Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones
Capítulo 23
— ¡Señora Alice! ¡Señora Alice!
Tres días después, Tizzy entraba por la tarde en la tienda, llena de ansiedad.
—Ha venido el cochero del señor Edward. Dice que la señora Bella está de parto y pregunta si usted puede ir a ayudar.
Alice se levantó inmediatamente. Iba a correr en busca de Jacob para pedirle permiso cuando lo vio acercarse a paso rápido.
—¡Id, id ya! —le instó él, señalando la puerta—. No os molestéis en ordenar vuestro escritorio. Leah guardará todo. Quedaos allí tanto tiempo como sea necesario. Si surge algo que no pueda esperar, sabremos dónde encontraros. Id, id ya a prepararos. El viaje será largo.
—Le he preparado una maleta, señora Alice, por si el bebé tarda lo suyo en llegar — informó Tizzy—. Está en el coche del señor Edward. Si usted quiere, puede partir ahora mismo.
—Gracias, Tizzy. —Alice ya estaba en marcha, arrastrando por el suelo el manto que había descolgado del perchero.
Un momento después cruzaba el umbral, mientras el empleado le sujetaba la puerta. El cochero ya había acercado el carruaje y la esperaba con la portezuela abierta.
—Buenas tardes, señora Alice —saludó, quitándose el sombrero—. Perdón por la prisa. El señor Edward estaba como loco, preocupado por su mujer. Me pidió que usase el látigo con los caballos para llevarla cuanto antes.
—Gracias por venir hasta Charleston por mí, James. —La joven apoyó una mano en aquella gran zarpa enguantada para subir al coche. Sus zapatillas apenas tocaron los peldaños en su precipitado ascenso. Una vez instalada en el asiento, el carruaje se bamboleó al subir el sirviente. Pronto se pusieron en marcha.
En cuanto la ciudad quedó atrás, James mostró una innegable prisa. Una y otra vez su látigo restallaba sobre las cabezas de los cuatro caballos. Aunque los cascos arrancaban la superficie del camino, el hombre no les daba tregua. Era obvio que obedecía a su amo al pie de la letra.
Las sombras cayeron sobre la tierra antes de que James se desviara por la larga senda que conducía a Harthaven. Al final del camino bordeado de robles, las luces encendidas de la casona creaban un ambiente de bienvenida. En cuanto el carruaje se detuvo ante la escalinata, Edward cruzó apresuradamente el porche para salirle al encuentro. Abrió de inmediato la portezuela y le ofreció una mano para bajar.
—Me alegra que hayáis podido venir —murmuró, visiblemente aliviado. Luego la llevó del brazo a través del porche—. Bella ha dicho que vosotras dos sois como hermanas, casi tanto como lo somos Jasper y yo. Se ha encaprichado con la idea de teneros a su lado y no hubo manera de quitársela. —Reía entre dientes, pero sin la habitual despreocupación—. Ordené a James que os subiera al coche por la fuerza, si era necesario, pero él se echó a reír. Dijo que os traería sin llegar a esos extremos.
—Bella no corre ningún peligro, ¿verdad? —inquirió ella, preocupada, mientras su cuñado le abría la puerta principal. Reparó con extrañeza en la gran estatura de su cuñado, pero luego se dijo que Jasper era igualmente alto; tal vez solo le llamaba la atención porque llevaba más de tres semanas alejada de él.
—Sue ha dicho que todo marcha como debe ser —informó Edward. Pero en la breve pausa siguiente exhaló un suspiro tembloroso—. Puesto que eso podría significar un montón de cosas, no me tranquiliza demasiado.
Cuando entraron en el dormitorio principal Bella estaba en medio de una dolorosa contracción, pero aun así logró sonreír a la recién llegada. Al fin pudo relajarse y apoyar la cabeza, en la almohada, regulando su respiración; tras descansar por un momento pudo dedicarle una verdadera sonrisa. Pese al frío seco que reinaba, tenía el pelo mojado y gotas de sudor en la cara. No obstante, como si no diera importancia al dolor que acababa de soportar, alargó una mano hacia Alice, invitándola a acercarse.
—Perdóname si no he podido saludarte debidamente, pero este bebé se encapricha en requerir toda mi atención. El parto se ha iniciado hace algunas horas; no creo que tarde mucho en nacer.
Alice le estrechó la mano con afecto y logró esbozar uní temblorosa sonrisa.
—James se ha encargado de traerme tan pronto como ha sido posible —comentó. A pesar de su preocupación, trataba de mostrarse distendida—. No creo haber hecho en mi vida un viaje tan rápido.
Bella gimió con fingida indignación:
—No era mi intención hacer que te mataran de miedo, querida. Bien habría podido esperar media hora más.
—Quizá nuestro vastago no habría esperado tanto —intervino su esposo, apoyando una rodilla en el otro lado de la cama; luego le cogió la mano libre—. Cuando mandé a James por Alice ya teníais fuertes contracciones. Ahora se han hecho más frecuentes. Francamente, querida, no sé cuánto más de esto podré soportar.
Bella y Alice festejaron su seco humor con una sonrisa. Luego su esposa le deslizó una mano cariñosa por el brazo.
—Resistiréis.
—Lo que empeora las cosas es haber prometido que estaría a vuestro lado hasta el final — confesó Edward—. Ya siento flojas las rodillas ante la perspectiva.
—La idea no fue mía sino vuestra —acusó dulcemente Bella—. Puedo arreglármelas sin vos.
Él apoyó una mano suave en la sábana que cubría el vientre hinchado.
—¿Quién es responsable de este bebé?
—Los dos —reconoció ella, con una sonrisa.
—Pues bien, los dos estaremos aquí cuando nazca. —Se llevó aquella mano a los labios para un afectuoso beso; los ojos verdes miraban al fondo de los suyos—. Decidme ahora, querida mía, ¿cómo os sentís?
—Estoy bien —aseguró ella, enlazando los dedos a los suyos, mientras alzaba los ojos de zafiro para estudiarlo con preocupación—. ¿Y vos?
Edward estiró la mano libre para jactarse:
—¿No veis? Firme como una roca.
—Sí, y yo soy el tío de mi madre —replicó Bella, estrechando aquella manaza con una risa sofocada.
Apenas media hora después una criada llamó suavemente a la puerta. Cuando Edward abrió, la joven negra anunció en vos baja:
—Ha venido el señor Jasper, señor. Está abajo.
—Gracias, Melody. Dile que bajaré enseguida.
Tras cerrar la puerta se encontró con la mirada de Alice. De pronto se la veía insegura, pero él no sabía cómo tranquilizarla, Se encogió de hombros, indefenso.
—Jacob debe de haberle mandado aviso.
—¿A Oakley?
—Probablemente a la casa de Charlest... —Se interrumpió abruptamente al comprender que acababa de traicionar una confidencia. Ante la creciente confusión de Alice, ofreció una excusa que, en realidad, no estaba muy lejos de la verdad—... Últimamente Jas ha tenido mucho trabajo en la empresa. Como no quería viajar todos los días, ha alquilado a un amigo una casa en la ciudad.
Alice abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla de inmediato, pues estaba al borde de las lágrimas. Como Oakley estaba a una hora de Charleston, se había consolado pensando que su esposo no tenía tiempo para visitarla, puesto que sus múltiples negocios lo mantenían tan ocupado. Pero si había pasado todo ese tiempo en la ciudad, solo cabía pensar que la evitaba deliberadamente.
Por miedo a que su aparente fortaleza se desmoronara del todo, carraspeó, buscando valor para hacer una pregunta:
—¿ Lleva mucho tiempo allí?
—No estoy seguro. Solo un par de semanas, según creo. He perdido la cuenta. —Parecía una excusa muy trillada, pero era la verdad. Preocupado como estaba por lo que Bella debería pasar al nacer el niño, no había pensado en otra cosa.
—Edward —llamó Bella desde la cama.
—¿Sí, amor mío? —El se acercó, agradecido por la interrupción. No obstante, percibió en la mente de su esposa algo que no necesariamente lo involucraba.
Ella le estrechó la mano grande, sonriéndole con dulzura.
—Bajad a recibir a vuestro hermano. Dejadme a solas con Alice, por favor.
Edward comprendió que pensaba decir toda la verdad a su cuñada, y realmente, sería mejor para todos que él no estuviera presente. Se retiró de buena gana, para no ser testigo de las lágrimas que sin duda correrían.
—No hagáis nada durante mi ausencia —le instó con débil humor—. He prometido acompañaros hasta el final. Y ya sabéis que siempre cumplo mi palabra.
—Aunque os desmayéis en el intento —bromeó Bella, ofreciendo la cara al beso cariñoso.
—¿Yo? —Él irguió la espalda, clavando un dedo contra el pecho, con aire de total incredulidad. Ante el sonriente gesto afirmativo de su esposa, fingió un semblante dolido—.Qué vergüenza, señora. Yo no sería capaz de semejante cosa.
—No, por supuesto —admitió ella, dulcemente. Y le estrechó los dedos antes de dejarlo ir. Cuando la puerta se hubo cerrado, indicó a Alice que se acercara por el lado izquierdo.
La joven obedeció de inmediato, pero al verla hacer una mueca le cogió inmediatamente las manos.
—¿Hay algo que yo pueda hacer para aliviarte? —preguntó con ansiedad, asombrada ante la fuerza de esa mujercita menuda.
Durante un largo instante, Bella se tensó hacia abajo, sin poder responder, Hasta que la contracción pasó. Entonces lanzó un largo soplido y volvió a inhalar con lentitud. Una vez recuperada la compostura dijo a su cuñada, sonriente:
—Ya no falta mucho.
—Querías hablar conmigo —arriesgó Alice, con suavidad.
—Sí, querida. Solo quería asegurarte que, si Jasper se ha instalado en Charleston, es solo por ti.
—¿Por mí? —La joven rió ante lo absurdo de la idea. Si no fuese por su gran aflicción,
parecía estar imitando las protestas de Edward—. ¡Pero si apenas lo he visto desde que abandoné Oakley! Solo una vez ha entrado en la tienda. Y no me ha mirado siquiera.
—Eso no significa que no esté preocupado por ti. Ha apostado a sus hombres para asegurarse de que estés protegida, principalmente contra Aro. No sé exactamente dónde se encuentran, pero creo que están muy cerca de los lugares donde trabajas y vives. Jasper se ha instalado en Charleston por si hubiera problemas.
—Al parecer, sigue siendo tan honorable como siempre —fue el frío comentario de Alice
—. ¿O acaso me utiliza como cebo para atrapar a Aro?
—Mi querida Alice, estoy convencida de que Jasper te quiere. De otro modo...
—Si me quiere, ¿por qué no ha venido a verme? —la interrumpió ella, con voz débil— ¿Quieres saber lo que pienso? Es solo cuestión de orgullo masculino. Si me tiene custodiada y Aro decide volver con sus rufianes, nadie podrá acusarlo de abandonarme a mis propios medios.
Bella se apretó el vientre con las manos, tensada por una nueva contracción. Pasado un momento jadeó:
—Será mejor que llames a Sue. Creo que la cabeza del bebé comienza a asomar.
Alice bajó a toda prisa la escalera, llamando a la sirvienta. Al oírla, Edward salió del estudio como un poseso. Mientras él se lanzaba escalera arriba, la joven se detuvo bruscamente: una figura alta y bien vestida acababa de aparecer en el vestíbulo.
Jas inclinó la cabeza a modo de saludo y se acercó a paso tranquilo, hasta apoyar la bota en el primer peldaño. Aunque el vestíbulo se había llenado súbitamente de sirvientes que iban y venían a la carrera, llevando toallas y cubos de agua, Alice solo tuvo conciencia de su esposo. Por fin cayó en la cuenta de que Sue había pasado junto a ella hacía algunos segundos.
—Bella se preguntará dónde estoy —balbuceó.
Y giró en redondo, recogiéndose las faldas para subir corriendo. Solo se percató de lo mucho que temblaba después de cerrar la puerta del dormitorio y apoyar la espalda contra ella. De pronto sentía las rodillas tan débiles que no parecían capaces de sostener su peso. Si sus dientes no castañeteaban era solo porque los mantenía muy apretados. Dio un paso inseguro hacia el lecho, asombrada por el efecto causado por la presencia de su esposo, y se regañó por permitir que él desmantelara a tal punto sus defensas. Pero eso no era lo peor: su corazón palpitaba caóticamente en el pecho, como si terminara de correr una violenta carrera.
En esos momentos Bella pujaba con fuerza para sacar a su hijo al mundo. Edward, a su lado, con los largos dedos entrelazados a los de ella, parecía tan sólido como lo sugería su porte físico. Solo Alice notó que la manaza con que le secaba la frente, murmurando palabras alentadoras, temblaba mucho más que antes. En realidad, estaba casi tan temblorosa como la suya.
—Todo va bien, mi pequeña —la alentó Sue, mientras preparaba las mantillas para recibir al recién nacido.
La cabeza de Bella cayó sobre la almohada al pasar el espasmo. Por un momento jadeó como si estuviera totalmente agotada. Luego dejó escapar el aliento en un suspiro y, recobrada la compostura, paseó la mirada en derredor; solo entonces vio a su cuñada, a los pies de la cama, y alargó la mano libre en un gesto de invitación. Alice se la estrechó, mientras luchaba contra las lágrimas provocadas por el nerviosismo. Entre Jasper y Bella, no creía volver a ser la misma.
—Todo está bien —la tranquilizó Bella, sonriendo con valentía—. Acabará muy pronto. No tienes por qué afligirte, querida. Esto va muy bien.
Un momento después contrajo el rostro y volvió a pujar. Pasó al fin la cabeza del bebé, y de inmediato se oyó un grito apagado, colérico, que despertó risas entre cuantos lo escucharon.
—No tiene la potencia del amito Emmet —comentó Sue, con una sonrisa de blancos dientes
—. Esto suena como de niñita. Creo que muy pronto podrá ver a su hijita, señora Bella.
La cabeza se apartó otra vez de la almohada, en el forcejeo del nacimiento. No pasó mucho tiempo antes de que la negra riese de puro gozo.
—Como yo decía: una niñita de pelo negro. Y es una belleza.
—Oh, ya lo creo —asintió Alice, riendo. De pronto su corazón parecía alzar el vuelo.
Sue puso al bebé sobre el vientre de su madre y terminó con los otros menesteres relacionados con el parto. Edward, sobrecogido por el milagro que acababa de presenciar, metió un dedo en el diminuto puño ensangrentado; de inmediato la pequeña cesó de gritar y comenzó a hacer un ruido de succión.
—Bien, ya sabemos qué pedirá pronto nuestro nuevo tesoro —exclamó su padre, riendo.
Sue se llevó a la recién nacida a un rincón del cuarto, para lavarla y vestirla. Momentos después la ponía en brazos de su madre.
—Es bellísima —comentó Alice, orgullosa. Bella contempló la cara pequeña y arrugada.
—Solo una tía cariñosa podría opinar así —rió. Edward se levantó de la cama para acercarse a la puerta, con una gran sonrisa.
—Voy a por Emmet y Jas. Ellos también querrán ver a Suzanne.
Bella estaba concentrada en comprobar que su hija tuviera todo lo necesario; Sue y Melody, en limpiar la habitación y reacomodar la cuna junto al lecho. En la confusión, nadie notó que Alice se escabullía escaleras abajo. Salió por la parte trasera, sin hacer ruido, para ir con premura en busca de la intimidad que ofrecía la letrina. No quería que Jas la viera tan nerviosa. La mera idea de enfrentarse a él otra vez la hacía temblar a tal punto de requerir un retrete. Y su embarazo aumentaba la necesidad.
Lo que menos esperaba era encontrar a Jas esperando junto al cubículo. Enrojeció de bochorno, como si él nunca la hubiera visto correr hacia la bacinilla del dormitorio.
—Perdonad —dijo, alisándose las faldas—. Ignoraba que estuvierais esperando para usar la letrina.
—Os estaba esperando, querida —corrigió él—. Se me informó que James os había traído desde la ciudad; pensé que tal vez querríais volver en mi coche, para ahorrarle un viaje.
Expresado de ese modo, Alice no encontró manera de rehusar.
—Tizzy me ha preparado una maleta, por si debía pasar la noche aquí. Debo ir por ella.
—James me la ha entregado hace un momento, querida. Ya está en mi carruaje —le informó su esposo—. En cuanto haya presentado mis respetos a la madre y a la recién nacida estaré listo para partir. ¿Os parece aceptable?
Alice no supo si ofenderse por el hecho de que él diera su ofrecimiento por aceptado o si sentirse complacida por que Jas se hubiera hecho cargo de todo con su eficiencia habitual.
—Sí, perfecto.
Sin atreverse a tocarla, por miedo a lo que eso pudiera provocarle, Jas señaló con la mano el estrecho sendero que conducía a la casa.
—Después de vos, querida.
Alice apretó el paso por el hollado sendero, sintiendo que la implacable mirada de su esposo la seguía hasta entre las sombras del claro lunar. Sus largas piernas no tuvieron dificultad en alcanzarla; ya estaba en la entrada para abrirle la puerta cuando la joven llegó.
—Gracias —dijo ella, alzando una mirada nerviosa. Por mirarlo con tanto apasionamiento, caminó a ciegas hasta que su cabeza golpeó contra el borde afilado del marco. Se tambaleó hacia atrás, completamente aturdida por el impacto; su vergüenza fue tal que habría preferido caer en un pozo sin fondo.
—¿Estáis bien? —preguntó Jas, alzándole solícitamente la barbilla para evaluar los daños.
Ella se ruborizó, furiosa, con una mano apretada al chichón que se le estaba formando en la frente, mientras se decía que era perfectamente cuerdo desear que la tierra se la tragara. Su esposo trató de apartarle la mano para ver la herida, pero ella estaba demasiado abochornada para permitírselo.
—¡Estoy bien! Dejadme en paz, Jasper.
—No estáis bien —adujo él—. Hay un hilillo de sangre entre vuestros dedos.
Sobresaltada por ese comentario, ella apartó la mano para mirarla, impresionada. Era sangre, realmente; pero lo más perturbador fue que las gotas comenzaban a caerle en el pecho.
—¡Oh, mi vestido! Se me va a estropear.
—Agradezcamos que no haya sucedido lo mismo con vuestra cabeza —observó Jas, mientras aplicaba suavemente un pañuelo limpio al pequeño corte. Una vez limpiada la sangre de la frente, procedió con la familiaridad de un marido a hacer lo mismo con el corpino.
Su diligencia hizo que Alice olvidara inmediatamente las palpitaciones de su cabeza, pues ya sentía que un pezón se encogía, formando un botón apretado, bajo esos toques despreocupados. Sin rastros de su señorial aplomo, se llevó una mano al pecho, sin poder ignorar el hambre de ese pico sensible.
—¡Por favor, Jasper, dejadme en paz!
—Hay que curar esa cabeza, señora —razonó él—, y en este momento todos están ocupados dentro de la casa. Os agradecería que me permitierais atenderos.
—Puedo cuidarme sola.
—No podéis siquiera veros la cabeza.
—¡Oh, está bien! —Como una niña petulante, se dejó caer en una banqueta, cerca de la puerta trasera, e inclinó la cabeza hacia atrás, sin apartar la mano que cubría el pecho— ¡Curadme!
Jas trajo un cubo de agua del pozo y vertió una pequeña cantidad en una lata que pendía de un gancho.
—No tenéis por qué mostraros tan ofendida, Alice —le reprochó con suavidad, mientras mojaba el pañuelo—. He hecho mucho más que tocaros el pecho.
Alice cayó en la cuenta de que debía parecer bastante ridicula sentada allí, cubriendo con la mano su plenitud femenina. Entonces se removió en la silla con aire incómodo y bajó el brazo hasta el regazo. De inmediato sorprendió la mirada que su esposo echaba al corpino. Curiosa por saber qué había provocado su interés, bajó la vista. Al descubrir que el pezón estaba aún fuertemente contraído, se cruzó de brazos con un gemido de humillación, con lo que arrancó a Jas una risa grave.
—Se diría que nunca habéis visto algo así —se irritó.
—Necesito refrescar la memoria —explicó Jas, con una amplia sonrisa—. Ha pasado mucho tiempo.
Ella quería replicar con algo adecuadamente agrio, pero no se le ocurrió nada. Se dejó limpiar cuidadosamente la herida y vendar la cabeza. Después de cubrirse con el manto, siguió a Jasper escaleras arriba, hacia el dormitorio principal.
Cuando llegaron Emmet estaba sentado en la cama junto a su madre, observando inquisitivamente al animalillo que su padre tenía en las manos y haciendo mil preguntas, pues quería saber de dónde había salido esa hermanita. Por fin Edward sostuvo al diminuto bebé con una mano y, alargando la otra, la posó en la manta que cubría el vientre de su mujer, ya notablemente más plano.
—De aquí salisteis tú y Suzanne, hijo. Emmet reflexionó por un momento. Luego volvió a levantar la mirada, inquisitivo.
—Pero ¿cómo nos metimos allí?
Jas se apretó los labios con un nudillo para sofocar la risa, mientras su hermano lo miraba con expresión irritada. Luego se volvió hacia su esposa para estrecharle la mano y dio por fin la respuesta:
—El amor os puso allí, hijo.
—¿El amor? —La voz del niño sonó incrédula—. ¿Como cuando Sue dice que la nidada de pollos es un amor?
Jas echó la cabeza hacia atrás para lanzar una carcajada al techo. Su diversión resultó contagiosa. Pronto la habitación entera resonaba de risas.
Cuando Jas y Alice se despidieron de la familia para iniciar el largo trayecto a Charleston, la oscuridad ya se había asentado sobre la tierra. La joven habría deseado que él acortara el viaje invitándola a pasar la noche en Oakley, pero pronto fue evidente que su esposo no pensaba hacerlo.
Aunque en un principio se sintió tensa y nerviosa por estar sentada junto a Jasper, el agotamiento pudo con ella debido a los acontecimientos del día. Pronto comenzó a cabecear. No se había puesto el sombrero, por miedo a estropear las cintas con otro goteo de sangre, y su frente lastimada era muy vulnerable a los roces contra el interior del carruaje. Despertó con un respingo y, cada vez más irritada, se acomodó contra el respaldo, consciente de que su esposo, imperturbable en un grado enfurecedor, la observaba con incesante persistencia a la luz de la luna.
Cuando apenas había recorrido algunas millas más, los ojos de la muchacha volvieron a cerrarse. Nunca supo exactamente cómo Jas la sentó en su regazo para apoyarle la frente contra su cuello, pues ya había dejado de luchar contra el sueño. Tampoco supo del beso que él le depositó en la coronilla.
Algún tiempo después tuvo una vaga impresión de que la llevaban en brazos a través de una zona oscura. Oyó el ruido de una puerta al cerrarse y de voces apagadas, que parecían subir desde un pozo muy profundo. Más allá se movía una lámpara, arrojando rayos y sombras alargados contra los techos y los corredores. Crujieron los goznes de una puerta que se abría y se cerraba. Un momento después, cuando la depositaron en una cama, reconoció el chirrido familiar. Al oír la voz soñolienta de Tizzy trató de despertar, pero un tono mucho más grave ordenó a la criada volver a su habitación. Un par de manos suaves abrieron los botones y otros cierres, mientras Alice, con un suspiro de satisfacción, volvía la cara contra la almohada. El bebé cambió de posición dentro de su vientre. Fue un movimiento oscuro y distante, como si ella lo hubiera soñado; casi como el calor de una mano grande apoyada en su vientre fresco. Alguien le pasó un camisón por la cabeza; por fin la arroparon con una manta. Luego la lámpara se apagó al final del largo túnel y la oscuridad se cerró en torno a ella, mientras se hundía a mayor profundidad, en un remolino de sueños del que no quería ya salir.
