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Capítulo 3: Odio


1087 palabras


Las cosas se tornaron verdaderamente difíciles a partir de entonces. Naruto no se cansaba de imaginar las maneras en que podrían cruzarse de nuevo. Planeaba largas conversaciones, durante las que Sasuke debía hacer reposo para no perder el equilibrio. Nunca, en sus 16 años de vida, había escuchado tantas palabras dulces dedicadas a él. Estaba acostumbrado a que lo respetaran y le obedecieran, incluso a que lo admiraran… pero ¿qué era toda esta ternura? Hasta podría considerarse compasión. Naruto, un huérfano, una persona sin propiedades ni apellido, sin fama, sin ningún talento especial más que su infinita tozudez… ese tonto sin remedio era quien sentía pena por un Uchiha hecho y derecho. Era bochornoso.

Sí, bochornoso era la palabra justa. Era insoportablemente bochornoso que él, Sasuke Uchiha, al escuchar a ese idiota preocupándose por él… se conmoviera. Todo en él cambiaba cuando empezaba a oír su voz en la cabeza. Una ola de calidez arrasaba con él. La tentación de entregarse a ese sentimiento era tan intensa que la experimentaba como una forma del dolor. Su peor enemigo ya no era Naruto. Su peor enemigo era Sasuke Uchiha.

Habló con su padre, en los términos en los que eran capaces de hablar. No mencionó a su lazo ni su estado de ánimo. En cambio, dijo: necesito pasar más horas en el dojo. Dijo: necesito tomar más clases de dibujo. Quiero perfeccionarme. Soy el mejor pero tengo que ser incluso mejor que eso. Sí, así hablaban los Uchihas. Su padre comprendió.

Así que esos eran sus momentos de descanso. Mientras arrastraba el lápiz sobre el papel, su mente se concentraba en las líneas. Diseñaba plantas y patios, elegantes jardines, plazas. Se sentía tranquilo en ese lugar pero también allí hubo un punto de quiebre.

—Siempre te abocas a la naturaleza controlada —señaló su profesor, Kakashi—. ¿Cuándo te animarás a la vegetación libre? Tal vez descubras algo oculto entre las hojas.

Al principio hizo llanuras grandilocuentes, enormes espacios para conquistar, para construir una finca y tener animales, para invertir y crecer y tener todo malditamente bajo control. No era eso lo que le había indicado Kakashi, no… de a poco, probó con algunos árboles antiguos, sus raíces enroscadas como serpientes. Tímidamente, se acercó al bosque y luego a la selva. Sus papeles se llenaron de flores exóticas, insectos coloridos, lianas…

—Oh —intervino su profesor, por fin—. Allí se esconde un niño.

Con horror, Sasuke comprobó que podía distinguirse una cabellera rubia a medio cubrir por las ramas. Se había propuesto hacer una flor, ¡¿por qué no parecía una flor?! Recogió sus cosas sin decir palabra y salió del taller. Tendría que conformarse con más horas de karate, después de todo.

Estaba en el auto cuando empezó otra de esas tortuosas fantasías. Agarró con fuerza el frasco de supresores en el bolsillo de su campera, por si la cosa escalaba muy rápido. Pero ya se lo había advertido Itachi… debía aguantar cuanto pudiera. Ahora, Naruto los imaginaba sentados uno junto a otro en los columpios de un parque. Parecía una escena casual, había visto algo parecido en alguna película. Irónicamente, sin embargo, él nunca se había hamacado. Su padre no le permitía ir a plazas. Era innecesario, explicaba. Así que ahora, gracias a Naruto, estaba descubriendo el vértigo de los columpios.

¿Sabes? —le contaba el rubio, con su entusiasmo característico—. Soy muy bueno hamacándome. Llego muy alto. ¡De verdad! ¿No me crees? ¿Quieres que te muestre?

El Sasuke de sus pensamientos solo se reía en silencio, tímido. Naruto entonces se movía con ímpetu y hacía una absurda pirueta, sin dudas creyendo que eso lo impresionaría. ¿Que acaso no sabía que él podía ver todas estas películas infantiles que se proyectaba en la cabeza? ¿No sentía ni una pizca de vergüenza? Parecía que no porque, después de sacudirse un poco las manos enrojecidas por el afán con que sostenía las cadenas de la hamaca, se acercó a él de frente e hincó la rodilla.

Aún no sé tu nombre… no puedo solo decirte chico bonito toda la vida, ¿lo entiendes, no? Quisiera que en algún momento me dijeras tu nombre. Aunque también es cierto que eres un chico bonito.

Se rio estúpidamente, mientras le tomaba la mano. Ese Sasuke imaginado solo se dejaba hacer. Era tan tonto. Él nunca actuaría así. Un Uchiha jamás "se dejaba hacer". Él habría arrebatado la mano de entre las suyas. De hecho, nunca habría permitido que lo arrastrara hasta aquella sucia plaza. A él jamás, nadie, nadie… nadie le besaría la palma de ese modo. Nadie refregaría la mejilla contra ella, con los ojos cerrados, acunándose en su caricia. Nadie nunca mostraría ante él tal auténtica felicidad.

Finalmente, Sasuke precisó tomarse el supresor.

Pero no alcanzaba. Para soportar la vida… los supresores no alcanzaban.

"Ahora me lavo la cara… me seco con la toalla roja… observo el azulejo de la esquina derecha", se repetía cada mañana, "soy Sasuke Uchiha. Esto soy yo… este es el borde de mí. Tengo un límite. Estoy completo". Sin embargo, era tan difícil… tan difícil negarse a aquella voz alegre, llena de energía, que lo llamaba insistentemente. Negarse a su afecto, a su recuerdo. El inicio del nombre de Naruto acudía a su mente una y otra vez y él debía morderse la lengua, interrumpiendo la sonrisa que de forma espontánea ya empezaba a dibujársele en la boca.

Recurrió a todo tipo de distracciones. Volvió a ver televisión al azar como cuando era un niño. Intentó leer ficción, novelas ligeras que su padre le había prohibido. Intentó interactuar con algunos compañeros en el colegio. Todo era aburrido. Todo era gris. Excepto…

Cuando ya no conseguía reprimirse, se golpeaba. Encontró en ello cierta efectividad. Podía morderse un dedo, apretar los dientes… lo más útil era darse una cachetada pero la marca rojiza era demasiado visible en su piel tan pálida. Tenía que disimular. No podía dejar que adivinaran que estaba fracasando.

En las horas muertas, observaba a su hermano deambular por la casa con documentos y libros, con órdenes, con decisiones. Sus movimientos eran exactos, su rostro era inexpresivo. La imagen de la perfección. Una coraza impenetrable. Una coraza dentro de la que bien podría no haber nada.

Cuando terminaba el día, Sasuke se iba a la cama con un solo pensamiento. Odiaba ser un Uchiha. Odiaba no ser tan fuerte como su hermano, odiaba no tener si quiera la convicción de Naruto… Diversas caras del odio lo arrullaban hasta la puerta del sueño; pero, por sobre todo, lo dominaba el odio a sí mismo.


Notas: este es el capítulo más breve de los cinco, sepan disculpar, prometo que el siguiente se extenderá un poco más. Por favor, si alguna vez se sienten como Sasuke, pidan ayuda sin dudar. Nadie debería pasar por algo como esto en soledad. Pero Sasuke es un Uchiha y los Uchiha… ah, diablos.