Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


Capítulo 13

Cumpliendo graciosamente con los deberes de anfitriona, Alice aceptaba todas las invitaciones a bailar con una sonrisa y, entre pieza y pieza, conversaba con muchas de las señoras allí reunidas. Pronto descubrió que Bella era un faro radiante y luminoso, hacia el que ella y otros se sentían irresistiblemente atraídos. Por eso era natural que, cuando se sentía insegura, buscara la reconfortante presencia de su cuñada. Consciente de haber despertado mucha curiosidad al casarse con uno de los mejores partidos del lugar, trataba de responder a todas las preguntas indiscretas con tanta simpatía y exactitud como podía. No obstante, comenzaba a percibir que un pequeño grupo de damas le guardaba rencor. Poco importaba que disimularan su mala fe bajo falsas sonrisas e indirectas sutiles: la hacían sentir muy fuera de lugar, sin duda con toda intención. Después de todo, era una forastera que había usurpado una mercancía muy codiciada: Jasper Lawrence Cullen.

No obstante, mientras se esforzaba por ignorar esa malicia, Alice iba cobrando conciencia de su propia euforia, cada vez mayor. Tras haber pensado que no sobreviviría siquiera a la travesía del Atlántico, no solo había sido rescatada de la esclavitud que Aro pensaba imponerle, sino que estaba casada con un extraordinario caballero, el hombre con el que siempre había soñado. Y Jas no estaba hecho de ilusiones y sueños, sino de carne y hueso. Además le pertenecía. Era encantador, de excelente compañía y un hombre mucho más galante de lo que ella esperaba encontrar en los páramos de las Carolinas. Más aún: ambos parecían formar una pareja perfecta. Allí donde ella era débil, él se mostraba fuerte; si ella era suave y sumisa, el estaba lleno de firmeza y de carácter; ella sabía administrar la casa, los sirvientes y muchas otras cosas, mientras que él era hábil para los negocios, la cría de caballos y la gestión de la plantación. Se complementaban en muchas otras cosas. Pero por encima de todo, eran amantes profundamente enamorados. El único miedo persistente nacía de esa misma perfección, que parecía excesiva. En algún lugar tenía que haber una grieta.

La existencia de Alice no podía ser más dichosa. El amplio salón de baile, refulgente con sus candelabros de cristal, lleno de personas elegantes, parecía un lugar encantado. Hasta la lluvia que repiqueteaba contra el tejado y los caminos serpenteantes del jardín brindaban un aroma dulce y fresco, que le vitalizaba el espíritu y la hacía sentir algo embriagada, como si de verdad volara veloz con alas de tul, pequeña hada en un mundo invisible. Todo era demasiado bello y mágico, pero también muy real. ¡Estaba allí! ¡Viva! Y eso no era una fantasía ni una ilusión juvenil.

Una vez más, Alice hizo un esfuerzo por dedicar su atención al anciano caballero con el que estaba bailando. Sonrió ante sus murmullos, sin saber qué había dicho, con la ferviente esperanza de que no necesitase respuesta. Su mente se desviaba irremisiblemente hacia el momento, esperado con ansia, en que ella y Jasper podrían regresar a la intimidad del dormitorio. Desde sus pechos subió un cálido rubor al imaginar el cuerpo largo y musculoso, moviéndose con lenta pasión sobre el suyo. Pero al permitirse tan deliciosas fantasías falló en un giro de la danza y pisó a su compañero. En la cara arrugada se dibujó una mueca de dolor, pero de inmediato recobró el aplomo, aunque algo tenso. Él acalló sus afligidas disculpas con unas palmaditas tranquilizadoras en la mano.

—No tenéis por qué preocuparos, muchacha. No me habéis hecho ningún daño.

Alice se reprochó esos pensamientos desbocados, que la hacían actuar como una boba. Solo rogaba que el anciano no hubiera relacionado su distracción con las mejillas enrojecidas y su aliento contenido. Al menos, que los hubiera atribuido a cualquier otra causa, no a ensueños lascivos.

—Necesitáis descansar, mi querida señora —le aconsejó el solícito caballero, al reparar en su desasosiego. Su preocupación aumentó al verla tan enrojecida—. Si continuáis bailando así, acabaréis por desmayaros de fatiga.

Alice aprovechó la excusa y aceptó graciosamente su ayuda para retirarse de la pista.

—Sois muy amable, señor.

Cuando Jas le salió al encuentro con una copa de vino afrutado, su alivio fue enorme.

—Bebed esto, amor mío. Parecéis necesitarlo más que yo. Además, creo que no podré beber un sorbo más si no busco algún alivio.

—¿Qué clase de alivio?

Jas le sonrió de oreja a oreja, marcando así los atractivos surcos de sus mejillas. Luego se inclinó hacia ella para susurrarle:

—Vuestra ingenuidad es encantadora, señora. Pero en este momento estoy muy apurado, pues me llama la letrina.

—Afuera llueve —le advirtió ella, curvando tentadoramente los labios. No tenía idea de lo cálida que era la mirada con que lo acariciaba. Admirar a su esposo se le había vuelto casi natural; ya no llevaba la cuenta de las veces en que sus ojos iban hacia él y allí se quedaban largo rato.

—No, amor mío; la lluvia cesó hace un momento. Pero debo ir, de cualquier modo. Se ha convertido en una urgente necesidad.

—No tardéis mucho.

Ante el mágico guiño de Jas tuvo la sensación de que su corazón tropezaba. Él salió precipitadamente. Alice iba a volverse, pero hizo una súbita mueca: un dolor agudo le atravesaba el talón, sin duda con ampollas de tanto bailar. Después de echar un vistazo al reloj, decidió que tenía tiempo para subir a ponerse un par de zapatos más cómodos antes de que Jasper regresara.

—¿Me concedéis esta pieza., señora? —preguntó desde atrás una voz grave. Al darse la vuelta, Alice se encontró con Jacob Black, que le sonreía.

—Leah me ha abandonado para bailar con vuestro cuñado —explicó el modisto, mientras la acompañaba nuevamente a la pista—. Ella trata de calmar sus temores por la dura prueba que espera a Bella, pero no parece lograr demasiado. Yo viví ese terrible momento una sola vez en mi vida y me dejó una impresión imborrable. El recuerdo me permite comprender muy bien a Edward.

Ella inclinó la cabeza, curiosa.

—Ignoraba que estuvierais casado, Jacob.

—Pues no, nunca me casé.

—Ah, tenéis hermanas.

—Ninguna. Fui el último de siete hijos varones.

—¡Vaya! Vuestro padre debe de haber estado muy orgulloso. Su boca se contrajo, divertida.

—Sí, pero a pesar de lo guapos que éramos pasamos por momentos muy difíciles. Ella rió.

—Os diré, Jacob: si os creyera tan presumido como fingís ser, aconsejaría a las mujeres que se alejaran de vos, pues ninguna podría haceros sombra.

Los ojos del diseñador centellearon, traviesos.

—Me sabía muy apuesto, pero ignoraba que pudiera rivalizar en hermosura con las mujeres.

—Sois incurable —dijo ella, entre risas. Él fingió un suspiro de lamento.

—Es lo que me dicen todos.

—Deberíais andaros con cuidado —advirtió Alice, sin esforzarse por disimular la sonrisa

—. Un día de estos, alguien os tomará en serio y creerá que estáis realmente prendado de vos mismo.

Él estalló en una carcajada.

—Habría que ser muy tonto para ser tan bobo.

Después de otro largo giro por el salón, Alice volvió a levantar la vista, con las cejas fruncidas con un gesto desconcertado.

—Habéis despertado mi curiosidad, Jacob.

—¿De qué manera, señora?

—Si nunca os casasteis y no tenéis hermana, ¿tendríais la bondad de explicarme cómo experimentasteis la tensión por la que Edward pasa actualmente? ¿Queréis decir que presenciasteis el nacimiento de un bebé? ¿O acaso os referís a algo muy diferente?

—Estuve presente cuando Leah tuvo a Jake. En otros tiempos fui el mejor amigo de su esposo. Cuando lo mataron llevé el cadáver a su casa para sepultarlo. Esa misma noche Leah se puso de parto. Me debatí como pez en el anzuelo hasta que la partera salió al porche para mostrarme al bebé. Leah no dejó escapar un solo grito, pero otros ruidos revelaban lo que sufría. Cuando todo terminó, mis rodillas parecían de agua.

—Veo que conocéis a Leah desde hace tiempo —dedujo ella.

—Conocí a Emory, su esposo, en mis tiempos de pugilista. Nos hicimos amigos. Durante un tiempo él trabajó en Georgia; a su regreso me presentó a su prometida, que había venido de visita con sus padres. Leah me pareció la mujer más bella que yo había conocido, pero ya estaba comprometida. Fui padrino de bodas y les regalé los anillos. El resto es una larga historia. Su esposo perdió en el juego todo el dinero que tenían y dejó a Leah en grandes aprietos. Después de su muerte, ella comenzó a trabajar para mí y ayudó a convertir la tienda en lo que es ahora. A pesar de lo que gana, sigue ahorrando cuanto puede para el futuro del niño. Quiere que tenga una vida mejor de la que tuvo su padre.

—Debe de estaros agradecida por la ayuda que le prestasteis cuando os necesitaba. Y sin duda desde entonces le habéis demostrado vuestra amistad de muchas maneras.

Jacob no hizo comentarios. ¿Qué podía decir, si no estaba en absoluto seguro de lo que esa bella morena pensaba de él?

Los invitados se fueron mucho más tarde de lo que Alice esperaba; cuando al fin comenzaron a retirarse ya era pasada medianoche. De pie junto a su esposo, ante la puerta principal de la casa, ella agradeció a cada uno su presencia. A menudo aprovechaba el brazo de su esposo para recostarse sobre su fuerte cuerpo. El día había sido largo y agotador; si bien albergaba aún fantasías para esa noche, no estaba segura siquiera de tener fuerzas para desvestirse.

En el cielo nocturno, un estrecho rayo de luna parecía luchar por abrirse paso entre las nubes agolpadas. Por fin desapareció tras una turbulenta masa; las brisas fortalecidas, que traían el olor de la lluvia inminente, sacudieron las ramas de los árboles y comenzaron a estrellar las puertas acristaladas contra sus marcos. Los sirvientes se precipitaron a cerrarlas, mientras los invitados corrían hacia sus carruajes. El viento burlón parecía empecinado en hacer rodar las chisteras por el camino y levantar las capas hasta las espaldas.

Edward y Bella fueron de los últimos en partir. Alice observó, sonriente, con cuánta solicitud el mayor de los Cullen acompañaba a su esposa. Desde su boda habían pasado demasiadas cosas como para que ella hubiera podido comprender cuánta suerte tenía al formar parte de ese clan. Comenzó a pensarlo en la reunión de la iglesia, cuando la encantadora familia de Edward le robó el corazón. Su cuñado la aceptaba con gentil cortesía, por lo cual ella le estaría siempre agradecida. En cuanto a Bella, esa adorable mujer comenzaba a ser para ella como una hermana.

—Has estado encantadora, querida —le susurró Bella, mientras se abrazaban con cariño.

—Gracias por estar aquí cuando más te necesitaba —murmuró Alice, con una suave sonrisa—. Al parecer, todavía hay algunas solteras que detestan verme casada con Jasper.

—¡Oh, ya lo creo! —Bella agitó una mano hacia la fila de carruajes que desaparecía en la oscuridad—. Casi puedo ver el rastro de frustración que dejan cinco o seis de ellas, en un esfuerzo por aceptar que mi cuñado está perdido para siempre.

Jas ciñó con el brazo los esbeltos hombros de su esposa.

—Nuestro apresurado casamiento ha dado a la sociedad de Charleston algo de qué hablar hasta después de las Navidades.

—Durará mucho más, hermano —observó Edward, con una risa apagada—. Puedes creerme.

—Lo sé —reconoció Jas, exagerando el suspiro—. Hasta que seamos viejos encanecidos.

—Eso se aproxima más a la verdad —afirmó el mayor, poniéndole una mano en el hombro

—. Lamento decírtelo, pero los chismosos nos flagelarán con su lengua hasta que estemos en la tumba. Y quién sabe si entonces nos dejarán en paz.

—Gracias por tus alentadoras palabras —replicó Jas, irónico, fingiendo gran abatimiento—.

Podría haber sobrevivido unos veinte años sin enterarme.

—No tienes nada que agradecer —replicó Edward, con una sonrisa picara.

—No te alegres tanto —lo regañó Bella, enlazando su brazo al suyo—. Nosotros estamos igualmente expuestos.

—¡Si lo sabré! —reconoció él, apoyando una mano grande en su vientre abultado—. Al menos este bebé no ha dado tanto que hablar como Emmet.

Ella rió como una niñita.

—Eso es porque Jas y Alice han acaparado la mayor parte de la atención.

Edward recibió de un sirviente la capa de su esposa y se la acomodó sobre los hombros; mientras abrochaba los alamares de seda bajo su mentón, ella lo miró con un mohín rebelde que le arrancó una risa entre dientes.

—Déjame hacerlo, dulzura —exclamó él, tocándole la barbilla—. Siento la imperiosa necesidad de cuidarte.

Ella echó una mirada irónica a su barriga y lanzó un suspiro melancólico.

—Cuando nazca este bebé no me permitirás siquiera caminar.

Apenas habían salido esas palabras de sus labios, su esposo la alzó en brazos, sin prestar atención a su chillido de sobresalto, y preguntó:

—¿Por qué esperar hasta entonces, querida? Aun ahora pesáis poco más que un niño. Además, me resulta mucho más fácil controlaros cuando os tengo sana y salva entre mis brazos.

La réplica de Bella, si la hubo, se perdió entre los divertidos adioses de Edward, que la llevó deprisa escalinata abajo, hasta el carruaje que esperaba. Alice solo volvió a verla cuando su cuñada se asomó por la ventanilla del coche para agitar la mano a modo de despedida, entre las risillas provocadas por Edward, que intentaba aprisionarla nuevamente entre sus brazos.

Mientras uno de los sirvientes cerraba la puerta principal, riendo entre dientes, Jas siguió el ejemplo de su hermano y alzó a Alice para llevarla deprisa al dormitorio. Cora y Kingston quedaron atrás, meneando la cabeza, muy sonrientes.

—Sí, señor, siempre hay alguien que pone algo fermentado en el ponche —comentó el mayordomo, con los hombros estremecidos por la risa.

Las habitaciones de Jas ofrecieron a la pareja un dulce respiro tras el tumulto de la fiesta, pero esa noche eran aún más frescas, pues perduraba todavía el aroma de la lluvia. El dormitorio era un retiro íntimo que ningún sirviente se atrevía a pisar en presencia de los señores, a menos que se lo llamara. Tras la partida del último invitado, la pareja se sentía segura.

Por mucho que Alice hubiera fantaseado sobre el final de la velada, ahora se sentía completamente exhausta. Cuando su esposo la depositó sobre la cama, ella se quitó las zapatillas con un suspiro de alivio. Como los cobertores habían sido retirados algo antes por un sirviente, ella se estiró placenteramente sobre la sábana perfumada, feliz por poder relajarse.

—Tendrás que desvestirme —lo incitó, mientras dos de sus dedos subían por la manga de su esposo—. De lo contrario habrá que llamar a Tizzy.

—No hay necesidad, querida mía, puesto que estoy aquí, deseoso de seros útil.

La sonrisa lasciva de Jas superaba todo lo que Aro hubiera logrado jamás. La tumbó boca abajo sin ceremonias, arrancándole una exclamación exagerada, y procedió a desabrochar los botones que descendían desde el cuello hasta por debajo de la cintura.

Una vez que el vestido estuvo lo bastante flojo como para librarse del corpino y la parte superior de la camisola, Alice se quitó ambas prendas de los hombros y los deslizó hasta la cintura. Luego cogió una almohada entre los brazos para enterrar el mentón en ella.

—Os diré, querido: si quedo complacida con vos, es posible que os conserve como doncella. Jas le respondió con una buena palmada en sus nalgas.

—¡Bestia! —protestó ella, con fingida indignación.

—¿Conque bestia? —Él deslizó el vestido hacia abajo con un solo movimiento. Esta vez provocó en su esposa una exclamación auténticamente sorprendida.

—Pensándolo mejor, me quedaré con Tizzy —decidió con una risilla.

Puesto que Leah, durante una prueba, se había quejado de que las bragas de Alice creaban feos bultos bajo el vestido de baile, Alice había decidido no ponerse más que las medias y la camisola de satén, con bordes de encaje. Como resultado, Jas pudo admirar con algo más que la vista la manera en que la prenda interior se hundía entre las nalgas; por un largo instante acarició ese bonito trasero a través del satén. Totalmente concentrado en la tarea de desnudarla, aprovechó cada curva, cada valle a su alcance; deslizó la mano derecha bajo un pecho suave, mientras la izquierda seguía la delicada curva de su espalda hasta los muslos y, en el trayecto, empujaba la camisola aún más abajo. Una vez que la prenda estuvo libre, volvió a tenderla boca arriba para quitarle las medias.

Jas dejó las prendas a un lado y se inclinó hacia ella, observándola con expresión sonriente. Los ojos de Alice, suaves y líquidos, se fundieron con los suyos. Como sobrecogida por algo que él no podía entender, ella levantó una mano para acariciarle la mejilla, con una profunda ternura. Conmovido por ese sentimiento, Jas le dio un largo beso en la palma de la mano. A los Labios de Alice ascendieron extrañas palabras que solo había dicho a sus padres. La facilidad con que las pronunció la dejó sobresaltada, pues nunca hasta entonces las había pensado.

Aun sabiendo que su esposa estaba exhausta, él no pudo resistir la tentación de rozar con una larga caricia su cuerpo desnudo. Pese al cansancio, ella contuvo el aliento ante las sensaciones que aquello le despertaba. Cuando las manos de Jas llegaron a zonas más íntimas, ella se abrió a él de buena gana, con los ojos oscurecidos por el deseo. Lo observó mientras se desvestía y, cuando él se irguió junto a la cama, totalmente desnudo, tan audaz como hombre alguno pueda serlo, le dio la bienvenida alzando los brazos.

Mucho después se quedó dormida, con la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, la pierna flexionada sobre sus fuertes muslos. Al sumirse en las profundidades del sueño susurró algo que Jas, en un primer momento, no pudo entender. Inclinó la cabeza para oír mejor, pero de los labios de Alice solo salió un suave suspiro.

Después de acomodar la almohada debajo de la cabeza, él dirigió una sonrisa al techo. Sabía qué significaba ese grave murmullo, pero a esas alturas de su matrimonio era posible que se estuviera dejando llevar por la imaginación.


van bien... veremos si todo continua asi...

nos leemos en el proximo capitulo