Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones


Capítulo 24

Dos semanas después, un viernes, ya próxima la hora de cerrar, una figura alta y elegante abrió la característica puerta verde de Black Alta Costura y, quitándose la chistera, se acercó al solitario escritorio, en el fondo del corredor de las costureras. Alice terminaba de guardar sus accesorios de dibujo en un cajón cuando la sombra masculina cayó sobre ella. Levantó la vista, segura de que se trataba de su jefe, que venía a hacerle alguna pregunta sobre uno de sus diseños. Varios minutos antes había subido con Leah, en busca de algunas muestras de tela, una de las cuales pensaba utilizar para el diseño que Alice había terminado algo más temprano.

Cuando su mirada se posó en su propio marido, la asaltó una avalancha de impresiones muy parecidas a las que habían sido decisivas para que aceptara su proposición matrimonial, cuando hacía apenas una hora que se conocían. Su apostura viril la impresionaba de igual manera; la sonrisa, con las depresiones gemelas en las mejillas, era igualmente conquistadora; sus ojos verdes, tan luminosos como siempre. La única diferencia detectable estaba dentro de ella. No recordaba que su corazón hubiera latido entonces con un ritmo tan caótico, aun cuando él la apartó de la trayectoria del coche. Tampoco era posible que la emoción le hubiera calentado las mejillas como ahora las sentía arder.

—Cuando regresamos de Harthaven no tuvimos oportunidad de conversar —murmuró él— He venido para preguntaros cómo estáis. ¿La cabeza está mejor? No veo señales de cicatriz.

Jas la recorrió toda con la mirada, mientras ella rodeaba el escritorio. Aunque el atractivo vestido a cuadros verdes y azules disimulaba su estado, el embarazo ya era obvio. Pero ya al desvestirla en su pequeña habitación de la casa de Leah, Jas había reparado en el pequeño vientre redondeado y en los pequeños movimientos que le hicieron posar una mano allí, para sentir a su hijo moviéndose dentro.

—No. Como veis, ya está curada —murmuró ella, tratando de dominar su alegría—. Y me siento muy bien.

Hacía poco más de un mes que había abandonado su casa, pero a veces le parecía un año. En todas sus reflexiones sobre la culpabilidad o la inocencia de su esposo no había llegado a comprender lo mucho que lo echaría de menos; eso vino solo cuando comenzó a asediarla el temor de no volver a verlo. Ese miedo había echado profundas raíces en su corazón; entonces comprendió lo que significa estar desesperada por un hombre. Si Charlotte había sufrido por la indiferencia de Jasper tanto como ella en esas torturantes semanas, era fácil comprender por qué a veces la muchacha se sentía impulsada a exigir su atención.

—¿No padecéis ninguna de las molestias habituales del embarazo? —preguntó él, solícito.

—Ninguna que tenga importancia. Solo un letargo que me induce a dormir a cualquier hora.

Desde luego, al estar trabajando no puedo hacerlo.

—No, supongo que no.

—¿Cómo están Bella y el bebé? He estado pensando tomar un coche de alquiler para ir a visitarlas, pero han venido tantas clientas a ordenar el guardarropa de primavera que apenas tenemos tiempo de respirar.

—Bella y el bebé están muy bien —respondió él—. Suzanne ha logrado dormir varias veces desde el anochecer hasta el alba, para gran placer de sus padres. Eso de amamantar a un bebé cada cuatro horas, noche tras noche, acaba por fatigar el cuerpo. Claro que esa tarea recae por entero sobre la madre, aunque el esposo se esfuerce por ayudar.

Alice abordó, vacilante, un tema que la tenía preocupada.

—Por algunos comentarios que he oído en la tienda, tengo entendido que ahora somos de gran interés para los chismosos —aventuró, siguiendo con el dedo el brazo del pequeño maniquí francés que tenía en su escritorio. Y continuó, sin atreverse a enfrentarse con su mirada—: Hasta he oído decir que habéis hablado con vuestro abogado para poner fin a nuestro matrimonio.

Un bufido desdeñoso expresó lo que Jas pensaba de esos cotilleos.

—No creáis todo lo que oís, querida mía, ni siquiera una parte. Jamás haría eso, a menos que fuera vuestra voluntad. —Inclinó pensativamente la cabeza a un lado, mientras ella elevaba lentamente los ojos para enfrentarse con su mirada—. ¿Lo es?

—No, de ninguna manera —se apresuró ella a responder, con una risilla incómoda—. Solo tuve miedo de que fuera verdad, puesto que estabais tan enfadado conmigo cuando partí de Oakley.

—¿Miedo? —repitió Jas, extrañado por las palabras utilizadas.

—Miedo, preocupación, inquietud. Todo significa más o menos lo mismo —aseveró ella, lúgubre.

—Es cierto, Alice, pero ¿decís que eso os preocupó al punto de haceros sentir miedo? Ella dejó escapar un suspiro tembloroso y asintió espasmódicamente.

—Sí.

—¿Significa eso que dudáis de mi culpabilidad en la muerte de Charlotte?

Esa pregunta directa le llenó los ojos de lágrimas. Con timidez, se enfrentó a la mirada inquisidora de su esposo.

—Todavía no he podido llegar a una conclusión definitiva sobre lo que sucedió aquella noche, si a eso os referís. En ocasiones me parece una tontería sospechar siquiera que pudierais cometer semejante brutalidad. Luego despierto de una pesadilla recurrente, en la que vuestro aspecto cambia ante mi vista. Os convertís en un demonio que me estremece de miedo.

Jas no había olvidado los delirios atormentados que le había oído en la cabaña de Pete, mientras dormía a su lado. En vez de agitar dolores pasados, le pareció mucho más prudente cambiar de terna.

—He venido a invitaros a cenar, querida.

—¿En Oakley? —¿Pensaría de verdad quebrar su reticencia, permitiéndole pisar su casa otra vez? Sin atreverse casi a respirar, aguardó la respuesta como si estuviera a punto de recibir una sentencia entre la vida y la muerte.

—En un restaurante, aquí en la ciudad —corrigió él. De inmediato se preguntó si el suave brillo de sus ojos se había apagado un poco o si solo era fruto de su imaginación—. Si la idea os parece aceptable, cenaremos fuera y luego os acompañaré a casa de Leah. Si no estáis en condiciones de caminar, alquilaré un coche. En este momento no tengo el carruaje. Tuve que mandar a Thaddeus de regreso a Oakley con algunos recados.

Alice se arrepintió de no haberse puesto un vestido más elegante.

—Debería arreglarme un poco.

—Tonterías, querida. Estáis tan encantadora como siempre. Esa generosa declaración la animó considerablemente. Aun así le provocó una risa dubitativa.

—Lo dudo mucho, Jasper. Él miró a su alrededor.

—¿Tenéis alguna capa? Hay más humedad que de costumbre y el clima es sofocante, lo cual me induce a pensar que pronto habrá niebla.

Alice señaló el perchero donde había dejado su abrigo de lana.

—La capa es de Leah; el abrigo, mío.

Retiró de un armario cercano una bonita boina escocesa y, de pie frente a un alto espejo de plata, procedió a ponérsela. Después de calársela audazmente, echó un vistazo a su marido, para asegurarse de que aún estuviera allí, todavía dispuesto a dejarse ver públicamente con ella. Estaba, sí, y se volvió a mirarla mientras retiraba su capa de la percha. Ella sonrió súbitamente, sin prestar atención a lo que hacía, mientras hundía un largo alfiler de sombrero en la pana azul. Muy pronto lamentó la distracción, pues la punta se le clavó en el índice. Su exclamación sobresaltada atrajo de inmediato a Jas, pero por entonces ella ya había arrojado el alfiler al suelo y se apretaba el dedo sangrante, para que las gotas no mancharan el vestido.

—Qué torpeza la mía —se lamentó, entre muecas de dolor.

—Dejadme ver qué os habéis hecho ahora —le pidió Jas.

Las mejillas de la joven adquirieron un vivido matiz. El desconcierto la hizo gemir para sus adentros. Por lo más sagrado, ¿tenía que ser siempre tan torpe en presencia de él?

Jas la llevó de la mano hasta un lavabo cercano, que a Alice le resultaba indispensable cuando dibujaba con carbonilla. Después de verter un poco de agua en la palangana, le enjabonó la mano y se la enjuagó. Luego retiró de su chaqueta un pañuelo limpio, con el que secó los finos dedos, mientras imploraba:

—Deberíais tener más cuidado, Alice.

Muy afectada por esa presencia alta y bien vestida, Alice se llevó una mano temblorosa a la frente, en un intento por ocultar sus mejillas arreboladas. Dedo y torpeza habían quedado casi en el olvido ante el efecto de esa viril proximidad. La escandalizó descubrir que se estaba excitando físicamente. Los pezones le cosquilleaban acuciados por el furioso apetito de ser nuevamente acariciados, no solo por esas manos y esa boca, sino por el ritmo lento de su pecho velludo, durante los ritos íntimos del amor. Apenas pudo ignorar la palpitante urgencia de su ingle; ansiaba unirse a él y volar otra vez hasta esas elevadas cumbres que habían alcanzado con tanta frecuencia. Pero era solo una tontería, desde luego. «Será mejor que te calmes —se regañó—. Si él te deseara de esa manera habría venido mucho antes.»

Las facciones de Jas se iluminaron con el creciente deseo de estrechar a su esposa y besarla con toda la pasión que mantenía dominada desde la separación. Solo él sabía lo torturante que era ese alejamiento. Pero oyó las rápidas pisadas de Leah en el corredor que llevaba al apartamento del piso de arriba y, detrás de ella, las de Jacob. Al acercarse la pareja no tuvo más opción que sofocar los fuegos reavivados con tanta prontitud.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó la morena, preocupada—. ¿Estás bien, Alice? Me pareció oírte gritar.

—Acabo de clavarme un alfiler en el dedo —confesó Alice, avergonzada—. Por suerte Jasper lo ha atendido.

—Veo que no necesita ayuda —observó la joven viuda alegremente, al notar el rubor que bañaba las mejillas de su amiga. Haciendo un esfuerzo por no sonreír, retrocedió apresuradamente. Ya a sus espaldas hizo un gesto a Jacob para que la imitara—. Continuaremos con lo nuestro.

Jas se volvió para enfrentarse con su mirada chispeante.

—Mi esposa y yo cenaremos fuera, Leah —dijo—. No es necesario que la esperéis levantada. Tal vez regresemos muy tarde.

—Oh, desde luego. —La cadencia cantarína de su voz expresaba su alegría—. No os preocupéis por nada. Que lo paséis bien.

—Lo intentaremos —aseguró él, con una gran sonrisa.

En ausencia de la pareja, Alice se levantó sobre la punta de los pies para susurrar al oído de su esposo:

—Leah ha invitado a Jacob a cenar con ella esta noche. Últimamente se les ve tan embobados que es un alivio poder dejarlos solos. Me sentiría como el tercero en discordia.

—¿Aunque sea yo quien os acompañe?

Una sonrisa curvó los suaves labios de Alice.

—No aceptaría salir con nadie más, Jasper.

La noche caía velozmente sobre Charleston, mientras los Cullen caminaban por las calles de la ciudad. Desde los muelles comenzaban a llegar finas volutas de niebla, hacia las callejuelas estrechas y los caminos poco transitados por los que pasaban. Pronto empezaron a rodear edificios majestuosos y a retorcerse como fantasmas por los jardines bien cuidados. Las pocas luces visibles a la distancia no eran sino vagas auras que centelleaban en la bruma.

Jas había escogido un fino restaurante propiedad de un francés. Mientras el maítre los conducía a una mesa retirada, cerca de una ventana trasera, la pareja fue atrayendo la asombrada atención de casi todos aquellos con los que se cruzaban. Pero esta vez Alice se mostró mucho más segura. Del brazo de su esposo, a paso rápido, saludó graciosamente a quienes los miraban boquiabiertos.

—¿Le agrada esta, señor Cullen? —preguntó el maitre, solícito.

—Mucho, Gascón. Gracias.

El jefe de camareros esperó con paciencia a que Jas quitara la capa a su esposa y se la entregara. Luego se retiró apresuradamente. Después de acercar la silla a Alice, Jas se instaló a su derecha y, al aparecer el camarero, pidió una botella de vino y un aperitivo. Había cogido la mano de su mujer, para discutir un asunto que le interesaba mucho, cuando un hombre alto y moreno osó interrumpir ese ambiente íntimo.

—Con vuestro perdón, señor Cullen. No sé si recordáis haberme visto en vuestro baile. Soy lord Witherdale. —El hombre señaló el sitio vacío a la izquierda de Alice—. ¿Os molestaría

que me sentara un momento con vos y vuestra encantadora esposa, para discutir un tema que me ha traído desde Inglaterra a las Carolinas ?

Jas tenía toda la intención de cortejar a su esposa, pero no podía negarse a la solicitud de Su Señoría sin faltar a la buena educación. Disimulando su fastidio, lo invitó con un gesto de la mano.

—Tomad asiento, por favor.

Cuando llegó el camarero lo despacharon prontamente en busca de una tercera copa. Después de probar el buen vino escogido y una buena porción de empanada de camarones y espinacas, que Alice le pasó de su plato, el inglés elogió el excelente gusto de su anfitrión.

—Es raro beber aquí un producto de esta calidad. Yo no he logrado hallar ninguno, por cierto.

—Eso depende de dónde se vaya y a quién se conozca, milord —respondió Jas—. Claro que mis barcos importan gran parte de los vinos que se sirven en esta ciudad.

Su Señoría lanzó una risa ahogada.

—Se explica así que conozcáis tan bien dónde se ofrece lo mejor. Aparte de sus maravillosos vinos, tengo predilección por la cocina francesa. Las salsas que utilizan para realzar sus platos son simplemente estupendas. Me aficioné a todo lo francés durante el tiempo que pasé allí como correo del Rey, hace algunos años. Pero eso fue antes de esa horrible revolución, claro está. Cuando los campesinos se apoderaron del país destruyeron todo aquello que de él me agradaba. Ahora Francia tiene un Primer Cónsul que quiere convertirse en emperador. Napoleón no se conformará con nada menos. Apenas firmamos un tratado de paz con ese hombre, el año pasado, y ya estamos nuevamente en guerra. Está muy seguro de sí mismo, el condenado. Y no me extraña, con tanto como se habla de que tenemos espías en nuestros campamentos y hasta junto al trono de Su Majestad. Aquí, en las colonias, ¿os enteráis de ese tipo de cosas?

—¿ Os referís a las Carolinas ? —corrigió Jas, haciendo un esfuerzo por esbozar una sonrisa—. Ya no consideramos que este territorio esté bajo el gobierno inglés.

—Sí, desde luego. Ha sido un pequeño error.

—En cuanto a vuestra pregunta, aquí vivimos muy lejos de lo que sucede en la corte inglesa y de las intrigas que se desarrollan allí.

—Pero tengo entendido que vuestra esposa es inglesa. ¿No se ha enterado ella del engaño que ciertos hombres llevaron a cabo cerca del trono?

—Ha sufrido mucho a causa de eso, milord —le informó Jas, estrechando la mano de Alice. No le sorprendió descubrir que temblaba—. Creo que aún es un tema muy doloroso para ella. Os diré: su padre fue falsamente acusado de traición y murió en la cárcel, esperando su juicio.

—Oh, lo siento muchísimo. —Lord Witherdale frunció las oscuras cejas, con profunda preocupación, para expresar a la joven su pesar—. Espero no haberos ofendido con mi falta de tacto, señora. En ese caso os pido humildemente perdón.

—No podíais estar enterado de mi desgracia, milord —murmuró ella graciosamente, logrando apenas una débil sonrisa—. Después de todo, me conocéis bajo el apellido de Cullen. Mi difunto padre era James Brandon, conde de Balfour.

El inglés se dejó caer contra el respaldo, boquiabierto de sorpresa, pero pronto se recobró.

—Conocí muy poco a vuestro padre, querida, pero le tenía gran aprecio. En la época en que lo arrestaron no pude hallar nada sólido en los cargos que se presentaron contra él. Todos sus pares lo admiraban y respetaban.

—No obstante —lo interrumpió ella, con voz temblorosa—, hubo entre ellos algunos que, con taimados subterfugios, provocaron su muerte. Mi padre confiaba en que los culpables quedarían al descubierto en cuanto se iniciara el juicio, gracias a algo que él tenía en su poder. Por desgracia, murió en prisión antes de haber tenido la oportunidad de revelar su engaño.

Una sombra se movió tras sus ojos al recordar los últimos días de su padre, en la prisión. Porque le preocupaba la seguridad de su familia, no había querido que visitaran la cárcel en la que estaba. Había demasiadas cosas en juego, decía, y les encomendó mantenerse aparte, sin llamar la atención. Sin embargo su madre había ido finalmente a verlo, rara vez en la que desobedeció a su respetado y querido esposo. Lo encontró débil y cansado, pero su salud era pasablemente buena. Su muerte se produjo menos de veinticuatro horas después. A su viuda se le dijo que había fallecido por inflamación de los pulmones, tras haber cogido frío, algo bastante probable en el húmedo confinamiento de su celda.

—Supongo que, aun después de su muerte, habríais podido probar su inocencia con las pruebas que él tenía en su poder —adujo lord Witherdale.

—La integridad de mi padre y su lealtad al rey Jorge saldrán a la luz a su debido tiempo, milord —aseveró Alice, confiada en el axioma de que el bien siempre acaba por triunfar sobre el mal—. Llegará el día en que se reconozca su inocencia; no lo dudo.

—Vaya, he convertido el humor festivo de esta ocasión en una desagradable declaración de nobles lugares comunes —comentó el inglés, seco—. Una vez más os pido perdón por mencionar las dificultades de Inglaterra con Francia. Debo recordar que estoy en las Carolinas, donde no imperan las normas francesas ni las inglesas.

—Así es. En este país hacemos las cosas a nuestro modo —afirmó Jas. Y se inclinó hacia delante para preguntar—: Si no os molesta mi curiosidad, milord, ¿cuál es ese asunto que deseabais discutir conmigo?

—Voy a eso, sí. Al reflexionar sobre las dificultades de mi país frente a Francia casi he olvidado mis propios asuntos. —Tragó saliva para comenzar de nuevo—. Quizá recordéis que busco una finca como regalo para mi hija, que está a punto de contraer matrimonio. El noble caballero a quien está prometida no tiene esperanzas de heredar el título de su padre, razón por la cual ha decidido venir a las Carolinas, donde ya se ha instalado el menor de los hermanos. Habría querido visitaros antes para haceros esta consulta, señor, pero me he enterado de que lleváis algún tiempo fuera de vuestra casa. Y tampoco he podido llegar a vuestra empresa naviera, como esperaba. ¿Podríais prestarme vuestra ayuda?

—Os sugiero que vengáis mañana temprano a la empresa naviera —sugirió Jas—. Entonces podré presentaros a algunos hombres muy bien informados sobre las propiedades actualmente disponibles en esta zona.

—Desde luego, señor Cullen. Por lo que se refiere a esta noche, ¿me haríais el honor, vos y vuestra esposa, de permitirme que os invitara a cenar? Vuestra compañía me honra.

—Muchas gracias, milord. Sois muy amable. Pero en realidad esperaba disfrutar de alguna intimidad con mi esposa durante nuestra cena.

—Oh, por supuesto. Qué estupidez la mía. —El caballero se levantó con precipitación, bastante ofendido por el rechazo—. Trataré de disfrutar de mi cena a solas, de todas maneras.

Alice hizo una leve mueca mientras su compatriota se alejaba pomposamente.

—Creo que se ha enfadado con vos, Jasper.

Su esposo echó un vistazo a la silueta que se alejaba rápidamente.

—No quise que nos estropeara la velada. Si nos hubiera invitado algunos días atrás, tal vez habría aceptado; pero no me gustó mucho la manera en que nos ha impuesto su presencia.

—Es probable que no lo veáis nunca más —advirtió ella. Jas se encogió de hombros con indiferencia.

—Me importa un rábano, querida. Aquí, en las Carolinas, su título no tiene mayor peso. No me siento obligado a satisfacer todos sus deseos solo porque sea un lord. —Alargó una mano para apartar una hebra de pelo que se había introducido bajo el cuello de la muchacha. Luego lo frotó entre el pulgar y el índice, admirando su textura sedosa—. Como le he dicho, querida, ansiaba disfrutar de vuestra compañía completamente a solas.

Ablandada por la profunda sensualidad de su voz, Alice tuvo la sensación de fundirse en un puro placer. Tiró del rizo que él entretejía entre sus dedos y trató de acomodar el peinado.

—Debo de ser un espectáculo, con esas mechas que caen como se les antoja.

—Sí, querida, en efecto —murmuró Jas.

Y recorrió con ojos ardientes la cara y el corpino, como si bebiera su belleza. Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez. Esa larga separación no se debía, por cierto, a que no deseara estar con ella. Por el contrario, muchas veces se descubría paseándose por la casa que había alquilado en la ciudad, tratando de recordar sus objetivos y de fortalecer su voluntad, pese a la abrumadora necesidad de verla. Desde el principio mismo había planeado mantenerse a distancia por largos períodos, a fin de permitir que ella comprendiera cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Sin embargo, sabía perfectamente que era un juego peligroso, en el que podía perderla para siempre. A fuerza de voluntad había logrado aferrarse a su decisión, pero la prolongada espera lo hacía renuente a aceptar ninguna intromisión, aunque fuera la de un aristócrata inglés.

La cena fue excepcional y la compañía, aún más. Pero el placer de Alice llegó a su cima cuando le pusieron delante un pequeño plato de budín de pan, literalmente cubierto de nata batida. La combinación era realmente celestial; a cada cucharada cerraba los ojos extasiada, con lo cual provocaba las risas sofocadas de Jas, que no pidió postre. En cambio se permitió disfrutar de las encantadoras muecas de su deslumbrante esposa.

—Nuestro bebé engordará demasiado para venir al mundo, querida, si continuáis comiendo como lo habéis hecho esta noche —advirtió.

Ella le hizo un coqueto mohín.

—Hacéis mal en ofrecerme tentaciones que no puedo resistir, Jasper. Todo esto es culpa vuestra. Me traéis a un lugar donde cada bocado es una delicia y luego me regañáis por ser glotona. Supongo que mañana deberé pasar hambre para compensar lo de esta noche.

—Si soy tan mala influencia, tal vez sea mejor que me mantenga lejos. La expresión de Alice se tornó sombría.

—Ya os habéis mantenido lejos demasiado tiempo, Jasper. Empezaba a pensar que ya no volvería a veros.

Su voz se quebró reveladoramente. Jas se permitió entonces saborear cierta esperanza para su matrimonio. Aun así extendió las manos con una excusa conveniente.

—Lo siento, querida. Es que he estado muy atareado.

—Eso es obvio. Demasiado atareado como para molestaros en visitar a vuestra esposa. — Alice exhaló un suspiro y apartó el postre; había perdido a la vez el apetito y el humor. Por un momento, debió luchar contra un abrumador deseo de llorar; por fin recobró aplomo suficiente para levantar la mirada.

—Ya podemos partir, si lo deseáis.

Inmediatamente Jas chasqueó los dedos para atraer la atención del camarero y pidió la cuenta. Cuando este llegó con la nota, echó apenas un vistazo al papel y dejó sobre la mesa una suma suficiente para provocar una ancha sonrisa en los labios del camarero.

—Gracias, señor Cullen. Muchísimas gracias.

Jas acompañó a su esposa a la calle. Frente a la puerta se detuvo para acomodarle la capa en torno al cuello. A su alrededor, la muralla de niebla se había espesado mucho, a tal punto que no veía a una distancia mayor que la longitud de su brazo.

—Esto me recuerda Londres —comentó ella, estremecida.

—Por suerte conozco bien esta zona. La bruma es tan densa como la nata batida que os han servido con el budín.

Jas enlazó su brazo al de ella y echaron a andar, a paso tranquilo. De vez en cuando algunas pisadas parecían hacerles eco, al pasar frente a otros restaurantes y cafeterías concurridos. Una vez que esa zona quedó atrás, él se detuvo a escuchar por un instante. Luego apretó el paso.

—¿Por qué vamos tan deprisa, Jasper? —preguntó Alice, que lo seguía con dificultad. Las piernas de su esposo eran demasiado largas como para que ella pudiera seguir sus zancadas

—. Cuando crucemos la próxima calle ya estaré sin aliento.

—Ya falta poco para llegar a la esquina —la alentó él, sin acortar el paso.

Ella se esforzó por mirar a través de esa bruma blanquecina, pero se habría dicho que estaban rodeados por un muro.

—¿Estáis seguro?

—Sí, querida. Confiad en mí.

Llegaron a la esquina, tal como él había dicho, y Alice estuvo a punto de bajar a la calzada, pero Jas la retuvo para impedírselo. Cuando la joven se volvió para preguntarle el motivo, él se llevó un dedo a los labios, instándola a guardar silencio. Luego acercó la boca a su oído.

—Nos sigue una carreta. ¿ Oís algo más ?

Con la cabeza inclinada para escuchar mejor, Alice reconoció el tintineo de arneses de la carreta que se acercaba y, contra los adoquines, el lento clip-clop de los cascos. ¿Percibía también pisadas presurosas detrás de ellos? ¿O era solo una ilusión creada por la niebla?

Consciente de la preocupación de Jas, el miedo hizo que se acercara más a él. El conductor de la carreta había azuzado al caballo, que trotaba más deprisa; cuando apareció al otro lado de la esquina venía a buena velocidad, agitando el látigo, y pasó sin que pareciera prestarles atención.

Una vez que el vehículo hubo pasado, Jas ciñó con un brazo la cintura de Alice y, arrancándole una exclamación ahogada, la alzó en vilo para correr al otro lado de la calle. Una vez allí la apoyó de espaldas contra el muro y se plantó delante de ella. Las pisadas se acercaban a toda prisa. Del sudario difuso que los envolvía surgió una figura alta y encapuchada, que parecía volar con las alas de un ancho capote; la prenda, al ondear, arremolinaba aquellos espectrales vapores. Mientras se acercaba, ese oscuro demonio levantó una centelleante hoja de acero, muy por encima de su cabeza, y cargó contra Jas emitiendo un siseo extraño.

El grito de Alice se apagó muy pronto en el aire denso y húmedo, pero Jas era tan ágil como su atacante. Mientras se adelantaba a su encuentro, le cogió la muñeca para retorcérsela a la espalda, arrancándole un agudo alarido de dolor, antes de que el cuchillo cayera al suelo. El endemoniado bandido se retorció hasta liberarse y, después de clavarle un codo en el plexo solar, lo empujó contra la construcción de ladrillo. Jas apenas tuvo tiempo de recobrar el aliento antes de que un revés lo estrellara nuevamente contra el muro, dejándolo momentáneamente aturdido. El encapuchado se escabulló para recoger el cuchillo. En el momento en que iba a cogerlo, Alice arrancó de su boina el largo alfiler ornamentado y voló hacia él. Era terroríficamente obvio que la intención del atacante era matar cuanto menos a uno de los dos, si no a ambos, pero ella no estaba dispuesta a quedarse con las manos cruzadas.

Con el ímpetu de la acometida, el alfiler se clavó, hasta el extremo ornamentado, en la nalga; el desconocido lanzó un alarido y se incorporó bruscamente. Enfurecido, se volvió hacia ella con el cuchillo en la mano. Su aliento brotaba como puñales por los agujeros de la capucha.

—¡Te ha llegado el final, zorra! —siseó—. A partir de esta noche ya no nos preocuparemos por lo que puedas encontrar.

Jas, que se había librado de su aturdimiento con una sacudida, se dio cuenta del peligro que corría su esposa y saltó desde abajo hacia el enemigo, con lo que logró clavarle el hombro musculoso bajo las costillas y arrojarlo hacia atrás contra los adoquines. De inmediato se enredaron en un feroz forcejeo por la posesión del cuchillo, mientras Alice se movía en círculos en derredor, atenta a cualquier posibilidad de volver a clavar su alfiler en el atacante.

Concentrados como estaban en la lucha por la supervivencia, ninguno de ellos oyó las pisadas que se acercaban a toda prisa, hasta que un vozarrón tronó en medio de la niebla:

—¿Qué diablos pasa aquí?

Jas reconoció inmediatamente la voz: pertenecía a un amigo.

—¡Rhys! ¡Ayúdanos!

Aunque alargó la mano para sujetar al hombre encapuchado, este aferró el cuchillo por el extremo y movió el brazo en un arco potente, golpeando a Jas en el mentón. Cullen salió despedido hacia atrás, contra el poste del alumbrado. Al chocar la cabeza contra la columna metálica, se deslizó hasta la base, inconsciente.

Al ver que Alice estaba cerca, el villano hizo girar el cuchillo en la mano enguantada y avanzó hacia ella, con el arma en alto, listo para descargarlo contra su pecho. Ella lanzó un grito de terror, pero al instante se oyó el disparo de una pistola y el puñal salió volando. El alarido que escapó de los pulmones del atacante bastó para que Alice se encogiera de miedo. El encapuchado se aferró la mano, que ahora sangraba, y la miró como si estudiara la posibilidad de hacer otro intento. Luego se volvió hacia el sheriff, que ya alzaba la mira de una segunda pistola. Entonces optó inmediatamente por escapar calle abajo. Rhys partió tras él, dejando que Alice se ocupara de su esposo. Con un gemido desesperado, ella le puso la cabeza sobre su regazo y usó su falda para limpiar la sangre que goteaba por su frente.

Pasó un minuto antes de que regresara el sheriff Townsend. Cayó de rodillas junto a su amigo y allí quedó, jadeante.

—El condenado es veloz. Me dejó atrás en un abrir y cerrar de ojos —explicó, respirando con dificultad. Al ver las lágrimas que corrían por la cara de la muchacha, se apresuró a reconfortarla—. No lloréis. Jas tiene la cabeza más dura que el granito.

Aun así presionó con dos dedos el cuello de su amigo; el pulso, lento y firme, lo tranquilizó de inmediato. Entonces se incorporó sobre una rodilla y, con los mismos dedos en la boca, emitió un silbido penetrante, que arrancó un respingo a Alice. Pronto salió de la niebla la misma carreta que había pasado algo antes. El fornido conductor se detuvo junto a ellos.

—¿Tenéis allí un herido, sheriff?

—Sí, Charlie. Ayúdame a cargar en la carreta al señor Cullen.

—¿Queréis que lo lleve hasta Oakley? —inquirió el hombre, con aire preocupado.

—No —respondió Alice, en lugar del sheriff—. Podéis llevarlo a casa de la señora Clearwater.

Y luego os agradecería mucho que fuerais por el doctor Clarence.