistas le rodeó. No le pilló por sorpresa. La noticia de su detención saltó a la prensa el día anterior y no se hablaba de otra cosa. Campuzano era un hombre famoso, un deportista admirado. Un ejemplo a seguir. Lorenzo tiró el cigarrillo al suelo, pisó la colilla y se acordó de desvanecerla con un movimiento de varita. Lope siempre le regañaba cuando echaba basura en la calle. Al final no le había quedado más remedio que mostrar un mínimo de civismo. Se aproximó con cautela al grupo de gente y vio a Campuzano abriéndose paso casi a codazos. Sabía que pensaba hospedarse en el Warlock durante unos días, tal vez hasta que pudiera convencer a su mujer para que le dejara volver a casa. Pues bien, no le iba a resultar fácil llegar hasta allí. Los periodistas chillaban sus preguntas, sacaban fotografías e incluso grababan su imagen para la televisión del mundo mágico. A Campuzano le acompañaba su abogada, que comenzó a pedir la ayuda de las fuerzas de seguridad. Lorenzo se rio internamente. Nadie parecía interesado en velar por su bienestar. Aun así, una patrulla de Seguridad Mágica se personó en el lugar al cabo de un par de minutos y lograron escoltar al brujo con bastante efectividad. Campuzano entró en el Hotel Warlock con la cara roja y la ropa descolocada. Lorenzo esperó en el exterior hasta que la nube de periodistas se disipó y, entonces, lo vio.
Vestía de calle, pero era inconfundible. Jorge Armero era el auror más alto de todo el cuerpo. Una vez se había presentado en su oficina para hacerle preguntas relacionadas con esos negocios un poco ilícitos que tenía. A Vallejo incluso lo arrestó aquella vez que fue enviado a prisión. Y le había dado una zurra a Campuzano. Lorenzo se fijó en sus pantalones desgastados y en la camiseta vieja que traía puesta y no necesitó pensar demasiado para comprender lo que estaba haciendo allí. No quería perder de vista a Campuzano. Genial. Eso sólo servía para complicarle las cosas. Si quería llevar a cabo su venganza, tendría que librarse antes del puñetero auror. No tenía por qué resultarle demasiado difícil, pero hubiera preferido ahorrarse las molestias.
Jorge hizo crujir sus nudillos. Todavía le dolían un poco cuando abría y cerraba el puño. Se había roto un dedo mientras le daba la paliza a Campuzano. La sanadora que le atendió le había mirado con el ceño fruncido, como si tuviera ganas de echarle la bronca, aunque al final no le dijo nada. Tampoco era como si necesitara escuchar más reproches. Sabía que se había comportado como un imbécil y estaba arrepentido, pero al menos se había librado de la expulsión definitiva.
—Tres meses de suspensión de empleo y sueldo. —Mientras el Comandante López hablaba, parecía una marioneta dirigida sin su consentimiento—. El Departamento de Seguridad Mágica le asignará un defensor para que atienda su caso durante el proceso judicial. Deberá visitar a un psicomago para que examine su estado mental y determine qué tratamiento ha de seguir hasta que aprenda a controlar sus arrebatos de ira.
Teniendo en cuenta la magnitud de su cagada, el castigo no era demasiado severo. Por supuesto que no le hacía ni puta gracia la idea de ir al loquero, pero a lo mejor no le vendría mal. Toda esa situación lo tenía un poco desbordado y, aunque sabía que estar allí no le sería de ayuda, no podía controlarse. Necesitaba vigilar a Campuzano, asegurarse de que no volvía a acercarse a una niña en su puta vida. Sólo tenía que ser discreto. No podía ser muy complicado.
Los dos primeros días no hubo mucha actividad. Campuzano estaba todo el rato en el hotel, siendo visitado únicamente por su abogada. Jorge había conseguido que Nunes le soplara algunas cosas sobre la investigación. Por ejemplo, los de Seguridad Mágica habían encontrado una caja llena de braguitas, lo que a la postre fue la excusa perfecta para que el oidor agilizara del proceso para comprobar las muestras de ADN. En un par de días, podrían arrestarlo de nuevo. Ortega podía protestar una y mil veces, que su cliente estaba perdido. Ella lo sabía, los aurores también. Y Campuzano, por supuesto.
Tal vez por eso, esa noche salió a dar un paseo en solitario. Tenía prohibido usar la magia de forma cautelar, así que se camufló al estilo muggle: una sudadera y unas gafas de sol. Idiota. En mitad de la oscuridad, llamaba la atención más que sin ellas. Jorge le siguió a una distancia prudencial, preguntándose qué se le estaría pasando por la cabeza. Esas podían ser sus últimas horas en libertad. ¿Qué haría? ¿Buscar una niña para poner el último eslabón a su cadena de violaciones? Cuando encaminó sus pasos hacia el parque, Jorge casi tuvo la certeza de que iba a hacer justo eso. Pero no. Se limitó a sentarse en un banco, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en las tiras de madera. Jorge le observó en silencio, a la espera de que hiciera algo. Lo que fuese. Entonces, escuchó un susurro a su lado. Era la voz grave de un hombre.
—Eres una puta molestia, Armero.
Giró la cabeza de inmediato. A su lado estaba Lorenzo Salcedo. Al Comandante López no le gustaba. Todos en el Cuartel General de Aurores sabían que estaba metido en negocios turbios, aunque siempre se mantenía en un segundo plano y no tenían pruebas reales en su contra. Jorge no necesitó preguntarle qué estaba haciendo allí. Aunque viviera al margen de la sociedad, ese individuo seguía siendo hijo de su padre y hermano del Consejero de Política Exterior. Tío de la única víctima bruja de Elías Campuzano.
—Quiero que te des media vuelta y desaparezcas.
Sus instrucciones no podrían ser más clara. Jorge se removió. Campuzano no se estaba dando cuenta de nada.
—No pienso…
Salcedo sacó la varita y se la puso debajo de la mandíbula.
—No quiero hechizarte, Armero, pero lo haré. Te freiré el cerebro si hace falta.
Había sido muy tonto. En cuanto escuchó esa voz debió echar mano de la varita, pero se sabía indefenso. Salcedo estaba a un palmo de su cara y le miraba con frialdad. Daba casi más miedo así que si hubiera estado furioso. Y debía estarlo, después de lo que le habían hecho a su sobrina.
—¿Qué vas a hacer?
—Eso no es asunto tuyo.
—Soy un auror. No puedo dejar que lo mates.
Salcedo esbozó una sonrisa repleta de cinismo.
—¿De verdad crees que estás en condiciones de decidir algo?
No. No lo estaba. Tampoco quería enfrentarse a ese hombre. Salcedo le habló tranquilizadoramente.
—De todas formas, puedes estar tranquilo. No voy a cargarme a ese tipejo.
Bajó la varita. Jorge dio un paso atrás.
—Entonces…
—Tú lárgate.
Era extraño. ¿Le dejaba ir sin más?
—Si le haces algo, lo sabré. Los aurores irán a por ti.
Salcedo alzó una ceja. Tenía cierto aire de suficiencia un tanto desquiciante.
—No creo que vayas a decir nada.
—Soy un auror.
—Le partiste el cráneo a Campuzano. Me apuesto lo que sea a que encontrarás mis acciones… divertidas.
—¿Y si no es así?
Salcedo volvió a apuntarle con la varita. Pareció más curioso que amenazante.
—¿Quieres que te desmemorice?
Jorge no respondió. Salcedo se rio por lo bajini.
—Te deberé una, auror Armero. Ahora, lárgate.
No debía hacerlo. Salcedo había bajado la guardia, tenía una oportunidad de batirse en duelo con él. Velar por la justicia y la seguridad del mundo mágico y todo ese blablablá carente de sentido. Podría proteger a Campuzano y quedar de puta madre ante el jefe, pero no quería hacerlo. Campuzano le importaba una mierda. Si Salcedo le cortaba la polla y le obligaba a comérsela, pues sí que tendría su gracia. Y le debería un favor. Siempre era bueno que te debieran favores dentro de ese mundillo.
Jorge se dio media vuelta y camino rumbo a la calle principal del barrio mágico. Salcedo lanzó un hechizo. Campuzano se quedó inconsciente.
Soñó con Virginia. Con lo que pudo ser y al final no fue. Al despertar, se sintió asqueado. Virginia era un hombre y, ¿dónde estaba? ¿Por qué no podía moverse? ¿Qué demonios ocurría allí?
Intentó poner sus pensamientos en orden. Lo último que recordaba era haber estado en el parque, intentando encontrar una forma para que su mujer le dejara ver a las niñas. Después, nada. Observó el lugar en el que se encontraba. Parecía un almacén abandonado. Había cajas rotas por aquí y por allá y las paredes estaban llenas de humedad. Olía a salitre. ¿Le habían llevado junto al mar? ¿Quién?
—Así que ya te has despertado.
Dio un respingo. Cuando quiso hablar, descubrió que no podía hacerlo. La voz había sonado a su espalda, así que giró la cabeza. Sólo acertó a ver la sombra de un hombre que era incluso más alto que él.
—Te estarás preguntando quién soy. —Avanzó hasta ponerse frente a él. Tenía el pelo largo y una barba espesa y bien cuidada. Le sonrió, afable—. Mi nombre es Lorenzo Salcedo, el tío de Blanca.
Elías abrió desmesuradamente los ojos. No podía ser verdad. Su corazón comenzó a golpear con fuerza contra su pecho y el sudor se le escurrió por las sienes. Su secuestrador se rio.
—No hay necesidad de ponerse tan nervioso. No voy a matarte y tampoco utilizaré la cruciatus contigo, aunque te confieso que es una idea muy tentadora. No me gustan los violadores, ¿sabes? —Salcedo conjuró una caja y se sentó frente a él—. A lo largo de mi vida he conocido delincuentes de toda clase y condición. —Al hablar, jugueteaba con la varita—. Una vez conocí a un tipo que robaba los gatos de sus vecinos y hacía empanadas con ellos. ¿Te imaginas a quién regalaba después las empanadas? —Se rio otra vez—. Sí. Un ser repugnante. Tenía los dientes podridos y, sin embargo, no me producía ni un tercio del asco que me dais los que sois como tú. Un abusador de niñas. ¿Se puede caer más bajo?
Elías se removió. Si pudiera hablar, se defendería. Intentaría explicarle que siempre fue amable con las chicas, que no les hizo daño, pero Salcedo no tenía pinta de querer escucharle. Hacía rodar la varita entre sus dedos y hablaba.
—No voy a perder el tiempo con el típico discurso del villano de las películas. ¿Sabes a qué me refiero? Eso de pasarme horas explicando por qué hago lo que hago. Creo que lo sabes bien. Sí te diré cómo funciona el hechizo que voy a lanzarte. Es el invento de una mujer, una auténtica hija de puta que sentía por los violadores la misma simpatía que yo. —Llegado a ese punto, le apuntó con la varita a la entrepierna—. Tranquilo. No voy a caparte. Conservarás intactos tus órganos reproductivos, aunque te aseguro que llegará un momento en el que tú mismo querrás arrancártelos de cuajo.
Agitó la varita. No pronunció verbalmente el hechizo. Un rayo de luz rosada le dio en sus partes masculinas.
—Cada vez que te excites, cada vez que pienses siquiera en mantener relaciones sexuales, sentirás el dolor más espantoso que puede experimentar un hombre. Es peor incluso que la cruciatus. Cuando recuerdes a tus víctimas, cuando recibas cualquier clase de estímulo. En definitiva, cada vez que se te ponga dura, quieras o no quieras tú, sufrirás un tormento que durará horas y que nada ni nadie podrá calmar. Disfruta de tu futuro, hijo de puta.
Estaba hiperventilando. No daba crédito a lo que escuchaba. Salcedo sonrió con sadismo.
—¿No me crees?
Lo que pasó a continuación no sólo le produjo dolor físico. Por un instante supo cómo podrían haberse sentido sus víctimas y se arrepintió. Un poco, hasta que comenzó a sentir ese tormento y supo que no podría soportarlo más veces. Cuando Salcedo se dio por satisfecho, pronunció una última palabra de despedida.
—Obliviate.
Campuzano llegó al hotel bastante temprano. Estaba de una pieza. De hecho, parecía relajado y feliz, como si nada hubiera ocurrido. Jorge frunció el ceño. No podía ser verdad. ¿A qué venía el numerito de Salcedo? Tal vez se tratara de algo que no podía verse a primera vista. En cualquier caso, no pensaba bajar la guardia hasta que ese hijo de puta estuviera en prisión.
"Hecho"
Tomás se regocijó mientras leía la palabra. Cerró los ojos y se imaginó el sufrimiento de Elías Campuzano. Después, fue hasta el dormitorio de Blanca. Estaba dormida. En San Mateo le habían dado unas pociones cojonudas para dormir sin soñar. Se acercó a ella, acomodó mejor la sábana con la que se cubría y le dio un beso en la sien.
—Vas a estar bien, mi vida. Te lo juro. Pronto todo esto no será más que un mal recuerdo.
Se tumbó junto a ella. Le alegró que no se apartara. Había sufrido mucho, todos lo habían hecho, pero tenían todo el tiempo del mundo para construir un nuevo futuro.
Se lavó las manos por enésima vez. Después de tocar a ese hijo de puta se sentía asqueado, aunque había merecido la pena contemplar su sufrimiento. Cuando fue al dormitorio, Lope estaba leyendo. A veces tenía problemas para dormir y se quedaba despierto hasta tarde. Loren se metió en la cama y apoyó la cabeza en su pecho. Lope sonrió y enredó los dedos en su cabello.
—Así que estamos mimosos.
Sintió la necesidad de excusarse, aunque sólo dijera la verdad a medias.
—Es por lo de Blanca.
Lope le besó la cabeza.
—Ya lo sé. Es muy duro, pero ese cabrón va a ir a la cárcel, ¿no?
—Eso parece.
Lope no dijo nada más. Dejó el libro, se tumbó del todo y lo acogió en sus brazos. Por lo general, Loren era más rudo y se resistía a los abrazos de enamorados, aunque sólo fuera en apariencia. Esa noche cerró los ojos mientras Lope le acariciaba la espalda. Cada vez que subía y bajaba, el recuerdo de lo acontecido en el almacén se volvía menos nítido hasta que se durmió.
