20 El día de la cita
Había llegado por fin el día. Su última oportunidad. Sam iba a disfrutar una vez más de una cita con Yumi. Si aquello no salía bien, sería el fin de su relación. Como medio novias o algo así que eran en ese momento. Bueno, tampoco es el término correcto, pensó la chica mientras abría el armario. Siempre le asaltaba la misma duda con respecto a qué vestir cuando quedaba con ella. La japonesa solía llevar un outfit de color oscuro, basado principalmente en camisetas y pantalones tejanos. Incluso en su anterior cita había vestido por el estilo. Y si Sam no la hubiera observado vestir igual cuando había tenido citas con Ulrich, se hubiera sentido ofendida.
—A la mierda —pensó mientras se quitaba la camiseta skater y un sujetador sencillo que se había puesto por la mañana. Para la ocasión, si todo iba bien, mejor el sostén de encaje blanco. Y para vestir, un suéter en dos colores, azul oscuro arriba, y una cinta en rojo carmín que rodeaba la cintura.
Luego se quitó los pantalones y el tanga (si no se desnudaba entera no era por pudor, sino porque tenía un poco de frío) y se puso las bragas a juego con el sujetador, unos leggins negros y una falda en el mismo color. Algo sencillo, sin aparentar mucho, pero al menos se veía estupenda. El suéter no le permitía presumir de escote. Pero ella ya te ha visto y le gustas, no es un problema, pensaba mientras se ataba una zapatilla oscura plana.
Un poco de colonia, y por supuesto, las entradas que Jeremy se había ocupado de reservarle en la web del cine.
—Te puedo mandar el código QR a tu móvil —le había dicho el rubio.
—No me termino de fiar de eso —respondió ella mientras doblaba la hoja con cuidado—. Gracias.
Echó las entradas en un bolsillo urbano que se había comprado recientemente, se echó el abrigo por encima, y se dedicó una última mirada al espejo antes de marcharse. Solo deseaba que las cosas fueran bien, aunque fuera hasta el grado mínimo, que supondría poder ser amiga de Yumi aunque esta la rechazase. Una cosa era un "no" y otra un "aléjate de mi".
La alarma saltó en el teléfono de Yumi. En breve, Samantha iría a buscarla. De modo que se levantó de la bañera y se envolvió en la toalla. En su casa, sus padres ya le habían preguntado si había hecho las paces con Ulrich, a lo que ella había respondido con un simple "no". Aún no estaban enterados de lo de Sam. Si fuera su novia… probablemente su madre lo aceptaría a regañadientes, mientras que su padre se podría tirar un mes sin hablarle. Lo cual casi podría significar un alivio. Tras tantos años en Francia, ella se había europeizado. Su padre no. No era que Yumi se avergonzara de la cultura japonesa, simplemente consideraba que en muchos aspectos no eran tan estupendos como todos consideraban.
Llegó a su habitación donde terminó de secarse el cuerpo. La ropa que iba a ponerse ya reposaba sobre el futón. Tenía ganas de aquella cita. Pero más por salir de casa que por la pobre Sam. Su amiga tenía unas intenciones muy claras, pero no le había dado tiempo a recuperarse de la ruptura. Seguía enfadada. Lo suficiente como para darle a Ulrich un puñetazo en el estómago si se cruzaba con él. No había peleado nada por ella. Ojalá poder pensar Pues estupendo, Sam es mucho mejor que tú. Pero aunque a lo mejor era verdad, no siempre nos enamoramos de una persona mejor.
Se vistió. Ni siquiera había considerado ponerse ropa interior erótica. Simplemente, salía un poco de sus colores habituales. Una camiseta púrpura que cubría a su vez por un jersey holgado de color... negro. A lo mejor era verdad que debía renovar un poco el fondo de armario. Se sujetó el pantalón (negro) con un cinturón blanco. Y botas. Bueno. Sabía que a Sam la ropa no era lo que más le importaba. De hecho, es lo primero que aparta, pensó Yumi, y tuvo que contener un ataque de risa. Estaba bien, o eso creía.
Estaba preparada justo cuando llamaron al timbre. Bajó con el abrigo en el brazo, y abrió la puerta. Sam aguardaba, estupenda como siempre.
—Un momento. Me calzo y podemos irnos —dijo la japonesa—, entra un momento.
—Gracias —respondió la otra, y quedó en el rellano mientras Yumi rebuscaba el calzado en el zapatero. Está muy guapa, pensó para sus adentros, pero no lo dijo. En aquel momento cualquier precipitación podría suponer un descalabro.
—No hace mucho frío, ¿no?
—No. Aunque si vamos a ver la película y luego a cenar, lleva algo que tape bien, hará frío cuando volvamos.
—Tienes razón —concedió la otra—, pues ya estoy lista. ¿Llevas las entradas?
Sam levantó su bolso.
—Perfecto. Pues vámonos.
Y, tras meditarlo un momento, le dio un beso a Sam en los labios antes de salir.
Odd había prometido a sus amigos que dedicaría la tarde del sábado a repasar para los exámenes. Era probablemente quien peor llevaba el temario, no por falta de inteligencia, sino de ganas. Sabía que si él fuera un Pecado Capital sin duda sería la pereza. Pero no encontraba motivación en aquel mundo de datos e información. O al menos en aquellos. A él le gustaría estudiar Imagen y Sonido. Pero para eso antes tenía que aprobar el Renacimiento, las ecuaciones, la sintaxis… pero Jeremy, Aelita y Laura habían invertido mucho tiempo en prepararle los apuntes y sería un feo gesto no aprovecharlo.
Pero claro. Era mejor si la sesión de estudio estaba aderezada con un poco de diversión. De sexo. Y Jeremy y Aelita estaban descartados día, al parecer se habían ido a merendar a casa de Anthea. Su única baza era Laura. Sus sesiones de sexo más estudio habían dado resultado las pasadas semanas. Y aunque ella había dejado claro que no podría haber nada más íntimo entre ambos, no le había vetado para mantener relaciones.
Marcó el numero de su amiga. Pero sorprendentemente, no le respondió. El teléfono daba tono, pero no respondía. Dejó pasar un par de minutos antes de volver a probar, con el mismo resultado. Eso ya era raro. Laura solía tener el teléfono en activo, y era la primera en responder los mensajes del grupo, así que miraba el móvil con frecuencia. Y, de su observación sobre ella cuando intentaba conquistarla, también sabía que los sábados no dormía siesta, solo los domingos. Algo le había pasado.
—Tiembla, Sherlock Holmes, ante los poderes de deducción de Odd Della Robbia —pensó en voz alta mientras metía los pies en las zapatillas y salía de la habitación.
No tardó apenas en llegar al dormitorio de su amiga, y llamó a la puerta con golpecitos flojos y repetitivos. Oyó movimiento en el dormitorio y aguardó. No tardó mucho en abrirse la puerta. Laura estaba ahí, mirándole, con una camiseta holgada… y sin pantalones. Odd tardó un poco en reaccionar.
—Hola —saludó ella, ante el shock de su compañero—. ¿Pasa algo?
—Ho-Hola —respondió él—, perdona, te he llamado un par de veces y me ha extrañado que no respondieras.
—Ah, eso. Estaba viendo una película —respondió Laura.
—Oh. ¿Te importa si te acompaño?
La rubia pareció dudar por unos segundos. Pero finalmente se hizo a un lado y le dejó entrar. Para sorpresa del chico, Laura no estaba sola. Sissi estaba en la cama de Laura, en el mismo outfit de camiseta sin pantalón. Sonrió al ver quien era.
—Hola a ti también. No sabía que interrumpía —dijo, confuso.
—Pues… Un poco —reconoció la morena. Eso confundió más aún a Odd.
Laura miró a Sissi y asintió, de modo que la otra se puso en pie y se acercó a la rubia. Pasó un brazo alrededor de su cintura y Odd empezó a prever lo que iban a contarle.
—Hay algo que aún no os hemos dicho —empezó Laura—. Ha sido todo un poco repentino.
—Hace poco, Laura me dijo que yo le gustaba —explicó Sissi.
—¡Oye!
—Es la verdad —continuó la morena, ignorando la queja de su chica—, y me alegro de que lo hicieras. Nunca me había planteado una relación con otra chica, pero… ella es especial —mientras decía eso, acarició la mejilla de la otra, que se puso colorada—, y la verdad, me gustaría poder ser feliz con ella.
—Qué ñoña eres —protestó Laura, y le dio un beso a Sissi—. El caso es que no hemos querido decir nada porque… bueno, parece que el grupo está gafado con las relaciones.
Odd asentía mientras asimilaba la situación. Vaya, quien se lo iba a decir. Así que Sissi y Laura. No podía evite tener un poco de envidia hacia la morena. Ahora entendía más el rechazo de Laura. Ya tenía alguien a quien amar. Eso no suponía que a él dejara de gustarle la chica, pero ante todo era su amiga.
—Pues gracias por la confianza. Prometo no decir nada a los demás hasta que estéis listas —aseguró—. Eso sí, Sissi. Laura es una buena amiga mía. No se te ocurra hacerle daño.
—¿O me la robarás? —bromeó la morena—. Seguro que si no se hubiera fijado en mi haría buena pareja contigo —comentó.
—El corazón solo entiende de lo suyo —intervino Laura—. Perdona que no te lo contara —dijo mirando a Odd—. No sabía qué iba a pasar con ella. Pero no quería darte esperanzas.
—Lo entiendo, y no pasa nada. De verdad, me alegro por las dos.
La alegría de Odd no le eximía de cierto resentimiento. Pero Laura era su amiga desde hacía mucho, y Sissi se había ganado también el derecho a tener ese título. Que fueran felices. Él era Odd Della Robbia, ligón empedernido… aunque casi todas las chicas de su curso le habían hecho la cruz, y las jóvenes le parecían demasiado jóvenes. Pero bueno, siempre podía apuntarse a la app de citas con William.
—Bueno. Yo venía con otra idea en la cabeza, pero creo que voy a volver a ir a estudiar. Me juego mucho el lunes.
—A mi no me importa sí vosotros… —empezó Sissi—, es decir, Laura y yo comentamos cuando decidimos probar si seguiríamos con el Acuerdo, y... ha dado algunos problemas, pero a nosotras nos ha unido. Así que no tengo ningún problema si os acostáis o...
—O igual le apetece un trío —pensó Laura en voz alta.
—No. Es decir, sí, pero no ahora —rectificó el rubio—, ya veo que os he interrumpido y os he robado bastante tiempo. Y prometí que aprovecharía los apuntes, así que...
—Como quieras —aceptó Laura, encogiéndose de hombros.
—Si cambias de opinión... llama antes de entrar —ofreció Sissi.
El chico sonrió y se marchó de ahí. Definitivamente, no estaba en racha en temas de corazón y camas. Con un poco de suerte, al menos aprobaría con nota los próximos exámenes.
Había risas en el camino de regreso a Kadic. Sam era bastante divertida, y le arrancaba esas carcajadas a Yumi que tan bien le sentaban. La iluminación en la zona era elevada por las farolas, de modo que aunque lo hubieran intentado (por rascar otro momento bonito) no habrían podido contemplar las estrellas.
—¿Te lo has pasado bien? —preguntó Sam de pronto. Yumi volvió a estar seria.
—Sí. Siempre me lo paso bien contigo —aseguró la japonesa.
Y es que la cita no había ido mal. Salvo por el detalle de que Yumi seguía sin sentir ese algo especial por su amiga. Era muy buena, divertida, y debía reconocerse que en la cama se habían adaptado más rápidamente que con el alemán idiota. Pero los sentimientos no seguían esas reglas lógicas. Lo peor sería tener que dar ese mensaje a Sam, que sin duda estaba ilusionada. ¿Por qué no podría fijarse en otra persona? Me encantaría poder ayudarla a ligar. Quizá a Camile le podría gustar…
Pero no tuvo tiempo para más lamentaciones. Sam estuvo a punto de decir algo cuando fueron interrumpidas.
—¡Oye, guapas! ¿Qué hora es? —preguntó alguien.
Se fijaron en un banco cercano donde había cinco chavales. Yumi calculó que tendrían veintipocos años. Algo le dio mala espina. Instinto de supervivencia, tal vez. Al notar su tensión, Sam también se puso nerviosa.
—Las nueve y media —respondió la japonesa.
—¿Y qué hace dos jovencitas tan tarde fuera de casa? —preguntó el mismo chaval. Tenía barba de una semana y una gorra de color negra que no se había encajado en la cabeza. Otro a su lado se estaba fumando un cigarro, tabaco por el pestilente aroma que llegaba a las chicas. El tercero tenía la pinta de ser el que vestía menos llamativo, pero su altura ya era preocupación suficiente pues fácilmente llegaría al metro noventa. El número cuatro se entretenía tallando el banco con una navaja. El último simplemente las miraba y parecía a punto de echar la baba.
—Vámonos. No les demos juego —pidió Sam, y dio un paso para continuar su camino.
—Uh, qué maleducada —dijo Metro Noventa—. ¿No te han enseñado a responder?
—Nosotras ya nos vamos —respondió Yumi. No sabía si en aquellas situaciones convenía no hacerse la alfa, pero le salió un tono muy seco, casi como una advertencia.
—¿Por qué? —preguntó Cigarro, sonriendo—. ¿Os regaña papi?
—A lo mejor se han fugado de casa —comentó Gorra—, y papi no sabe que están aquí.
—Mejor entonces, pueden divertirse un rato con nosotros —dijo Babas.
Teniendo que atender a los cuatro a la vez, Yumi no se había fijándose pronto en que estaban rodeadas. Mierda. Calculó mentalmente. Ellos eran fuertes. Ella también lo era. El problema era que solo podría ocuparse de uno a la vez. Y que empezaba con desventaja contra Metro Noventa. En el momento en que la sujetasen, estaría perdida. Echó un vistazo alrededor. Barrio residencial. Sin luces en las casas cercanas. La gente salía los sábados por la noche
—Me gusta tu falda —comentó Babas. Yumi vio por el rabillo del ojo como el cerdo ese se aproximaba a Sam por la espalda—, ¿a qué hora abre? —y metió la mano por debajo de la tela para tocarle el culo.
Por movimiento reflejo, ella le abofeteó. El chico abrió los ojos por la sorpresa, pero le devolvió la bofetada y Sam estuvo a punto de caerse. En ese momento Yumi se abalanzó a por él. Una patada al estómago que le hizo doblarse, y un puñetazo en la cara que lo tumbó hacia el otro lado.
Cigarro se impulsó hacia adelante. Para sorpresa de Yumi, sabía pelear. Y era ágil. Lanzó una patada contra el pecho de la japonesa, pero ella se cubrió con los brazos y le repelió hacia atrás. Perdió el equilibrio, pero no cayó al suelo y pudo detener los dos puñetazos que Yumi le lanzó. Ella seguía pendiente a su alrededor. Uno caído, Sam paralizada de miedo, y los otros que no intervenían.
—Vamos, zorra —dijo Cigarro—. Mejor no te resistas.
Aprovechando el momento de vulnerabilidad que le detectó, Yumi le lanzó una patada directa contra la entrepierna, y cuando empezó a caerse, retrocedió. Pero no era la única que aprovechaba esos momentos de descuido, y sintió algo contra su espalda. Metro Noventa estaba tras ella, y la inmovilizó de un brazo. Navaja actuó con él, y sujetó el otro brazo de Yumi, mientras le plantaba el filo de su arma en el cuello.
—Yumi… —gimió Sam. Intentó abalanzarse contra Gorra, pero este la empujó hacia atrás y la hizo caer. Luego se agachó a su lado y le levantó la falda—. Bonitas bragas.
—¡Déjala! —gritó Yumi, e intentó revolverse, sin éxito. Sintió un escozor en su cuello y dedujo que se había cortado.
—Tú decides, puta —dijo Gorra, mientras se incorporaba—. O nos follamos a tu amiguita o te follamos a ti. Seremos buenos para que una se vaya intacta.
—Vete a la mierda —escupió Yumi.
—Hablas demasiado. No deberías habernos dado malas contestaciones.
Si algo le daba más asco a Yumi en ese momento era la condescendencia con que el desgraciado ese le hablaba. La situación estaba perdida de todas formas.
—Oh, ¿si me hubiera ido no me intentaríais violar?
—Hablas demasiado. Hora de cerrarte la boca, guapa.
Sintió dos golpes en la pierna que le hicieron caer de rodillas, y contempló un primer plano de la bragueta de Gorra, que empezaba a bajarse la cremallera. Muchas veces se había preguntado qué podía hacer en una situación así. Ninguna opción le gustaba. No quería ser sumisa. Ponerse violenta podía empeorar la situación aún más. Navaja aún tenía amenazado su cuello.
Pero de pronto notó que el brazo que Metro Noventa le sujetaba se liberaba. Algo le había hecho ceder. Un gruñido. Metro Noventa se giró.
—¿Qué cojones? —preguntó Gorra—. ¿Quién eres?
—Dejadlas en paz —gruñó alguien, y a Yumi le dio un vuelco al corazón al oír esa voz.
—Dale de hostias.
Pero Ulrich era ágil. Aunque Yumi no pudo verlo. saltó hacia adelante y atinó con el puño en la nariz de Metro Noventa. Probablemente se la había roto. Navaja soltó a Yumi con la intención de asistir a su colega, pero ella aprovechó ese momento para atacarlo. Le sujetó la muñeca del arma, este intentó darle un puñetazo pero ella le bloqueó la mano y le hizo perder el equilibrio con un golpe en la pierna.
Gorra intentó ir a por Sam, pero Ulrich fue más rápido. Se llevó un golpe en el hombro, pero lo devolvió y el delincuente retrocedió. En ese momento Yumi derrapó a su lado. Juntos, en guardia, frente aquellos tres. Se miraron, asintieron, y juntaron puños antes de atacar. Por suerte para los dos, Metro Noventa, estaba situado entre Gorra y Navaja, de modo que pudieron golpearle simultáneamente. Este se resintió, pero antes de poder atacar, Yumi tumbó a Gorra de una patada. Ulrich esquivó el arma de Navaja, pero este continuó atacando como si blandiera una espada. En un descuido, Ulrich le sujetó y le lanzó contra Metro Noventa, que se llevó un feo corte en la mejilla.
Furioso, le dio un golpe en la cabeza al propio Navaja, que lo dejó tendido en el suelo. Yumi se arrojó sobre su espalda y tiró hacia atrás de él, dejando todos sus puntos débiles al descubierto, y Ulrich aprovechó en ese momento para derrotarlo definitivamente.
—¡Vámonos! —apremió el chico. La calle seguía desierta, pero los primeros que había tumbado Yumi empezaban a moverse y mejor no estar allí cuando se pusieran en pie. Se aseguraron de que Sam estaba bien y corrieron sin descanso hasta el Kadic.
Por su parte, los que ignoraban lo que estaba ocurriendo en la calle, se habían extrañado por la ausencia de Odd, comilón por excelencia, en la hora de la cena. Laura se había ofrecido ir a verle (de hecho sospechaba que ella misma era culpable de su ausencia) pero William dijo que se ocupaba él. Al fin y al cabo, las normas de Kadic prohibían que los chicos estuvieran en la planta de las chicas de noche, y ellas tampoco podían ir a verlos en horas intempestivas.
Subió para allá, a ver qué le pasaba. Era extraño, porque no había luz donde el dormitorio. Lo mismo había salido. Probó a llamar, y no obtuvo respuesta. Extrañado, optó por girar el picaporte. Echó un vistazo alrededor, pero no había nadie. Qué cosa más rara. Se sacó el móvil del bolsillo. Mejor no ser alarmistas y enviarle un mensaje.
«¿Dónde estás?»
La respuesta no se hizo esperar.
«Hermitage».
Maldiciendo su mala suerte, William pasó a por la chaqueta antes de ir hacia allá. Solo esperó no encontrarse con Jim. La diosa fortuna no le puso la zancadilla, y pudo hacer el recorrido sin mayores incidentes. Tuvo que encender la linterna del teléfono para poder llegar. Aunque conocía muy bien el camino, a noche cerrada las raíces que sobresalían de os árboles podían ser bastante traicioneras. Por suerte la finca estaba despejada, de modo que la luz de la luna llena permitía ver bastante bien el patio interior, donde estaba el rubio, contemplando el firmamento.
—¿Una noche romántica contigo mismo? —preguntó William mientras se acercaba a él, pero el rubio no respondió—. ¿Qué te pasa? Se nos hacía raro que no bajaras a cenar y resulta que estás aquí, aislado de todo y de todos.
—¿A veces no te apetece un rato para ti? —preguntó el rubio tranquilamente—. Solo estaba pensando.
—¿En qué?
—Me fustigaba un poco. Cuando en verano Sam y yo pensamos en el Acuerdo, nos parecía una idea genial, ¿sabes? Pero ahora, por culpa de ese Acuerdo, ella y yo rompimos. Y me han roto el corazón por ello, y además estoy seguro de que a ella también se lo va a romper Yumi muy pronto...
—Pensaba que sabías que lo tuyo con Ulrich no iba a ningún puerto.
—Y con Laura tampoco. Sí, ella también me gustaba —dijo Odd—. Dije su nombre cuando hacía el amor con Sam, por eso me dejó, y no la culpo. Idiota de mi, a ella le gusta... otra persona.
—¿Quién?
—No me lo ha contado —mintió. Había prometido mantener el secreto y no iba a traicionar la confianza de nadie—. Pero parece que les va a ir bien y no me puedo interponer.
—¿Y qué es lo que quieres? ¿Volver con Sam? —preguntó el escocés, confuso.
—No. Eso tampoco llegaría a buen puerto. Nos hundiríamos antes de llegar a la costa. Y es eso lo que me carcome... Con lo bien que estaba todo, ¿por qué hubo que estropearlo? Nada de esto se supone que debería pasar.
—Si creyera en Dios, pensaría que se ha cebado un poco con el grupo estos meses —reflexionó William, mientras se sentaba al lado de Odd—, pero al fin y al cabo tampoco nos ha ido tan mal. Y oye, que no has cumplido ni los dieciocho aún. No te deprimas, que terminarás encontrando a alguien.
—¿Tú crees? —ironizó el rubio—. Te recuerdo que las de Kadic me tienen echa la cruz. Como no lo intente con Milly o Tamiya... —se echó a reír—. Lo más parecido a algo bonito que me ha pasado últimamente ha sido tu apoyo. No me has juzgado ni nada. Simplemente me has aceptado. Y, si se me permite, me lo paso muy bien contigo.
—A mi también me gustan nuestros encuentros —confesó William—. Y oye, mantengo lo que dije. Tanto como quieras. Es mejor de lo que me esperaba.
—¿Te refieres al sexo con otros hombres... o a hacerlo conmigo? —bromeó el rubio.
—Ambos.
Odd le dio un puñetazo en el hombro suave y se echaron a reír. Eso les sentaba bien.
—Vamos, mejor que regresemos antes de que Jim nos pille fuera de horas... Si nos corta los huevos no podremos divertirnos como nos gusta —le recordó William, y ambos se pusieron en pie.
—Perfecto. ¿Te gustaría quedarte en mi habitación? —ofreció Odd mientras se encaminaban de nuevo a la academia.
—¿Y Ulrich?
—Ha salido. Siempre le podemos invitar a que se una a nosotros.
—Eso también podría ser interesante —reconoció William—. ¿Qué pasa? ¿No puedo decirlo o qué?
—Claro que sí. Simplemente me hace gracia lo mucho que hemos cambiado.
—Evolucionamos, Odd. Evolucionamos.
Ulrich, Yumi y Samantha habían llegado a la academia. Allí, se había formado un breve silencio que había sido cortado sutilmente por su amiga común.
—Creo que tenéis cosas de las que hablar —dijo Sam antes de dejarlos a solas y regresar a su habitación.
De modo que, sin decir una palabra, Yumi y Ulrich empezaron a caminar sin rumbo por la ciudad. Valorando la situación. Finalmente fue Ulrich el que se arriesgó a hablar con primer lugar.
—Yumi, yo...
No pudo decir una tercera palabra. La japonesa había descargado su furia contra él con un puñetazo en el estómago. No demasiado fuerte. No con toda su rabia. Pero necesitaba ese desahogo. Como necesitaba sujetar a Ulrich para impedirle caer al suelo.
—Me... lo merezco... —admitió.
—Y cosas peores —Yumi rechinaba los dientes.
Ulrich asintió mientras se incorporaba y trataba de mantener el equilibrio. Pero el golpe le hacía encorvarse hacia adelante. Aún así coincidía con la japonesa. Se merecía algo más doloroso. Y sin derecho a defenderse.
—¿Cómo nos has encontrado? —preguntó Yumi, suavizando el tono.
—Os seguí —confesó Ulrich, y tuvo que retroceder por miedo a recibir otro golpe, pero Yumi simplemente le dedicó una mirada asesina—. Tenía celos... Quería saber si entre ella y tú podía haber algo serio. Y si así era, os quería dejar el camino libre —aclaró, levantando las manos.
—¿Así que viniste al cine con nosotras?
—Sí, pero os fuisteis muy rápido de la cena y tuve que buscaros un poco —explicó el alemán—. Si hubiera tardado un poco más... mierda, no se qué hubiera pasado.
—Si no me hubieran sujetado habría podido con ellos —aseveró Yumi.
—Estoy seguro. El problema es que no suelen atacar en solitario. Somos un buen equipo, ¿verdad?
Sonrió, pero Yumi no le devolvió el gesto (aunque deseaba poder hacerlo). Aún no había dicho nada de lo que debía decir. Habían detenido el paseo, y aguardaba, impaciente.
—Lo siento.
—¿Qué es lo que sientes?
—Todo. Siento haber tenido celos de tus amigos de la Universidad. Siento haberme enfadado porque un amigo tuyo te contara lo que hizo en ese club... y por pensar que querías participar con él. Siento pensar que podía interesarte. Siento no llevar bien que no nos podamos ver como antes. Siento haber insinuado que estarías mejor... follando en la universidad con todos. Siento todo lo que te dije aquel día...
Yumi estuvo a punto de hablar, pero fue interrumpida.
—Y siento mucho no haber ido antes a pedirte perdón... me hubiera ahorrado mucho tiempo de estar jodido. Y no sé si lo sabes, pero... tuve un descuido con Sissi y casi la dejo embarazada. Eso también lo siento. Y no sé qué más decir... tengo la sensación de que no he hecho más que equivocarme desde hace meses.
—Tienes razón en todo —le concedió Yumi—. Yo también he estado fatal todos estos meses. Y me hubiera gustado poder pasar página. Y no era capaz porque aún no había tenido esta conversación contigo.
El alemán guardó silencio.
—Hace ya unos años tomé una decisión. William no ocultaba lo que sentía por mi. Pero yo no le podía corresponder porque te quería a ti. Después de mucho tiempo. Después de nuestras dudas, la mierda de los celos... y pensé que aquello había quedado atrás, así que lo de aquel día me dolió incluso más. No creía que pudieras sentirte así.
—Yo tampoco...
—Y peor aún, que no te atrevieras a hablarlo conmigo hasta que estallaste.
—Tienes razón...
—¿¡Me das la razón como a los tontos o lo piensas en serio!? —se encolerizó Yumi—. ¡Porque eres un imbécil, Ulrich, y por eso me duele más reconocer que aún te quiero! —soltó—. ¡Y no tengo claro que eso merezca la pena si no parece que vayas a cambiar! —le señaló con un dedo acusador—. Así que... ¿qué es lo que quieres? Porque no quiero que sigamos perdiendo el tiempo, ninguno de los dos.
—Quiero volver contigo. Quiero que seas mi novia, como antes de que lo echase a perder.
—Eso no puede ser. Lo echaste a perder así que habrá que trabajar mucho en eso.
—Lo sé.
—Tienes que aprender a controlar esos celos que tienes.
—Lo haré.
—Tienes que aceptar que Nigel es un amigo —eso era un poco mentira porque el chico últimamente le esquivaba, pero bueno— y que puedo quedar con él sin que signifique que me lo vaya a tirar.
—Lo acepto.
—Tienes que recordar que a mi solo me han dado una invitación para practicar sexo si me apetece, y hasta ahora no la he empleado.
—Lo recordaré.
—Y... por favor, aprende a comunicarte más conmigo. Yo hago todo lo posible por hacerlo contigo pero si no es mutuo no vale la pena —sollozó la japonesa.
—Quiero aprender.
Y Yumi se lanzó a sus brazos. Sus labios se encontraron en un salado beso por culpa de las lágrimas de ambos. Pasaron segundos o tal vez meses sin moverse de ahí, simplemente disfrutando de la reconciliación.
—Te juro que si no llegas a llorar te hubiera golpeado otra vez —susurró Yumi.
—Lo sé.
—Te quiero. Y sigo enfadada contigo, aunque te quiero. Y vas a tener que soportar mi enfado porque irá saliendo poco a poco.
—Estoy dispuesto, Yumi. No quiero seguir lejos de ti. De verdad. Yo también te quiero.
—Calla, tonto.
Y le plantó otro beso.
A continuación, le tomó de la mano. Sin decir nada más, ella le dirigió a su calle. Ulrich estaba sorprendido, pero Yumi no le soltó en ningún momento. Cuando pasaron por la puerta, el alemán sintió que el padre de Yumi intentaba fulminarlo con la mirada, mientras que su madre simplemente parecía confusa.
—Ulrich se va a quedar a dormir —les anunció. Su padre estuvo a punto de replicar, pero Yumi le atajó—. Hoy ha estado a punto de pasarme algo muy feo y él me ha ayudado a impedirlo. Se queda arriba conmigo. No vamos a hacer nada, solo descansar. Vamos —indicó a Ulrich.
—Mañana hablaremos de esto —le advirtió su padre.
A ella le dio igual. Un millón de castigos bien valían poder recuperar a su novio. Después de muchas semanas era feliz nuevamente. Una felicidad ligeramente emponzoñada por el recuerdo de la pobre Sam.
Samantha se había sorprendido a si misma por su entereza. Cuando había visto a Ulrich y Yumi pelear juntos, abrió los ojos definitivamente. Claro que Yumi no era para ella. Pese a sus dudas sobre la existencia de un destino, estaba claro que aquellos dos iban a acabar juntos antes o después. Su presencia no había hecho sino retrasar lo inevitable. Pero el universo se había recolocado y dejado las cosas como debían ser.
Y en el fondo, ella misma lo sabía, como pensaba mientras se desnudaba ante el espejo de su dormitorio. Se admiró una vez más. Se consideraba sexy, y sabía que más de uno en Kadic compartiría esa opinión. Pero Yumi no quería alguien sexy. A ver, que Ulrich estaba bueno. Pero el nexo entre ambos era mucho más fuerte que una simple e hipotética atracción física. Pese a todo lo que podía haberle ofrecido a Yumi como pareja, simplemente no estaban destinadas.
Con esos pensamientos se metió en la cama. Deseó que aquellos dos tontos pudieran arreglarse por fin. Era extraño, ¿cómo podía no sentir un ápice de rencor siquiera por el alemán? Bueno, al fin y al cabo no era mal tío. Y tú le has intentado levantar a la novia durante su crisis, estáis en paz, le dijo una vocecita en su interior, y tuvo que sonreír. Sí, igual se había portado un poco mal.
Pero bueno. Había algo positivo en todo aquello. Su amistad con Yumi se había afianzado, y eso le venía muy bien. Era una chica buena. Siendo justos, no era digna. Y probablemente Ulrich tampoco, pero ella no iba a ponerse a juzgar eso en aquel momento. En ese momento recibió una notificación en su teléfono. Qué raro. Un mensaje de William. Lo leyó desde las notificaciones, sin entrar en la aplicación. Una invitación, para unirse a él y Odd. Decidió hacer que no lo había leído. Esa noche no necesitaba contacto físico, simplemente cerrar los ojos y ponerse a soñar. El domingo sería un día intenso, pues empezaba el lunes la carrera de examenes. Al menos ahí debía hacer todo lo posible por triunfar.
—Por lo menos se acerca la navidad —pensó. No porque fuera una fanática de aquellas fiestas, sino porque al fin podría descansar de verdad. Unos días de vuelta a su casa sería lo mejor para ella. Una oportunidad de pasar página y afrontar el año nuevo con más alegría.
Sacó el portátil de debajo de la cama. Lo encendió e inició la sesión. Bajo la sábana, su cuerpo desnudo. El pantalón y la ropa interior no le hacían falta. Abrió la carpeta con contraseña. Ahí estaban las fotos. Abrió la primera.
Sonrió mientras contemplaba la imagen estática de Sissi y Laura besándose. Casi todas las fotos eran secuenciales, la última que había podido sacar era con Laura posando su mano en el culo de la morena. Se mordió el labio, y empezó a masturbarse mientras contemplaba la imagen. A buen ritmo, no necesitaba experimentar el placer, simplemente eyacular mirando a sus compañeras dándose el lote.
Sissi, así que eres bollera, quién lo iba a decir.
Su mente divagaba pensando qué cosas sucias podrían hacer esas dos en la cama. Seguro que se habían dado oral al mismo tiempo, y que habían hecho la tijera. Mantuvo los ojso bien abiertos mientras dejaba que su mente volase a las más oscuras perversiones que se le ocurrían. Tal vez Laura se ponía el arnés para follarse a Sissi con un falo de goma. Sí, era una puta y seguro que eso le gustaba.
Lo siento por ti, Laura, pero yo también me la voy a follar, te lo aseguro, pensó mientras seguía dando placer a su pene. Con el curso a punto de entrar en suspensión por las vacaciones de navidad no tenía sentido intentar nada en ese momento. Pero a su vuelta, Sissi iba a ser una mosca atrapada en su telaraña. Y más le valía hacer todo lo que le pidiera si no quería que el resto de la academia se enterase de que era tortillera. Y sobre todo su propio padre.
¡Hola a todos!
Qué sufrimiento. En primer lugar, porque tenía muchas ganas de escribir este capítulo. Y en segundo lugar, porque lo he pasado muy mal escribiendo los últimos párrafos. Es un tipo de mentalidad y vocabulario que no me gustan, pero tenía que ponerme en la mente del Chantajista, que obviamente tiene que despreciar a Sissi. Así que eso, me ha costado, y espero haber conseguido que os repulse tanto como a mi.
El próximo episodio, aunque no estamos en navidad sino en Halloween, será mi "clásico midseason navideño", guiño guiño, así que tardará un poco más en llegar ;) Lemmon rules!
