Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


Capítulo 19

Jas seguía despierto, escuchando los murmullos desconcertados que, de vez en cuando, escapaban de los labios de su esposa. Aunque la estrechó entre sus brazos, tratando de calmarla y acallar sus desvarios, no podía atravesar la barrera tras la cual vagaba su mente. Y él tenía conciencia de cada movimiento, cada gemido, cada palabra que ella susurraba en sueños.

En cierta ocasión, cada vez más angustiada, llegó al extremo de forcejear con él, empujándolo con las manos contra su pecho. Luego se derrumbó sobre su hombro, con un sollozo ahogado. Aunque le permitió volver a encerrarla entre sus brazos, pocos momentos después volvió a ponerse rígida y a sacudir la cabeza contra su hombro. Cuando él trató de calmarla, Alice lanzó un súbito gemido y trató de apartarse, como si él se hubiera convertido en el mismo demonio. Jas la soltó inmediatamente y se incorporó sobre un codo, para estudiarla a la luz del fuego. Era evidente que aún dormía, pero parecía atascada en la misma pesadilla aterradora que la había hecho huir de los establos, presa del pánico.

—¡Charlotte! ¡Oh, noooo! ¡Jasper, no, por favor! Oh, por favor, no lo permitáis... Por favor... Socorro... Tanta sangre... ¿Qué puedo hacer?

Jas se sintió invadido por el desaliento. Su joven esposa parecía haberle asignado el papel de villano en esa lúgubre y horrible escena. Y no se le ocurría manera alguna de aliviar sus temores y convencerla de su inocencia. Mientras el asesino no fuera descubierto y condenado, él estaría indefenso ante esas sospechas.

¿Debía librarla de su presencia? Gimió para sus adentros. Por mucho que detestara la idea, tal vez era lo único que podía hacer por su bien. Atormentada como estaba, jamás volvería a sentirse segura entre sus brazos, a menos que él aniquilara a los demonios que la perseguían y demostrara su total inocencia.

A la madrugada cesó, por fin, el repiqueteo constante de la lluvia contra el techo; el viento dejó de fustigar cruelmente a los árboles. En algún lugar, a poca distancia de la cabaña, gimoteó un zorro. Alice abrió repentinamente los ojos, dejando escapar un murmullo confuso; aún estaba atrapada en una horrible pesadilla. Cuando Jas le alargó los brazos, ella se acercó un poco más, buscando por instinto su fuerza y su protección. Agradecido al ver que le permitía reconfortarla, él la encerró entre sus brazos protectores. A partir de entonces la joven pareció dormir con más tranquilidad, con lo que también él pudo dormitar un rato, al menos hasta que oyó el relincho de los caballos. Jas sacudió a su esposa para despertarla.

—¡Deprisa, Alice! ¡Vestios! ¡Hay alguien afuera!

Arrancada a un sueño profundo, ella forcejeó para desenredarse de la manta, mientras Jas brincaba hacia la silla donde estaba la ropa. Arrojó a Alice las suyas y, sin pérdida de tiempo, se puso los pantalones. En el momento en que iba a coger las pistolas se abrió la puerta de par en par, arrancando a la joven una exclamación de sobresalto. La tosca tabla rebotó contra el muro, mientras Alec Hyde entraba renqueando, con el brazo izquierdo recogido en un cabestrillo mal improvisado, un largo jirón colgando en la pernera izquierda de los pantalones y una enorme pistola en la mano derecha.

—¡Deja esas armas, condenado, si no quieres que abra un agujero en la cabeza de esta hembra! —gritó el joven delincuente, dirigiendo la mirada hacia Alice.

Ella seguía sentada en la estera, con la manta aferrada bajo el mentón. Apenas había logrado ponerse la camisa antes de que se abriera la puerta.

—Ya las dejo —aseguró Jas, depositando las pistolas en la mesa, con gran cuidado—. Ahora aparta ese arma de mi esposa.

—Solo cuando te portes bien y dejes también esa escopeta —replicó Alec, con la voz tensa de dolor. Aguardó a que Jas hubiera obedecido esa nueva orden y luego proyectó el mentón lucia la lámpara que pendía de su gancho—. Ahora escucha bien, que no quiero repetirlo. Vas a encender una lámpara, para que yo te vea bien. Después te apartas de la mesa. Y en tu lugar me andaría con mucho cuidado, no vayas a despertarme el mal genio.

Observó con cautela a Jas, hasta que él se detuvo detrás de la joven. Luego cojeó hasta la mesa para coger el par de pistolas y, después de meterlas bajo el cinturón, sujetó la suya con el codo del brazo inútil. Finalmente retrocedió a paso lento hasta el hogar, para colgar la escopeta de los ganchos vacíos que sobresalían de la piedra.

—Por el momento estará bien aquí, considerando que os haré añicos a los dos si intentáis algo.

Sus dientes amarillos rechinaron en una mueca de dolor, mientras cogía nuevamente su

pistola y apoyaba la culata contra el hombro lesionado. Luego alzó hacia Jas los ojos legañosos. Su voz sonaba enronquecida por el tormento.

—Esa loca de tu yegua rozó un árbol mientras íbamos a todo galope. Me desmontó y el golpe me dejó sin sentido. Cuando volví en mí, la maldita se había escapado. Mejor para ella, porque yo la habría cortado en lonchas. Me dejó con una pierna despellejada desde la rodilla hasta la cadera y un brazo inútil, como el del señor Vulturi. Ahora usted me lo pondrá en su sitio, señor Cullen.

—¿Yo? —bufó Jas—. No tengo ninguna habilidad para arreglar articulaciones dislocadas.

Tendrás que recurrir al doctor Clarence.

—Está muy lejos y me duele demasiado como para dejar el brazo así hasta que lo encuentre. Si no me lo curas peinaré a tu esposa a balazos.

La amenaza bastó para convencer a Jas.

—Haré lo posible, Alec, pero te advierto que tengo poca experiencia en estas cosas.

—Pues será mejor que te esmeres, porque de que lo arregles depende la vida de tu mujer.

¿Me has entendido?

—Pero ya te he dicho que...

—¡Pues escúchame, Cullen! —bramó Alec—. ¡Me lo colocas en su sitio al primer intento o tendrás que enterrar a tu esposa!

—Vale, vale —accedió Jcff, preocupado—. Pero necesitare tiempo para colocarlo en su sitio.

Alec tragó una bocanada de aire, como aliviado de haber resuelto ese problema, pero un

movimiento desprevenido hizo que se retorciera.

—Necesito algo para matar el dolor —dijo—. ¿ Hay alguna bebida fuerte por aquí?

—No lo sé.

—¡Pues busca!

El bramido del canalla arrancó un respingo a Alice, que miró a su esposo con creciente alarma. Luego se volvió hacia el otro, nerviosa:

—Yo buscaré, Alec, si permitís que me vista.

El hombre hizo un gesto burlón a pesar del dolor, pero hizo una señal de asentimiento. Luego la miró con irónica diversión, mientras ella se cubría la cabeza con la manta, formando una tienda protectora para impedirle ver lo que hacía.

—Su Señoría no tiene por qué ser tan tímida. He gozado de muchas cosas como las que trata de ocultar. Y probablemente eran mucho mejores.

Alice se vistió sin prestar atención a esas groserías. Un momento después, cuando se puso de pie, sostenía el vestido por la espalda.

—Mi esposo tendrá que abrochármelo —informó al secuestrador—. ¿Se lo permitiréis?

—Supongo que sí, puesto que yo tengo el brazo inutilizado —se burló Alec, recorriéndola con una mirada lasciva.

En realidad no había ningún peligro real tras esa inspección, pues el hombre sufría demasiado como para gozar de ninguna mujer, mucho menos de la que Vulturi quería para sí. Una cosa era satisfacer los deseos de la carne; otra muy distinta, provocar el desastre.

Indignada por esos ojos lujuriosos, Alice se esforzó por disimular un estremecimiento y mantener un semblante inexpresivo, mientras se acercaba a Jas. Sin atreverse a hacer comentarios, sintió que los finos dedos ascendían por su espalda. Al parecer su esposo no estaba tan nervioso corno ella, pues ejecutó la tarea sin demora.

Una vez que los botones estuvieron cerrados, Alice se dedicó a buscar una jarra de whisky o algo de graduación similar, a fin de aplacar al bravucón. La encontró en un pequeño armario del dormitorio contiguo; de inmediato volvió a la habitación principal y llenó un tazón hasta los bordes. Alec se tomó el contenido de un solo trago y le devolvió la taza para que volviera a llenarla. Jas intentó acercarse, pero el rufián blandió la pistola.

—Espera a que pase el dolor —pidió, mientras bebía otro poco—. No quiero gritar a todo pulmón, como hizo el señor Vulturi delante de tu mujer. Podría ocurrírsele hacer alguno de sus desagradables comentarios. Y si comete una tontería de esas, es probable que yo pierda los estribos y te deje viudo. Entonces tal vez ya no estarías dispuesto a arreglarme el brazo.

A Jas le preocupaba la posibilidad de que ese bribón no pudiera dominar sus emociones.

—Seré tan suave como pueda, Alec. Pero debes prometerme que no dispararás contra mi esposa si te enfadas conmigo.

—¡Qué caballeroso, Cullen! Pero te diré algo: el señor Vulturi está tan encaprichado con la chica que está dispuesto a pagar una buena suma por ella. Ahora no estoy en condiciones de llevármela, pero te aseguro que pronto desapareceré con ella.

—¿Por eso mataste a Charlotte? —lo provocó Jas, mientras Alice ahogaba una exclamación de sorpresa—. La trajiste a mi plantación pensando que, si la asesinabas, me distanciarías de mi esposa, ¿verdad? Lo que no entiendo es por qué te has llevado la yegua tan precipitadamente, sin molestarte siquiera en ensillarla.

—¡Y ahora quieres culparme del asesinato de Charlotte, cabrón! —bramó Alec, salvajemente—. Es cierto que yo llevé a esa pequeña buscona. Quería causarte dificultades para cobrar los mil dólares que Aro prometió a Laurent Da Revin. Pero ignoraba que tuvieras intenciones de matar a la pequeña. Ella me dejó en los establos con el crío y subió a tu dormitorio para hablar contigo. Quería advertirte que, si no reconocías al pequeño bastardo, lo exhibiría ante todos tus invitados para que vieran cuánto se parecía a ti. Quise entrar en la caballeriza de tu yegua, pero esa tonta casi me mata a coces. Ante el alboroto que armó, tuve que esconderme en la de al lado con el crío de Charlotte bajo el brazo. Pero tu hombre se llevó a la yegua al corral y el establo quedó muy tranquilo. Entonces supuse que sería mejor esperar a Charlotte allí. Y entonces te vi traer a Charlotte, amordazándola con una mano y retorciéndole un brazo a la espalda hasta los hombros. Fue buena idea trepar por el tabique y dejarme caer al otro lado, pues tú la llevaste justamente allí.

—Y desde luego, también me viste cuando la mataba —se burló Jas, despectivo.

—Sí, señor —aseguró Alec—. Espié por entre las tablas, suponiendo que pensabas violar a la pequeña. Y entonces vi tu cuchillo y oí el grito apagado de Charlotte, cuando se lo clavaste en la barriga.

Alice tuvo una arcada y se llevó una mano temblorosa a la boca. Alec se volvió a mirarla, con los labios curvados en una mueca provocativa. Luego continuó, dirigiéndose a Jas:

—No recuerdo qué ruido hice, pero saliste disparado de la caballeriza para perseguirme. De algo sirve tener las piernas largas; eres mucho más veloz de lo que yo imaginaba. Pensé que me ensartarías como a la pobre Charlotte. Fue entonces cuando vi la yegua en el corral. Parecía mi única posibilidad de sobrevivir. Apenas logré montarla antes de que cayeras sobre mí, tratando de arrojarme al suelo; pero di una buena patada a la yegua y ella partió al galope. Saltó la cerca sin vacilar ni por un momento, y yo pensé que había tenido suerte al dar con ella. A la velocidad que llevábamos, era seguro que llegaría a Charleston a tiempo de contar al señor Vulturi lo que habías hecho. Eso le alegraría mucho. Pero esa bestia loca me arrojó al suelo y aquí estoy.

Jas exclamó, desdeñoso:

—Di la verdad, Alec. Has planeado todo esto para involucrarme en tus malas mañas y cobrar tu sucio dinero. Pero no te servirá de nada. Hice que Elijan rastreara al asesino. Y él dijo al Rojo que iba tras de ti.

—Eso ya lo sé —gruñó Alec, furioso—. Elijah me pisaba los talones hasta bien entrada la noche de ayer. Por mucho que me esforzara no había manera de librarme de ese hombre. Cuando me cansé de correr con el brazo y la pierna doloridos, lo esperé escondido en la espesura y le disparé a la pierna. Ha vuelto a su casa renqueando, montado en su caballo.

—Pareces muy dispuesto a eliminar a cuantos se interpongan en tu camino —replicó Jas, sarcástico—. Al herir a Elijah has cometido otro delito que deberás pagar. Cuando el sheriff Townsend te atrape...

—Si me atrapa, tengo algo que contarle sobre el asesinato de Charlotte —rugió el criminal—. No había manera de equivocarse, estabas muy engalanado para tu gran baile. El negro no me gusta tanto como a vosotros, los aristócratas, pero cuando espié por la ventana, poco después de llegar con Charlotte, me pareció que tú eras el único que vestía así.

—Espera un momento —pidió Jas, algo confundido—. Necesito aclarar algo. Cuando me viste en los establos, ¿yo vestía de negro?

—Pues sí.

—Cuando descubrí a Charlotte en la caballeriza de Ariadna era ya la una de la mañana. En ese momento, iba con camisa blanca y pantalones tostados.

—No. Cuando la apuñalaste eran las once y media, más o menos. Jas resopló:

—¡Imposible! Con tantas heridas, Charlotte no pudo haber sobrevivido una hora y media. Solo unos cuantos minutos.

—¿De qué hablas? Yo solo te vi apuñalarla una vez.

—Tenía tres heridas.

—¿Cómo puedo saber lo que hiciste? Quizá volviste más tarde para terminar con ella. Solo sé que te vi hacerlo a eso de las once.

—¿Y me viste la cara con toda claridad? Ante el gesto afirmativo de Alec, Jas lo miró de soslayo, suspicaz.

—Dime, ¿había alguna lámpara encendida en los establos? Normalmente no la hay. Cuando bajé todo estaba a oscuras. Al oír el grito de Charlotte cogí una lámpara de la galería trasera.

—No necesitaba la luz para saber que eras tú.

Jas arqueó una ceja; era obvio que dudaba de esas declaraciones.

—Conque estaba oscuro y no podías verme la cara en las sombras. Dime, pues, ¿cómo pudiste identificarme?

—Eres muy alto, hombre. No hay manera de confundirte con otro.

—¿Recuerdas al sheriff Townsend? ¿Ya Jacob Black? ¿Y a mi hermano? ¿Has visto a alguno de ellos?

—Sabes perfectamente que sí. La noche en que todos atacasteis el depósito del señor Vulturi estaban contigo. Pero no era ninguno de tus compañeros. El hombre que vi cruzar el patio con Charlotte era alto y delgado. Entre tus amigos hay quien pesa veinte kilos más que tú. Y otra cosa: el asesino también tenía el pelo negro. Eso lo vi a la luz de la luna.

—¿Estás seguro de que no era castaño o pelirrojo? De noche esos colores parecen muy oscuros.

—Estoy dispuesto a jurar que era tan negro como el tuyo.

—A la hora en que presenciaste el asesinato yo bailaba con mi esposa, Alec. Tengo testigos.

Alice se mordió los labios para no corregir a su esposo delante del rufián. Esa noche, alrededor de las once, él había ido al retrete. Recordaba claramente haber mirado el reloj, preguntándose si tendría tiempo de ir al piso de arriba antes de que él regresara. Si Jacob no la hubiera invitado a bailar, habría ido. Y tal vez habría encontrado a Jas con Charlotte en la habitación.

Su marido se acercó al joven con calculada mesura.

—Será mejor que te coloque el brazo, Alec. El whisky ya debe de haber hecho su efecto.

A una señal afirmativa del criminal, estiró suavemente el miembro lesionado hacia él, hasta que la palma quedó apoyada en su hombro. Alec palideció de dolor, pero apretó los dientes para resistir el impulso de gritar.

Tras haber llegado hasta ese punto sin incidentes, Jas lanzó un suspiro de alivio para sus adentros y comenzó a mover el brazo en un pequeño círculo. Hasta ese minúsculo movimiento hizo que Alec se estremeciera, pero no soltó ni por un momento la pistola que apuntaba hacia el vientre de su prisionero.

—Debo dar a tu brazo un pequeño tirón —le advirtió él—. Con un poco de suerte se colocará en su lugar.

—¿Y si no? —preguntó Alec, con voz ahogada, los ojos vidriosos por el dolor.

—Continuaremos trabajando hasta que se coloque.

Alice se acercó a Alec para secarle el sudor de la frente y ofrecerle otro poco de licor, pero él sacudió la cabeza.

—Acabemos —urgió.

Jas le sujetó el hombro con una mano y la muñeca con la otra. Luego tiró largamente, tratando de guiar la articulación hasta su sitio. Alec lanzó una maldición entre dientes, pero un momento después sintió que el hueso se colocaba en su sitio. El dolor se alivió casi al instante, permitiéndole lanzar un suspiro de alivio.

—Creo que ya está —anunció Jas, considerablemente más relajado. Alec jadeaba como después de una intensa carrera,

—Sí. Ya no duele.

—Aun así, debería vendarte el brazo para mantenerlo sujeto contra el pecho, hasta que la articulación haya curado —evaluó Jas.

—Hazlo. No quiero tener que pasar otra vez por ese tormento. —Alec echó un vistazo a Alice, que estaba cerca—. Necesito comer algo. No he probado bocado desde que monté esa yegua.

—Queda algo de venado y buñuelos de maíz —informó ella.

—Cualquier cosa, mientras no tenga que desollarlo. Ella reunió valor para preguntar:

—¿Cómo haréis para comer sin dejar de apuntar a mi esposo?

—Haré que vaya a sentarse en un rincón, como un niño bueno, mientras yo lleno la barriga.

¿Alguna otra pregunta idiota, muchacha? —interrogó él, desdeñoso. Luego bramó—: ¡Pues ve a traerme esa comida!

Ofendida por el tono, Alice pasó a su lado y fue a echar en un plato, de mala gana, unos buñuelos y un poco de carne. Era muy tentador añadir un puñado de sal o pimienta para fastidiarlo, pero no se atrevió. El hombre era capaz de usar las tres pistolas que tenía en su poder. Una vez que Jas le hubo vendado el brazo, atándolo bien contra el pecho, fue relegado a un rincón, donde se sentó en cuclillas mientras Alec comía. Aunque el joven delincuente parecía concentrado en devorar lo que Alice le había servido, la pistola estaba siempre al alcance de su mano derecha. Jas no hizo el menor intento de apoderarse del arma, pues tenía la certeza de

que Alec lo eliminaría inmediatamente, con lo que Alice quedaría a su merced.

El maleante se puso de pie con un fuerte eructo y, después de darse unas palmadas en la blanda barriga, clavó la mirada en su prisionero.

—Ahora tomaré en préstamo tu potro. Y tú lo ensillarás, no necesito decírtelo. Mientras lo haces, cuida bien cómo te comportas, porque tendré la pistola apuntando a tu mujer. ¿Has entendido?

Jas respondió con un solo ademán:

—Perfectamente,

—Bien, ve a lo tuyo, muchacho. No es cuestión de perder toda la mañana. —Alec festejó con risas su propio chiste, mientras azuzaba a Alice con la pistola—. Ve con tu marido, muchacha, pero sin ninguna prisa. No quiero tener que hacerte pedazos por estar demasiado cerca de él. Recuerda que me tendrás detrás de ti. Y menuda como eres, bastaría un disparo de esta pistola para que las tripas te salieran por la barriga. ¿Entiendes?

—Entiendo —murmuró ella, clavándole una mirada llena de odio. Él rió por lo bajo, divertido.

—Sigues tan rebelde como cuando estabas en el depósito del señor Frídrich. Pero eso no me importa, muchacha. Es el alemán quien quiere jugar contigo. Yo las prefiero más carnosas.

—Es comprensible —replicó ella, altanera. El pillo entornó los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Simplemente, que tienes gustos de cerdo.

Jas agitó una mano para advertir a su esposa que dominara la lengua, pero ya había despertado la cólera de Alec, que alzó la mano con un horrendo bramido, decidido a golpearla con el arma. Él se lanzó hacia delante para impedirlo, pero el maleante se volvió hacia él, con la pistola amartillada.

—¡Noooo! —gritó la joven, sujetándole el codo—. ¡No lo matéis, por favor! ¡Me callaré!

Alec sacudió el brazo para liberarse, sin dejar de vigilar a Jas. Su violenta expresión hizo que Alice se estremeciera; no tenía dudas de que ese hombre fuera capaz de disparar a su esposo por pura maldad. En una breve mirada de reojo, Alec vio su expresión suplicante y se dignó a apartar la mira de su adversario.

—Venga, muchacha. Por esta vez has salvado el pellejo a tu marido, pero te lo advierto: ponte respondona otra vez y tendrás que cavar su tumba. ¿Entendido?

Ella asintió, arrepentida.

—Entendido.

El criminal se volvió hacia Jas con una mueca sarcástica.

—Le gustas un poco más que el señor Frídrich, sin duda, claro que debo admitir que el alemán no es muy guapo a los ojos de las mujeres. —Hizo un gesto con la pistola—. Ahora ve afuera, como un buen chico, y tal vez os deje seguir vivos.

Jas recogió la lámpara y encabezó la breve procesión hasta el cobertizo donde había alojado a los caballos. Muy consciente de que Alec mantenía la pistola apuntada hacia Alice, se comportó con mucha prudencia mientras ensillaba a Majestic y hasta lo ayudó a montar. De pie junto a su esposa, esperó a que el joven se alejara. Luego apoyó una mano en el hombro de Alice, en un gesto de alivio, pero ella pareció asustarse y corrió al interior de la cabaña. Jas la siguió con la mirada un largo instante. Luego se volvió hacia Ariadna, con una ceja en alto.

—No sé cuál de vosotras es más imprevisible —murmuró, mientras la yegua erguía las orejas para escucharlo—. Pese a lo caprichosa que eres, creo que la señora te supera. Pero tal vez reclames el primer puesto cuando los dos tratemos de montarte a pelo para volver a casa.

Cuando al fin cruzó el umbral de la cabaña pudo comprobar que su esposa ya había establecido sus defensas. Desde el otro lado de la mesa, lo miraba con desconfianza. No hacía falta preguntar qué le preocupaba.

—¡Ya veo! —Estaban nuevamente como al principio, antes de acostarse—. Creéis que Alec dice la verdad al asegurar que me vio matar a Charlotte.

—Aún tengo preguntas sin respuesta —replicó ella, sin rodeos.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo: ¿adonde fuisteis la noche del baile, alrededor de las once, cuando os excusasteis para ir a las letrinas? ¿Estuvisteis solo allí? Porque os llevó mucho tiempo, por cierto.

Jas exhaló el aliento en un largo y penoso suspiro. Había olvidado esa excursión, pero su esposa no, obviamente.

—Lo siento. Se me olvidó.

—¿O lo borrasteis deliberadamente de vuestra memoria? —sondeó ella—. Si sois inocente de la muerte de Charlotte, ¿por qué tardasteis tanto?

—Porque después de orinar, querida, me detuve a conversar con algunos amigos que esperaban turno. ¡Por todos los diablos! ¿Preferiríais que hubiera ido tras el arbusto más próximo para volver corriendo a vuestro lado? ¿Os sentiríais así más segura de mi integridad? —Tras un bufido de disgusto, preguntó con sarcasmo—: ¿Pensáis preguntar a mis amigos si de verdad me vieron orinar, para eliminar vuestras sospechas?

— ¡Aj! No seáis grosero —le espetó ella.

—No imagináis lo grosero que me gustaría ser en estos momentos, querida. ¿Se os ha ocurrido que Alec podría estar mintiendo para salvar su pellejo? O tal vez para enemistarnos, a fin de cobrar la recompensa que Aro prometió a Laurent Da Revin. ¿Tan mala opinión tenéis de mí, que dais más crédito a las palabras de ese delincuente que a las mías?

—Solo sé que os vi de pie junto a Charlotte con un... Jas levantó una mano para interrumpirla.

—Libradme de vuestras repetitivas declaraciones, querida mía —dijo con ironía—. Sé perfectamente lo que visteis. Yo también estaba allí, ¿recordáis? Pero solo porque oí gritar a Charlotte.

¿Os gustaría comparar el relato de Alec con los hechos reales ? Charlotte recibió tres puñaladas, pero él dice que solo vio una.

Alice se encogió de hombros.

—Es posible que, al mirar por entre las tablas, no viera lo suficiente como para saber cuántas veces la apuñalaron.

—Ah, querida, pero en ese caso, ¿cómo diablos pudo identificarme con tanta certeza? Dice que los establos estaban a oscuras. ¿Habéis entrado allí cuando no hay lámparas encendidas?

Ella no tuvo necesidad de hacer memoria.

—No.

—Pues deberíais visitarlos una noche de estas, alrededor de las once. Entonces veríais que, aun en noches de plenilunio, dentro apenas se pueden distinguir difusas siluetas y, con cierta dificultad, diferenciar los colores claros de los oscuros. Pero si no me falla la memoria, esa noche estaba nublado, de manera que Alec no contaba siquiera con el claro de luna.

—Dice que os vio cerca de las once —apuntó ella, luchando contra las lágrimas—. A esa hora, más o menos, salisteis de la casa.

—Charlotte no pudo haber sido apuñalada tan temprano —aseveró él, seco—. Habría muerto desangrada en menos de media hora. La oí gritar alrededor de la una de la madrugada. Fue a esa hora cuando la encontré moribunda en la caballeriza de Ariadna. Apenas le quedaba vida cuando llegué. Ella me pidió que le arrancara el cuchillo y que la abrazara., como si la quisiera de verdad. Hice ambas cosas, querida, y mi camisa se empapó de sangre. Por lo cual ahora me condena quien más debería creer en mí.

—No somos más que dos extraños —afirmó Alice, obstinada, mientras se retorcía las manos.

Jcff hizo una mueca burlona.

—A vuestros ojos, quizá, pero no a los míos. Desde el momento en que nos casamos os he considerado mi otra mitad, mi esposa, mi alma gemela, sangre de mi sangre y corazón de mi corazón. Pero es evidente que no sentís lo mismo por mí. Aun en vuestros sueños me consideráis culpable. Por eso me parece mejor que vayáis a Charleston, sí.

Alice levantó bruscamente la cabeza, boquiabierta de asombro.

—¿Queréis una separación definitiva?

—Solo el tiempo lo dirá, querida. Pero la separación es necesaria, aunque se limite a que os mudéis a Charleston y yo permanezca en Oakley. Por vuestra salud, será mejor que os lleve primero a casa, para que podáis descansar un par de días. Mientras tanto os buscaré alojamiento en la ciudad. Si tenéis talento para la moda, no dudo que Jacob Black estará encantado de emplearos en su tienda. Si me permitís un consejo, deberíais alquilar un cuarto a Leah o a la señora Brewster. Ambas podrían aprovechar ese dinero, que naturalmente proveeré yo, mientras no decidáis distanciaros por completo de mí. Debo aseguraros que me interesa desempeñar mi papel de padre, pero si esa idea os provoca aversión, renunciaré a todo derecho sobre nuestro hijo, a fin de no perturbaros con mi presencia a vos y al niño.

—¿Me dejaríais... ir... sin más?

Alice no podía tragar el nudo que se le había formado en la garganta. Apartó la cara, parpadeando, pues de súbito se le había empañado la vista. Le llevó un momento recobrar algo de compostura. Quizá fuera mejor separarse de él. Cada vez que estaban juntos se producía algún desastre.

Jas, pensativo, dejó escapar un suspiro.

—No puedo soportar que se me considere un asesino en mi propio hogar. Tened la seguridad de que no os dejaré ir sin tomar las medidas necesarias para vuestro bienestar. Podéis llevaros a Tizzy para que os atienda. Y todo lo que habéis recibido desde que nos casamos es vuestro, desde luego. En cuanto os haya conseguido alojamiento y averiguado si Jacob puede emplearos, Thaddeus os llevará en el coche. A partir de entonces no volveré a molestaros con mi presencia.