#16 Más de una crisis

El paso de los días no sentaba bien a una persona. Estaba de los nervios. Deseó estar equivocada. Tenía que estarlo, no era posible. Y sin embargo... Dudó si llamarle. Marcó el número. Lo borró. Volvió a marcarlo. Miró el reloj. Aún faltaba rato para que la academia despertara. Tal como estaba en pijama, salió del dormitorio y se deslizó en silencio por los pasillos. Llegó a la puerta de Ulrich, y entró sin llamar.

Le llamó la atención no ver a Odd en su cama, pero mejor así. Se volvió a la cama de Ulrich, y empezó a moverle el hombro para despertarlo. Este se desperezó un poco. Abrió los ojos, confuso.

—¿Sissi? ¿Qué haces aquí?

Un sollozo fue todo lo que necesitó para espabilarse. La chica lloraba a lágrima viva, empapando sus sábanas. Ella avanzó a por él, y este la acogió entre sus brazos. No entendía nada, pero lo primero era que se calmara. Su amiga tenía la respiración agitada y le temblaba todo el cuerpo. Le daba miedo, debía ocurrir algo gordo.

—Sissi... no se qué ha pasado, pero lo podemos arreglar.

—No me odies... —pidió de pronto la morena.

—¿Odiarte? ¿Por qué voy a odiarte? Llevas semanas siendo mi apoyo... Pase lo que pase estoy contigo.

Sissi intentó serenarse. Contenía las lágrimas a duras penas.

—Sí... hace semanas que no nos separamos casi... Y hemos tenido mucho sexo —dijo la chica—. Normalmente, tú te ponías gomita, pero otras veces no...

—Claro, me dijiste que tomabas... Oh...

Sissi asintió con la cabeza.

—La última vez que lo hicimos... Creo que se me olvidó tomarla... Hace dos días que no me baja la regla, y siempre había sido puntual... Puedo estar embarazada...

Ulrich no dijo nada por unos momentos. Tenía que asimilarlo. Sissi había sido una gran amiga todo ese tiempo. La única que había llenado un poco el vacío que sentía desde que había roto con Yumi. Su compañía era reconfortante. Y había pensado incluso en renunciar al sexo. Pero se sentía bien. Y ella insistía en que le parecía bien hacerlo. La última vez hacía sido espectacular, y era cierto: había eyaculado sin condón. Pero pensó que, una vez más, no pasaría nada.

—¿Te... te has hecho el test? —preguntó el chico.

—No, no me atrevo. Quería que vinieras conmigo, no quiero ir sola. Si me ven sin nadie comprando eso...

—Lo entiendo, sí. Iré contigo —aseguró el alemán—. Después de clases iremos a por un test. No vas a ir sola.

—Pero...

Sissi no se atrevía a formular su pregunta. Le daba pánico lo que pudiera decirle. Y lo entendería perfectamente. Pero sería muy dañino.

—¿Qué harías si... si diera positivo? —preguntó, respirando con dificultad.

Ulrich se quedó en silencio por unos momentos.

—El error ha sido de los dos... Si decides tenerlo, voy a estar contigo.

No tenía sentido en ese momento mencionar la posibilidad del aborto. Es más, no creía que Sissi se viera capaz de ello. Ella simplemente se limitó a llorar por unos minutos más. Ulrich le acarició la cabeza, intentando consolarla. Aunque creía que esos gestos no servían de mucho, pero no podía hacer nada más por ella en ese momento, solamente estar para ella.

—Mi padre me matará... —sollozó.

—Y el mío seguramente también —comentó Ulrich—, pero mantengo lo que he dicho. No vas a estar sola.

Sissi sonrió y se secó las lágrimas. Se acomodó un poco en la cama de Ulrich.

—Es pronto... ¿podemos dormir un poco más? —pidió—. Llevo intranquila desde anoche...

—Claro —dijo Ulrich—. Puedes quedarte tanto como quieras.

—Gracias. ¿Y dónde está Odd?

—Creo que subió a "dormir" con Aelita... —comentó el alemán—. Al menos me libro de sus ronquidos.

A pesar de lo mal que se encontraba en ese momento, Sissi se echó a reír.

—Gracias por ser mi amigo, Ulrich.

—Siempre.


Patrick abrió los ojos por la mañana. Estaba esperando que sonara le maldito despertador de Jeremy. Su primo madrugaba, y al final había adquirido esa misma costumbre. Por eso le sorprendió que aquella mañana no sonara la estridente alarma. Se incorporó y vio a su primo, sentado en la cama, mirando al techo.

—Jeremy... ¿estas bien? —preguntó.

—Buenos días... —respondió este.

—¿Me has oído? Que si estás bien —insistió su primo. Jeremy sacudió la cabeza.

—Perdona, ¿decías?

—Te noto ausente. Y no solo hoy, hace ya días... —comentó Patrick—. Nunca has sido muy hablador, pensé que en algún momento me contarías lo que pasa...

—Simplemente estaba pensando —dijo Jeremy—. ¿Te das cuenta que lo del Acuerdo ha sido un desastre?

—¿Desastre? —preguntó su primo, extrañado—. Yo me lo he pasado de maravilla, ¿tú no?

—Sí, pero...

—Vamos, primo, no solemos hablar del tema. ¿Con quién te ha gustado más hacerlo? Si me permites decirlo, Aelita... —empezó la frase, pero la cara de Jeremy no reaccionaba, y eso era casi más peligroso que un enfado por su parte—. Vale, esto empieza a ser siniestro. ¿Qué pasa con el Acuerdo?

—¿No es evidente? —preguntó el rubio—. Sí, al principio parecía que todo iba bien... Probar a hacerlo con alguien diferente... La experimentación con otros chicos... —reconoció—, pero ¿ahora? Yumi y Ulrich reavivaron sus celos y han roto. Es imposible que nos reunamos todos sin notar la tensión. Y aunque estén más tranquilos, Sam y Odd también rompieron, estoy seguro de que algo pasó por las condiciones del Acuerdo aunque no lo admitan...

—Y tú te has fijado en la rubia —comentó Patrick. Jeremy le miró, como si le hubiera dado una bofetada.

—¿Qué has dicho?

—No te lo he querido decir antes, pero... Te noto extraño cuando estamos con ella. Cuando nos reunimos para estudiar y eso. No sé si Odd tiene alguna intención con ella, pero te he visto mirarle mal cuando le pregunta dudas... O cuando le hace propuestas delante de todos para irse a estudiar a solas.

—No sé de qué me hablas —dijo Jeremy, molesto, y se puso en pie pero Patrick le retuvo—. De Odd me molesta lo poco que se corta a veces en público. No tenemos que airear nada de nuestro Acuerdo, ¿verdad?

—Pero no te veo enfadarte cuando se lo propone a Aelita.

El rubio apartó la mirada.

—Vamos, primo. Cuéntame qué te pasa. ¿Es que... no estás bien con ella?

—No... Y es por mi culpa.

Se sentó en su silla de ordenador. Patrick no era el mejor estudiante de todos, le costaba bastante. Pero sus capacidades para socializar y ver qué no funcionaba entre la gente le asombraban, probablemente porque él consideraba que seguía aprendiéndolo día a día. Trabajar sus habilidades sociales le había sido complicado, y por lo visto sus actos eran más transparentes de lo que pensaba.

—Tienes razón. No estoy bien con Aelita. Hace tiempo que estamos un poco lejos y la culpa es mía... no he sabido ayudarla con su madre. No he pensado en cómo ayudarla con lo de su madre —se corrigió—. He estado pensando en Laura. Y me ocurre desde que Odd quiso... competir conmigo por ella. Una tontería, él quería tener sexo con ella, y luego ella lo quiso conmigo. Yo solo pensaba en ser su amigo. O creía que solo quería ser su amigo. Pero entonces, ¿por qué me sentía culpable cuando le proponía quedar a solas? Es decir, no es tan raro, ¿no?

—No lo es —reconoció Patrick—, pero si te sientes culpable, hay algo que no estás haciendo bien. ¿Te gusta Laura?

—Sí —reconoció Jeremy—. Es inteligente. Es guapa. Ha cambiado mucho desde que la conocimos. Y...

—Y se fijó en ti, ¿verdad?

Jeremy no respondió.

—Quizá te obsesiona porque ella te ha mirado de un modo que solo Aelita lo había hecho —aventuró Patrick—. No pasa nada porque ella te guste. Tenemos una relación beneficiosa, puedes verte con ella tanto como quieras. La pregunta es: ¿la amas?

—No estoy seguro...

—¿Y qué pasa con Aelita? ¿A ella la amas?

—Claro que sí. Desde hace años, cuando la conocí pensé es ella y...

—Pues ahí tienes tu respuesta —dijo Patrick—. Laura te llama la atención por algo que te recuerda a Aelita. Pero no la amas como a ella. Deberías asumirlo, y dejarlo claro con ella.

—Es fácil para ti decirlo —resopló Jeremy—. Tú tienes carisma. Yo no puedo decir las cosas con tacto, y todo esto se escapa de la lógica.

—Pues tendrás que dejarte llevar. Es menos artificial que pensar un discurso —le recordó Patrick—. Y sobre todo... sincérate con Aelita sobre tus dudas.

—Tú quieres que una de las dos me mate, ¿no?

—Sabes que no. Es lo correcto, solo eso.

—A veces hablando contigo me doy cuenta de lo mal que te juzgué hace años...

—Gracias. Supongo —Patrick se encogió de hombros.

—Lo digo en serio. Estás intentando arreglar mi relación. Y sé que has animado a Emily a arreglarse con Carlos... aunque ella te gusta a ti. Yo también me fijo en cosas.

—Ya, bueno... Eso es un tema mío —comentó Patrick. No quería hacerse ilusiones con la chica, pero las últimas noticias le habían animado bastante—. En fin, creo que ahora las duchas tienen que empezar a llenarse... ¿nos lo saltamos y vamos a desayunar?

—Buena idea —dijo Jeremy—. Me vendrá bien comer algo... Y... gracias por la conversación, me hacía falta.

—No hay de qué —respondió Patrick—. No lo olvides, somos familia. Aquí me tienes.


Era por la tarde cuando Sam se dirigía a casa de Yumi. Llevaba los apuntes en una mochila a su espalda, aunque contaba con poder hablar con la chica de algo más. De ellas. En su mente, tenía cierta idea que le rondaba la mente.

Yumi, se acerca la Navidad. ¿Qué le has pedido a Papá Noël? —bromea Sam.

Ella se echa a reír.

Nada, este año no lo tengo claro...

Pues yo he pensado un regalo para ti.

Yumi la mira. Sam saca un lacito de regalo y se lo pone en el pelo.

¿Qué te parece una nueva novia?

Yumi se echa a reír, se acerca a ella, y le da un beso romántico.

Pero antes de poder arriesgarse con una idea tan infantil como aquella, y que no necesariamente tendría el final esperado, Sam tenía que volver a quedar con ella. Una verdadera cita. Una velada para ellas, que afianzara lo ocurrido en la ocasión anterior. Sabía que le había gustado, pero igualmente, la japonesa no le había dicho de repetir. Y eso le preocupaba, al fin y al cabo si realmente le gustaba, debería querer volver a verse. Aunque... revisando las conversaciones, casi siempre iniciaba Sam. Y las propuestas de verse eran suyas.

Llegó a casa de Yumi, pero fue recibida por Hiroki.

—Hola, ¿está Yumi?

—Sí, está arriba hablando con una compañera. Adelante —ofreció el joven.

Sam tuvo la sensación de que el pequeño le miraba el culo mientras subía las escaleras. Es normal, lo tengo bonito, pensó, y llamó al dormitorio de Yumi.

—¡Sam! No te esperaba —dijo la japonesa.

—Venía a ver si te apetecía estudiar —mintió a medias.

—Ella es Camile, una compañera de la universidad.

—Camile... —repitió Sam mientras daba sendos besos con la mejilla a la chica—. Tú eres la chica que...

—Quedé con vuestro amigo William, sí. La cita fue bien, pero... otro amigo común lo echó a perder. De hecho, estaba aquí por...

—Si queréis, puedo irme...

—¡No, no te molestes, ya me iba yo! —aseguró Camile—. Oye, Yumi, muchas gracias. Espero que salga bien, ya sabes...

—Seguro que sí —Yumi se levantó.

—¡No, no hace falta que me acompañes! ¡Conozco el camino! —bromeó—. Te dejo con el estudio. ¡Hasta luego!

Y, en su estela habitual, salió andando de allí como una autómata. Yumi se volvió a Sam y le ofreció echarse en la cama.

—¿Ocurría algo? —preguntó Sam. Se le habían activado las alarmas. ¿Camile podría ser bisexual y estar interesada en Yumi? No sería raro, fue quien la invitó al Círculo 34...

—Camile quiere romper con William —explicó Yumi—. Bueno. "Romper". No tienen nada pero de momento no quiere verse más con él.

—Joder... ¿por el imbécil que les arruinó la cita?

—Más o menos... No se ha atrevido a hablar conmigo tampoco desde que supe lo que hizo. Pero Camile cree que no actuó correctamente. Por no avisarle de que se iba a ver con otras personas, y William pagó el pato de ese error. Dice que le cayó lo bastante bien como para no permitir esas escenas.

—Pues le va a chafar... A pesar de aquello, William me contó que le había gustado la cita.

—¿Tanta confianza tienes con él? —preguntó Yumi, sorprendida.

—Soy muy sociable —le recordó Sam—. Y si tenemos un grupo grande, intento mantener el contacto con todos. Por eso vengo a verte.

—Gracias... Es más fácil que vengas tú, no me quiero acercar allí...

Por Ulrich, claro. Ya va siendo hora de que lo superes, amiga, ha pasado más de un mes, pensó Sam, pero debía actuar con cautela. Empezó a sacar papeles con apuntes y se acomodó en el colchón. Maldecía que Kadic mantuviera unas normas de 1965 y no permitiera el uso de aparatos eléctricos en las clases, así que todas las notas se tomaban manualmente. Sería más práctico tener un portátil, o una tablet...

—Podríamos quedar un día de estos —propuso.

—Curiosa forma de estudiar —comentó Yumi.

No quería entrar en el juego de Sam. No tan fácilmente. Sobre todo porque entendía las intenciones que tenía con ella. Lo cual no le parecería mal del todo si fuera recíproco, pero... Le preocupaba que Sam pensara que tenía oportunidades serias. Era una chica estupenda. No quería hacerla daño. Y, por el contrario, ella seguía herida por Ulrich. Después de todo lo que le había dicho no había tenido el valor de ir a disculparse con ella. Ni un mensaje. Ni una llamada. Silencio absoluto.

Si él se disculpara, podríamos intentar algo de nuevo, pensaba. Y odiaba ese pensamiento, y odiaba amarle porque era un imbécil. No, era su imbécil. Y les había costado mucho poder estar juntos, y al final todo se había ido a la mierda por culpa de sus celos.

—Lo digo en serio. Debes ser la universitaria que menos sale de casa de todo el planeta —bromeó Sam.

—Estaría bien salir, sí... ¿noche de chicas?

A ver qué me respondes, pensó Yumi. Si decía que era un plan para ellas, se vería en seguida retratada, y no pensaba que eso le apeteciera. Por otro lado... No tenía nada en contra de Sissi, pero a lo mejor verse con ella en un contexto social sabiendo que pasaba las horas muertas con su ex-novio provocaba... Sí. Los viejos celos. Pero eran culpa de Ulrich, que los había sacado de la tumba, no de ella.

—Sí, podríamos —respondió Sam.

Aunque había aguantado bien el "golpe", sabía que algo no iba bien. Normalmente no le cuestionaba cuando le proponía ir a tomar algo, pero en aquella ocasión jugaba a llamar a más gente con ellas. Lo sabe, pensó. Otra voz respondió con un Cállate.

—Perfecto. Hace meses que no nos vemos todas juntas —dijo Yumi. Y, sin venir a cuento, le dio un beso a Sam en la mejilla—. Gracias.

—De nada...

Aquello la confundía. Ese beso era inesperado. Y el gracias... ¿gracias por qué? ¿Gracias por preocuparte por mi? ¿Gracias por animarme? ¿Gracias por ser mi amiga? Esa última opción le oprimía el corazón, una amiga no era una novia. Volvió a sumergirse en sus apuntes.


Por su parte, Aelita estaba atravesando la ciudad en transporte público. Había intentado quedar con Sissi, pero esta, por algún motivo, estaba ocupada, así que Laura se había ofrecido en acompañarla. Iban juntas en el autobús, sin decir nada. Tampoco hacía falta. La rubia solo iba a apoyar a su amiga, y ella no tenía claro qué decir todavía.

—Es aquí —dijo Laura, y se levantaron.

Aelita suspiró cuando pisaron la acera. Su madre no podía haber elegido un mejor barrio para vivir. Era una zona elegante. Y de dinero. Tyron debía de haberle dejado mucho. Una vivienda de dos pisos se alzaba ante ellas, de fachada blanca y acabados en negro. Aelita tenía miedo de llamar al timbre, pero Laura le puso una mano sobre el hombro, reconfortándola. La pelirrosa llamó, y aguardó.

Müller abrió, como ella esperaba. Pero antes de poder decir nada, este las dejó entrar. Para ser una casa tan elegante, Anthea había optado por el minimalismo decorando. No había ornamentos. Al contrario, parecía haber aprovechado el espacio para poner librerías de diferentes tamaños (en color negro, constrastando con el blanco de las paredes) en las que reposaban libros y más libros. El salón, una amplia estancia con chimenea, sobre la cual estaba un televisor apagado, una alfombra a los pies sobre la que reposaba una mesa de cristal, custodiada por un sillón a cada lado y un amplio sofá para ver la pantalla de frente. Anthea estaba ocupando uno de los sillones individuales, con un libro en sus manos.

—Señora Schaeffer, ha venido su hija —anunció Müller, como si fuera un mayordomo.

—Gracias —dijo ella, sonrió y tras dejar el libro en la mesa, se puso en pie—. Hola, Aelita. Y Laura.

—Yo... —empezó Aelita, pero Anthea la interrumpió.

—Laura, ¿te apetece tomar algo? Müller te puede preparar lo que te apetezca. Un café, un té, un chocolate...

—Oh... un café estará bien —dijo la rubia.

—Acompáñeme —indicó Müller, y salieron por una puerta que daba a la cocina. Anthea por su parte se sentó en el sofá grande, y aguardó a que Aelita se acercara. La invitó a sentarse también.

—Perdona por deshacerme de ella, pero... supongo que quieres hablar, y prefiero que lo hagamos a solas —dijo Anthea.

—Lo sé. Solo quería pedirte perdón... mamá.

Le había salido de dentro llamarla así. Pero tenía dudas. No quería jugar a la carta de tocar su corazón. Pero después de la conversación con Yumi no podía dejar de lado lo que sentía realmente. Anthea no cambió su expresión.

—Lo he pasado muy mal. Con tu desaparición... tu regreso inesperado... tenía miedo de que te volvieras a ir, pero me he dado cuenta de que no te fuiste... te llevaron, y eso no es tu culpa... y creo que he perdido mucho tiempo alejándote de mi por miedo a volver a sufrir... y encima lo estoy pasando mal con Jeremy y al final voy a terminar sola y...

La aparición de las primeras lágrimas fue el detonante para que Anthea abrazase a su hija. Esta se permitió llorar todo lo que necesitaba con ella. Su respiración empezó a calmarse, y entonces se dio cuenta de que Anthea también estaba sollozando.

—Hija... no pasa nada...

—Sí pasa... —lloró la pelirrosa—. Mamá, siento la escena del otro día... no debí hacerlo... gracias por decirle a Delmas que no...

—Ya pasó. Ya pasó... —susurró la mayor, consolando a su hija—. Ya lo tengo olvidado...

—Yo no, he sido una hija terrible —balbuceó Aelita. Sorbió varias veces la mucosa que le caía, no tenía pañuelos a mano. Suspiró—. Siento mucho lo que he hecho...

Sintió la mano de Anthea limpiando sus lágrimas. También lloraba, pero de felicidad.

—Claro que estás a tiempo de arreglarlo. Soy tu madre, y no pienso alejarme de ti. ¿De acuerdo? Ven aquí.

Aelita encontró un confortable lugar entre los brazos de su madre. Se encontraba mejor ahora que había podido abrir su corazón. Lo notaba más abierto. Y sentir a su madre abrazándola era genial. Sintió que le apartaba los cabellos de la frente y le daba un beso. Sonrió. Volvía a sentirse como hacía mucho tiempo. Como una joven acompañada de su ser querido.

—Me alegra que hayas venido —dijo Anthea—. De verdad. Me imaginé que el arrebato del otro día lo tendríamos que arreglar.

—Sí... Y mañana volvemos a tener clase de Ciencias. Voy a disculparme delante de todos de nuevo.

—No tienes que...

—Sí, sí tengo, te desautoricé —afirmó Aelita—. Voy a asumir mis errores.

—¿Y dices que eres una mala hija? Yo creo que eres estupenda —sonrió Anthea.

Aelita se acomodó un poco más.

—Oye, hija... Ya te dije que no tienes que dejar de vivir en Kadic, pero... si alguna noche te apetece pasarla conmigo, tengo un dormitorio arriba que podría ser para ti —susurró Anthea—. Müller no nos molestará, tiene su dormitorio también y estaremos más seguras.

—Lo haré —aseguró Aelita—. Hoy no, claro, pero... Quizá podría venir el fin de semana. Si no tienes un plan mejor.

—Estaré encantada —sonrió Anthea.

En ese momento regresaron Laura y Müller al salón. La rubia miró a Aelita, y sonrió aliviada al ver que todo iba bien. Para sorpresa de las jóvenes, Müller se sentó después de dejar la bandeja del café en la mesa y se sirvió uno. Anthea no dijo nada. Claramente, estaba acostumbrada a su compañía. Y en realidad, el hombre se excedía en sus obligaciones.

—Por cierto, Aelita... ¿qué es lo que ha pasado con Jeremy? —preguntó Anthea, iniciando su papel de madre. Tanto ella como Laura se atragantaron con el café.

—Nada. No... Puedo con ello, de verdad, no te preocupes.

—De acuerdo. Me cae bien ese chico. No querría que Müller fuera a hacerle una visita.

Sonrió, y Müller se echó a reír. Eso relajó a las jóvenes. Aelita estaba contenta. No sabía muy bien qué rol cumplía aquel hombre, pero le tranquilizaba saber que su madre estaba protegida. Era feliz.


—Espérame aquí —dijo Ulrich.

—Puedo entrar —respondió Sissi.

—No es necesario... lo puedo comprar yo.

Sissi se quedó fuera, esperando. Habían caminado bastante, evitando las dos farmacias más próximas a la academia para que no pudieran verles los ojos conocidos. Ella tenía pensamientos en la cabeza. Su amigo era muy bueno. Si estuviera embarazada... sería capaz de pedirle la mano en matrimonio para asegurarse de cuidar del hijo. Pero... ¿acaso lo tendría? Podía ir a una clínica y... y seguro que el alemán la acompañaría también.

Pero no os lo merecéis. Él no debería casarse contigo porque no te ama. Y tú a él tampoco. Os condenaríais a la desdicha, se recordó. Y era verdad. En su pensamiento, Ulrich volvería con Yumi tarde o temprano. En cuanto a ella... Quería encontrar a alguien, pero no tenía especial prisa.

Ulrich avanzó por los pasillos de la farmacia sin aminorar el paso. Casi como si estuviera desfilando para el ejército. Al ver que la estantería que necesitaba no tenía ningún test de embarazo, se dirigió al mostrador, y lo pidió a la farmacéutica que estaba detrás. Ella le miró con desconfianza, pero no hizo preguntas. Le cobró el producto y él se lo llevó tras murmurar un simple gracias.

—Ya lo tengo —dijo Ulrich—. La pregunta es... ¿dónde?

—Ven. Tengo un sitio —respondió Sissi.

Regresaron a la academia, y Ulrich siguió a Sissi. No entendía por qué se dirigía al edificio de las aulas. Si siempre estaba cerrado después de clases. Pero claro, era la hija del director. Mirando alrededor, sacó una llave del bolsillo y entró dentro, seguida por Ulrich. Y solo por precaución, echó la llave de nuevo por dentro.

Fueron a los servicios de la planta baja. Ulrich, por reflejo, fue a entrar al baño de los chicos, pero Sissi entró en el de las chicas. Dudó de si seguirla, pero como ella le recordó:

—Estamos solos, no va a entrar nadie... Por favor, no me dejes sola.

—Claro que no —respondió él, y pasó con Sissi al servicio.

Cuando llegaron a las cabinas de los retretes, ella se lo pensó, pero finalmente, pidió a Ulrich que permaneciera fuera. Una cosa era tener relaciones sexuales o verse desnudos, y otra muy distinta era que la viera orinar. De modo que Ulrich permaneció fuera mientras Sissi realizaba la parte escatológica. Luego dio dos golpes en la puerta, para invitarle a entrar.

Ulrich se sentó en el retrete, y Sissi se puso sobre sus piernas. En silencio, simplemente, dejaban pasar los minutos. Ella tenía apoyada la cabeza en el hombro del chico, y este la sujetaba por la cintura, pues la notaba nerviosa. Quería intentar sonreirle, decirle que todo iría bien, pero no se veía capaz en ese momento.

—Una tira, no estoy. Dos tiras... —le recordó Sissi. El test de embarazo reposaba sobre su pierna, con la mano tapando los resultados. Lo verían cuando estuvieran preparados.

—Creo que ya debe estar —dijo Ulrich—. ¿Estás preparada? —preguntó, poniendo una mano sobre la de la chica.

—No. Pero tenemos que hacerlo.

—¿A la de tres?

—Sí...

—Una... dos... tres.

Y apartaron la mano. sus ojos analizaron lo que veían. Muy despacio. Que no estuvieran mirando mal. Y Sissi se pudo echar a llorar.

Estaba aliviada. El test había dado negativo, una liberación para ella. Había pasado casi todo el día intentando espantar los malos pensamientos sobre qué le ocurriría si estuviera embarazada. No era capaz de pensar en una salida positiva, pero ya no importaba, porque no habría criatura. Miró a Ulrich, que también estaba aliviado.

Se limitaron a quedarse en la misma posición por unos minutos, recuperándose del día tan malo que habían pasado.

—Ulrich, gracias por estar conmigo hoy.

—No podía hacer menos —dijo él. Ella se incorporó y él se puso también después.

—¿Te enfadarías si... te pido que estemos unos días sin sexo? Es decir, podemos quedar si lo necesitas, pero después de este susto... Prefiero tomarme unos días.

—Lo entiendo. Por supuesto. Te iba a proponer hacerte compañía esta noche, si quieres. Sin intención de sexo.

—Me parece bien.

—Y si no... puedes decirlo.

Sissi le miró.

—¿Qué pasa?

—Sé que he acaparado mucho tu tiempo estos días. Y te doy las gracias por estar conmigo, pero si quisieras... pasar tiempo con otras personas, lo entiendo.

—¿Insinúas algo? —bromeó ella.

—No. Solo quería darte las gracias de verdad. Y recordarte que no eres mi niñera.

—No lo he hecho porque sea tu niñera, sino tu amiga. Vámonos, va a ser la hora de la cena —le indicó Sissi con una sonrisa. La parte complicada sería salir de allí sin que nadie les viera.


Después de la cena, Odd subió al piso de los dormitorios de los chicos. Pero en lugar de ir a su habitación, se dirigió a la de William. El escocés no había bajado a cenar, y eso le había extrañado. Y Sam le había dicho el motivo por el cual podría haberse ausentado, así que tenía que ir a comprobarlo.

—¿William? —saludó mientras asomaba la cabeza.

—Pasa —dijo este.

Odd entró por completo, y se sorprendió al ver al chico sentado en la cama, mientras leía un libro. El signo de los cuatro, de A. C. Doyle, leyó el rubio en la cubierta. El escocés levantó un momento la vista y luego continuó sumergido entre las páginas de la novela.

—¿Qué pasa? ¿Algo mal? —preguntó Odd, en vista de que el anfitrión no le hacía caso.

—No, simplemente me apetecía quedarme en el dormitorio —dijo el otro, quitándole importancia.

—Vale, no cuela. ¿Qué ha pasado?

—Ha venido Camile —explicó el escocés, y dejó el libro en el colchón—, y me ha dicho que no quería que nos viéramos más. Y me ha jodido un poco.

—Lo siento, tío... Ya sabes que esas mierdas pasan.

—Lo que me jode es que ni siquiera ha sido por mi culpa, sino del otro imbécil que nos estropeó la cita —gruñó William—. Como le pille por la calle... En fin. Que entre las gemelas locas, y ahora el celoso de la colina, estoy un poco cansado de Fish y tener que buscar. Esto es peor que ligar en persona.

—¿Y por qué te apuntaste? Es decir, en Kadic las hay que están muy bien.

—Eso lo sabes porque has roto el corazón de nuestro curso, de las de mi curso el año pasado, y de las del curso anterior —bromeó William—. Y yo que pensaba que Sam te había centrado un poco... ¿Qué te pasó con ella, por cierto?

—Es complicado —dijo Odd, intentando evitar el tema. Se sentó al lado de su compañero—, pero bueno. "Mujeres" —bromeó—. Es coña. Metí la pata, yo no tengo nadie a quien echar la culpa.

—Lo siento. Pero bueno. Es el precio que pagamos los que estamos tan buenos —rió William—. A veces me gustaría que las cosas fueran más fáciles.

—Te entiendo. A mi también.

El escocés miró a Odd. Él parecía tan despreocupado siempre. Iba a su bola, y estaba feliz con eso. Qué ironía que incluso alguien así considerase que las cosas podían ser complicadas. Tal vez se había precipitado jugzándole.

—Odd...

—Dime.

—Hagamos las cosas fáciles. ¿Quieres sexo?

El chico le miró. Y en lugar de responder, empezó a reclinarse en la cama. William se animó, y se movió poniéndose encima de él. Sus labios se encontraron mientras las manos exploraban por debajo de la camiseta. Odd echó hacia atrás la cabeza cuando su amigo le besó el cuello. Estaba cómodo en su compañía. Se dejó quitar la camiseta y en ese momento vio a William, en cuatro encima de él, contemplándole.

—¿Qué? ¿Te gusto? —preguntó con una sonrisa.

—No me había dado cuenta... pero sí —reconoció William, y empezó a mordisquearle un pezón. Odd gimió más agudo de lo que le hubiera gustado—. ¿Los tienes sensibles?

—Capullo... —protestó Odd.

Pero contempló como William se despojaba de la sudadera para él. Él no hacía ejercicio, pero estaba bueno. No lo había pensado mucho. Las únicas veces que le había visto sin ropa había sido en el vestuario, pero ahora que prestaba atención... Estaba muy bien. Entonces, sintió la pelvis de William presionando contra su entrepierna. Jadeó, y el escocés aprovechó para besarle, invadiendo su boca con la lengua.

—Joder, William... esto está muy bien —sonrió.

Pero este estaba demasiado ocupado en ese momento desabrochando su pantalón. El rubio pensó que era mejor dejarse hacer. William llevaba la situación de maravilla. Acarició su pene por encima de la tela, provocándole un escalofrío y que terminara de erguirse. Luego le quitó la última prenda, y sonrió.

—Espero que te guste —susurró el escocés antes de empezar a practicarle una felación.

Odd sintió que se derretía con aquella experiencia. Willam, por lo que sabía, no tenía mucha experiencia con otros chicos, pero se esforzaba por hacerle sentir bien. Le gustaba cómo jugaba su lengua con su glande, la presión que le hacía con los dedos en la base del pene. Y ahogó un grito cuando, de pronto, sintió uno de los dedos de su amigo explorando su ano.

Procuró relajar bien el cuerpo. Lo estaba disfrutando de verdad, y aquel juego... era solo un anticipo de lo que le esperaba. Su cuerpo empezó a moverse por inercia ante el placer que recibía, y suspiró en el momento en que eyaculaba. Su amigo continuó dándole placer unos minutos mientras terminaba de prepararle.

—¿Estás bien con esto? —preguntó William, mientras terminaba de desnudarse. Se puso colorado cuando Odd silbó al verle sin ropa, y completamente preparado.

—Perfectamente —aseguró, mientras separaba las piernas en el aire para él.

William se situó en posición y deslizó su erección suavemente. Odd volvió a ahoga un grito. El chico estaba bien dotado, sin duda. Y se metió entre los brazos de Odd para que sus lenguas peleasen, mientras le mantenía firmemente agarrado por las caderas para acometerle. Lo estaban pasando de maravilla. Al escocés le gustaba cómo Odd se dejaba llevar, y este estaba maravillado con las sensaciones que notaba por todo su cuerpo. Su pene volvía a estar endurecido y...

—Estoy a punto, Odd... —le susurró al oído—. Voy a acabar... Acabo...

—Sí, por favor... estoy a punto —gimió el rubio. El pene de William le estaba estimulando el punto G demasiado. Y cuando William culminó, su propio orgasmo se desató, manchándose los torsos. Pero eso no era impedimento para que William no se detuviera en el acto, sino gradualmente hasta que estuvieron satisfechos.

—¿Te quedas a dormir? —preguntó William, mientras recuperaban el aliento. Había sacado un paquete de pañuelos para limpiarse.

—Claro —dijo el rubio—. Aunque soy un chico decente. Si quieres volver a hacerlo... Solo tienes que decirlo —y le guiñó el ojo.


Jim hacía la ronda nocturna. No decía nada, simplemente agudizaba el oído. Y había escuchado un ruido en el dormitorio de Carlos León. La rendija de la puerta estaba apagada. O... El grupo de Belpois es capaz de poner ropa en el suelo para que no se vea la luz, pensó, y abrió la puerta sin hacer ruido. Echó un vistazo al interior. Solo veía la cabeza del chico, tapado por la sábana. Aguardó unos momentos antes de cerrar y continuar haciendo la ronda.

—Casi nos pillan —susurró Carlos— y no me lo has puesto fácil.

Sam salió de debajo de la sábana, sonriendo. Aún con las bombillas apagadas, la luz de la luna iluminaba el dormitorio. La protesta del chico se debía a que ella se había puesto a estimularle por encima del pantalón... a pesar de que ella ya se había despojado de la ropa.

—¿De quién fue la idea de que me quedase? —preguntó ella.

—Tuya —le recordó él.

—Es verdad. Perdona. Es que... a veces me da un poco de morbo que nos puedan pillar —confesó—. Es como la adrenalina.

—Pues yo espero que al menos me de tiempo a terminar los estudios antes de que me expulsen.

—No seas aburrido. Hoy necesito un amigo —dijo Sam, y puso la cabeza sobre el pecho de Carlos.

—¿Qué ha pasado? No me has contado nada.

—¿Recuerdas que te dije que la cita con Yumi había ido bien?

—Claro.

—Bueno... igual me equivocaba. Le he propuesto volver a quedar, pero no estaba muy receptiva en mi opinión. Ha sido muy esquiva.

—¿Pero habéis quedado?

—No —suspiró Sam—, es decir, ella en teoría cuenta con que reuniré a todas las chicas para irnos a tomar algo, pero no era lo que yo tenía en mente... ¿Me estás escuchando?

—Que Yumi quería quedar con tetas, digoooo con todas—respondió Carlos—. Perdona, es que son bonitas... —se había quedado contemplando los pechos de Sam.

—Eres libre de tocar si quieres, para eso he venido —continuó la otra, y suspiró cuando sintió la mano de su amigo cubriéndole una teta y empezaba a masajearla—. No tan intenso... mejor así.

—Bueno, yo ya te dije que no veía claro lo tuyo con Yumi. Ella está pasando un luto de una relación... y sabes lo que opino de esa relación. Y tú también has roto con tu novio, cuando tú ya fantaseabas con ella.

Sam gruñó. Sí, le había confesado que Odd había pensado en Laura en medio de un polvo, pero aquello en realidad solo había facilitado el camino para poder acercarse a Yumi. Pero al final la japonesa le estaba siendo esquiva y eso no le gustaba.

—Es posible que me haya hecho ilusiones. Es normal, ¿no?

—Sí. Pero creo que deberías pensar... Mira, intenta quedar con ella a las claras. Dile lo que sientes. Si te acepta, eso que sales ganando.

—También es normal tener miedo... —dijo Sam.

—Te estás haciendo daño en esa agonía —susurró Carlos—. Puedes hacer lo que quieras, pero creo que lo mejor es dejarlo cuanto antes.

—¿Y si me rechaza? —preguntó, acurrucándose entre los brazos del chico. Preguntaba algo cuya respuesta no quería escuchar.

—Hay más peces en el mar.

—Me gustaría creerte —dijo—. A lo mejor podría fijarme... en Emily.

Carlos sonrió. Qué forma de desviar la conversación cuando no le gustaba.

—¿Te lo ha contado?

—Sí. Y no sé por qué, si realmente no la quieres... aceptaste a salir con ella. ¿Eso no es cruel?

—Lo pensé —admitió él—, pero pensé que si le demostraba en una cita que no soy lo que ella esperaba... sería más fácil que dejara de pensar en mi en ese sentido.

—Pues me dice que te portaste bien con ella.

—¡No iba a ser un cerdo! —se indignó él—. Creo que la situación, por buena que fuera, ella sintió que algo le faltaba. Se lo noté en seguida cuando despertamos. Pero no dije nada. Espero que se de cuenta. Y... que Patrick la haga feliz.

—Has estado a punto de quedarte sin sexo esta noche —dijo Sam—, pero... me gusta que seas bueno con ella. Voy a ser ahora buena contigo...


¡Hola a todos! ¡Segunda semana con actualización! ¡La misma semana que he publicado un lemmon de más de 15K palabras! (toma publicidad subliminal). Y no solo eso. El episodio 17 también está escrito, así que la semana próxima habrá otra update ;)

Sí, me apetecía reciclar la trama del sexo sin gomita y la menstruación que no bajaba. Pero como Ulrich y Yumi han roto, obviamente no podía quedarse ella embarazada de él. Y la opción más viable era Sissi. Pero no, no soy tan cabrón de condenarlos a juntarse cuando es evidente que no se aman ;) Solo... salseo e.e

Nath0722: ¿Al de 2013? Ojalá xD En aquella época era más fácil escribir semanalmente. Y sí, este fic quería profundizar un poco más y no solo escribir sexo. Y sí, habrá orgías. Ya tengo la primera ubicada en la "timeline" del fanfic, y llegará... en algún momento ;) Ya vi tu fic, espero continuaciones del mismo.

Pues eso. Esta semana ya no habrá one-shot, ya que no tengo ninguna idea original entre manos, pero el próximo capítulo lineal llegará el domingo 12 ;) Lemmon rules!