No podía procesar la información que acababa de recibir. De pronto me sentí muy pequeña en el enorme salón de selección. Miré al anciano Lincott con incredulidad, pero él solo me observaba con una sonrisa dibujada en el rostro.

—¿Élite? —le pregunté en apenas un susurro—. ¿Está seguro?

—Regularmente nadie me cuestiona. ¿Dudas de mí? —me respondió.

—Lo siento, es solo que yo... —pausé unos segundos, buscando las palabras correctas—, pensé que estaba fuera de toda probabilidad.

—Creo que hasta yo lo pensaba imposible, pero no hay duda. Nunca antes había visto que la puerta cobrara vida propia de esta manera, era como si te estuviera llamando a gritos.

—Es imposible no mirarla con todos esos colores —dije con ironía.

—El noventa por ciento de los alumnos que pasan por este salón no pueden siquiera ver la puerta, Victoria —dijo acomodándose los lentes con el dedo índice.

—¿Pero cómo? ¿Solamente yo vi lo que hizo la puerta? —No entendía nada. ¡Era absurdo!

—Estoy seguro de que tu propósito se revelará a su debido tiempo. Estaré muy pendiente de ti y de tu desarrollo en el instituto. —El anciano hizo una pausa y suspiró—. Anda ve, recorre el pasillo. Recuerda que no te esperan del otro lado, así que dile al director que le mando decir que sí, que estoy cien por ciento seguro.

Caminé hacia la puerta titubeando un poco, y entre más me acercaba más sentía una atracción inexplicable. Me paré en seco frente a la inmensa entrada, sabiendo que a partir de ese momento mi vida sería completamente distinta. Apenas acerqué mi mano a la puerta, esta se abrió por sí sola. Terminé de abrirla por completo con un empujón y crucé el umbral. La puerta se cerró detrás de mí y, cuando estuve sola en el pasillo, la incertidumbre empapó mis pensamientos. Lo recorrí lentamente y a tientas, aún confundida. Me detuve en el marco de la puerta que daba a un pequeño salón, reconocí al director del instituto, Samuel Parawue, quien se encontraba de pie en una esquina del salón totalmente inmerso en la lectura de un libro.

—Ughm —hice un sonido para llamar su atención.

El director subió la mirada hasta encontrar la mía. Una expresión de incredulidad y asombro llenaron su rostro mientras levantaba una ceja en señal de pregunta.

—Sí... estem... —le dije al director encogiéndome de hombros y caminando hacia el centro del salón—, el anciano Lincott dijo que si usted tenía dudas, le asegurara que él está cien por ciento seguro.

Al director solo lo conocía de vista, pero era muy popular en nuestra sociedad. Había tomado el lugar de su padre después de su muerte en un terrible accidente. Toda su familia había sido devota al instituto por generaciones y, por los comentarios que circulaban, el ahora líder había superado a las generaciones pasadas por mucho en su manera de dirigir. Era, sin lugar a dudas, el director más joven de la historia, pero el que más había hecho por la escuela y sus estudiantes en tan corto tiempo. No se podía negar que era guapísimo y, por lo mismo, uno de los solteros más codiciados. La característica que resaltaba más a la vista era su abundante y sedoso cabello ondulado color café oscuro que llevaba muy bien estilizado en un corte tradicional. Lo peinaba hacia atrás con sus dedos constantemente. No sé si se acomodaba de forma natural o si se servía de algún hechizo para que siempre luciera perfecto.

—Entiendo. —Me observó con curiosidad—. ¿Cuál es tu nombre?

—¡¿Cuál es tu nombre?! La pregunta adecuada sería «¿qué haces aquí?», ¿no cree? —Volteé hacia atrás buscando el origen de esa voz que acababa de interrumpir mi presentación con el director. El muchacho rubio con el que me había tropezado en el salón de espera entraba con pies de plomo al salón Élite.

¿Qué hacía él ahí? Bueno, aunque también era cierto lo que él inquirió: ¿Qué hacía yo ahí?

—Mi nombre es Victoria Guilliard, señor —le respondí al director, ignorando el comentario del chico.

—¡Claro!, eres la hija de Sebastián y Damaris, ahora veo el parecido. —Me escaneó con la mirada—. Te pido una disculpa en nombre del señor Knight; él solo está sorprendido, al igual que yo.

¿El señor Knight? ¿Leonardo Knight, el hijo del rey? ¿En qué mundo bizarro estaba viviendo?

—¿Pero, qué haces aquí? —volvió a preguntar, molesto, el príncipe.

—Yo soy el que hace las preguntas aquí, Leonardo —interrumpió el director—. Además, no tengo que cuestionar lo evidente. Si el anciano Lincott la sorteó en la casta Élite, luego la señorita Guilliard abrió la puerta Élite, recorrió el pasillo y llegó al salón de Élite, es obvio lo que hace aquí.

—Pero... es imposible —murmuró el príncipe.

El director fingió no haber escuchado su comentario y los tres nos quedamos en silencio por quién sabe cuánto tiempo.

—Debo hacer un par de adecuaciones —al fin nos dijo—. Tendrán que esperar aquí y vendré por ustedes tan pronto pueda. Tengo que verificar que la selección general haya terminado y que los representantes de cada casta se encarguen de sus nuevos integrantes.

Asentí.

—Esto debe ser una broma de mal gusto, esta niñata se tropieza con sus propios pies, ¿y ahora resulta que es casta Élite? —dijo entre dientes el príncipe.

—Leonardo, tenemos que hablar sobre tu autocontrol —le dijo el director—. Es una condición para permanecer en el instituto, no quisiera que le dieras la razón a tu padre al oponerse a que vinieras aquí. Sabes que puedo mandarte de regreso en un parpadeo, así que demuestra tu cortesía, por favor.

Noté que el aludido quería seguir debatiendo el tema, pero, al final, solo suspiró profundamente y permaneció en silencio.

El iracundo príncipe y yo nos quedamos como estatuas en el centro del salón, observando al director salir con prisa. Ninguno de los dos dijo ni una palabra, pero noté que, de vez en cuando, él me miraba como si pudiera lanzarme puñales con los ojos.

«¡Dios! ¡Tiene una mirada penetrante!», pensé.

Ignorarlo era lo mejor. La tensión que se sentía en el ambiente casi se podía tocar. Decidí enfocar mi atención en otra cosa. Lo primero que vi fue un antiguo reloj de madera empotrado en una de las paredes del salón, marcaba las cinco treinta y seis. Estudié cada detalle en él; era oscuro y tenía la forma de una casa para pájaros laboriosamente tallada. Por la parte de abajo se localizaba el escape, de donde colgaba un péndulo color dorado que se movía de un lado a otro con un ritmo constante. La esfera del reloj tenía tres manecillas que, después de lo que a mí me había parecido un largo tiempo, marcaban apenas las cinco con cuarenta —la espera fue eterna—. El director tardó treinta y tres minutos y catorce segundos más en llegar por nosotros pero, en mi percepción, parecieron horas. Ni el príncipe ni yo hicimos ningún intento por comunicarnos.

—Estamos listos, muchachos —nos dijo cuando entró al salón, esbozando una sonrisa.

—¿Hay algo que le resulte gracioso al director? —le preguntó secamente el príncipe con tono desafiante.

El director borró la sonrisa y endureció su expresión.

—Señor Knight, probablemente estás acostumbrado a que te den un trato especial todo el tiempo, pero aquí, dentro de estas paredes, eres solo un alumno más. Te aseguro que si vuelves a dirigirte a mí en ese tono habrá consecuencias. —Hizo una pausa—. Ahora, acerca del tema que nos compete en este momento, quiero informarles que los dos estarán bajo la tutela de la profesora Nicolao. Ella será su asesora durante su estancia aquí, coordinará sus horarios y horas libres para que tengan tiempo de hacer tareas.

—Disculpe, director —le pregunté apenada—, es que esto es nuevo para mí y quisiera hablar con mis padres para darles la noticia.

Vi de reojo al príncipe pedante poner los ojos en blanco, claramente desesperado.

—Sí, claro, la niña está tan emocionada que quiere correr a decirle a sus papis —se burló con voz chillona, tratando de imitar la mía.

—¡Silencio! —sentenció, tajante, el director—. No habrá otra advertencia. No quiero oír ni una burla más.

—Sí, señor —le contestó con una sonrisa de triunfo en la cara.

—Teniendo eso claro, síganme —nos ordenó.

Miré al príncipe fijamente, atravesándolo con la mirada; él la sostuvo sin pestañear, desafiante en todo momento, hasta que el director, al fin, interrumpió con un aplauso sonoro. La verdad era que yo no quería más altercados y menos con el director presente. Por otro lado, él era el príncipe y no me convenía ser su enemiga.

Seguimos al director a través del pasillo y él nos condujo hacia un área verde al aire libre. Alrededor de ella estaban las cabañas que yo suponía que eran para los estudiantes del futuro ejército. En el lado norte se distinguía el área de entrenamiento con pruebas de obstáculos, tiro al blanco, aparatos para hacer ejercicio y varios ruedos para entrenar con espadas.

El silencio predominaba. Solo se podía escuchar el crujido de las ramitas que pisábamos por el camino. El atardecer era majestuoso y absorbí su belleza tratando de buscar algo que me ayudara a poner mis ideas en orden mientras seguíamos caminando hasta el primer edificio, que se encontraba a unos doscientos metros más allá del campo.

—El campamento que acabamos de pasar es donde están concentrados los futuros soldados —nos explicó el director—. En este edificio, a mi derecha, es donde están los dux regnums. En cada espacio hay dormitorios, salones de clases, comedores... en fin, todo lo necesario. El edificio blanco que está a mano izquierda es el hospital y un poco más adelante pueden ver el ala sur del mismo. Hay solo dos maneras de entrar en él, puesto que recorre el interior de esa montaña y la atraviesa de lado a lado.

Miré la enorme montaña, preguntándome qué se sentiría recorrer el interior. El director continuó su explicación:

—La entrada principal da a la plazuela central de Ciudad Zul y es la que todo el reino conoce. La otra entrada es esta. —Señaló una puerta doble hecha de vidrio—. Este es el acceso a los laboratorios, salones de clases y centros de investigación. El edificio contiguo contiene los dormitorios de los sana lucems —dijo señalando un edificio blanco de tres pisos que se encontraba un poco más adelante.

—¿Puedo preguntar hacia dónde nos dirigimos? —cuestionó el príncipe con voz preocupada—. Tenía entendido que los de la casta Élite se quedaban con los dux regnums. Ahí están mis primos.

—En efecto, príncipe. —Era la primera vez que el director se dirigía a él con su título de nobleza—. Sin embargo, solo hay un dormitorio destinado a la casta Élite y no había más espacio para acomodarlos. Cada generación debe estar unida en el mismo edificio; estoy seguro de que les parecerá muy cómodo y encontrarán los beneficios de estar juntos en este nuevo desafío.

—¿Juntos? ¿Está usted loco? Ni siquiera somos del mismo sexo, ¿cómo se atreve a sugerir que nos quedemos en el mismo lugar? —Se detuvo y cruzó los brazos haciendo berrinche.

—Te advertí que no quería oír ese tono de nuevo, así que tendrás labores extra el día de mañana. Repórtate con la profesora Nicolao después de clases. Le dejaré dicho qué es lo que tienes que hacer —sentenció.

El príncipe lo miró con ojos de odio. Si supiera usar su magia, seguro que lo habría incinerado con la mirada.

—Para responder a tu pregunta, lo que puedo decirte es que te sientas tranquilo, te aseguro que el colegio no haría nada indebido. Cada uno tendrá su privacidad. Si tienes alguna objeción, podrás abandonar el colegio cuando gustes y tomar clases privadas como tu padre tenía planeado en un principio. No creo que quieras darle una excusa para que piense que tenía razón al sugerir que no era buena idea que estudiaras aquí —le sonrió levantando las cejas—. Por otro lado, si lo que sientes es miedo hacia este nuevo reto, podríamos buscar alguna otra solución, pero tendría que ser hasta mañana.

El muchacho me miró con la quijada intrincada, tratando de controlar sus emociones. Finalmente, asintió y dijo:

—Estaremos bien.

Pero la realidad era que yo también estaba aterrada, jamás había convivido con nadie, a excepción de mi familia, en un ambiente tan íntimo, ¡mucho menos con un chico casi de mi edad! Resultaba inapropiado por donde se viera.

Aun así, cuando el director me preguntó mi opinión solo pude alcanzar a hacer vibrar las cuerdas vocales con un tímido «mhm».

Todavía enmudecida, vi de frente una torre alta y aislada del resto de la zona de los dormitorios y edificios de las diferentes castas. En la oscuridad de la noche lucía terrorífica. Tenía un aspecto antiguo, hecha de bloques de algún tipo de barro gris perfectamente posicionados para formar un cilindro. Ya más cerca, pude ver que tenía un diámetro bastante amplio, de unos treinta metros aproximadamente, aunque de lejos parecía más pequeña. La única luz que se alcanzaba a ver emergía de una ventana en la parte más alta de la torre.

Como dos perros fieles seguimos al director, esta vez hacia el interior de la torre, y luego, al subir las escaleras en forma de caracol, avanzamos hasta llegar a una puerta austera de madera. No mentiría si dijera que subimos al menos doscientos escalones. El director la empujó y esta rechinó al abrirse.

—Tenemos que darle mantenimiento y remodelarla, hace décadas que no se usa. Les aseguro que hicieron un buen trabajo hace unos minutos para adecuarlo y que ustedes pudieran descansar aquí esta noche. Mañana afinaremos detalles, pero por ahora implementaré algunos hechizos para que se sientan en confianza y para que el señor Knight esté más cómodo con la presencia de una dama. —El director me sonrió guiñando el ojo.

El príncipe lo miró y sonrió irónicamente, pero no dijo una sola palabra. Parecía que la amenaza del director al fin había surtido efecto.

Una vez dentro de la enorme habitación, pude ver un área común en la parte central; todo se encontraba alrededor de una sala blanca en forma de semicírculo que estaba justo en el centro. Tenía un aspecto acolchado y cómodo, ideal para recostarse y leer un libro o solo para pasar el rato. Enfrente de la sala vislumbré un tablero de ajedrez; estaba posado sobre una mesa cuadrada de centro, hecha de madera de maple, muy al estilo minimalista. Una enorme chimenea estaba encendida al fondo del salón, le daba calidez al gran espacio; la enmarcaba un enorme librero que cubría toda la parte trasera llegando hasta el techo de la habitación, y estaba llena de libros antiguos de miles de tonos y tamaños. Del lado izquierdo, distinguí una escalera deslizable para poder acceder a las repisas más altas. A cada lado del librero había dos escritorios hechos del mismo tipo de madera y a juego con el estilo de la habitación; en sus esquinas descansaban unas pequeñas lámparas con base dorada y pantalla verde esmeralda.

—Aquí residirán durante su estancia con nosotros. Como pueden ver, hay una puerta de cada lado —explicó el director y yo ubiqué ambas puertas—. A la derecha está la puerta que da a la habitación de la señorita Guilliard y a la izquierda está la del señor Knight. En cada lado del librero se encuentra su respectivo escritorio y todo lo que necesitan para crear sus áreas de estudio; hay espacio suficiente para que cohabiten cómodamente en el área común. Otra área que compartirán es el baño, que se encuentra detrás de aquella puerta —dijo apuntando hacia el lado izquierdo—, la que está al terminar el librero.

»La biblioteca que ven al fondo está a su disposición. —Hizo una pausa que pareció eterna, como para ordenar sus ideas, y al fin prosiguió—. Sí... Formularé un hechizo en cada una de las habitaciones para que solo pueda entrar su ocupante, salvo previa autorización. Usted primero, señorita Guilliard, acompáñeme.

Caminé tras él hacia la puerta ubicada del lado derecho.

—Tome la perilla, por favor —me indicó amablemente, haciendo un ademán.

Justo al poner mi mano sobre la chapa, el director murmuró:

—Sigillum.

Mi mano apretaba involuntariamente el metal. Después de unos segundos la presión desapareció. Solté el pomo y vi mis huellas grabadas en amarillo fluorescente sobre su superficie. El brillo fue disminuyendo rápidamente hasta que se esfumó.

—Listo —me sonrió—. Ahora trata de abrirla, por favor.

Tomé la perilla de nuevo y esta giró sin esfuerzo. Empujé sutilmente la puerta y se abrió para darme acceso a lo que sería mi habitación por los siguientes años.

A primera vista, el cuarto se veía austero. Había una cama matrimonial con un cobertor azul y dorado a cuadros, y dos almohadas azules que hacían juego; tenía también un buró de cada lado con su respectiva lámpara y un pequeño ropero antiguo con labrados muy complicados y hermosos. Realmente, lo que me impresionó fue la vista hacia el majestuoso paisaje. El cuarto tenía una enorme ventana panorámica cuyo vidrio empezaba desde la mitad de la habitación y se alargaba hacia arriba por la pared, formando un arco de al menos dos metros de altura.

—En este ropero puedes empezar a acomodar tus cosas, Victoria. Tus maletas ya están aquí —me dijo señalando mis dos valijas—; pudimos localizarlas muy rápido, creo que son las únicas de color fosforescente que he visto en toda mi vida.

—Disculpe —le respondí sonrojada por la vergüenza—, eran las únicas que quedaban cuando fui a conseguirlas. Tan pronto pueda, las cambiaré de color.

—No creo que necesites cambiar nada, van con tu personalidad. Destacan entre la multitud —contestó amablemente—. Te dejaré para que puedas desempacar e instalarte. Les traerán el alimento a su dormitorio, la cena es la única comida que se hace en el cuarto; las demás las harán en el comedor de Dux Regnum. El desayuno se sirve a las siete en punto. Después de eso los dos se reportarán con la profesora Nicolao para acomodar sus horarios. Por lo pronto tomaré tus medidas para que puedan fabricar los uniformes que necesitas. Supongo que solo vienes preparada con uno, ¿no es así?

—Sí, señor, solo traje conmigo el uniforme de los dux —respondí apenada.

—Párate derecha, por favor —me ordenó, a la vez que pasaba la palma de su mano, como escaneando mi aura, desde mi cabeza hasta los pies—. Pronto enviaré a alguien con lo que te haga falta. Preséntate mañana con el uniforme que tienes, pero usa este cinturón.

Con un chasquido de dedos apareció en su mano derecha un cinturón de piedras preciosas. Tenía un ancho aproximado de unos diez centímetros y quedaba ceñido a la circunferencia de mi cadera. Estaba construido por tres correas gruesas de piel trenzadas entre sí, llenas de piedras preciosas; cada tira tenía un color: verde por las esmeraldas que representaban a la casta Sana Lucem, rubíes por el rojo, que era el color Belator, y zafiros por el azul característico de Dux Regnum. Aun así, era liviano y se ajustaba perfectamente a mis caderas. Era hermoso. Una vez que lo abroché, pasé mis dedos sobre la hebilla ovalada color dorado; la palabra «Élite» estaba delineada con diamantes que sobresalían de ella. Era lo que me distinguiría de los demás como parte de la casta más exclusiva.

—No tengo palabras. Es... hermoso. Gracias por todo. —Le sonreí con nerviosismo, agradecida.

—Es parte de los preparativos que hemos podido hacer en este corto tiempo, tengo a todo el personal tratando de resolver todos los pormenores. Mañana estaremos mejor organizados. Despreocúpate por las habladurías, estoy seguro de que lo harás muy bien. Espero que pases muy buenas noches. —Me guiñó el ojo de nuevo y se dio la media vuelta para dirigirse con el príncipe. Oí a lo lejos cómo formulaba el mismo hechizo para proteger su cuarto. Supuse que él tendría también una gran vista panorámica cuando escuché al director hacer un comentario al respecto.

Mi maleta ya estaba a un lado de la cama, así que me dediqué a acomodar mis pertenencias. Después de un rato, cuando ya estaba todo más o menos en orden, tomé mi pijama, artículos de limpieza y toalla para salir del cuarto y darme una ducha caliente. Tal vez eso me ayudaría a calmarme un poco y pensar detenidamente en lo que me estaba sucediendo.

«¡Mis padres no podrán creerlo!», pensé.

El príncipe estaba sentado en el sofá, con los pies sobre la mesa de centro y los brazos cruzados por detrás de la nuca. Él ya tenía su ropa de dormir puesta y, a juzgar por las gotas que escurrían de su cabello, había tomado un baño. Tarareaba una canción muy tranquila, parecía una canción de cuna desconocida para mí, pero fue agradable notar que no solo salían de él rabietas y quejas. De hecho, reconfortó un poco la ansiedad que sentía al estar ahí sin mi familia. El príncipe tenía los ojos cerrados, así que caminé lo más lento que pude hacia la puerta del baño para no interrumpirlo.

Cuando estaba a punto de entrar al baño, tres golpes secos en la puerta me hicieron saltar del susto.

—Adelante —escuché al príncipe decir a mis espaldas.

Una muchacha blanca como la leche, de cabello cobrizo y baja estatura entró al cuarto con una bandeja plateada sobre su mano derecha.

—Traigo la cena, señor Knight —le avisó.

—Refiérete a mí como «su alteza» la próxima vez. Deja la charola sobre la mesa y retírate —decretó despectivamente.

—Sí, su alteza —contestó la chica. A pasitos apresurados se acercó, dejó la charola donde se le había indicado y salió inmediatamente.

—¿Eso también es para mí? —le pregunté al príncipe.

Él volteó sorprendido al escuchar mi voz e hizo una mueca de desagrado.

—No sabía que estabas ahí parada, espiándome —me dijo sin contestar a mi pregunta.

—Yo... —se me trabó la voz.

—Espero que hayas oído lo que le dije a esa sirvienta, porque espero el mismo respeto de tu parte. —Arqueó una ceja y levantó el lado izquierdo de su labio superior, mirándome con desprecio.

No pude aguantar la risa y una carcajada hizo retumbar las paredes.

—Debes estar bromeando —inquirí, pero al instante me puse seria y lo miré fijamente a los ojos—. Es una lástima que alguien que seguramente está por encima del coeficiente intelectual promedio y está destinado a comandar una nación tenga una actitud tan arrogante. —Le di la espalda y abrí la puerta del baño. La cerré detrás de mí dando un portazo.

Enseguida lamenté mi carácter explosivo. Era el príncipe y eso no cambiaría jamás, ¡vaya forma de seguir mi propio consejo de no ser su enemiga! Sin embargo, mi indulgencia se vio interrumpida cuando mi pie pisó un charco. Inmediatamente, mi atención se volcó al desorden que había en el baño: tres toallas totalmente empapadas en el piso; camisa, pantalón y ropa interior dejando un rastro hacia la tina de baño que, por cierto, estaba todavía llena con agua y suciedad del príncipe maleducado. Y, para rematar, el asiento del baño salpicado de orines.

¿Qué acaso no lo educaron para levantar el asiento del baño, al menos?», pensé furiosa.

Estaba decidida a no tener otro enfrentamiento más con él... por lo menos ese día, así que tomé sus cosas y las coloqué en el cesto de ropa sucia. Luego, quité el tapón de la bañera y la cepillé para limpiarla. Por último, lavé la taza del baño.

Una vez que puse en orden el lugar, llené la tina con agua caliente y le vacié unas sales que había empacado. Me quité la ropa y la coloqué dentro del cesto. Tan pronto la piel de mis pies tocó el agua, sentí un gran alivio. Y ni hablar de cuando estaba totalmente acostada y relajada por completo dentro de la bañera.

Apenas empezaba a disfrutar cuando alguien tocó a mi puerta.

—¡Apúrate! —lo oí decir—, necesito entrar.

—Olvídalo, es mi turno —le respondí con altanería.

No me volvió a molestar y escuché cómo azotó su puerta poco después. No pude evitar que mis labios se curvaran hacia arriba mientras disfrutaba del baño con los ojos cerrados y trataba de imaginarme la cara que «su alteza» habría puesto ante mi negativa.

Salí un rato después, cuando mi estómago me recordó que ya era hora de comer algo. Me puse mi pijama, vacié la tina y salí de ahí.

Divisé la charola en la mesa. Sobre esta había dos platos cubiertos con una tapa plateada de peltre. Levanté la primera y estaba vacía. Mi sorpresa fue mayor cuando levanté la segunda y encontré solo las sobras de lo que hubiera sido mi cena. El muy idiota se la había comido también.

Una rabia sacudió mi cuerpo y me dirigí hacia su puerta. Una vez ahí, me propuse tocar hasta que abriera. Ese cretino me iba a oír. No importaba si decirle sus verdades me condenara a cien años de prisión, o peor... Con solo imaginar cómo lo pondría en su lugar supe que de seguro esa sería mi entrada gratuita a las placenteras mazmorras de Palacio.

Justo cuando mi puño cerrado se disponía a golpear con todas mis fuerzas, un sonido en el interior de su cuarto me detuvo en seco. Alguien sollozaba dentro. Se oía un lamento desesperado y lleno de tristeza.

Me quedé ahí, oyéndolo por un instante, y entonces mi rabia disminuyó. Cualquier persona que se lamentara así debía estar desgarrada por dentro.

Decidí darle su privacidad y me retiré a mi habitación. De todos modos, yo también debía descansar, el día había sido largo y apenas comenzaba la aventura. Ahí, acostada en mi confortable cama, no podía dejar de pensar en qué estaría pasando por la cabeza de Leonardo Knight. ¿Qué podría ser tan terrible para el hijo del rey que pudiera afectarlo de tal manera? Su llanto se escuchaba tan desesperado que, por primera vez, sentí empatía hacia él. Lo compadecí. Tal vez ser hijo del rey no era tan emocionante como todo el mundo creía.

«Élite... Estoy en la casta Élite» logré pensar antes de quedarme dormida minutos después. Estaba tan agotada que ni siquiera los ruidos de mi estómago vacío me impidieron caer de inmediato, casi noqueada, en un sueño profundo.