Hechizo
La Academia Kadic se erguía sobre un viejo complejo de construcciones medievales. Tal era su aspecto desde el exterior que algunas personas bromeaban incluso con la idea de que se trataba de una "escuela de magia a plena vista". Pero a diferencia del mito, las personas que estudiaban allí sufrían las mismas materias aburridas y mundanas de cualquier otro sitio. Matemáticas, Inglés, Geografía, Ciencias... Un sopor que el aspecto acastillado de las estancias no ayudaba a hacer más llevadero. Por supuesto, no era lo mismo ver en una pared las instrucciones para acabar con un hombre-lobo que la tabla periódica.
Uno de los pocos alumnos que apreciaban los estudios que se impartían era Jeremy Belpois. Estudiante del Première, su pelo rubio y sus gafas redondas pasaban desapercibidas allí donde iba, y de no haber tenido dos compañeros de cuarto probablemente ni tendría amigos. A cualquier persona que le preguntaras él no era sino "un cerebrito". Pero gracias a Ulrich Stern, con quien compartía habitación, nadie se atrevía a toserle.
—No sé cómo puedes engullir tanto —comentó el castaño aquel miércoles, dirigiéndose a su otro compañero de dormitorio, Odd Della Robbia—, y seguir tan flacucho.
—Esbelto, Ulrich, soy esbelto —le corrigió el aludido por trigésima vez. Aquel mes.
—Lo que tú digas. Bebe un poco que te vas a atragantar.
—Sois como el perro y el gato —suspiró Jeremy mientras miraba alrededor. Las mismas caras de siempre. La misma mesa de siempre. Qué rutinario era todo. Incluso…
—Hola, guapo —dijo Laura mientras se sentaba a su lado, y le plantó un fugaz beso a Jeremy en los labios. Tan raudo y tan liviano que el chico apenas lo había notado. Como siempre—. ¿Tienes por ahí "El guardián entre el centeno"? Me lo han pedido para mi clase de Literatura.
—Mierda, me lo he dejado arriba.
—No te preocupes, voy yo a por él. Te veo por la tarde.
Y tan rápido como había llegado, se levantó y marchó al dormitorio, con plena confianza para entrar y llevarse el libro.
—Deberías irte con ella —comentó Odd.
—¿Para qué? Ya la conocéis, puede entrar y no se llevará nada que no sea suyo.
—Creo que Odd no lo dice por eso. Es tu novia, ¿verdad? —preguntó Ulrich.
—¿Y tengo que ir con ella a todas partes? —Jeremy no entendía el punto de sus amigos.
—No, idiota. Digo que aún queda un rato hasta las clases… y tenéis la habitación para vosotros —insinuó Odd.
—No empieces.
Para Jeremy, la aparición de Laura en su vida había sido una sorpresa. Había llegado nueva aquel año a Kadic, e iba a algunas clases con él. Después de una semana se le había acercado y le había propuesto salir juntos. El chico no se creía la suerte que había tenido, y se hubiera pensado que todo era una fantasía si la chica no le hubiera besado tiernamente.
Pero desde aquel día, el resto de su relación había pasado a ser casi efímera. Se veían por las tardes, pero no hacían gran cosa. Prácticamente deambulaban por la Academia, de la mano, con algún piquito esporádico, pero nada más. El chico estaba un tanto frustrado con esa situación, como bien sabían sus amigos, pero lejos de intentar ayudarle, parecía que intentaban reírse de él.
Laura no había permitido aún ningún contacto físico con ella. No se sentía preparada, y Jeremy lo aceptaba. Lo malo era que aunque las hormonas de su novia no se hubieran despertado, las suyas parecían estar en protesta constante. Jeremy no le había tocado el culo ni por encima del pantalón, y anhelaba y fantaseaba con el momento en que su chica se abriera un poco para él.
—Bueno… yo te podría dar un consejo, pero claro, tú no crees en lo paranormal —dejó caer Odd.
En tu caso es más bien lo parasubnormal, pensó Jeremy con resentimiento. Apreciaba a su amigo pero esas conversaciones le daban ganas de arrearle una patada, a ver si así dejaba de decir sandeces.
—¿Un consejo paranormal? —preguntó Ulrich, incrédulo.
—Sí. Mirad, dicen que en los sótanos más profundos de Kadic hay una biblioteca de libros prohibidos. De hechicería y todo eso. Y que entre esos libros hay varios con métodos para… aumentar la libido —bajó la voz en las últimas palabras.
—Y mis padres me decían que había un señor vestido de rojo que me dejaba regalos en navidad, pero yo les descubrí a los seis años —replicó Jeremy.
—Ah, que por eso no crees en la fantasía —comentó Odd—, pero bueno, ¿qué te cuesta ir a echar un vistazo?
—Mi tiempo es muy valioso —respondió Jeremy, terminándose el café.
—Tú mismo. Yo igual me paso a echar un vistazo. Si encuentro algo, lo mismo consigo que Delmas me haga caso.
—Ten cuidado con la hija del decano, no creo que tus padres se tomasen bien que te expulsaran de otro colegio —le recordó Ulrich.
—No te preocupes, soy un caballero.
—Sí, por eso mismo.
Como muchas ideas estúpidas, esta tenía la capacidad de imferir en una mente con la de Jeremy, únicamente porque su falta de contacto sexual hacía que se subiera por las paredes. No creo que haya nada así. Pero ¿y si existiera? Desde luego, de alguna forma lo conseguirían en el pasado, reflexionaba. Se negaba a creer en la magia. Si había algo sería alguna receta de alguna "pócima". Él era inteligente. Incluso en el poco probable caso de encontrar algo, no le daría a su novia un mejunje que pudiera ser peligroso. Me bastaría con que no me diera esos besos tan ausentes de sentimiento, pensó el chico.
De modo que dedicó las horas de clase a concentrarse más que nunca. Si iba a dedicar la tarde a la búsqueda de gamusinos, por lo menos las horas de clase las emplearía en algo productivo. Incluso la clase de Biología, que era de las pocas que compartía con Laura, y como ella se sentaba más adelante él la contemplaba en silencio a ratos.
Después de comer, mintió a sus amigos diciendo que iría a la biblioteca a estudiar. Como era su plan habitual, no se les ocurrió pensar que en realidad su amigo iba a dedicarse, por primera vez en su vida, a buscar algo más allá de la compresión de la ciencia. Se fue con su mochila, dejando a sus amigos comiendo.
Ya me jodería que justo hoy vinieran a acompañarme a estudiar, pensó mientras iba en dirección a la biblioteca. Se desvió en el último momento. Había unas escaleras descendientes. La mayor parte de alumnos jóvenes evitaban aquella parte de Kadic. En primer lugar porque estaba vetada. En segundo lugar, porque a pesar de la prohibición, era donde los alumnos mayores quedaban para beber, darse el lote, y posiblemente varios pecados más.
Afortunadamente para Jeremy, pasó desapercibido. Lo cual no era complicado, teniendo en cuenta que los pocos que se encontró estaban en parejas, besándose en las columnas como si no hubiera un mañana. Sintió una oleada de celos hacia ellos. Tal vez… no me hago ilusiones mejor. Llegó al final del corredor, donde había otra escalera. Había señales de "Prohibido el paso". Miró alrededor. Nadie le prestaba atención. Pues nada, era una señal, no un vigilante de seguridad. Tomó aire y se zambulló en las profundidades.
Deseó no haber gritado. El último sótano no era, como él había imaginado, una orgía de polvo, telarañas, y un montón de cosas que en su día serían útiles pero ahora no fueran más que basura. Al contrario, era una amplia estancia (de piedra, por supuesto) donde reposaban estanterías de madera muy cara sobre las que habían ordenado unos libros de aspecto antiguo. Como encuadernados en piel.
Primera mentira de Kadic: aquí no ha bajado nadie en eones. Echó un vistazo. Ninguno de los libros tenía texto en el lomo. Y en los muebles no se distinguía una sola mota de polvo. Estaba mejor cuidado que la planta que acababa de abandonar, y dudaba mucho que fueran los alumnos mayores los que habían hecho limpieza. Alguien mantenía esa sala. Lo cual quiere decir que lo mismo me descubren.
Empezó a abrir libros de la primera columna de volúmenes. Después de tres intentos se dio por vencido. No eran más que anuarios antiguos. De no ser porque el aspecto de los demás libros no era similar, hubiera tirado la toalla e ido a estudiar de verdad. Pero probó con otro libro, más alejado. Un tratado de medicina. En el interior, imágenes muy precisas del interior del cuerpo humano. Esto debe valer una fortuna para un anticuario, pensó. Echó un vistazo por encima. Todos parecían tratados serios. Y se hubiera ido, de no ser porque se fijó en un tomo que no estaba encajado al fondo del estante, sino que sobresalía con diferencia.
Alargó la mano para sacarlo. Tenía mucho desgaste, como si su anterior propietario lo hubiera usado demasiado. En su interior, no obstante, reposaba lo que Jeremy había ido a buscar. Magia. O algo parecido al menos. Se detallaban pociones para sanar enfermedades en algunas páginas. En otras se explicaba cómo hacer hechizos para fertilizar las plantas o camuflarse a plena vista. Sonrió. Casi se lo creía.
—La gente tiene una imaginación… incluso se han inventado más hechizos —comentó en voz alta consigo mismo cuando reparó en que había notas escritas en tinta, pero a mano—, "la aparición del ángel". ¡Hocus pocus Ael Venire!
Apenas tuvo un segundo para reírse antes de que el libro empezase a agitarse en sus manos. Lo dejó caer y un haz de luz brotó entre las páginas. Cuando la luz desapareció, se quedó paralizado. Había alguien delante de él.
Era una muchacha, debía tener la edad que él. Tal vez un poco mayor. Jeremy no fue consciente de que se había puesto colorado al ver a la chica. Su aspecto era muy llamativo. Llevaba unas botas de cuero hasta las rodillas, y cubría el resto de sus piernas una especie de mallas azules, que no llegaban a cubrirle por completo. Su torso estaba cubierto por algo similar a un corsé de lencería en color fucsia, a juego con el rosa de su cabello. Pero lo más llamativo y que provocó el pánico de Jeremy era lo sobrehumano: dos cuernos que apuntaban el techo, unas alas desnudas que le nacían en la espalda, y una cola puntiaguda que se movía libremente.
—Hola —saludó la criatura—, me llamo Aelita. ¿Has sido tú quien me ha convocado?
Jeremy estaba mudo y no podía responder.
—¿Hola? ¿Te encuentras bien? —volvió a preguntar ella. Pero seguía sin obtener respuesta e hizo un mohín de enfado—. ¡Oye!
—T… T…¿Tú quién eres? —acertó a responder el chico.
—Soy Aelita —repitió ella, sin entender la pregunta—. ¿Has sido tú quien me ha liberado?
—¿Liberado?
—Sí, el hechizo. Juraría que era tu voz —dijo Aelita, y le sonrió con ternura. De pronto su aspecto era un poco menos aterrador—. Muchas gracias. Aunque aún no me has dicho cómo te llamas —le miró con curiosidad.
—Me...me llamo Jeremy —respondió el rubio. Es una preciosidad, pensó—. Disculpa, tú…
Pero la frase se perdió en el aire cuando Aelita le dio un abrazo.
—Pues muchas gracias, Jeremy.
—De-De nada —atinó a decir. Sintió que se ponía colorado—. Oye… Aelita… ¿puedo preguntar qué eres? No te ofendas…
—No me ofendo. Tú eres un humano —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Nunca has visto un ángel, imagino.
—No, claro que no. Los ángeles no existen.
—¿Ah, no? ¿Y entonces qué hago hablando contigo? —preguntó. ¿Se estaba divirtiendo? Lo parecía.
—No lo sé, pero… los ángeles visten de azul… sus alas tienen plumas… y en la cabeza no tienen cuernos, tienen una aureola.
—Vaya. Para afirmar que no existen los ángeles tienes varias ideas preconcebidas sobre nuestro aspecto —replicó Aelita. Jeremy no supo qué responder a eso.
—Los ángeles no pueden existir.
—Pero me has visto salir del libro.
—¡Eso es imposible!
En ese momento Aelita le agarró de la pechera. Agitó las alas, alzando el vuelo y levantándole con ella. Le miraba muy seriamente. De pronto, empezó a pincharle con la cola, provocando las quejas de Jeremy. No dolía pero era molesto. Probablemente le dolería más si no hubiera estado colgando sobre el suelo.
En ese momento, el ángel le soltó. Jeremy no cayó al suelo porque en el último momento le sujetó por la muñeca. Se la había atado con la cola. Suavemente descendió, permitiéndole posar los pies en tierra antes de terminar de descender ella.
—¿Tengo que hacer algo más para demostrártelo? —preguntó, aburrida—. No me esperaba que alguien que se anima a decir un hechizo de un libro fuera tan cerrado de mente.
—Pensé que era una broma —reconoció él.
—¿Y qué vas a hacer, Señor Pensaba Que Era Una Broma? ¿Vas a correr la voz? ¿Vas a llamar a una horda de gente con antorchas para que me de caza? Te aviso que lo único que puede derrotar a un ángel es otro ángel.
—¿Por qué un ángel derrotaría a otro? —Jeremy estaba confuso.
—A ver. ¿Son buenos todos los humanos?
—Claro que no.
—Pues lo mismo nosotros. Lo que pasa es que en vuestra desbocada imaginación existía un dios, y uno de sus ángeles se rebeló, y su séquito pasaron a ser los demonios…
—¿Existen los ángeles pero no existe dios? —Jeremy no creía en ninguno de los dos. Hasta ese momento.
—Solo sé que en quinientos años de vida jamás he recibido órdenes de dios, de Satanás, o de cualquier cosa en la que creáis ahora —dijo Aelita—. Sólo sé que llevo veinte años encerrada en ese puñetero libro. Y necesito recuperar energías.
—¿Y cómo te alimentas? ¿Nectar y ambrosía? —preguntó Jeremy. Todo aquello desafiaba las leyes de la lógica que él conocía, así que no sería raro que se alimentara como los dioses de la mitología griega.
—No. Sólo necesito un… humano receptivo —y sonrió a Jeremy de un modo diferente. No era con ternura.
Antes de darse cuenta, el ángel le estaba pasando los brazos sensualmente por encima de los hombros. Un escalofrío le recorrió la columna.
—Aelita… ¿qué haces? —preguntó nervioso.
—Ya te he dicho… necesito un humano —respondió ella—, pero no te preocupes. Te aseguro que no voy a hacerte daño alguno.
Y le plantó un beso en los labios. Un beso cálido, pasional. Sintió la lengua de la chica invadiendo su boca. Joder, era buena besando. Pero…
—No… Aelita, para —pidió él.
—¿No te gusta? —preguntó extrañada.
—No, no es eso… yo tengo novia.
—Oh —Aelita parecía un poco decepcionada, pero se apresuró a soltarle—. Disculpa. Sé lo importante que es la fidelidad para los humanos.
—Gracias. Si Laura se llega a enterar de…
—¿Laura? ¿Has dicho Laura?
—Sí, Laura.
—¿Así se llama tu novia?
—Sí… ¿Pasa algo?
Aelita pareció dudar un momento. Miró a Jeremy, y suspiró. Alzó una mano en dirección a los libros y varios volúmenes se deslizaron de la estantería. Cinco de ellos levitaron hasta ponerse en una larga mesa. Jeremy avanzó hacia ellos, no sin temor. Estaban todos abiertos por la misma página. No eran sino anuarios de Kadic, entre los cursos escolares 1979/1980 y 1983/1984. Con un pase de su mano, las páginas se voltearon hasta llegar a las fotografías del curso.
A Jeremy se le cayó el alma a los pies. Había una fotografía de Laura en cada uno de los libros, con su nombre al pie. Y una mención de honor en Literatura en todos ellos. La imagen era la misma en todos los casos. Y Laura parecía no haber envejecido desde hacía…
—Son de hace veinte años…
—Laura es un ángel. Uno de los malos —explicó Aelita—. Me enteré de que todos los años borraba la memoria de los alumnos y volvía a empezar el año. Elegía a alguien al azar para ser su novia, y se pasaba el año jugando con él… el curso siguiente no la recordaban y volvía a ser la nueva. Aquí tiene una fuente inagotable de humanos nuevos cada año.
—¿Y tú cómo sabes eso? —tembló Jeremy.
—Porque me enfrenté a ella. Pero era más poderosa que yo. Fue en diciembre del ochenta y cuatro. Me hice pasar por alumna nueva para investigarla pero me descubrió. Luchamos y me confinó en el libro de hechizos. Luego supongo que borró la memoria de todos.
—Pero no lo entiendo… ¿por qué haría ella eso? ¿Qué gana haciéndose pasar por alumna y echándose un novio humano?
—Ya te he dicho… cómo conseguimos nuestro poder.
—Mentirosa.
—¿Disculpa?
—Laura no puede querer conseguir poder de mi.
—¿Por qué no?
—Porque ella no…
Se calló. No le apetecía confesar que Laura no le había permitido tocarla aún. Pero le parecía muy feo lo que Aelita le estaba contando. Parecía sincera, que eso era lo peor. Pero ¿por qué iba Laura a hacer eso?
—¿Cómo sé que no me intentas engatusar tú? A lo mejor eras tú la que se tiraba a todos y ella vino a detenerte y te derrotó.
—Y ha seguido en Kadic porque…
—Para protegernos a los demás de tu embrujo —razonó Jeremy.
—Tengo que admitir que eres inteligente —reconoció Aelita—. Y tienes razón. No te puedo demostrar que Laura fuera la buena y que yo me aprovechara del potencial de los humanos estudiantes. Pero yo pregunto entonces… ¿por qué dejarse ver?
Jeremy parpadeó y en ese momento perdió a Aelita de vista. Sintió un viento suave alrededor. Volvió a ver el cuerpo de Aelita en el momento en que ella le abrazaba desde la espalda, presionando suavemente su pecho.
—Los ángeles podemos ser invisibles a ojos de los humanos. Nuestro poder solo tiene este límite. Para interactuar con vosotros… hablar, tocar, sexo —susurró— tenéis que vernos. Laura podría aparecerse de noche, aparearse y que todo pareciera un sueño… e incluso que la olviden. Si se queda hasta final de curso es porque es vanidosa. Le gusta hacerse la inalcanzable. Demostrar que ha jugado con la gente. Y lleva muchos años aquí alimentándose.
—Laura nunca se aparea al principio del curso. Adora ser perseguida, rechazar la excita aún más. Por eso no tuve la oportunidad de verla con aquel chico del club de atletismo hasta diciembre. Jugó con él hasta que estuvo demasiado hambrienta.
—Del club de atletismo.
—Sí. Un castaño. No recuerdo su nombre, solo que iba siempre con una tirita pegada en la mejilla. Se pensaba que le quedaba bien —comentó Aelita, y convocó el anuario del año 1984/1985. Mostró las páginas a Jeremy mientras buscaba las fotos—. Este era. Incluso en la foto luce la tirita.
Jeremy miraba pero apenas podía prestar atención. Todo aquello parecía tan inverosímil. Y aún así tenía sentido la historia que escuchaba. Aelita se dio cuenta de que algo iba mal, porque dejó el libro en la mesa y rodeó a Jeremy con los brazos.
—Lo siento… Si te sirve de consuelo, ella no pretende matarte. Solo necesita aparearse.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó con la voz fría.
—Si un ángel mata a un humano, también termina su propia vida. Pero no desaparece sin más. Siente cómo cada molécula de su cuerpo le arde, le pincha, y luego se desvanece en la nada.
—Eso no cambia nada. Me ha utilizado.
—Lo sé…
—Joder, qué tonto he sido. ¿Cómo una chica tan bonita podría fijarse en mi?
—¿Qué tienes tú de malo? —preguntó Aelita sin entender.
—¿No es evidente?
—No para mi.
Y en ese momento volvió a besarle. Jeremy estaba hundido. Muy hundido. Tanto como para aceptar en ese momento la compasión del ángel. Pero estas criaturas podían percibir más cuando tenían ese contacto íntimo.
—Jeremy… quiero que sepas que si hago esto es por elección propia. No es para que te sientas mejor. No voy a manipularte —aseguró ña chica, acariciándole la mejilla—. Entiende que para nosotros no es igual. Pero no significa que no me gustes.
—¿Yo… te gusto?
—Claro.
Jeremy se impulsó en besarla. Aquel ángel le podía llevar donde no había conseguido llegar aún. Se abrazó a ella, entregándose al momento del placer. Se permitió recorrer la espalda de Aelita con las manas, suavemente, hasta llegar a…
—¡Aaaaaaah! —gimió Aelita.
—¡Perdón!
—No… me gusta —reconoció el ángel, disfrutando del tacto de las manos de Jeremy en sus alas.
—¿Son… erógenas? —se sorprendió Jeremy.
—Solo cuando lo hacemos —sonrió Aelita, y permitió al chico aprovecharse de la situación para disfrutar de sus manos volviéndola loca.
Jeremy se sentía fascinado. Sus dedos en las alas de Aelita la estimulaban, como bien indicaban sus gemidos constantes. Sintió que él mismo se excitaba con la situación. Aelita empleó su cola para desatarse el corsé tirando de las ligas, mostrando sus atributos desnudos para él.
—¿Qué te parece? Puedes seguir tocando tanto como quieras —le ofreció en un falso tono de timidez. Pero de pronto el chico estaba cohibido, de modo que le tomó las manos con delicadeza y las puso sobre sus pechos, invitándole a masajearlos—. Eso es… se siente bien.
Debe ser genial ser un ángel y tener tantos puntos de excitación, pensó Jeremy. Volvió a llevar las manos a la espalda de Aelita, rozó sus alas (ella tuvo un escalofrío) y las fue bajando hasta llegar a sus glúteos. Le gustaba su tacto, su forma, su firmeza. Aelita aprovechó la cercanía para volver a besarle, y sus lenguas empezaron a jugar entre sí.
De pronto el chico sintió algo en su entrepierna. Las manos del ángel abrían la bragueta de su pantalón. Se puso colorado. Le iba a ver completamente excitado. Pero Aelita no se burló de él cuando, al desnudarle de cintura para abajo, contempló su pene erecto. Le acarició los testículos con cuidado, y para sorpresa de Jeremy, le empezó a masturbar con su cola.
—¿Te gusta? —preguntó—. ¿O prefieres que use mi mano?
—A-Así está bien —respondió él, intentando contener sus gemidos. Algo que a Aelita no le gustaba.
—Demuéstrame que te gusta. Gime, jadea. Di mi nombre.
—Aaahhhh… sí, Aelita… me gusta… —reconoció él, muerto de vergüenza—, me mucho… sigue… —pidió cuando ella aumentaba el ritmo.
Su sentido de ángel le advirtió de que Jeremy iba a culminar, de modo que sustituyó su cola por sus labios. Sentir a Aelita lamiendo su erección fue demasiado para él y eyaculó de inmediato. Horrorizado por lo que había hecho, se arrodilló ante ella.
—¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Quería avisarte, se me fue de las manos…!
—Yo diría que se te fue del pene —bromeó la pelirrosa. Jeremy no podía saberlo, pero ya se sentía un poco más fuerte. Pero no lo suficiente para recuperarse de veinte años de encierro—. No te preocupes, Jeremy.
—¿De verdad? —preguntó preocupado.
—De verdad. Pero hay algo que puedes hacer para compensarme. Vamos a seguir haciéndolo toda la tarde.
El chico no tenía un plan mejor que hacer, y si lo tuviera lo anularía. A Aelita le sentaba bien estar con sus botas y sus mallas, exhibiendo el resto de su cuerpo para él, pero Jeremy tenía calor, de modo que se desprendió de su suéter. Pero antes de poder hacer nada, se vio apoyado contra la pared y ella volvió a darle placer con la boca. No intentes protestar. Ella toma así la energía, se recordó mentalmente, de modo que se relajó y se dejó hacer. Desde arriba no podía ver cómo Aelita sonreía. El chico empezaba a entender la dinámica. Y se sentía demasiado bien como para que fuera un problema verse utilizado. Él lo estaba pasando de maravilla.
Tuvo el cuidado de avisar a Aelita antes de llegar al orgasmo por segunda vez, pero eso no detuvo al ángel. Continuó felando su erección mientras el chico eyaculaba.
—¡Oye! —protestó ella de pronto.
—¡Perdón! —se asustó Jeremy y levantó ambas manos de inmediato. Había estirado la mano hacia los cuernos de Aelita y taba recorriendo con los dedos, pero la reacción de ella le indicó que era un gesto de mala educación.
—No se puede tocar los cuernos de un ángel sin consentimiento. Aunque con los humanos no nos produce reacción. Es una norma entre nosotros y por costumbre tampoco os lo permitimos.
—Perdóname. Era curiosidad…
—Lo sé. Pero para que te perdone, quiero más sexo —rió Aelita.
—¿Quieres seguir? —preguntó él, sorprendido.
—Tú marcas el límite.
—Me… me gustaría tocarte un poco a ti —pidió el rubio.
Aelita asintió. Se aupó sobre la mesa, separando las piernas para el chico. Este contempló con admiración el sexo del ángel. Aunque nunca había visto una chica desnuda de cintura para abajo, no notaba diferencias entre una humana y aquel maravilloso ser que se ofrecía a él. Probó a acariciar su sexo, y le provocó un escalofrío. Aelita no disimulaba cuando algo le gustaba, y eso le daba confianza para seguir.
—Oh, Jeremy… —se mordió el labio cuando sintió el dedo del chicodeslizando en su sexo. Este estaba lamiendo sus pechos al tiempo, le gustaba su sabor. Y empezó a descender. Se acomodó un poco más, disfrutando de los torpes pero encantadores gestos del chico. El sexo con los humanos les fortalecía, pero era más efectivo cuando tenían penetración. El oral para ella era más placer que hacerse fuerte, pero no protestó. Estaba bien un gesto así con ella, y más después de tanto tiempo encerrada—, un poco más… justo ahí, sí… ¡aaaah, me gusta…! ¡Sí, sí…!
El chico desató su lengua, animado por los gemidos del ángel. Se aferró a sus miernas mientras se aseguraba de conducir a Aelita al orgasmo, y lo consiguió. Apoyó la cabeza en las piernas de la chica, y sintió un agradable escalofrío cuando ella le revolvió el cabello.
—Gracias. Me he sentido muy bien —aseguró—, pero espero que no estés muy cansado —añadió con una sonrisa.
El chico se vio tendido en el suelo, con el ángel subiendo a horcajadas encima de él. No, no iba a ocurrir, ¿verdad? Era un sueño. Pero sintió la calidez del sexo de Aelita rodeando su pene mientras descendía y por fin se habían unido en uno. Él estaba inmóvil, mientras ella se movía encima de él, a un ritmo lento, recreándose en cada acometida. Tomó las manos del chico nuevamente para llevarlas a su trasero, invitándole a tocarla tanto como quisiera. Ella disfrutaba de la experiencia con el chico. Con cada movimiento se sentía más fuerte. No era aún suficiente para su batalla, pero no sería la última vez que se reuniera con Jeremy.
Este gimió en el momento en que eyaculaba, pero eso no detuvo las caderas del ángel que seguía moviéndose arriba y abajo de él por largos momentos, mejorando la experiencia. Finalmente se detuvo, aún sobre él y con sus cuerpos unidos.
—¿Qué tal te has sentido? —preguntó.
—Ha sido maravilloso —reconoció él—. ¿Sabes? Has sido mi primera vez…
—¿Me dejas ser también tu segunda vez? —le preguntó, acariciándole la barbilla.
Y descendió del cuerpo de Jeremy, postrándose en cuatro para él. Este se acercó a ella, y deslizó su pene dentro de ella, sujeto a sus caderas. Poco a poco se dejó llevar por el ritmo, y llos gemidos de ambos llenaron la estancia. A él ya le daba igual si les pillaban. Lo estaba disfrutando mucho. Y en ese momento se le ocurrió una locura, y empezó a manosear de nuevo las alas de Aelita.
—¡Jeremy! —gimió ella. Empezaba a llegar al límite del placer—. ¡Malo! ¡Eso me… me gusta mucho…! ¡Aaaaah!
—¡A mi también, Aelita! —gritó él—. ¡Voy a acabar!
—¡Juntos, juntos! —pidió ella, rendida al placer de las embestidas de Jeremy y las caricias que le daba en las alas, llegando al orgasmo ambos a la vez.
El rubio cayó derrotado sobre la espalda de Aelita. Una vez terminado el acto, sus alas volvían a ser simplemente alas. Jeremy tardó unos momentos en volver a incorporarse, un poco cansado aún. Pero se sentía mucho mejor.
—Creo que sé la respuesta, pero… ¿volveré a verte? —preguntó. En su cabeza ella respondía "no".
—Tanto como quieras —aseguró ella—. Necesito aún recuperarme. Si te parece bien.
—Por supuesto —ya no le importaba mucho. Aelita quería seguir teniendo sexo con él y en ese momento era lo que necesitaba—. Y… ¿qué debo hacer con Laura?
—Finge… o déjala. Y no me importa si le dices lo que hemos hecho —aseguró Aelita—, lo dejo en tus manos. Ya te he dicho, ella no te hará ningún mal. Como mucho, te borrará de sus recuerdos y engatusará a otro compañero tuyo.
—¿Y… me acordaré de tí? —preguntó.
—Yo me ocupo de eso —aseguró Aelita y le dio un tierno beso.
Se vistieron nuevamente, y Jeremy se despidió de ella. Él ignoraba que Aelita se sentía culpable. Solo había un detalle que le había ocultado: los ángeles se fortalecían más si tenían relaciones sexuales con alguien que les gustase de verdad. El chico le había gustado, y lo notaba en sus energías recuperadas con fuerza. Pero eso también significaba que si Laura le había elegido era porque le gustaba. Que se joda esa tipa. Acabaré con ella, pensó Aelita antes de desaparecer.
A la tarde siguiente se dio prisa en regresar. Llegó incluso antes de que los alumnos mayores ocupasen el piso superior al de la biblioteca secreta. Buscó rápidamente el libro que sobresalía en la estantería, y no tardó en localizarlo. Lo abrió y encontró rápidamente el hechizo para convocar a Aelita. Estaba ansioso.
—¡Hocus pocus Ael Venire!
Y Aelita se mostró ante él.
—Hola, me llamo Aelita. ¿Y tú cómo te llamas?
—Me llamo Odd.
¡Hola a todos!
No, no tienes mal el correo electrónico, te tienen que haber llegado dos notificaciones. Uno, el final de "Code: Deidad", que después de un año no tiene sentido mentirme a mi mismo porque no lo voy a continuar, y en segundo lugar, este lemmon. Espero que os haya gustado, es la primera vez que pruebo con algo un poco diferente añadiendo esos elementos de fantasía en la historia. La idea vino por una imagen compartida en un grupo de WA en que una especie de demonio/súcubo se parecía a Aelita y justamente sujetaba a un chico en la pared que se parecía a Jeremy. Y de algunas ideas... pues ha quedado esto.
Detalles: por si alguien no se enteró, el chico de la tirita era Jim Morales cuando era estudiante. Y el detalle final de Odd, viene porque en la imagen original, alguien contemplaba desde lejos. Me imaginé perfectamente a Odd siguiendo a Jeremy sin ser descubierto y ver en la distancia a su compañero teniendo relaciones con el ángel... y queriéndolo probar :D
CarlosJim04: Me alegro que te gustara ^^
Guest: Pues mira que he escrito cosas pero creo que esa no. Si tienes alguna idea con contexto, cuéntame ;)
Por cierto. Jeremy estudia Première, que en el sistema educativo de Francia equivale a primero de Bachillerato. Está muy cerca de la mayoría de edad. Y Aelita es un ángel con varias décadas de vida a su espalda, pero físicamente tiene la misma quinta que él. Quiero dejar claro que no soporto a esos "artistas" que ponen a un hombre de 40 años copulando con un espíritu que tiene mil años de vida pero casualmente se manifiesta con el cuerpo de una cría de 10 años. No. Eso tiene una palabra muy fea por nombre. Tenía que decirlo, sin más.
Esto es todo por ahora, este domingo ya adelanto que nó habrá capítulo del reboot, pero espero que la semana que viene sí. Lemmon rules!
