Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


Capítulo 12

Los sirvientes que pasaban con bandejas cargadas de bebidas, los músicos que extraían notas melodiosas a sus instrumentos, las discretas conversaciones entre elegantes damas y caballeros, todo parecía ajeno al mundo privado en el que ambos se encontraban. No obstante, solo tras ceder a Alice para que bailara con un anciano de impecable carácter cayó Jas en la cuenta de que el tiempo no pasaba cuando no estaban juntos. Mientras conversaba con algunos compañeros de cacerías, sus ojos la buscaban para contemplar la respetuosa sonrisa del anciano que bailaba con ella. Entonces su mirada tropezó con la expresión divertida de su hermano y enrojeció de humillación.

—Te gusta bastante, ¿verdad? —le preguntó su hermano, acercándose.

—No solo bastante —reconoció él de buen grado, con un seco gesto afirmativo. Se permitió echar un último vistazo a su esposa antes de ir tras el mayor, tal corno lo había hecho con frecuencia cuando era niño.

Bella ocupaba un gran sillón de respaldo alto; tenía los primorosos pies apoyados en un escabel y un chal de encaje echado sobre los hombros para disimular el abultado vientre. Algo más temprano, Jas había indicado a los sirvientes que pusieran el sillón en un sitio desde donde la futura madre pudiera ver todo el salón sin necesidad de moverse; el único obstáculo en su campo visual serían los invitados que no repararan en su presencia.

—No habrá muchos —había respondido Jas, cuando Kingston le planteó la pregunta—. Aun embarazada tendrá su corte de amigos y admiradores, dispuestos a cuidar de que no suceda.

Tal como esperaba, Bella estaba rodeada por un pequeño grupo de amigos que se habían detenido a presentarle sus respetos. Jacob Black, del brazo de Leah Clearwater, dialogaba en esos momentos con la encantadora esposa de Edward. También Thelma Brewster se había apresurado a cruzar el salón al ver al modisto entre los que conversaban con la bella embarazada. La sombrerera trajo consigo a sus acompañantes, Lydia Winthrop y el lord inglés viudo, ambos maduros. La señora Winthrop se había criado cerca de Charleston, aunque desde hacía veinte años estaba casada con un rico inglés y vivía en Londres, aunque ahora estaba de viaje para visitar a sus amigos de las Carolinas. En cuanto al aristócrata, había pasado casi toda su vida cerca de la gran metrópolis inglesa y tenía la intención de regresar en cuanto resolviera los asuntos que lo habían traído a Charleston.

—¿Os han presentado a lord Witherdale, queridos? —preguntó Lydia Winthrop, indicando al larguirucho caballero con un elegante ademán—. Nos conocimos en el viaje hacia aquí. ¡Y que tiempo horrible hemos tenido! Nuestro barco se sacudía más de lo que me era posible soportar. Pero eso no viene al caso. Lord Witherdale ha venido en busca de terrenos adecuados para su hija y su prometido. La señora Brewster nos aseguró que nuestro anfitrión no tendría ningún inconveniente en que Su Señoría nos acompañara, puesto que los señores Cullen pueden indicarle las mejores fincas disponibles en la zona.

Lord Witherdale carraspeó, como si estuviera a punto de lanzarse en un largo discurso.

—Sí, por supuesto. Hubiera preferido no molestar, pero estas amables señoras han insistido. Confío en que el dueño de la casa sea tolerante con los forasteros que abusan de su hospitalidad.

Bella le sonrió. Tal como ella lo veía desde su asiento, el hombre parecía un gigante junto a las dos señoras que lo flanqueaban, sobre todo comparado con la regordeta sombrerera, medio palmo más baja y menos elegante que Lydia. En cuanto a Su Señoría, era decididamente del tipo blando: alto, flaco, de miembros largos y lacio pelo castaño; su cara agria era típica de algunos aristócratas pomposos. La levita y los pantalones azul oscuro eran de muy buen corte, pero tan sobrios como quien los llevaba.

—No paséis apuros, milord —le dijo—. Sin duda, mi cuñado se sentirá honrado por vuestra presencia. En cuanto a lo que os trae por aquí, Jasper y Edward pueden ayudaros en vuestra búsqueda de tierras, pero a menos que llevéis mucha prisa, por esta noche disfrutad de los festejos y de las vituallas. Jasper tiene una cocinera excepcional, de manera que la comida promete ser deliciosa.

—Gracias, señora, por hacer que un forastero se sienta como en su casa —replicó lord Witherdale, amablemente—. Sois muy gentil.

—Es un placer seros útil, milord. Ahora disfrutad, por favor, y no dudéis en recorrer la casa, si queréis echarle un vistazo. Puesto que tantos invitados han pedido ver las mejoras que se han hecho en Oakley, casi todos los cuartos están abiertos a los visitantes. La casa es un ejemplo típico de las plantaciones locales; desde que mi cuñado la restauró se ha convertido en una verdadera joya. Durante estas festividades solo las habitaciones personales de Jasper quedarán reservadas para su uso privado y el de su familia.

Lord Witherdale respondió con una reverencia:

—Vuestra familia es muy cortés, señora.

Luego se volvió para seguir a las dos mujeres, que ya se alejaban cruzando el salón. Cuando Lydia Winthrop se detuvo para señalar los techos y los muros, embellecidos con elegantes molduras en forma de festones de flores sobredoradas, Su Señoría se paró a observarlos.

—Recuerdo cómo era esta casa cuando los padres de Tanya vivían aquí —musitó la señora

—. Si bien ya era hermosa, no tiene comparación con lo que es hoy. Nunca imaginé que pudiera quedar así.

—Sin embargo, señora —contestó Su Señoría—, reconoceréis que, comparada con las grandes mansiones de Londres se la ve algo descolorida. Desde luego, en contraste con las humildes viviendas que he visto aquí, en las Carolinas, sería el equivalente de una modesta finca inglesa, pero no muy grandiosa, como se comprenderá;

La alegre sonrisa de la señora Brewster se destiñó un poco. Como su diminuto apartamento y su sombrerería podían caber en el salón donde se encontraban, se preguntaba si, tras visitar su establecimiento, lord Witherdale la miraría con desprecio. Consideró más prudente cambiar de tema.

—La señora Bella es una excelente mujer, quizá la más encantadora de la zona... aparte de la señora Alice, desde luego.

Su Señoría extrajo una caja de rapé y, después de verter un poco de polvo en el dorso de la mano, inhaló algunas partículas. Luego elevó pomposamente las cejas, mientras presionaba un pañuelo contra los lados de la nariz.

—Tiene los rasgos de esos condenados irlandeses. ¿Por casualidad lo es? Thelma Brewster, momentáneamente enmudecida, rebuscó en su memoria.

—Creo... creo que sí. Es decir, me parece recordar que su madre llegó a Inglaterra desde Irlanda, tras casarse con el padre de Bella.

Lord Witherdale se meció sobre los pies, con la angulosa barbilla casi a la altura de su larga nariz.

—¡Qué pena!

La sombrerera sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. Si ese hombre pensaba que Bella Cullen estaba por debajo de su elevada alcurnia, ¿cuánto más abajo situaría a la mayor parte de los habitantes de Charleston, incluida ella misma?

Lydia Winthrop sonrió al aristócrata.

—Ya veréis, milord, que los vecinos de esta zona se interesan muy poco por los títulos de nobleza. Debéis recordar que, si bien este territorio estuvo en otros tiempos bajo el gobierno inglés, ya no está sujeto a la autoridad de la monarquía. Quienes vivían aquí lucharon por librarse de la autocracia.

—Rebeldes, yanquis... son todos iguales —replicó Witherdale, imperioso.

Las regordetas mejillas de la sombrerera se hundieron marcadamente en una exclamación horrorizada. El respeto reverencial que había sentido en un primer momento por el aristócrata se convertía rápidamente en ira ofendida. Si se veía obligada a escuchar más comentarios arrogantes de ese inglés, acabaría por estrellarle una ponchera contra la cabeza. En un esfuerzo por desviar el tema hacia otro menos polémico, señaló la abundante comida servida en las mesas.

—Será difícil que encontréis comida más sabrosa en las Carolinas, milord. ¿No queréis coger un plato y probarla?

Lord Witherdale volvió a tocarse remilgadamente la nariz con el pañuelo de encaje; luego resopló:

—No me atrevo a preguntar de qué están hechos esos platos. Semejantes vituallas podrían provocarme la muerte.

—Bueno, es difícil que encontréis por aquí algún pastel de riñon, Vuestra Señoría —replicó la señora Brewster, echándole una mirada rencorosa. Por muy lord inglés que fuera, necesitaba una lección de buenos modales—. Por mi parte, me muero por probarlos.

Lydia pasó un plato a su compañera, sonriéndole.

—¿ Comenzamos ?

Al ver que Jas cruzaba la muchedumbre hacia ella, Bella le extendió una mano acogedora, riendo como una colegiala.

—Ya me preguntaba qué sería necesario hacer para llamaros la atención. Habéis bailado tanto con Alice que temía verme obligada a intervenir y solicitaros una pieza, solo para tener la oportunidad de conversar con vos. Vuestro baile es magnífico, señor. Gracias por invitarnos.

Jas le guiñó un ojo con cariño, mientras le besaba los finos dedos. Luego dio un paso atrás para contemplarla con una mirada observadora y bromista.

—Permitidme deciros, señora, que parecéis una gallina en el nido, a la ansiosa espera de que su huevo esté empollado.

Bella apoyó una mano contra el vientre, tamborileando con los dedos.

—Será una de estas semanas.

—¿Os sentís bien, princesa?

—Perfectamente —le aseguró ella, acentuando la sonrisa. Luego echó una mirada afectuosa a su marido y dejó escapar un pequeño suspiro, mientras él se reclinaba contra su sillón

—. Y estaría mejor si vuestro hermano se tranquilizara un poquito. Me vigila como perro a un hueso apetitoso.

Como su alegre tono descartaba cualquier insinuación de reproche, obtuvo una gran sonrisa de su esposo. Este digno caballero procedió a acariciar el brazo de su mujer.

—Disculpad, querida mía, pero como estáis a punto de traer al mundo a nuestro nuevo vastago, creo que se me puede permitir cierto grado de nerviosismo.

Bella le dirigió un picaro mohín.

—Oh, tonterías. Sabéis muy bien que pueden pasar dos semanas más antes de que nazca nuestra hija. Al menos eso es lo que dice Sue. Se diría que habéis olvidado lo que parecía yo unas semanas antes de que naciera Emmet: algo así como una fragata surcando las aguas con su majestuosa proa, supongo.

Hubo risas entre quienes rodeaban su sillón. Sin embargo Jas vio muestras de tensión en el semblante de Edward, pese a su aire divertido; su hermano había experimentado lo mismo tres años antes, al enfrentarse con el nacimiento de Emmet. Jas sabía mejor que nadie hasta qué punto su corazón pertenecía a Bella; el hecho de que ella debiera soportar los dolores del alumbramiento o, peor aún, la posibilidad de que muriera en el trance, lo privaban de toda paz interior. Aunque el primer parto había sido bastante fácil, siempre existía la amenaza de que se presentaran complicaciones. Mientras ese momento no hubiera pasado, Edward no podía vivir tranquilo.

—Te aseguro, querida mía —repuso él con voz ronca, estrechando la delicada mano de su esposa—, que no he olvidado detalle de mi dura prueba. Por eso estoy nervioso.

Al ver que Bella elevaba los tiernos ojos hacia su marido, Jas tuvo la sensación de haber violado inadvertidamente la intimidad de ambos. Al volverse hacia otro lado se encontró con Jacob, que también había presenciado el intercambio de amorosa devoción entre la pareja. Era raro ver a un matrimonio tan unido. Cualquier soltero podía envidiarles esa tierna complicidad.

—Jasper, querido mío, hoy se te ve muy elegante, para variar —comentó el diseñador con malicia. Y ante la sonrisa de su anfitrión adoptó una pose altanera.

—Caramba, mi querido fanfarrón, pero si tú puedes rivalizar con mi esposa —bromeó Jas, recorriendo con la mirada la gran estatura y los anchos hombros de su amigo.

No había una puntada fuera de lugar en los pantalones estrechos, de color gris oscuro con finas rayas blancas; tampoco en el chaleco de brocado plateado, en la. camisa blanca, el corbatón o la levita negra. No podía dejar de admirar esa elegante ropa.

Jacob se pavoneó con exagerado engreimiento.

—¿Eso crees? —preguntó, deslizando los pulgares bajo las solapas.

—Eso creo, sí.

—Ven a mi tienda cuando tengas tiempo libre, mi querido Jasper, para que te enseñe algunos secretos del porte distinguido. Podrías sacar buen provecho de mis consejos.

Una sonrisa dubitativa acompañó la respuesta del anfitrión.

—Si alguna vez quiero disfrazarme de petimetre, no dejaré de aprovechar tu ofrecimiento.

La cara barbuda se alargó al exagerar Jacob su malestar, con lo cual arrancó risas a todos los que presenciaron su expresión de desencanto.

—Realmente, Jasper, puedes ser muy ofensivo cuando interviene la envidia.

—No te enfades —le instó Jas—. No era mi intención ofenderte. Lo cierto es que estás tan apetitoso como un melocotón de Carolina.

Leah echó una mirada de soslayo a su guapo acompañante. Al ver su gran sonrisa pareció súbitamente inquieta, como si lamentara algún daño causado por su anfitrión.

—Haríais bien en no seguir alimentando la vanidad de este hombre, señor. Ya tiene demasiada. Recordad, por favor, que yo debo trabajar a sus órdenes.

—Está muy pagado de sí mismo, ¿verdad? Ella echó furtivas miradas a uno y otro lado, exagerando sus inhibiciones.

—Jamás oiréis semejante comentario de mis labios, señor... por mucho que pueda estar de acuerdo con vos. Jacob capturó su mano riendo de buen talante.

—Es hora de demostrar al patán de nuestro anfitrión que no solo él sabe bailar el vals.

Además, querida mía, quiero que todos vean vuestro nuevo vestido.

—¿Otra de vuestras creaciones, mi querido fanfarrón? —preguntó Jas, con una sonrisa torcida.

—En realidad, ha sido mi asistente quien diseñó e hizo el vestido con sus propias manos.

Encantador, ¿no te parece?

Por cierto, el modelo azul magenta hacía justicia a la belleza de la morena, destacando su piel clara. En galante apreciación de cuanto veía, Jas ejecutó una vistosa reverencia.

—Esta noche estáis excepcionalmente bella, Leah. Exquisita, en verdad. Superáis ampliamente a vuestro jefe.

Ella hizo una encantadora reverencia, dejando escapar una risa sofocada.

—Gracias, señor Cullen.

—Jas —corrigió el dueño de casa—. O Jasper, si lo preferís. Cuando no estemos en la tienda de vuestro jefe, Leah, debo insistir en que me tratéis con menos formalidad. —Sus ojos danzarines se desviaron por un momento hacia el diseñador, antes de agregar—: Y podéis decirle a vuestro jefe que es orden mía.

La joven inclinó la cabeza, en un sonriente gesto de asentimiento.

—Como mandéis, Jasper.

—Divertios, amigos míos. —Con un garboso ademán, él los instó a utilizar la pista de baile

—. Me uniré a vosotros en cuanto encuentre a mi esposa.

Su mirada fue hacia Alice sin poder evitarlo. Por un momento quedó maravillado por su regia belleza, mientras ella bailaba por la pista conducida por otro amigo, el sheriff Rhys Townsend. A pesar de su corpulencia, el hombre tenía los pies asombrosamente ligeros; Alice parecía muy menuda a su lado, pero lo seguía sin dificultad. En realidad era bastante más alta que Bella; aquel vestido largo y estrecho, que fluía con gracia sutil desde los hombros hasta el suelo, la hacía parecer esbelta como un sauce. Jas se dijo que el modelo era algo engañoso, pues conocía y apreciaba muy bien las abundantes curvas escondidas bajo el vestido. Aquellas semanas de intimidad le habían enseñado a mirar el interior de esa mujer encantadora, vibrante, descubriendo en toda su profundidad la mujer que había dentro. Le sorprendió un poco descubrir que, pese al placer que le brindaba la mutua pasión y la familiaridad conyugal, en su corazón iba arraigando una emoción más profunda y más rica que no había conocido antes. Aún no podía darle nombre, pero resultaba muy grato saber que ella le pertenecía en exclusividad.

Mientras admiraba a su esposa desde lejos le vino una imagen a la mente: la vio con el vientre hinchado, tal como estaba ahora Bella. Una vez había bromeado con Alice, diciendo que tendrían hijos por docenas. Ahora la mera idea de que un vastago redondeara su vientre le provocaba un anhelo tan profundo que lo dejó casi sin aliento. Impresionado por esa imagen y apenas consciente de lo que hacía, empezó a andar por entre las parejas que danzaban. Cuando apoyó la mano en el hombro de Rhys, provocó una sorpresa cuanto menos curiosa.

—¡Hombre! ¿Qué haces aquí, tan solo? —preguntó el sheriff, como si jamás se le hubiera ocurrido que alguien pudiera querer bailar con su propia esposa—. Si quieres bailar deberías buscar una muchacha.

—Eso lo sé, amigo mío. Por eso vengo a por mi esposa. Ve a por la tuya, si no quieres que mande a sus hermanos que te saquen por la fuerza de la pista.

—Pues no sería la primera vez —estalló en una carcajada Rhys, mientras sus ojos se posaban en la rubia menuda que lo miraba desde un rincón—. Tendré que enseñarle a bailar, a esta pequeña mía, o acabará clavando mi pellejo en la puerta del granero. Mary suele enfadarse un poco cuando me dejo llevar por la música y busco con quién bailar.

Alice echó un vistazo a la simpática joven. En ese momento Mary aferraba tímidamente el chal bordado contra la cintura, dando pie a la suposición de que estaba en las primeras semanas de un embarazo.

—Creo que percibo algo de ese resentimiento en este mismo instante, Rhys —aventuró, con los ojos chispeantes de humor—. ¡ Será mejor que os apresuréis a corregir la falta, si no queréis que ella os lleve de aquí cogido de una oreja.

—Ya, ya — tronó él entre risas. Y se tocó la frente con dos dedos en un saludo informal.

Luego, sacudiendo los brazos, exageró su prisa por reunirse con su esposa.

Alice y Jas cedieron a las risas ante la cómica aflicción del sheriff. Rhys, mientras tanto, exagerába las explicaciones que daba a su mujer, que fingía una actitud muy ofendida con la nariz respingona empinada hacia arriba.

Después de una reverencia cortés, Jas invitó a su esposa a bailar el vals; inmediatamente recibió la respuesta afirmativa bajo la forma de dos brazos extendidos. Durante varios instantes la condujo en torno a la pista, en círculos cada vez más amplios; ambos disfrutaban en silencio de la música y de su mutua presencia. Por fin Alice lo miró con una sonrisa intrigada.

—Habéis sido bastante audaz, Jasper, al venir a reclamarme ante vuestros invitados. ¿Me buscabais para algo en especial? Él le dedicó una amplia sonrisa, con una ceja enarcada.

—Solo para bailar con vos cuando me plazca. No creo que eso sea audacia; solo... —inclinó pensativamente la cabeza, en busca de la palabra adecuada; por fin hizo un gesto decidido—... sensatez.

Entre las largas pestañas sedosas, Alice le lanzó una mirada entre desconfiada y divertida, ante la cual él sonrió con secreta satisfacción. No tenía inconveniente en mantener a su esposa algo insegura en cuanto a la sensatez con que él pensaba ejercer sus prerrogativas maritales. Después de todo, siempre existe el peligro de sentirse demasiado seguro del cónyuge.

Aun así, Jas tuvo un momento de incertidumbre al ver que esos dientes pequeños y blancos mordisqueaban el labio inferior. Sus irreprimibles inclinaciones masculinas, que lo inducían a mantenerla un poco en ascuas en cuanto a su carácter, se veían ahora anuladas por el deseo de hacer que su esposa se sintiera siempre a salvo.

—Alice, amor mío, no soy excesivamente celoso, mucho menos sin son amigos míos los que os piden...

Sus frases tranquilizadoras quedaron repentinamente silenciadas por la sonrisa provocativa de la joven.

—Muy sensato, desde luego —murmuró ella, mientras sus dedos llegaban hasta el pelo corto de la nuca—. Prefiero mil veces bailar con vos, Jasper.

De pronto la música pareció elevarse en un alegre ritmo. Jas dejó de pensar, atento solo a las sensaciones que le provocaban la mujer que tenía entre sus brazos... y en el corazón. Últimamente ella parecía ser la razón de que siguiera latiendo.

Momentos después, Jas y Alice se acercaron de la mano a las mesas llenas de comida.

Fue allí donde la sombrerera les presentó a lord Witherdale y a Lydia Winthrop.

—Qué bonita fiesta —aseguró Lydia, amablemente.

—Sí, por cierto —confirmó lord Witherdale, en una actitud más cordial, con lo que se ganó la sonriente aprobación de la señora Brewster.

Lydia se apresuró a explicar a Jas la misión del inglés.

—Se nos ocurrió que vos o el señor Edward podríais orientar a Su Señoría en esas cuestiones.

—Con sumo placer —aseguró Jas, mirando directamente al hombre—. Seréis bien recibido en mi casa cuando queráis verme, milord; también podéis pasar por mi empresa. Podéis estar razonablemente seguro de encontrarme allí los miércoles; en cuanto al resto de la semana, no lo sé. Tengo otros negocios que ocupan mi tiempo, pero también suelo quedarme en casa para atender los sembrados, los establos y otras cosas de muchísima importancia. —Discretamente alargó una mano hacia atrás para estrechar los dedos de su esposa, afirmando así que era ella quien ocupaba lo mejor de su atención—. Me alegrará brindaros toda la ayuda que podáis necesitar, milord.

—Os agradezco sinceramente tan generoso ofrecimiento, señor. Y por cierto, me haríais un inmenso favor si pudierais ayudarme a concluir rápidamente lo que me ha traído aquí, a fin de que pueda retornar a Inglaterra mucho antes de que se anuncien las nupcias. La verdad, si debo soportar otro viaje como el que hemos padecido la señora Winthrop y yo, creo que jamás en mi vida reuniré valor para abordar otra nave.

Su comentario despertó la risa de todos, con lo que la señora Brewster pudo renovar su admiración por ese hombre. Después de todo, era un lord del reino y hasta había tenido la gentileza de invitarla a bailar.

Para Jas era toda una experiencia nueva: estaba en un baile elegante con su esposa, no solamente con una compañera, y no iba a privarse de esos pequeños placeres maritales cuando se presentara la oportunidad. Alice parecía más que dispuesta a fomentar sus atrevimientos con algunos propios. Solo la necesidad de ser discretos limitó esos momentos, a lo largo de la noche. Mientras estaban en un rincón, conversando con amigos, ella le apoyaba en la espalda una mano posesiva; otras veces era él quien le rozaba el busto con la cara posterior del brazo. Eran pequeñas golosinas provocativas que los hacían intercambiar una sonrisa, con tierna complicidad.

Igualmente agradable fue para Jas regresar a su alcoba, cuando la señora Brewster volcó accidentalmente un poco de ponche sobre su camisa almidonada, y encontrar a su esposa sentada en un extremo de la tumbona, con las faldas recogidas hasta la cadera, quitándose un par de medias muy enganchadas. Mientras él se quitaba la levita y la camisa, Alice comenzó a estirar las medias nuevas. Jas, siempre dispuesto a admirar sus largas piernas, la rondaba con toda la abnegación de un libertino excitado. Le mordisqueó el lóbulo de la oreja y le susurró insinuaciones lascivas hasta que ella comenzó a soltar nerviosas risillas de recién casada. Sus proposiciones resultaban excitantes, sobre todo para él mismo, cada vez más entusiasmado con la idea de disfrutar de alguna intimidad conyugal.

Se arrodilló ante ella para cubrirle el cuello y el seno con lánguidos besos, mientras su mano vagaba con audaz familiaridad bajo el vuelo del vestido. Alice contuvo el aliento, que un segundo después escapó en un suspiro de placer, mientras se dejaba ir hacia él. Cuando los labios de su esposo fueron hacia arriba para apresar los suyos, exigiendo una respuesta apasionada, ella entregó la boca por completo y recibió su lengua con lentas caricias de la suya.

Segundos después Jas levantó la cabeza para estudiar el rostro de su esposa, buscando su grado de entrega en ese momento. Los ojos suaves, húmedos, se fundieron con los suyos; un cálido estremecimiento agitó el cuerpo esbelto, mientras ella reconocía la pasión que ardía en esos ojos verdes. Un brazo musculoso le rodeó las caderas para arrastrarla hasta el extremo de la tumbona, abriéndola a él; luego Jas se desabrochó los pantalones y se introdujo lentamente en su tibieza femenina.

La pasión era cada vez más intensa hasta que varias damas se acercaron parloteando por el corredor para entrar en el dormitorio contiguo, donde se dedicaron a elogiar los cambios efectuados recientemente en la casa. La pareja, inmovilizada en el umbral del arrebato erótico, permaneció abrazada y escuchó, en aprensiva espera. Antes del baile, se habían corrido las cortinas de la alcoba principal, pero las puertas acristaladas estaban abiertas de par en par. Por ello, nadie podía prever qué espíritu curioso podía salir a la galería y hasta atreverse a entrar en las habitaciones privadas. Incómoda ante la proximidad de las invitadas, Alice apoyó una mano temblorosa sobre el pecho de su marido y le dirigió una mirada suplicante.

—Después —susurró, mientras acariciaba el pecho velludo—. Cuando tengamos más intimidad.

Jas le apretó los labios contra la oreja.

—Bajemos, pues, y dejad que os abrace en un vals hasta que se me haya enfriado la sangre.

—¡Como si fuera posible! —replicó ella, riendo. De inmediato escondió la cara contra el hombro de su esposo, hasta que pudo sofocar su risa. El reloj de la repisa empezó a dar la hora

—. Las diez. Ya falta poco para que podamos estar solos.

—Será mejor que bajéis la primera —murmuró él, con voz ronca, apartándose—. Si bajo en estas condiciones escandalizaré a nuestros invitados.

Alice se levantó con él y le robó un beso. Después de echar una mirada de admiración hacia abajo, se alejó con una gran sonrisa.


bueno que opinan? les gusta esta pareja ?