Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 21
Mucho antes de que llegaran las otras empleadas, Leah Clearwater se aproximó a Alice con una sonrisa deslumbrante, que expresaba de buen grado su deseo de hospedarla en su casa.
—Vuestra habitación ya está lista, señora Cullen. Vuestro cochero insistió en llevar las maletas arriba, de modo que, si queréis enviar a la criada, Flora le mostrará los dormitorios. Tizzy puede comenzar a deshacer el equipaje. Así esta tarde, cuando salgamos de aquí, ya estará todo hecho y no tendremos más que sentarnos a disfrutar de la cena. Normalmente, cuando llego a casa, Flora ya tiene la comida lista y la mesa puesta, pero tendréis que tolerar mi cocina a la hora del desayuno y los fines de semana. Utilizo el sábado para hacer todas las compras necesarias. Comprendo que preferiréis hacer ciertas cosas por vuestra cuenta, pero Jake y yo os acompañaremos con mucho gusto cuando lo deseéis, señora Cullen. Lo que más me gustaría es ayudaros a conocer mejor la ciudad. No dudo que llegaréis a quererla tanto como yo.
—Por favor, Leah —rogó Alice, dedicándole una graciosa sonrisa—, me sentiría mucho más cómoda si no me tratarais con tanta formalidad. Eso llamará la atención de los clientes, que pronto me mirarán como a un bicho raro.
La joven le estrechó la mano, riendo.
—De acuerdo, Alice, tú ganas. Pero debo advertirte que esta informalidad hará que el señor Black enarque las cejas aún más arriba. En realidad, es un espectáculo muy agradable. Nuestro jefe se pone diabólicamente guapo cada vez que se irrita.
Las dos rompieron en súbitas risillas, lo cual llamó la atención del diseñador, aunque estaba al otro lado del salón. Sus cejas se enarcaron a gran altura, con lo que provocó nuevas risas. Cada vez más desconfiado, se acercó casi con cautela, y las jóvenes salieron disparadas en direcciones opuestas. Alice, hacia su escritorio; Leah, hacia el primer salón, donde se dedicó a inspeccionar el trabajo hecho durante el día anterior por la correspondiente costurera. Jacob siguió a su bonita asistente hasta la puerta y la observó con la cabeza inclinada lleno de curiosidad, hasta que ella decidió volverse para mirarlo.
—¿Necesitáis algo, señor Black?
Jacob apreció debidamente la encantadora visión que ella le ofrecía, vestida con una de sus creaciones: un vestido rosado, cuyo cuello plisado se extendía hacia fuera por debajo de la fina mandíbula. El delicado matiz destacaba su piel clara y el color de sus mejillas, además de acentuar el brillo de su pelo oscuro, que ese día había entretejido en un complicado moño a la altura de la nuca. Al comprender, de repente, cuánto le afectaba su belleza, Jacob tuvo que rebuscar en su memoria para recordar por qué la había seguido.
—Eh... pues sí... tengo curiosidad por saber qué es lo que os divierte tanto, a la señora Cullen y a vos.
—Nada, en realidad. —Ella agitó caprichosamente la mano—. Al menos, nada que a vos pudiera pareceres divertido. Solo comentarios privados, del tipo que las mujeres solemos compartir en secreto.
—¿En secreto?
Como su ceja volvió a proyectarse hacia arriba, Leah vio peligrar su compostura. La risa parecía condenada a escapársele en pequeños arrebatos, por lo que al fin murmuró apresuradamente una excusa y pasó rozándolo, en su prisa por huir de allí. Mientras desaparecía por la puerta trasera, que daba al jardín y a la letrina, oculta a la vista por una serie de matas decorativas, Jacob renunció a ver satisfecha su curiosidad, cuando menos de boca de esa atractiva señora.
Giró sobre sus lustrosos tacones negros para fijar sus ojos azules en su nueva empleada, enarcando una ceja inquisitiva; de inmediato ella comenzó a revolver sus dibujos. Pero una sola mirada fue suficiente para que ella huyera entre risillas, hacia la misma puerta por la que Leah acababa de escapar.
Jacob torció pensativamente la mandíbula. Entre esas dos había algo, decididamente. No era difícil imaginar a un par de jovencitas deshaciéndose en risillas al ver a un hombre, pero estas damas distaban mucho de ser vírgenes. ¿Qué diablos las había puesto en ese estado?
Intrigado, fue a mirarse detenidamente en el espejo más cercano. No tenía la corbata torcida ni los pantalones demasiado ajustados, lo cual hubiera sido desastroso. A pesar de que por entonces hacían furor las perneras bien ceñidas, él siempre se había opuesto a oprimir sus partes íntimas con prendas excesivamente estrechas. A su modo de ver, andar exhibiendo sus atributos viriles le parecía el colmo de la vulgaridad. El buen gusto requería de sutilezas.
Con una ceja enarcada, paseó otra mirada crítica por su imagen, en busca de algún otro fallo, pero no pudo encontrar nada raro en su aspecto. Tal vez las risas de esas mujeres no tenían nada que ver con él, después de todo. Era posible que hubieran estado intercambiando comentarios divertidos sobre los hombres en general. No había razón para preocuparse. Pero ¿qué varón no se siente despellejado vivo cuando dos gallinas comienzan a cloquear entre ellas?
Alzó reflexivamente el barbudo mentón, preguntándose cómo entenderse con dos señoras que parecían completamente de acuerdo sobre algo que él desconocía. Quizá la solución estuviera en ignorarlas, pero eso era muy difícil de conseguir si esperaba obtener una ayuda valiosa de ambas. Tal vez debiera regañarlas por una conducta tan indigna, aunque el tiro bien podía salirle por la culata. No harían más que empinar esas bonitas narices con altanería y despreciarlo, con lo que se encontraría en peores aprietos. ¿Sería mejor lisonjearlas, como a todas esas tontas señoritas que se creían las más hermosas del mundo? De Alice no podía asegurar nada, pero Leah lo tomaría por loco, sin duda, aunque en todo caso los halagos serían la pura verdad. Decidió que lo mejor era hacer como si no sucediera nada. Al menos de ese modo podría mantener el pellejo intacto.
—¿Te ha explicado el señor Black por qué estoy aquí? —preguntó Alice a Leah, vacilante, una vez que regresaron al interior.
—Me ha informado de tu situación, pero no ha querido hablar del asunto con las otras mujeres. Si te parece bien, no veo necesidad de decirles nada. Puedes contar con la discreción del señor Black y con la mía, desde luego.
—Eres muy amable, Leah.
La viuda, con una suave sonrisa, hizo un gesto negativo.
—Solo soy una mujer que también ha vivido malos momentos. Tal vez te hable de ellos una noche de estas. Por ahora vamos a tomar un poco de té. Luego te presentaré a las otras empleadas. Sé que estarán intrigadas, pues te han visto aquí con el señor Cullen.
Las cinco costureras restantes, que llevaban al menos un par de años trabajando a las órdenes del señor Black, eran expertas en discreción. Exteriormente solo demostraron una leve sorpresa al encontrar a la esposa de Jasper Cullen entre el personal. Al explicar los motivos de su presencia allí, Leah prefirió aligerar el ambiente con el relato de un gracioso diálogo tomado de la realidad.
—Cierta vez, al descubrir que la señora Cullen tenía un enorme talento para el diseño de la ropa femenina, el señor Black preguntó a su esposo si podía robársela. —Tras reír con las otras por lo absurdo de la ocurrencia, prosiguió con las explicaciones—. En estos momentos nuestro negocio está floreciente y el señor Black se ve en aprietos para satisfacer a toda nuestra clientela. Como todas vosotras sabéis, algunas quieren ser atendidas personalmente por él, lo cual le roba tiempo para crear. Por lo tanto la señora Cullen, esposa de su mejor amigo, ha consentido amablemente en ayudarlo, al menos por un tiempo. Podemos considerarnos afortunados de contar con una persona con tanto talento, ¿no os parece?
Una combinación de risas y aplausos convenció a Alice de que, al menos exteriormente, las costureras aceptaban los motivos que, supuestamente, la habían llevado a la tienda. Solo una hizo una desagradable referencia a la verdadera causa. Era una mujer de más edad, alta y de amables ojos grises; aunque vacilaba en hablar, al final no pudo contenerse:
—Es una pena tan grande lo de la pobre Charlotte, ¿verdad? Conocí a su madre, que enviudó cuando Charlotte era muy pequeña. A la muerte de su mamá, ella fue a vivir con una tía, pero la mujer no tenía mucho tiempo para la pobre Charlotte. La chica tendría muchos defectos, pero nadie puede negar que era buena madre. Ese bebé, un pequeño tan encantador... supongo que no pasará mucho tiempo sin que alguna buena familia quiera adoptarlo. Sería una verdadera pena que el polluelo se criara sin padres que lo amaran.
Apenas hubo terminado de hablar, la mujer se llevó una mano temblorosa a la boca, como horrorizada por su propia temeridad. Las otras costureras, conocedoras de los rumores que hacían de Jasper Cullen el padre del bebé, quedaron visiblemente inquietas.
Alice se las compuso para sonreír, decidida a tranquilizarlas demostrándoles que no evadía el tema del niño.
—Por ahora, Daniel está al cuidado de la señora Fergus, la esposa de nuestro capataz, que es muy cariñosa con los niños. Es obvio que el pequeño está muy bien atendido por ella, de manera que allí seguirá hasta que se localice al padre o hasta que sea adoptado por una buena familia. —Sin haber apartado la mirada de su público, Alice añadió deliberadamente—: Ella le brindará todo el cuidado que recibiría cualquier huérfano en Oakley, en condiciones similares. Mi esposo ha puesto mucha atención en las necesidades de esa criatura; pese a los rumores que nos han llegado, jamás echaría a un huérfano a la calle por acallar cotilleos maliciosos. Es demasiado caballero para semejante cosa.
Aliviada por haber llegado al final de esas declaraciones con cierta dignidad, Alice se sintió menos tensa. Las cinco mujeres parecían aceptar sus palabras, pero no había manera de saber lo que estaban pensando. A pesar de sus propias dudas, había logrado expresar su confianza en la integridad de su esposo y refutar como estúpidas las afirmaciones de que él había preñado a Charlotte, para luego dejarle parir a su bastardo en la vergüenza. Solo cabía rezar para que fuera verdad.
Con discreción o sin ella, Alice no dudaba de que sus afirmaciones serían divulgadas por todo Charleston antes de que se pusiera el sol. Y entonces surgirían otras conjeturas, para empantanarse sin remedio en la confusión, cuando los vecinos trataran de imaginar por qué, si realmente su esposo no tenía nada que ver con el bebé de la muchacha ni con otras cosas que nadie se atrevería a mencionar abiertamente, ella había abandonado Oakley para trabajar a las órdenes de un soltero, justamente uno de los pocos que podían rivalizar con su esposo en cuanto a atractivo físico.
La llegada de las primeras clientas anunció el comienzo de un incesante desfile de señoras, que no cesó durante el resto de la mañana. Durante ese continuo ir y venir de damas, Jacob contrató a otras dos costureras, un conserje y un portero. Estos últimos eran mozos corpulentos, que parecían deseosos de trabajar. El más guapo de los dos, que hablaba con entonación irlandesa y ojos chispeantes, también parecía tener facilidad de palabra y saludaba de un modo encantador. Jacob lo escogió para el puesto de portero, seguro de que las damas llegarían a adorarlo. Se buscó un buen paño de color verde intenso, como el de la característica puerta de Black Alta Costura, y de inmediato se asignó a una costurera la misión de convertirlo en un atractivo uniforme para él. Luego lo envió a su barbero y a su sombrerero favorito, que debería hacerle una chistera.
Mucho más sencillo fue el uniforme, verde también, proporcionado al conserje, el más reticente de los dos. Pero pronto fue evidente que a este le gustaba limpiar y que era un verdadero perfeccionista. Pronto se le asignaron diversas tareas; entre otras, limpiar los cristales cuadrados de las ventanas que se extendían a lo largo de la fachada y la parte posterior del edificio, lustrar las grandes lámparas de bronce que pendían a cada lado de la puerta principal y renovar el brillo dorado de todos los herrajes que adornaban el frente y el interior de la tienda, incluido el cartel fijado a la estructura de ladrillo, junto a la puerta principal, que identificaba la tienda y a su propietario como BLACK ALTA COSTURA, de Jacob Black. El diseñador quedó impresionado por la habilidad del hombre, por lo que decidió que, si ambos resultaban igualmente aptos para las tareas designadas, le convendría conservarlos como empleados permanentes.
En medio de todo ese caos de clientas y nuevos empleados apareció la señora Brewster, quien pasó totalmente inadvertida hasta que se enfrentó al modisto. Jacob acababa de mostrar una pequeña serie de nuevos diseños a IsaEmmet Wesley, una viuda reciente, joven y bonita, que daba muestras de querer descartar sus velos de luto por atuendos más modernos, en cuanto Black Alta Costura pudiera proporcionarle un nuevo guardarropa de invierno.
—Vaya, señor Black —exclamó, coqueta, la regordeta sombrerera, en tono de dulce reproche —, no esperaba encontraros ofreciendo ropa nueva a la señora Wesley, cuando ha pasado tan poco tiempo desde el fallecimiento de su esposo. Desde luego, teniendo en cuenta la avanzada edad del querido difunto y la fortuna que ella ha heredado, supongo que vos y vuestros diseños son una tentación demasiado fuerte para la joven viuda.
La sonrisa de Jacob fue bastante mustia. Apenas terminaba de despedir a la atractiva viuda y ya se encontraba frente a otra, solo que esta no era joven ni bonita. En realidad, se estaba convirtiendo en un verdadero incordio.
—Buenos días, señora Brewster...
—¡Thelma, por favor! —lo interrumpió ella, soltando risitas conquistadoras mientras parpadeaba con coquetería. Le había pedido muchas veces que abandonara las formalidades, sin que él le hiciera ninguna proposición similar. Claro que el hombre estaba siempre tan ocupado que probablemente aún no se había percatado de la omisión. Y ella no se atrevía a insinuárselo por no parecer atrevida.
Thelma Brewster iba a concentrar nuevamente su atención en el apuesto modisto cuando su mirada descubrió a una figura familiar, sentada ante un escritorio al final del pasillo. La sorpresa fue tal que se quedó boquiabierta. A la ciudad habían llegado noticias de la inoportuna muerte de Charlotte. Casi inmediatamente se rumoreó que Jasper Cullen podía ser responsable de haber engendrado a su bebé y de quitarle la vida para acallarla. Desde entonces la ciudad estaba a la expectativa de más novedades. Las suposiciones cubrían una amplia gama: por las calles de la ciudad corrían al azar versiones sobre el arresto de Jas, que habría confesado, y morbosos relatos sobre el destino corrido por Alice en Oakley. Al ver a la joven señora tranquilamente sentada y absorbida por su tarea, la sombrerera se sintió muy aliviada, pero su presencia allí daba pie a una nueva serie de especulaciones.
Con el generoso busto hacia delante, marchó en línea recta hacia la parte trasera del salón; asumiría la misión de asegurar a la bella joven que todo saldría bien, que el mundo en el que se encontraba no era tan demencial como a veces parecía y que los verdaderos culpables (no se atrevería a mencionar nombres) serían identificados inmediatamente. La señora Brewster siempre estaba lista para ayudar a quien lo necesitara. Y esa pobrecita criatura debía de estar desesperada.
—Dios del cielo, hija mía, ¿qué hacéis aquí tan temprano? —barbotó.
En cuanto Alice apartó la vista de su trabajo, ella se apresuró a lanzar una andanada de conjeturas, sin darle tiempo a responder.
—¿Estáis bien, querida? ¿Os parece necesario estar aquí? Porque estáis un poco pálida, si no os molesta que os lo diga. Naturalmente, comprendo que tenéis sobrados motivos, con las cosas que han sucedido recientemente en Oakley... y aquí todos pensando que el señor Jasper es más culp...
Al darse cuenta cuáles serían los comentarios de la mujer, Jacob se lanzó hacia delante como proyectado por un rayo.
—Vaya, vaya, señora Brewster. Hacéis mal en creer todas las tonterías que se dicen. La señora Cullen ha aceptado gentilmente diseñar algunos vestidos nuevos para mí. En este momento está muy dedicada a su tarea. Si la veis algo pálida, tal vez sea porque está...
Echó una mirada de soslayo a Alice, que parecía inquieta y atónita por lo que la sombrerera acababa de decir. Solo cabía esperar que ella le perdonara por revelar sus secretos, pero era menester desviar los pensamientos de la viuda, antes de que acusara y censurara a su mejor amigo.
—... algo indispuesta en estos días, en virtud de su estado y todo eso... Thelma Brewster se llevó una mano al amplio pecho, boquiabierta.
—No querréis decir que...
Frente a su total asombro, Jacob se alegró inmensamente de que fuera posible responder con un gesto afirmativo. Sin embargo le costó disimular un gesto de horror, al pensar en la celeridad con que se extendería la noticia del embarazo a partir de esa única fuente.
—Lo que quiero decir, señora Brewster, es que el señor Cullen y su esposa van a ser padres.
Súbitamente agitada, la sombrerera se abanicó con la mano regordeta, como si estuviera al borde del desmayo.
—Oh, madre mía, todo esto es demasiado. La esposa del señor Jasper, trabajando en vuestra tienda cuando está... Oh, esto es muy desacostumbrado. ¿Qué dirá la gente? —La mujer le clavó una mirada suplicante—. Decidme que estoy soñando, mi querido señor Black. Oh, no puedo creer que el señor Jasper permitiera...
—Ah, pero ha tenido la gentileza de permitirlo. La señora Cullen es una modista con mucho talento. Y su esposo, gran .amigo mío, le ha permitido ayudarme por un tiempo.
La mujer se apoyó una mano en la frente, como si la debilitara ver cosas tan extrañas.
—¿He dicho que era temprano? Tal vez aún estoy dormida y todo esto es cosa de mi peculiar imaginación. ¿De verdad habéis dicho que la señora Cullen trabaja para vos y que espera un bebé? ¿Y que el señor Jasper lo sabe y lo permite?
—No es un sueño, señora Brewster —le aseguró Black, ya en tono seco.
—Que no es un sueño —repitió la sombrerera con lentitud, como aturdida—. Debería acostarme a reflexionar sobre esta situación hasta que logre entenderla.
Por no ser grosero, Jacob trató de no mostrarse muy deseoso de verla partir, pero le prestó toda la ayuda posible con ese fin. Después de acompañarla hasta la puerta, escuchó abnegadamente su desarticulada verborrea y sus súplicas de no exigir demasiado de la futura mamá. Una vez que la puerta se hubo cerrado tras ella, giró sobre sus talones y se encontró con una taza de café, ofrecida por su asistente.
—Parecéis necesitar esto —observó Leah, con una sonrisa comprensiva.
—¡Señor, salvadme de esta mujer! —murmuró Jacob, antes de beberse hasta la última gota del café. Luego redujo la voz a un susurro incrédulo—. ¿Oísteis lo que esa horrible mujer estaba a punto de decir a la esposa de mi mejor amigo? ¡Si dependiera de esa lengua indomable, pronto colgarían a Jasper del árbol más cercano!
Su asistente le sonrió.
—Pese a vuestro enfado, señor Black, habéis manejado el asunto asombrosamente bien.
Esa frase de aliento, suavemente pronunciada, calmó la irritación de Jacob, que la miró con algo más que agradecimiento.
—Gracias, Leah. Ya habéis logrado que me sienta mejor. —Luego la cogió por el codo
—. Vamos a hacer lo mismo por Alice.
—¿Alice? —se extrañó ella—. ¿Ya no es la señora Cullen?
Él movió una mano grande por sus hombros, en una caricia tan leve que Leah se preguntó si habría sido cosa de su imaginación.
—Cuando estemos los tres solos, querida mía, seremos simplemente Alice, Leah y Jacob. Nuestra amistad nos permite ese privilegio, ¿no creéis?
Ella curvó los tiernos labios hacia arriba en un gesto de aprobación.
—Por supuesto que sí, señor Black.
—Jacob —corrigió él, cálidamente—. Con tantas cosas como hemos pasado juntos, Leah, no podemos andarnos con tantas formalidades. ¿Recordáis la noche en que nació Jake? Yo me paseaba por vuestro porche como cualquier padre nervioso.
—Jamás podría olvidarlo, Jacob —confesó ella, mirándolo con adoración—. En estos años he caído en la cuenta de que jamás os he agradecido debidamente lo que hicisteis aquella noche. Nunca habéis sabido cuánto me alegré de teneros allí. Con Emory no habría podido contar, aunque estuviera vivo.
—Emory era tonto, querida mía. Lo odié por maltrataros así —respondió Jacob. Y de inmediato se arrepintió de su franqueza—. Disculpad, Leah. No debí haber dicho eso.
—No tenéis por qué disculparos —aseguró ella, en voz baja y sin poder mirarlo—. Siempre fuiste mucho más gentil conmigo que Emory. Él se esforzaba desesperadamente por ser rico y educado, solo por demostrar que era tan hombre como vos. Y el fracaso lo sumió en la angustia.
El modisto dejó escapar cuidadosamente el aliento en un suspiro pensativo; luego decidió que había llegado el momento de revelar un secreto cuidadosamente oculto durante todos aquellos años.
—Si él me envidiaba, Leah, también se puede decir lo mismo de mí. Por un momento ella lo miró boquiabierta, completamente confundida.
—Pero ¿por qué? ¡Si Emory no pudo siquiera sacar provecho a nuestra granja, mientras que vos lo teníais todo! ¿Qué podíais envidiarle?
—Tenía algo que yo codiciaba desesperadamente.
Las arqueadas cejas oscuras se unieron en profundo desconcierto.
—¿Qué era eso?
—Vos.
Leah le estudió la cara con algo parecido al asombro.
—¿Yo?
—Me enamoré de vos casi desde el principio. —Ahora le causaban risa sus renovados intentos por quitársela de la mente—. En mi angustioso esfuerzo por ser buen amigo de Emory, no os dije nada antes de que os casarais con él. Después ya fue demasiado tarde. Muchas veces me he preguntado si no habría sido mejor para todos que os lo dijera desde un principio. Emory no se conformaba con teneros. Además quería poseerlo todo. No sé cuándo llegó a comprenderlo, pero al final se percató de lo mucho que yo os quería.
—Nunca dijisteis nada... aun después de que lo mataron.
—No me decidía a decíroslo. Temía que me odiarais.
—Nunca os he odiado, Jacob. Solo tenía miedo de lo que sería capaz de hacer si perdía el control. —Ella tragó saliva, mientras reunía valor para hacer su propia confesión—. Porque yo también he estado enamorada de vos desde mucho antes de casarme con Emory.
Al diseñador le tocaba ahora quedarse sorprendido.
—¡Pues lo habéis disimulado muy bien!
—Tanto como vos.
Él le estrechó afectuosamente el hombro.
—¿No creéis que es hora de dar un padre a Jake? Nunca he dejado de amaros, ¿sabéis? Leah torció la cabeza para mirarlo con una suave sonrisa.
—¿Me estáis proponiendo matrimonio, señor Black?
—Sí, señora Clearwater. En cuanto estéis decidida, ya sea en una hora, una semana o un mes.
Solo os ruego que no me obliguéis a esperar hasta el año que viene.
—¿Estáis seguro?
Jacob la miró de frente; luego le unió las palmas para cubrirle las manos con las suyas.
—Si hubiera tenido alguna esperanza de que aceptarais mi propuesta, os lo habría hecho hace años. Pero tenía la total certeza de que me rechazaríais.
Ella acarició con los ojos el atractivo rostro. Si hubieran estado solos, tal vez habría alargado la mano para tocarle amorosamente la mejilla.
—Tonto, grandísimo tonto.
Cuando la última de las costureras, los nuevos empleados y el recadero se hubieron retirado, Jacob Black colgó en la puerta el letrero de «Cerrado» y, con un suspiro de alivio, hizo girar la llave en la cerradura. Había sido una jornada más intensa que de costumbre; decididamente, estaba harto de adular a jovencitas malcriadas e insípidas, a altaneras viudas que creían poder dominarlo con solo agitar un pesado monedero delante de sus narices. Después de días así, tendía a recordar sus buenos tiempos de pugilista; claro que ese pasatiempo era apto para hombres más jóvenes, no para quien ya había pasado los treinta y tres años; ahora solo boxeaba con sus amigos, para divertirse.
Alice había pasado la mayor parte del día trabajando ante su escritorio, apartada del ir y venir de la clientela habitual. Aunque no conversó con ninguna, reconoció a varias que habían asistido al baile de Oakley y a algunas de las reuniones sociales a las que Jas la había llevado en los últimos meses. No obstante, las mujeres parecían demasiado azoradas como para acercarse a ella. Por los fragmentos de conversación en voz baja que llegaron a sus oídos sabía que la noticia de su presencia en la tienda ya circulaba por toda la ciudad. Eran muchas las damas que habían entrado sin otro propósito que saber si esos descabellados rumores eran ciertos; después de espiarla, salían con gran nerviosismo, sin duda ansiosas por divulgar la noticia. Puesto que ella estaba casada con un hombre tan rico y guapo como Jasper Cullen, era de imaginar que su presencia allí era como si la Cenicienta hubiera decidido que prefería seguir junto al hogar, entre las cenizas, antes que llevar una vida de lujos en el palacio del Príncipe Azul. Por su parte, nada podía estar más lejos de la verdad.
Aunque agradecía que Jacob le hubiera permitido mantenerse alejada del ajetreo diario, Alice comprendía que su aislamiento no podría continuar. También se preguntaba qué efecto tendría su presencia en los negocios del modisto, sobre todo cuando su silueta comenzara a redondearse. Al terminar la jornada de trabajo, cuando su jefe se acercó con Leah para repasar sus bocetos, Alice expresó su preocupación, pero él la tranquilizó inmediatamente.
—No os preocupéis por la clientela, Alice —le dijo—. Nos ocuparemos de eso según se presente la oportunidad. En cuanto a estos dibujos, son excepcionales. Nunca he visto nada parecido. —Mostró uno que le gustaba en especial—. Este vestido, por ejemplo, le sentaría como un guante a una bella silueta, pero creo que también le iría muy bien a alguien menos favorecido por la naturaleza.
—En realidad, no había pensado en eso —admitió Alice, complacida por su entusiasmo
—. Solo se me ocurrió que la falda fluiría mejor así.
—Vuestras ilustraciones cobran vida, aun sobre el pergamino. —Jacob indicó otro boceto donde la figura, vestida con un traje de baile, parecía captada en medio de un vals, con la falda arremolinada en torno a su esbelta silueta y un tobillo asomando a través del ondulante vuelo—. Este traje, por ejemplo; se diría que su dueña no lo lleva sin más, sino que lo disfruta, realmente.
Alice sabía que sus dibujos eran diferentes de otros figurines. En realidad, se esforzaba para que fueran originales. Otros diseñadores se limitaban a presentar la vista frontal y posterior de las prendas que creaban, sin molestarse en dibujar la silueta de una mujer. A ella no le gustaba esa manera tan simple de representar los modelos; en cambio trataba de recrear a hermosas damas en escenas cotidianas, incorporando así una sensación de vida.
—Simplemente, me parece más interesante hacer las ilustraciones de manera que se vean los vestidos puestos. Jacob dejó el boceto para mirarla a los ojos.
—Me gusta vuestra idea de representar diversos ambientes en vez de ofrecer una imagen indeterminada. Los dibujos insinúan mil fantasías junto con el diseño, como si las modelos hubieran sido sorprendidas en una situación especial: por ejemplo, bailando con un pretendiente. Tened la bondad de seguir dibujándolos así. En realidad, podría adoptar esta técnica para utilizarla con todos nuestros diseños.
Se volvió con una sonrisa hacia Leah, que miraba los bocetos por encima de su brazo, y añadió:
—¿Aprobáis la idea, querida mía?
Esa cariñosa expresión puso una oleada de color en las mejillas de su asistente; sus labios se curvaron hacia arriba en las comisuras. Después de envidiar tanto tiempo a las jóvenes que recibían sus atenciones, le era imposible no recrearse en el secreto placer de estar bajo la calidez de su mirada.
—Me atrevería a anunciar que, en los meses o años venideros, este tipo de figurines serán lo normal. Es cierto que estimulan la imaginación en cuanto a las cosas increíbles que pueden estar disfrutando las señoras de los bocetos.
—Tenéis muy buena vista para este tipo de cosas, Leah. Es solo uno, entre tantos motivos, por los que he llegado a admiraros en estos años.
Los ojos oscuros buscaron los suyos, con una expresión sonriente de asombro.
—Creo que os habéis reservado muchos secretos, señor Black.
—Sí —reconoció él, con una sonrisa torcida—. Es que hasta hace poco me teníais en ascuas, sin dejarme saber lo que pensabais de mí.
Alice paseó la mirada entre los dos. El magnetismo que desprendían era tan potente que ella no pudo evitar los recuerdos de las intensas emociones que Jas siempre le inspiraba. Con la misma celeridad, una enorme tristeza por lo perdido pareció atravesarle el corazón, tan intensa que le apretó el pecho. Tuvo que esforzarse mucho para continuar así, con una débil sonrisa pegada a los labios, pensando en sus dibujos. Era como si, del resplandor que antes encendiera de gozo todo su ser no quedase nada, solo un atisbo de lo que había perdido.
La residencia de Leah era una modesta casa de dos plantas, pintada de amarillo claro, retirada tras una cerca de hierro forjado pintada de blanco y un jardín bien cuidado, parcialmente sombreado por un enorme roble. Todas las persianas y las cercas que adornaban el porche delantero, pintadas de blanco, daban al lugar un aspecto muy fresco. El interior era igualmente encantador.
—Es preciosa, Leah —declaró Alice, entusiasmada. Lo que tenía a la vista bastaba para persuadirla de que la mujer tenía amplios y variados talentos.
La morena echó un vistazo a su alrededor, como si tratara de ver su casa con otros ojos.
—Cuando la compré no era gran cosa, pero llevo cuatro años arreglándola, en un intento por mejorarla. Ahora creo que está como yo la imaginaba desde un principio.
—¿Lo hiciste todo tú misma? —preguntó Alice, asombrada. La idea hizo reír a su amiga.
—Temo que, si lo hubiera intentado, no habría llegado muy lejos. Jacob hizo lo más pesado, a cambio de comida casera, la limpieza de su apartamento y mi promesa de hacerle todas sus camisas. Ahora me paga todo eso aparte de mi sueldo habitual. En cuanto al empapelado y a las reparaciones más sencillas, esas sí las hice yo.
Un niñito de unos cuatro años cruzó corriendo la cocina, hacia la puerta trasera. Leah lo detuvo por un brazo, riendo, y lo acercó para darle un abrazo, juguetonamente acompañado de un gruñido exagerado.
—Te presento a Jake, mi hijo —anunció, poniéndole las manos en los hombros para volverlo hacia su huésped—. Tiene cuatro años y ya sabe contar hasta veinte.
—¿Quieres que cuente? —preguntó él, mirando a Alice con una sonrisa tímida.
—Sí, por supuesto. —La muchacha se arrodilló para estar a su misma altura.
Jake recitó orgullosamente los números y recibió sus alabanzas con una tímida sonrisa. Al levantar los grandes ojos azules hacia su madre, para ver su reacción, fue recompensado con una sonrisa afectuosa.
—Ya cuentas tan bien, Jake, que es hora de enseñarte más números —dijo Leah, deslizando los dedos por entre el pelo rubio—. En realidad, si continúas progresando así pronto sabrás contar hasta cien.
El niño, radiante de placer, ciñó las piernas de su madre por encima de sus faldas; luego salió a jugar. Alice lo vio correr hacia la cerca trasera, de donde en esos momentos se descolgaba otro niñito, y se descubrió pensando en lo grato que sería tener un hijo así... y también un padre para ese hijo.
—¿Te ha resultado difícil criar sola a Jake? —preguntó, luchando contra la tristeza que nunca dejaba de invadirla cuando recordaba el distanciamiento de su esposo.
—En algunos momentos, sí —admitió Leah—. Pero he tenido la gran suerte de que Jacob estuviera muy cerca. No podría contar las veces que ha dedicado su tiempo al niño. Realmente ha sido un gran amigo para nosotros. En los fines de semana, cuando yo estoy ocupada cocinando o haciendo otras cosas, él lo lleva a pescar, a cabalgar o alguna de esas otras aventuras que tanto gustan a hombres y a muchachitos. Sin él, Jake no tendría ninguna influencia paterna en su vida. En ese aspecto, la vida no le ha sido fácil. Jake a menudo pregunta por qué sus amigos tienen padre y él no. Una vez llegó a preguntarme si Jacob era su papá.
Alice la miró con sorpresa; en realidad, el niño tenía el pelo y los ojos del mismo color que el modisto. No se atrevió a decirlo por no ser indiscreta.
Leah se encogió de hombros, como al descuido.
—La idea surgió de una pareja mayor, en una de esas excursiones que Jake hizo con Jacob. Los ancianos se habían detenido para pedir indicaciones; antes de continuar comentaron que Jacob tenía un hijo muy guapo. No sé por qué, pero él no se molestó en corregirlos. Tal vez fue solo un breve diálogo, pero lo cierto es que afectó mucho a Jake. Llegó a casa muy contento por lo ocurrido. Más tarde me preguntó si lo que esos ancianos habían dicho era verdad. Tuve que negarlo, por mucho que él deseara ser hijo de Jacob.
Después de un suspiro continuó:
—Jake es hijo legítimo de mi difunto esposo. Se parece a su abuela, Margaret Clearwater, una dulce mujer cuya muerte lamenté mucho. Yo la quería de verdad. Cuando murió aún era bonita, aunque su pelo había pasado de rubio a blanco y sus ojos azules ya no brillaban. —Leah bajó la vista, apenada—. En cuanto a su hijo, por desgracia no tengo de él muchos recuerdos gratos. Emory solía apostar a menudo. Cuando perdía, cosa que sucedía con bastante frecuencia, descargaba su frustración en mí.
»En cierta ocasión, después de presenciar una de esas escenas, Jacob lo amenazó con matarlo si volvía a levantarme la mano. Emory no hizo caso de sus amenazas, pero no me atreví a decirle nada a Jacob, por miedo a lo que pudiera hacer. Tras haber presenciado la agresividad de Emory, estaba tan furioso que bien podría haber cumplido con su amenaza o, cuando menos, haberle dado una buena paliza. Aun ahora no son muchos los que pueden vérselas con él en un combate de pugilismo. —Rió por lo bajo—. Muchas veces he oído que sus amigos se quejaban ee eso. Aunque hoy en día lo hace solo por divertirse, en otros tiempos era muy bueno.
Leah apartó la cara para disimular su rubor, mientras confesaba:
—La misma noche en que Jacob lanzó su amenaza, me sorprendí deseando la muerte de Emory. Había momentos en que lo odiaba por hacerme sufrir. Pocas noches después, mi deseo se hizo realidad. Quedé tan llena de remordimientos que no pude aceptar la ayuda de Jacob, aun cuando rompí aguas y me puse de parto. En realidad esperaba morir en el alumbramiento, por haberme atrevido a desear la muerte de mi esposo. —Se encontró con la mirada comprensiva de Alice, obligándose a sonreír otra vez, pero el gesto fue débil y tembloroso—. Como puedes imaginar, no estoy muy orgullosa de esa parte de mi vida.
—No se lo diré a nadie —murmuró su huésped en tono tranquilizador, mientras le apoyaba una mano en el brazo.
—Gracias. —Leah dio unas palmaditas a esa mano consoladora. Luego exhaló un suspiro—. Bien, ahora conoces mi oscuro secreto; podría añadir que eres la única. Pero al verte tan afligida por tu propia situación, he pensado que te sería útil saber lo que he tratado de ocultar en estos años.
—No eres la única que ha deseado la muerte de alguien —aseguró Alice—. Cuando creí que Alec había matado a Jas no me sentí muy dispuesta a perdonar. Me descubrí deseando el mismo final para Aro y Alec. Ya ves, Leah, que también yo soy capaz de pensar en la venganza.
—No es muy alentador darte cuenta de que puedes odiar a un hombre hasta el extremo de desear su muerte. —La morena logró esbozar una sonrisa vacilante—. Al menos tú no odias a tu esposo.
Alice trató de reír, pero fue un sonido tenso.
—No, todo lo contrario. Si Jasper me borrara de su vida para siempre, creo que mi corazón se marchitaría hasta morir.
—Jasper parece muy enamorado de ti —aseguró su amiga—. No puedo creer que llegue a distanciarse de ti.
La pelirroja no tuvo valor para explicar que él lo había hecho, aunque en menor medida, durante las dos primeras semanas de casados.
—Solo el tiempo lo dirá —murmuró, abatida—; pero si algo he aprendido en lo poco que llevamos casados, es que nunca vacila en hacer algo inesperado, si la situación requiere medidas drásticas. Si no podemos resolver nuestros problemas, se divorciará de mí sin duda alguna.
Leah dejó la tristeza a un lado, por el bien de ambas, y puso un semblante más alegre.
—Subamos, ¿quieres? Me gustaría mostrarte el dormitorio que ocuparás mientras estés aquí.
En medio de la noche, después de dar muchas vueltas en la cama, Alice abandonó finalmente el combate que estaba librando en su lecho solitario y permitió que su mente volviera a los recuer dos de Jasper. Cualesquiera que fuesen las circunstancias o el estado de ánimo, serio, sensual, enfadado o juguetón, él siempre se había mostrado gentil y caballeroso. Probablemente le había salvado la vida al encontrarla en el pantano. Y aun en la cabaña de Pete el Rojo, enfadado con ella al conocer sus sospechas, la había cuidado como esposo profundamente interesado en el bienestar de su mujer.
Le vino a la mente el recuerdo de una tarde, en las bodas de un viejo conocido de Jas, cuando llevaban una semana de casados. Algunos amigos varones lo apartaron de ella para acosarlo con bromas, por haberse casado sin su permiso. Sus prontas réplicas provocaron risas estruendosas, por lo que las esposas de sus compañeros acudieron con curiosidad. Pero por entonces Alice había comenzado a percibir que él se mantenía a distancia, tanto como las circunstancias lo permitían, y no se sentía en libertad de unirse al grupo; se mantuvo aparte, sorbiendo tímidamente su ponche. Enseguida, los buitres descendieron sobre ella, bajo la forma de varias señoritas frustradas que se apiñaron en torno a ella para hacerle preguntas sarcásticas. La más aguda fue: «¿Cómo diantres hicisteis para cazar a Jasper Cullen?».
La cara de Alice debió de expresar su malestar, pues no pasó mucho tiempo antes de que Jas abandonara a sus amigos para acudir en su rescate. Con una sonrisa desenvuelta que marcó claramente los surcos de sus mejillas, fingió ante sus adversarias que venía a por ella; mientras le apoyaba una mano posesiva en la cintura, se inclinó hacia su oído para susurrarle, de modo que las otras no oyeran: «¿Queréis que os rescate de estas malévolas brujas, querida?», a lo cual ella respondió con una sonrisa y un desesperado gesto afirmativo.
Él llevó su galantería al punto de besarle la mano y, después de colgársela al brazo, se volvió hacia las otras para presentar sus excusas. Si hubiera sido un caballero de reluciente armadura, ella no lo habría visto más hermoso que en ese instante. Apenas una hora después, cuando iban a subir al carruaje, Alice fue nuevamente objeto de las miradas inquisitivas de las tres desdeñadas.
Después de ayudarla a subir, Jas se instaló a su lado y dejó caer los visillos de piel que cubrían las ventanillas, sin prestar atención a la cómoda abertura que quedaba entre ellas y el marco. Mientras las mujeres estiraban el cuello para mirar adentro, Jas la estrechó contra sí y, para total asombro de la muchacha, la besó con abierta sensualidad. En cierto modo Alice quedó muy agradecida por ese favor; pero también lo lamentó, pues los fuegos que encendió en ella fueron difíciles de sofocar, aun después de haberse retirado a su lecho virginal. Pero esa tarea no había sido en absoluto tan ardua como calmar los tumultuosos anhelos que ahora la atormentaban. Tras haber saciado ampliamente sus pasiones, ahora sabía perfectamente lo que deseaba: las atenciones amorosas de su marido, nada menos.
Ese hombre, que tan abnegado y tierno se había mostrado con ella durante ese difícil período de abstinencia, ¿podía cambiar tan de repente como para asesinar a una joven madre con un bebé a su lado? La pregunta se encendió en su mente sin previo aviso, como para acusarla por esa manera irracional de condenar a su esposo. Si realmente Jas fuera capaz de un crimen tan monstruoso, si tras esa fachada tan respetuosa acechaba algún demonio tenebroso,
¿no viviría él atormentado por la maldad que ocultaba en el fondo? ¿No habría descubierto ella alguna muestra de esas características malévolas, en algún breve momento de descuido? ¿ Era acaso un actor consumado, como para disimular tan hábilmente su naturaleza vil bajo una capa de refinamiento galante? Aunque hubiera despotricado contra Charlotte, expresando su deseo de estrangularla, ¿no habría dicho lo mismo cualquier otro hombre, en un momento de irritación, sin pensar jamás en llevarlo a cabo?
De pronto Alice cayó en la cuenta de que le costaba imaginar a un hombre tan íntegro como él capaz de un crimen tan despreciable. Ese lado oscuro no parecía existir en Jasper. ¡Era preciso ser muy ingenua para dudar de él!
