LA PRINCESA REBELDE X
En esa ocasión, Lorenzo no irrumpió en la casa de Vallejo como un elefante en una cacharrería. Se apareció en el jardín y tuvo la decencia de llamar a la puerta. Habló en cuanto Ricardo le abrió.
—El libro.
Aurora Carballeira había sido una bruja bastante imaginativa a la hora de idear conjuros. Estaba claro que poseer uno de sus grimorios podía llegar a ser algo bastante práctico, pero no lo quería. Le picaba en las manos. Cada vez que veía su caligrafía, se acordaba de Fabián. Ese hijo de puta debió dejar de doler hace tiempo, aunque no era así. Recordarle era volver a sentirse totalmente gilipollas e indefenso.
Ricardo le observó con los ojos entornados, recuperó el libro y lo hizo desaparecer con un ligero movimiento de varita. Después, le invitó a entrar. No se privó a la hora de hacer aquel comentario.
—¿Has venido a gritarle a mi hijo?
Lorenzo bufó.
—¿Todavía estás cabreado por eso?
Ricardo sonrió. No. No lo estaba. Caminaron juntos hasta la sala de estar y se acomodaron en los sillones.
—¿Dónde está Darío?
—En casa de su madre. ¿Te apetece tomar algo?
—Un coñac.
Ricardo alzó las cejas como si considerara que su elección era interesante. Lorenzo era más de whisky. De todas formas, hizo aparecer una botella y una copa.
—¿Tú no quieres nada?
—No son horas de beber.
Lo dijo con cierta mala leche. Lorenzo bufó y le dio un trago a la bebida. Seguro que Ricardo tenía razón. Eran las nueve y media de un miércoles. En condiciones normales, él tampoco hubiera tomado nada. Pero las condiciones no eran normales en absoluto. Ricardo estiró los brazos en el respaldo del sofá y cruzó una pierna sobre la otra.
—¿Me vas a decir ahora para qué querías el libro?
—¿Pretendes que me crea que a estas alturas no lo sabes?
Ricardo sonrió, aunque las circunstancias no tuvieran ninguna gracia. Lo conocía demasiado bien como para someterle a un interrogatorio. Estaba claro que nadie en esa habitación necesitaba que entrara en detalles.
—Supongo que en el libro había unos cuantos hechizos de tu interés. —Lorenzo asintió—. Seguro que escogiste el más divertido. —En esa ocasión sólo levanto una ceja—. No hace falta que entres en detalles. No quiero convertirme en tu cómplice.
Eso tenía gracia.
—Tú me diste el libro. Ya eres mi cómplice.
—Desconocía tus planes.
—Si te hubiera dicho algo antes, ¿no me lo hubieras dado igual?
Ricardo no movió un músculo. Lorenzo bebió un poco más de coñac. Era agradable sentir el calorcito bajando por su garganta.
—¿Cómo está tu sobrina?
Su mirada se ensombreció. Clavó los ojos en la copa y suspiró, negando con la cabeza. La venganza había sido dulce. Se sintió genial mientras desgraciaba a ese cabrón, pero en el fondo no sirvió para nada.
—Ha empezado a hablar con una psicomaga. Cree conveniente que retome su vida normal cuanto antes. Este sábado volverá a la schola de magia y el lunes, al instituto muggle.
Ricardo asintió con la cabeza y se quedó pensativo durante un rato. Lorenzo tampoco dijo nada. A lo mejor se estaba planteando la posibilidad de pedirle a Darío que le echara un vistazo a Blanca, aunque no serviría de nada. Lo único que quería su sobrina era que nadie se enterara de lo que le había pasado. Hasta el momento, en la prensa estaban siendo del todo respetuosos con la identidad de las víctimas de Campuzano.
—Creo que puedo ayudar a Blanca.
Eso sí que no se lo esperaba. Ricardo modificó su postura y le miró a los ojos.
—En el Grimorio de Carballeira hay un hechizo muy interesante. Es una forma de manipular los recuerdos sin borrarlos del todo. Permite que una persona se distancie emocionalmente de aquellos traumas que haya sufrido. Con los años, he tenido ocasión de estudiarlo con detenimiento y sé hacerlo. Si tú quieres… —Ricardo se interrumpió—. Si tu hermano y tu cuñada quieren y Blanca da su consentimiento, puedo hacerlo hoy mismo.
Lorenzo estaba boquiabierto. Ricardo había hecho algo más que meter las narices en sus asuntos familiares: había buscado la forma de aportar algo positivo. Le miró fijamente, recordando que un día intentó matarlo. Había sido tan gilipollas cuando era un chaval. Aún seguía siéndolo a veces. Se sintió conmovido, dispuesto a confiar en él.
—En mi opinión, a tu sobrina deberían desmemorizarla. —Ricardo seguía hablando—. Cuando alguien sufre una agresión de ese tipo, sobre todo siendo tan joven, deberían quitarle esos recuerdos. No sé por qué el Ministerio no lo autoriza. Podrían conservarlos en un pensadero para el juicio y librarlos de ese dolor. —Agitó la cabeza, como si aquello le decepcionara muchísimo—. Pero la ley es la ley. No nos queda más remedio que respetarla.
Ahora sí tuvo que reírse.
—Que tú digas eso, Vallejo.
Puso cara de inocencia absoluta.
—¿Yo? Soy un ciudadano perfectamente respetuoso con la ley.
Lorenzo agitó la cabeza. Se sirvió un poco más de coñac. Guardaron silencio durante casi un minuto.
—Hablaré con mi hermano.
—Avisadme cuando sea, Loren. Estaré preparado.
Tomás debía reconocer que siempre había mirado a Ricardo Vallejo por encima del hombro. Dada su posición en el Ministerio de Magia, sabía perfectamente que no amasó su fortuna de forma honrada. Roberto le había comentado alguna vez que nunca habían encontrado pruebas en su contra, que oficialmente era un hombre inocente, pero le daba igual. Jamás lo había invitado a una de sus fiestas, siempre se había asegurado de que no lo tuvieran en cuenta durante los eventos ministeriales, de que lo ningunearan. Daban igual sus aportaciones económicas a San Mateo o que el Hogar Mágico para Brujos Huérfanos se mantuviera casi de forma exclusiva gracias a sus donaciones. Era un delincuente. Estaba por debajo de la gente honrada. Nunca tendría acceso a su círculo social. Incluso había estado en la cárcel. ¿Qué más necesitaba saber para no querer tenerlo cerca?
El hecho de darle la bienvenida en su casa fue sorprendente para todos. Había intentado ser claro con Lorenzo.
—Ni hablar. No me fío de él.
Su hermano no era de los que se dejaban amilanar.
—Ricardo sabe lo que se hace. Es un brujo muy capaz. Sólo quiere ayudar a Blanca.
—Es un puto delincuente. Debería estar en prisión. Lo sabes bien.
Loren había bufado.
—No es más delincuente que yo, Tomás. O que tú mismo.
No hizo falta que le recordara lo que le había pedido. Tomás se regocijaba cada noche imaginando a Campuzano retorciéndose de dolor. Sí. Se había salto la ley, pero sus acciones estaban justificadas.
—He visto a Ricardo trabajar con los hechizos desmemorizadores. Blanca va a estar bien. No hace falta que te fíes de él, Tomás, pero sí debes confiar en mí.
Se tiró de cabeza a la piscina. Vallejo estaba bajo el umbral de la puerta, vestido con una camiseta y unos vaqueros y con el pelo de la cabeza encrespado. Tenía pinta de haberse dado una ducha recientemente. Era raro verlo de esa guisa. Siempre que se lo había encontrado llevaba puesto un traje a medida. ¡Por Bargota! Era tan presumido y soberbio.
Loren carraspeó, impaciente. Llevaba mucho rato mirando al recién llegado sin decir nada. Después, le estrechó la mano y se presentó. Nunca nadie lo había hecho de forma oficial. Tomás se había negado en rotundo. Una vez dentro de la casa, y antes de llevarlo al dormitorio de Blanca, Tomás lanzó su amenaza.
—Como le hagas daño, te voy a joder la vida.
Loren se envaró. Vallejo, sin embargo, le miró con comprensión. Le sorprendió que fuese tan honesto con él.
—Yo también tengo un hijo, Salcedo. Sé lo que duelen. Lo único que quiero es aliviar el sufrimiento de Blanca. Le juro por mi magia que no saldrá lastimada.
Tomás se quedó sin palabras. Incluso Loren parecía un poco desconcertado. Carraspeó y comenzó a caminar por el pasillo. Blanca estaba junto a su madre, con la cabeza apoyada en sus piernas y los ojos cerrados.
—Chicas. Vallejo ha llegado.
Su esposa miró al brujo con la mandíbula apretada. Blanca puso sus ojos azules sobre Ricardo. Estaba temblando. Ricardo se adelantó, cogió una silla y se sentó frente a ella. Quería ponerse a su altura.
—Hola, Blanca. Soy el padre de Darío. Le conoces de la schola de magia.
La chica asintió. Siempre le había parecido un idiota inmaduro.
—Y del insti. —Añadió en un susurro.
—Sí, también. —Ricardo asintió—. ¿Tus padres te han explicado por qué estoy aquí?
—Sí.
—¿Tú estás conforme, Blanca?
Dudó. Se mordió el labio inferior, alejándose un poco de su madre.
—¿De verdad me puede ayudar?
—No puedo hacer que olvides lo que pasó, pero cuando termine con el hechizo, lo verás todo desde otra perspectiva. Como si le hubiera pasado a otra persona.
—¿Cómo si fuera una película?
—Eso es.
Blanca se quedó pensativa. Tomás tenía los puntos apretados. Su mujer acariciaba el cabello de la niña. Lorenzo estaba inmóvil, observándolo todo con atención.
—¿Pueden quedarse mis padres?
Era obvio que Vallejo no podría echarlos de la habitación ni usando una imperdonable.
—Claro que sí. —Ricardo miró a los adultos—. Sólo les pido que permanezcan callados y no interrumpan el proceso. Es muy importante que no me desconcentren.
Su mujer fue la primera en comprometerse. Tomás lo hizo a regañadientes. Lorenzo aprovechó el momento para abandonar el cuarto y cerrar la puerta. Sus otros sobrinos no estaban en casa. Si regresaban, debía mantenerlos apartados.
Fue a sentarse al sofá. Permaneció allí durante casi una hora. Le hubiera gustado contemplar a Ricardo mientras realizaba el hechizo. Aunque le costara reconocerlo, era una cosa fascinante de ver. Si había dos clases de magia en las que su viejo socio era un experto, eran los hechizos desmemorizadores y los encantamientos. ¡Joder! Dudaba que hubiera otro igual de bueno en toda la Federación. No era imbatible en duelos y lo suyo con las pociones era una relación de odio-odio sin remedio, pero sus encantamientos eran una maravilla. Lo que había hecho con las protecciones de su casa no tenía nombre.
Se puso en pie en cuanto escuchó voces en el pasillo. Tomás y Blanca acompañaron a Ricardo hasta la sala. Parecían más relajados, más confiados. Su hermano incluso lo miraba de otra forma. Con menos desprecio, como si acabara de descubrir a un nuevo Vallejo y su mundo anterior se hubiera derrumbado.
—Es bueno que duerma hasta mañana. Va a estar bien.
Se despidieron dándole las gracias. Loren decidió irse con él. Necesitaba conocer más detalles de lo ocurrido, así que lo acompañó a su casa. Lo primero que hizo Ricardo al llegar fue tirarse en el sofá y cerrar los ojos. Estaba agotado.
—El hechizo, ¿va a funcionar?
Ricardo asintió.
—¿Qué te pasa? Tienes una pinta horrible.
Ricardo suspiró.
—Las contraprestaciones, Loren. Eso pasa.
—¿De qué puñetas estás hablando?
—Las emociones de Blanca. —Hizo una pequeña pausa mientras se frotaba el puente de la nariz—. Ahora son mías.
Otra vez conseguía dejarlo pasmado. Lorenzo se sentó a su lado.
—¿Estás bien?
—Lo estaré. Esto sólo es algo temporal, pero necesito acostumbrarme.
—¿Seguro?
Ahora sí, Ricardo lo miró. Sonrió.
—Seguro.
Fue algo repentino. Los ojos se le llenaron de lágrimas y contuvo el llanto a duras penas. Se había pasado las últimas semanas cabreado, odiando a Campuzano, anhelando el momento de cortarle los huevos con sus propias manos. Muchos días de tensión absoluta y ahora esto. Pero no iba a llorar. No delante de ese cretino gilipollas. Carraspeó y buscó la forma de ser útil. Si se mantenía ocupado, no tendría que sentirse así.
—¿Necesitas algo?
—Sólo un poco de silencio. Y que mañana vengas a cenar.
—¿Mañana?
—Es viernes. Darío viene y no quiero que me pille con la guardia baja. Además, tienes que disculparte con él por haberle gritado.
—No le grité.
No demasiado.
—Querías pegarle, Loren.
—Porque estaba ofuscado. —Bufó. Era difícil mantener las emociones bajo control—. Nunca le haría daño.
Lo quería, joder. Lo había visto crecer. Daría un brazo entero por protegerlo. Quién sabe si algo más.
Ricardo volvió a sonreír.
—Ya los sé. ¿Vendrás?
—¡Qué remedio! Pero que Mary no haga ninguna de esas guarrerías británicas que tanto te gustan.
—Nada de pastel de riñones, lo prometo.
Loren volvió a bufar. Ricardo se quedó callado. Al cabo de un rato comprendió que se había quedado dormido y se planteó la posibilidad de largarse. No lo hizo. Lo observó con detenimiento, pensando en lo mucho que habían cambiado las cosas desde que se conocieron. Era como si hubiera pasado en otra vida.
Al final, Armando Castillejos fue el oidor del caso Campuzano. Era un hombre de edad indescifrable que tenía el pelo blanco y los ojos verdes. Tenía una barba bien cuidada y una voz aterciopelada que era famosa entre sus colegas de profesión. Decían que a todos los presos les gustaba ser condenados escuchando dicha voz.
José Vicente estaba satisfecho con la elección. Peñalver fue en persona a informarle. No había que ser muy listo para darse cuenta de que había estado metiendo sus tentáculos por aquí y por allá. Estaban en el despacho del Comandante de Aurores, comentando las últimas novedades. Como cabría esperar, las pruebas de ADN demostraron que Campuzano era el autor de las violaciones. Vaya idiota. Se había creído muy listo cubriendo el rastro mágico y lo habían pillado gracias a los muggles. A priori todo parecía ir divinamente. Las pruebas en su contra eran irrefutables y Palmira Ortega parecía dispuesta a abandonar el barco. Presumía de no haber perdido un caso en su vida, aunque no decía que siempre se retiraba cuando era consciente de la inminente derrota. A Campuzano lo habían mandado a Atalanta a la espera del juicio, que tendría lugar a principios del año próximo. La parte negativa era que la investigación no estaba cerrada del todo. En su caja de trofeos, el personal de Seguridad Mágica encontró un total de doce braguitas. Eso significaba que aún les faltaban muchas víctimas por identificar. A Josevi se le antojaba una tarea imposible. Si las chicas eran muggles y Campuzano se negaba a confesar (porque, de hecho, se negaba), era posible que nunca las encontraran. En su opinión, el oidor ya estaba tardando en autorizar que se le administrase la veritaserum para arrancarle la verdad. O la legeremancia. Josevi no estaba contento con la idea de meterse en la cabeza de alguien tan repugnante, pero lo haría si con ello conseguía la máxima condena que permitía la ley mágica. Cincuenta años en Atalanta se le antojaban demasiado poco para semejante bastardo.
—Es una alegría para todos que el asunto se haya resuelto de forma tan satisfactoria —decía Peñalver en ese momento.
—A mí no me parece que sea satisfactorio en absoluto. Las víctimas siguen sufriendo por lo que ese canalla les hizo, pero eso podría solucionarse si los de tu cuerda os ponéis de acuerdo. —Josevi habló claro.
—¿A qué te refieres?
—A que os dejéis de gilipolleces y permitáis que las víctimas de abusos sean desmemorizadas. No entiendo por qué tenéis tantos remilgos, la verdad.
Peñalver le observó con atención.
—¿Por qué crees que tengo algún poder para solucionar eso?
—Por la misma razón que Jorge Armero sigue siendo auror o el oidor Castillejos está al mando ahora. Tú y los de tu calaña tenéis el poder para hacer lo que os salga de los huevos.
Peñalver resopló e hizo un vano intento por defenderse.
—Eso no es así, Josevi.
—Llevo muchos años en mi puesto. Sé cómo funcionan las cosas en las altas esferas. Tu antecesor en el cargo estuvo a punto de lograr que me expulsaran. De hecho, no sé por qué permitiste que me quedara.
—Porque cumples con tu obligación.
—Pero no soy un pelota de mierda.
Peñalver se rio, cruzando los brazos.
—Hay muchos de esos rondando por el Ministerio. Sentir tu desprecio es liberador.
Josevi bufó y masculló unas palabras entre dientes.
—Mi desprecio, dice. —Peñalver no le entendió hasta que aclaró su voz—. ¿Lo vas a intentar al menos?
—No pierdo nada, pero te advierto que no soy omnipotente.
—Me conformo con eso. —Josevi extendió las manos sobre la mesa—. Si me disculpas, tengo muchísimo trabajo pendiente.
Peñalver soltó una carcajada.
—Lo que decía. Siempre tan amable.
Dicho eso, se largó. Josevi se frotó los ojos en cuanto se quedó a solas. Esperaba que ese idiota lograra hacer algo bueno por las víctimas de agresiones. Era lo mínimo que necesitaban para recuperarse de su tormento. Después, se puso manos a la obra, procurando no pensar en lo mucho que le irritaban los hombres como Peñalver. Al fin y al cabo, no le quedaba más remedio que soportarlos.
Néstor Cobos medía un metro y cincuenta y siete centímetros. Aunque era un hombre bajo, siempre fue el más alto de toda su familia. A veces se preguntaba si, de haber tenido hijos, éstos le hubieran superado en altura. Ciertos cretinos solían reírse de él la primera vez que lo veían y eso fue lo que hizo Elías Campuzano aquella mañana, en Atalanta.
Campuzano era un tipo enorme. Néstor tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarle a la cara y descubrir que tenía una sonrisita en los labios. ¡Ah, qué iluso! Se pensaba que el statu quo de la cárcel se basaba en la altura de los presos. Tal vez podría haberle dado un margen para que se suavizara un poco, pero le había prometido a Lorenzo Salcedo que le daría una calurosa bienvenida. La que se merecía todo aquel que iba por el mundo violando niñas.
Campuzano estaba sentado en el patio. Llevaba una semana en prisión y procuraba mantenerse alejado de los otros reclusos. Decía que pronto quedaría en libertad, que tenía una defensora cojonuda. Que un hombre tan famoso como él no podía estar encerrado. La sociedad mágica no lo permitiría.
Néstor se sentó a su lado. Había ido hasta allí solo, aunque sabía que sus socios de la prisión estaban atentos. Pensó en Salcedo. Se habían conocido cuando ambos trabajaban para Provenzano. Le había salvado el pellejo un par de veces e incluso le advirtió que se alejara justo antes de que la empresa del jefe se viniera abajo. Le debía algo más que la vida. Salcedo lo sabía y, pese a ello, sólo una vez había recurrido a él. Fue cuando Ricardo Vallejo entró en prisión. Néstor se comprometió a dejarlo en paz si Vallejo mantenía un perfil bajo. Y ahora esto. Lo de Campuzano era distinto. Se había metido con la familia de Salcedo. Era imperdonable.
Le sonrió. Campuzano le miró como si fuera un insecto al que podría aplastar de un solo puñetazo.
—Así que tú eres ese famoso jugador de quidditch —comentó a modo de saludo—. Reconozco que no soy un gran fan del deporte, pero todo el mundo habla de ti. ¿Qué te parece Atalanta?
Sonaba amigable. Campuzano se encogió de hombros.
—No es como lo imaginaba.
Néstor sonrió.
—Hay gente que piensa que es como Azkaban. Yo pasé quince días en Azkaban. Tuve un pequeño problema en la frontera, aunque se solucionó pronto. Esa prisión sí que era un agujero inmundo. Aquí tenemos celdas limpias, el patio y las duchas. Y la comida es bastante decente. En Azkaban ponían un engrudo repugnante. Adelgacé cinco kilos durante esos quince días.
Campuzano le miró como si estuviera harto de la conversación.
—¿Qué quieres de mí?
Néstor amplió la sonrisa.
—Intento darte la bienvenida.
—Pues no me apetece hablar con nadie. Déjame.
Campuzano se removió, sin duda intentando parecer desafiante. Néstor apoyó las manos en la fría piedra de la bancada en la que reposaba su trasero. Decidió que era el momento de dejar atrás la charla insustancial.
—Me han dicho que te gustan las chicas jóvenes.
Campuzano se puso tenso. Fijó los ojos en el muro de enfrente.
—Son encantadoras. Tan suaves, tan inocentes. Introducirte en su interior es como alcanzar la gloria. Vamos. Háblame de ellas. No hay mucha gente que pueda entendernos.
Vio cómo se lamía los labios y se dio cuenta de que el muy hijo de puta se estaba empalmando. No necesitaba más para ser consciente de que ayudaría a Salcedo. Y lo haría encantado, por supuesto. Iba a proferir su amenaza cuando Campuzano dio un respingo y comenzó a sudar profusamente.
—¡Joder! ¿Qué mierda…?
Aulló de dolor. Néstor se puso en pie y se alejó de él. No quería que los guardias pensaran que le había hecho algo.
—¿Qué te pasa?
No pudo responder. Campuzano intentó levantarse, pero cayó de rodillas al suelo y se llevó la mano a la entrepierna. Gritó. La cara se le había puesto blanca. Néstor frunció el ceño.
—Te dejo con tus cosas. Ya hablaremos luego.
Se alejó de él. De todas formas, amenazarle en ese estado no le hubiera servido de nada. Néstor había tenido ocasión de torturar con la cruciatus y aquel cabrón parecía estar sufriendo la misma clase de dolor. Por el rabillo del ojo vio a dos guardias acercándose. Intercambió una mirada con sus compañeros y asintió. Con advertencias de por medio o no, Campuzano pronto se llevaría su merecido.
