Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 6
Cerca de Charleston, Carolina del Sur 29 de julio de 1803
De mala gana, Alice Cullen salió de su pesado sueño y levantó un párpado para echar una mirada amenazadora hacia las puertas vidrieras, por las que entraba un golpeteo lejano y repetitivo. El sol apenas despuntaba, pero un calor húmedo, acrecentado por el breve chubasco caído durante la noche, penetraba en su dormitorio del primer piso. Pese al insoportable calor y humedad, Alice estudió la posibilidad de dormir unos momentos más... si lograba levantarse del gran lecho de columnas con las fuerzas suficientes para cerrar las puertas. Había pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en su cama solitaria, frustrada y atormentada por los anhelos sensuales que su apuesto esposo había despertado en ella. Esas ansias continuaban insaciadas tras casi dos semanas de matrimonio, debido a la repentina aparición de un rufián que, en su noche de bodas, había entrado por la fuerza con sus matones a sueldo, pero también por el distanciamiento que se había producido entre los dos, al enterarse ella, un día después, de que una joven lo acusaba de ser el padre del hijo que esperaba. De no ser así, a estas horas, Alice habría estado compartiendo, no solo el lecho de su esposo, sino también todos los placeres de la vida conyugal. La verdad es que, en este caso, la ignorancia podría haberle dado la felicidad, si no fuese por una muchacha llamada Charlotte.
La idea de permanecer cómodamente en cama dejó de parecerle tan atractiva al percatarse de que había sudado hasta el punto de empapar el camisón de batista. Se le adhería al cuerpo con enloquecedora insistencia, hasta obligaría a despegárselo del pecho y abanicarse con él, creando un movimiento de fuelle que provocaba una leve corriente de aire sobre su húmeda piel. Eso le brindaba un alivio momentáneo, pero, en el mejor de los casos, duraba tanto como su esfuerzo.
Con un largo bostezo, que más parecía un gruñido, se levantó trabajosamente para ir hacia el lavamanos, todavía adormilada. Una vez allí, vertió agua en la palangana y la recogió en el hueco de las manos para arrojársela a la cara, con la esperanza de ahuyentar su abatimiento. Los beneficios resultaron igualmente fugaces; no menos aturdida que antes, dedicó su atención a lavarse los dientes.
Como era previsible que el letargo perdurara a menos que recuperara una pequeña porción del sueño perdido, Alice analizó sus posibilidades de amortiguar el ruido, a fin de crear un ambiente más apacible. Con esa intención y con pasos inseguros, se dirigió hacía las puertas vidrieras, pero al llegar allí, cayó en la cuenta de que, si las cerraba, la habitación se volvería sofocante. Su alcoba era una de las cuatro que daban a la galería de la parte posterior de la casa. Solo las habitaciones de Jas, más grandes, y el dormitorio del extremo opuesto, teman una combinación de ventanas y puertas vidrieras. Las dos del medio solo contaban con dos de estas últimas.
Puesta a escoger entre sofocarse dentro de un cuarto caluroso y cerrado o soportar el ruidoso martilleo, Alice decidió de inmediato que el estruendo era mucho más tolerable que la otra opción. Arrancada del moderado clima de Inglaterra, se encontraba ahora en la plantación Oakley, en las Carolinas. Antes de su llegada, se le había advertido que allí las temperaturas en verano podían ser muy altas, sobre todo en la canícula. No era un lugar donde se pudieran tomar a la ligera las incomodidades y los peligros del calor.
Con un suspiro desconcertado, apoyó el hombro contra el marco de la puerta; su mirada pasó más allá de la blanca balaustrada que bordeaba el límite exterior de la galería. Poco después de la lluvia, sobre la tierra, se había deslizado una bruma densa, que aún ahora parecía aislar la casa solariega en un mundo propio. Una hilera de enormes robles, amortajados por esos vapores lechosos, ¡creaba una vaga murall! de borrosa oscuridad a través del amplio patio trasero, ocultando todo lo que estaba más allá; esos árboles separaban los terrenos principales de los alojamientos de servicio: una serie de cabañas de variado tamaño, que se levantaban a la sombra de otros altos ramajes. Alice no necesitaba atravesar la niebla para localizar la zona de donde provenía ese estruendo. Como todos cuantos vivían en la plantación, sabía que, tras el tercer árbol, se estaba erigiendo una nueva estructura para la mujer negra que oficiaba como ama de llaves y su pequeña familia. Apenas dos semanas atrás, del hogar y las pertenencias de Cora solo restaban cenizas y maderas ennegrecidas; sin embargo, la tarde anterior, Alice había visto colocar las vigas embreadas sobre las tablas nuevas que ahora formaban el caparazón exterior de la estructura.
Sin esforzarse por ahogar el segundo bostezo, la joven se apartó del cuello los largos mechones rojizos. En ese clima, su cabello resultaba tan pesado y caliente como sí fuera lana; puesto que el calor no haría sino empeorar cuando comenzara agosto, Alice solo podía prever nuevas molestias, a menos que empezara a trenzar esa densa melena antes de acostarse.
En años anteriores, cuando su padre era respetado como leal súbdito y emisario del rey Jorge III de Inglaterra, el nombre de James Brandon, conde de Balfour, atraía verdaderas multitudes de huéspedes a la finca que su familia poseía en Londres. Para esos lujosos acontecimientos, su doncella personal solía peinarla con verdadera gracia; la belleza de su cabello provocaba entusiasmo entre amigos e invitados, que no solo alababan sus peinados, sino también su color y lozanía. Ella agradecía los cumplidos con graciosa gentileza, sin prestar mucha consideración al talento y esfuerzos de su doncella, que aun para diario le arreglaba esos mechones rojizos de manera más sencilla, pero no menos elegante.
Eso había sido en otros tiempos. Ahora que Alice debía atender por sí sola aquella indomable melena, tenía plena conciencia de los arduos esfuerzos requeridos simplemente para mantenerla limpia y razonablemente dominada en un moño. El mero hecho de desenredarla después de cada lavado era ya una tarea durísima. Últimamente había llegado a plantearse reducirla a la mitad de su longitud, pero no se atrevía, por no saber cómo reaccionaría su esposo ante semejante cambio. Teniendo en cuenta la formidable muralla que había levantado en su matrimonio, al negarse a la intimidad conyugal, no se atrevía a irritar a Jasper aún más. Si hubiera tenido la audacia de hacerlo cuando vivía su padre, este habría sufrido un verdadero ataque; no podía afirmar que su esposo toleraría el hecho con mejor talante. En las semanas precedentes, solo una vez había tenido oportunidad de apreciar la inexorable tenacidad de su esposo, durante su confrontación con Charlotte; aun así, tenía la impresión de que Jasper Cullen ponía límites muy definidos a lo que era capaz de tolerar. Ella todavía no había osado probar esos límites, mucho menos después de exigir camas separadas; hacerlo parecía una actitud irrazonable.
Alice apartó deliberadamente sus pensamientos de tema tan delicado; en un esfuerzo por estirar y tensar los músculos, giró el cuerpo varias veces hacía un lado y otro; por fin se inclinó hacia delante hasta apoyar las palmas en el suelo. Al incorporarse arqueó la espalda hacia atrás, tanto como pudo, y repitió los ejercicios.
Durante la travesía del Atlántico, el entrepuente del barco estaba abarrotado de pasajeros; en ese agujero oscuro y húmedo, donde se había alojado a los menos afortunados, había poco sitio para caminar. A su madre y a ella se les había asignado un espacio limitado; cualquier movimiento que sobrepasase ese límite solía molestar a otros, por lo que ellas apenas se movían. Esos tres meses de inactividad le habían dejado una rigidez que todavía sentía al abandonar el lecho. Aun así, Alice se consideraba afortunada por haber sobrevivido a las malas condiciones y a la escasez de alimento; su madre no había tenido tanta suerte.
—Os habéis levantado temprano, querida.
Alice se incorporó, con una exclamación de sorpresa, y echó un vistazo a la galena, desde donde provenía esa grave voz masculina. Su esposo caminaba tranquilamente hacia ella. Al parecer había pasado frente a ías puertas abiertas de su dormitorio mientras ella aún dormía, sin duda para observar el trabajo de los carpinteros desde el otro extremo del pórtico, sitio ideal para ver la construcción. No llevaba camisa ni zapatos: solo unos ceñidos pantalones de color gris topo, que acentuaban la línea exacta y musculosa de sus caderas y su cintura. El pelo, corto y negro, estaba húmedo y erizado, evidencia de que se lo había lavado recientemente, lo cual confirmaba la toalla de hilo que rodeaba su cuello bronceado.
Quizá era otra de las fantasías que le inspiraba ese hombre, con el que había chocado por casualidad en una calle de Charleston, y que la había salvado, momentos después, de ser atropellada por un vehículo tirado por cuatro caballos. Lo cierto es que, a esa hora temprana, se le veía muy atractivo. Sin duda su reducido atuendo tenía alguna relación con ese hecho, pues estaba dotado de un excelente físico. Sus hombros eran notables por la amplitud; sus brazos, admirablemente forjados, de músculos esbeltos; el pecho, cubierto de vello oscuro, se afinaba por debajo de las tetillas, a lo largo de costillas recubiertas de músculos. Ella sabía muy bien que, bajo esos pantalones bien cortados, las caderas eran tan estrechas que habrían provocado envidia en las mujeres. Jasper era un jinete activo y practicaba regularmente la esgrima con varios amigos íntimos, simplemente como deporte. Gracias a eso, sus músculos mantenían una vibrante dureza.
Aunque su pelo era negro como la noche, él no era atezado ní velludo en exceso. Esa cobertura era más densa en el pecho y la ingle; los antebrazos y las piernas largas y ágiles, solo presentaban una ligera capa; sin embargo, tenía la espalda y los hombros sin vello.
Sus facciones eran nobles; la mandíbula, pulcramente cincelada bajo el cálido bronceado de la tez; la nariz, delgada, con una sutil curva aguileña; el mentón, apenas hendido. Cuando sonreía o movía los labios en un gesto pensativo, en las tensas mejillas aparecían dos surcos gemelos y la belleza de sus ojos verdes, oscuramente traslúcidos llamaban la atención de las jovencitas dondequiera que fuese. Su sonrisa ladeada solía ser calificada como letal, por el modo en que despojaba a las mujeres de toda su firmeza. La misma Alice era sensible a ese encanto; más de una vez se vio obligada a fortalecer su voluntad, para no caer ella también. En todos los sentidos, su esposo era un excepcional espécimen del sexo masculino.
Si hubiera sido realmente su esposa, Alice habría cedido al deseo, cada vez mayor, de rozar con la mano esa firme extensión de tendones, músculos y duros rizos que constituía su torso. Así lo había hecho en la noche de bodas, al verlo por primera vez desnudo; entonces había quedado sobrecogida ante su elegancia y su apostura viril. Claro que, a partir de entonces, ya no le sorprendía sentirse embelesada, y quizá hasta un poco predispuesta, por cierto caballero sureño que se llamaba Jasper Lawrence Cullen.
—Jasper! ¡Me habéis sobresaltado! —lo regañó con una risilla nerviosa.
No le ayudaba en absoluto a recuperar la compostura saber que, tras esa encantadora máscara de masculinidad refinada, acechaba quizá un libertino desvergonzado, que no tenía el menor reparo en utilizar sin miramientos a las deslumbradas jovencitas para su propio placer. Aun después de presenciar el altercado entre Jas y Charlotte, Alice sospechaba que ella también era cada vez más sensible, pues parecía que en los últimos tiempos no podía pensar sino en los breves momentos que había pasado en sus brazos.
Los blancos dientes de Jasper brillaron por un instante en una picara sonrisa.
—¿De verdad?
El modo en que sus ojos la recorrieron dejó en Alice la sensación de que la habían desvestido de la cabeza a los pies. Eso bastó para poner un rubor más intenso en sus mejillas y hacer que su voz no sonara muy firme. Peor aún, despertó en ella un deseo de atenciones maritales y el ferviente anhelo de poder arrancar para siempre de su mente el recuerdo de Charlotte.
—No es habitual que estéis en casa a estas horas de la mañana, ¿verdad, Jasper?
—No, pero mi contable quiso que revisara los registros de la naviera y no he terminado con ellos hasta esta mañana. Como es trabajo tedioso, decidí descansar algunos minutos antes de emprender el viaje a Charleston. —Inclinó la cabeza oscura en un ángulo contemplativo—. Y vos, hermosa, ¿soléis estar levantada a estas horas?
Alice se ruborizó; sabía que, comparada con su madrugador esposo, ella debía de parecer una dormilona. Por lo general, las puertas vidrieras de su dormitorio permanecían abiertas toda la noche, para permitir la entrada del aire más fresco. Aun sin ruidos que la molestaran, se había despertado demasiadas veces como para ignorar que su esposo solía andar por la galería al rayar el alba; por lo tanto, debía suponer que él estaba bien familiarizado con su costumbre de dormir hasta tarde.
—Me despertó el martilleo.
La mano que se había llevado al cuello temblaba un poco, en parte por el inexplicable nerviosismo que la presencia de Jasper nunca dejaba de provocarle, pero también, quizá en grado similar, por la inquietante sospecha de que empezaba a flaquear como una tonta bajo los sutiles ardides de ese libertino. Si tuviese la cabeza bien puesta, pondría pies en polvorosa en vez de esperar a que él le destrozara el corazón. Era una verdadera locura someterse a tentaciones que, día a día, eran más difíciles de resistir. La verdad es que lo único que le había impedido hasta entonces buscar la consumación del matrimonio era el insistente miedo de que Jasper Cullen no fuera tan honorable, caballeroso y noble como parecía.
En los últimos tiempos, su corazón estaba dolorosamente indeciso ante dos opciones, cada una de las cuales le parecía la correcta en diferentes momentos. Una, alimentada por su deseo creciente, la impulsaba a convertirse en su esposa de hecho; la otra, basada en el miedo y la desconfianza, a largarse con su virginidad intacta antes de ser víctima de sus engaños. Sin embargo, cuando reflexionaba sobre esta última alternativa, de sus entrañas nacía una triste sensación de vacío y debía luchar contra un torrente de lágrimas; ambas eran fuertes señales del efecto que ese hombre tenía sobre ella y de su indecisión para abandonarlo.
El tumulto que reinaba en su interior le trastornaba los nervios; por mucho que le disgustara la idea, Alice temía estar comportándose como una jovencita aturdida y enamoriscada de un hombre mayor. Pues Jasper, con sus treinta y tres años, le llevaba catorce, lo cual aumentaba la desconfianza de Alice ante su atractivo. ¿Qué podía hacer una simple muchacha para protegerse de los persuasivos encantos de un varón experimentado?
Él podía aturdiría por completo con unos pocos minutos de su presencia, a pesar de la serie de jóvenes guapos y aristocráticos que en Inglaterra se habían disputado los favores de Alice. Pero, en retrospectiva, esos galanes ansiosos parecían irremediablemente inmaduros y petimetres, ahora que ella podía compararlos con un hombre más digno. En realidad, raro era el caballero que podía ponerse a la altura del increíble atractivo de Jasper, de su notable físico y su deslumbrante apostura. Y ella se preguntaba a qué se debía su vulnerabilidad. ¡A fin de cuentas, a esas horas cualquier imbécil habría descubierto los motivos!
A pesar de las precauciones con que había tratado de fortalecerse, debía reconocer que su fascinación por ese hombre se había acentuado en el breve tiempo transcurrido desde la boda. Obviamente, el carisma viril y su gran encanto físico acentuaban la atracción. No obstante, a veces se preguntaba si la situación que ella misma había provocado no tendía a incrementar el atractivo de Jasper. Básicamente, las restricciones que ella había impuesto le permitían mirarlo, pero no tocarlo. Era como balancear una deliciosa golosina a la vista de un niñito: cuanto más se la mantuviera fuera de su alcance, tanto mayor sería el deseo.
A Alice le ardían otra vez las mejillas bajo la embriagadora intoxicación de esos ardientes ojos esmeralda, que se deslizaban sin prisa por sus formas apenas cubiertas. Sus propios recuerdos seguían un sendero bien conocido: regresaban al momento en que Jasper Cullen se había erguido por sobre ella, listo para concretar la unión conyugal. Hasta aquella única noche de frustrado placer, ella nunca había visto, siquiera fugazmente, a un hombre desnudo; mucho menos sabía de yacer en sus brazos, igualmente desprovista de ropa. Sin embargo, si se le hubiera pedido una descripción de aquel principesco novio, sin más atavíos que el viril atuendo natural, ella habría pintado con seductores detalles el retrato de un dios joven y alto, en la flor de la vida y en plena efervescencia pasional. Había recreado sus ojos en esa belleza masculina. Aun después de las acusaciones de Charlotte, le bastaba con cerrarlos para formarse una imagen mental de su cara y sus formas.
Los labios de Jas se torcieron en una picara curva, exhibiendo la tentadora depresión de una mejilla, mientras se adelantaba a paso mesurado, con tanta cautela como si acechara a una gacela desconfiada.
—¿No se me debería azotar por la canallada de haberos sobresaltado, querida?
—No, desde luego que no, Jasper, qué absurdo. —Alice levantó la vista hacia esos luminosos ojos, sin decir nada más, pero al fin cayó en la cuenta de que le estaba sonriendo de oreja a oreja, con una absoluta falta de aplomo. Como por entonces estaba completamente espabilada, cobró conciencia del poder que ejercía el extraño encanto que emanaba de ese hombre—. Es decir... me hacéis sentir...
Buscó una palabra o una frase que describiera adecuadamente su desconcierto, pero sin dar la triste imagen de una chiquilla enamoriscada. ¿Cómo podría explicar, a través de comparaciones trilladas, el aura de felicidad que en ese momento parecía envolverla?
No tenía deseo alguno de revelar el trastorno mental que sufría a causa de ese dilema conyugal. A fuerza de voluntad había logrado rehuir las atenciones amorosas de su marido, pero no era fácil, en absoluto. Tras haberse visto en el umbral mismo de la consumación, no podía relegar esos sensuales recuerdos al reino del olvido. Había visto a su flamante esposo plenamente excitado; desde entonces libraba una batalla constante por controlar su mente. A pesar de lo difícil que le resultaba dominar su creciente curiosidad y sus deseos, el abismo que los separaba había continuado ensanchándose, sobre todo porque él comenzaba a distanciarse de ella. Muchas veces, al sentirse muy sola durante sus ausencias, aun entre tantos sirvientes, ella se había sorprendido recreándose en los recuerdos de los emocionantes momentos vividos en sus brazos. Ahora no necesitaba conjurar imágenes del pasado: lo tenía de pie ante sí, apenas a uno o dos pasos, tan cerca que podía percibir el aura de su magnetismo viril, con tanta claridad como si estuviera hecha de sustancia tangible.
—¿Qué sentís cuando estoy ante vos? —inquirió Jas, mostrando de nuevo su sonrisa más seductora.
Sin poder dominar su propia sonrisa, Alice echó una mirada coqueta hacia arriba. No podía negar que, en presencia de ese hombre, sus sentidos parecían elevarse a vigorizantes alturas.
—De maravilla.
—¿De maravilla? —Los ojos esmeralda sondearon los suyos, buscando la medida exacta de su coqueteo. Jas desconfiaba. Ya una vez se había perdido en la ferviente pasión de esos ojos verde claro, de oscuras pestañas; había gozado con el deleite de llevar a su joven desposada al lecho conyugal, solo para verse interrumpido, en el umbral mismo de la consumación, por la llegada de una ruidosa banda de malhechores, que le habían arrebatado a su mujer para llevarla a la madriguera de Aro Vulturi. A fin de perseguirlos, después de que una bala de plomo le rozara el cuero cabelludo (lo cual hizo que los delincuentes creyeran que lo habían matado), él había convocado a su hermano y a un grupo de amigos, entre los que se contaba el sheriff Rhys Townsend, quien se reunió con él en Charleston, seguido de sus ayudantes. Todos ellos atacaron el depósito donde el alemán, con su ejército de inexpertos forzudos, retenían cautiva a Alice. Resultaron victoriosos, aunque los rufianes los superaban en número, pero más tarde Jas tuvo la mala suerte de enterarse, por medio de Rhys, de que sería imposible arrestar a Vulturi por una simple razón: estafado por Laurent Da Revin, el tío de Alice, el alemán creía haber comprado a la muchacha.
Su esposa llevaba apenas unas pocas horas de regreso en Oakley, sana y salva, cuando Jas se encontró con una agresión diferente. Las acusaciones de una antigua empleada hicieron que su mujer, desconfiando de su integridad, temiera iniciar una relación íntima. Por ende, lo que para sus fervorosas esperanzas debía ser el comienzo de un matrimonio amoroso y apasionado, con una mujer que parecía hecha a la medida de sus sueños, se convirtió en cambio en una relación sin consumar.
Durante las dos semanas siguientes, los dos mantuvieron una convivencia cortés, pero rígida; dialogaban y comían juntos, pero dormían separados: ella en su habitación, él en la contigua. Jas toleraba ese acuerdo a duras penas. En realidad, veía puesta a dura prueba su tolerancia de caballero. Su esposa era demasiado hermosa y tentadora como para soportar tranquilamente su proximidad. Con la intención de poner alguna distancia entre ellos, él pasaba muchas horas fuera de la casa, concentrando su atención en sus múltiples negocios: la empresa naviera, la maderera, la cría de caballos y la supervisión de las primeras cosechas, juntamente con el capataz. Hasta cierto punto, esos intentos sirvieron para calmar su concupiscencia, pero volver a casa y verla era como recibir el golpe de una maza en una zona muy vulnerable.
—¿De maravilla en qué sentido, querida?
Alice encogió sus hombros esbeltos; no estaba dispuesta a divulgar en toda su extensión los sentimientos que él le provocaba. Le volvía loca la idea de sufrir si cedía ante él, pero también le resultaba inconcebible continuar con ese matrimonio un momento más sin convertirse realmente en su esposa.
—De maravilla, a secas.
—Pues al respecto, querida, permitidme deciros que estáis maravillosa a estas horas tan tempranas —murmuró él. Sus ojos sondeaban cautelosamente la delicada tela que exhibía, de modo casi flagrante, su silueta femenina.
Consciente de la proximidad de su esposo de muchas formas distintas (entre otras, la estrecha atención de Jasper y el perfume de su colonia, al que se mezclaba el del jabón), Alice sufrió otro ataque de nerviosismo; ante la llama que ardía en las honduras cristalinas y oscuras de verde esmeralda, se sentía como una gallina acorralada por el zorro. Estaba segura de que Jasper, observador como era, interpretaría cualquier sonrisa suya como invitación a poner su resistencia a prueba, con lo que ella se vería frente al dilema de no hacer caso de las acusaciones de Charlotte o aceptar las insinuaciones de su esposo con los brazos abiertos. Indecisa entre lo que tanto había ansiado durante la noche y el arduo esfuerzo de mantener la fría fachada de esposa ofendida, a estas alturas, le era imposible prever cuál sería su respuesta. Una pequeña voz interior le recomendaba distancia y separación; lo prudente era mantener a ese hombre a raya mientras no pudiera confiar en su cualidad de caballero. No obstante, su joven cuerpo ansiaba el apasionante estímulo que tan brevemente había experimentado. Inmovilizada por el conflicto desatado en su interior, con la mente desquiciada por la indecisión, Alice gritaba en su silenciosa angustia: «¿Qué hacer, qué hacer?».
A pesar de la torturante vacilación, trató de utilizar comentarios triviales para aferrarse a una señorial cortesía, con la esperanza de eludir, de esa manera y sin mayores sufrimientos, el momento de tentación.
—Vuestros hombres van deprisa con la nueva cabaña de Cora, Jasper. ¡Pero si al paso que llevan acabarán hacia finales de la próxima semana! Sin duda sabéis lo mucho que desean tener otra vez un hogar propio Cora y su familia.
Se interrumpió de pronto, al caer bochornosamente en la cuenta de que no estaba dando una imagen de una serenidad digna. Por el contrario, parecía parlotear como una tonta, apenas consciente de lo que decía. Pero ¿cómo podía conservar la frialdad, con esos ojos verdes y penetrantes que prácticamente la devoraban? Cada vez que Jasper bajaba la vista a la tela húmeda y pegajosa que apenas velaba su pecho, ella recordaba con azoro esos breves momentos de pasión, en los que su lengua se había movido con provocativa lentitud por sus pezones. Era estimulante notar que, aun ahora, ese recuerdo en particular tenía la facultad de excitar un hambriento deseo en lo más profundo de su ser femenino.
Jas se acercó aún más; sus ojos se demoraban en las delicadas crestas rosadas exhibidas por la diáfana tela. Consciente del sufrimiento que amenazaba con abatirlo cada vez que cedía a la tentación de apreciar visualmente las bellas formas de su esposa y para abstenerse de esa especie de masturbación, había limitado el tiempo que pasaba con ella. Aun cuando las exigencias protocolarias lo obligaban, para respetar las buenas costumbres sociales, a presentarse con su joven esposa allí donde se requería su asistencia en pareja (bodas, bautizos y acontecimientos similares), él trataba de mantener la distancia. La miraba solo cuando era indispensable y aun entonces con brevedad, recurso que le había permitido, a fuerza de voluntad, conservar el caballeroso dominio de sí. En cada una de esas ocasiones, ella había estado absolutamente encantadora, pero desde luego, no vestía esa prenda traslúcida, que no dejaba nada a la imaginación. Ya fuera por la suave protuberancia del busto, ya por la sombra intrigante, vagamente escondida bajo la batista, Jasper descubrió que su atención estaba firmemente atrapada. Esas tentaciones eran demasiado para cualquier hombre, mucho más para quien se encontraba acosado por una larga abstinencia y por crecientes pasiones. Solo cabía esperar que, esta vez, esa exhibición generosa fuera de verdad una invitación, que ella lo estuviera incitando a hacer algo más que mirar.
—Sí —admitió finalmente—, mis hombres terminarán esa cabaña en un abrir y cerrar de
ojos.
Por su parte, Alice se sentía asediada por una tensión creciente, de una clase y una
intensidad que, en su virginal inocencia, nunca había experimentado. Tras haber pasado una noche tan triste, la mera idea de contenerse le quitaba cualquier esperanza de hallar un remedio sensato a su situación. Decididamente, estaba harta de ese transparente disfraz de esposa ofendida; no podía seguir negándose a su esposo sin más finalidad que la de obtener pruebas irrefutables de su pura nobleza. Ella tampoco podía considerarse tan santa cuando la acosaban esos ardientes anhelos. A fin de cuentas, Jasper era su esposo, argumentó contra las protestas de su conciencia. No solo había visto cuanto su camisón exhibía ahora, sino que también la había tocado con toda la familiaridad que todo recién casado suele tener con su desposada. Y estar allí de pie, sometiéndose a esa mirada penetrante, era como pedirle a gritos que la poseyera.
Aun así, su yo pragmático aducía que él era un perfecto extraño. Se habían visto por primera vez hacía apenas dos semanas, cuando ella escapaba de su tío. Sin embargo, cuando Jasper le propuso casarse en ese mismo momento, para salvarla de los taimados planes de Laurent Da Revin, ella no tuvo reparos en aceptar. Solo más adelante puso en tela de juicio la prudencia de haber pronunciado sus votos con tanta prontitud. Por más que se esforzara en apartar de su mente las acusaciones de Charlotte, estas continuaban socavándole la memoria con sus garras, hundiendo así sus aspiraciones de unirse a ese hombre, no solo de nombre, sino también en lo físico. Eran el molde perfecto al que se ajustaban casi todas las parejas casadas y resultaba natural que ella, esposa joven, ansiara la unión conyugal. En ocasiones esos anhelos insatisfechos le provocaban la sensación de ser como un barco roto y arrojado a la playa.
Consciente de que su voluntad se debilitaba, a pesar de las angustiosas imágenes de Jas seduciendo a Charlotte, Alice se sentía en un frágil equilibrio entre la entrega y el rechazo. Reconocía mejor que nadie la necesidad de hallar una manera de acabar con esas vacilaciones y tomar una decisión juiciosa, pues comenzaba a sospechar que sus renacidas pasiones se iban imponiendo a todos los argumentos racionales que pudiera presentar.
Parecía indispensable utilizar una cháchara insustancial, a fin de calmar la lucha que alborotaba su interior y, cuando menos, poner fin al largo silencio entre ambos. Aun así se ruborizó, azorada, sabiendo que era un mero recurso para disimular lo que sucedía en su cerebro y en su cuerpo de mujer. La verdad es que su imaginación podría haber escandalizado a su esposo, si hubiera podido discernirla, pues a veces parecía muy vivida.
—He oído que la nueva cabaña de Cora es dos veces más grande que la anterior, Jasper. A ella le gustará disponer de tanto espacio.
Jas inclinó la cabeza con aire intrigado, buscando un motivo para el intenso rubor que encendía ahora las mejillas de su esposa. El hecho de que no hubiera intentado huir de su presencia, a pesar de estar vestida con una creación de gasa, le inducía a pensar que tal vez pudiera seducirla hasta llevarla al lecho, sí no en ese mismo instante, al menos muy pronto. No obstante, se la veía nerviosa como un polluelo frente al goloso pico de un halcón cazador. Sin duda alguna, no la había visto tan tensa como ahora cuando expresó su decisión de no compartir su cama.
—Si he de tener en cuenta lo mucho que a mi ama de llaves le gustan los niños, es muy improbable que Clara sea hija única —comentó, mientras se acercaba para aspirar la fragancia de su esposa. Era una esencia muy delicada e incitante, que parecía un fresco ramillete de flores primaverales—. Parece razonable suponer que, en el curso de pocos años, Cora y su esposo necesitarán una vivienda tan grande como la que se les está construyendo en estos momentos.
Los nervios de Alice habían vuelto a alterarse como nunca al sentir la proximidad de Jasper; tal como sucediera antes, recurrió a la charla insustancial, tratando de disimular su desasosiego,
—Habéis estado admirable al rescatar a Clara, Jasper, pero tengo la esperanza de no verme obligada a presenciar otra de esas audaces hazañas. Cuando os vi entrar corriendo en esa cabaña en llamas, protegido del fuego solo por un tonel de madera, tuve la certeza de que vos y la criatura quedaríais reducidos a cenizas junto con la casa.
Ante su sonrisa inquieta, él irguió la espalda. En vez de mirarla a los ojos parecía extrañamente intrigado por la cinta que mantenía el camisón cómodamente fruncido a la altura del cuello.
—La verdad, con todo lo que sucedió durante nuestros primeros días de casados, quizá podáis comprender lo agradecida que me siento por haber podido disfrutar, en estas últimas semanas, de la serenidad de esta plantación. Lo que temo es que sea solo la calma que precede a las tormentas. Sé que, con el tiempo, Aro tratará de vengarse por el hombro que le destrozasteis, a pesar de que, realmente, el culpable fue Alec Hyde.
—Lástima que no recuerde haber disparado contra ese tunante —murmuró Jas, mientras deslizaba pensativamente los dedos por la cicatriz que le había quedado en el cuero cabelludo por el balazo de Alec, incidente por el que había disparado inmediatamente contra el hombro de Aro Vulturi—. Tal vez el recuerdo calmara la irritación que me causa el haber permitido que Vulturi quedara en libertad de continuar con sus embustes, sumado al hecho de que el joven Alec campe a sus anchas por ahí, pese a la orden de arresto que Rhys obró contra él.
—Pues tened la certeza de que Kingston no ha olvidado ningún detalle de ese incidente — aseguró ella, con una vaga sonrisa. De inmediato, se reprochó el no mostrarse más digna y serena. El completo aplomo de su esposo, comparado con sus arrebatos, la hacía sentir torpe e idiota. Aun así, continuó precipitadamente, para no darle tiempo a observar su azoramiento—: Tras haber sufrido pensando que Alec os había matado, Kingston estuvo a punto de caerse de espaldas al veros recuperar la conciencia. La anécdota parece muy divertida cuando él la cuenta, pero no se me ocurriría siquiera reír de ese espantoso incidente, pues recuerdo con demasiada vividez el horror que sufrí.
La única impresión que Jas retenía de los primeros momentos, tras su regreso a la conciencia, era la estupefacción de su mayordomo. Ese singular recuerdo lo acompañaría el resto de su vida.
—Creo recordar que Kingston dijo algo relacionado con un ángel. Al verme reaccionar, debió de creer que era un milagro.
—¡Pues fue un milagro, sí! Si esa pistola hubiera apuntado algo más abajo, Jasper Cullen, a estas horas tendríais un gran agujero en la cabeza y yo sería viuda.
La boca de Jas se contrajo en un gesto de humor, mientras jugaba con la delicada cinta que pendía en el cuello de la joven.
—Me pregunto cuántas mujeres pueden haber enviudado vírgenes, en los últimos cien años, por la temprana defunción de sus esposos. Dudo que hayan sido muchas.
Alice dejó escapar un suspiro tenue y vacilante, mientras él se inclinaba para rozarle la mejilla con los labios. Desde allí, sus besos suaves trazaron un lento descenso por el cuello. Cautelosa, ella apoyó una mano temblorosa contra ese pecho de acero y cerró los ojos, arrebatada por la caricia lánguida de aquella boca. El corazón que sentía bajo su palma igualaba el ritmo precipitado del suyo, mostrando así la creciente participación de Jas en ese juego de seducción.
—No concibo que nuestra situación sea tan extraña, Jasper.
—Otros hombres dirían que sí, querida mía —murmuró él. En los últimos quince días, se había preguntado muchas veces si era el único hombre casado de la Creación cuya esposa seguía virgen.
Le maravillaba la buena disposición con que ella aceptaba sus atenciones, cada vez más cálidas, pero aún temía ser rechazado. Al levantar la cabeza para escrutar su expresión, buscando las emociones que revelaba ese rostro sublime, volvió a impresionarse ante su incomparable belleza. La textura de su clara piel era tan suave y hermosa como el satén. Un intenso rubor le encendía las mejillas, y los ojos de color verde agua parecían refulgir tras las densas pestañas negras. La nariz era respingona y fina; la boca suave, atractivamente curva y muy necesitada de besos. En tan bello semblante, Jas no detectó ninguna señal de timidez. Aunque las pestañas descendieron en un parpadeo tímido, evitando su mirada, ella se mantenía a su alcance, incitándole a probar su resistencia junto con la del cordón de seda.
Alice ahogó una pequeña exclamación al sentir que el camisón se deslizaba, apartándose de su cuello, y la abertura se ensanchaba entre sus pechos.
—Jasper... por favor. —El susurro fue apenas una tenue exhalación. Una vez más, estaba perdiendo el control y veía irremediablemente frustrados sus intentos de mostrar compostura. Lo que brotó de sus labios no concordaba con lo que había ansiado en su cama solitaria. Aunque la frase expresara algo muy diferente, guardaba una estrecha relación con su propia incertidumbre con respecto a las circunstancias en las que se encontraba—. No sé si estoy lista para esto.
Jas logró esbozar una tensa sonrisa, mientras se erguía en toda su estatura. Estaba preparado para el rechazo y, aunque no le gustara en absoluto, no era de los que estallan de Íra ante la frustración. Aun así, si algo podía deducir del súbito nerviosismo de su esposa, era que esa frialdad y ese distanciamiento no se correspondían con sus sentimientos.
Tenía que estudiar más de cerca ese rechazo, pero también calmar sus reparos, a fin de contar con alguna esperanza de atravesar la delgada barrera que ella había levantado entre ambos. Parecía aconsejable continuar con esa provocación a su sensualidad, pero de una manera más sutil. Con ese propósito, desvío su atención hacia otro tema que, en los últimos días, daba vueltas en su cabeza.
—¿Os gustaría acompañarme hoy a Charleston, querida, para encargar un vestido nuevo?
Desconcertada ante esta invitación, Alice lo miró como si él acabara de anunciarle el fin del mundo. Él solo había cedido en su actual distanciamiento cuando algún compromiso social requería la presencia de ambos; solo entonces la acompañaba a la ciudad portuaria. En esas salidas se comportaba con mucha caballerosidad, pero ella no podía evitar la sensación de que también estaba deseando acabar con el asunto, aunque solo fuera para prescindir de su presencia. Claro que, teniendo en cuenta lo que ella le había exigido, no se le podía reprochar nada.
En cuanto a encargar un vestido nuevo, Alice no llegaba a imaginar la cantidad de dinero que ya se había gastado en ella. Su nuevo guardarropa era, sin lugar a dudas, de una calidad que solamente los ricos podían permitirse. Aun así, tras haberse visto obligada a soportar tanto su reticencia como sus prolongadas ausencias, ¿quién pensaría que él tendría la generosidad de considerarla merecedora de otros regalos?
—¿Más ropa, Jasper, después de todo lo que ya me habéis comprado? Los hombros desnudos de su esposo se encogieron con aire indolente.
—No podemos menos que celebrar nuestra boda con un baile, para que nuestros vecinos y mis conocidos de Charleston puedan conoceros, querida. Si pensamos en el tiempo que he tardado en hallar una compañera adecuada, los festejos deberían ser grandiosos, a fin de testimoniar mi felicidad al haber hallado una esposa tan bella. Y tal celebración requiere un vestido tan deslumbrante como vos. Solo mi amigo Jacob Black es capaz de diseñar algo digno de esa distinción. Os convertirá en la envidia de casi todas las damas de la zona.
Los ojos verde claro refulgieron ante la placentera idea de poder, por fin, establecer su derecho de esposa sobre Jasper Cullen, frente a todos sus amigos y conocidos. Deseaba principalmente demostrar su derecho sobre él ante esas señoras bien vestidas que lo miraban codiciosamente desde lejos o, le sonreían con expresión incitadora a corta distancia. En aquellas reuniones sociales donde él, cumpliendo con sus deberes de esposo, la llevaba del brazo, Alice había mantenido siempre una serena reserva, pues percibía en él un desapego cortés, pero frío, que no invitaba a insinuaciones conyugales. Pero en un baile organizado para celebrar su boda difícilmente podría mantenerse distante con ella.
—No necesito ponerme un vestido suntuoso para despertar los celos de todas las solteras que, al parecer, han tratado de unciros al yugo matrimonial en el pasado, Jasper. Si no me equivoco, el mismo día de nuestra boda me convertí en el blanco de sus envidias.
—Exageráis, Alice —protestó Jas, riendo entre dientes con aire dubitativo.
—¿No estabais a la vanguardia de los solteros más codiciados de la zona? —sondeó ella, esforzándose por mantener una actitud de broma. Era difícil hablar con ligereza de las otras mujeres que estaban enamoradas de él: con solo pensar en ellas, recordaba las acusaciones de Charlotte, que siempre le provocaban curiosidad por saber cuántas amantes habría tenido su esposo
—. ¿O acaso he juzgado mal la causa de esas miradas abatidas que las bellas jovencitas suelen arrojaros cuando estamos entre ellas? ¿Es mero desencanto lo que veo, Jasper, o alguna pasión más fuerte, que se aproxima a un rencor celoso?
—Si habéis llegado a esa conclusión a causa de Charlotte, querida mía, permitidme aseguraros
que...
—Trato de no pensar más de lo necesario en esa fresca, Jasper Cullen, y os
agradecería que no me la recordarais —replicó ella, con mucha más sinceridad que humor—. Kingston me ha llenado los oídos, por cierto, despotricando ante Cora por el descaro con que Charlotte os acosó en vuestra propia cama. Resulta extraño que las conversaciones de vuestro mayordomo se desvíen siempre hacia esa picara, en cuanto me tiene cerca. Por lo visto, os considera inocente de las acusaciones de Charlotte y totalmente libre de toda culpa en cuanto a dejarla embarazada. —Alice habría querido sentir la misma confianza. Aun así, las comisuras de su boca se curvaron tentadoramente hacia arriba, mientras posaba una mirada juguetonamente dolida en ese hombre apuesto—. Si yo fuera propensa a las sospechas, querido esposo, pensaría que habéis estado aleccionando a Kingston a mis espaldas.
—Tendré que advertirle que en el futuro sea más discreto —comentó Jas divertido, mientras la recorría con otra de esas miradas que desnudaban.
Le rodeó el cuello con una mano para acariciar con un dedo la parte inferior de su elegante mandíbula; los ojos de la muchacha se volvían cada vez más límpidos. No encontraba en su expresión rastro alguno de reserva o aversión. Por el contrario, si se podía deducir algo de su abandono, era que disfrutaba plenamente de su caricia. Para poner a prueba su teoría, se inclinó para darle un beso lento en la sien. Ella dejó escapar un suspiro trémulo, que lo incitó a deslizar la palma hacia abajo, hasta llegar a la base del cuello. El camisón se había deslizado hacia abajo, apartándose de esa grácil columna, y no ofreció obstáculo alguno a la mano que se deslizaba por su hombro, hacia fuera, empujando deliberadamente la prenda hacia el brazo. Al acercarse al suave precipicio echó una mirada hacia arriba; ella estaba entreabriendo los labios en un gesto sensual. Bastó un levísimo roce de sus dedos para que la tela cayera.
Con una exclamación ahogada, Alice apretó inmediatamente una mano entre los pechos, sujetando apenas el camisón en su caída; así frustró los esfuerzos de su esposo por descubrir las delicias escondidas bajo la tela. No obstante, la decepción de Jas menguó al ver hasta qué punto habían quedado expuestos aquellos pechos. Solo una banda de tenue tejido formaba una leve cobertura sobre esa suave redondez, mientras el otro quedaba plenamente a la vista, permitiéndole la deliciosa contemplación de una delicada punta rosada. Recordaba vividamente el momento en que había saboreado por primera vez el intoxicante néctar de esos pálidos picos. Y ahora estaba deseando prestarles su ferviente atención.
Jas se inclinó con audaz propósito, haciendo que Alice contuviera el aliento al comprender su intención. Temblaba de expectación; luego, cuando la boca abierta de su esposo llegó al pezón, estuvo a punto de volverse loca de placer. Una llama ardiente recorrió todo su cuerpo, desatando en su ingle un cúmulo de sensaciones placenteras. Todo su ser despertó a este estímulo, mientras la lengua de Jasper recorría lentamente la delicada areola. Aun así, ella miraba como si solo fuera una distante espectadora. Captó vagamente varias cosas: el marcado contraste entre su propia piel, tan clara, y las facciones cálidamente bronceadas de él; la tentadora depresión que iba y venía en su mejilla; las cejas magníficas que ansiaba seguir con el dedo. Aun así era difícil concentrarse en nada, como no fueran las oleadas de felicidad que continuaban abatiéndose sobre ella, más fuertes y más apasionantes a cada momento, hasta que estuvo a punto de disolverse entre sus brazos.
Los dedos largos y finos, ascendieron por el valle de su seno, intentando eliminar la tenacidad con que Alice sujetaba el camisón; mientras tanto, la otra mano se movió por detrás de su espalda hasta abarcar la nalga. En cualquier momento la alzaría en brazos para llevarla a la cama. Pero no era lo que ella quería. Si había de entregarse a ese matrimonio, debía ser en el lecho de Jasper, en la cama donde probablemente nacerían sus hijos.
Aunque le resultaba muy extraño, en esos momentos ya no estaba nerviosa, como si el pequeño empellón que él le había asestado para hacerla reaccionar, hubiera bastado para imprimir en su mente el camino que debía seguir. Decididamente, ya no retrocedería como una doncella joven y tímida. Había eliminado sus inhibiciones como si fueran harapos mugrientos. Sabía lo que deseaba y no quedaría satisfecha mientras ambos no fueran un solo ser. Y si él la estaba engañando, que el cielo la protegiera.
Las comisuras de su boca se curvaron lentamente hacia arriba, en una sonrisa conmovedora, mientras enhebraba los finos dedos en el denso pelo de su esposo. Luego se inclinó para rozarle la sien con los labios; de inmediato mordisqueó con sus blancos dientes la parte superior de su oreja, haciendo que él se irguiera con un respingo, apretando una mano en su rostro.
Una atractiva ceja se inclinó marcadamente hacia arriba, mientras Jasper miraba a su joven esposa con creciente curiosidad. Si todo eso era un nuevo recurso para provocarlo y atormentarlo, no quería tomar parte alguna en ese juego. ¡Esa mujer podía continuar virgen en su maldita habitación hasta que se congelara el infierno!
La ceja se arqueó aún más al ver que Alice le sonreía provocativamente, sin hacer esfuerzo alguno por reparar su desaliño. Luego ella le volvió la espalda y se alejó, con un lento y caprichoso menear de caderas; Jas se preguntó si habría desposado a una experta en el arte de la provocación. Apenas un momento después tuvo esa certeza, pues ella lo miró por encima del hombro, con una expresión incitadora que muy pronto repercutió en el tamaño del bulto viril. Con toda deliberación, Alice encogió un hombro, haciendo que el camisón se deslizara por el brazo. Jas pudo divisar por un momento una pálida redondez, aunque desde atrás. Al girar otra vez hacia delante, ella ciñó el camisón a las nalgas, ofreciéndole todos los detalles que la adherente tela podía ofrecer,
Con los ojos encendidos de pasión, Jas se rascó tranquilamente el pecho. En la vida de todo hombre llega un momento en que es preciso dejar a un lado la sutileza y hacer lo que la naturaleza ordena, aunque eso lo lleve a su propia destrucción. En ese momento, hacer el amor con su esposa parecía lo más natural del mundo.
La estrecha nariz de Alice se elevó para imitar a una aristócrata altanera, mientras ella, coqueta, jugaba a fingir:
—Te estás llenando de babas, bribón —se quejó pomposamente, mirándolo con aire altivo
—. Ahora retírate de mi alcoba y libérame de tu presencia. Quiero pedir agua para mi baño matinal y lavarme con calma. Solo cuando esté debidamente preparada tendré en cuenta tu invitación a visitar a ese modisto.
—Pícara —murmuró Jas. Y con un gruñido grave y juguetón, corrió tras ella.
Alice, con un chillido infantil, se escabulló detrás de un sillón, iniciando un juego de persecuciones. Por un momento se enfrentó a él tras el respaldo, pero pronto descubrió que el mueble no le ofrecía un refugio seguro contra el risueño cortejante que la perseguía. El saltó por detrás del sillón, mientras ella se escurría, por detrás de una mesa cercana. Como tenía ante sí la puerta que daba al dormitorio de Jas, corrió en esa dirección; logró abrirla y escapar rodeando otro sillón y otra mesa. En su apresuramiento soltó el camisón, con lo que, inadvertidamente, ofreció a su perseguidor algo tangible. Un momento después lanzaba una exclamación de espanto: él había atrapado al vuelo el ruedo y, aplicándole un tirón hacía abajo, desgarró la prenda por completo a lo largo de la parte delantera. Los restos le fueron prontamente quitados de los brazos y arrojados al suelo.
—¡Oh, bribón lascivo y canalla! —exclamó Alice, entre risas, mientras volvía a escabullirse tras otra silla. Le lanzó una mirada por encima del hombro, pero el cabello le tapó la cara, cegándola—. ¡Arrancar de ese modo la ropa a una dama, sin tener en cuenta el decoro!
Se detuvo bruscamente al chocar con algo duro y masculino. Para mayor exactitud, el cuerpo alto y musculoso de su marido. Quedó boquiabierta de sorpresa; antes de que su corazón hubiera tenido tiempo de latir una vez más, dos largos brazos rodearon su cuerpo desnudo y una mano grande se deslizó por su espalda hasta llegar a la nalga. Después de abarcarla en toda su plenitud, la levantó cómodamente contra él, haciéndole experimentar vividamente su ardiente pasión.
—Oh... ¡Oh...!
Apenas consciente de haber emitido esas exclamaciones ahogadas, Alice lo miró con fijeza, sobrecogida por las ondas de calor sensual que irradiaban hacia arriba, desde la firmeza envuelta en telas sobre la que anidaba ahora su blanda femineidad. De pronto era como estar atrapada en un volcán de llamas arremolinadas, pues todo su cuerpo quedó caliente y excitado. Los suaves pezones palpitaban contra el torso velludo; detrás de su espalda, una mano penetró en la hendidura de sus nalgas, apretándola contra sí. Con la respiración acelerada, borró por completo de su mente la segunda alternativa, mientras le deslizaba los brazos por detrás del cuello para cerrarlos en un ardiente abrazo. ¿Cómo pensar en continuar resistiéndose a un hombre que la incendiaba completamente?
—Las puertas vidrieras están abiertas —susurró, temblorosa, echando una mirada hacia allí. Su fuerza de voluntad no era demasiado admirable, puesto que su principal motivo de preocupación era el miedo a ser nuevamente interrumpidos, esta vez por sirvientes desprevenidos. En cuanto a sus patéticas resoluciones, ya no le importaban, al menos por el momento. Después de todo, Jasper era su esposo y ella deseaba sus atenciones, tal vez tanto como él deseaba ofrecérselas—. Puede vernos cualquiera que pase por el porche.
—Nuestra intimidad está asegurada, querida —murmuró él con voz sensual, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron los suyos—. Ninguno de los sirvientes se atrevería a pasar frente a nuestras habitaciones si hubiera alguna posibilidad de que estuviéramos en ellas, sobre todo en la mía. No os preocupéis, que esa regla ha sido establecida hace tiempo. Estamos solos, querida: podéis creerme.
Y reclamó su boca para arrasar su dulce interior con voracidad rapaz, en exigente búsqueda, devorando todo lo que estaba al alcance de su lengua. Subió una mano para abarcarle la nuca, mientras inclinaba la cara contra la de ella, y aquello se convirtió en un intoxicante intercambio de labios y lenguas, mientras él bebía el dulce néctar de su apasionada respuesta.
Cuando Jas levantó la cabeza y la dejó nuevamente en pie, las rodillas de Alice flaqueaban. El fuerte pecho masculino le proporcionó apoyo hasta que su mundo volvió a asentarse. Por fin se recostó entre los brazos que la envolvían. Y entonces descubrió que una mirada ardiente le devoraba los pechos. Para calmar un deseo anterior, recorrió con las manos la amplitud de esos hombros musculosos y, en una lánguida caricia, rozó con dedos finos los viriles pezones, casi ocultos por el oscuro vello que le cubría el torso. Los abultados tendones de la cintura eran duros como el acero; por un momento ella los recorrió con la punta de los dedos, admirándolos, antes de aventurarse hasta el borde superior de los pantalones. Mientras comenzaba a abrir uno de los botones laterales, dijo en un susurro cálido y sensual:
—No es justo que yo sea la única que está desnuda, Jasper.
—Dios no lo permita, querida —murmuró él, seductor.
Y se apartó hacia atrás con una gran sonrisa, dándole libertad para continuar. Él también recorría con las manos aquel cuerpo de piel blanca, provocándole una excitación cada vez más intensa, a la espera de una apasionada respuesta por parte de ella. Cuando las últimas aberturas de los pantalones estuvieron desprendidas, la pretina se aflojó, descubriendo la firme cintura. Ella echó una mirada vacilante hacía arriba. Su timidez era obvia por la manera en que se mordía nerviosamente el labio inferior.
—Ayudadme —le instó Jasper con voz sensual, borrando sus dudas.
Cada vez más interesada por ese apasionante juego, Alice le ayudó a bajarse los pantalones hasta que vio su sexo; entonces, algo intimidada, retrocedió con las mejillas encendidas. El intenso calor que él despedía la caldeaba ahora por entero,
Con una mirada de soslayo a su joven esposa, Jas se quitó los pantalones y los arrojó a un lado. La súbita incertidumbre que vio en sus ojos le reveló que su miedo iba en aumento.
—No temáis, Alice —la tranquilizó en voz baja. Y alargó una mano para enlazar sus dedos a los de ella—. Soy de carne y hueso. Ya me habéis visto. —La estrechó contra él, para permitirle sentir al «enemigo» contra su cuerpo—. No hay nada que temer. Hemos sido hechos el uno para el otro.
Ella temblaba, consciente del acero viril que rasgaría su carne virginal, pero Jas no permitió que sus reparos se convirtieran en un miedo real. Su boca abierta volvió a apoderarse de la de ella con apasionado fervor, arrebatándole todo pensamiento al exigirle respuesta. Ella, a modo de prueba, entregó sus labios y su lengua al intenso calor de su beso, hasta que las hogueras perdieron todo control y tuvo la sensación de que sería devorada por un apetito insaciable.
Cuando al fin Jas irguió la espalda, estaba mentalmente decidido a no dar tiempo alguno a posibles interrupciones. La necesitaba tanto como al aire que respiraba.
Después de alzarla en brazos, la llevó a su lecho, donde la tendió de espaldas sobre las sábanas arrugadas. Su lengua lamió con lentitud un pezón dócil, enviando una espiral de fuego líquido hacia las ingles, donde pareció arder con un voraz apetito que necesitaba ser alimentado.
Rodaron para tenderse de costado y explorarse con besos y caricias. La boca de Jas trazó un rastro ardiente sobre sus pechos, lamiendo, chupando y devorando, mientras su muslo se introducía entre los de ella, tan suaves. Después de levantarle una pierna de blanquísima piel hasta pasársela por la cadera, la provocó lentamente con el calor de sus deseos, frotando su virilidad contra los velos oscuros que ocultaban los secretos rincones de su feminidad, hasta que Alice comenzó a estremecerse. Esos temblores no nacían del miedo o de la aversión, sino de una excitación arrebatadora que le robaba el aliento deseando algo que estaba más allá de sus conocimientos.
Recorrió todo su cuerpo con ojos encendidos de pasión, mientras continuaba acariciándola, pero ya con más dedicación. Para hacerla suya deslizó una mano hacia abajo, sobre los pechos y la esbelta cintura, y continuó por la parte exterior de los muslos antes de ascender nuevamente por el interior. Ella dio un leve respingo ante esa intromisión; luego contuvo el aliento ante las sensaciones que él creaba en su cuerpo con dedos insistentes. Era como si la sacudiera un fuego líquido, que se vertía en oleadas sobre sus sentidos, incendiándola por entero. Comenzó a retorcerse y a jadear; algo azorada por lo que estaba sintiendo, trató de apartarse, pero Jas la inmovilizó contra el colchón; no estaba dispuesto a desistir antes de hacerla completamente suya. Su invasión fue embriagadora y la condujo a una especie de frenesí. Ella se acarició los pechos, con la espalda arqueada, y se los ofreció con una audacia lasciva que nunca había mostrado. El los devoró con apetito, acentuando su excitación hasta que se le hizo casi insoportable.
—Jasper, por favor.
Ignoraba lo que deseaba; solo sabía que su ardor viril parecía aumentar las hogueras que sentía en la entrepierna. Deslizó una mano por detrás de su cuello para acercarle la cabeza y besarlo con toda la pasión que él le había despertado. Así, unidos en un abrazo feroz, rodaron por la cama con los muslos entrelazados, las lenguas enredadas en una intensa calidez, las manos buscando con audacia las partes íntimas.
Atrapada en la embriaguez de la pasión, Alice deslizó una mano temblorosa por el firme pecho de su esposo y la bajó más allá de la cintura, por la fina línea de vello que descendía por el vientre tenso. Bajo ese recorrido sin rumbo, Jas contuvo el aliento, esperando el instante en que ella lo tocaría. Los dedos rozaron con timidez la carne masculina, casi como si temieran hacerle daño, hasta que él le cubrió la mano y comenzó a enseñarle. Apenas pasó un momento antes de que su resistencia empezara a desmoronarse.
—Oh, amor, amor mío... ya no podemos echarnos atrás -—susurró.
Con los ojos soldados a los de Alice, se elevó por encima de ella, buscando en su rostro cualquier rastro de miedo o renuencia. Ella, atrapada en el creciente apetito de sus propios deseos, alzó los labios en una inconfundible invitación.
Jas dejó escapar el aliento en un suspiro de enorme alivio y sobrecogimiento; luego bajó la boca para besarla con tierno ardor. De pronto, un dolor penetrante atravesó la ingle de Alice, arrancándole una exclamación ahogada, mientras la acerada verga penetraba a fondo. Ella cerró con fuerza los ojos, para resistir el palpitante dolor de la carne desgarrada; luego apretó la cara contra el cuello de su esposo, clavándole los dedos en los hombros. Los labios de Jas volvieron a buscar los suyos para jugar provocativamente con ellos, hasta lograr una respuesta a su boca devoradora y su lengua traviesa.
Enseguida, cualquier idea de dolor desapareció, relegada al último rincón de la mente. Alice nunca supo en qué momento exacto él comenzó a frotarle la carne con la suya. Sus movimientos pausados, suaves y rítmicos parecían libres de todo esfuerzo; eran una caricia larga y lenta, que la masajeaba hasta borrarle el dolor. Un creciente entusiasmo y un estimulante placer recorrieron los cuerpos fundidos, mientras los sentidos flotaban entre corrientes arremolinadas; aquellos movimientos se fueron acelerando, haciendo que ella, entre jadeos sofocados, se elevara al encuentro de esa pujante dureza. Una oleada de placer se abatió sobre ella, invadiendo tos cuerpos entrelazados con una marea que los elevó sobre espumeantes crestas, sobre estruendosas rompientes, cegadoras en su fulgor. Por fin, un éxtasis apasionante y sin fin.
Arrojados a la blanca playa de las sábanas revueltas, ambos se relajaron en el epílogo de la pasión; Alice, con la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, un brazo delgado contra su pecho y una pierna cruzada sobre sus muslos. La mano morena de Jas le cubría la cadera. Aunque ninguno de los dos decía nada, la amenaza de disolución parecía inminente.
Con una sonrisa soñadora, Alice deslizó la punta de un dedo por el vello que cubría el pecho de su esposo y acarició una tetilla, maravillada por lo que acababa de vivir.
—Creo que podría dormir una semana entera —suspiró—. Pero solo si consentís en quedaros conmigo.
—Tendremos que traer vuestras ropas nuevamente aquí —susurró él, dándole un beso en la frente—. Y hasta podríamos compartir el baño.
Ella se irguió sobre su pecho y le sonrió desde arriba.
—¡Pero si ya os habéis bañado esta mañana!
Una lenta sonrisa estiró los atractivos labios, exhibiendo las tensas depresiones de las mejillas, mientras él le deslizaba una mano por la espalda desnuda.
—Sí, pero me atrae la idea de jugar con vos en la bañera, querida. ¿Estaríais dispuesta a concederme ese deseo? La sonrisa de la joven fue cálida e incitadora.
—Con sumo placer, querido, siempre que vos os dignéis a permitirme algunos privilegios.
—Tantos como deseéis, querida mía, mientras permanezcáis entre mis brazos.
jajaja uyy que calor, cayo en los encantos de Jas...
que creen que pase con este par
las leo :D
