El lugar de donde vengo nunca lo encontrarán en el mapa, se los aseguro, pero existe, y es tan real como el aire que respiro. La magia es común entre nuestra raza, los genevaries, que viene del latín omnia generum varietate, y significa «diversidad de razas».

En el principio de los tiempos siete dioses gobernaban el mundo: Torbe, el impetuoso y soberbio, siempre decidido y al mando; Fergo, el artesano, a quien lo caracterizaba su pasión por inventar y crear; Apolo, el sanador, siempre al pendiente del bienestar de los otros y desinteresado en su actuar; Aakil, el sabio, callado y reservado pero a la vez un gran analítico y amador de la justicia; Regrix, el orgulloso, quien amaba su posición de dios y se sabía el más hermoso de los dioses varones; Artemisa, la creativa, se caracterizaba por su desbordante imaginación y era una gran idealista, y Amaris, la gentil, quien derramaba bondad y podía ver belleza en todo.

Por miles de años convivieron en armonía creando toda clase de maravillas mágicas; adornaron y le dieron al mundo todas sus riquezas. Cada dios tenía su propia versión de la perfección, así que dividieron el mundo por zonas y fueron llenando de detalle sus creaciones.

En la zona árida, con grandes extensiones de arena infinita, reinaba el silencio absoluto que transmitía un sentimiento de paz inigualable. Por las noches, la luz de la luna bañaba las dunas que se erguían una tras otra y formaban un patrón perfecto. Crearon los oasis, el balance ideal en medio de la nada, y los proveyeron de lagunas que reflejaban, como espejos, al sol brillante que se posaba sobre ellas. Crearon también vegetación y criaturas resistentes al clima extremo a las que les dieron piel seca y gruesa, así como magia especial para dosificar el agua y la comida.

Luego crearon las zonas árticas; montañas congeladas y grandes extensiones de hielo. Diseñaron criaturas con grandes capas de pelo y grasa, y también las dotaron de magia para protegerlas del impetuoso frío.

La zona montañosa fue un capricho de las diosas; ellas se aferraron a la idea de crear lugares fortificados para sus creaciones. Ocultaron, entre rocas y acantilados, vegetación llena de propiedades mágicas y curativas. Arbustos extravagantes y flores de colores que, además de místicas y hermosas, poseían atributos invaluables.

Por último, con máximo brío, se enfocaron en las zonas tropicales: selvas, bosques, pantanos, costas, mesetas y todos sus derivados. Usaron toda la gama de colores que conocían y todas sus posibles combinaciones. Crearon muchos recursos naturales para que la vida fuera autosustentable; criaturas, con y sin magia, con atributos especiales y necesarios para el balance del mundo; valles llenos de vida, pintados de diferentes tonalidades de verde y praderas plagadas de animales corriendo en manada y aprendiendo a reconocer el instinto que les fue otorgado por los dioses; junglas inundadas de vegetación. Todo lleno de magia y poder. Todo en perfecta sincronía y orden. Cada ser vivo, como habían planeado, convivía con respeto mutuo sin importar su tamaño, su magia o su falta de ella.

Por fin llegó el tiempo de poder contemplar su obra; los siete dioses observaron por muchas décadas cada detalle en ella, solo viéndola prosperar y crecer.

Un día, siendo todo tan perfecto y armonioso, decidieron crear seres que pudieran comunicarse entre sí y disfrutar del mundo que habían creado, seres con inteligencia superior para poder gobernar su mundo y vivir de acuerdo con principios y valores de paz y armonía.

Así fue como cada uno de ellos creó una raza diferente que pudiera habitar en las distintas zonas.

El primero en crear a su estirpe fue Torbe, el más poderoso y soberbio de todos. Llamó a su pueblo ditros. Creó sus cuerpos a partir del barro, moldeó perfectamente cada uno y los cubrió a todos con una piel escamosa y resistente. Les transmitió su arrogancia, fortaleza e inteligencia para planificar estrategias y les obsequió el don de la competitividad.

Fergo, fascinado por el molde de Torbe, decidió replicarlo. Él eligió como materia prima la madera y una fusión de metales para esculpir a sus creaciones. Les transmitió un gran conocimiento de los recursos del mundo y la sabiduría para convertirlos en herramientas. Su habilidad con las manos era increíble, así como su fuerza y musculatura; los llamó ragnors.

Amaris, la diosa de la belleza, hizo su creación a partir de la luz. Con sus dulces y delicados dedos forjó el cuerpo humano con una perfección inigualable y dotó a cada uno de un halo de luz para almacenar su magia. La diosa los llamó incantates, y su don era hacer hechizos para embellecer al mundo. Amaris también les enseñó a usar esa magia para protegerse, ya que sus cuerpos se volvían frágiles si agotaban la energía de su aura.

Artemisa, la diosa de la imaginación, no se limitó a crear una sola raza, pues creía en la diversidad. Tenía demasiadas cosas en su cabeza como para dárselas a una sola especie. Fue así como creó, a partir del viento, a las razas nómadas de apariencia humana: las amazonas y los áridos, y también experimentó con las características que poseían sus animales favoritos, dando como resultado a criaturas extravagantes y únicas, entre las cuales estaban los reptilianos. Artemisa era incansable y a cada una de sus razas les dio un propósito y personalidad diferentes. Sin embargo, a todos les obsequió las características que a ella la distinguían: su necesidad de libertad y su capacidad de adaptación al cambio.

Apolo era el dios sanador y a su raza le dio un propósito claro: trabajar por el bienestar del cuerpo y del alma. Sus creaciones poseían el conocimiento para hacer brebajes, infusiones y medicamentos, así como magia sanadora. El dios los hizo a partir de brasas, por lo que su personalidad era cálida y servil; los llamó sanitatums.

Aakil también creó a su raza y decidió usar el agua para darle a los prudens, como decidió llamarlos, transparencia y serenidad. Siendo el dios de la sabiduría, diseñó a su raza con sed de conocimiento; siempre en busca de respuestas y dispuestos a encontrar soluciones. Poseían también la habilidad de comunicarse telepáticamente.

Solo Regrix, el séptimo dios, se mantuvo al margen de este proyecto y se abstuvo de crear a su propia estirpe. Engreído y vanidoso, tenía la convicción de que ninguna raza era lo suficientemente buena para disfrutar lo que con tantos años de esfuerzo y dedicación habían creado los dioses.

Las razas vivían en diferentes zonas, pero mantenían comunicación entre ellas. Cada dios se dedicó a moldear a su pueblo. Ellos proveían al mundo de guía y conocimientos dosificados a través de los siglos y sus habitantes seguían cada indicación que ellos les transmitían por medio de magia.

Cientos de años en armonía hicieron que los dioses se dieran cuenta de que su trabajo había llegado casi a la perfección, pero al ver la manera en la que sus razas vivían, en completa armonía y felicidad, desearon poder disfrutar de ese mundo maravilloso al igual que ellos. Anhelaron probar las delicias de los frutos, la calidez del fuego, saciar su sed con aguas cristalinas y respirar el aire fresco y puro de las mañanas.

Artemisa y Torbe convocaron a una reunión de consejo urgente. Regrix, como era de esperar, se negó rotundamente porque no quería tener nada que ver con las creaciones de los dioses. Cuando estuvieron reunidos, se sentaron a la mesa y Artemisa comenzó a contarles su idea: ellos darían un pedazo de sí mismos a cada integrante de su pueblo hasta desaparecer. Vivirían a través de ellos, fusionarían su ser y dejarían de existir como deidades para darles a sus creaciones una parte de su esencia y la totalidad de su magia.

Los dioses lo habían decidido. Rieron y recordaron el amor con el que crearon el mundo. Contaron anécdotas de la primera flor y los terribles intentos que habían hecho hasta crear el perfecto clima para la Antártida. Se tomaron de las manos, cerraron los ojos y se conectaron espiritualmente con sus razas. La energía fluyó por sus cuerpos, sintieron en su interior a cada ser humano, planta y animal de su creación. Sus cuerpos se fragmentaron en partículas que empezaron a flotar por el aire en forma de cristales brillantes, casi imperceptibles, hasta que se convirtieron en luz y desaparecieron.

Fue así como una noche cálida de primavera, cuando todos dormían, un viento fresco inundó el cuerpo de todos los seres vivientes del mundo. Al unísono, todos inhalaron y en ese momento se unió a cada uno de ellos una milésima parte del alma del dios que los había creado, quedando por siempre vinculada a ellos.

El cambio fue brutal, se podía sentir el poder de los dioses fluyendo por las venas de los humanos. La magia, la fuerza, los sentidos y la agudeza mental incrementaron notablemente.

Pasaron décadas viviendo en armonía, haciendo honor a los principios de los dioses. Sin embargo, dentro de la perfección comenzó el desorden; al no tener guías, salieron a flote los deseos más ocultos y reprimidos de una raza en específico: los ditros. Una pequeña semilla de poder que fue creciendo dentro de ellos, un deseo que corrompió la paz y el balance, que hablaba más de su lado humano que de la parte divina que llevaban en el alma y que cambiaría el curso del mundo.

Sin previo aviso, los ditros salieron de sus dominios con estrategias muy establecidas y fueron conquistando, una por una, a la mayoría de las razas. Jamás se había vivido algo similar, nadie supo lo que estaba pasando hasta que todos fueron sometidos como esclavos.

Solo las razas nómadas, que eran conformadas por los guerreros áridos, los amazonas y los reptilianos, quedaron fuera de su alcance. Fue gracias al tratado de comercio que los áridos mantenían con los ragnors, en el que proveían materia prima a cambio de herramientas sofisticadas, que un pequeño grupo de áridos presenció desde la distancia cómo los ditros tomaban prisioneros a sus aliados y devastaban su asentamiento. Por medio de aves mensajeras, el método de comunicación entre razas nómadas, lanzaron una advertencia a los líderes de cada una para que pudieran buscar refugio y esconderse.

Una nueva sensación, que hasta ese momento era desconocida para ellos, reinaba en el corazón de todas las creaciones esclavizadas: el miedo.

Las razas dotadas de fuerza física fueron llevadas a campos de labores extremas; las restantes fueron sometidas a largas jornadas de trabajo en diferentes áreas. Todas las tareas que les eran impuestas tenían como objetivo satisfacer las necesidades de los ditros: agricultura, minería, pócimas, herrería, salud y vestimenta, entre muchas otras. Los ditros supieron dominar y explotar cada debilidad al máximo porque conocían las ventajas de cada estirpe.

Un par de cientos de años dieron paso a la era oscura, los ditros habían dominado el mundo casi por completo.

Siendo excelentes oportunistas, los ditros visualizaron una manera de optimizar recursos y tiempo. En vez de tener a las razas por separado hicieron una selección de lo mejor de cada una y fueron instalados bajo un mismo techo, en grandes asentamientos de esclavización. Desde ahí podían mantener el control, o al menos así lo creyeron.

Fue entonces, al hacer su dominio más amplio y poderoso, que, sin saberlo, le dieron una esperanza a sus esclavos. Las cuatro razas esclavizadas, al trabajar en conjunto, descubrieron que si encontraran una manera de unir toda su magia en una sola persona esta sería más fuerte y poderosa que un ditro y, si lograban replicar esa transferencia de poder en cientos de personas, entonces podrían destronar a sus opresores y dejar de ser esclavos de una vez por todas.

Un día, reunidos los cuatro precursores de dicha rebelión, Ratka, un prudens conocido por su infinita sabiduría, puso sobre la mesa una idea que para cualquier ser mágico parecería una completa fantasía: si las razas se tomaran de las manos, como el mito decía que los dioses habían hecho para darles a todos ellos su magia, y concentraran su poder, la energía comenzaría a fluir entre sus cuerpos y se mezclaría con tanta fuerza y rapidez que sería expulsada, chocando contra otro cuerpo que serviría como recipiente para albergar toda la magia junta. De esa manera, las mejores habilidades de cada raza se alojarían en una sola persona.

Los otros tres, Lúmina, Figos y Galbia, al oír aquel plan quedaron atónitos. Por un lado era la mejor idea que habían escuchado, pero también entendieron que, al hacer la transferencia, el resto se quedaría sin magia y no sabían en manos de quién recaería todo el poder.

—Tiene que existir una manera de hacerlo sin perder nuestra magia —declaró Galbia, la incantate más hermosa del mundo mágico, desesperada. Su motivación durante toda su vida había sido embellecer el mundo; no podía darse el lujo de perder sus habilidades.

—No debemos pensar así, Galbia, ¿qué pasará con todas las generaciones futuras si no hacemos nada? ¿Moriremos a manos de los ditros?

—Los dioses no lo pensaron dos veces cuando decidieron otorgarnos su magia... Si lo analizamos bien, ni siquiera nos pertenece —exclamó Figos, el dirigente ragnor, llevándose la mano a la barbilla y caminando en círculos.

—Podríamos hacer un hechizo con la magia que aún nos queda —replicó Lúmina. Debido a la esclavización, la magia de todos había ido menguando, pues se habían debilitado—. No obstante, debemos decidir quién sería el recipiente perfecto.

—Yo puedo intentar comunicarme telepáticamente con todos y así conseguir su consentimiento para hacer la transferencia. Sin embargo, las cuatro razas tendríamos que estar de acuerdo con el hecho de que la mayoría se quedará sin magia —propuso Ratka—. No creo que sea tan difícil lograr que lo acepten si de cualquier forma estamos siendo sometidos.

—Las razas nómadas quedarán fuera de la transferencia, ¿cierto?

—Sí, las estirpes de Artemisa conservarán su magia intacta. Ellos no están siendo esclavizados y merecen quedarse con su poder.

—Ya sé quién puede portar la magia. —Lúmina, la líder sanitatum, se paró de la silla y levantó las dos manos en el aire. Galbia y Figos se voltearon a ver sin entender lo que Lúmina quería decir. Tras unos segundos, ella continuó—. Si vamos a unir la fuerza de nuestras cuatro razas y solamente algunos conservarán su magia, entonces podría haber un problema: todos estarían esperando ser ellos quienes se queden con el poder y eso podría ocasionar nuevas disputas... No queremos eso. ¿Quiénes son las personas que no esperarían recibir magia ni les importaría obsequiar la suya a alguien más?

—Los ancianos; ya no les importa quedarse sin magia y la darían sin dudar a las futuras generaciones con tal de liberarnos —dijo Galbia.

—Los niños; ellos aún no experimentan con la magia por lo que no se darían cuenta de que la perdieron —contestó Figos.

—Exacto. —Lúmina movió la cabeza asintiendo—. ¿Y qué tienen en común los niños y los ancianos? —De nuevo, los otros se voltearon a ver.

—Son almas puras —afirmó Ratka.

Experimentaron durante un par de años. Prudens, ragnors y sanitatums se unían de las manos formando un círculo y un incantate se paraba justo en el centro, sirviendo como catalizador. La magia era inestable y la transferencia duraba apenas unos segundos, pero no perdían la esperanza.

Las cuatro razas, por separado, no poseían la fuerza necesaria para derrotar a los ditros, pues sus esencias eran pacifistas. Los que poseían fuerza física no podían hacer magia. Los que podían hacer hechizos eran débiles y con poca determinación. Los de mayor intelecto solo podían planificar, mas no actuar ante la fuerza física o autosanarse. Fusionar en un solo cuerpo las cuatro habilidades era la única manera de aspirar a darle batalla a los atributos y la organización de la raza que por tantos años los había mantenido en opresión. Sin embargo, cada vez estaban más débiles físicamente por las condiciones en las que los ditros los mantenían, aunque su voluntad no se vio mermada en ningún momento.

Las muertes empezaron a ser cada vez más comunes, no solo por los castigos impuestos por los ditros, sino también por enfermedad y agotamiento.

Ante la desesperación de los habitantes del mundo, sus gritos de lamento despertaron de su letargo al único dios que quedaba en el mundo: Regrix, y este posó, por fin, su mirada en la Tierra. Primero solo por curiosidad, pero entre más percibía la desesperación y la angustia de los seres que portaban la esencia de sus amigos de antaño, sintió más enojo y coraje por el sacrificio que los dioses habían hecho por sus creaciones.

Entre más observaba, más podía sentir el dolor de su amigo Aakil por el maltrato físico que recibían los prudens; cada gota de sudor que tocaba el suelo como resultado de las labores forzadas de los ragnors le calaba en lo más profundo de su ser; ver cómo el halo de luz de las creaciones de Amaris se debilitaba, le producía náuseas. Recordó con amor a su mejor amigo Fergo y todos sus momentos de felicidad absoluta mientras imaginaban y creaban juntos. Una vez que Regrix se permitió sentir el tormento que estaba experimentando la Tierra no pudo ignorar el clamor que, a una sola voz, emitían todas las razas que se encontraban esclavizadas.

Regrix apareció entonces en una de las reuniones secretas de los líderes de la rebelión y se ofreció a fungir como catalizador para hacer la transferencia permanente de magia. Era algo que se podía intentar, pero les aclaró que no sabía cuáles serían las consecuencias ni el precio que tendrían que pagar por realizar aquel hechizo.

La estrategia no era sencilla, pero, una vez que Figos se comunicó telepáticamente con los suyos y estos transmitieron el mensaje a las otras razas, la respuesta fue abrumadora. Las cuatro estirpes esclavizadas estuvieron de acuerdo con el plan y aceptaron correr el riesgo, asumiendo la responsabilidad de cualquier desenlace que pudiera ocurrir después de realizar el hechizo.

El día indicado llegó, las preparaciones estaban más que listas. Regrix se reunió con los líderes de la rebelión y el proceso dio inicio. Para el dios, encontrar la sintonía con seres que ni siquiera había ayudado a crear fue complicado, pero una vez que sintió la fracción del alma de los dioses en cada una de esas personas todo se dio de forma más natural. Regrix supo recolectar solo la parte mágica de cada raza y, gracias a su consentimiento, pudo extraerla de cada humano y separarla.

Regrix invocó la guía de los dioses en la esencia misma de la magia que se encontraba girando en cuatro esferas brillantes de varios tonos sobre su cabeza. Conjuró un hechizo y, al fin, logró fusionar las cuatro masas luminosas que orbitaban en el cielo en una sola gran esfera blanca y brillante. Luego, con voz firme, comandó a esa nueva combinación de magia, que contenía toda la esencia de cuatro dioses de antaño, a buscar a los recipientes más aptos y de corazón más puro para poder acabar con la era oscura de los ditros.

Se mezclaron los poderes sanadores de Apolo con la magia de Amaris, la fuerza de Fergo y la serenidad e inteligencia de Aakil. Una fusión ideal para derrotar a los ditros.

El cielo se inundó de cientos de esferas perfectas, todas girando en sincronía alrededor de Regrix. Los orbes luminosos se esparcieron por el mundo, posándose simultáneamente en cada ser elegido.

Los de mayor edad eran los que tenían un conocimiento más amplio de la magia y experimentaron por semanas con el nuevo poder que recibieron. Trataron de transmitir sus conocimientos a los más jóvenes mientras los demás, que se quedaron sin magia, intentaban ocultar a los ditros lo que estaba pasando. No querían atacar de inmediato, ya que no conocían sus límites ni cómo utilizar al máximo sus nuevas habilidades.

En ese tiempo de adaptación las muertes se incrementaron al triple, pues las personas sin magia eran mucho más frágiles. Fue entonces cuando decidieron arriesgarlo todo con los pocos conocimientos que tenían. La raza humana que había sido despojada de su magia no duraría mucho bajo el yugo de los tiranos, así que los nuevos genavaries tomaron y fabricaron el mayor número de armas que pudieron, practicaron combate mano a mano y los nuevos recipientes de magia ensayaron hechizos mágicos de defensa y autosanación.

El ataque inició una noche de invierno, justo cuando el más crudo frío amenazaba la supervivencia de los humanos. En punto de la media noche, cuando los ditros estaban dormidos, iniciaron la guerra. Matar estaba en contra de la naturaleza de los dioses, por eso al principio fue difícil quitarles la vida, pero una vez que sonó la alerta los enemigos arremetieron contra ellos con todo su poder.

La guerra duró siete días. Día y noche lucharon valientemente hasta que el último ditro cayó. Fue una lucha sangrienta, pero nadie bajó la guardia hasta que la raza de los ditros quedó extinta. Cientos de partículas con la esencia de Torbe se esparcieron por el campo de batalla. Regrix las capturó una a una y las centralizó en una esfera metálica. La magia de Torbe había sido corrompida y Regrix no la entregaría otra vez, pues no podía arriesgarse a que esa parte oscura se volviera a albergar en el corazón de nadie.

Un nuevo balance reinó en el mundo y juntos, los primus, como se les denominó a los primero genevaries que albergaron el nuevo poder, y los immaculatus, llamados así por haber quedado limpios de magia, empezaron una nueva era, ahora en libertad.

Con el pasar de los años, las personas que se quedaron sin magia comenzaron a añorar ese poder, dando como resultado que tres cuartas partes de la población se sintieran desdichadas. Con frecuencia, los immaculatus caían en depresiones severas y las revueltas se volvieron frecuentes, pues querían su magia de vuelta porque no sabían vivir sin ella.

Los líderes de cada raza se reunieron para dar pie a un pacto entre naciones. Deliberaron por cinco días sin descanso hasta que llegaron a una decisión unánime: a cambio del sacrificio de regalar su magia a los elegidos, las razas mágicas cederían el dominio absoluto de la Tierra a los habitantes immaculatus. Desde ese día los immaculatus tendrían el derecho de decidir dónde establecerse, según las características de su clan, alrededor del mundo.

Solo existía una condición por parte de los seres mágicos: una vez que las zonas del mundo fueran asignadas, los clanes y líderes se asentaran y hubiera algo de estabilidad en cuanto a vivienda y alimentación, los genevaries borrarían de la memoria de los immaculatus cualquier vestigio de lo supernatural. No podrían recordar que alguna vez tuvieron magia ni sabrían si algún familiar se había quedado en el mundo mágico; todo quedaría erradicado de su mente. Fue difícil convencer a todos de la decisión, pero al final era lo más justo. Ellos lo habían entregado todo y merecían una compensación. Todas las razas mágicas aceptaron bajo juramento un protocolo mágico irrompible:

1. Quedaba prohibido usar la magia contra los humanos y frente a ellos si esta era utilizada para lastimar o dañar su integridad física o espiritual.

2. Cualquier ayuda mágica prestada a los humanos sería ejercida de forma anónima; no podrían enterarse, por ninguna circunstancia o motivo, de que la magia existía.

3. No podían explicarles a sus familiares nada del pasado o involucrarse en sus vidas; mantenerse alejados de ellos no era opcional, era un mandato estricto e inquebrantable.

4. Cualquier ser mágico que tomara la decisión de integrarse a la humanidad debía ser sometido a un proceso para ser despojado de su magia y longevidad. Al volverse immaculatu, también tendría prohibido hablar sobre el mundo mágico. Luego de una vuelta al sol, ya que el individuo en cuestión estuviera integrado, sería visitado por una autoridad mágica que hurgaría en su mente para cerciorarse de que no se hubiera quebrantado ningún acuerdo y, al final, borraría su memoria mágica por completo.

Pasaron un poco más de veinticinco años para que la Tierra quedara en condiciones para que cada clan pudiera sobrevivir. Se repartió el territorio, se crearon reglas y leyes que abarcaban los intereses y necesidades comunes, se determinó la vestimenta apropiada para cada región, se exploró la flora y fauna para cultivos y las zonas de cacería, entre muchos otros factores.

Cuando todos los immaculatus estuvieron reunidos en sus nuevos hogares, los primus recitaron un hechizo al unísono y les borraron toda memoria del mundo mágico.

Regrix presenció todo con aburrimiento y, al no querer convivir más con aquellas criaturas humanas, nombró a un dirigente único para todo el mundo mágico; alguien que reuniera todas las cualidades de un verdadero monarca y pudiera darle al pueblo la estabilidad que necesitaba. Las pruebas duraron años hasta que el dios ungió a uno de ellos: el patriarca Homero Tyrion. Regrix creó hechizos alrededor de la dinastía escogida para reinar y le dio poderes únicos al nuevo monarca: la habilidad de suprimir y otorgar la magia si lo creía necesario, traspasar su poder a un nuevo sucesor y crear lazos inexpugnables de lealtad. Fue así como el dios, por fin, se sintió satisfecho con el camino que tomarían, se despidió y volvió a la quietud de su soledad. Desde ese momento nuestra historia como pueblo mágico comenzó.

Los primus necesitaban un lugar lo suficientemente grande para establecerse como comunidad y que los animales tuvieran terrenos bastos para existir y cohabitar con holgura. Los lugares de su búsqueda se basaron en parámetros definidos: áreas protegidas y de difícil acceso que poseyeran suficiente materia prima y riquezas en el subsuelo, y con el espacio necesario para hacer crecer la nación a futuro.

Recordaron que en los escritos antiguos se narraba cómo las diosas Amaris y Artemisa habían dedicado mucho tiempo y minuciosidad para proveer a sus creaciones de protección. Exploraron las montañas más imponentes y de mayor extensión, pero su imaginación no podía dar crédito cuando al fin pudieron acceder al interior de una de las cordilleras más extensas del mundo; era otro hábitat completamente diferente al que conocían hasta el momento. El lugar estaba lleno de riquezas inexploradas, animales nuevos y vegetación abundante. El suelo era rico y próspero; el clima, ideal para ver las cuatro estaciones del año sin sufrir situaciones extremas, y extensiones de aguas dulces y cristalinas que abastecían a lo largo toda la zona. La mezcla de colores era un espectáculo para la vista, pero lo más importante era que cubría su necesidad de anonimato y protección del mundo exterior, lejos de la humanidad.

Se eligió de forma unánime que ese sería el lugar adecuado y de inmediato empezaron las labores de construcción, exploración y, después, asentamiento. Se eligió también el área ideal para la edificación del nuevo palacio y a su alrededor comenzó la construcción de casas, edificios, tiendas y demás necesidades. Hicieron falta más de cinco años, mucho trabajo y cantidades ilimitadas de magia para terminar lo que ahora se conoce como Ciudad Zul.

El palacio fue labrado con roca sólida en una de las paredes de la montaña. La entrada era majestuosa, llena de detalles que daban fe del esplendor de la ciudad. El rey y los primus más poderosos —que ahora forman el consejo de ancianos— conjuraron los más potentes hechizos que, hasta el día de hoy, siguen protegiendo a la ciudad y a sus habitantes, manteniéndolos en secreto, fuera de la vista de los immaculatus.

Con el pasar de los siglos la diversidad fue en aumento y las razas se mezclaron sin importar su linaje. Se vivía un momento único y casi utópico; una vida de paz. Esas mezclas raciales dieron como resultado una estirpe nueva y variada, tanto en sus rasgos físicos como en las habilidades mágicas que poseían y que en los primus eran más marcadas. Seres con una nueva mezcla de información genética, personalidad y características. La mezcla de padres primus dio origen a lo que hoy somos los genevaries.

Los primus incantate podían hacer magia mucho más avanzada que los demás, sin embargo, aunque ahora eran más fuertes y sabios y tenían algunas habilidades curativas gracias a la transferencia, de ninguna manera eran tan fuertes físicamente como un receptor ragnor, quien a su vez no era capaz de mantener la magia tan intensamente. Pero si ellos se emparejaban y tenían descendencia, la mezcla genética podría derivar en los rasgos mágicos del padre o de la madre.

Hay algunas características que los genevaries compartimos sin excepción y una de ellas es la oportunidad de envejecer lentamente una vez que la magia empieza a manifestarse. Todos podemos hacer magia en diferentes formas e intensidades, a todos nos llega esa chispa en la adolescencia y a partir de ese momento recibimos guía para desarrollarla de la mejor manera. El don de la telepatía, que Aakil le dio a los prudens, se perdió en el proceso del intercambio mágico, se dice que algunos todavía poseen esa habilidad, pero en cientos de años no se ha conocido ningún caso, por lo que se piensa que es un poder único y limitado.

No estamos seguros de cuántos años podemos vivir en realidad, pero el proceso es tan lento que hay ancianos de más de quinientos años con la apariencia de alguien de cincuenta. Existen muertes aisladas, trágicas en su mayoría, y masivas, debido a las grandes guerras que se han librado a través de los años. Hay enfermedades que no podemos curar, accidentes y asesinatos... Incluso existen casos de personas que han decidido que su vida ha sido suficiente y deciden dejar de existir. Los genevaries vivimos tantos años que las nuevas generaciones convivimos con la de los primus en una misma ciudad, ya que, aunque la tasa de natalidad es baja, la población sigue creciendo paulatinamente y es la única forma de mantenerla controlada.

Mientras nuestra ciudad se establecía, las razas nómadas comenzaron a acercarse para integrarse a lo que es nuestra sociedad actual y adaptarse a nuestras leyes. Amazonas, guerreros áridos y reptilianos se habían mantenido ocultos durante la era oscura en zonas aisladas del mundo, siempre debatiéndose entre actuar contra los ditros o seguir al margen de la situación. Pero al final decidieron no inmiscuirse y era algo que los primus, a pesar de las alianzas recién establecidas, nunca pudieron olvidar.

Estas razas nómadas estaban acostumbradas a vivir tan dispersas entre sí y eran tan autoritarias en costumbres y tradiciones que resultaba imposible que se organizaran hasta para las situaciones más sencillas... Para todos ellos, vivir bajo leyes comunes fue y sigue siendo muy difícil.

Como grandes tradicionalistas, eligieron emigrar de sus amplias zonas de confort hacia el interior de la cordillera que se había elegido para desaparecer del panorama de los immaculatus.

Y esa es la historia de nuestra creación. Nuestro génesis.

Mi madre, Damaris Guilliard, me contaba estas historias desde que yo era una niña y yo la escuchaba atentamente, pues me fascinaba saber de nuestro pasado. Toda esa parte de mi historia solía apasionarme, siempre quería saber más. Ella se encargaba de que yo esperara las noches con ansia para oír cómo mi mundo había evolucionado año tras año. Era una excelente narradora; yo absorbía sus palabras como una esponja y las hacía mías.

Para mí, ella era la mujer más hermosa de todo el reino. Solía sentarme a su lado cada vez que se arreglaba para acompañar a mi padre a algún compromiso o fiesta en Palacio. Su largo y sedoso cabello color negro azabache enmarcaban su exquisito rostro. Su nariz, fina y respingada, hacía contraste con sus enormes ojos color aqua y sus labios carnosos. Sus mejillas siempre tenían un tono rosado, y un lunar característico justo debajo de la comisura del lado derecho de la boca adornaba su semblante.

Mi padre, Sebastián Guilliard, era un hombre importante en nuestra sociedad. Su puesto consistía en arreglar los asuntos políticos del rey. Él se encargaba de las negociaciones de todo el mundo mágico, sobre todo con las razas nómadas que habitaban a nuestro alrededor.

Su mayor cualidad era, sin lugar a dudas, su carisma; no podías encontrar a nadie que dijera algo malo de él. Mostraba mucha empatía y justicia al negociar, eso le había otorgado el respeto de nuestra comunidad. Le caracterizaba su gran altura y una sonrisa grande y cálida. Llevaba su cabello castaño perfectamente recortado y peinado hacia un lado. Un interior blanco con una túnica color café claro amarrada con un cinturón de cuero era lo que usaba para asuntos oficiales. Y cómo olvidar su gran collar dorado, del que colgaba un pendiente en forma de moneda que tenía labrada una balanza, diferenciándolo como servidor público del reino.

Mi madre también había pertenecido a la corte marcial antes de casarse con mi padre, pero al hacerlo tuvo que renunciar al puesto que con tanto trabajo logró obtener porque resultaba una afrenta al protocolo jurídico. Ella no parecía muy afectada superficialmente, pero yo podía notar cuánto había sufrido por tener que hacerlo.

No abandonó del todo su vocación, por eso asesoraba y ayudaba en los tribunales cada vez que podía. La ley era su pasión y lo hacía notar todo el tiempo. Una de sus más fervientes pasiones era apoyar a sus amigas amazonas cada vez que se metían en problemas por su falta de adaptación a las leyes de nuestro pueblo.

Para mi corta edad, el panorama que yo veía ante mis ojos era fascinante. No podía esperar para crecer y probarme a mí misma y a los demás lo que podía llegar a ser. Yo era una Guilliard; una que ni en todas las locuras que cabían en su imaginación podría haber sabido lo que el destino le tenía preparado.