Isla
Dice un refrán español que "En martes, ni te cases ni te embarques". Tal vez que sus orígenes respectivos fuerana alemán y japonesa hubiera influído en no conocer esta expresión, pero todo indicaba que deberían haber hecho caso. No se habían casado en martes, por supuesto. La boda se había celebrado el sábado anterior, rodeados de sus familias y amigos cercanos. Por todo lo alto. Al principio Ulrich no había estado muy de acuerdo con la idea, pero al final lo había disfrutado. Al fin y al cabo, se casaba con el amor de su vida. Yumi era para él la foto que aparecería en el diccionario con la definición de "felicidad".
En martes habían embarcado. Un crucero de esos para parejas recién casadas en una nave que tenía cine, spa, piscinas cada cinco metros, y buffet libre. Pero lo habían ahorrado para disfrutarlo. El día había sido perfecto. El cielo despejado y azul mientras en lo alto brillaba el astro rey. La ropa pronto había sustituida por unicamente el bañador y el bikini. Habían nadado, habían comido, se habían echado en una cama que más bien parecía una nube, habían vuelto a nadar y habían cenado hasta quedas satisfechos. Si alguien les hubiera dicho "En martes, ni te cases ni te embarques" se habrían reido. Al menos hasta que se habían asomado a mirar las estrellas.
Se habían ido a la popa del barco. En la cubierta principal había un baile con música machacona para pasarlo bien, pero ninguno de los dos soportaba esa melodía, por lo que habían ido a su bola para estar los dos juntos. Bueno, a darse un poco el lote bajo el manto estrellado, que eso también estaba bien. Yumi se envolvió entre los brazos de Ulrich.
—¿Tienes frío? —preguntó él. Lo cierto era que no se habían puesto nada más. Simplemente se habían cambiado la ropa de baño, pero hacía una temperatura muy buena como para taparse.
—No, pero me gusta acurrucarme contigo, bobo —respondió Yumi, consiguiendo que su marido se sonrojara. Su marido. Parecía tan imposible, y sin embargo, había ocurrido.
—Cuánta belleza —comentó, mirando hacia el horizonte—. Bueno, y las estrellas también.
—Baka —rió ella y giró sobre si misma para mirarle—. Te amo.
Se dieron un suave beso. No había necesidad de romper lo bonito del momento. Ya tendrían tiempo de dar rienda suelta a sus fogosos y jóvenes cuerpos. Simplemente existían ellos, sobre aquella gran embarcación. Sentían el moverse sobre las olas… Demasiado movimiento… Un viraje demasiado brusco.
Ocurrió en cuestión de segundos. El giro inesperado provocó más de un grito en la zona de baile de pasajeros que se habían caído al suelo. Pero peor destino fue el de Yumi y Ulrich que, unidos en su abrazo, el impulso que tuvieron fue aún mayor. Chocaron contra la valla y antes de darse cuenta el mar helado les envolvió por completo. Se habían caído.
—¡Ah del barco! —gritó Ulrich cuando salieron a flote. ¿Cómo se podía haber alejado tanto en tan poco tiempo?
—¡Eeeeeeooooooo! —chilló Yumi—. Es inútil…
—Joder… —Ulrich sacó el teléfono de su bolsillo. Unitilizado. Los aparatos tecnológicos no se llevan bien con el agua salada—. Mierda… ¿qué hacemos?
—No sé… flotar… —dijo Yumi, intentando mantenerse sobre el agua—. ¿Tú aguantas?
—De momento parece que sí… no te alejes mucho.
Ulrich se aseguró de sujetarse bien a Yumi mientras movían los pies de constante. Parecían aguantar pero no sabían hasta cuándo lo conseguirían. Y el barco estaba cada vez más lejos. Joder. ¿Dónde les llevaría la corriente?
—¡Mira! —dijo de pronto Ulrich—. ¡Allí!
Bajo la luz de la luna, se dieron cuenta de que a lo lejos se distinguía una isla. Se miraron. Parecía estar lejos, pero… al menos una isla estaba inmóvil, no como el crucero. Sin saber aún si la corriente iría a su favor o en su contra, empezaron a nadar. El truco era no ir demasiado rápido. No sabían cuánto tiempo tendrían que mantenerse a flote. Y calculaban unos cinco minutos en la cabeza antes de detenerse para mirarse. Por suerte, no se alejaban mucho el uno del otro.
—¿Vas bien? —preguntó Ulrich.
—De momento, sí. ¿Y tú?
—También —mintió el alemán. Le costaba un poco respirar, pero no quería decírselo. Yumi no debía cargar con él. Llegarían a la isla y luego podrían descansar—. Sigamos.
Avanzaron un poco más rápido, para alegría de los dos. La corriente empezaba a atraerles hacia la orilla de la isla., facilitando su trabajo. Yumi sonrió la siguiente vez que hicieron una parada.
—¡Ya casi hemos llegado, Ulrich! —exclamó llena de alegría—. Ulrich… ¿Ulrich? —preguntó. No estaba su marido—. ¡Ulrich!
Se zambulló en el agua justo a tiempo para ver al alemán hundiéndose en el agua. ¡No! Se impulsó hacia abajo, le sujetó por el brazo y tiró hacia arriba mientras pataleaba con los pies. Logró subirle y sacarle la cabeza del agua. Sin embargo, había perdido el conocimiento. Intentó tomarle el pulso, pero era imposible en medio del agua.
—¡Aguanta, Ulrich! —gritó Yumi, y no dijo nada más. Debía ahorrar todo su aliento para nadar hasta la orilla, algo más complicado de hacer de espaldas y evitando que él se hundiera de nuevo. No podía morir y dejarla ahí sola. No, no se lo perdonaría jamás. Tiró con ganas. "Ya llegamos, mi amor. Aguanta", pensó. En la naturaleza de ninguno de ellos estaba el uso de expresiones del tipo "cariño" o "mi amor". No al menos de expresarlas en voz alta. Pero en sus mentes sí podían decirlo.
De pronto los pies de Yumi tocaron algo. Tierra. Habían llegado por fin. Con sus últimas fuerzas tiró de Ulrich hasta la arena, varios metros dentro de la misma por si alguna ola traicionera les jugaba una mala pasada.
—¡Ulrich! ¡Ulrich, aguanta! —pidió ella antes de empezar a practicarle el boca-a-boca. Presionó su cuerpo con cuidado, debía echar el agua—. No te vayas, Ulrich, por favor… —sollozó—. ¡Ulrich!
—¡Atjá! —fue el ruido de Ulrich cuando se puso a escupir el agua.
—¡Ulrich!
—Yumi… —murmuró este—. Lo siento…
Y se cayó sobre la arena. Yumi se alarmó. El universo no podía jugarle tan mala pasada. Le había salvado, no podía perderle. Pegó la oreja a su pecho y se sintió aliviada. Respiraba. Le tomó el pulso con la mano. Parecía estable. Lamentó no tener algo para cuidarlo. Se quedaría toda la noche pendiente de él si era necesario.
—Yumi… Yumi, despierta. Se ha hecho de día —susurró una voz.
Yumi abrió los ojos. Lo primero que pensó era que la cama estaba demasiado sucia. Se notaba arenosa. Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que estaba en la playa de la isla. Y en ese momento recordó todo lo que había pasado la noche anterior. Miró a Ulrich, pero este estaba bien despierto, y le sonreía. Su mano aún reposaba en el torso de su marido.
—¡Ul-Ulrich! ¿Estás bien? —preguntó con un sollozo.
—Estoy perfectamente. Perdona por no decírtelo anoche. Cuando nadamos, yo…
Pero a Yumi no le importaba. Estaban bien, a salvo después de un episodio de verdadero terror tras caer al agua y haber estado a punto de morir. Lloró para desahogarse. Solía reprimir las lágrimas pero no era el momento de hacerlo. Y se sorprendió al darse cuenta de que no era la única. Ulrich también estaba llorando. Se quedaron un rato así, recuperándose mentalmente de aquello que habían vivido.
—¿Qué va a ser de nosotros, Ulrich? —preguntó la chica cuando por fin se recuperaron de la llantina.
—Aún no he pensado en ello. Pero estamos juntos, y eso es lo importante ahora —le dijo mientras le acariciaba por la espalda—. Lo primero tendremos que pensar en comer…
—¿Habrá algo de comer en este sitio?
—Solo hay una forma de saberlo, ¿no? —comentó él y con cuidado se pusieron en pie. Caminaron por la arena hasta llegar a una zona de vegetación. Fue en ese momento en que se dieron cuenta de que estaban descalzos.
—Por lo menos la hierba no está mal —comentó Ulrich mientras pisaba con cautela—. Lo que sí me gustaría sería agua limpia. Para beber y para limpiarme un poco. Me siento sucísimo con el agua salada.
—Tal vez haya algún arroyo —pensó Yumi, deseándolo más que creyéndolo—. Por lo menos sí que hay árboles frutales.
Desde donde estaban podían distinguir unos manzanos. Se acercaron teniendo cuidado de dónde pisaban. Las manzanas de veían apetitosas. Yumi arrancó una de la rama y le dio un mordisco. Sonrió, estaba dulce. Ulrich la imitó y le pegó un bocado a otra manzana.
—Pensaba que no te gustaba la piel —comentó ella, riéndose.
—Tampoco es que tenga mucha elección —bromeó Ulrich—. La verdad necesitaba esto.
Gracias a la fruta saciaron por un rato el hambre y la sed. Luego volvieron hacia la playa. No querían alejarse mucho de allí, no fuera que apareciera su crucero buscándolos y ellos no se enterasen. Acordaron que Ulrich iría a explorar por la zona. Yumi lo consintió, no sin antes darse un beso. Se sentó en la arena y aguardó. No supo si pasó uno o cien minutos hasta que Ulrich volvió, corriendo.
—¡Yumi! ¡Yumi!
—¿Qué pasa? —preguntó ella poniéndose en guardia—. ¿Nos atacan?
—¡Mejor! —dijo apareciendo entre unos árboles—. ¡Ven!
La japonesa siguió a su marido entre los árboles. Por suerte no tenía un mal sentido de la orientación. Y no tardó en encontrar aquel tesoro. Yumi se quedó sorprendida. Un riachuelo con agua limpia en medio de aquel bosquecillo.
—Y el agua es potable —dijo Ulrich.
—¿Cómo lo…? ¡¿La has probado?! ¿Y si te pasa algo?
—Mejor a mi que a ti.
—Baka. Baaakaaaa —dijo ella—. Pero bueno. Si estás bien, es que podemos beber.
—Y nos podemos limpiar —le recordó Ulrich—, mira.
Señaló uno de los extremos del río que se alejaba hasta donde no podían ver. De algún sitio estaría brotando el agua, pero no tenían tiempo ni ganas de explorarlo en ese momento. Así que se metieron dentro del agua. Ulrich se despojó del bañador y Yumi hizo lo propio con el bikini. Dentro del agua los limpiaron bien para quitar la arenilla y los restos de sal, y luego los pusieron a secar sobre el follaje. Luego volvieron al agua.
—Esto no es como el crucero, pero al menos podemos bañarnos —comentó Ulrich mientras nadaba un poco—. ¿Te apuntas, Yumes? —preguntó mientras se daba la vuelta y seguía nadando de espaldas.
Ella nadó hacia él y le puso las manos en la espalda.
—Oye, que no soy un niño —protestó él.
—Eres mi niño —corrigió ella—. Estar aquí es una putada, pero… estoy contigo. Con eso soy feliz. Saldremos de esta, ¿verdad?
—Claro que sí. Mi amor —dijo él.
—Pues hablando de amor… quiero que me lo hagas —pidió ella—. Al fin y al cabo… no creo que nos vayan a molestar aquí, ¿verdad? —bromeó.
Tenía mucha razón así que Ulrich no podía argumentar nada en contra. Se incorporó y besó a Yumi con dulzura y se acariciaron mutuamente. Ahí al menos podían hacer pie. Se dejó caer hacia adelante, y Yumi nadó hacia atrás apoyándose en la orilla. Besó los hombros de Ulrich, ahora ya con su sabor natural no adulterado por el agua salada. Éste empezó a besar su delicado cuello, acariciando sus caderas. Con la tontería no habían tenido un rato para ellos. En el crucero habían estado todo el rato rodeados de gente. Ahora, al menos, estaban solos.
—¿Ves como… aaaah… eres mi niño? —bromeó ella cuando Ulrich le lamía los senos.
—No vas a picarme —respondió él con suavidad. Su mano ocupó el otro pecho de su mujer—. ¿Es que esto no te gusta?
—Mmmmm, sí, me gusta mucho, pero… me gusta más cuando me haces otras cosas —insinuó Yumi.
No sabía si ella quería consumar, pero decidió hacerle otro favorcito primero. Besuqueó todo su cuerpo hasta alcanzar su punto más privado, que le aguardaba ansioso. Separó sus labios inferiores con suavidad y lo probó con la lengua. Unas leves caricias al principio, que poco a poco tornó en un movimiento más veloz. Su dedo acudió para acompañarlo, con suavidad para dar placer a su mujer. A ella le gustaba, sin duda. Los cantos que eran sus gemidos llenaban el ambiente. Por un momento pensó que tal vez les pillaban. Una muestra de la civilización. Pero en todo el rato que disfrutó del sabor de Yumi y ella era sometida al más intenso placer no apareció nadie, culminando el momento con el cuerpo tenso y relajándose poco a poco.
—No era lo que te había pedido… pero no me quejo —bromeó ella—. Lo malo es que… estoy ahora cansada y tú aún tienes que hacer algo… uuuuuh —dijo cuando Ulrich le levantó las piernas acercándola a él.
—Tranquila, mi amor. Voy a hacerte gemir de nuevo —dijo con su erección preparada—. ¿Te apetece?
Ella asintió repetidas veces. Gimió del gusto cuando sus cuerpos volvieron a encontrarse en uno. Jamás había amado a Ulrich por sus atributos físicos (estaba bueno, pero la conexión que había entre ambos iba mucho más allá), pero la química que tenían era un atajo para alcanzar los montes del placer. Sus cuerpos se entendían de maravilla y se movían en perfecta sincronía con cada movimiento de caderas de Ulrich. Sus labios acudieron al encuentro, disfrutando de aquel momento solo para ellos.
Respiraciones agitadas, jadeos en aumento, gemidos que rompían el silencio armónico. Yumi cerró las piernas alrededor de las piernas de Ulrich, le envolvió con los brazos, disfrutó de las manos de Yumi acariciando su cabeza. Llegó al orgasmo más fácilmente que de costumbre, y se derritió con el momento en que Ulrich culminaba por fin.
—No se si es por el sitio, pero… te he notado más fogoso que de costumbre —comentó Yumi—. No te enfades. Me ha gustado, de verdad.
—Procuraré acordarme cuando volvamos a la normalidad —dijo él con una sonrisa pícara—. ¿Volvemos a la playa?
—Antes deberíamos secarnos.
Se tumbaron sobre el follaje un rato para descansar y volvieron a quedarse dormidos. Al abrir los ojos, el hambre volvía a hacerse presente en sus estómagos. Se levantaron y, tras ponerse su ropa de baño, ya seca, poco a poco volvieron hacia la playa. No tardaron mucho en encontrarla.
—¿Podrías ir a por más manzanas? —preguntó Ulrich—. Yo voy a ir encendiendo un fuego. Por si acaso.
Yumi aceptó. Marchó al sitio donde habían encontrado la fruta, y dejó a Ulrich enredando con unos árboles. Cuando volvió a la playa, se sorprendió al ver que la fogata ya estaba preparada. Su marido nunca dejaría de sorprenderla. Con cuidado, ya uqe iba con los brazos cargados de fruta, caminó hacia él y se repartieron la carga. Se sentaron en la arena. El sol no quería terminar de asomarse ese día y no picaba.
—Creo que alimentarnos solo de manzanas no es sano —comentó Yumi.
—Claro, pero el problema es que romper los cocos es más complicado —respondió Ulrich—. Esta tarde podríamos buscar por el resto de la isla. A ver qué hay. O ir uno y el otro quedarse, por si acaso.
—Y una mierda nos vamos a alejar más tú y yo —dijo la japonesa—. Lo he pasado mal el rato que te fuiste antes. Sí, ha estado bien el riachuelo, pero… me da miedo.
—Yumi…
—Estoy sensible, déjame —dijo ella y al terminarse la manzana se apoyó sobre el hombro de Ulrich— Te quiero.
—Yo también te quiero —respondió él, y se dieron un beso.
—¿Ya has comido?
—Sí, me he llenado.
—Perfecto.
Yumi le empujó suavemente contra la arena, y empezó a besuquearle el cuello. Y el torso. Y le acarició los brazos mientras seguía bajando. Cuando llegó por la zona de su ombligo sus manos tiraron suavemente de su bañador. A Ulrich le dio un poco de pudor, hasta el momento en que recordó que estaban solos y sin nadie a la vista. Yumi "liberó a la bestia" como lo decían a veces, y acarició su pene con mimo.
—¿Quieres, Ulrich?
—Claro que quiero… ¿y tú?
—Por algo estoy por aquí —sonrió ella, y empezó a usar su lengua con cuidado en el pene de su marido. Con sus manos presionaba y estimulaba su lengitud mientras disfrutaba de los ruidos y gruñidos que hacía Ulrich. Estaba juguetona. Se liberó de la opresión del bikini, bien pensado no era tan necesario en ese momento. Finalmente consiguió su objetivo, haciendo que Ulrich culminase por fin.
—Espero que no estés muy cansado —dijo la japonesa mientras se subía encima de Ulrich—. Pero si lo estás podemos hacerlo luego.
—¿Cansado? ¿Qué es eso? —preguntó el alemán, dispuesto a un segundo asalto.
Yumi sonrió y se dejó caer suavemente sobre la erección del chico. Las sensaciones conocidas envolvieron su cuerpo desde dentro hacia fuera, suspirando y disfrutando del momento. Ulrich le sujetaba las nalgas y se movía debajo de ella. Perfectamente compenetrados mientras, una vez más, caminaban juntos hacia el clímax. Yumi aumentó el ritmo del movimiento de sus caderas. Sus labios acudieron al encuentro momentáneamente, antes de chillar por el placer, expresando en voz alta el intenso placer al que acababan de someterse.
—¿Este va a ser nuestro plan de vida? —preguntó Ulrich mientras se recuperaban en plena práctica del nudismo en aquella playa—. ¿Comer manzanas y tener sexo?
—Pues no lo veo tan mal plan —bromeó Yumi—. ¿Acaso tenemos otra cosa que hacer en este sitio?
—La verdad es que no. Pero no me haría muchas ilusiones.
—¿Y eso?
—Mira.
Señaló al horizonte. Un barco se acercaba hacia ellos. Estaban salvados.
¡Hola a todo el mundo! Esta es de esas peticiones que llevaban un buen tiempo en el cajón, y al final la historia ha tenido más peso que el lemon. Con 96 one-shots y la tetralogía del lemmon, ya empieza a costar ser más original con estos escritos xD
Alejito480: Me alegro que te gustara :) Sí, Odd es un tramposo, y toda esta historia no podía haber sido con él ;) Yaoi... bueno, es que eran tres tíos con dos tías, repartirse esa más complicado :P
Guest: ¡Gracias! Sí, la secuela del 86 se me pidió y la tengo que pensar bien para darle forma.
SnakeJafar: ¡Muchas gracias! Me alegro que te haya gustado :)
Moon-9215: Sí. El poliamor está a la orden del día :)
Pues con esto me despido hasta el siguiente ;) Lemmon rules!
