Disclaimer: Highschool DxD y el fanfic "el último super humano" no me pertenecen, todo el crédito a sus respectivos autores. Esta historia es un spin-off autorizado de este último y no busca fin ni compensación monetaria alguna.
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Capítulo 2
Sangre Derramada
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Campamento del T.D.C.
Junio, 1946
—… y puede que tengan dificultades para adaptarse, sobre todo ante la diversidad de los que estamos aquí, pero no se preocupen por ello. Cuando el entrenamiento haya terminado y empecemos a lidiar con los sobrenaturales, verán que lo único que tienen de diferente entre ustedes, más allá de sus caras, es una bandera en su identificación nacional. Ahora, sobre la primera fase de su entrenamiento, esta consistirá en-
—Señor, disculpe. —Un joven se acercó hasta el mayor Hernández de la Cruz, susurrándole algo al oído. Sin embargo, fue la apariencia de aquel soldado el que llamó la atención de los recién llegados: ¿por qué había miembros del ejército alemán entre las filas de aquella organización misteriosa? ¿No habían perdido la guerra? Sus preguntas fueron puestas de lado momentáneamente al ver la reacción del oficial que les recibiera.
—Me cago en… —Ojeó al grupo frente a él. Chasqueó la lengua, revisando sus alrededores rápidamente—. ¡Todos, atención! ¡Esperarán aquí hasta que yo u otro de los oficiales superiores vuelva! —Y, tras gritar aquello, desapareció de manera instantánea del podio donde se encontrara, arrancando murmullos sorprendidos tanto de los recién llegados como de los guardias por igual.
Pero ¿a qué se debía semejante apuro? Hernández apareció al lado contrario del campamento, donde comprobó como Verner Baum, el mago alemán, había separado a la fuerza con su magia a varios grupos con distintos uniformes, entre los cuales se ubicaba un pelotón de guardias alemanes equipados con porras. La tensión se veía en el aire, pero por primera vez en bastante tiempo esta tensión no era dirigida hacia los uniformados grises, cosa que agradeció internamente.
Aquello, en cambio, le preocupaba sobre qué había provocado el odio.
—¿Qué demonios pasó ahora?
—Más problemas de afuera, aunque por una vez no internacionales —respondió una voz a su lado. El español giró su cuello para encontrarse con Patinkin, observando también la escena—. ¿Recuerdas que desde marzo que ha habido choques entre las guerrillas comunistas y los gendarmes en Grecia? Pues ahora el gobierno lanzó una proclama y comenzó con el encarcelamiento masivo de simpatizantes. La cosa está fuerza de control.
—Ya, pero ¿eso qué tiene que ver con esto?
—En el grupo griego hay simpatizantes de ambos grupos, y suelen ser apoyados por los miembros de los países que los apoyan. Especialmente los soviéticos y británicos. —Patinkin suspiró—. Los políticos no nos la quieren dejar fácil, ¿eh?
—Bueno, ¿y qué hacemos?
—Probablemente encerrarlos hasta que Issei los haga razonar o los expulse.
—¿Expulsarlos? No llevamos ni medio año. Pintaría una muy mala imagen.
—Cierto. Agh, vaya suerte. Por esto odio la política.
En lo que Patinkin se rascaba la parte posterior de su cabeza, el general Hyoudou arribó a la escena. En parte por el respeto ganado por parte de la tropa arribada en los primeros meses, con su sola presencia las agresiones (o intentos de estas) se redujeron, con varios soldados colocándose en posición de firmes (cosa a la que ayudó el que el asiático llevara, por alguna extraña ocurrencia, un uniforme militar en lugar de sus típicas ropas civiles). Este intercambió unas palabras con Baum y algunos de los soldados, tras lo cual sus instrucciones fueron claras.
—Teniente Borch, arreste a los cabecillas en la zona penitenciaria y libere al resto.
—Como ordene, general.
El alemán se llevó la mano a la sien y empezó a repartir órdenes. Las reacciones, sin embargo, no fueron del todo amables, sobre todo en el grupo griego, donde uno de sus líderes continuó buscando crear conflicto.
—Claro, siempre los alemanes. ¡Oye fascista, creo que se te cayó algo!
—¿Y qué sería eso, lacra?
—¡Tu führer, traidor de mierda!
—¡Silencio, maldito comunista!
Dos tiros resonaron en el aire. El silencio se hizo presente en lo que las miradas se desviaban hacia Borch, quien tenía su pistola apuntada al cielo. Aprovechando la conmoción, Issei repitió sus órdenes.
—Los cabecillas a la zona penitenciaria.
Esta vez, nadie se opuso. Los griegos partidarios de cada lado del conflicto fueron guiados a lugares separados por los grupos pertenecientes a los países que les apoyaban y pronto la calma había vuelto al campamento. Los tres altos mandos se acercaron a Issei, quien se encontraba masajeándose el entrecejo.
—Cuando menos la frecuencia de estos incidentes está decreciendo —comentó Baum, iniciando la conversación.
—Va a ser complicado trabajar con los griegos cuando su país está entrando a una guerra civil. ¿Deberíamos enviarlos de vuelta? —sugirió Patinkin, pese a haber ya discutido el asunto con Hernández. Issei negó con la cabeza cansinamente.
—No, eso hará las cosas peor. Pero si pediré que dejen de enviar voluntarios de Grecia hasta que el asunto esté zanjado. En cuanto a los que ya tenemos aquí, tendremos que asignarlos de manera diversa para que el impacto de sus diferencias se vea disminuido. Verner, ¿puedes encargarte de eso?
—Le indicaré a nuestro cuerpo administrativo que trabaje en el caso.
—Perfecto.
—Eso me recuerda, ¿por qué andas de uniforme? Creí que preferías las ropas civiles.
—Las prefiero, pero me exigieron presentarme con uniforme en la reunión que tuve con representantes de las Naciones Unidas hoy.
—Usualmente ignoras el código de vestimenta.
—Usualmente no me piden expresamente que siga un código de vestimenta ni tengo a mi cargo una excelente iniciativa que depende de terceros con agendas conflictivas.
—Touché.
—¿Y bien? —preguntó Hernández, cruzándose de brazos—. ¿Qué querían los de la ONU?
—En pocas palabras, quieren que lancemos las tropas al campo. Así de simple.
La revelación les pilló por sorpresa, a la vez que los dejó confundidos. ¿Ir ya a luchar con los soldados que entrenaban? Había pasado muy poco tiempo, incluso menos que el usado por el T.D.C. original para prepararse.
—¿En serio?
—Sí. Les dije que no estábamos listos, pero estoy seguro de que insistirán pronto de nuevo.
—¿No les dijiste que el tiempo para prepararlos ha sido muy poco? Digo, comparado con el que tuvimos, no se hable de la intensidad…
—Fue mi primer argumento, pero, según ellos, al enfrentarnos a grupos sobrenaturales reducidos, dispersos, más débiles y no coordinados entre sí, no deberíamos tener problema con nuestros números actuales. Tienen listo hasta las identificaciones que usaríamos para operar en la Europa ocupada.
—Tienes que estar de coña…
El grupo meditó durante varios segundos, cada uno sumido en sus pensamientos.
—Ya me encargaré yo de eso, tenemos otras reunión agendada para dentro de una semana. Hablando, ¿ustedes no tienen nada mejor que hacer que comentar mis desgracias políticas?
—¿Algo que hacer? No que yo sepa… —Hernández abrió los ojos desmesuradamente, al tiempo que chocaba su puño con la palma contraria—. ¡Mierda, los nuevos!
Y desapareció nuevamente usando su habilidad, entremedio de las risas del resto.
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Ginebra, Suiza
Días después…
—… como le decía, general Hyoudou, es imperativo que empiece a hacer rondas de combate. Puede que la guerra haya acabado, pero no por eso las actividades sobrenaturales lo han hecho. El continente está en paz, pero gracias a la ruina y destrucción no hay fin a las criaturas que intentan aprovecharse del caos.
—Y yo les repito que las tropas no están listas. Si lo que quieren es sumar cuerpos al número sacrificado en esta lucha lo entendería, pero su objetivo es asegurar Europa, no regalar soldados entrenados para que los sobrenaturales reencarnen para sí mismos.
—¿Y no puede usar al T.D.C. original para sus patrullas?
—Solo quedamos seis de la unidad original. No podemos cubrir tanto terreno de manera eficaz, sin mencionar que debemos entrenar a los soldados.
—¿Y por qué no llama de vuelta a los supervivientes del grupo original?
—Respeto su deseo de vivir una vida normal, y eso es algo que no negociaré. —Se cruzó de brazos para remarcar su punto. El representante francés lanzó un bufido por lo bajo antes de reclinarse en su asiento, ambos vigilados de cerca por los otros representantes.
La reunión con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas era un quebradero de cabeza para Issei. Solo se encontraban cinco de sus once miembros, pero era suficiente para provocar que quisiera estrellar su cabeza contra una mesa. Repetidamente.
Ahora entendía la frase que murmuraba numerosas veces Hernández.
Aunque aún guardaba silencio, sentía claramente el resentimiento en la mirada del representante francés. Supuso que no podía culparlo: el país estaba reconstruyendo no solo su ejército, sino que la nación completa tras la ruina dejada atrás por la guerra. El bombardeo aéreo aliado y los combates contra los alemanes se habían cobrado su paso por el territorio, y ante aquel estado tan vulnerable era entendible que no pudieran dedicar muchos recursos a combatir grupos sobrenaturales, por muy dispersos y débiles que estos fuesen. Si los rumores eran ciertos, ni siquiera podían mantener el orden civil eficazmente.
Lo que era un problema compartido por toda Europa y Asia, pero era Francia quien estaba enfrente suyo reclamándole. Aunque entendible, no le era agradable, al igual que el uniforme de general estadounidense que se veía forzado a usar en aquella ocasión. Sentía que la corbata le asfixiaba, pese a estar perfectamente ajustada a su cuello. El representante de los Países Bajos, al cabo de un rato, tosió sobre su puño para llamar la atención del grupo, retomando la palabra dejada en el aire.
—El general Hyoudou ya ha dejado en claro que no es posible, por ahora, el movilizar a las tropas para lo que requerimos. —"Por ahora", repitió Issei en su cabeza. Frunció el ceño: aun no renunciaban a obligarlo a enviar a los soldados a luchar pronto—. ¿Podríamos, mientras tanto, repasar la composición del grupo?
El general recordó que el Consejo de Seguridad no tenía más que una burda estimación de sus fuerzas reales, y quizás eso jugara una parte en el forzarlo a enviar a morir a sus hombres. Decidió que era mejor aclarar aquel malentendido lo antes posible.
—Si bien comparado al T.D.C. original suena como mucho, la calidad del entrenamiento y medios disponibles hacen que el poder total sea menor comparado al de 1941 —informó—. Tenemos actualmente mil quinientos hombres en la fuerza de combate, siendo mil doscientos provenientes de los países aliados y trescientos provenientes de prisioneros alemanes, todos ellos revisados de antemano por una comisión de las Naciones Unidas respecto a crímenes de guerra. Los primeros cuatrocientos pasarán pronto a la segunda fase de su entrenamiento.
—¿Eso es todo?
—Tenemos además doscientos alemanes que funcionan como guardias del campamento, equipados con porras y pistolas. Además, hay cincuenta personas más que hacen laboras administrativas, de todas las naciones.
—¿No ha habido resistencia o… "incidentes" con los alemanes en su unidad?
—Solo tuvimos un incidente en el primer mes. Tuvimos que usar un poco la fuerza, pero logramos hacerlos entrar en razón. La mayoría está feliz de tener tres comidas al día.
—Ya veo…
Parecía que buscaba cualquier excusa para castigarlos. No podía decir que le extrañara: había escuchado que el jefe de la ocupación alemana en los Países Bajos prefirió que el país muriera de hambre en invierno antes que rendirse adelantadamente durante la guerra.
—Dígame, general Hyoudou… —quien había hablado ahora era el representante soviético. Issei había notado al iniciar la primera reunión que todos los representantes presentes eran de países europeos, lugar donde trabajaría temporalmente el T.D.C. en sus inicios. No era una coincidencia—. … ¿Cree que parte de esa desventaja sobrenatural sobre sus hombres pueda ser paliada con números?
¿Planeaba usar tácticas de olas humanas? Sería una masacre, pero era también era una oportunidad para conseguir que le entregaran más integrantes. Debía jugar bien sus cartas.
—Si bien no es lo único necesario, tener más manos sí ayudaría a enfrentarse a los demonios y ángeles caídos abrahámicos, que son los que más rondan por Europa. Nos permitiría tener una mayor reserva y organizarnos mejor.
No hubo mayor respuesta que un asentimiento, pero el rostro de victoria del representante soviético no terminó de agradarle en absoluto.
—Creo que hemos discutido todo lo necesario por hoy, ¿no es así? —El representante polaco dio un par de palmadas en el aire, llamando la atención del resto. Issei razonaba que él hubiera preferido que el Vaticano se encargara de la protección sobrenatural de su país natal (y varias veces había sugerido unir fuerzas con Roma, siendo rechazado por el ruso), pero al haber quedado bajo la esfera de influencia soviética sus fichas tuvieron que ir, forzosamente, hacia el incipiente T.D.C—. ¿A menos que el general tenga algo más que quiera discutir?
Se llevó la mano al mentón. ¿Había algo más que discutir…?
El incidente ocurrido hace poco en el campamento le llegó a la mente en un parpadeo.
—De hecho, sí, sí lo hay. —Su respuesta atrajo la atención del resto de los presentes—. Es sobre los voluntarios traídos desde Grecia. El país, como saben, está en guerra civil desde inicios de este año. Hemos ya tenido un incidente relativamente grave respecto al asunto en los soldados de origen griego en nuestra organización.
—¿Desea devolver a esos soldados a su país?
—No, claro que no. —La sola idea de tener soldados con entrenamiento sobrehumano peleando en el conflicto civil, con los horrores que aquello solía conllevar, no era una idea agradable en absoluto—. Pero sí me gustaría que suspendan el arribo de nuevas delegaciones griegas hasta que el asunto de solucione. —Observó de reojo al representante del Reino Unido. Este no hizo mucho por reacción, pero notó su atención sobre el asunto—. Eso sería todo.
—Entiendo… veremos que se puede hacer respecto a eso. ¿Algo más? —El representante soviético miró a todos los presentes por unos segundos—. ¿No? ¿Nadie? Bien, con esto damos por terminada la reunión. General, señores, puede retirarse. Yo me encargo de la cuenta.
Issei no perdió tiempo en reunirse con Patinkin, que le esperaba en calidad de guardaespaldas y ayudante junto a la puerta, para alejarse del bar en dirección a las afueras de la ciudad.
—Pensé que exagerabas cuando mencionaste lo del Consejo de Seguridad, pero veo que son tan cabezotas como decías —le comentó el estadounidense con sorna. Issei rodó los ojos.
—Y eso que hoy estaban civilizados. Juro que hay veces que se comportan como niños.
—¿Y no seríamos todos niños para ti?
—¿Qué insinúas?
—Oh, nada, es solo que, ya sabes… cuando uno vive tres mil años…
No le tomó mucho al general el notar que su subordinado y amigo le estaba diciendo viejo de la manera más sutil que se le ocurrió, por lo que no atinó a otra cosa que teletransportarse al campamento apenas el dúo escapó a la visión de los transeúntes, dejando al major abandonado a su suerte.
—… tienes que estar de broma…
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Campamento del T.D.C.
—Felicidades, banda de inadaptados con gatillo suelto, por fin se han graduado de la primera fase de su entrenamiento. Puede que sus músculos les griten por una semana de descanso, pero créanme cuando les digo que eso les va a salvar la vida. Ahora no se dan cuenta, pero cuando vayan frente a frente contra enemigos sobrenaturales el poder correr más rápido que sus pares o saltar más lejos de lo pensado les salvará el pellejo —comentarios cansinos en voz baja respondieron a las palabras de Patinkin, quien no dejó que eso quitara la sonrisa confiada de su rostro—. Además, la mayoría de ustedes logró readaptarse al uso de armas de fuego contra enemigos que superan los límites físicos de los humanos, y sus reflejos han aumentado considerablemente. Ahora, por ende, comenzaremos con la segunda fase de su entrenamiento: la práctica.
Cejas alzadas fueron la respuesta a Patinkin. La actitud hubiera sido impensada de ellos cuando arribaron al lugar, ya varios meses atrás, pero ante la falta de sargentos exigiendo disciplina constantemente, cosas como gestos y comunicación algo más informal habían vuelto a aparecer entre los soldados.
—Durante los siguientes tres o cuatro meses pondrán en práctica todo lo aprendido de manera combinada. Lucharán contra autómatas que se mueven con magia, entre ustedes en equipo e incluso contra nosotros, los instructores, si lo consideramos necesario. Lastimosamente el tiempo nos apremia, por lo que no será tan profundo como queramos… así que lo compensaremos con dolor extra. ¿Quedó claro? —Varios quejidos se oyeron provenir de la formación de cuatrocientos hombres, lo que llevó al norteamericano a alzar la voz—. ¡¿Quedó claro, banda de sabandijas?!
—¡Señor, sí señor!
—¡Al campo de práctica, tienen cinco minutos para formar escuadrones!
En la mitad del tiempo ya había grupos definidos. Patinkin sonrió para sí mismo en lo que empezó a asignar tareas: el general y su esposa ya habían arreglado todo. Figuras humanas hechas de tierra aparecieron desde el suelo, provocando reacciones diversas en los soldados, y empezaron a moverse alrededor de ellos. El major vociferó su siguiente instrucción.
—¡Aaaaa-tención! —Las cabezas se giraron en su dirección, expectantes—. ¡Hay, escondidas en esta zona, diez bolsas con armas para un escuadrón cada una! ¡Van a tener que competir entre ustedes para encontrarlas, asegurarlas, y derribar los autómatas de tierra! —A medida que hablaba, las figuras mágicas empezaron a aumentar la velocidad y realizar otras maniobras físicas, como saltos de gran altura, deslices a ras de suelo e, incluso, planear por el aire, deformando su cuerpo para ello. Patinkin sabía que el general debía estar con una cara divertida donde fuera que estuviera observando el entrenamiento—. ¡Pueden usar los medios necesarios, los puños si los creen útiles, para destruir los autómatas! ¡Los cinco escuadrones que maten más tendrán doble ración al almuerzo!
Los soldados se tensaron, piernas listas para salir corriendo y brazos dispuestos a quitar de en medio a quien se cruzara. Los sargentos ya estaban delegando órdenes a sus subalternos, todos escaneando el terreno en busca de las dichosas bolsas de armas. Algunos, por el contrario, observaban las figuras, más que dispuestos a medirse contra ellas con sus puños. La promesa de más comida era tentadora, y no tenían problema en esforzarse si eso suponía un estómago más lleno.
—¡¿Preparados?! —Sus músculos se crisparon, todos atentos—. ¡¿Listos?! —Se observaron los unos a los otros, intentando adivinar por donde se movería el resto. Un pocas gotas de sudor cayeron por sus frentes—. ¡Ya! ¡Muevan el culo manga de nenazas!
En un parpadeo, el caos había comenzado. Los soldados de diversas nacionalidades se empujaban entre sí, empujaban e insultaban en busca de las armas prometidas, unos pocos probando suerte sin armas contra los autómatas cercanos. Tácticas de equipo se vieron casi de inmediato, con algunos escuadrones formando barricadas de hombres para que otros de sus miembros buscaran sin interrupciones. Grupos de "ataque" se juntaban para romper dichas barricadas, apoyándose entre sí para saltarlas o estrellándose con fuerza en sus lazos débiles. Los que supieran algún arte marcial usaban llaves y técnicas para quitar de en medio a sus contrincantes, y no tomó mucho que los primeros disparos se oyeran.
La primera bolsa fue hallada por un escuadrón estadounidense, uno formado por cazadores si Patinkin mal no recordaba. Habían revisado el terreno con suma eficacia y se hicieron con una bolsa con fusiles de cerrojo, con los cuales montaron un perímetro desde el cual derribaban cualquier blanco que pasara cerca de ellos. Esto motivó al resto, haciéndose más frenética la búsqueda de armas. En los próximos minutos el número de disparos se multiplicó, con los blancos reapareciendo cada cierto tiempo. También, a los cinco minutos de haber encontrado armas, Patinkin los obligaba a devolverlas, volviendo a esconderlas con ayuda de Baum, que había llegado a asistir. Así, el sistema constante de búsqueda, competencia y disparos se mantuvo durante una hora.
Era cerca del mediodía cuando el ejercicio terminó, con la mayoría de los soldados alegre. Si bien ninguno tenía las capacidades sobrehumanas de sus instructores, sí habían mejorado notoriamente respecto a cuando llegaran, cuando ya tenían mejor estado físico que la mayoría de los soldados de sus ejércitos, y se notó en las maniobras hechas en la competencia. Los escuadrones premiados fueron de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, la Unión Soviética y Yugoslavia, los que, para agrado de sus instructores, lograron formar algo de camarería al ser forzados a sentarse juntos para recibir el rancho. Con esa primera experiencia, la segunda fase del entrenamiento de aquellos cuatrocientos hombres había comenzado con el pie derecho.
Issei Hyoudou, mientras tanto, recibía en la tienda de mando una carta enviada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Si bien su reacción al empezar a leerla fue aliviada, a medida que llegaba al final su gesto se agrió. Echó mano del calendario junto a su catre de campaña, contando los días. Suspiró, sacando hojas de papel, sobres y una lapicera, sentándose en su escritorio.
Tendría que reclutar más ayuda.
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Una semana después…
—¡Muy bien, señoritas, atención! ¡El general tiene unas palabras para ustedes!
—¿No te gusta demasiado creerte sargento?
—Bueno, soy un instructor y ellos mis instruidos, así que…
—Sí, sí, lo que sea. Lo que sí, para la próxima gritas lejos de mi oído, ¿quieres? Ya estoy mayor para tus estupideces.
—¡Pffft!
Patinkin intentó contener la risa ante el comentario de Baum, terminando con carcajadas abiertas. El coronel alemán giró los ojos para desviar su atención a la pequeña plataforma desde la cual Issei se comunicaría con el pequeño regimiento que era el T.D.C., que en esos momentos terminaba de formarse. El general había vuelto a usar un uniforme de general militar, comprendiendo que, mientras reclutaran gente de origen castrense, una primera impresión con el uniformado era mucho más eficaz para hacerlos obedecer rápido.
—Seré breve, dado que el tiempo apremia —empezó, cruzando sus manos tras la espalda en una postura derecha, aunque relajada. Su voz era aumentada tanto por el efecto del valle encerrado como por un pequeño hechizo en su garganta, aunque mucho más controlado que el touki que usaba Patinkin para hacerse oír con los reclutas—. Tendremos una serie de cambios, muy acelerados para mi gusto, pero que vienen presionando con mucha fuerza desde las Naciones Unidas.
Murmullos atravesaron el cuerpo, pero fueron rápidamente callados por órdenes de los oficiales superiores del cuerpo.
—Primero, los contingentes de refuerzo de las Naciones Unidas van a aumentar a trescientos hombres por mes. Esto nos confirma que creen en nuestra causa, y han decidido darnos más recursos humanos incluso cuando los ejércitos se encuentran en desmovilización masiva.
Comentarios alegres fueron compartidos brevemente. Para la mayoría era algo que apenas cambiaba las cosas, pero el que su esfuerzo fuera reconocido por algo más que sus instructores entregaba cierto sentimiento de alivio.
—Segundo, hoy se unirán dos instructores nuevos a nuestras filas. —Esto llamó la atención de todos, que guardaron silencio para escuchar al japonés—. Los capitanes Edwin Tremblay y Mirko Bukóvic, de Canadá y Yugoslavia respectivamente, formaron parte del T.D.C. original bajo mi mando, y han accedido a volver a unirse para ayudarles a entrenar y prepararse a lo que viene. Sé que unos pocos de ustedes son también capitanes, pero voy a dejar en claro que aquí, en esta unidad, ellos están arriba en la jerarquía. ¿Entendido? —Un murmullo afirmativo recorrió la formación—. El capitán Tremblay tomará a su cargo la instrucción de tácticas de combate de infantería, mientras que el capitán Bukóvic estará a cargo de las prácticas de tiro. Además, yo me encargaré personalmente de los ejercicios físicos, y los mayores Patinkin y Hernández de los entrenamientos combinados para los que estén en la segunda fase. El coronel Baum asumirá la administración del campamento en sí. ¿Entendido?
Algunos tuvieron curiosidad, pero la mayoría asintió o gruñó afirmativamente. Issei se masajeó la frente antes de continuar, consciente del efecto que tendrían sus palabras en gente que ignoraba las realidades de sus futuros oponentes.
—Y tercero, el Consejo de Seguridad ha mandado que enviemos un grupo a combatir a unos sobrenaturales hostiles en la zona centro-occidental de Austria, cerca de aquí. —Como predijera en su mente, excitación y emoción recorrieron las filas a la velocidad de un rayo. Todos estaban emocionados ante la de idea de, por fin, combatir de nuevo, en especial contra el enemigo por el que habían entrenado hasta el cansancio los últimos meses—. Hablo por todos los instructores aquí cuando digo que creo que no están listos, pero es cierto que ustedes, ahora, al menos tienen una oportunidad de supervivencia si lo comparamos a unos meses atrás. Se escogerá a cuatro escuadrones para formar un primer pelotón de combate que saldrá de aquí en una semana rumbo a Austria, solo con gente en la segunda fase del entrenamiento. Eso es todo, pueden retirarse.
La emoción de los soldados era alta. No así la de sus instructores. Aun así, ante la promesa de salir pronto al campo, los resultados de los entrenamientos fueron en subida, así como la moral de los que estaban en la segunda fase del entrenamiento. Issei revisaba continuamente los documentos que le entregaran, indicando el enemigo: un grupo reducido de demonios abrahámicos, cerca de media docena, que realizaban contratos escrupulosos, robaban bienes de las familias rurales y afectaban a la población local, aprovechándose de la severa crisis alimenticia que atravesaba el país. El lugar era por las montañas centrales de Austria, ligeramente hacia el oeste, algo que favorecía grupos reducidos. Cambió a la lista de personas en entrenamiento, observando las fortalezas de los diversos soldados. Solo esperaba que la cosa no saliera mal…
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Austria Central
Julio, 1946
—Buscamos este pueblo. ¿Sabes dónde está?
—No, señor, pero sí otros de la zona. Unos cuantos kilómetros al sur y estará cerca.
—Entiendo. Muchas gracias, sargento.
—Suerte en su misión, capitán.
Patinkin se llevó la mano a la sien, devolviendo el saludo del sargento de la guarnición estadounidense, antes de volver con su pelotón y seguir con su camino. El grupo, que totalizaba 42 hombres del aun informal T.D.C., se aventuró por las montañas alegremente, comentando entre ellos cómo "acabarían con los sobrenaturales" y "los echarían de vuelta al inframundo." Raymond tuvo que menear la cabeza, contento de que el ánimo estuviera alto, pero preocupado ante lo que encontrarían. Había tomado la decisión de moverse por zonas sin mucha población, en un intento (hasta ahora exitoso) de evitar que el grupo interactuara con la población local.
Tenía cuatro escuadrones bajo su mando, cada uno de un país distinto: británicos, con diez hombres, soviéticos, con nueve, alemanes, con diez más, y estadounidenses, con doce. Por simplicidad, y ante la falta de una estructura organizacional propia del T.D.C. para acomodar tanta gente, se decidió que cada país usaría sus formaciones propias de momento, motivo por el cual la cantidad de soldados por nacionalidad era dispareja. Un grupo tan heterogéneo llamaría la atención de cualquiera que notase sus diferentes características, y por ende buscaba ocultarlo del ojo público.
La elección no había sido al azar, tampoco. Estaban en la zona de ocupación estadounidense, pero cerca de la británica. El grupo alemán dominaba el idioma local a la perfección, siendo que eran hablantes nativos, y con el escuadrón soviético podía decir que era una misión conjunta de las tropas ocupadoras. La elección de este último fue controversial ya que, según las advertencias de las Naciones Unidas, la situación en el país se caldeaba lentamente.
A inicios de año, el partido comunista en Austria fue derrotado en las legislativas independientes autorizadas por los aliados: apenas obtuvieron un 5% de los votos, en oposición a la coalición demócrata que obtuvo el 90%. Además, las tropas de ocupación soviéticas llevaban ya varios meses saqueando y expropiando cualquier negocio en su zona que fueran rentable, y los casos de abuso sexual no habían disminuido desde el fin de la guerra (según algunos, aumentaban en su lugar). Y para empeorar el asunto, aunque esta vez no fuera culpa de los soviéticos, el país pasaba por una hambruna, dependiendo de envíos de comida hechos por la ONU, y los británicos habían obligado al gobierno a ceder una región germanoparlante a Italia, lo que encendió protestas a lo largo del país.
Sacudió la cabeza para despejarse del asunto y volvió a la misión. Caminaron varios kilómetros, adentrándose en las montañas, con los ojos abiertos y los oídos atentos. Arribaron al siguiente pueblo en cosa de un par de horas, con Patinkin, escoltado por el escuadrón americano, yendo a entrevistarse con el comandante de la guarnición local. Este fue más preciso en sus instrucciones, advirtiéndoles, además, de que eran el último grupo militar que encontrarían.
—¿Y eso? —preguntó Raymond, una ceja alzada.
—Por lo que escuché, el gobierno austriaco no puede pagar la mantención de tantas tropas. Empezarán a sacarnos de los lugares aislados como este y enviarnos a las ciudades, quizá para disminuir costos.
—Ya veo. Nos vemos.
—Suerte, capitán.
Abandonaron el lugar a paso firme y montaron campamento en un claro, ya adentrados en las montañas. El grupo, gracias al cansancio de la marcha, logró dormir pese a la emoción que los embargaba, y continuaron su trayecto al amanecer. Era cerca del anochecer cuando por fin lograron llegar a su destino, un pueblucho escondido entre montañas cuyos habitantes no podrían haber más de un par de centenares.
Grande fue su sorpresa al encontrarlo destruido.
—¿Qué demonios…?
—Atentos. Todos preparen sus armas y vigilen sus alrededores. Iré a explorar el lugar.
Patinkin avanzó a paso cauteloso, explorando las desoladas edificaciones de lo que normalmente hubiera sido un tranquilo pueblo. Estaba desierto, ni siquiera hallando cadáveres. Las estructuras no tenían grandes daños, salvo sus puertas violentadas, y algunos rastros de sangre podían visualizarse saliendo de estas. Tensó su mandíbula: no era de creer en los estereotipos sobre los demonios abrahámicos, pero no podía negar que la situación era muy indicativa a cierto tipo de crueldad. También, sabiendo sobre su enemigo, era posible que hubieran reencarnado a algún lugareño contra su voluntad, aunque lo dudaba. Una masacre era más probable, pero… ¿por qué?
Volvió pronto donde sus hombres, hallándolos en cuatro formaciones circulares vigilando sus alrededores, cubriéndose entre sí.
—El lugar está desierto. No hay ni restos humanos. No me gusta para nada.
—¿Qué haremos entonces?
—Nos dividimos y exploramos el pueblo y alrededores. Si encuentran algo pidan apoyo de inmediato: no solo no sabemos a cuantos nos enfrentamos, sino que además desconocemos sus capacidades. Además, estamos demasiado aislados de la civilización como para recibir cualquier tipo de apoyo. Usen bengalas para comunicarse de ser necesario.
—Entendido. ¿Cómo nos distribuiremos?
Patinkin analizó los distintos escuadrones. Usaban armas y formaciones de sus respectivos países, y eso les daba capacidades diversas, pero la tarea frente a ellos no dejaba demasiada oportunidad de explotarlas a su mayor capacidad.
—Scott, revisen el pueblo casa por casa. Borch, busca un punto en altura cercano e instala la ametralladora de tu escuadrón, vigila nuestros alrededores. Adams, Andreev, por el norte y sur del pueblo. Ojos atentos y reporten cualquier cosa sospechosa que encuentren.
—¡Sí señor!
Los grupos se separaron pronto, cada uno a su destino. Patinkin se unió al grupo norteamericano del first lieutenant Adams, más que nada por familiaridad, en lo que el escuadrón alemán liderado por el oberleutnant Borch se aventuraba hasta una pequeña elevación al sureste desde la cual observar con relativa facilidad el área. Los soviéticos del starshiy leytenant Andreev desaparecieron con suma facilidad por entre el follaje, mientras que los británicos del first leftenant Scott comprobaban, casa por casa con bayonetas caladas, el abandonado pueblo. Patinkin se mordió el labio. No era la primera vez que se encontraba en una situación así, y de seguro sus hombres tampoco, pero sí era la primera vez que sus subordinados lo hacían con un enemigo sobrenatural. Esta ansiedad no era buena. Tomó una respiración profunda y lideró a su grupo, apartando el follaje mientras avanzaba. Su arma tenía el hechizo pasivo anti-magia de Issei, pero el grupo aun no contaba con este debido a los experimentos que el milenario ser aun realizaba. Solo podía esperar que las cosas salieran bien.
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Las cosas no salieron bien. Ese fue el pensamiento del general Issei Hyoudou al recibir el mensaje de su subordinado, capitán Raymond Patinkin. El hombre estaba con un yeso sujetándole el brazo, su hueso roto. El estadounidense tenía un semblante derrotado: sentía culpa por el resultado de la operación, por las vidas perdidas, por el desastre que eso supondría para las posibilidades del T.D.C., y por su propia herida. El general apoyó su mano sobre el hombro sano de su subordinado, en un gesto amigable, antes de indicarle su catre. Entendió el gesto y tomó asiento, dándole el tiempo de respirar profundamente, en lo que el general servía dos vasos de agua.
—¿Qué pasó?
—… una masacre. Eso pasó.
—Tendrás que ser más específico que eso.
—Lo sé, lo se. Es solo que… es tan frustrante. Estos ni siquiera eran sobrenaturales tan poderosos. Durante la guerra, acabarlos habría sido cosa de unos minutos, o algo así. Y, además, no perdimos a nadie después de aquella batalla final cerca de Berlín. Y no es solo eso: con mi nivel debería haber podido encargarme de esos demonios sin problemas. Y estuve a punto de hacerlo.
—¿Pero?
Raymond dio un gran suspiro, relajando sus adoloridos músculos.
—Creo que no los preparamos lo suficiente.
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Austria
—¿Algo nuevo?
—Nada, teniente. La primera mitad del pueblo está despejada.
—Continúen con las siguientes casas. Está anocheciendo, y revisar este decrépito lugar a oscuras no es de mi agrado. Cabo, tome media escuadra y revise el lado norte.
—¡Sí señor!
Los soldados británicos continuaron con su labor de revisar casa por casa, cada vez más confiados, y a la vez decepcionados, con sus resultados. El lugar estaba vacío, desprovisto incluso de los aldeanos, y si bien no dejaba de tener un aura tenebrosa gracias a la falta de fuentes de luz en la zona (complementadas por el sol que empezaba a desaparecer entre las montañas), no tenían problemas en continuar rápidamente con la búsqueda. No era el primer pueblo que revisaban en esas condiciones, y sus movimientos lo demostraban con creses.
El cabo británico, acompañado de cuatro soldados, revisó otra casa, sus acompañantes apostados en el exterior. La entrada estaba vacía, la sala de estar y la cocina, también. Revisó el dormitorio principal, el que halló vacío. Sin más que ver, se dirigió al último dormitorio de la residencia. Fue lo mismo que el resto de las casas, seguro que esta también estaría vacía, ¿verdad?
La puerta estaba junta. La empujó abierta con su bayoneta, poco importándole el destrozado manojo, escaneando el lugar de una ojeada. Pese a la ventana que proveía un poco de iluminación natural, el lugar estaba a oscuras. Vacío. Estaba por marcharse cuando sus nervios se crisparon, su arma girando hacia donde escuchó la madera del piso crujiendo.
Unos ojos brillantes, sumidos en la oscuridad, le robaron el arma del cuerpo.
—¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!
Los cuatro soldados, alertados por el grito, entraron como una manada furiosa el lugar, escaneando sus alrededores. Se aproximaron lentamente a un dormitorio, de donde provenían ruidos extraños, sus armas elevadas y sus dedos en los gatillos.
Sus vellos se erizaron cuando un distintivo sonido, uno con el que eran familiares, llegó desde el otro lado de la puerta.
El sonido de carne siendo desgarrada.
XXXXX
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
¡BOOM!
El teniente británico, al otro lado del pueblo, escuchó los disparos de inmediato, perdiendo poco tiempo en reagrupar a sus hombres y dirigirlos hacia el origen del ruido. A mitad de camino, sin embargo, halló a dos de sus hombres, ambos corriendo en su dirección con las expresiones más llenas de temor que hubiera visto en una persona. Plantándose en medio del camino, logró frenarlos con un grito.
—¡Alto! ¡Deténganse, maldición!
Con ayudo de su mitad del grupo detuvo a los dos soldados, ambos respirando fuertemente en lo que recuperaban la voz. La situación no le gustaba para nada.
—Soldados, ¿qué carajos pasó?
—Hah… hah… e-es… un de-demonio… s-señor… ¡es un demonio! ¡Nos matará a todos! ¡Ya tiene al cabo y a los otros, y es solo cuestión de tiempo que nos mate a todos! ¡Tenemos qu- Agh!
Una bofetada cayó al hombre en pánico, logrando este calmarse al cabo de unos segundos. Su compañero recibió un trato parecido. Ambos lograron recomponerse lo suficiente como para volver a estar erguidos, pero el temblor con el que sostenían sus armas sugería que aun no terminaban de superar lo que fuera que les pasara.
—Soldado, informe. ¿Qué demonios pasó?
Ambos se miraron entre sí, claramente alterados, hasta que uno tragó saliva y empezó a explicar.
—E-el cabo entró a una casa para revisarla, y el resto no quedamos en la entrada. Escuchamos un grito y entramos al lugar, listos para disparar, p-pero… escuchamos unos sonidos raros, como el que hace un cuchillo al clavarlo en el cuerpo, y… y…
—¿Y qué, soldado? —Fue su compañero el que respondió.
—Un par de ojos brillantes apareció en una de las puertas. Sus mandíbulas tenían sangre, sus manos eran garras, el cuerpo del cabo estaba bajo… eso, muerto. D-disparamos de inmediato, pero se abalanzó sobre nosotros. Mató a uno antes que nos diéramos cuenta. Atravesó el pecho del otro, pero él logró sacar una granada antes de morir. N-nosotros… nosotros huimos. Íbamos a morir… morir…
¡PLAF!
Otra bofetada se oyó, el soldado recuperándose de su mirada perdida al sentir el ardor en su mejilla. Confundido miró a su oficial, quien llevaba fiereza en el rostro.
—Nos enfrentamos a algo desconocido. Puedo perdonar que se retiren una vez, pues era una situación perdida, pero no habrá piedad si huyen de nuevo. En el ejército de Su Majestad no necesitamos cobardes. —Ambos soldados tragaron saliva, temerosos—. ¿Quedó claro?
Ambos asintieron, llevándose la mano a la sien.
—Sí, señor.
—Bien. Ahora vamos a ver esa cas-
Un disparo sordo interrumpió su orden. En el cielo se elevó una columna fluorescente, una bengala, que alcanzó cierta altura antes de estallar e inundar de luz el lugar como si fuera un sol en miniatura. Así, sobrecogidos todos, lograron observar a contraluz la forma humanoide con alas de murciélago que flotaba a gran altura sobre ellos, mirándolos hacia abajo con unos ojos carmesí brillantes. No los miraba a ellos, en lugar enfocándose en el punto de origen de la bengala. Varios disparos empezaron a oírse a la distancia, sin duda provenientes de los otros escuadrones.
El teniente se quedó en silencio varios segundos, hasta que, por fin, tragando saliva, se obligó a reaccionar.
¡PLAF!
Una bofetada, esta vez a sí mismo, le hizo volver a sus sentidos. Sus hombres le miraron raro, pero no importaba. Lo único que importaba, en ese momento, era que tenían el elemento sorpresa, e iban a aprovecharlo. Controlando su temblor, apuntó con su revolver al demonio abrahámico, motivando a que sus hombres lo imitaran con sus fusiles.
—Quiero a ese pajarraco fuera de mi vista.
—¡Sí señor!
—¡Fuego!
.
Presente
—Eso es preocupante, pero nada que no solucionemos con mejor entrenamiento. No entiendo cuál es el problema.
—El problema no fueron ellos. Sí, tuvieron un muerto más y dos heridos, pero lograron reducir al demonio que se les apareció. No, el problema fueron el resto.
—¿Qué pasó con el resto?
—Los demonios nos tomaron por sorpresa, y en la confusión, los disparos comenzaron. Contra los demonios, contra los lugares donde estuvieron, contra los lugares donde se creía que estaban… y entre ellos.
Issei frunció el ceño, adivinando hacia donde iba la explicación del norteamericano.
Odiaba tener razón.
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Austria
El grupo del teniente Adams, liderado por Patinkin, avanzó lentamente por la arboleda al norte del pueblo objetivo, sus ojos abiertos y sus manos agarrando firmemente sus armas. Hasta ahora no habían hallado nada, y el grupo en general deseaba apresurar el paso, pero Raymond era adamante en controlar sus movimientos y vigilar hasta el más recóndito sitio. El sol se estaba poniendo, y no podían descuidarse.
Pasado un tiempo, Raymond decidió escanear el lugar por su cuenta. Ordenando al grupo detenerse, concentró sus sentidos, tratando de sentir el mundo a su alrededor. Había demasiado silencio en el ambiente, apenas logrando sentir la respiración de sus hombres, cosa que no le gustaba.
Cuatro estruendos provinieron del pueblo, alertándolo. Disparos. Los británicos habían probablemente encontrado algo, ya que dudaba de que dispararan por gastar balas. Preparó su arma, pero sus sentidos se alertaron. Varias presencias habían aparecido de la nada alrededor suyo. Observó sus alrededores, notando los ojos brillantes en la oscuridad, observándolos cual cazador a su presa antes de abalanzarse contra esta.
Los habían rodeado. ¿Cómo es que no los había notado…?
El teniente Adams levantó una pistola roja, disparando al cielo. La bengala estalló en el aire, iluminando la zona y permitiéndole al usuario de Touki observar a sus oponentes. Uno a uno los analizó velozmente, sus ojos estrechándose a medida que los reconocía por una mezcla de apariencia visual y su energía.
A estos demonios los había encontrado, al menos una vez, durante la guerra. Seguramente en una batalla grande, donde no hubiera sido raro que unos pocos huyeran.
Sus sentidos le gritaron que se cubriera, y una gran cantidad de Touki se formó sobre su cuerpo. Un gran ataque, combinando la energía demoniaca de todos los demonios presentes, fue arrojaba hacia el paralizado grupo de norteamericanos. Se lanzó frente a ellos, arma por delante, el hechizo anti-magia desbaratando el ataque enemigo y su defensa de Touki dispersando el resto. Pero aquello evitó que pudiera defenderse adecuadamente cuando varios demonios se abalanzaron sobre él, usando su fuerza sobrehumana para embestirlo uno tras otro. Sus soldados aun no reaccionaban. Un ataque tras otro, perdió su arma encantada, la que los demonios destrozaron y arrojaron lejos. Sin el arma encantada no tenía como deshacer los ataques enemigos, y otro hechizo concentrado apareció en su periferia. Sin pensarlo dos veces saltó a interceptarlo, recibiendo el golpe de lleno. Logró resistirlo a duras penas, disparando su pistola sobre los demonios a la vez que arengaba a sus hombres.
—¡Vamos! ¡Para esto entrenaron, maldita sea! ¡Demuéstrenles a esos demonios de qué son capaces!
Desafortunadamente, la distracción que le supuso decir eso permitió que un demonio se colara por su defensa, embistiéndolo con toda la fuerza que pudo. Un dolor brutal recorrió al capitán, quien sintió como su hueso se partía en dos ante el embate. Con un grito sordo cayó al suelo, su visión dispersa y su concentración brevemente perdida.
Cuando volvió a procesar lo que ocurría alrededor suyo, se encontró con una masacre en proceso.
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Presente
—Esos demonios eran supervivientes de la guerra contra el T.D.C. original. Sabían lo que hacían, y aprendieron de sus errores. Subestimé lo que podían hacernos y casi me sacaron del combate de inmediato. Sabían que yo era la mayor amenaza y se concentraron en mí. Recién cuando caí mis soldados reaccionaron, y cuando pude concentrarme de nuevo en lo que me rodeaba me encontré con un baño de sangre alrededor mío.
—… tenemos que recrudecer nuestro entrenamiento. Prepararlos para sorpresas como esta.
—Y no es solo eso. También subestimamos la falta de cooperación y trabajo en equipo de los nuestros.
—¿Qué quieres decir?
—Los americanos formaron un perímetro, disparando a todo lo que se moviera. Cuando los soviéticos llegaron arrojaron granadas a lo loco, alcanzándolos. Los americanos les dispararon de vuelta, y no sé si lo hicieron sabiendo que atacaban a sus aliados. Los alemanes en la colina cercana abrieron fuego sobre la zona, y estoy seguro de que alcanzaron a tantos demonios como aliados. Los británicos mataron a su oponente, pero creo que incluso ellos tuvieron un incidente de fuego amigo en la oscuridad cuando el demonio bajó a luchar contra ellos. Fue un desastre. Un desastre…
Issei no dijo nada, una pequeña mueca en su rostro. Preveía dificultades en la primera misión, la acción confirmando su firme convicción de que el grupo no estaba aun listo para salir al campo. Sin embargo, los hechos que Raymond describía no parecían ser una falta de medios provistos por el entrenamiento que tenían actualmente, sino una poca comprensión de a qué se enfrentaban realmente. El factor psicológico podía ser tan determinando como el entrenamiento en un combate, y la formación para aplacar dichos efectos psicológicos había sido dejado para la tercera parte del entrenamiento. La parte a la que no habían alcanzado a llegar aún.
Issei Hyoudou suspiró. Los que lucharían eran hombres normales, apenas sobre el promedio. Sentirían miedo como cualquiera, y el enfrentarse a seres que desafiaban la lógica, incluso con el conocimiento de que podían vencerlos, los había paralizado en el momento más crucial del combate. Debían arreglar eso.
Tuvo que evitar fruncir el ceño otra vez. Pese a las bajas, había sido una victoria humana. Raymond indicó que todos los demonios habían sido eliminados (habían capturado a uno, cuya interrogación reveló el número real de enemigos en la zona. Tras eso fue fusilado, los soldados furiosamente clavando sus bayonetas en el cuerpo luego de la ejecución). Las palabras del representante soviético aparecieron en su cabeza, su premonición de la intención de este de sobreponerse a los sobrenaturales con números confirmándose. Era una estrategia muy cortoplacista, pero factible si deseaban encargarse del problema pronto.
Pero él no planeaba jugar con esas reglas.
—¿Cuántos cayeron?
—… veintidós muertos, y ocho heridos.
El grupo tenía cuarenta y dos personas. Treinta bajas. Cinco séptimos de sus efectivos, y una tasa de mortalidad por sobre el 50%. Eran los efectivos más entrenados del T.D.C. Tuvo que suprimir una mueca: si no cambiaba las cosas, pronto no habría humanos a qué entrenar.
—Ve a terminar de curarte. Yo me encargo del resto.
—Como digas…
Raymond se retiró de la tienda, cabizbajo. Issei lo siguió afuera, guardándose su preocupación para sí mismo. El ánimo del campamento había subido con la noticia de la victoria, solo para descender drásticamente cuando se supieron las bajas. Era un duro golpe del que varios necesitarían tiempo para recuperarse. Sus camaradas y amigos estaban ahora en ataúdes, y los rumores de fuego amigo entre países estaban surgiendo entre las filas a una velocidad pasmosa. La iniciativa entera estaba en riesgo si no lograban controlar la actividad derrotista en el campamento, y debían ponerse manos a la obra pronto para remediarlo.
Aun así, no todo estaba perdido. Incluso en la oscuridad podía haber luz. Era una de las cosas que más le agradaban de los humanos. Lo notaba en los ojos. Ahí, escondidos entre el derrotismo, la desconfianza y la melancolía, encontraba esperanza. Intentaban disimularlo, pero a él nada se le escapaba. Había quienes, ante las noticias, no se habían hundido en la desesperación aún. Se esforzaban más en los entrenamientos, absorbían atentos los consejos de sus instructores, practicaban fuera de horario y motivaban a sus compañeros. El que unos sobrenaturales les infringieran semejantes bajas por tan pocos de ellos no eran tomado como una señal de someterse, sino de desafío. Querían probar que eran más que eso, y les ayudaría como pudiese. Al final del día, el humano milenario que era Issei Hyoudou volvía a estar sorprendido ante la tenacidad humana. ¿Qué estaban al final de la pirámide de poder en el mundo? No les importaba. Buscarían la forma de igualarlos al resto, y eventualmente sobreponerse a ellos.
Tuvo que reprimir la sonrisa que el pensamiento le provocó en su rostro, no fuera a ser que confundieran lo que sentía por el resultado por alegría. Aun así, todavía había cosas que hacer. Aquellos voluntarios podían formar un nuevo grupo de ataque, y con su motivación sin duda obtendrían más del entrenamiento que el resto. Asintió levemente en lo que caminaba a la tienda de Baum, los planes ya formándose en su cabeza.
Con eso podía trabajar.
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Bueno, saludos de nuevo. No, este fic no está muerto, aunque considerando el tiempo que ha pasado desde el primer capítulo hasta a mí me sorprende que no lo esté. Sí, sí, ya tengo una cronología hecha para este fic (porque por supuesto que la tengo, para variar), pero digamos que se nota que no era una prioridad mía (además que mis ganas de seguir escribiendo esto van y vienen de manera no muy consistente. Detalles).
Lo que sea. Como dije en la nota de autor del capítulo anterior, lo más probable es que este fic solo se extienda hasta el año 1951, momento en que comienza el arco del T.D.C. en el fanfic original, con quizá un par más de capítulos explorando eventos posteriores. A ver cómo me las arreglo para transformar esta cosa en el T.D.C. que le dio la bienvenida a Akili Diawara en la historia original.
Dark night discord: Aquí hay otro. Y bueno, digamos que la puntualidad no es lo mio.
: No sé si lo notaste ya, pero este fic está basado en el fanfic de erendir. Si no ha quedado claro ya con este capítulo ni el anterior (y asumiendo no has leído el otro), sí, los líderes de los países si tienen conocimiento del mundo sobrenatural, y por eso apoyan esta iniciativa a través de las Naciones Unidas. La verdad erendir lo explica y trata mejor en su propio fanfic, pero el resumen es que la existencia del grupo de Issei se justifica en que saben que existe el mundo sobrenatural y quieren crear este grupo para protegerse (algunos tienen su propios grupos aparte, pero eso es algo que se verá después).
Y repito que sí, sí tengo permiso de erendir para escribir esto. Bueno, lo que sea.
Nos leemos,
RedSS.
