Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 15
El sheriff Rhys Townsend y el jinete que había ido a buscarlo llegaron a caballo, en el momento en que el sol se elevaba por encima de los árboles. El hombretón se descolgó de la silla y, con el paso bamboleante de siempre, cruzó la calzada delantera. Mientras él subía los peldaños de la entrada, Jas salió al porche para recibirlo.
—Gracias por venir tan pronto, Rhys.
El sheriff se quitó el sombrero para entrar en el vestíbulo tras su amigo.
—Tu mozo dice que aquí han asesinado a una mujer, Jas. ¿Qué diablos ha sucedido? El señaló el estudio con un gesto.
—Si no te molesta, hablaremos allí dentro.
Rhys asintió con la cabeza y, después de entrar, se hundió en su sillón favorito. Un momento después entró Kingston con una cafetera y pocilios de plata. El sheriff aceptó la infusión con gratitud; luego le indicó por señas que dejara la bandeja.
—Si he de mantenerme en pie, Kingston, necesitaré mucho más de esto. Hay quienes no tienen reparos en arrancarlo a uno de la cama después de permitirle apenas una hora de sueño.
El mayordomo logró esbozar una sonrisa, pese al trauma que aún afectaba al personal de la casa.
—Sí, señor Rhys. Dice usted bien.
Mientras él salía, el sheriff bebió el café de un solo trago. Jas rodeó el escritorio y fue a apoyarse contra el borde frontal, con lo cual su amigo se sintió obligado a dejar la taza para atenderlo.
Jas lo miró a los ojos y le explicó serenamente lo sucedido, hasta donde él sabía.
—Cuando me estaba quedando dormido oí un alarido de mujer. Sería la una de la madrugada. Como provenía de los establos, encendí una lámpara y bajé a echar un vistazo. Encontré a Charlotte en una de las caballerizas, con su bebé. Aún estaba viva, pero agonizando. Me rogó que le quitara el cuchillo. Lo hice, con la esperanza de poder parar la hemorragia, pero ya estaba en las últimas. Me pidió que la abrazara por un momento, como si la quisiera de verdad, y lo hice. Murió en mis brazos. —El terrible recuerdo hizo que meneara la cabeza—. No imagino qué clase de monstruo pudo hacer algo así. La chica no debía tener más de dieciséis años.
—¿Te ha dicho algo? ¿Algún dato sobre la identidad del atacante? —preguntó Rhys Townsend, prescindiendo del tono rudo que solía utilizar en los interrogatorios.
—No. Solo parecía preocupada por el bienestar de su hijo. Me pidió que lo pusiera al cuidado de alguna mujer.
—Es decir, sabía que iba a morir.
—Creo que sí. Había perdido mucha sangre y estaba muy débil.
—Pero no intentó decir quién la había apuñalado.
—En absoluto. Solo parecía agradecida de tenerme allí. —Jas, ceñudo, recordó sus patéticos intentos—. Me deslizó una mano por la manga y trató de sonreírme.
—Cuando ella murió, ¿qué hiciste?
Jas vaciló. Se resistía a exponer las sospechas de Alice, pero no era posible evitar la pregunta.
—Me estuve un minuto en la oscuridad, mirando el cadáver de Charlotte, aturdido por el salvajismo del asesinato. Un momento después llegó mi esposa, que también se había despertado. No sé muy bien por qué. Creo que salió a buscarme. Naturalmente, al ver a Charlotte se alteró mucho.
—¿Dónde está ahora?
—Arriba. Duerme. Cuanto menos, hace un momento la he visto dormida. En lo posible, Rhys, preferiría que no la molestaras por ahora.
—Puedo hablar con ella más adelante. —El sheriff se sirvió otra taza de café—. ¿Crees que Charlotte pudo haber venido anoche para echar un vistazo, a ti y a tus invitados?
Jas se concentró en el líquido de su propia taza, mientras debatía silenciosamente las opciones. Era necesario dar más explicaciones, aunque de ese modo se incriminara.
—A mediados de julio vino a la plantación. En el porche de esta misma casa me acusó a voz en grito de ser el padre del hijo que esperaba. Al salir mi esposa, Charlotte tuvo la audacia de insinuar que Alice y yo debíamos pedir la anulación del matrimonio. Hacia finales de julio la vi por un momento en la tienda de Jacob, donde estaba trabajando. Y hace una semana, poco más o menos, volvió a venir. Quería mostrarme, según ella, lo mucho que el niño se parecía a mí.
Rhys enarcó las cejas, pero Jas descartó la tácita pregunta con un gesto cortante de la mano. Mucho tiempo atrás, había descubierto que su amigo era muy hábil para inducir a la gente a hablar. Mediante expresiones faciales, siempre midiendo el tiempo, se las componía para obtener confidencias. Aun así, Jas no creía necesario ocultarle información sobre las acusaciones de Charlotte. Si aún no las conocía, muy pronto descubriría la verdad. Bastaba con que interrogara a los sirvientes de la casa. Pese a lo que suponían algunos, probablemente por su torpe manera de hablar, Rhys no era estúpido ni tonto.
—Si el niño se me parece un poco, Rhys, es porque fue engendrado por alguien que se parece a mí. Pero no puede ser mío, de ninguna manera. —Jas suspiró; sería mejor comenzar por el principio—. Hace más de un año contraté a Charlotte para que bordara monogramas en la ropa blanca de la casa. Me habían dicho que era hábil con la aguja; la verdad es que quedé muy satisfecho con su trabajo y le pagué bien. Una noche, mientras yo dormía en mi habitación, ella se introdujo en mi cama y comenzó a acariciarme. Al despertar, en cuanto vi lo que estaba haciendo, la puse de patitas en la calle.
—Dices que no sucedió nada íntimo entre vosotros.
—¡No, definitivamente no! Si Charlotte era virgen cuando se metió en mi cama, virgen era cuando salió. Pero al haber estado tan cerca de hacerle el amor mientras dormía, no quise correr el riesgo de tenerla en la casa. No quería verme obligado a reparar su honor. En cuanto ella hubo recogido sus pertenencias, Thaddeus la llevó a Charleston y le buscó una habitación. Por lo visto, ella no tardó mucho en hallar a un hombre que no la expulsara de su lecho, puesto que su hijo nació nueve meses después de ese episodio, día más, día menos.
—¿Crees que su intención era quedar embarazada para cazarte?
—En realidad, no lo sé. Nunca traté de entender su razónamiento. Para mí no era, sino una niña. Puedes creerme: cuando vi quién estaba en la cama conmigo fue como zambullirme en un estanque helado.
—Al parecer ella creía estar enamorada de ti.
—Un breve deslumbramiento, quizá. Se le habría pasado con el tiempo... si hubiera vivido.
—Esta madrugada, ¿tú y tu esposa despertasteis al mismo tiempo?
—No. La dejé dormida.
—¿Ella te siguió inmediatamente después?
—No, por desgracia. Llegó después. Y tal como estaban las cosas en ese momento, temo que su primera impresión fue bastante errónea.
—Es decir: ¿creyó que tú habías matado a Charlotte?
—Exactamente.
—¿Le has explicado lo que sucedió?
—Lo he intentado, pero ella huyó para encerrarse en otra habitación.
—¿Y ahora está allí, dormida?
—Sí.
—¿Qué me dices de los sirvientes? —preguntó Townsend—. ¿Estaban todos en sus camas?
—Todos, menos diez o doce hombres que contraté para custodiar los caminos hacia el este, por si Aro nos atacaba. Pero estaban apostados demasiado lejos de los establos; no han podido ver ni oír nada.
—¿Crees que Aro está implicado en esto?
—Estoy convencido de que tiene algo que ver. Dudo que pagara a uno de sus hombres para matar a Charlotte, solo para cargarme la culpa; tampoco creo que lo hiciera él mismo, mucho menos ahora que solo tiene un brazo útil. Pero con tantos hombres como trabajan para él, quién sabe qué podría hacer cualquiera de ellos con un buen incentivo. Aunque me cuesta creer que pudieran matar a una muchacha solo para involucrarme, supongo que todo es posible.
—¿Acaso Alec Hyde no amenazó con matar a Alice, mientras la tenían cautiva?
—En efecto.
—Creo recordar que Aro estaba muy empecinado en quedarse con tu esposa. Y ahora se diría que el asesinato de Charlotte os ha distanciado. Tal vez el objetivo de Aro es aumentar ese distanciamiento hasta llevarlo a la separación legal... o a tu ahorcamiento.
—No dudo de que Aro disfrutaría, teniendo en cuenta lo que le hicimos aquella noche.
—Ese tunante de Alec Hyde se esconde con la astucia de un zorro —reflexionó Rhys, melancólico—. Por los rumores que me han llegado sé que está por aquí, pero aún no he podido atraparlo.
—Como te he dicho, a finales de julio mi esposa habló con él delante de mi naviera. Fue entonces cuando él le dijo que Aro lamentaba saberme vivo. También le dijo que sus padres vinieron desde Inglaterra cuando él era solo un niño; se jactó de saber esconderse en los pantanos. Tal vez esa habilidad le viene del nombre.1 —Jas esbozó una seca sonrisa, pues bromeaba sin ganas. Cada vez que pronunciaba el nombre de su esposa le invadían recuerdos de su huida de los establos—. Por lo que supe más adelante, Alec conoce muy bien esta zona, quizá mejor que nadie. Por eso no me sorprende en absoluto que pueda mantenerse escondido. De cuantos conozco, el único que podría encontrarlo es Elijah. Le he pedido que echase un vistazo por los alrededores de los establos.
Rhys dejó la taza y el platillo en la bandeja, a su lado, y se apoyó en los brazos del sillón para levantarse.
—Es hora de que yo haga lo mismo.
—Te acompañaré.
Cuando se acercaban al establo se les unió Elijah, quien ofreció algunas posibles teorías.
—La lluvia borró algunos rastros y dejó el suelo blando para dos juegos de huellas distintas, que han venido después —les informó—. Uno es de botas finas, hechas a mano. El segundo, de botas más comunes. Los dos hombres salieron del establo por detrás y entraron en el corral. Allí tomaron un caballo. Tal vez Botas Finas perseguía al otro.
—No creo que Alec Hyde use botas finas —murmuró Rhys, mirando de reojo a su amigo.
—No. Es más probable que fueran las mías —admitió Jas— . Pero yo no he pisado ese corral en varios días.
—Veamos qué has descubierto, Elijah —propuso el shcriff— Después me gustaría saber qué conclusión extraes de todo esto.
Las cosas eran tal como el rastreador había dicho. Un juego de huellas se parecía, mucho a las que Jas dejaba con sus botas; por añadidura eran del mismo tamaño. Las otras correspondían a un hombre de pies mucho más grandes, que desbordaban las suelas por el borde exterior. Rhys miró a Jas.
—Cuando atacamos el depósito de Aro ¿pudiste ver bien los pies de Alec?
—Sus pies no me interesaban —aseguró su amigo, sardónico. Luego preguntó a Elijah—:
¿Qué puedes decirnos sobre estas huellas ?
—Botas Finas viene después; pisa el otro rastro. Vuelve al establo. Botas Baratas llega hasta donde los cascos del caballo se hunden en el barro, como cuando el animal va montado.
El sheriff echó un vistazo más allá.
—¿Has hallado alguna otra huella en los alrededores de la casa o en la calzada?
—El paso de tantos pies y cascos de caballos no ha dejado marcas de la llegada de la muchacha. El césped que rodea la casa es denso y corto; disimula bien. No he hallado nada.
—¿Y qué par de huellas crees que pertenecen al asesino? —preguntó Jas, para volver al tema anterior.
Elijah encogió los hombros flacos, sin comprometerse.
—Tal vez el hombre asesina a la señorita Charlotte y roba el caballo para escapar. Alguien lo ve en el establo y lo persigue. Puede ser que sí, puede ser que no. También podría ser al revés.
—Sigue las huellas de la yegua —ordenó Jas—. Averigua adonde llevan. Mientras tanto yo mostraré al sheriff la caballeriza donde mataron a Charlotte.
Rhys despidió al rastreador con un ademán de la mano. Luego dijo a su amigo:
—Acabemos con este horrible asunto.
Después de acompañarlo al interior del establo, Jas esperó en el pasillo, frente a la caballeriza de Ariadna, mientras su amigo examinaba el cadáver y la herida. Varios minutos después Rhys se sentó sobre los talones.
—Parece que la muchacha fue apuñalada tres veces desde muy cerca. Al parecer, una de las heridas había dejado de sangrar; una de las otras la mató, o ambas. —Examinó con indiferencia la zona circundante—. ¿Nadie la ha movido o tocado desde que tú la dejaste?
—No. Ordené a Sparky que la dejara así. —Jas señaló brevemente el arma ensangrentada entre la viruta—. Allí está el cuchillo, donde lo dejé caer cuando Alice se asustó.
Rhys lo recogió con cautela. Las manchas del acero reluciente revelaban con demasiada claridad el uso cruel que se le había dado.
—¿Dónde lo he visto antes?
—Lo llevo conmigo cuando salgo a cazar —informó Jas, con calma—. Probablemente lo has visto durante alguna de las excursiones que hemos hecho juntos. Cuando estoy en casa suelo tenerlo sobre el escritorio de mi alcoba, para cortar las páginas de los libros nuevos; antes de que viniera Alice tenía por costumbre leer en la cama, al acostarme. Puesto que usé el cuchillo antes del baile, para cortar una hebra suelta, supongo que alguien lo cogió durante la fiesta.
Rhys probó el filo.
—Bastante afilado, ¿verdad, Jas?
—Como te he dicho, lo uso en mis cacerías. Cuido de mantenerlo así, pues nunca sé cuándo saldré a cazar. Pero además, cuando está bien afilado corta mejor las páginas.
—Es bonito. ¿Cómo lo adquiriste?
—Me lo regaló mi padre cuando cumplí los doce años. Es un recuerdo de tiempos pasados. Siempre me era útil cuando Edward y yo éramos niños. Solíamos acampar con frecuencia. Como el cuchillo más afilado era el mío, siempre me tocaba la tarea de cortar ramas verdes para asar la comida sobre la fogata.
Rhys volvió la mirada hacia la muchacha muerta. Luego meneó tristemente la cabeza.
—Qué muerte tan violenta... —después de una larga pausa, resopló como si esa tarea le hubiera resultado más penosa de lo habitual— ... solía ver a Charlotte de vez en cuando; iba a una iglesia que está cerca de mi oficina. Si me prestas una carreta y haces que tus hombres la envuelvan en una manta, llevaré sus restos a Charleston para que ese pastor se ocupe del entierro. Así te quitaré un peso de encima.
Jas soltó un suspiro de alivio.
—Un peso inmenso, Rhys.
—¿Por que no volvemos a la casa? Mientras Thaddcus y Sparky cargan el cadáver, yo echaré un vistazo a tu dormitorio.
Cuando llegaban a la galería de la segunda planta, Cora salió del dormitorio principal llevando un par de botas enlodadas.
—Le limpiaré estas botas enseguida, señor Jasper —anunció.
—Espera —pidió Jas, apoyándole una mano en el brazo para detenerla—. ¿Dónde has encontrado eso?
—En su cuarto de baño, señor. Las he visto detrás de la puerta mientras limpiaba. Raro es que estén tan enlodadas, cuando usted es tan cuidadoso con sus cosas. ¿No quiere que las limpie, señor Jasper?
Jas echó un vistazo preocupado a Rhys.
—Yo no las he enlodado.
—Tranquilízate, amigo mío. —El sheriff le puso una mano en el hombro—. Nadie va a condenarte por asesinato solo por un par de botas enlodadas. Ahora dime: ¿son tuyas?
—Son mías, por supuesto, pero hace más de una semana que no las uso. Y como se puede ver, este lodo es bastante fresco.
—Durante la semana pasada alguien pudo entrar a tu habitación y cogerlas sin que tú lo supieras —reflexionó Rhys, en voz alta—. También pudieron hacerlo anoche, al mismo tiempo que se apoderaban de tu cuchillo. ¿Las puertas de tu dormitorio estuvieron abiertas durante todo ese tiempo?
—Sí, por supuesto. Por lo general permanecen entornadas mientras el clima lo permite.
Anoche la temperatura era agradable. No fue necesario cerrarlas.
Rhys se dirigió a la criada.
—Esta mañana, mientras limpiabas las habitaciones del señor Jasper, ¿has encontrado algo fuera de lo normal, Cora? La negra asintió con vehemencia.
—Sí, señor. Había algo muy raro. Esta caja de rapé que he encontrado en el suelo, cerca del escritorio. Que yo sepa no aspira esas cosas.
Rhys enarcó una ceja, dubitativo, mientras estudiaba el diminuto receptáculo que ella le había entregado. Cuando miró a su compañero, una pizca de su inagotable humor subió a la superficie.
—¿Aspiras rapé ocasionalmente, amigo mío?
—¡No, por Dios! —exclamó Jas, con una risa abortada.
—¿Y tu esposa?
Jas hizo un gesto de exasperación.
—No, hombre, no que yo sepa.
—Alec Hyde tampoco parece ser de esos —reflexionó el sheriff, en voz alta.
—Y había otra cosa rara —intervino la criada. Jas le clavó una mirada curiosa.
—¿Qué cosa, Cora?
—Esa caja de madera que usted compró para la señora Alice, en julio...
—¿El cofre de su padre?
—No sé qué cofre, señor Jasper. Esa cajilla más o menos así... —ella indicó el tamaño con las manos— ... la que estaba sobre la cómoda de la señora Alice.
—A esa me refiero, Cora —le aseguró Jas, con una sonrisa divertida, la primera del día—.
¿Qué pasa con ella?
—Pues que estaba en su escritorio, señor, y me ha parecido que alguien quiso abrir el fondo con un cuchillo.
—¡Pero si estaba abierto!
—Eso lo sé, señor, pero igual... le han hecho marcas en la madera del fondo. Jas echó un vistazo a su escritorio, en busca del cofre, pero había desaparecido.
—¿Dónde está?
—¿La caja? La he llevado abajo, por si Kingston podía borrar las marcas.
—Me gustaría verla —informó el sheriff—. ¿Puedes traérmela, Cora?
—Seguro, señor Rhys. Enseguida.
—¿Dices que esa caja perteneció al padre de Alice? —preguntó Rhys a su amigo.
—Sí. La encontramos en una tienda de objetos importados. Es obvio que Laurent Da Revin la vendió al tendero poco después de haber desembarcado.
—Laurent Da Revin es el tío de tu esposa, ¿verdad?
—Alice no quiere admitirlo, pero el hombre asegura que sí. Supuestamente, se perdió en el mar a edad temprana y retornó a Inglaterra pocos meses antes de que muriera el padre de Alice. Después su madre y ella se embarcaron con Laurent para venir a las Carolinas.
Cora regresó rápidamente y entregó el cofre al sheriff. Tal como había dicho, la madera del fondo tenía grandes mellas en la parte interior. Después de examinarla por un momento, Rhys la sacudió junto a su oreja.
—No entiendo por qué han querido destrozar el interior. No parece haber ningún compartimiento secreto. Si lo hay, debe de estar vacío.
Jas hizo un breve examen del cofre y llegó a la misma conclusión.
—Ahora me gustaría hablar con Alice, Jas rey —dijo el sheriff—. Tal vez ella sepa por qué han estropeado la caja.
Alice soltó la cortina de seda y se apartó de las puertas acristaladas tras oír la llegada del sheriff a quien había visto ir con su esposo a los establos. Al verlo regresar confió en que se marcharía. Deseaba, necesitaba desesperadamente más tiempo para recobrar la compostura antes de enfrentarse a Jas. Pero al parecer ese respiro no le sería concedido. Ya se oían pisadas que se acercaban deprisa a su habitación. Un momento después Cora llamó a la puerta.
—Señora Alice, dice el señor Jasper que el sheriff quiere hablar con usted. Que baje directamente al estudio.
—Envíame a Tizzy para que me ayude a vestirme —ordenó ella, a través de la puerta—. Aún estoy en camisón.
—Sí, señora. Pediré al sheriff que espere un rato.
Media hora después, Alice se detenía al pie de la escalera, atenta al grave timbre de las voces masculinas que provenían del estudio. Le resultaría muy difícil reencontrarse con Jas teniendo grabado en la memoria lo que había visto en el establo. Sus emociones estaban cargadas de miedos y de terribles sospechas. Por ser su esposa, habría debido ser más leal, creerlo incapaz de un homicidio; pero lo cierto era que su imagen junto a Charlotte, con un cuchillo ensangrentado en la mano, estaba clavada tan profundamente en su memoria como una pica de hierro hundida en un madero.
Cuando ella entró, Jas abandonó inmediatamente su asiento para acercarle una silla, en una actitud muy galante. Rhys, que estaba apoyado en el borde del escritorio, también se levantó. Sus ojos la siguieron hasta que ella se hubo instalado, tensa, en el asiento ofrecido.
—Señora Cullen —dijo formalmente el sheriff, retomando su sitio—, es una suerte que hayáis podido bajar. Comprendo lo mucho que esta dura prueba la ha afectado.
—Gracias por vuestra consideración, sheriff Townsend —murmuró ella en tono apagado, por responder con el mismo decoro. Pero evitaba la mirada de Jas, lo cual ensanchó el abismo entre ellos. Con las manos cruzadas en el regazo, para disimular mejor lo mucho que temblaban, echó una mirada apresurada al comisario—. ¿Vamos al asunto?
—Sí, por supuesto, señora. —Rhys carraspeó, mientras echaba una mirada a su amigo—. Me ha dicho Jas que llegasteis al establo algo después de que él descubriera el cuerpo de Charlotte.
¿Podríais decirme qué os llevó allí y qué visteis?
—Desperté al notar que Jas ya no estaba en la habitación. Cuando vi luz en el establo, pensé que había problemas con alguno de los caballos y que mi esposo había ido a ocuparse de ello. Al entrar oí el llanto de un bebé. Corrí a la caballeriza de donde surgía la luz y vi a Charlotte. — Alice apretó las manos y cerró los ojos con fuerza, tratando de borrar esa horrible escena de la memoria. Al continuar su tono era apenas audible, pero al menos ya no lloraba—. Había sangre por todas partes.
—Jas ha dicho que Charlotte le rogó que le sacara el cuchillo —reveló Rhys, con medida cautela. Sabía que la pareja se había casado sin haber tenido tiempo de conocerse. Si de algún modo ayudaba a Alice para que confiara en su esposo, estaba seguro de que ella no lo lamentaría más adelante. Él conocía a Jas desde los primeros años de su juventud; le resultaba imposible creer que su amigo hubiera sido capaz de hacer algo tan horrible. Si Jas podía hacerse amigo de los gatos, era evidente que su temperamento era muy tolerante. Pero además, dada su
propia aversión a los felinos, Rhys se preguntaba si era realista hacer semejante comparación.
—Vuestro esposo afirma que lo hizo con intención de ayudarla, pero para entonces a ella le quedaban pocos minutos de vida. ¿Podríais confirmar algo de esto?
Alice tragó saliva, sin poder contener un estremecimiento.
—Que yo sepa, cuando llegué Charlotte ya había muerto. —Echó un vistazo a Jas, que había acercado una silla a la suya. Su actitud parecía extrañamente serena; daba toda la impresión de estar muy atento a sus respuestas. Con alguna dificultad, ella continuó—: Mi esposo estaba arrodillado entre las sombras. En un primer momento no lo vi. Cuando se puso de pie y dio un paso hacia Charlotte, pensé que se trataba de otra persona. Al ver el cuchillo en sus manos... supongo que tuve pánico. Regresé corriendo a la casa. Desde entonces he estado arriba.
Rhys alargó una mano hacia atrás para coger el cofre, que estaba en el escritorio, y lo apoyó contra la pierna. Una vez que hubo concentrado toda la atención de la joven, lo abrió para mostrarle los daños causados en el interior.
—Cora ha dicho que esto debió de haber sido durante el baile, en algún momento.
¿Conocíais la existencia de estas marcas ?
Alice quedó impresionada. Por mucho que rebuscara en su memoria, no recordaba haber prestado atención al cofre desde el momento en que Jas entró con ella en la habitación. Claro que estaba demasiado concentrada en él como para reparar en otra.
—No sabía nada de esos desperfectos. ¿Quién pudo hacerlos y por qué?
—Confiábamos en que vos pudierais explicarnos eso —replicó el sheriff, mientras dejaba el cofre nuevamente tras de sí. Luego extrajo del bolsillo la caja de rapé y la depositó en la mesa, junto a la silla de la joven—. ¿Habéis visto esto anteriormente?
—Hasta donde recuerdo, no.
—Cora lo ha encontrado en el suelo, junto al escritorio, en la alcoba que compartís con vuestro esposo. Alguien había dejado también el cofre de vuestro padre en ese mismo escritorio, donde Jas dice guardar normalmente su cuchillo de caza. Ahora bien, sabemos que el cuchillo fue utilizado para matar a Charlotte. Jas afirma que lo arrancó de la herida en un esfuerzo por detener la hemorragia. Puesto que lo robaron del escritorio, solo puedo suponer que también lo utilizaron para dañar el interior del cofre.
Alice se dio cuenta de que tenía la boca abierta y se apresuró a cerrarla. Luego miró al sheriff, tratando de ver una lógica a todo lo que él había dicho.
—Decís que alguien entró en nuestro dormitorio y destrozó el interior del cofre, posiblemente con el cuchillo de Jas. Que durante ese tiempo pudo haber dejado caer la caja de rapé. Y que algún tiempo después, se llevó el cuchillo para asesinar a Charlotte. No tiene el menor sentido.
—Es exactamente lo que opino desde que comencé a pensar en este acertijo. No tiene el menor sentido —reconoció Rhys—. ¿Qué motivo pudo tener alguien para entrar en vuestra alcoba, dar cuchilladas a una caja y luego apuñalar a una muchacha con la misma arma? — Frunció pensativamente los labios, con la vista fija en las molduras del techo, como si lo analizara seriamente por primera vez—. A menos que Charlotte subiera por la escalera de la galería y entrara en el dormitorio, con la esperanza de encontrar aquí a Jas, y descubriera en su lugar a un hombre interesado en el cofre de vuestro padre. En ese caso, el hombre pudo haberla matado para hacerla callar. Pero si no sabemos qué interés podría tener alguien por ese cofre vacío, me quedo sin pistas para descubrir lo que ha sucedido. Desde luego, existe la posibilidad de que el asesino esté completamente loco y solo haya querido probar el filo, primero en la madera y luego en algo más blando.
Al ver que Alice se estremecía, Jas se levantó y se enfrentó con su amigo.
—Hombre, ¿es necesario todo esto?
Rhys lo acalló con un gesto. Luego se inclinó hacia delante para mirar intensamente a la joven.
—Decidme todo lo que sepáis sobre este cofre.
—No sé qué interés podría tener nadie en dañar la caja de mi padre.
El susurro de Alice era tenso, apenas audible, pero pasó a explicar, con todo detalle, que su progenitor había entregado ese cofre a su madre, lleno de monedas, antes de morir en la cárcel, acusado de traición a la Corona; que al aparecer Laurent Da Revin, ella y su madre habían decidido embarcarse hacia las Carolinas, y que era él quien había vendido la caja a un importador.
—Habéis dicho que vuestro padre dio instrucciones de guardarla hasta que él necesitase su contenido. ¿Se refería a las monedas de oro o a algo completamente distinto?
—Hasta donde llegan mis conocimientos, nunca contuvo otra cosa que las monedas.
—¿No tenía algún compartimiento secreto? Alice se hundió contra el respaldo, sorprendida.
—Tal vez, pero nunca me fue revelado. Y no creo que mi madre conociera la existencia de un compartimiento oculto. Cuando mi padre le rogó que guardase el cofre en un lugar seguro, no hizo ninguna referencia a eso. Supusimos que, al encomendarle la custodia del contenido, se refería al oro, pues necesitaría esa pequeña fortuna cuando lo llevaran a juicio.
—¿Es posible que su intención fuera que vos y vuestra madre cubrierais vuestras necesidades con el oro y le devolvierais la caja en el momento debido?
Alice quedó completamente atónita ante esa suposición, pero debía aceptar que tenía lógica. Aun así, ¿quién, en las Carolinas, podía interesarse por el contenido de esa caja?
—Si no tiene compartimiento secreto —continuó Rhys—, ¿por qué hurgar en el fondo de una caja vacía?
—¡No sé! ¡No sé! No puedo creer que alguien, en este país, tuviera motivos para buscar un compartimiento escondido en el cofre de mi padre.
Alice apretó una mano temblorosa contra su frente, luchando por mantener el control. Estaba muy cerca de echarse a llorar. Sabía que Rhys Townsend, íntimo amigo de su esposo, probablemente se esforzaría por apartar las sospechas de Jas. Quizá por eso insistía con la caja de su padre. En cuanto al cuchillo, era posible que alguien se lo hubiera llevado, pero el mismo Jas podía ser el criminal, si Charlotte lo había enfurecido con sus exigencias para que reconociera al niño bastardo como propio.
Nada de eso tenía explicación para Alice, que solo podía hacer algunas suposiciones. Solo estaba segura de haber visto a su esposo en la caballeriza, cerca del cadáver ensangrentado de Charlotte, con el arma asesina en las manos tan manchadas de rojo como su ropa. Esos detalles habían bastado para que huyera espantada; sin embargo, el sheriff parecía dispuesto a descartarlos, en un esfuerzo por culpar a algún criminal imaginario.
Cerró los ojos con fuerza para resistir la oleada de náuseas provocada por un súbito martilleo en la cabeza.
—Necesito regresar a mi cuarto —susurró—. Me siento indispuesta.
—Ya os he molestado demasiado tiempo —reconoció Rhys, comprensivo, mientras se levantaba—. He de marcharme, señora Cullen, pero si recordarais algo relacionado con este asunto, no dejéis de hacérmelo saber cuanto antes.
Ella asintió con la cabeza, aturdida, y permaneció sentada hasta que los dos hombres salieron del salón. Solo entonces halló fuerzas para ponerse de pie y caminar hasta la puerta. En el vestíbulo de entrada le fallaron las piernas y tuvo que apoyar una mano en la pared para sostenerse. Por la puerta principal, abierta a sus espaldas, entraba la voz resonante del sheriff.
—Gracias por mandar que trajeran la carreta, Jas. Si puedes facilitarme un cochero, la enviaré de regreso. De lo contrario quizá tarde algunos días en devolverla.
—Al salir puedes pasar por los establos y escoger un mozo de cuadra. Así te ahorrarás un
viaje.
—Con tantos invitados como vinieron anoche, Jas, me será difícil interrogarlos a todos por si
hubieran visto u oído algo antes de partir. Sin duda en Charleston se hablará mucho de este incidente. Y como Charlotte fue asesinada en tu propiedad, la gente se preguntará qué relación has tenido con su muerte. Será mejor que retengas a tu esposa en casa por un tiempo, para que no se entere de los rumores. Ya sabes lo malévolas que suelen ser algunas personas. Probablemente dirán que no te he arrestado porque somos amigos.
—Gracias por haber venido, Rhys —murmuró Jas—. Te agradezco todo lo que has hecho.
—¿Para qué están los amigos?
«¡Amigo de Jas!», gimió Alice para sus adentros, casi desmayada contra la pared.
«¿Permitiría, en aras de esa amistad, que un asesino quedara sin castigo?»
Temblorosa, cruzó el vestíbulo y subió la escalera hacia la intimidad de su antiguo dormitorio. Después de echar la llave a la puerta, se sentó en el borde de la cama, mirando sin sosiego a su alrededor. En los comentarios de Rhys solo veía una clara indicación de que creía a Jas inocente del asesinato. Pero él no lo había visto de pie junto a la muchacha muerta. Con tanta sangre en la camisa. En el cuchillo que sostenía. En los dedos. En la mente de Alice.
