MUTATIO ANIMARUM I
Toledo. Julio de 2021
El silencio de la noche se vio interrumpido por el llanto de un bebé. Jacobo suspiró, estiró los brazos y abrió los ojos. Silvia continuaba durmiendo, agotada después de un día de lo más movidito. Consciente de que el pequeño Eric tenía hambre y de que su madre no podía amamantarlo, lo tomó en brazos y fue a la cocina para prepararle un biberón. El bebé no dejaba de llorar, enfadado y muy molesto por toda esa situación. Agitaba los brazos y las piernas y gruñía desesperado. Al cabo de cinco minutos, Jacobo se sentó en el sillón, junto al balcón cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Hacía un calor de mil demonios aquella noche. Mientras Eric comía, él centró su atención en la fachada de la Casa de las Tradiciones. Había sido una suerte que el señor Bennasar les consiguiera un piso con esa ubicación y con tan buen precio. Habían hecho un contrato de alquiler con derecho a compra y, aunque el sueño de Silvia era tener una casita en la zona de los cigarrales, Jacobo estaba entusiasmado con esa vivienda. Ubicada en pleno barrio mágico, residir allí ofrecía muchas ventajas. La principal, el hecho de hacer toda la magia que quisieran y cuando quisieran. Podía imaginarse a Eric creciendo en esas calles empedradas, jugando en la Plaza de Rada, visitando el estadio de las Águilas de Toledo y leyendo todos los libros infantiles de la Casa de las Tradiciones.
Escuchó los gimoteos del bebé mientras comía. Había colocado las manecitas sobre el biberón y tenía los ojos cerrados. Comenzó a quedarse dormido al cabo de un rato. No se terminó toda la leche, pero Jacobo no lo despertó. Se aseguró de que su pañal seguía seco y lo llevó a la cuna. Silvia ni se inmutó. Él no pudo conciliar el sueño de nuevo. Tenía muchísimo calor y le dolía el hombro. Se lesionó durante un entrenamiento en el gimnasio del Ministerio, una semana atrás. Incluso tuvo que cogerse un par de días de baja, hasta que su estado físico mejoró un poco. Silvia siempre insistía para que no hiciera tanto ejercicio. Le gustaba su musculatura, pero le daba miedo que comenzara a obsesionarse con el físico. Para ser sincero, Jacobo a veces tenía la sensación de estar perdiendo el control de la situación. Si un día entrenaba dos horas en lugar de tres, se sentía fatal. Pasaba más tiempo en el trabajo y en el gimnasio que en casa. A veces estaba tan agotado que se metía en la cama sin cenar. Se tomaba un montón de complementos vitamínicos que compraba en el mundo muggle y tuvo una temporada durante la que sólo se alimentó con aquel preparado proteínico tan repugnante. Silvia le instó a cambiar la dieta cuando supieron que estaba embarazada. Quería que estuviera sano. Jacobo se había informado, comprobando que ella no se equivocaba a la hora de hablarle sobre los futuros problemas de salud que podría tener si seguía así. Jacobo redujo sus visitas al gimnasio y ajustó su dieta, que era muchísimo más natural a esas alturas. Estaba un poco menos ancho que antes, pero se sentía satisfecho con su aspecto físico.
Era un hombre atractivo. Se había dejado el pelo largo cuando tenía quince años y lo cuidaba con esmero. Tenía el cabello rubio y ondulado. Silvia a veces le decía que parecía un vikingo. Jacobo sospechaba que sus antepasados habían llegado a la península con los pueblos bárbaros. Cada vez que pasaba por el Corredor de los Energúmenos, las figuras de los cuadros lo abucheaban e insultaban con total entusiasmo. A Silvia no le pasaba, puesto que era una bruja de primera generación. Era, además, un tipo alto. Tenía los ojos negros y se había dejado crecer la barba durante el confinamiento. No pensaba quitársela. Se sentía más intimidante con ella, algo que le venía muy bien a la hora de desempeñar su trabajo.
Jacobo Guzmán era guardián en la prisión mágica de Atalanta. Su intención inicial fue la de convertirse en auror, pero no superó las pruebas de acceso. Durante cinco años fue agente de Seguridad Mágica, hasta que solicitó el traslado a la prisión. Era un oficio bien pagado, aunque no exento de riesgos. Los presos acostumbraban a comportarse, pero de vez en cuando se producían altercados violentos o intentos de fuga (cosa absurda por otro lado) y se veía obligado a intervenir. Era su parte favorita. Jacobo era un hombre de acción. Seguridad Mágica nunca llegó a gustarle porque pasaba su tiempo resolviendo conflictos domésticos u organizando saraos mágicos. En Atalanta de vez en cuando hacía uso de la magia, enfrentándose a individuos peligrosos y sin escrúpulos.
Llevaba de baja desde que Eric naciera, a mediados del mes de mayo. Se incorporaba ese mismo día y estaba un poco nervioso. No. Impaciente, más bien. Le gustaba estar en casa junto a su familia, pero a veces se agobiaba. Silvia se había vuelto bastante tiquismiquis después del parto y le regañaba si se dejaba la tapa del váter levantada o metía un vaso en la bandeja inferior del lavavajillas. A Eric lo quería muchísimo, claro que sí. Era su hijo, lo mejor que había hecho en toda su vida, pero lloraba un montón. Su llanto se le clavaba en el cerebro y le producía dolor de cabeza. Solo llevaba durmiendo bien una semana. Y no respondía a las carantoñas. Otros bebés más o menos de su edad se sonreían si les hacían cucamonas, pero Eric se limitaba a mirarle con esos ojos negros que había heredado de papá y hacía una mueca como diciendo "¿Quién eres tú, idiota?". Esperaba que mejorara con el tiempo o iba a convertirse en el bebé más serio de la historia del mundo mágico.
Se puso en pie cuando faltaban cinco minutos para las siete. Desactivó la alarma del móvil para que no despertara a Silvia ni a Eric. Se dio una agradable ducha matutina, se esmeró para recoger su cabello en una coleta apretada y engominada, se arregló la barba y se preparó una tortilla y un zumo de naranja para desayunar. Se marcharía al Ministerio de Magia a las ocho menos cuarto y, desde allí, utilizaría el traslador que le llevaría directo al muro exterior de Atalanta. Antes de eso, se pasó por el dormitorio, descubriendo que Silvia ya se había levantado, tenía la cama hecha y estaba en el cuarto de baño. Le hubiera encantado darse una ducha con ella. Antes de Eric, eran muy habituales. Desde que el pequeño naciera, el apetito sexual de su esposa estaba bajo mínimos. Jacobo la encontró frente al espejo, depilándose las cejas al estilo muggle.
—Sabes que hay un hechizo para esas cosas, ¿verdad?
Ella le sonrió. Era una mujer guapísima. Tenía el pelo negro, los ojos marrones y la sonrisa amplia, alegre, fresca. Se parecía a esa actriz española que se hizo relativamente famosa en Hollywood y que no era Penélope Cruz. Una andaluza que luego concursó en un programa de cocina. Jacobo era incapaz de recordar su nombre.
—No me gusta depender de la magia para todo.
—Pero si esa es la principal ventaja de ser brujos.
—¿Te vas ya?
—Sí, si no quiero llegar tarde.
—Mucha suerte, mi vikingo.
Se despidió de ella con un beso. Le encantaba ese apelativo cariñoso. Se lo puso cuando comenzaron a salir juntos, diez años atrás. Se habían conocido en el hotel Warlock. Jacobo trabajaba como pinche de cocina y Silvia como recepcionista. Las chispas saltaron en cuanto se vieron el uno al otro. Al principio su relación fue de lo más apasionada. Él veía en Silvia a una tía buena muy activa sexualmente y ella admiraba sobre todo su musculatura. Luego aprendieron a conocerse. Silvia había estudiado Turismo en el mundo muggle y aspiraba a un puesto de alta responsabilidad en el hotel. Jacobo estaba preparándose en cuerpo y alma para convertirse en auror. A Silvia le gustaba el cine independiente europeo y a Jacobo le parecía un auténtico coñazo. A los dos les encantaba cuidarse y pronto comenzaron a intercambiar trucos de belleza. Leían con avidez cualquier cosa que cayera en sus manos y les encantaba la historia. Aspiraban a vivir en Toledo, ciudad cumbre de la cultura mágica hispanii. Con los años, él había fracasado en sus planes laborales y ella había ascendido hasta convertirse en directora adjunta. Juntos, se mudaron al lugar de sus sueños. Al principio vivieron en la parte baja, entre muggles, hasta que se casaron y se pusieron manos a la obra en busca de Eric.
Jacobo se sentía afortunado. Esa mañana salió de casa silbando su canción favorita, ansioso por llegar a Atalanta y retomar sus obligaciones. Al mismo tiempo, deseaba que la jornada terminase para volver a casa, mecer a Eric entre sus brazos y recostarse en el sofá junto a Silvia para ver la televisión hasta quedarse dormidos.
Cuartel General de Aurores. Ese mismo día.
Josevi examinó la invitación de boda que su sobrino le había entregado esa mañana. Su primera pregunta dejó un poco chafado a Juanjo.
—¿Has preñado a la chavala?
Reconocía que no había sido el culmen de la delicadeza, pero no esperó que el chico fuera a mosquearse de esa manera. Se había puesto un poco rojo e incluso apretó los puños.
—¿Qué dices, tío? ¡Claro que no!
—Entonces, ¿a qué vienen tantas prisas?
No le había dado más explicaciones. Se largó del despacho, cerrando la puerta con más fuerza de la debida. Seguro que había llamado la atención de sus compañeros aurores. Josevi se preguntó durante una milésima de segundo si aquel comportamiento podía considerarse como insubordinación.
La boda sería durante el mes de octubre. No le pareció una mala fecha. Los calores del verano ya se habían pasado y en octubre el tiempo aún podía ser muy agradable. Claro que también te podía tocar un día lluvioso y se chafaba todo el preciosismo de la ceremonia. En cualquier caso, tenía que ir. Los sobrinos se le estaban haciendo mayores y él debía ejercer de tío soltero. A falta de hijos a los que agasajar, Josevi se había mostrado más que generoso con José Luis, el hermano de Juanjo, que se había casado dos años atrá,s y le había dado un sobre con mil quinientos euros. O con el ceporro (ya no tanto) de José Ángel que se casó en 2014 de penalti. Josevi le regaló un montón de cosas para el bebé: cunita, parque de juegos, sillita de paseo y muchísimos pañales. Es que sus sobrinos tenían un tío que no se merecían. Sólo quedaba soltera su adorada María, su sobrina favorita, que se llamaba como él, aunque nunca tuviera en cuenta el "Vicenta". Es que era un horror, por Bargota. Josevi a veces fantaseaba con la idea de ser su padrino de boda, aunque la niña tuviera un padre que jamás le cedería semejante honor. Un padre bastante idiota, en su opinión. Opinión que, obviamente, siempre se reservaba para sí mismo.
Alejó a la más que problemática familia de su cabeza. Guardó la invitación en el cajón superior y echó un vistazo a la multitud de papeles que tenía sobre la mesa. A la derecha, el montón más grande estaba repleto de informes sobre el caso de Próspero Póbez. Los aurores y Seguridad Mágica aún trabajaban para esclarecer muchas de las ramificaciones que habían ido surgiendo, pero los mandamases de justicia habían presionado para que el juicio comenzase lo antes posible. Póbez llevaba casi un año en prisión provisional y no podrían retenerlo eternamente. El proceso comenzaría en el mes de septiembre y amenazaba con prolongarse en el tiempo. Sólo esperaba no tener que ir a declarar demasiadas veces. Aparte de eso, desperdigados por el escritorio tenía una docena de casos abiertos: chavales que habían encantado una discoteca muggle, una mujer que mantuvo a su esposo bajo los efectos de una imperius, tráfico ilegal de sustancias prohibidas, un par de asesinatos con tortura. Lo de siempre. Después de tantos años como Comandante de Aurores, había aprendido una valiosa lección: daba igual a cuantos criminales detuvieran, siempre surgían más que hacían más o menos lo mismo que los anteriores.
Suspirando, se acercó a la cafetera para prepararse un café. Llevaba desde principios de año siguiendo la dieta a rajatabla. Estaba harto de que los sanadores (y Macarena) le regañaran. Durante el último reconocimiento médico, la sanadora amenazó con dejarlo ingresado. Josevi era incapaz de recordar su nombre, pero se parecía muchísimo a Amaia Vilamaior, que daba la impresión de ser muy dulce, pero a veces podía comportarse como una auténtica hidra. La sanadora en cuestión le dijo que tenía la diabetes totalmente descontrolada. Josevi intentó defenderse a duras penas, aunque fue inútil. No pudo engañarla por más que asegurara que no comía dulces (tres o cuatro bollitos de chocolate al día, nada más). Le dijo que, de seguir así, podría cargarse su función renal o quedarse ciego. Y eso por no mencionar el riesgo de infarto. Tenía la tensión por las nubes. Cuando salió de la consulta, incluso le dolía el pecho. Así pues, no le quedó más remedio que resignarse ante lo inevitable. Nada de chocolate, ni de panceta frita, ni de bocadillos de chorizo. Vida sana. Josevi comía muchísimas verduras, mucha carne o pescado a la plancha y bastante fruta. Procuraba marcharse a casa cuando culminaba su jornada laboral y caminaba todos los días. Gracias a sus esfuerzos, había adelgazo diez kilos y la dichosa sanadora ogra había estado a punto de felicitarle durante la última revisión. ¡En fin! Un hombre debía sufrir para mantenerse sano. Como dijo cierta niña muggle que se viralizó en redes sociales, mejor eso que morirse.
Josevi no había renunciado al café. Se sirvió uno con algo de leche y nada de azúcar (odiaba la sacarina y similares) y dio unos cuantos paseos por el despacho para estirar los músculos de la espalda. Se sentía un poco agarrotado, a lo mejor porque durante la noche había tenido tanto calor que se tumbó en el suelo para dormir. Seguro que esa horrible sanadora también le regañaría por eso si llegara a enterarse. Después, se sentó frente al escritorio y leyó el informe sobre la bruja que había encantado al marido. Alegaba que lo había hecho en defensa propia, puesto que él la maltrataba y no se le ocurrió otra manera de escapar de su tortura. Josevi no sabía si creerla. Debía plantearse la posibilidad de utilizar la legeremancia con ella, aunque los oidores solían hacerse los remolones a la hora de darle el permiso para realizar el procedimiento. Hizo unas cuantas anotaciones en un papel adhesiva, la pegó en la portada del expediente y pasó al siguiente. Los chavales de la discoteca. Menudos rufianes. Habían usado una serie de hechizos que rozaban la magia negra. En su opinión, un par de collejas y unas cuantas horas de servicio comunitario bastarían para darles un escarmiento, pero desde arriba alguien había señalado lo adecuado que sería dar ejemplo. Desde que terminara el confinamiento, los jóvenes brujos hispanii estaban un poco desmadrados.
Estaba a mitad de la lectura cuando Marisol le pasó una llamada telefónica. Era Matilde Roldán, la directora de la prisión mágica de Atalanta. Próspero Póbez acababa de ser hallado muerto en su celda de máxima seguridad.
Prisión Mágia de Atalanta. Un poco má tarde
Lo que más le llamó la atención no fue el cadáver de Póbez tirado en el suelo de la celda, sino el hecho de que Alina Bennasar y Laura Flores estuvieran allí. La inefable tenía los brazos en alto, sostenía la varita con la mano derecha y recitaba una serie de hechizos en voz baja. La segunda la veía hacer si abrir la boca, con expresión circunspecta. A Josevi le hubiera encantado sacarlas de allí así, sin dar demasiadas explicaciones, pero no podía hacerlo. Si estaban en Atalanta era porque alguien las había avisado. La chupatintas que se encargaba de su departamento ministerial no era una persona dada a dialogar con los demás. Josevi decidió no saludar para no interrumpir a la inefable, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo, y miró a Matilde.
Los directores de Atalanta tenían a adelgazar y ponerse pálidos. Matilde llevaba muchísimo tiempo al frente de la prisión y tenía cierto aspecto desmejorado. Y eso que la cárcel de la Federación Mágica de España y Portugal no tenía dementores. Josevi no quería ni imaginarse cómo debía estar el personal que trabajaba en Azkaban. Atalanta era una prisión moderna, no una fortaleza mohosa y sucia en la que morir por culpa de la peste o alguna enfermedad similar. A Josevi le constaba que los presos estaban bien cuidados, que derecho a pasear bajo la luz del sol y que podían acceder a formación para encauzar sus vidas una vez hubieran pagado su deuda con la sociedad. En cualquier caso, ninguna criatura miserable les robaba sus buenos recuerdos ni les aspiraba el alma. Un dementor tampoco hubiera podido sobrevivir en mitad del océano Atlántico, con ese calor húmedo que asfixiaba al más pintado. A lo mejor Matilde tenía esa pinta porque le ocurría algo. Josevi se dijo que tenía que preguntarle. Se hicieron amigos cuando eran muy jóvenes, aunque últimamente la había tenido bastante abandonada.
—¿Quién encontró el cadáver?
—Jacobo Guzmán. —Señaló con la cabeza a un hombre joven que permanecía en pie a varios metros de distancia, con los brazos cruzados frente al pecho y la mandíbula apretada—. Vino a traerle el desayuno. Puesto que Póbez estaba tumbado en su catre y no respondió a sus preguntas ni se movió, Guzmán realizó una serie de encantamientos que le permitieron comprobar que el preso estaba fallecido. Avisó a sus compañeros y entró a la celda.
—Pero el cadáver está tirado en el suelo, no el catre. ¿Por qué?
—Guzmán dice que lo tiró sin querer.
Y un cuerno. Josevi se adentró a la celda. La piel se le puso de gallina de forma inmediata. Fue como si pudiera sentir toda la maldad que Póbez albergó en su interior y que había terminado impregnada en las paredes después de tantos meses de presidio. El cadáver estaba boca abajo, a un metro de distancia de la cama. Si Guzmán lo había tirado, después tuvo que moverlo para dejarlo en esa posición. El tipo estaba ocultando algo y pensaba averiguarlo. Ya iba a darse media vuelta para ponerse manos a la obra cuando la retahíla de Bennasar cesó y se le quedó mirando.
—¡Ah, Comandante! Ha venido.
—Pues sí.
—Es una suerte que esté aquí. ¿Pueden notarlo?
Josevi no sabía a qué se refería exactamente. Miró a Flores y ella le devolvió el gesto. Fue Laura quien habló.
—¿La magia negra?
Así que era eso. Josevi podía adentrarse con suma facilidad en las mentes ajenas. Era capaz de acceder a los recuerdos más bonitos, tristes o espeluznantes de una persona. Si alguien carecía de la capacidad de practicar la oclumancia, sólo tenía que mirarle a los ojos para acceder a sus más íntimos secretos. Podía, en definitiva, saber si alguien había hecho cosas malas. Pero no podía sentir la maldad. Eso no. Lo que convertía en irrespirable el aire de esa celda no era la perversidad de Póbez, sino la magia negra.
—Necesitamos examinar la varita de Jacobo Guzmán. —Bennasar hablaba con firmeza, muy segura de todas y cada una de las palabras que estaba pronunciando—. Estoy bastante convencida de que alguien llevó a cabo una maldición mortal en esta celda. También he detectado otro hechizo, pero soy incapaz de identificarlo. Necesitamos la varita para saber de qué se trata.
Josevi asintió. Se dio media vuelta para encararse con Matilde y explicarle lo que acababan de averiguar. Fue incapaz de pronunciar palabra cuando comprendió que Jacobo Guzmán ya no estaba allí. Tal vez se había dado cuenta de lo que Bennasar estaba haciendo y huyó antes de tener que dar explicaciones. Una estupidez, en su opinión. Si Guzmán había matado a Póbez, podía entenderlo. Ese anciano brujo era absolutamente aterrador. Estaba convencido de que era capaz de realizar magia tenebrosa desconocida y al alcance de muy pocos. Sin duda podía hacer magia sin varita. Había tenido varios meses para planear su fuga de Atalanta. Si había intentado atacar a Guzmán, nadie podría culparlo por sacar la varita y poner fin a la existencia de aquel miserable. A lo mejor no podría ejercer como guardia nunca más y era expulsado de los cuerpos de seguridad, pero cualquier oidor evitaría enviarlo a prisión, incluso si había utilizado una de las maldiciones imperdonables.
Josevi no entendía a qué venía esa huida, pero pensaba encontrar al joven brujo más pronto que tarde para pedirle las explicaciones pertinentes. Por lo demás, la muerte de Póbez supondría un alivio para todos. Como decía el refrán, muerto el perro se acabó la rabia. El proceso judicial sería más sencillo y nadie tendría que temer por su integridad física. Porque había muy pocos magos y brujas dispuestos a aproximarse a aquel hombre, temerosos de lo que pudiera hacerles. Ya no existía riesgo alguno. Bastaría con esclarecer quienes habían sido sus víctimas y la pesadilla habría terminado para siempre.
