Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


Capítulo 14

Arrancada de los placenteros brazos de Morfeo, Alice pasó algunos segundos tratando de identificar qué la había despertado. Las cortinas, antes corridas contra las puertas acristaladas, habían sido apartadas. Tras los cristales superiores de la última, una brillante luna otoñal pendía en el cielo nocturno; vaporosas nubes arrastradas por el viento del oeste cruzaban su cara luminosa. La brisa agitaba la copa de los enormes árboles. De vez en cuando las ramas del roble, en el extremo de la casa, rozaban la fachada de ladrillos. Aparte de ese leve sonido, en la habitación reinaba un silencio de muerte.

Alargó la mano hacia el otro lado de la cama, buscando al hombre en cuya reconfortante presencia había aprendido a confiar, pero no estaba allí. Sus ojos sondearon las sombras de la habitación, pero no halló el menor rastro de él allí dentro.

—¿Jasper? —llamó en tono apagado. Sus cejas se fruncieron en una intensa confusión, pues el silencio continuaba. Carraspeó para hacer otro esfuerzo, en tono algo más alto—.¿Jasper? ¿Dónde estáis?

Una vez más, solo le respondió la callada quietud.

Alice apartó los cobertores para sacar las piernas de la cama; luego se puso precipitadamente el camisón y la bata que Jas había dejado en una silla, junto a la cómoda. Rebuscando en la mesilla, encontró la caja de yesca y logró encender la lámpara de aceite. Bajo su pobre luz echó una mirada oblicua al reloj de la repisa.

¡La una y cuarto!

A lo sumo había dormido cuarenta minutos. Pero ¿dónde estaba Jasper? ¿Por qué había abandonado la cama?

Alice cruzó la habitación con pasos vacilantes mientras se frotaba los brazos para contrarrestar el frío que traían las brisas nocturnas. Aun así salió a la galeria sin pensar demasiado en lo escaso de sus prendas. Sin duda Jasper estaría allí, se dijo; pero después de echar un vistazo hacia ambos lados quedó aún más confundida, pues en verdad estaba sola.

Hasta donde llegaban sus conocimientos, Jasper nunca se alejaba del lecho en medio de la noche; su ausencia la aturdió, pues no tenía la menor idea de lo que podía haberle impulsado a salir. ¿Quizá algún ruido que le pareciera preocupante? De inmediato pensó en Aro, en la posibilidad de que ese grosero patán hubiera decidido regresar con sus hombres para cometer nuevas tropelías, quizá para vengarse de Jas. Entonces la recorrió un violento escalofrío.

—Jasper, ¿dónde estáis? —llamó, desolada.

De pronto una sensación le comprimió el pecho, comparable al dolor que había sufrido tras la muerte de sus padres. Ya no tenía la certeza de que su esposo estuviera sano y salvo; se sentía perdida y abandonada. Era como si, en un instante, toda su vida hubiera quedado vacía y desolada.

Alice apretó una mano temblorosa contra el cuello y clavó la mirada en las sombras que la rodeaban; lentamente, empezaba a entender.

—Oh, Jasper —susurró—. ¿Qué has hecho con mi corazón?

No hubo respuesta; no era necesaria. Sus emociones habían ido más allá de cuanto había conocido hasta entonces. La sensación era una ola caliente que la recorría, serpenteante, impregnando su mismo ser con esencias de gozo, serenidad, benevolencia, devoción y... Alice inclinó la cabeza, esforzándose por ver con claridad la idea que se iba formando en su mente. Ya no era un simple enamoramiento, pero ¿sería realmente amor?

Por el rabillo del ojo divisó una luz vacilante a lo lejos. Se volvió a mirar, llena de expectación, solo para encontrarse con una oscuridad vagamente quebrada por el claro de luna que se filtraba por el follaje de los robles. Por si el diminuto fulgor hubiera sido obra de su imaginación, entornó los ojos para mirar hacia allí, con la esperanza de hallar una explicación. Al principio no vio nada; solo se oía el susurro del viento entre las hojas y unas cuantas gotas de lluvia que caían tardíamente a tierra. Pero al pasear lentamente la mirada en derredor, las ramas inferiores del roble se inclinaron ante el ímpetu de la brisa, permitiéndole comprobar que había un vago resplandor, al parecer proveniente de los establos.

Normalmente, los adiestradores y los mozos de cuadra debían estar durmiendo a esas horas, pero si alguno de los caballos estaba en dificultades era seguro que estarían levantados. Posiblemente Jas, al ver luces u oír algo, había ido a investigar.

Alice corrió de nuevo al dormitorio para ponerse apresuradamente las zapatillas; luego descendió las escaleras desde el extremo de la galería y cruzó el prado a toda prisa, temblando. Al llegar a los establos descubrió que la tenue iluminación brotaba de una sola lámpara, colgada de una viga en la caballeriza de Ariadna. Aunque la puerta estaba abierta de par en par, no se veían señales de la yegua. La posibilidad de que el hermoso animal hubiera muerto por un cólico le causó una súbita punzada de preocupación.

El temor aceleró sus pasos, pero apenas un instante después la detuvo un súbito chillido.

¿Un bebé? Su mente se resistía a aceptar la posibilidad. ¿Allí, en los establos?

Ya no caminaba: corría. Hacia la caballeriza. Al llegar a la puerta asió el poste del rincón para girar hacia adentro, pero se detuvo bruscamente. Ariadna no estaba a la vista. Ocupaba su lugar una horrible pesadilla. Alice tuvo una repentina visión de sangre. ¡Por doquier! En las virutas frescas que cubrían el suelo. En el corpino y la falda de un vestido amarillo. En los finos dedos flojamente curvados por la muerte. En el pequeño envoltorio de donde provenía el llanto indignado de un bebé.

Sofocó el grito apretándose la boca con una mano temblorosa, mientras sus ojos recorrían la silueta menuda y delgada, grotescamente desparramada en el suelo. Aunque la falda estaba cubierta de oscuras manchas la sangre parecía provenir del diafragma. Sobre la estrecha cintura, un gran charco rojo había empapado el vestido amarillo. La mirada de Alice ascendió desde allí hasta el pelo dorado y la cara juvenil.

—¡Charlotte¡

Lo que escapó de su garganta fue poco más que un susurro estrangulado, pero hizo que una alta silueta masculina se levantara de entre las sombras que oscurecían el rincón de la caballeriza, arrancándole una exclamación de sobresalto. Súbitamente asustada, retrocedió a tropezones, esperando el ataque de ese criminal que había matado a la muchacha. Luego la luz de la lámpara iluminó la cara del hombre. Ella solo pudo mirar fijamente, confundida, el perfil cincelado y la camisa ensangrentada.

—¡Jasper! ¿Qué hacéis...?

Sus ojos bajaron, raudos, al cuchillo que pendía, flojo, de su mano: una hoja reluciente cuyo mango tenía la forma de una cabeza de carnero.

—Alice...

Su voz sonó extraña, como si proviniera de un profundo valle. Dio un paso hacia ella, alargando la mano libre. Se lo veía tenso, con la boca apretada en una lúgubre línea, los ojos extrañamente ensombrecidos por una emoción que ella nunca le había visto. Lo miró como si fuera un desconocido. Sin embargo no habían pasado siquiera dos horas desde que hicieran el amor como marido y mujer. Y hacía apenas un momento había comprendido al fin, emocionada, que...

Bajó nuevamente la vista hacia la hoja del cuchillo que sostenía; luego miró a la muchacha muerta. En un instante, el sentimiento de que ese hombre le era tan precioso como la vida, de que en su propio cuerpo se estaba produciendo un cambio, la felicidad que había conocido en sus brazos y en su casa, todo ello desapareció por los sentimientos de dudas y miedos pasados, el dolor de haber visto a sus padres cruelmente traicionados y la impresión, profundamente arraigada, de que ese cuento de hadas era demasiado bonito para ser real. Toda la felicidad que había saboreado recientemente como esposa de Jasper Cullen quedó sepultada bajo la mancha de sangre que se iba extendiendo. Desde el fondo de su ser brotó un grito sollozante, que ya no pudo contener:

—¡Nooooooo!

Sin poder reprimir el espanto y con esa horrible sospecha que ahora la asaltaba, Alice retrocedió. Por un momento Jas se quedó petrificado. Luego murmuró una maldición y después de arrojar el cuchillo ensangrentado hacia el rincón de la caballeriza, avanzó un paso hacia ella.

—Escuchadme, Ali...

Un gesto cortante de la mano femenina le negó cualquier posibilidad. Cegada por las lágrimas, ella se volvió en redondo para huir y corrió todo cuanto pudo hacia la casa. ¡Tenía que haberse dado cuenta de que todo era demasiado perfecto! Jasper, el matrimonio, su creciente amor por ese hombre... Pero todo había sido un engaño, una mentira.

Su corazón martilleaba locamente. Ahogada por los sollozos, echó una mirada lacrimosa por encima del hombro; su esposo la seguía a paso rápido. Ella subió como un rayo las escaleras de la galería, jadeando entre sollozos angustiados. Después de enjugar con un brazo las lágrimas que caían a raudales por su cara, se dirigió al dormitorio y lo recorrió con una mirada desesperada, buscando un sitio donde esconderse. Jasper conocía demasiado bien su alcoba como para que ella se sintiera segura en cualquier rincón oscuro. Lo mejor que podía hacer era retrasar su búsqueda hasta que hallara una vía de escape.

Jadeante por el miedo, el tormento y el esfuerzo realizado en su desesperada necesidad de escapar, Alice cerró violentamente las puertas a lo largo de la galería y luego cruzó corriendo la habitación mientras se secaba las lágrimas. Una vez que hubo salido al pasillo, cerró despacio la puerta tras ella. Apenas tuvo tiempo de alcanzar la seguridad de su antiguo dormitorio y echar la llave antes de oír pisadas en el pasillo: Jasper había tardado apenas un instante en descubrir su engaño.

Él probó la puerta antes de golpear con los nudillos. Puesto que sabía que su esposa estaba aterrorizada por lo que había visto, hizo un esfuerzo por hablar con voz suave y dulce:

—Alice, amor mío, no me tengáis miedo, por favor. Yo no maté a Charlotte. Tenéis que creerme.

Acurrucada en el lecho, temblando por el miedo y la angustia, Alice se apretó los labios con dedos temblorosos, para sofocar los sollozos. En medio de la penumbra que la rodeaba, mantenía la vista fija en la madera que se interponía entre ella y el hombre a quien había llegado a conocer como esposo y amante. Lo oyó murmurar una maldición; luego, con alivio, retroceder hacia su dormitorio. Una puerta se abrió y volvió a cerrarse en la distancia. Escuchó con cautela, aterrada, en medio del silencio que reinaba durante un tiempo que le pareció interminable. Luego, un golpe sordo en la galería y una luz que avanzaba hicieron que ella abandonara la cama precipitadamente. ¡Había olvidado que una de las dos puertas acristaladas estaba siempre sin llave, para que los sirvientes pudieran entrar!

Un momento antes de que su esposo llegara, echó el cerrojo para asegurarse alguna protección, siquiera pasajera. Los dos se enfrentaron, bañados por la luz de la lámpara de aceite, separados no solo por los cristales rectangulares de las puertas, sino por la espantosa desconfianza que de pronto había surgido entre ellos.

Habría bastado el golpe de una bota para eliminar esa barrera, pero Jas sabía que, si derribaba la puerta, su esposa huiría como poseída, y eso daría solidez a sus horribles sospechas. Debía hallar la manera de calmar sus temores.

La miró a los ojos, a través de las lágrimas que los desbordaban, e hizo un gran esfuerzo por hablar con calma.

—Alice, amor mío, comprendo que habéis sufrido un golpe terrible, pero no hay motivos para que me temáis. ¿No comprendéis? Cuando llegué a los establos Charlotte ya había muerto. Oí su grito cuando empezaba a dormirme y bajé a investigar. Ahora abrid esta puerta, por favor, para que hablemos. No voy a haceros daño. Jamás haría semejante cosa.

Una y otra vez, el horrendo recuerdo de Charlotte, sin vida y ensangrentada en la caballeriza, sacudió a Alice con oleadas de espanto. No tenía ni idea del motivo por el que la muchacha había regresado a Oakley, pese a la prohibición de Jas, pero con tantos invitados como habían llegado y partido, nadie habría reparado en su presencia, mucho menos los sirvientes. Los mozos de cuadra tenían la responsabilidad de llevar agua para los tiros de todos los carruajes; era una cortesía necesaria, por las largas distancias y la posibilidad de que la fiesta se prolongara hasta la madrugada. Lo más probable era que, cumplido el servicio, los hombres hubieran regresado a sus alojamientos para acostarse.

Quizá Charlotte había vuelto a la plantación para implorar, una vez más, el sustento para ese hijo que ella insistía en atribuir a Jas; posiblemente pensaba que, si él podía ofrecer un baile tan costoso en honor de su esposa, bien podía pagar una suma mensual para el bebé. Sus acusaciones más recientes demostraban que era incapaz de aceptar la negativa de Jas en cuanto a compartir su fortuna con ella y el niño, pese a lo cuantiosa que era. Simplemente, ella no entendía que él se negara a dejarse extorsionar. Aunque Jas era capaz de gastar una generosa suma para salvar de los maltratos a una muchacha negra, su dignidad le impedía dejarse presionar con amenazas. El padre de Alice había sido igual; eso no la preocupaba. Lo que la obsesionaba era la posibilidad de que Charlotte hubiera llevado a su esposo hasta el límite de su paciencia. La última vez, él le había dicho que sentía deseos de estrangularla. Si hubiera llegado a encolerizarse de verdad, era posible que, perdido el dominio de sí mismo, hubiera puesto definitivamente fin al acoso.

Por mucho que Alice rechazara la idea de que su galante y apuesto marido pudiera hacer daño alguno a una mujer, cualquiera que fuese, no podía restar importancia a lo que había visto con sus propios ojos: él tenía en la mano el cuchillo ensangrentado que obviamente había matado a Charlotte, un arma que normalmente guardaba en el escritorio de su alcoba. ¿Cómo olvidar esos hechos?

Tenía la cara contraída por fuertes emociones y la cascada de lágrimas continuaba, sin que ella le prestara atención. Jas era su querido esposo. Él la había salvado de convertirse en propiedad de Aro, para luego transportarla a un mundo de lujos y enseñarle los placeres de la felicidad conyugal, de la femineidad realizada. Sin embargo en esos momentos le parecía no conocerlo en absoluto. La experiencia del último año le había demostrado que es muy fácil confiar en quien no lo merece y ser víctima de una traición. ¿Acaso su propio padre no había sido acusado de traición por otros nobles, desconocidos para ella? Y su madre, al aceptar a Laurent Da Revin como su hermano perdido, ¿no había provocado luego su trágica muerte a bordo? En los últimos tiempos, la confianza parecía ser algo muy peligroso.

—Vete, Jas, por favor —balbuceó entre lágrimas, temerosa de enfrentarse a su mirada a través de los cristales. Esos ojos traslúcidos, que le imploraban en silencio que lo escuchara y le creyera, le desgarraban el alma—. Necesito tiempo para superar esta terrible impresión y aclarar todo esto en mi mente y pensar con más claridad.

Jas levantó una mano para hacer otra súplica, pero la mirada de su esposa se clavó en él; solo entonces cayó en la cuenta de que tenía los dedos pegajosos de sangre. Bajando lentamente el brazo, suspiró abatido. Por ahora, hablar con su mujer parecía inútil; era evidente que ella estaba aterrorizada. Se alejó a paso lento hacia su alcoba, dejando que ella analizara su inocencia o su culpa.

Exhausta, tan temblorosa que apenas podía mantenerse de pie, con las piernas flojas, Alice volvió a la cama y hundió la cara en las almohadas; entonces dejó brotar los sollozos sin reprimirlos. Ese vacío helado, oscuro y turbio que sentía en la boca del estómago se negaba a ceder ante la razón y la confianza. Era como si Jas ya hubiera sido condenado y solo faltara presenciar el ahorcamiento.

Una tiniebla impenetrable se adueñó de ella y agotada por tantos terribles pensamientos se sumió en un sopor. En los límites de su conciencia, una compasiva oscuridad la arrastró hacia un valle hondo y en penumbra.

—¡Que Dios me ampare, señor Jasper! ¿Está usted herido, señor?

Tras haberse arrastrado en bata hasta el piso de abajo, Kingston aún parpadeaba, soñoliento, cuando vio acercarse a su amo. La impresión de ver tanta sangre dilató precipitadamente los ojos oscuros. Su boca se abrió con la misma prontitud.

El ruido de varios portazos habían llegado al último piso de la mansión, despertando a Kingston. Antes de abandonar apresuradamente su cuarto, el mayordomo asió el grueso palo que guardaba bajo su cama desde la visita de Aro Vulturi, por si el alemán y su chusma regresaban dispuesto a crear problemas. No obstante, al ver a su amo se preguntó si no debía haber cogido el botiquín.

Jas imaginó el macabro espectáculo que ofrecía, con sus prendas ensangrentadas y las manos pegajosas. Aunque su intención era despertar al mayordomo para darle instrucciones, ahora parecía necesario aclarar su situación.

—La sangre no es mía, Kingston. Temo que proviene de Charlotte. Alguien la mató a puñaladas en el establo. Su bebé también está allí, gritando a todo pulmón, pero ileso, hasta donde puedo asegurarlo. Necesito que vayas por el niño y le busques una nodriza. Pero tienes que prepararte para un espectáculo horrible. El asesino se ha ensañado con Charlotte.

Jas hizo una pausa para apartar la escena de sus pensamientos. Después de un suspiro desconsolado, continuó:

—Que uno de los mozos de cuadra vaya a Charleston por el sheriff. Mientras lo esperamos, pide a Sparky y a Thaddeus que revisen la caballeriza, por si hubiera alguna pista sobre la identidad del criminal.

Por fin Kingston cerró la boca y tragó saliva.

—Sí, señor Jasper. Enseguida, señor. Pero entretanto, ¿necesita usted algo? Se lo ve muy nervioso.

Jas habría podido enumerar las distintas razones de su nerviosismo, comenzando por los motivos de esa muerte y el nombre del asesino.

—Tienes razón, Kingston, pero no hay nada que hacer. Me llevará algún tiempo asimilar la brutalidad de este sucio acto. Teniendo en cuenta mi última confrontación con Charlotte, la gente pensará que yo tuve algo que ver con su muerte.

—¡Nadie, señor! —El mayordomo sacudió la cabeza, como si esa idea no se le hubiera cruzado nunca por la mente—. Cuando menos entre nosotros, que lo conocemos bien. Si usted fuera capaz de hacerle algo así a la señorita Charlotte, también nos pegaría a nosotros. O a esa mula de Brutus. Pero usted nunca se enfada con uno, señor Jasper.

—Pues me enfadé bastante con Charlotte —apuntó Jas.

—Sí, señor, eso es cierto, pero con razón, después de lo que ella quiso hacer. ¡Meterse en su cama cuando usted dormía y después decir que le hizo un bebé! ¡Pero si hasta yo me puse tan furioso que le habría pegado!

—En los establos hay un bebé que llora de hambre, Kingston —le recordó Jas—. No podemos seguir hablando mientras el niño sufre.

—Sí, señor, ya voy.

Al regresar a sus habitaciones, Jas se apresuró a quitarse la ropa manchada. El agua de la palangana estaba tibia, pero él apenas lo notó. Mientras se frotaba las manos, la cara y el pecho con agua y jabón, habría querido fregar con igual resultado la sanguinaria escena que tenía en la mente.

Ya vestido con ropa limpia, cogió una lámpara y caminó por la galería hasta las puertas tras las que se refugiaba su esposa. La habitación estaba a oscuras; solo la suave luz de su lámpara le permitió verla, acurrucada al otro lado de la cama. La tenue claridad no provocó ninguna reacción en su mujer; solo cabía pensar que su esposa se había dormido, a pesar de la terrible experiencia que acababa de vivir.

«Mejor así», pensó él, tristemente. Después de lo que ella había visto, su mente necesitaba el efecto sedante del sueño. Si él hubiera podido eliminar así de su mente la macabra escena, se habría acostado inmediatamente. Pero tras haber oído los patéticos ruegos de Charlotte, que pedía alguna muestra de afecto, le acosaba el profundo remordimiento de no haberla ayudado de manera que no se interpretase como un reconocimiento a sus acusaciones.

De sus labios escapó un suspiro; luego cayó en la cuenta de que estaba tenso como una cuerda trenzada. Imaginaba con claridad lo que Alice había pensado al ver la escena del establo. Después de todo, él tenía en la mano el arma homicida, un cuchillo que obviamente había desaparecido de su escritorio durante el baile. Cualquiera de los asistentes podía haber entrado en su alcoba para apoderarse de él. Y eso era exactamente lo que había hecho el asesino: robarle el cuchillo para matar a una muchacha.

Preocupado por el niño, Jas bajó la escalera y detuvo a Kingston, que regresaba con el lloroso bebé.

—Santo Dios, señor Jasper —exclamó el hombre, por encima de los chillidos—. Nunca he visto nada como esa mujer apuñalada. Para ser tan pequeña, la señorita Charlotte ha perdido mucha sangre. Viendo a este pequeñín así, todo cubierto de sangre y gritando como un demonio, he pensado que él también estaba herido. Pero es solo hambre, señor Jasper, como usted ha dicho.

Jas bajó la vista hacia el niño, que hacía todo lo posible por dar a conocer su malestar. Puesto que su cara estaba comprimida en una pequeña bola enfurecida, resultaba imposible juzgar con certeza a quién se parecía. Aparte del pelo negro, cualquier similitud entre los dos parecía remota, pese a las aseveraciones de Charlotte, aunque nunca faltan las coincidencias.

—¿Le has conseguido nodriza?

—Sí, señor. La mujer del capataz dice que puede amamantar al niño Daniel junto con el suyo. Me ha encomendado decirle, la señora Fergus, que no habrá ningún problema. —Al oír un repiqueteo de pisadas enérgicas, Kingston inclinó la cabeza hacia el ama de llaves, que venía desde el fondo de la casa—. Aquí está Cora, señor. Viene para llevar el bebé a la señora Fergus.

Cora se hizo cargo del bebé y lo inspeccionó rápidamente, hasta asegurarse de que la sangre de la manta no era de él.

—Nosotros cuidaremos del pobrecito, señor Jasper. Usted no se preocupe.

Una vez tranquilizado al respecto, Jas volvió a los establos. Le alivió un poco ver que habían cubierto el cadáver con una sábana. Sparky y Thaddeus hurgaban entre la viruta. Cuando Jas apareció ante la puerta de la caballeriza, el más joven se acercó.

—Todavía no hemos encontrado nada, señor Jasper. —El adiestrador echó una mirada nerviosa al cadáver cubierto—. Hemos buscado por todas partes, menos debajo de la señorita.

—Lo hará el sheriff, cuando llegue —dijo Jas, compadecido de sus hombres.

Sparky asintió con aire brusco, visiblemente aliviado. Thaddeus salió de la caballeriza arrastrando los pies.

—Señor Jasper —dijo, con un solemne meneo de cabeza—, he preguntado a todos los mozos de cuadra, pero nadie ha visto ni oído qué ha pasado esta noche aquí.

Jas echó un vistazo al pasillo, entre las otras caballerizas. Luego volvió hacia Sparky un ceño extrañado.

—Pero ¿dónde está Ariadna?

—Anoche la pusimos en el corral de al lado, señor, pero no hemos vuelto a verla.

—¿Y por qué se te ha ocurrido dejarla afuera, Sparky? Sabes que, cuando se empecina, es capaz de saltar por encima de cualquier cerca.

—Pues señor, es que coceaba las tablas de la caballeriza vecina con mucha fuerza. Temimos que derribara el establo. De veras, señor Jasper, estaba más loca que una gallina clueca. En cuanto abrí la puerta de la caballeriza salió pitando, como si tuviera fuego en la cola. Tanta era su prisa que estuvo a punto de arrollarme.

—¿No viste si había alguien en la caballeriza contigua?

—Como le he dicho, señor Jasper, ella salió en estampida, como un demonio en vuelo. Después de sujetarla no me molesté en coger una lámpara para echar un vistazo en la caballeriza. En ese momento no parecía necesario. Lo que me interesaba era tranquilizarla.

—¿Recuerdas qué hora era, Sparky? —insistió Jas.

El adiestrador se rascó el mentón con ademán reflexivo.

—Cerca de las once, quizá algo más tarde. No recuerdo bien, señor.

—Revisa el pesebre que hay al lado y veamos qué encuentras, Sparky. Si algún extraño se hubiera escondido allí, eso explicaría por qué Ariadna armo tanto escándalo.

—Si ese hombre hubiera querido entrar en su caballeriza, esa loca le habría arrancado la cabeza a coces. Pero creo que no fue así, pues no he visto ningún otro cadáver por aquí.

—Quizá el asesino corrió el riesgo a fin de esconderse de vosotros. Tal vez eso fue lo que alteró a la yegua.

—Pues si esa persona aún tiene la cabeza en su sitio, ha de estar inconsciente. Esa yegua tiene el genio demasiado vivo como para que cualquier tonto se tome familiaridades con ella.

Thaddeus echó una mirada triste al cuerpo cubierto y meneó la cabeza, sobrecogido por el grotesco horror de lo sucedido.

—¿Qué clase de hombre es capaz de algo así, señor Jasper? ¡Matar a una niña que acaba de tener un bebé! Parece cosa del diablo.

Jasper reconoció mentalmente que matar a una joven madre, con un lactante en brazos, parecía una violación de la naturaleza. La gente de la zona quedaría espantada. Peor aún: el asesinato se había producido en sus establos. La verdad es que Alice sería solo la primera de los muchos que sospecharían de él.

Volvió a sentir una punzada en el corazón al recordar las lágrimas y el miedo con que su esposa lo había mirado en los establos. Debía hallar el modo de hacerle comprender su inocencia. Se volvió nuevamente hacia Sparky.

—¿Falta algún otro caballo?

—No, señor. No lo creo. Jas tomó otra decisión.

—Manda a alguien por Elijah, Hijo de Lobo. Quiero averiguar todo lo que pueda sobre esto.

—Sí, señor Jasper.

Al regresar a la casa, Jas se instaló ante el escritorio de su estudio, tratando de concentrarse en los registros contables de la plantación, mientras esperaba la llegada del sheriff Townsend. Más de una hora después, alguien llamó a la puerta. A una palabra suya entró Kingston.

—Ha venido Elijah, señor Jasper.

—Hazlo pasar.

Un hombre alto y delgado, de unos cuarenta y cinco años, entró con el sombrero en la mano. Obviamente lo habían despertado de un profundo sueño. Aun así vestía su ropa preferida: pantalones de piel de venado y mocasines. Su nariz era estrecha y aguileña; sus facciones, marcadamente cinceladas. El pelo negro, lacio, estaba cortado por debajo de las orejas. La tez, del color del cacao, tenía un tinte rojizo que señalaba su sangre mestiza. Se rumoreaba que la madre de Elijah había sido una bella esclava mulata, cautiva a los quince años de un guerrero indio que, más adelante, la hizo su esposa. Un par de años después el campamento del guerrero fue invadido por una tribu enemiga; al encontrar muerto a su esposo, la mujer se había escapado con su hijo. Desde entonces se las arreglaron solos, en una choza de las afueras de Charleston, hasta que ella murió de pulmonía, cuando el niño tenía solo doce años.

—¿Me ha mandado llamar, señor? —preguntó Elijah, con una voz grave que resonó en la habitación.

—Sí, Elijah, y te agradezco que acudieras tan pronto. —Jas le clavó una mirada interrogante

—. ¿Te han contado lo que sucedió aquí?

—Sparky me ha dado algunos detalles camino hacia aquí, señor —reconoció el rastreador.

—El asesinato de la muchacha se ha producido en una de las caballerizas. El cadáver aún está allí. Mira si puedes hallar algo en el establo o en los alrededores. Para empezar, puedes inspeccionar las huellas de todos los que trabajan allí. Si descubres alguna que no sea conocida, estudia hacia dónde van. Si desaparecen cerca de las huellas de un vehículo, podemos estar razonablemente seguros de que el tipo llegó o se marchó de esa manera. Si encuentras dos pares de huellas, uno de los cuales corresponda a la muchacha, es posible que Charlotte haya venido con su asesino. Pero dejaré que tú descubras todo eso.

De los ojos de Elijah había desaparecido cualquier rastro de sueño. Ahora estaban alerta e imbuidos de luz.

—Dice Sparky que esta noche ha llovido. Si el agua no ha borrado las huellas, puedo hacerlo, señor.

Jas logró esbozar una sonrisa débil. La habilidad de ese hombre para rastrear era casi legendaria en las Carolinas. Varios años antes le habían encomendado buscar a un niñito que se había alejado por un terreno escarpado y lleno de cornisas de roca. No perdió el rastro ni por un instante; por fin trajo al niño a casa, sano y salvo. Otras anécdotas similares aseguraban a Jas que el hombre sabría encontrar lo que otros pudieran haber pasado por alto.

—Haz lo que puedas —le instó—. Pronto llegará el sheriff Townsend. Si hallas algo importante, le ayudarás a resolver este crimen espantoso.

Elijah salió del estudio. En su ausencia Jas comenzó a pasearse por la habitación. Tenía grabada en la memoria la cara de Alice, desfigurada por el horror. El deseo de aclarar las cosas con ella se le hizo casi abrumador; tuvo que luchar contra el impulso de subir de cuatro en cuatro la escalera para reprocharle el haber creído lo peor sobre él. En parte se sentía muy dolido por el hecho de que ella se negara a escucharlo. Ya en otra ocasión habia tomado en serio las acusaciones de Charlotte, y eso la llevó a expulsarlo de su lecho. Desde luego, lo que Alice había visto hubiera horrorizado a cualquiera. Y si volvía a verla retroceder ante él con ese miedo mortal, se le rompería el corazón. No, era mucho mejor darle algún tiempo para poner las cosas en su sitio. Quizas entonces pudiera confiar en él a pesar de todo.

Mientras bebía a sorbos el café caliente que Kingston le había traído, Jas desvió una mirada hacia las ventanas. Nunca habría sospechado, durante el gran baile que había disfrutado la noche anterior, que ese día iba a convertirse en un infierno. Mientras contemplaba tristemente los primeros rayos del alba, que se estiraban sobre Oakley, lanzó un suspiro parecido a un lamento.