Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 20
Jacob Black se arrellanó en el sillón, contemplando pensativamente la brasa del cigarro que normalmente se permitía fumar todas las mañanas, antes de zambullirse en el torbellino que era diseñar modas y satisfacer el deseo femenino del buen vestir. Luego levantó la mirada, bizqueando a través del humo, para fijarla en su madrugador visitante, encaramado en el apoyabrazos de una poltrona de piel, uno entre tantos muebles costosos que tenía en su apartamento privado.
—A la gente le sorprenderá, Jasper, que tú sigas viviendo en Oakley, mientras tu esposa se aloja en casa de Leah y trabaja para mí.
Jas se encogió brevemente de hombros.
—No puedo preocuparme por lo que opine la gente, Jacob. Me interesa mucho más lo que sucede en la cabeza de Alice. Debo darle tiempo y libertad para dilucidar qué piensa de mí; la mejor manera de lograrlo parece ser dejar que se vaya. Tú sabes mejor que nadie qué poco nos conocíamos antes de casarnos. Aunque estoy firmemente convencido de que estamos hechos el uno para el otro, no puedo imponer esa opinión a mi esposa. Ella necesita tiempo para descubrirlo.
El modisto meneó la cabeza, totalmente desconcertado.
—¿Qué diablos ha pasado entre vosotros dos, Jasper? Siempre que os he visto juntos, Alice parecía estar muy enamorada de ti.
Jas lo miró a los ojos.
—Cuando entró en el establo y me encontró junto al cadáver de Charlotte, con el arma homicida en la mano, la impresión fue excesiva para ella. Aún debe superar el trauma. La persigue hasta en sueños. Solo puedo esperar que, al liberarla de las obligaciones conyugales y permitir que llegue a conocerme como hombre, quizá como amigo, antes que como esposo, acabe por comprender que no soy capaz de semejante brutalidad.
—¿Y cómo sucederá eso, si Alice vive en Charleston y tú a leguas de distancia? Por si no lo has notado, amigo mío, hay una distancia considerable —señaló Jacob. Su satírico ingenio no era cruel, sino práctico—. ¿Y si Vulturi decide actuar otra vez como Atila, el rey de los hunos? ¿Quién la protegerá?
—Ya he pensado en todo eso. He tomado la iniciativa de hablar con varios hombres de confianza, que están dispuestos a vigilarla discretamente. Naturalmente, su seguridad es de suma importancia para mí. Elijah está actualmente impedido por su pierna herida, pero acepta alojarse en la pensión que está frente a la casa de Leah y vigilar desde la ventana. Ya he hablado con la señora Murphy, que me alquilará el cuarto de al lado. Si se presenta algún problema, Elijah me hará avisar por el recadero. —Jas rió por lo bajo antes de añadir—: Cuando esa anciana me aseguró que me ayudaría con gran placer, me pareció ver en sus ojos un destello vengativo. Al parecer, no siente ningún afecto por el señor Vulturi, debido a que algunos de sus hombres destrozaron el mobiliario de una de sus habitaciones. Fue una manera de persuadirla de que debía pagar protección al alemán. Ella me mostró el arma con que disparó contra esos hombres para ahuyentarlos. Se comprende que no hayan regresado jamás, pues se parecía mucho a un trabuco.
—Esa anciana tiene agallas de irlandesa, sin duda —señaló Jacob, con una carcajada. Luego se puso nuevamente serio—. Aun así, Jasper, ¿has pensado en el tiempo que se tardaría, en llegar a caballo hasta Oakley para avisarte? Sería suficiente para coger a tu esposa, desnudarla y violarla. Y si alguien abusase de Alice antes de que tú llegaras, bien sabes que no te lo perdonarías jamás.
—En realidad no estaré tan lejos, a menos que se me necesite en Oakley. Pienso alquilar una casa cerca de mi empresa, pero haré lo posible porque Alice no se entere. De lo contrario pensaría que la espío.
Jacob se inclinó hacia la mesa para dejar la ceniza en un cenicero.
—La dejas en libertad, pero te esmeras mucho en protegerla, Jasper. Ella podría decidir apartarte por completo de su vida, ¿sabes?
—Y quiero darle todas las posibilidades de hacerlo —admitió Jas, entristecido—. Tendrá que decidir por sí sola qué es lo que en verdad desea: ser independiente o estar casada conmigo. No me sorprendería que decidiera volver a Inglaterra. Pero no es una conjetura en la que me guste pensar.
La ocasión requería franqueza. Y Jacob no era amigo de andarse con rodeos.
—La gente pensará lo peor, Jasper. Bien lo sabes.
—Sí. Pensarán que mi esposa me abandonó porque cree que yo apuñalé a Charlotte.
Pese a lo endurecido que estaba, el ex-pugilista se impresionó por lo directo de esa afirmación, pero no intentó denegarlo. Por el contrario, respondió a la sinceridad de su amigo con más de la suya.
—Mi querido Jasper, ¿has tenido en cuenta lo que sucederá si debes ir a juicio por el asesinato de Charlotte? Los hombres que formen el jurado bien pueden dejarse guiar por la idea de que tu propia esposa te cree culpable.
—Creo que no he llegado tan lejos en mis reflexiones —reconoció él, torciendo la boca en un gesto sombrío. Aunque no rechazara la suposición de Black, tampoco podía dejarse impresionar por ella—. Alec Hyde aseguró que era inocente y que me vio apuñalar a Charlotte, pero no puede presentarse para hacer su acusación, porque entonces Rhys lo arrestaría por atentar contra mi vida. Los dos sabemos que él es perfectamente capaz de algo así. Antes de que secuestraran a Alice quería matarme, sin lugar a dudas, pero no se puede probar que asesinara a Charlotte. El hecho de que se haya llevado a Ariadna lo coloca en el escenario del crimen y en el momento del asesinato, pero Elijah nos hizo notar que había otras huellas superpuestas a las de Alec. Las suyas desaparecían después de montar la yegua. El segundo rastro fue hecho, obviamente, por un par de botas mías, que Cora encontró en mi cuarto de baño a la mañana siguiente. Y aunque yo no las había usado hacía más de una semana, estaban sucias de barro fresco; eso nos lleva a deducir que el asesino de Charlotte las llevaba puestas cuando la mató. Hasta es posible que fuera uno de nuestros invitados.
Jacob apagó el cigarro en el cenicero.
—¿Crees que Laurent Da Revin pudo haber ido esa noche a tu casa?
—Es posible, desde luego —reconoció Jas—. Saldría muy beneficiado si lograra que Alice sucumbiese finalmente ante Vulturi. Por lo que ha dicho Alec, el alemán ofreció mil dólares a Da Revin, si provocaba una separación definitiva entre nosotros. ¿Qué mejor manera de realizarlo que hacerme ahorcar por asesinato? Pero si la memoria no me falla, creo que Da Revin no podría ponerse mis botas y Alec tampoco. Ambos tienen los pies muy grandes.
Jacob Ives se arrellanó en el sillón y apoyó contra los labios los dedos unidos formando una pirámide, mientras contemplaba las botas de su amigo, hechas a la medida.
—Creo recordar que ninguno de nosotros podía ponerse tus zapatos, Jasper, y eso no te beneficiará en nada si no atrapan al culpable. Tu calzado es tan estrecho que nadie puede meter siquiera los dedos, mucho menos el pie entero.
—Pues eso podría servir para probar la culpabilidad del asesino, si lo descubriéramos — contraatacó él.
El diseñador se levantó para pasearse, con un suspiro de frustración. Luego se detuvo para mirar a su visitante mientras estudiaba un plan diferente al que este había expuesto.
—¿No has preguntado a Edward si podría alojar a Alice en Harthaven hasta que demuestres tu inocencia? Allí estaría mucho más segura que en Charleston, aun contigo a poca distancia.
—Alice no quiere involucrar a mi hermano ni a Bella en este asunto. Jacob no pudo contener un gesto de sorpresa.
—Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, Jasper, ¿puedes permitir que las preferencias de tu esposa dicten tus actos?
—No necesariamente, pero me tengo por hombre práctico. Para conquistar la confianza de Alice debo cortejarla como pretendiente. Y alojarla entre mis parientes sería estorbar su libertad de rechazar o buscar mis atenciones. En pocas palabras, le sería difícil echarme de la casa de mi hermano. En cuanto a Vulturi, si de verdad cree que ella ha roto conmigo, tal vez se conforme con esperar a que yo haya sido eliminado, de un modo u otro. Una vez despejado el camino, tal vez crea poder reclamarla sin oposición. —Hizo una mueca de sarcasmo—. Magnánimo como es, probablemente supondrá que ella ha aprendido la lección y aceptará con gusto sus atenciones. Si Alice estuviera en Harthaven, él podría hacer otro intento de cogerla por la fuerza, cosa que mi hermano no toleraría sin luchar. Y considerando el número de hombres que Vulturi llevó consigo a Oakley, Edward podría morir tratando de protegerla.
—El alemán puede intentar lo mismo aquí, si ella trabaja en mi tienda —señaló Jacob, no sin razón. La posibilidad no lo preocupaba mucho, pero su amigo debía tener en cuenta las eventualidades a las que su esposa debería enfrentarse, una vez lejos de su protección.
—Si no te opones, puedo escoger a un par de hombres, de los que trabajan en mis empresas, para que custodien a Alice mientras esté aquí. Ella no los reconocerá. Tampoco Vulturi. Los dos pensarán que has contratado a más personal.
—Los negocios marchan tan bien que podría hacerlo —comentó el diseñador—. Pero no creo que me envíes a nadie capaz de enhebrar una aguja.
Jas rió entre dientes.
—Oye, si estás tan necesitado, podría recurrir a marineros experimentados, que saben coser lonas como el mejor.
—Estupendo —murmuró Black, exagerando su falta de entusiasmo—. Si a las señoras de Charleston se les ocurre súbitamente vestirse con velas de barco, tendré el futuro resuelto.
—Será un placer emplearos, señora Cullen —aseguró Jacob Black a la bella joven, un par de días después.
Le había abierto la puerta antes de abrir la tienda. Su criada esperaba en la sala, desde donde podía verlos claramente a los dos, sentados a ambos lados del escritorio. Tizzy estaba allí con la finalidad específica de acallar rumores con su presencia. Puesto que Jacob era soltero y los rumores exageraban su reputación con las anécdotas más absurdas, resultaba indispensable contar con una carabina. Y si alguien daba crédito a esas historias, entonces se le podía atribuir la mitad de los bebés nacidos en esta ciudad, pero, bien mirado, llevar a cabo semejante hazaña le habría impedido ocuparse de su tienda de alta costura.
Deslizó una mano hacia los dibujos de Alice, que había diseminado por el escritorio.
Cuanto más los analizaba, más intrigado se sentía.
—Estos bocetos vuestros son muy expresivos, señora Cullen. No dejan dudas sobre vuestra habilidad como diseñadora.
Puesto que trabajarían juntos, volvían a emplear un tono formal. Ya no se llamarían por el nombre de pila. Más aún: el largo apelativo vendría a recordarle que esa atractiva dama era la esposa de su mejor amigo. Por mucho que le hubiera gustado cortejarla, no pondría en peligro aquella estrecha camaradería, firmemente establecida desde los primeros años de la juventud.
—¿Podríais comenzar de inmediato? —preguntó.
—¿De inmediato? —Alice estaba estupefacta—. ¿Hoy mismo?
—Sí, por supuesto. Por lo que tengo entendido, desde ahora en adelante viviréis en casa de Leah. A menos que tengáis otros planes, podríamos instalaros también aquí, si os parece aceptable.
Ella se apoyó contra el respaldo de la silla, totalmente desconcertada. Al pedirle sus diseños, Jas había dicho que los entregaría al modisto, a fin de que él pudiera analizar sus méritos como diseñadora. Pero también le había advertido que, si no la consideraba a la altura de sus exigencias, probablemente le buscara otras tareas dentro de la tienda. Una posibilidad era liberar a Leah de la contabilidad y de los registros de Black Alta Costura. Aunque a Alice no le entusiasmara mucho, estaba preparada para lo peor y no esperaba que el diseñador se animase a contratarla.
—Pues... supongo que sí, señor Black. Es decir... no tengo ningún inconveniente en comenzar esta mañana. En realidad, poco importa cuándo, pues no tengo otra cosa que hacer.
Se le quebró la voz y tuvo que desviar el rostro para no derrumbarse delante de ese hombre. El hecho de que Jas la hubiera acompañado hasta el carruaje para presenciar su partida, con expresión imperturbable, le provocaba el mismo sentimiento que la muerte de sus padres: como si el corazón se le hubiese llenado de pesadas cadenas de hierro.
—¿Algún problema? —preguntó Jacob. Esperaba que ella se alegrase al escuchar cuánto le gustaban sus dibujos, pero la dama parecía estar al borde del llanto—. Se diría que algo os inquieta. ¿Es la perspectiva de trabajar para mí?
—No, por supuesto, señor Black. Me alegra mucho saber que aprobáis mis dibujos. — Alice se retorció las manos, preguntándose si debía ser completamente sincera en cuanto a los motivos que la llevaban a la tienda—. Tal vez os parezca extraño, puesto que os he solicitado empleo, pero no me disgustaba en absoluto ser la esposa de Jasper y la señora de Oakley. Si me veis perturbada, tened la seguridad de que no es por rechazo a trabajar con vos. Pero me doy cuenta de que, en las próximas semanas, estaré lejos de todo lo que he llegado a amar. En realidad no quería distanciarme de mi esposo, pero me asedian horribles imágenes en las que lo veo junto al cadáver de Charlotte, con un cuchillo ensangrentado en la mano, y me cuesta ver las cosas con claridad. No quiero creer que Jas sea culpable de asesinato, pero no puedo dejar de preguntarme si... si...
Para Jacob fue un alivio oírla hablar tan abiertamente sobre sus problemas conyugales. Cabía esperar que, con el transcurso del tiempo, las dificultades se resolverían de manera satisfactoria.
—No os preocupéis por eso, señora Cullen. Vuestro esposo solo quiere vuestro bienestar y os brinda esta oportunidad para que podáis analizar vuestros temores. Conozco a Jas desde hace muchos años; de todos nosotros (yo mismo, Edward o Rhys Townsend), es el más afectuoso con la gente. También con los animales, a veces para fastidio del sheriff, pero esa es otra historia. Comprendo que la escena del establo haya destrozado vuestra confianza, pero si dais descanso a vuestra mente, no dudo que con el tiempo se descubrirá al verdadero culpable y vos comprobaréis que Jas no pudo hacerlo.
»Pero si creéis que Rhys o yo podemos dejarnos cegar por nuestra amistad, permitidme que os cuente algo. Cierta vez amenacé con un buen castigo a Emory Clearwater si volvía a sorprenderlo maltratando a Leah. Varias noches después tuve que enterrarlo. No fui yo quien lo mató, pero experimenté un gran alivio junto con una profunda tristeza. La amistad de Jas es muy importante para mí, pero si realmente lo creyera culpable de haber matado a esa pequeña, yo sería el primero en acusarlo, aunque eso lo llevara al patíbulo.
—¿Soy una esposa desleal por no poder convencerme de su inocencia? —preguntó Alice, con voz débil. Y porque temía la respuesta, apartó la cara y se llevó un nudillo a los labios tembló rosos. No quería enfrentarse a una mirada condenatoria.
—¿Amáis a Jasper?
Volvió bruscamente la cabeza; por un momento miró a su nuevo jefe como si lo creyera loco. Luego bajó la mirada hacia los bocetos, haciendo un esfuerzo por tragar saliva; solo entonces notó que tenía la boca completamente seca.
—Le amo, sí —murmuró. Las palabras sonaron lejanas a sus propios oídos. Aunque parpadeó para alejar la humedad que le llenaba rápidamente los ojos, las lágrimas comenzaron a brotar y a resbalar por sus mejillas—. Creo que le amo desde el momento en que me salvó de ser arrollada por ese vehículo. Fue tan gallardo, tan noble... tan increíblemente maravilloso...
Mientras hablaba levantó la cabeza, invadida por una felicidad que se desbordó en una expresión radiante. Aunque había empezado a descubrir sus sentimientos minutos antes de bajar a los establos, ahora los reconocía abiertamente ante el modisto y ante sí misma. El susurro fue apenas audible, pero cargado de emoción:
—Le amo, sí. Mucho, mucho.
Sorprendido al descubrirse conmovido por esa declaración, Jacob carraspeó, súbitamente incómodo. Sintiendo la necesidad de pasar a un tema menos personal, se puso de pie y fue al asunto que los ocupaba.
—Si no os molesta, señora Cullen, os buscaremos sitio en el salón principal para que podáis trabajar en vuestros bocetos. De ese modo, tanto Leah como las costureras os tendrán más a mano, si necesitan consultaros algo o si nuestras clientas quieren echar un vistazo a vuestros dibujos. Ya he escogido unos cuantos diseños míos para la temporada de primavera, pero no tantos como necesito para satisfacer a quienes busquen algo original. Con vuestra ayuda, confío poder satisfacer acodas nuestras clientas.
—Me alegrará prestaros tanta ayuda como me sea posible, señor.
—Y es probable que os exija mucho —advirtió él, con una gran sonrisa—. Varias de mis clientas exigen que las atienda personalmente. Y cuantas más son, de menos tiempo dispongo para diseñar nuevos vestidos. Confío en que podáis llenar este vacío.
Jacob la condujo al salón contiguo y estudió diversos lugares donde se podía instalar un escritorio para ella. Después de analizar la iluminación, la comodidad y el ambiente general, escogió un sitio próximo a la parte trasera del corredor, desde donde se podía ver un jardín bien cuidado, que él mismo atendía para relajarse. Luego miró a su nueva empleada por encima del hombro, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Os molesta estar así, a la vista de todos, señora Cullen?
Ella respondió con una sonrisa vacilante, sin saber qué travesura esperar.
—Creo que no me molestará, mientras no deba responder a preguntas impertinentes: por qué estoy aquí, si es verdad que me he separado de mi esposo y si el niño de Charlotte es realmente hijo suyo.
Una risa entre dientes anunció el remedio que Jacob pondría a esa situación.
—Haré lo posible por acallar a las curiosas con abundantes cumplidos. Os sorprenderá ver con qué facilidad empiezan a pavonearse en cuanto reciben un poco de atención masculina.
Alice no tuvo dificultades en imaginar la transformación que podía sufrir una dama cuando los cumplidos provenían de Jacob Black. A no ser por Jasper Cullen, ella podría haber sido igualmente sensible a ellos.
—Supongo que habéis sido bendecido con el don de la elocuencia, señor Black.
Los labios del modisto se estiraron en una ancha sonrisa bajo el mostacho bien recortado.
—Pues sí, mi querida madre era más irlandesa que la misma Dublín. Y yo aprendí de ella, que Dios la tenga en su Gloria.
—No lo dudo, señor Black —admitió ella, riendo entre dientes.
Jacob se acarició la barba, pensativo, mientras elegía el mejor ángulo para instalar el escritorio en el sitio escogido. Después de observar el candelabro más próximo, decidió que todo estaría más iluminado si colocaba la mesa algo más atrás. Además, ella quedaría enmarcada por las ventanas que daban al jardín.
—Os pondré aquí, señora Cullen —anunció, plantándose en el lugar para señalarlo mejor—. En este encantador ambiente, una mujer bella y bien vestida atraerá toda la atención que merece. Tendréis las ventanas a la espalda, lo cual os brindará luz natural, y el candelabro delante, para que ilumine vuestra deliciosa presencia. No pasaréis desapercibida a ninguna de nuestras clientas. Y para llegar hasta vos tendrán que pasar junto a las mesas donde se exhiben nuestras telas más costosas.
—Tenéis una mente perversa, señor Black —comentó ella, co;i voz divertida—. Tendré que cuidar mi bolso, no vaya a caer en la misma trampa que tendéis a vuestra clientela.
Jacob le dedicó una sonrisa picara, mientras movía las cejas.
—Ni os lo imagináis, mi querida señora. —Se inclinó hacia ella como para revelarle un jugoso secreto—. Os diré: seréis el cebo que las haga caer en mi trampa, pues pronto luciréis mis mejores creaciones, como la señora Clearwater.
Era una pena echar a perder esas expectativas, pero Alice no podía permitirle que asumiera tales gastos y molestias, considerando que su embarazo sería visible en uno o dos meses más. Con una chispa traviesa en los ojos claros, preguntó:
—¿Tenéis experiencia en diseñar prendas para señoras en estado de buena esperanza?
El mentón barbudo descendió significativamente para expresar la estupefacción de Jacob. Por un momento sus ojos se clavaron en lo que parecía un vientre perfectamente plano, pero de inmediato carraspeó, avergonzado:
—Perdonad, señora Cullen. No lo sabía. Jasper no me informó de vuestro embarazo. —Y la miró con más atención, enarcando una ceja curiosa—. Supongo que se lo habéis dicho.
—Está informado —respondió ella, cautelosa. Entonces le pareció justo dar al modisto la oportunidad de retirar su ofrecimiento—. Dadas las circunstancias, ¿aún queréis emplearme? Sería perfectamente comprensible que prefirierais no escandalizar a vuestras clientas con una mujer en mi estado, trabajando en vuestra tienda.
Jacob esbozó una sonrisa demoníaca.
—En vuestro estado, señora Cullen, una mujer necesita ropa bonita para disimular el vientre abultado. Es hora de que alguien les procure prendas adecuadas y elegantes. Estoy dispuesto a proporcionarles vestidos con los que puedan salir del aislamiento. Si puedo hacerlo para las viejas solteronas y las matronas robustas, ¡cuánto más delicioso será adornar a una mujer que ha sido verdaderamente apreciada por su marido!
Alice enrojeció significativamente, a pesar de su risa divertida.
—Sois decididamente perverso, señor Black. Él volvió a agitar las cejas.
—¡Sin duda alguna, señora Cullen! ¡Sin duda alguna!
