Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones


Capítulo 25

—Santo Cielo, Alice —exclamó el diseñador, al abrir la puerta de la modesta vivienda de Leah.

Allí estaba su nueva asistente, a la cabeza de una rara procesión. Tras ella venía el patilludo ayudante del sheriff, con las rodillas de Jas sujetas por los codos. Lo seguía el sheriff, que rodeaba el pecho de su amigo desde atrás. Por la manera en que la cabeza inconsciente se bamboleaba contra el pecho de Rhys, Jacob no supo si Jasper estaba vivo o muerto.

—¿Qué demonios ha sucedido?

Alice se apartó para que los dos hombres pudieran pasar, mientras explicaba con aire afligido:

—Nos atacaron. En la reyerta, el hombre arrojó a Jasper contra un poste. Se golpeó la cabeza y no ha vuelto a recobrar la conciencia.

Aunque estaba en un tris de estallar en llanto, corrió hacia Rhys, que ya iba tras su ayudante, escaleras arriba, y se dominó lo suficiente para indicar, con voz serena:

—Mi dormitorio está arriba, a la izquierda.

Una vez que hubieron llegado a la puerta de su alcoba, la abrió de par en par y corrió a retirar los cobertores de la cama. Después de proteger la almohada con un lienzo limpio, se hizo a un lado para que los hombres pudieran tender su carga allí.

—Con cuidado —les instó. Su esposo era tan alto que el pelo rozaba la cabecera, mientras que sus pies presionaban el otro extremo del lecho. Hasta ese momento ella habría dicho que era una cama bastante amplia. Cuando se acurrucaba allí, sola, parecía realmente enorme.

Rhys hizo una pausa para recobrar el aliento. Luego indicó a su ayudante:

—Ve por el doctor Clarence. Date prisa.

Mientras el hombre salía precipitadamente, Leah se acercó a la puerta con Jacob para preguntar, solícita:

—¿Puedo ser útil?

Alice se volvió hacia ella, agradecida.

—Creo que el doctor necesitará vendas. Si tienes algunas sábanas limpias que ya estén muy gastadas, Tizzy puede rasgarlas.

—No hay necesidad de despertar a Tizzy —replicó su amiga—. Puedo hacerlo yo. Estarán listas enseguida.

La morena se retiró con prontitud. En su ausencia, Jacob se aproximó a la cama e hizo un gesto al sheriff, que estaba al otro lado.

—Sin ropas estará más cómodo, Rhys. Ayúdame a desvestirlo.

Mientras los dos se aplicaban a esa tarea, Alice llenó la palangana de agua y la puso sobre la mesilla. Luego bajó para pedir a Leah algunos ungüentos y hierbas medicinales. Cuando regresó a la habitación, Jasper ya estaba desvestido. Lo habían cubierto con una sábana y una manta.

Mientras ella lavaba con delicadeza el corte que su esposo tenía en la frente, Jacob buscó algunas respuestas.

—¿Quién hizo esto, Alice? ¿Lo sabéis?

—No tengo la menor idea de la identidad de ese hombre. —Le temblaba la voz al describir su aspecto—. Nuestro atacante estaba envuelto en una capa, con una capucha negra sobre la cabeza. Cuando habló, lo hizo con un siseo grave, que me pareció extrañamente exagerado. Parecía alto, tanto como Jasper, si no más.

—Me dejó atrás al momento —interpuso Rhys, desde la silla que ocupaba—. Eso me lleva a pensar que ese hombre tiene piernas largas y fuertes, que le brindan una decidida ventaja sobre la mayoría. Tengo la sensación de que disfruta al correr, pues cuando estuvo a una distancia segura se volvió para burlarse de mí, por no poder seguirle el paso. Y me dijo: «Los jóvenes no tenéis bríos para correr bien».

—No parece que fueran Vulturi ni Hyde —observó Jacob.

—No. Este hombre era mucho más alto que ellos. Y si considera que yo soy joven, Hyde debe de parecerle un crío.

—Pero ¿por qué ha atacado a Jas y a Alice? —preguntó el modisto. La joven atrajo la atención de todos con una suposición propia:

—Tal vez me equivoque, pero tengo la sensación de que la intención de ese hombre era matarme a mí.

—¿A vos? Pero ¿por qué? —inquirió Jacob.

Ella se encogió tímidamente de hombros. Si realmente había sido el objetivo principal, la idea de que su esposo se viera envuelto en un nuevo incidente por culpa de ella no era ningún consuelo.

—No tengo la menor idea. En un principio, cuando el hombre me amenazó con el cuchillo, dijo que me había llegado la hora y... Recuerdo perfectamente esta parte. Lo que dijo fue: «A partir de esta noche ya no nos preocuparemos por lo que puedas encontrar». Obviamente, tenía la intención de matarme.

—Y era lo que estaba a punto de hacer, ciertamente, cuando mi disparo le hizo soltar el cuchillo de la mano —confirmó Rhys.

—En realidad, ese fue su segundo intento de apuñalarme. Inicialmente, el hombre lanzó su ataque contra Jasper, pero tal vez era un modo de eliminar obstáculos para llegar a mí. En todo caso, mientras no atrapen a nuestro agresor, Jasper y yo tendremos que ser mucho más cautelosos y no aventurarnos por calles oscuras y solitarias.

—Perdonad que os lo pregunte —dijo Rhys, algo vacilante—. Sé que Laurent Da Revin es supuestamente vuestro tío, pero ¿no sería posible que se tratara de él?

—No. De eso estoy segura —afirmó Alice—. Laurent Da Revin es más pesado y mucho más torpe que nuestro atacante. Y por si esto os alivia: no creo que sea mi tío.

—Me lo dijisteis una vez, sí, pero podíais haber cambiado de idea desde entonces.

Leah regresó con las vendas recién hechas. El doctor Clarence venía pisándole los talones. Después de examinar la reciente herida de Jas, el médico bramó:

—¿Otro regalo de Vulturi?

—No, señor —respondió Alice, con la voz tensa de emoción—. Este atacante era infinitamente más peligroso que Aro. Tenía toda la intención de matarnos. Y tal vez lo habría logrado, de no acudir Rhys en nuestra ayuda.

El doctor clavó los ojos en el sheriff, por encima de sus gafas, e hizo un gesto de apreciación.

—Me tranquiliza saber que nuestros guardianes del orden cuidan de los vecinos en esta bella ciudad. Desde luego, nunca he dudado de la profesionalidad que pone Rhys en su trabajo.

Por fin el sheriff aclaró la causa de su oportuna intervención:

—Mientras mi ayudante hacía sus rondas, vio una silueta encapuchada que iba siguiendo a los Cullen. Inmediatamente vino en mi busca, pero Charlie se perdió en la niebla y no pudo localizarlos enseguida. Yo me puse en marcha a pie, mientras él buscaba por otro sitio con la carreta.

—Es posible que Charlie salvara la vida a Jasper —comentó el doctor—. Si él no hubiera sido tan precavido, probablemente no os habrían hallado a tiempo y a estas horas Jas ya no existiría.

—Ni Alice —añadió Rhys. Como el anciano enarcara las pobladas cejas en un gesto de sorpresa, pasó a explicar—: El agresor trataba de matarla también. Durante uno de sus ataques yo le hice soltar el cuchillo de la mano con un disparo, pero ella acaba de informarme que ese era el segundo intento. —El sheriff se encogió de hombros—. No sé si la herida que le he hecho es grave. Por si acaso, estad alerta a cualquiera que acuda a vos o a cualquier otro doctor con un balazo en la mano.

—Divulgaré la advertencia, pero es probable que ese rufián se cure solo. Si el caso fuera grave, ya habría venido a nosotros, pidiendo a gritos que le salváramos la vida.

Cuando hubo acabado de aplicar un vendaje a la cabeza de su paciente, el doctor Clarence concluyó con sobriedad:

—Por ahora no se puede hacer nada más. Solo queda esperar a que recobre la conciencia. Ha recibido un fuerte golpe en la cabeza y probablemente sufre conmoción cerebral. Confiemos en que sea leve, pero aun así podría tardar un tiempo en recobrar el sentido. Cuando reaccione sentirá que le estalla la cabeza, pero con el debido descanso se aliviará el dolor. Al menos, eso espero.

Luego se volvió hacia Alice para indicarle, con un dedo torcido en alto:

—Mantenedlo en cama, si podéis. No permitáis que vaya tras vuestro atacante, como hizo con Aro. Y no lo llevéis a Oakley, pues si le sucede algo no podré llegar a tiempo. Si Leah no se opone, es mejor que siga aquí. Hacedle beber abundante agua. Si el dolor se torna demasiado intenso, suministradle un poquito del láudano que os he dejado en la mesilla. Pero cuidado, muchacha: no demasiado.

—Comprendo, doctor Clarence —respondió ella en voz baja—. Y os agradezco mucho que vinierais a atenderlo. —Se acercó al arcón donde había dejado su bolso—. Si esperáis un momento os pagaré.

El médico alzó una mano para detenerla.

—No, hija. Ya me pagará Jasper cuando esté en pie. Nunca acepto pago alguno antes de tener la seguridad de que he podido ayudar. —Se despidió con un ademán de la mano—. No es necesario que me acompañéis hasta la salida.

El sheriff levantó su mole de la silla.

—Charlie y yo os llevaremos a casa, doctor. El médico se detuvo en la puerta.

—Gracias, Rhys. Mi vista ya no es tan buena por la noche, aún menos con esta maldita niebla.

Rhys siguió al doctor Clarence. Jacob, que también iba hacia la puerta, se detuvo para decir a Alice:

—Jasper necesita de vuestra atención, de modo que no os molestéis en ir mañana a trabajar. Por mucho que necesite vuestra ayuda en la tienda, me sentiré mucho mejor sabiendo que está a vuestro cuidado.

—Gracias, Jacob. Pienso lo mismo. —Ella apartó la cara para disimular las lágrimas que surgían con presteza. Con voz impregnada de angustia, añadió—: Aun si fuera a trabajar, estaría tan preocupada por Jasper que no podría concentrarme. Ruego que no haya sufrido ningún daño grave.

—Oh, no lloréis, Alice. Jasper se repondrá rápidamente —murmuró Jacob, reconfortante, mientras le apoyaba una mano en el hombro. Rogó para sus adentros que su predicción se hiciera realidad, que no fuera un exceso de confianza en la inquebrantable tenacidad de su amigo—. Sé por experiencia que no es fácil acabar con vuestro esposo. Somos amigos desde hace mucho tiempo y conozco su indudable fortaleza. No me extrañaría que estuviera sano y de pie por la mañana.

Alice ahogó un sollozo, mientras enjugaba apresuradamente, con un primoroso pañuelo, las lágrimas que le corrían por las mejillas.

—Eso espero —murmuró con voz ininteligible, pues le costaba hablar—. Se me partiría el corazón si él muriese.

—No tenéis por qué preocuparos. Jasper no morirá. Y en estos momentos vos sois su mejor bálsamo. Conque os quedaréis a cuidar de él.

Un suspiro tembloroso escapó de los labios de la joven.

—Ojalá hubiera sido un cuchillo lo que clavé en el trasero de nuestro atacante, y no un simple alfiler de sombrero.

Jacob parpadeó, confundido, tratando de asimilar esa expresión con lo que podía esperarse de una joven bien educada en similares circunstancias.

—Disculpad, Alice. Tal vez el oído me ha jugado una mala pasada. ¿Podríais repetir eso?

Las mejillas de la muchacha enrojecieron bajo esa mirada inquisitiva.

—No os preocupéis, Jacob. No tiene importancia.

—Pero habéis dicho que clavasteis un alfiler de sombrero en la retaguardia de vuestro atacante —insistió el modisto, curvando picaramente los labios.

—Por favor —rogó ella, avergonzada—, no se lo digáis a nadie. La risa invadió la voz de Jacob.

—Oh, Alice, no puedo mantener en secreto algo tan cómico. Os alabo el valor. — Obviamente, esa dama tenía agallas suficientes para ayudar a su hombre cuando lo veía en peligro—. No son muchas las mujeres que hubieran recurrido a ese método. Pero animaos, que solo se enterarán nuestros amigos más íntimos. Ahora, si me disculpáis, quiero hablar con el doctor Clarence antes de que se vaya. Le gustará enterarse de esto. Sin duda se reirá durante todo el trayecto.

Alice respondió con un mohín rebelde.

—Al parecer, estáis empeñado en ser nuestro próximo pregonero.

—Con toda seguridad, querida. Con toda seguridad —balbuceó Jacob, entre carcajadas.

Ella habría querido cerrar tras él con un portazo, pero no lo hizo por temor a que el ruido molestara a Jasper. En cambio cerró con suavidad y comenzó a desvestirse. Aunque fuera una tontería, se puso el más bonito de sus camisones, el que no había usado desde que abandonó Oakley. Con un suspiro desconcertado, bajó la mecha de la lámpara hasta que la habitación volvió a quedar sumida en una profunda oscuridad. Luego se metió entre las sábanas.

Durante un rato permaneció tendida de espaldas, la vista clavada en el techo a través del ébano de las sombras, tratando de contener el impulso de acurrucarse junto a su esposo. Pero acábó por no poder resistir la tentación. Entonces giró de costado para pegarse a su cuerpo y, siguiendo su costumbre, apoyó una pierna en los duros muslos. Sus dedos vagaron a lo largo de un brazo fibroso y un hombro, rozaron una tetilla casi escondida entre el vello negro. Como la respiración de Jas no se alteró, su audacia aumentó al punto de deslizar la mano por el vientre plano y tenso, hasta apoderarse de aquella plenitud aletargada.

Si tenía la intención de arrancarlo así de su estado, pronto comprendió que su idea era una tontería. Hasta entonces, sus exploraciones siempre habían despertado a Jas hasta del sueño más profundo, completamente excitado. Pero en su estado actual era demasiado pretender. Su mente estaba inmovilizada en un sitio adonde no se podía llegar. Y eso afligía mucho a Alice.

De ella se apoderó un súbito estremecimiento al pensar en las terribles posibilidades. Él podía morir, no despertar nunca, convertirse en un lunático delirante... y así mil cosas más.

—¡Basta! —susurró en la impenetrable oscuridad, ya furiosa—. ¡Mi esposo vivirá! ¡Es preciso que viva!

Era niña otra vez. A su espalda, estaba el estudio de su padre, abiertas las altas puertas acristaladas; en la envolvente serenidad del cuidado jardín, las voces apagadas de sus padres, reconfortantes por su proximidad, llegaban hasta los peldaños de mármol donde ella jugaba con sus muñecas. Los pájaros revoloteaban entre los árboles, lejos del alcance de Diablillo, su gato, que los observaba atentamente, con la cabeza torcida.

Por fin recogió las muñecas para cruzar la terraza de granito. Diablillo la siguió saltando juguetonamente aquí y allá, para atacar a cuanta hoja o insecto encontraba a su paso. El sendero conducía a un banco de piedra, instalado bajo la tranquila sombra de un árbol; ella trepó hasta allí para jugar y llamó a su gato. Quería vestirlo con ropa de muñeca, pero Diablillo no acudió. Entonces bajó del banco y correteó por la senda, hacia donde lo había visto por última vez. Delante de ella se alzaba el ornamentado portón de hierro forjado que cerraba la propiedad de su familia. Detrás de ella había algo que le interesaba en especial. Pero ¿qué era?

El portón no tenía llave; se abrió con un chirrido en cuanto ella apretó la cara en los barrotes. Con una alegre risa, corrió al otro lado y se encontró en otro jardín. Una mariposa pasó revoloteando y ella corrió detrás, con la mano alzada. Aquella joya de colores se remontaba muy alto y descendía casi hasta el suelo, pero siempre fuera de su alcance.

Una voz grave, cargada de risas, sonó a poca distancia:

—Así no la atraparás nunca, jovencita.

Al darse la vuelta, se encontró con dos ojos de color esmeralda y una sonrisa que la sobrecogieron. Deslumbrada por el joven de pelo negro, se acercó con la cabeza echada hacia atrás, para contemplar su cara sonriente. Al igual que el portón, parecía tan alto como si llegara al cielo.

—Ven, te llevaré a tu casa antes de que tus padres vengan por ti.

Dos fuertes brazos la levantaron en vilo para subirla sobre su hombro. Al verse tan arriba, lanzó un chillido de miedo y se aferró a un puñado de pelo negro, para mayor seguridad. Pero él la sostuvo con fuerza mientras marchaba hacia su casa. Empezó a llover otra vez, una llovizna suave que humedeció sus rizos y el negro pelo en el que enredaban sus dedos.

Al emerger de sus sueños, Alice tuvo vaga conciencia de que una mano grande exploraba sus partes íntimas por debajo de su camisón. Pensó que todavía soñaba, hasta que esa mano le apartó suavemente los muslos y las exploraciones se hicieron más profundas. Su corazón alzó el vuelo, aliviado, mientras aquellos dedos se movían con provocativa lentitud sobre su carne hinchada, despertando en su interior una excitación creciente.

Cuando giró la cabeza en la almohada solo se encontró con la oscuridad.

—¿Jasper?

—Sí, querida —respondió la voz familiar, masculina y sensual—. Aquí estoy.

—¿Cómo os sentís?

—Cachondo.

Ella lanzó una risita juvenil.

—Me refería a la cabeza.

—Yo no. —Jas palpó hasta encontrarle la mano y la llevó hacia abajo, para cerrarla sobre su carne hinchada.

—Ya veo —murmuró ella, mordisqueándole el cuello—. Se diría que estáis muy bien... tan tibio...

—También vos —susurró él, mientras continuaba estimulando su carne de seda—. Pero tenéis demasiada ropa para mi gusto.

Alice se sentó inmediatamente y movió las caderas para retirar los faldones del camisón. Luego se lo quitó por la cabeza y, con un amplio movimiento del brazo, lo arrojó al negro mar que se extendía más allá de la cama.

—Mucho mejor —murmuró su esposo contra su cuello, después de reacomodarla contra sí.

Los dedos de la joven se le enzarzaron en el pelo de la nuca, mientras él recorría su cuerpo con los labios. Cuando su boca abierta encontró un pezón, la oyó ahogar una exclamación de placer. Devoró con apetito esos picos suaves, saboreando su dulce néctar, lamiendo e incitando para provocar pequeños estremecimientos que parecieron sacudirla toda.

Luego Jas se incorporó sobre un codo, haciendo que ella se quejara:

—Esta cama chirría. Y el dormitorio de Leah está al otro lado del pasillo. ¿Qué pensará si nos oye?

—Leah es viuda, querida mía —susurró él, buscándole la boca en la oscuridad—. Sabrá comprender las urgencias de un esposo, tras una espera tan larga.

Alice curvó la lengua dentro de esa boca devoradora y la deslizó en torno a la de Jas, en una danza lenta, sensual; allí estaba todavía la esencia del vino que él había bebido horas antes. Giró sobre el costado para estar frente a él, pero la cama protestó por ese movimiento. Con un gemido silencioso, ella se apartó del beso para preguntar:

—¿Con qué cara miraré a Leah por la mañana, sabiendo que escuchará todo lo que hagamos esta noche?

Jas lanzó un suspiro de frustración y se hundió en sus almohadas. Las gruesas cortinas, bien corridas, no dejaban entrar siquiera un minúsculo rayo de luna en esa penumbra de hollín. Le era imposible ver la cara de su esposa, y no podía saber si expresaba una preocupación real o si era un débil intento por rechazar su seducción.

—¿Queréis que me detenga, Alice?

—¡No! ¡De ningún modo! —susurró ella con vehemencia mientras le pasaba una pierna sobre la cadera. Presionó con el talón entre sus nalgas, para afirmar su vulnerable suavidad contra aquella larga vara—. ¡Os deseo! Quiero ser vuestra esposa, vuestra amante, vuestra compañera para toda la vida. Quiero sentiros dentro de mí, ser una con vos, tener hijos vuestros, poseeros tal como me poseéis, tocaros cuando me venga en gana y sentir que cobráis vida en mi mano. Os necesito desesperadamente, Jasper.

Deslizó una mano hacia abajo, entre los dos, y la cerró con pasión sobre la carne viril; Jas contuvo la respiración ante la dulce y brutal intensidad de su posesión. Lo provocaba con la boca abierta, mientras iniciaba una lenta y metódica seducción de su cuerpo, utilizando todo lo que él le había enseñado, hasta que su carne tibia quedó palpitante y exigiendo más. Jas apenas pudo contenerse para no dejarse arrastrar por la creciente pasión, mientras ella iba haciendo su voluntad.

Fundió sus labios en los de ella, en un beso voraz que pronto los hizo forcejear juntos. Su mano volvió al blando centro femenino sin hallar barreras: solo un brutal deseo de aceptar esa intromisión y satisfacer sus impulsos. Pronto ella arqueó la espalda para proyectar los pechos en una ofrenda; casi se retorcía por la excitación que él le provocaba al acariciar, lenta y deliberadamente, su femineidad.

—Oh, os he echado tanto de menos... —susurró ella, sin poder soportar un momento más sin sentirlo en su interior. Se incorporó encima de él para guiar la verga endurecida hacia su húmeda hendidura; luego descendió hacia él, recibiendo con una brusca aspiración aquella embriagadora sensación, que se arremolinaba hacia arriba desde lo más profundo de su ser. Con el rostro alzado hacia el éxtasis que todo lo consumía, se detuvo en una dócil quietud, disfrutando de la unión. Sintió que aquellas manos largas, hermosas, recorrían su cuerpo desnudo con magnética lentitud, pero aún más grato era sentir su incitante calor en su interior.

—Esto es aún más agradable de lo que yo recordaba —arrulló, acariciándole el pecho con las manos.

—Podéis sentaros en mi regazo cuando os apetezca, querida mía —replicó él, con voz ahogada.

Alice le cogió las manos para llevárselas a los pechos y los apretó contra sus palmas; él acarició los pezones con el pulgar, arrancándole un estremecimiento de placer, y levantó la cabeza de la almohada para sepultar la cara en su seno, apretando los suaves globos contra sus delgadas mejillas. Un momento después era un hombre consumido por un deseo insaciable; con hambre voraz, cogió los pezones, uno a uno, en la caliente cueva de su boca. Los finos dedos de su esposa le masajearon los hombros, mientras sus caderas comenzaban a moverse con lentas ondulaciones. Luego él le aferró las nalgas para darle impulso, mientras la apretaba contra el miembro endurecido. De los labios de Alice escapó un suave gemido, mientras el palpitante calor de su esposo empezaba a trepar en su interior; la felicidad se abatió en oleadas sobre ella. Tenía vaga conciencia de que la cama protestaba por sus movimientos, pero ya no había manera de detenerse. La oscuridad se pobló de mil destellos luminosos; parecían estallar en derredor, en un éxtasis chispeante, mientras ambos se elevaban mucho más allá de la galaxia, hacia un universo totalmente distinto.

La realidad volvió con lentos aletazos, mucho después de que menguara la intensa emoción que acababan de experimentar. Permanecieron tendidos el uno al lado del otro, con los dedos enlazados; la rodilla de Jas, flexionada bajo los muslos de su esposa; la cabeza pelirroja, apoyada en el fuerte hombro.

—Os amo —susurró ella.

Jasper quedó petrificado, sin poder creer lo que oía.

—Y os he echado tanto de menos, tanto...

—¿Volveréis a Oakley para que vivamos juntos?

—Oh, sí. En cuanto podáis.

—Puedo ahora mismo, querida.

Alice se volvió hacia él para frotar la nariz contra su cuello fibroso.

—El doctor Clarence ha dicho que por ahora no se os debe trasladar.

—Puedo trasladarme solo —protestó Jas.

—Aun así, aquí nos quedaremos hasta tener la certeza de que no sufriréis ninguna recaída tras ese ataque.

—¡Fue ese condenado poste el que me atacó! Alice rió infantilmente.

—Ahora que os tengo cautivo, querido esposo, no pienso permitir que escapéis. Cumpliréis mi voluntad en este mismo lecho, hasta que no podáis mover ni el dedo meñique, mucho menos otras partes del cuerpo.

Jas sonrió de oreja a oreja en la oscuridad que los envolvía. Aunque a menudo se hacían comentarios burlones sobre su voluntad de acero, cedió a la coerción de su esposa con una prontitud que evidenciaba sus deseos de someterse a la amenaza y a mucho más.

—Podríamos quedarnos un par de días, al menos hasta haber agotado por completo esta pobre cama. En realidad, cuando acabemos con ella Leah tendrá que comprar otra.

Su esposa se acurrucó en sus brazos, satisfecha.

—Ya esperaba yo que lo pensarais mejor.

Durante media hora más reinó el silencio, permitiendo que los párpados de Alice descendieran hasta cerrarse.

—¿Alice?

Se removió contra él, soñolienta, haciendo lo posible por abrir los ojos.

—¿Sí, Jasper?

—Yo también os amo.

Aguardó un tiempo interminable, atento a cualquier respuesta. Nada esperaba menos que oír un sollozo. Se incorporó junto a ella para apoyarle una mano en la mejilla; al tocar la humedad preguntó, asombrado:

—¿Lloráis, querida?

—Sí —balbuceó ella, entre lágrimas.

—Pero ¿por qué?

—Porque soy muy feliz.

Jas cayó nuevamente sobre la almohada, sorprendido por esa extraña declaración.

¿Llegaría alguna vez a comprender a esa bella criatura con quién se había casado? ¿Lo suficiente como para reconocer la diferencia entre llorar de gozo y llorar de dolor?

—Oh, Leah, me alegro tanto por ti... —aseguró Alice aquel sábado por la mañana, en la cocina. Su bella amiga la había honrado dándole la noticia antes que a nadie: iba a casarse con Jacob. Alice comenzaba a quererla tanto como a Bella, su cuñada— ... ¿ya habéis fijado la fecha?

—No, todavía no. Antes debo discutirlo con Jake. Le gusta mucho Jacob, pero nunca se sabe cómo reaccionará un niño cuando su madre decide volver a casarse, mucho menos si es un varón de solo cuatro años. Pero confío en que podamos hacerlo muy pronto. Hemos pasado mucho tiempo separados, cada uno pensando en que el otro no le quería. Es hora de recuperar los años perdidos.

Esa justificación se hacía más evidente cada vez que Leah despertaba con el chirrido rítmico y lejano de la cama de huéspedes. Al soportar esos estimulantes episodios, era consciente de sus propios deseos y de la necesidad de satisfacerlos cuanto antes. Se preguntaba cuál sería la mejor manera de abordar a Jacob para hacérselo saber. Él había dicho que debía ser ella quien escogiera la fecha, pero desde entonces no había vuelto a hablar del tema. Ahora Leah pensaba que era mejor casarse sin planear nada en absoluto, pero aún no había reunido el suficiente valor para proponer una boda apresurada.

—Queremos que sea algo muy privado. Solo amigos muy íntimos, ¿comprendes? Como Jacob aprecia tanto a Jasper, querrá que sea su padrino. Y yo, naturalmente, te he elegido a ti como madrina.

—Con el mayor placer —respondió Alice, encantada.

Quizá empezaba a conocer a Leah tanto como se conocía a sí misma, pues se dio cuenta de que su amiga no estaba del todo conforme con la espera. Al reconocer la tentación de entrometerse en lo que no le incumbía, estuvo a punto de morderse los labios y no decir nada, pero la expresión distraída de la mujer hizo que cobrara audacia.

—¿De verdad quieres perder tanto tiempo en planear la boda, Leah? Tú y Jacob podríais disfrutar del matrimonio esta misma noche.

La morena se derrumbó en una silla, con un pequeño gemido.

—Pero ¿cómo haré para decirle que quiero casarme ahora mismo?

—¿No crees que él también está ansioso? He visto cómo te mira, como si quisiera devorarte desde el otro lado de la habitación. Si quieres, cuando despierte Jasper le pediré que hable con Jacob para adelantar la boda.

—¿Está mejor de sus dolores de cabeza?

—El láudano le ayuda a dormir hasta que remiten, pero debo dárselo disimulado en la comida. De otra manera no lo aceptaría, pues es más terco que una mula. Esta mañana sufría tanto que apenas pudo tragar el desayuno. Yo había mezclado algo de láudano en los huevos, pero tuve que amenazarlo con dormir en el sofá para que los comiera. Ya sabes: si se queja de tu comida, no le hagas caso. Pensamos volver mañana a casa, pero habrá que esperar a ver si él está en condiciones de hacer el viaje. Con lo que ha dormido estos días, no hay manera de saber cómo se sentirá cuando se ponga nuevamente en pie.

—Te echaré de menos.

Alice le dedicó una sonrisa llena de hoyuelos.

—¿Con Jacob en tu cama? Lo dudo.

Leah se llevó los dedos a los labios, en un esfuerzo por sofocar su hilaridad; luego agitó el paño de cocina hacia su amiga.

—¡Qué desvergüenza la tuya! ¡Mira lo que dices!

Alice rió entre dientes. Ahora que se había reconciliado con Jas se sentía inmensamente feliz.

—Soy una mujer casada, pero tengo ojos, Leah. Jacob es tan atractivo y guapo como mi Jasper.

La morena estaba plenamente de acuerdo. A su memoria vino un incidente que aún ponía un vivido rubor en sus mejillas. Le parecía extraño sentirse tan a gusto con Alice, como si pudiera contarle cualquier cosa sin ser condenada.

—Pues sí, muchas veces me he sorprendido pensando en lo guapo que es, pero al tenerlo cerca sentía demasiado miedo. No quería terminar comportándome como esas señoritas tontas que van a la tienda solo para admirarlo, totalmente embobadas. Es lo que tuve oportunidad de hacer cinco o seis meses atrás. Subí al apartamento de Jacob para limpiar, convencida de que él había salido para entrevistarse con un empresario textil. Pero pronto descubrí, de la peor manera posible, que la reunión se había cancelado. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y yo entré en el momento en que él salía de la bañera, alargando la mano hacia la toalla. Quedé tan sorprendida que no pude moverme. Lo miraba como petrificada, boquiabierta.

Las mejillas de Leah parecían lanzar llamas al continuar:

—Mi difunto esposo no tenía mucho con qué jugar en la cama, pero yo era inocente. Ignoraba que algunos hombres tuvieran... eh... algo más dentro de los pantalones. Por fin me recobré lo suficiente como para huir. Más tarde reuní valor para pedir disculpas por haber entrado. Jacob, todo un caballero, restó importancia al asunto y dijo que era culpa suya, por no haberme advertido que estaba en casa, puesto que era el día en que yo suelo subir a limpiar. Actuó como si no hubiera sucedido nada incorrecto. Pero hasta el día de hoy no he podido olvidar esa mañana.

Alice volvió a sonreír.

—Ese es otro motivo por el que no deberíais postergar el casamiento. De lo contrario, es posible que acabéis acostándoos juntos. ¡Imagina qué escándalo, si alguien se enterara!

—¡Mamá! ¡Mamá! —Jake entró corriendo en la cocina, donde las dos mujeres daban los toques finales a un pastel—. Frente a nuestro portón hay un hombre con cara de malo.

Las dos se miraron con súbita alarma, temiendo que hubiera aparecido otro atacante. Leah se levantó apresuradamente, mientras Alice se recogía las faldas para correr hacia la parte delantera de la casa.

—¡Aro! —exclamó al llegar a la ventana, mientras miraba a través del encaje.

El alemán estaba ante el portón, con un ramillete de flores en la mano sana. Leah lanzó un gemido.

—Creo que el señor Vulturi ha venido a cortejarte.

En su tono había más preocupación de la que justificaba un comentario tan simple. De inmediato llamó a Jake por señas para darle instrucciones.

—Sube por Tizzy. Dile que corra en busca del señor Jacob, ¡y que se dé prisa!

—Sí, mamá —respondió el niño. Y salió del vestíbulo a toda prisa, haciendo volar los zapatos por las alfombras en su premura por obedecer.

Alice se llevó una mano temblorosa al cuello, mientras Aro cruzaba el portón y se detenía para cerrarlo a sus espaldas.

—¿ Qué haremos ? Viene hacia aquí. Leah, temblorosa, la aferró por los brazos.

—Arriba tengo el pistolón de Emory. —No podía emitir más que un susurro tenso—. Creo que puedo contenerlo hasta que llegue Jacob.

—¿Serías capaz de disparar contra un hombre? —Alice la miró con aire preocupado. Su amiga hizo un intento poco convincente de mostrarse confiada, pero tuvo que confesar:

—Nunca tuve necesidad de hacerlo.

—Ve por él. —Alice se esforzaba por evitar que le castañetearan los dientes—. Como sé de lo que es capaz ese hombre, si nadie lo detiene, creo que yo misma podría hacerlo.

Aro llegó al porche en el momento en que Leah regresaba con la pistola. Alice la cogió con expresión confusa.

—¿Cómo haces para saber si está cargada?

—¡Mujer, no sabes ni siquiera eso! —la reprendió su amiga, apoderándose nuevamente del arma—. La cargué antes de bajar. Ahora escóndete detrás de la puerta, donde él no te vea. Tal vez logre convencerlo de que nos deje en paz.

Al acercarse a la puerta, Aro sujetó las flores en el hueco del brazo izquierdo y alargó la otra mano para llamar. Solo entonces se quitó el sombrero y, tras depositarlo en una silla del porche, cogió nuevamente el colorido ramillete.

Con la pistola cautelosamente escondida tras las faldas, Leah abrió la puerta de par en par. Le recorrió un escalofrío al enfrentarse, con una sonrisa forzada, a aquellos ojos fijos y descoloridos.

—El señor Vulturi, según creo —dijo, con voz aguda. Luego levantó una mano para señalar las flores y tuvo que carraspear antes de volver a hablar—. ¿A qué debemos el honor?

—He venido a presentar mis respetos a frau Cullen —anunció él, formalmente.

—¿Le habéis anunciado que vendríais? —inquirió Leah, impertinente.

—Deseo hablar con ella. —Aro proyectó el mentón hacia arriba. En sus ojos brillaban astillas de hielo—. Id a llamarla.

—No creo que la señora Cullen quiera recibiros —afirmó ella con audacia. Tal vez si dejaba de temblar podría manejar las cosas sin dejar ver el miedo que realmente sentía—. Después de todo la raptasteis del hogar de su esposo. ¿Qué seguridad tenemos de que no volveréis a intentar algo así?

Había notado que los descoloridos ojos azules se endurecían cada vez más, pero no esperaba ese grito y se sobresaltó.

—¡Traed a frau Cullen antes de que pierda la paciencia, so estúpida! ¡Que venga ahora mismo!

Frente a semejante estallido de ira, Leah retrocedió precipitadamente hasta chocar con Alice, que había salido de su escondrijo. La colisión resultante hizo que la morena saliera nuevamente despedida hacia delante. Una vez que hubo restablecido el equilibrio, abrió la boca para hablar, pero descubrió, estupefacta, que su voz había desaparecido. Después de un fuerte carraspeo, volvió a intentarlo.

—Señor Vulturi: no permito a nadie gritarme en mi propia casa. Tened la amabilidad de dominaros, o de lo contrario os haré echar inmediatamente.

El alemán hizo una mueca burlona ante esa tonta idea.

—¿Y quién se ocupará de eso, frau Clearwater? ¿El hombre de la casa?

—Posiblemente —bramó una voz masculina detrás de las mujeres.

Las dos dieron un respingo. Jacob pasó a grandes pasos junto a su novia y se enfrentó al alemán con los brazos en jarras, llenando casi por completo el quicio de la modesta puerta. Aunque llevaba más de seis años sin competir en torneos de pugilismo, la práctica con sus amigos lo mantenía en excelentes condiciones, por lo que estaba seguro de poner a ese arrogante intruso en fuga sin mayor esfuerzo, si las cosas empeoraban.

—¿A qué venís esta vez, Vulturi?

Jake se había escondido tras un sillón al oír que ese desconocido gritaba así a su madre, pero la presencia de Jacob lo llenó de valor. Tras abandonar su escondrijo, pasó junto a su alto protector para aplicar al hombre un rápido puntapié en la espinilla.

—¡Fuera! —ordenó—. ¡No nos gustas!

—¡Pequeño gusano! —bramó Aro. El niño retrocedió con los ojos dilatados—. ¡Te haré picadillo para alimentar a los tiburones! ¡Te devorarán de un solo bocado!

Jacob apoyó una mano tranquilizadora en el hombro del pequeño y lo acercó a su pierna.

Ante su mirada temerosa, el modisto le revolvió el pelo rubio, sonriéndole.

—No te dejes asustar por este viejo malo, hijo. Aquí estoy yo. El niño ciñó con los brazos el muslo de Jacob.

Las voces coléricas habían despertado a Jas. Sin saber exactamente qué sucedía, se puso los pantalones para bajar precipitadamente, sin camisa ni zapatos. En el pasillo se encontró con Tizzy, que saltaba de agitación.

—¿Qué pasa allí fuera?—preguntó.

—Es el alemán, señor Jasper —susurró ella, señalando la puerta principal. Y mientras Jas se adelantaba, añadió—: Está allí, en el porche, todo emperifollado como para ir de visita. Supongo que viene a hacerle la corte a la señora Alice.

—¿Ah, sí?

Pese al golpeteo sordo que sentía en la cabeza, Jasper estaba más que dispuesto a ajustar cuentas con su adversario. Poco importaba estar a medio vestir. Su espíritu luchador estaba en marcha, decididamente. Ahora sabía exactamente qué había sentido su hermano cuando atacó a un hombre por robar un beso a Bella, poco después del nacimiento de Emmet.

Alice lo sujetó por el brazo para rogarle:

—Por favor, Jasper, dejad que Jacob se ocupe de esto. No estáis en condiciones de mediros con Aro.

Él le cogió la mano, sonriente, y se la llevó a los labios para un beso amoroso.

—No tenéis nada que temer, querida. Tendré cuidado.

Leah retrocedió para darle paso. Jacob lo vio por el rabillo del ojo y salió al porche, permitiéndole salir tras él. Aun así, no iba a dejar ese conflicto en manos de un hombre que, además de haber sufrido recientemente una conmoción cerebral, iba descalzo.

Una fina ceja se proyectó hacia arriba, mientras Aro recorría a su enemigo con una mirada burlona.

—Veo que el bueno del sheriff aún no ha querido cumplir con su deber y arrestaros, herr Cullen. Nadie tenía mejores razones que vos para matar a Charlotte. Una vez más, todo el mundo sabe que la mataron en vuestro establo, pero aquí estáis, libre como el viento. ¿Ser amigo del sheriff Townsend tiene sus ventajas, nein?

—Y yo veo que aún aspiráis conseguir mi esposa, herr Vulturi. ¿Cómo puedo convenceros de que me pertenece?

Aro sonrió con desdén al observar la silueta larga y semivestida de su enemigo. Además de ser más joven, alto y musculoso, Cullen era también más esbelto. Para empeorar las cosas, no tenía rastros de barriga, mientras que él luchaba con ese problema desde los treinta años.

—Pronto será viuda, herr Cullen. En cuanto os ahorquen por matar a Charlotte. Jas dejó escapar una risa abortada.

—Será mejor que toméis asiento para esperar mi ejecución, Vulturi. Si lo hacéis de pie se os pudrirán las piernas.

—¡Seréis vos quien se pudra en el infierno! ¡No yo, que no he matado a nadie!

—No, no sois capaz de ensuciar esas blancas y viscosas manos con ese tipo de trabajos. Antes bien los encomendáis a vuestros secuaces. Me han dicho que ofrecisteis mil dólares a Hyde y a Da Revin, si me eliminaban de un modo u otro, para tener el camino libre hasta mi esposa. Me interesaría saber quién de vuestros dos sicarios asesinó a Charlotte, con la intención de provocar justamente eso. Quizá sois también responsable del ataque que he sufrido la otra noche. —Jas lanzó un resoplido burlón—. No os extrañéis mucho si el sheriff os visita para haceros algunas preguntas sobre ese incidente. A mí, por cierto, me interesaría mucho saber qué tenéis que decir al respecto.

La idea de que Townsend fuera nuevamente a husmear en su depósito hizo que el alemán estallara de ira.

—¡No he hecho nada!

—Habéis hecho muchas cosas —contraatacó Jas—, por no mencionar que acabáis de asustar a dos mujeres y a un niño. A mi modo de ver, solo eso es motivo suficiente para echaros a la calle.

—He venido a cortejar a Alice. Eso es todo.

—¡Ella está casada! —gritó Jas—. ¡Conmigo! Y ahora quitad esas sucias botas de este porche, si no queréis que friegue el suelo con vuestro ancho trasero.

El alemán proyectó el labio superior en una sonrisa cáustica.

—Soy paciente cuando hace falta, herr Cullen. Puedo esperar a que hayáis muerto para reclamar a Alice. Y lo haré, con toda certeza. La tendré aunque tenga que pasar sobre vuestro cadáver, como dicen.

El hombre festejó con una risa su propio chiste. Luego, con otra mueca altanera, arrojó las flores a los pies de Jas y, después de plantarse el sombrero en la calva, se volvió en redondo y abandonó el porche. Al salir, sin molestarse en cerrar el portón detrás de sí, levantó el brazo sano para llamar a un coche de alquiler que esperaba calle abajo. Desde su estribo agitó el puño hacia Jas por última vez, antes de acomodarse en el interior. El vehículo pasó con un rumor de ruedas frente a la casa, pero Aro no los miró.

—Por suerte, todo ha pasado —suspiró Leah, dejando caer la mano armada a lo largo del cuerpo.

Al ver el pistolón en manos de su novia, Jacob la cogió por la muñeca para quitarle suavemente el arma.

—Desde ahora en adelante no tendréis que preocuparos por defender vuestra casa, querida. Si no tenéis inconveniente, ahora mismo saldré en busca de un sacerdote, para arreglar de una vez por todas esa cuestión de la boda.

Con un grito de alegría, Leah se echó en sus brazos; como en su ansiedad estuvo a punto de sofocarlo, él dejó oír una risa estrangulada.

—Por Dios, querida, dejadme respirar —rogó.

—Oh, perdonad. —Ella retrocedió, ruborizada por la vergüenza, pero solo por un momento. Sin poder resistirse a la proximidad de sus labios, se levantó sobre las puntas de los pies para rozarlos con un beso furtivo. De inmediato, algo avergonzada por su temeridad, trató de volverse hacia un lado, pero se encontró con la mano de Jacob entre los omóplatos, presionando para acercarla una vez más a él, mientras aquella boca descendía hacia la suya. Desde el día de la proposición matrimonial él mantenía una prudente reserva; sabía demasiado bien que, si comenzaba a besarla, querría ir mucho más lejos. Pero no estaba preparado para la vorágine de sensaciones, que en ese momento, estallaron en su interior, al fundirse sus labios con un apetito voraz.

Jas los miró con una sonrisa ladeada, con Alice entre sus brazos. La tentación de imitarlos era grande, pero ya había visto que Tizzy estaba boquiabierta. No había manera de saber cuál sería su reacción si él también besaba a su esposa con igual fervor.

—¿Esto significa que estáis de acuerdo? —inquirió el modisto en voz baja, cuando se separaron.

—¡Oh, sí, Jacob! ¡Sí, sí, sí! —exclamó ella, exultante.

Los dientes blancos de Black centellearon en una amplia sonrisa.

—En ese caso, será mejor que me ponga en marcha. —Le alzó el mentón con un nudillo—. Durante mi ausencia, amor mío, poneos el más bonito de vuestros vestidos y preparad lo que necesitéis para pasar la noche fuera. Sin duda Alice y Tizzy podrán cuidar de Jake hasta mañana. Regresaré tan pronto como pueda.

—Pero ¿adonde iremos esta noche? El le guiñó un ojo.

—A mi apartamento, querida, desde luego.

En el trayecto hacia la salida se detuvo junto a Jas.

—Si quieres ser el padrino, mi querido Jasper, será mejor que te vistas. Como es mi primera boda, no estoy muy versado sobre el protocolo a seguir, pero no creo que un simple par de pantalones sean atavío suficiente.

De pronto Jas cayó en la cuenta de que su dolor de cabeza había desaparecido.

—Veré qué puedo hacer, mi querido fanfarrón. Por casualidad, ¿tienes alguna camisa limpia de sobra en tu casa? Alice enlazó un brazo al de él.

—No la necesitáis, querido. Tizzy ha lavado y planchado la vuestra. Está arriba, en nuestra habitación.

—Me siento algo mareado. —Los surcos de sus mejillas se acentuaron en una curiosa sonrisa—. Creo que necesitaré algo de ayuda para vestirme.

Ella reclinó la cabeza contra su hombro y alzó hacia él los ojos brillantes.

—Creo que yo podría prestaros algún auxilio, si os parece conveniente. No será ninguna molestia, puesto que yo también voy a vestirme para la ocasión.

—¿Necesitará ayuda, señora Alice? —preguntó Tizzy, desde el vestíbulo.

—Solo para peinarme. Mientras tanto puedes ayudar a la novia en lo que sea necesario. Creo que la señora Leah se alegrará de que le hagas un peinado muy bonito para la ceremonia. —Al ver que su amiga asentía vigorosamente, se echó a reír—. Ya ves, Tizzy: eres muy apreciada en esta casa. Te llamaré cuando esté lista.

Subió la escalera bajo el brazo envolvente de su esposo. Cuando entraron en el dormitorio, Jas la aprisionó en un abrazo, con la espalda apoyada contra la puerta. Su beso fue largo y profundo; cuando la soltó ella también se sentía algo mareada.

—No imagináis lo mucho que os he echado de menos durante nuestra separación, querida

—susurró él, junto a su boca—. No ha pasado un solo día sin que quisiera rogaros que volvierais a mi lado, pero temía que os apartarais otra vez de mí, como aquella noche, en casa de Pete.

—Oh, Jasper, durante toda nuestra separación he llorado todas las noches hasta quedarme dormida, preocupada por lo que sucedía entre nosotros. Parecíais muy enfadado por mis dudas, y realmente teníais razón. Debería haber creído en vuestra inocencia, pero estaba tan confundida...

Por un lado temía que pusierais fin a nuestro matrimonio; por otro me acosaba la posibilidad de que no fuerais tan noble y honorable como parecíais. —Le apoyó la palma en la mejilla—. Ahora me parece inconcebible haber imaginado que podía amar tan profundamente a un hombre capaz de un crimen tan cruel.

—Debería haber sido más paciente con vos —susurró él, bajando la boca abierta hacia la de ella—. Sufristeis un golpe terrible.

—Todo eso ya ha pasado —murmuró ella, antes de que los labios de Jasper cubrieran los suyos con un exigente fervor. Luego le rodeó el cuello con los brazos y se levantó sobre las puntas de los pies, apretándose contra él, consciente de su dura virilidad y del apetito que latía en su propia ingle. Los pezones se le endurecieron contra el pecho de acero, palpitantes y reclamando su atención.

—Será mejor que nos vistamos, amor mío —murmuró él—. Conozco a Jacob: muy pronto estará de regreso. Y si continuamos así, voy a hacer que esa vieja cama chirríe como nunca ha chirriado.

Alice se retiró con un pequeño gemido de frustración, pero comenzó a desabrocharse el corpino, hasta que su esposo volvió a estrecharla y le deslizó una mano bajo la camisola para abarcar un pecho redondo; luego acarició con el pulgar el pico ya blando hasta convertirlo nuevamente en un nudo apretado. Alice le sonrió con aire interrogador, muy dispuesta a continuar con el juego, pero él sacudió la cabeza.

—Basta —suspiró—. Si no nos damos prisa, Jacob vendrá a aporrearnos la puerta.

Aunque sentía gran necesidad de meterse en una bañera llena de agua caliente, solo tenía tiempo para lavarse en la palangana. Sus músculos seguían algo doloridos por el enfrentamiento con el enmascarado, pero le habría gustado involucrar también a su esposa en un buen baño. Muchas veces había recordado, durante la separación, aquellos momentos en que la tenía recostada contra él dentro de la tina; entonces esa imagen que volvía una y otra vez impulsaba a ir a su encuentro y pedirle que volviera con él. Le aliviaba saber que, en el futuro, habría más baños iguales a los que atesoraba en su memoria.

Alice preparó la ropa de su esposo, mientras él se lavaba Al sentarse en una silla para calzarse las medias, levantó la vista por casualidad y lo vio desnudo ante el lavabo. Era habitual que ese espectáculo despertara su admiración, pero ese día le provocó una intriga especial. No pasó mucho tiempo sin que Jas se diese cuenta de que ella lo miraba intensamente.

—¿Habéis adquirido alguna obsesión por mis partes más prosaicas, señora? —bromeó él—.

La verdad, si continuáis mirándome así, no podré esconder nada bajo los pantalones.

—Jasper... ¿cómo os compararíais con otros hombres? Él arrugó la frente, intrigado.

—¿A qué viene eso?

—Siento curiosidad. —Ella le dirigió una sonrisa, mientras levantaba la pierna para estirar la media sobre la pantorrilla. Con tantas conversaciones explícitas como habían mantenido después de hacer el amor, podía hablar de los atributos masculinos sin vergüenza alguna. Durante sus preludios, él nunca expresaba ninguna timidez al indicarle qué le agradaba, qué partes de su propio cuerpo eran más sensibles al estímulo—. ¿No vais a decírmelo?

Jas ahogó una risa ante la insistencia de su mujer.

—Nunca se me ha ocurrido compararme con otros hombres, querida, si a eso os referís. No es algo que me interese.

Inclinado sobre el pequeño espejo redondo que pendía sobre el lavabo, Jas se pasó la navaja por la mejilla. Después de retirar el último rastro de espuma, se frotó la cara con la mano, por si hubiera algunos puntos sin rasurar; luego se limpió la cara con un paño mojado en agua caliente. Cuando al fin echó una mirada hacia Alice, el brillo falsamente dolido de sus ojos le dijo que no iba a desistir mientras él no satisficiera su curiosidad por completo.

—De acuerdo, querida mía. Podéis envainar esas dagas azules. Os diré lo que pueda.

Como un niño que hubiera insistido por un cuento, Alice se deslizó hasta el borde del asiento y aguardó, totalmente cautivada por el tema de conversación. Jas no pudo evitar una risa entre dientes, encantado por el espectáculo: aunque su postura era la de una jovencita recatada, su escasa vestimenta destruía por completo cualquier idea de timidez, pues solo llevaba puesta una coqueta camisola, que las redondeces del busto desbordaban, tensando la tela sutil.

—Si Aro os viera en este momento, amor mío, me atravesaría con la primera espada que encontrara, solo por teneros para él.

—Oh, no mencionéis a ese tunante. Lo detesto profundamente. —Ella agitó los dedos para que su esposo volviera al tema—. Estoy esperando, Jasper.

—Es cierto, querida mía. —Con un suspiro, él cedió a su simpática insistencia—. En mis días juveniles tuve que soportar muchas bromas de mis amigos, cuando íbamos a nadar desnudos. Solíamos balancearnos sobre el agua, colgados de una larga cuerda atada a una rama del árbol que crecía junto al arroyo. En ocasiones, eso se convertía en una pugna por ver quién llegaba más lejos antes de soltar la cuerda y zambullirse. Como algunos teníamos un miembro más grande que el resto, nuestros compañeros bromeaban sobre lo que podrían hacer si se cortaba la soga. Nos recomendaban que trepáramos al árbol para reemplazar la cuerda. Su hilaridad era tan grande como su imaginación, pues aseguraban que, como nuestros miembros tenían cierta flexibilidad, todos podrían llegar más lejos. Por lo demás, opinaban que no habría mucha diferencia entre nosotros y la cuerda.

—¿Esas bromas no os abochornaban?

Jasper se rascó pensativamente la mejilla, muy cerca del intrigante surco que su gran sonrisa ponía a la vista.

—Considerando que algunos solo tenían bajo los pantalones el equivalente a una escupida en un tiesto, decidí que no era tan desafortunado, al fin y al cabo. Cuando menos, nadie me confundiría jamás con una niña.

—Me gustáis tal y como sois.

Como aquella mirada apreciativa le estaba provocando una reacción, él insinuó:

—No creo que aceptarais dedicar un momento a divertiros con vuestro esposo, ¿verdad? Si bajamos tarde, ya encontraríamos alguna excusa.

Alice imaginó las curiosas miradas que recibirían en la planta baja.

—La cama hace demasiado ruido, Jasper. No podríamos mentir. Él resopló.

—Voy a llevaros a casa, donde la cama no chirría, querida. Y allí os retendré hasta que me supliquéis que os deje en libertad. El semblante de la joven se iluminó, lleno de hoyuelos.

—¿Es una promesa?