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Capítulo 4: Amor

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1366 palabras


Síntesis del capítulo: Formas de acercarse, formas de alejarse.


Itachi tenía cada vez menos tiempo para él. Sus ocupaciones, siempre privadas, siempre misteriosas, lo absorbían hasta volverlo invisible. Sasuke llevaba meses acostumbrándose a ese ritmo de desapariciones, pero la situación llegó a un extremo después del accidente de su primo Shisui.

¿En qué había consistido el accidente? Nadie había querido darle detalles. Solo sabía que había ocurrido en el campo de tiro en el que solía entrenar y que su cuerpo tenía una herida de bala. ¿Quién le había disparado? Inexplicablemente para él, el clan sostuvo el término "accidente" y no hubo investigaciones ni culpables. La versión que dio la prensa era incluso más ambigua: usaban la palabra "muerte", nada más. Sasuke conocía la amistad profunda que el joven tenía con su hermano. Se preguntó si sentía dolor. Nunca lo había visto llorar pero en esta ocasión ni siquiera descubrió en él un parpadeo. Itachi conservaba, intacta, su máscara. La única novedad fue que sus tareas se multiplicaron, se volvieron más urgentes. Más difíciles de explicar.

Según dedujo por las conversaciones que oía a medias en la mesa familiar, Itachi estaba acelerando sus planes para proseguir sus estudios en el extranjero. Todos confiaban en que sería un excelente líder en las empresas Uchiha y su padre se atrevió a insinuar que no le hacía falta otro título. Itachi insistió. El mundo había cambiado, dijo. Solo quien estuviera lo suficientemente actualizado podría continuar escalando posiciones. Sasuke lo observó sin entender. ¿De dónde sacaba su hermano esa pasión por el trabajo? ¿Adónde quería escalar, si ya estaban arriba de todo hacía tiempo? Solo sostener aquel imperio parecía una responsabilidad titánica. Pero Itachi estaba decidido. La fiereza en su mirada era tanta que incluso su madre, habitualmente silenciosa, intercedió a su favor en la conversación.

Días después, la actitud resolutiva de su hermano le hizo saber que había conseguido el permiso de Fugaku. Itachi se iría en dos meses, a lo sumo tres. Así que le quedaba ese tiempo… antes de quedar completamente solo.

Su hermano era la única persona con la que había hablado sobre Naruto. Sus padres por supuesto sabían que había tomado contacto con su destinado —estuvo una semana castigado por haber cambiado su recorrido obligatorio—, pero más allá de insistirle en el valor del entrenamiento y contarle historias espeluznantes sobre algún antiguo Uchiha que había sido expulsado del clan por aceptar a su lazo, no habían hecho. Se sabía de memoria los motivos por los cuales los Uchiha se casaban con personas con las que no tuvieran verdadera conexión: solo así los secretos de la familia quedaban completamente a salvo. Si alguien ajeno al grupo pudiera entrar en sus pensamientos, sus jugadas políticas, sus secretos profesionales, todo eso estaría en riesgo. No les faltaban enemigos dispuestos a pagar los más estrafalarios sobornos a quien pudiera proporcionar alguna información que los hiciera caer. ¿Y qué, iban a confiar en un destinado al que en verdad aún no conocían personalmente? ¿Iban a tener fe en que ese sujeto anónimo no se vería tentado de lograr todos sus sueños a costa de entregar a una supuesta alma gemela? No. Los Uchiha no eran tan tontos. No por nada estaban en la cima. Sasuke debía recordarlo. Y claro que lo recordaba. Lo recordaba y por eso no podía hablar con nadie fuera de Itachi.

Había pasado más de un año desde su encuentro con Naruto. Desde entonces, había tenido que aumentar la dosis de supresores en cuatro ocasiones. Cada vez el efecto le duraba menos tiempo. Conocía prácticamente toda la rutina del rubio. Sabía que faltaba poco para que cumpliera 18 y que entonces la familia de acogida ya no tendría la responsabilidad de cuidarlo. Había escuchado cuando la madre de Sakura le explicó que, si no conseguía un trabajo, no podrían seguir teniéndolo en la casa. Lo escuchó porque incluso en ese momento Naruto pensaba en él. Estaba dolido —Sasuke podía sentirlo—, no obstante fingía sonreír y la fuerza para hacerlo la extraía de una tonta fantasía: imaginaba que el Uchiha le estaba dando la mano. Sí, a Naruto le alcanzaba visualizar su mano sobre la suya para considerarse dispuesto a enfrentarlo todo.

"No se preocupe, mamá", había respondido Naruto entonces, apretando fuerte los dedos imaginarios y desplegando un gesto afable, "apenas me gradúe me iré de aquí; les agradezco todo lo que han hecho por mí, de veras".

Esa era siempre la actitud del muchacho: agradecimiento. No tenía nada y no le daban nada, pero él agradecía. Se empeñaba en aprender oficios, por mucho que le costaran, en los talleres a contraturno que ofrecía su escuela —una muy diferente al prestigioso instituto privado al que mandaban a Sakura. En sus pocos ratos libres, deambulaba por la ciudad, buscándolo y hablándole en su cabeza.

"No volveré a encontrarte, ¿verdad?", murmuraba a veces, desanimado. "¿Me odias? ¿Incluso tú me odias? No les creas si te han hablado mal de mí. No soy un inútil. Aprenderé carpintería, seré el mejor carpintero de toda Konoha, te construiré una linda casa de madera y nunca te faltará nada. Te lo prometo. Yo nunca retrocedo si di mi palabra. Por favor. No me odies. Por favor".

Como parte de su rutina habitual, apoyado contra el respaldo de la cama, Sasuke esperaba a que los supresores hicieran efecto. A medida que el rubio rostro se desvanecía, surgían las náuseas. Su delicado estómago no lidiaba bien con aquella cantidad de químicos. Mientras esperaba que sus piernas dejaran de temblar, se preguntó cómo era posible que nunca hubiera visto a Itachi en ese estado. ¿Digería mejor las pastillas? ¿O, a pesar de saber hacía años quién era su destinado, el simple hecho de no haberlo visto en persona aún le ahorraba por completo estos trabajos? ¿Y sus padres? ¿Ninguno de ellos había visto nunca a su destinado? Rumió largas horas sobre este asunto. ¿Tal vez los adultos utilizaban supresores más efectivos, más caros, mejor diseñados?

Cuando vio, poco tiempo después, las enormes valijas que su hermano introducía en su habitación, se sintió asfixiar. ¿Cuánto tiempo le quedaba? ¿Una semana? ¿Unos días? Y fue justo ese momento el que Naruto eligió para ponerse a hablar en su mente de aquella tontería.

"¿Tú te has dado un beso con alguien? Sakura-chan dice que ella y su lazo lo imaginan a menudo. Dice que es muy lindo. Aún no se han visto en persona, porque él vive lejos de aquí, pero sus padres acordaron presentarlos en cuanto cumplan la mayoría de edad".

Sasuke buscó, desesperado, algún rincón silencioso, lejos de las cámaras de seguridad. Intentó darse una cachetada dolorosa, tan dolorosa como fue capaz. El ardor disolvió por unos segundos la voz de Naruto, solo para que retornara más fuerte después: "¿Tú querrás verme entonces, cuando termines el colegio? ¿Querrás… querrás besarme alguna vez?". Se mordió furiosamente la palma e incluso cuando creyó que estaba cerca de hacerse sangrar pudo distinguir claramente sus ojos azules. No quería recurrir a sus supresores habituales, esa mierda no resolvía nada, ¡precisaba algo más!

A pesar del creciente mareo, avanzó por los pasillos en busca de una idea. Hasta que vio hacia el fondo el baño en suite de sus padres. ¿Tendrían ellos allí sus propios químicos? Tras asegurarse de que no había nadie cerca, se introdujo en el recinto para revisar los muebles. Había perfumes, cremas hidratantes, lociones para el cabello, variados jabones… nada de eso servía, nada.

"¿Te enojarías si… si imagino que nos besamos?".

Pudo sentir cómo el otro lo tomaba de las manos en su mente. Casi en estado de delirio, arrojó al suelo una hilera de frascos inútiles, tratando de encontrar detrás los supresores secretos con los que llevaba especulando semanas. En el instante en que la calidez de la respiración de Naruto le llegó a los labios, vio por fin algo que podría salvarlo.

No eran supresores, no. Eran las pastillas para dormir de su padre. Y la tableta estaba llena.

Pocos segundos después de que su cuerpo se desparramara, débil, por el suelo, escuchó a su hermano buscándolo. Las últimas palabras que logró desentrañar, antes de entrar en la inconciencia, en ese lugar pacífico sin Naruto y sin Uchihas, sonaron claramente junto a su oído:

—Lo siento tanto, hermanito… no fui lo suficientemente rápido. No fui lo suficientemente rápido…


Notas: no sé qué decir. Esta historia me llena de dolor. Por favor, cuéntenme sus impresiones. Sus comentarios son muy importantes para mí.