Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


Capítulo 8

Media hora después, Jas se apeaba del carruaje con el sonriente aplomo de un monje; mientras estrechaba significativamente los dedos de su esposa, ambos intercambiaron una sonrisa secreta. Luego él la ayudó a bajar y le ofreció el brazo para acompañarla al interior de aquel edificio de tres plantas.

Según explicó, su amigo lo había comprado cinco años antes. En las dos plantas superiores tenía sus habitaciones privadas; la planta baja se utilizaba solamente para la alta costura. Normalmente Jacob empleaba a ocho personas, entre las cuales la más importante era Leah Clearwater, una joven viuda, única responsable de cortar los patrones para sus nuevas creaciones y de supervisar a las costureras. También ayudaba a administrar la tienda y desempeñaba muchas otras funciones que probaban su importancia.

Como regla general, Black Alta Costura empleaba a seis costureras, además de un simpático mozalbete que se ocupaba de la limpieza y de los recados. Pese a lo limitado del personal, a la tienda acudían casi todas las damas elegantes y la alta sociedad de Charleston, en busca de estupendos guardarropas para la temporada y de vestidos modernos y trajes lujosos para el resto del año. También se vendían allí primorosos accesorios, que no era necesario encargar, a menos que la cliente deseara algo muy específico o extravagante.

Jas condujo a Alice hasta una zona cómodamente decorada, próxima a la entrada de dos amplios salones. En largas mesas que formaban ángulo con las paredes, se exhibían bonitas telas de diferente grosor, color, diseño y textura. La sala más pequeña proporcionaba oficinas para el diseñador y su asistente, cerca de la parte delantera. Más atrás había habitaciones para las pruebas. El otro salón estaba dividido en cuartos individuales para las costureras; al final había una ventana grande, de cristales pequeños, que enmarcaba un jardín bien cuidado. Un pasillo cercano conducía a la puerta trasera; a un lado, una escalera brindaba acceso a las plantas superiores.

Por las puertas que daban a los cuartos de costura más próximos, Alice vio dos maniquíes vestidos con trajes de una belleza deslumbrante, que evidenciaban el talento del diseñador. A la entrada de la última sala, una morena alta, de unos veinticinco años, conversaba con la ocupante del lugar, que permanecía oculta a la vista. Al ver a los recién llegados, la morena se apresuró a disculparse y fue a su encuentro, con una cordial sonrisa.

—Qué gusto veros nuevamente aquí, señor Cullen —saludó en tono meloso. Los ojos oscuros chispeaban con un brillo tan intenso como la sonrisa. Pero en verdad, por lo gracioso de sus modales y su encantadora belleza, realzada por un vestido de línea Imperio, color amarillo claro, la mujer parecía dotada de un resplandor propio.

—Estáis tan encantadora como siempre, Leah —declaró Jas, acercando gallardamente el sombrero al pecho, mientras entrechocaba los talones en una concisa reverencia.

Con una ancha sonrisa de enorme orgullo, deslizó una mano tras la espalda de su esposa.

—Permitidme presentaros a Alice, mi flamante esposa. La señora Leah Clearwater, querida. Ella dirige el taller de Jacob con la mayor eficacia.

Ante ese elogio, la morena emitió una suave exclamación de protesta, rechazándolo con un grácil movimiento de mano.

—Es una gran emoción conoceros al fin, señora Cullen. El señor Black ha estado cantando loas sobre vos desde que sucedió aquello, frente a nuestra tienda.

La sonrisa dolorida de Alice expresaba malestar.

—Oh, Dios mío, tenía la esperanza de que nadie recordara eso. Pero supongo que era imposible, con tanta gente como se reunió aquel día en torno a nosotros.

Leah echó la cabeza hacia atrás, con una risa divertida.

—Cuando algún suceso involucra a un miembro del clan Cullen, querida señora, podéis tener la certeza de que atraerá la atención de los habitantes de Charleston. No obstante, una Jama de vuestro porte no necesita llevar un apellido prominente para llamar la atención de todos. La tendréis dondequiera que vayáis.

—Gracias, señora Clearwater —replicó Alice, con graciosa sonrisa—. Sois muy amable, en verdad. Y permitidme expresar el gran placer que siento al visitar, al fin, la tienda del señor Black.

—Los ojos verde claro chispeaban de entusiasmo al admirar aquel elegante interior y, como toda mujer que aprecia las cosas bellas, los rollos de costosos materiales exhibidos en las mesas c arcanas llamaron también su atención—. Decididamente, esto es el paraíso de toda mujer.

De los labios del modisto brotó una risa cálida y melodiosa.

—Oh, así es, sin duda. Pero me sentiría muy honrada sí me llamarais Leah, señora Cullen.

—Con mucho gusto, Leah —respondió Alice—. Y para mí también será un placer que me llaméis por mi nombre de pila.

La morena hizo una mueca imperceptible.

—Es un nombre muy bello, sin duda, pero si no os molesta, mientras estemos en la tienda debo ser más formal, para dar ejemplo a las otras empleadas. El señor Black exige que sus costureras expresen el debido respeto a su clientela, y para ellas es más fácil si yo también respeto la regla, al menos mientras esto y aquí. —Riendo entre dientes, añadió—: ¡Pero si hasta las obliga a tratarme de «señora»! Considera necesaria esa formalidad para conservar la disciplina. Si no estuviera bien informada, pensaría que ha sido capitán en ultramar.

Jas ahogó una risa ante tan descabellada idea.

—Temo que vuestro jefe no sabría qué hacer con una brújula y un sextante, Leah. Es hombre de tierra firme.

Los tres compartieron un momento de regocijo; luego el modisto recorrió con ojos chispeantes el vestido de Alice. Era uno de los más bonitos que Black Alta Costura había vendido en los últimos tiempos, y era un placer verlo en una dama tan atractiva.

—En cuanto la ciudad os vea vestida con nuestros modelos, señora Cullen, esta tienda cosechará grandes beneficios. El señor Black, en sus alabanzas, llegó al extremo de asegurar que erais tan hermosa como vuestra cuñada. Hasta el día de hoy pensé que exageraba.

Las radiantes mejillas de Alice evidenciaban su placer por esos cumplidos.

—Bella es preciosa. Que me comparen con ella es un gran honor.

—Realmente, señora Cullen —replicó la modista, de inmediato—, no creo que haya en la zona otra dama tan atractiva como las dos.

Alice inclinó la cabeza para observar atentamente a la morena. Era obvio que la mujer tenía reservas en cuanto a su propio atractivo, pero ella estaba muy dispuesta a convencerla.

—¿Os habéis visto al espejo últimamente, Leah? La otra se llevó una mano a la mejilla, con súbita consternación.

—Oh, Dios mío, ¿tengo una mancha en la cara o algo así?

—No, no, por supuesto que no —la tranquilizó Alice, llena de diversión. La falta de vanidad de esa mujer la cautivaba. La viuda Clearwater era una belleza esbelta, de ojos oscuros, que podía defender sin problema su rango en el reino del atractivo femenino—. Mi pregunta era solo un tributo a vuestra propia hermosura, que es excepcional, por cierto.

Leah, al comprender su error, se ruborizó aún más, pero meneó prontamente la cabeza, como para negar la posibilidad de compararse con las mujeres Cullen.

. —Sois muy amable, señora, pero no tenéis idea de vuestra propia belleza. Jamás podría compararme con vos o con vuestra cuñada.

Alice alargó una mano para tocarle suavemente el brazo.

—No apostéis eso. Perderíais, sin duda. Jas respaldó a su esposa:

—Alice no lo dice por ser amable, Leah —aseguró—. Es la verdad. Más aún: yo os aconsejaría que, llegado el caso, hicierais la apuesta contraría. Así tendríais la seguridad de ganar.

La morena agitó una mano ante la cara, exagerando su intento de refrescar las mejillas arreboladas.

—Tenedme un poco de compasión —rogó, con una risa efervescente—. Me estáis haciendo ruborizar.

Para acudir en su defensa, Alice cambió de tema.

—Como se me ha obsequiado con una buena muestra de lo que hacen vuestras costureras, no dejo de admirar lo que me han comprado aquí. Hasta hace apenas un año disfrutaba diseñando de mis prendas. Naturalmente, eso era en vida de mi padre, cuando podíamos pagar ropa de mayor calidad que la que llevaba puesta el día en que Jas me rescató de mi tío. Mi modisto de Londres tenía la amabilidad de convertir mis bocetos en excelentes ejemplos de lo que yo había creado. Cuando comenzaron los malos tiempos, me pagó por aquellos diseños y los presentó a su clientela como propios. No me molestaba, pues me pagaba cada vez más para mantenerme tranquila, pero temo que me vería en aprietos para diseñar ropas tan suntuosas como las que me he puesto estos días. Tengo entendido que cuando Jasper pidió a la señora Brewster que viniera a comprarme ropa, el señor Black eligió las prendas personalmente. La sombrerera regresó deshaciéndose en elogios por eí talento del señor Black. Según dijo, ignoraba que hubiera un empresario con tanto talento frente a su tienda.

Un gesto divertido apareció en los labios de Leah.

—Sí, realmente aquel día la señora Brewster parecía desconcertada. Creo que hasta entonces nunca había observado bien al señor Black. Hay algo en él que sobrecoge a algunas mujeres, cuando lo ven cara a cara. Pero volvamos a vuestra ropa, señora Cullen; el señor Black no podía permitir que nadie más escogiera vuestros vestidos y accesorios, puesto que es amigo íntimo de vuestro esposo. Aun así he de ser sincera: en ese momento no había muchos vestidos disponibles, de modo que escogerlos fue tarea sencilla.

La mujer continuó, encogiéndose de hombros con gesto indiferente:

—Normalmente, solo hacemos lo que nuestras clientas encargan, pero en torno de esas prendas se había producido una situación singular. Si bien no he de pronunciar nombres, para no abochornar a la buena gente involucrada, la señorita para quien hicimos esos trajes se vio privada de fondos por un desdichado incidente. Al parecer, su hermano había apostado la totalidad de lo heredado recientemente por ambos a un caballo que él mismo había criado. Era realmente muy veloz; cierta vez lo vi correr. El hermano tenía grandes esperanzas de duplicar la fortuna de ambos, pero quien lo animó a hacer la apuesta no entendía de buenos caballos. Por desgracia, la mañana de la carrera su potro apareció muerto en la caballeriza, con lo que el señor Vulturi, propietario del segundo participante, se alzó con la apuesta sin ni siquiera haberlo hecho correr. El señor Black no quiso exigir el pago, para no agobiar aún más a la muchacha. Si esta historia tiene un culpable, tanto él como yo creemos que es el señor Vulturi; sus matones a sueldo deben de haber envenenado el caballo de aquel hombre. Francamente, creo que esa persona debería ser flagelada por lo que hizo.

—Supongo que habláis justamente de Aro Vulturi —interpuso Jas. Y ante el gesto afirmativo de la mujer, expresó su opinión con agrio disgusto—. Estoy de acuerdo con eso de la flagelación, Leah, pero además creo que ese alemán debería haber sido encerrado en cuanto desembarcó. Por su culpa han sufrido muchos conciudadanos de Charleston. Y tengo la sensación de que muchos más caerán víctimas de sus maquinaciones.

—Dice el señor Black que ese Vulturi fue el único responsable del rapto de vuestra esposa

—observó la morena—. Los rumores que circulan sobre él me han convencido de que es un verdadero criminal.

—La peor alimaña que yo haya visto —aseguró Alice. Luego exhaló un suspiro, muy compadecida por los hermanos que habían perdido su medio de vida—. Simpatizo con esa señorita. Me duele que su mala suerte me haya beneficiado, pero he disfrutado tanto de esa ropa, Leah, que no puedo sufrir mucho. No solo son bellísimas, sino que me impresiona el esmero con que fueron hechas. Ni siquiera en Inglaterra he visto costuras tan esmeradas.

Jas, sonriente, rodeó con un brazo los hombros de su esposa.

—Es innegable que Jacob tiene talento para diseñar trajes de señora, querida, pero la gran responsable del esmero puesto en cada puntada es Leah. En otros tiempos, antes de perder a su esposo, era una costurera respetada. Ahora imparte su talento y su experiencia a las mujeres que trabajan aquí.

De los suaves labios rosados de Leah se escapó una risa.

—Oh, Dios mío, tantos elogios acabarán por subírseme a la cabeza. Y eso no hará nada feliz al señor Black. Será mejor que suba a informarle de vuestra llegada. —Señaló con una mano los sillones y el sofá que formaban una acogedora zona en el salón—. Sentaos cómodamente, por favor, volveré enseguida.

Alice se apresuró a suplicar:

—Si no os molesta, Leah, me gustaría echar un vistazo a esas encantadoras telas.

¿Puedo?

—Oh, claro que sí, señora Cullen —la alentó—. Tal vez veáis algo de lo que no podáis prescindir. —Después de echar una mirada traviesa a Jas, aconsejó a su esposa—: Recordad que es el momento adecuado para planear el guardarropa de otoño. Tenemos un terciopelo estupendo, en matices intensos, que quedarían maravillosamente bien con vuestro cabello rojizo. El turquesa oscuro, sobre todo. Y el negro, y aunque la mayoría de las señoras prefieren usarlo solo cuando enviudan, iría divino con vuestra piel clara y vuestro pelo.

Jas miró hacia arriba, con un gemido de fingida inquietud.

—Ya me veo arrojado a la pobreza en la flor de la vida. Los ojos de Leah bailaban, traviesos.

—Oh, señor Cullen, pensad en lo agradecido que os estaría el señor Black si lo hicierais rico. Él lanzó un bufido.

—¡Como si no lo fuera ya!

En ausencia de la asistente, Alice fue hacia el otro lado de la sala, a fin de examinar varios brocados de seda que le habían llamado la atención. Dondequiera que mirase, se asombraba con los materiales allí expuestos. Eran tejidos de tan exquisita textura, belleza y calidad que apenas podía imaginar el coste de encargar un solo vestido hecho con ellos.

Sobre un ornamentado librero había una colección de pequeñas muñecas, vestidas con versiones en miniatura de los elegantes trajes que se podían encargar. Tras las puertas acristaladas del gabinete se veían incontables volúmenes encuadernados en piel, con reproducciones de modelos y dibujos detallados de sus patrones. Si una mujer no hallaba en esos libros nada que la satisficiera, por descabellada que pareciera la idea, sin duda el genial diseñador se mostraría dispuesto a crear algo de elegancia especial, aunque sin duda a un coste más elevado.

Alice miró con una sonrisa a su esposo, que se acercaba, y abarcó con un gesto de la mano las mesas cargadas de terciopelos, sedas, lanas y gruesos satenes.

—He de reconocer, Jasper, que no esperaba encontrar en Charleston tal abundancia de telas importadas. Vuestro amigo debe de haber invertido una fortuna en los materiales de que dispone aquí.

—Jacob se enorgullece de ofrecer a su clientela, no solo la ultima moda., sino también los paños más finos. Personalmente es un hombre muy atildado.

En los recuerdos de Alice, Jacob Black era el hombre magnánimo que había dado a su esposo el dinero para comprarla a su tío, cuando este último trató de venderla a Aro Vulturi. Jasper había ofrecido por ella una suma exorbitante, demasiado tentadora como para que Laurent Da Revin la rechazara. Ese préstamo temporal de Jacob le había ahorrado el problema de ir por el dinero a su empresa naviera, que estaba a varias calles de allí. Su ayuda había puesto rápido fin al asunto.

Alice recordaba muy poco la gente que los había rodeado ese día, en círculos cada vez más amplios, pero no tuvo dificultad en la figura del costurero. Su cabeza y sus hombros asomaban por encima de la mayoría de los curiosos, siendo su estatura igual a la de los hermanos Cullen. Una perilla, impecablemente recortada, acentuaba sus cinceladas facciones. Ella habría podido asegurar que, con su corto pelo castaño, lleno de mechas por el sol, y sus expresivos ojos azules, era tan atractivo como su esposo o su cuñado Edward. Solo Jas podría decirle algo más sobre el modisto.

—Dijisteis que vos y el señor Black erais muy íntimos amigos, ¿verdad?

—Sí, amor mío. Lo conozco desde que éramos muy jóvenes. Ese talento para diseñar ropa y escoger las telas adecuadas proviene, principalmente, de su propio deseo de vestir bien. Sus padres eran mucho más pobres que sus tíos, y él solía ser el hazmerreír de los primos, niños ricos y presumidos, pues debía usar la ropa que ellos desechaban. Como reacción, Jacob aprendió a usar sus puños y ganó cierta fama como luchador. Varios años de éxito en ese deporte le permitieron ahorrar lo suficiente para contratar a una costurera que realizara sus diseños. Eso fue hace siete u ocho años. Desde el mismo comienzo fue evidente que Jacob no era un simple modisto. Tenía demasiado talento para conformarse con las modas comunes. Con el tiempo, los mismos que antaño se reían de él comenzaron a llamarlo señor. Por cierto, fue muy conveniente que estuviera de nuestro lado cuando atacamos el depósito de Aro. Él nos ayudó a ganar la refriega.

—¿Qué mentiras estás contando ahora a tu bonita esposa, mí querido Jasper? —inquirió una voz masculina, grave y alegre.

Alice, momentáneamente sobresaltada, se dio la vuelta hacia Jacob Black, que agachaba la cabeza para franquear el bajo dintel de la puerta que conducía al estrecho pasillo por el que Leah Clearwater había desaparecido momentos antes.

—Que eres eficiente con los puños y con un par de pistolas —replicó Jas, con una risa ahogada, mientras se acercaba a su amigo con la mano extendida—. ¿No has aprendido todavía, mi querido fanfarrón, que no puedes esconderte de esas mujeres que trabajan para ti? Tarde o temprano te encuentran.

Los dos hombres se estrecharon la mano cordialmente. Luego Jacob sonrió de oreja a

oreja.

—No son las costureras las que me preocupan, queridísimo Jasper —murmuró—, sino una

viuda que, obviamente, está empeñada en conseguir otro marido.

Sí hubieran estado a solas, quizá Jas lo habría sondeado en busca de explicación, pero estaba deseando hacer las presentaciones.

—Querida —dijo, impulsándola hacia delante con un brazo acogedor—, es hora de que te presente formalmente a mi muy gran amigo, el señor Jacob Black. Jacob... Alice, mi esposa.

—Encantado, señora Cullen —murmuró el diseñador, ensanchando los labios en una sonrisa de blancos dientes. Los mostachos, pulcramente recortados, se empinaban sutilmente en los extremos, acentuando las finas líneas de las patillas que descendían hacia la perilla. Mientras se inclinaba en una cortés reverencia, depositó un ligero beso en los dedos de Alice.

—Rara vez tengo el placer de ver mis diseños lucidos por una mujer tan bella.

—Me honra conoceros al fin, señor Black —le aseguró ella, obsequiándole con una encantadora sonrisa. El modisto la acalló alzando una mano.

—Jacob, por favor. Nada de formalidades.

—Jacob, así sea —accedió ella, riendo por lo bajo—, pero solo si consentís en llamarme Alice.

—De acuerdo, Alice. Y permitidme deciros que vuestro esposo y yo hicimos un excelente negocio cuando os compramos a vuestro tío.

Ella inclinó coquetamente la cabeza para agradecer el elogio.

—Debo agradeceros esa oportuna ayuda, Jacob, pero a riesgo de que me creáis grosera, preferiría no reconocer a Laurent Da Revin como tío. A mi modo de ver no es seguro que lo sea. En pocas palabras: creo que provengo de una estirpe mejor.

Se ensanchó la sonrisa del diseñador.

—Me cuesta imaginar que ese patán sea pariente cercano de un ángel. Es un alivio saber que existe la posibilidad de que no lo sea.

—¿Podríais dejar de babear por mi esposa y prestarme un poco de atención, señor Black? — sugirió Jas, de buen humor—. Nos gustaría que diseñaras un vestido para Alice. Es para el baile que daré a mediados de octubre, a fin de celebrar nuestras nupcias.

—Aplicaré al asunto el talento de que dispongo, amigo mío, pero solo si me invitas. Jas, con un suspiro exagerado, lanzó una fugaz mirada hacía el techo.

—¡Qué cosas debo soportar para que este hombre se avenga a mis deseos! , —Jacob guiñó un ojo a Alice.

—Tratándose de tu esposa, lo haría por nada, pero tras haber sido un ricachón toda tu vida, Jasper, necesitas recordar que no puedes satisfacer todos tus caprichos con un chasquido de esos dedos con uñas tan arregladas. En este caso tendrás que pagarme bien.

Un suave repiqueteo de platos hizo que el modisto mirase rápidamente hacia el pasillo, de donde salía una bandeja cargada de tazas, platillos, cafetera de plata y servicio de té. La expresión consternada de su asistente le advirtió que necesitaba ayuda inmediata.

—¡Santo Dios, Leah! Dadme eso antes de que se os caiga —urgió, cruzando el salón a grandes pasos—. Es demasiado pesada. ¿Cómo se os ocurre cargarla hasta aquí?

Con un suspiro de alivio, la mujer dejó la bandeja en sus hábiles manos.

—Lo siento, señor Black. Solo me di cuenta de lo mucho que pesaba cuando ya estaba a medio camino, y para entonces no había dónde depositarla. Supongo que la señora Cullen preferirá tomar té. Y sabiendo lo que os gusta el café a los hombres, he traído las dos cosas.

—Siempre tan considerada, Leah.

La sonrisa de su jefe encendió un matiz rosado en las mejillas de la joven. El se volvió hacía sus invitados y, después de llevar diestramente la bandeja hasta una mesa situada entre el sofá y los sillones, frotó las manos en un gesto de expectación.

—No me vendría mal un poco de café. ¿Y tú, Jasper? ¿Vosotras tomaréis té, señoras?

—Si no me necesitáis, señor Black, debo dar las últimas instrucciones a la nueva muchacha

—se disculpó Leah, retrocediendo varios pasos.

—Tonterías, mujer. Que otra le explique lo que debe hacer. Quedaos a compartir el refrigerio; así discutiremos algunas ideas para el vestido de baile que necesita la señora Cullen.

—Sí, señor Black. Por supuesto, si es vuestro deseo.

—Lo es, sin duda.

Ella parecía algo nerviosa ante la amplia sonrisa que se le ofrecía.

—Bien, si me lo permitís, iré a pedir a la señora Murphy que se haga cargo de todo. De cualquier modo debo traer otra taza.

—No tardéis mucho.

—Solo un momento, señor.

Mientras ella salía precipitadamente de la sala, Jas se volvió a tiempo de ver que su amigo observaba el sutil movimiento de aquellas caderas. La falda estrecha del vestido estilo Imperio se prestaba admirablemente a esa inspección, pues no solo ponía de relieve la grácil esbeltez de la mujer que lo lucía, sino que también recortaba su bonito trasero. En ese momento el diseñador parecía apreciar especialmente ese panorama. Lo supiera o no, su atento escrutinio era típico del soltero a la sería búsqueda de compañera, sino a largo plazo, al menos por una noche. Pero hasta donde Jas podía asegurarlo, nunca había existido nada entre Jacob y sus empleadas. En todos sus años de diseñador, él siempre había sabido trazar un límite entre sus asuntos profesionales y su vida personal, al tiempo que cortejaba a casi todas las jovencitas atractivas de la zona, igual que Jas, sin establecer compromisos duraderos.

Leah Clearwater formaba parte de su vida profesional y no se había convertido en uno de sus amoríos, era ciertamente por esa razón, no porque los hombres no la encontraran atractiva. Por el contrario, se decía que, desde la muerte de su esposo, ella había rechazado tantas proposiciones matrimoniales como Jacob empleadas; claro que esos rumores no se podían confirmar, pues Leah era tan discreta sobre sus asuntos íntimos como con respecto a su difunto marido.

En los primeros tiempos de su matrimonio, Emory Clearwater comenzó a apostar; llegado el segundo aniversario de su boda ya se las había arreglado para perder lo poco que había ganado criando caballos, más lo que su esposa cobraba por sus costuras; más tarde, también perdió la considerable herencia que ella recibió tras la muerte de sus padres. Al comprender que estaba derrochando los bienes de ambos, Emory comenzó a beber. Cuanto más bebía, más cruel se mostraba; con el tiempo adquirió el hábito de abofetear a su esposa cuando se irritaba con ella o cuando perdía en el juego.

Durante ese período, Jas solía compartir un brandy con su amigo Jacob y escuchaba con simpatía sus sospechas sobre el trato que Emory daba a su esposa. Fue solo después de presenciar uno de esos episodios cuando el diseñador puso fin a la amistad que había entablado con el jugador, en sus tiempos de pugilista. La ruptura se produjo poco después de que Jacob acudiese a una taberna, donde Emory estaba armando jaleo. El jugador había perdido una fuerte suma a las cartas, circunstancia que lo enfureció. Como todo lo que estaba a su alcance corría peligro, el tabernero rogó a Black que lo llevara a su casa. A su llegada, Emory le dio tal bofetada a Leah, embarazada de varios meses, que la arrojó al otro lado de la habitación. Encolerizado por la brutalidad de ese hombre, Jacob le propinó un puñetazo en la mandíbula; no llegó a rompérsela, pero sí lo dejó inconsciente. Luego llevó a la mujer al piso superior, hasta la habitación que compartía con su esposo, donde calmó su llanto y curó su mandíbula, amoratada. Cuando regresó a la sala, Emory trataba de despejar la niebla que envolvía su cabeza. El hombre fue entonces grosero y lo acusó de desear a su esposa, a lo que siguió toda una sarta de calumnias. Por fin Jacob, muy irritado por esos insultos, le advirtió que, si volvía a levantar la mano contra Leah, sus días en la tierra habrían acabado. Apenas una semana después, un jugador dotado de buena vista acusó a Emory de hacer trampas con las cartas; al extraer este una pequeña pistola de su chaqueta, lo mató en el acto de un disparo en la cabeza.

Jas seguía con la mirada a Alice, que se paseaba entre las otras mesas repletas de telas; se preguntó si su expresión también revelaría el placer que le brindaba observarla. Para que no le vieran cómo devoraba con la vista a su propia esposa, recordó al modisto:

—Dices que no son tus costureras las que te preocupan, sino una viuda en busca de esposo. ¿Es Leah quien te molesta?

—¡Santo cielo, hombre! ¡No! —La absurda idea le hizo reír.

Ella es lo único cuerdo en mi vida. Me refería a cierta sombrerera viuda cuya tienda está justo frente a la mía. Desde que la enviaste aquí, a comprar ropas para Alice, ha tomado la costumbre de venir con un postre o algún plato preparado especialmente para mí. Pero también viene sin traer nada. Te aseguro, Jasper, que en dos semanas me he visto obligado a refugiarme en mi apartamento más veces que en estos últimos tres meses. Jas lanzó una carcajada.

—¡Con que Thelma Brewster se ha encaprichado contigo, mi querido fanfarrón! Jacob enarcó brevemente las cejas.

—A pesar de llevarme más de veinte años, me hace caídas de ojos, como una virgen de paseo con un libertino. Por su manera de actuar, cualquiera diría que he tratado de meterme bajo sus enaguas. —Lanzó un bufido—. ¡Como sí me interesara!

—Se diría que te provoca algo.

—¿Algo? Ha tomado la costumbre de irrumpir en mi tienda cada vez que alguna muñeca entra meneándose para encargar un vestido nuevo. He pedido a Leah que me avise cuando la señora Brewster viene hacía aquí, pero por lo general está tan atareada con las costureras que no siempre puede montar guardia. Y no confío en la discreción de ninguna otra. Hace apenas una hora ha venido la viuda, a traer estos pastelillos que horneó para mí. —Señaló como al descuido la bandeja, con su plato de panecillo de hojaldre—. La vi venir y me refugié arriba. Te aseguro, mi querido Jasper, que sí comiera todo lo que esa mujer ha traído desde que inició sus visitas, andaría rodando por estas salas.

Jas hizo un serio intento de contener su risa, pero aun así esta invadió su tono de voz.

—Te ofrecería mis servicios, mi querido fanfarrón, pero no sé cómo ayudarte. No me gustaría, por cierto, atraer hacia mí ese tipo de atenciones.

—Puesto que te has casado, supongo que la señora Brewster te considera fuera de su alcance. A mí, en cambio, me persigue de tal modo que ya tengo miedo de salir de la tienda por la puerta principal. Como bien sabes, nunca he pensado demasiado en tomar esposa, pero en los últimos tiempos me he descubierto muchas veces analizando esa posibilidad, solo para quitarme de encima a esa sombrerera. Que un soltero se resigne al matrimonio por motivos tan miserables es prueba de lo desesperado que empiezo a sentirme. Pero trataré de no saltar todavía de la sartén al fuego. Pese a las muchas mujeres que he cortejado, hasta ahora no he hallado a una dulce señorita que no me aburra hasta hacerme llorar.

—¿Leah te aburre hasta tal punto?

Jacob movió sus anchos hombros con desasosiego.

—No, por supuesto, pero es mi empleada.

—Oh, sí, eso cambia las cosas —lo provocó Jas, suavemente. Su amigo, suspicaz, lo miró de soslayo.

—¿Qué significa exactamente ese comentario, mi querido Jas rey?

—Solo que, al parecer, no observas lo suficiente a Leah. ¿No te has dado cuenta de lo hermosa que es?

—Pues sí que lo he notado, pero no quiero pasar de ahí. La noche en que tumbé a Emory, ella me oyó amenazarlo. Varias noches después, cuando llevé su cadáver a la casa, ella me miró como si de pronto me hubiera convertido en un monstruo de dos cabezas. Durante algunos segundos, debió de creer que yo lo había matado. Mientras yo cavaba la sepultura, ella me observaba desde una silla, en el porche. Se mantenía muy solemne y distante, sin llorar, sin histerias. Después de un rato entró en la casa. Poco después, cuando fui tras ella, la encontré de rodillas, fregando el suelo. Tardé un momento en comprender que había roto aguas y estaba de parto. Se negó a que la subiera en brazos hasta el piso de arriba; no permitió siquiera que me acercara. Monté a caballo para volver a la ciudad, en busca de una comadrona, y luego di vueltas por el porche de Leah, como cualquier futuro padre, hasta que nació Jake. La partera llegó al extremo de traerme al niño para que lo viera, como si tuviera la descabellada idea de que yo era el padre. Yo sabía perfectamente que ella conocía a la familia; no podía ignorar que el niño era de Emory, a menos que él, en uno de sus delirios, hubiera dicho por ahí que yo deseaba a su esposa. El caso es que, después de pagar a la mujer para que se quedase con Leah durante esa noche, regresé a casa.

»Cuando se supo que Emory había muerto, Leah se encontró en una situación desesperada. La gente comenzó a acosarla para que pagara las deudas del difunto; la amenazaban con llevarse en pago lo que hubiera en la finca, cuando ella no tenía dinero siquiera para una comida decente. Le ofrecí empleo aquí, pero ella dijo que eso provocaría aún más rumores. Después de esa negativa se enteró de lo que Charlie le pagaría por cocinar y fregar los suelos en la posada. A lo sumo, una limosna con la que no podría mantener a Jake. Una vez que hubo aceptado mi ofrecimiento, pagué a una niñera para que atendiera al niño aquí, en la tienda, mientras ella realizaba mis diseños. Más adelante vendió la granja y se mudó a poca distancia de aquí. Francamente, Jasper, mis diseños solo empezaron a parecer estupendos cuando ella comenzó a coser para mí. Desde entonces solo hemos mantenido una relación de negocios. Ella corta los patrones y supervisa a las otras costureras. Precisamente el otro día contrató a una joven soltera embarazada; dice Leah que es muy hábil con la aguja...

Jas se puso rígido, lleno de aprensión.

—¿Esa joven se llama Charlotte, por casualidad?

—¡Vaya, creo que sí! ¿La conoces?

—Lo suficiente como para asegurar que no debería trabajar en el vestido de mi esposa. Los labios de Jacob se contrajeron tras la barbilla.

—¿Prendada de ti?

—No puedes ni imaginarlo. En presencia de Alice me acusó de ser el padre de su bebé.

Jacob miró a su amigo detenidamente; luego enarcó una ceja escéptica.

—A decir verdad, Jasper, te creía de gustos más refinados. Charlotte no parece ser tu tipo.

—¡Desde luego que no lo es!

—Bien, ¿qué quieres que haga con ella?

—Solamente lo que ya has hecho. No he querido darle dinero por no dejarme extorsionar, pero necesitará un salario para mantener al niño. No creo que le falte mucho para dar a luz. Tú eres su única esperanza de ganar lo suficiente.

Jacob irguió la espalda, inquieto al ver que Alice se acercaba a una mesa llena de paños, cerca del cuarto donde Leah había instalado a Charlotte. Intercambió una mirada con su amigo, que se levantó bruscamente. Pero era obvio que, si Jas llamaba a su esposa, Charlotte saldría al reconocer su voz.

El diseñador le dio unas palmadas para que volviera a sentarse.

—Leah —llamó—, traed a nuestra encantadora invitada para que podamos tomar nuestro refrigerio.

La joven morena reapareció con una sonrisa y acompañó Alice hasta donde la esperaba su preocupado esposo. Luego, oficiando de anfitriona, sirvió las infusiones antes de instalarse en una silla, con su taza de té. El plato de panecillos pasó de mano en mano. Mientras los saboreaban, Leah propuso algunas ideas sobre el tipo de vestido que debían hacer para Alice.

—Como la señora Cullen tiene tan buen cutis, el paño debe ser de un matiz claro y suave, que le haga justicia.

Jacob asintió, pensativo, mientras observaba a su clienta por encima de la taza de café.

—Sí. Un rosado tan primoroso como el rubor de sus mejillas.

—Suaves capas de seda. La de arriba, decorada con pequeñas cuentas brillantes — murmuró su asistente, contemplando a Alice.

Una vez más el diseñador inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Ya lo imagino, Leah... un vestido tan esbelto como la misma señora, con pequeñas mangas abullonadas y una breve cola bordada de cuentas. Zapatillas de satén. Y desde luego, un abanico de encaje con cuentas. Debe estar deslumbrante.

Alice, muy impresionada por la imaginación del modisto y su asistente, los miraba con asombro. Por fin se volvió hacia su alegre esposo con una sonrisa.

—Ignoraba que un traje de fiesta se pudiera crear con tanta facilidad. Yo solía pasar horas enteras dibujando modelos, pero por lo general desechaba mucho más de lo que me parecía digno de conservar.

—¿Diseñabais ropa? —preguntó Jacob. Su interés crecía por momentos.

Alice inclinó la cabeza en un lento ademán afirmativo; no quería dar la impresión de que tenía mucha experiencia en el terreno.

—Por poco tiempo. En un principio, solo por placer; más adelante, para que no faltara el pan en nuestra mesa, cuando mi madre y yo aún residíamos en Inglaterra. Anteriormente, cuando podíamos pagar ropas de mejor calidad, lo hacía solo para nosotras dos.

El diseñador le guiñó un ojo, sonriendo de oreja a oreja. Luego miró de soslayo a su amigo.

—¿Es ya demasiado tarde para robaros a vuestro esposo?

Comprendiendo que la broma estaba dirigida principalmente a Jas, ella refrenó cualquier muestra de diversión.

—Eso temo —dijo, encogiendo los esbeltos hombros en un fingido gesto de indiferencia—.

La verdad es que me he encariñado mucho con Oakley y detestaría abandonarlo.

—¿Con Oakley? ¿Con Oakley? —repitió Jas, como si lo ofendiera muchísimo la preferencia expresada por su esposa. Alice se llenó de bonitos hoyuelos.

—¡Vaya! Naturalmente, Jasper, también os echaría de menos a vos.

—¡Hum! —El se cruzó de brazos, demostrando claramente que se sentía insultado, pero ante la hilaridad de los otros tres sonrió—. Tendré que causar una impresión más honda en mi esposa, antes de que encuentre una plantación más grande que la mía.

Ella le acarició consoladoramente la mano.

—No creo que haya peligro, queridísimo. Oakley supera las expectativas de cualquier dama.

—Menos mal —gruñó Jas, provocando la risa de todos.

Alice se acomodó en el asiento y bebió un sorbo de té, mientras sus ojos recorrían el pasillo con aire indiferente. La aparición de una joven embarazada, que tendría apenas dieciséis años, hizo que sus manos comenzaran a temblar. La muchacha era menuda y muy bonita, de pelo dorado y brillante, pero sus claros ojos azules se entornaron con aire amenazador al clavarse en Alice. Ella se las compuso para dejar la taza sin volcar el contenido sobre sí misma. La mirada de la muchacha inspeccionó la estancia y se ablandó notablemente al posarse en Jas.

—Charlotte —saludó él, estoico, agregando una breve inclinación de cabeza.

Ella levantó el mentón tembloroso, herida hasta el fondo del corazón por ese tono distante. Durante un largo segundo pareció luchar con algún torbellino interior, mientras sus ojos azules se llenaban de lágrimas. Por entre esa creciente humedad, clavó una mirada fulminante en Alice, que permanecía petrificada en su silla. Luego acarició su vientre hinchado, como para recordar deliberadamente su estado a la otra, y se fabricó una sonrisa ufana que, en el mejor de los casos, le salió mal.

Leah, siguiendo la mirada de la visitante, se volvió con curiosidad.

—¿Algún problema, Charlotte?

La muchacha pareció despertar de un sueño.

—No, señora Clearwater —contestó, con la voz sofocada por la emoción—. Me ha parecido oír voces familiares, pero supongo que estaba equivocada.

Y con una última mirada llameante a Alice, regresó a su lugar de trabajo, cerrando suavemente la puerta a su espalda.

Jas cayó en la cuenta de que estaba conteniendo el aliento desde la aparición de Charlotte. Lo soltó gradualmente, agradecido por no tener que vérselas con otra discusión, con otro enfrentamiento colérico. Pero no estaba en absoluto seguro de que ese fuera el fin de la cuestión. Decididamente, Charlotte no era previsible; lo había comprobado la noche en que la chica se metió en su cama.

—Lamento verme obligado a abandonar tan grata compañía, Jacob, pero mi esposa y yo tenemos otras compras que hacer —anunció, dejando a un lado la taza de café.

Luego estrechó la mano de su esposa, que parecía aturdida, con las mejillas anormalmente pálidas. No era difícil imaginar la angustia que sentía en esos momentos, al preguntarse si Jas era el padre del hijo de Charlotte. Después de lo que habían vivido juntos esa mañana, ver a la muchacha la sumió en lóbregas brumas.

—Deberíamos ponernos en marcha —añadió él.

—Si no os molesta quedaros un momento más, señor Cullen —rogó Leah, mientras depositaba su propia taza en la bandeja—, me gustaría tomar las medidas de vuestra esposa, antes de que os marchéis.

Puesto que la petición era tan necesaria, Jas cedió amablemente.

—Desde luego, Leah. Hemos de anteponer el traje de Alice a cualquier otra cosa que debamos hacer hoy. No hay nada más importante. Solo he pensado que a mi esposa le gustaría visitar algunas de las mejores tiendas de Charleston.

Jacob sonrió tras sus bien recortados mostachos.

—¿Debo interpretar como un cumplido que vinierais primero a la mía? ¿O acaso me aprecias tanto, querido Jasper, que no puedes mantenerte lejos de mí?

Jas exageró su horror.

—¿Qué? ¿Apreciar yo a un nuevo rico presumido y acicalado? ¿Has perdido la cabeza?

La sonrisa con que Alice los miró indicaba que su nerviosismo se había calmado. Leah apoyó los finos dedos contra sus labios, a fin de sofocar el regocijo que burbujeaba en ella. Jacob, con excesiva inquietud, se había dejado caer en la silla, pero era tan aficionado a las réplicas mordaces como su amigo.

—¡Por Dios, Jasper! ¿Tanto envidias mi gallardía y mi físico varonil, que debes humillarme ame tu dulce esposa? ¿Qué pensará ella de ti? ¡Que eres un verdadero patán, sin duda! —Y se levantó con manifiesta gallardía para ejecutar una vistosa reverencia ante Alice—. Señora: si estáis dispuesta a dejar a este zafio, Con sumo placer le daré el doble de lo que él pagó a vuestro tío, solo por una dulce sonrisa de vuestros labios.

—Ya tenéis la mejor que os puedo ofrecer, señor —respondió ella, cediendo al humor del modisto, ya liberado su corazón del oscuro pantano de la incertidumbre—. No creo que pudiera lograr otra más sincera, ni para salvar mi vida.

En un momento de mayor tranquilidad, las dos mujeres se levantaron para abandonar el salón, pero Jacob se excusó ante los Cullen para hacer un aparte con Leah, con quien habló en murmullos. Ella hizo un gesto afirmativo. Luego se volvió hacia Alice con una sonrisa y la acompañó a un cuarto de prueba, de los que daban al pasillo vecino.

Jacob se volvió hacia Jas, que se permitía el placer de admirar a su esposa. Cuando la puerta se cerró tras las mujeres, el modisto atrajo su atención.

—No te preocupes más, que Charlotte no podrá dañar el vestido de Alice mientras esté en la tienda. Leah hablará con ella. Trata con gran inteligencia a las más jóvenes de nuestras empleadas y se esfuerza por hacerlas razonar cuando se equivocan. Por lo general logra que piensen con mayor sensatez y que, con el tiempo, puedan ver su error. Le he pedido que aconseje a Charlotte y la ayude a aceptar el hecho de que ahora eres un hombre casado. Personalmente, creo que esa muchacha tiene suerte al contar con Leah. Pero mi asistente, pese al interés que siente por ellas, exige que se ajusten a las reglas de nuestra tienda. Y la primera es no molestar al cliente. Todas saben que, si exceden los límites, pueden perder un empleo en el que ganan un buen salario. Esa amenaza sirve para calmar bastante las animosidades. Charlotte la tendrá en cuenta y os evitará a ti y a Alice, al menos mientras estéis aquí. Fuera de la tienda no puedo asegurar nada.

—Eres tú quien tiene suerte al contar con Leah, amigo mío —le aseguró Jas, con una lenta sonrisa—. Deberías tener en cuenta el desastre que supondría el que ella aceptase alguna proposición matrimonial.

Jacob pareció horrorizado por la idea.

—¡Ni siquiera lo menciones, Jasper! ¡Sería mi ruina!

—En ese caso, te aconsejo preguntarte qué estarías dispuesto a hacer para conservar a una asistente con tanto talento, amigo mío. En cualquier momento, algún gallardo caballero puede conquistar su corazón y robártela.

La frente de Jacob se contrajo sobre una mirada amenazante.

—Necesitas que te cautericen la boca con cal viva, mi querido Jasper. Y yo soy la persona indicada para eso.

Jas echó la cabeza atrás en una divertida carcajada. Al parecer, se había hecho entender muy bien.


bueno ellos siguen en las mieles del amor :D

que creen que pueda suceder?

leo sus ideas