Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 17
El claro de luna se reflejó en el agua que Alice había recogido en el hueco de las manos; al clavar la vista en ese líquido que reflejaba la luz, no vio más que la imagen recurrente de Jasper, de pie junto al cadáver de Charlotte, con un cuchillo ensangrentado en la mano. Tenía un vago recuerdo de haber abandonado su dormitorio dos días antes, sin rumbo determinado, mientras caía la tarde. Dominada por el creciente pánico y la imperiosa necesidad de escapar, antes de que su esposo regresara a la casa, había huido precipitadamente sin haberse preparado para una larga fuga. Ni siquiera tenía una capa con que protegerse del frío nocturno del otoño, cada vez más intenso.
Soportó tristemente la primera noche bajo las ramas extendidas de un roble, a cierta distancia de la casa solariega; la segunda, en un pequeño prado rodeado de altas hierbas. En la comida había pensado muy poco, aunque no había probado bocado el día de su fuga. En el camino encontró algunas bayas y dos boniatos, obviamente caídos de una carreta durante la cosecha. Comió los boniatos crudos y con piel, por falta de cuchillo, después de frotarlos un poco para limpiarlos. Ese pobre alimento no podía rivalizar con las suntuosas comidas de Oakley, pero ahora no tenía siquiera eso.
Miró lentamente en derredor, apenas consciente del agua que goteaba entre sus dedos, mientras escrutaba la intensa oscuridad de los alrededores. Pintado en los matices nocturnos de gris oscuro y negro, nada le resultaba familiar. Bien podía estar a cien kilómetros de la plantación, quizá en un reino completamente distinto. Era como si hubiera andado a tropezones por incontables siglos. Y teniendo en cuenta el traumático aturdimiento que había caído tras ver a su esposo en medio de esa carniceria era un milagro que no estuviera aún en su alcoba, presa de un estupor confuso.
Se frotó fatigadamente la mejilla con una mano y cepilló con los dedos los mechones enmarañados, a los que se enredaban ramillas y hojas marchitas. El pesado cabello le colgaba sobre la espalda y los hombros; en ocasiones la había detenido, al enredarse en una rama o en una mata espinosa. El inconveniente de luchar con un pelo tan largo le daba motivos para arrepentirse de no haberlo cortado al primer impulso, pues ahora tenía los dedos despellejados por los esfuerzos que le exigía el liberarse.
Si hubiera estado en mejores condiciones en el momento de la partida, no habría dejado de recogerse el pelo en trenzas, pero tras despedir a Tizzy, en su nerviosa necesidad de quedarse sola, Alice había cepillado ella misma esa masa de rizos, con la intención de regresar a su cama antes de la puesta de sol. Sin embargo, sus pensamientos tropezaron como una cierva herida con la secuencia de hechos acontecidos desde que saliera en busca de Jas. Su mente, fatigada con ese constante trajín, comenzó a acosarla con un miedo surgido de ese razonamiento aturdido: que Jas, al regresar de su cabalgata, quisiera interrogarla sobre lo que en verdad había visto. Por temor a lo que podía resultar de esa entrevista, había huido despavorida, sin pensar siquiera cómo sobreviviría sin comida, sin prestar atención en lo liviano de su ropa, con el mismo vestido de muselina y las zapatillas de piel que se había puesto para responder a la llamada del sheriff Townsend. Alice levantó la vista al cielo nocturno, tratando de orientarse. Como había pasado gran parte de su vida en una casa solariega londinense, rodeada de altos árboles y denso follaje* no había tenido muchas oportunidades de observar el paso del la luna y las estrellas. El disco lunar parecía haber descendido por la negrura estrellada, desde la última vez que ella la viera; solo cabía deducir que era muy tarde. La posibilidad de estar ya muy lejos de Oakley la llenaba ahora de una extraña melancolía; tuvo que luchar contra el abrumador impulso de volcar su dolor en otro ataque de sollozos desgarradores, pero el suave ulular de un buho en el árbol cercano le recordó la necesidad de ser prudente, dada su situación.
Desde su partida se había extraviado por completo; peor aún, no tenía la menor idea de qué animales salvajes podían ver en ella su próxima comida, qué asesino podía estar vagando por allí, en busca de otra víctima. Si en verdad Jas era inocente del asesinato de Charlotte, tal como proclamaba, sin lugar a dudas el verdadero animal estaba todavía libre y quizá vagaba por esos mismos bosques. ¿Qué mejor lugar para ocultarse del sheriff que en medio de una selva? Por cierto, Alec se había jactado de su habilidad para escapar de Townsend escondiéndose en la espesura. Otros podían tener la misma idea y hacer lo mismo.
Por otra parte, si Jas era culpable de haber matado a Charlotte en un ataque de ira, existía otra mentira a la que ella debía enfrentarse: la esencia misma del hombre. El galante caballero que ella había creído ver en su esposo parecía menos real con el paso de las horas, más bien el sueño de alguna fantasía juvenil. Ella había creado una imagen demasiado perfecta, demasiado hermosa, noble y admirable como para ser real. No obstante, su corazón protestaba a gritos, asegurándole que se equivocaba, que Jas era todo eso y aún más, y que ella era una perfecta imbécil por dudar de él.
La escena sanguinaria de los establos apareció una vez más en su mente, haciendo que retrocediera, estremecida por la aversión. El horror le provocó de inmediato una oleada de náuseas que estalló en una serie de arcadas secas; cuando al fin pasaron, pudo sentarse sobre los talones, ya muy débil. Apretó una mano temblorosa contra la frente sudorosa; una vez más se arrepentía de no haber sido previsora. El frío húmedo del suelo atravesaba sus finas prendas, provocándole escalofríos que le sacudían todo el cuerpo. Con toda probabilidad, si pasaba más tiempo allí, enfermaría de muerte.
Por pura fuerza de voluntad, Alice se incorporó y fue a apoyarse contra un árbol cercano. Quería determinar dónde estaba, pero carecía de cualquier conocimiento de la zona a la que había llegado. No obstante, si quería sobrevivir, necesitaba encontrar el modo de salir de esa densa maleza y regresar a la civilización.
El dilema era en qué dirección ir exactamente, y resultaba demasiado difícil para que su cerebro agotado pudiera resolverlo de manera ordenada. Distinguió vagamente en la penumbra una pequeña loma, que se elevaba junto al arroyo del que había bebido. Subió a ella y se volvió lentamente, describiendo un círculo completo, pero todo parecía igual. No veía la menor señal de que hubiera algún camino.
Por casualidad, miró a la derecha, pero antes de haber avanzado algunos pasos se sintió invadida por malos presentimientos. No tenía sentido vagar sin rumbo por un bosque. Hasta donde podía pensar, se le ofrecían dos opciones racionales: intentar llegar a Charleston o partir hacia Harthaven. Ambos estaban en direcciones opuestas, con Oakley entre los dos, pero mucho más cerca de la plantación vecina. Ir a Harthaven equivaldría a depender de la bondad y comprensión de sus cuñados. No dudaba que Edward y Bella la aceptarían, pero de ese modo los pondría en una situación difícil; básicamente, era pedirles que la protegieran del hermano de Edward.
Si su destino era Charleston, se encontraría completamente sola en una ciudad donde no tenía a quién recurrir. Tendría que arreglarse sola, buscar trabajo y alojamiento y sobrevivir de algún modo, tal como había sido su intención al viajar desde Inglaterra. Ya no podría reclamar el privilegio de ser la esposa de Jasper Cullen, uno de los hombres más ricos del territorio. Hasta era posible que la censuraran y condenaran por audaz, que la despreciaran por abandonar la casa de su esposo, aun aquellos que pudieran pensar que Jas era culpable del asesinato de Charlotte. Una esposa desleal e insumisa solo merecía el desdén general. Sin embargo, ella se sentía mucho más capaz de soportar esas críticas que de arriesgarse a provocar una ruptura en la familia Cullen, tras haberse enorgullecido tanto de pertenecer a ella.
Resuelta a poner rumbo a Charleston, Alice volvió a analizar la mejor dirección para llegar hasta allí. Por primera vez en su vida, lamentó no haber prestado atención a sus preceptores, cuando trataban de enseñarle por dónde salía y se ponía la luna, según el calendario. El arrepentimiento no alivió su situación.
Rebuscó en su cerebro, tratando de recordar cualquier cosa importante que hubiera podido ver, sin darse cuenta, en los viajes que había hecho a Charleston o a Harthaven. A su mente acudió de inmediato un episodio emocionante: un paseo en carruaje desde Harthaven, a la luz de la luna. Jas, que se sentía muy enamorado, no quiso esperar a que llegaran para disfrutar de algunas caricias. Los detalles parecían grabados para siempre en su memoria, sobre todo la banda de luz que la luna, ya baja, había volcado por las ventanillas de la derecha, donde ella estaba sentada. Recordaba muy claramente que, cuando Jas la apretó de espaldas contra los cojines de terciopelo para abrirle el corpino y la camisola, sus pechos habían relumbrado con un brillo plateado, antes de que se interpusiera la sombra de Jas.
Con un pequeño grito de regocijo, Alice giró hacia lo que parecía ser el este. Si sus cálculos eran correctos, estaba apuntando hacia Charleston. Pero tal vez se equivocaba. De un modo u otro, si quería hallar la salida de ese bosque, no le quedaba más alternativa que caminar en esa dirección y probar lo correcto de su teoría.
Lo hizo durante un largo rato. Hasta cierto punto, la actividad ayudaba a alejar el frío de la noche, pero le recordaba constantemente que llevaba muchas horas caminando con zapatos muy poco adecuados para este tipo de terreno. Eran bastante nuevos; poco después de iniciar el viaje, dos días antes, había empezado a sentir que aún tenía las ampollas del baile. Al principio fue solo una molestia en los pies; luego comenzaron a palpitar; por fin empezó el quemazón, cuando la última ampolla de pus se hubo abierto, dejando sus pies en carne viva. Aun así Alice se esforzaba por ignorar las punzadas y continuar la marcha.
Los pies doloridos no eran la única molestia. Poco después de penetrar en el denso bosque, las espinas comenzaron a pincharle el cuero cabelludo y a atascarse en sus mangas, destrozando con facilidad la tela y rasguñándole los brazos hasta dejarlos tan ensangrentados como los dedos. A menudo tropezaba en alguna de las enredaderas enmarañadas que cubrían el suelo del bosque; a veces se caía. Levantarse y continuar la marcha se convirtió en un esfuerzo, pero por muy débil y agotada que se sintiera, la impulsaba la creciente necesidad de llegar a un sitio civilizado. Tal como estaban las cosas, podía morir de hambre en medio del bosque, y pasarían semanas, quizá meses enteros, hasta que alguien encontrara su cadáver putrefacto.
Se le escapó una exclamación consternada al notar, de repente, que se había desviado de su camino sin darse cuenta. Con demasiada frecuencia había escogido el sendero más cómodo, sin prestar atención a la luna. En pocas palabras: la dirección que creía seguir desde hacía media hora no era la misma que llevaba en esos momentos, pues ahora tenía la luna a la izquierda.
Una vez más, las lágrimas le nublaron la vista. Con un vuelco al corazón, se preguntó cuánto camino debería desandar. Mientras contemplaba las alternativas en esa desdichada búsqueda, cobró conciencia de que la grave cacofonía de ruidos selváticos iba aumentando hasta convertirse en un zumbido incesante. No solo había perdido el rumbo, sino que, inadvertidamente, había descendido de las tierras altas a la zona pantanosa. Allí el aire era mas cálido, cosa que no podía tranquilizarla, pese a las incomodidades que le causaba el frío. En todo caso, corría mayor peligro que antes. No eran necesariamente los mosquitos los que provocaban su nerviosismo, sino el saber que la celeridad de ciertos reptiles es mucho mayor en los climas templados.
Puesto que en esos momentos era muy susceptible al pánico, se resistía a creer que esa extraña y resbaladiza sensación que sentía en los pies era lo que ella temía. En cuanto se obligó a bajar la vista, un alarido salió de su garganta: una víbora bastante grande se deslizaba sobre sus pies. Después de patearla hacia un estanque cercano, se estremeció convulsivamente y rompió en un llanto histérico, demasiado exhausta y desorientada como para dominar esos desgarradores sollozos.
Cuando al fin se hubo calmado, comprendió que había agotado todos sus recursos. Estaba extenuada y confundida; los habitantes de ese húmedo pantano le provocaban terror. Proseguir en esas circunstancias parecía el colmo de la locura, además de representar un verdadero peligro. Por otra parte ya tenía suficiente con lo que había vivido hasta ahora.
Acicateada por otro movimiento sinuoso en los arbustos cercanos, Alice trepó sin más vacilaciones por el tronco más próximo. No había vuelto a subirse a un árbol desde que era pequeña. En otros tiempos era un verdadero placer encaramarse hasta donde pudiera. Aún recordaba lo fundamental de la técnica, por lo que, a pesar de su atuendo, logró alcanzar una rama aceptablemente alta, donde se sintió algo más segura. Desde allí pudo estudiar el terreno que acababa de abandonar. La luna descendía rápidamente y, al perderse de vista, se llevaba casi toda la luz; no obstante, ella habría podido jurar que veía movimientos extraños, entretejidos en el musgo húmedo del sitio donde había estado un momento antes.
Decidida a no bajar del árbol antes de que el día hubiera aclarado por completo, se recostó contra la áspera corteza, con los ojos cerrados. No era tan tonta como para pensar en dormir, pues era la manera más segura de caer. Solo necesitaba un poco de reposo.
Apenas se hubo instalado, algo negro y repugnante revoloteó en su campo visual, haciendo trizas sus aspiraciones. Con un miedo creciente, Alice se apretó contra el recio tronco, vigilando cautelosamente a los murciélagos que se aproximaban. En un desesperado esfuerzo por no llorar, murmuró una oración, a la espera de que llegara la mañana siguiente.
Jas no había cubierto mucha distancia, después de levantar el campamento, cuando los primeros rastros de su esposa lo condujeron hacia el pantano. Era lo que temía: que Alice hubiera ido en esa dirección. Continuó la marcha hasta llegar a un sitio donde ella parecía haber dado la vuelta. El cambio de dirección no había mejorado su rumbo, pues no había hecho más que adentrarse aún más en el pantano.
La salida del sol acabó con la relativa frescura de la noche; la temperatura comenzó a ascender sin pausa, mientras varias clases de mosquitos se arremolinaban en torno a él. Majestic se agitaba, inquieto por sus implacables ataques, pero proseguía, valeroso, obedeciendo a las rodillas de Jas.
En sus años juveniles, Jas había frecuentado esos pantanos con Edward, por lo que llegó a adquirir un buen conocimiento de ellos y un justificado respeto. Él y su hermano habían descubierto los mejores sitios para cazar y pescar; con el tiempo llegaron a relacionarse con las personas que allí vivían y que, por uno u otro motivo, preferían mantenerse apartados de la sociedad. Vivía allí un ermitaño al que llamaban Pete el Rojo y que ya era viejo cuando Jas estaba en la adolescencia. Cuando frenó su montura delante del cobertizo que ese hombre tenía por hogar, la casa parecía desierta, pero eso no le extrañó. Como sus escasos vecinos, Pete el Rojo desconfiaba de la compañía y se escondía hasta asegurarse de que podía aparecer sin peligro. Jas esperó, mascando una brizna de hierba. Por fin, un leve movimiento entre los árboles, detrás del cobertizo, le reveló la presencia de su anfitrión.
Un anciano, cuya cara parecía una manzana marchita, salió para mirar atentamente a su visitante, con los ojos muy entornados. Parecía ir vestido de harapos, que cubría con un chaleco de complejos bordados, y apoyaba su cojera en un bastón con mango de madreperla.
—Esperaba verte por aquí tarde o temprano, Jas . ¿Cómo estás?
A pesar de sus años, mantenía un buen estado físico; el pelo de zanahoria no daba muestras de perder su brillo.
—Bastante bien —musitó él.
—Y ese hermano tuyo, ¿sigue bien?
—Mejor que nunca. Será padre por segunda vez dentro de uno o dos meses.
—Buen trabajo —dijo con una carcajada el Rojo, rascándose el pecho con una mano peluda
—. Me han dicho que se ha casado con una pequeña venida de Inglaterra. ¿Tú también has sentado cabeza, o algo así?
Jas enarcó brevemente las cejas, sin comprometerse en la respuesta. Ese «o algo así» daba a entender que alguna noticia de sus actuales circunstancias había llegado a los pantanos. No cabía sorprenderse. Pese a la vida recluida que llevaba, Pete el Rojo y los de su clase siempre parecían notablemente bien informados de cuanto sucedía en Charleston y en las plantaciones vecinas.
—A estas horas debes de saber que busco a mi esposa —replicó—. ¿La has visto? Pete escupió un largo salivazo de tabaco hacia un tocón. Luego meneó la cabeza.
—No le he visto el pelo, pero anoche pasó Elijah. Dijo que iba rastreando por encargo tuyo. Jas inclinó la cabeza en una lenta señal de asentimiento.
—Le he pedido que saliera en busca de un ladrón de caballos. ¿Ha tenido suerte?
—Creo que sí. Dijo que un hombre llamado Hyde cabalgó por un tiempo delante de él, dejando huellas fácilmente visibles, como si algo lo hubiera asustado. Luego Elijah vio señales de que el hombre se había caído a dos o tres millas de aquí. El caballo huyó al galope y Hyde continuó a pie, pero parecía avanzar con lentitud, como si estuviera herido. Elijah le ha seguido el rastro.
—Buen hombre, ese Elijah. Quizá yo encuentre a esa yegua algo más adelante. Mientras tanto, si ves a mi mujer, te agradecería que la persuadieras de quedarse un rato contigo, al menos hasta que yo vuelva a pasar por aquí.
El Rojo asintió.
—Haré lo que pueda, Jasper. Por casualidad, ¿sabes si le gustan los buñuelos de maíz ? Jas inclinó la cabeza, asintiendo.
—Creo que le gustan, sí.
—En ese caso prepararé unos cuantos. Seguro que llegará hambrienta.
Jas esperaba, sinceramente, que el hambre fuera el único problema de su esposa, tras haber pasado dos noches en las tierras más altas y la tercera en el pantano. Pero dio las gracias a Pete por su interés y se retiró sin dar más explicaciones.
El pantano volvió a cerrarse alrededor de él, dificultando su paso. El zumbido de los insectos iba en aumento, al igual que el calor. Continuó su marcha más deprisa; solo se detuvo para que Majestic pudiera beber antes de proseguir su búsqueda. El sol llegó al cénit e inició su descenso antes de que Jas tuviera alguna esperanza de éxito.
Alice había descendido del árbol poco después del amanecer, rígida, dolorida y tan exhausta que no podía diferenciar entre los músculos tensos y la fatiga absoluta. Además tenía mucha sed, pero solo había agua estancada para beber y ella no tenía ningún deseo de empezar otra vez a vomitar. Cuando se le ocurrió sorber el rocío matinal acumulado en las hojas más grandes, la humedad ya casi se había evaporado. Halló lo suficiente para uno o dos tragos, que no fueron suficientes. En la comida no se atrevía siquiera a pensar. Aunque estaba rodeada de plantas, carecía de conocimientos para diferenciar entre las comestibles y las venenosas, y no quería tentar al destino. El hambre no la mataría, al menos por el momento, pero tratar de calmarla bien podía acabar con ella.
Con el paso del tiempo el cansancio, la sed y el apetito fueron en aumento. El denso dosel de hojas y enredaderas que trepaban hasta lo más alto la protegía de lo peor del sol, pero el calor sofocante le daba la sensación de estar chapoteando en melaza.
¿Qué distancia había cubierto por ese difícil laberinto? Era un misterio. Las enredaderas que cubrían el suelo continuaban enredándole los pies; estaba cansada de tropezar y caer. Las ampollas eran una tortura. Solo pudo aliviar un poco el ardor arrancando musgo de las ramas inferiores para rellenar las medias. A fin de protegerse de posibles fracturas, arrancó largas tiras de su enagua y envolvió con ellas los pies calzados y los tobillos. Aunque esos vendajes le prestaban un apoyo muy necesario, pese a los esfuerzos que hacía por aliviar su situación era evidente que nunca se había sentido tan desdichada como ahora. Fatigada, con dolor de pies, seclienta y con una vivida conciencia del vacío que le quemaba el estómago, sentía un fuerte deseo de sentarse a llorar.
Sin embargo, por el momento, su espalda estaba demasiado rígida como para flexionarla, sentándose.
Caminó pesadamente por los pantanos, sabiendo que detenerse equivaldría a darse por vencida. El viento suave le pareció refrescante, aun en su situación. Al menos mantenía alejados a los mosquitos.
En medio de su desesperación, el suave relincho de un caballo le pareció obra de su imaginación. Aun así se detuvo para mirar a su alrededor, tambaleante y rogando que alguien hubiera venido en su rescate. Sin embargo temía que los oídos la hubieran engañado.
Mucho más reconfortante que las brisas refrescantes fue ver a Ariadna, que pastaba perezosamente en una loma distante. De inmediato el corazón de Alice salió del oscuro abismo que amenazaba tragarla. No sabía por qué milagro estaba esa yegua en el pantano, pero la alegría que sentía al verla era enorme.
La yegua sacudió la cabeza para ahuyentar a los insectos y la miró por un instante. Luego continuó pastando, sin preocuparse por la presencia de un ser humano.
Alice se aproximó cautelosamente, con la temblorosa mano extendida, pidiéndole en tono zalamero que se mantuviera muy quieta y que, por favor, se portara bien. Le asombró poder acariciarle la cruz sin que el animal la evitara.
—Oh, Ariadna, no puedo creer que seas tú —murmuró ella, con la voz ahogada por lágrimas de agradecimiento—. ¿Qué haces tan lejos de casa? —Probablemente, si la yegua hubiera podido razonar y hablar, le habría hecho la misma pregunta—. Ya lo sé, Ariadna. Las dos nos hemos fugado y ahora estamos perdidas en este pantano infernal. Comienzo a pensar que estaba mejor en casa. ¿Qué opinas tú?
Ariadna continuó arrancando hierba, sin cuidarse de deducciones y arrepentimientos humanos. Alice la palpó con suavidad, por si tenía alguna lesión, pero no encontró nada grave, aunque era obvio que los mosquitos y los jejenes se habían cebado en ella. Bajo el pelaje tenía una capa casi ininterrumpida de pequeñas ronchas.
Mientras el animal pastaba, muy satisfecho, Alice acercó un trozo de leño partido para utilizarlo como banquillo. Entre palmaditas y palabras zalameras, rogó para que se mostrara tratable y esperara sumisamente a que ella la montara.
Para sorpresa suya, Ariadna parecía aceptarlo todo con buena voluntad; pero ella no había olvidado la resistencia de Jas a permitirle usar esa terca montura. Cuando se instaló en su lomo lo hizo con timidez. Montar sin silla era ya bastante extraño, pero hacerlo a horcajadas resultaba incómodo sin algo que la acojinara. Alice se retorció, tratando de amontonar la camisola bajo el cuerpo, a fin de proteger las zonas más vulnerables. Ya fuera porque sus movimientos perturbaron al animal, ya porque Ariadna era de temperamento caprichoso, pronto quedó demostrado que los reparos de Jas estaban muy justificados. Sin previo aviso la yegua comenzó a moverse y a saltar en círculos, con lo que su amazona fue a parar a un charco de agua estancada. Aunque esa acumulación de agua pútrida la salvó de graves lesiones, se incorporó con arcadas producidas por el hedor. Lo único positivo de tener el estómago vacío era que no tenía nada para vomitar. Allí se quedó sentada, presa de la angustia; las lágrimas y el barro se le mezclaban en la cara; su ropa estaba empapada en lodo maloliente; tenía las caderas y las pantorrillas sumergidas en el fétido cieno. En ese momento tenía la certeza de ser la imagen de todo lo más repulsivo.
—Oh, ¿por qué no me he quedado en Inglaterra? —gimió, abatida. Y rompió en tristes lamentos.
Por si le sirviera de algún consuelo, Ariadna se acercó para hociquearle el pelo. Pero ella no estaba dispuesta a aceptar esas disculpas sin descargar sobre ella buena parte de su ira.
—¡No te me acerques, jaca estúpida! —le espetó, con la voz quebrada por las lágrimas— ¡Ya me ocuparé de que te enganchen a un arado, aunque sea lo último que haga en mi vida!
Habría preferido permanecer donde estaba, pues cualquier intento de moverse le costaría más sufrimiento, pero el hambre y la sed eran incentivos muy potentes. Entre muecas de dolor y resbalones, por fin logró salir de aquel agujero apestoso. Después de echar una mirada rencorosa a la yegua, la sujetó por una oreja.
—Escúchame muy bien, Ariadna —le dijo entre dientes apretados, agitando un dedo ante esos bellos ojos en señal de advertencia—: estoy muy cansada, extraviada y muy enfadada contigo. Conque si tienes algún aprecio a tu esqueleto, permitirás que te monte y luego me sacarás de este horrible pantano. ¿Me has entendido?
La yegua trató de alzar la cabeza, pero Alice la sujetaba con firmeza.
—Y si no te comportas como es debido, Ariadna, juro que te convertirás en caballo de tiro. Y te aseguro, muchacha, que eso no te gustará en absoluto.
Alice estaba segura de estar perdiendo el juicio, puesto que amenazaba de ese modo a un animal, pero poco le importaba. Lo que deseaba en esos momentos era un baño caliente, para poder aspirar hondo sin que su propio olor la asqueara.
Cogió un puñado de crines para llevar a la yegua hasta el leño partido; luego de subirse a él, montó nuevamente al lomo del animal. Siempre aferrada a las crines, esperó un tiempo interminable a que Ariadna repitiera su actuación anterior. Una vez segura de que la yegua obedecería, al menos hasta cierto punto, la puso en marcha, rogando con fervor que fuera en la dirección correcta. Caminaron durante largo rato antes de que Alice se permitiera relajarse un poco, pero siempre tenazmente aferrada a las crines, pues no quería confiar demasiado en el corcel.
Tras haber pasado tantas horas avanzando a duras penas por ese terreno tortuoso, era consciente del lujo que suponía ir montada a caballo. Pese a lo imprevisible de su carácter, Ariadna tenía buen paso, lo cual era de agradecer, junto con varías cosas más: no tener que usar los pies, para empezar, y encontrarse por encima de las zarzas que le habían desgarrado implacablemente la piel y la ropa.
Las brisas eran cada vez más fuertes y aportaban una frescura que reanimó a Alice. Por algunos momentos, concibió la esperanza de sobrevivir a su estúpida torpeza, pero pronto reparó en que el pantano se estaba tornando cada vez más oscuro.
Al mirar hacia arriba, entre el follaje, su corazón dio un vuelco; nuevos temores inundaron su pecho. Los vientos de los que había disfrutado un rato traían consigo terribles nubarrones. Mientras los observaba, con una mezcla de sorpresa y consternación, un relámpago desgarró el cielo. Un momento después, una violenta lluvia la azotó.
De los labios de Alice escapó un gemido desesperado, mientras hundía los talones en los flancos de la yegua para instarla a huir de ese diluvio. Ariadna respondió de buen grado acelerando el paso, pero el denso cieno del pantano se le adhería a los cascos, dificultando su marcha. La lluvia torrencial que las castigaba las retrasaba aún más. Apenas se veía; era imposible cubrir ninguna distancia mensurable. En pocos segundos, Alice quedó tan empapada que la ropa se le pegó al cuerpo como una segunda piel.
En ese nuevo aprieto, Alice solo encontró una cosa positiva: ahora podía beber toda el agua que quisiera. Solo esperaba no ahogarse en ella.
Recorrió el entorno con la mirada, en busca del refugio más cercano, y trató de guiar a la yegua hacia un grupo de árboles; pero Ariadna, deseosa de escapar del diluvio, continuó hacia delante, solo para empantanarse más en la blanda turba cenagosa. Por mucho que forcejeó, no pudo liberarse de ella.
Alice no podía creer que las circunstancias fueran tan desfavorables. Mientras luchaba por contener el impulso de romper en angustiados sollozos, un destello cegador atravesó el bosque hasta dar contra un gran ciprés, que estaba a poca distancia. La muchacha olvidó de inmediato sus deseos de llorar: era justamente el sitio en el que ella había puesto sus miras. El rayo partió el tronco por la mitad, como si fuera una ramilla seca, y disparó una cegadora lluvia de chispas por todas partes. Aterrada, Alice alzó los brazos para protegerse de los fulgores y, muerta de miedo, miró por encima de su antebrazo, mientras la copa del árbol caía a tierra con un rugido ensordecedor, desgarrando a su paso las ramas de los árboles vecinos. Antes de llegar al suelo, un trueno ensordecedor pareció sacudir el suelo. Ariadna, aterrorizada, trataba inútilmente de librarse de la ciénaga.
—Tranquila, muchacha —murmuró Alice, con los labios rígidos de miedo, aterrorizada por lo cerca que había estado de quedar carbonizada. A no ser por el pantano que había detenido a la yegua, ambas habrían perecido—. No te alteres, Ariadna. Serénate. Estamos vivas... al menos por ahora.
La yegua se calmó un poco, pero seguía temblando en la trampa lodosa. Alice desmontó apresuradamente, con intención de ayudarla, pero de inmediato lanzó una exclamación de alarma, pues sus pies también comenzaron a hundirse. Alargando frenéticamente un brazo, logró apenas asirse de una rama baja y se impulsó hacia un sitio más sólido. Al menos, podía mantenerse en pie.
Alice probó con miedo la firmeza del sitio que pisaba y se dio la vuelta, temblando. Su garganta se anudó de pavor al ver que la yegua estaba atrapada en un cenagal ablandado por la tormenta. Parecía tan peligroso como la arena movediza. Cuanto más forcejeaba por liberarse, más se hundía.
La joven sintió una oleada de terror, tanto por sí misma como por Ariadna. No creía poder atravesar ese pantano sin la yegua. Y con el volumen de lluvia que estaba cayendo, por doquier se abrían pequeños arroyos. Pronto se tornarían peligrosos. Pero si intentaba ayudar al animal, ella misma podía hundirse en el lodo junto con la yegua.
Miró a su alrededor, cada vez más aterrada, con la esperanza de hallar alguna vía de escape para ambas. No tenía esperanzas de liberar a la montura, pues no tenía fuerzas ni elementos con que intentar el rescate. Estaba completamente indefensa.
De pronto recordó las gruesas enredaderas con las que había debido luchar. Posiblemente hubiera algunas lo bastante fuertes como para tirar de la yegua. Tropezando con el vuelo empapado de su vestido, buscó bajo la lluvia un tallo adecuado. Por fin halló una vid enredada a un árbol cercano. Tiró con fuerza para desprenderla, pero la hazaña requeriría hasta sus últimas energías; sin embargo, el largo ayuno la había debilitado y la lluvia la bombardeaba. Cuando logró arrancar la enredadera de las ramas, totalmente exhausta, cayó de rodillas en los pequeños arroyos que se iban formando en la tierra.
Una vez que hubo recobrado, si no todas sus fuerzas, al menos la decisión, se puso de pie bajo el azote de la lluvia, tratando de idear la mejor manera de enganchar la yegua a la vid. Las raíces, aún firmemente adheridas al suelo, servirían de amarras, pero hacía falta algún otro asidero para remolcar el peso del animal. Con esa intención, enroscó la improvisada cuerda a un par de árboles jóvenes y, manteniendo la enredadera bien tensa para ayudarse a avanzar, se acercó a Ariadna, evitando el pantano sin fondo, cada vez más blando.
La fatiga de la yegua era ya evidente; sus esfuerzos por liberarse empezaban a disminuir. Esa perspectiva provocó un nudo de miedo en la garganta de Alice; aun así era preciso enfrentarse a la verdad: si no lograba rescatarla en media hora, el animal perdería a la vez las fuerzas y el valor. Si se daba por vencida, no tardaría mucho en hundirse en esa tumba de lodo.
Parpadeando por el agua que le corría por la cara, Alice rodeó con la vid el cuello de Ariadna y lo ató con jirones de tela, arrancados de su propia falda. Luego regresó hacia los dos árboles para tirar de la enredadera con todas sus fuerzas, mientras animaba a la yegua a que se acercara. Ariadna empujó hacia arriba, obediente, por lo que ella pudo ceñir un poco más la improvisada cuerda. Pero el terco animal sacudió la cabeza con violencia, tratando de quitarse él lazo ajustado, y al hacerlo le arrancó el áspero tallo de las manos, despellejándole las palmas. Alice volvió a aferrado con tenacidad y, entre fuertes tirones, imploró a la yegua que colaborara. Una vez más Ariadna empujó hacia delante, tratando de liberarse, y la muchacha pudo tensar la vid una vez más. A pesar de que el constante bombardeo de la lluvia iba en aumento, Alice recobró el ánimo al ver que la yegua estaba casi fuera del pantano.
—¡Lo estás logrando, Ariadna! —exclamó, feliz, aunque apenas podía hablar sin escupir agua—. Anda, muchacha. Un esfuerzo más y estarás fuera.
Como si comprendiera, el animal empujó otra vez y ella pudo tensar otro poco la vid en torno a los troncos. Pero la alegría de Alice duró muy poco, pues un momento después el tallo se rompía ante el peso del caballo. La muchacha cayó en un charco y Ariadna volvió a deslizarse hacia su cárcel de lodo.
Alice se levantó con un grito, derrotada, y se apretó los puños a las sienes, mientras la yegua forcejeaba por desprenderse del cieno que la tragaba con rapidez. Como si presintiera su muerte inminente, Ariadna lanzó un relincho y se revolvió, pero fue inútil.
Majestic se detuvo súbitamente, con las orejas erguidas. Jas se despegó de la frente el ala mojada del sombrero, alerta a lo que su caballo pudiera haber oído, sentido o visto. Miró a través de las cascadas de lluvia hacia detrás de los árboles, pero la zona estaba ensombrecida por la tormenta y la penumbra de la tarde avanzada. Aunque miró por todas partes, no parecía haber nada importante.
—¿Qué pasa, muchacho? —preguntó, acariciando el cuello del potro—. ¿Qué es lo que te ha puesto nervioso?
Majestic relinchó por lo bajo, siempre con la vista clavada en los matorrales, delante del sitio donde se habían detenido. Jas inclinó la cabeza para escuchar con atención. El denso diluvio le permitía oír muy poco, aparte del gorgoteo de los arroyos que habían surgido momentáneamente a la vida, el golpeteo de la lluvía y los leves movimientos de su montura, acompañados por crujidos casi indescifrables de los arreos. Pero también percibía algo a lo lejos, algo que no llegaba a identificar con claridad. ¿Era el relincho despavorido de un caballo?
Aplicó los talones al potro, animándolo a avanzar hacia el lugar de donde parecían provenir esos lejanos ruidos. Cuanto más se acercaban, más seguro estaba Jas de oír los gritos agudos de un caballo. En ese caso era posible que descubriera el paradero de Ariadna, pero esos gritos escalofriantes le hacían pensar que el animal, fuera ella o no, estaba en grave peligro.
Guiándose por los angustiados gritos, condujo a Majestic por entre los árboles, intentando evitar las zonas más traicioneras de la ciénaga. Cuando llegó al pequeño claro de donde provenían los agudos relinchos vio inmediatamente a la yegua, hundida hasta el vientre en el lodo. En ese momento forcejeaba frenéticamente, tratando de izarse, sujeta al extremo de una cuerda improvisada. Sus ojos siguieron la longitud de la enredadera estirada entre el corcel y un árbol, y quedó sin aliento. La responsable de ese valiente, aunque inútil intento de rescate era su esposa, que estaba junto al árbol, completamente empapada y tirando desesperadamente para ceñir la vid al árbol.
—¡Alice!
Aunque el nombre sonó apenas como un susurro en medio de la lluvia torrencial, ella volvió bruscamente la cabeza, ya consciente de la presencia de su esposo, y alzó una mano para protegerse los ojos del diluvio. Aun así, el agua que le chorreaba desde el pelo hizo que parpadeara varias veces, tratando de despejar la vista. Al ver a Jas le invadió una extraña mezcla de miedo, vergüenza y alivio. Ahí estaba, como un temible guerrero de sombría armadura, montado en su alto corcel. Ella abrió la boca para hablar, pero le faltaron palabras. Había huido de Oakley, temiendo que él fuera un asesino. En ese caso, bien podía acabar con ella en el pantano, sin que nadie se enterara.
Jas volvió a encasquetarse el sombrero y se ajustó el cuello de la capa impermeable; luego saltó a tierra. Sin perder tiempo en reproches, desató velozmente la cuerda que traía sujeta a la montura y le hizo un nudo corredizo en un extremo. Luego lo arrojó a la cabeza de la yegua; una vez ceñido, rodeó la grupa con un lazo más amplio, para improvisar un arnés. Después de pasar el extremo suelto por el nudo corredizo delantero, lo ató al pomo de su silla y volvió a montar, para conducir a Ariadna hacia suelo firme.
En cuanto el potro sintió el tirón de la soga avanzó con fuerza, clavando los cascos en la turba. Ariadna se debatía dolorida por la cuerda que le apretaba la grupa. Por un momento pareció que tanto esfuerzo no serviría de nada. Pero luego, poco a poco, la yegua empezó a salir del pantano. En cuanto sus cascos delanteros tocaron suelo firme, lanzó un relincho de triunfo y agitó la cola enlodada. Con otro fuerte tirón de Majestic, la hembra quedó completamente libre.
—¡Oh, gracias al cielo! —exclamó Alice, llena de alivio. Y cayó de rodillas en el suelo anegado, entre fuertes sollozos. Las lágrimas corrieron libremente; con la cara escondida entre las manos, lloró tanto por la yegua como por sí misma. Desesperada como estaba, era muy posible que hubiera muerto tratando de salvar al animal.
Una mano grande descendió sobre su hombro, arrancándole un grito de miedo. Al levantar la vista se encontró con Jas, inclinado sobre ella. Era poco más que una tétrica sombra gris en la penumbra de la lluvia, pero ella tuvo la impresión de que sus ojos brillaban con una luz feroz. Sin saber qué esperar, se echó hacia atrás y tragó saliva con cierta dificultad, a la espera de su destino.
—¿Qué demonios estáis haciendo aquí afuera? —gruñó él en tono áspero—. ¿Acaso ignoráis lo que podría haberos pasado?
Alice, que no quería responder, apartó la cara y, encogida en un estado de profunda turbación, curvó los hombros contra el diluvio. Parecía una niña pequeña que esperaba su castigo.
Jas murmuró un insulto y, alzándola en brazos, la llevó hasta donde estaba el potro. Allí la dejó en el suelo para envolverla en una manta. Una vez que la hubo sentado en el lomo del animal, aflojó la soga que rodeaba la grupa de Ariadna y ató el extremo libre a un anillo metálico, insertado en la parte trasera de la silla. Luego montó detrás de Alice y, rodeándola con un brazo protector, azuzó al caballo por entre los densos árboles, mientras la yegua los seguía, obediente, en el extremo de la cuerda.
