Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 27
Laurent Da Revin apoyó un hombro contra la pesada madera y abrió la puerta del depósito. De inmediato vio a Aro Vulturi al otro lado de su oficina, sentado tras el gran escritorio donde últimamente se lo encontraba casi siempre. Al parecer, el brazo inválido hacía que evitara el ambiente indigno y ruidoso de los prostíbulos, donde antes solía pasar horas y horas, dedicado a sus actividades delictivas y a las mujeres; en su caso, cinco o seis rameras al mismo tiempo. Con su fortuna compraba sin dificultad a las prostitutas, pero en los últimos tiempos ellas no aliviaban su malhumor. Aun así, Da Revin estaba allí con el propósito específico de sacarle una pequeña porción de sus riquezas.
Los ojos de hielo se apartaron lentamente de los registros contables para posarse en el inglés. En ocasiones, durante su breve asociación, le había resultado divertido escuchar los planes que Da Revin se sacaba de la manga, pues el hombre era sumamente astuto cuando no tenía el cerebro lleno de alcohol. También era un delincuente consumado. Aro no podía olvidar que habían sido las sucias tretas de Da Revin las que le hicieron perder a Alice e, indirectamente, el brazo. Algún día ese inglés tendría que arrepentirse de haberle engañado.
Arrellanado en su enorme silla, apoyó la punta de la pluma contra el fino escritorio, sonriendo con irónica diversión.
—Vaya, Laurent Da Revin, ¿a qué debo este honor? Rara vez os he visto sobrio, con que debe ser algo importante. ¿De qué se trata ahora? ¿Algo totalmente distinto? ¿O dinero, como de costumbre? Como casi siempre es así, solo resta preguntaros qué estáis dispuesto a hacer esta vez por algunas monedas.
Laurent, sin esperar una invitación, ocupó una silla frente al alemán.
—Tengo el oído atento y me mantengo al tanto de todo lo que sucede en Charleston. Esta misma tarde he sabido que Jasper Cullen fue arrestado por el asesinato de Charlotte. Por lo tanto, supongo que os sentiréis obligado a darme lo que me prometisteis la última vez.
—¿Por qué? —inquirió Aro, con gran sorpresa—. ¿Qué habéis hecho que justifique esta interrupción? ¿No veis que estoy trabajando en mis cuentas? Deberíais saber, por pasadas experiencias, cuánto me disgusta que se me moleste cuando estoy dedicado a mi trabajo.
Laurent le dedicó un gesto indiferente. Poco le importaba qué pudiera molestar a ese hombre.
—Si yo no hubiera matado a Charlotte, Jasper Cullen no estaría ahora en la cárcel. Y os recuerdo que me prometisteis mil dólares si provocaba la ruptura entre mi sobrina y ese tío rico con quien se ha casado.
El alemán se puso de pie, furioso, descargando la palma contra el escritorio.
. —¡Mentís! Hoy he hablado con Alec. Me ha dicho que vio a Cullen matar a la muchacha. ¿Qué tratáis de hacer? ¿Exigirme dinero por algo que no habéis hecho?
Da Revin hizo una mueca de disgusto al oír el nombre de su rival. Ese joven picaro trataba siempre de arruinar sus esfuerzos por conseguir algunas monedas.
—Alec se equivoca, como siempre. No fue Cullen quien mató a Charlotte. Los ojos centelleantes de Aro se enfrentaron a la débil mirada del inglés.
—¿Por qué no me decís simplemente qué diablos pasó allí esa noche? Alec me dice una cosa. Vos, otra. Quiero saber cuál de vosotros miente para estafarme.
—Creo poder satisfacer vuestra curiosidad —concedió Da Revin. Nunca le había gustado ese alemán; a no ser por su fortuna, habría buscado la manera de librarse de él—. Veréis: me enteré de que Alec llevaría a Charlotte a Oakley, para que armara escándalo durante el baile de los Cullen, si mi sobrino político no aceptaba Laurentar. Entonces decidí ir a echar un vistazo. Pero las pasé negras para conseguir un caballo, pues todos los coches estaban alquilados para llevar a los invitados a la fiesta. ¡Hum! Cuando llegué ya se había producido el asesinato. Aun así recorrí todo con una lámpara velada, solo para ver qué había sucedido. Y así fue como encontré a Charlotte en una de las caballerizas, con una herida en la barriga, sola con su bebé. Sufría mucho, pero me pareció que saldría del paso con ayuda del médico.
»A1 principio pensé que Alec la habría apuñalado con el cuchillo que vi allí, pero Charlotte me dijo que había sido un desconocido. Dijo que había ido en busca de Cullen, para advertirle por última vez de la vergüenza que le haría pasar si no accedía a sus exigencias. Cuando entró en el dormitorio no era Cullen quien estaba allí, sino un desconocido que hurgaba dentro de una caja. Charlotte me dijo que trató de huir, pero ese hombre le puso un puñal en el cuello y la amenazó con degollarla si gritaba. Como la lluvia había dejado todo muy enlodado y él no quería ensuciarse los zapatos de gala, la arrojó en la cama y se sentó sobre ella, mientras se ponía las botas de Cullen.
—Pero ¿por qué no la mató en el dormitorio de herr Cullen? Se habría ahorrado muchas molestias.
—Como era uno de los invitados, tal vez no quiso que se armara un alboroto por el cadáver mientras él estaba en la casa.
Aro proyectó el mentón con aire pensativo, mientras estudiaba esa conjetura. Luego hizo un ademán con la mano.
—Continúa.
—El hombre la llevó al establo y allí la apuñaló. Iba a hacerlo otra vez, pero según Charlotte oyó un ruido. Fue entonces cuando Alec salió corriendo de la caballeriza vecina. El caballero corrió tras él, pero Alec debió de huir, pues Charlotte oyó un repiqueteo de cascos a lo lejos. Cuando el desconocido volvió para ocuparse de ella, Charlotte se hizo la muerta. El hombre cayó en la trampa. Fue entonces cuando yo me puse a pensar. Me habíais prometido mil dólares si separaba a los recién casados. Y allí tenía a un desconocido para culparlo de todo. Y decidí liquidar personalmente a Charlotte. —Soltó una risa breve—. Ella gritó al adivinar mi intención, pero de nada le sirvió. Aun así, calculé mal. Al ver venir una lámpara desde la casa, me apresuré a apagar la mía y me escondí en otra caballeriza. Cullen en persona venía a echar un vistazo al establo, pero solo llegó hasta la pobre Charlotte, que aún estaba con vida. Lloriqueó que lo amaba y que se arrepentía de haber mentido, diciendo que el bebé era hijo de él. Poco después aparecio mi sobrina. Y por el cariz que tomaron las cosas, enseguida pensó que Cullen había matado a la muchacha, porque huyó hacia la casa como si alguien hubiera prendido fuego a sus enaguas.
—¡Veamos, Da Revin! Estáis convencido de ser quien distanció a Cullen de tu sobrina.
Pero ocurre que fui a casa de frau Clearwater y ambos estaban juntos allí.
—Poco importa eso. —Da Revin descartó la información con un gesto de la mano—. Lo fundamental es que, si no fuera por mí, Charlotte estaría viva y Cullen no habría ido a la cárcel, pues ella habría dicho a todos que él era tan inocente del apuñalamiento como de haberla preñado. Estaba medio enamorada del ricachón; con toda seguridad, no lo habría dejado sufrir más de un día en la cárcel antes de revelar la verdad; quizá habría llegado a contar que achacar la paternidad a Cullen fue idea mía.
Aro conjeturó, sin esforzarse por disimular su tono burlón:
—Es decir: queréis que os pague por lo que habéis hecho.
—Mil dólares, tal como prometisteis, señor Vulturi. De otra manera me veré obligado a mandar aviso al sheriff: que el esposo de mi sobrina no es el culpable, que debería buscar a un forastero elegante entre los que asistieron al baile de los Cullen.
Aro torció la boca hacia abajo, estudiando la amenaza del inglés. Ya había entregado a Alec diez mil dólares por el arresto de Cullen, algo que se había logrado. Teniendo en cuenta la animadversión que ahora despertaba su rival, no pasaría mucho tiempo sin que Cullen fuera ejecutado por el asesinato de Charlotte. Y con Alice convertida en viuda desconsolada, Aro podría obtener de ella lo que deseara. No obstante, Da Revin podía arruinar las cosas antes del ahorcamiento. Y él no pensaba permitirlo.
—Os pagaré esos mil dólares para que mantengáis la boca cerrada, Da Revin —aceptó por fin, alzando una sonrisa atrevida hacia la cara del inglés. Luego extrajo del escritorio una pequeña caja fuerte y contó las monedas de oro—. Os conozco bien; si no os doy esto cumpliréis vuestra amenaza y Cullen quedará libre.
—Está casado con mi sobrina, después de todo. Y la sangre es la sangre. —Da Revin guardó las monedas en una taleguilla y regresó alegremente a la puerta principal, desde donde se despidió con una somera sonrisa y un saludo despreocupado.
—¡Maldito sea! —rugió el alemán, descargando el puño sobre el escritorio. Luego giró en redondo para cruzar los pasillos oscuros del depósito—. ¿Dónde estáis todos? ¿Morgan? ¿Cheney? ¿Muffat? ¿Dónde estáis?
No hubo respuesta. Él se adentró en el almacén hasta oír el gruñido de los hombres que apilaban cajas de fusiles.
—Morgan, ¿dónde estás?
—Aquí, señor, cargando los fusiles para el embarque río arriba, como ordenasteis.
—Olvidad eso por ahora —ordenó Aro, seco—. Tengo un trabajo más importante para vosotros. Laurent Da Revin ha salido de aquí hace un momento. Se ha convertido en un peligro para nuestros negocios. Quiero que... eh... ¿Cómo decirlo? Que le abreviéis los sufrimientos. Da Revin lleva consigo un saco de monedas. Si lo liquidáis, esa será la recompensa. Podéis compartirlo o no. Poco me importa cuál de vosotros lo haga, siempre que le cerréis la boca para siempre. ¿Habéis comprendido?
Laurent Da Revin se alejó del depósito a paso tranquilo, muy ufano con las mil monedas en el bolsillo. Llevaba algún tiempo con la mente libre de alcohol que consumía en exceso y, por el momento, estaba seguro de que nada podía salirle mal. De hecho ya había planeado el siguiente paso para aumentar su riqueza, posiblemente en varios millares más. Tendría que encontrarse con cierto antiguo conocido, a quien hasta entonces había puesto mucho cuidado en evitar. Ese hombre era muchísimo más peligroso que el alemán, pero si él mantenía la cabeza en su sitio, sin duda saldría victorioso. Al fin y al cabo era su día de suerte.
Raro era, por cierto, que Laurent Da Revin cruzara el umbral del mejor hotel de la ciudad, y no porque le disgustara estar allí. Su reticencia a ingresar en el establecimiento se debía, simplemente, a que por lo habitual, no podía pagar nada de lo que servían en ese lugar; además, el gerente y casi todo su personal lo miraban como si fuera un desecho que el mar hubiera arrojado allí. Hasta entonces siempre había abandonado el sitio sumido en una profunda depresión, que lo impulsaba a beber aún más. Ahora tenía dinero en la bolsa, aunque no lo suficiente, por desgracia, como para permanecer por mucho tiempo allí, donde el sabor a lujo era demasiado intenso y tentador como para que él lo ignorara.
Un pequeño soborno, bajo la forma de una moneda pagada a una atractiva criada, apenas pasada la flor de la vida, le brindó la razonable certeza de que su nota sería entregada a su conocido. Aun así la siguió disimuladamente, hasta asegurarse de que la misiva había sido entregada en las habitaciones especificadas. Tras dejarla en manos del mayordomo del caballero, la criada volvió precipitadamente a su trabajo, tarareando alegremente por lo bajo, hasta que se interrumpió con una exclamación de horrorizada sorpresa: una manaza se le había metido groseramente entre sus nalgas. Giró en redondo, echando fuego por los ojos, y antes de que Laurent Da Revin pudiera ponerse a una distancia segura, le plantó una mano en la entrepierna, estrujándole las partes viriles con tanta ferocidad que él se elevó de puntillas.
—¡Que no vuelvas a hacer eso, tunante! —siseó la mujer, rechinando los dientes—¡Tócame otra vez y te los arranco, ya verás si no! —Para dejar las cosas claras, aumentó la presión hasta que Da Revin empezó a balbucear todo tipo de súplicas y promesas—. ¿Me has entendido ?
Él asintió rápidamente con la cabeza, asegurando que haría cualquier cosa, siempre que ella lo soltara. Por fin la criada consintió en dejarlo. Lo hizo riendo entre dientes, muy satisfecha. Laurent dejó escapar el aliento, aliviado, mientras ella se sacudía las manos, como si intimidarlo hubiera sido parte de su trabajo.
—¡Zorra! —murmuró él, sin alzar la voz. Y la siguió con una mirada fulminante, mientras ella se alejaba meneando las faldas de lado a lado. Con la cara contraída en una mueca, se tironeó de los pantalones, tratando de poner todo en su sitio. Lo que más temía era haberse quedado permanentemente tullido.
Gradualmente, recobró el aplomo y pudo acomodarse la ropa raída. Luego, con el aire de quien tiene una fortuna inmensa, regresó al vestíbulo de la planta baja y salió a la tarde avanzada. No dudaba que su conocido acudiría a la cita; le convenía no faltar, por cierto. Desde luego, Da Revin había puesto cuidado en escoger un sitio donde ambos estarían bien a la vista. Era mucho más seguro.
—¡Maldito seas, Rhys, tienes que soltarme! —exigió Jas, volviéndose acaloradamente hacia el sheriff. En ese momento, estaba sentado en la silla, con los pies apoyados en el escritorio—. A estas horas casi todo Charleston sabe que me has arrestado, y eso significa un peligro para mi esposa. Conmigo encerrado y fuera de juego, tanto Aro como el criminal que nos atacó pensarán que ella es pan comido.
—No estás encerrado, Jasper —señaló el sheriff, con razón, mientas señalaba la única celda ocupada. Ahora que ambos calabozos poseían puertas, tenía alguna seguridad de retener a su joven prisionero—. Alec sí está encerrado. Tú estás libre. —Abarcó con un ademán la amplia zona por donde su furibundo huésped se paseaba, como si fuera necesario recordarle que se movía a voluntad por la oficina—. Más aún: si no dejas de pasearte, acabarás por abrirme un agujero en el suelo.
—Me gustaría abrir un agujero en ese grueso cráneo tuyo, amigo mío. Tal vez así podría hacerte entender lo que digo —replicó Jas, volviéndose otra vez—. ¿No ves que mi esposa está totalmente sola en casa de Leah? Si algo sucede, solo podrán auxiliarla su criada y un niño de cuatro años. Aro ya ha estado allí, empecinado en adueñarse de ella. Y no hay manera de saber qué podría hacer en mi ausencia el demonio encapuchado que nos atacó. ¡Te digo, Rhys, que debes dejarme salir!
—Calma, calma, que lo tengo todo bajo control —le aseguró el sheriff—. He hablado con Elijah para que continúe vigilando a tu esposa. Si algo sucede me lo hará saber.
—¡Eso no basta para dejarme tranquilo! —argumentó Jas—. ¡Conmigo aquí, no! Rhys exhaló un suspiro, algo fastidiado por la insistencia de su amigo.
—Oye, ¿por qué no vas un rato a tu celda y duermes una siesta o algo así? —propuso—. Tal vez eso te tranquilice; entonces podrás ver las cosas a mi modo. Si te dejara salir, lo más probable es que te lincharan. ¿Y de qué le servirías entonces a tu esposa?
Jas hizo una pausa y torció la mandíbula, analizando la situación. Eso dio a Rhys motivos para pensar que trataba de mostrarse más razonable. Suposición que resultó equivocada cuando su amigo expresó sus conclusiones:
—Nada me impide salir de aquí. No estoy bajo arresto y sabes muy bien que soy inocente. Con que básicamente soy un hombre libre. —Como para poner a prueba la teoría, recogió su levita para dirigirse hacia la puerta—. Hasta luego, Rhys.
—¡Charlie! —gritó el sheriff, mientras tumbaba la silla en sus prisas por llegar el primero a la puerta. Lo consiguió, pero a gatas.
—Aquí estoy, sheriff —respondió su ayudante, saliendo del cuarto trasero.
Townsend se enfrentó a los encolerizados ojos de esmeralda, que estaban a la misma altura que los suyos. Aunque no vaciló ante ellos, no pudo impedir que se le erizara el pelo de la nuca. Se enfrentaba a un hombre de la misma estatura que, si bien no era tan corpulento, estaba en excelentes condiciones físicas. Jasper Cullen podía ser muy simpático, hasta despreocupado, pero su voluntad era de acero. Si los puñales verdes de sus ojos no llegaban a matar, su dueño era capaz de continuar la lucha hasta acabar con el último enemigo.
—Esposa al señor Cullen a su camastro.
—¿Qué? —gritó Jas. Su ira era cada vez mayor—. ¡No puedes hacerme eso, Rhys! ¡Mi esposa está en peligro!
El sheriff apoyó una mano sobre el hombro musculoso de su amigo, tratando de apartarlo de la puerta.
—Ve a tu celda.
—¡No, qué diablos! —estalló su amigo, mientras se daba la vuelta con el puño apretado.
Fue apenas un golpecito en la cabeza, pero sumado a la reciente conmoción cerebral, bastó para que Jasper cayera al suelo, perdido en el reino de la inconsciencia. Rhys pidió ayuda a Charlie y entre los dos lograron llevarlo a su celda, donde lo acostaron en el camastro.
—Así se mantendrá quieto un rato, ¿verdad, sheriff? —comentó su ayudante, con una dócil sonrisa—. ¿Queréis que lo espose?
—No, déjalo. Bastante furioso estará cuando despierte como para empeorar las cosas. Solo cerraremos la puerta con llave, para asegurarnos de que no se vaya. —Rhys meneó tristemente la cabeza—. Si salimos de esto con el pellejo intacto, Charlie, no será porque el señor Cullen no haya intentado desollarnos.
—¡Eh, sheriff!
Rhys se volvió hacia el ocupante de la otra celda, que estaba tendido en su jergón, con aire de divertirse a lo grande. Al joven rufián le encantaba acosarlo. Era algo a lo que no renunciaba.
—¿Qué quieres, Alec?
El picaro se rascó el mentón, sonriente.
—Por vuestra manera de actuar se diría que Cullen os da mucho miedo. Rhys suspiró marcadamente. —¡Cállate!
Laurent Da Revin esperaba ante la Mazmorra del Preboste, la vieja aduana donde los británicos solían encerrar a los prisioneros durante la guerra. Habían pasado treinta minutos desde la hora especificada en la nota. Bien pensado, no le convenía quedarse allí mucho tiempo más. Obviamente el hombre no vendría.
En la esquina, giró hacia el norte y, al llegar al mercado, compró una manzana. Mientras apoyaba el hombro sobre el tronco de un árbol, una sombra alargada cayó sobre él y se extendió por el suelo, más allá. Un momento después un puñal le rozó las costillas.
—Buenas tardes, Laurent —saludó una voz sorda, cerca de su oído.
—¿Morgan? —Laurent trató de darse la vuelta, pero la punta de acero se clavó otra vez, recordándole que debía mantenerse quieto—. ¿Qué haces?
—Esta vez el señor Vulturi está muy enfadado contigo. Nos mandó a todos buscarte, pero como yo te he encontrado primero, supongo que puedo quedarme con toda la recompensa.
—¿Qué recompensa? —Desvió los ojos hacia la izquierda, en un esfuerzo por ver a su atacante.
—La que llevas encima. Voy a cogerla, si no te molesta.
—La tengo bajo la camisa, pero si te la doy aquí la gente pensará que me estás robando y llamará a la policía.
Morgan lo pensó apenas un momento. A Vulturi no le gustaría que el sheriff se entrometiera en el asunto. A él tampoco.
—Vayamos hacia la bahía, donde no hay tanta gente. —Como Da Revin vacilaba, el puñal le acicateó la carne blanda de la cintura—. Muévete, si no quieres que pierda la paciencia.
El obedeció de mala gana. Cuando estuvieron en un lugar desierto, empezó a quitarse la chaqueta. Cuando la tuvo colgando de una mano, la hizo girar en un arco violento para golpear a Morgan en plena cara; el cuchillo voló, mientras su portador se tambaleaba hacia atrás, con los ojos furiosos. Un momento después, Laurent recogía el arma para clavarla en la blanda barriga de su frustrado asaltante. Morgan emitió un sonido sordo y cayó de rodillas. Da Revin hizo una fugaz mueca de satisfacción, mientras el hombre se derrumbaba a sus pies. Luego recorrió los alrededores con la mirada; la calle estaba desierta. «Un día de suerte», pensó, mientras escapaba.
Cuando apenas comenzaba a adormecerse, Laurent Da Revin fue brutalmente arrebatado del sueño por un grito fantasmagórico, agudo y penetrante, que provocó escalofríos en espiral a lo largo de su columna vertebral. Movió los ojos, con cautela, hasta que su mirada se fijó en algo enorme y monstruoso que se cernía sobre él. No tenía cara: solo una máscara floja, intensamente negra, en la que unas cavidades hundidas hacían de ojos. Al principio tuvo la seguridad de que estaba soñando. Su segunda conclusión fue mucho más aterradora. Era un hombre de escasa conciencia, apenas un brotecillo deforme que nunca se había atribulado mucho, pero poseía una vivida imaginación y un profundo temor a los espíritus. Aún estaba convencido de que los había en la casa de su abuelo, donde se había criado; en esa misma propiedad, se descubrió más adelante un pozo cubierto con tablas, que contenía los esqueletos de doce hombres. La silueta que en ese momento se alzaba frente a él tenía toda la apariencia de ser un espectro del infierno.
—¡Fa... fantasma! —aulló en un susurro, lo único que pudo brotar de su garganta constreñida.
De inmediato pensó en Morgan. Después de todo había sucedido apenas dos o tres horas antes. ¿O sería algún temible espíritu del pasado? Había toda una lista de nombres ya olvidados, incidentes en los que había tenido que eliminar a alguien.
Y por si la visita no fuera ya intimidante de por sí, su mente tropezó con una perspectiva mucho peor. ¿Quizá esa oscura silueta encapuchada venia a anunciarle la muerte?
Se retrepó frenéticamente contra la cabecera de la cama, chillando:
—¿Eres un alma en pena? Me pareció oírte aullar.
—Despierta, hombre. Solo has oído un gato en celo que aullaba cerca de tu ventana —se burló una voz fría. Una risa grave, dura, acentuó el descenso de Da Revin al terror de lo desconocido
—. La verdad, hay quienes piensan que soy el mensajero de Satanás. Y si he de ser justo, debo reconocer que tienen motivos para pensar así.
Mientras Da Revin intentaba analizar estas palabras, atontado por el sueño, dentro de él surgió un nuevo pánico, que le congeló el corazón. Un rayo de luna arrancó un destello al acero largo y brillante. Su garganta emitió un sonido estrangulado al sentir su filo mortal apretado contra la tráquea.
—Te sugiero que trates de no temblar demasiado —le advirtió la aparición, en un tono de exagerado interés—. Tengo el pulso muy firme, pero aun así pueden producirse accidentes.
Da Revin respondió con un graznido, poco más que un apresurado murmullo afirmativo. El intruso volvió a reír.
—Dime —le preguntó—, ¿tienes idea de quién soy?
Da Revin asintió frenéticamente. Con gran pesar, sabía exactamente quién era el que estaba allí con él: el mismo que había asestado la primera puñalada a Charlotte.
—¿Y sabes a qué he venido?
—Yo... os dejé una nota invitándoos a una reunión, pero nunca aparecisteis, compañero.
—No soy uno de tus despreciables compañeros. No vuelvas a llamarme así —bramó la voz abrasiva, mientras el filo del cuchillo apretaba amenazadoramente.
—¿Cómo queréis que os llame, mi... milord?
—Así me gusta más. —El cuchillo apenas se retiró—. ¿Cómo supiste que yo estaba aquí, en las colonias, y dónde podías encontrarme?
Da Revin apenas podía pensar; toda su atención se concentraba en el filo del arma que presionaba su mejilla. Aunque la presión se había aliviado un poco, aún se mantenía peligrosamente cerca de una vena vital.
—Por favor, os lo diré, siempre que me deis tiempo para respirar.
De la máscara surgió un siseo maligno, burlón, y la presión se alivió un poco.
—Piensa antes de hablar, Da Revin. No toleraré mentiras.
—Lo sé, milord. Para empezar, Charlotte aún vivía cuando la encontré en el establo. Os ayudé al terminar lo que habíais comenzado, pero antes Charlotte me dijo que había encontrado a un desconocido en la alcoba de Cullen, hurgando en el cofre de mi sobrina. Supuse que solo podía ser uno de los tres interesados en esa caja. Y como vos sois hombre de buen gusto, deduje que os encontraría en la mejor posada de la ciudad. Además, también pensé que vuestros amigos os habrían enviado para que os ocuparais del asunto, puesto que erais el más... eh... eficiente.
—No vengas con tantas ínfulas, sucio bastardo, que la hija de Brandon no es sobrina tuya. Nunca formarás parte de la nobleza. Eres solo un vulgar picaro con buena memoria, cuando estás sobrio, y con la suerte de haber tenido por compañero al verdadero Laurent Da Revin, antes de que el mar se lo tragara.
El anciano marino estalló en carcajadas:
—Sí, al joven Laurent le gustaba hablar de su familia. Cosa que me sirvió de mucho. Recordaba tan bien sus relatos sobre su hogar y los suyos que hasta pude engañar a su propia hermana.
Su Señoría lanzó una risa cáustica.
—Sí, y para desgracia nuestra, la convenciste de que se embarcara hacia las colonias.
—Siempre quise instalarme en esta parte del mundo, pero todos los barcos en los que me empleé me llevaron a cualquier parte, menos a donde yo quería. No fue muy difícil convencer a lady Balfour de la conveniencia de vivir aquí, puesto que ella y su hija habían caído en la desgracia con el encarcelamiento de lord Balfour. Fue lo mejor que se me ocurrió para venir, así que le mostré lo pobre que era hasta que ella accedió a prestarme dinero para el pasaje.
—Mientras tanto, mis compañeros y yo nos preguntábamos si podríamos confiar en ti. Por mi parte, decidí que no era posible, de manera que te seguí. Al fin y al cabo, yo era el responsable de que la misiva cayese en manos de Brandon. Tuve la mala suerte de que mi sirviente lo confundiera con la persona a quien estaba esperando. Y Brandon cometió el error de estar allí en el momento equivocado. Por añadidura, el correo enviado a Francia se había demorado. Pero eso no tiene nada que ver. Brandon ha muerto, gracias a ti, y ahora mis compañeros y yo solo tenemos una preocupación: el paradero de la información que él escondió para presentar en su juicio. Teniendo en cuenta todas las manos por las que tenía que pasar antes de ser entregada al rey, tenía derecho a desconfiar de que cayera en las equivocadas. Después de lo que le hicimos no se le puede reprochar que fuera cauteloso, aun con quienes trataban de ayudarlo. Se negó a recibir a nadie hasta que apareciste tú. La verdad, a no ser por tu audacia de hacerte pasar por el hermano de su esposa, Brandon habría presentado sus pruebas, con lo que mis compañeros y yo habríamos sido detenidos. Por eso debo estarte agradecido. Lo que me pregunto es qué te traes ahora entre manos. Si has hallado el mensaje y piensas utilizarlo contra nosotros, ten la certeza de que sé cómo tratar a la gente como tú. Con que voy a preguntártelo sin rodeos: ¿Qué quieres de mí?
—Es cierto que hallé el mensaje, jefe, tal como usted pensaba. Y después de echarle un vistazo entiendo por qué temíais que cayera en malas manos. Lo menos que podíais perder era la vida. Sin duda ese informe habría sido muy útil a los enemigos de Inglaterra: decía, entre otras cosas, los puntos débiles de las defensas militares de Su Majestad. Lástima que tuviera vuestra firma y la de vuestros dos compañeros. De otro modo no os habríais tomado tantas molestias para recuperarlo.
—Saber eso podría causar tu muerte, Da Revin —advirtió la voz cascada.
—¡Oh, sin duda! Lo sé perfectamente, jefe. Por eso hasta ahora no lo he mencionado a nadie, milord.
—Pues has tardado lo tuyo en darme la noticia. Charlotte lleva muerta más de un mes.
—He tenido que reunir suficiente valor, jefe, puesto que partí de Londres sin deciros nada. Temía que me trincharais con vuestro cuchillo. Pero al fin he decidido correr el riesgo y sincerarme con vos, como hombre honrado que soy.
Lord Witherdale rió despreciativamente.
—No sé por qué, pero no te creo, Da Revin. Ambos sabemos perfectamente que no tienes un pelo de honrado.
—¡Vamos! ¿Os habría buscado si no tuviera intenciones de daros el pergamino? Aunque Su Señoría sospechaba que había otro motivo, sintió curiosidad.
—¿Dónde hallaste la misiva? ¿En el cofre personal de Brandon, como yo pensaba?
—Sí, jefe, pero no bastó con levantar la cubierta para encontrarlo. Pasé muchas horas rascándome la cabeza frente a esa caja, pero desde Inglaterra hasta aquí tuve tiempo de sobra. Si no hubierais supuesto que tal vez hubiera un compartimiento oculto, habría renunciado mucho antes de encontrarlo. Tardé dos meses y medio en imaginar cómo hacerlo, pero allí estaba, tal como vos habíais dicho: en el fondo de la caja, la misma que vos intentasteis forzar antes de apuñalar a la pobre Charlotte.
La silueta encapuchada se volvió hacia un lado para contemplar el paisaje que se extendía más allá de la ventana, iluminado por la luna.
—Siempre supuse que estaría allí —murmuró pensativo—, pero como había acusado a Brandon de alta traición y muchos de sus pares consideraban ridículos esos cargos, temía acercarme a su finca, por si sus amigos estuvieran vigilando. Tú eras mi último recurso. Y cuando lograste entrar en la celda de Brandon, presentándote como cuñado suyo, supuse que conseguirías lo que buscábamos. —Una vez más, la silueta amenazadora se enfrentó al hombre que estaba en la cama; su voz siseante se cargó de un dejo cáustico—. Lo que no esperaba era que llevaras al fracaso tu visita matándolo antes de tener la misiva en las manos.
Da Revin protestó:
—¿Cómo iba yo a saber que el veneno surtiría tan pronto efecto? Creía tener tiempo de sobra para interrogarlo. Le di solo un poquito en el vino, como me indicasteis, y luego seguí vuestras instrucciones al pie de la letra: le informé de lo que había hecho y le prometí un antídoto si me daba el papel o, cuanto menos, me decía dónde encontrarlo. Pero el hombre murió en cuanto el veneno le llegó al estómago. —Da Revin chasqueó los dedos para agregar énfasis a su declaración—. ¡Así de rápido, maldito sea!
—No, Da Revin: maldito serás tú, por ser tan canalla —contraatacó el encapuchado—. No solo entregas a tus enemigos, sino también a tus amigos. Cuando nos oíste conversar y nos ofreciste una solución a nuestro dilema, mis compañeros y yo ignorábamos que fueras tan indigno de confianza. En cuanto te dimos tu paga, te pasaste al otro bando al convencer a lady Brandon de que abandonara Inglaterra. Y ahora ya estoy harto de tus estúpidas excusas.
—Ella habría abandonado el país de cualquier modo —declaró Da Revin, precipitadamente—. No soportaba las humillaciones de la gente que vivía cerca de su cabaña. Lo sé perfectamente. Estando yo de visita allí, uno de ellos me arrojó una col y poco faltó para que me dejara bizco. Hice todo lo posible, dada la situación. ¿Acaso no convencí a Evalina Brandon de que yo era su propio hermano? ¿Creéis que eso fue fácil? —En el entusiasmo de exagerar sus excusas, sus ojos se llenaron de lágrimas angustiadas y su mentón nudoso se estremeció—. ¡Llevo ya tanto tiempo haciéndome pasar por Laurent Da Revin que a veces no recuerdo ni mi propio nombre!
—A propósito, ¿cómo te llamas? Nunca llegamos a saberlo.
—Fenton... Oliver Fenton.
Al hombre que lo escuchaba, le importaba un rábano.
—Pues bien, Fenton, ¿dónde está ahora esa misiva?
Oliver Fenton aún tenía un as en la manga.
—Puesto que vos y vuestros amigos estabais tan deseosos de echarle una mano, hace meses, se me ocurrió que podíamos llegar a un nuevo acuerdo en cuanto a la suma a pagar por recuperarla.
—Te lo advierto, Fenton —tronó el visitante—, no me dejaré estafar otra vez.
—¡Hombre! ¿Cuándo os he estaf...?
—Prescott, Havelock y yo confiábamos en que recuperarías esa carta que tenía Brandon. Te pagamos una buena suma y te prometimos más. —Su voz se endureció—. Embolsaste la primera entrega en Inglaterra, pese a que no habías entregado absolutamente nada que apaciguara nuestros temores. Ahora me pregunto qué más quieres.
—Solamente lo que me prometisteis, milord, y un poquito más para comprar una bonita taberna...
—¿Qué? —El del manto oscuro resopló, con expresión de incredulidad—. ¿Para que te bebas todas las ganancias? ¿Dónde está el mensaje que hallaste?
—Bajo custodia, milord.
El puñal presionó otra vez el cuello de Da Revin, hasta que le saltó la sangre.
—Dime dónde está, condenado.
—Si me matáis, milord, jamás lo hallaréis. Lo he dejado a buen resguardo; si quien lo tiene se entera de mi muerte, debe entregarlo a la hija de Brandon... la señora Cullen, como se llama ahora.
—¡No mientas! —gritó Witherdale—. ¿Por qué a ella? Por lo que dicen, esa mujer y su marido te han prohibido pisar siquiera su plantación. Y tampoco te permiten acercarte a ellos aquí, en Charleston.
—Se podría decir que estoy en deuda con la muchacha, por haber envenenado a su padre y por dejar que su madre pasara hambre. Además, después de mi muerte poco me importará no tener dinero. Será lo único bueno que deje. —El marinero rió brevemente—. Además no serán ella ni su marido quienes me maten. Son gente buena, gente honrada.
Ante la lógica de ese razonamiento, lord Witherdale comprendió que esta vez Fenton no cedería. No tenía por qué hacerlo, puesto que llevaba las de ganar. Si la muchacha recibía la misiva, se encargaría de hacerla llevar inmediatamente a Inglaterra por prestigiosos abogados, para que se ocuparan de limpiar el buen nombre de su padre y condenar a los culpables, no solo de acusarlo falsamente, sino de alta traición a la Corona.
De pronto retiró el cuchillo.
—¡Bien, Fenton! ¿Cuánto más quieres? ¿Y cómo piensas llevar a cabo este intercambio, de modo que cada uno tenga la certeza de no sufrir consecuencia alguna si confía en el otro?
—Quiero cinco mil más, por lo menos.
Le respondió un largo silencio, mientras Su Señoría se apartaba con una leve cojera. Su voz ronca sonó al otro lado de la habitación.
—Continúa.
—Ahora sé que, si no cumplo con mi parte del trato, vendréis a matarme. Eso os asegura mi buena conducta. En cuanto a mí, quiero que enviéis a vuestro sirviente con los cinco mil dólares, al prostíbulo cuya dirección os daré. Una vez allí, el hombre recibirá nuevas instrucciones. Cuando yo tenga el dinero, él recibirá el mensaje en una caja de madera sellada, para mantener vuestro secreto a salvo. Luego os enviaré al mayordomo en un coche.
—Así, no tengo ninguna seguridad de recibir la misiva después de hacerte llegar el dinero.
Debe de haber una mejor manera de manejar este asunto.
—Sé lo que podéis hacer con vuestro cuchillo, jefe, y también sé que sois capaz de correr por puro gusto. A decir verdad, nunca he visto nada igual. Pero supongo que así os mantenéis en forma y feliz. —Fenton rió por un instante—. Tened la certeza de que, en cuanto tenga mi dinero, no me quedaré aquí mucho tiempo. Y haréis un buen negocio, creedme. Por una vez cumpliré con mi palabra. Tal vez así no vengáis tras de mí con ese gran cuchillo.
La voz ronca respondió finalmente:
—Quizá sobrevivas a esta noche, Fenton, después de todo. Pero haz lo posible por actuar exactamente como has dicho. Si no, no descansaré hasta haber sepultado tu cadáver en una fosa de cal viva.
La puerta se cerró tras el manto oscuro del visitante. Por fin Oliver Fenton resbaló desde la cabecera hacia abajo, dejando escapar un largo suspiro de alivio. Luego se arrojó de la cama para servirse algo de beber y se lo bebió de un trago con un seco movimiento de muñeca. Después de encender la lámpara, estudió por un momento sus manos temblorosas. Una cosa era segura: ya era demasiado viejo para soportar esta clase de sustos.
Un ruido de pisadas inseguras en el pasillo lo puso en alerta, pensando que Su Señoría había cambiado de idea y venía a terminar el asunto con un asesinato. Pero la voz del hombre que pasaba ante su habitación sonaba gangosa por la bebida.
Después de soltar un segundo suspiro, Fenton decidió que era solo un borracho en busca de una cama desocupada. Como no tenía ningún deseo de soportar a otro en su cuarto, fue a abrir la puerta y echó una mirada fuera. Cuando estaba a punto de cerrar otra vez, un hombro fornido lo empujó hacia adentro. Fenton retrocedió, con una exclamación de sorpresa. Dos hombres se acercaron a él con puñales desenvainados. En el momento en que lo sujetaron lanzó un escalofriante alarido, pero fue rápidamente acallado con un profundo tajo en la garganta. Sus ojos se dilataron al comprender que, después de todo, no era su día de suerte. Lleno de sangre, cayó de bruces al suelo.
Afuera, en el patio, una silueta encapuchada giró en redondo, sobresaltada por el grito de terror que atravesó la noche. Sus ojos buscaron la habitación que acababa de visitar. Con creciente miedo, vio que dos hombres salían de ella y avanzaban por el tejado. Uno se detuvo para arrojar un objeto que se parecía mucho a un cuchillo, mientras el otro se dejaba caer al suelo. Ambos desaparecieron inmediatamente.
El alarido de una mujer rompió la quietud de la noche.
—¡Llamad al sheriff! ¡Han matado a Laurent Da Revin!
La oscura silueta se perdió entre los árboles, renqueando. Tenía claro lo que debía hacer a continuación.
