Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
Capítulo 28
El jardín estaba húmedo por el rocío matinal. A sus espaldas, en la casa de su tío, reinaba un silencio sepulcral. Terminado el opíparo festín dominical, sus parientes se habían retirado al salón para jugar al whist. Personalmente nunca le habían interesado mucho los juegos de cartas. Su hermano mayor estaba encerrado en la biblioteca. Como allí tampoco encontró nada que lo entretuviera, salió al jardín para echar un vistazo en torno a la mansión, herencia de una larga serie de antepasados. Un portón de hierro forjado, que separaba las tierras vecinas, era una clara evidencia de la amistad entre ambos propietarios. Más allá se solía ver a una niñita pelirroja, que jugaba con su gato y sus muñecas en el jardín vecino. El animal siempre atravesaba el ornamentado portón, para investigar en la tierra bien removida de sus vecinos. El felino, que parecía bastante grande debido a su pelaje largo y erizado, arrimaba el rosado hocico aquí y allá hasta encontrar un sitio adecuado. Ese día se acercó a olfatear sus lustradas botas de montar y se frotó contra la fina piel del calzado, ronroneando como si le pidiera que lo alzara. Él lo hizo de buena gana y le rascó el testuz detrás de las orejas, como hacía siempre con los de su casa. Al oír el chirrido del metal levantó la vista. La niñita, con una sonrisa dubitativa, miraba a su alrededor desde el portón abierto. Al ver una mariposa que pasaba volando a poca distancia, lanzó un chillido de alegría y corrió tras ella con la mano en alto.
Él rió por lo bajo ante sus esfuerzos.
—Así no la atraparás nunca, jovencita.
La niña pareció sobresaltarse y se volvió a mirarlo con un gesto de curiosidad. Al ver que tenía a su gato en los brazos, sus ojos color de agua brillaron como si eso lo convirtiese en alguien interesante.
—Ven, te llevaré a tu casa antes de que tus padres tengan que venir a buscarte —la amonestó suavemente, mientras se la subía al otro hombro.
Ella lanzó un chillido y se aferró de su pelo, como si la atemorizara verse tan alto. Un bucle rojizo cayó sobre el cuello de encaje. Lo miró con una sonrisa vacilante; luego rió, nerviosa.
Comenzó a llover; la suave y brumosa llovizna humedecía sus rizos y la cara sonriente que se alzaba hacia ella.
Jas se incorporó bruscamente, arrancado de sus sueños. De inmediato le estalló la cabeza.
—¡Demonios! —murmuró, atormentado, mientras se apretaba las sienes con la base de las manos—. ¡Rhys! —aulló—. ¿Qué diablos me has hecho?
Al oír una risa apagada a poca distancia, entornó los ojos para protegerlos del resplandor de la lámpara, colgada entre las dos celdas, y sondeó la penumbra. Más allá del círculo luminoso vio al joven tunante que había iniciado todo eso.
—Buenas tardes, Cullen —saludó Alec, con una audaz sonrisa—. ¿Cómo te sientes ahora? Puede que no lo sepas, pero has estado inconsciente un rato bastante largo. El sheriff supuso que dormirías hasta mañana. Supongo que creyó que podía dejarte sin problema.
—Cállate, Alec —le espetó Jas.
Aunque le palpitaba la cabeza, recorrió con una atenta mirada el calabozo; no había nadie allí, salvo Alec y él. Tenía la sensación de que se le desprendía la cabeza, pero caminó hasta la puerta de la celda y trató de abrir. Para gran asombro suyo, no cedió. Entonces la sacudió, furioso, y apretó la frente contra las rejas para mirar por el estrecho corredor que conducía a la parte trasera del edificio.
—¡Maldito seas, Rhys! ¡Ven a abrir esta puerta! —gritó a todo pulmón—. ¡No tienes ningún motivo para tenerme encerrado aquí!
El delincuente rió con sorna, divertido, y se recostó nuevamente en su camastro, con los brazos entrelazados bajo la nuca y los tobillos cruzados.
—El sheriff y su ayudante han salido hace un rato. Alguien ha venido a decirles que habían degollado a un hombre en una habitación de una pensión. Tú y yo estamos solos aquí. Tal como veo las cosas, el sheriff ha querido retenerte por un tiempo, solo para demostrar quién manda.
—Ya le enseñaré yo quién manda —prometió Jas, furioso, al ver el llavero que colgaba de un gancho alto, al otro lado del estrecho pasillo.
Se acercó al camastro, a paso inseguro, y lo levantó para estrellarlo contra el suelo, con lo que rompió una de las patas. De inmediato, le dio la vuelta y empezó a romper las otras a puntapiés. Por fin, utilizó una de ellas para destrozar el marco.
Eso bastó para que Alec se incorporara en su cama, riendo.
—Siempre he sabido que tenías mal genio, Cullen.
—Y todavía no has visto ni la mitad —le aseguró Jas, que al fin había logrado desprender uno de los largueros del camastro. Tenía la longitud adecuada: superaba un poco su estatura.
Con el larguero en la mano, se acercó nuevamente a los barrotes de la celda y deslizó la vara entre ellos, sujetándola con firmeza por un extremo. Luego pasó la mano libre por otra abertura de la reja y maniobró con el extremo opuesto de la vara, hasta que estuvo justo por debajo del llavero colgado al otro lado del corredor. Con movimientos circulares, logró introducir el extremo en la argolla. Retirarla del gancho le llevó algún tiempo. Al final sonrió de oreja a oreja, muy satisfecho: el aro metálico se deslizó hacia abajo, a lo largo de la vara, hasta llegar a su mano.
Alec, que había observado todo eso con gran atención, cerró la boca, abierta por la sorpresa. Mientras Jasper abría la puerta de su celda para salir, él se acercó a los barrotes de su calabozo, con alguna esperanza de escapar también. Se relamió como si ya saborease la libertad que podía ser suya, si lograba persuadir al otro.
—Oye, Cullen, ¿por qué no me dejas salir también? En realidad no hice nada tan grave como para pasarme años enteros encerrado.
—¿Qué me dices de tu intento de asesinato? —preguntó Jas, seco—. Mi mayordomo puede testificar que trataste de matarme cuando entraste por la fuerza en mi casa, con los bandidos de Aro.
—Oh, pero si fue solo un accidente. —Alec alargó una mano implorante—. Mira, tienes que entenderlo. Yo no quería hacerte daño. Es que se me disparó la pistola.
Jas cogió puntería y arrojó el llavero hacia su gancho. Luego, con los brazos en jarras, meneó tristemente la cabeza, como si lamentara haber hecho un blanco perfecto.
—¡Vaya, no era esa mi intención! Lo siento, Alec. Han caído allí por accidente. Alec resopló como un elefante.
—¡Venga ya! ¡Qué embustero eres, Cullen!
En ese momento Jas descubrió que se le había pasado el dolor de cabeza. Se sentía notablemente bien y muy satisfecho de sí mismo, lo suficiente como para dedicar una amplia sonrisa al joven delincuente, mientras pasaba a grandes zancadas junto a su celda.
—¿Como tú, Alec?
Su gato la acompañaba, saltando, mientras ella correteaba entre flores que la superaban en estatura. Había músicos en el patio vecino, donde se había reunido un grupo de invitados, y eso la incitó a continuar hasta el portón. A través de la ornamentada filigrana que adornaba la barrera de hierro, vio a varias parejas que giraban por la terraza de mármol, juntó a la elegante mansión. Su fascinación infantil por los cuentos de hadas, los caballeros de reluciente armadura y las bellas damas hizo que se quedara contemplando la elegante danza, mientras su pequeño cuerpo se mecía al compás de la música. El gato se frotó contra sus faldas, ronroneando; luego se dio la vuelta para echar una mirada curiosa al jardín vecino y, con ágil gracia, saltó por entre los barrotes. Se detuvo a poca distancia, para investigar un macizo recientemente removido, y luego continuó su tranquila marcha hacia otros lugares; poco a poco se iba acercando al grupo sentado en una esquina de la terraza.
De pronto, un fuerte ladrido rompió la paz reinante; un perro de gran tamaño corrió a través del prado, en dirección al gato, que maulló de miedo y se escabulló entre varias grandes matas, por las que el perro no podría pasar con facilidad. En una búsqueda frenética de una abertura, el perro corrió de un lado a otro frente a las matas, hasta que un agudo silbido atrajo su atención. Apareció un joven alto, de pelo corto y negro, que envió al can hacia la casa con una orden brusca; allí un sirviente le puso la correa, mientras el simpático joven se agachaba junto a las matas, llamando al gato con zalamerías, hasta que este vino a sus brazos, ronroneando de satisfacción bajo sus caricias largas, lentas y suaves.
El joven caballero dirigió una mirada al portón. Luego cortó una flor y se acercó, muy sonriente. Ante los ojos color de agua que lo miraban atentamente por entre los barrotes, abrió el portón de hierro forjado y dejó al animal en el suelo. Luego, con una galante reverencia, ofreció la flor a la niñita.
Ella aceptó el presente con una sonrisa tímida y olió su fragancia. Como los pétalos le hicieron cosquillas, arrugó la nariz, entre risitas. Luego inclinó la cabeza muy hacia atrás para mirar al que se erguía ante ella. El sol de la tarde, que brillaba detrás de la cabeza oscura, hizo que se frotara los ojos. Luego bajó la cabeza con un bostezo y se puso a examinar la bonita flor.
—Parece que es tu hora de dormir la siesta, jovencita —dijo el apuesto caballero, con una risa entre dientes—. Creo que te llevaré con tus padres antes de que te quedes dormida aquí afuera.
Con ella en brazos, siguió la senda serpenteante hacia la mansión vecina. Ella bostezó una vez más, pero luego comenzó a cantar una melodía que le había enseñado su madre. Su alto caballero la acompañó; tenía una voz agradable y serena. Pronto comenzó a valsear con ella a lo largo del camino, provocando nuevas risitas.
Cuando llegaron al claro, cerca del lugar donde su madre solía cortar flores, el joven la puso de pie en el suelo, pero antes de que pudiera alejarse, ella le cogió una mano, sonriéndole hasta lograr que se pusiera en cuclillas. Entonces le rodeó el cuello con las manos y, después de darle un beso en la mejilla, corrió hacia su madre, que se había vuelto a tiempo para presenciar la escena. Ella invitó al joven a tomar una taza de té, pero él explicó que su tío tenía huéspedes y regresó apresuradamente por el camino.
La niña, inclinando la cabeza a ambos lados, comenzó a entonar una melodía. El sol le sonreía desde lo alto. Una mariposa revoloteó junto a ella.
Alice despertó sobresaltada, sin saber qué la había arrebatado tan bruscamente de su sueño. Por un momento permaneció inmóvil, tratando de percibir qué sucedía, con todos los sentidos muy atentos a los sonidos de la casa. A lo lejos se oyó un golpe sordo. Aguardó, llena de aprensión, con la esperanza de que proviniera de alguna casa vecina.
Otro golpe y el ruido de una silla arrastrada por el suelo, en el piso de abajo, la hicieron saltar de la cama. Sin poder dominar sus temblores, palpó a lo largo del lecho en busca de su bata. Por fin la encontró y se la puso con una prisa frenética. Mientras se ponía las zapatillas, iba pensando en lo que debía hacer. Si de verdad esos ruidos eran humanos, no había ninguna posibilidad de que fuera su esposo. Antes de partir, Rhys Townsend le había asegurado que mantendría a Jas encerrado por su propia seguridad. Tampoco podía creer que fueran Leah o Jacob. Los recién casados habían salido diciendo que no regresarían por lo menos hasta el domingo por la noche, y para eso faltaban todavía muchas horas.
Alice se escurrió cautelosamente por la impenetrable oscuridad hasta llegar a la puerta. Una vez allí, hizo girar el pomo con mucho cuidado y abrió. Por suerte, un rayo de luna penetraba por la ventana, en el extremo opuesto del pasillo, y le permitía ver con claridad. La preocupación por Jake y su criada hizo que se dirigiera hacia el cuarto de Tizzy. Una vez en la habitación, se detuvo junto a la puerta, hasta que sus ojos se adaptaron a la densa oscuridad y pudo distinguir a la muchacha, que dormía profundamente en su cama. Se acercó y apretó una mano en la boca de la criada.
Tizzy se incorporó con una exclamación sofocada, mirando a su alrededor con los ojos dilatados por el miedo, hasta que vio a su ama. El temor que brillaba en sus ojos oscuros desapareció, mientras arrugaba la frente, confusa.
—No hagas ruido —susurró la señora, acercándose a su oído—. Hay alguien en la planta baja. Escucha con mucha atención y no armes ningún alboroto, ¡por favor! Ponte la bata, despierta a Jake y espérame en el descansillo. Iré a la habitación de la señora Leah, a por su pistolón; luego, si puedo, trataré de atraer al intruso para alejarlo de la cocina. Debes asegurarte de tener el camino despejado antes de descender la escalera, conque escucha bien para saber dónde puede estar el hombre. Sal por la puerta trasera y ve directamente al apartamento del señor Jacob. Dile que estoy sola aquí y que hay un merodeador en la casa. ¿Has entendido?
—Sí, señora —susurró la muchacha, preocupada—. Pero si es el señor Vulturi el que está abajo, usted puede tener más problemas que yo. ¿Por qué no deja que yo lo aleje de la puerta trasera, mientras usted sale con el amito Jake? Así estará segura.
—No discutas, Tizzy. Haz lo que he dicho —insistió Alice—. El señor Vulturi no me matará. Me desea demasiado. A ti, en cambio, podría matarte. Ahora levántate deprisa. Si se me presenta la oportunidad de abandonar la casa lo haré, pero antes debo asegurarme de que tú y Jake estéis a salvo.
Tizzy exhaló un suspiro reticente, pero no tenía opciones. Debía obedecer, y lo hizo con toda la celeridad posible. Algunos instantes después esperaba en lo alto de la escalera, tapando la boca a Jake con mano cautelosa, mientras su ama iniciaba un cauto descenso.
Alice hizo una mueca al oír que el peldaño, a pesar de sus precauciones, crujía bajo su peso. Un instante después, oyó un golpe sordo en el comedor. En ausencia de Leah, las cortinas de la sala habían quedado abiertas; bastó una mirada para confirmar que no había nadie allí. Cuando Alice llegó abajo, corrió a la sala, desde donde se atrevió a preguntar en voz alta:
—¿Quién anda ahí?
No hubo respuesta, solo un nuevo golpe.
—¡Sé que hay alguien en la casa! —exclamó ella, con voz temblorosa—. ¡Quiero saber quién es!
Un ruido extraño, casi como el de un pie arrastrado por el suelo, hizo que diera un respingo y se apretara el cuello con mano trémula. Si hasta entonces conservaba alguna duda, sus sospechas ya estaban plenamente confirmadas. Había, sí, un intruso rondando por la casa.
—Aro, ¿sois vos? —inquirió, tratando desesperadamente de reunir valor—. En todo caso, debo advertiros que tengo una pistola cargada en la mano. Y si es necesario la utilizaré.
Por el rabillo del ojo vio que Tizzy y Jake se escabullían por el vestíbulo. Para que el hombre no los oyera pasar, continuó hablando:
—Hicisteis mal en venir, Aro. El sheriff Townsend considerará esta intrusión motivo suficiente para arrestaros. Esta vez no podréis aducir inocencia.
Ante un nuevo ruido de silla arrastrada, poco faltó para que huyera escaleras arriba, con un creciente pánico. Necesitó de toda su voluntad para permanecer donde estaba. A no ser por los estremecimientos, tal vez se habría sentido mucho más valiente.
Una sombra grande y oscura salió del comedor. Alice ahogó una exclamación al comprobar que no era Aro, sino el atacante de la capucha. Olvidando por completo la pistola que tenía en la mano, lanzó un grito y corrió hacia el pasillo. Esperaba que el hombre la alcanzara de inmediato, puesto que su velocidad había asombrado al sheriff. No obstante, para sorpresa suya, él la seguía con torpeza, como si estuviera impedido por algo. En realidad parecía arrastrar un pie.
Al comprender que su vida estaba en peligro, Alice entró como un rayo en la cocina a oscuras y rodeó el enorme hogar, ansiosa por llegar a la puerta trasera. Con un grito de alarma, tropezó en una silla tumbada. Ese obstáculo había sido puesto deliberadamente en el trayecto hacia la salida posterior, donde no sería fácil verlo. Sin duda Tizzy había pasado por allí con mucha cautela; ella, en cambio, estaba tan desesperada por huir que no la había visto.
Al caer hacia delante, giró el cuerpo hacia un costado, haciendo lo posible por evitarle a su bebé cualquier daño. Por desgracia, olvidó la gran vasija de barro que estaba siempre al otro lado del hogar. Recibió lo peor del impacto en la cabeza y quedó aturdida.
Con la mente confusa, pero aún decidida a salvarse, hizo un esfuerzo por moverse y logró arrastrarse debajo de la mesa, donde se acurrucó en las sombras de la esquina más alejada. Apenas un momento después, la sombra encapuchada entró dificultosamente en la cocina y se detuvo, obviamente desorientado. Luego caminó muy lentamente hacia la puerta trasera y la abrió de par en par. Alice dio un brinco de sorpresa, pero se cubrió la boca con una mano temblorosa, a la espera del momento en el que él comenzaría a buscarla por la cocina.
Aguardó con creciente ansiedad, sin atreverse casi a respirar, puesto que el agresor estaba tan cerca. Con el corazón golpeando salvajemente en su pecho, permaneció acurrucada en la penumbra. Parecía muy extraño que ese hombre respirara con tanta dificultad, considerando que era capaz de correr tan deprisa. La verdad es que jadeaba como si estuviera afectado por alguna rara enfermedad. Si era capaz de las proezas físicas que ya había exhibido, no debería haberle costado nada caminar hasta la cocina, pero las cosas parecían ser muy distintas. De pronto ella recordó que parecía arrastrar un pie al seguirla. Ese recuerdo no se ajustaba a la idea de Rhys, de que al agresor le gustaba correr. Tal vez no era el mismo que los había atacado en la niebla. Sin embargo, sí lo eran la capucha y la capa.
Acurrucada en su escondrijo, Alice analizó sus posibilidades de llegar a la puerta del comedor antes de que el hombre la descubriera y le bloqueara el paso. Tal vez podría hacerlo, puesto que él caminaba con dificultad.
En el silencio de la espera, Alice oyó que se abría la puerta de la calle y de inmediato prestó atención. Las pisadas del visitante se apagaron inmediatamente en la alfombra del vestíbulo, sin darle tiempo a reconocerlos. Pero sus ojos se abrieron de par en par al ver que el intruso extraía un cuchillo del oscuro manto que lo envolvía. Luego avanzó hacia el comedor a paso rápido, aunque desigual.
La mente de la joven volaba. Desde la salida de Tizzy no había transcurrido tanto tiempo como para que el recién llegado fuera Jacob. ¿Quién otro podía ser el que entraba, salvo Jasper?
Al darse cuenta de que podía ser su marido la persona que acababa de entrar, Alice salió de su escondite y, pasando por detrás del hombre, cruzó a toda prisa la puerta que daba al pasillo, tratando desesperadamente de amartillar el arma. Esa tarea resultó mucho más difícil de lo que había supuesto. Mientras maldecía a aquella herramienta de Satanás, corrió con toda la fuerza de su corazón, en un frenético esfuerzo por alejarse del enmascarado. Cuando llegó a la puerta de la sala, el criminal estaba saliendo del comedor.
Rhys Townsend echó un vistazo hacia la muchacha, pues había oído pisadas rápidas que se acercaban por el corredor. Como ignoraba que el intruso hubiese entrado en la sala, no vio el cuchillo que volaba hacia él.
—¡Cuidado, Rhys! —gritó Alice.
El sheriff se echó a un lado, pero ya era demasiado tarde. La hoja se le hundió en el pecho, arrancándole una exclamación ahogada. Luego se tambaleó, mientras las piernas cedían lentamente bajo su cuerpo. Un momento después caía contra una silla; lúego, se deslizó hasta el suelo y quedó sentado allí, tratando débilmente de sujetar la empuñadura del arma.
Concentrado en su juego asesino, el villano avanzó hacia el sheriff con un andar dificultoso. Alice apretó los dientes con feroz decisión y bajó el canto de la mano contra el mecanismo disparador. Cayó en su sitio con un chasquido, en el momento en que el hombre extraía el cuchillo del pecho de Rhys, arrancándole un grito agónico. El atacante llevó el brazo hacia atrás, con toda la intención de clavarle nuevamente el puñal, para mayor seguridad. Un momento después la pistola se disparó, atravesándole la mano con una bala de plomo. El demonio rugió de dolor, mientras el puñal salía disparado de sus dedos. Se apretó la extremidad herida, retorciéndose de dolor; su aliento sacudía violentamente los agujeros de la máscara. Luego se volvió trabajosamente hacia Alice. El claro de luna que entraba por las ventanas de la sala se reflejó en los ojos escondidos tras las ranuras, dando a la bestia encapuchada un aspecto realmente demoníaco.
—¡Perra! —jadeó en tono gutural—. ¡Te voy a matar!
Y avanzó hacia ella dando tumbos, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo para envolver su mano ensangrentada. Luego empezó a caminar a paso desigual; aunque torpe, parecía demasiado veloz como para que ella pudiera escapar.
A Alice aún le ardía la mano por la fuerza del estallido. Aunque hubiera tenido tiempo para recargar el arma, habría sido una verdadera hazaña, pues ahora temblaba incontrolablemente. Con los dientes apretados para dominar los estremecimientos, levantó el pistolón ya inútil hasta detrás de la cabeza y lo arrojó contra su adversario. Lo golpeó de plano en la mejilla, arrancándole una maldición, pero él lo desvió con la mano sana.
La luna se reflejó en la cabeza encapuchada, iluminando el paño hasta darle un tono gris de medianoche, al tiempo que los agujeros de los ojos se oscurecían en una negrura impenetrable. Ahora su mirada parecía implacablemente fija en ella, mientras cojeaba en su dirección.
Alice giró en redondo; sabía perfectamente hacia dónde debía ir: ¡afuera! Acicateada por la seguridad de que el hombre la mataría si la alcanzaba, corrió para salvar su vida, desandando el camino que había hecho minutos antes. Ya estaba exhausta por su intento de llegar al salón antes que su agresor, pero la desesperación por escapar ponía alas en sus pies.
Ya en la cocina, pasó casi volando sobre la misma silla que la había derribado minutos antes. Un segundo después abría de par en par la puerta trasera y cruzaba rápidamente el porche. Al salir al patio oyó pisadas desiguales que la seguían deprisa y echó una mirada temerosa por encima del hombro. El encapuchado cruzaba el porche, en una imparable persecución. Un instante después perdió el aliento en un audible «¡Uf!», al chocar de frente con algo muy sólido. Un tronco de árbol habría podido causar el mismo efecto, pero esa solidez resultó sumamente humana: dos brazos largos la rodearon, arrancándole un alarido. En su pánico, su mente dedujo lo peor: el loco que la perseguía no era el único. ¡Había dos!
—¡Alice!
Esa voz familiar era la última que esperaba oír, pero la más grata, decididamente. Aun así, detrás de ella venía un demonio armado, empeñado en recoger su lúgubre cosecha. El hombre los mataría a ambos, si podía.
—¡Cuidado, Jasper! ¡Ha apuñalado a Rhys!
Jas había salido de la cárcel sin arma alguna en su poder. A pesar de estar desarmado, empujó a Alice detrás de sí y se preparó para enfrentarse al enemigo con las manos desnudas. El adversario alzó el puñal para descargarlo contra el pecho de esa nueva amenaza, pero Jas lo cogió por el manto y, con un fuerte rodillazo en la ingle, hizo que el criminal se doblara en dos, con un gruñido que más parecía un silbido. Para mayor seguridad, Jas repitió el ataque, con grandes esperanzas de triturar cualquier guijarro que aún siguiera íntegro en la entrepierna del otro.
El malhechor se derrumbó a sus pies, retorciéndose de dolor. Jas le arrebató la capucha con tal fuerza que la cabeza del caído se bamboleó contra los hombros. Decidido a ajustar cuentas con él, Cullen volvió a sujetarlo por la pechera y lo incorporó para incrustarle su puño en la mandíbula. Como la cara se desvió hacia un costado, la enderezó con un golpe en la otra mejilla. Y continuó aplicando varios golpes más a aquella mandíbula, ya floja, hasta que el frustrado asesino quedó inconsciente. Entonces Jas abrió finalmente el puño, dejando que su adversario cayera inconsciente a tierra. Solo entonces se agachó para verle la cara a la tenue luz de la luna.
—Nada menos que lord Witherdale —dijo, desdeñoso.
—¡Witherdale! —exclamó Alice, acercándose a su esposo—. Pero ¿por qué, Jasper? ¿Qué le hemos hecho?
—La pregunta, amor mío, bien puede ser qué hizo él a vuestra familia. Es un lord inglés,
¿verdad? Y dijo estar enterado de las tribulaciones de vuestro padre. Eso significa que ha venido de Inglaterra en días recientes, quizá pisándoos los talones. Hasta podríamos suponer que no vino a adquirir tierras para su hija, sino con el propósito de buscar algo de gran valor e importancia; tal vez una carta que probara la inocencia de vuestro padre y, al mismo tiempo, la culpabilidad de Witherdale. Si este hombre pensaba que vuestro padre había escondido esa evidencia en el cofre, eso explicaría el hecho de que alguien, quizá el mismo Witherdale, haya tratado de abrir el compartimiento secreto. Cuando lo descubrí ya no contenía nada, pero Da Revin pudo haber robado el contenido mientras lo tuvo en su posesión.
—¿Habéis hallado el escondrijo? —inquirió ella, sorprendida.
—Sí, la noche en que huísteis de Oakley. Alice rebuscó en su mente.
—Tal vez, como decís, Laurent Da Revin descubrió el compartimiento secreto durante el viaje y se apoderó de lo que contenía.
—Tendremos que preguntárselo. En cuanto a lord Witherdale, estuvo en nuestro baile. Quizá se encontraba en nuestro dormitorio cuando Charlotte fue a la casa para amenazarme. Pudo haberla matado solo para acallarla. Como ambos sabemos, el hombre es aficionado a los puñales.
—También ha apuñalado a Rhys.
En ese momento el ayudante del sheriff, Charlie, venía bufando desde la esquina de la casa, con una gran pistola en la mano. Al ver las dos siluetas oscuras en el patio, cerca de la casa, adoptó la posición de tiro, con las piernas abiertas y la culata apretada entre las dos manos.
—¡No os mováis!
—Baja esa basura, Charlie, si no quieres volarnos la cabeza —voceó Jas.
—¿El se... señor Cullen? —El ayudante del sheriff tartamudeó, confundido, mientras dejaba caer los brazos a los lados—. ¿No... no os de... dejamos encerrado en el calabozo?
—He salido —informó Jas, sucintamente. Y señaló al hombre desmayado en el suelo—. Amarra bien a este saco de huesos, Charlie. Iré adentro para ver cómo está Rhys. Dice mi esposa que este demonio lo apuñaló.
—¿Que ap... apuñaló al she... riff Townsend? —La voz de Charlie se quebró debido a su preocupación.
Jas señaló al hombre inconsciente.
—Si este montón de estiércol se mueve mientras lo vigilas, ten la bondad de pegarle en la cabeza con la culata de tu pistola. Si lo haces con suficiente fuerza para enviarlo al otro mundo, nos harás un enorme favor a todos. —Y se volvió a medias para rodear con un brazo los hombros de su esposa—. Decid, amor mío, ¿estáis bien?
—Sí. Algo asustada, pero eso es todo. —Era tan grato estar sana y salva entre los brazos de su esposo... Pero cayó contra su pecho sin poder contener los sollozos—. Oh, Jas, ese hombre horrible... si no hubierais venido me habría matado. Traté de advertir a Rhys, cuando entró. Yo tenía una pistola en la mano, pero cuando logré amartillarla ya era demasiado tarde. Lord Witherdale usó un puñal contra Rhys. Vi que se clavó en su pecho. A estas horas puede haber muerto.
—Vayamos a verlo, amor mío —le instó Jas, con voz ahogada. Luego carraspeó deprisa, tratando de dominar la emoción que lo invadía al pensar en la estrecha camaradería que lo unía a ese amigo desde la infancia. La muerte de Rhys sería una pérdida muy dura.
Con aire solemne, cerró la puerta de la cocina detrás de Alice y se adelantó para recoger la silla caída. Luego le puso una mano en la cintura para conducirla hasta la puerta del comedor, al tenue resplandor que irradiaba el fuego del hogar. El claro de luna, que entraba a raudales por las ventanas de la sala, los guió en torno a la mesa del comedor. De pronto, una voz familiar bramó desde el salón:
—¡Dónde estáis todos, por las barbas del diablo!
En la penumbra, Jas y Alice se miraron sorprendidos. La curiosidad los obligó a correr hacia allí. Rhys había logrado incorporarse contra el brazo de un sillón.
—¡Estáis vivo! —exclamó Alice, con una risa jubilosa.
—¡Desde luego que estoy vivo! —Rhys apretaba con la mano la zona ensangrentada, por debajo del hombro—. Pero no gracias a ese tío que me acuchilló. —Clavó una mirada suspicaz en Jas, con los ojos entornados—. ¿Cómo demonios has hecho para salir, si me permites la pregunta? ¡Te dejé bien encerrado!
—No tan bien —contraatacó él, con una risa entre dientes— como lo demuestra mi presencia aquí.
—Y ese loco de Alec ¿ha huido también? —preguntó el sheriff, furioso.
—No. Está bien encerrado en su celda. Al menos allí estaba cuando yo salí. Y como no sea contorsionista, supongo que allí está todavía.
—Más te vale. De otro modo te habría roto los c... —Se contuvo bruscamente, desviando una mirada hacia Alice. Luego carraspeó—. Te habría roto el alma, eso.
—Tu herida ¿es grave? —preguntó Jas, preocupado, mientras se arrodillaba junto a él.
—Lo bastante como para haberme arrojado de culo al suelo —gruñó Rhys. De inmediato hizo una mueca de dolor. Jas trataba de quitarle la chaqueta—. ¡No tanta prisa, hombre! Si quieres echar un vistazo a los daños, no pienso escapar.
—Disculpa —murmuró su amigo, dolido. Y prosiguió con más lentitud.
Alice había traído toallas y vendajes para la herida del sheriff; luego se apresuró a encender varias lámparas en el salón y puso una en la mesa, junto a Rhys, mientras Jas le quitaba la chaqueta y le abría la camisa ensangrentada para examinar la herida. La punta había penetrado por debajo del hombro, sin tocar el corazón ni los pulmones, pero era lo bastante profunda como para requerir atención médica.
Jas se sentó sobre los talones, haciendo una mueca.
—Tendremos que llamar al doctor Clarence, Rhys. ¿Ha venido alguien contigo, además de Charlie?
—Sí; allí afuera debería haber unos cuantos agentes más. Al menos allí los dejé al entrar para ver cómo estaban las cosas. El resto de mis hombres están en el depósito de Vulturi. Allí estaba yo cuando Elijah logró finalmente localizarme. Había visto a un encapuchado entrar por la puerta de la calle de esta casa; salió a caballo para avisarme, pero tuvo que rastrearme desde la cárcel. A no ser por el hombre al que degollaron en una casa de pensión, yo habría llegado mucho antes. —Solo entonces recordó el parentesco entre el muerto y la joven que tenía ante sí. Entonces alzó la mirada hacia ella, como para pedirle disculpas—. Lamento daros esta noticia, Alice, pero el hombre a quien mataron resultó ser vuestro tío.
Jas y Alice lo miraron, atónitos. Por fin la joven logró aclararse la garganta para preguntar:
—¿Os referís a Laurent Da Revin?
—Sí, a ese. Yo tenía el presentimiento de que Vulturi tenía alguna relación con su asesinato. Esta misma tarde, apareció muerto uno de sus hombres; al encontrar a Da Revin imaginé que era alguna jugarreta de Vulturi; tal vez envió a sus hombres para que lo liquidaran. Basándome en esa teoría, convoqué a varios de mis hombres para lanzar un ataque contra el depósito. Esta vez atrapamos a ese calvo del demonio con las manos en la masa; encontramos allí cajones enteros de fusiles y municiones robados que confiscamos. Ahora tenemos todas las pruebas necesarias para encarcelarlo por diversos cargos. Y el primero será el asesinato de Da Revin. Solo Dios sabe a cuántos más ha matado, por una u otra razón, pero siempre por interés. En cuanto a las armas de contrabando, parece que lleva años vendiéndolas a clientes de mala reputación. Sus registros lo demuestran. —Rhys rió entre dientes—. Cuando entramos, el hombre estaba trabajando en sus libros, de modo que no pudo esconderlos. Con lo que hemos descubierto nos basta para mandarlo a la horca.
—Mientras tanto, Rhys, sería mejor enviar a alguien por el doctor Clarence —insistió Jas, que apretaba la herida con una toalla—. Sostén esto aquí, mientras busco alguna persona para llevar el recado.
Jas se acercó al extremo del porche, portando una lámpara. En ese momento, Jacob cruzaba la calle a toda prisa, descalzo y sin camisa. Solo cuando practicaba pugilismo vestía de manera informal. Esta vez, por lo visto, su aspecto personal le había parecido mucho menos importante que la seguridad de Alice.
—¡Jas! —exclamó, deteniéndose al pie de los escalones, atónito—. Tizzy dijo que estabas bajo arresto y que Alice estaba sola aquí, con un intruso en la casa. ¿Se encuentra bien?
—Ella sí, pero Rhys está herido.
—¿Qué diablos ha sucedido?
—Que nuestro encapuchado regresó para liquidar a mi esposa y, en cambio, ha apuñalado a Rhys.
—¿Está malherido? —La voz de Jacob había perdido algo de su fuerza.
—Según dice Alice, nuestro adversario encapuchado, lord Witherdale, hizo lo posible para matarlo. Pero se repondrá en cuanto el doctor le cure la herida.
—Lord Witherdale—repitió Jacob, asombrado—. ¿Por qué...?
—Es una larga historia. Te la contaré cuando tengamos más tiempo.
—¿Ha escapado?
—No. Esta vez lo atrapamos. Charlie lo tiene bajo vigilancia en el patio trasero. Debo hacer que alguien lo releve y enviar a otro jinete en busca del doctor Clarence, para que atienda a Rhys. Se supone que sus hombres están por aquí. Espero que aparezcan en cuanto nos reconozcan.
Jacob le señaló la casa con un gesto.
—Yo iré por ellos. Tú haces falta ahí dentro.
—Gracias, amigo.
Pasó un par de horas antes de que Charlie llevara a la oficina del sheriff al doctor Clarence, a su magullada Señoría y a Rhys, ya vendado. El sheriff se había negado a regresar a su casa sin asegurarse antes de que todo estuviera en orden en su oficina. Cuando llegaron, los otros hombres reclutados ya habían encerrado a Aro Vulturi y a sus secuaces, incluidos los asesinos de Da Revin, en la celda que Jas dejó vacía. Para proteger su pellejo, Alec se mantenía a distancia de Vulturi, pero observó con los ojos abiertos por la curiosidad la entrada de Rhys y Charlie, con el nuevo prisionero. Se trajo otro camastro desde la trastienda, para ponerlo en la celda de Alec. Allí tumbaron a lord Witherdale, todavía aturdido, mientras el doctor Clarence se dedicaba a curar los cortes y los cardenales que le desfiguraban las facciones.
—Busca otro lugar para colgar esas llaves, Charlie —pidió Rhys a su ayudante—. No quiero que Vulturi o alguno de sus hombres haga lo mismo que el señor Cullen. —Echó un vistazo a Aro, con una amplia sonrisa—. La verdad, me cuesta imaginar que toda esta banda de tunantes tenga el mismo ingenio que mi amigo.
Aro resopló, furioso, ante la situación en la que se encontraba.
—¡El tunante sois vos, sheriff Townsend, si creéis poder mantenerme aquí! Soy muy rico.
Contrataré a los mejores abogados...
—Teniendo en cuenta todo lo que habéis robado, señor Vulturi, la mayor parte de vuestro dinero será reembolsado a vuestras víctimas. No podréis conservarlo.
Aro mostró los dientes amarillos en una mueca de ira.
—¡No podéis hacerme eso!
—No podría hacerlo yo mismo, naturalmente, pero estoy seguro de que el juez sí lo hará, en cuanto yo le entregue todas las pruebas que tenemos en nuestro poder. En realidad, me sorprendería de que siguierais vivo antes de que acabe el año.
El color de la cara del alemán, normalmente rubicundo, pasó a un tono mucho más pálido. Fue hacia un rincón de la celda y, con alguna dificultad, se sentó en el suelo, temblando. No había otro lugar para sentarse... a pensar.
Rhys se apretó el hombro herido con una mano, mientras se permitía una mueca de dolor. Luego fue a su escritorio para servirse una pequeña cantidad de whisky, del frasco que tenía allí para lavar heridas leves y aliviar el dolor de las lesiones; había sufrido muchas en sus años de sheriff. Por fin revolvió el contenido de un cajón lateral hasta encontrar lo que buscaba; era un pequeño objeto que había guardado allí varias semanas atrás. La quemazón del hombro le provocó otra mueca; notó que se estaba quedando sin fuerzas y que no pasaría mucho tiempo más en pie. Aun así le quedaba algo pendiente antes de retirarse a su casa.
Esperó ante la celda de Alec hasta que uno de sus ayudantes, que acompañaba al doctor, se acercó para abrirla. Entonces fue hacia el camastro donde estaban atendiendo a Su Señoría.
—¿Cómo está su nuevo paciente, doctor?
Una arruga de perplejidad frunció las cejas del médico.
—No lo sé, Rhys —dijo, irguiendo la espalda.
—¿Cómo que no lo sabéis? Su Señoría tiene unos cuantos moretones en la cara ¿Qué hay de sorprendente en ellos?
—Lord Witherdale tiene mucha fiebre.
—¿Eso significa que está enfermo?
—Eso parece, sí.
—Una lástima —replicó Rhys, con ironía. Al darse cuenta del sarcasmo del sheriff, el inglés enarcó una ceja partida e hinchada, pero se arrepintió de inmediato.
—¿Habéis venido a regodearos, sheriff?
—¿Qué os hace pensar que me regodeo? Su Señoría resopló, sorprendido.
—Ha sido mi mano la que os hirió, ¿verdad?
—Pues sí.
—Y sois amigo de Cullen, ¿no es cierto?
—Es cierto, sí —reconoció el sheriff, con inmenso orgullo—. El más íntimo, se podría decir.
—¿Y no son motivos suficientes para regodearos?
—En eso tenéis razón —reconoció Rhys. Witherdale comentó, desdeñoso:
—Los de las colonias sois todos iguales: unos bastardos idiotas.
El doctor Clarence y el sheriff intercambiaron una mirada significativa. Luego Rhys apuntó:
—Me parece mejor que ser un ridículo pedante.
Luego bajó la mirada al suelo, mirando un punto con súbita atención. Aun a costa de mucho dolor, se agachó para recoger algo del suelo.
—¿Qué es esto? —preguntó, mostrando el objeto al médico—. ¿Es vuestro, doctor?
Lord Witherdale le arrebató de las manos la caja de rapé.
—Esto es mío, estúpido. Debe de habérseme caído... De pronto comprendió su error.
Entonces alargó la mano para devolver la caja de porcelana al sheriff, tartamudeando:
—Disculpad. Estaba en un error. No es mía.
—Oh, sí que es de Vuestra Señoría —contradijo Rhys, con una sonrisa irónica—. Se os cayó en el dormitorio de Cullen, la noche en que llevasteis a Charlotte al establo para apuñalarla.
El médico ahogó una exclamación de sorpresa, mirando al inglés con desprecio. Alec se incorporó en su camastro, súbitamente alerta.
—No fue él —argumentó—. No puede siquiera caminar erguido. Es más lento que una tortuga.
—Ahora, quizá —admitió el sheriff—. Pero hace varias semanas era tan veloz que estuvo a punto de atraparte cuando escapabas del establo. —Señaló con un gesto inexpresivo una cicatriz en la mano del hombre, de tamaño muy parecido a la de su reciente herida—. ¿Ves esto? Se lo hice yo hace una semana, cuando intentó apuñalar a la señora Cullen. Conque es el mismo criminal que intenté atrapar entonces. Corría tan deprisa que me dejó enseguida atrás, pero desde entonces se ha visto afectado por cierta lesión que le infligió la señora Cullen.
Una súbita comprensión iluminó la cara del doctor Clarence al recordar las carcajadas de Jacob, cuando supo que Alice había clavado un largo alfiler de sombrero en las posaderas de su atacante. Miró a su paciente con el ceño fruncido.
—Si tenéis problemas con esa herida, milord, será mejor que me lo digáis. Bien puede ser una infección lo que os provoca esta fiebre. Si no la tratamos, podríais morir.
Lord Witherdale se encogió en el camastro, cada vez más alarmado.
—Tengo la cadera hinchada —reconoció, con la voz reducida a un susurro.
—¿Debido a qué? —preguntó el médico.
—Me senté sobre un alfiler.
El doctor Clarence no intentó rechazar esa seca afirmación.
—¿Os molestaría mostrarme el trasero?
De mala gana, Witherdale se aflojó los pantalones y, con mucho cuidado, se tendió boca abajo en el camastro. Se movía con gran esfuerzo; a estas alturas, no sabía qué le dolía más: si la parte anterior o la posterior. Los Cullen lo habían magullado en ambas zonas.
Tras bajarle los pantalones, el médico sofocó una exclamación de sorpresa al ver las vetas rojas que se proyectaban desde la herida negra, llena de pus. Un examen más atento demostró que el hombre tenía la nalga y el muslo derecho notablemente más hinchados que los del lado izquierdo. En realidad, las apariencias revelaban que la infección era grave. En sus años de práctica había amputado muchos miembros, pero nunca una nalga.
—Tendremos que aplicar una cataplasma para extraer el veneno —reflexionó—. Pero os advierto que puede ser demasiado tarde.
—¡Tenéis que hacer algo! —insistió Su Señoría—. No podéis dejar que siga pudriéndose. ¡Podría morir!
—Haré lo que esté a mi alcance, milord, pero no puedo prometeros nada.
Rhys, que se encontraba cada vez peor, pidió a Charlie que lo llevara a su casa. Mientras él se preparaba para partir, el doctor aplicó una cataplasma al trasero de Witherdale. Puesto que no podía hacer nada más por el momento, él también pidió que lo llevaran a su domicilio.
Cuando se detuvieron para que Rhys bajara, el médico entró para tranquilizar a Mary: si la herida de su esposo no se infectaba, le dijo, en una semana podría volver al trabajo. Ante eso, Rhys se apresuró a decirle que no podía perder tanto tiempo. Fue Mary quien respondió, con voz suave. Prometió al médico que Rhys descansaría cuanto hiciera falta para acelerar su recuperación.
A media mañana, Irina Vincent, una ramera, marchó hasta la residencia de Leah para entregar un pequeño envoltorio a Alice Cullen. Entre sollozos y lágrimas, explicó a la estupefacta muchacha:
—Vuestro tío Laurent me encomendó traeros este paquete, si algo le sucedía, y deciros que lo encontró en el cajón de vuestro papá o algo parecido. Que por derecho os pertenece, dijo. Y algo más: que con esto podríais limpiar el buen nombre de vuestro papá y condenar a los verdaderos criminales que lo desprestigiaron.
Alice estrechó el preciado sobre contra su pecho.
—Muchísimas gracias, señorita Vincent —respondió, llorando de pura alegría.
Luego pidió a su esposo una moneda de oro y se la entregó a la mujer, para compensarle por la molestia. La meretriz no había ganado una moneda de oro en toda su vida. Aunque a su llegada no tenía intención de ser generosa con lo que sabía, la gratitud hizo que repitiera el resto del mensaje que él le había encomendado transmitir a su sobrina.
—También dijo que fue lord Witherdale quien mató a Charlotte. Y que vuestro verdadero tío se ahogó en el mar cuando era todavía muchacho. Ambos eran marineros del mismo barco. Por eso el viejo Laurent sabía tanto de él. Quiso escribiros todo esto de su puño y letra, pero no era muy hábil con la pluma. Se las arreglaba, si era menester, pero no le gustaba mucho escribir.
Jas, que también se sentía muy feliz tras haber escuchado todo eso, le dio otra moneda de oro.
—Mi esposa y yo os estamos muy agradecidos, señorita.
—Todo el mundo me llama Irina, jefe —replicó ella, con una alegre sonrisa, mientras apretaba las monedas contra el pecho—. Soy yo quien debe estar agradecida por estas monedas. El viejo Laurent. —Sacudió la cabeza y se corrigió—: Oliver Fenton, quiero decir. Nos entendíamos muy bien, él y yo. Pensábamos ir al norte y poner una taberna. Él decía que no estaba seguro aquí, porque el señor Vulturi y otra gente querían perjudicarlo. —Exhaló un suspiro—. Gran verdad, puesto que los hombres de ese tunante le han cortado el gaznate. Y Charlotte también acabó mal, destripada por ese Witherdale.
Irina suspiró otra vez, pues lamentaba profundamente la muerte de la muchacha. Luego levantó la vista hacia Jas.
—Yo conocía bien a Charlotte. Se podría decir que éramos amigas. Una vez traté de hacerle entender que no debía andar detrás de vos como una tonta. Si no hubiera estado tan enamoriscada de vos, señor Cullen, no se habría ido a la cama con ese capitán irlandés que se os parecía tanto. Pero él zarpó un par de días después. No debe saber que la dejó embarazada. Cualquier día de estos aparecerá por aquí. Entonces le diré que le hizo un hermoso niñito.
Alice le ofreció una mano de amiga.
—Gracias por venir, Irina —murmuró, mientras la ramera aceptaba el saludo con cierto asombro—. Nos habéis aclarado muchas cosas, más que nadie. Os estoy inmensamente agradecida, hasta tal punto de no poder expresaros cuánto. En ocasiones, he sospechado algo de lo que nos habéis dicho, pero solo ahora sé todo lo que ocurrió. Es un enorme alivio saber que alguien conoce la verdad y puede explicarla en detalle. Gracias por todo.
—Ha sido un placer, señora Cullen. Jas inquirió:
—Si mi esposa y yo os acompañáramos a la oficina del sheriff, ¿estaríais dispuesta a contarle todo esto? Eso facilitaría la investigación.
Irina lo pensó por un momento. Luego asintió.
—Sí que puedo, señor Cullen. —Se encogió de hombros—. Además, quiero ver encerrados a todos esos asesinos. Así no andarán libres por allí, perjudicando a buenas personas como vos y vuestra bonita esposa.
Alice encontró Oakley tal y como lo recordaba, pero en muchos aspectos, ella ya era otra mujer. Se abrían ante ella nuevas perspectivas. Confiaba que, cuando los abogados entregaran el documento de Witherdale a ciertos nobles dignos de confianza, muy cercanos al rey Jorge de Inglaterra, el nombre de su padre quedaría limpio en un futuro no muy lejano, mientras que Prescott y Havelock, los cómplices de Witherdale, serían detenidos y juzgados por alta traición a la Corona.
Gracias a Irina, ahora corría por todo Charleston la noticia de que el asesino de Charlotte no era Jasper Cullen, como algunos suponían, sino lord Witherdale. Irina también hizo saber que el hijo de Charlotte había sido engendrado por un capitán irlandés; también en ese aspecto, Jasper Cullen era inocente de lo que muchos querían achacarle.
Todas estas revelaciones hacían muy feliz a Alice, pero también le alegraba infinitamente ser, ya sin duda alguna, la señora de Oakley y la amada esposa de Jasper Lawrence Cullen, terrateniente y extraordinario empresario. Pronto le daría un hijo y confiaba que tuvieran varios más en los años venideros. Si la providencia así lo disponía, envejecerían juntos y tendrían nietos. Por el momento, se contentaba con disfrutar de su felicidad tal como era.
Pocos días después del regreso al hogar, la pareja supo que Rhys Townsend había regresado al trabajo, todavía dolorido por su herida, pero por lo demás sano y vigoroso. Lord Witherdale, por el contrario, había caído en un coma febril, provocado por la infección que se había agravado. Por el momento, Aro Vulturi y sus hombres aún compartían la misma celda, mientras Alec seguía alojado al otro lado del pasillo, con lord Witherdale. Al parecer, el picaro no estaba dispuesto a confiar su vida a su antiguo jefe y no quería correr peligro estando cerca de él. Haberse entregado al sheriff para testificar contra Jasper Cullen lo había hecho diez mil dólares más rico, aunque la historia hubiera resultado falsa. Por lo que a Alec concernía, se había ganado esa suma, con la que podía ir a desconocidos lugares y conservar así su libertad. Tal vez tuviera que pasar algunos años en prisión por herir a Jasper Cullen, pero Vulturi podía ser ahorcado por todos los asesinatos que había encargado a sus hombres. Alec no había participado en ninguno de ellos. En cuanto a los marineros que había matado por defender al alemán, mantenía el hecho en secreto, con la ferviente esperanza de que Vulturi también lo hubiera olvidado, puesto que no acostumbraba a prestar mucha atención a los favores recibidos. Aun en esos casos, podría haber alegado defensa propia, puesto que uno de ellos, cuanto menos, había tratado de matarlo. Vulturi no tenía nada que perder si lo contaba todo; si recordaba el incidente no dejaría de causarle dificultades. Después de todo, la vida ajena no tenía importancia para él. Eso, desde luego, hacía que Alec estuviera aun más dispuesto a declarar lo que sabía del hombre y sus operaciones, al menos mientras estuviera encerrado a solas con el sheriff.
Los recién casados, Jacob y Leah, habían ido a visitar a Jasper y a Alice, con una propuesta que esta última no pudo resistir: si continuaba proveyéndoles de una cantidad aceptable de diseños para las nuevas temporadas, que podría hacer a voluntad en Oakley, la pareja tendría sumo gusto en proporcionarle, tras el nacimiento de la criatura, un guardarropa completo para cada estación del año, el tiempo que ella continuara diseñándoles modelos. Además de aprovechar sus diseños, ella sería un testimonio viviente de la buena calidad de cuanto hacían en la tienda. Jas permitió que su esposa decidiera, apuntando que, si aceptaba, él podría conservar su dinero y, al mismo tiempo, disfrutar de verla vestida a la última moda. Alice aceptó encantada. Ese trabajo le entusiasmaba y, mientras pudiera permanecer en Oakley, donde era tan feliz, podría gozar de lo mejor de ambos mundos.
Un cálido y tranquilo anochecer de noviembre, poco después de la cena, Kingston entró en el comedor, donde la pareja tomaba el té y el café, para anunciar que varias carretas se habían detenido frente a la casa.
—Son forasteros, señor Jasper. Gitanos, creo que se llaman. Quieren saber si usted les permite acampar esta noche en sus tierras. Dicen que van a Georgia y que no quieren molestar, pero tienen un par de niños enfermos por haber comido bayas fermentadas y el movimiento de la carreta no les sienta bien. Dicen que, si usted les permite quedarse, tocarán música para usted antes de levantar el campamento. Dicen que son gente honrada, señor, que no roban ni hacen mal a nadie. Se ganan la vida haciendo música, señor, nada más.
—Oh, qué bonito —dijo Alice entusiasmada. Y se volvió hacia su esposo con una sonrisa
—. ¿Les permitiríais quedarse, Jasper?
Su esposo cedió de buena gana ante esa súplica tan dulce y la levantó de la silla.
—No veo ningún mal en permitir que se queden, querida, siempre y cuando sea por una sola noche. Ella lo enlazó por el codo, riendo.
—Vamos, pues, Jasper. Salgamos al porche, para escuchar esa música.
Caminaron del brazo hasta el salón, donde Kingston los esperaba con un chal para Alice. Jas cubrió con él los hombros de su esposa y, una vez más, le ofreció galantemente el brazo para salir al pórtico. Descubrieron, con asombro, que había diez o doce músicos reunidos en el prado, con los instrumentos en la mano.
Solo uno hablaba lo bastante bien como para hacerse entender, pero aun así sus palabras eran confusas. No obstante, los melodiosos sonidos de su violín y el acompañamiento de guitarras, flautas y otros instrumentos, transportaron a la pareja a un reino de intenso placer. La música era como seda en sus oídos; conmovía el corazón, llenándolo de una intensa felicidad. Las melodías, fueran alegres o melancólicas, evocaban tanto placer que Alice pronto se descubrió en brazos de su marido, bailando el vals a lo largo de la galería.
Las estrellas titilaban por entre las hojas y las gráciles ramas de los enormes robles que rodeaban los jardines. En el aire, se percibía la fragancia del otoño; provocaba una embriaguez que invadía todo su ser. Se sentían felices, contentos y maravillosamente vivos.
—Santo Cielo, querido, vos sí que subyugáis a las damas —comentó ella, maravillada— Ningún nombre me ha cautivado así desde que tenía tres años.
—¿Qué sucedió cuando teníais tres años, amor mío?
—No lo tengo del todo claro en mi memoria, pero recuerdo que estaba en un jardín, con mi gato y mis muñecas, y empezó a llover. En Inglaterra es raro que diluvie; solo cae una lluvia suave y tenue. Supongo que es eso lo que hace tan encantadores los jardines ingleses. —De pronto meneó la cabeza, riendo ante sus caprichosos recuerdos—. A veces pienso que todo ha sido un sueño.
Los ojos de su esposo le sostenían la mirada, mientras brillaban al resplandor de las enormes lámparas que ardían junto a la puerta principal.
—Mi tío tenía una finca en Londres. Cuando yo era jovencito fuimos a visitarlo. Recuerdo que me sorprendió lo fresco del clima, comparado con el de aquí. Llovía casi todos los días.
—Es cierto —reconoció ella, riendo por lo bajo. De pronto se interrumpió, atrapada por los recuerdos—. Qué extraño... Creo que últimamente he estado soñando con eso.
Calló otra vez, persiguiendo una visión fugitiva, apenas una sensación. Era niña otra vez, muy pequeña, en un jardín, alguien la había levantado muy alto...
—Es curioso que digáis eso, amor mío —murmuró él.
—¿Por qué, Jasper? Soñamos tantas cosas distintas...
—Es cierto, pero lo que habéis mencionado me resulta... familiar. —Él frunció las cejas, en un esfuerzo por recordar qué era—. Creo que yo también he soñado con Londres, en estos últimos días.
—¿Tanto os impresionó? —preguntó ella, bromeando.
—Me gustó mucho. Recuerdo que la finca de mi tío tenía un jardín con una tapia muy alta; a mi madre le encantaba. Cuando volvimos aquí, trajo algunas de aquellas plantas a Harthaven.
—En la finca de mi padre también había un jardín con una gran tapia. Era mi lugar favorito. Allí viví aventuras estupendas, buscando duendes y geniecillos. —Se rió como una niña pequeña
—. Y hasta conocí a mi Príncipe Azul. Él le echó una mirada divertida.
—¿Debo sentir celos? ¿O acaso era alguna galante ardilla?
—Tenéis motivos para estar celoso —lo provocó ella dulcemente—. Me enamoré de él. Las cejas de Jas se elevaron marcadamente; una sonrisa torcida curvó sus labios.
—Habladme de ese picaro errante que os robó el corazón. ¿Era tan guapo como yo?
—Principesco, tanto en modales como en apostura.
—¿Qué rasgos os gustaban más de ese elegante caballero? Alice apoyó un codo en su hombro y cruzó su mejilla con un dedo, pensativa.
—Creo que tenía el pelo negro. Un portón de hierro comunicaba nuestros jardines. Cierta vez entré en el suyo, quizá buscando a mi gato. Él me vio y me llevó de regreso a casa. Recuerdo que, cuando me sentó en su hombro, me asusté un poco. Los tenía muy anchos, según recuerdo.
—Su sonrisa se acentuó ante su fantasía infantil—. Y por si lo dudáis, comenzó a llover. Jas la miraba con un aire extraño, a tal punto que ella se apresuró a tranquilizarlo.
—En realidad, no era mi Príncipe Azul, Jasper, pero era tan pequeña que pensé eso. Jas preguntó, con lenta deliberación.
—Y ese Príncipe Azul, ¿os dio una flor? Alice lo miró, sorprendida.
—¿Cómo podéis saber eso?
—Porque hace muchos años, durante una primavera londinense especialmente lluviosa, conocí a una encantadora duendecilla que solía cruzar al jardín de mi tío. Era tan adorable que sus visitas no me molestaban, aunque trataba de que no se alejara demasiado de su casa. Ella lo prometió con mucha coquetería, a condición de que yo...
—De que bailarais con ella —completó Alice, sobrecogida—. Me levantasteis. Yo canté y vos me acompañasteis. Y luego bailamos. Fue un momento maravilloso. Un recuerdo que he atesorado a lo largo de todos estos años. Pero luego os fuisteis y jamás volví a veros.
—Es que mi tío murió y ya no había razón para regresar a Londres —replicó él con dulzura.
En su mente veía, una vez más, la pequeña que ella fue.
Alice lo observaba con atención. A partir de ese momento, él había sido su ideal de belleza, el caballeroso Príncipe Azul por el que suspiró, sin saberlo, a lo largo de los años y de la distancia que los separara.
—¿Creéis que desde un comienzo estuvimos destinados el uno al otro? Jas sonrió.
—Mi corazón nunca encontró paz en otra mujer. Aquel día, cuando entrasteis en mi vida, fue como si salierais del sueño que yo había estado alimentando tanto tiempo. Me inundó la felicidad al pensar que por fin había hallado a mi bienamada.
Los suaves ojos de la joven se clavaron en los de él. Con cierta timidez, susurró entre labios sonrientes.
—Sois el único hombre al que he amado jamás, Jasper. Fuisteis mi caballero principesco cuando era solo una niña. Ahora, en vuestra condición de marido, sois la alegría de mi vida. Me alegra tanto ser vuestra esposa...
—Disculpad —dijo una grave voz masculina, desde el estrecho sendero.
Jasper y Alice, arrancados de su ensueño, se separaron para mirar a su alrededor. Un hombre apuesto, alto y de anchos hombros, se quitó el sombrero para adelantarse hasta los escalones de la galería.
—¿Sois el señor Cullen? —preguntó, con acento irlandés.
—Soy Jasper Cullen, sí. También tengo un hermano del mismo apellido. Edward. — Jas señaló hacia el oeste—. Vive a cierta distancia.
—Creo que vos sois el que busco, señor.
—¿Y usted, es?
—Soy el capitán Petter O'Keefe. Me envía Irina. Por el rostro de Jas cruzó una expresión maravillada.
—¿Sois el padre de Daniel?
—Eso creo, señor. Charlotte era virgen cuando la llevé a mi lecho. Y no tengo motivos para pensar que pudo haberse acostado con otro en tan poco tiempo.
—¿Venís a visitarlo?
—He venido a reclamar a mi hijo para darle mi nombre, señor. Lo criará mi hermana, que no puede tener descendencia. Hace años que suspira por un bebé. Y como yo no tengo esposa, lo mejor es que Bryden cuide de él. Yo pagaré todos sus gastos hasta que tenga edad para embarcarse conmigo.
Jas cruzó la galería para extenderle la mano, en un gesto de amistad.
—Estamos encantados de conoceros, señor. Estábamos preocupados por ese niño, por el futuro que le esperaba al no llevar el nombre de su padre. Es un alivio saber que recibirá cuidados y amor.
Alice se acurrucó contra su esposo hasta apoyar la cabeza contra la suya.
—¿Habéis decidido si preferís un varón o una niña? Jasper le acarició la curva del vientre.
—Si pudiera elegir, me gustaría tener al menos uno de cada sexo.
—Pero no al mismo tiempo —protestó ella, riendo. Luego siguió con el dedo la diminuta cicatriz en forma de medialuna, en la comisura de su boca—. Me gustaría tener un varón que se parezca a vos.
—Emmet se parece a Edward —reflexionó Jas en voz alta, enarcando las cejas—. Parece muy probable que el caso se repita. Pero creo que deberíamos tener una niña que fuese igual que vos.
Alice le apoyó la mano en el sitio donde el bebé se movía dentro del vientre.
—¿Lo notáis?
—Inquieto como una ardilla, ¿no? —comentó su esposo, riendo entre dientes.
—No me molesta —replicó Alice, con un suspiro satisfecho—. Así sé que está bien. Jas depositó un beso afectuoso en su frente.
—Sí, querida, todo está bien. Estáis en mis brazos, el lugar que os corresponde desde siempre.
—El mundo es un bello lugar cuando estamos juntos, ¿verdad, Jasper?
—Desde luego, querida.
Llegamos al final
muchas gracias por el apoyo... quieren la siguiente parte? La historia de Rosalie y Emmet
