Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 9
Jas era generoso por naturaleza y propenso a satisfacer todos los gustos a su joven esposa. En un serio intento de celebrar con algo muy especial la consumación del matrimonio, llevó a Alice a una pequeña tienda especializada en joyería fina, pero ante el portal ella le tiró del brazo, riendo con renuencia.
—Oh, Jasper, por favor. Ya me habéis regalado demasiadas cosas. Si os tengo por esposo no necesito alhajas costosas. Caminemos un rato para mirar los escaparates. Es algo que no he hecho desde mucho antes de que detuvieran a mí padre.
Jas, galante, mostró con un ademán la calle que se extendía ante ellos.
—Vuestros deseos son órdenes, señora mía.
Echaron a andar, deteniéndose a menudo para aceptar las felicitaciones de vecinos y amigos que conocían a Jas desde hacía mucho tiempo. Entre tantos desconocidos, para Alice fue un alivio descubrir una cara familiar; al verlos, Thelma Brewster había salido precipitadamente de la sombrerería con una sonrisa vivaz.
—Oh, pero si se os ve tan felices... —trinó—. Hace dos semanas que no os veo el pelo. Por cierto, cuando os vi entrar en la tienda del señor Black estuve a punto de ir también de visita, solo por averiguar qué ha sucedido desde que nos separamos. Pero ¡ay! en ese momento tenía clientes. Por rumores he sabido que os habéis casado. Casi me desmayé de la impresión. Pero era lo más prudente, desde luego, considerando lo chismosos que son en esta ciudad. Y como sois una pareja tan guapa...
—Teniendo en cuenta vuestro prudente consejo, señora Brewster, consideré adecuado tomar a Alice por esposa —le informó Jas, en tono ligero—. Teníais razón, por supuesto. Oakley ha dejado de ser una casa solitaria. Nunca he sido tan feliz.
La mujer se llevó una mano a la mejilla regordeta.
—Cuando os urgí a buscar una señora para Oakley, señor Jasper, no soñaba que lo haríais ese mismo día. Pero la noticia me ha hecho muy feliz.
—Os estamos agradecidos por habernos prestado vuestras habitaciones privadas, tras nuestro enfrentamiento con Laurent Da Revin —continuó él—. Tal vez os interese saber que me declaré mientras bebíamos el té ante vuestra mesa, señora Brewster.
—¡Oh, qué romántico! —Thelma lanzó un suspiro soñador—. ¡Pensar que todo eso sucedió en mi cocina!
Alice estrechó con suave cordialidad los dedos de la mujer.
—Jamás olvidaré lo bondadosa que fuisteis conmigo, señora! Brewster. Gracias por vuestra consideración.
—¡Oh, ni lo mencionéis! —Ruborizada de placer, la sombrerera sacudió la cabeza—. Apenas os ofrecí un poco de té y el uso de mi cocina. El señor Jasper hizo todo lo demás; primero, al salvaros de que os arrollara ese coche; momentos después, al rescataros de los mercenarios planes de vuestro tío. A estas horas ya habréis descubierto que aquí, en Charleston, tenemos caballeros muy galantes.
—No obstante, señora, nos ofrecisteis vuestra amable hospitalidad cuando más la necesitábamos —aseguró Alice—, y siempre estaremos en deuda con vos.
La sombrerera sonrió, complacida por esas muestras de gratitud, Jas las extendió un poco más al sugerir que su joven esposa necesitaba uno o dos sombreros para sus nuevos vestidos. En ese caso Alice se mostró dispuesta a aceptar su generosidad, pues al pasar por el escaparate había visto algunos excepcionales. No le costó mucho escoger cinco o seis para probarse, con los que posó para su esposo. Por el cálido fulgor de los ojos masculinos, era obvio que él disfrutaba de su flamante condición de esposo. Cuando ella le preguntó cuál de los sombreros le gustaba más, él escogió sin vacilaciones los dos más bonitos. A ella no le quedó mucho por hacer, salvo sonreír y aceptar con entusiasmo.
Al abandonar la tienda, Jas depositó las cajas en el carruaje.
Con Alice del brazo, continuó su paseo. Thaddeus los seguía con el coche, a paso de tortuga; de vez en cuando se detenía para ceder el paso a otros vehículos. Aun así se mantenía siempre cerca, por si la pareja quería subir para dirigirse a otra zona de la ciudad.
Alice y Jas se detuvieron en una coqueta posada para compartir un almuerzo ligero. Otras parejas se aglomeraron en torno a su mesa para ofrecerles calurosas enhorabuenas por lo que parecía una estupenda unión. Cuando salieron nuevamente a la calle, Thaddeus se despidió cordialmente de otro cochero y subió al carruaje. Aquí y allá se multiplicaban las presentaciones; a Alice le daba vueltas la cabeza con tantos nombres y caras que debería recordar más adelante. Con el transcurso de la tarde se dio cuenta de que su esposo tenía una sorprendente cantidad de conocidos y más amigos de los que parecía posible.
Las ancianas parecían adorarlo. Y tenían buenos motivos, según descubrió su sonriente esposa, pues él les prestaba una atención especial, como sí fueran la alegría de su vida. Les ponía apodos cariñosos y les estrechaba los dedos con afecto, mientras depositaba breves besos en mejillas arrugadas o manos surcadas de venas azules, evocando risitas o sonrisas secretas, a veces casi ocultas tras semblantes muy dignos.
La desenvuelta camaradería con que trataba a otros hombres inspiró en ella un gran respeto por su marido. Ya fueran compañeros de cacerías, eruditos o socios en alguna empresa comercial, esos conocidos demostraban disfrutar plenamente del ingenio de Jas y se sentían libres de responder con bromas y comentarios humorísticos.
Jas mostraba un enorme respeto hacia los ancianos, algunos de los cuales habían sido maestros suyos. Todos tenían divertidas anécdotas del muchacho que se pasaba la vida tratando de calmar el temperamento de su hermano mayor o, cuando este llegaba a involucrarse en alguna pelea, luchaba valerosamente a su lado. Los hombres jóvenes lo felicitaban con gran alegría, entre cordiales palmadas en la espalda y bromas por su prisa en casarse, como si temiera que algún otro galán le arrebatara a la novia. Parecían, realmente complacidos de verlo y conversar con él.
Las señoritas bien educadas mostraban mayor reserva al saludarlo. Algunas lo observaban solapadamente con alguna melancolía; otras, ignorantes de su reciente casamiento, le obsequiaban seductoras sonrisas y caídas de ojos, con estudiada coquetería. Tras quedar deslumbradas con su presencia y haber coqueteado con él, miraban luego a Alice con curiosidad. Después de las presentaciones de Jas, no salían de su asombro; otras quedaban atónitas al saberlo casado, lo cual confirmaba la creciente sospecha de Alice de que Charlotte era solo una de tantas; muchas solteras atractivas habían aspirado a conquistar las atenciones de Jasper y, más adelante, convertirse en su esposa.
Como él no tenía compromisos urgentes, se contentaba con disfrutar del día templado y de la presencia de su joven esposa. Con ella del brazo, se detenía a menudo ante los escaparates y le preguntaba solícitamente si quería ver algo que le interesara. En una casa de mercancías importadas, Alice recorrió con la vista los objetos pulcramente expuestos tras los pequeños cristales cuadrados, que se extendían a lo largo de la fachada. Como no vio nada muy interesante, iba a continuar su camino, cuando le llamó la atención un cofre de madera con herrajes de bronce, expuesto en una mesa en el interior de la tienda. Que fuera posible tal golpe de suerte le pareció increíble; se inclinó hacia delante, fascinada, sin notar que, en su intento por ver mejor, aplastaba contra el cristal el ala de su papalina, cargada de flores y cintas. La pieza estaba rodeada por otras similares, pero aquella que había atraído su mirada era, decididamente, la más notable. Alice la habría deseado, aun si no hubiera reconocido en ella al cofre donde su padre escondía, en otros tiempos, una pequeña reserva de monedas de oro.
—¿Veis esa caja sobre la mesa, Jasper? —preguntó, señalando el objeto. Él se inclinó para mirar a través del cristal.
—Sí, amor mío. Una bonita pieza, por cierto. ¿La queréis?
—Ese cofre perteneció a mi padre. Poco antes de su detención pidió a mi madre que lo guardara celosamente hasta que él necesitara su contenido, pero murió antes de poder aprovechar esas monedas de oro. Durante el viaje por mar, mi madre comenzó a temer que algún otro pasajero se lo robara; por eso pidió a Laurent Da Revin que nos lo cuidara. Creía poder confiar en su hermano, pero lamento decir que no volvimos a ver ese cofre. Cuando mi madre se lo pidió, él adujo que alguien se lo había robado. Sin embargo, a bordo, se daba una vida de gran señor, mientras nosotras pasábamos privaciones. Nuestra intención era mantenernos con esas monedas durante el primer año que pasáramos aquí, pero es obvio que ese codicioso delincuente las utilizó para llenarse la panza y apaciguar su sed de alcohol. Encontrar el cofre aquí, tan cerca del puerto, renueva mis sospechas sobre Laurent Da Revin. Creo que lo tuvo siempre consigo y, apenas hubo desembarcado, lo vendió en la primera tienda que tuvo a la vista. Si no fue él, alguien lo hizo.
—Nada impide que vuelva a ser vuestro, querida —le aseguró Jas—. Bien puede ser el último recuerdo material que os quede de vuestro padre.
Ella le estrechó afectuosamente el brazo.
—Me encantaría recuperarlo, Jasper. De verdad.
—En ese caso será vuestro, amor mío.
Apenas hubieron entrado en el fresco y agradable local, un corpulento caballero de denso pelo plateado acudió precipitadamente desde la trastienda.
—Os deseo muy buenos días —les saludó, con una sonrisa agradablemente reservada—.
¿En qué puedo serviros? ¿O preferís que os deje mirar nuestros artículos?
—En realidad, nos interesa ese cofre de ricas vetas que tenéis en aquella mesa —respondió Jas, señalando la caja.
—Una pieza encantadora, ¿verdad? Su decoración no es exagerada, como en tantos casos. Inglesa, desde luego. Probablemente fabricada en el siglo pasado. Del tipo que los nobles suelen tener a mano para guardar documentos importantes y cosas así.
—Cuando la comprasteis ¿había algo dentro de ella? —preguntó Alice, en voz baja.
—Pues no, estaba completamente vacía. —El hombre la miró intrigado—. ¿Acaso esta pieza os es familiar, señora?
Ella alargó lentamente una mano para acariciar la tapa,
—Mucho. En otros tiempos perteneció a mi padre.
—Ese cofre es demasiado especial como para que haya un duplicado aquí, en Charleston
—comentó Jas, en tono reflexivo.
Alice tragó saliva con alguna dificultad. Luego señaló una muesca en el bronce que cubría una esquina,
—¿Veis esta marca? Cuando se produjo yo tenía solo cinco años. Estaba sentada en el regazo de mi padre y mamá me llamó. Resbalé al bajar y estuve a punto de quebrarme la cabeza contra el saliente de la chimenea. Mi padre me sujetó al momento, pero al hacerlo golpeó con el codo el cofre, que cayó de la mesa. Orgullosa como estaba de que él me hubiera salvado de todo daño, mostré a todos mis amigos la marca resultante. Ellos pensaron que mi padre se habría enfadado, pero él, al oír sus comentarios, les aseguró que lo único importante era tener a su pequeña sana y salva.
Alice parpadeó deprisa para contener las lágrimas, tratando de recobrar el aplomo, pero tenía tal nudo en la garganta que se vio obligada a guardar silencio.
El propietario de la tienda se concentró discretamente en reacomodar algunas figurillas de porcelana, mientras Jas rodeaba con un brazo los hombros de su esposa. Al levantar los ojos, ensombrecidos por el dolor, ella se encontró con los ojos esmeraldas, llenos de compasión. Tragando saliva con dificultad, aceptó el pañuelo limpio que él le ofrecía y se apresuró a secar las lágrimas. Una vez recobrada cierta compostura se las arregló para sonreír.
—Estoy bien —le aseguró en voz baja—. De verdad. Tengo mucho que agradecer, por cierto.
Y le sonrió, dejando claro que esperaba encontrar en su esposo la mayor de las bendiciones.
Jas depositó un suave beso en la punta de sus dedos, en silencioso tributo, y acomodó esa mano bajo su brazo. Luego se volvió hacia el vendedor, que dedicó una amable sonrisa a Alice antes de enfrentarse con la mirada de su esposo.
—Me gustaría comprar el cofre para mi esposa, señor—anunció él—, pero también me interesaría saber cómo llegó a vuestro poder. ¿Recordáis quien os lo vendió?
El hombre se acarició el mentón, tratando de hacer memoria.
—Creo que lo trajo un hombre recién llegado de Inglaterra, al hablar de sí mismo se llamaba
«el viejo Laurent». Dijo que el cofre había pertenecido a su difunta hermana y que necesitaba todo el dinero posible para mantener a su sobrina. ¿Debo suponer, señora, que esa sobrina sois vos?
Alice no deseaba ningún parentesco con el hombre que había dejado morir a su madre, mientras disfrutaba egoístamente de su afición al juego y a la bebida.
—Decía ser mi tío, señor, pero tengo mis dudas al respecto. En todo caso, era un despreciable estafador que se aprovechó de nosotras.
—Si yo hubiera sospechado que la caja no era legalmente suya, señora, no se la habría comprado. Normalmente no trafico con ladrones, pero como dijo tener una sobrina a su cargo, supuse que era buena persona. Ahora comprendo que me equivoqué. Os pido humildemente perdón.
—Tengo la convicción de que Laurent Da Revin, a lo largo de su vida, ha logrado engañar a muchas personas —aseguró ella, suavemente—. No habéis sido el primero y no creo que seáis el último. Mi propia madre creyó en el parentesco que él proclamaba y eso la llevó a la muerte.
—Lo siento muchísimo —murmuró el hombre, con solemne simpatía.
—Mi dolor se va calmando día a día, señor. Recobrar el cofre de mi padre es algo muy importante. Es de agradecer que lo hayáis comprado y que yo lo haya visto en vuestra tienda. Y agradezco aún más que mi esposo esté dispuesto a comprarlo. Esa caja se convertirá en un tesoro que, si Dios quiere, podremos legar a nuestros hijos en años venideros. Si no la hubierais comprado, aún estaría preguntándome qué fue de ella.
—Sois tan amable como hermosa, señora —aseveró el vendedor, con gentil sonrisa—. Os deseo que, en el futuro, el cofre llegue a ser un bien aún más valioso, según depositéis en él los recuerdos de vuestro padre.
—Van a salir —anunció Alec Hyde, inclinándose junto a la ventanilla del coche alquilado en el que se ocultaba. Y rió por lo bajo, señalando a la pareja que asomaba por la puerta de la tienda, al otro lado de la calle—. ¡Mirad eso! El señor Cullen ha comprado otro regalo para vuestra dama.
—Dummkopf! ¡Retírate antes de que te vean! —le espetó Aro Vulturi, iracundo—.
¿Olvidas que el sheriff aún te busca? El rubio sonrió con audacia, estudiando al hombre maduro cuya corpulencia ocupaba el asiento opuesto de ese maltrecho vehículo. El alemán se aproximaba a los cuarenta años, era terco a más no poder y ahora tenía un brazo incapacitado; probablemente tuviera que tenerlo siempre en cabestrillo. Era calvo, de facciones bastas y pobladas cejas; la frialdad de sus ojos, de un color azul desteñido, habría podido congelar a cualquiera. En ese momento ardían de furia, dispuestos a fulminar a su joven acompañante.
Alec descartó el áspero comentario con un encogimiento de hombros; luego se arrellanó en el asiento.
—No os preocupéis por ese estúpido sheriff, señor Vulturi. No me encontrará. Conozco esta ciudad y los alrededores como la palma de mi mano. Puedo ir y venir a mí antojo sin que se entere.
—Pues te las verás con la palma de mi mano, si me causas otro problema —ladró Aro—.
¡No olvido que fue por tu culpa que la pistola de herr Cullen se disparó y me destrozó el hombro! Y no creo que el sheriff sea tan estúpido como tú dices. Pero lo que él tiene te falta a ti. Hoy mismo, a no ser por esa carreta y mi propia intervención, herr Cullen te habría pillado.
¡Y lo que habría disfrutado haciéndote papilla antes de entregarte al sheriff!
Alec lanzó un bufido desdeñoso.
—Tal vez sí, tal vez no. Cullen puede ser una cabeza más alto que yo, pero eso no significa que pueda derrotarme. Yo le habría golpeado en la barriga antes de que pudiera levantar una mano. El caso es que no os he dado las gracias por pedir a ese cochero que me recogiera en la calle. —Se le estremecieron los hombros al recordar la frenética búsqueda de su adversario, una vez que hubo pasado la carreta—. ¡Sí que engañamos a ese ricachón! Pero os diré, señor Vulturi: no deberíais enfureceros así por lo que ya está hecho. Os dañará el hígado.
—¡Imbécil! ¿Qué sabes tú de hígados?
—Solo he oído lo que el doctor Clarence os dijo. Pero me basta para saber que el vuestro se pondrá verde con toda la bilis que pasa por allí.
—Hablas de cosas que no entiendes —se burló el alemán—. Y me fastidias.
—¿Más que el señor Cullen?
Aro curvó los labios en gesto desdeñoso, mientras clavaba la vista en el hombre alto y bien vestido que paseaba por la acera de enfrente, con su arrebatadora esposa. Al ver que su apuesto adversario llevaba una caja de madera, lanzó un gruñido malhumorado.
—Vaya uno a saber qué ha comprado ahora ese estúpido a su frau. ¿No sabe que la echa a perder comprándole cuanto le pida? Ya la corregiré yo cuando vuelva a ser mía.
Alec inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Cómo planeáis apoderaros otra vez de la señora Cullen, ahora que ha fracasado el plan de Da Revin para utilizar a Charlotte? Supuestamente, la señora debería odiar a su marido cuando Charlotte lo acusó de hincharle la barriga, pero la pelirroja no parece guardarle rencor. ¡Mirad cómo va colgada de su brazo, sonriéndole! Yo diría que se entienden muy bien.
—Tú busca a Laurent Da Revin y dile que, si quiere llegar al otoño, tendrá que idear algo mejor
—bramó Aro—. Dile que le pagaré bien, si logra que frau Cullen odie a su marido.
El joven, incapaz de ver lo ingenioso de ese plan, meneó la cabeza como un niño fastidiado por las órdenes paternas.
—¿Para qué queréis ayuda de Da Revin, si me tenéis a mí? Soy mucho más hábil que ese borracho. Por lo que se comenta últimamente, se pasa el tiempo vomitando. Si no sabe arreglar sus cosas, mucho menos arreglará las vuestras. Su hígado no debe estar nada bien, sin duda alguna, con tanto whisky barato como traga. Bebiendo de esa manera no llegará a finales de año.
—¡Otra vez con el hígado! ¡Como si supieras algo de eso!
—Os he preguntado, señor Vulturi, para qué necesitáis a ese borrachín —insistió Alec.
—Quiero saber qué ideas tiene el inglés para proponerme. Ya verás cuántas cosas se le ocurren cuando sepa que morirá si me decepciona.
—Una buena recompensa sería un gran incentivo para cualquiera. —El muchacho se enfrentó a los pálidos ojos azules con un destello calculador en los suyos—. ¿Cuánto estáis dispuesto a pagar por los resultados?
Aro reflexionó brevemente.
—Mil dólares yanquis.
Alec enarcó sorprendido una ceja descolorida por el sol.
—¿A tal punto deseáis a esa pequeña? ¿Tras haber visto cómo se burló de vos cuando sufríais?
Ante tan desagradable recuerdo, su jefe levantó el mentón, ofendido. Alec meneó la cabeza.
—Qué blando tenéis el corazón, señor Fridrieh. ¿O acaso planeáis algo más que arrojar de culo a esa pequeña pelirroja y montar en ella?
—No permitiré que nadie tome lo que es mío y lo disfrute sin castigo. Si permito que herr Cullen, al igual que Laurent Da Revin, sigan vivos después de haberse burlado de mí, otros pensarán que pueden hacer lo mismo. Y cuando se supiera de mi clemencia, mis negocios se resentirían.
—¿Y daríais tanto a Laurent Da Revin por cumplir vuestras órdenes? ¡Pero si fue él quien os metió en este follón! ¿Olvidáis que os vendió a esa muchacha cuando Cullen ya le había pagado setecientos cincuenta dólares por ella? Da Revin os engañó. ¿Cómo podéis ser tan clemente?
—Si me trae a la muchacha, para mí habrá valido la pena. —Aro ahuecó brevemente los labios—. Sino, los peces se alimentarán con su cuerpo antes de que termine el año. Ya ajustaré cuentas con él por haberme estafado, pero será cuando yo lo decida, cuando deje de serme útil... y cuando la chica esté en mis manos. Si para tranquilizarme mata a Cullen... —Aro encogió los gruesos hombros en un gesto de indiferencia— ... tanto mejor. El ahorcado será él, no yo.
Alec aún estaba algo sobrecogido por el hecho de que ese hombre estuviera dispuesto a gastar una suma tan grande por una sola muchacha, cuando normalmente necesitaba cinco o seis rameras para satisfacer sus perversas inclinaciones.
—Con vuestro perdón, señor Vulturi, ¿estáis seguro de que os conviene tratar con un hombre tan indigno de confianza? El viejo Laurent podría volver a estafaros, si le dierais otra ocasión.
—Será su última oportunidad de arreglar las cosas, al menos por un tiempo. Si no puede, morirá. Si puede, le daré los muchos dólares, menos lo que me robó. —El alemán agitó imperiosamente la mano sana—. Tráeme a Da Revin esta misma tarde, para que discuta el asunto con él.
Alec se tocó la frente con dos dedos y procedió a ejecutar su propia versión del antiguo saludo árabe ante su no tan honorable benefactor.
—Vuestros deseos son órdenes, oh, gran señor.
La tarde de compras de los Cullen terminó algo después. Al ver que su esposa estaba fatigada, Jas detuvo el carruaje e hizo que Thaddeus los llevara a dar otro paseo por la ciudad. En esa ocasión la pareja prestó mucha atención a los lugares por los que pasaban: Alice, por curiosidad; Jas, para oficiar de guía experto. Poco después sugirió que podían cenar.
—Si no estáis demasiado cansada, tesoro mío, creo que os gustaría la comida de una posada a la que tengo especial afición. Está apenas a la vuelta de la esquina. ¿Queréis caminar hasta allí? Tras aquel tranquilo paseo en el coche, Alice se sentía muy descansada. Aun dudando que se pudiera superar la calidad de la comida que se servía normalmente en Oakley, estaba muy dispuesta a ir donde fuera con su apuesto esposo. Caminar de su brazo era tan placentero como compartir su lecho, y así lo disfrutaba. Por lo tanto, no puso objeciones.
—El anochecer es absolutamente delicioso, Jasper —dijo, estrechando el brazo de su marido contra su pecho, mientras se dirigían hacia la posada—. Si no fuera porque estoy hambrienta, me contentaría con seguir caminando.
—¿Qué es lo que mejor calmaría vuestro apetito, querida? —preguntó Jas, con un chisporroteo intencionado en los ojos. Y rozó provocativamente con el brazo aquella curva madura.
Alice le sonrió con coquetería a la luz ya tenue. La caricia había despertado sus sentidos con un cosquilleo de excitación.
—¡Todo!
Él lanzó un gemido de fingida frustración.
—Ahora sí que la habéis hecho buena, querida. Me habéis provocado el antojo de tomar una habitación privada aquí, en la ciudad, para apaciguar mi hambre de vos antes de que pase una hora.
Ella le acarició la solapa con familiaridad. Al acercarse la hora de volver a casa tomaba conciencia de que, por primera vez desde que intercambiaron los votos matrimoniales, compartirían la cama toda la noche. Si lo de esa mañana contaba como muestra del éxtasis que provoca la unión de dos seres, cabía suponer que, ocupados en jugar y hacer el amor, ninguno de los dos pensaría siquiera en dormir.
—¡Oh, pero preferiría ir a casa y acostarme en la vuestra. Podríamos cerrar todas las puertas y quedarnos en el lecho hasta que se nos ocurriera buscar otras diversiones. —Eevantó una mirada coqueta—. Tengo un camisón que todavía no habéis visto. Lo reservaba para nuestra primera noche juntos.
Eos ojos verdes brillaron maliciosamente.
—Vuestra oferta está por encima de mi capacidad de resistencia, señora.
—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? —dijo una voz, a poca distancia. Cuando la pareja se volvió a mirar, sorprendida, vio a Laurent Da Revin que les dedicaba una sonrisa alcoholizada, mientras se tambaleaba hacia delante—. Si pudiera creer en lo que ven estos pobres ojos, diría que son mis encantadores parientes, los Cullen.
—Veo que no os molesta faltar a la palabra dada, Da Revin —replicó Jas, irritado—. Habíamos acordado que nos dejaríais en paz.
El hombre, patilludo y desaliñado, giró hacia un costado en un intento por aproximarse a su sobrina, pero su esposo se interpuso de inmediato y la puso a salvo, fuera de su alcance. Solo entonces se enfrentó a la mirada aturdida del borracho, con notable falta de cordialidad.
Inconsciente del hedor a whisky que despedía, Laurent parpadeó ante la maniobra, legañoso.
—¿Qué sucede? ¿Os creéis demasiado gran señor como para tratar con gente como yo?
—Estáis ebrio, Da Revin —lo sermoneó Jas, en tono de mofa—. Id en busca de alguna porqueriza donde dormir hasta que se os pase.
Como con vida propia, los ojos del hombre parecieron rodar en sus cuencas hasta que apretó los párpados con fuerza. Al abrirlos otra vez, meneó tristemente la cabeza, dejando escapar un suspiro.
—No harían más que echarme a la calle otra vez y obligarme a pagar lo que les debo. —Y dejó caer la cabeza para reflexionar sobre su trágica situación, en actitud de profundo abatimiento. Luego emitió un fuerte eructo y, tras frotarse la nariz con la manga cochambrosa, miró a Jas con ojos entornados—. No os opondríais a prestarme unas doscientas de vuestras monedas yankees,
¿verdad, viejo sobrino mío?
—No soy vuestro sobrino —corrigió Jas, en un tono seco—. Y sí, que me opongo a prestaros dinero. Ya os he dado más de lo que merecéis, pero por entonces no tenía otra manera de arrancar a Alice de vuestras garras. En vuestra prisa por venderla, dejasteis claro que nadie os importa. Solo pensáis en vos mismo.
—¡Oh, pero ved el favor que os he hecho al daros a mi sobrina! —arguyó Da Revin, tambaleándose en su ebriedad, como si esperara conmover a Jas con esa lógica.
—No me habéis dado a Alice —corrigió Jas, implacable—. Yo os la compré.
El inglés se volvió hacia su sobrina, tratando de fijar su mirada en ella, con alguna dificultad.
—¿Verdad que el viejo Laurent te ha tratado bien, muchacha? Mira qué elegante estás, tan bien vestida. ¿Me ayudarías por gratitud? —Lanzó en un resoplido más vapores malolientes—. Ni un pelillo, ya veo.
—Apartaos, Da Revin —lo instó Jas, cáustico—. Mi esposa no quiere saber nada de vos.
—¿Qué decís? ¿La niña de mi propia hermana se cree tan importante que no puede tratar con el viejo Laurent? —Sus ojos rojizos llameantes, se volvieron hacia Jas, aunque le costaba mantenerlos allí—. Y vos no sois mejor que ella. Os entrego a esta esposa para que hagáis con ella vuestra voluntad, ¿y acaso me dais las gracias? ¡No! Una bofetada es lo que me daríais, a la primera oportunidad. No está bien que me tratéis así, como si yo fuera bazofia, solo porque paso una mala racha.
—En vuestra confusión, Da Revin, parecéis haber olvidado las condiciones de nuestro contrato
—replicó Jas, cortante—. En ese caso me esforzaré por refrescaros la memoria. Hay cuanto menos treinta testigos que vieron cómo firmasteis un contrato, consciente de lo que perderíais si no os ajustabais a las restricciones allí establecidas. Si volvéis a molestarnos, tendréis que devolver los setecientos cincuenta dólares que os di a cambio de mi esposa. Y creedme que, sí no podéis reponerlos en efectivo, acabaréis trabajando como peón en mi plantación, bajo la dirección personal de Frank Fergus, mi capataz. Y no veréis una jarra de whisky mientras no me hayáis pagado hasta el último dólar. Bien, Da Revin, ¿no os parece mejor dejarnos en paz, antes de que os veáis obligado a trabajar para vivir?
El borracho abrió la boca varias veces, con nueva emisión de vapores apestosos, pero parecía haber perdido momentáneamente la facultad de hablar. Por fin murmuró:
—El dinero no me dura en las manos. Se me escapa como agua entre los dedos. Es una maldición vivir así, sin un céntimo de reserva. —Y se puso una mano temblorosa en la frente. Parecía no tener conciencia de que él pudiera tener alguna culpa de esta situación—. Heme aquí, temiendo por mi vida. Esta también se me escapará como agua entre los dedos si no salto cuando me lo ordenan.
Jas, que no hallaba el menor sentido a los farfulleos del hombre, enlazó el brazo de su esposa para guiar su camino, rodeando a esa esponja humana. Según contaba Alice, cinco meses atrás el hombre había aparecido a la puerta de la humilde cabaña donde ella y su madre habían buscado refugio contra la burla y el desprecio que recibían en Londres, por los cargos de traición presentados contra su padre. Para estupefacción de Evalina Brandon, Da Revin dijo ser su hermano y que se había perdido en el mar a edad muy temprana. Sostuvo que había sido rescatado por piratas, quienes lo redujeron a un estado de servidumbre; por fin, tres años atrás lo habían vendido a un español que, más adelante, lo perdió junto con su dinero en una apuesta contra un inglés. Por fin este había retornado a Londres. Desde un principio Alice dudó de que ese relato fuera auténtico. Jas, al igual que su esposa, no creía en ese parentesco, pues los dos eran tan diferentes como el día de la noche.
La pareja giró en la esquina siguiente y se acercó a una posada, que se alzaba en un sitio apartado, rodeada de jardines bien cuidados y grandes robles. Sus prados le daban un aspecto de residencia particular, pero los deliciosos aromas que salían de sus cocinas llevaban a muchos residentes y viandantes a preguntar por la comida. Jas, que a menudo cenaba en el jardín de la posada, entre los delicados perfumes de rosas, jazmines y otras flores, sospechaba que su esposa disfrutaría tanto de los exquisitos platos como de las zonas privadas.
El propietario, hombre simpático y regordete, corrió a saludarlos con una gran sonrisa en cuanto cruzaron el umbral.
—Oh, pasad, pasad, señor Cullen. Me dijeron que estabais en la ciudad con vuestra encantadora esposa. Por si acaso decidíais traerla, me he tomado la libertad de reservaros 1a mesa habitual en la galería.
Jas no se sorprendió al ver con qué prontitud habían llegado los rumores de su paseo.
Tampoco dejó de apreciar los resultados.
—En Charleston no sucede nada que no llegue a vuestros oídos en menos de una hora, Bertrand. Vuestros parroquianos os mantienen bien informado.
—Hay algo de verdad en eso —confirmó el anfitrión jovialmente, mientras los conducía por el elegante interior hacia un gracioso pórtico, separado de la calle por una artística maraña de hiedra y misterio. Se les había preparado una mesa tras un enrejado de madera, que les brindaría la intimidad que ellos deseaban.
—Esto es encantador —murmuró Alice aliviada, al ocupar la silla que Bertrand le apartaba. Si bien le gustaba que Jas le presentara a sus amigos y conocidos, ansiaba disfrutar de la velada a solas con él, lejos de miradas curiosas y de quienes ansiaban conocerla.
—¿Os gustaría comenzar con una copa de vuestro vino favorito, señor Cullen? — preguntó el posadero—. ¿Y una crema de cangrejo? Mi cocinero asegura que nunca la ha preparado mejor.
—En ese caso será mejor que la probemos —aceptó Jas, riendo. En cuanto el hombre se alejó, él se volvió hacia Alice—: podéis creerlo, querida mía. Nunca habéis probado una crema de cangrejo tan sabrosa como la que nos van a servir.
—Estoy impaciente por saborearla —le aseguró ella, con una sonrisa ansiosa. No se había percatado de lo hambrienta que estaba; con solo pensar en la comida se le hacía la boca agua.
Un viento cálido cargado con el olor del mar agitaba los bordes del mantel de hilo blanco. Una lámpara ornamentada los envolvía con una suave aura de luz. A lo largo de la galería adornada de enredaderas se veían otros puntos de luz, todos insertados en medio de una noche casi mágica, que poblaban las luciérnagas y los melodiosos sones de un arpa. Alice paseó en derredor una mirada satisfecha.
—¡Qué estupendo lugar, Jasper! ¡Y qué manera deliciosa de terminar nuestra primera tarde de compras! Gracias por traerme.
Jas sonrió, agradecido al ver que el encuentro con Laurent Da Revin no había alterado a su esposa. Sin duda alguna, ella tenía motivos para odiar a ese hombre por lo que le había hecho a su madre. Sin embargo, al menos por el momento, parecía haberlo apartado de su mente.
Mientras sumergía los ojos en esos lagos verde agua, recordó aquel momento de ensueño, antes de volver a la realidad, después de hacer el amor. Nunca había imaginado que un simple mortal pudiera experimentar semejante placer; le estudió la cara como si él fuera una especie de dios. Pero él también estaba sorprendido por la inmensa felicidad que le había inundado, durante su unión con ella en los íntimos ritos del amor. Solo podía atribuir semejante dicha a la buena suerte de haber hallado a la mujer con la que había soñado desde hacía mucho tiempo.
Hasta entonces a Jas nunca le había asustado la posibilidad de sentirse solo. Después de todo, contaba con su hermano, su cuñada, amigos íntimos a quienes tenía en gran estima y muchos conocidos, que siempre lo invitaban a cacerías y otras actividades.
No obstante comenzaba a sospechar que, en la última década, su corazón sufría por esa compañera dulce y amorosa que, según los poemas románticos, debía llegar tarde o temprano; su otra mitad, por así decirlo, la que estaba destinada a completar la entidad en la que se convertirían. A lo largo de ese paseo había disfrutado! indeciblemente de la compañía de Alice, de sus sonrisas enamoradas y de sus dulces arrullos de admiración. Lo que experimentaba estaba muy lejos de la rígida reserva que había mantenido en las reuniones sociales a las que la había llevado en ese par de semanas. Sus tiernas miradas y su melodiosa voz bastaban para convencerlo de que todo iba bien en su vida.
Alice, al ver el sutil juego de las emociones en esos ojos esmeralda, trató en vano de leer sus pensamientos. Por fin renunció al inútil intento e inclinó la cabeza con una sonrisa intrigada.
—¿En qué pensáis, Jasper?
—Solo reflexionaba sobre lo afortunado que soy querida —murmuró él, cogiéndole la mano por encima de la mesa—. Hasta el momento en que aparecisteis en mi vida no creía posible hallar a la mujer con la que soñaba. —Acarició con el pulgar la suave curva interior de la palma, mientras clavaba sus ojos en los de ella—. A veces, cuando pienso en los misterios de la vida, comienzo a pensar que estábamos mutuamente destinados desde el principio de los tiempos. No hace mucho, cometí la tontería de hacer mentalmente una lista de todos los requisitos que una esposa debía satisfacer para complacerme, aunque desesperaba de sentirme satisfecho una vez casado. Solo cuando aparecisteis en mi vida, empecé a percibir un cambio en mi manera de pensar. Ahora descubro que llenáis todas las facetas de esos requisitos conyugales que una vez deseé... y también algunas que entonces no tuve en cuenta.
Conmovida por sus palabras y por la caricia sutil e íntima de su pulgar, Alice solo pudo admitir sus propios sentimientos.
—Algunas mañanas despierto antes de que asome el sol y reflexiono sobre el rumbo que ha tomado mi vida. A veces me pregunto si la situación en que mi madre y yo nos encontrábamos en Inglaterra podría haber mejorado, si mi padre hubiera sido absuelto después de su fallecimiento, o si hubiéramos seguido sufriendo privaciones. La pérdida de mis padres me afectó mucho. Durante un tiempo, lamenté ese viaje a través del mar que se llevó la vida de mi madre. Sin embargo, tal vez ella habría muerto de pena si nos hubiéramos quedado en Inglaterra. En ese caso no os habría conocido y no tendría idea de lo que me perdía. Es extraño, pero ahora siento que estoy en el sitio que me corresponde con vos.
—Yo estoy infinitamente agradecido por vuestra presencia en mi vida, querida, aunque vuestra llegada casi provoca mi muerte.
Alice rió como una niñita ante esa provocativa muestra de humor.
—No sabéis lo cerca que estuvisteis de recibir una bofetada cuando me alzasteis en brazos. Me ofendió mucho que tuvierais la audacia de tocarme, pero luego probé el polvo del coche que pasaba y comprendí que me habíais salvado de ser arrollada.
Jas inclinó la oscura cabeza.
—Serviros fue un gran placer, señora Cullen.
—Señora Cullen —repitió ella, feliz—. ¡Qué bonito suena en vuestros labios! Muy posesivo, en verdad. —Sus ojos centellearon al reacomodar la servilleta en el regazo—. Tal vez deberíamos ir a un cuarto aquí, en Charleston, después de todo.
Los ojos verdes chispearon divertidos, pero él meneó la cabeza en una lenta negativa.
—De ningún modo, querida. Habéis despertado mi curiosidad con respecto a ese camisón. Combatiría contra un ejército entero antes que privarme de la oportunidad de veros vestida con él. Más explícitamente, del placer que me brindará apartarlo de vuestros apetitosos pechos y hacerlo descender por vuestros blancos muslos.
—Chist. —Alice paseó en derredor una mirada nerviosa—. Alguien podría oíros y pensar lo peor.
Sus ojos brillantes se fundieron con los suyos.
—Estamos recién casados, querida mía. Solo un timorato podría considerarnos depravados.
Una ligera inclinación de cabeza reveló a Jas que se aproximaba el camarero, con las copas de vino en una bandeja. Después de guiñarle un ojo con una provocativa sonrisa, se acomodó en la silla para esperar al hombre. Aun así, ambos mantuvieron los dedos entrelazados.
Como plato principal disfrutaron de pechugas de pato en salsa de vino de Oporto, con arroz silvestre y una selección de hortalizas. Aunque para Alice cada plato era una verdadera delicia, el budín de pan con salsa al ron ganó su voto por ser el más exquisito. Solo cuando llegaron las tazas de café pensó Jas en pedir té para su esposa.
—Probaré el café —aceptó ella, antes de que su esposo pudiera llamar nuevamente al camarero. Él enarcó una ceja, dubitativo.
—¿Estáis segura? El café podría manteneros despierta toda la noche. Las comisuras de la boca femenina se curvaron hacia arriba, coquetas.
—¿Planeabais acaso dejarme dormir?
—Bebed ese café, señora —le urgió Jas. Las tensas depresiones de sus mejillas daban a la sonrisa un encanto pícaro e irresistible, sobre todo para la joven esposa, que ya estaba completamente cautivada. Él alzó su taza en un brindis silencioso—. Tenemos una larga noche por delante.
Bueno yo amo a este Jasper es tan detallista con nuestra Alice
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