Disclaimer: Durante la última semana, el término que ahora da título a esta obra me ha estado persiguiendo asiduamente a través de toda la internet. Así que, con ello en consideración, y en aras de intentar restablecer el equilibrio de nuestro usualmente muy bien versado léxico, comparto con ustedes esta breve historia.
Nacarado
A Carol le resulta un poco molesto el saber que tantas lo desean.
Y quizá, muy probablemente, es debido a ello que siente aquella desenfrenada e irrefrenable necesidad de… bueno, ella no está usando bragas, y él se encuentra justo al final del pasillo y tiene acceso total al sistema de seguridad, lo que significa que, con unas simples pulsaciones, cada cerradura y cámara en el edificio deberá rendirse a su control.
Está mal, y ella lo sabe.
Mas no serían despedidos, en caso de ser encontrados, porque el jefe de él, de ella, y de todos y todo en aquel lugar, resulta ser su padre; no obstante, podrían meterse en serios problemas.
Y es cuestionable, según ciertos estándares, cómo tal conocimiento hace muy poco por amilanar el expectante y desenfrenado anhelo que la recorre de arriba a abajo.
Está bastante segura de que Lincoln es consciente de que salió del apartamento sin ellas esta mañana. No sería digno de llamarse a sí mismo detective si no pudiese darse cuenta de que seguía cruzando las piernas sin razón aparente; además, debía considerar también el hecho de que él insistía silenciosamente en colocar las manos en sus caderas con una reiterativa y casi sospechosa frecuencia; y con su falda ceñida, no resultaría ser sorpresa alguna el que lo notase, porque incluso si no fuese posible reparar en ello a simple vista, él seguramente hubiese podido sentirlas si realmente las llevase puestas.
Toma a continuación un gran sorbo del café helado ubicado a su derecha, porque de repente siente la garganta muy seca.
Y luego ignora el sentimiento, en su mayor parte, entregándose a su trabajo. Por lo general, no debe hacer mucho, es jefa de asuntos especiales, y la mayoría de las veces su trabajo consiste en supervisar y garantizar el correcto uso de la información que se halla al servicio de su departamento; pero hoy, frente a ella, observa sobre su escritorio de caoba tallado a mano más documentación de la que le es habitual, un detalle no menor, que finalmente no duda en utilizar como distracción.
Funciona, durante aproximadamente dos horas y quince minutos, hasta que se queda sin cosas que hacer. Son casi las 11:00 a. m. y no suelen salir a almorzar hasta pasado el mediodía.
Carol se mueve en su asiento. No está segura de por qué no puede quedarse quieta.
Bueno, no, ella sabe por qué.
Simplemente no quiere molestarlo, pues es posible que esté ocupado y no quisiera interrumpirlo en su labor, especialmente si realmente tiene mucho por hacer.
Al son de sus recuerdos le es sencillo visualizarlo en su oficina, con el ceño fruncido, las cejas arqueadas y con su mano recorriendo de tanto en tanto aquel cabello níveo que lo distingue naturalmente de entre sus más cercanos pares.
No puede evitar sonreír al recordar el pequeño mechón que, sin importar lo que haga o no haga, se rehúsa siempre a perder su orgullosa forma.
"Una cualidad útil", murmura, a todas luces divertida, mientras acomoda un mechón suelto detrás de su oreja izquierda.
Incluso en su adolescencia, ella y su cabello jamás podrían haberse permitido el lujo de la consistencia perfecta y perpetua. Y es por ello que ahora, varios años después de aquellos días, moños, colas de caballo y elevado con alfileres son sus estilos predilectos, porque son manejables, y a sus ojos, ofrecen un perfecto y natural equilibrio entre casualidad y profesionalidad.
Lincoln dice amar su cabello suelto, pero también admite gustarle en cualquiera de las formas en las cuales ella elige recogerlo y organizarlo según la situación lo amerite.
Cuando le preguntó el porqué de su preferencia, dijo que era porque le encantaba ver como su cabello se extendía como oro líquido por sobre su cuello, hombros y espalda. Una respuesta confiada, pero indudablemente sincera, enunciada al tiempo que deshacía el moño presente en aquella ocasión, la acostaba suavemente sobre su cama, y le decía lo hermosa que era en medio de besos suaves y cariñosos.
"Uh…"
Se recuesta en su asiento con un leve y frustrado bufido al verse en la necesidad de abandonar su ensoñación. Dios, ella no debería estar recordando aquel evento en ese, de todos los momentos.
Sin embargo, no puede evitarlo, considera, ligeramente sonriente.
Las sensaciones, emociones y sentimientos que Lincoln despierta en ella son su adicción; la consecuencia lógica de todo lo que hace y no hace, lo que dice y no dice.
Descruza las piernas y siente un cosquilleo entre ellas. "Realmente…", suspira. "Necesito dejar de pensar en él".
Hay un golpe en su puerta, y cuando ella pronuncia un "adelante", Becky, una pelirroja alta y bien formada, de sonrisa naturalmente picara, asoma la cabeza.
"Hola, Carol", saluda ella, caminando hacia su amiga y presionando luego un beso en su mejilla. "Si no estás ocupada en este momento…", empieza conversacionalmente, en tanto sus ojos recorren los ya organizados documentos que reposan silenciosos sobre el escritorio de la joven Pingrey. "¿Te importaría ayudarme con algunas llamadas telefónicas en mi oficina? Probablemente no tomará mucho tiempo".
"No tengo nada más que hacer en este momento, así que puedes tomar de mi toda la ayuda que necesites", responde Carol mientras se levanta, agradecida por la nueva distracción.
"¡Sí!", celebra Becky, alzando triunfalmente los brazos. "Sabía que podía contar contigo", agrega un segundo después. "Y es solo por eso que eres tú, y no yo, la jefa de todo este lugar", finaliza, sin dejar cabida a mayor explicación, con una risilla cómplice que poco tarda en contagiar a su siempre servicial amiga.
~0~
"Oye".
Carol no puede evitar alzar las cejas mientras da los últimos pasos que la separan de su oficina.
Él se encuentra allí, sentado en su silla.
"Lincoln", pronuncia en respuesta su nombre, dejando que la puerta se cierre detrás de ella mientras camina hacia el escritorio. "¿A que debo el placer? ¿Has venido hasta aquí solo para saludarme?"
"Para muchos en este edificio sería motivo suficiente", argumenta reflexivamente. "¿Por qué? ¿Esperas a alguien más? ¿Quizás a tu amante secreto?" Él sonríe para hacerle saber que está bromeando, y ella imita su gesto y niega con la cabeza; a continuación, camina alrededor de la habitación y se ubica en el espacio que ha sido dejado conscientemente entre la silla y el escritorio. "Después de todo…", prosigue Lincoln, una vez siente que los dedos de su novia empiezan a recorrer los senderos nevados que dan forma a su cabello. "Es por eso que no llevas nada debajo de esa falda, ¿verdad?"
Carol no sabe por qué su afirmación la hace sonrojar. "Así que te diste cuenta", dice, casi innecesariamente.
"Por supuesto que me di cuenta", él coloca sus manos en sus caderas y un cosquilleo se dispara entre sus piernas. "Me sorprendiste bastante esta mañana".
"¿Te sorprendí?", cuestiona ella, con una sonrisa dibujada en sus labios. "Sería la primera vez en mucho tiempo".
"Todos los días me sorprendes, Carol", le dice en voz baja.
La sincera seguridad en sus palabras logra que sus mejillas se calienten aún más.
"¿Por qué no te sientas?", propone Lincoln, presionando un poco sus caderas, y ella muerde suavemente su labio inferior entre sus dientes.
Él tiene esa mirada en sus ojos y Carol puede decir que su cuerpo arde con expectante anticipación. Ella se sienta en su rodilla, pero cuando está a punto de cruzar las piernas, Lincoln murmura algo en su oído, le detiene el muslo enganchando la mano detrás de su pierna derecha y tira de ella hacia abajo. Ahora se encuentra sentada a horcajadas sobre su pierna, con su espalda apoyada en su pecho, y le es posible sentir la suave textura de la tela de sus pantalones a través de su feminidad.
"¿Estás excitada, Carol?"
Es una pregunta retórica, sabe que él casi puede sentirla palpitar contra su pierna, pero asiente, de todos modos, dejando escapar en el proceso un suspiro tembloroso.
"Lincoln", clama ella, aun contenida.
Vagamente intenta recordar si Lincoln tiene un traje de repuesto guardado en su oficina. Asume que sí. Él es, después de todo, según sus propias y en muchas ocasiones ya contrastadas palabras, el hombre del plan. No sería tan descuidado como para permitir que un simple pantalón mojado fuese el artífice final de su caída.
Entre sus pensamientos se mueve y accidentalmente se frota contra su pierna; un gemido escapa de sus labios y, en ese momento, decide simplemente dejar de pensar.
Por su parte, Lincoln apresa su barbilla entre su índice y su pulgar, gira su cabeza y, a continuación, posa sus labios sobre los de ella.
La respuesta de Carol es más instintiva que racional.
Su mano derecha se levanta para nuevamente enredar sus dedos en su cabello, presiona su lengua contra él y luego la empuja dentro de la boca del albino cuando está se abre para dejar escapar un tenue e inesperado gruñido.
A pesar de la sorpresa, la palma de Lincoln se desliza ágil por la pierna de la fémina, empujando su falda hacia arriba hasta que se enrolla alrededor de su cintura, y frota las puntas de sus dedos contra ella.
Carol se estremece, rompiendo su beso. "Lincoln", alcanza a respirar, parcialmente sin aliento.
"Es tu culpa, ¿sabes?", empieza él, con un dedo rodeando su clítoris suavemente. "Hiciste que me fuese casi imposible concentrarme en el trabajo hoy".
Ella se muerde el labio inferior para evitar gemir, pero el hermano de diez hermanas levanta la extremidad que tiene libre antes de murmurar nuevamente en su oído. "Déjame escucharte, por favor", dice, y con los dedos procede a retirar su labio de debajo de sus dientes, mientras su otra mano continua masajeando el centro nervioso ubicado entre sus piernas.
A su pedido, Carol gime; y si bien ello no es suficiente, si resulta ser un liberador comienzo.
"¿Tenemos tiempo?", pregunta ella, mirándolo a los ojos. Lo último que necesita es que él la excite aún más y de repente algo, o alguien, probablemente alguien, requiera de su atención.
"Sí", afirma. "A pesar de la distracciones, puede terminar la mayor parte de mis pendientes".
La respuesta de Carol se desvanece en la nada cuando Lincoln empuja un dedo dentro de su intimidad. "Estaba esperando que vinieras a mi oficina, pero nunca lo hiciste", dice, encogiéndose de hombros. "Me impacienté".
Carol se ríe.
Y tal reacción no hace sino fascinarla; pues allí está ella, goteante en su regazo, con sus dedos sobre y en su persona, a pocos minutos de un orgasmo, y él simplemente la hace reír.
"Linc…", intenta exhalar, un momento antes de que un segundo dedo invada inesperadamente su interior.
"Se siente bien, Carol", replica él, entrecerrando los ojos y apoyándose levemente en el hombro de su novia a la tonada de un ahogado e imprevisible jadeo.
"¿Lo hace?", interroga la joven, no del todo sorprendida por la que para algunos podría ser considerada una extraña afirmación; ¿es ella quien tiembla deleitosamente de pies a cabeza por las atenciones de su amante, y es él quien, al final, dice sentirse bien?
"Si, lo hace", no duda en responder Lincoln. "Eres tan hermosa, Carol", la halaga después, trazando delicadamente con sus labios la armoniosa curvatura en su cuello. "Ya casi estas allí, ¿verdad, cariño?", pregunta a continuación, mientras empuja sus dedos dentro y fuera de ella con mayor firmeza, en un patrón familiar, rítmico y, en lo que a ellos se refiere, varias veces ya practicado.
"Si", murmura Carol su respuesta, completamente embelesada por sus cumplidos, su toque, y por la situación en general.
"Me alegra saberlo", dice Lincoln, al mismo tiempo que, con su otra mano, acaricia las mejillas sonrosadas de la temblorosa Pingrey.
Y es imposible para ella no gemir, y sentir algo que no sea satisfacción en tanto el Loud de cabello cano continua adorando su cuerpo.
Es una necesidad la suya, íntima y primordial, que fluye, se nutre y prospera silenciosamente entre los dos; a él le encanta tocarla y a ella le encanta el cómo la hace sentir.
"Una necesidad", casi parecen ambos susurrar.
En un momento dado, Carol gira las caderas contra la mano invasora, pero Lincoln baja su otra extremidad y la coloca firmemente en su muslo, para detener sus movimientos. "Déjame hacerlo, por favor", es lo que dice, y de alguna manera eso solo la hace humedecer aún más. Él también lo siente, y besa su sien mientras su pulgar pasa fina y uniformemente por sobre su feminidad.
"¡Ah!", ella gime, se arquea y se estremece lo mejor que puede, con Lincoln aún inmovilizándola.
Está tan cerca del final, y cuando él desacelera sus dedos hasta casi detenerse, apenas moviéndose dentro de ella, exhala con leve y superficial frustración.
"Solo un poco más", musita él, rodeando su clítoris una, dos, tres veces, la punta de su dedo la roza suavemente y las piernas de la joven se doblan y desdoblan a placer.
"Lincoln…", canta ella su nombre.
"¿Ya casi?", pregunta el Loud, dibujando con sus dedos un cirulo perfecto alrededor del pequeño y rosáceo botón que corona con gracia el sexo de su amada.
Ella solo asiente en respuesta.
"Dime, Carol…", retoma la conversación Lincoln. "¿Qué quieres?"
"Por favor", suplica, en una tremulante exhalación. "Estoy tan cerca…"
"¿Tan cerca de qué?", la cuestiona él, vagamente consciente de que, en otra situación y en otro contexto, y al estar tan dispuesto a jugar con su persona, ella sin duda lo acusaría socarronamente de haber pasado ya demasiado tiempo con Becky.
"Lincoln" advierte Carol, con una firmeza que se desvanece en cuanto el recién mencionado aleja los dedos de su centro y los mueve a lo largo y ancho de su hendidura, apenas tocando sus pliegues, mientras su otra mano baja y aprieta ligeramente su muslo.
"¿Me decías?", intenta nuevamente Lincoln, en un tono engañosamente lúdico.
A su pregunta, ella trata de girar por segunda ocasión las caderas, pero él todavía la mantiene en su lugar. "Lincoln", deja escapar junto a un gutural suspiro. "Por favor", su voz tiembla. "Necesito... por favor".
"¿Por favor qué?"
Una tortura, eso es lo que es.
Pero ella puede oírlo en su voz; el ansia, la desesperación, lo mucho que quiere hacerla alcanzar el cielo.
Su palma apenas se desliza sobre su clítoris y ella casi grita. "¡Por favor!"
Él hunde sus dedos en su compañera mientras su pulgar presiona su clítoris, y luego la besa, con entereza y decisión, para aplacar los fuertes gemidos que de ella buscan escapar en el preciso instante en el cual el cuerpo y la mente de Carol simplemente se deshacen en una ya incontenible explosión de éxtasis.
"Misión cumplida", piensa Lincoln, orgulloso, moviendo sus dedos de lado a lado y de arriba a abajo, en un intento por extender en el dominio del tiempo el placer de la ensimismada joven.
Demuestra estar en lo correcto, cuando nuevos espasmos se entremezclan sutilmente con aquellos que aún no han terminado de existir. "¡Ah!", y también en lo incorrecto, según se valore, cuando ella rompe el beso, jadea presurosa por aire, y gira la cabeza hacia el otro lado después de algunas contracciones más.
"¿Estas bien?", la interroga él, con su pulgar aun moviéndose por sobre la intimidad de su pareja.
"Si", responde Carol, entre respiraciones agitadas. "Ya puedes detenerte", expresa después, como una ocurrencia tardía, mientras cierra los ojos y se apoya adormilada en el hombro del albino.
"Si es tu deseo", susurra Lincoln, sin ofrecer debate alguno.
"Gracias", prosigue ella.
"Es mi placer", replica él, al mismo tiempo que utiliza su otra mano para retirar el broche que mantiene prisionero el cabello de la fémina.
Carol sonríe automáticamente ante tal acción.
"Lincoln", lo llama a continuación, con seductora intención, apoyando su mano sobre su muslo derecho.
"No hay necesidad", asegura Lincoln; y ella se levanta y abre los ojos para buscar su mirada. "Más tarde", sugiere. "Ya casi es hora de almorzar y… sólo vine aquí por ti", explica, mientras aparta un mechón de cabello de su ruborizado rostro y lo coloca gentilmente detrás de su oreja. "Te ves hermosa con el cabello suelto".
Él le dice eso todo el tiempo y ella simplemente no se cansa de escucharlo.
"Te amo", entona Carol, besando suavemente sus labios.
"Yo también te amo", responde él, en voz baja; siendo ello lo último que, por los siguientes minutos, cierta pelirroja, de sonrisa naturalmente picara, que se ha encargado de que los dos amantes no fuesen interrumpidos en ningún momento, alcanza a escuchar.
~0~
Cuando Carol entra a su oficina, poco después de regresar del almuerzo, agita una carpeta de tonalidad vainilla y él arquea una ceja en gesto interrogante mientras se pone de pie. "Becky me atrapó en el pasillo y me dijo que te lo diera", explica ella, dejándolo caer sobre su escritorio.
Lincoln guarda silencio durante algunos segundos, antes de decidir hablar.
"Quieres decirme entonces que Becky debía traerme esto…", empieza él, observando a detalle el L×B garabateado intencionalmente en el borde inferior del objeto que ahora reposa con total indiferencia frente a su persona. "Y en lugar de hacerlo ella misma, ¿simplemente te lo dio a ti?"
"¿Qué puedo decir?", ironiza ella, encogiéndose de hombros. "No sé qué es lo que ronda por esa cabeza suya la mitad del tiempo".
"En eso podemos estar de acuerdo", ríe Lincoln.
"Además…", avanza Carol, hasta ubicarse entre el escritorio y el Loud de diente astillado. "Es una excusa tan buena como cualquier otra", declara, agarrando su cinturón.
Él le ofrece esa otra mirada antes de besarla, con ansia y pasión.
"Mm", un gemido se escapa la parte posterior de ambas gargantas, y ella aprovecha la oportunidad para desabrochar la hebilla de aquel cinturón con un rápido movimiento de su mano.
A continuación, Carol le baja la cremallera y, mediante un segundo movimiento orquestado por sus dedos, tanto pantalón como bóxer caen rápidamente al suelo.
"¿Esto va a ser algo normal ahora?", pregunta Lincoln, rompiendo breve y reticentemente el contacto entre sus labios. "Me será difícil concentrarme en el trabajo".
"Nos preocuparemos cuando, y solo si es que esto resulta ser un problema", dice la joven, cayendo de rodillas y empujándolo a él de regreso a su silla.
"Eso no es…", procura decir el peliblanco, un instante antes de que ella gire su lengua alrededor de su endurecido miembro. "Carol", se conforma entonces con gemir; y cuando él le quita por segunda ocasión el broche en su cabeza y pasa los dedos por su sedoso cabello, ella sonríe y arrastra su lengua a lo largo y ancho de su hombría.
Carol aparta la boca de su novio por un segundo y se relame los labios cuando él la mira directamente a los ojos. "Dime, Lincoln", lo enfrenta ella, mordiéndose seductoramente con los dientes el labio inferior. "¿Lento o rápido?"
"Ambos…", susurra el albino, totalmente embelesado, y es solo después de que su compañera regresa a su labor con una sonrisa plena, que se da cuenta que le ha ofrecido la mejor de las respuestas.
Entre más leo este relato, menos me gusta; sin embargo, en esta ocasión, no considero que ello se deba expresamente a lo que he escrito, sino que empiezo a considerar que la razón obedece más al como lo he hecho.
Y es que, entre relectura y relectura, se me hace cada vez más evidente que, durante ciertos momentos, la persona elegida no resulta ser la más adecuada para describir lo que aquí acontece, especialmente en algunos de los párrafos iniciales, los cuales considero componen la parte más débil de la historia.
O quizá si es la adecuada, y todo es producto de mi incapacidad para plasmar correctamente lo que en mi mente se desarrolla con perfecta claridad.
No sé, ¿qué piensan ustedes?
~0~
En todo caso, y para ofrecerles una mejor perspectiva, les diré también que, en algún momento, una versión más resumida de lo que ahora es este relato debía pasar a formar parte de una colección de drabbles, viñetas y one-shots que pormenorizarían la relación la Lincoln y Carol a través de una serie de momentos secuencialmente escalonados en el tiempo [proyecto #3, ahora pieza integral de algo que llamo el Beckyverse]; sin embargo, las ideas que se hacen demasiado extensas no siempre me llevan a buen término.
No obstante, en esta ocasión, la fortuna sonrió, y un día de julio, mientras retrocedía sobre mis pasos, encontré ciertos bosquejos a medio terminar, y aproximadamente una semana después, una vez recordé por qué había iniciado aquel proyecto en primer lugar, decidí completar el fragmento que luego utilice para construir la historia aquí presente.
Así que, al final, todo salió más o menos bien ¿no?
Excepto por la parte en la que la me desencanto cada vez más, y por la parte en la que la palabra nacarado me atormenta a cada oportunidad, pero bueno, esos son ya otros asuntos.
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Dicho esto, nos vemos en Halloween, para celebrar el cumpleaños de aquel pálido y no siempre bienaventurado lucero.
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Un saludo.
Dark's Loud Symphony.
