Albert Kyteler era un hombre anciano y felizmente jubilado. Un viejo soldado que, a pesar de vivir su retiro en una tranquila casa de ancianos para otros veteranos de guerra, nunca había dejado de ser proactivo, sino todo lo contrario, el viejo Albert seguía esforzándose todos los días para siempre triunfar y superarse a sí mismo. Esa había sido la forma en la que él había criado a su única hija, la pequeña Rita, y ella criado a sus propias hijas una vez llegado el tiempo de tenerlas. Albert estaba sumamente orgulloso de sus diez exitosas nietas, e incluso, y aunque lo negara siempre, llegaba a sentir cierto orgullo al pensar en el restaurante que su yerno acababa de adquirir, pero en aquel paraíso había un problema… el único hijo varón del matrimonio Loud, un muchacho al que su hija y su marido decidieron convertir en su único nieto. Lincoln, un chico perezoso, de voluntad y cuerpo débil que incluso llegaba a ser en sus modos... algo amanerado.

El viejo soldado enloquecía al ver en cada una de sus visitas al hogar Loud la forma en la que su amada hija y nietas mimaban al niño. Por respeto al buen juicio que su Rita había mostrado al criar a sus hijas, Albert guardó silencio durante los diez años que aquel niño albino había formado parte de la familia, hasta que un día no pudo soportarlo más. Lamentablemente para el anciano, tras una salida para conocer un poco más al niño descubrió que había esperado demasiado tiempo sin actuar y aunque seguía siendo fuerte para su edad, pronto descubrió que ya no era capaz de seguirle el ritmo a su nieto, así que siguiendo el consejo de una de las personas a las que más respetaba, su nieta Lori, terminó contratando una niñera y pedido prestada la vieja casa del lago de Harriet a su prima Ruth.

Al inicio, cuando les contó a Lynn padre y Rita sobre su plan para corregir el rumbo que la vida de Lincoln estaba tomando, ambos esposos se negaron en redondo argumentando que era una tontería el querer dejar al pequeño de once años sólo en una cabaña en medio del bosque con una desconocida durante toda una semana, que el asunto con Lincoln no era tan grave como para que el pequeño se perdiera el inicio de su verano. Albert no se desesperó, sino que simplemente aclaró que la vieja casa del lago contaba con todos los servicios; desde luz eléctrica y teléfono hasta televisión por cable por lo que el peliblanco tendría infinidad de distracciones para pasar el rato y que siempre que quisieran podrían ponerse en contacto con él sólo con llamar al teléfono, además, Lincoln tampoco iba a estar solo durante toda una semana con una desconocida.

Después de todo, Carol Pingrey era una de las niñeras más cotizadas de todo Royal Woods… además de haber sido recomendada para el trabajo por Lori misma.

Así que, sin ya ninguna oposición por parte de los padres de su nieto, Albert tomó la camioneta de Lynn Sr. y tras obligarlo a empacar, llevó a Lincoln hasta las afueras de Royal Woods, justo hasta una de las costas del lago Erie, hasta la entrada del hogar ancestral de Harriet.

Para la sorpresa de Albert, la chica Pingrey ya los estaba esperando frente a la cabaña de madera y roca cuando finalmente llegaron. La rubia que tenía ante él era una muchacha hermosa, incluso siendo evaluada bajo todo estándar de belleza que el viejo marino conociese. Ahí esperando pacientemente a ambos varones peliblancos al lado de su Sedán estacionado, Carol parecía irradiar sensualidad desde cada parte de su cuerpo; desde su chaqueta purpura abrochada sobre una blusa blanca que resaltaba perfectamente las curvas de su cuerpo hasta sus tersas piernas elegantemente cubiertas por un par de conservadoras medias de seda.

El cuerpo de la muchacha rubia parecía haber sido creado para ser admirado con lascivia, pero su expresión seria y sobria lograban, de alguna manera, demostrar un aíre de compromiso profesional que nadie de su edad debería poseer. Al ver a Carol Pingrey, Albert supo que había contratado a la persona adecuada para resolver el problema de su nieto.

Lincoln, el niño delgado y tímido, al contrario de su abuelo complacido, lucía aterrado ante la idea de quedarse a solas durante una semana entera con la que hasta hace unas semanas era la peor enemiga de su hermana. Sabiendo que aún estaba a tiempo de salvarse del que creía un castigo por parte de sus padres, el albino intentó recurrir a su facilidad de palabra y astucia para convencer a Carol de que todo se trataba de un malentendido… pero la actitud que había adoptado Albert durante el camino a la cabaña y la mirada severa que le dedicaba en ese preciso momento le dejaron muy en claro que decir o hacer cualquier cosa sería una idea pésima.

—Descuide señor Kyteler, me encargaré de que su nieto sea atendido e instruido de la manera más integral. Después de todo, ayudar a los niños no es sólo mi trabajo, sino mi pasión... —comenzó a recitar Carol de forma casi automática tan pronto como los tres entraron a la cabaña. Esto, en lugar de fastidiar al anciano, como ocurría con todas las otras familias para las que Carol trabajaba de niñera, pereció elevar aún más la estima que Albert tenía en ella al pensar que se trataba de una persona seria y confiable.

Tan maravillado estaba Albert con la niñera frente a él, que nunca notó que, aunque la rubia no había dejado de hablar con el mismo tono de vendedor de teletienda, sus ojos esmeraldas no se apartaban ni por un momento del rostro ruborizado del tímido niño albino.

Las cosas se aceleraron tan pronto como Carol terminó con su monologo propagandístico; las maletas con la ropa de ambos fueron acomodadas en los dormitorios que serían ocupados, el refrigerador llenado con comida más que suficiente para dos personas a solas durante una semana y antes de que el albino pudiera decir nada, Albert se marchó apresuradamente… dejando a su nieto completamente solo con la chica Pingrey.

Lincoln sólo pudo ver impotente cono Vanzilla se alejaba por la carretera hasta desaparecer en el horizonte. Parecía que el pobre se quedaría parado a un lado del camino todo el día, observando absorto en la dirección en la que su abuelo se había alejado, pero una mano se posó de improvisto en su hombro, casi haciéndolo gritar y sacándolo de su ensimismamiento. Sobresaltado, Lincoln volteó a mirar la extremidad, descubriendo al hacerlo cinco dedos largos y esbeltos coronados por uñas con manicura perfecta y pintadas con esmalte negro y azul metálico.

La mirada del pobre, junto con todo y cabeza, fue subiendo poco a poco siguiendo el elegante brazo unido a la mano sobre su hombro hasta llegar al lugar en el que supuestamente debería estar el rostro de su niñera. La cara de Carol, sin embargo, estaba oculta de la vista de Lincoln por los turgentes pechos de la misma. La chaqueta purpura había desaparecido permitiéndole al albino descubrir que la blusa blanca que la rubia llevaba puesta no era más que una delgadísima capa de algodón que a causa del sudor comenzaba a adherirse a los senos ocultos debajo de esta. Ante aquel espectáculo repentino, Lincoln se quedó con la boca abierta por casi un minuto entero hasta que logró reunir la presencia de ánimo suficiente como para hablar… o al menos intentarlo.

—Eh… y-yo… uh… —¡Genial, no podía ni pronunciar una palabra! Lincoln se sentía como un tonto. En realidad, él estaba de acuerdo con su abuelo; necesitaba trabajar un poco en su autoestima y seguridad. El viejo soldado siempre lucía tan fuerte y seguro de sí mismo, siempre en control… Lincoln sabía que no era nada parecido a su abuelo o a sus hermanas sin embargo realmente quería llegar a ser como ellos… como un Loud de verdad.

—Vamos Lincoln ¿no me vas a saludar? —dijo Carol finalmente al ver que el niño se había quedado congelado—. Tartamudear es una señal de desconfianza y sé que ese no es nuestro caso ¿acaso no paso casi todos los fines de semana en tu casa junto a tu hermana?

Las palabras de la que durante los últimos tres años había sido la rival jurada de Lori, y que durante muchos más antes que esos había sido su mejor amiga, lograron despabilar finalmente a Lincoln. Dando un par de pasos hacia atrás, el albino logró ver finalmente el rostro de Carol.

El cabello rubio de la muchacha estaba recogido en su mayor parte por una diadema rosa, dejando apenas lo suficiente como peinar un pequeño flequillo rubio que enmarcaba su hermoso rostro y hacia resaltar sus brillantes ojos verdes acompañados por un par de pómulos bien definidos que, en conjunto, y por extraño que parezca, lograban crear una verdadera obra de arte capaz retener la mirada y el aliento de Lincoln indefinidamente.

Si la rubia estaba molesta por el hecho de que él había estado viendo directamente a sus pechos hasta hace un segundo, o porque ahora veía su rostro embobado… bueno, no lo hizo notar.

—Si… yo… este… ¿lo siento? —inhalando hondamente por la nariz y sacando el aire por la boca, Lincoln le dio una metafórica patada en el culo a su cerebro para despertarlo—. Intentaré no volver a tartamudear, señorita Pingrey…

Carol se le quedó viendo al joven albino un momento más, entonces, la más ligera de las curvas se posó en sus labios rosas y el más discreto de los rubores a sus mejillas. Lincoln estaba luchando con todas sus fuerzas para mantenerle la mirada y no tartamudear ¡verlo así de vulnerable era dolosamente adorable!

—Si te sientes más cómodo, Lincoln, puedes simplemente llamarme "Carol", como siempre haces cuando me quedo a dormir a tu casa —las cejas de Lincoln se elevaron un poco al oír aquello ¡se sentía tan casual! Y cumpliendo con su palabra, toda la postura de la rubia se relajó ante sus ojos hasta adoptar un aire casi informal—, después de todo ¿acaso no somos buenos amigos?

—Creo que… —Estuvo a punto de tartamudear, pero a último momento logró corregirse a sí mismo. Lincoln podía tener la voluntad de una lechuga, pero no era un niño tonto… y como sí proteger su menguante orgullo no fuera suficiente, también había en él un extraño impulso creciendo lentamente que comenzaba a orillarlo a hacer todo lo necesario para agradarle a la hermosa rubia—. Muchas gracias, eso me encantaría, Carol…

Carol asintió lentamente, sólo una vez. Sus ojos verdes fijos en los azules del niño, ocasionando que el corazón del pobre se acelerara un poco—. Muy bien Lincoln, si así lo prefieres no tengo problema —Entonces ella volvió a acercarse y una vez más sus pechos ocultaron su rostro de la mirada de Lincoln. Antes de que él pudiera dar otro paso hacia atrás y volver a hacer contacto visual, según su abuelo eso era lo más caballeroso cuando se habla con una dama, ambas manos de Carol se posaron en sus hombros manteniéndolo fijo en el lugar.

¡El pobre estaba atrapado, incapaz de ver otra cosa que no fueran los pechos de la amiga de su hermana! Entonces fue que Lincoln se dio cuenta de que uno de los botones de la blusa blanca se había soltado de su lugar… permitiéndole ver directamente aquel valle de piel blanca aprisionada por un sujetador igualmente blanco. Aunque lo hubiese querido, Lincoln no hubiese apartado nunca la mirada.

—Estoy segura que nos llevaremos de maravilla en nuestro tiempo juntos, Lincoln —Cuando ella finalmente lo soltó antes de dar un paso hacia atrás para poder ver su cara, él no pudo sino sentir vergüenza, pensando el que rubor en su rostro sin duda delataría hacía donde había estado dirigida su atención exactamente, pero Carol sólo sonrió un poco más sin preguntar por qué estaba sonrojado.

Lincoln era joven, pero al ver la sonrisa en el rostro de Carol sólo pudo preguntarse si su corazón le estallaría o sí simplemente se detendría por completo. El pobre no sabía que aquel sería sólo el inicio.

Al siguiente día, el primero de la semana que pasarían a solas, cuando ella entró en la habitación en la que dormía Lincoln para despertarlo, lo hizo usando una versión muy similar, aunque bastante diferente, de su conjunto del día previo; la blusa blanca de algodón, una idéntica a la del día anterior, se abrazaba a la perfección a las curvas femeniles de su cuerpo… pero esta vez su busto resultaba mucho más difícil de ignorar debido a que la tela del sujetador en esta ocasión no era blanca, sino rojo intenso lo que lo hacía resaltar a simple vista.

—Es hora de levantarse, Lincoln ¡Tenemos todo un día por delante y debemos comenzarlo con un buen desayuno! Así que despierta, vístete, y baja al comedor —recitó Carol con entusiasmo, pero él estaba tan aturdido a causa de acabarse de despertar que su mirada seguía dirigiéndose automáticamente a la sombra roja que lograba adivinarse a través de la delgada tela blanca de la blusa.

Tan pronto como Lincoln adivinó que era lo que estaba viendo, el pobre comenzó a hiperventilarse, logrando así despertar completamente. Con la cara tan sonrojada que incluso le resultaba doloroso, los ojos de Lincoln volvieron a encontrarse con los de Carol, el albino ya iba a balbucear una excusa por su mal comportamiento, pero antes de que pudiera decir nada, la rubia simplemente le sonrió alegremente antes de girarse sobre sus talones y caminar lentamente hacia la puerta de la habitación.

Fue entonces que Lincoln descubrió que la parte inferior del conjunto de su niñera también era ligeramente diferente al del día previo. La falda que Carol había usado ayer al presentarse ante Albert terminaba justo por debajo de sus rodillas, pero esta, aunque idéntica en cuanto a color y estampado, terminaba un poco más arriba de sus rodillas y lucía un poco más ceñida al cuerpo. Mientras caminaba hacia la puerta abierta, las caderas de Carol se contoneaban sobre sus piernas largas y estilizadas sólo cubiertas por un par de calcetas altas que ascendían hasta cubrir completamente sus firmes pantorrillas. Cuando la rubia finalmente dejó la habitación, el peliblanco no sólo descubrió que aún podía oler su perfume en el ambiente, sino que también se volvió consciente de una más que obvia carpa de circo formada por sus cobijas… ¿cuánto tiempo había estado esa cosa ahí?

Moviéndose a velocidades que hubiesen asesinado de la envidia a su hermana Lynn, Lincoln se levantó he hizo su cama. Estaba tan emocionado por bajar a desayunar con su hermosa niñera que incluso hizo un esfuerzo extra al momento de vestirse… un gran esfuerzo extra.

Quince minutos más tarde, el albino entró al comedor usando unos pantalones caqui, zapatos lustrados y una camisa anaranjada fajada por debajo del cinturón. Una de las cejas de Carol se levantó discretamente y el inicio de una sonrisa boba se posó en sus labios al ver al muchachito tan bien arreglado, sin embargo, no permitió que aquel encantador espectáculo la distrajera. Manteniendo un gesto tranquilo, la rubia sentó al albino a la mesa antes de desaparecer en la cocina. Guiándose por el delicioso aroma que flotaba en el comedor, Lincoln supuso que el desayuno estaba recién preparado.

Y como ya esperaba, por el marco que daba a la cocina volvió a aparecer Carol con una charola llena con un plato con tres hotcakes apilados en una pequeña torre con algunos arándanos encima, un huevo duro acompañado de una guarnición de tres salchichas y una banana tan grande y amarilla que Lincoln casi podía asegurar que era el resultado de uno de los muchos experimentos de su hermana Lisa.

Babeando sobre su desayuno como sólo un niño hambriento puede hacer, Lincoln prensó entre sus dedos el tenedor y se lanzó al ataque contra la comida delante de él, pero antes de que lograra poner siquiera a prueba la esponjosidad de sus hotcakes Carol le arrebató el cubierto de las manos.

—Lincoln, ya te había dicho que yo me encargaría de que estuvieses bien atendido y cuidado ¿no es así? —Comenzó Carol, usando una vez más el tono de voz de vendedor de anuncio televisivo—. Eso no sólo aplica para las lecciones y las rutinas de ejercicio que haremos juntos sino también para la comida.

—Sí, pero… eh… no creo tener ningún problema en hacer esto por mi cuenta —las palabras murieron en su garganta al ver como Carol tomaba el tenedor entre sus delicados dedos y partía un trozo de hotcake ¡¿acaso planeaba darle de comer en la boca?! Aunque apenado, no pudo evitar sentir cierta felicidad ante la idea.

—No digas tonterías, dije que me encargaría de cualquiera de tus necesidades que yo juzgara conveniente… así que abre grande y disfruta —su voz no sólo había regresado su tono normal, sino que incluso había sonado extrañamente melosa cuando dijo la última parte y antes de que Lincoln pudiera decir más nada, Carol le metió a la boca el tenedor saturado con hotcakes y arándanos.

Lincoln se sonrojó un poco mientras masticaba su primer bocado, agradeciendo en silencio que Carol no hiciera las cosas aún más vergonzosas al hacer ruiditos de avión. Ya sin encontrar resistencia de ningún tipo, ella continuó dándole de comer, logrando que con cada nuevo bocado las mejillas del albino alcanzaran tonos más intensos de rojo.

—Y mira nada más, apenas vamos empezando y ya estas hecho todo un desastre —Sin comprender a que se refería Carol, Lincoln volteó a verla, pero la rubia empujó su cabeza de regreso antes de remojar una servilleta con un poco de su saliva—. Espera un poco y deja que te limpie eso.

Lincoln comprendió que debía de tener un poco de jarabe en la mejilla. ¿Pero eso no sería culpa de ella en primer lugar? Antes de que el peliblanco pudiera darle voz a su reclamo fue que gracias a la peculiar postura de su cabeza se volvió consciente de algo delante de él.

¡Estaba viendo directamente a los pechos de la rubia! Una vez más, sin que Carol se diera cuenta, uno de los botones de su blusa blanca se había soltado de su lugar dejándole al albino el camino libre para ver directamente el sujetador rojo y toda la carne que sujetaba; Carol estaba ligeramente inclinada hacia delante mientras limpiaba su mejilla, de modo que su escote involuntario de volvió más que evidente para la mirada tan cercana del niño.

Lincoln se quedó contemplando absorto por un par de segundos más hasta que su propia vergüenza lo obligó a actuar. Confiando en que el jarabe ya hubiese sido limpiado de su rostro, el albino apartó la vista y comenzó a voltearse hacía su desayuno, pero Carol lo tomó firmemente de la mejilla y guio de regreso su cabeza, y su mirada, hacia su escote antes de continuar limpiando su rostro por otros quince segundos.

Carol continuó dándole de comer con cuidado. Limpió su rostro cariñosamente en otras cuatro ocasiones antes de que se acabaran los hotcakes. El huevo duro, por suerte para la presión arterial en aumento de Lincoln, pasó sin mayor problema.

—Debo de admitir, Lincoln, que todo esto luce delicioso —teniendo la boca llena con lo último de su huevo duro, Lincoln sólo pudo asentir—. Pero estaba tan ocupada cuidando que tú desayuno estuviera rico que se me olvidó cocinar algo para mí…

Habiendo tragado su bocado, Lincoln habló por simple reflejo.

—¡Oh, lo siento! Sí quieres, puedes comer de mi desayuno, Carol —ella sonrió al oír aquellas palabras, su expresión sólo reflejaba satisfacción… pero no sorpresa.

—Muy bien Lincoln, te daré un 9 por ser generoso —Lincoln parpadeó al oír aquello ¿acaso estaba calificándolo? ¿decirle que se le olvidó preparar si propio desayuno había sido alguna clase de prueba? Aparentemente no, pues Carol tomó la banana frente a Lincoln y empezó a pelarla—. Gracias por invitarme un poco de lo tuyo.

Lincoln le sonrió débilmente a su niñera antes de pinchar una de sus salchichas con su tenedor recién recuperado. Ya estaba por darle la primera mordida cuando Carol terminó de pelar su banana y con toda la calma posible, como si aquello fuera algo común, se metió casi la mitad de toda la fruta dentro de la boca.

Con los ojos tan abiertos como su boca, Lincoln jadeó ante la vulgar escena. Sin poderlo evitar, su tenedor, con todo y salchicha, se resbaló de su agarre y terminó por caer directamente entre sus piernas.

Carol, cuyos ojos nunca habían abandonado la cara del niño, vio lo que pasó y se congeló por un segundo entero antes reaccionar. La banana abandonó su boca con la misma sencillez con la que había entrado, sin embargo, ahora estaba cubierta por una gruesa capa de saliva en la mitad que había legado hasta su garganta

—¡Dios, Lincoln! ¿estás bien? ¿no te quemaste, o sí? —Carol casi aventó la fruta sobre la mesa antes de meter a toda prisa una de sus manos entre la entrepierna del joven albino en un intento por recuperar la comida y el cubierto caídos—. ¿Ya vez por qué insistí en darte de comer personalmente? Pero ya no hay por qué preocuparse, de ahora en adelante yo seré la única que atienda a tus necesidades… pero creo que las salchichas que compró tu abuelo para nuestra estadía aquí son muy grandes para ti, con algo de este tamaño pudiste haberte ahogado. —Dijo ella mientras sujetaba firmemente la salchicha… aunque no parecía que el tenedor que se había caído junto con ella estuviese cerca…

—E-eso no… n-no es parte del desayuno… —Dijo Lincoln con un hilo de voz cuando Carol le dio un ligero tirón a la "salchicha" entre sus delgadas piernas en un intento por recuperar el alimento.

—¡Ay! ¡LO SIENTO! ¡Lo siento! —gritó Carol con el rostro completamente rojo antes de retirar inmediatamente su mano de la entrepierna del chico. Lincoln, al sentir como el agarre de la rubia abandonaba finalmente su parte noble, no pudo sino estremecerse un poco—. Prometamos ambos tener más cuidado a partir de hoy ¿de acuerdo?

—Y-yo… yo prometo ser más cuidadoso… espero… —Un poco más respuesta, Carol asintió a las palabras de Lincoln.

—¡Bien! Porque no obtendrás una calificación aprobatoria ante las pruebas que tu abuelo pidió que te hiciera si no tienes cuidado… ahora… creo que esto amerita que tu calificación baje a 8.5…

Lincoln iba a abrir la boca para quejarse por el descenso de su calificación ante algo que realmente no fue su culpa, pero antes de que pudiera decir nada, Carol tomó de la mesa la banana ya pelada e hizo que Lincoln le diera algunas mordidas en compensación por su salchicha perdida antes de comerse ella el resto de la fruta.

-o-

Carol nunca volvió a abrochar el botón suelto de su blusa, y conforme pasaba el tiempo se fue volviendo más difícil para Lincoln el ignorar y fingir que no estaba embobado por aquel escote delicioso que mostraba parcialmente el sostén rojo que sujetaba firmemente dos senos maravillosos.

Después de desayunar, y después de que la rubia le pidiera al albino que lavara los trastes sucios del desayuno, ambos se dirigieron al "aula de estudio" –cuando Harriet aún vivía aquello se trataba simplemente de un viejo granero de piedra–, para las clases extracurriculares que Lincoln debía tomar y aprobar durante su semana alejado de su familia. Un pequeño mesabanco y un pizarrón blanco para plumones eran las únicas cosas que amueblaban en lugar.

Sin que su niñera se lo indicara, Lincoln tomó asiento delante del pizarrón y preparó su libreta y un lápiz para tomar apuntes cuando fuese necesario. Carol ya había escrito su nombre en la elegante y fluida letra cursiva que él acababa de aprender a leer en la escuela.

—Bienvenido a mi clase, tengo mucho que enseñarte el día de hoy —Incapaz de olvidar la intensa sensación que la mano de Carol había generado en su entrepierna al intentar recuperar el tenedor y la salchicha, Lincoln empezó a notar una vez más como sus pantalones se convertían poco a poco en una versión en miniatura de una tienda de campaña.

Y como sí los dioses lo odiasen, las cosas simplemente se pusieron peor pues Carol se giró, dándole a él la espalda, y con un marcador en mano comenzó a escribir en la pizarra. Su mano golpeaba tan rápido el pizarrón y su brazo se movía con tanta fuerza que su cuerpo entero comenzó a sacudirse, su trasero más que el resto. Mientras que la parte superior del cuerpo de Carol apenas y se movía, sus nalgas comenzaron a moverse de lado a lado, a brincar arriba y abajo casi de la misma forma en la que bailaba Lori en su habitación cuando creía que nadie la veía. Esta vez, a diferencia de lo que ocurría cuando sorprendía a su hermana mayor, Lincoln se quedó embobado por el movimiento de su trasero.

Ella ya era mucho más alta de lo que él era de pie, pero gracias a la menor altura que tenía Lincoln estando sentado la diferencia de altura entre ambos se evidenciaba aún más; ahora el trasero de Carol quedaba sobre la línea de visión del albino. Y conforme ella escribía, llenando poco a poco la parte superior del pizarrón, se iba inclinando cada vez más para escribir en las partes inferiores del mismo… provocando que su pequeña falda se levantara y revelara un poco más de sus muslos. Sin siquiera ser consciente de ello, Lincoln empezó a inclinarse sobre la paleta de su silla intentando que su punto de vista descendiera un poco más y le permitiera ver más de los muslos de su niñera… no estaba funcionando, pero de cualquier forma la vista ante él era increíble… la forma en la que su trasero se movía, vibraba, tan atrapantes a la vista, tan sensu… ¡ya no se movían!

Lincoln se obligó a parpadear un par de veces para enfocar todo el panorama frente a él. A pesar de seguir levemente inclinada encarando la pizarra, ahora Carol lo estaba mirando fijamente por sobre su hombro con una expresión seria.

Ella se enderezó rápidamente, dándole la espalda una vez más, y él jadeó por la sorpresa de saberse descubierto. Cuando Carol volteó finalmente, Lincoln notó que su rostro tenía un intenso rubor muy parecido al que había tenido el suyo durante el incidente del desayuno; Lincoln ya estaba preparándose para el regaño que sin duda se merecía por faltarle el respeto a la amiga de su hermana, pero la rubia no dijo nada acerca de él mirándola y en su lugar se limitó simplemente a señalar lo escrito en la pizarra. El niño, intentando escapar de su vergüenza, concentró toda su atención en la lección que Carol había preparado.

«La lección de hoy estará centrada en el estudio de la reproducción humana, en la interferencia hormonal en los impulsos, la capacidad de concentración de los jóvenes varones humanos, así como identificar signos de fertilidad en las hembras humanas»

Lincoln se le quedó viendo a la pizarra, parpadeó una única vez antes de voltear a ver a su maestra-niñera. Intentaba concentrarse, realmente lo intentaba… pero todo su esfuerzo por poner atención se fue a la basura tan pronto como Carol cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, pues aquel movimiento de su trasero mientras escribía la lección provocó que su falda se subiera aún más por sus piernas, ahora él casi era capaz de ver aquel lugar en el que los tersos muslos de la rubia se tocaban…

—Veo que te estas esforzando por alcanzar otro 9 en esta lección, Lincoln…

Lincoln tragó saliva con la fuerza necesaria como para tragarse uno de los horribles chistes de Luan e hizo su mejor esfuerzo por centrarse en la clase. Y de hecho aprendió bastante durante aquellas dos horas, cómo, por ejemplo, por qué su… "cosa" … se ponía tan dura durante ciertas situaciones. También aprendió que muy pronto su cuerpo, si no es que ya empezaba a ocurrir, comenzaría a captar las señas de fertilidad en los cuerpos de sus compañeritas… señas de fertilidad como los atrayentes labios de Carol… sus pechos firmes y voluptuosos para su complexión delgada… cómo sus caderas redondas y llenas de sensualidad parecían capaces de… dar a luz a muchos niños sanos.

Fue una clase muy educativa, Carol incluso logró incluir un comentario breve acerca de cómo una ducha con agua fría ayudaba a controlar ciertos impulsos, por lo que Lincoln no pudo sino sorprenderse cuando el 9 que Carol le había prometido se convirtió en un 6.5 ¡¿Qué es lo que ella quería?! Como sanción a causa de su baja calificación, Lincoln tuvo que aprenderse de memoria para el día de mañana una lista de vocabulario.

«Términos para los genitales masculinos

1) Pene

2) Falo

3) Verga

4) Salchicha...»

Y la lista continuaba de igual forma por otras veinte entradas. Incluía algunos nombres que parecían ser poco comunes, cómicos, o simplemente perturbadores.

—Domador de Zorras… —Lincoln se estremeció al leer ese en voz alta.

También había otra lista con otros 24 términos en el reverso de la hoja, sólo que esa era para genitales femeninos… Lincoln sólo necesitó leer los primeros dos para sentir como su cara se derretía por la vergüenza; sin lugar a dudas no podría volver a ver a los ojos a sus hermanas después de agregar esas palabras a su vocabulario.

Al menos Carol tuvo el tacto para dejarlo comer el almuerzo por su cuenta, sin embargo, le dijo antes de desaparecer en su habitación que tenía que comer poco pues al almuerzo le seguiría una sesión de ejercicios aeróbicos y que no quería que se sintiera mal mientras se ejercitaban.

Casi una hora después, ya comido y ya habiéndose aprendido de memoria los cuarenta y ocho términos de su tarea, Lincoln salió por la puerta trasera de la vieja cabaña de la bisabuela Harriet y se quedó contemplando las tranquilas aguas del lago Erie. Había cambiado sus pantalones caqui por unos shorts deportivos que Lynn le había comprado en su cumpleaños pasado y comenzaban a quedarle algo chicos, los zapatos lustrados fueron reemplazados por sus tenis blancos y ahora usaba una playera holgada sin mangas… pero del mismo tono anaranjado que siempre usaba. Carol le había avisado que lo haría esforzarse realmente, así que tenía que estar preparado para sudar.

Cuando Carol finalmente salió por la puerta trasera de la cabaña, Lincoln descubrió que ella había seguido su propio consejo. La blusa blanca de tela delgada se había ido, y su escote finalmente cubierto por un sostén deportivo negro que necesitaba de cuatro tirantes que se cruzaban por la espalda de la rubia para ofrecer el sostén adecuado para sus considerables senos… aunque el top no lograba evitar que el busto se moviera casi libremente con cada paso que ella daba. La falda a cuadros violeta también había sido reemplazada, y justo como decía Rusty siempre que entraba en confianza, Carol había logrado cubrir más piel y dejado menos a la imaginación pues los leggings negros que usaba se abrazaban a su cuerpo como una segunda piel.

Todo el cuerpo de la rubia presumía una suavidad cautivadora que obviamente estaba cimentada por músculos que, aunque discretos, eran firmes y fuertes… un cuerpo sólo conseguido tras años de una dieta muy cuidada y de ejercicio constante, Leni y Lori eran otros ejemplos muy claros de aquel hermoso equilibrio, pero a diferencia de cuando veía a sus hermanas en medio de sus sesiones de yoga, una sensación muy intensa comenzó a apoderarse de Lincoln al contemplar a Carol.

Embobado por la obra de arte frente a él, Lincoln se quedó mirando, apenas y consciente del creciente bulto en sus shorts. ¡Y para empeorar las cosas, la niñera se había dado cuenta de la reacción que su apariencia estaba teniendo en el joven albino!

Carol sabía que su abuelo tenía ciertas inquietudes sobre su nieto, la había contratado específicamente para que se encargase de despejar ciertas dudas después de todo, pero al ver la erección creciendo en las bermudas de Lincoln no le quedó duda que el pequeño albino ya era todo un hombre… sólo uno muy, pero muy adorable.

—Bueno… este… ¿estás listo para empezar a hacer ejercicio? —intentando ya no ver al encantador niño a su lado, Carol comenzó a trotar en su sitio, provocando que sus pechos bambolearan al no poder ser debidamente contenidos por su top deportivo.

Aquello fue demasiado para el ya de por sí, nervioso albino.

—Bah… Bah… Bah… Bah…

Preocupada por aquellos berridos como de oveja, Carol dejó de trotar en su lugar y comenzó a acercarse a Lincoln, el rostro del pobre había abandonado la palidez rosada que siempre lo había caracterizado y se había tornado de un rojo intenso.

—¡Dios mío Lincoln! ¿estás bien? —Carol tomó el rostro del albino entre sus manos; el pequeño estaba ardiendo en fiebre, pero antes de que pudiera decir nada Lincoln se alejó de ella de un brinco y estiró su playera naranja hacia abajo, cubriendo parcialmente sus shorts.

—No ¡No…! Quiero decir…. estoy bien, Carol —debía haber alguna manera para alejar esos extraños pensamientos acerca del cuerpo de su niñera de su mente ¿verdad…? entonces recordó el rápido consejo acerca de una ducha fría—, es sólo que creo que me apetece más nadar en el lago el día de hoy… eso es todo.

—¡Oh ya entiendo…! Ya me habías preocupado por un momento —un poco más relajada, Carol le regaló a Lincoln una de las sonrisas más hermosa que él hubiera visto—. Realmente no tengo problema, pero sí quieres que nademos tendrás que esperar a que me ponga mi traje de baño ¿de acuerdo?

La idea de verla en un atuendo aún más revelador rebotó dentro de la mente del niño, acelerando aún más su corazón.

—Entonces quizá lo mejor sea posponer para otro día el sumergirnos en el lago… juntos.

Lincoln intentó apartar la mirada cuando dijo la última parte, sin embargo, sus ojos nunca lo obedecieron y Carol pudo ver claramente como él recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada.

Entonces Carol comprendió qué era lo que había pasado y porqué Lincoln tenía el rostro colorado, sin poderlo evitar se sonrió para sí misma y luego se encogió de hombros. Pero el verla sonreír sólo provocó que Lincoln se estremeciera otra vez y volviera a sonrojarse y Carol no pudo sino reírse por las reacciones tan lindas del niño.

Una carrera corta a través de la modesta finca de Harriet, con Carol siempre al frente, pronto provocó que Lincoln empezara a correr de forma graciosa e irregular debido a un no tan modesto bulto creciendo dentro de sus shorts. Los ocasionales sonidos de algo carnoso golpeando contras las piernas del niño también provocaron que Carol comenzara a ponerle más contoneó a su trote.

Y justo cuando el pobre ya no podía más, Carol decidió que era el momento perfecto para una sesión de yoga bajo la luz del sol. Ignorando sus quejas, ella lo guío a través de diferentes poses que variaban en dificultad entre sí. Lincoln intentó recordar el nombre de la mayoría, pero toda su atención se centraba en realidad en la forma en la que el cuerpo de Carol se movía y contorsionaba con cada posición diferente.

Lincoln encontró su habilidad para concentrarse más comprometida conforme pasaban los minutos. A pesar del contoneo de sus caderas o la forma en la que sus pechos se movían al cambiar a una pose nueva, el chico no estaba completamente embobado, sólo sorprendido por las constantes situaciones comprometedoras en las que se encontraba siempre que estaba cerca de Carol. Entonces, algo hizo click en su cerebro; al inició creyó que todo se trataba de meros accidentes y malentendidos, que ella ignoraba la forma en la que Lincoln la miraba… pero no era ese el caso. Ella lo había descubierto y no lo había detenido y reprendido ¡sino que lo estaba animando!

Lincoln esperó sentirse apenado como en las ocasiones pasadas, pero eso ya no sucedió; Ante la revelación de que a ella no le disgustaba que él la viera, con cada nueva pose que Carol le enseñaba, su vergüenza iba cediendo paso a la expectación por ver más de su cuerpo.

Finalmente, todo llegó a un punto crítico durante la última pose en la que ambos estaban sentados uno frente al otro, con las piernas tan separadas como sus cuerpos se los permitía y con ambos brazos levantados hacia el cielo. Como ya esperaba Lincoln, sus ojos fueron incapaces de ignorar el cuerpo de su niñera. Esta vez, sin embargo, no admiró su trasero o sus pechos, sino sus piernas abiertas y tensas.

Los pantalones que usaba Carol eran ceñidos al cuerpo por diseño, y debido a que llevaban casi dos horas ejercitándose bajo el sol, el sudor hizo que la tela de los mismos se pegara aún más a sus piernas. Lincoln observó, como si no hubiera nada cubriéndolos, la forma en la que los músculos de los muslos de Carol se tensaban y movían con cada respiración. Admiró la forma en la que gruesas gotas de sudor descendían por su abdomen plano y levemente torneado hasta perderse en la zona de la entrepierna, lugar dónde la tela de sus leggings parecía ser levemente más gruesa que en el resto.

Al sentir una gota de un líquido diferente al sudor escurrir por su barbilla, fue que Lincoln descubrió que había estado babeando mientras admiraba el cuerpo de su niñera. Usando cada parte de la fuerza de voluntad que le quedaba intentó apartar la mirada de las piernas perfectas que tenía delante de él y en su lugar mirar a Carol directamente a la cara… y por primera vez desde que esas situaciones vergonzosas se empezaran a repetir, Lincoln descubrió que Carol no lo estaba viendo. Estaba distraída por algo más…

Lincoln siguió su mirada perdida antes de sentir como todo su ser se estremecía ante la vergüenza más pura que recordara haber sentido jamás. Sentado, con las piernas tan separadas como su cuerpo se lo permitía, las cortas piernas de su short se habían arremangado sobre sus muslos provocando que la hinchada cabeza de su… pito… como la lista de vocabulario que había tenido que aprenderse de memoria nombraba en el apartado doce, sobresalía varios centímetros por el borde de sus shorts deportivos, debido a que la parte de su miembro que alcanzaba a asomarse al aire libre estaba completamente cubierta por lubricación natural simplemente destellaba bajo la luz del sol… volviéndose aún más llamativa.

¡Y Carol la estaba viendo embobada! Su respiración se estaba acelerando segundo a segundo, su rostro había alcanzado un rubor aún mayor al que había tenido durante el incidente del desayuno. De pronto, Carol parpadeó, sus ojos abandonaron el pene erecto del niño para enfocarse en su rostro y con la expresión más sorprendida que Lincoln hubiera visto desde que Lucy aprendiera a escribir, la rubia tragó saliva.

—C-creo que… ya fue suf-ficiente, Linky —Carol se puso de pie de un brinco, aunque su expresión había vuelto a aparentar tranquilidad el rubor no abandonó sus mejillas, y corrió de regreso a la cabaña de Harriet… el movimiento que hacía su trasero al trotar fue incentivo más que suficiente para que Lincoln se pusiera de píe y la siguiera.

Una vez de regreso al hogar, cada uno desapareció dentro de sus habitaciones y Lincoln finalmente pudo tomar su ducha helada… sorpresivamente para el pobre, poco hizo el agua fría por remediar la situación de su entrepierna por lo que después del tercer intento simplemente se dio por vencido y salió de la regadera.

Al menos esperaba que la cena fuese un poco más normal a comparación del resto de las actividades del día, realmente necesitaba un poco de normalidad, pero cuando Lincoln finalmente volvió al comedor se encontró con una atmosfera extraña… y con Carol como nunca antes la había visto.