Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 18
La lluvia, como si hubiera agotado su furor, se había reducido a poco más de una llovizna. La pareja cabalgaba en silencio a través del pantano, encorvados para protegerse de la persistente humedad. Jas se mantenía vigilante para evitar las zonas más peligrosas, pero Alice estaba totalmente agotada, física y mentalmente. Aunque trataba de permanecer alerta, sus párpados cedían bajo el peso de la fatiga y su cabeza se inclinaba a menudo; por fin una mano grande la reclinó suavemente contra un hombro robusto. Cuando su frente encontró un nido familiar en el cuello fibroso, ella abandonó con un suspiro sus inútiles intentos por mantenerse despierta. Si Jas hubiera querido matarla, se dijo vagamente, sin duda ya lo habría hecho.
Al caer la noche en el bosque cada vez más denso, los envolvió la oscuridad. Alice despertó un momento, con la difusa idea de que la lluvia había cesado. En su lugar había aparecido un viento frío y fuerte, que ahora parecía empeñado en arrastrar a las nubes hacia la faz de la luna. Aquellas frígidas brisas atravesaron sus prendas húmedas, provocándole escalofríos, hasta que su esposo se abrió el capote impermeable para acomodarla contra su pecho. Alice, sin energías para resistir, se recostó inerte contra la sólida muralla. Mientras caía nuevamente en el sueño se preguntó si alguna vez hallarían un refugio abrigado.
Mucho más tarde, al esforzarse por salir de ese aturdimiento, se dio cuenta de que Jas había frenado el potro. Echó un vistazo oblicuo por encima del hombro, sin saber qué distancia habían recorrido ni dónde se encontraban. La luna iluminaba el pequeño claro en el que habían entrado. Hacia el fondo, una cabaña de troncos anidaba bajo las ramas de varios pinos altos. El humo salía por la acogedora chimenea de piedra, y en las ventanas de la fachada brillaba el suave resplandor de una lámpara. Desde algún lugar cercano les llegaba el murmullo de un arroyo torrentoso; su burbujeo, casi musical, se fundía con los tonos armoniosos de un buho, encaramado a cierta distancia.
—¿Quién vive aquí? —murmuró ella, somnolienta.
—Un amigo mío a quien llamamos Pete el Rojo —respondió Jas, mientras pasaba la pierna derecha sobre la grupa del potro para desmontar. Después de atar las riendas a un palo, cargó las alforjas al hombro y levantó la vista hacia Alice. Sus labios se torcieron vagamente, en la difícil tarea de imitar una sonrisa—. En otros tiempos el Rojo fue ordenado ministro, con que os conviene comportaros bien, querida. No sería raro que nos diera una o dos lecciones.
—¿Vive solo aquí?
—Hace años tenía esposa y un hijo, pero ambos murieron durante una epidemia. Desde entonces ha vivido prácticamente como un ermitaño.
Jas levantó los brazos para bajar a Alice, pero ella se echó hacia atrás, súbitamente desconfiada. Al mirarlo a los ojos, vacilante, vio que una atractiva ceja se torcía en un gesto escéptico.
—Si pensáis pasar la noche sentada ahí, querida, recordad que lo haréis completamente sola. Mi intención es ponerme ropa seca, comer algo y dormir, cosa que necesito urgentemente.
Al pensar en la comida, la expresión de Alice se volvió anhelante; sus ojos buscaron la cabaña. Era como si no hubiera comido en todo el mes. Aunque su estómago había dejado de gruñir, la boca se le hizo agua, recordándole que estaba hambrienta.
—Venid, Alice —ordenó Jas, rodeándole la cintura con las manos para bajarla a tierra. Las mejillas hundidas de la muchacha evidenciaban su largo ayuno; si ella pensaba permitir que el miedo y el orgullo gobernaran su mente, él no le permitiría ser tan boba—. Debéis comer, por el bien de nuestro hijo.
Alice levantó bruscamente la cabeza, atónita al ver que estaba enterado.
—¿Cómo lo sabéis?
—Me lo ha dicho Cora.
—Pero ¿cómo puede saberlo ella misma? —susurró la joven, no menos asombrada—. No he dicho una palabra a nadie.
—En efecto, habéis sido muy reservada. No me lo dijisteis ni siquiera a mí—murmuró su esposo dolido—. Cora debe de haberlo imaginado por sí sola. En cuanto a mí, querida, debo pediros perdón. Estaba tan cautivado por la idea de haceros el amor todas las noches que no reparé en que no os había venido la regla. —Inclinó la cabeza pensativo mientras la recorría con una mirada observadora—. ¿Cuánto tiempo lleváis embarazada?
Ella cruzó los brazos sobre el vientre y se volvió hacia un lado, como para escapar de esa investigación.
—Algo más de dos meses —respondió en tono apagado.
—Obviamente no habéis tenido en cuenta vuestro estado, antes de escapar como conejo asustado —observó él, sin concederle piedad—. Desde luego, no es la primera vez que me asignáis el papel de villano sin darme oportunidad de explicarme o de probar mi inocencia.
Su tono cáustico puso un vivido matiz en las mejillas de Alice; aunque estaba débil y mareada por el hambre, aún le quedaba algo de valor.
—¿ Qué podía pensar yo, tras encontraros de pie junto a una muerta, con un cuchillo ensangrentado en la mano y vuestra ropa cubierta de manchas rojas?. Por si lo habéis olvidado, amenazasteis con estrangular a Charlotte, si regresaba a Oakley.
Jas lanzó un bramido de ira y frustración.
—Si en verdad me creéis capaz de un crimen tan odioso, querida, pobre es la opinión que tenéis de mí. Pero como en otra ocasión, me habéis declarado culpable sin concederme un juicio justo. Ningún magistrado decente osaría condenar a un criminal sin juicio previo. —Resopló de desprecio—. Pero si vos estuvierais sentada en el estrado del juez, a estas horas ya me habríais colgado. —Vio que el hermoso rostro se contraía de emoción, mientras ella buscaba alguna respuesta inteligente, pero él ya estaba harto de su lógica—. Como no creo que deseéis alojaros temporalmente con un asesino, querida mía, dejaré que busquéis cama por vuestra cuenta.
Y giró en redondo para atar la yegua al poste. Luego se detuvo junto a Majestic para coger la escopeta de la silla y, tras marchar hacia la puerta de la cabaña, golpeó con el puño las tablas de tosca madera. Como no había respuesta, abrió un poco para echar un vistazo al interior.
—¿Rojo? —llamó—. ¿Estás ahí?
El silencio que siguió a su pregunta lo impulsó a entrar. Como no había rastros del hombre, fue a abrir la puerta del pequeño dormitorio, en la parte trasera de la cabaña, pero también estaba desierto. No había nadie, salvo él.
Jas regresó a la habitación principal para inspeccionarla. Lo que vio revelaba que el sitio había estado desocupado en la última hora, quizá incluso hacía menos, en los últimos minutos. El sabía que Pete solía escapar por la parte trasera cuando veía aproximarse a algún visitante, sobre todo por seguridad. Pero en este caso, el anciano había dejado un ambiente acogedor para sus huéspedes. En el tosco hogar de piedra crepitaba alegremente el fuego, bajo un gran caldero, lleno hasta el borde de agua humeante. Enfrente, una mesa rústica y un par de sillas primitivas, hechas con ramas. En la esquina más cercana de las gastadas tablas, un cuenco de loza, con un cazo al costado. A un lado, en la tabla de cortar, habían dejado un cuchillo y un trozo de venado ahumado, que parecía una invitación. Cerca de la tabla, Jas encontró una nota garabateada con letra grande.
"Tal vez esté ausente varios días, Jasper. Haz como si estuvieras en tu casa."
Jas dejó caer las alforjas en una silla para quitarse el capote y echó un vistazo al cuenco.
Solo entonces se dio cuenta de que su esposa estaba en el umbral.
—Os gustan los buñuelos de maíz, ¿verdad, Alice? Una vez más, Alice sintió que su boca salivaba con la simple mención de la comida.
—Sí —respondió. A ella misma le pareció que su voz sonaba muy débil. Después de quitarse la manta empapada, se acercó a su esposo para mirar la comida preparada en la mesa
—. ¿vuestro amigo volverá pronto, Jasper?
—No. —La respuesta fue brusca, pues él continuaba luchando con su ira. Sin duda, su esposa se habría sentido más cómoda en presencia del anfitrión, pues su rechazo a estar sola con él era obvio. Si no estuviese tan exhausta y medio desmayada de hambre, tal vez habría escapado de nuevo. Pero él no dejaría de ir tras ella para traerla de regreso.
Jas movió la muñeca para señalar la nota con el pulgar, sin molestarse en dar explicaciones.
Ella sabía leer; no necesitaba que se la explicase un sospechoso de asesinato.
Tras recorrer el mensaje con la vista, Alice dejó escapar un suspiro desolado, mientras recorría con una mirada cautelosa el interior. Esperaba que ese tal Pete el Rojo, estuviera en casa y actuara como amortiguador entre ambos, pero al parecer no sería así. Por primera vez desde que se casaron, Jas y ella compartirían el techo lejos de otras personas. En días anteriores, habría recibido de buen grado ese aislamiento, pero ahora la inundaban horribles recuerdos de lo que había visto en los establos. Ese grado de intimidad la hacía sentirse tremendamente vulnerable.
Sus ojos vagaron lentamente por la habitación, mientras se esforzaba por apartar los perturbadores recuerdos. En cada rincón vio el rastro de un hombre que vivía aislado.
—¿Por qué, siendo ministro, se ha retirado a esta soledad?
—No se lo he preguntado. —Jas solo pensaba echar un breve vistazo a su esposa, pero los ojos verdes se demoraron demasiado sobre su desaliño, hasta perder su dureza de pedernal. Aun así, su orgullo se negaba a ceder con tanta facilidad, si ella continuaba asignándole el papel de carnicero.
Una Biblia abierta en el otro extremo de la mesa le ofreció una excusa para poner cierta distancia entre ellos. La cogió para apuntar las páginas hacia la luz del fuego y tomó nota del sitio donde había quedado abierta.
—Proverbios... —se le escapó una breve risa— ... debería haber imaginado que el Rojo nos ofrecería una lección junto con su hospitalidad.
—¿Qué lección?
La hermosa voz de Jas concentró toda la atención de la joven, en la calma que reinaba en la tosca vivienda.
—«¿Quién puede hallar una mujer virtuosa? Pues su precio es muy superior al de los rubíes. El corazón de su esposo confía en ella, de manera que no necesitará botín. Ella le hará el bien, nunca el mal, todos los días de su vida.»
Alice sintió que le quemaban las mejillas ante el significado de esos versículos. Aunque no conocía al vagabundo predicador, era como si le hablara directamente.
—¿Cómo pudo él saber...?
Jas cerró la Biblia y la dejó a un lado.
—¿Saber lo que nos sucedía? No os dejéis impresionar por eso, querida mía. —Su tono se llenó de burla—. Hoy he hablad con el Rojo, al pasar por aquí. Pero ya tenía noticias de lo sucedido en Oakley.
—¿Sabía también que yo me había marchado? Como Jas respondió con un seco gesto de asentimiento, ella preguntó, asombrada:
—Pero ¿cómo puede un simple ministro, que vive completamente solo en el bosque, saber lo que sucede en Oakley? Puesto que nos hemos detenido a pasar la noche aquí, deduzco que esta cabaña está a cierta distancia de la plantación.
—La distancia es bastante larga, pero por aquí, querida mía, las noticias vuelan con el viento. No debe de haber muchas cosas que el Rojo ignore. Ha sabido perfectamente cuándo ausentarse. Es probable que, al vernos venir, se haya escabullido por la puerta trasera.
La idea dejó asombrada a Alice.
—Pero ¿por qué abandonar su cabaña y dejárnosla?
Jas le clavó una mirada significativa, elevando una ceja oscura.
—Quizá porque es una buena persona. O porque tiene demasiado sentido común como para interponerse entre un hombre y su esposa cuando ambos necesitan resolver ciertos problemas.
Como si de pronto sintiera mucho frío, Alice apretó los brazos a la ropa húmeda que la cubría. La idea de «resolver problemas» con Jasper Cullen anulaba la poca fuerza que le restaba.
—No —murmuró, levantando la primorosa barbilla como si fuera una mártir herida—. Solo deja versículos de la Biblia para hacer saber lo que opina de la esposa. Al parecer no importa lo que el hombre haya podido hacer.
Jas no resistió la tentación de lanzar una pulla cáustica.
—Tal vez, a diferencia de vos, a Pete no le gusta juzgar al prójimo de buenas a primeras, sobre todo si se trata de personas a las que conoce desde hace tiempo. —Se sentó en cuclillas frente al hogar para arrojar más leña al fuego, mientras le decía—: Pero no os esforcéis por adivinar lo que él piensa. Lo más probable es que ese mensaje de Proverbios me estuviera destinado. —Se levantó, sacudiéndose el polvo de las manos, y señaló el cuenco de loza como al descuido—. Es probable que ese mensaje, en cambio, os estuviera destinado.
Alice siguió la dirección de su mirada, pero no tenía la menor idea de lo que él había querido decir. La verdad es que estaba completamente exhausta, hambrienta y falta de sueño, todo lo cual menguaba su capacidad de descifrar acertijos, pero aun así no veía nada que pudiera darle una pista.
Al verla desconcertada, Jas se acercó a la mesa y hundió el cazo en el contenido del cuenco; luego lo retiró, dejando chorrear la mezcla en un torrente dorado.
—Pete me preguntó si os gustaban los buñuelos de maíz. Se diría que os dejó los ingredientes y el venado para que cocinarais. Si no os gustan los alimentos que nos ha proporcionado, tenemos lo que Cora nos preparó.
—Oh —fue todo lo que a ella se le ocurrió contestar.
Jas se volvió hacia un lado, tratando de sofocar las ganas que tenía de abrazarla cuando veía a su esposa tan exhausta. Tardó más de la cuenta en quitarse la chaqueta y la camisa para colgarlas en el respaldo de las sillas, con desacostumbrado esmero. Cuando se sintió capaz de mirarla otra vez sin reaccionar ante sus aprietos, ella empezaba a tambalearse, aturdida. Maldiciendo por lo bajo, dio la batalla por perdida. Su mujer estaba a punto de caer al suelo.
Al cogerla suavemente por los brazos le impresionó encontrarla tan delgada. Puesto que había huido de Oakley directamente desde su dormitorio, sin pasar por la cocina, cabía suponer que había comido muy poco desde su partida. Las mejillas pálidas y sumidas eran un vivido testimonio; bajo los ojos tenían sombras violáceas, como si estuvieran hundidos. En general ofrecía un patético espectáculo, demasiado como para que él se aferrara a su ira.
—Acomodaos, Alice —pidió, mientras la sentaba él mismo en una silla.
Se puso en cuclillas ante ella y le encerró el mentón entre las manos, para estudiar las facciones demacradas y los ojos entrecerrados.
—Solo tardaré un momento en llevar los caballos al establo y darles algo de pienso. Cuando regrese me ocuparé de nuestras propias necesidades. Hasta entonces no os mováis. ¿Entendido?
Ella arrugó un poco la frente, como si se le pidiera algo muy difícil.
—Sí.
Jas cumplió su palabra y regresó rápidamente a la cabaña, trayendo consigo medio tonel que había encontrado colgado bajo el alero. Alice aún seguía sentada en el mismo sitio, cabeceando espasmódicamente, mientras luchaba contra el sueño, cada vez más fuerte. Cuando él apartó la mesa para instalar la tina de madera frente al hogar, la joven despertó con un respingo y parpadeó, tratando de centrar la vista.
—¿Qué haréis con eso? —preguntó con dificultad, señalando la tina.
—Esto, querida mía, es para vuestro baño.
Jas envolvió el asa del caldero con un trapo y vertió el agua humeante dentro del tonel; luego agregó dos cubos de agua fresca del pozo, antes de llenar nuevamente el caldero y colgarlo en su gancho, sobre las llamas. Finalmente sacó de su alforja una barra de jabón y una toalla.
—Siempre es conveniente estar preparado para eventualidades como esta —dijo, enseñándoselos.
Su esposa lo miró inexpresivamente, sin apreciar su ingenio. Al ver que se acercaba, dijo con voz igualmente sorda:
—Por favor, Jasper. Solo quiero dormir.
—Cuando estéis bañada y hayáis cenado, querida. Ni un momento antes.
Al ponerla de pie le arrancó un gruñido de cansancio, pero ella siguió pasivamente inmóvil, mientras aquellos hábiles dedos desabrochaban el vestido empapado, sucio y hecho jirones. Luego lo deslizó a lo largo del cuerpo, junto con la camisola y los calzones, hasta que las prendas cayeron amontonadas en torno a los tobillos.
Demasiado aturdida para sentir otra cosa que sueño, Alice se dejó hacer sin resistencia. Cuando él se agachó para quitarle las medias, se vio obligada a apoyarse en el hombro desnudo de Jas. Aquella piel bronceada, bajo sus dedos congelados, estaba caliente y llena de vida, como el mismo hombre.
Al oír que él ahogaba una exclamación, Alice bajó la vista y lo encontró observando las feas ampollas reventadas de sus pies. Algo mortificada, curvó los dedos hacia adentro; habría querido esconder el musgo ensangrentado que se le había adherido a los pies.
—Es un milagro que aún podáis caminar —murmuró su esposo, cortante.
—El musgo me ha ayudado —musitó ella, tristemente. Luego dejó escapar un suspiro, sin hacer esfuerzo alguno por cubrirse. Exhausta como estaba, no enrojeció siquiera cuando él estudió los pechos tensos y los pezones oscurecidos por el embarazo. Y cuando él bajó la vista a su vientre, Alice solo pudo mirarlo con aturdido estupor.
Los cambios físicos de su esposa eran sutiles, pero decididamente visibles para quien prestara atención. Jas comprendió que solo la obsesión de satisfacer sus ansias sexuales le había impedido detectarlos.
—Vuestro baño está listo, Alice —murmuró suavemente, ofreciéndole una mano.
Ella sentía las rodillas demasiado flojas como para pensar siquiera en rechazarla. Deslizó sumisamente los dedos en la palma de Jas y se inclinó hacia él, mientras levantaba un pie para probar el agua. Estaba lo bastante caliente como para quitarle el frío, pero también le arrancó una mueca de dolor, pues las ampollas comenzaron a escocerle. Pese al cansancio, reconocía los beneficios del baño. Solo rogaba no quedarse dormida.
Entró en el tonel y cruzó los tobillos para meterse en el agua, con un largo suspiro de agradecimiento. Por un instante se estuvo con los ojos cerrados, disfrutando de la sedante tibieza del agua, hasta que la sobresaltó un chapoteo. La llovizna de pequeñas gotas la hizo parpadear: la barra de jabón acababa de hundirse bajo la superficie y, después de chocar levemente contra su vientre, serpenteaba hacia el fondo de la tina. Al levantar la vista descubrió que su marido la estaba mirando, con una ceja enarcada.
—No perdáis tiempo, querida. Me gustaría comer y bañarme también antes de que nos acostemos.
—¿Podríais darme una jarra de agua caliente, por favor? —pidió ella, con voz apagada por la fatiga. Lo miró con los ojos entornados, entre las gotas que le corrían por las pestañas—. Necesito lavarme la cabeza.
Jas vio que se frotaba un ojo con el puño, al igual que los niños que ya no pueden mantenerse despiertos.
—¿Necesitáis ayuda?
—Sí, creo que sí, puesto que apenas puedo mantener los ojos abiertos —respondió ella, con voz muy débil, mientras los párpados violáceos se cerraban bajo la creciente somnolencia.
—¿Queréis que os bañe también?
Ella dejó caer la cabeza hacia delante y la cabellera enredada y chorreante le rodeó la cara.
Un suspiro cansado escapó de sus labios.
—Estoy tan exhausta que poco me importa lo que hagáis.
Jas la observó un largo instante. Estaba encorvada dentro de la tina como una muñeca de trapo. Ya compadecido, se arrodilló junto al tonel para apoyarla contra su brazo. Ella se entregó por completo a sus atenciones, pero cuando el trapo se deslizó por la suave hendidura abierta entre sus muslos, abrió los ojos de par en par y se incorporó para mirarlo con horror.
—¡Sois demasiado minucioso! —acusó, escandalizada.
—Mi madre me enseñó a serlo desde que era muy pequeño, querida. Hay que lavarlo todo bien, me decía. Además, ya os he tocado innumerables veces sin que me regañarais por mi audacia. En todo caso —la provocó—, parecíais disfrutarlo.
—Yo misma lavaré esas partes, gracias —aseveró ella, con decisión—. Vos podéis lavarme la cabeza. Jas exhaló un suspiro de fastidio.
—Os habéis vuelto pudorosa, querida. Hace algunos días me permitíais lavaros toda, incluso ahí...
—Lo habéis dicho bien: eso fue hace algunos días. Las cosas han cambiado.
—Conque ahora se mira y no se toca, ¿eh?
—Algo así... al menos hasta que yo haya podido reflexionar.
La paciencia de Jas iba mermando tras la fuga de su esposa y la prolongada búsqueda por los bosques. Al descubrir que estaba sana y salva, su alivio se había convertido en resentimiento por su manera de actuar. Su propensión a creer de él lo peor era como una bofetada en plena cara. En una nueva oleada de resentimiento, le vació sin previo aviso sobre la cabeza toda la jarra de agua caliente, obligándola a levantar las manos, con una exclamación de sorpresa, para protegerse de un segundo torrente.
Entre escupidas y parpadeos, lo miró por entre el pelo mojado.
—¿Pretendéis ahogarme, solo porque no he permitido que me manosearais ? —acusó.
—Solo quiero lavaros el cabello —declaró él, seco.
Después de frotarle la coronilla con la barra de jabón, comenzó a masajearla con dureza para hacer espuma. Alice lanzó un chillido de protesta.
—¡No seáis tan bruto!
—Lo siento, querida —se disculpó él, sin pizca de compasión—. No tengo conciencia de mi propia fuerza.
Ella le echó una mirada rencorosa.
—Si continuáis frotando así me dejaréis sin cuero cabelludo.
—Pero tendréis el pelo limpio. Es más de lo que se puede decir ahora. ¿Qué habéis hecho?
¿Caer en un charco de lodo? —No dudaba de que así había sido, pues quedaban rastros de algas adheridos a los mechones—. Con la porquería y los bichos que tenéis en el pelo, podríais alimentar a un pájaro todo un año.
—¡Bichos! —chilló ella, incorporándose por el pánico—. ¡Quitadlos!
—Paciencia, querida. Es lo que trato de hacer.
—¿Qué clase de bichos?
Jas trataba de dominar la risa, pero aun así se le escapó.
—Seres viscosos, de los que normalmente se encuentran en los pantanos. Y algunos insectos también.
Alice gimió. A veces su marido llegaba a irritarla con su humor provocativo.
—Jasper Cullen: si lo decís solo por asustarme, no volveré a dirigiros la palabra.
Él le puso un extraño escarabajo frente a la nariz; al verlo, la joven lanzó un grito y se levantó de un salto, rascándose el pelo como si hubiera perdido el juicio, estremecida de asco. Jas cayó hacia atrás, riendo a carcajadas, y de inmediato recibió un trapo empapado en la cara. Ese brutal bautismo no logró empañar su diversión. Entre escupidas y estallidos de risa incontenible, logró finalmente asegurarle:
—Permitidme que acabe de lavaros la cabeza, querida. Si queda algún animalillo, luego os lo quitaré con el peine.
—¡Quiero que me los quitéis ahora!
—Vamos, vamos, sed más paciente. Cada cosa a su tiempo.
Aunque solo llevaban algunos meses casados, Alice no había dejado de notar que Jasper Cullen podía convertirse en una irreductible fortaleza cuando no estaba de acuerdo con lo que otros exigían. Charlotte había tropezado con su inflexible voluntad al tratar de sacarle dinero para su vastago, tanto antes como después del nacimiento. Nada había logrado con sus intentos. Y Alice no creía que él accediera a sus deseos solo por que ella lo exigía. Por el contrario, era mucho más prudente no provocar ese rasgo de su carácter.
—Lo antes posible —rogó, en tono más suave. Y no pudo contener otro estremecimiento al pensar en los feos parásitos que estarían reptando por su cabeza. Jas se ablandó.
—De acuerdo, querida mía. Sentaos en la tina y asomad la cabeza por este lado.
En un esfuerzo por someterse completamente a sus cuidados, Alice apartó la cara y cumplió con sus indicaciones. Arqueando la espalda hacia atrás, sacó la cabeza por el borde de la tina. Jas comenzó a peinar los largos mechones para quitar toda la suciedad, pero su dedicación no le impidió recrearse en los lustrosos pechos. A la luz parpadeante del fuego, relumbraban como apetitosos melones dorados. Pese a lo mucho que anhelaba probar esa dulce fruta, comprendió que ella no se lo permitiría mientras siguiera debatiéndose entre su inocencia y culpabilidad.
Una vez que le hubo quitado la suciedad de los cabellos, lavó y aclaró los largos mechones. Luego los frotó vigorosamente con la toalla y acabó por entregarle otro paño con que secarse. Mientras ella, ya de pie, se secaba con suaves toques, Jas se sentó sobre los talones para observarla un momento. Como el espectáculo resultaba demasiado tentador, se apartó para extender las mantas en el suelo. Luego inspeccionó las prendas que había colgado en las sillas. Su camisa ya estaba seca.
—Por ahora podéis vestiros con esto —dijo, dándosela a su esposa—. Voy a lavar vuestras prendas y las tenderé a secar ante el fuego. Luego veré qué puedo preparar para comer.
—Gracias —murmuró ella en voz baja, mirándolo con una sonrisa temblorosa—. Sois muy gentil al hacer todo esto; por lo general es la esposa quien debe encargarse de la comida y de la colada.
—Cansada como estáis, señora, es probable que os quedarais dormida si lo intentarais. Y por mi parte, no me gustantes alimentos quemados. Además, creo que yo estoy más habituado que vos a estas tareas. Cuando salía con Edward a cazar o a acampar en los bosques, debíamos arreglárnoslas solos. Aunque no lo creáis, señora, no carezco de experiencia.
—Me alegra que uno de nosotros sea capaz de hacer algo —murmuró ella, fatigada—. Por mi parte, no creo haberme sentido tan exhausta en toda mi vida.
—Hay una lección que debéis aprender de vuestra huida por el pantano, querida. Cruzar una ciénaga es mucho más difícil que transitar por tierras altas. —Los ojos de Jas volvieron al cuerpo desnudo, mientras ella deslizaba los brazos por las mangas de la camisa. La prenda se la tragó; los faldones le llegaban por debajo de las rodillas; aunque dobló varias veces las mangas, las hombreras le colgaban casi hasta los codos. Aun así parecía contenta de cubrirse con algo que no fuera ropa mojada.
Jas se obligó a apartar la vista de tan atractivo espectáculo y, en un esfuerzo por concentrarse en algo menos frustrante, comenzó a lavar la ropa de su mujer. Haría bien en recordar que ella prácticamente lo había condenado por asesino.
Alice estaba más feliz con su camisa de lo que dejaba entrever. La esencia masculina que perduraba en ella, el sensual contacto del suave hilo contra sus pechos desnudos, le hacían pensar en la pasión que tantas veces compartió con su dueño, la inmensa ternura que él demostraba durante la intimidad. Un hombre que daba tales muestras de ser detallista y atento como amante, ¿podía cambiar de carácter al punto de apuñalar brutalmente a una joven madre?
Por fin Jas dedicó su atención a la comida. Después de poner una parrilla sobre el fuego, cortó lonchas de venado en cantidad suficiente para los dos. Poco después vertía la mezcla de los buñuelos en la fina capa de grasa con que había cubierto el fondo de la sartén.
—El Rojo no suele salir a menudo —comentó sin volverse—. Podemos considerar un privilegio que nos invitara a ocupar su cabaña. No lo haría por cualquiera. Cuando Edward y yo cazábamos por esta zona, siendo niños, compartíamos nuestras presas con él. Esta podría ser una manera de agradecérnoslo.
El irresistible aroma atrajo a Alice hacia el hogar de fuego. Mientras contemplaba con gran atención las burbujas que iban apareciendo en los buñuelos, inhaló el delicioso olor, casi babeando de expectación.
—Estoy realmente hambrienta, Jasper.
—Es natural —murmuró él, mientras volteaba una tortilla—. Partisteis sin llevar provisiones.
—Es que no planifiqué muy bien mi partida —confesó ella, con timidez—. Quería huir de la casa antes de que subierais. Jas ya lo imaginaba.
—Debéis pensar que soy un ogro, querida.
—En general, he visto en vos a mi príncipe de reluciente armadura, pero he tenido mis momentos de incertidumbre.
Él recogió un buñuelo para pasarlo al plato.
— Tomad. Esto os servirá de tentempié hasta que los otros estén listos —dijo, entregándoselo—. Esperad a que se enfríe un poco.
La advertencia llegó demasiado tarde, pues ella ya se había quemado los dedos tratando de cogerlo. Después de soplar apresuradamente en la mano enrojecida y en el buñuelo, le dio un valiente mordisco. El sabor bien valía las molestias que sufría al tratar de masticarlo antes de que se hubiera enfriado lo suficiente. Con los ojos cerrados de pura felicidad, entre pequeñas exclamaciones de placer, mordió ansiosamente otro bocado y lo disfrutó al igual que el primero.
Jas enarcó una ceja sobre una sonrisa torcida, mirando a su joven esposa de soslayo.
—Al parecer, el Rojo no se equivocó al preparar una buena cantidad de masa.
—El próximo es para vos —invitó Alice, generosa.
Pero sus ojos lo observaron con atención mientras él partía un trozo para llevárselo a la boca. Se lamió los labios, como si lo disfrutara con él. Para sorpresa suya, él alargó la mano, riendo entre dientes, y se lo puso en la boca. Alice se limpió los labios con dos dedos para limpiar los restos de grasa, mientras masticaba. Por fin tragó.
—Vais a hacer que engorde —protestó, sonriente.
—Estabais destinada a eso antes de que yo os diera los buñuelos, querida —bromeó él. Y se apartó del fuego para acariciarle el vientre—. Dentro de algunos meses andaréis caminando como un pato por los pasillos.
Los ojos de Alice se elevaron hasta la cara sonriente; luego lo recorrieron hacia abajo en toda su longitud. Sabía bien que su esposo era alto, pero solo ahora tenía clara noción de su estatura. Tal vez le parecía gigantesco porque su sombra se espiraba hacia atrás, hasta tocar el otro lado de la habitación, y trejpaba luego hasta la mitad del techo abovedado.
Como se habían casado en el calor del verano, ella no había tenido ocasión de verlo al resplandor del hogar. Cuando las llamas resaltaron la expansión musculosa de sus hombros, el duro contorno de las tetillas, la carne tensa del torso, su piel bronceada por el sol parecía relumbrar con un resplandor propio. Así, erguido ante ella en todo su viril esplendor, era como un fabuloso dios que surgiera a la vida.
Alice se apartó, atribulada por las sensaciones que Jas despertaba en ella, a pesar de sus sospechas. Lo observó con cautelosa atención mientras él llevaba la comida a la mesa, tratando de distinguir algún rastro del hombre que amaba. Aunque esa perfección masculina bien podía pertenecer a un asesino, ¿qué podía decirse de su carácter? ¿Era posible que un temperamento noble y brillante cambiara, con la celeridad del camaleón y, en un momento de ira, se convirtiera en algo tenebroso y perverso?
Jas llenó un plato con venado y el resto de los buñuelos.
—La cena está servida, querida —dijo. Alice se acercó.
—Contadme qué sucedió la otra noche —rogó con voz susurrante, pues le costaba ver en él a un asesino depravado—. Antes de que os encontrara en la caballeriza con el cadáver de Charlotte.
Jas arqueó una ceja oscura con aire de reprobación.
—¿Habéis decidido, por fin, otorgarme un juicio justo, querida? Si descubrierais algo digno de crédito en mis declaraciones de inocencia, ¿calmaría eso vuestro miedo, ahora que estamos solos?
Alice se apretó la frente con mano temblorosa, desesperada.
—Solo sé lo que vi en el establo; ha sido lo más pavoroso que he visto en mi vida. Y vos estabais allí, en el centro mismo de ese horror.
—La comida está caliente, querida, pero se enfriará si insistís en conocer los hechos — señaló su esposo sin rodeos, apartándole una silla—. Por mi parte, estoy hambriento. Y si vos no lo estáis, creo que nuestro hijo sí.
Ella ocupó el asiento y lo observó, mientras Jas iba hacia el otro lado de la mesa.
—¿Me lo diréis, Jasper?
—Más tarde, quizá. En este momento no quiero arruinar mi apetito recordando esa carnicería. Sin duda no habéis pensado en la impresión que sufrí yo mismo al descubrir a Charlotte. Aunque no lo creáis, querida, su muerte también me ha afectado. No puedo pensar en eso sin sentir náuseas.
Alice lo comprendía perfectamente. Buscó otro terna de conversación.
—¿Dónde dormiremos?
—Tendremos que compartir mis mantas, a menos que prefiráis acomodaros en la cama de
Pete.
—Preteriría no hacerlo. —Aborrecía la idea de dormir en la cama de un extraño—. Supongo
que no querríais...
—De ningún modo. El Rojo asegura que en ningún lugar de la Biblia se dice que la higiene sea lo más parecido a la divinidad. La tina que he traído para vuestro baño estaba acumulando polvo desde hace una semana, cuanto menos, y no tengo intenciones de dormir en la mugre de otro. Lo siento, querida, pero tendréis que tolerar mi presencia entre las mantas o envolveros sola en una manta mojada.
—No sois muy amable —se quejó ella, en voz baja. Jas resopló de disgusto.
—Después de arriesgar la vida para rescataros de Aro permití que me expulsarais de vuestro lecho, pero supongo que eso no se considera galante —replicó—. Ahora bien, debéis saber que no volveré a permitir semejante cosa. Eso está decidido. Cuando menos compartiremos el lecho, querida.
—¿Me obligaríais a...?
—¡Por todos los demonios, Alice, no! —gritó él—. Pero tampoco permitiré que me expulséis de vuestra cama ni que huyáis a otro dormitorio. He visto a mi hermano sufrir meses enteros tras distanciarse de Bella, y no pienso ser tan tonto. Mientras viváis bajo mi techo, querida, compartiréis mi lecho.
—¡Con qué facilidad olvidáis las condiciones que impuse a nuestro matrimonio! — contraatacó ella—. Entonces aceptasteis darme tiempo para...
—Eso fue antes de que aceptarais la idea de intimar conmigo. —Jas inclinó un poco la cabeza para mirarla de soslayo—. Respondedme a esta única pregunta, querida: ¿qué soy para vos? ¿Una marioneta en el extremo de un cordel? Debo bailar cuando lo ordenáis y luego, cuando os hayáis aburrido o cuando estéis enfadada conmigo, permitir que me arrojéis a un rincón oscuro de vuestra existencia y aguardar allí, paciente, hasta que se os antoje verme actuar otra vez.
¡Pues no dependeré del capricho de ninguna mujer, querida mía, ni siquiera del vuestro! Si no os ajustáis a vuestra condición de casada, no habrá matrimonio.
Alice levantó el mentón, obstinada.
—No os he dicho que cuando me encontrasteis iba hacia Charleston. Los ojos verdes la miraron de frente, helados.
—Ibais hacia el desastre seguro en una ciénaga, querida. Además de matar a la yegua, vos misma habríais perecido.
—Aun así, iré —declaró ella, terca.
—Es demasiado tarde para pensar en la anulación —replicó él, terco—. Estáis esperando un hijo mío. Y si no lo queréis... ¡pues yo sí lo quiero, por cierto!
Alice se llevó una mano temblorosa al cuello, boquiabierta de estupefacción.
—Mi... mi bebé estará conmigo donde quiera que yo vaya.
—Olvidáis, querida, que ese bebé no es solo vuestro, sino de los dos. Tenemos siete meses para resolver con quién vivirá, si de verdad deseáis abandonar mi casa. Hasta entonces os pido que tengáis en cuenta su bienestar. A duras penas podréis ganaros la vida, mucho menos sostener a una criatura de una manera razonable.
—Podría trabajar para Jacob Black, como Charlotte —protestó ella—. No me falta habilidad para el diseño y la costura.
A los luminosos ojos de esmeralda asomó una dureza glacial, que la hizo retroceder un poco. Tal vez eso era lo que Charlotte había visto antes de ser apuñalada: una frialdad tan intensa que parecía capaz de atravesar el metal.
—Si ese es vuestro deseo, querida, no os obligaré a permanecer casada conmigo contra vuestra voluntad.
El miedo de Alice aumentó al comprender que, sin darse cuenta, había avivado su mal genio. Ahora tenía motivos para pensar que ese hombre, a quien antes creyera tan gentil y considerado, era de los que no conviene irritar. Sabía muy bien lo que deseaba y no se sometía a nadie.
Los fríos ojos verdes la miraron por un instante, el semblante estoico.
—Hasta entonces, querida, deberíais tratar de comer.
Alice intentó deshacer el nudo que tenía en la garganta. Si al escapar de Oakley, incontables horas atrás, se había sentido confusa y asustada por lo que había visto en los establos, ahora seguía igual, pero su miedo era mucho más complejo. En el fondo, parecía existir la posibilidad de que Jas decidiera separarse legalmente.
Tal vez estaría mejor lejos de ella, pensó con tristeza. Hasta entonces no había tenido más que amarguras, todas por causa suya, y solo cabía preguntarse cuál sería la próxima. Desde la boda había sido atacado, herido, acusado de engendrar a un bastardo y, recientemente, sospechoso de asesinato. Todo principalmente por culpa de ella.
El versículo de la Biblia volvía para acosarla: «Ella le hara el bien, nunca el mal, durante todos los días de su vida».
—El bien, nunca el mal.
De pronto Alice cayó en la cuenta de que había hablado en voz alta. Mortificada, descubrió que Jas la estaba mirando con atención, como si tratara de discernir sus pensamientos. Con dedos temblorosos, recogió el tenedor para partir un buñuelo y empezó a comer, obediente. Pero el silencio, entre ambos, se había convertido en un peso considerable sobre su corazón. Apenas encontraba sabor alguno a la comida. A juzgar por los músculos rígidos que
tensaban las delgadas mejillas de su esposo, él tampoco.
El tiempo se arrastró perezosamente, mientras acababan la cena. En silencio, Jas limpió la mesa, mientras ella lavaba los platos de lata y los utensilios en un cubo de madera. La parrilla quedó para el final, pero estaba tan cerca del fuego que, al cogerla, gritó de dolor. Jas llegó inmediatamente a su lado para hundirle la mano en un cubo de agua fría. Un momento después se la retiró y le echó bicarbonato en los dedos. Arrancó una larga tira de los faldones de su camisa y, después de mojarla, envolvió la mano quemada con la improvisada venda, que ató cruzando la palma.
Con una mueca de dolor, Alice encerró los dedos vendados en la mano libre.
—No pensaba que la parrilla estuviera todavía caliente.
—-Eso es obvio —replicó Jas. Y echó a andar hacia la puerta, mientras señalaba el rollo de mantas moviendo el pulgar por encima del hombro—. Aquí estaréis a salvo. Os sugiero que no os mováis y tratéis de no meteros en problemas.
—Pero ¿adonde vais?
—Al pozo, por más agua. Quiero darme un baño. —Le clavó una mirada significativa—.
¿Alguna objeción, querida? Ella inspeccionó el borde deshilachado de su camisa.
—Dudo que el espectáculo me escandalice.
—Tal vez suceda, si continuáis mirándome de ese modo —le advirtió él, sin rastros de humor—. Todavía me considero recién casado.
Ella respondió con un hilo de voz.
—Si os sentís incómodo, no miraré. Jas gruñó:
—La palabra «incómodo» no es en absoluto adecuada, querida mía. «Excitado» describiría mejor mis sensaciones.
—¿Pese a estar enfadado conmigo?
—Dudo que jamás me enfade al punto de ignorar vuestra presencia, querida. Basta con que mováis un dedo para que yo me ponga a la altura de las circunstancias.
—Me secaré el pelo y os esperaré entre las mantas —repuso ella en voz baja, puesto que no veía otra opción.
—¿Ya no os doy miedo?
Alice se retorció las manos, sin osar mirarlo a los ojos.
—Aún desconfío.
—Ah...
En el tono de Jas había un desencanto que le arrancó una amarga sonrisa, pero él ya le había vuelto la espalda.
Sentada en el rollo de mantas, deshizo los enredos de su cabello, primero con los dedos y luego con el peine de Jas. Las manos vendadas se lo dificultaban, pero mejoró bastante, al menos hasta que, por casualidad, levantó la vista hacia su esposo. Entonces se olvidó por completo del pelo. En ese momento él se recortaba contra la luz del fuego, con la espalda vuelta casi por completo hacia ella, en equilibrio sobre un pie y con una rodilla flexionada casi hasta la cintura. Se había quitado una pernera de los pantalones de montar y, en esos momentos, tiraba de la otra. Alice que nunca lo había visto desde ese ángulo, lo observó discretamente, con las mejillas inflamadas por su audacia. El espectáculo era el más revelador que hubiera visto, pues las llamas danzarinas definían claramente todo lo que él tenía de viril.
Tras deshacerse de los pantalones, Jas los arrojó a una silla y la miró abruptamente, desnudo como el día en que vino al mundo, con lo que ella desvió la mirada hacia otro lado. Olvidándose de su desnudez e ignorando los ojos de Alice, que volvían a él, revolvió una vez más en sus alforjas, hasta encontrar una navaja de afeitar y un pequeño espejo de plata.
—¿Tenéis un espejo? —exclamó Alice, entusiasmada. En algún momento tendría que echar un buen vistazo a lo que él llevaba en esas alforjas; tal vez le sorprendería su contenido.
—Algunas personas se preparan mejor que vos para aventurarse en el bosque, querida mía
—le reprochó él con suavidad—. Os dejaré el espejo cuando haya terminado de afeitarme, a menos que no os moleste que mi barba, esta noche, os despelleje toda. Preocupado como estaba por vos, no pensé en hacerlo.
—Gracias. Puedo esperar.
Envalentonada por la desenvoltura con que él lucía su desnudez, Alice dirigió una mirada significativa a su ingle. Bastó una breve inspección para que la zona quedara plenamente expuesta. Eso la incitó a decir:
—¿Puedo preguntaros con qué vais a dormir? Cuando al fin levantó la vista se encontró con una mirada fija y penetrante.
—Solo con la piel, querida, como de costumbre.
—Por esta noche podríais dejaros los pantalones puestos.
—¿Temerosa de lo que podría hacer si estuviera desnudo?
—Temerosa de lo que podríais hacer, punto. Jas resopló, malhumorado.
—Ataos los faldones de la camisa entre los muslos, querida. En este lugar no encontraréis mejor cinturón de castidad. No pienso acostarme con pantalones solo por daros gusto.
—¡Jasper! —exclamó ella.
Su esposo levantó una mano, impaciente.
—Por todos los diablos, Alice, no voy a violaros, si es que se puede hablar de violación entre marido y mujer. Ahora peinaos y dormid. No os molestaré, a menos que medie una invitación vuestra.
Irritado con su joven esposa, Jas se afeitó y aseó. Habían tendido las toallas de lienzo que había usado Alice frente al hogar; cuando él salió finalmente de la tina, el calor del fuego las había secado. Él se acercó frotándose el pecho.
—¿Estáis seguro de que Pete no regresará? —preguntó ella, echando una mirada de preocupación hacia la puerta.
—Siempre cumple su palabra —aseguró Jas, mientras se secaba el trasero—. Estamos completamente solos.
Alice le echó otro vistazo y de inmediato sus ojos huyeron hacia otro lado, pero no antes de haber guardado una imagen mental de su marido a la luz del fuego: era como si sobre todo su cuerpo brillaran diamantes de agua con reflejos dorados.
—¿Dónde pasasteis la última noche? —preguntó él, mientras apagaba la lámpara. Algo mortificada, ella admitió:
—En lo alto de un árbol. Y antes de que me regañéis por tonta, Jasper, sabed que no tengo ninguna intención dé volver a hacerlo. Nunca en mi vida había pasado una noche tan angustiosa. Concentrado en acomodar la manta sobre la estera, él preguntó sin mirarla:
—¿Qué os hizo trepar hasta allí? ¿Una víbora?
—¿Cómo lo habéis adivinado?
Los anchos hombros se encogieron como al descuido.
—Me lo he figurado. Por esa zona hay muchas. Aún no ha hecho tanto frío como para que entren en hibernación. Alice se volvió hacia la puerta, aprensiva.
—No me digáis eso, Jasper, por favor. Detesto las serpientes.
—Como la mayoría de las mujeres, pero no todas son peligrosas. Cuando menos aquí no tenéis por qué preocuparos.
—¿Por qué estáis tan seguro?
—Para empezar, nos tienen más miedo que nosotros a ellas. Además —le lanzó una amplia sonrisa—, las víboras no saben abrir las puertas.
—No, pero son tan astutas que pueden escurrirse por cualquier rendija, cuando no miras. Una risa grave sacudió por un momento los hombros de Jas.
—Es cierto. Pero si eso os intranquiliza, permaneced cerca de mí durante la noche. Prometo manteneros sana y salva en nuestra humilde cama. Y ahora venid, querida, que estoy cansado. Y vos también. Más que ninguna otra cosa necesitamos dormir.
El viento escogió ese momento para agitar la puerta y castigarla con aguanieve. Un escalofrío recorrió la espalda de Alice. Sencillamente, estaba más allá del agotamiento.
—¿Habrá tormenta otra vez?
—Tal vez.
—Si vuelve a diluviar como esta tarde, no podremos llegar a Oakley.
—No os preocupéis demasiado, querida. Aquí estaremos a salvo hasta que despeje.
—¿Y si Pete el Rojo vuelve durante la noche?
—No volverá.
—¿Estáis seguro?
—Sí, Alice. Y ahora descansad.
Jas se acostó bajo las mantas y la cogió en sus brazos, haciendo que apoyara la cabeza sobre su hombro.
Cualquier protesta que Alice hubiera querido hacer se perdió en la sobrecogedora sensación de alivio y seguridad que la invadió, mientras él la cubría con la manta seca y caliente; así, acurrucada junto a él, los escalofríos desaparecieron. Jas le apartó el pelo mojado de la cara y le dio un afectuoso beso en la frente. No pasó mucho tiempo sin que la venciera el cansancio de esos tres terribles días. Alice no volvió a tener conciencia de nada. De nada, salvo de un sueño que tuvo en las primeras horas de la madrugada. Se veía otra vez niña, a los tres o cuatro años, jugando en el jardín, junto a la casa londinense de su familia. En el sueño todo parecía muy grande, pero tal vez se debía a lo pequeña que era. El jardín tenía una tapia de ladrillo; un alto portón de hierro forjado era el único paso al exterior. Al otro lado de la barrera se oyeron voces. De pronto el portón apareció abierto; dejaba ver a un joven que le hablaba en un tono de humor. Le entregó una flor, con una cortés reverencia, y ella lanzó una risilla. Sobre ambos comenzó a caer una lluvia suave. Aunque el joven hacía lo posible por evitar que ella se mojara, el agua se llevó el sueño. Alice trató desesperadamente de aferrarse a él, pero se le escurrió tal como las gotas plateadas entre los dedos.
