Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


Capítulo 22

En los días siguientes, Alice fue participando cada vez más en las discusiones de Jacob y Leah sobre qué telas, encajes y otros adornos irían bien con sus diseños. Hasta cierto punto, el trabajo aliviaba la soledad que la asediaba en las largas horas de la noche. Nadie sabía, desde luego, lo desesperada que estaba por ver a Jas; sin embargo, empezaba a pensar que él no tenía interés alguno por estar con ella. Tal como estaban las cosas, no pasaría mucho tiempo sin que el matrimonio se rompiese.

Un viernes por la tarde, al levantar la vista de su trabajo, Alice vio que Aro Vulturi entraba en la tienda con su habitual arrogancia. Puso de manifiesto su altanería con el portero, que lo seguía para interrogarlo. A fin de cuentas todo el mundo sabía que el alemán era soltero, lo cual justificaba la pregunta, en tono educado, de si estaba seguro de no haberse equivocado de establecimiento. Como ya era demasiado tarde para esconderse, Alice se inclinó sobre sus bocetos con aparente concentración.

Cuando Leah informó a Jacob de la presencia de Vulturi, el modisto se excusó ante Isabell Wesley y se dirigió hacia la puerta. Hizo un gesto con la mano para despedir al portero, pero por entonces Vulturi ya había visto a Alice en el pasillo contiguo y caminaba hacia allí, quitándose el sombrero.

—Perdonad, señor Vulturi. —El tono glacial de Jacob podría haber congelado a dos ríos torrentosos en pleno verano—. Puesto que esta tienda atiende solo a las bellas damas de nuestra ciudad, debo preguntaros a qué habéis venido. Confío, por cierto, que no tengáis intención de molestar nuevamente a la señora Cullen. Lamentaría inquietar a mis clientas con una escena violenta. —Y esbozó una rígida sonrisa antes de añadir—: Pero si es preciso, lo haré.

Ofendido por esa intimidación, Aro miró de soslayo al diseñador, gesto que le obligó a echar hacia atrás su cabeza calva. Tenía los ojos duros como el hielo, los labios apretados y la nariz encogida, como si oliera a algo pútrido.

—No veo qué interés puede tener mi visita para vos, pero deseo hablar con frau Cullen. A eso he venido. Ahora, por favor, apartaos.

La altanería del alemán irritó a Jacob, que tenía muy claro con quién podía ser tolerante y con quién no. Aro Vulturi era uno de estos últimos.

—Me temo que la señora Cullen trabaja en estos momentos en ciertos diseños para una clienta especial. No me gustaría que se la interrumpiera antes de haber terminado.

—Lo que debo decirle solo llevará un momento, si me permitís pasar —especificó Aro, seco. Luego, como él también conocía muy bien lo que era la coerción, advirtió al modisto—: No he venido para ofender a frau Cullen, ni tampoco a vos, señor. Pero si me impedís hablar con ella provocaré una escena desagradable.

A Jacob se le erizó el pelo de la nuca. Igualmente dispuesto a armar un alboroto, estuvo en un tris de coger al robusto extranjero por el cuello y los fondillos, pero se dominó al comprender que, tras una agresión de ese tipo, el hombre buscaría a Alice cuando la tienda estuviera cerrada. Aunque Jas tenía la casa de Leah bajo vigilancia, sus hombres podían tardar demasiado en traer ayuda para las mujeres.

Echó una mirada pensativa a la zona en la que había instalado a su nueva asistente. El corpulento conserje se había acercado a ella y estaba limpiando las estanterías, aunque ya las había desempolvado por la mañana. Puesto que la muchacha estaba protegida por alguien tan competente, ¿qué daño podía causarle un hombre con un brazo inutilizado?

—Os daré un minuto para que habléis con la señora Cullen —informó bruscamente al alemán—. Pero debo insistir en que os retiréis cuanto antes, señor Vulturi.

Después de inclinar la cabeza en un seco saludo, Jacob se apartó.

Alice había decidido que, si debía enfrentarse a Aro, se sentiría mucho más segura detrás de su escritorio. Cuando el hombre se detuvo ante el gran mueble, ella alzó la mirada con deliberada lentitud. Luego, sin un parpadeo, sin mover los labios, volvió su atención al boceto en el que estaba trabajando.

—¿Habéis venido con algún propósito específico, señor Vulturi?

—Solo para preguntar cómo estáis, frau Cullen.

—¿Por qué?

La seca pregunta pareció dejar perplejo al alemán, que se esforzó por encontrar una respuesta adecuada.

—Solo quería expresar mi desolación por lo que sucedió con esa muchachita en la plantación de vuestro esposo. Es trágico, que la mataran sin piedad, siendo tan joven. Temía que vos también sufrierais algún daño, hasta que supe que os habíais mudado a Charleston. Solo puedo felicitaros por haber abandonado a vuestro esposo.

—Mi esposo cree que vos tuvisteis algo que ver con la muerte de Charlotte. —Alice le echó una mirada para observar su reacción—. ¿Habéis tenido alguna responsabilidad en ese crimen, señor Vulturi?

Los ojos azules centellearon; por un momento Aro tartamudeó de indignación.

—Vuestro esposo quiere echarme la culpa para cubrir sus crímenes, pero soy inocente. Ella se inclinó contra el respaldo para mirarlo a los ojos.

—Francamente, señor Vulturi, os creo mucho más capaz que mi esposo, si se trata de asesinar a una jovencita. No he olvidado que, cuando el doctor Clarence se negó a curaros el hombro, indignado por la noticia de la muerte de mi esposo, autorizasteis a Alec para que me disparara.

—Oh, pero si fue solo una treta para que el buen doctor se lo pensara bien. No iba a permitir que Alec os matara, mein Liebchen.

Ella agitó la cabeza en un gesto despectivo.

—Si creéis que voy a tragarme esa mentira, señor Vulturi, el único engañado sois vos.

Estoy segura de que lo habríais hecho.

Aro apretó el sombrero contra el pecho, con un ademán suplicante.

—Es la verdad, frau Cullen. Fue solo una treta para que el doctor cambiara de actitud. ¿Cómo puedo hacer que me creáis?

Alice dejó la pluma con un encogimiento de hombros.

—Podríais comenzar por olvidaros de mi existencia.

—¡Jo, jo, jo! —Aro hizo lo posible por tomar la respuesta a la ligera—. No sois tan fácil de olvidar, mein Liebchen. Sería imposible.

—En ese caso no hay razones para seguir con esta discusión. Debo continuar con mi trabajo —señaló ella sin rodeos, mientras cogía nuevamente la pluma. Se inclinó hacia la mesa, tratando desesperadamente de concentrarse en el dibujo por terminar—. El señor Black no me paga por conversar, sino para que trabaje.

—¿Tengo vuestro permiso para visitaros en vuestra nueva residencia, frau Cullen? Ella no levantó la vista ni por un momento.

—No creo que fuera muy prudente, señor Vulturi.

—Pero ¿por qué? —dijo él, riendo, tratando de persuadirla—. Estáis sola, frau Cullen, y yo también. ¿No deberíamos consolarnos mutuamente de nuestra soledad?

Alice condescendió una vez más a mirarlo, con los codos apoyados en el escritorio y el mentón en los dedos entrelazados.

—Señor Vulturi, debo recordaros que estoy casada. Mientras use este anillo, sería muy indecoroso de mi parte recibir visitas de hombre alguno. —Y agitó los finos dedos de la mano izquierda, para llamar su atención sobre el gran diamante que allí centelleaba. Lo usaría mientras Jasper no solicitara su devolución, con la esperanza de que todo se arreglara en un futuro no tan lejano—. Si me disculpáis, he de continuar con mi trabajo, de modo que os digo adiós.

Así despedido, Aro se alejó del escritorio, iracundo. En el momento en que se acercaba a la salida, el portero volvió a abrir la puerta, en esta ocasión para permitir la entrada de Jas, que penetró a paso firme, sin detenerse.

Era muy raro que Jasper saliera sin vestir con perfecta elegancia, sobre todo cuando iba a Charleston, pero en ese momento tenía todo el aspecto de haber sido arrancado a su trabajo: no llevaba chaqueta ni sombrero, tenía el chaleco desabotonado y la camisa arremangada. Más aún, había una mancha de tinta en el dedo medio de la mano derecha. Aun así Alice quedó impresionada por su apostura, tanto como en el primer encuentro. No llegó a entender el gesto casi imperceptible que hizo al portero, pero el corpulento empleado respondió de igual modo y cerró con suavidad detrás del nuevo visitante.

Alice sintió que su corazón se aceleraba de entusiasmo; en sus mejillas crecía el calor segundo a segundo. Esperaba que Jas se acercara a su escritorio, pero él parecía mucho más interesado en Aro. Después de plantarse ante él con los brazos en jarras, enarcó una ceja en forma de muda pregunta.

El alemán hizo una mueca de evidente desagrado.

—Ha sido un placer ver otra vez a vuestra esposa, herr Cullen. De vos no puedo decir lo mismo.

—Vuestro sentimiento es correspondido, herr Vulturi —le aseguró Jas, con una marcada rigidez en los labios. Era el mejor sustituto de una sonrisa que podía ofrecerle.

—¿También venís a visitarla?

Jas lo recorrió con una mirada burlona. La respuesta surgió impregnada de sarcasmo.

—Si estabais a punto de retiraros, herr Vulturi, no he de reteneros, aun cuando hubiera motivos para explicaros a qué he venido. Que tengáis muy buenos días.

Jas le volvió secamente la espalda. Con ese gesto no hizo caso deliberadamente de la presencia de su esposa en el pasillo vecino. No recordaba haber hecho nunca una cosa tan difícil. El impulso de ir hacia ella era tan fuerte que solo con un gran esfuerzo de voluntad pudo mirar a Jacob, que se acercaba para saludarlo.

La sonrisa llena de esperanza de Alice se esfumó rápidamente, mientras su esposo estrechaba la mano del modisto. Con la cabeza inclinada en una mezcla de azoro y vergüenza, clavó en el dibujo una mirada borrosa de lágrimas. En un esfuerzo por ocultar la cara a los presentes, se llevó una mano temblorosa a la frente, pero no pudo detener el llanto que comenzaba a mojar el dibujo.

Abandonó precipitadamente la silla y pasó junto al conserje con la cabeza gacha, hacia la puerta trasera. No se volvió a mirar; no supo de los ojos verdes que la seguían sin pausa a través de la ventana, hasta que hubo alcanzado el alto seto tras el que se encontraban las letrinas.

Solo en la intimidad de esa pequeña pieza se atrevió a liberar el torrente de dolor que la ahogaba. Sollozaba con violencia, abrumada de angustia, con la sensación de que su vida se había precipitado por un profundo abismo, próximo al infierno. Ignoraba qué había traído a su esposo hasta la tienda, pero resultaba muy obvio que el motivo no guardaba ninguna relación con ella, puesto que no se había dignado siquiera a ofrecerle un saludo cortés. Jacob, que también había presenciado su partida, se enfrentó a Jas con honda preocupación.

—¿No te parece que has estado un poco duro con ella, Jasper? Quizá me equivoque, pero creo que iba llorando.

Jas dejó escapar un suspiro atribulado. Aunque las lágrimas de Alice le habían encogido el corazón, impulsándolo a correr tras ella, aplicó su firme decisión a dominar sus emociones y a no exhibirlas exteriormente. Aun así, verla escabullirse tan triste era como dejarse arrancar las entrañas. El dolor le partía el corazón.

—Debo dejar que Alice comprenda realmente cómo serán las cosas si nos separamos — explicó, con admirable autodominio—. Sencillamente, es necesario que esto se convierta en una realidad para ella, por muy doloroso que resulte para los dos. Me temo que unos pocos días de ausencia o de indiferencia mía no sean tan efectivos como dos o tres semanas. A no ser por la visita de Vulturi jamás habría venido.

—Pues has llegado mucho antes de lo que esperaba —admitió su amigo, que había sentido un alivio inmenso al verlo aparecer—. ¿Cómo diablos supiste tan pronto que ese sapo estaba aquí?

Jas le concedió una sonrisa espartana.

—Tengo todo un ejército trabajando para mí, desde tu tienda hasta mi empresa naviera. El portero hizo un gesto al vendedor ambulante; el vendedor silbó al carpintero que trabaja varias, puertas más allá... Y así sucesivamente, hasta que el coche de alquiler que he pagado por todo el mes vino por mí.

—Te has tomado muchas molestias para convencer a Alice de que todo esto no te importa, Jas rey, cuando nada está mas lejos de la verdad. Podrías hacerle pensar que ya no hay esperan zas para vosotros dos. Si no le das alguna seguridad, tal vez decida embarcarse hacia Inglaterra.

—Pese al temor que me inspira esa posibilidad, es un riesgo que debo correr.

—Eres el hombre más testarudo que he conocido en mi vida, Jasper —replicó Jacob. Luego estiró las cejas hacia arriba por un momento, pensativo—. Aparte de mí, claro.

—Puedes decir a Alice que he lamentado no verla.

—¿Te irás sin más, sin hablarle? —se extrañó el modisto.

—Pues sí.

Apenas Jas se hubo retirado, el portero abrió nuevamente la puerta para dar paso a otro hombre, un lord inglés. Jacob reconoció inmediatamente a Su Señoría; era el que había asistido al baile de Oakley con la señora Brewster. Con un discreto suspiro, se preguntó si alguna vez podría continuar atendiendo a su clienta.

—Buenas tardes, milord —saludó atentamente, pese a su irritación—. ¿En qué puedo seros útil?

Lord Witherdale inclinó la cabeza en un breve gesto.

—En realidad, confío en que podáis ayudarme. Jacob, algo intrigado, respondió:

—Haré cuanto pueda, señor. ¿Qué servicio puedo prestaros?

—Os agradecería mucho, caballero, que me dierais las señas de vuestro sastre. Quedé sumamente impresionado por la fina ropa que lucíais en el baile de los Cullen. —Su Señoría se balanceó sobre la punta de los pies, elevando el mentón en un gesto reflexivo—. Me hicisteis comprender lo deficiente de mi atuendo. La verdad, señor, no me negaría a lucir otro aspecto al desembarcar en Inglaterra... en lo referente a la ropa, desde luego. ¿Me haríais ese favor?

—Por supuesto —respondió Jacob, riendo entre dientes. La ropa podía cambiar mucho la apariencia de un hombre, pero distarían mucho de animar la cara blanda de ese inglés.

Se volvió a medias hacia Leah, con una mano en alto para atraer su atención.

—¿Podríais anotar el nombre y la dirección de mi sastre para Su Señoría, querida? El aristócrata se lo agradeció con una sonrisa.

—Sois muy amable, caballero. No lo olvidaré.

—Ha sido un placer, señor.

Lord Witherdale paseó una mirada inquisitiva por la tienda.

—Se diría que vuestro establecimiento es muy próspero, señor Black. Las damas parecen deseosas de ver vuestras últimas creaciones. Hoy, mientras almorzaba, he oído a varias que discutían el tema en la mesa vecina. Sus elogios eran dignos de ser oídos.

A Jacob le costaba disimular su impaciencia. Prestar un servicio a Su Señoría no era tan importante como asegurar a una clienta que no la había olvidado. Solo cabía preguntarse cuánto tardaría Isabell Wesley en marcharse llena de indignación, para no volver jamás.

Lord Witherdale carraspeó, preparándose para solicitar otro favor.

—¿Puedo preguntar también, señor, si es el mismo sastre quien os hace las camisas? Cuando os quitasteis la chaqueta y el chaleco para un pulso con el sheriff, en el baile de los Cullen, noté que son de muy buen corte. Desde luego, también me impresionó vuestra destreza en ese juego.

—Gracias, milord. Sois muy amable. Pero temo que voy a decepcionaros, pues quien hace mis camisas es la señora Clearwater. Y temo que, atareada como está en la tienda, no disponga de tiempo para coser otras.

—La señora Clearwater, decís. —Lord Witherdale frunció las cejas, pensativo—. Me pareció oír en la ciudad que la señora Cullen alquila una habitación en casa de cierta señora Clearwater.

—Es mi asistente —confirmó Jacob, sin satisfacer su curiosidad. Luego rodeó con un brazo los hombros de la joven, que se acercaba con la dirección del sastre—. Además estamos comprometidos.

Puesto que no parecía haber más explicaciones, el inglés tomó la nota.

—Sé que estáis ocupado, señor Black. No os retendré más.

—La verdad es que tengo a una clienta esperando —reconoció él, echando una mirada de preocupación a la señora Wesley. Leah la había entretenido mostrándole los últimos bocetos, pero aun así era urgente regresar a su lado.

Lord Witherdale volvió a levantar la cabeza y, como si fuera un hábito, se balanceó sobre la punta de los pies, mirando en derredor.

—Pues... he escuchado de diversas fuentes bien informadas, que la señora Cullen trabaja ahora aquí. Dadas las circunstancias, podría ofenderse si no le presentara mis respetos.

—Temo que la señora Cullen está indispuesta y no puede recibir a nadie. En realidad, en estos momentos no está siquiera en la tienda.

—En ese caso tened a bien transmitirle mis saludos. —El inglés se inclinó cortésmente y se retiró diciendo—: Os deseo buenos días, señor.

En cuanto la puerta se hubo cerrado tras Su Señoría, Jacob dejó escapar un suspiro de alivio y continuó su conversación con Isabell Wesley. Para deleite suyo, la viuda había aprovechado su ausencia para escoger varios diseños entre los de Alice.

Completamente dedicado a mostrar las telas más favorecedoras, no solo para esos modelos, sino también para la belleza de la clienta, Jacob no reparó en el regreso de Alice. Solo más tarde descubrió rastros de llanto en sus ojos y en su nariz. Hubiera querido asegurarle que Jas se preocupaba intensamente por ella, pero no podía faltar a la confianza de su amigo. A cambio, a fin de mantenerla atareada, le encargó terminar varios diseños más, con lo que tendría la mente ocupada para el resto del día.

Las dos primeras semanas pasaron deprisa para Alice, sobre todo porque Jacob la animaba constantemente a crear más vestidos, con lo que le dejaba poco tiempo para pensar en su deprimente situación, aun por la noche, cuando se acostaba en su pequeño dormitorio. Ya había terminado una serie de dibujos que merecieron las alabanzas del modisto y despertaron el interés de sus clientas. Esa mañana, después de elegir varias telas que se podían utilizar para los últimos diseños, ella estaba nuevamente en su escritorio, dedicada a terminar otro figurín. De pronto oyó una voz femenina familiar, cargada de alegría y despreocupación, que provenía del salón delantero. Con el corazón regocijado y una sobrecogedora sensación de alivio, comprobó que la familia de Jasper no la había condenado al ostracismo, tal como empezaba a sospechar. Al levantar una mirada ansiosa, vio a su diminuta cuñada casi oculta tras la alta silueta del diseñador. Pese a todo, pudo ver que Bella disimulaba pudorosamente su estado con una capa ligera; la bella y simpática mujer lucía un elegante sombrero, con las cintas atadas bajo el bonito mentón. En ese momento las plumas se movían en sentido contrario, mientras Bella rechazaba los amables ofrecimientos del caballero.

—En mi estado actual, absolutamente nada, señor Black —la oyó decir, con mucha formalidad, pese a que él era íntimo amigo de su esposo y de su cuñado. Siempre decía que era mucho mejor ser prudente en presencia de oídos indiscretos y de lenguas que tendían a deformar los hechos—. Muchas gracias, de todas maneras.

—Debo suponer que no habéis venido para aprovechar mi talento —se quejó él, en tono de afectuosa diversión—, sino para buscar la compañía de vuestra hermosa cuñada.

Jacob sintió cierto pesar por verse obligado a dedicar tanto tiempo a tratar con mujeres petulantes y avariciosas, en vez de disfrutar de la compañía de amigos queridos, a la cabeza de los cuales estaban los Cullen. Sin embargo, muchas de sus clientas le resultaban simpáticas. Si no hubiera sido tan amigo de Edward y Jas, sin duda le habría gustado tratar con sus esposas. A pesar de que los cotilleos condenaban a la señora Wesley por descarada, él prefería sobradamente su presencia a la de la señora Brewster. Al menos Isabell no se dejaba detener por tontos prejuicios cuando deseaba algo. Aun así, era un raro placer encontrarse con dos mujeres muy bellas y más interesadas por sus respectivas familias que por los lujos de la vida. Por esa razón no le sorprendió en absoluto ver a Bella Cullen en su tienda.

La menuda mujer inclinó la cabeza con un gesto de asentimiento.

—Vuestra suposición es correcta, señor. Si me permitís la confianza, me gustaría charlar con Alice. Está aquí, ¿verdad?

Jacob movió cordialmente el brazo hacia el lugar que se había convertido en dominio de su nueva asistente.

—Allí la tenéis, aguardando vuestra encantadora presencia, señora.

Alice se adelantó para saludar a su visita, algo sorprendida por su propio nerviosismo. Aun así, no dejó de notar que Bella llevaba su embarazo con elegancia e irreductible alegría. Su bello rostro parecía brillar con un esplendor que, además de provocar la envidia de las damas, deslumbraba a unos cuantos caballeros, a menudo intrigados por la efervescencia de las mujeres en ese estado.

Entre alegres risas, Bella dio un afectuoso abrazo a su cuñada y dio un paso atrás para una rápida inspección. Luego suspiró, exagerando su alivio.

—Gracias a Dios, no te han quedado marcas después de que te arrastraran por ese pantano.

Alice tuvo que contener una mueca al comprobar que Bella estaba enterada de su estúpida fuga.

—Es que no me arrastraron, querida. La cosa fue bastante más suave. Los ojos de zafiro centellearon.

—Ya lo imagino. Jasper siempre ha sido mucho más civilizado que Edward. Me estremezco al pensar cómo habría reaccionado mi esposo en similar situación. Cierta vez, antes de casarnos, huí de él, pero a partir de entonces nunca pude reunir suficiente coraje. Si me hubiera atrevido a adentrarme en la espesura, como tú, me habría soltado una regañina peor que ningún azote. — Bella fingió estremecerse, con la certeza de que el formidable temperamento de su esposo habría entrado en ebullición si ella hubiera arriesgado su vida con tal temeridad—. Pero me gustaría saber qué te llevó a fugarte, Alice. Si no te opones, podríamos tomar el té con emparedados en algún lugar tranquilo y conversar un rato.

Alice no podía ignorar tan alegremente su condición de empleada a sueldo de Black Alta Costura.

—Me encantaría, Bella, pero debo quedarme a terminar unos diseños que...

—Tonterías —intervino Jacob, abandonando lo que estaba haciendo a poca distancia—. No permitiré que rechacéis una invitación de mi clienta favorita. Es mediodía y tenéis que alimentaros bien, como toda futura mamá. ¿Queréis dar a vuestra cuñada la impresión de que soy un negrero? ¡Mujer, arruinaríais mi tienda!

Bella le devolvió una sonrisa agradecida.

—Al menos sé que se me aprecia.

El respondió con una garbosa reverencia y una sonrisa de oreja a oreja:

—Permitidme aseguraros, señora, que siempre sois muy apreciada aquí. Sin la belleza y la gracia con que lleváis mis diseños no estaría hoy donde me encuentro. Y para completar mis alabanzas, os diré que en estos momentos mi local alberga a tres de las mujeres más bellas de las Carolinas, cada una de las cuales, por su elegante buen gusto en materia de ropa, ha atraído a una legión de clientas hacia mi establecimiento.

Bella lo miró con fingida altanería.

—Me sentiría mucho más honrada por estas alabanzas vuestras, señor, si no os supiera capaz de engañar a los mismos duendes con vuestras adulaciones. Pero como yo también soy irlandesa no puedo ofenderme.

Jacob se llevó caballerosamente una mano al pecho, como para hacer un juramento solemne.

—Me brindáis un alivio inmenso, señora. Pero creedme: tanto con respecto a vos como a estas hermosas señoras, a quienes tanto admiro, no me atrevería a hacer esas afirmaciones si no fueran la más pura verdad.

Inmediatamente las cogió del brazo y asumió la agradable tarea de acompañarlas hasta la puerta. Alice apenas tuvo tiempo de recoger su capa y su sombrero antes de que él abriera la puerta.

—Pasadlo bien, señoras.

—¡Santo cielo! —exclamó Alice, mientras la pesada puerta verde se cerraba tras ellas—. Si no fuera por la prontitud con que utiliza algunos de mis diseños, pensaría que trata de echarme.

—Luego echó un vistazo hacia atrás, fingiendo asombro—. Ya temía que me hubiera pillado las faldas en la puerta al cerrar con tanta precipitación.

Bella, con una risa divertida, enlazó su brazo al de su cuñada para dirigirse hacia el salón de té.

—Si no te molesta, me apoyaré un poco en ti mientras camino, querida. Este bebé parece

tratar de abrirse paso antes de tiempo, pero no me atrevo a decir nada a Edward. De lo contrario me obligaría a guardar cama.

Alice la miró con aire preocupado.

—¿Crees que es prudente alejarte tanto de Harthaven, si estás a punto de cumplir y te sientes así?

—Tal vez sea algo arriesgado, la verdad —reconoció Bella—, pero debía hablar contigo sobre Jasper. Y cuando tenga al bebé, escapar será más difícil.

—¿Acaso Jas te ha pedido que vinieras a hablar por él? —preguntó Alice, que ansiaba convencerse de su interés. Su cuñada quedó claramente sorprendida.

—Por supuesto que no, querida. Si conocieras mejor a tu marido sabrías que él atiende sus asuntos a su modo y cuando le parece. No necesita que yo o su hermano nos hagamos cargo. Es muy capaz de resolver sus problemas sin ayuda de nadie... —con un pequeño encogimiento de hombros, añadió—:... por mucho que quisiéramos ofrecerle nuestros servicios.

—Pero ¿cómo has sabido de mi fuga al bosque?

—Me lo ha dicho Cora, bonita. También me ha dicho que esperabas un hijo. Alice gimió de disgusto, con las mejillas encendidas.

—Solo falta que se lo haya dicho al pregonero de la aldea.

La risa de Bella resultó contagiosa, y no tardaron en atraer miradas curiosas de los transeúntes. De cualquier modo, su presencia ya había sido detectada por unos cuantos vecinos de la ciudad y la zona circundante. Las altaneras matronas, francamente escandalizadas, levantaban el mentón ante la idea de que una mujer en los últimos días de su embarazo osara presentarse en público. Otros se mostraban cínicos, sobre todo por las conjeturas de que cierto asesino, perteneciente a la encumbrada familia Cullen, continuaba en libertad pese a haber pruebas irrefutables de su culpabilidad. Unos pocos parecían sinceramente extrañados por la amistosa actitud de las dos cuñadas, cuando todo el mundo sabía que Jas y Alice tenían serias intenciones de cortar el vínculo matrimonial. Bella no prestaba ninguna atención a las miradas que iban cosechando, pero a Alice le resultaban mucho más difíciles de ignorar. Después de todo, era su matrimonio el que se deshacía y su esposo, el que esas gentes tendían a condenar.

—Se diría que Charleston es una ciudad demasiado grande y transitada como para que su población tenga puntos de vista tan estrechos —comentó en voz alta, dando muestras de irritación, mientras entraban en el salón de té.

—No vayas a pensar que te han escogido como víctima, querida. Les interesas tanto como Jacob y Leah, la reciente viuda Wesley y toda una multitud, incluidos Edward y yo. En general, esos chismosos llevan vidas muy aburridas; por eso deben exagerar las dificultades ajenas con rumores y conjeturas, aunque todas sean absolutamente falsas. Los encontrarás en todas las ciudades del mundo. Tal como has dicho, Charleston no es la excepción.

La propietaria del local saludó a Bella con la cordialidad que merecen los clientes favoritos. Pronto estaban sentadas en una discreta mesa de la parte trasera. Después de ofrecerles solícitamente las distintas opciones, la mujer desapareció para regresar pocos momentos después, con una tetera llena y una bandeja llena de magníficos emparedados.

Bella dejó sus guantes a un lado y sirvió el té. Luego, mientras mordisqueaba un emparedado de pavo y berros, observó a su cuñada con gran atención, hasta que ya no pudo prolongar más su silencio.

—Si no me equivoco, bonita, pareces algo inquieta por toda esta idea de la separación. ¿Te molestaría discutirlo con alguien que promete no repetir una palabra a alma viviente?

Alice reflexionó un largo instante, mientras elegía un emparedado que no hizo esfuerzo alguno por comer. Luego exhaló un suspiro pensativo.

—En primer lugar, Bella, debes saber que estoy muy enamorada de Jasper. Las encantadoras cejas de su cuñada se elevaron por un momento.

—Eso no me sorprende, Alice. En los años que llevo casada con Edward, los rumores han confirmado mis sospechas de que Jasper siempre ha sido el favorito de las mujeres. Lo adoran todas, jóvenes y viejas por igual. Algunas se desviven por mimarlo. La señora Brewster se desmaya por él desde hace siglos; basta que él esté presente para que parlotee de puro nerviosismo, y está convencida de que cuanto él haga estará bien... al menos hasta ese horrible asunto de Charlotte. En realidad, no me explico que Jasper se las haya arreglado para no ser el hombre más malcriado de la tierra. —Bella miró a su compañera a los ojos, con una tierna sonrisa—. Y bien, dime qué piensas hacer tú.

Ella parpadeó, con la vista empañada por una súbita humedad.

—Me temo que, si las cosas continúan así, Jasper me pedirá el divorcio. Por las noches no puedo dormir con solo pensarlo. La bella morena puso cara de perplejidad.

—Vamos a discutir este asunto más en profundidad, antes de que me empantane por completo en esta confusión. Cora me ha dicho que huíste de Oakley poco después del asesinato de Charlotte; aunque no conoce los detalles exactos de tu mudanza a Charleston, ella supone que ha sido idea tuya. ¿Y tú dices temer que sea Jasper quien quiera terminar con vuestro matrimonio?

—Bella reunió valor suficiente para preguntar—: Dadas las circunstancias, Alice, ¿podrías reprochárselo?

—Fue él quien me alejó —admitió su cuñada, en voz baja. Bella, compadecida, alargó una mano consoladora para cubrir la que jugueteaba con el tenedor, nerviosa.

—Lo siento, querida. Ignoraba que Jasper hubiera hecho eso. Pensaba que te habías marchado por propia voluntad. Al menos eso es lo que Cora creía.

—En realidad, en un principio fue así. Cuando me adentré en el bosque, quiero decir. Pero fue solo porque estaba atrapada en una pesadilla; no dejaba de ver a Jasper apuñalando a Charlotte. Cuando él me encontró en el pantano, nos refugiamos de la lluvia en la cabaña de Pete el Rojo. Alec Hyde, que nos retuvo un rato allí a punta de pistola, aseguró haber presenciado el asesinato de Charlotte y dijo que el homicida era Jasper. ¿Qué podía pensar yo? Sé perfectamente que Alec bien pudo hacerlo él mismo, porque he visto mi propia vida amenazada por ese criminal, pero parecía sinceramente convencido de que Jasper había asesinado a la muchacha.

Bella, que esperaba esas aprensiones, decidió compartir con ella algunas de sus experiencias.

—Hace algunos años, Edward estuvo bajo sospecha por la muerte de Tanya Denali, la antigua propietaria de Oakley. En realidad, cuando la asesinaron Rhys Townsend vino a arrestarlo. Por entonces, tras haber pasado más de un año junto a él, viendo lo tierno y abnegado que era como padre y esposo, yo estaba segura de que Edward no podía haber hecho algo tan brutal, ni siquiera en un arranque de cólera. Tú y Jasper no habéis tenido mucho tiempo para conoceros bien, pero si te sirve de algo, querida mía, estoy segura de que no está en su carácter matar a nadie, a menos que vea gravemente amenazada su propia vida o la de algún miembro de su familia. Tengo la certeza de que no puede haber matado a Charlotte. Es demasiado noble...

—Sí —admitió Alice, dolida—. Y tan endiabladamente encantador, guapo, comprensivo y... y...

—¿Tan Jasper? —sugirió dulcemente su compañera, dándole palmaditas consoladoras en la mano—. Mi cuñado es la ecuanimidad personificada. No es jactancioso ni tímido, ni inseguro ni arrogante, ni demasiado orgulloso ni demasiado humilde. Sin embargo —añadió, levantando un fino índice para acentuar su argumento—, eso no significa que no sea totalmente capaz de tomar decisiones que nos desconcierten por completo. No es un santo, pero tampoco un cachorro manso, dispuesto a aceptarlo todo, a pedirte perdón y a adularte para que lo hagas. Tiene su orgullo. Y si no confías en él, dejará que pagues las consecuencias. Al fin y al cabo es hombre, capaz de mostrarse más duro que cuero mal curtido, pero justamente por eso le quiero y le admiro más.

Alice exhaló un triste suspiro.

—Desde que nos casamos no le he traído sino problemas. No puedo olvidar que todo esto se inició por culpa mía, porque no soportaba la idea de convertirme en la querida del señor Vulturi.

—Tonterías, bonita. Los problemas comenzaron a gestarse cuando Charlotte se metió en la cama de Jasper. Y eso ocurrió mucho antes de que tú aparecieras.

Al estudiar el bello rostro de su cuñada, Alice se sintió inducida a interrogarla sobre ese incidente.

—¿Te ha dicho Jasper cómo sucedió?

—No me ha dicho nada.

—¿Y cómo sabes tú...? Bella sonrió.

—Cora me hace muchas confidencias, querida. Se crió en Harthaven, Jasper necesitaba una mujer de confianza, a quien pudiera encargarle el cuidado de la casa en su ausencia. Y nosotros contábamos con Sue, que es buena como el pan. En cuanto a esa noche en que Charlotte quiso seducir a Jasper, parece que casi todos los sirvientes despertaron cuando él la sacó a empellones de su habitación, envuelta solo en una manta. De inmediato encomendó a Cora buscar ropas para la muchacha y preparar su maleta. Por lo que tengo entendido, Jasper dio una serie de órdenes y regresó a su cuarto; a partir de ese momento, Charlotte quedó a cargo de los sirvientes. Kingston la ayudó a subir al carruaje y Thaddeus la llevó a Charleston, donde le consiguió alojamiento en una posada, con los fondos que Jas había tenido la bondad de suministrarle.

—Su bebé se parece un poco a Jasper —murmuró Alice, por lo bajo.

—Oh, querida, ha de ser pura coincidencia —adujo Bella—. Jasper nunca habría actuado así solo por fingir ante los sirvientes. Cora jura que nunca en su vida lo vio tan enfurecido. Dice que, cuando llegó a la casa, lo encontró despotricando contra «esa chiquilla que aún debería estar jugando con muñecas y no con los hombres». Al parecer, Charlotte lo despertó de un profundo sueño. No hay manera de saber qué hizo para provocar su ira, pero sospecho que no se limitó meramente a besarlo.

Alice no concebía la posibilidad de que Cora hubiera mentido. Lo más probable era que el ama de llaves hubiera relatado el incidente tal y como había sucedido. Además, ella había oído a Kingston reprochar duramente a Charlotte lo que había hecho un año atrás. El mayordomo había echado toda la culpa a la muchacha, sin mencionar a Jasper.

También cabía imaginar que, ante un hombre tan apuesto como su esposo, una muchacha como Charlotte, que obviamente alimentaba una profunda obsesión por él, se mostrara bastante audaz tras haber iniciado la seducción. Y puesto que Jas acostumbraba a dormir sin ropa, ella podía haber dado rienda suelta a sus fantasías, cuando menos hasta que él despertó.

De súbito Alice empezó a sentirse muy arrepentida por haber permitido que la chica la distanciara de su esposo.

—Me avergüenza admitirlo, Bella, pero no he sido una esposa muy leal. Permití que las acusaciones de la muchacha se interpusieran entre Jasper y yo, tal como me dejé convencer de que él podía ser un asesino. Ahora que he tenido algunas semanas para reflexionar sobre aquella sangrienta escena del establo, comprendo que huí sin haber dado a Jasper oportunidad alguna de explicar lo sucedido. Tiene pleno derecho a sentirse ofendido por mi falta de confianza.

Bella volvió a cubrirle la mano con un gesto consolador.

—Hubo un tiempo en que creí odiar a mi esposo. No puedo negar que le temía.

Alice levantó la vista, estupefacta. Siempre había pensado que ese matrimonio había sido idílico desde un comienzo. Viéndolos ahora tan enamorados, era inconcebible que en algún momento se hubieran sentido mutuamente insatisfechos.

—No tenía la menor idea.

—Aun después de casarme con Edward, lo consideraba un perfecto tirano —reconoció su cuñada, con los labios curvados en una sonrisa distante—. Pero cuando llegamos a Charleston desde Inglaterra, ya estaba convencida de que era el hombre más magnífico que el mundo hubiera creado. Aunque por entonces estaba totalmente enamorada, el orgullo continuó haciendo de las suyas. En realidad, pasó todo un año desde que concebí a Emmet antes de que pudiéramos echar abajo nuestras barreras. Ahora tú y Jasper tenéis dificultades tan serias como las tuvimos nosotros entonces. Francamente, espero que este tipo de cosas no se conviertan en tradición familiar. —Tamborileó con los dedos sobre el vientre hinchado—. Porque si es así, compadezco a los que nos sigan.

Alice se estremeció al pensar en lo que cosecharían los hijos, si sus males pasaban a ellos.

—Confiemos en que ninguno de nuestros seres queridos vuelva a ser sospechoso de asesinato, como Jasper y Edward.

Bella expresó su acuerdo con un murmullo, pero luego pasó rápidamente a un tema menos preocupante.

—Me gustaría mucho que te plantearas la posibilidad de vivir con nosotros en Harthaven, Alice, hasta que tú y Jasper hayáis resuelto esta separación. Puedes quedarte todo el tiempo que ambos necesitéis para limar vuestras diferencias.

Aunque conmovida por la invitación, Alice meneó la cabeza.

—Te lo agradezco, Bella, pero no es posible. No creo que Jasper pudiera visitaros sin sentirse incómodo en mi presencia. Además, detesto involucraros en este asunto.

—Es que ya estamos involucrados, querida. Somos de la familia.

—Por supuesto, pero no sería justo que me interpusiera entre Jasper y los suyos. Con evidente tristeza, Bella murmuró:

—Edward me dijo que te negarías. Pero he querido intentarlo.