19 Una tarde de jueves

Con la proximidad de los examenes prenavideños, los profesores ya no impartían temario nuevo, sino que se encargaban de repasar y ofrecer a los alumnos que preguntaran todas las dudas que pudieran tener. Los próximos lunes, martes y miércoles iban a ser intensos para todos ellos. Solo algunos privilegiados, como Jeremy Belpois, encontraban en aquellas clases un pequeño respiro. Conocía el tema de memoria, incluso lo entendía y no solo lo tenía memorizado como un loro. En aquel momento, solo pensaba en que debería haber aprovechado esas sesiones para saltarse las clases y hablar con su novia.

Le hubiera gustado hablar con Aelita antes de las clases, pero cuando había ido a buscarla su dormitorio ya estaba vacío, y al llegar a la cafetería ya estaban Sissi, Ulrich y Odd en la mesa, de modo que no era el mejor momento. Además estaba el problema de que no compartían clases, y tampoco era plan de decirle lo que quería decir con los demás comentando el temario. Así que había aprovechado aquellos interminables minutos para pensar en las palabras adecuadas. Y ahora que habían terminado las clases y estaba dejando la mochila en su habitación antes de ir a buscar a su novia, ni siquiera estaba seguro de qué le iba a decir.

De modo que caminó. Despacio. Hasta las escaleras. Cada paso le parecía un mundo. Pero después de lo que había hablado dos días antes con Laura, sabía que no podía retrasarlo más. Tal vez su relación aún podía salvarse. Tal vez. Aunque no se lo mereciera. Visto hacia atrás, había sido un poco miserable. Pero quería intentarlo al menos.

Esquivó a varios estudiantes. Era fácil deducir quiénes estaban preocupados por los exámenes y a quién les importaban más bien poco. Pasó por las puertas del resto de las chicas antes de llegar al dormitorio de Aelita, deseando que ninguna de sus amigas saliera de pronto y le abordase con alguna duda, pero antes de llamar a la puerta de la pelirrosa, esta se abrió abruptamente. Aelita estuvo a punto de chocarse con él, y por su aspecto (abrigo grueso y botas, en un empacho de color rosa) iba a salir a la calle.

—Jeremy, hola —saludó, y le dio un beso fugaz. Fugaz, como lo que vamos a durar juntos, pensó el chico, pero no lo dijo—. Hoy no estudiábamos, ¿no? —preguntó extrañada.

—No... Es que quería hablar contigo —respondió él—. ¿Vas a salir?

—Sí. Hoy mamá no ha venido a trabajar... y me ha escrito hace un rato para vernos en la cafetería, algo ha tenido que... pasar —suspiró la pelirrosa. Intentaba dominar sus miedos. Pero el temor a que Anthea le dijese que tenía que desaparecer nuevamente llevaban horas intentando invadir su cerebro y su único consuelo era al menos esta vez estaré despierta para verte.

—Ah, vale. Pues... ¿te veo antes de la cena? —preguntó el chico, aquello le había descolocado y roto los planes.

—¿Pasa algo?

—No... No, ve a hablar con ella, luego nos vemos, no pasa nada —dijo, en tono poco convincente.

Aelita parecía valorarlo con la mirada.

—¿Quieres venir?

—No, no te preocupes. Es decir, os acabáis de reencontrar, no quiero quitaros tiempo. Ya me la presentarás con calma —espero, añadió mentalmente.

—Vale. Pues te veo luego —dijo ella, y tras otro beso raudo, se fue de allí.

Tal vez ya sea tarde, pensó el chico. Me lo tengo merecido. Y regresó a su dormitorio. Se sabía el temario de memoria pero necesitaba abstraerse con algo. Y sobre todo, pasarlo solo. Si esa tarde tuviera que explicar los apuntes terminaría por volverse loco.


Quienes estaban apurando los estudios de verdad eran Ulrich y William. Su nota había subido considerablemente gracias a los apuntes que preparaban sus amigos. La parte más complicada solía ser adaptar los textos a algo que pudieran decir ellos y que no pareciera un plagio unos de otros. Y entenderlo, pero bueno, eso era otro tema. El escocés contaba con cierta ventaja ya que la mayoría de conceptos le eran familiares del curso pasado, pero aún así necesitaba concentrarse.

—Esto es caótico —comentó el alemán mientras intentaba leer un párrafo, antes de darse cuenta de que llevaba en la misma línea varios minutos—. Voy a catear.

—No pienses eso, lo llevas bien. ¿Nos tomamos un descanso? —propuso el otro, le empezaba a doler la cabeza. La letra pulcra pero diminuta y apretada de Aelita le empezaba resultar incómoda y le daban ganas de comprar una lupa por internet para leer con más comodidad.

—Me parece bien —aceptó Ulrich. Estaba en el suelo de William, con los brazos alzados leyendo. Abrió las manos y dejó que los papeles cayeran sobre su rostro mientras relajaba los hombros en el suelo.

—Se me hace raro estar estudiando contigo —comentó William desde la cama, mientras revisaba las notificaciones en el móvil—, llevas mucho tiempo viéndote a solas con Sissi.

—Si insinúas algo ya os he dicho que no he estado saliendo con ella. Fui un imbécil con Yumi, y ella me apoyó, nada más.

—Ya... Y tú te habrás apoyado en ella varias veces —bromeó el moreno. Pero la mirada severa de su amigo le hizo recular—. Oye, que no pasa nada. Se supone que podemos hacer esas cosas con el Acuerdo, ¿no? Aunque...

—Aunque, ¿qué?

—Que deberías disculparte con Yumi —William dejó el teléfono en la cama, pero al ser en el borde cayó al suelo y aterrizó en la alfombra.

—Lo sé. Pero eso no cambiará nada, fui un imbécil. ¿Qué se supone que le voy a decir?

—Que lo sientes. Que fuiste un imbécil... Mira, ella pasó de mi por estar contigo. Y me alegré por ello. No hagas que ahora me arrepienta de no haberme inmiscuido —le advirtió.

—¿Quieres ligártela? Siéntete libre.

Ulrich no tenía ni ganas de discutir del tema. Se había convencido a si mismo de que no merecía estar con ella. Y simplemente aguardaba a que alguien se acercase lo suficiente a Yumi como para salir con ella y en ese momento felicitarla y ser su amigo... o su conocido en la distancia, no tenía derecho a nada. En ese momento se iluminó la pantalla del teléfono de William, y se fijó en la notificación.

—Aunque a lo mejor... "Trencitas21" se siente celosa —comentó al leer.

—¡Eso es mío! —protestó William. Intentó recuperar el teléfono, pero Ulrich rodó lejos de la cama para esquivarle y el escocés cayó al suelo. Evitó darse en la cara poniendo las manos—. ¡Oye!

—Así que estás en Fish, que callado te lo tenías... Madre mía. ¿"Trencitas"? —ironizó Ulrich. La chica de la foto -que era bastante guapa- tenía una melena que le llegaba hasta la cintura—. No está mal. ¿Quieres que la conteste?

—¡No!

—No tiene tanta gracia cuando se meten con uno, ¿verdad? —preguntó el alemán—. Vaya... No sabía que te interesara Taelia —comentó al ver la foto de la chica en uno de los chats que tenía su amigo abiertos, se había puesto de pie mientras el otro se incorporaba.

—Me escribió ella, pero no tenemos nada, ¡Ulrich, te mato! —advirtió el escocés.

—Perdona, perdona. Toma. Y deja en paz lo mío con Yumi —añadió con resquemor—. Lo que me sorprende es que te hayas metido en una página de esas. ¿No es un poco frívolo para ti?

—Lo es —confesó William—, pero es donde está todo el mundo ahora. Además, la aplicación no te permite hablar con quien no te acepta, así que no hay problemas de acoso. Aunque es cierto que mis técnicas son menos efectivas aquí.

En realidad William llevaba bastante tiempo desencantado con la aplicación. Y con la situación en general con las chicas. Había tenido mala suerte. Le costaba conseguir que alguna respondiera más de dos mensajes. Las que pasaban ese filtro, después de dos días la conversación se apagaba. Y de las que había mantenido un poco el contacto, habían sido las hermanas que le habían dejado tirado con Patrick, y Camille que después de ser interrumpidos por Nigel no había dado más señales de vida.

—Pero bueno. Ya vendrán tiempos mejores. El año que viene iremos a la Universidad. ahí sí que hay chicas reales. No pasa nada si este año me quedo solo.

—¿Solo? No se yo. Llevas varias noches quitándome a mi compañero de cuarto —bromeó el otro.

—Pues sí. No sé qué haría antes con las chicas en Kadic, pero a mi no me decepciona —reconoció abiertamente—. ¿Quieres que le diga que vuelva contigo?

—Él es libre —respondió Ulrich—, y además, no puedo corresponder a lo que él siente. Creo que le sentará bien verse contigo.

Lo que el alemán jamás reconocería en voz alta era que, en cierto modo, echaba de menos despertarse con un compañero de cuarto tan activo sexualmente. Simplemente se dejaban llevar, y se sentía bien. Pero no era lo único que necesitaba en una pareja, de modo que firmar una relación entre ambos solo por sus encuentros no era de recibo. Su amigo merecía algo más.

—Bueno, creo que llevamos ya un buen rato de tonterías. ¿Retomamos? La semana que viene va a ser la dura.

—Todos los exámenes en tres días. Vamos a morir —respondió Ulrich, mientras recuperaban sus posiciones y volvían a sumergirse en las páginas de los apuntes. Ambos tenían dos cosas en común: a ninguno le gustaba la navidad, pero estaban deseando disfrutar de las vacaciones asociadas.


Anthea había tenido la gentileza de enviar a Müller a por Aelita. La cafetería no estaba lejos, pero la bofetada de frío con que le había recibido el exterior sirvió para sentirse agradecida de ver a aquel hombre esperándola. El trayecto se le hizo corto, pero aunque había aparcamiento cerca, él le indicó que no bajaría, de modo que desmontó del coche, y le vio alejarse antes de entrar en el local. Su madre aguardaba dentro, con una humeante taza reposando frente a ella.

—Mamá —saludó, y le dio un beso en la mejilla.

—Hola, hija. Siéntate —ofreció Anthea—. Perdona que te haya citado así rápido, pero... Ha ocurrido algo y no podía contártelo en Kadic.

—¡Lo sabía! —escupió la joven—. No pienso perderte, mamá... Podemos ir al aeropuerto y alejarnos de aquí. Ya terminaré los estudios en otro momento, pero no voy a dejar que nos separen. No se dónde vas a ir pero me voy contigo y no acepto un "no" por respuesta. ¿Por qué se ha alejado Müller? ¿Está pretendiendo llevarte para despistar a...?

—No te vas a ninguna parte. Y yo tampoco —añadió, intentando tranquilizarla—. No me están persiguiendo. Y pienso continuar aquí contigo.

—¿Seguro? —Aelita sentía aún todo su cuerpo en tensión. Lo mismo aquella cafetería era una tapadera y ahora se las llevaban.

—Seguro. Mi pasado sigue donde lo dejé. Y ya no tienen relación conmigo. Y ni se te ocurra pensar en dejar los estudios ahora. Te va demasiado bien como para permitirte echarlo a perder.

—Vale —suspiró la otra. Se acomodó un poco en el asiento, aunque no podía dejar de estar alerta. Por si acaso—. Entonces... ¿qué ha pasado? No es que no me hayas contado nada en Kadic, es que no has ido a trabajar. ¿No te habŕan... despedido?

—Tampoco es eso... ¡Deja que te cuente! —pidió Anthea. Las elucubraciones de su hija la ponían nerviosa, y no sabía cómo se iba a tomar la noticia—. Es algo bueno, en realidad. O al menos eso creo. No lo sé. Por eso necesito tu opinión.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Aelita.


Delmas había sido bueno con ella. El contrato que le había proporcionado había sido una buena herramienta para acercarse a Aelita. Además era un buen confidente, le inspiraba confianza. Ambos habían hablado mucho sobre la situación de tener una hija que intentar criar lo mejor posible sin ayuda de otra persona. Y era una persona entregada a su trabajo, algo que ella entendía a la perfección.

No entendía que alguien como él estuviera solo. Era tan injusto. Este la miró. Se había terminado la copa. Y en breves sería el momento de retirarse a dormir. O tal vez no. No sabía qué tenía él en mente, pero no le importó. Se acercó lentamente a él, cerrando los ojos, y le besó.

El hombre se quedó inmóvil por unos momentos, y Anthea retrocedió. Solo unos milímetros, para darle la oportunidad de apartarse si no quería continuar. Pero una tímida sonrisa le indicó que le había gustado, de modo que volvió a besarle. Lentamente, despacio. Hacía tiempo que no se besaba con nadie. O más bien... con nadie que realmente le apeteciera besar.

La posición era un poco incómoda, de modo que poco a poco empezó a acercarse a él, prosiguiendo el beso. Notó la tímida mano del hombre posándose en su pierna, y no la apartó. Se sentía bien. El calor de la sala dejó de hacerse presente. Sus cuerpos empezaban a emanar temperatura. Sintió la otra mano del hombre apartándole suavemente los cabellos y acariciando su rostro. De momento iba bien.

Lentamente, pasó una pierna por encima de las de Delmas, sin romper el beso. Eso le permitió rodearle el cuello con los brazos al tiempo que él le acariciaba la espalda. Casi sin darse cuenta buscaba el enganche de la corbata del hombre. Así pudo quitársela y hacer que volase. El hombre se abrazó a ella, con sus firmes manos apoyadas en su espalda. Estaban muy cómodos en ese momento. Lentamente, empezaron a desnudarse el uno a la otra. Anthea abrió con cuidado los botones de la camisa de Delmas. No había prisas esa noche. Simplemente dejarse llevar. Admiró el torso del hombre frente a ella, antes de dejarle quitarle su blusa, de la que tiraba suavemente hacia arriba. Vio el deseo en los ojos de Delmas, y se sintió halagada. En ese momento solo quería continuar con él.

Se liberó del sujetador para él, y volvióa juntar sus cuerpos, disfrutando del calor mutuo mientras seguían besándose. Sobraban las palabras, reaccionaban perfectamente a los movimientos del otro. Lo malo de estar ella sobre él era que dificultaba deshacerse de los pantalones, pero se solucionó con facilidad. Ella se levantó con calma, y cada cual se retiró su pantalón, observando el cuerpo del otro sin perder detalle. Ella se aproximó de nuevo a él, quien empezó a besar su vientre mientras empezaba a bajarle las bragas. Recorrió sus piernas cuan largas eran con las manos, disfrutando de su tacto.

A continuación, levantó ligeramente su cuerpo para permitir a la mujer retirarle el boxer. Despacio. Abrió ligeramente los ojos. Delmas tenía su miembro erecto, preparado para ella. Sonrió ante su expresión de vergüenza. Se gustaban. Volvió a ocupar su posición sobre él, alineandose con su erección, y descendiendo lentamente. Ambos jadearon según se unían. Hacía mucho tiempo desde la última vez de ambos. Disfrutaron de la sensación mientras se deshacían en maś besos.

Anthea empezó a moverse sobre él. Delmas besó su cuello, su pecho, sus senos mientras disfrutaba de aquel improvisado pero placentero encuentro. Ella se dejaba llevar por la situación. Tanto tiempo sin sentirse así... Aumentó el ritmo de su cuerpo mientras disfrutaba del sentimiento de cada acometida. Sonrió cuando notó al hombre siguiendo sus movimientos. Se sincronizaban perfectamente en la danza del sexo. Antes de lo que le hubiera gustado llegó al orgasmo, casi simultáneamente con aquel hombre que le había dado tanto placer.

Se dejó caer hacia adelante, permitiendo a sus bocas disfrutar del momento post-clímax. Retrocedió sus caderas, rompiendo la unión con el hombre, y en ese momento se vio alzada en brazos, aterrizando en la alfombra del suelo frente al crepitar de la chimenea. Delmas continuaba sobre ella, besando su cuello. Los labios de Anthea fueron a su encuentro. Se sentía bien. Abrigada y protegida por el cuerpo de Delmas.

Y en ese momento sintió que la hacía girar, quedando bocabajo. Notó cómo le apartaba la melena, despejando su cuello para poder seguir besándolo, mientras sentía su pene nuevamente preparado para la acción, posado sobre sus nalgas pero sin forzar una intrusión no autorizada. Se dejó hacer así unos minutos, disfrutando del momento, y de las manos de Delmas recorriendo sus brazos suavemente.

—Jean-Pierre... —susurró—, por favor...

—¿Puedo?

—Puedes...

Sintió que separaba sus piernas y sonrió de placer cuando notó que volvía a hundirse en ella. Era un poco más brusco, pero no importaba. Le gustaba. Sentía sus acometidas firmes, pero igual de pasionales. Miró hacia atrás, reclamando la boca del hombre y este volvió a besarla. Llevó una mano a uno de sus pechos, masajeándolo y provocándole olas de placer mientras jugaba con su pezón. Anthea continuó los movimientos de Delmas, acompasados y sudorosos por la alta temperatura que no solo causaba la chimenea.

Estaba a punto de llegar al orgasmo, solo un poco más. Y el hombre empezaba a acelerar un poco el ritmo. Jadeaban, cansados, pero no dispuestos a rendirse. Justo cuando le daba un mordisquito en el cuello, Delmas culminó por segunda vez. Sentirle derretirse en su unión llevó a Anthea al orgasmo, y quedaron tendidos donde se hallaban.

Delmas se dejó caer lentamente hacia un lado. Anthea estiró la mano para rescatar una manta que reposaba en el sofá y tapó sus cuerpos, antes de que el fuego de la chimenea fuera insuficiente para mantener una temperatura agradable.

Fue Delmas quien rompió el silencio finalmente.

—Anthea...

—Dime —respondió ella. La experiencia había sido buena, y tras cerrar los ojos, empezaba a quedarse dormida.

—Lo que hemos hecho... ¿está bien?

—Ha estado muy bien. ¿Te preocupa algo? —preguntó, abriendo un ojo.

—Bueno. soy tu jefe. Se podría malinterpretar... —se notaba en su voz que estaba preocupado.

—No te preocupes. Esto no va a salir de aquí.


—¡¿Que te has acostado con Delmas?! —preguntó Aelita, alzando la voz más de lo que le hubiera gustado.

—¡Ssssssshhhhhh! ¡Sé más discreta! —pidió Anthea, que sentía que se le estaban subiendo los colores.

—Pero... ¿cómo...? ¿Por qué...? ¿Qué pasó...?

—¡No voy a contarle los detalles a mi hija! —Anthea estaba muerta de la vergüenza—. Cálmate. Él y yo simplemente... nos dejamos llevar anoche. Estuvo en casa hablando y no sé como, pero le di un beso... Y sí, hicimos el amor.

—Espera... hoy no has venido a clase. ¿Ha pasado algo malo?

—No. Fue un caballero, te lo aseguro —afirmó Anthea—, pero es cierto que es complicado. Por un lado, porque él es mi jefe. Y aunque no hay nada de malo en lo que hemos hecho, a lo mejor podría meterse en un lío. hoy ha preferido no ir, porque tampoco sé muy bien cómo comportarme con él delante de los demás. Y con él tampoco.

—¿No habéis... quedado en nada? —preguntó Aelita. Se sorprendía a si misma estando decepcionada con la situación.

—No. Esta mañana ambos estábamos nerviosos. Y yo pensaba que eso se pasaba con la edad. Pero creo que los dos teníamos la sensación de haber hecho algo incorrecto.

—Ya veo...

—Tengo que preguntarte algo, Aelita. Algo muy importante.

El tono de Anthea había cambiado ligeramente. Parecía preocupada. Pero Aelita dio un trago a su café, aguardando lo que ella le pudiera decir.

—¿Crees que he traicionado a Waldo?

—¿A papá?

—Sí... Después de que me llevaran, no nos reencontramos nunca. Sé que él está muerto. Así que no puedo evitar pensar que dejarme llevar anoche con Delmas fuera un insulto a su memoria... Como si le hubiera traicionado. Y no me gustaría que pensaras eso tú también.

—Claro que no —se apresuró en decir Aelita—. Es decir... llevas años sufriendo al lado de Tyron. Ahora eres libre, por fin. No creo que esté mal que te guste otra persona. Porque él... ¿te gusta? —preguntó.

Anthea asintió antes de responder.

—Sí. Es un hombre bueno. Además, por lo que sé de él, tampoco lo ha tenido fácil en el amor. Desde que lo dejó con su ex-mujer, no ha estado con nadie más. No sé, le veo como yo. Falto de un poco de cariño —aquellas palabras hirieron un poco a Aelita. Ella misma había pasado de su madre durante varias semanas. Al margen de eso, era consciente de que había un tipo de cariño que jamás le podría dar a su madre—. De hecho, ni siquiera sé si tiene intención de algo serio o no. Pero quería saber qué opinarías si yo intentase dar un paso con él. Aunque me diga que no.

—Yo te apoyo —dijo Aelita—. Si quieres intentar algo más serio con él, me parece bien. De verdad. Mereces ser feliz y... ¿por qué lloras?

—Pensé que... querrías acapararme —dijo Anthea, intentando controlar las lágrimas—. Entendería si me dijeras que tenemos que recuperar el tiempo perdido. Que no quieres que me busque a alguien...

—No soy una egoísta. Si de verdad te gusta, inténtalo. Y si te dice que no... le espero a la salida de clases y le pego —bromeó la pelirrosa.

Anthea también se tuvo que echar a reír.

—Gracias, hija. Eres estupenda. Y bueno, quería hablar contigo de algo más.

—Dime.

—¿Dónde has pasado estas últimas navidades?

—Con Jeremy. Su familia me quiere mucho, nunca han puesto un impedimento para que me vaya con ellos.

—Vale. Qué chico más bueno —comentó, más para si que para su hija—. Bueno. No sé si te gustaría, pero quería pedirte que pasaras la navidad conmigo este año.

—¡Claro! ¿En serio... pensabas que me iba a ir con ellos? Los quiero mucho, pero te he recuperado y quiero pasar estos días contigo. Me hace mucha ilusión.

—Perfecto. Pues, si te parece bien, podríamos invitar a Jeremy y sus padres a pasar el día de navidad con nosotras. Ya sabes, para conocernos un poco más y eso. Un día familiar.

—Pues me parece bien. Y, a lo mejor, también podrías invitar a Delmas a venir a casa con Sissi —dejó caer la pelirrosa—. Si todo va bien, me refiero. ¿Quieres que le llame "papá"? —bromeó, y Anthea se echó a reír.

—Ay, qué bien sienta poder estar así... tenía una presión con todo este asunto que no sabía ni cómo hablar contigo. A veces se me olvida que las cosas no son tan difíciles siempre.

—Hemos sufrido mucho, mamá. Me niego a seguir poniendo más problemas a todo. Me gusta haberte recuperado.

—Ven, anda.

Aelita se cambió de asiento, quedando al lado de su madre, quien la rodeó con un brazo. Era feliz, después de mucho tiempo. Aelita también lo era. Poco a poco volvía a tener una familia. Y en cierto modo, esperaba que su madre pudiera encontrar la felicidad con Delmas. No solo se había portado bien con Anthea, sino con ella misma. Le había ofrecido ayuda, e incluso había cedido ante las partes de su historia que claramente no encajaban sin hacer preguntas. Era un buen tipo.

—¿Tienes algo que hacer esta tarde? Supongo que con los exámenes tienes mucho que hacer estos días.

—No te preocupes, me se el temario completo. En eso he salido a papá y a ti —rió Aelita—, podemos tomarnos otro café si quieres tranquilamente.

—Vale. ¡Disculpe! —Anthea alzó la voz levemente para llamar la atención del camarero—, otros dos cafés, por favor.

—¡Marchando! —respondió este, y empezó a preparar la comanda.

—Y ahora, mamá, hablemos en serio. ¿Qué tal es Delmas en la cama?

—¡Aelita! —Anthea se echó a reír—. ¿De verdad quieres los detalles? No ha sido nada malo —inquirió la mayor.

—No, gracias. Me vale con saber que ha ido bien. Y bueno, que no se haya aprovechado de ti.

—En absoluto. Ha sido una de las mejores noches que he pasado. Pero aún así, tengo también ganas de tener una noche de fiesta de pijamas con mi hija —y le dio un beso a Aelita en la mejilla.


Después de haber ido a hablar con Carlos, pero que este le hubiera dicho "Ya sabes lo que tienes que hacer" y cerrado la puerta en las narices, Patrick decidió que iba siendo el momento de hablar con Emily. No tenía muy claro qué decirle. "Oye, me gustas, sé mi novia". Él no es que fuera un romántico empedernido, pero aquella declaración se le hacía un poco sosainas. En fin, no perdía nada por ir a hablar con ella.

—¿Quién es? —preguntó la voz de la chica dentro del cuarto cuando llamó a la puerta.

—Patrick.

—Pasa —invitó ella.

El chico entró en el dormitorio, y estuvo a punto de tropezarse. Emily había sacado todo lo del armario, al parecer, y tenía la habitación llena de prendas. Intentó entrar entre pantalones y camisetas.

—No sabía que estabas tan liada —comentó el chico mientras mantenía el equilibrio en una pequeña sección de suelo despejada.

—Lo que estoy es hasta las narices de estudiar —respondió la otra—, necesitaba un respiro, y parte de eso va a ser tirar la ropa que ya no me pongo. ¿Quieres estas camisetas? —bromeó.

—No creo que a mi me queden tan bien como a ti —respondió él. Miró alrededor y vio un montón que estaba al lado de la puerta—. ¿Eso es lo que vas a tirar?

—Sí —comentó ella, y lanzó lo que parecía un bikini al montón de desechados. Patrick no pudo evitar fijarse en la prenda.

—Pero si eso lo tienes nuevo —comentó.

—Ya, bueno... Es de este verano. Cuando conocí a Carlos, pero... aquello terminó —dijo ella—. No te preocupes. De todas formas suelo renovarlos todos los años, así que no pasa nada. Otra página menos. ¿Puedes echar estos pantalones? Se me han quedado pequeños —pidió la chica, tendiéndole la prenda. Patrick lo echó con el montón de tirar.

—¿Y todo lo demás?

—Creo que lo puedo guardar... Tengo bastante ahí ya para tirar —comentó la chica—, ¿me ayudas a guardar lo demás?

Dedicaron varios minutos en volver a dejar la ropa en el armario, correctamente colocada. Emily lo miró, satisfecha, y por fin podía atender a Patrick como era debido. Pero este se había acercado a ella por la espalda, y la abrazaba por la cintura. No presionaba, simplemente estaba ahí. Y se sentía bien para Emily.

—¿Qué piensas? —preguntó en susurros.

—En nosotros —respondió él—. Que hayas cerrado capítulo con Carlos es... un alivio para mi—confesó el chico—. Pero no se si eso significa que pueda haber algo entre nosotros o no. No sé qué piensas, no sé qué sientes...

—¿Qué sientes tú? —quiso saber ella.

—Tú me gustas, Emily. Ya deberías saberlo. Por eso te pedí salir, por eso he querido acercarme a ti todo este tiempo. Pero ahora que no... "compito", tampoco sé si tengo algo que hacer o no.

La chica se dio la vuelta y le dio un suave beso. No se movieron por varios minutos, simplemente respirando al compás mientras sus bocas expresaban lo que ambos sentían. Patrick sintió un escalofrío cuando notó los dedos de Emily acariciándole en la nuca. Era agradable.

—Tú también me gustas. De verdad. He tenido miedo todo este tiempo, ¿sabes? Por toda la situación, mis celos de mierda... no he sabido gestionarlo. Y me duele haberte utilizado.

—Yo no me siento...

—Pero yo sí siento que te he utilizado —interrumpió la chica—, y eso no es justo para ti. Así que no me preguntes si quiero ser tu novia.

Patrick se quedó muy serio. No, no podía ser cierto. Pero en ese momento ella sonrió.

—Debo ser yo quien te pregunte. Patrick, ¿quieres ser mi novio?

—Claro que quiero...

—Pues bésame.

Se dejaron caer en la cama mientras se besaban. Patrick era feliz. Por fin podía estar con ella. Luego se quedaron mirándose, sin decir nada, hasta que una pregunta pugnó de los labios del chico, mientras Emily simplemente estaba tendida sobre él, sonriendo.

—Ahora que somos pareja, tenemos que pensar algo... o a lo mejor deberíamos haberlo pensado antes de formalizar la relación...

—¿A qué te refieres?

—Al Acuerdo —explicó él—. Si vamos a empezar... ¿debemos seguir con ello? ¿Mantener relaciones con nuestros amigos?

—Depende. ¿Eso supone un problema?

—No lo sé. Quería saber qué opinas.

—Dime. ¿Tienes fantasías que aún no hayas cumplido? —quiso saber Emily. Patrick asintió—. Pues yo también. Así que me parece bien si aceptamos seguir en el Acuerdo con nuestros amigos. No les va a ser tan fácil librarse de nosotros.

—Eres estupenda —sonrió el chico.

—Te quiero...


Cuando llegó de la cafetería, Aelita pensó que no debía buscar mucho. Había pocos lugares donde Jeremy pudiera estar la noche de un jueves, de modo que optó por dejar su abrigo en el dormitorio antes de ir a verle, pues dentro de la academia hacía una temperatura agradable, y en ese momento tenía demasiado calor. En breve sería la hora de la cena, pero aún así se deslizó a la planta de los chicos y entró en el cuarto de Jeremy, sin llamar.

Tal como se temía, ahí estaba su novio, enfrascado entre papeles del estudio. Ella se acercó a él y le susurró:

Te vas a quedar sin ojos.

El rubio dio un sobresalto, y a Aelita le pareció divertido. Cuando este se calmó, respiró.

—Qué susto... Casi me da un infarto —protestó.

—Vamos, que no es la primera vez que entro sin llamar —bromeó la chica.

Sí, pero eso ha sido alguna noche que has venido a tener sexo. Y después de lo de hoy no creo que eso vuelva a ocurrir, pensó el chico. Aelita tomó asiento, en la cama de Jeremy.

—Bueno, ¿de qué querías que habláramos? —preguntó ella.

Jeremy giró la silla hacia ella. La miró, muy serio. Intentó mantener la mirada mientras hablaba.

—Aelita, lo primero quiero recordarte que te amo.

—Yo a ti tam... —pero se vio interrumpida por la mano de Jeremy, que le pedía continuar.

—Pero creo que hace un tiempo que no estoy lo suficiente pendiente de ti. Creo que tú misma te habrás dado cuenta. Apareció tu madre, y no lo pasaste bien, y yo no estuve ahí para ti cuando lo necesitabas.

Aelita no volvió a interrumpir, lo cual facilitó su discurso.

—No ha sido culpa tuya, ni mucho menos. Yo... me dejé llevar. Empecé a ver a Laura con otros ojos. Ella me gustaba, bueno, me gusta. Pero no del modo sano que muchos nos hemos gustado en el acuerdo, como cuando lo hiciste con Patrick. Empecé a sentir algo diferente. Ella me había considerado atractivo, algo que no siempre ocurre. De hecho, no sé cómo ocurre contigo.

Intentaba controlarse, pues cada vez hablaba más rápido.

—Me he portado fatal... Llegué a pensar que lo mismo podría conquistar a Laura. No merezco que me perdones ni nada de eso, pero quería dejar las cosas claras contigo. Sé que no puedo tener algo con ella, y eso puede parecer un intento de aferrarme a lo que teníamos. Lo siento. Lo siento de verdad...

Aelita le miraba sin decir una palabra. Jeremy, finalmente, apartó la mirada, incapaz de verse juzgado. Solo esperaba que la sentencia no se demorase mucho y que pudiera perdonarle algún día.

—Ya lo sabía... Te he visto fijarte en ella estos meses.

—Aelita...

—No dije nada. Porque estaba lidiando con lo de mi madre, y porque quería saber hasta dónde ibas a llegar —le dijo—. Y veo que has sabido detenerte a tiempo.

—La he invitado a salir algún día —reconoció el rubio.

—Pero aún así, no ha llegado a ocurrir nada. Con eso me vale, de momento —dijo Aelita—. Quiero que lo sepas: estoy herida. Me duele mucho lo que has hecho. Así que voy a necesitar pruebas constantes de que de verdad me amas y quieres seguir conmigo para que lo nuestro funcione.

—Aelita...

—Ven aquí, anda...

Jeremy se permitió llorar la culpa en el hombro de Aelita. A ella le pareció distinguir varias veces las palabras "no te merezco" entre gimoteos, pero no dijo nada. Simplemente le permitió desahogarse. Cuando por fin se recompuso, le dio un beso en los labios. Por primera vez, en mucho tiempo, fue algo más cálido.

—Quédate conmigo esta noche —pidió Jeremy.

—¿Vas a hacerme el amor?

—No si no quieres... quiero pasar la velada contigo, solo eso —aseguró el chico—. Deja que empiece de nuevo a demostrarte que te quiero.

—De acuerdo —cedió ella—. Voy a dejar que me cuides hoy.

—Gracias... Por cierto, ¿qué tal con tu madre?

—Todo bien. Quiere que os invitemos a ti y a tu familia a comer por Navidad —dijo ella. En ese momento no tenía intención de contar lo que Anthea había hecho con Delmas, sobre todo hasta saber si él lo había hablado con Sissi—. ¿Se lo dirás?

—Por supuesto.


¡Hola a todos!

Avisé en el Code:Lemon de la semana anterior que no habría actualización la semana pasada. Pero esta así, de modo que aquí vuestra ración de salseo ;)

Decir que el próximo capítulo, el 20, será el previo a la "midseason" navideña. Originalmente el fanfic iba a ser más "atemporal" pero finalmente, habrá una navidad y una continuación como en el original, de modo que... ya sabéis lo que os espera ;)

Nos vemos en el próximo capítulo, que prometo que será intenso. Lemmon rules!