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Luna PlataZ y J0nas: No pos que pena que descubrieran y estén leyendo esto ;-;
Sólo diré que Carol realmente se estaba apegando al plan de Albert.
La enorme mesa circular de madera podía acomodar sin problemas a una decena de personas, pero sólo tres velas alumbraban dos asientos dejando al resto de la estancia sumergirse en la oscuridad del atardecer. Lincoln dio un par de pasos dentro del comedor antes de descubrir que Carol ya estaba presente. Estaba sentada a la izquierda del que parecía, sería su lugar. Al verlo llegar ella se puso de pie, provocando que un escalofrío inmenso recorriera la espalda del albino… a pesar de estar usando sus mejores ropas, Lincoln se sintió terriblemente mal vestido a comparación de la rubia.
Carol sólo estaba usando un vestido violeta liso y tacones negros, su hermoso cabello rubio estaba suelto y caía suavemente sobre sus hombros desnudos. Llevaba sombra de ojos azul claro y un toque de lápiz labial rojo. Todo el atuendo era coronado por un collar plateado que descansaba elegantemente sobre su escote.
—Wow…
Tan pronto como la exclamación abandonó la boca de Lincoln, una sonrisa radiante se posó en la de Carol antes de hacerla apartar la mirada y sonrojarse discretamente. Y Lincoln supo en ese instante que parte de esa sonrisa y de ese sonrojo se debían a la forma en la que él la estaba mirando; admirando su cuerpo con la pasión y el respeto que una obra de arte como ella se merecía.
—Espero que te guste como luzco, tú… tú te vez muy guapo —Lincoln asintió de forma continua por tres segundos antes de obligarse a responder.
—Tú… uh… te vez muy… —Carol levantó una de las cejas al tiempo que posaba una de sus manos elegantemente cuidadas sobre su cadera, Lincoln tragó saliva, respiró hondo y le dio otra patada metafórica a su cerebro para poder continuar—. Tú eres una mujer hermosa, Carol Pingrey.
El rostro de ambos se sonrojó de forma casi simultánea, completamente satisfecha con la respuesta de Lincoln, Carol ni siquiera intentó disimular la sonrisa en su rostro.
—Mucho mejor, tienes un 9 —Lincoln sonrió al escuchar eso, complacido al saber que se había ganado una calificación tan alta de alguien como Carol—. Ahora, sentémonos a la mesa, es muy importante para un hombre de bien el aprender la etiqueta apropiada para comer en sociedad… quizá yo no sea compañía adecuada, pero espero bastar para enseñarte lo básico.
Lincoln frunció el ceño.
—¡¿Qué?! ¡Carol no digas eso, cualquiera estaría encantado con pasar tiempo contigo! —Los ojos de Carol resplandecieron con adoración al ver al niño acercarse con un adorable ceño fruncido en su adorable carita.
—Oh, Lincoln… ¿tan rápido quieres obtener puntos extra? —todo el coraje y gallardía desaparecieron del rostro de Lincoln y fueron reemplazadas por un sonrojo mucho menos intenso que los otros que los que él había sufrido durante el día. Al ver el cambio tan radical en su postura, Carol no pudo evitar reírse, su risa un sonido melodioso que hizo que el corazón del albino latiera a toda velocidad.
—Ya, poniéndonos serios, esto se trata de otra lección. Así que espero que muestres una concentración y seriedad un poco mejor que la que me has mostrado durante las otras actividades del día —Lincoln asintió seriamente, se armó de valor y justo cuando iba a sentarse, su cerebro metafóricamente pateado le regaló una revelación.
Moviéndose tan rápido como su cuerpo se lo permitía, Lincoln pasó por detrás de Carol y le acercó la silla antes de voltear a verla con una mirada expectante.
Al comprender cuál había sido el motivo del albino al hacer aquello, el rostro de Carol se iluminó con otra sonrisa maravillosa antes de que tomara asiento grácilmente. Tan pronto como se cercioró de que ella estuviera cómoda en su lugar, Lincoln se sentó a su lado derecho, en el otro asiento disponible. Frente a ambos, en la elegante vajilla antigua de Harriet, la cena ya estaba servida.
Lincoln sintió que debería sentirse avergonzado por compartir mesa con una mujer tan hermosa, pero conforme pasaron los segundos pronto descubrió que la vergüenza no llegaba y también descubrió que los ojos de Carol sólo lo observaban a él. Utilizando esta nueva confianza recién descubierta, Lincoln le sostuvo la mirada a su compañera, provocando que la sonrisa de la rubia creciera hasta mostrar sus dientes perfectos. Y comenzaron a cenar.
Realmente Lincoln ya conocía todo lo relacionado a la etiqueta de una cena formal, en gran medida gracias a todo el tiempo que le había dedicado a aprenderse los libros de Gil DeLily sobre vida en sociedad… sin embargo nunca había aplicado sus conocimientos fuera de las fiestas de té de Lola. Obviamente estaba nervioso, pero no permitió que su ansiedad arruinara la cena con Carol. Comieron siguiendo las rigurosas reglas que una cena formal exigiría, ambos haciendo su mayor esfuerzo por entablar una conversación con el otro del tema que fuese. Y dicha conversación finalmente surgió cuando a Lincoln se le ocurrió preguntar por las pruebas que había vivido durante el día y sobre las situaciones sonrrojantes que ambos sufrieron. El albino no obtuvo ninguna respuesta directa más allá de una sonrisa cada vez más grande en el sonrojado rostro de Carol… sin embargo sí logró deducir quien estaba detrás de todo. Una revelación que casi lo hizo carcajearse.
—¿Qué? —la pregunta de Carol era inocente y genuina, sin embargo, Lincoln tuvo que lamerse los labios antes de hablar.
—Creo que ya sé cómo es que se siente ser alguien como mi… ser alguien como Albert. Quiero decir… ser alguien a quien la gente escucha —Carol asintió, pero permaneció en silencio, intuyendo que Lincoln todavía no acababa de hablar—. Sé que yo no soy realmente un… que yo no soy como él… o como las chicas… pero ahora entiendo cómo se siente ser alguien así —puso ambas manos sobre la mesa, bajando con ellas sus cubiertos—. Ser… alguien importante… jefe de familia o dueño de un negocio respetable… ¡tener a una mujer hermosa sentada a mi lado haciéndome compañía! —Había dicho lo último con una mirada ausente, sin embargo, lo había dicho con una convicción tan grande, que dejaba en claro que él sabía exactamente qué era lo que había dicho.
Carol sólo pudo sonreírle, respirando profundamente y haciendo su mejor esfuerzo para no pegar un chillido agudo como la adolescente fascinada que era en realidad en esos momentos. Sin embargo, el albino aún no terminaba de hablar.
—¡Porque tengo a una mujer muy hermosa haciéndome compañía! —una sonrisa radiante que Carol había visto mucho durante sus años como porrista, una autentica sonrisa de triunfo, se posó en la hermosa carita de Lincoln.
—Muy bien Lincoln, tienes un 8 —Dijo Carol con una sonrisa propia, y cuando la sonrisa de triunfo desapareció de la cara del albino, la suya creció aún más.
—¡¿Q-qué?! ¿po-por qué? —Lincoln le dio a su cerebro una paliza metafórica para que no lo volviera a hacer tartamudear frente a Carol—. ¿Por qué sólo un 8? ¿Qué necesito hacer para que me des un 10?
La sonrisa de Carol volvió a cambiar sobre su rostro, creciendo hasta volverse infantil y burlona. Intentando disimularla, se acercó una servilleta a la boca para limpiar una mancha que en realidad no estaba ahí antes de descolgar su bolso del respaldo de la silla.
—Lo siento Lincoln, pero no puedo decirte cual es el objetivo de estas lecciones, tendrás que descubrirlo por tu cuenta…
Del bolso, Carol sacó un pequeño espejo compacto y lápiz labial, el cual comenzó a reaplicar sobre sus labios.
Lincoln se le quedó viendo por un momento antes de voltear a ver a la mesa y al plato vacío y sucio frente a él. Su mente, temiendo otra golpiza metafórica, comenzó a revivir todo el día. Las lecciones dementes. La forma en la que ella actuaba a su alrededor. La forma en la que vestía y que tan complacida se veía cuando él simplemente… bueno, cuando babeaba al verla. Cuando la siguió trotando mientras admiraba su trasero, cuando se puso duro como un pedazo de metal cuando la vio comer una banana… una revelación brilló en su mente.
Lincoln volvió a voltear hacia Carol. Ella estaba ocupada viendo su reflejo mientras reaplicaba su lápiz labial, pero cuando finalmente acabó, volteó a verlo y le sostuvo la mirada. Cerró el espejo con un 'click', encogió los labios, igualando el maquillaje, y luego los abrió. La misma sonrisa que no la había abandonado durante toda la cena volvió para embellecer su rostro, provocando que los ojos de Lincoln se dirigieran a sus labios… pero algo un poco más abajo también llamó su atención; el abundante escote que el vestido de Carol hacía lucir.
Ya sin dudas sobre las intenciones de su abuelo, Lincoln se levantó de su lugar y mientras la tienda de campaña crecía en sus pantalones, comenzó a acercarse a Carol.
—Creo que ya sé… —tragó saliva, sus ojos reflejando su ansiedad y su corazón latiendo a toda velocidad—, creo que ya sé qué es lo que has intentado… enseñarme…
—¡Oh! ¿en serio? —Carol realmente dudaba que Lincoln hubiese descubierto el objetivo detrás de las lecciones, pero ver al niño tan seguro y serio era motivo más que suficiente para dejarle continuar.
—Quieres que yo… que yo aprenda a tomar… lo que quiera cuando quiera —Atónita, Carol se quedó un momento con la boca abierta.
—¡¿Qué?! Lincoln, me parece que te equi… —Lincoln ya estaba frente a ella. Una de sus manos se posó sobre la cara de la rubia, sus dedos se extendieron por su mejilla mientras que la otra la tomó del mentón facilitándole a él el acercar su boca a la de ella.
Un beso gentil fue lo que silenció la respuesta de Carol, quien sólo por un par de segundos se perdió en aquel contacto tan íntimo y tan inesperado… hasta que todas sus alarmas morales se activaron en su consciencia y recordó a quien estaba besando; Lincoln Loud, el hermano menor de Lori Loud, un muchachito que había conocido desde bebé ¡un niño de once años!
Empujándolo lejos con toda la fuerza que sus brazos pudieron mostrar, la cual no fue mucha, Carol apenas y pudo romper el beso.
—¡Lincoln! ¡¿Qué te ocurre?! —al oír el tono de Carol, los labios de Lincoln temblaron y dolido, dio un paso hacia atrás—. ¡Por supuesto que no intentaba enseñarte nada parecido a eso de "tomar lo que quieras cuando quieras"! ¡Tú abuelo me contrató para ayudarte a desarrollar asertividad! ¡Para enseñarte a confiar en ti mismo…! Me dijo que sólo con incentivarte con algo que tú desearas… con mi apariencia mientras te guiaba paso a paso sería suficiente para que desarrollaras tu autoestima.
Sintiendo que se ahogaba con un grito atorado en la garganta, Carol se levantó a toda prisa de su asiento, al tiempo que sus hombros comenzaron a temblar y sus ojos a llenarse de lágrimas. Al ver a su amada tan afectada, todo el pesar por creerse rechazado abandonó a Lincoln y lentamente volvió a acercarse hasta poder envolver las manos de ella entre las suyas. El gesto logró despabilarla de su ataque de pánico lo suficiente como para que abriera los ojos, la carita de Lincoln lucía roja, llena a partes iguales de ansiedad y deseo. Al verlo, Carol supo que ella debía lucir muy parecida a él… una muchacha de diecisiete años… casi una adulta… una adulta que sentía atracción por un niño inocente, lo mismo que el niño sentía por ella ¡era una persona asquerosa!
—Entonces… ¿de eso se trató todo…? —Lincoln le soltó la mano al tiempo que sus propios ojos comenzaban a llenarse de lágrimas—. ¿Tú y mi abuelo planearon todo esto sólo para volverme loco y que yo intentara impresionarte?
—Bueno… el plan de Albert funcionó… así que lo llamaré y le diré que cumplí mi misión antes de lo esperado —Evitando volver a hacer contacto visual, Carol buscó en su bolso su celular—. Lo llamaré y le diré que puede pasar por ti el día de mañana.
Lincoln agitó su cabeza no queriendo escuchar las palabras de la rubia ¿su abuelo quería que mostrara una actitud más dominante y asertiva? ¡Pues bien podía comenzar por complacerlo hoy!
—Pues Albert no está aquí… ¿o sí? —dijo Lincoln con un tono que jamás había utilizado al tiempo que le arrebataba el celular a su niñera; no había levantado la voz, no había murmurado… simplemente dijo lo que deseaba—, y, además, Carol, creo que aun tienes más calificaciones que dar…
Al ver el cambio en la actitud de Lincoln, Carol sintió algo muy parecido al miedo… o a un intenso deseo pasional sólo por un momento. Boquiabierta, la rubia dio un paso hacia atrás y se tropezó con la pata de una de las sillas, sólo sus rápidos reflejos y su cercanía con la mesa evitaron que callera por completo. Ya no estaba parada erguida cuan alta era, sino que estaba apoyada de espaldas en el borde de la mesa, sólo un centímetro o dos más alta que Lincoln. Sus temblorosas piernas estaban abiertas para soportar un poco mejor el peso de su aturdido cuerpo. Aquella postura atónita sólo hacia resaltar aún más el escote del vestido y con él sus pechos que subían y bajaban rápidamente siguiendo el ritmo de su nerviosa respiración; al dar un paso hacia enfrente, Lincoln descubrió que podía ver con toda claridad el contorno de sus pezones erectos.
Habían estudiado los pezones como zona erógena justamente aquel día, Lincoln había aprendido los motivos que los hacían endurecerse… y el comedor no estaba frío—. Carol… ¿quieres que me gane más calificaciones?
Carol nunca había querido nada con tanta intensidad en su vida y supuso que lograr que Lincoln desarrollara esa actitud era a fin de cuentas su objetivo como niñera, así que simplemente guardo silencio. Lincoln interpretó ese silencio como una afirmación y acercándose nuevamente sabiendo que esta vez no sería rechazado, volvió a besarla con abandono al tiempo que tomó con una de sus manos el borde del escote y lo apartó completamente al bajarlo casi hasta el vientre de la rubia. Con sus labios atrapados entre los de Lincoln, Carol sólo pudo inhalar cuando el niño descubrió sus pechos, las areolas de un rosa oscuro coronadas cada una por un pezón erecto de un color ligeramente más oscuro que el resto.
La garganta de Lincoln hizo un sonido muy parecido a un chillido de cachorro al descubrir aquellos bellos montoncitos de carne por primera vez, entonces, sin poderlo evitar, sus manos se posaron sobre los pechos de su niñera. Los dedos se hundieron levemente en ellas, salvo por los pezones que neciamente se endurecieron un poco más bajo el contacto con la piel de Lincoln. Ante aquellas caricias, Carol volvió a inhalar sin romper el beso, pero cuando él apretó un poco más fuerte ella exhaló un gemido, indicándole que aquello le había gustado. Sin pensar, sólo moviéndose guiado por un instinto que ignoraba poseer, Lincoln se restregó aún más en el cuerpo de la rubia, su cadera enterrada entre los muslos de ella… la sensación de algo largo y duro creciendo dentro de su ropa interior.
Carol ya había visto muchas veces el contorno de aquello, lo había sentido a través de sus pantalones durante el desayuno… pero al recordar lo que había alcanzado a ver durante la sesión de yoga sintió un deseo ciertamente inmoral crecer en su interior—. Linky… yo quiero… toma lo que quieras de mi… cuando quieras —las palabras de Carol sólo se vieron interrumpidas por la intensidad con la que Lincoln seguía besándola, el autocontrol de ambos ya había desaparecido por completo.
Lo que Carol había dicho en un inicio era cierto, Albert no la había contratado para acostarse con su nieto. Ella era niñera legitima, encargada por velar por la educación del albino, cuidarlo y guiarlo hasta convertirlo en un caballero seguro de sí mismo… ¡pero Lincoln era justo su tipo! ¡un chico encantador en todo sentido! Un muchachito sólo capaz de apartar los ojos de su cuerpo por un momento cuando la timidez ya había pintado sus mejillas de rojo… únicamente para volver a voltear a verla un segundo después, justo por eso fue que su coqueteo gentil desde un inicio se salió control hasta rápidamente escapársele de las manos. El descubrir que el deseo era mutuo sólo fue la gota que derramó el vaso y terminó por acallar la voz de sus consciencias.
La cintura de Lincoln volvió a restregarse entre los muslos de la rubia, directamente contra su húmeda ingle, y Lincoln pudo sentir con toda claridad el calor muy intenso que emanaba de ahí. Excitado por la curiosidad y el morbo, el albino retrocedió un par de pasos, sus manos abandonando finalmente los pechos de la niñera inmoral. Al ver el deseo en la cara del albino, Carol bajó ambas manos hacia su cadera sólo para levantar su falda y hacer a un lado su ropa interior, revelando finalmente su sexo.
Tan pronto como la vagina de la rubia estuvo a plena vista, Lincoln se hincó frente a la mujer para poder admirarla mejor.
—Linky… ¿te acuerdas de la clase de hoy? —Por supuesto que se acordaba. Admirando aquella zona tan íntima del cuerpo de su adorada, Lincoln pudo ver todo con claridad, desde el clítoris hinchado y reluciente escondido justo debajo de un denso bosquecillo de gruesos pelos rubios, hasta los relucientes labios que rosados y húmedos cubrían su feminidad. La diferencia suprema de una mujer con un hombre, su vagina, su coño, su vulva, su hoyito, tarrito de miel… aunque le diera pena decirlo, la verdad es que había estado mucho más interesado en esa lista de vocabulario que en la otra.
—Quizá nuestra siguiente clase no se base únicamente en una imagen sacada de interne-aah ¡LINCOLN! —envalentonado, el albino decidió probar un poco del postre que tanto anhelaba. Su joven lengua lamió la parte superior de la vulva frente a él, provocando que Carol gimiera, y al oír aquella hermosa melodía lo hizo de nuevo, y de nuevo ¡y de nuevo! Su lengua comenzó a recorrer de arriba a abajo la totalidad del sexo de la rubia sin importarle nada… ni siquiera se detuvo cuando Carol intentó apartarlo con sus manos.
—¡O-Oh! ¡LINCOLN! ¡LIIIIIN-Linky! ¡Basta! ¡NIÑO BASTA! ¡HE DICHO BASTAaaaahh! —Lincoln apenas llevaba poco menos de diez minutos con la cabeza entre los muslos de la rubia, pero eso poco importaba, la pobre chica Pingrey había estado excitada desde que supo que estaría a solas en una cabaña en medio de la nada con el muchachito de sus sueños. Su cerebro frito por la lujuria y el morbo la acercó en tiempo record hasta el clímax, y con un gemido más parecido a un grito sus piernas se cerraron sobre la cabeza de Lincoln mientras que su vagina completamente dominada por la lengua de su joven amante explotó en líquido, chorreando su néctar en la boca, en la barbilla, y finalmente manchando la parte delantera de la camisa del albino.
Confundido y ligeramente preocupado al pensar que lo acababan de orinar –el pobre aún ignoraba como eyaculaban las mujeres–, Lincoln siguió lamiendo con pasión pues estaba consciente que aquello le había encantado a su Carol. Deseoso de darle más placer a su amada, el siguió probando su néctar con rápidas y vigorosas lamidas hasta que sintió como el cuerpo de Carol volvía a estremecerse y con sus manos volvía a intentar, otra vez sin éxito, apartarlo de su vagina. Motivado por la forma en la que el cuerpo de la rubia se contorsionaba, Lincoln siguió lamiendo hasta forzar a Carol a llegar a un tercer orgasmo.
—¡N-No! ¡Basta Lincoln! ¡Bast-bastaaargh! —logrando finalmente empujarlo lejos, Carol cerró las piernas mientras sentía como las oleadas de placer de su último orgasmo la atravesaban de punta a punta, dejándola temblando y con los ojos cerrados—. Oh dios… dios mío… te ganaste tú 10…
En su aturdimiento post-orgásmico, Carol oyó el ruido de la ropa al frotarse sobre más ropa. Luego el suave roce de una silla al ser arrastrada sobre un piso de duela. Y entonces apareció algo en el borde de la visión de la niñera amoral.
Un Lincoln con el rostro colorado estaba de píe ante ella, mucho más alto que lo que el encantador albino tenía derecho a ser. Estaba parado sobre una silla, la cual tuvo que acercar a la mesa y a Carol. Y estaba desnudo. Su camisa empapada tirada a un lado, aunque su barbilla y su suave y joven torso aún resplandecía con humedad ante la luz de las velas. Sus pantalones, sin embargo, habían sido descartados por otros motivos… el principal de ellos le estaba apuntando directamente a ella.
—Oh… wow —Con poco más de trece centímetros de largo, aquello no podía considerarse realmente grande, pero para Carol, cuyo compañero intimo más grande hasta la fecha había sido únicamente su dedo anular… lo que vio ciertamente le pareció algo inmenso.
Sin ser capaz cubrir completamente la circunferencia con los dedos de una mano, Lincoln comenzó a bombear rítmicamente su pene antes de guiarlo hacia abajo. Cualquier duda que él pudiera tener sobre el pleno consentimiento de Carol se perdió cuando un par de uñas pintadas en esmalte negro y azul metálico se hundieron en su vagina y abrieron los labios para él. El albino sólo tardó un momento para admirar aquella piel rosa e invitante, el intenso sabor aún fijo en su lengua, antes de empujar ansioso su pene dentro de la mujer.
—¡Hnnng…! —Lincoln gruñó a través de sus dientes apretados mientras su pene se deslizó una primera vez en la funda de seda más perfecta. Sobrecargado por aquellas intensas sensaciones, todo lo que pudo hacer fue sujetarse de las piernas de ella, sus dedos hundiéndose en su piel. Sus muslos se sentían casi como sus pechos, pero no eran tan suaves pues él sintió rápidamente el musculo solido que descansaba bajo aquella piel delicada… sin embargo, el pobre no fue realmente consciente de nada de aquello, pues su mente aún estaba concentrada en la vagina de Carol; húmeda, cálida… y succionándolo hacía dentro con una fuerza increíble… sólo la mitad de toda su envergadura estaba dentro de Carol y se sentía maravilloso.
—¡Aaahnn! ¡Lincoln! —la reacción de Carol, por otra parte, fue un poco más vocal cuando de forma oficial perdió su virginidad—. ¡Mierda Lincoln! ¡Métemela, métemela bien y cógeme!
Sin oír realmente sus palabras, pero siendo consciente de la demanda en su tono de voz, Lincoln obedeció a Carol y entró completamente en sus entrañas—. Es tan… apretado…
Mordiéndose los labios, Carol quiso gemir que estaba de acuerdo, sin embargo, para ella todo se trataba de que él era demasiado grande… demasiado para tratarse de un niño que tenía casi seis años menos. Malinterpretando los sonidos de Carol, Lincoln se hizo hacia atrás hasta que sólo su punta continuaba dentro de ella. La rubia rugió al comprender que Lincoln intentaba abandonar sus interiores, y actuando con la urgencia de la necesidad no tardó en hacerse escuchar.
—¡Mierda Lincoln! ¡Méteme otra vez tu maldito domador de zorras! ¡HAZLO AHORA!
La rubia no tuvo que repetirlo dos veces.
La verga de Lincoln volvió a hundirse completamente en la intimidad de Carol, abriéndola más que cualquier otra cosa con la que ella hubiese intentando masturbarse en el pasado. Sintiendo como su interior se expandía y se ajustaba para acomodar debidamente a su joven amante, las piernas de la niñera se cerraron tras la cintura del niño para que no volviera a intentar abandonarla al tiempo que una de sus manos se aferraba a sus propios pechos mientras que la otra se hundía en su dorada melena y ella se limitaba a gemir con las fuerzas que le quedaban.
Las caderas de Lincoln bombearon una vez, dos veces, y con un gemido tembloroso el pobre se apretujó tanto como pudo contra el vientre de Carol antes de explotar dentro de ella tras la cuarta penetración. Carol inhaló como nunca antes de exhalar un gemido mudo al sentir por primera vez en su vida el orgasmo de un hombre dentro de ella. El pene del albino, tan gordo para su vagina novata, expandiendo las paredes de su interior con tanta fuerza que cuando aquello se hinchó aún más para expulsar el semen, la rubia sólo pudo temblar… y ni hablar de aquella sustancia en sí. Denso y caliente esperma, grandes cantidades de aquella sustancia siendo bombeadas dentro de ella. Tras los primeros cuatro chorros ella pudo comenzar a sentir un calor peculiar expandirse en su interior conforme sus entrañas empezaron a ser inundadas por sensaciones nuevas y desconocidas para ella.
—¿Acabas de…? Oh por… no creí que saliera tanto en una sola vez… creo que eso es prueba de que te provoque demasiado —Carol bajó la mirada para regalarle una sonrisa completamente satisfecha y cansada a su inesperado amante, pero la cara de Lincoln no estaba en posición para ver nada. Su frente estaba enterrada entre los pechos de ella mientras luchaba por recuperar el aliento—. Al menos dime ¿eso se sintió bien, Linky? Supongo que podemos considerar esto como un plu… ¿qué?
Las palabras murieron en la boca de Carol tan pronto como sintió el pene de Lincoln volver a crecer en su interior y sus pequeñas manos abandonar sus muslos para aferrarse a sus nalgas. Sin que ella pudiera reaccionar aún, el albino levantó la cara y capturó el pezón de uno de sus senos con la boca. Succionándolo y masajeándolo con la lengua como si quisiera obtener leche de él… ordeñarla con la boca. Con un gruñido de esfuerzo, él volvió a mover su cadera hacia ella llenándola completamente una vez más; la cabeza de su miembro alcanzando sin problemas el cérvix.
Carol sólo pudo lanzar un chillido mudo antes de que él empezara a martillear su interior con una fuerza y un vigor poco propio de su cuerpo delgado y débil. Acababa de eyacular, pero ahora era claro que Lincoln no estaba satisfecho aún. Su joven y gruesa verga bombeando dentro de ella con abandono. Tan agotada estaba ella que sus piernas ya no podían envolver el cuerpo de Lincoln como lo habían hecho en un inicio, ahora sólo descansaban completamente abiertas a los lados del albino, invitándolo inconscientemente a tomarla y reclamarla como suya.
La visión de la rubia comenzó a volverse borrosa. Su mundo, uno de éxtasis y placer, comenzó a derrumbarse conforme el joven semental seguía invadiendo su interior con un pene demasiado grande para su complexión. Su cuerpo, incapaz de moverse por sí mismo, se movía y agitaba sin ninguna clase de resistencia con cada nueva penetración por parte de Lincoln. Su vagina temblaba y expulsaba líquidos incontrolablemente conforme la verga de Lincoln entraba y salía de ella, desplazando con cada penetración un poco del semen que acababa de eyacular en su interior. La lefa comenzó a escurrir por los muslos a la elegante mesa de vadera, y de ahí directamente hacia el suelo de duela pulida. A Carol ya no le importaban cuidar de los finos muebles de la cabaña ni guardar las apariencias con su protegido, ahora sólo quería descubrir una nueva forma de motivar y complacer a su Lincoln… ya estaba logrando formar el inicio de una idea en su mente cuando un nuevo orgasmo la atravesó y borró todo propósito de su mente.
Cuando finalmente volvió en sí, Carol ya no estaba segura de cuánto tiempo había pasado, para ella se sintió solo como un par de minutos… pero quizá eso se debiese a las intensas oleadas de placer que continuaban invadiéndola y alterando su percepción del tiempo.
Lincoln, por otra parte, parecía no acusar el paso del tiempo. Incluso después del orgasmo más grande que el niño apenas entrando a la pubertad pudiese recordar, Lincoln seguía siendo una víctima de las hormonas buscando desesperado alivio para una necesidad que recién descubría, por lo que terminó cogiéndose a su ardiente niñera con el mismo vigor por otros diez minutos hasta que su tan deseado éxtasis comenzó a anunciarse. El ruido húmedo de la piel de su cadera chocando con la entrepierna de ella se detuvo por un momento antes de reanudarse con una velocidad y una fuerza aún mayor. Ese fue el impulso que las piernas de Carol necesitaron para finalmente reaccionar, y aunque no pudieron reunir la fuerza para volver a envolver completamente la cintura del albino si lograron apretar su trasero pálido contra el pubis de la rubia. Con lo poco de consciencia que le quedaba, Caro miró hacia abajo, hacia el rostro sudoroso de su amante, sus ojos azules completamente llorosos pues el final se acercaba.
Cuando Lincoln ya no pudo más, usó todas sus fuerzas en una última penetración, provocando que su pene entrara en su amada aún más profundo que nunca y que uno de los tacones de Carol se zafara de su hermoso pie y cayera al piso con un golpe seco, sin embargo, una sonrisa enorme se plantó en el bello rostro de la rubia.
—Hazlo… lléname con tu amor, Linky. Ya no voy jugar con tus sentimientos nunca más… sólo dame tu amor… —Y en efecto, tras lanzar al aire un grito no muy masculino… sino algo más parecido a un chillido de uno de los juguetes de Charles, Lincoln le dio todo lo que tenía a Carol.
El intenso chorro con el que la segunda corrida de Lincoln comenzó a invadir su interior provocó que la cabeza de Carol se desplomara, lo mismo que sus brazos, sobre la mesa. Sólo un par de segundos después sintió como el albino se desplomaba sobre ella, aunque el pobre seguía corriéndose. Todo su peso muerto descansaba sobre su estómago y entre sus pechos. Tras casi tres minutos inmóviles en la misma posición, lo último que hoyó Carol antes de caer inconsciente fueron una serie de espiraciones profundas que, si no eran de sueño, estaban bastante cerca. Había sido un largo día para ambos…
