Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 10
Por las puertas acristaladas y las ventanas del dormitorio principal penetraba una brisa fresca debido a la lluvia, haciendo ondear los paños de encaje entre las cortinas de terciopelo verde, elegantemente sujetas por trenzas de seda. A través de las ondulantes divisiones se filtraba el sol, casi caprichoso tras haber penetrado por las ramas oscilantes del roble que crecía junto al extremo de la casa. A veces, los rayos cruzaban el follaje sin dificultad y, como una espada de luz, atravesaban los cristales de la ventana, cegando a quien los mirara. En otros momentos, las hojas temblorosas los dispersaban en todas direcciones, como luciérnagas que retozaran en despreocupado abandono.
Cualquiera que fuese la forma de ese fulgor caprichoso, parecía decidido a buscar algún néctar sublime en el cuerpo femenino que yacía entre las sábanas revueltas. Los rayos deslumbrantes arrancaban destellos a los mechones rojizos que se rizaban sobre la almohada, en glorioso desorden, y se perseguían por entre las oscuras pestañas de los párpados, cerrados en un sueño profundo y sereno. Pero cuando se disfrazaba de chispas diminutas parecía hallar un placer especial en bailar sobre los montículos parcialmente escondidos por la blanca sábana, ribeteada de encaje bordado.
Unos dedos bronceados se estiraron para retirar la tela con cautelosa diligencia, descubriendo a la luz moteada el cuerpo claro y lustroso. De pie al borde de la cama, alto y desnudo, Jas contempló lentamente la silueta curvilínea, ahora iluminada por el caprichoso fulgor del círculo solar. Era casi como verse ante un festín; uno no sabía por dónde empezar.
Flexionando una rodilla contra el colchón, Jas se inclinó hacía el lecho hasta quedar apoyado en un codo junto a su esposa dormida. Durante un largo instante no hizo intento alguno de tocarla; se limitó a admirar sus primorosas facciones y los labios, suavemente entreabiertos; pero la tentación de hacer algo más resultó más fuerte que su voluntad. Leve como un ala de mariposa, su boca acarició la de ella con besos fugaces, separando los labios hasta que comenzaron a responder. El cuello blanco era un sendero hacia terrenos más tentadores; no pasó mucho tiempo sin que él saboreara la dulzura de una cima delicadamente coloreada. Alice, con una sonrisa soñolienta, enhebró los finos dedos en el pelo corto de su nuca, arqueando la espalda para mejor recibir sus atenciones. Él se las brindó de buena gana, con ardiente dedicación hasta hacer que se retorciera bajo tan deliciosa invasión.
—Basta, Jasper, por favor —rogó Alice. Contra su voluntad, se descubría avanzando hacia el mismo éxtasis al que él la había llevado una y otra vez durante la noche—. Voy a desmayarme.
Él la apretó contra la cama y sonrió a aquellos ojos, ya encendidos por el deseo.
—¿Por qué me ordenáis detenerme, querida?
Alice recorrió con un dedo el perfil masculino; el aroma de su colonia atravesaba sus sentidos con la fuerza de una maravillosa esencia. La luz matinal bañaba los rasgos cincelados de una mejilla bronceada, el contorno musculoso de un brazo y un hombro,
acentuando su aspecto viril. Si un dios griego tallado en piedra, hubiera cobrado vida, no podría haberle provocado mayor admiración.
Continuó con su inspección recorriendo los fascinantes surcos que marcaban las hermosas mejillas. Desde lejos, quien no lo conociera podía tomarlas por pequeñas cicatrices, si bien cautivadoras, a no ser porque desaparecían por completo cuando él asumía una expresión solemne. Con la misma celeridad se acentuaban cuando estaba de buen humor.
Durante el breve tiempo de su matrimonio, Alice era consciente de lo mucho que le costaba creer en su buena suerte. Ser la esposa de un hombre como ese parecía estar reservado a damas más dignas y altaneras, no para alguien que apenas había dejado atrás los difíciles años de la pubertad. Con la misma frecuencia se preguntaba cuándo despertaría para descubrir que todo aquello había sido solo un hermoso sueño.
—Porque quiero esperaros.
—¿De veras? —Jas, sonriente, inclinó ía cabeza con curiosidad, mientras su mano se detenía—. ¿No os gustan mis caricias?
Bajo sus ardientes ojos, un rubor inundó las mejillas de la joven.
—Tanto, Jasper, que me hacen olvidar todo lo demás. Me arrebata la felicidad que creáis dentro de mí. Pero disfruto de ese placer mucho más cuando estamos unidos y compartimos la experiencia como marido y mujer.
Él le estudió el rostro, sorprendido por esas ansias de unión. Apenas uno o dos días atrás sospechaba algo muy diferente de la mujer con quien se había casado.
—¿No estáis demasiado dolorida por nuestra noche de amor?
Aunque Alice bajó la mirada, rehuyendo aquella penetrante observación, su boca se curvó atractivamente hacia arriba.
—Cuando calmáis el dolor lo olvido por completo. Los labios de Jas se contrajeron al bromear:
—¿Mis partes pudendas ya no os asustan, señora?
Las mejillas se inundaron de color, pero sacudió la cabeza en una decidida negativa.
—Hacéis que desee todo lo vuestro.
Deseoso de complacer a su hermosa mujer, Jas descendió hacia ella. Pero la sorpresa encendió muy pronto el rostro de Alice al comprender que tenía otros planes. Sus ojos centelleaban como los de un niño fastidiando a una pequeña con trenzas. Solo que eso no era un juego de niños, sino el de una pareja dedicada a extraer placeres exóticos a cada instante del preludio. Alice se convirtió en una voluntaria espectadora, mientras él utilizaba su miembro viril para despertar esa parte de su cuerpo más sensible al estímulo. Experimentó la misma excitación, los mismos sofocos que había notado en él durante el paseo en coche. No obstante, si él tuvo que quedarse con las pasiones insaciadas hasta el momento de llegar al lecho, ella tenía todas las esperanzas de alcanzar esa cumbre mucho antes de haber abandonado sus blandos confínes.
Apartó la cabeza de la almohada para besarlo en las cejas, las mejillas, la nariz y el suave hoyuelo del mentón, apreciando todo cuanto veía. Al reclamar sus labios, pronto obtuvo una ardiente respuesta. Bocas y lenguas se unieron en una búsqueda desesperada. Y él seguía provocándola, frotándose contra la húmeda suavidad, rozando audazmente los bordes exteriores, hasta sentirla asaltada por estremecimientos cada vez más potentes. Incapaz de sofocar un gemido, Alice se elevó hacia él en una ansiosa búsqueda del acero ardiente. Jas rió por lo bajo ante esa impaciencia y, cediendo a sus instancias, presionó a fondo, dejándola sin aliento ante las oleadas de placer que se abatían sobre ella. Mientras acariciaba las fuertes costillas, Alice le susurró al oído que, realmente, había sido creada para él. Un momento después seguía su ritmo acelerado con la creciente necesidad de complacer y ser apaciguada.
Alice sujetó la sábana sobre el pecho y, pese a las restricciones del improvisado camisón, cruzó la habitación hacia la ventana del este, desde donde podía ver el mundo exterior. Jas le había informado que era preciso esperar a que el baño se enfriara antes del poder utilizarlo. Mientras tanto ella quiso familiarizarse con sus nuevos dominios y admirar todos los paisajes que se ofrecían a su vista desde la alcoba principal.
Jasper se estaba afeitando en el cuarto de baño, canturreandó para sus adentros, lo cual evidenciaba su buen humor tras una noche consagrada a los deleites sensuales y, más recientemente, el regreso de un nirvana privado. Aunque Alice no sabía mucho de voces, se inclinaba por creer que él podía cantar bastante bien como barítono; al menos tarareaba sin desafinar. Para un juicio definitivo, sin embargo, hacía falta que él centrara una canción. Cualquier recién casada tiene mucho que descubrir sobre su esposo; en su caso, más aún, puesto que unas pocas horas antes de pronunciar los votos matrimoniales eran dos perfectos desconocidos.
Apartó un paño de seda para contemplar el paisaje desde la ventana, sonriendo al ver a los primeros potrillos destetados en una verde pradera, más allá del establo. Al parecer, el frescor que bendecía la campiña los llenaba de energía, pues se perseguían mutuamente. Ella pensó pedir a su esposo que la llevara pronto a cabalgar y le mostrara parte de la plantación. Con tantos cientos de hectáreas como poseía, era difícil que pudiera verla toda en una sola tarde, pero debía comenzar por alguna parte. Además, llevaba casi un año sin montar; si bien deseaba poner a prueba su habilidad, al igual que esos potrillos, no confiaba mucho en su resistencia.
Al apartarse de allí, Alice notó que el escritorio estaba inclinado de manera que recibía toda la luz que penetraba por la ventana y las puertas acristaladas. Sobre la cubierta de fina piel repujada se veía un par de tinteros de cristal, cuyo soporte sostenía una estatuilla de bronce con forma de caballo y una estilizada copa para la pluma. A un lado vio un cuchillo curvo; su mano imitaba la cabeza de un carnero. Aunque era demasiado grande para cortapapeles, probablemente cumplía esa función. El peligro era que se deslizara hasta alcanzar la mano o un dedo, pues el acero parecía decididamente afilado.
Su mirada se posó en un volumen abierto, encuadernado en piel Con creciente curiosidad, Alice lo cogió para ver el título. Tenía entre sus manos un ejemplar de Cantos de la frontera escocesa, de sir Walter Scott, una selección de poemas publicados en Gran Bretaña el año anterior, que habían tenido una gran acogida. Se había vendido tan bien que muchos lectores de sir Walter quedaron sin su ejemplar. Al ver el libro allí, en las Carolinas, se sorprendió de los recursos de que disponía su esposo.
Mientras lo hojeaba notó que los bordes de las páginas estaban pulcramente cortadas, sin duda con el cuchillo que acababa de ver. Era obvio que Jas había preparado el libro para la lectura; a juzgar por la presencia de un marcapáginas cerca del centro, aún disfrutaba de ese pasatiempo especial.
Alice sonrió ante la idea de que su esposo, la quintaesencia de lo masculino, deseara leer ese volumen. Cuanto Jas hacía expresaba una virilidad tan potente que resultaba difícil imaginarlo apreciando la poesía. Más pronunciado que el placer de la lectura era su amor por los caballos, su habilidad con las armas de fuego, su dedicación al trabajo, a la plantación, a la empresa naviera y al aserradero que poseía a medias con su hermano. Y además, sus atributos tan masculinos, algunos de los cuales la hacían ruborizar de secreto placer con solo recordarlos.
—Nuestro baño está a punto, querida —anunció él, saliendo del cuarto de baño con una somera toalla de hilo envuelta a las estrechas caderas—. ¿Venís?
—Como una obediente servidora —respondió ella, haciéndole una juguetona reverencia.
Jas apoyó los puños contra la delgada cintura e, imitando el ceño de algún temible faraón, la miró levantando la noble nariz en alto y enarcando una oscura ceja.
—¿Servidora, decís?
—Sí, mi señor —respondió Alice, fingiendo una humilde sumisión—. El menor de vuestros deseos es para mí una orden.
—¿De verdad?
Ella le echó una mirada suspicaz y decidió no confiar en el destello travieso de sus ojos. La sonrisa con que respondió recordaba la mueca de un duende.
—Es evidente que una dama tiene sus reservas, querido.
—Comprendo. —Él proyectó reflexivamente el mentón hacia delante—. ¿Si os pidiera que me frotarais la espalda? Alice bajó la cabeza en señal de asentimiento.
—Creo poder hacerlo muy bien, querido, pero solo si vos fregáis primero la mía.
—Acordado.
Jas dio la vuelta en redondo para volver al cuarto de baño, mientras la joven se esforzaba por seguirlo, a pesar de que la sabana se empeñaba en desprenderse y hacerla tropezar. Por fin se detuvo a reajustar la improvisada vestidura y, recogiendo el borde inferior, se apresuró a reunirse con él.
La bañera de cobre, grande y alargada, ocupaba gran parte de la habitación y, tal como ella había descubierto el día anterior, podía albergarlos cómodamente a ambos. Jas se detuvo para arrojar la toalla a un lado, con lo que su esposa tuvo plena conciencia de su creciente patrimonio, esos mismos bienes que ella había recordado, ruborizada, momentos antes. El rubor que ahora le inundaba las mejillas no se relacionaba con la vergüenza, sino con una cálida admiración por todo lo que tenía a la vista.
—Parecéis distraída, querida —desafió él, mirándola de soslayo con una sonrisa medio lasciva.
—También vos, querido —replicó ella, con intención.
—Sí —admitió Jas—. Es una debilidad que padezco en vuestra presencia.
—No veo debilidad alguna, querido.
Con toda deliberación, Alice, dejó colgar el extremo de la sábana que le ceñía el busto y, con un movimiento de torsión, aceleró su caída hacia el suelo, con lo que captó la inmediata atención de su marido. Luego, mordiéndose el labio sonriente, se adelantó provocativamente para reclamar el objeto de su interés, lo cual dejó a Jas sin aliento.
—Confío en que no os exhibáis ante otras mujeres con tanta desenvoltura como lo hacéis ante mí, querido —dijo, con bastante sinceridad—. Ahora que somos realmente marido y mujer, no tendría inconvenientes en defender mis derechos sobre vos con uñas y dientes.
—Lo que tenéis en esa codiciosa manita, querida, es todo vuestro —le aseguró él, evitando cuidadosamente cualquier mención de pasadas aventuras—. En cuanto a Charlotte, no tenéis de qué preocuparos. Creedlo, por favor.
Alice le sonrió, mientras él le deslizaba un brazo por la espalda.
—Siempre que vos comprendáis lo que provocaría mi enfado.
—Lo comprendo perfectamente, querida, pues yo también me ofendería mucho si os viera brindar vuestras atenciones a otro hombre. —El alargó una mano para ayudarla a entrar en la bañera-—. El agua se está enfriando.
Aunque con ciertas reservas, Alice estudió primero la tina; luego, las largas piernas de su marido.
—¿No creéis que esta vez deberíais entrar el primero, Jasper? Ayer nos sentamos en extremos opuestos, pero no resultó tan cómodo como sí lo hiciéramos juntos.
Jas inclinó la cabeza con una gran sonrisa, reconociendo de buena gana la verdad de esa aseveración.
—No quería cometer la grosería de entrar el primero ni de decidir cómo debían ser las cosas, querida, pero tenéis razón, por supuesto. Será mucho más cómodo si nos sentamos los dos en el mismo extremo.
Algunos instantes después Alice se recostaba contra el pecho de su marido, mientras él enjabonaba las colinas y los valles de su pecho y de otros tentadores territorios a su alcance.
—Me gustaría que nuestros vecinos os echasen un vistazo, señora Cullen.
—¿Un vistazo? —Ella casi ronroneaba por sus atenciones, pero aun así experimentó curiosidad—. ¿A qué os referís, Jasper?
—A que puedan veros, desde luego.
La muchacha le dirigió una coqueta mirada por encima de su hombro.
—¿Tal como estoy ahora, Jasper? Creo que antes debería vestirme... a menos que no os importe que vuestros amigos me vean completamente desnuda.
—Ya lo creo que sí, querida —susurró él, besuqueándole una oreja. Luego se inclinó para dar un mordisco juguetón al primoroso lóbulo, mientras deslizaba la mano hasta abarcar un pecho redondo. Al contemplar la delicada protuberancia rosada que asomaba entre sus dedos, se maravilló de lo clara y lustrosa que era la piel femenina, comparada con la suya.
—Hace varios días, cuando hablé con el reverendo Parsons, me obligó prácticamente a prometer que iríamos este domingo a la reunión social de la iglesia. Será una oportunidad de que conozcáis a varios vecinos más antes del baile.
—Por casualidad, ¿estará Charlotte allí?
—¡Muchacha! —bramó él, en tono de broma.
Y le arrojó agua a la cara, arrancándole un chillido de protesta, Ella le devolvió el favor, con lo que pronto estuvieron envueltos en un enfrentamiento de grandes proporciones. Algo después, cubiertos solo con toallas, observaron el gran círculo de agua que rodeaba la bañera. Como si fueran niños, iniciaron una carrera por ver quién podía limpiar más charcos antes de que la tarea quedara completa. El juego requería, decididamente, que Alice correteara bastante. La muchacha pisoteaba sin miramientos los huesudos pies de su marido, en un esfuerzo por llegar la primera a una zona mojada, o le pellizcaba el trasero para obligarlo a apartarse de inmediato.
Igualmente divertido era correr tras él mientras estaba secando el suelo y meter la mano bajo la toalla, bien por delante de sus nalgas, con lo cual lo obligaba a erguirse como un resorte bien tensado. No obstante, cuando se invertían las posiciones, la historia resultaba muy diferente, cuando menos desde el punto de vista de Alice, que no tenía reparos en chillar, patalear como muestra de irritación y amenazarlo con nefastas consecuencias por su audacia al acosarla de modo tan lascivo. Desde luego, eso no hacía más que incitar a su esposo a hacerlo una vez más.
Poco después, Alice abandonó las habitaciones principales, vestida solo con un vaporoso albornoz, y entró en el que había sido su dormitorio, desde donde tocó la campanilla para llamar a Cora. Escogió un suave vestido de muselina blanca, adornado por un corselete de satén azul y con estrechas bandas verticales, bordadas en el mismo tono, sobre el que se habían aplicado diminutas flores de color azul celeste. Después de ponerse las medias y la camisola en el momento en el que estaba pasándose el vestido por la cabeza llegó el ama de llaves, acompañada por una joven negra a quien presentó como su prima Tizzy.
—El señor Jasper dijo que usted necesitaría una doncella, señora Alice. Tizzy trabajaba para una pareja de Virginia, pero la semana pasada su papá fue por ella con una carta del señor Jasper y una bolsa de monedas para comprarla.
—¿Eso significa que es esclava? —preguntó Alice, al ver una fea marca en la mejilla de la joven.
—Pues... tendrá que trabajar para el amo hasta devolverle lo que dio por ella. Claro que eso no será tan duro, con lo amable que es el señor Jasper. ¡Todo un caballero!
Ella sujetó el mentón de la muchacha para inspeccionar el corte.
—¿Qué te ha sucedido en la cara, Tizzy?
—Mi antiguo amo vino a casa más borracho que un petirrojo después de comer bayas fermentadas. Y empezó a azotar a todo el mundo. También a su señora. Yo traté de ayudar a la señora Clare, que ha sido siempre como un ángel para mí. Entonces el amo Horace cogió un cuchillo y se volvió hacia mí, furioso. Antes de que pudiera apartarme, me cortó la mejilla. Si la señora Clare no lo hubiera golpeado con un jarrón en la nuca, a estas horas yo no estaría aquí. Después la señora Clare mandó un jinete a casa de mis padres, para que buscaran la manera de llevarme a casa. Mi papá vino inmediatamente a Oakley y preguntó al señor Jasper si podía ayudarme. —Tizzy abrió los brazos con una amplia sonrisa—. Y aquí estoy.
Alice rió ante su exuberancia.
—Mi esposo es muy galante, Tizzy. De eso no tengo duda alguna. En mi caso, un tío estafador quería venderme a un hombre horrible, pero el señor Jasper vino en mi defensa cuando más necesitaba de un salvador.
—¿Que la vendieron... como a mí, señora Alice? —preguntó la sirvienta, asombrada. Ella asintió.
—Sí, Tizzy, igual que a ti. Por lo que tengo entendido, en este país se han vendido casi tantos blancos como negros, solo que la mayoría no son esclavos, sino siervos para siempre. Muchos fueron presos transportados desde Irlanda y Escocia. Triste es decir algunas de esas pobres almas han sido condenadas por sus amos a una vida de intolerables privaciones. Tú y yo hemos tenido la suerte de hallar un refugio seguro en casa del señor Jasper.
Tizzy meneó la cabeza, sin poder absorber tantas cosas extrañas.
—Me han dicho que a los blancos también los vendían en servidumbre, señora Alice, pero nunca pensé que mi ama sería casi como una esclava.
De los labios de Alice manó una suave risa.
—Si no lo soy debo agradecérselo a mi esposo, que no solamente me salvó de los crueles planes de mi tío, sino que además te ha traído para que me ayudes. Ya no sé qué hacer con mi pelo.
—No se preocupe más, señora Alice, que ahora estoy yo para ocuparme de eso, gracias al señor Jasper. Sí que es un gran caballero, señora. Mi papá siempre lo ha dicho. No sé qué me habría pasado si el señor Jasper no me hubiese comprado.
—Me alegra infinitamente que el señor Jasper haya querido comprarnos a ambas, Tizzy. La joven negra rió, plenamente de acuerdo.
—Sí, señora. Yo también.
Tizzy no tardó mucho en arreglar el abundante cabello rojizo en un peinado encantador. Como último toque, añadió estrechas cintas de satén azul sobre un manojo de bucles atados en lo, alto de la cabeza.
Ya vestida y peinada, Alice bailó ante la luna del espejo» calzada con zapatillas azules.
—¿Cómo estoy, Tizzy?; '•
—¡Her-mo-sa, señora Alice!
Los muros del comedor estaban ricamente decorados en trampantojo, lo que creaba la ilusión óptica de que, al otro lado de la larga mesa de caoba, rodeada de sillas Chippendale, había una alegre fuente rodeada por un jardín. El mayordomo, siempre elegante con su almidonada chaqueta blanca y sus calzones negros, medias y zapatos de hebilla, estaba ya llenando los platos. En el aparador se veía una gran fuente de plata con fruta fresca.
—Buenos días, Kingston —saludó Alice al entrar, con una alegre sonrisa.
La cara del negro se iluminó en una ancha sonrisa de blancos dientes. Cora ya había hecho correr la voz de que la nueva señora estaba instalada en las habitaciones del amo desde la mañana del día anterior. En opinión de Kingston, eso convertía a Oakley en un lugar perfecto, tanto como era posible hasta que comenzaran a llegar los vastagos. Solo entonces se lograría el ideal.
—Buenos días tenga usted también, señora Alice. Sí que pinta como buen día, este.
—Parece haber refrescado, para variar —comentó ella, mientras se dejaba caer en una silla, cerca de la cabecera—. Está algo más fresco, ¿verdad?
—Sí, señora, seguro. —Kingston cogió una tetera de plata para llenarle la taza—. El señor Jasper me ha dicho que donde usted vivía antes hace más frío que aquí, casi siempre. Él estuvo allá cuando era poco más que un crío, pero dice que al regreso le costó habituarse de nuevo al clima. —El mayordomo sacudió la cabeza gris, riendo—. Supongo que usted ha sufrido mucho con estos calores. Tiene que estar arrepentida de haber cruzado el mar.
—A veces el calor se me ha hecho intolerable, sí—reconoció ella, riendo entre dientes—.
Sobre todo porque el día más cálido de Inglaterra es mucho más fresco que el de hoy.
Kingston frunció los labios, reflexionando sobre ese comentario.
—¿Cómo llaman los ingleses a los días como estos últimos, señora Alice?
—Infernales —respondió ella, en un tono divertido que arrancó una grave risa al negro—. Dicen que si los colonos pudieron independizarse de Inglaterra fue, entre otras cosas, porque los soldados británicos iban al combate con cuellos duros, pantalones de lana y gruesas chaquetas rojas abotonadas hasta el mentón, mientras que los yankees vestían más apropiadamente. — Después de aceptar un panecillo caliente de la panera que el sirviente le ofrecía, elevó los ojos al cielo para acentuar su lamentación—. Después de haber pasado el mes de julio en Carolina, Kingston, me inclino a pensar que los soldados ingleses sucumbieron tanto al calor como a las balas enemigas. Realmente hubo un par de días en que temí que me sucediera lo mismo.
El mayordomo echó la cabeza hacia atrás con una carcajada divertida.
—¡Y aún no ha visto nada, señora! —le advirtió jovialmente—.Prepárese para cuando llegue agosto. Pero sí, señora, sabía lo de esos soldados. Y hay quien dice que ganamos la guerra porque ellos iban a la batalla marchando hombro con hombro, mientras que los nuestros se escondían detrás de los árboles y los liquidaban como a moscas. Los indios nos enseñaron a ser bien astutos, porque así era como nos mataban. Hace mucho, más de veinte años, veía ingleses a montones, pero siempre escapaban antes de que se les ocurriera usarme para practicar puntería.
Un momento antes Jas se había detenido en el umbral de la puerta, a fin de admirar a su esposa en ese ambiente ajardinado. Al verla reconsideró el desdén que siempre le había merecido ese decorado. En otros tiempos, esos murales le parecían demasiado vistosos para sus gustos sobrios, pese a que muchos ciudadanos de Charleston tendían a embellecer los vestíbulos y otras habitaciones con motivos similares. Pero la serena belleza de su esposa; parecía casar muy bien con la tranquila escena del jardín. Cuando sus brillantes ojos se posaron en él, se sintió inmensamente bendecido, pues le dedicaban una sonrisa de bienvenida con todo el brillo de una estrella diurna.
Alice disfrutó de un momentáneo orgullo al contemplar a su esposo. Incuestionablemente, ese cuerpo alto y viril, esas hermosas facciones, merecían toda la atención que las mujeres solían brindarle. El día anterior había notado que las señoritas de buena familia lo miraban con discreta reserva en las calles de Charíeston. Pero además, cuando bajó brevemente del carruaje para hablar con sus trabajadores en los muelles, varias rameras habían interrumpido su búsqueda para estudiarlo con descaro. Aun durante un breve paseo por la zona más elegante de la ciudad Alice había descubierto a una bonita señorita que trataba de disimular su repentina confusión, tras haber sido sorprendida mientras lo contemplaba boquiabierta. Pocos segundos después, una sombrilla descendió apresuradamente para ocultar el rubor de una mujer que bien podía tener treinta años.
Aunque más esbelto que su hermano, Jas era igualmente atlético y proporcionado. Tras haber estudiado los retratos de sus padres, Alice había decidido que Jas, al igual que Edward, se parecía al padre de constitución robusta, tanto en la cara como en la coloración; pero su esposo parecía haber heredado los finos huesos de su madre, quien, según él mismo decía, era esbelta como un junco hasta el día de su muerte.
En ese momento vestía una camisa blanca, de mangas anchas, pantalones de montar de color gris oscuro y botas negras, todo lo cual se ajustaba a la delgadez de su silueta. Cuando se aproximo, la sonrisa perezosa e hipnótica que le curvaba los labios resbaló sobre Alice como una caricia.
Jas se detuvo tras la silla de su esposa y le dio un cariñoso beso en la frente. Desde que la vio allí, deseó besarla más profundamente, pero una demostración de ese tipo habría escandalizado al mayordomo.
—Estáis radiante, querida mía —aseguró—. Confío en que estéis satisfecha con vuestra nueva doncella.
—Mucho.
Los ojos verdes centellearon con cálida aprobación, mientras la recorrían lentamente: desde el encantador peinado hasta las finas zapatillas azules.
—Por lo que me dice vuestro aspecto, Tizzy ha recreado a la perfección el encanto imperial.
Dicho de otra manera, querida, parecéis un ángel.
Alice bajó la cabeza, agradecida por esos halagos.
—Sois muy gentil, querido, no solo por vuestros elogios, sino por haber traído a Tizzy para que me sirviera de doncella. Creo que, mientras esté en sus manos, no necesitaré preocuparme por mi pelo, mi ropa, ni cosa alguna.
—Puesto que Cora tiene tanto que hacer como ama de llaves, me vi obligado a estudiar otras opciones para vos. Además, debía cuidar lo que para mí es un orgullo. —Sus labios se torcieron brevemente en un amago de sonrisa, mientras imitaba la actitud altanera de algún gran señor—. Es un gran alimento para mi vanidad, esto de pasear con una bella dama, exquisitamente vestida, mientras todos se vuelven para mirarla con admiración.
Alice, riendo con alegría, alzó una mano para descartar esa lógica tan simple.
—No necesitáis alimentar vuestro orgullo con mi aspecto personal, señor. Basta con que echéis una mirada en derredor la próxima vez que vayáis a Charíeston. Tal vez no reparasteis en todas las jóvenes bonitas que se estremecían al veros, señor Cullen, pero yo sí. Y la verdad no fue muy bueno para mi amor propio.
—¿Y qué decís de los hombres que babeaban por vos, señora Cullen?
Ella fingió encontrar divertido un terna que, a veces, le preocupaba profundamente. Si las mujeres lo adoraban tanto, seguro que recibiría constantes invitaciones a compartir otros lechos.
—He visto mucho más de lo primero que de lo segundo, querido. La verdad, me pregunto a cuántas doncellas habréis manejado a voluntad.
—Despreocupaos, querida —murmuró él, inclinándose con otra sonrisa cautivadora—. Solo tengo ojos para vos.
Y puso fin al asunto con un suave beso en los labios. Cuando se enderezó se encontraron solos en una situación ideal para un beso más intenso, cálido y apasionante.
Alice río, temblorosa, al descubrir con cierta sorpresa que había enhebrado los dedos en el pelo corto y rizado de su nuca. Reclinándose en la silla, lo miró con ojos brillantes.
—Vuestros besos me marean —susurró—. Desde el principio, han sido como un vino que me roba la voluntad y la fuerza.
Jas se llevó a los labios aquellos finos dedos.
—Pues en mí vuestra sonrisa causa el mismo efecto, querida. Y dio un paso atrás, con un mágico guiño y una sonrisa hipnótica que aceleraron el corazón de Alice; luego tomó asiento a la cabecera de la mesa. Desde la noche de bodas había decidido tenerla cerca mientras comían. Desde allí le bastaba con extender una mano para tocarla.
—¿Habéis dormido algo anoche, querida? —preguntó, mientras desplegaba una servilleta de hilo sobre su regazo.
Al recordar las recientes horas de amor, Alice enrojeció de placer.
—Bastante, gracias —respondió, llevándose la taza de té a los labios sonrientes—. ¿Y vos? Los ojos verdes la acariciaron, centelleantes.
—En realidad, no recuerdo haber dormido... ni haberos permitido dormir. Pero debo de haberlo hecho, pues me siento estupendamente relajado y lleno de vigor. Aunque tal vez no se deba al descanso.
Ante el súbito rubor de sus mejillas, él adivinó que la había sorprendido pensando en los momentos de intimidad compartidos. Bajo su mirada inquisitiva y sonriente, Alice solo pudo sonreír y encogerse de hombros, admitiendo tales pensamientos. Él volvió a cogerle la mano para llevársela a los labios, mientras sus ojos se fundían en una ardiente mirada. Sus cálidos besos que apenas rozaban los dedos de la joven, la hicieron estremecerse.
—Santo cielo, querido —logró decir, sofocada, ante la fuerza de tanta persuasión—, sois sumamente peligroso para la serenidad de una mujer. Hace apenas un momento solo pensaba en disfrutar de mi té y del almuerzo matutino. Ahora me habéis hecho pensar sí los sirvientes se horrorizarían mucho al verme llevaros de nuevo al dormitorio.
Por el modo en que esos ojos de esmeralda la miraron, no había duda de que el desayuno era lo que menos le importaba.
—Supongo que antes deberíamos comer. —De los labios de Jas escapó una risa grave—.
Necesitaréis reponer fuerzas para soportar mis atenciones.
—La verdad es que estoy hambrienta —admitió ella, inclinándose hacia delante con una sonrisa provocativa—. No recuerdo haber tenido nunca tanta hambre... salvo durante el viaje hacia aquí, desde luego. Se diría, señor Cullen, que nuestras recientes actividades me provocan extraños efectos.
—Comed, amor mío, comed —le instó él—. Aún tenemos mucho que hacer. En cuanto a esta mañana, he pensado que os gustaría montar a caballo para recorrer la plantación. ¿Querríais acompañarme?
—Oh, sí, Jasper. Iba a pediros que me otorgarais ese gusto. Es como si me hubierais leído la mente.
Se demoraron más que de costumbre en la mesa, disfrutando de la felicidad que acababan de descubrir. Aunque Kingston andaba cerca y los animaba a comer los tentadores platos preparados por la cocinera, parecían estar completamente solos en la enorme casa. Se buscaban con los ojos para comunicarse cosas íntimas, amorosas, que era mejor no decir frente a los sirvientes.
Sus manos se tocaban a menudo, con gestos privados que habrían provocado rubor a cualquier espectador atento. Claro que esas caricias secretas utilizaban el lenguaje privado del amor, esa extraña prosa mística que endulza los ojos, humedece los labios y deja el corazón desbordante de gozo. ¿Y quién podría haber entendido su significado?
Entre la ropa que la señora Brewster había traído para Alice, antes de la boda, no había ningún traje de montar. Por eso, cuando ella salió con Jas, aún lucía el vestido azul y blanco que se había puesto por la mañana. Para protegerse la cara del sol se había puesto un sombrero de paja de ala ancha, con las cintas azules atadas en un encantador lazo.
—Supongo que debemos buscaros una montura obediente y dócil —bromeó Jas—. Cuando os sintáis cansada y deseéis regresar a casa, no dejéis de decírmelo. No quiero fatigaros demasiado, pues tengo toda la intención de haceros participar esta noche en nuevas actividades.
Alice acarició el brazo enlazado al suyo, con un suspiro despreocupado.
—Hace mucho tiempo que no monto, Jasper. Temo que me cansaré pronto. Tal vez tengáis que hacer venir el carruaje para volver a casa.
—No temáis, querida. Os atenderé perfectamente sin necesidad del carruaje.
Alice levantó una mirada inquisitiva, pero Jas decidió dejarla intrigada. Sin ofrecer explicaciones, la llevó por el sendero hacia los establos.
Era una construcción de madera, pintada de blanco, similar a una enorme galería, con la cubierta muy inclinada; un ancho pasillo la atravesaba por el centro, abierto por grandes puertas en ambos extremos. Hacia atrás y hacia los lados del establo se extendían cuarenta hectáreas de verdes praderas, en las que pastaban los caballos tras una cerca blanca.
Cada potro tenía su corral aparte. Aun desde lejos, esos finos corceles daban la impresión de ser extraordinarios por su energía y su elegante paso. Alice no tardó en descubrir que su esposo los había escogido personalmente, en los tres últimos años, en los mejores criaderos de Irlanda e Inglaterra.
—Cuando inicié la restauración de Oakley —murmuró él pensativo, mientras pasaban junto a los corrales—, dediqué casi todo mi esfuerzo a delimitar las zonas más adecuadas para cultivo, pero ya entonces alimentaba el insaciable deseo de que esta plantación fuera conocida, en el futuro, tanto por sus buenos caballos como por la productividad de sus campos.
—Y así será —le aseguró Alice, con irreprimible confianza.
Estaba segura de que su esposo podía alcanzar cualquier objetivo al que aplicara su mente y voluntad, pues percibía en él una fuerza y una decisión que rara vez había encontrado. Su padre, en vida, era igualmente decidido. Aun después de su encarcelamiento creía que la verdad se impondría. Quizá algún día fuera así, pues Alice no dudaba que él era inocente de todas las traiciones de las que había sido acusado. Pero de poco le serviría probar su inocencia ahora que se pudría en la tumba. Solo su hija podría gozar del honor devuelto a su nombre, ese honor que había ganado incuestionablemente como leal servidor de su rey.
Al mirar en derredor se dio cuenta de que el olfato de Jas para adquirir lo mejor era excepcional, sobre todo al contemplar esa colección de notables caballos, donde era evidente la pureza de la raza en los hermosos cuellos arqueados y en el paso elegante de los potrillos que trotaban junto a sus madres. También era evidente hasta qué punto era contagiosa su ambición, pues los mozos de cuadra cumplían con sus tareas como si el criadero fuera en gran parte suyo. Resultaba obvio que se enorgullecían de los éxitos.
En cuanto entró en el establo, Alice quedó impresionada por su pulcritud. Con excepción del equipo que se estaba usando en esos momentos, todo se encontraba en su sitio, bien engrasado, limpio y cepillado. Las enormes puertas exteriores habían sido plegadas hacia atrás por la mañana, para permitir que las brisas recorrieran el lugar en toda su longitud. Aun en días calurosos, el interior se mantendría razonablemente fresco gracias a las corrientes de aire y a los grandes árboles que sombreaban la construcción, no solo para comodidad de los animales, sino también para la de los trabajadores.
El suelo era de arcilla bien apisonada, cubierta por una gruesa capa de viruta traída del aserradero de los Cullen. El olor era limpio y fresco, debido en parte a la ventilación y al serrín, pero también a las pequeñas cantidades de cal que se mezclaban con la cobertura, a fin de disipar los olores.
Allí también estaban trabajando los adiestradores y los mozos de cuadra, ya preparando a los potrillos de dos y tres años para el ejercicio matutino, ya limpiando los pesebres y bañando a los animales. Algunos se quitaron cortésmente el sombrero ante ella; otros le dedicaron sonrisas deslumbrantes o tímidas, según el temperamento de cada uno.
La mente de Alice volvió a vacilar ante la avalancha de nombres que descendía sobre ella. Aun así recordó al nervioso empleado que había recibido a su esposo, cuando este lanzó a su potro negro a todo galope, en un esfuerzo por calmar la frustración provocada por la frialdad de ella. El incidente se había producido dos semanas atrás, al anunciar Alice que necesitaba algún tiempo para analizar las acusaciones de Charlotte, antes de entregarse voluntariamente a la consumación de los votos matrimoniales.
—Sparky es uno de mis adiestradores —anunció Jas, identificando al que ella había oído aquella noche.
El joven se quitó apresuradamente el sucio gorro, como muestra de cortesía para con su sexo, y procedió a estrujarlo entre las manos callosas, mientras le arrojaba tímidas miradas.
—Sparky mantiene a los caballos disciplinados, hasta al mismo Brutus. A veces juraría que su madre le dio a luz a lomos de un corcel. Por la naturalidad con que los maneja, parece una tarea mucho más fácil de lo que en verdad es.
El adiestrador meneó la cabeza pelirroja, con las mejillas pecosas inundadas de un tono encendido, pero su ancha sonrisa evidenciaba claramente el placer que le causaban los elogios de su jefe.
—Ya está usted otra vez con esas, señor Jasper. Hará que todo el mundo espere demasiado de mí. Siga usted hablando así, que uno de estos días me causará un terrible dolor de cabeza. Pronto la gente pretenderá que haga milagros o algo así.
—No temas, Sparky —lo reconfortó Alice, alegremente—. Yo no pretenderé de ti más de lo que te vea hacer con mis propios ojos. ¿Te parece justo?
—Sí, señora Alice, es muy justo —reconoció él inmediatamente.
—Me complace haberte conocido, Sparky —aseguró ella, cordialmente—. Y ahora dime: si una señora te pidiera que le indicaras un caballo muy noble, entre todos los de mi esposo, ¿cuál escogerías?
Un individuo menudo y fibroso, de piernas arqueadas y ancha sonrisa, se interpuso antes de que el pelirrojo pudiera responder. Después de inclinar la cabeza ante Alice y Jas, habló con la cadencia de su Irlanda natal:
—Ah, señor, veo que ha traído usted a su bonita esposa para que vea su hermosa colección de corceles, ¿eh? Pues se lo ve tan feliz como un ratón dentro del queso. —Ante la risa de los otros, cloqueó alegremente. Luego dirigió una mirada de soslayo hacia Jas—. ¿Piensa usted montar a su señora en Kelton, señor? A buen seguro la yegua la llevaría con suavidad.
—Gerald O'Malley está a cargo del programa de crías —explicó Jas—. Hace varios años vino con los sementales que había comprado en Irlanda. Bajo sus cuidados, los animales soportaron el viaje sin sufrir daño alguno. Desde entonces ha demostrado lo que vale. No podría prescindir de él.
La cara del irlandés se comprimió en una multitud de arrugas al sonreír de oreja a oreja.
—La gente de aquí me llama O'Malley, señora —dijo—. Me sentiría muy honrado si usted quisiera hacer lo mismo.
—Por supuesto, O'Malley. —Alice, sonriente, inclinó la cabeza para indicar su aceptación. Luego paseó la mirada por la larga hilera de caballerizas—. Pero decidme, O'Malley,
¿dónde está esa yegua Kelton que habéis mencionado? ¿Aquí, en el establo?
Jas señaló detrás de ella.
—Es una montura dócil y simpática, muy serena y de paso seguro. Si creéis necesitar un caballo que os cuide, ella es la más indicada.
—Así es Kelton, sí —confirmó el irlandés, riendo—. Se toma su tiempo, pero es de montura fácil y tranquila. Sí, así es ella.
Alice no se sintió muy feliz con esas frases tranquilizadoras. A veces, ser demasiado dócil significa ser aburrido. Tras un vistazo a la caballeriza, donde la yegua se rascaba perezosamente el cuello contra un tablón, se imaginó montada en ella, siguiendo a Jas y a su corcel con pies de plomo, mucho más atrás. Miró de soslayo a su sonriente esposo, que parecía encontrar cierta gracia en su visible aversión, y sonrió con timidez.
—No me vendría mal un poco de estímulo, Jasper. Sé montar; no es necesario que se me trate como a un bebé.
El se dirigió al joven entrenador, conteniendo una sonrisa.
—La señora te ha pedido tu opinión, Sparky. ¿Qué montura escogerías para ella? Su diversión era contagiosa; Sparky estaba dispuesto a aportar su propio ingenio.
—Pues allí está Ariadna, señor. Su esposa encontraría mucho estímulo en esa diab...
—¿Cuál es? —preguntó Alice, sin darle tiempo a terminar.
El pelirrojo tragó saliva al verla tan decidida a arriesgarse. Preocupado, echó un vistazo a Jas, cuyo cambio de expresión revelaba una súbita inquietud. El adiestrador señaló con cautela la tercera caballeriza del pasillo. Antes de que Jas pudiera oponerse, su esposa corrió hacia allí. La hermosa yegua castaña, que parecía tener unos tres años, resopló al verla y se apartó de los barrotes.
—¿Es esa?
—Ariadna en persona —reconoció Jas, reacio. Alice inclinó la cabeza para mirarlo.
—¿Cómo la de la leyenda griega?
—Efectivamente: la hija del rey Minos, que ayudó a matar al Minotauro.
—¿Es realmente una heroína, esa yegua?
—Tiene la estirpe de una excelente yegua de cría —reconoció Jas—, pero es nerviosa y nada fácil de montar, sobre todo para los novatos.
—Es hermosa —observó Alice, con respeto y admiración. Y alargó una mano entre los barrotes de la caballeriza.
Instantáneamente el animal retrocedió con un resoplido, pero ante la voz lenta y dulce de la joven, agitó la fina cabeza y volvió a adelantarse, cautelosa, con evidente curiosidad. Entre suaves murmullos, Alice acarició el hocico aterciopelado. Ariadna permanecía muy quieta, parpadeando, como si disfrutara de las atenciones y de ese tono tranquilizador.
—Ojalá tuviera una manzana para darte, Ariadna. Pero si permites ahora que te monte, prometo traerte una en cuanto regresemos. ¿Te gustaría?
La yegua sopló dentro de la palma extendida, arqueando el elegante cuello con un suave relincho, lo cual arrancó una risa a la joven. Complacida por su progreso, continuó acariciando al animal mientras su esposo se acercaba.
—No creo que debáis montar a Ariadna —anunció él, con prudencia—. Es muy nerviosa y de poca confianza. En pocas palabras querida, no quiero que resultéis lastimada.
—Montar era uno de mis grandes placeres, Jasper, antes de que la fortuna familiar cambiara de modo tan drástico. No solo perdimos la casa y todas nuestras posesiones, sino que los mozos de la cuadra real se llevaron a todos nuestros caballos ante nuestra presencia. Se nos dijo que serían entregados a los hombres que habían acusado de traición a mi padre, una vez que sus declaraciones fueran verificadas. Por desgracia él murió antes de ser juzgado, con lo que las acusaciones quedaron en pie.
Jas sabía muy bien que un animal tan magnífico como Ariadna podía apaciguar a un alma afligida, curándole dolores pasados.
Rodeó los hombros de su esposa con un brazo y la acercó hacia sí, con ademán protector.
—Tal vez Ariadna sea más recomendable para vos dentro de algunos meses. Para poder confiar en ella debe aprender mejores modales.
Alice alzó hacia él una mirada suplicante.
—Pero ¿no me permitiríais ejercitarla mientras cabalgamos?
—Hará todo el ejercicio que necesite, querida, pero con sus adiestradores, al menos hasta que aprenda a comportarse. Más adelante decidiremos si es adecuada para vos.
—¡Pero si parece perfecta! —insistió ella—. Se me acercó de buena gana y se la ve muy dulce.
—Aun así, señora, debo mantener mi decisión. Sois demasiado importante para mí como para arriesgarme a que os tire; podríais salir malherida.
Alice comprendió que no habría suficientes súplicas para hacerle cambiar de idea. Conocía a la yegua mucho mejor que ella; a pesar de su desencanto, debía respetarlo por hacer lo que consideraba correcto en esas circunstancias. Después de todo, no se había casado con un individuo débil. Jas era el hombre más considerado y amable que ella había tratado en su vida, pero no dudaba en negarse a cumplir sus deseos cuando le parecían poco prudentes.
Al recordar que aún no le había pedido su opinión, lo miró por debajo del ala de su sombrero, con los labios coquetamente curvados en las comisuras.
—Pues bien, ¿qué corcel me sugerís, Jasper?
Él sonrió, aliviado al ver que no se enfurruñaba ante la negativa.
—Hay un caballo castrado, de carácter amable, con el que podréis disfrutar de vuestro primer paseo por la hacienda. —Y levantó la cabeza para hacer un gesto a O'Malley—. Ensilla a Stargazer, con la silla para damas que utiliza la señora Bella cuando nos visita.
—Enseguida, señor —respondió el irlandés. Y corrió a cumplir la orden.
Algunos minutos después Alice ahogaba una exclamación de placer ante el hermoso bayo que O'Malley traía desde la última caballeriza de la derecha. No recordaba haber visto nunca a un caballo tan hermoso. Tenía el cuello perfectamente arqueado; las pequeñas orejas apuntaban hacía adentro; la cabeza y los grandes ojos parecían no tener defecto. Pero eso no era lo mejor, pues el animal parecía bailar literalmente de costado por el pasillo, elevando los cascos en un paso alto y vistoso.
—¡Oh, Jasper, es encantador!
—Estaba seguro de que os gustaría. Tiene mucha energía, pero obedece y es muy gentil con Bella.
—¿Quiere usted que le ensille a Brutus, señor? —preguntó el irlandés.
—Hoy me gustaría disfrutar del paseo con mi esposa, O'Malley, en vez de pasarme el rato maldiciendo a esa bestia. Ensíllame a Majestic, por favor.
El fibroso anciano sonrió de oreja a oreja, tocándose la frente en una venia vivaz.
—De inmediato, señor.
Poco después, tras alzar a Alice hasta el lomo de Stargazer, Jas montó en el hermoso semental que le habían preparado.
Cuando salían del establo vieron que Cora esperaba cerca de la casa, con un cesto y un viejo edredón en los brazos. Entonces detuvieron a los corceles a poca distancia de ella.
La negra sonrió a su amo.
—Supongo que ustedes querrán comer por ahí, señor Jasper, conque le he preparado esto: pastel de limón, pollo frito, tortillas de maíz y cosas así. Y un poco de limonada fría, por si tienen sed. Hoy podría seguir haciendo fresco, para variar. —Cora echó un vistazo a su alrededor y aspiró hondo, como sí saboreara la fragancia del día—. Sí que ha escogido un bonito día para no trabajar, señor Jasper. Últimamente no descansa nunca. Bien se merece un poco de tiempo para almorzar al aire libre.
—Cora, eres un encanto —declaró Jas, mientras desmontaba. Después de asegurar las provisiones tras la silla de Alice, volvió a montar en el semental.
Refrenando a Majestic junto al castrado, Jas llevó a su esposa más allá de los cultivos que rodeaban la casa principal, para que viera las plantas de las que se cosechaba el algodón. Los copos aún estaban verdes, pero él cortó uno para mostrarle el interior. En las próximas semanas las vainas se abrirían al madurar y los trabajadores saldrían a arrancar el copo blanco de su áspero nido. No era fácil, pues las cápsulas pinchaban, ensangrentaban los dedos y el sol castigaba las espaldas.
La pareja continuó la marcha hasta los arrozales; allí Alice vio hectáreas enteras anegadas de agua, a fin de crear las condiciones y los nutrientes esenciales para lograr una cosecha abundante. Luego recorrieron una senda que serpenteaba entre dehesas; en una pastaba un pequeño rebaño de vacunos; en otro se veían tallos de maíz que ya sobrepasaban la altura de un hombre. Cabalgaron tranquilamente durante dos horas más, hasta llegar a un bosquecillo; allí se detuvieron bajo un roble que crecía en una loma, junto a un arroyo bañado por el sol. Las amplias ramas del árbol no solo brindaban abundante sombra, sino que también formaban una pantalla protectora alrededor del tronco.
Jas desmontó y se acercó al caballo para ayudar a desmontar a su esposa. La estrechó entre sus brazos, dejando que se deslizara a lo largo de su cuerpo hasta poder atraparle los labios con los suyos entreabiertos. Durante un largo instante la besó sin reservas; cuando al fin quiso dejarla en tierra, ella se negó a sostenerse sobre sus pies. Con un suspiro soñador, se apoyó en él, flácida como una muñeca de trapo. Jas optó por lo único sensato: la cargó al hombro, arrancándole risitas mientras le acariciaba el atractivo trasero a través del vestido. Luego desató las cuerdas que sostenían las provisiones y cargó con todo.
Una vez que se encontró con su carga bajo el ancho dosel de ramas musgosas, Jas dejó las alforjas en tierra y extendió el edredón lo mejor que pudo, desplegando las esquinas a puntapiés; luego se inclinó para depositar allí a su sonriente esposa. Sus ojos centelleaban, insinuantes.
—Es un sitio perfecto para hacer ejercicio sobre un edredón, ¿no creéis, dulzura mía?
—Eso creo, querido —reconoció ella, con una sonrisa coqueta. La boca abierta de su esposo descendió hasta casi cubrir la suya. Y entonces añadió—: Pero la comida huele muy bien.
¿Comemos? Estoy hambrienta.
Jas lanzó un gruñido, fingiéndose enfadado.
—Sois una diablilla, querida.
En cuanto él irguió la espalda para sentarse sobre los talones, Alice se puso de rodillas y le avivó la imaginación con un beso, incitándolo a abrazarla otra vez. De inmediato se escurrió con una risita traviesa y se mordió el labio inferior, mirándolo con ojos chispeantes, mientras arrojaba su sombrero a un lado. Luego le dio la espalda para dedicarse a las provisiones.
—¡Coqueta! —la acusó Jas, alargando una mano para pellizcarle las nalgas.
—¡Ay! —exclamó ella, con un mohín exagerado—. ¡Me habéis lastimado!
—Dejadme ver —insistió él, tratando de levantarle las faldas.
La palmada que recibió en los nudillos no sirvió para desalentarlo. Riendo entre dientes, sentó a Alice en su regazo para cubrirle un pecho con la mano.
—Ahora te he atrapado, diablillo, y no te dejaré escapar.
Ella inclinó la cabeza para facilitarle las cosas, cerrando los ojos con un placer sublime, mientras Jas le mordisqueaba el cuello y rozaba con los dedos el pezón hasta lograr que se pusiera tenso bajo el vestido. Luego soltó diestramente los botones de la espalda para quitarle la prenda por la cabeza.
—¿Y la comida? —susurró ella, con un suspiro tembloroso, mientras aquellas manos se deslizaban desde su cintura hacia arriba.
—Comeremos después —le susurró él al oído.
Y desabrochó los diminutos botones que cerraban la camisola por delante. Las prendas interiores siguieron el mismo camino que el vestido, por lo que las manos de Jas pudieron vagar sin estorbos. Bajo los chispeantes destellos de luz que se reflejaban en el agua, aquellos pechos desnudos parecían más blancos que nunca bajo sus dedos bronceados, pero se entibiaron muy pronto con sus atenciones. Su audacia iba en aumento; dejó que sus manos descendieran, provocando en Alice exclamaciones de placer y una entrega apasionada.
Por fin pasaron a saborear otras cosas: la comida que Cora les había preparado y, algo después, el arroyo cercano. Se acercaron al agua tan desnudos como vinieron al mundo, pero él se sentía mucho más a gusto que Alice. Como era la primera vez que ella se aventuraba sin ropa fuera de un dormitorio, le intimidaba salir al claro que rodeaba el arroyo. No obstante, cuando Jas se alejó a nado, dejándola a salvo cerca de la orilla, decidió adentrarse en aguas más profundas.
—Venid, amor —la llamó él desde el centro del riachuelo—. Aquí el agua está muy fresca.
—No sé nadar —confesó ella. Nunca se había imaginado desnuda y al aire libre, mucho menos en el agua.
Los labios de Jas se curvaron en una sonrisa demoníaca.
—Pues entonces tendré que arrojaros a lo más profundo. Veremos entonces cuánto tardáis en aprender.
—¡Cómo se os ocurre! —exclamó Alice. Al ver el destello maligno de sus ojos, se volvió de inmediato hacia la orilla, desconfiada. Al oír que Jas nadaba rápidamente hacia ella, lanzó un chillido de alarma y se volvió para confirmar sus temores. En efecto, él se acercaba mucho más deprisa de lo que ella podía alejarse vadeando. En su creciente nerviosismo, renovó sus esfuerzos por llegar a la orilla, que ahora, para espanto suyo, parecía estar al otro lado de un océano.
De pronto el brazo de Jas le rodeó la cintura y la estrechó contra su cuerpo largo y musculoso, donde quedó cómodamente aprisionada. Las caderas y los muslos de su marido formaron una silla para sus nalgas, mientras él movía la mano sobre sobre las tentadoras curvas de su cuerpo.
—Te he atrapado, picara. Alice estaba casi frenética.
—Por favor, Jasper, no me arrojéis al agua. Seguro que me hundiría. ¿Y qué pensarán los sirvientes cuando me vean llegar con el pelo mojado? Sospecharán, sin duda.
—No temáis, amor mío —susurró él, mordisqueándole la oreja—. Solo quiero volver a abrazaros un rato. No tengo muchas oportunidades de veros completamente desnuda a plena luz del sol.
Alice, riendo de alivio, le dio un codazo en las costillas.
—¡Bestia! Lo que queríais era verme aterrada.
—Sí. Me gusta ver cómo os saltan los pechos cuando tratáis de correr por el agua —la provocó él, con una risa entre dientes—. Pero la verdad es que me gustaría enseñaros a nadar.
Ella se puso tensa de aprensión.
—Jasper Cullen: si me arrojáis en la parte profunda del río no os perdonaré jamás.
—No es esa mi intención, querida. Simplemente, recostaos hacia atrás, en la seguridad de mis brazos —le instó él—. No os soltaré hasta que sepáis flotar de espaldas. Luego os enseñaré a nadar.
—Se me mojará el pelo —se afligió ella.
—Entraremos en la casa cuando nadie nos vea.
Alice, convencida, reclinó la cabeza contra el hombro de su esposo.
—Sabéis ser convincente cuando queréis saliros con la vuestra, querido.
—Cuando os deseo, amor mío, es cuando más astuto soy —susurró él, mordisqueándole la
oreja.
Ella se entregó con cautela a los brazos que la sostenían, flotando en la superficie del agua.
La sonrisa de Jas fue cobrando una expresión libidinosa al contemplar el espectáculo. Nunca había visto nada tan apetitoso: dos melones maduros y una isla de vello rojizo, flotando en un mar sereno bajo el sol resplandeciente. Hasta entonces semejantes escenas habían estado estrictamente reservadas a sus sueños y no a la realidad. No obstante, no podía negar que se había permitido unas cuantas fantasías.
No pasó mucho tiempo sin que Alice pudiera bracear sin ayuda. Jas se mantenía a poca distancia, pero se aproximó con nerviosa premura al ver que la clara piel de su esposa iba cogiendo un tono rojizo.
—Será mejor que os vistáis, querida, o acabaréis gritando de dolor. Solo espero que no sea demasiado tarde.
—Pedid un carruaje —gimió ella, al salir del agua, pues tenía la sensación de cargar con barras de hierro—. No creo poder montar durante todo un mes. Mi trasero parece de piedra.
Jas la alzó en brazos.
—No hay necesidad de carruaje, señora. Pondré el edredón delante de mí, para proporcionaros un asiento más blando, y os llevaré a casa a lomos de Stargazer.
Alice, satisfecha, apoyó la frente en su mejilla.
—Podéis atenderme tanto como queráis, querido.
—¿Prometido?
—Prometido.
Cuando llegaron a la casa, ella ya estaba haciendo muecas de dolor, pero no especialmente por los efectos del sol, sino por las horas pasadas sobre la silla de montar. No quiso llamar a Tizzy para que la ayudara a bañarse, pues imaginaba la vergüenza que sufriría cuando la muchacha se percatara de su problema. Tenía todo el cuerpo enrojecido más de lo normal. Por eso prefirió que Jas la ayudara. Él lo hizo con mucha ternura; primero la bañó en agua tibia y le aplicó un bálsamo suavizante; luego le masajeó los músculos doloridos y el magullado trasero.
—Supongo que no podré llevaros a la reunión del domingo —musitó con buen humor, mientras le refrescaba las nalgas con ungüento, haciendo lo posible por contener la risa—. Para entonces ya podréis pasar por una atezada mohicana, o por una seta, con tantas pecas como aparecerán. Quizá debáis resignaros a que vuestro impecable cutis jamás volverá a ser como el de antes.
Pero no pudo contenerse más; su carcajada estalló por voluntad propia, haciendo que ella le arrojara una mirada de odio por encima del hombro.
—Tomáis todo esto a broma, Jasper Cullen, cuando me veo mortificada y en aprietos. Aunque no puedo mantenerme de pie ni acostarme sin sentir dolor, vos reís como si nunca hubierais visto nada tan divertido. Creedme, señor: si pudiera usar la cabeza buscaría la manera de abandonar vuestra alcoba y encerrarme en la mía.
—Acicalad vuestro plumaje, bonita paloma mía —la aduló él, inclinándose para besarle la mejilla—. Os amaré siempre, aunque os cubráis de manchas o cambiéis de color.
Ante eso Alice cogió una almohada y se la arrojó a la cara sonriente, con todas sus fuerzas. Su esposo se tambaleó hacia atrás regocijado. Ella hacía lo posible por refrenar su propia risa, pero acabó riéndose a carcajadas tanto como Jas. La casa nunca había resonado con tanta alegría. Y Jasper tenía grandes esperanzas de que, en los meses y los años venideros, perdurara esa felicidad para alimentar su corazón y su mente.
Se que debia haber actualizado ayer pero estuve muy ocupada!
que opinan? no son una pareja ideal?
leo sus opiniones
besos y abrazos
