Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 16
Galopar montado en un potro, a través de la campiña, sin prestar atención a la velocidad del animal o a los accidentes del terreno, era de locos. Jas no estaba de humor para preocuparse por eso, pues necesitaba alguna actividad que apartara de su mente ese vacío helado y oscuro que se había aposentado en sus entrañas. Años atrás había aprendido que la mejor manera de poner sus ideas en claro era montar a caballo y galopar una o dos horas. El temperamento de Brutus siempre era un desafío; en esos momentos, la mejor distracción. De lo contrario se pasaría el tiempo reflexionando tristemente sobre la propensión de su esposa a pensar lo peor sobre él.
Al pasar junto al sitio donde ambos habían hecho el amor, el recuerdo de esa tarde feliz lo ensombreció aún más, al darse cuenta de lo que podía provocar en la vida de un hombre los acontecimientos de una sola noche. Ahora que su esposa sospechaba de él como el autor de un asesinato, no dudaba que su matrimonio quedaría reducido a una parodia. Considerando que ella se negaba a hablarle, cabía suponer que no quedaría satisfecha mientras no hubiera puesto un continente entero entre los dos.
Tras mascullar una maldición salvaje, Jas apartó por la fuerza esas perturbadoras conjeturas de su mente. Luego aplicó los talones a los flancos relucientes del animal. Mientras galopaban a lo largo de una curva del camino, Jas vio más allá un árbol fuerte, recientemente arrancado por el viento. Era lo bastante grande como para ofrecerle un desafío. Frenó al potro y lo hizo girar hacia el objetivo, mientras le hablaba en tono tranquilizador, dándole palmaditas en el sedoso cuello. Brutus pareció adivinar lo que se le pedía, pues sus pequeñas orejas ahusadas se irguieron hacia delante, atentas. Agitado por el creciente entusiasmo, el caballo aguardó la orden. Solo necesitó un leve toque de talón para que galopara hacia el árbol caído. Al llegar al obstáculo, Brutus alzó el vuelo, recogiendo las patas delanteras bajo el cuerpo, y se impulsó hacia delante en un arco amplio y gracioso, con el que franqueó la barrera con espacio de sobra.
Jas sintió que el éxito elevaba su propio corazón y decidió permitirse otro poco de ese placer robado. A la distancia había algo que ofrecía un desafío mayor: una cerca de tres palos que circundaba una tierra en barbecho.
—Veamos de qué eres capaz, muchacho —le instó, mientras volvía a utilizar los talones para impulsar al animal.
Al acercarse a la cerca, Brutus se desprendió del suelo con un ímpetu que le hizo pasar al vuelo sobre el obstáculo. Como un cisne que se posara en el agua, descendió primero sobre las patas delanteras; luego, con las de atrás, y continuó con su paso grácil hasta que el amo tiró suavemente de las riendas.
Entre murmullos de placer y generosas alabanzas, Jas le palmeó afectuosamente el cuello. Brutus agitó la cola y relinchó suavemente a manera de respuesta, aceptando con desacostumbrada tolerancia la aprobación de su amo.
Durante varios kilómetros él llevó al paso al magnífico animal, a fin de permitirle que se refrescara antes de instarlo al medio galope. Brutus obedeció de buena gana, con lo cual lo asombró por completo. En ocasiones, ese potro rebelde requería un segundo y hasta un tercer acicate. Jas tenía motivos para preguntarse si su imaginación no se estaría desbocando. Por rara que fuera la idea, Brutus casi parecía sentir cierta compasión, como si percibiera su humor sombrío.
Efectuaron otros saltos, compartiendo el deseo de aprovechar cuanto estímulo encontraran. Por dos veces el potro llegó casi a tropezar, y solo la habilidad de Jas para mantenerse en la fina silla inglesa impidió que saliera despedido. Uno de esos peligros se presentó después de un salto más atrevido que los demás, lo bastante alto como para llevar a hombre y bestia mucho más allá de lo que era prudente. Por fin Jas tiró de las riendas, comprendiendo que estaba siendo demasiado temerario, y acarició el cuello arqueado del animal, alabándolo una vez más. Se sentía infinitamente mejor, tras haber consumido con el ejercicio la mayor parte de sus tensiones y de su frustración. Sus pensamientos, como por propia decisión, se aclararon enormemente.
Cualesquiera que fuesen las sospechas de Alice, él debía reconocer a su esposa todos los privilegios posibles en este período de incertidumbre. Dadas las aprensiones que en esos momentos bullían en ella, sería una locura tratar de obligarla a aceptar su inocencia, aunque fuera falsamente, o imponerle la autoridad marital. Ese tipo de coerción era definitivamente contraria a sus principios. Sin embargo, si le concedía tiempo para reafirmar su confianza en él, tendría que someterse a otra larga abstinencia; y esta vez parecía muy dudoso que bastara un par de semanas para poner fin al distanciamiento. Estaba muy a gusto con la intimidad y con todo lo relacionado al matrimonio; le parecía lamentable que todo eso llegara a su fin.
Algunos años atrás había visto a su hermano con las entrañas desgarradas de tanto desear a Bella. Por entonces Jas había decidido que jamás cedería a esa clase de tormento. Y allí estaba, previendo la dificultad de tener a su esposa cerca, verla, sentir su presencia, oler su fragancia, sin poder evitar consumirse de deseo. Si le daba tiempo suficiente, era posible que Alice volviera a su lecho. Él podía soportar unos cuantos días de abstinencia conyugal, pero meses y años enteros, eso no. Sería como si le arrancaran las entrañas antes de descuartizarlo.
Además debía pensar en defender su buen nombre entre vecinos y conocidos. No era inconcebible que sospecharan de él en el asesinato de Charlotte. Tampoco podía ir por allí proclamando su inocencia a quien quisiera escucharle. A menos que lo acusaran directamente, sería mucho más prudente mantenerse callado, ignorando los rumores malintencionados y las miradas suspicaces.
Cuando al fin se acercó al establo, Jas no podía decir que aceptaba su situación (la idea de no compartir el dormitorio con su esposa lo hundía en la desesperación), pero había comprendido que le esperaban dificultades, no solo en su matrimonio, sino también en sus relaciones con los ciudadanos del contorno. Cuando llegara el momento tendría que lidiar con ambas circunstancias a su manera. Solo cabía esperar que se impusiera la justicia.
Sparky ya era presa de la ansiedad cuando vio que caballo y jinete se aproximaban finalmente al establo. Puesto que llevaban tanto tiempo ausentes, el adiestrador temía que el potro apareciera con la silla vacía. Apenas pudo contener su alivio al ver que sus temores no estaban justificados, al menos en ese caso.
—Por todos los santos, señor Jasper —jadeó, tras correr al encuentro de su jefe—, ya temíamos que estuviera usted agonizando por ahí, con el cuello roto. Pero está a salvo, gracias a Dios.
Jas desmontó.
—Por descabellado que parezca, Sparky, Brutus se ha comportado hoy como un perfecto señor. Trátalo bien, que se lo ha ganado.
—Sí, señor. Si le doy un poco más de avena, quizá entienda que le conviene portarse bien.
—Pero no le des demasiada. Se pondría aún más fogoso.
—¿Demasiadas energías que gastar? —dedujo Sparky, riendo. Jas contrajo la comisura de los labios; era lo más parecido a una sonrisa que podía esbozar.
—Algo así.
Cuando llegaba al porche vio que Kingston salía por la puerta principal. Inmediatamente el mayordomo se hizo eco de la preocupación expresada por el joven adiestrador.
—Gracias a Dios, señor Jasper. Sparky dijo que usted había salido con Brutus. Estábamos muy preocupados, temiendo que no volviera vivo.
—¿Hay noticias de Elijah? —preguntó Jas, cruzando el porche sin detenerse. Al entrar en el salón principal se volvió hacia el mayordomo, a la espera de una respuesta.
—No, señor, nada. El señor Edward, al enterarse, ha venido a ver al señor. Cuando le dijimos que usted había salido con Brutus, me pidió que le avisase si usted venía sano y salvo. Dice que la señora Bella no descansará hasta saber algo, pero me parece que él también estaba muy preocupado. Se paseaba de un lado a otro, simplemente mirando por las ventanas.
Jas se aflojó el corbatón, mientras iba hacia el armario de su estudio para servirse un poco de coñac.
—Haré que alguien vaya a Harthaven con una nota para mi hermano. Le diré que he regresado y que probablemente me retire temprano. Mientras tanto, duplica el número de guardias en los alrededores. No quiero más incursiones de extraños sin estar advertido.
—Sí, señor, enseguida. Pero señor, debo decirle algo... Jas apuró el vaso de un trago y observó a su mayordomo, que parecía muy inquieto.
—¿Qué pasa, Kingston?
—Cora... dice que ha llamado cinco o seis veces a la puerta de la señora Raclynn, para preguntarle si quería comer algo, pero no responde.
—Es probable que mi esposa esté dormida. En estos momentos es lo que más le conviene, después de lo ocurrido.
—Sí, señor, es verdad. —El mayordomo vacilaba, remiso a abordar el otro tema que le preocupaba, pero no podía evitarlo—. Y lo del bebé de la señorita Charlotte. Cora dice que está muy bien con la señora Fergus, pero quizá usted quiera ver al pequeño esta noche, antes de retirarse.
Jas hizo una pausa antes de servirse otra copa. Aparte del gran afecto que le inspiraba su sobrino, los niños no le interesaban. Nunca había pensado mucho en ellos. Sin duda cambiaría de opinión cuando tuviera hijos propios... si los tenía. Teniendo en cuenta el presente distanciamiento entre él y Alice, no podía asegurarlo.
Dejó su copa para mirar directamente al mayordomo.
—Quiero dejar esto bien claro, Kingston. El hijo de Charlotte es huérfano sin pariente alguno, según tengo entendido; por eso permitiré que permanezca en mi casa hasta que lo reclame algún familiar de Charlotte o hasta que lo adopte alguna pareja. Mientras tanto espero que se le atienda con bondad y compasión, ya sea en mi casa o en la de la señora Fergus. Pero ten muy en cuenta, Kingston, que Daniel no es hijo mío. Que nadie se confunda al respecto.
Kingston asintió vigorosamente.
—Eso lo sé, señor Jasper. Ni por un instante he pensado que usted era su padre.
—Te agradezco la confianza, Kingston, pero es probable que haya dudas al respecto, puesto que Charlotte atribuía al niño cierto parecido conmigo. En todo caso es solo un capricho de la naturaleza. Es probable que también se parezca al señor Edward, a nuestro difunto padre y a algunos de nuestros parientes ingleses, por no mencionar a toda una multitud de desconocidos. Solo cabe esperar que su padre decida actuar como manda el honor y reclamar a su bastardo. Bastante difícil será para ese niño crecer sin madre, como para que además lleve la mancha de la bastardía. Su vida estaría malograda antes de haber comenzado.
—Sí, señor. Para el niño Daniel será difícil sobrevivir en este mundo sin su madre, pero no tener apellido ni papá, eso sí que sera malo.
—Por el momento Daniel tiene aquí un hogar. Y si llega a mis oídos que alguien de esta casa lo ha tratado mal, solo porque su madre lo ha tenido fuera del vínculo matrimonial, seré muy duro con esa persona. Que eso quede perfectamente claro: no toleraré malevolencias hacia ese niño de quienes trabajan para mí ni de quienes entren en esta casa.
Una sonrisa jugaba en la boca de Kingston.
—Usted tiene su parte dura, señor Jasper, pero también tiene un buen corazón. No cabe duda, no. Jas enarcó una ceja.
—Buen corazón, ¿eh? Pues en estos momentos lo que tengo es hambre. Te agradecería mucho que me trajeras una bandeja al estudio, antes de que comience a aullar.
—¡Sí, señor, sí, señor! —Kingston fue dejando un rastro de risas sofocadas mientras corría por el vestíbulo de la entrada. Su voz aseguró, con exagerada humildad—: Corro tanto como puedo, señor. Sí, señor, enseguida.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Jas, antes de que se echara el segundo coñac y se lo bebiese de un trago. Pese a la tentación de servirse otro, se acercó a las ventanas y pasó largo rato contemplando los campos que rodeaban la casa. Unas pocas estrellas empezaban a parpadear por entre el follaje, mientras sus pensamientos repasaban los tumultuosos hechos del día; sobre todo el pánico y el miedo de Alice. Deseaba consolarla; su propio corazón necesitaba asegurarse de que ella lo escucharía, pero tenía graves dudas de que aceptara ninguna explicación o consuelo, mientras su inocencia no quedara demostrada. Por el momento, lo mejor era dejar las cosas tal y como estaban. Si por algún milagro ella cambiaba de opinión, cabía esperar que se lo hiciera saber pronto.
Comió lo que Kingston le había traído y, después de apartar la bandeja, intentó distraerse con los registros contables de sus muchas actividades comerciales. Al descubrirse cometiendo por tercera vez un mismo error matemático, lanzó un bufido de disgusto y arrojó los libros a un lado. Las cuentas tendrían que esperar a que él les dedicara toda su atención.
Tomó conciencia de que se estaba frotando la parte posterior del cuello, donde sentía un dolor insistente; sin duda se debía a los saltos que había dado con Brutus, pero también a la tensión nerviosa. Mientras giraba la cabeza de un lado a otro para aliviar la molestia, sus ojos tropezaron con el cofre que Rhys había dejado en su escritorio. Con creciente curiosidad, lo cogió para acercarlo a la lámpara, donde pudiera examinarlo con más atención. En el interior no encontró nada digno de interés. Volvió el fondo hacia arriba, pero tampoco vio indicios de que tuviera un espacio oculto. Cuando estaba a punto de devolver la caja a su escritorio, notó que la juntura del fondo, en el lado derecho, era casi imperceptiblemente más ancha que la del lado opuesto. Jas introdujo en ella la punta de un delgado abrecartas, con el que hurgó cuidadosamente a lo largo. Cerca del extremo, la punta se hundió en una ligera mella. No sucedió nada hasta que él presionó con la punta; entonces se oyó un chasquido y, para su gran sorpresa, a lo largo del fondo se abrió una banda de madera, no más ancha que su dedo índice. Con el cofre inclinado hacia la lámpara, miró dentro de la delgada abertura, con la ferviente esperanza de encontrar algo que proporcionara una posible razón por la que alguien hubiese matado a esa joven madre. El compartimiento era casi tan ancho y tan largo como el mismo cofre, pero estaba vacío.
Jas murmuró una maldición, cada vez más frustrado. Por mucho que lo deseara, no podía cambiar el resultado de lo que había descubierto ni ofrecer pruebas suficientes de que el hueco hubiera contenido algún documento secreto de gran importancia, tan siquiera algo que diera a Alice motivos para pensar que Rhys estaba en lo cierto. Por mucho que detestara admitirlo, estaba igual que al principio.
Se levantó del escritorio para echar un vistazo al reloj de la repisa. Era mucho más tarde de lo que imaginaba. Más allá de las ventanas, el cielo azul estaba salpicado de una miríada de estrellas. La luna resplandecía tanto que hasta se veían sombras bajo los enormes robles que crecían en el prado delante de la casa.
Un extraño anhelo invadió a Jas, mientras su mirada se perdía en la noche. No podía determinar exactamente qué deseaba, pero la sensación era intensa. En parte, era un deseo de recobrar la felicidad de la que había gozado antes de encontrar muerta a Charlotte. Sin embargo, aquello que lo acosaba era infinitamente más complicado. Quizá, tras haber creído descubrir en Alice algo que a él le faltaba, esa única persona que ambos estaban destinados a ser, el dolor de ver que le arrebataban los sueños por según da vez lo obligaba a luchar contra una melancolía insidiosa, una emoción que, en general, le había sido extraña durante la mayor parte de su vida.
En esas circunstancias, no podía reprochar a Alice que estuviera confundida y temerosa.
¿No había llegado él mismo la misma conclusión sobre su propio hermano, varios años atrás, al encontrar asesinada a Tanya Denali, por entonces dueña de Oakley, después de haberlo visto salir de la propiedad? Edward era inocente, pero las evidencias lo señalaban como culpable. No obstante, pese a haber dudado de su hermano en el pasado, Jas no podía permitir que Alice alimentara indefinidamente sus miedos y sospechas. Era su esposa; él necesitaba su lealtad y confianza. La cruda realidad era que necesitaba estar con ella; no soportaba la angustia de la separación. Se sentía demasiado bien en el papel de esposo protector y afectuoso. Ahora necesitaba de su esposa un afecto similar.
Se frotó la cara con las manos, fatigado, mientras buscaba alguna solución práctica a sus crecientes problemas. La única manera de poner pronto fin al distanciamiento era descubrir al asesino y presentar pruebas suficientes para que lo condenaran. Por el momento, fatigado como estaba, era mucho mejor postergar hasta el día siguiente cualquier intento de ver a Alice. Por entonces ambos habrían tenido tiempo de descansar y reflexionar a fondo.
Tomada esa prudente decisión, Jas estaba a punto de salir del estudio cuando Cora apareció casi corriendo por el vestíbulo. Kingston venía tras ella, empeñado en detenerla antes de que pudiera molestar al amo, pero la mujer era mucho más joven y hábil para esquivar al anciano mayordomo. Antes de que él hubiera tenido tiempo de llegar a la puerta, Cora ya estaba dentro.
—Para, para, mujer —exclamó Kingston, algo enfadado—. No hay motivo para que molestes ahora al señor Jasper, con todos los problemas que tiene.
—Déjala, Kingston —intervino Jas, levantando una mano para interrumpir al mayordomo. Pese al profundo respeto que los dos sirvientes se tenían, no era la primera vez que él debía zanjar diferencias entre ambos. Era de desear que esta última discusión no tuviera ninguna relación con el bebé de Charlotte. Tras haber permanecido soltero durante tantos años, no tenía ningún deseo de convertirse en padre adoptivo de la noche a la mañana—. ¿Qué es lo que te ha alterado tanto, Cora?
—La señora Alice, señor —informó ella, retorciéndose las manos—. Hace horas que llamo y llamo a su puerta, y le suplico, y ella no me contesta, señor Jasper. Eso está mal, señor. Por muy afligida que esté, tiene que comer por el bien del bebé.
Jas quedó completamente desconcertado.
—¿Qué diantre tiene que ver el bebé de Charlotte con que mi esposa coma o no?
—No hablo del bebé de Charlotte, sino del suyo, señor. El de la señora Alice. Espera un hijo.
Y me temo que se ha fugado de la casa.
Jas pasó junto a los sirvientes como un rayo, dejándolos boquiabiertos por la sorpresa; reaccionaron por fin y corrieron tras él. Jas subía la escalera saltando los escalones de tres en tres. Una vez que estuvo en el descansillo superior, sus largas piernas devoraron la distancia que le separaba de la habitación donde su esposa se había encerrado. La puerta estaba cerrada, tal como él esperaba, y adentro no se oía movimiento alguno. Sacudió el pomo, angustiado por el temor de que, realmente, ella hubiera abandonado la casa.
—¡Alice! —gritó a través de la madera—. ¡Abre inmediatamente! Si me oyes, abre, por favor, o tendré que derribar la puerta.
No hubo respuesta. Apretó la oreja contra las tablas, con la ferviente esperanza de oír algo, alguna evidencia de que ella estaba adentro. Pero ya tenía la inquietante certeza de que no sería así.
—¿Quiere que entre por la puerta del balcón, señor? —preguntó Kingston.
Jas no estaba de humor para soluciones tan prácticas. Si Alice se había marchado y estaba realmente embarazada, poco le importaba derribar la casa entera. Su búsqueda comenzaría allí.
—Apartaos —ordenó, ceñudo.
Mientras Kingston y Cora lo miraban, estupefactos, levantó una pierna endurecida por años de cabalgatas y golpeó la madera con la bota. La pesada puerta se abombó ante el ataque, pero siguió intacta.
—Se... señor —tartamudeó Kingston, impresionado por esa muestra de violencia en un hombre que siempre le había parecido el ejemplo perfecto del autocontrol—, no tardaría más de un minuto en ver...
El pie de Jas volvió a golpear la puerta; bajo esa presión la madera se astilló cerca de la cerradura. Ante un tercer ataque la puerta giró hacia el interior. Adentro, en la mesilla, ardía una lámpara. Las puertas acristaladas estaban abiertas. Y tal como él temía, no habia señales de Alice.
Cora, que miraba por entre su brazo, se llevó una mano temblorosa a la boca al ver que sus temores no eran infundados.
—Oh, que el cielo me ampare, esa niña se ha ido. ¿Cómo pudo hacer eso, señor Jasper?
Jas estaba muy preocupado. Se le helaba la sangre al pensar que su esposa embarazada vagaba sin protección más allá de los muros de Oakley, con un asesino suelto por la zona. De repente, se volvió hacia Kingston para ordenarle:
—Baja a los establos. Que Sparky ensille a Majestic, con montura de trabajo y funda para escopeta, y lo prepare para una salida larga. ¡Deprisa!
Cora no necesitaba instrucciones.
—Necesitará comida, agua, mantas y muchas otras cosas. Para dos. Quién sabe cuánto tardará en encontrar a la señora Alice. Cuando usted termine de recoger sus cosas, señor Jasper, lo tendré todo preparado.
Jas no se molestó en responder. Marchaba ya a largos pasos hacia sus propias habitaciones. Una vez allí se puso una chaqueta gruesa y un sombrero; luego dejó caer un cuchillo de caza con su vaina en el bolsillo. De regreso a su estudio, abrió el armario para coger una escopeta larga y un par de pistolas, que se metió en el cinturón. Después de colgarse al hombro un par de cuernos con pólvora negra, salió con la escopeta en la mano.
Sparky ya salía del establo con Majestic. Jas hundió la escopeta en su funda, tras la silla de montar, y colgó los cuernos del pomo.
—¿Falta Stargazer o algún otro de los caballos? —preguntó, echando un vistazo al pasillo iluminado por lámparas.
—No, señor. He revisado todas las caballerizas. No falta siquiera una manta.
—¡Maldita sea! —maldijo Jas, al comprender el peligro en que se encontraría su esposa si tropezaba con el asesino. Al menos un caballo le habría ofrecido la posibilidad de escapar.
Mientras equipaba a Majestic con lo más básico para pasar varios días en el bosque, Cora acudió corriendo desde la casa. Jadeante por la prisa, le entregó las cosas que le había preparado.
—Traiga a casa a esa dulce niña, ¿me ha oído?
—Te he oído, Cora —murmuró él, solemne, mientras inspeccionaba el apretado rollo de mantas y la tela negra que Sparky le había atado tras las alforjas. La silla era más grande que el fino modelo inglés; el pomo había sido modificado para ser sumamente útil en muchas situaciones dificultosas. Hasta tenía un lugar para colgar un rollo de cuerda, que Sparky había tenido la precaución de incluir.
—¿Necesita algo más, señor? —preguntó el adiestrador, con un deje de preocupación en la voz.
—Parece que te has ocupado de todo, Sparky.
Eso provocó una pequeña sonrisa en el joven, mientras Jas subía al suave asiento de piel. El potro pareció sentir la urgencia de su amo, pues en cuanto Jas le tocó los flancos con los talones, se puso en movimiento con un salto. Pronto galopaban camino abajo, hasta que desaparecieron en la noche.
Jas tiró de las riendas en una loma, cerca del arroyo donde, un día, él y Alice habían hecho el amor; desde allí observó la luna que se deslizaba tras el denso bosque, ocultando el horizonte. Con su descenso desapareció la tenue luz que, hasta entonces, lo había guiado en su búsqueda de pistas sobre el paradero de su esposa. Privado hasta de su escaso resplandor, no tenía esperanza alguna de seguirle el rastro con éxito. Simplemente, no podía avanzar más.
Desmontó para encender una fogata, solo por si Alice estaba cerca y deseaba regresar. Una vez que el potro estuvo desensillado, lo condujo al arroyo. En el momento en que el caballo bajaba la cabeza para abrevarse, su mirada se posó en un jirón de fina tela, adornada de encaje, que estaba prendida de una mata cercana. La desprendió para examinarla con atención a la luz del fuego. Se le hizo un nudo en la garganta al reconocerlo: era un fragmento del vestido de muselina con el que Alice había bajado a responder a las preguntas de Rhys.
Aunque sus habilidades de rastreador no podían compararse con las de Elijah, había aprendido de él algunas cosas básicas. Al salir de Oakley había rodeado la casa en un amplio círculo, en busca de algo que le indicara el rumbo de Alice. Por fin distinguió unas huellas de pies apresurados que se internaban en la espesura. Con la esperanza de haberse equivocado, de que su esposa no estuviera tan desorientada como para marchar en una dirección que la llevaría hacia el pantano, siguió ese leve rastro hasta llegar al arroyo donde hizo el descubrimiento que confirmaba sus temores.
Jas barrió la zona con la vista, sondeando las sombras, siempre con la inútil esperanza de encontrar a Alice acurrucada en algún pequeño nicho protegido, tratando de mantenerse abrigada. Al no tener éxito, inspeccionó atentamente la oscuridad, algo más adelante. Por difícil que le fuera aceptarlo, su esposa debía de temerle más a él que a nada y a nadie. Pero estaba sola en el bosque, sin duda temblando como una hoja. Y aun era preferible que estuviera sola antes que acompañada por el asesino de Charlotte. El hombre montado en Ariadna se había parado también allí, sin duda para evitar que lo siguieran. Con alguna suerte, a esas horas estaría mucho más allá de la zona por donde vagaba Alice; pero si por algún motivo había decidido regresar y tenía una mínima habilidad para rastrear, era muy probable que encontrara las huellas de Alice. Y si encontraba alguno de esos jirones de muselina, no pensaría siquiera en huir, pues era evidente que eso pertenecía a un vestido de mujer. Alice estaría a su merced. Y si caía en sus manos, solo quedaba rogar que el ladrón de caballos no fuera también un asesino.
Esa terrible idea resultó ser muy mala compañía cuando intentó dormir un poco. No podía. Incesantemente le asediaban macabras imágenes de su esposa en grave peligro. Acabó clavando la vista en la fogata. Vacilaba entre el deseo de sacudirla hasta que esa bonita cabeza pelirroja empezara a funcionar y un deseo aún más fuerte: el de estrecharla sana y salva entre sus brazos. Por todo ello, no durmió en toda la noche, sumido en negros pensamientos.
