Capítulo 13.
Anfang.
1
Érase una vez en un reino muy lejano, tan lejano que se encontraba en un multiverso completamente separado del nuestro por múltiples grados de espacio y tiempo, un reino llamado Anfang.
Este reino era presidido tal y como pueden imaginar por un rey y una reina quienes, como dictan las leyes de la buena narrativa, amaban a su tierra y las personas que en ella vivían por encima de todas las cosas, así que el Reino de Anfang era un sitio prospero y feliz en donde todos vivían vidas apropiadamente felices y prosperas y, en reciprocidad, por encima de todas las cosas amaban a su reina y su rey.
Fue así que en medio de toda esta prosperidad, felicidad y amor compartido y reciprocado, que un feliz y prospero día la reina tuvo a bien darle a su prospero y amado pueblo una noticia que no podía sino aumentar el amor, felicidad, prosperidad y reciprocidad en que todos vivían: un heredero crecía en su vientre.
Previsiblemente el pueblo se volcó a festejar las buenas nuevas de la única manera en que una gente tan feliz, prospera y amorosa podía: emborrachándose como si no hubiera un mañana al tiempo que gritaban consignas de amor, felicidad, prosperidad y, en el breve caso de un degenerado que tuvo que ser rápidamente silenciado por la multitud antes de que se metiera en problemas, algo sobre las ventajas que presentaba una república sobre la monarquía.
Tras los festejos el tiempo pasó, tal como suele suceder, más lento de lo que deseamos y más rápido de lo que creemos hasta el día del alumbramiento; la causalidad narrativa dictaba que los campos estuvieran en flor, los pajarillos cantaran y el ambiente festivo inundara todo el reino y como jamás se equivoca en ese tipo de cosas así fue como estas sucedieron, el parto transcurrió sin contratiempos y en poco más o menos lo que tarda un periquete una agotada reina sostenía entre sus brazos a su regordete, saludable y muy ruidoso infante mientras el rey hacía las dos cosas que todos los hombres hacen en ese precioso y delicado momento: nada y sentirse orgulloso por su participación en el evento.
Pero además como era un rey y el bebé su primogénito declaró -ante la mirada desaprobadora de su mujer- tres días de fiesta en todo el reino lo cual trajo si cabe aún más alegría, amor y presumiblemente prosperidad a todo el territorio dentro de sus fronteras.
Y en esta ocasión nadie mencionó nada de ninguna república.
El tiempo continuó su inexorable marcha convirtiendo el presente en pasado, el futuro en presente y el pasado en un distante recuerdo y antes de que nadie se diera cuenta el pequeño bebé real ya era un pequeño príncipe que, como todos los niños de su edad y posición social, se enfrentaba con los muy limitados recursos que poseía a un mundo que parecía esperar de él que fuera perfecto en todo sentido y jamás cometiera un error y como sin importar toda la sangre azul que corriera por sus venas era aún un niño pequeño cometer errores era su ocupación de tiempo completo así como una fuente inagotable de suspiros y dolores de cabeza para el rey y la reina quienes, desde sus tronos, veían de lejos y sólo de vez en cuando los pocos progresos y numerosos tropezones que su primogénito y -hasta el momento sin importar lo mucho que lo intentaran- único heredero cometía día con día.
Lo que no veían o no podían ver dada la falta de tiempo, el exceso de sirvientes y la capacidad de estos para no permitir que nada les molestara era a la niña que parecía estar siempre donde se encontraba el pequeño príncipe heredero, si el chico practicaba esgrima con su instructor se podía divisar a la pequeña sentada en una banca no muy lejana, bajo la sombre de un manzano tejiendo, leyendo o haciendo cualquier otra cosa sin apenas quitar la mirada del príncipe, de igual manera en las lecciones de geografía, historia, modales y cualquier otra materia que el heredero de un reino necesitara para su futuro mandato la niña siempre estaba ahí, en la periferia, observando al príncipe, casi invisible para los demás.
Se llamaba Nébula y era una niña pequeñita con una cabeza mas bien grande que le daba aspecto aún más infantil del que a su edad debería haber tenido, poseía un par de grandes ojos azules cómo el cielo en un día de primavera y su largo cabello castaño caía en cascada hasta cubrirle la mayor parte de la espalda; cómo la mayoría de los niños a punto para dejar de serlo tenía esa complexión delgaducha ligeramente inquietante que les hacía parecer -aunque no del todo- marionetas cuyos hilos se hubieran enredado entre si pero a diferencia de los demás niños sus movimientos no parecían impedidos por esa particular etapa del crecimiento, al contrario su andar poseía la gracilidad de alguien de mas edad y mucha, pero mucha, mas experiencia.
Se llamaba Nébula y Cyrus, el príncipe heredero, estaba completamente loco por ella.
Porqué verán, no era que la niña lo siguiera a todas partes en busca de su favor o cualquier otro motivo que se podría imaginar en una situación como esa, el príncipe demandaba su presencia en todo momento posible ya fuera para demostrarle lo listo que era y lo mucho que estaba aprendiendo en sus clases o lo hábil y fuerte que se había vuelto en sus lecciones de esgrima, lucha y cualquier otra actividad que requiriera poderío físico.
A la niña todo esto no podría interesarle menos, lo único que ella veía era a un mocoso pagado de si mismo que utilizaba todo su considerable poder en tratar de impresionarla y que para colmo fracasaba estrepitosamente en su empeño quedando mas bien como un patán arrogante ante sus ojos, algo guapo y con una condición física envidiable, si, pero un patán a fin de cuentas.
Un patán que era su mejor amigo en todo el mundo.
2
Todo había comenzado durante un solisio, el día en que todos debían atender un descanso obligatorio y presentarse en la iglesia para que un sacerdote Solariano les recordara lo afortunados que era por pertenecer al rebaño y ser protegidos por sus majestades reales en el plano físico y la congregación en el espiritual; Nébula odiaba esos largos y aburridos sermones cargados de culpa y, hasta donde podía entender, falsas esperanzas, para ser parte del Sol y poder llenar de luz al mundo junto a Él debería hacer falta algo más que regalarle las pocas cosas que tenían a la iglesia, pensaba.
Había sido en una de estas ceremonias semanales que el príncipe se había fijado por primera vez en ella, cómo miembro de la realeza se le exigía llegar antes que todo el populacho y presenciar los ritos desde la primera fila, que se consideraba el lugar más cercano a Sol, sólo por detrás del altar donde el sacerdote oficiaba los ritos; ella, como miembro del pueblo y peor aún cómo mujer y por tanto prácticamente inútil para todo lo que no fuera deberes de alcoba y quizá culinarios, debía quedarse junto a la puerta, un par de metros mas allá de la última fila de asientos y esperar al final de la misa a que todos sus mejores, es decir la práctica totalidad de la concurrencia, se retiraran del recinto antes de poder hacer lo propio; había estado parada ahí, con los pies adoloridos y procurando no cabecear por el aburrimiento cuando sus ojos se habían cruzado con los del chico, por supuesto los protocolos dictaban que bajara inmediatamente la cabeza y rezara a todos los planetas que Su Majestad estuviera de buen humor y decidiera pasar por alto tal audacia, pero estaba de mal humor y los punzantes latidos que sentía en las plantas no le ayudaban a mejorarlo así que decidió mantener la cabeza en alto y aguantar la mirada del joven heredero, el chico parpadeó un par de veces sorprendido ante tamaña insolencia pero joven como era y aburrido como estaba no tardó en seguir el juego y pronto se encontraron compitiendo en un duelo privado para ver quien desviaba primero la mirada.
Finalmente el príncipe no pudo más y ocultando la risa bajo el pretexto de una inoportuna tos (pues aún la realeza tenía que observar ciertas formas en la Hoguera donde nacía el Sol), parpadeó varias veces a fin de humectar sus resecos globos oculares tras lo cual le dirigió una sonrisa a la vencedora quien, por supuesto, ya no estaba ahí.
Nébula por su parte se encontraba con la espalda apoyada contra la pared de la iglesia, el corazón le latía como loco y se cuestionaba a si misma sobre la sanidad de su mente; cuando el príncipe ("¡el príncipe!" se gritaba a si misma en su cabeza) había bajado la mirada la magnitud de sus acciones finamente la había golpeado haciéndole darse cuenta de la tamaña estupidez que había hecho, no sólo había llamado su atención, no, había tenido que retarlo y peor aún, derrotarlo.
Se sentía como una estúpida.
Para empeorarlo todo había cometido el terrible crimen de abandonar la misa antes de que finalizara y si de algo podía estar segura era de que su padre, el viejo labrador de manos encallecidas y un humor aún más duro se lo iba a hacer pagar caro ¿y todo para que?, ¿ganarle a un niñato mimado de la realeza en un duelo de miradas?, ¿qué esperaba ganar con eso?
Frustrada, golpeó la pared con la base del puño, cuando alzó la mano encontró que la áspera roca le había rasguñado la piel y ahora además de todos sus problemas también tenía que lidiar con una mano sangrante.
-Justo lo que necesitaba -masculló al tiempo que rebuscaba en su delantal por algún trapo sucio que amarrar en la herida para evitar llamar demasiado la atención.
Sin nada más que hacer se quedó revoloteando en los alrededores de la iglesia esperando el final de la misa para regresar a la humilde cabaña que compartía con sus padres y un nutrido número de hermanos y hermanas, no es que no pudiera volver por su cuenta pero estaba mal visto que las jovencitas anduvieran por ahí paseando solas, especialmente cuando habrían debido estar junto a su familia y el resto del reino en sus respectivas capillas tomando el sacramento y aprendiendo a comportarse con la propiedad que se esperaba de ellas.
Los minutos le parecieron eternos mientras su mente no dejaba de darle vueltas y más vueltas a los que acababa de suceder, sencillamente no podía comprender qué se le había metido en la cabeza para realizar actos tan descabellados, le daban ganas de jalarse los cabellos por la frustración y correr a pedir disculpas por su osadía pero al mismo tiempo una pequeña voz en su interior le gritaba que no tendría porqué hacer nada de eso, que a fin de cuentas el príncipe era una persona como ella sin importar la cama donde hubiera nacido y que, al final, había sido algo divertido en una mañana de aburrimiento y monotonía; perdida como estaba en su debate interno no se percató del momento en que un alguien dobló la esquina tras la que se ocultaba y por tanto su repentino llamado le hizo dar un respingo asustado que la avergonzó enormemente.
-¡Eh! -dijo la voz rasposa con el vaho del alcohol de caña siguiéndola- ¿que hace usted acá?
Por suerte para ella sólo se trataba de Orson, el pordiosero oficial de la ciudad quien, como siempre, se encontraba acompañado por una antiquísima botella de alguna bebida indeterminada que de algún modo parecía no vaciarse nunca pues hasta donde la chica sabía nadie jamás lo había visto comprar mas, simplemente bebía de ella y luego volvía a beber como si ni él o su fiel compañera conocieran fondo alguno.
-Hola Orson, ¿cómo estás? -contestó la chica con el corazón aún acelerado por el susto- espero el final de la misa, ¿y tú?
-Ah -el hombre dio un largo trago a su petaca, luego la miró con ojos turbios y añadió- la iglesia, ese no es lugar para una dama.
-¿Debería estar en la casa criando niños entonces? -el tono de su voz hizo que la temperatura descendiera un par de grados.
-¡Ja! -el hombre soltó una risotada e hizo un gesto con la botella hacia las murallas que rodeaban la ciudad- ahí, señorita, ahí es donde una dama debe estar.
-¿Ahí fuera? -Nébula lo miró extrañada, la idea de cruzar las murallas era nueva para ella- ¿qué hay allá?
-El universo -contestó el hombre y por un momento pareció completamente sobrio, luego el instante pasó, los ojos se le nublaron nuevamente y dio otro largo trago al recipiente que a todas luces hubiera debido estar ya vacío, hipó y se alejó tambaleándose mientras tarareaba una canción un tanto obscena sobre una casa donde sólo vivían señoritas y que aparentemente sólo estaba abierta por las noches.
La chica lo observó alejarse un tanto confusa, sin duda se trataban de los desvaríos alcohólicos del pobre sujeto pero sus palabras -y las nuevas ideas que traían consigo- se quedaron con ella dándole vueltas en la cabeza incluso después de que su padre la abofeteara y castigara por haberlos puesto en ridículo ante toda su congregación.
La invitación llegó a la mañana siguiente.
Entre el dolor pulsante en su mejilla, la vergüenza al pensar que en unos cuantos días tendría que ver al príncipe nuevamente y un poquito de orgullo por no haber bajado la mirada no era extraño que Nébula no hubiera conseguido pegar el ojo durante toda la noche, así que tampoco hubo nada raro en que fuera la primera en escuchar el alboroto que estalló a las puertas de su casa poco después de salir el sol, se levantó de un salto y apenas prestó atención a su hermano mayor cuando se quejó por haber recibido un pisotón debido al montón de ideas gritando incoherentemente en su cabeza.
"¡Vienen por mi!", "¡no debí haber hecho eso!", "¿y ahora qué?"
Sin tener muy claro lo que estaba haciendo o lo que se iba a encontrar ni importándole en lo más mínimo hallarse aún en camisón abrió la puerta de su casa sólo para quedarse boquiabierta.
El único motivo por el que no se podía llamar turba a la cantidad de gente que se encontraba fuera era que no llevaban antorchas y que presumiblemente no planeaban asesinarla en el futuro próximo, por el contrario al frente de la multitud de curiosos transeúntes que se habían detenido en camino a sus diversas ocupaciones había un carruaje y no uno cualquiera, este carruaje en específico portaba el blasón de la casa real, un escudo de armas rodeado por bordes de pergamino de los cuales se desprendían cuatro estilizadas alas insectoides, de la parte superior sobresalía la verde cabeza de un caballito del diablo mirando directo al frente con sus enormes ojos fractales y una antena apuntando hacia cada lado, las mandíbulas aparecían relajadas y finalmente la larga lengua parecía enrollarse sobre si misma tocando la punta de la torre mas alta del castillo que dominaba el dibujo; dicho escudo también adornaba la pechera del hombre que esperaba unos pasos mas allá de la puerta quien, tan pronto como la vio poner un pie fuera de la casa ,se sacó de la manga un rollo de pergamino y procedió a leerlo.
-Por la presente -declamó con una voz claramente entrenada- el príncipe Cyrus invita a la señorita -hizo una pausa para dirigirle una mirada por encima del pergamino- Nébula Butterfly a acompañarle en un desayuno en palacio, un servidor la llevará y traerá de vuelta a su -otra breve pausa- hogar.
Tras leer el mensaje y enrollar el pergamino adoptó una posición recta con las manos a la espalda y se quedó mirando a la confusa muchacha quien a su vez no le quitaba la vista de encima, aún con la boca abierta y sin tener cabeza siquiera para darse cuenta de que la gente a su alrededor cuchicheaba mientras le lanzaba significativas miradas.
-Ahem -tosió el hombre cuando hubo quedado claro que la chica no iba a moverse- ¿es usted la señorita Butterfly?
Ella asintió aún estupefacta.
-Y dado que respondió a mi pregunta asumo que pudo escuchar perfectamente la invitación que su Alteza Real le ha hecho -no era una pregunta.
-Debe haber un error -articuló ella al fin tragando saliva- o es una broma, ¿verdad?
-Señorita -Nébula pudo escuchar las cursivas- le aseguro que jamás bromearía con las instrucciones de su Alteza Real. Ahora si fuera usted tan amable de arreglarse con el fin atender la invitación que nuestro amado príncipe Cyrus ha considerado prudente extenderle, -al ver la expresión confusa de la chica puntualizó- le aseguro que los camisones no son una vestimenta que se considere apropiada para presentarse en palacio.
La chica abrió la boca para decir algo, la cerró, volvió a abrirla y sintiendo el rostro ponérsele rojo como tomate dio un portazo y apoyó la espalda contra la puerta para a continuación dejarse caer al piso mientras se abrazaba la rodillas; de todas las cosas que se le habían ocurrido durante la noche casi insomne que había pasado, esta era probablemente la única que no había cruzado por su agotado cerebro, multitud de castigos y torturas habían desfilado frente a los ojos de su imaginación con vívidos y aterradores detalles, humillaciones que ninguna persona hubiera tenido que soportar la habían acompañado sin dejarla dormir durante horas sin fin, pero una invitación a desayunar, una del príncipe al que había derrotado en una competencia de miradas era algo que ni siquiera se le había ocurrido considerar.
-Hija -su madre sonaba preocupada- ¿piensas ir?
Nébula alzó la vista y se encontró con el resto de su numerosa familia observándola, en sus rostros podía leer todo tipo de expresiones desde preocupación hasta diversión, pasando por diversos rangos de curiosidad y en el caso de su hermana pequeña (la única otra mujer en la casa además de su mamá) terror puro.
-Nebi -preguntó la niña con voz temblorosa -¿qué está pasando?
-Pasa que tu hermana nos va a sacar de la pobreza -su padre se veía radiante ante la idea- ¿qué estás esperando Nébula?, no puedes hacer esperar al príncipe.
Su madre miró al hombre sin decir nada, sólo en sus ojos cansados se leía la réplica amarga que le hubiera gustado dar a su marido.
-Vamos niña -el hombre prácticamente la empujaba hacia la habitación- apresúrate.
Así fue cómo Nébula Butterfly se encontró a si misma en un carruaje por primera vez en su vida, iba ataviada con su mejor vestido -su único vestido- y más nerviosa de lo que recordaba haber estado nunca, además le avergonzaba sobremanera la manera en que la gente volteaba a verla, especialmente aquellos que la conocían, con una mirada que parecía decir "sabemos para lo que te quiere", se sintió afortunada cuando dejaron atrás los barrios pobres de la ciudad aunque el alivio le duró sólo un momento, si antes le había parecido que llamaba la atención era porqué jamás había visitado la zona adinerada donde su humilde atavío le hacía resaltar y la señalaba como la pequeña campesina que era, las miradas de envidia, resentimiento y diversión que recibiera de sus vecinos y conocidos palidecían frente al desprecio sin tapujo que podía ver en los ojos de las damas y lores que transitaban las avenidas rumbo a sus muy dignas ocupaciones.
-¿Falta mucho? -le molestó la timidez con que habló.
El portavoz volteó a verla sin responder con una sonrisa maliciosa en el rostro e inmediatamente después volvió a poner la vista en el camino, Nébula por su parte no pudo evitar sentir una pequeña llama de furia encenderse en su interior, había cometido un error, no ganaba nada con negarlo, pero eso no justificaba la noche horrible que había pasado ni mucho menos las humillaciones que había sufrido una tras otra desde que se levantara de la cama, no habían pasado ni un par de horas desde que estos extraños se presentaran a su puerta y ya la habían dejado en ridículo antes su vecinos, insultado -veladamente, eso si- y exhibido por las mejores zonas de la ciudad como a un mono de feria.
Empezaba a encontrarse un poquito harta de la situación así que carraspeó con toda la fuerza que pudo reunir y preguntó nuevamente, en voz bastante mas alta.
-Tal vez no me escuchó… ¿Cuanto falta par que lleguemos?
La respuesta del portavoz fue un gruñido tan bajo que a la chica le fue imposible descifrarlo, pero aún así se permitió sentir un poco de satisfacción por haberle arrancado una reacción inesperada al desagradable hombre.
Sintiéndose un poco mejor se repatingó en su asiento y se dedicó a contemplar el paisaje a su alrededor, acostumbrada como estaba a las diminuta cabaña y los vastos campos abiertos de las afueras, los enormes edificios de piedra que parecían cernirse sobre su cabeza y las diminutas calles por las que transitaban le hacían sentirse un poco de claustrofobia y eso sin siquiera tomar en cuenta el ruido, había tantísimo ruido que por momento sentía como si le fuera a explotar la cabeza, los cascos de los caballos contra el duro suelo parecían tronar, toda la gente hablaba a gritos casi cómo si no pudieran entenderse entre ellos de otra manera lo cual a su vez ocasionaba que los comerciantes -oh Dios, había tantos comerciantes- gritaran aún más fuerte para hacerse oír por encima del jaleo general.
Cuando la chica empezaba a sentir que la cabeza le iba a reventar se hizo el silencio y el traqueteo de las calles se convirtió en un suave deslizar casi imperceptible, observó boquiabierta los enormes jardines del palacio con fuentes que lanzaban agua hacia el cielo sin ningún motivo aparente y arboles cargados de fruta multicolor que le daban un aspecto de vida y lozanía al lugar, el carruaje se detuvo y tras un momento el portavoz le indicó que bajara, una vez que sus pies estuvieron firmemente en contacto con el suelo y tras un tenso momento en que pareció que iba a caerse debido a su total falta de familiaridad con cualquier clase de vehículo Nébula tuvo la oportunidad de alzar la mirada y contemplar frente a ella no sólo las gigantescas puertas de madera pulida sino también a la ingente cantidad de personas que parecían hacer fila frente a ellas, mucamas y criados la observaban con curiosidad manifiesta aunque al menos sin la patente hostilidad que el hombre a su lado había demostrado y antes incluso de que pudiera saludarlos o presentarse a si misma ya estaban encima de ella obligándola a extender los brazos, alzar la cabeza, estirar la piernas mientras decían cosas cómo "tengo algo perfecto para este color de piel" y "unos zapatos de tacón harán que luzca espectacular" entre muchas otras frases que apenas si logró entender, lo curioso era que entre todo el parloteo solamente las ordenes iban dirigidas a ella.
Sin preguntarle siquiera si tenía alguna preferencia o gusto en especial la arrastraron -de la manera mas amable, todo hay que decirlo- a un pequeño baño donde, con una maestría que habría envidiado cualquier donjuán, la desnudaron, bañaron, perfumaron y engalanaron con un vestido lleno de moños, volantes y accesorios que solamente había visto en las mejores damas durante las mañanas de iglesia, el único momento de verdadera incomodidad fue cuando las horrorizadas mujeres descubrieron que no podían ponerle el par de lujosos pendientes que le habían traído y la pobre chica tuvo que oponerse con firmeza a que le perforaran las orejas lo cual pareció dejarlas devastadas, en especial a la que atentamente le había sugerido que "sería sólo un piquetito de nada" y "no dolería ni un poquito" con exagerado énfasis en los diminutivos.
Finalmente la bandada de mujeres se dispersó lo suficiente para permitirle contemplarse en el espejo de cuerpo completo que le habían traído y lo que vio en el la dejó nuevamente con la boca abierta; la chica que la contemplaba desde el otro lado del cristal no se parecía en nada a la imagen que veía reflejada todos los días en el lago donde recogía agua en cubos para llevar a casa, de la humilde chica campesina apenas si quedaba la piel tostada por el sol perfectamente acentuada por el vestido color salmón y los accesorios que aunque le habían parecido excesivos cuando se los colocaran ahora descubría que se complementaban de manera asombrosa con el resto de su atuendo.
O al menos eso creía, dado que rara vez había tenido la oportunidad de ver ropa así y no digamos ya utilizarla se veía en la necesidad de confiar en los "preciosa" e "increíble cambio" que las mujeres suspiraban a su alrededor.
Cuidadosamente y con una timidez que le era del todo impropia le hizo caso a una de las mucamas y dio la vuelta torpemente sobre si misma provocando que las orillas del vestido se alzaran como si quisieran levantar el vuelo obligándola a detener el giro mientras sujetaba los faldones voladores muerta de la vergüenza.
-¿Ya está lista? -el mayordomo entró de improviso provocando que todas la damas presentes dieran un salto y Nébula en particular enrojeciera hasta límites que no sabía fueran posibles, el hombre a su vez les dio la espalda y turbado preguntó nuevamente, con suavidad – ¿ya terminaron?, Su Alteza desea ver a su invitada.
Con todos los detalles ultimados, una leve capa de maquillaje y rubor aplicada y ataviada con un vestido que valía más que la casa donde había crecido la chica se encontró nuevamente escoltada a través de los jardines del palacio real por el mayordomo que la había ido a buscar y que ahora se deshacía en disculpas, claramente contrariado por el regaño que había recibido de la jefa de mucamas.
-Por aquí señorita -el hombre le indicó que continuara por el camino de piedra que corría a través de los setos y a Nébula le sorprendió agradablemente no detectar el menor rastro de mordacidad en su voz- el príncipe la espera.
La chica siguió las indicaciones avanzando por el sendero indicado unos pocos pasos hasta encontrar un pequeño quiosco de madera construido justo en el centro de un semicírculo de arbustos que lo escondían un poco del mundo exterior, protegida del sol había una mesilla blanca sobre la que descansaba un bol lleno de fruta fresca y dos sillas, una de las cuales estaba ocupada por el regio trasero del príncipe heredero quien aparentemente aburrido por la espera roncaba ruidosamente mientras un hilillo de baba le bajaba lentamente desde la comisura derecha.
-Ahem -carraspeó la chica con una timidez impropia en ella pero al ver que el joven no mostraba signos de despertar repitió, entonando esta vez- ¡Ahem!
Cyrus vio su sueño interrumpido a medio roncar, con los ojos entrecerrados para evitar la luz solar buscó a la persona que lo había despertado y cuando un instante después vio a la chica frente a él sonrío de oreja a oreja, se levantó con un salto de lo más atlético y retiró la otra silla invitándola a sentarse, la galantería de todo lo cual se vio tristemente empequeñecida por la saliva en su rostro que apenas comenzaba a secarse.
-Hola -dijo tomando asiento frente a la chica y aún parpadeando en un intento de espantar el sueño- ¿cómo estás?
Por supuesto que no le preguntó si había tenido algún problema en el camino o con su familia gracias a la repentina invitación, en su mundo simplemente no cabía la idea de que sus instrucciones pudieran generar incomodidad a nadie, sencillamente cuando decía algo esto se cumplía y punto; pero claro, no es que fuera exactamente su culpa haber sido criado de esa manera.
-Algo sorprendida, si te digo la verdad -Nébula por su parte nunca había sido una mujer que se anduviera con zalamerías, con tono algo brusco añadió- ¿qué es esto?, ¿qué hago aquí?
-Bueno -el príncipe la miró un tanto confuso, nunca nadie lo había cuestionado de una manera tan brusca- me gustó lo de ayer.
-¿Y?
-¿Y qué?
-¡No puedes arrastrar a la gente sólo porque si!
-Pero ya te dije que fue porque me agradaste.
-¡No fue lo que dijiste y sigue sin ser una buena razón!
-¿Cual sería una buena razón entonces? -el príncipe se acarició la barbilla.
-Yo… -la chica dudó- no tengo idea, pero esta no lo fue.
-¿Entonces no quieres comer algo?
El cambio de tema fue tan brusco que Nébula se quedó sin palabras lo que la dejó con la única opción de asentir, pues con todo el ajetreo del día aún no había podido probar bocado.
El príncipe esperó -tal vez por mala leche o quizá por inocencia- a que su compañera tuviera la boca llena para preguntar.
-¿Está bueno?
-Mphhmh -contestó la joven al tiempo que asentía con los cachetes inflados de comida y el rostro completamente rojo por la vergüenza.
El príncipe río; tenía una risa cálida y alegre que lejos de avergonzar aún mas a la chica le arrancó una sonrisa.
-¿Tú no vas a comer? -Nébula se dio cuenta de que ella era la única que lo estaba haciendo.
-Claro -el príncipe tomó una uva del montón y se la metió a la boca sin dejar nunca de observar a su interlocutora- muy buenas, ¿verdad?
Esta vez la chica estaba preparada y se había cuidado de no llenarse la boca, con toda la educación de que fue capaz (que no era demasiada, la verdad) tragó el magro bocado antes de contestar.
-Muy buenas.
-Excelente -aprobó él- pero te faltó limpiarte un poco -se tocó la comisura de los labios donde a la chica le corría un poco de jugo.
La chica se apresuró a limpiarse pero ya era demasiado tarde, pudo sentir una gota de jugo deslizarse por su barbilla para luego desprenderse y continuar su descenso hasta chocar con el vestido prestado.
-¡No! -se podía escuchar dolor físico en su voz al ver la mancha morada en la tela virgen.
-No pasa nada -se apresuró a tranquilizarla el príncipe- puedo darte otro.
La chica lo miró incrédula por un momento, ¿es que acaso este niño no entendía que la prenda probablemente costaba más de lo que su familia ganaba en un año de trabajo?
-¿Porqué me trajiste aquí? -preguntó de nuevo con toda la frialdad que consiguió reunir.
-Ya te lo dije.
-¿Fue para burlarte de mi?, ¿es una venganza por haberte derrotado?
-¿Qué?, no, claro que no, al contrario.
-¿Entonces?, por favor explícame.
Cyrus dejó salir un suspiro.
-Nébula, ¿puedo llamarte Nébula? -no esperó una respuesta- ¿sabes lo que significa ser un príncipe?, quiere decir que un día seré rey y por eso todo el mundo me trata como si fuera una especie de criatura exótica, nadie se atreve a llevarme la contraria o siquiera a hablar conmigo, simplemente asienten a todo lo que digo.
-¿Y tus padres?, supongo que ellos no tienen esas reservas.
-Ja, Tengo suerte si los veo de vez en cuando, supongo que para ellos lo importante era tenerme para asegurar la sucesión, después de eso dejaron que mis ayas y tutores se encargaran de todo lo demás.
-Y ellos tampoco se atreven a decirte nada.
-¿Tú le llevarías la contraria a la persona que un día podría decidir sobre tu vida?
La chica se encogió de hombros, olvidada momentáneamente mancha y recelo.
-Por eso te invité a venir, nadie nunca se había atrevido a ganarme en nada así que cuando me hiciste bajar la mirada fue algo muy refrescante.
-¿Así que soy qué?, ¿tú nueva compañera de juegos?
-Mas bien mi consejera -puntualizó el chico- si algún día voy a ser rey creo que necesitaré a alguien que me hablé con la verdad y sin miedo.
-Creo que eso si puedo hacerlo -Nébula por fin le sonrío sinceramente.
Y el tiempo continuó avanzando.
3
Al principio el príncipe invitaba a la chica una o dos veces por semana para almorzar juntos mientras le platicaba todo lo que había hecho o las cosas que le habían enseñado, estas sesiones usualmente consistían en dejar que el chico hablara mientras ella se limitaba a escuchar y comer dando pequeños bocados -había aprendido la lección y jamás había vuelto a dejar ningún vestido inservible como el de aquella primera vez- sin embargo no pasó demasiado tiempo antes de que las visitas se volvieran más y más frecuentes hasta convertirse en una rutina diaria momento en que el príncipe decidió que lo mejor sería que la chica se mudara al castillo.
-Ya no tendrías que hacer ese trayecto todos los días -el chico desvió una estocada perezosa de su maestro y tras responder con una contra llena de florituras inútiles continuó- y de todos modos ya tienes una habitación aquí.
Para la enorme sorpresa del heredero al trono su amiga se había negado en redondo a trasladar su residencia y ahora trataba de convencerla, ya llevaba toda la mañana intentándolo, lo que le había valido una fea mirada de su profesora de historia aunque en esgrima y equitación lo había hecho bastante bien pues las actividades físicas se le daban de manera natural.
Pero sin importar la cantidad de argumentos que esgrimiera, Nébula simplemente se negaba a aceptar su gentil propuesta.
-No puedo dejar a mi familia así como así -había protestado la chica- sabes que papá me necesita para ayudar en casa.
-A propósito, ¿Cómo sigue tu madre? -preguntó el príncipe con genuina preocupación pues a lo largo de los años había llegado a apreciar a la familia de su amiga.
-No lo se-respondió la chica, insegura- dice que se siente bien pero sigue tosiendo todo el tiempo, trata de disimular pero creo que ni siquiera puede dormir sin que le de un ataque de tos a media noche.
-Sabes que puedo mandarle a mi médico personal.
-Lo se y te lo agradezco pero es ella la que no me lo permite.
-No veo cual es el problema -refunfuñó el príncipe.
-Cyrus -la chica se plantó frente a su amigo- si mandas a tu médico la gente va a hablar.
-Pensaba que ya lo hacían.
-No se callan -bufó ella- todo el mundo parece pensar que soy tu… tu… -el rostro de la chica se cubrió de un rubor furioso- tu meretriz -sintió un poco de orgullo al poder utilizar una de las palabras que había aprendido recientemente.
-¡¿Mi qué?! -el príncipe palideció a su vez, pues había aprendido la palabra junto a ella- pero eso no es cierto.
-No es que eso les importe demasiado, sólo me ven venir todos los días y sacan sus estúpidas conclusiones.
-Yo… no lo sabía -el chico parecía confuso- ¿no les puedes explicar la verdad?
-¿Y cual es la verdad Cyrus? -la mirada que le lanzó podría haber partido una roca- Porqué yo no tengo ni idea.
-Somos amigos -se apresuró a responder el príncipe, tal vez demasiado rápido- y me ayuda que estés aquí.
-"Te ayuda que esté aquí", ¿en qué te ayuda exactamente?
-No se como explicarlo -el chico movía las manos nerviosamente- ¿es cómo si me sintiera seguro contigo?
-A veces no te entiendo Cyrus -la chica soltó un suspiro- a veces eres la persona mas inteligente que conozco y otras…
-Vamos -Cyrus le lanzó una tímida sonrisa que siempre parecía mejorar los ánimos de su amiga- tú eres la persona mas lista que conozco y se que me llevas muchísima delantera.
-No digas tonterías por favor -lo reprendió ella.
-¿Tonterías? -rio él- por favor, ¿tienes idea de el tiempo que me tomó aprender a leer y escribir?, fueron años Nebs ,¡años!, en cambio tú llegaste y lo tenías dominado en unos cuantos meses.
La joven sonrío a su vez recordando todo el esfuerzo que le había tomado adquirir esos conocimientos y como su mayor impulso había sido la vergüenza que le producía pedirle a su amigo que le leyera absolutamente todo.
-Tuve un buen maestro -admitió finalmente dedicándole al chico una reverencia juguetona.
-Y tanto que lo tuviste -aceptó él- ni te imaginas la de noches que pasé en vela trabajando en esas lecciones y seleccionando textos fáciles y sencillos de comprender.
-Al menos ahora ya no tienes que leerme cuentos infantiles.
-De hecho me gustaba leerte esas viejas historias de monstruos y princesas, era divertido ver tu cara cuando pensabas que los buenos iban a perder.
-Los buenos jamás pierden Cyrus, ya deberías saber eso.
-Claro que lo se, después de todos esos cuentos quedó mas que claro.
-Ya te lo dije en su momento, -la chica le tomó la mano y le dio un apretón- pero gracias Cyrus.
-No hay nada que no haría por mi mejor amiga -el joven correspondió el suave apretón con su propia mano- y a todo esto, ¿qué estás leyendo ahora?
-Umm, no creo que te interese.
-Claro que si, no soy tan tonto como parezco, ¿sabes?
-Lo eres bastante más, -Nébula le sacó la lengua- pero si tienes que saberlo es un viejo tratado sobre la naturaleza de la magia.
-Nebs -el príncipe la miró con preocupación- si sabes que esos son textos prohibidos ¿verdad?
-Claro que lo se, no soy tonta.
-Ni lo pareces -concedió el joven- pero de verdad, esos libros son peligrosos.
-Lo se Cy, de verdad que lo se, pero es que son muy interesantes -los ojos de la chica brillaron al empezar a hablar de su tema favorito- ¿sabías por ejemplo que según Ápropos nuestro mundo no es mas que uno entre muchos?
-Tonterías -descartó el príncipe- ¿cómo van a existir mas mundos aparte de este?
-Es cierto -la chica lo miró desafiante- se supone que cada estrella que vemos en el cielo es otro sol y…
Cyrus se apresuró a taparle la boca con la mano.
-Nébula, eso es herejía -la soltó lentamente sin dejar de hablar- no puedes ir por ahí diciendo esas cosas.
-¿O mi mejor amigo me va a asfixiar hasta la muerte? -el chico hizo amago de responder pero ella lo detuvo- tranquilizate Cyrus, nunca hablaría de esto con nadie más.
-No deberías hacerlo ni siquiera conmigo Nebs, nunca se sabe quien podría estar escuchando.
-Eres el príncipe, si tú no tienes privacidad entonces ¿quien?
-No se quien la tenga, pero yo definitivamente no -se acercó a la oreja de su amiga para susurrar- ¿no te has dado cuenta de que nunca estamos solos?
Siguiendo la mirada del príncipe la chica hizo ademán de girarse pero él se lo impidió tocándole un hombro con suavidad.
-No te voltees -le dijo- no creo que sepan que lo se y me gustaría que siguiera de esa manera.
-Quieres decir que todo este tiempo…
-Si, por supuesto mantienen su distancia y nos dan cierta privacidad pero siempre están cerca, por si acaso.
-Pero… ¿porqué?
-Como tú misma no te cansas de repetir, soy el príncipe heredero, el futuro del reino descansa sobre mis hombros -el chico se permitió una sonrisa traviesa- o algo así.
-¿Y yo soy qué?, ¿un peligro para la nación?
-Por supuesto que lo eres, una peligrosísima viuda negra que pretende seducir y secuestrar al heredero del trono.
Nébula estuvo a punto de enojarse pero vio como su amigo le guiñaba el ojo.
-Si, jaja -río sin humor- muy gracioso y todo pero en serio, ¿me consideran una amenaza?
-¿Honestamente? -el príncipe se acarició la barbilla considerando la pregunta- no lo creo, tal vez al principio, supongo que ahora les pareces más como personal del palacio -finalizó encogiéndose de hombros para quitarle importancia al asunto.
Lo cual fue un error.
-"Personal del palacio" ¿eh? -la chica se cruzó de brazos- al menos ahora se cual es mi lugar aquí.
-Por favor Nebs, sabes que no lo dije con esa intención.
-¿Ah no?, se lo ruego Su Alteza, explíqueme cual era su intención pues parece que soy demasiado tonta para entenderlo.
-¿Sabes que eres imposible cuando te pones así? -la irritación de la chica pronto contagió a su amigo.
-Y cómo osaría una simple empleada del palacio contradecir a su amo y señor, ¿cierto?
-¿Sabes qué?, olvídalo.
-Como ordene, Su Alteza.
Y sin darle al príncipe tiempo alguno para replicar, Nébula se dio la media vuelta y escapó del castillo sintiéndose muy enojada con su amigo y muy estúpida por sentirse así.
4
En otros tiempos el carruaje que la llevó de regreso a casa de sus padres le había parecido surrealista -otra de las muchas palabras que había aprendido recientemente- un oneroso derroche de ostentación propio de una realeza tiránica completamente fuera de contacto con el pueblo al que gobernaban con supuesta benevolencia y cariño, pero lo cierto era que después de tantos años utilizándolo casi a diario prácticamente no se fijaba ya en el vehículo y apenas si saludaba al cochero con una breve inclinación de cabeza al subir.
De igual manera el trayecto lleno alguna de vez de mortificación y angustia se había vuelto parte tan integral de su rutina diaria que apenas si se asomaba ya por las ventanas para ver pasar los edificios que alguna vez le habían impresionado como si los hubieran sacado de un cuento de hadas.
Algo que apenas había cambiado con los años sin embargo era la casa donde vivía, seguía estando en las afueras de la ciudad y cercana a los campos donde su padre, su abuelo y el padre de este habían trabajado durante incontables generaciones, para llegar a ella aún tenía que atravesar caminos llenos de polvo que inevitablemente se colaba por los resquicios del carro ensuciándole el costoso vestido que ni siquiera podía lavar sin arruinarlo completamente en el proceso; sus hermanos seguían viviendo ahí, el mayor ahora casado y con un hijo pequeño ayudaba a su padre en las labores del campo mientras que la mas pequeña de los tres se encargaba junto a su madre y cuñada a las labores del hogar.
Solamente ella parecía no tener un lugar en la dinámica familiar, simplemente llegaba, se cambiaba de ropa, le entregaba el vestido del día al cochero para que las sirvientas lo lavaran y se dedicaba a esperar la llegada del nuevo día; por supuesto desde el momento en que había aprendido a leer había dedicado la mayor parte de ese tiempo libre en devorar un libro tras otro, al principio lo hacía para no parecer una campesina palurda ante el príncipe pero rápidamente se enamoro de los mundos y las historias que se escondían tras los cada vez menos complicados símbolos y antes de darse cuenta se había aficionado tanto a la lectura que constantemente molestaba a su amigo para que le prestara nuevos libros de la biblioteca real.
Así que sin nada mas que hacer por el resto de la tarde se preparó para sumergirse en las páginas del mas reciente de esos prestamos: la apasionante historia (al menos para ella) de una joven que contra todo pronóstico se erigía en heroína y salvadora de su mundo enfrentándose con la ayuda de su variopinto grupo de amigos contra las fuerzas del mal que buscaban la destrucción de todo lo que amaba.
La expectativa de las aventuras que le esperaban una vez abriera el libro contribuyeron a mejorar su humor en tal medida que cruzar el umbral de la humilde vivienda le produjo la sensación de estar en casa, algo que en los últimos tiempos sucedía de manera con cada vez menos frecuencia, sin embargo no se lanzó hacia la habitación que compartía con su hermana, en vez de eso dirigió sus pasos al cuarto donde dormían sus padres para revisar el estado de salud de su mamá, principalmente porqué era una buena hija pero también para dilatar la emoción de continuar con su lectura.
Su madre la recibió con una sonrisa cálida desde la destartalada cama donde pasaba sus días desde que había caído enferma, al verla Nébula sintió una punzada de culpabilidad por no dedicarle demasiado tiempo a la mujer que le había dado a luz y cuidado durante toda su vida, algo de eso debió reflejarse en su rostro pues la mujer dio una palmadas en la cama en un claro gesto de que se sentara a su lado lo que la chica obedeció sin chistar.
-¿Cómo te sientes madre? -las palabras se le atragantaron un poco.
-Mucho mejor -mintió ella.
-Que bueno -mintió su hija a la vez, sintiendo como se le formaba un nudo en la garganta, luego se quedó en silencio sin saber que mas decirle a esta mujer que prácticamente ya no conocía.
-¿Y qué tal tu día? -para su alivio su madre continuó la conversación.
-Nada especial -respondió Nébula mientras repasaba mentalmente todo lo que le había sucedido en caso de que hubiera algo relevante que pudiera contar- tuve una discusión con Cyrus -decidió al fin.
-Es un buen chico -sonrió la mujer- espero que no haya sido nada serio, sabes que te quiere mucho y se preocupa por ti, ¿verdad?
-Lo se mamá -la voz de la joven dejó ver una partícula de irritación- es sólo que a veces me molesta lo tonto que puede llegar a ser.
-No tiene la culpa, hija -le despeinó el cabello suavemente- su vida he sido diferente a la nuestra.
-Claro -respondió la chica con sorna- una vida de lujos y sin preocupaciones.
-De lujos si, sin preocupaciones no estoy tan segura.
-Madre, ¿qué le puede preocupar a un niño rico en esta vida?
-Nébula -su madre la miró a los ojos- ¿de verdad crees que tu amigo no tiene una sola preocupación?, ¿nada que le moleste?
-No veo que podría molestarlo -se empecinó la chica- ¿Acaso no tiene todo lo que podría desear?
-No olvides que también tiene el futuro del reino sobre sus hombros -la mujer bostezó ostensiblemente- será mejor que descanse -le dijo.
-Mamá -se sintió como una niña pequeña diciéndole así- Cyrus nos ofreció a su médico para que te cure…
-Nébula, no.
-Pero mamá...
-Ya hablamos de esto -la interrumpió su madre- el príncipe ya ha hecho demasiado por nosotros, por ti y no vamos a abusar más de su amabilidad.
Antes de que su hija pudiera replicar la mujer se giró dándole la espalda a su hija.
-Ahora voy a dormir -despidió a la chica.
-Si madre -Nébula salió lentamente de la habitación, estuvo a punto de decir algo más pero lo pensó un momento y decidió guardar silencio.
Un par de pasos mas allá la llevaron a la cocina donde la esposa de su hermano se esforzaba en preparar la comida para cuando su esposo y su suegro volvieran de las labores del campo, al ver a la hija mayor la saludó con un gesto de la cabeza pero eso fue todo, aunque no tenían nada una en contra de la otra tampoco es que fueran precisamente grandes amigas, tan sólo dos mujeres que por azares del destino vivían bajo el mismo techo, Nébula la saludó de igual manera y continuó hacia la habitación que compartía con su hermana pequeña quien seguramente se encontraba cuidando a los animales y jugando con ellos, la niña tenía un don para tratar con las bestias y estas a su vez parecían quererla más que a todos los otros miembros de la familia, su padre solía decir que la leche de las vacas sabía mas rica cuando ella las ordeñaba y en eso al menos Nébula estaba de acuerdo con él.
Así que tendría el cuarto para ella sola al menos durante un rato, eso le venía bien pues además de su anhelada lectura quería pensar sobre lo que le había dicho su madre, aún no entendía porqué se negaba tan rotundamente a aceptar la ayuda del príncipe pero en lo mas profundo de su ser sabía que tenía razón en cuanto a lo de que su amigo estaba sometido a grandes presiones.
-Tal vez he sido un poco injusta con él -se dijo a si misma.
Aún rumiando esta idea abrió distraídamente la puerta de su habitación, entró en ella y acto seguido se quedó paralizada, estuvo a punto de lanzar un grito pero por alguna razón ningún sonido logró escapar de su garganta, intentó darse la vuelta para huir y eso también le fue vedado, ni siquiera era como si alguna fuerza exterior la estuviera aprisionando, simplemente las ordenes que el cerebro mandaba a su cuerpo eran ignoradas completamente.
En su cama, dándole la espalda, había un hombre dormido.
Uno que además roncaba de manera bastante escandalosa, tanto que aún en medio del pánico que comenzaba a atenazarla no pudo evitar preguntarse como era que no lo había escuchado antes de entrar pero ese tren de pensamiento quedó abortado cuando el desconocido se giró aún en sueños y pudo reconocer en su rostro los avejentados rasgos de Orson, no fue hasta ese momento que reparó en el denso olor a alcohol que impregnaba el cuarto, tan denso que prácticamente podía tocarlo y como si eso hubiera roto las cadenas que parecían ceñirla finalmente consiguió moverse.
Su primer impulso fue abofetear al hombre tanto para despertarlo como para vengarse por el susto que le había hecho pasar, sin embargo una pequeña alarma en su cabeza le informó con bastante urgencia que eso podría ser una pésima idea así que se abstuvo de seguir tal deseo y se conformó con sacudir enérgicamente al invitado no deseado hasta que lo vio abrir los ojos; los parpados se separaron lentamente como si pesaran una tonelada y en sus pupilas desenfocadas pudo ver desconcierto primero y luego, fugazmente, una nota de dolor.
-¿Donde estoy? -dijo Orson con voz pastosa mientras se apretaba la frente con una mano, tras una pequeña pausa corrigió- no, espera… ¿cuando estoy?
-Estás en mi habitación -lo reprendió la chica transformando el miedo que sentía en enojo- y ya te puedes ir yendo de aquí.
Los ojos del hombre se posaron ella y poco a poco lograron enfocarla, tras unos cuantos parpadeos algo parecido al reconocimiento apareció en ellos.
-Yo te conozco – dijo, exasperando a Nébula aún mas, repentinamente dio un salto tratando de ponerse en pie, intento que fracasó cuando los pies se le enredaron y cayó de bruces al piso donde se quedó inmóvil sin hacer intento alguno de levantarse nuevamente.
-No, no, no -lo escuchó murmurar la joven- no deberías seguir aquí, mal, mal esto está muy mal.
-Oye Orson -se acuclilló junto al caído- no se de que estás hablando pero de verdad necesito que salgas de aquí.
-¡Eso es! -exclamó el hombre desde su posición en el piso alzando un dedo hacia el cielo- ¡Salir de aquí!
-Eso es -Nébula le dirigió una sonrisa no exenta de compasión- no se como entraste sin que nadie te viera pero si pudieras irte del mismo modo sería genial ¿eh?
-Si, si, claro -la diatriba del borracho apenas si tenía sentido- tenemos que irnos, irnos ya, ahora mismo.
La chica le ayudó a ponerse en pie y una vez que el hombre consiguió mantenerse así lo dirigió amable pero firmemente a la entrada de la casa, le preocupaba que algún miembro de su familia la viera salir escoltando al hombre pero afortunadamente su cuñada seguí atareada en la cocina y nadie más había vuelto aún.
-Sal de aquí Orson -le dijo una vez que su acompañante estuvo fuera de la residencia- te prometo no decirle a nadie pero por favor no vuelvas a hacerlo.
-Espera -el hombre se giró hacia ella pero antes de que pudiera decir nada Nébula cerró la puerta en sus narices y se apoyó contra ella esperando que el borracho tratara de entrar nuevamente, casi podía sentir los empujones en la madera y escuchar la voz sofocada pidiéndole que la dejara entrar, sin embargo no sucedió nada de eso y tras un momento finalmente pudo relajarse.
-¿Pasa algo? -la voz de su cuñada le hizo respingar.
-No, no pasa nada -mintió deseando que la otra mujer no preguntara nada más.
-Oh, es que te ves tensa.
-Debo estar cansada.
-Claro -el sarcasmo en la voz de la esposa de su hermano la molestó- eso debe ser.
-Si, mejor me voy a descansar.
Y eso hizo antes de que la siguieran importunando; una vez que estuvo nuevamente en su habitación abrió la única ventana que tenía para sacar el olor a alcohol y una vez hecho eso se dejó caer pesadamente sobre la cama deseando dormir y olvidando cualquier idea que pudiera haber albergado sobre continuar con su lectura.
¡TOK!, algo duro se le encajó en la espalda obligándola a darse la vuelta
-¡Ay! -se quejó antes de darse la vuelta para ver que la había lastimado, un bulto sobresalía de la cama así que metió la mano bajo la sabana y tocó algo frío, al sacarlo a la luz descubrió la eterna botella que Oson llevaba siempre consigo.
-Ugh -se quejó y aprovechando que la ventana ya estaba abierta lanzó la botella hacia fuera, se desplomó una vez mas en su cama y se dejó llevar por el sueño.
Al día siguiente amaneció abrazando la botella como una alcohólica cualquiera, su primera reacción fue lanzarla nuevamente por la ventana para luego, aterrada darse la vuelta y verla reposando nuevamente en su cama como si nada hubiera sucedido, la tomó en sus manos y la estrelló contra el suelo utilizando toda la fuerza que poseía, increíblemente el cristal rebotó y fue a caer en el mismo sitio una vez más.
Toc Toc, alguien llamó a su puerta.
-Hija -era la voz de su padre- ¿estás bien?, ¿que pasa ahí dentro?
Consideró decirle lo que estaba sucediendo, luego se imagino confesando que el borracho del pueblo había dormido en su habitación y que botella por alguna razón parecía no querer irse de ahí y tomó la sensata decisión -al menos para ella- de no hacerlo.
-No pasa nada papá, me resbalé al levantarme -mintió- ahora bajo.
-Apúrate -contestó el hombre desde el otro lado de la puerta- tu carruaje está por llegar.
¿Mi carruaje? -pensó la chica- ¿ahora es mi carruaje?
Sin embargo su padre tenía razón en que el carro estaba a apunto de llegar y ella no se había alistado aún, barajó la idea de no presentarse en palacio y dedicar el día en buscar a Orson pero algo dentro de si le dijo que no lo iba a encontrar con facilidad y que cuando el hombre necesitara su botella -y definitivamente iba a necesitarla mas pronto que tarde- volvería por ella, aún así hizo un intento mas por deshacerse de ella y previsiblemente no lo consiguió.
-Espérame aquí -le dijo por fin, frustrada- no dejes que nadie te vea.
Tuvo la extraña sensación de que el recipiente entendía lo que le estaba diciendo pero estaba sencillamente cansada así que salió cerrando la puerta tras ella.
Toda su familia se encontraba ya reunida a la mesa en la estancia que fungía como sala de estar, comedor y cuarto de visitas, su padre como siempre en la cabecera con su esposa a la izquierda, el hijo mayor a la derecha, al lado de este se sentaba su propia mujer con el bebé de ambos en brazos, frente a ella estaba su hermana pequeña y al lado de esta la silla vacía que le correspondía a ella misma; todos estaban ya tomando el desayuno (unas tristes hojuelas de avena remojadas en leche de cabra pues su vaca parecía haberse secado), sólo su sitio en la mesa no tenía un plato, por supuesto que no iban a desperdiciar el poco alimento que tenían en ella -se dijo a si misma- después de todo el príncipe se encargaba de alimentarla mucho mejor que a todos ellos y claro que su madre no había querido escuchar una sola palabra cuando se ofreció a "apoyar a la familia de su amiga", podría ser pobre pero su orgullo se comparaba al de los reyes y reinas de antaño. En fin.
-Buenos días familia -saludó sin detenerse en su camino a la puerta- me voy.
-Que tengas un buen día hija -su madre tosió un poco al hablar y, siempre digna, se cubrió la boca con una servilleta raída pero impoluta.
-Gracias, ustedes también -afortunadamente el carruaje (su carruaje, aparentemente) ya se detenía fuera de la casa así que no tuvo que quedarse mas tiempo ahí.
-Me voy -repitió y esta vez no obtuvo respuesta.
5
Entre los eventos de la noche anterior y la sorpresa de la mañana Nébula se sentía agotada y de mal humor, algo que el príncipe no tardo en notar y a pesar de todas las clases de cortesía y buenas maneras que había tomado a lo largo de su vida no paso mucho tiempo antes de que se rindiera y decidiera encarar a su amiga.
-¿Qué te pasa hoy? -le preguntó después de que la chica bufara ante alguna tontería que le había dicho- si no te conociera diría que estás molesta conmigo -se detuvo un momento recordando la escena que habían protagonizado el día anterior y continuó con un tono algo más dócil- Nebs, siento lo de ayer...
-Estoy molesta si -Nébula no se sentía con ánimos de explicar nada así que lo interrumpió- ¿contigo?, no.
Fue lo único que le pudo sacar durante buena parte de la mañana, afortunadamente -para él, que no para ella- las lecciones del día lo mantuvieron lo suficientemente ocupado como para darle espacio a la chica y ella entretanto decidió aprovechar el tiempo para por fin avanzar con la lectura que tenía pendiente así que abrió su libro y trató de sumergirse en las aventuras ficticias de su última heroína favorita:
"Casiopea alzó la espada frente a ella en un desesperado intento por bloquear el golpe que Faustus le lanzaba con su propia arma, un espadón tan gigante que le entumeció los brazos cuando los aceros entrechocaron lanzando chispas por los aires, la joven pudo sentir como el arma se le resbalaba de las manos incapaces de sujetarla con la fuerza necesaria y antes de darse cuenta otro certero golpe de su rival se la arrancó de entre los dedos haciéndola volar por los aires, al cruzar el cielo carmesí la hoja Cazaestrellas reflejó la luz del sol agonizante de manera tan hermosa que la chica solo pudo pensar que bien valía la pena morir ante una visión así.
-Ríndete a mi, Casiopea -el hombre le tendió su manaza enguantada- juntos seremos invencibles.
Ella, agotada hasta el extremo consiguió mirarlo fijamente a los ojos y susurró una única palabra desafiante:
-No.
-Así sea pues, hija del agua, al menos te daré la muerte que un guerrero como tú se merece.
Sin bajar la mirada, la joven lo vio alzar a Luz Oscura preparando el golpe final, aquí acababa todo, su gran aventura y las esperanzas que el mundo había depositado en ella, le dedicó un último pensamiento a sus aliados que habían caído para llevarla hasta ese punto, amigos y rivales por igual y finalmente dibujó en su mente el rostro de Arpegio, el niño que había visto morir a su padre y heredado su corona, el que siempre se sonrojaba cuando lo descubría observándola y que le había robado su primer beso durante un atardecer no tan diferente al que moría rápidamente, se permitió una última sonrisa antes de que…"
-No pensé que te gustaran ese tipo de libros -concentrada en su lectura no había notado al príncipe leyendo por encima de su hombro- creía que preferías cosas mas educativas.
-Las prefiero -la chica cerró el libro de golpe, avergonzada- y de hecho creo que les he sacado algo mas de provecho que tú.
-Eso no te lo voy a discutir -Cyrus dejó salir una sonora carcajada- pero deja eso, ya es hora de la comida.
La chica no tenía demasiada hambre, especialmente tras del copioso desayuno que había disfrutado en compañía de su amigo nada mas llegar al castillo, pero como cualquier persona que hubiera crecido con prácticamente nada era incapaz de rechazar una comida caliente, especialmente una tan deliciosa como la que se servía en palacio así que rechistando sólo lo mínimo necesario para guardar las apariencias aparcó la lectura por un rato y acompañó al príncipe.
Usualmente comían juntos en el quiosco donde Cyrus la había recibido la primera vez, cuando llegaban la comida ya estaba servida y una de las numerosas damas de compañía revoloteaba a su alrededor pendiente de que nada les hiciera falta, siempre con una sonrisa un poco falsa en los labios pero con una habilidad y rapidez envidiables; Nébula jamás había tenido que pedir que se le rellenara una copa o trajera un cubierto, la chica siempre se anticipaba a todas esas cosas de forma que lo que necesitara aparecía casi por arte de magia frente a ella.
Pero ese día era diferente, cuando llegaron a su lugar habitual no había nadie esperándolos, solo una pequeña nota en la mesa que hizo fruncir el ceñó al príncipe al verla y torcer la boca disgustado al leerla.
-¿Qué pasa? -preguntó Nébula, nerviosa ante el cambio en la rutina- ¿está todo bien?
-No lo se -aunque la mirada de su acompañante decía a las claras que si lo sabía y no estaba nada bien- mis padres quieren que nos reunamos con ellos en el gran comedor.
El Gran Comedor, Nébula no pudo evitar pensarlo en mayúsculas, nunca en todos los años que había visitado el palacio había sido invitada al lugar casi sagrado donde solamente la familia real tenía permitido degustar sus alimentos, la única ocasión en que había entrado había sido mucho tiempo antes cuando, en una correría infantil, irrumpieron entre risas y fueron prontamente escoltados a los jardines por un guardia con cara de pocos amigos, desde entonces el gigantesco salón con sus tres enormes candiles de araña había adquirido en su mente proporciones casi legendarias por lo que no era extraño que tras la invitación se sintiera repentinamente intimidada.
-¿Ambos? -preguntó con una timidez poco característica- o sea, ¿tú y yo?
-Eso dice aquí -respondió el príncipe mostrándole la nota- será mejor que nos apresuremos, mamá odia que la hagan esperar.
Nadie hace esperar a la reina le susurró a la chica una pequeña vocecilla en la cabeza así que apretó el paso para emparejarse a su amigo sintiéndose muy pequeña a su lado, era extraño pero hasta ese momento no había reparado en lo mucho que el joven había crecido a lo largo de los años, cuando lo conoció apenas si le sacaba un par de centímetros y ahora su pecho -su amplio pecho, como no pudo evitar notar- se encontraba a la altura de sus ojos.
Que rápido pasa el tiempo se dijo a si misma y descubrió la gran verdad de sus palabras cuando, mucho antes de lo que hubiera querido, se encontró frente a las enormes y amenazadoras puertas que la separaban de El Gran Comedor y la augusta presencia de sus majestades, apostados a cada lado de la entrada había una pareja de guardias que tras dedicarle una profunda reverencia al príncipe la miraron por encima haciéndola sentir aún mas pequeña.
Su amigo le dio un suave apretón al hombro en un intento de tranquilizarla pero lo cierto era que no había gran cosa que pudiera hacer, Nébula estaba total y absolutamente aterrada ante la perspectiva de conocer a las personas que dominaban cada aspecto de su vida y la de todos los que conocía.
Sin perder por un momento la rectitud marcial en sus posturas los guardias giraron noventa grados encarándose el uno al otro para acto seguido y sin esfuerzo aparente empujar las pesadas puertas con una mano hasta que estas comenzaron a girar sobre sus goznes, en su fuero interno la chica esperaba un chirrido ensordecedor acorde al ánimo que sentía pero se vio decepcionada cuando se abrieron de par en par sin emitir apenas sonido alguno.
Tranquilízate Nébula se dijo a si misma, sólo son los padres de tu mejor amigo.
A lo que se respondió: los padres que nunca en todos estos años has conocido.
Y una tercera voz cuestionó: ¿Porqué ahora?
No tuvo tiempo de entablar conversación con las diversas voces interiores que habían decidido presentarse en ese momento pues sus pasos, guiados por el príncipe, ya la habían llevado frente a la mesa donde los monarcas los esperaban, el terror que sentía creció hasta convertirse en un zumbido blanco que podía sentir recorriendo su cuerpo, el corazón le latía tan fuerte que le parecía extraño que nadie más pareciera escucharlo y estaba segura de que no se hubiera podido mover por mucho que lo deseara.
Afortunadamente estaba equivocada en eso último pues al ver a Cyrus inclinarse antes sus progenitores el cerebro mandó la señal de alarma a todos sus miembros y el príncipe se vio obligado a intervenir para evitar que se postrara frente a ellos indicándole que una reverencia era suficiente, la chica hizo lo mejor que pudo inclinando el cuerpo todo lo que le fue posible sin llegar a perder el equilibrio, le consoló un poco pensar que seguramente no lo había hecho tan mal pues en los rostros de sus majestades no apareció signo alguno de desaprobación.
Aunque tampoco de lo contrario, se burló la vocecita cantarina.
Nébula decidió ignorarla y permitió que el príncipe la acompañara hasta su sitio donde con galantería (y para su absoluto horror) le sacó la silla y se aseguró de que estuviera cómoda antes de sentarse a su lado, ante esto la reina si que hizo un gesto con a boca aunque la joven no supo que quería decir con el.
Te odia, acotó la primera voz.
Si, definitivamente te odia, confirmaron las otras dos.
La cabeza de Nébula daba vueltas y ya no sabía que pensar, trataba de comportarse como creía que debía hacerlo en esta situación y su experiencia o al menos lo que había leído en sus libros le dictaba que debería hacer un comentario o elogiar a los reyes de alguna manera pero su mente estaba en blanco y las tres molestas voces que parecían disfrutar incordiándola parecían haber decidido quedarse calladas.
La suerte pareció sonreírle una vez más pues antes de que pasara demasiado tiempo en silencio, o peor aún decidiera decir algo que seguramente la pondría en ridículo, un reducido grupo de sirvientes entró al salón a través de una pequeña puerta casi escondida en la que Nébula ni siquiera había reparado y con una velocidad vertiginosa comenzaron a servir una serie de platos frente a los comensales; a pesar de que durante el tiempo pasado en palacio la chica se había acostumbrado un poco a los lujos que rodeaban la familia real esto era algo completamente nuevo para ella, siempre se le habían convidado desayunos y almuerzos ligeros pero lo que tenía ahora frente a sus ojos la estaba haciendo salivar, ni siquiera tenía idea de que eran la mayoría de las cosas que ponían frente a ella, tan solo que olían increíblemente bien y sabían aún mejor, por un delicioso momento se olvidó de los nervios para dedicar la totalidad de sus sentidos a disfrutar un banquete que probablemente nunca tendría oportunidad e probar otra vez.
Una vez más fue su amigo quien la rescató de pasar otra vergüenza al detenerla antes de que, en un arranque de gula, se sirviera nuevamente de los platones tras terminar con su porción pues una vez que los confusos sirvientes se cercioraron de que habían terminado con esos platillos se apresuraron a retirarlos al tiempo que otro grupo entraba llevando con ellos un nuevo surtido de platos.
-Es una comida completa -le susurró el príncipe y al ver que no entendía aclaró- van a servir cinco platillos, ese fue el primero.
Tras la aclaración la chica se moderó sustancialmente durante los siguientes servicios de forma que cuando pusieron frente a ella el quinto y último platillo -una especie de gelatina con sabor a carne- pudo al menos probar su porción sin necesidad de devolver nada de lo ingerido previamente, agradecida con su amigo tomó nota mental para darle las gracias después, cuando estuvieran solos.
Al final se agotó la comida, se retiraron los platos y se limpió la mesa, los criados se retiraron dejando a la familia real a solas con su invitada quien ahora se lamentaba profundamente el haberse atiborrado, comenzaba a sentir como su estomago parecía tener mente propia y en ese momento barajaba la idea de practicar un nudo marinero dentro de su cuerpo, aspiró profundamente como alguna vez había leído que se hacía en tales situaciones: metiendo aire por la nariz y expulsándolo por la boca, lo hizo una vez, luego otra y otra más sólo para estar segura y entonces…
Tilín, sonó la campanilla de un único sirviente solitario que, apostado a su espalda, no había visto, anunciando un último servició, el del té; por una vez y gracias a que era una de las tradiciones que Cyrus le había enseñado a observar, en esta ocasión si sabía como comportarse así que con la esperanza de no avergonzarse demasiado tomó la taza diminuta con la mano derecha mientra la izquierda alzaba cuidadosamente el platito llevando ambos en dirección a su boca donde finalmente dio un pequeño sorbo al tiempo que evitaba hacer cualquier ruido.
¡Muy bien!, se felicitó a si misma.
-¿Entonces esta es la muchachita con la que deseas casarte? -soltó de sopetón la reina haciéndola escupir el té.
-¡¿Qué?! -tanto el rey como la chica miraron anonadados a Cyrus y su madre- ¿qué? -repitieron al unísono.
-Madre, por favor -por su gesto exasperado era obvio que el príncipe ya se esperaba algo así- ¿no puedes tener algo mas de tacto?
-¿Tacto? -la mujer soltó una risilla satisfecha- ¿para qué?, estas cosas hay que decirlas de frente -se giró hacia el rey- ¿o no, querido?
El rey quien parecía aún mas incómodo que Nébula ante la situación tosió un poco para ganar tiempo antes de responder.
-Mi reina -dijo al fin- creo que este asunto es cosa de los jóvenes.
Que diplomático, pensó la chica completamente aturullada y momentáneamente incapaz de enfocarse en la situación.
-Un político como siempre -rió la reina antes de dirigirse a su hijo nuevamente- ¿lo has pensado bien? -le preguntó- ¿sabes los problemas que vamos a tener con los Dulmen?
-¿Ellos que tienen que ver? -intervino el rey.
-Querido, la pequeña Peppy está a punto de cumplir quince años.
Las palabras quedaron colgando en el aire, a la espera de que alguien las entendiera y por extraño que pudiera parecer esa persona fue Nébula.
-Oh.
-¿Lo vez? -canturreó la reina con aire triunfal- ella lo entiende.
-¿Peppermint? -intervino el príncipe- pero si hace años que no la veo.
-No, claro que no -negó su padre- las relaciones con Werden no han sido precisamente cordiales estos últimos años.
-Por eso pensamos -continuó la mujer- que tal vez…
-Una alianza podría ahorrar muchos problemas -finalizo el monarca.
Nébula no podía soportar más de ese ping pong emocional.
-Si me disculpan -logró balbucear mientras hacía una rápida y torpe reverencia antes de lanzarse corriendo hacia la puerta que, misericordiosamente, se abría en ese momento.
-¡Nébula!, ¡espera! -gritó el príncipe en vano pues la chica no se detuvo- maldición -murmuró dejándose caer en la silla.
-¿Qué crees que haces? -le reprendió su madre inmediatamente.
-¿Eh? -el chico no encontró nada mas inteligente que decir.
-¡Ve tras ella! -le apremió la mujer.
-Pero -ahora el joven estaba confundido- creí que…
-Los detalles déjalos para nosotros -le sonrío afablemente su padre- ahora ¡ve!
El príncipe no espero a que se lo repitiera y, como una flecha, salió disparado tras la chica.
-Estos jóvenes de ahora -bufó la reina, divertida.
-Es prácticamente una tradición familiar -el rey sonrío bajo su poblada barba.
-Pensar que te recogí de la calle -la mujer miró a su marido con afecto.
-Y nunca te lo he agradecido lo suficiente, mi amor.
-Ni falta que hace -la mujer le tomó la mano-mucho me has dado ya.
-¿Tenías que ser tan brusca con la pobre chica?
-Querido, ya conoces a nuestro hijo, se hubiera ido por las ramas y nunca habría llegado a nada. Es como tú.
El rey soltó una risotada mas propia de un bar a medianoche que del comedor real.
-En eso cariño -dijo entre risas- no te puedo llevar la contraria.
6
Nébula estaba segura de haber cruzado la puerta del gran comedor así que sin duda alguna debería haberse encontrado en el corredor contiguo, al menos estaba bastante segura de que así era como funcionaban las puertas por lo que no era de extrañarse que en ese momento se encontrara algo confundida acerca de su ubicación actual.
No encontraba el pasillo por ninguna parte, las grises paredes de piedra se habían esfumado y sobre su cabeza no había ningún techo tan alto que se perdiera entre las sombras, por descontado los guardias que deberían haberla visto salir huyendo no se encontraban a su espalda así como tampoco estaban su amigo el príncipe y sus padres, todo lo que había a su alrededor, tan lejos como le alcanzaba la vista, eran campos verdes y cielo azul.
Y Orson.
Por supuesto que ahí estaba Orson.
Por primera vez desde que lo conocía el viejo lucía completamente sobrio y tal vez gracias a eso parecía mucho mas joven que antes, Nébula no tenía mucha experiencia calculando la edad de las personas pero le dio la impresión de que el hombre había perdido veinte años o así pues la persona frente a ella podría haber pasado perfectamente por un adulto joven.
La ilusión sin embargo se rompió cuando las primeras palabras que le dirigió el hombre fueron:
-¿Dónde está mi botella?
Y de repente fue como si el anciano alcohólico se instalara en sus facciones regresándolo a la edad indeterminada de entre ochenta y mil años con la que lo había conocido desde siempre.
-Devuélveme la botella -exigió extendiendo una mano hacia la chica, suplicante- por favor.
-No la tengo -respondió ella.
-Claro que la tienes, ahora dámela -dijo sin retirar la mano.
-Te estoy diciendo que no tengo nada, si la quieres está en mi cama donde la dejaste.
El hombre suspiró.
-Llámala -ordenó.
-¿Qué?
-Que la llames, no puede estar lejos de ti.
-No se que quieres, ni siquiera se donde estoy y no he tenido un buen día -ni una buena noche, pensó- así que me voy.
-Quiero que llames a mi botella y estás demasiado lejos para irte, así que deja de tontear y hazlo por favor.
El rostro del hombre seguía siendo el de un borracho terminal pero su tono era casi regio, sin embargo Nébula ya había tenido suficiente de figuras reales por ese día.
-¡Y yo quiero que te calles! -gritó y para su sorpresa el hombre no respondió en vez de eso se llevó ambas manos hacia el rostro con la boca y los ojos muy abiertos.
-¿Qué te pasa? -preguntó con desconfianza- ¿estás bien?
Orson gesticuló tratando de decirle algo mientras abría y cerraba la boca en un movimiento tan exagerado que parecía un pez tratando de respirar fuera del agua.
-No te entiendo Orson -constatar que aparentemente ninguno de los dos corría peligro había tranquilizado algo a la chica, lo que venía a significar que solamente tenía los nervios de punta en vez de continuar aterrada- por favor di algo.
-¿Ves? -contestó él, apuntándole con un dedo- te dije que no estaba lejos de ti.
Nébula siguió la dirección del indice hacia su propia mano derecha y por supuesto ahí estaba la botella, apretada entre sus dedos como si nunca se hubiera separado de su lado, la levantó a la altura de sus ojos para contemplarla y comprobó que, efectivamente, era la botella a medio llenar que había dejado en su cama por la mañana.
Que extraño -pensó- creo que debería estar sorprendida o algo.
-Eso es porque una parte de ti ya se había dado cuenta -le explicó amablemente el hombre.
-¿Cuenta de qué? -la chica ni siquiera se percató de que el viejo no había necesitado escucharla hablar para responderle.
-Ahora es parte de ti -Orson se encogió de hombros- de verdad tienes que empezar a poner mas atención.
-Sigo sin entenderte -la chica le ofreció la botella- pero aquí está lo que querías.
El hombre dio un paso atrás alzando las manos mientras negaba con la cabeza.
-Ahora es tuya Nébula.
-Claro que no.
-Claro que si, ¿porqué crees que vino cuando la llamaste?
-Yo jamás la llamé.
-Pero lo hiciste, por eso está aquí contigo, ¿no lo ves?
-No Orson, no lo veo, por favor ¿podrías dejar de ser tan críptico y explicarme las cosas de una vez?
-Uhmm -el hombre se acarició la barbilla- ya veo, si, será mejor que te lo muestre.
-¿Mostrarme qué?
-Piensa en tu casa -ordenó él- dibújala en tu mente, cada pequeño detalle que puedas recordar y fija esa imagen.
Nébula cerró los ojos, en otras circunstancias no habría hecho algo así enfrente de un desconocido -aunque Orson no era exactamente un desconocido- pero el día había comenzado de manera extraña y sólo había empeorado, ya estaba harta, además quería respuestas y si para encontrarlas tenía que pintar mentalmente una acuarela de su casa que así fuera.
-¡Mal! -exclamó el hombre- concéntrate en lo que estás haciendo Nébula -nuevamente ese tono de mando- no te distraigas. Es peligroso.
-Está bien, está bien -asintió con los ojos aún cerrados.
Veamos, ¿por donde empiezo?, la puerta siempre ha tenido una rajadura enorme justo bajo…
-¡No!, ¡No, no, no, no!
-¿Ahora qué? -empezaba a estar muy irritada.
-Deja de describirla, mírala.
-Deje de molestar.
Con todo y su respuesta la chica le hizo caso, era obvio que el vagabundo sabía lo que decía -o al menos creía saberlo y de cualquier manera no era como si tuviera otra opción, así que en su mente dibujó la puerta con todo y la grieta, después imaginó los gastados bloques de adobe a los que definitivamente les hacía falta una restauración y siguió hasta los maltratados techos de madera y paja para evitar que la humedad se filtrara hacia el interior.
Pero no se detuvo ahí, pronto pudo ver los campos que se extendían a lo lejos y los animales -algunos de los cuales ella misma había ayudado a criar antes de volverse asidua de palacio- pastando en ellos, casi podía escuchar las voces de su padre y su hermano trabajando la tierra y sentir en el cabello el viento con su particular olor a bosta, verde y vida.
-Nébula -le susurró el hombre.
-¿Ahora qué? .estalló ella finalmente- ¿ahora qué hice mal?
-Abre los ojos.
Lo hizo y no pudo evitar jadear por la sorpresa al encontrarse justo en la imagen que había conjurado.
-¿Qué? -no sonaba muy inteligente pero fue lo único que pudo decir.
-¡Lo sabía! -la sonrisa del hombre era tan grande que su rostro amenazaba con partirse en dos- ¡te dije que lo tenías!
-Necesito sentarme -lo que fuera que la había mantenido en pie a lo largo de todos los extraños eventos del día se desvaneció de golpe, sus piernas flaquearon y sintió como se dejaba caer al suelo, sin embargo no llegó a tocarlo pues una silla apareció de la nada en el lugar indicado así que terminó cómodamente repatingada en ella.
-Un talento natural -festejó el hombre.
-Pues vaya -respondió ella, exhausta.
-Y ahora que tienes la magia -dijo Orson, repentinamente serio- será mejor que huyas de aquí.
-¿Huir?, ¿porqué?
-La magia niña, ahora tienes a la magia de tu parte.
Nébula trató de negarlo, sabía que la magia estaba prohibida dentro del reino y que cualquiera que la practicara se encontraría mas pronto que tarde recorriendo el camino mas corto y expedito a las mazmorras de la iglesia donde algún sacerdote solariano pasaría muchos largos y divertidos días experimentando con su cuerpo y cientos de ingeniosos artilugios diseñados para hacerle mucho daño sin necesidad de arrebatarle la vida.
- Niña -la instó el hombre- tienes que apresurarte, el príncipe ya viene para acá.
-¡Cyrus me ayudará! -exclamó ella, aliviada al pensar en la imagen de su amigo.
-Ni siquiera él es tan poderoso para oponerse a a iglesia, -negó el anciano- y solamente se meterá en problemas si trata de ayudarte.
-Mis padres -trató de razonar ella, débilmente.
-Estarán bien, -trató de consolarla el hombre- siempre y cuando no estés aquí.
-¿Porqué me haces esto?
El hombre la miró y por un momento casi apreció haber tristeza en sus ojos.
-Porqué queremos ser libres -le dijo al fin, antes de empujarla hacia el agujero dimensional que se había abierto tras ella.
Y Nébula Butterfly calló, gritando y llorando, hacia un mundo nuevo y desconocido.
Un mundo llamado Mewni.
