Fui una niña precoz. Mi primera manifestación mágica ocurrió a los once años, siendo lo normal entre los diecisiete o dieciocho. Estaba en el cuarto de entretenimiento de mi casa jugando ajedrez con mi padre, yo jugaba con las piezas blancas, como de costumbre; habíamos dedicado tres tardes consecutivas a la misma partida y no teníamos idea de cuánto más podría durar. El juego se había vuelto más interesante con los años. Debido a mi falta de conocimiento, a mi padre antes le tomaba solo unas horas acabar la partida, pero conforme el tiempo pasaba, y aunque yo todavía no lograba ganarle ninguna, llegó a costarle días lograr derrotarme; yo aprendí del mejor y se notaba en mi juego, estaba segura de que tener una oportunidad de vencerlo sería solo cuestión de tiempo.

Recuerdo perfectamente cuando la magia recorrió mi cuerpo por primera vez. Al inicio fue solo un cosquilleo, casi imperceptible, en la boca del estómago. Luego, cuando estuve realmente concentrada en el juego, algo en mi interior me dijo que la partida era mía y una descarga de adrenalina contribuyó a llevar ese cosquilleo a otro nivel, empujándolo hacia arriba y luego hacia mis brazos, manos y dedos. Sentí mi torso y extremidades superiores un poco entumecidas pero me forcé a seguir concentrada e ignorar lo que sentía; pensaba que era el nerviosismo de ganar y no quería demostrarlo mucho. Traté de desconectarme de todo lo que pudiera distraerme, el silencio inundaba la habitación cuando finalmente visualicé cómo hacer un jaque mate en tres movimientos. Miré a los ojos a mi eterno competidor y le sonreí.

—Creo que ya te tengo —alcancé a murmurar.

Mi padre permaneció en silencio mirando el tablero hasta que al fin me dijo:

—No pierdas la concentración. Si me tienes, demuéstralo.

Volví a sumergirme totalmente en el juego, repasando una y otra vez en mi mente los tres movimientos que creía correctos. Fue entonces cuando sucedió: mis ojos y mi mente se posaron en el tablero, estaba lista para atacar. Moví mi dedo índice hacia la derecha apuntando al alfil con un gesto rápido y corto que dejó una pequeña estela dorada en el aire. Inmediatamente después, la pieza de ajedrez que quería mover, el alfil, se deslizó sobre el tablero por sí sola; bueno, no se movió al F5 como yo había planeado, pero mi papá y yo volteamos a vernos asombrados.

—¿Lo moví yo? ¡Papá! ¿Lo hice yo? —le pregunté en shock.

—¡Damaris! —llamó a mi madre—. ¡Ven acá, no vas a creer lo que sucedió!

No gané esa partida, ni ninguna en los años siguientes. Mi padre había sido campeón dos años consecutivos cuando aún era muy joven y jugar era su principal pasatiempo cuando tenía oportunidad. Aun así, no me daba por vencida.

A partir de ese día las manifestaciones fueron más frecuentes e involuntarias. Mis padres trataban de no llevarme a muchos lugares públicos, pues no querían que fuera vista como un fenómeno y que la gente preguntara cosas para las que no había respuesta. Sabían que yo odiaba ser el centro de atención.

—Trata de respirar profundo cuando sientas el impulso de hacer magia, Victoria —me aconsejó mi madre, preocupada—. Entiendo que no puedas evitarlo la mayoría de las veces, pero al menos intenta controlarlo. Te enseñaré algunos hechizos sencillos para que los perfecciones en casa; tal vez si usas algo de tu carga mágica las manifestaciones involuntarias no sean tan frecuentes.

Me enseñaba cosas sencillas. Por ejemplo, comencé aprendiendo a tender la cama. Primero, tenía que unir las yemas de los dedos pulgar e índice formando un círculo mientras los otros tres dedos quedaban rectos hacia el frente. Una vez en posición, y con los ojos cerrados, me enfocaba en pensar en cómo quería que quedara arreglada la cama y cuando me sentía lista hacía un movimiento delicado girando mis muñecas ligeramente hacia arriba y luego rápido hacia abajo. Una pequeña línea curvada color dorado se formaba cuando lo hacía, a veces muy brillante, otras más tenue, dependiendo de cuanta magia tuviera acumulada. Algunas veces tardaba horas en hacerlo más o menos bien y al final quedaba exhausta, y con la cama hecha un lío. Otras veces agotaba mi magia por completo al hacer varios intentos y terminaba por tenderla de manera tradicional; pero si pasaban algunos días y no practicaba, entonces un evento involuntario se manifestaba.

Me tomaba alrededor de un par de meses ser capaz de perfeccionar un hechizo, lo que significaba ser capaz de hacerlo en segundos, sin tener que estar cien por ciento concentrada y con un movimiento de las manos tan natural que prácticamente era solo un ademán complementario y grácil. Ese era el momento que me indicaba que era tiempo de aprender uno nuevo.

Mis padres me decían que tal vez estas manifestaciones de magia habían llegado demasiado temprano debido a mi madurez mental, me animaban mucho a seguir tratando de controlarla, pero sobre todo a que lo mantuviéramos en secreto. Lo decían como si no hubiera ningún problema en que mi magia se hubiera presentado de manera precoz, pero yo sabía que en el fondo estaban preocupados por mí. Una vez oí una conversación entre ellos en la que mi padre le sugería a mi mamá que debían buscar respuestas con los sanadores, verificar si ya había algún caso previo como el mío para saber cuál era la forma correcta de manejarlo.

—Deja de preocuparte, Sebastián —lo tranquilizó mi madre—, desde que nació lo vimos en sus ojos. Ella es especial y lo sabes. En unos años entrará al instituto, aunque les llevará ventaja mágica a sus compañeros, ahí la enseñarán a canalizar su magia y a saber hasta dónde llegar. Quizá hasta obtenga el primer lugar de su generación cuando se gradúe del Signum Lux. ¿No te sentirías orgulloso?

—Ya estoy orgulloso, Dam. —Le sonrió a mi madre—. Muy muy orgulloso.

Trataba de enfocarme en usar mi magia para ayudar con cosas sencillas en casa: lavar los platos, doblar la ropa, barrer hasta la última partícula del polvo y arreglar mi cabello, entre un montón de cosas más. Me servía muchísimo poder usar la magia de esa manera pues me permitía conocerme mejor y saber cuándo estaba a punto de estallar como una olla de presión, tomando así medidas para evitar que se descontrolara. A los dieciséis años ya podía detectar a la perfección el momento justo al borde del colapso mágico —como me gustaba llamarlo— antes de causar algún desastre y cuando ocurría desdoblaba y volvía a doblar la ropa por horas hasta drenar mi niveles de magia.

Me admitieron en Signum Lux a los dieciocho años para iniciar con mi entrenamiento mágico. Después de deliberar por semanas mi caso, se dieron por vencidos en cuanto mi mamá expuso ante el consejo educativo que era más peligroso mantenerme sin educación y provocar algún accidente que enseñarme a dominar mis habilidades en un ambiente controlado. Después de todo, solo eran dos años menos del límite permitido.

La prueba preliminar era ser sorteado en alguna de las castas y esto únicamente garantizaba un año de preparación para poder presentar el Desafío Final de Admisión, DEFIAD. Solo acreditando esta última prueba se podía asegurar un lugar para continuar con el resto de la formación académica.

Fue maravilloso estar a la expectativa del primer día. Debido al puesto de mi padre existía la posibilidad de ser sorteada en Dux Regnum, cuyos alumnos eran singularmente brillantes y desempeñarían algún cargo público importante al concluir sus estudios.

El Signum Lux era el único centro de estudios especializado del reino, sin lugar a dudas, todo el reino quería estudiar ahí... aunque no todos tenían ese privilegio.

Al llegar al instituto te clasificaban en uno de los tres grupos existentes, llamados castas, de acuerdo con tus habilidades predominantes. El anciano Lincott era quien tenía la última palabra sobre la casta a la que pertenecerías y su decisión era irrevocable. La selección consistía en una emocionante dinámica: los aspirantes accedían en grupos de diez a un inmenso salón común de forma circular con varias puertas que eran el camino de entrada hacia tu nueva casta. El anciano Lincott observaba a cada uno de los aspirantes, caminando a su alrededor, hasta que finalmente se decidía a tocar la palma de la mano de alguno, lo miraba a los ojos, estudiaba su palma y le decía por cuál puerta ingresar. Dux Regnum era la casta de los líderes; Belator, la de los guerreros; Sana Lucem era para los sanadores. Él nunca había fallado en su juicio, aun en circunstancias controversiales.

Estudiar en el Signum Lux era un privilegio que pocos obtenían en Ciudad Zul, era exclusivo para preparar a los ciudadanos de más alto rango mágico del reino. Ni el linaje ni la influencia que tuviera un apellido garantizaban un lugar. Algunas veces sucedía que el anciano Lincott, al examinar a un prospecto, le pedía abandonar el salón de selección por una puerta que conducía al exterior, lo que indicaba que no estaba listo o no tenía las capacidades requeridas para ingresar a alguna casta.

Cualquier joven de edad elegible podía aspirar a realizar el proceso de selección, aunque, con los años, comenzaron a asistir solo los que creían tener las suficientes habilidades para ingresar; el impacto de no ser admitido causaba una enorme vergüenza y muy pocos estaban dispuestos a sufrirla.

Después de hacer algunas adquisiciones básicas para el inicio de clases y preparar una maleta con mis pertenencias de valor, tuvimos una cena tranquila con mi comida favorita: una tabla con quesos deliciosos, repleta de diferentes variedades en intensidad y sabor, justo los que contrastaban mejor con las uvas y bayas silvestres. Los tres estábamos muy emocionados con esa nueva etapa de mi vida.

Desperté cuando aún estaba oscuro —mi mal dormir era algo que siempre me ocurría antes de algún evento importante—. Me quedé en cama tratando de llenar mi cabeza con pensamientos positivos hasta que pude oír movimiento en la cocina. Me di un baño y me arreglé lo más rápido que pude antes de reunirme con mis padres para desayunar. Salimos de casa a paso acelerado y nos perfilamos hacia la estación, que estaba a no más de seis minutos a pie. La Estación Central era el origen y el centro de túneles que conectaban a las comunidades mágicas dentro de Ciudad Zul. Era muy práctico vivir tan cerca de la Estación Central, ya que mi padre siempre tenía que hacer uso de ella para transportarse por todo el reino. El túnel número ocho era el camino indicado hacia el instituto mágico Signum Lux. Era un largo trayecto pero, para nosotros, viajar decenas de kilómetros en los túneles se reducía a minutos.

Llevé mis dos maletas a un vagón alargado, especial para trasladarlas al instituto, estaba en el lado izquierdo del andén y antes de colocarlas me cercioré de que estuvieran marcadas con mi información; luego las cargué, las puse sobre la banda en movimiento y observé cómo desaparecían a medida que se perdían en la distancia.

«Nota para mí: aprender un hechizo para poder cambiar el color de las maletas», pensé. Ya que, cuando fuimos a conseguirlas, no quedaban más que un par color rosa fosforescente.

Me despedí de mis padres con un abrazo que me hizo un nudo en la garganta y abordé el tren. Me senté y exhalé un largo suspiro. Intenté contener las lágrimas cuando vi a mis padres por la ventana: papá sostenía a mamá y ella, al igual que yo, intentaba ocultar su tristeza. Sonreí forzadamente, ondeando mi mano en señal de despedida. Cuando dejé de verlos por fin brotó toda el agua de mis ojos. Me aclaré la garganta para recomponerme y me alisé la blusa. Luego, un flash y estaba en camino a mi nueva y mágica vida. Aunque estaba tan solo a tres o cuatro minutos de haber partido por el túnel, sabía que no los volvería a ver hasta dentro de tres meses, cuando tendríamos un fin de semana para ir a visitar a nuestras familias. Intenté grabar en mi memoria sus caras de felicidad y orgullo, que eran demasiado evidentes. Algunos jóvenes que viajaban conmigo, y que sin duda se dirigían al mismo lugar, bajaron del tren tan pronto dejó de moverse. Yo los seguí. Caminamos en grupo hacia la entrada principal de Signum Lux, mi nuevo hogar durante los próximos cinco años, si es que tenía la suerte de quedar seleccionada. La puerta de entrada era enorme, estaba labrada meticulosamente y en su marco se leía una frase con el lema del instituto: Flammam Veritatis, que significa«la flama de la verdad». Al leer esas palabras la piel se me erizó. Mi madre siempre decía: «no hay nada más poderoso que la verdad». Ahora sabía de dónde provenía su creencia.

Me juré aprovechar cada minuto que estuviera ahí. No podía esperar para poner a prueba lo que realmente sabía hacer... y que nadie sabía. Aprender a controlar mi magia desde los hechizos más sencillos hasta los más complejos y de mayor importancia fue parte de mi vida desde que era muy pequeña, y era hora de demostrarlo.

Con plena consciencia, subí los primeros treinta y ocho escalones de mármol negro que me separaban de la entrada. Cada vez que subía uno mi corazón latía con más rapidez. Me detuve a dos escalones de llegar a la cima, podía sentir el hormigueo típico en la yema de mis dedos, lo que significaba que tenía que usar algo de magia. Miré hacia arriba. La fachada tenía un enorme reloj que indicaba que eran las siete cincuenta. Solo me quedaban diez minutos para entrar, pero primero debía encontrar un baño para poder desfogar en privado mi exceso de energía y no provocar un accidente.

«¡Ugh! Típico, siempre en el momento más inoportuno», maldije para mí misma, mordiendo instintivamente mi labio inferior con nerviosismo y frotando la yemas de mis dedos mientras trataba de evaluar el tiempo que me quedaba antes de que lo que más temía sucediera. Y ni siquiera había puesto aún un pie dentro del instituto.

«Respira, Victoria... respira», podía escuchar la voz de mi madre en mi cabeza. Cerré los ojos e inhalé profundamente tres veces. De inmediato, un poco del hormigueo en mis manos remitió.

Apresuré el paso después de subir los dos escalones restantes y crucé el umbral de la puerta sin prestar atención a lo que me rodeaba. Mi mente se mantenía enfocada en buscar el tocador de mujeres para así poder llegar al salón a tiempo y sentirme un poco más tranquila.

Una mujer vestida estrafalariamente me sacó de mis pensamientos al gritar a todo pulmón unas palabras de bienvenida. Tenía puesto un vestido negro, largo y pegado a su cuerpo extremadamente delgado. Un cinturón de plumas de colores enmarcaba su casi inexistente cintura. Su cabello era totalmente blanco, aunque su rostro no era el de una persona mayor de treinta años. Sus uñas, de color verde oscuro, eran particularmente largas y puntiagudas. Sus facciones eran elegantes y delicadas, pero completamente opuestas a su personalidad y ademanes burdos.

Al verme me sonrió ampliamente. Yo le correspondí con una risa tímida, pero me fue imposible escapar de su mirada; ella me penetraba con la intensidad de sus ojos rasgados color marrón, estudiando cada movimiento y detalle en mí. Un escalofrío cosquilleó en mi espalda. Finalmente soltó una carcajada que sacudió el suelo provocando un silencio total. Fui el blanco de todas las miradas a mi alrededor y sentí mis mejillas llenarse de sangre hasta dejar mi rostro como un tomate.

—¡Bienvenida! —gritó la mujer al dar por terminada su macabra risa—. Tú eres Victoria, ¿verdad?

Me había quedado muda e inmóvil; me forcé a asentir con la cabeza.

—¡Lo sabía! —me sonrió—, pero, es que estás igualita a tu madre. Ella es mi amiga, bueno, lo fue cuando estudiábamos aquí mismo. Pensé que serías un poco más robusta. ¡Estás hecha un costal de huesos, niña!

Me sonrió cálidamente, logrando cambiar la primera impresión que me había causado. Relajé el cuerpo y me alegré de no haber sido víctima de esas uñas.

—Camina derecho por el pasillo —me indicó—. Entra y dobla a la izquierda hasta topar, ahí encontrarás la sala de espera para ingresar al salón de sorteos. Si sigues a la multitud no tendrás problemas. Mi nombre es Danielle Nicolao, pero todo el mundo me dice señorita Nico para abreviar. Doy apoyo a los de nuevo ingreso durante los primeros meses, soy la líder de Dux Regnum. Si tienes alguna pregunta, no dudes en hacérmela saber.

Asentí con la cabeza como respuesta y esperé a que ella continuara hablando. Un par de segundos de silencio después supuse que la conversación había terminado.

—Bueno... pues, mucho gusto, señorita Nico —finalmente dije, después de aquella incómoda pausa—. Con su permiso, se me hace tarde para...

—Sí, sí, apúrate —me interrumpió—. Creo que te queda poco tiempo.

Volteé y, para mi sorpresa, vi que el pasillo estaba totalmente solo.

—¡Ay, no! —murmuré con la voz envuelta en pánico y me dispuse a correr a toda prisa. Adiós al tiempo de buscar el tocador y liberar un poco de magia. Confiaba con todo mi corazón en que pudiera aguantar hasta que tuviera una oportunidad de hacerlo.

Me paré justo enfrente de la puerta que me había indicado la señorita Nico, estiré la mano hacia el pomo y lo giré lentamente: estaba cerrada con llave. Traté de abrirla con un débil empujón y nada. Intenté de nuevo con un poco más de fuerza, girando la perilla... ni siquiera se movió. El pavor me invadió y con él la vergüenza de llegar tarde el primer día de clases.

«Ahora todo el mundo te mirará al llegar, Victoria, con lo que te encanta», pensé con ironía.

Empujé de nuevo con todas mis fuerzas y justo en ese momento una descarga de magia recorrió mi cuerpo y fue expulsada violentamente por las puntas de mis dedos de la mano derecha, seguida de un destello que nubló mi vista y que podría haberme dejado ciega.

Las puertas se abrieron de par en par y caí hasta el suelo por inercia. Alcancé a cubrirme la cara con mis brazos y, antes de retirarlos por completo para intentar levantarme, noté que no había caído precisamente en suelo firme. Sentí algo blando debajo de mí... ¡que se movía! No levanté la vista, estaba segura de que moriría de vergüenza al notar que había caído sobre alguien. Me levanté a toda prisa y sentí una descarga de adrenalina cuando, frente a mí, me encontré con un auditorio repleto de personas viéndome, murmurando y emitiendo risitas por doquier. Me volví para ayudar a levantarse a la persona que me había salvado de caer en una superficie completamente dura y darle las gracias.

Le ofrecí mi mano a un muchacho rubio que todavía estaba aturdido por la sorpresiva embestida. Mi vista aún permanecía nublada y mi enfoque no era el mejor.

—No necesito tu ayuda —oí que me dijo desde el suelo—. Ocúpate de tus asuntos.

Vi su silueta borrosa levantarse ante mí, ignorándome por completo.

—Disculpe, señorita... —interrumpió una voz masculina desde el atrio al frente de la sala.

—Victoria Guilliard, señor. Pido disculpas por mi retraso —le respondí.

—Señorita Guilliard —me dijo secamente—, le pido por favor que tome asiento en la primera fila. Si tenemos suerte, creo que podremos continuar sin otra interrupción.

Ni siquiera me atreví a voltear y ver a la persona que me hablaba. Solo seguí su orden, recorrí el pasillo a toda prisa y, tan pronto divisé un lugar disponible en la orilla de la fila, me senté. La única buena noticia era que había drenado mi magia con esa descarga y no tendría que preocuparme por otro incidente, al menos por lo que restaba del día.

—Para que sepa la recién llegada —dijo en tono sarcástico el hombre frente al atril—, está por entrar a selección el primer grupo.

En ese momento vi salir a unos chicos por una puerta. Los diez parecían nerviosos y entusiasmados, aunque había un chico muy alto con el ceño tan fruncido que parecía molesto. El profesor continuó:

—Vamos por orden alfabético, así que usted irá con el tercer conjunto.

Por fin, pude ver al profesor más detalladamente: era alto y delgado, su cabello, completamente blanco, caía hasta sus hombros y sus entradas eran muy pronunciadas en la frente. Notaba en él un parecido con alguien, sus facciones eran similares a las de...

«¿La señorita Nico?», me pregunté.

—Me presento. Soy maestro de la clase de armas y defensa personal, y representante de la casta Belator. «General Nicolao» es como todo el mundo me conoce. —Me miró—. Espero haberle informado satisfactoriamente todo lo que se perdió a causa de su impuntualidad, señorita Guilliard. —Finalizó su discurso viéndome fijamente a los ojos y endureciendo su expresión.

Aunque el corazón se me aceleró porque sentí que volvía a ser el centro de atención, un gran alivio me invadió. Si algo tenía seguro era que, debido a mi complexión, no sería elegida en la casta de los belators. Así, por lo menos no tendría que lidiar con ese hombre de semblante duro y mirada tan penetrante que me ponía los pelos de punta.

Según me había explicado mi madre, la opción más lógica y segura sería pertenecer a la casta Dux Regnum, los líderes y dirigentes del reino, ya que tanto ella como mi padre habían cursado su educación con ellos. Aunque no podía negar que la sanación era mi pasión secreta.

Los dux regnums se especializaban en las áreas políticas, científicas y comerciales; profesiones clave en nuestra sociedad. Dentro del plan de estudios debía cursarse un tronco común durante dos años; al terminar ese periodo se determina la acentuación que cada uno tendría, dependiendo de su perfil, y los últimos tres años tomaban clases especializadas en el área donde tenían mayor destreza e interés. El propósito de esta casta era preparar a sus integrantes para guiar y manejar al pueblo.

La siguiente opción era Sana Lucem, los sanadores de luz; se especializaba en todo lo que tenía que ver con el área médica; se dedicaban a la alquimia, a descubrir o crear hechizos sanadores, a aprender sobre las plantas curativas y a realizar pociones para tratar males, tanto mágicos como físicos. El último año de estudios de esta casta cada uno elegía alguna zona específica del cuerpo para hacer su especialidad.

La tercera opción era formar parte de Belator. Ahí se elegían a los de complexión atlética y fuerza sobresaliente, por lo que no tenía ni la más mínima oportunidad ni el deseo de ser parte de su casta. Mi estatura tenía casi la misma longitud que la de una espada con las medidas estándares. Sabía que si por alguna burla del destino se me sorteaba ahí, terminarían por darme un disfraz de mascota en vez de una armadura. Los belators eran soldados del reino y se les preparaba para pertenecer al Ejército Mágico, lo cual suponía un gran honor; sin duda era el lugar que muchos anhelaban.

Había otra opción, pero no era considerada por nadie. Era una posición imposible de alcanzar. Solo se le otorgaba ese privilegio a la realeza. Se trataba de la casta Élite y, hasta el momento, solo contaba con dos integrantes: los mellizos Knight: Saskia y Somero, sobrinos directos del rey, que cursaban cuarto año.

Los integrantes de Élite llevaban una educación integral, y, en lugar de dedicarse a una sola disciplina, se les enrolaba en materias de todas las áreas a partir de una selección de lo más relevante de cada una. Su horario se expandía para poder cubrir todo el contenido. Por supuesto, suponía el triple de esfuerzo y trabajo, y generaba mucha presión en ellos. Esta casta preparaba a los integrantes para ser la cabeza de una nación y para saber dirigir a sus principales líderes. Pertenecer a Élite definitivamente te aseguraba un futuro brillante en los puestos destinados a reinar, puestos que solo se reclamaban por herencia y sangre.

—El tercer grupo, por favor, de pie —gritó el general Nicolao, sacándome de mis pensamientos.

Me levanté animada, ya casi sin acordarme del incidente al tropezar con aquel muchacho grosero. Me formé en la línea y avancé hacia la puerta de entrada al salón de selección.

Todo lo que me habían dicho sobre ese salón no le hacía justicia a su majestuosidad. La puerta se cerró con un ruido sordo a mis espaldas, sobresaltándome. Lo primero que captó mi atención fue el techo de doble altura con pinturas de los siete dioses creando el mundo con su poder, todas alrededor de un domo de cristal que dejaba entrar la luz del exterior hacia el centro del salón. Las paredes estaban recubiertas de mármol color beige y veta dorada, perfectamente lisas y lustradas formando un círculo. Un agradable perfume con tonos amaderados inundaba el ambiente, pude notar algunos toques de lavanda negra y vainilla, una combinación relajante.

A mi espalda quedó la puerta de entrada y alrededor de la sala encontré cuatro puertas más; justo enfrente de mí reconocí rápidamente —como me había contado mi madre— la puerta plateada. Su textura era lisa, como hecha de acero inoxidable, y despedía una luz cálida en su contorno. Era un diseño simple pero a la vez transmitía un tono serio y formal, muy acorde a lo que simbolizaban los líderes para el reino. La puerta estaba adornada por la palabra «Dux Regnum» con una perfecta y elegante caligrafía en lo alto del umbral.

A mi izquierda estaba la puerta de hierro, enmarcada por enormes tornillos de bronce y una manija grande y tosca para abrirla. En lo alto de la puerta había un rectángulo de madera rústica y gastada que decía en una letra gruesa y uniforme: Belator. Sin duda, denotaba su personalidad: fuertes, imponentes, duros de carácter y hoscos en su socialización.

A solo unos metros, entre la puerta de entrada y la puerta de hierro, visualicé una tercera puerta, hecha de madera oscura con una medida estándar. No tenía adornos ni características especiales... era la llamada non elegit o «la puerta de la vergüenza», como la llamaba mi padre, y por ahí desalojaban el salón a aquellos que no eran seleccionados.

Volteé hacia mi lado derecho y pude admirar la cuarta puerta, fabricada de encino con una veta marcada y elegante. Estaba rodeada por una enredadera de un intenso color verde y enmarcando la parte superior de la puerta se erguían unas flores, parecidas a un botón de rosa pero con aspecto sólido y brillante, similar a un diamante, que se encontraban entretejidas en un patrón definido formando claramente la palabra «Sana Lucem».

El anciano Lincott era inconfundible, sus rasgos particulares lo delataban a kilómetros. Su tez era extremadamente oscura, lo cual le daba un brillo muy peculiar a su piel. Su cabello lo llevaba al estilo afro; era de un color blanco platinado que relucía a contraluz. Una barba blanca, corta y despeinada, adornaba su rostro y gran parte de su cuello. El anciano Lincott era uno de los pocos primus que aún daban consejos al rey en asuntos mágicos y formaba parte de un consejo que aseguraba que las leyes entre immaculatus y genevaries se respetaran. De ahí derivaba su título de anciano —y, claro, el color de su cabello y barba ayudaban a reafirmar que era uno de los hombres con más edad en nuestro reino—, pero en realidad, si mirabas con detenimiento, sus facciones eran joviales y frescas. Su piel era tan tersa como durazno, su mirada era profunda y llena de sabiduría. Otra peculiaridad que lo caracterizaba eran unos lentes oscuros que siempre llevaba puestos, un accesorio poco común en nuestro mundo. Y su vestimenta, siempre estrafalaria, era su sello característico: una larga túnica de color marfil de mangas largas y amplias con extravagantes brocados plateados, de la que colgaba una abombada capucha que llegaba hasta la mitad de su espalda.

Cuando empezó a explicarnos acerca de la logística de selección puse especial interés a la cadencia de su voz, que era grave y cálida. Sin duda, hipnotizante e inspiradora de confianza.

Un pequeño destello se metió en mi campo de visión y me hizo voltear hacia mi lado derecho. Ahí, exactamente en medio del espacio que existía entre la puerta Sana Lucem y la entrada, había una puerta adicional. No entendía cómo era posible que no la hubiese visto hasta ese momento, era muy llamativa; estaba completamente cubierta de gemas preciosas y brillantes de cuatro colores diferentes: verde, azul, blanco y rojo. La puerta era tan hermosa que me era casi imposible apartar la vista de ella. Cada gema estaba cortada perfectamente para dar el máximo brillo y claridad. Entre más prestaba atención más me hipnotizaba la forma en la que estaban acomodadas; fue entonces cuando percibí el primer movimiento de las esmeraldas. Todas las piedras color verde se reordenaron, deslizándose hacia el centro de la puerta hasta formar un patrón definido. Al principio batallé en distinguir algunas letras, pero cuando al fin se detuvieron pude leer: Élite.

Avancé un poco más para poder apreciarla mejor y, como si con mis pasos se pusieran en marcha, los rubíes comenzaron a migrar hacia el centro, formando en color rojo la misma palabra en diferente caligrafía: Élite. Era obvio que me encontraba ante la puerta para la casta de máximo nivel, por donde entraban los de sangre real. Traté de prestar atención a lo que el anciano Lincott estaba diciendo, pero tan pronto le di la espalda a la puerta sentí la necesidad de volver a mirarla. Era un llamado que mi cuerpo simplemente no podía resistir, como si todo mi ser luchara por estar frente a ella otra vez.

Cedí ante el impulso e inmediatamente me vi absorta una vez más tratando de descifrar un nuevo movimiento. Fue entonces cuando una voz interrumpió mi investigación:

—¿Cuántos colores has podido descubrir? —me preguntó el anciano Lincott.

—Disculpe, no era mi intención distraerme —contesté apenada, irguiendo la espalda de un respingo.

—No estoy molesto, es solo que hace mucho que no veo a nadie prestarle atención a esa puerta... Cuatro años para ser exacto. ¿Puedes leer algo en específico? —preguntó pensativo, acariciando su barba.

—Puedo ver la palabra Élite. Primero la vi en color verde, se formó justo en el centro de la puerta. Luego desapareció y el movimiento comenzó de nuevo, pero con los rubíes, y formó la misma palabra en color rojo —respondí en el tono más bajo que pude.

—Interesante. —Me sonrió sin despegar los labios.

El anciano se alejó de mí y vi cómo se acercaba a un muchacho alto y fuerte que estaba al otro lado de la sala. Tomó su mano y, al pasar suavemente sus dedos sobre la palma del chico, le dijo:

—A la puerta de hierro, señor Hex: ¡Belator!

—Gracias. —El nuevo soldado se alejó con el pecho inflado y, orgulloso, abrió su puerta y salió de la sala de selección.

—¿Me permite su mano, señorita Gomán? —le preguntó a una muchacha rubia que no había dejado de sonreír desde que entramos.

Ella extendió su mano y pude notar que dejó de respirar los segundos que el anciano Lincott tardó en gritar: «¡Dux Regnum!».

Increíblemente, su sonrisa pudo hacerse más grande aún. Hizo una pequeña reverencia y caminó con altanería hacia la puerta plateada.

El anciano fue vaciando la habitación, uno a uno, hasta quedarnos solamente él y yo. Caminó hacia la puerta de gemas y la observó un par de minutos, luego dio la media vuelta y se dirigió hacia mí. Cuando estuvimos cara a cara suspiró profundamente e inició la conversación:

—¿Puedes describirme de forma detallada lo que observaste en la puerta y lo que estabas sintiendo, por favor?

—No puedo dejar de verla —le dije preocupada—, entre más trato de desviar la mirada más fuerte es el impulso de volverla a ver. En un inicio solo se movían las gemas de un mismo color hasta formar la palabra «Élite» en el centro; primero en verde, luego rojo, azul y al final con los diamantes. Pero ahora todas las gemas se mueven al mismo tiempo y puedo ver la palabra en diferentes colores, tamaños y caligrafías a la vez. Me ha provocado un poco de dolor de cabeza.

—Victoria, sé que aún no eres consciente de lo que está ocurriendo aquí, pero estamos ante un evento único —me dijo con seriedad, tocando mi cabeza con sus manos hasta lograr que mi dolor de cabeza se disipara por completo—. Lo sentí desde que tus pies entraron a este salón. Ni siquiera necesito tocar la palma de tu mano para saber en dónde serás sorteada. Lo haré por protocolo y para que a nadie le quepa duda.

Tomó mi mano, entusiasmado, y le dio vuelta. Rozó ligeramente mi palma con sus dedos y musitó una palabra que no me hizo sentido.

Yo me quedé ahí, parada, esperando a que el anciano comenzara a reír y dijera que era una broma o al menos dejara ir mi mano, pero no fue así, el anciano Lincott sostuvo su postura, seguro y sin titubear, buscando mi reacción.

Su voz seguía resonando en mi cabeza, haciendo eco en la última palabra que pronunció:

—Élite.