LA PRINCESA REBELDE XI
Eloy tenía una cicatriz enorme en la parte baja de la espalda. Se la había hecho su madre con un hechizo que imitaba los movimientos de una fusta. Blanca notó como se estremecía cuando la acarició. Sabía bien lo mucho que aún dolía. No en la piel, si no en un sitio más profundo. Le dio un beso en la nuca y se recostó a su lado, agradeciendo una vez más que a ella la hubieran librado de todo aquel sufrimiento inútil.
—¿Te has enterado de la noticia? —preguntó mientras le miraba a los ojos.
—¿Hablas de la nueva normativa sobre hechizos desmemorizadores? —Eloy sonrió, consciente de interesada que estuvo el asunto a su novia—. Por supuesto. Sólo han tardado diez años en ponerla en marcha.
Diez años. A veces, Blanca tenía la sensación de que el tiempo no había pasado. Se estremecía al pensar que Campuzano podría aparecer en cualquier esquina y sentía la necesidad de encerrarse en casa. Otras, pareciera como si aquello hubiera ocurrido en otra vida, como si le hubiera pasado a otra persona.
—Más vale tarde que nunca, ¿no?
—Supongo.
Blanca le había hablado del hechizo de Ricardo Vallejo un par de años atrás. No era un secreto, pero nadie en la familia deseaba que se hiciera público. Eloy la escuchó con atención, con los dientes apretados, lamentando quizá que no hubieran hecho lo mismo por él. Claro que su caso había sido muy distinto. Toda una vida de malos tratos no era equiparable a unos pocos días de tormento. Si le hubieran modificado los recuerdos para que el dolor desapareciera, ¿no le hubieran robado la esencia de lo que era? Ese chico tímido, amable, entregado y luchador que tanto le gustaba. El que tenía el cuerpo lleno de marcas y que a veces miraba a su alrededor como un gatito asustado. Blanca sabía que aún necesitaba ayuda, aunque hubiera pasado tanto tiempo, aunque su madre llevara años lejos de su vida. Le acarició el rostro y lamentó una vez todos sus sufrimientos pasados.
Salem interrumpió el momento cuando se subió a la cama de un salto. A veces, ese gato era un puñetero. Paseó por encima del cuerpo de Eloy como si lo considerara un estorbo y fue a tumbarse justo entre sus cabezas, maullando para atraer la atención de Blanca. Tuvo que sonreír y acariciarle el pelaje.
—¿Cómo has entrado, pillín?
—¡Miau!
Pues abriendo la puerta con las patas, que no soy tonto.
—Ya sabes que no puedes estar aquí, cariño.
Blanca se sentó en la cama y agarró al gato, que se dejó hacer mansamente. Por lo general, Salem arañaba a todo el mundo. Sólo le gustaba su humana y no consentía que nadie más lo tocara. Eloy se recostó de lado y se incorporó un poco, observando la escena con aire divertido. La bruja se levantó, caminó hasta la puerta y dejó a Salem en el pasillo.
—Vete a tu cojín. ¡Vamos!
Cerró con decisión. Los maullidos del animal se hicieron más fuertes, pero no pensaba ceder. Bastante consentido estaba ya como para darle todos los caprichos. Eloy se rio a carcajadas.
—Me preocupa Zero.
Zero era un gran danés enorme que Eloy adquirió unos años atrás, como una forma de afianzar su autoestima y superar los traumas del pasado. Blanca habló mientras se acomodaba otra vez a su lado.
—Salem sabe defenderse.
—Por eso lo digo. A saber qué le hará tu gato diabólico a mi cachorrillo.
—¿Cachorrillo? ¡Pero si es tan alto como tú?
—Sólo si se pone a dos patas. Además, eso da igual. Zero es demasiado bueno para lidiar con tu gato.
—Mi gato tiene un nombre. Y te recuerdo que me lo regalaste tú.
—Porque de pequeño era monísimo. ¿Cómo iba a saber que se convertiría en un ser monstruoso?
Blanca puso los ojos en blanco y le arreó un golpe con su almohada.
—¡Qué exagerado!
—¿Por qué no dejamos entrar a Zero? Él no se subirá a la cama y así lo mantendremos a salvo.
—Porque tengo otros planes para nosotros y no quiero testigos.
Con un movimiento felino, se las apañó para colocar a Eloy boca arriba y se puso a horcajadas sobre él. Eloy subió los brazos hasta su cintura y le acarició con suavidad mientras su mirada se enturbiaba ligeramente.
—¡Uhm! Eso suena interesante.
—Porque lo es.
Le besó. Apasionada, ansiosa por sentirlo dentro de ella. Eloy era el único chico con el que había estado después de lo de Campuzano. El único con el que quería estar ese día y para siempre. Eloy, con su cabello negro, sus ojos oscuros y su sonrisa encantadora. El chico que se pasaba horas estudiando árabe, que aspiraba a convertirse en un maestro de las pociones y que jugaba al quidditch de puta madre. Podría haber sido profesional de haber querido. Blanca se apartó y le acarició el torso, provocadora, entusiasta. Movió las caderas con sensualidad y se quitó la camiseta del pijama, quedando desnuda para él. Eloy no tardó nada en llevar las manos a sus pechos, consciente de lo mucho que le gustaba que la tocara justo así, de esa manera. Esa vez fue él quien buscó el beso. Había otra cicatriz en el cuello. Su madre estuvo a punto de estrangularlo con una cuerda. Hija de puta. Respiró hondo, olvidándose de todo el dolor que les habían infligido y pensó en el placer que estaban a punto de sentir. Que ya sentían, de hecho. La sensación de sentir piel contra piel, la suavidad, la calidez. Todo. Era lo más maravilloso que existía en ese mundo y Blanca no pensaba perderlo. Ni esa noche ni nunca.
Néstor Cobos se despidió de Atalanta con una peineta. Se dejaba atrás treinta años de su vida y una buena mata de pelo. Sí, aquella melena que luciera a principios de los ochenta siempre fue su gran orgullo, lo único que lo hacía atractivo a ojo de los demás y ahora no quedaba nada. Ni un mísero cabello. ¡En fin! A cosas peores se había enfrentado en la vida. Ahora debía buscar una forma de afrontar el futuro que tenía por delante. No sería fácil, eso estaba claro, pero aún le quedaban amigos. Por eso se puso en contacto con Lorenzo Salcedo, porque le había prometido que le echaría un cable. Habían pasado diez años, pero sabía que se acordaría perfectamente y que no le fallaría. Porque Salcedo podía ser un cabrón y un animal, pero era un mago de palabra.
Tardó dos días en quedar con él. Madrid había cambiado mucho en las últimas décadas. En el parque que antaño fuera un hervidero de yonkis, camellos y putas habían construido un centro comercial. Salcedo le había dicho que le invitaría a comer algo y charlarían. Néstor se sentía fuera de lugar, incómodo. Aún no había aprendido a andar por la calle. Era estúpido decirlo, pero después de treinta años paseando por el patio de la cárcel, estar al aire libre le producía cierta claustrofobia. Avanzaba dando pequeños pasitos, como si fuera un maldito bebé. Y qué decir de lo cambiado que estaba todo. La señora Roldán, la directora de Atalanta, le sugirió que se hiciera con un teléfono móvil y, francamente, no tenía ni puñetera idea de cómo manejarlo.
Esperó a Salcedo en la puerta, contemplando un aparcamiento enorme. En cuanto le fuera posible, pensaba hacerse con un coche. En sus buenos años había sido todo un Fitipaldi. Cada vez que planificaban un atraco, él era el conductor. Era único esquivando el tráfico a toda velocidad. Claro que no estaba seguro de cómo eran los atracos de la actualidad. Sabía que incluso podían hacerse utilizando un ordenador y desde casa. Tenía su guasa.
—¡Vaya! Así que sigues siendo el mismo enano de siempre.
Aquella voz era inconfundible. Llevaba diez años sin escucharla, pero la tenía grabada a fuego en la cabeza. Lorenzo Salcedo estaba a su derecha, vestido con un traje negro y con la barba llena de canas. Todos se estaban haciendo mayores.
—Y tú continúas siendo enorme.
Salcedo le estrechó la mano y le palmeó la espalda con fuerza. Con demasiada fuerza. Néstor creyó que expulsaría los pulmones por la boca.
—¿Qué tal estás, Cobos?
—Voy tirando.
Acostumbrándose a su nueva vida. Si ingresar en Atalanta fue aterrador, salir lo era aún más. Lorenzo lo guio al interior del centro comercial y lo llevó a una cervecería. Pidió unos cuantos pinchos y un rato después comenzaron a charlar.
—¿Dónde te estás quedando?
—En una pensión del barrio mágico, en Madrid. El Ministerio me costeará una habitación durante un par de meses, hasta que encuentre un trabajo y pueda establecerme por mi cuenta.
Lorenzo asintió con un movimiento seco.
—Supongo que aún no has buscado nada.
—No creo que tenga muchas opciones. A la gente no le entusiasma la idea de contratar a alguien como yo.
Viejo, sin estudios, ex presidiario. Tuvo que preguntarlo.
—¿Sigues en el negocio?
Lorenzo le dio un trago a su cerveza y le observó con los ojos entornados antes de responder.
—Las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste.
—Algo he oído, sí.
—Ahora me muevo en otro mundo. Intento mantener un perfil bajo, ya sabes.
—¿Necesitas gente?
Lorenzo volvió a mirarlo con intensidad.
—¿Necesitas volver a lo de antes?
—No sé hacer otra cosa, Salcedo.
Se produzco un breve silencio un tanto incómodo.
—En prisión te encargabas de tareas de limpieza, ¿verdad?
Sí. Un puto asco, en su opinión. Se estaba imaginado por dónde le saldría Salcedo.
—Tengo un hotel en Barcelona. Es uno de esos sitios que se alquilan por horas.
Néstor sonrió.
—Un antro, vamos.
—Un antro muy lucrativo —puntualizó Salcedo—. Si quieres trabajo, necesito a alguien que se encargue de la limpieza en las zonas comunes.
Soltó una risita. Estaba claro que su vida no iba a experimentar un gran cambio. Tampoco era nada extraño.
—Así que quieres alejarme del mundo del hampa.
Lorenzo le habló con total honestidad.
—Te lo debo. —Tragó saliva antes de dirigir la conversación hacia un punto que era de su total interés—. Háblame de Campuzano.
Néstor meneó la cabeza. Ya se había imaginado algo así.
—Te prometí que no encontraría la paz y así ha sido.
—Detalles, Cobos. Dame detalles.
Había algo sádico en sus ojos que le llevó de regreso a los años setenta, cuando Lorenzo Salcedo se ganó la fama de hijo de puta sanguinario. Daba incluso algo de miedo, aunque todo ese odio no estaba dirigido a él.
—Se llevó un buen palo cuando lo sentenciaron.
Le cayó la pena máxima. Loren y Tomás lo celebraron con la primera borrachera compartida de sus vidas.
—Después, hizo lo que cualquiera que acaba de entrar en prisión: buscar su lugar. No le dejé que lo encontrara. Había un tipo que estaba un poco obsesionado con él y ya te puedes imaginar.
Lorenzo sonrió, satisfecho.
—Le pasaba algo raro. Cada vez que… —Carraspeó—. Ya sabes.
—Ya sé.
—Le dolía un montón. Era una cosa tremenda de ver. Hace un par de años, se castró.
Pensó que se sentiría espantado, pero lo que Salcedo hizo fue reírse a carcajadas. Durante tanto rato que atrajo la atención de los demás y estuvo a punto de echarse encima la cerveza.
—¡Ah! Sabía que pasaría.
—¿En serio?
Salcedo asintió.
—Cuéntame más, venga. ¿Qué pasó después?
—Pues que se pasó un par de semanas en la enfermería y dejó de gustarle a su amiguito. La verdad es que no lo han molestado mucho desde entonces. No creo que esté muy bien de la cabeza.
—¿Crees que podría suicidarse?
Lo dijo con mucho interés, como si la idea le hiciera gracia. Néstor se encogió de hombros.
—Dudo mucho que cumpla los cincuenta años de condena, Salcedo. Está viejísimo y deprimido.
Diez años habían bastado para acabar con él. Néstor no había visto a muchos compañeros deteriorarse tanto en tan poco tiempo. A veces incluso le daba pena, hasta que recordaba que era un violador de niños y se le pasaba.
—Bien. —Salcedo se reclinó en la silla, que crujió bajo su peso—. Fabuloso.
Néstor alzó una ceja, divertido.
—No has cambiado nada.
—No te creas. Campuzano es especial para mí.
—Pues date por satisfecho. Su existencia es un horror. Justo lo que querías.
Efectivamente. Lorenzo sonrió durante largo rato, pensando en que, por una vez, la vida había sido justa y generosa.
FIN DEL MINIFIC
