Mundo de los Muertos.

Bienvenidos a la Tierra de los Olvidados. (Reino de Xibalba. Prohibido ser feliz)

Un esqueleto fuerte y alto con ropas de militar corría despavorido. Huía de unos lobos de esqueletos rojos que lo perseguían incansablemente. Al voltear para saber qué tan cerca estaban de él, el hombre tropezó con una piedra que lo hizo caer y rodar cuesta abajo hacia quién sabe dónde. Desesperado, se levanta y se esconde en algún lugar lejos de la mirada de los lobos. Después de olfatear un poco, estos se fueron de vuelta con su dueño.

—¡Puedes esconderte, Joaquín Mondragón...! —se burló el sujeto.— ...Pero no por siempre. —dijo sonriente con más calma, marchándose con sus lobos mascota.

Cuando se alejaron lo suficiente, Joaquín tapó su rostro y comenzó a llorar.

—Oh, Sandra... Mija... Lo siento con toda mi alma. —sollozaba en medio de la nada.


Casa del Macho.

Día de Muertos. Por la noche se aprecian las estrellas y los adornos anaranjados alusivos a la visita de nuestros seres queridos que ya no están con nosotros. Tocan la puerta de la casa de los Rivera. Rodolfo abre y es recibido por una chica de cabello azul y goggles rojos.

—¿Frida?

—Hola señor Pantera. Sólo venía aquí para entregarle mi carta a sus ancestros. —dijo la mencionada mostrando un sobre con estampados de calaveras.

—¿Por qué querrías darle una carta a mis ancestros si tú ni siquiera pones ofrenda en tu casa? —indagó Rodolfo con una mirada nada divertida.

—Em... Bueno... Es mi ofrenda de paz por lo del año pasado. —sonrió Frida un tanto nerviosa con las manos detrás.

—Cierto. De la vez que te comiste su ofrenda del Día de Muertos.

—Sí. Pero... No fui sólo yo... Es decir...

—Zoe y Manny vendrán a ayudarnos a terminar de arreglar la ofrenda, así que no la necesitamos. —sin más ni menos el mayor cerró la puerta en frente de Frida. Luego la abrió asomando su cabeza por el marco para decir:

—¡Pórtate bien! —la cerró de nuevo y la abrió... De nuevo.— Aunque lo dudo mucho de ti. —y cerró. Esta vez por completo.

La mirada de Frida expresaba el descontento de las sentencias de White Pantera hacia ella. Sólo se fue del lugar refunfuñando y diciendo:

—Cretino.

...

Ahora se hallaba caminado por las calles de la Ciudad Milagro con cara de pocos amigos. No es como si le importara el comentario del héroe felino, pero ella había venido en son de paz y no se le hacía justo que el mayor la tratara de esa forma. Sólo se detuvo y giró a la Casa del Macho para gritar:

—¡¿A quién le importan sus tontos ancestros?! —y siguió su camino renegando.

—Vine en buen plan. No es como que les fuera a lanzar un pastel. Bueno... Si podría, pero son... Ancestros. El hecho de que él crea que soy una niña problemas no significa que lo sea... Bueno, lo soy... Pero no tanto. —exhaló.— ¿Qué caso tiene? No es el único que me cree de lo peor.

Tan concentrada estaba en la situación que no notó cuando llegó a su casa hasta que los Dóberman de su padre corrieron a ella. Frida se agachó para acariciarlos un poco. En respuesta los perros le lamieron toda la cara en señal de felicidad. Después de despegarse de ellos fue a su habitación y se dejó caer en la cama.

Un guante plateado se acercó a ella cual telaraña y tocó su pelo. Frida alzó la cara para verlo mejor. Ahí estaba su amigo místico preguntando a su manera qué tenía.

—Hola Guante... —saludó la niña con apatía.— ¿Tú crees que soy de lo peor?

El guante ladeó los dedos mostrándose confundido. Frida sólo pudo soltar un soplido.

—El señor Rivera tiene razón en algo: Jamás hemos puesto ofrenda en casa. Tal vez porque mis papás no creen en esas cosas.

Un portazo la sacó de su trance de pensamientos. Menos mal el guante se escondió bajo las almohadas antes de ser visto.

—¡Frida! Mamá nos dejó adornar el patio con flores de cempasúchil de papel. —dijo Anita con emoción.

—¿Quieres hacer flores con nosotras?

—¡Cempasúchil! ¡Ajúa! —Frida salió entusiasta de su cuarto dejando asombradas a las gemelas.

—Wow. Jamás la hemos visto...

—Tan emocionada. —y pasado el susto, la siguieron.

El ático de la residencia Suárez sí era grande, lo suficiente para pasar un buen rato buscando cosas. En este caso, papel anaranjado y amarillo para hacer las flores. Ahí, Frida y sus hermanas buscaban por todos los rincones.

—Oye Frida. ¿Por qué no nos cuentas...?

—¿Cómo fue que viajaste al Mundo de los Muertos? —preguntaron las gemelas hurgando en las cosas viejas.

—Bueno... Ése día Manny y yo nos comimos la ofrenda de los ancestros Rivera. —respondió Frida sacando, casi lanzando, cosas de una caja.— Luego Sartana invocó a las almas de los olvidados en un súper monstruo e hizo que Manny y yo termináramos en el Mundo de los Muertos.

Con oír "comimos la ofrenda" las gemelas se sorprendieron y giraron la cabeza hacia su hermana menor.

—¡Frida! No te puedes comer la ofrenda de los muertos. —regañó Anita.

—Sí. A menos que sea para personas desamparadas o algo así. —siguió Nikita.

—¿Aún no les pediste una disculpa?

—Bueno, les hice una carta de paz. Pero el señor Pantera no me dejó ponerla en su ofrenda y me echó de su casa. —levantó una caja de cosas viejas y finalizó: —Bueno, él se lo pierde. Ni siquiera era para él.

Buscando en la caja el tan necesitado papel, Frida encontró un sobre bastante viejo; lo suficiente para llenar su curiosidad. Lo voltea.

Sandra Suárez. Decía detrás.

Los ojos de Frida se llenaron de emoción y su cabeza de preguntas.

—¡Oigan! Vengan a ver esto.

Las gemelas se acercaron.

—"Sandra Suárez". —leyó Anita.

—¿Quién será esa mujer?

—Puede ser alguien de la familia. ¡Hay que preguntarle a papá! —exclamó la menor bajando las escaleras del ático.

—¡Frida, no!

—Si está en el ático es por una razón.

Ya era tarde. La chica de goggles alcanzó a su papá en la sala.

—Oye papá, ¿Quién es Sandra Suárez?

—¿Eh? —soltó el mayor confundido.

—Sí. Sandra Suárez. La chica misteriosa del sobre. —dijo Frida mostrando aquello con ilusión.

—Bueno, mija... Es sólo que... —el mayor desviaba la mirada a lo que fuera.— Es una mujer. Ahora... —tomó el sobre de las manos de su hija.— Dame eso.

—No. Yo quiero saber quién es. Puede ser alguien de la familia. —insistió la niña haciendo fuerza para que su papá no le quitara aquello.

—Ése no es tu problema. Sólo dame ésa carta.

Los intentos de fuerza pasaron a ser jalones para saber quién se quedaba con el pedazo de papel. Una tensión se hizo presente en padre e hija muy rápido.

—No es justo. Yo quiero saber quién fue Sandra Suárez. Merezco saberlo.

—¡Ya tuve suficiente! Si yo digo que me des esa carta, ¡Es porque me vas a dar esa carta! —ni siquiera pudo dársela. La fuerza de ambos hizo que el sobre se partiera. Al soltarlos, los dos pedazos cayeron al suelo, formando el nombre de Sandra Suárez en la parte de atrás.

Padre e hija se quedaron callados, pero la peliazul no pudo evitar llenar sus ojos de lágrimas por el resultado de tan infantil pelea.

—¡Eres un tonto! —le gritó a su padre.— ¿Por qué no quisiste dejarme leer ésa carta?

—¡No me faltes al respeto, señorita! —regañó Emiliano mirándola con enojo. O más bien a sus goggles.— Esa carta no la lee nadie si yo quiero.

—Ay no. —dijo Anita en voz baja asomándose por las escaleras.

—Esto se va a poner feo. —dijo Nikita casi entre dientes.

—No entiendo por qué no quieres contarme sobre Sandra Suárez. ¿Qué te hizo para que tú no hables de ella?

—¿Quieres saber quién es Sandra Suárez? ¡Bien! Sandra Suárez era tu Grandmami. ¡Y ella era igual de tonta, terca y rara como tú! —al darse cuenta de las tonterías que dijo, Emiliano se tapó la boca. Jamás nunca quiso decir esas cosas. Pero las dijo.

El error ya estaba hecho.

Sus palabras fueron como cuchillos para el corazón de Frida. Más lágrimas llenaron sus ojos hasta hacerlos agua. Sólo le quedó irse lejos de casa, corriendo con todas sus fuerzas.

—¡Mija, espera!

El jefe Suárez salió de la casa para buscarla, pero la calle estaba vacía.

...

La fatiga en sus piernas no era nada en comparación con la rabia que sentía en su interior. Su padre, su propia sangre creía lo peor de ella; y a juzgar por cómo la asimiló con su Grandmami, seguramente las odiaba a ambas por el cabello azul y la actitud rebelde. En algún punto se detuvo en una acera para recuperar el aliento y limpiar las lágrimas de sus mejillas. Estaba harta. Harta de que la vieran como un bufón. De que ni su padre la tomara en serio. De que todos la juzgaran sólo por ser diferente a los demás. ¿Y qué hacer? ¿Qué hacer en un mundo donde todos son iguales excepto tú?

Después de reponerse lo suficiente, siguió su camino con la cabeza gacha. Luego procesó las palabras de su papá pensando que quizá una Grandmami "tonta, terca y rara" sería lo mejor del mundo. Pero por desgracia la única pista que tenía de ella se rompió en dos.

—Tal vez ir a los videojuegos me animará. —se propuso con ligera apatía.


Cementerio de la Ciudad Milagro.

Muchos ataúdes han sido visitados y adornados por sus familias para la ocasión especial. Cempasúchil y velas acompañados con una foto del difunto y comida con pan de muerto para su regreso. Por desgracia algunas tumbas han quedado en el olvido, mirándose oscuras y vacías.

Un par de niños que jugaban con la pelota pasaron por dos tumbas, una adornada y la otra abandonada. Cuando ya estaban lejos de esas tumbas, dos seres extraños emergieron de ellas. Una dama de vestido rojo salió de la tumba llena de color y un ser negro con alas de la tumba fría.

—Bien, amor mío, parece que será una noche como cualquier otra este Día de Muertos. —afirmó tranquilo Xibalba, la ente con alas mientras caminaba por el cementerio.

—No lo sé, Xibalba. Tengo un mal presentimiento. —dijo La Catrina, la dama, siguiendo a su esposo.

—Por favor, preciosa. Mira a tu alrededor: tumbas llenas de cempasúchil, familias recibiendo a sus seres queridos. No tenemos nada de qué preocuparnos. —decía Xibalba con mucha confianza.

—No lo dudo. Pero no es exactamente eso lo que me preocupa sino... Eso.

El hombre se detuvo y volteó a mirar a su esposa. El énfasis en su tono a lo último hizo que se acercara a ella.

—La verdad es que... Yo tampoco sé cómo se lo tome. Aún con lo que hizo, ella quería mucho a su hermana.

—Después de tantos años podremos verla de nuevo. Y aún no sé qué decirle. —dijo La Catrina con aflicción.

—Lo harás bien, mi cielo. Tal vez no podremos hablar de todo con ella pero al menos sabremos cómo se ha sentido desde su exilio.

—Eso... No me anima, amor mío.

—Supongo entonces que te animará la presentación de nuestra querida Sandra de regreso a tu reino si las cosas salen mal. —insistió Xibalba afablemente.

—De acuerdo. Me convenciste.

Mientras tanto, Frida caminaba por el cementerio hasta percatarse de los cientos de ataúdes adornados de cempasúchil. Tomando en cuenta que jamás se había puesto ofrenda en su casa la hacía enojar ya que entonces, su Grandmami quizá no fue recordada ni siquiera por su papá. Refunfuñó. Apenas frunció el entrecejo para seguir su camino, miró en el suelo un conejo. Pero no un conejo común y corriente, sino un conejo de puros huesos y detalles en su cabeza.

—¡Sopes! —exclamó la niña.— Que lindo conejito. —dijo haciendo cosquillas a su barba con el índice.— Cuchi-cuchi-cuchi cu~. Conejito bonito.~

El conejo solo se escapó por entre las piernas de la chica. Frida lo siguió corriendo. No iba a rendirse esta vez.

—¡Oye, ven acá!

El animal siguió su camino hasta una madriguera muy grande para ser de conejo. Apenas Frida logró alcanzarlo, se lanzó sin pensarlo. La peliazul sólo pudo quedarse en la boca de la madriguera, mirando la profundidad de la misma.

—¿Hola? —preguntó.— ¿Conejito bonito? —sólo hubo silencio.— ¿Hola? —se acercó un poco para buscar, pero sólo consiguió caer en la madriguera. Gritó al verse cada vez más lejos de la luz.

Y se perdió en la oscuridad.

A medida caía, Frida distinguía luces anaranjadas de distintos tonos por todo el túnel. Cosas flotaban alrededor y hasta llegó a notar a un caracol extraño que le recordaba a su mamá.

—Hola, querida. Soy mamá.

—¿Y por qué eres un caracol? —preguntó la mencionada todavía cayendo.

—En realidad soy un buzón. —y la mamá caracol se elevó mientras zumbaba.

De pronto Frida empezó a chocar con montones de cempasúchil y otras flores representativas a la muerte. Terminó cayendo en un suelo lleno de pasto y más flores.

—Auch. —se quejó y se sentó para mirar a su alrededor. El Mundo de los Muertos se veía más colorido y alegre de lo que ella recordaba la ultima vez: Globos, confeti y papel picado por doquier. Y a lo lejos, esqueletos felices de todas las edades y tamaños iban y venían por un largo camino que dirigía a una ciudad.

La peliazul sonreía con fascinación ante las maravillas frente a sus ojos. Hipnotizada, empezó a caminar hasta verse en el la entrada de la pintoresca ciudad... O algo así.

Bienvenidos a la Tierra de los Recordados. (Reino de La Catrina)

—¡Sopes! Éste lugar es increíble. —dijo Frida viendo a cientos de muertos bailar, cantar, comer y bailar. Era como una fiesta eterna.

Pero entonces, una multitud le llamó la atención. ¡Eran los ancestros Rivera! A Frida se le ocurrió entonces acercarse a ellos.

—Hola. —saludó.— ¿Me... Recuerdan?

—Vaya, pero si es la pequeña del año pasado. —dijo Leopardo Negro.— Aguarda, si tú estás aquí... —todos reaccionaron a la vez y buscaron a Manny con la mirada.— ¿Dónde está el muchacho?

—Tranquilos. Sólo soy yo. Manny está en el Mundo de los Vivos arreglando su ofrenda... ¡Oigan! Ahora que me acuerdo... —la peliazul sacó un sobre debajo de sus goggles y se la dio al Jaguar de la Justicia.— Es mi ofrenda de disculpa.

Sin rodeos, el héroe abrió el sobre y leyó la carta llena de rayitos y estrellitas por toda la hoja:

—"Queridos ancestros de Manny: Les pido una disculpa por haberme comido su ofrenda. Espero no haya resentimientos", bla, bla, bla... "Feliz Día de los Muertos. Con cariño..." —el Jaguar se sobresaltó al leer el remitente.— ¡Ah, 'jijo!... ¿"Frida Suárez"?

—¡Esa soy yo! —respondió la chica con total seguridad.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —inquirió el Poderoso Chita. El Jaguar le pasó la carta y tras leerla, el villano se sorprendió: —¿Te llamas Frida Suárez?

—En realidad me llamo Frida Suárez Mondragón... —dijo la mencionada con las manos detrás.— Pero sí. Soy Frida Suárez.

Los ancestros comenzaron a murmurar entre ellos.

—Mondragón... Yo recuerdo haber peleado con un general con ése apellido. Pero fue hace mucho tiempo. —dijo El Jaguar de la Justicia tratando de recordar.

—Yo vi una vez a una niña de cabello azul, pero tampoco estoy seguro. —dijo el Chita alzando a Frida por el cabello.— Oh, espera. Eres tú. —y la soltó como si nada.

—Sea cómo sea, ella no debe estar aquí. —terció el León Dorado.— Tiene que volver al Mundo de los Vivos antes del amanecer.

—¿Antes del amanecer? ¿Por qué?

—Mira tus pies.

Frida obedeció, sólo para saltar de espanto al ver sus pies huesudos.

—Ah, cierto. Lo olvidé. —dijo para sí con más calma.— Pero no puedo irme, necesito respuestas acerca de mi familia. Empezando con saber quién es mi Grandmami. Es una mujer con cabello azul.

—Habla de Sandra Suárez. —murmuraron los Rivera entre sí.

—Bueno, la única mujer de cabello azul que conocemos vive en el castillo de La Catrina, al centro de la Tierra de los Recordados. Ahora si nos disculpas tenemos una familia que visitar. —dicho eso, El Jaguar y los Rivera se marcharon dejando a Frida sola. Y siguió su rumbo.

De pronto volvió a encontrarse con el conejo de hace rato. Se acercó sigilosa a atraparlo, pero la criatura fue más rápida y escapó. O más bien se alejó lo suficiente como para hacer que Frida no lo alcanzara aún si estirara los brazos. La niña se levantó sólo para ver como el conejo de huesos corría hacía una dirección y se quedó viendo a Frida.

—Ah. Quieres que te siga, ¿No? —en respuesta, el conejo siguió corriendo.—¡Oye, espérame! —le dijo siguiéndolo a pasos rápidos.

Sin darse cuenta, la peliazul se alejaba cada vez más de la Tierra de los Recordados. Pasando por tierras áridas y desiertos, el animal saltó a una madriguera en el suelo que hizo que Frida se detuviera y lo pensara un poco, ya que fue una madriguera lo que la llevó aquí en primer lugar. Pero entonces el conejo asomó la cabeza desde ahí como si esperara a que lo siguiera. Así que, en vista de que estaba literalmente en medio de la nada, la peliazul comprendió que no tenía elección; se sentó en el suelo y se armó de valor para saltar al vacío... Que solo estaba a dos metros de la salida. Notó que era un túnel bastante grande para ser de un animal pero no importó mucho a medida avanzaba. Alrededor de la tierra había pequeños brillos de diferentes colores que parecían caminos de tinta. Al pasar los dedos sobre ellas Frida se maravilló al sentir su textura similar al polvo o al carbón.

—De lujo. —soltó en bajo.

Siguió caminando hasta que el conejo se detuvo en una puerta de madera tan pequeña en la que sólo el cuadrúpedo podía entrar. La peliazul se quedó viéndola.

—Esta puerta no va a detenerme. —dijo con manos en la cintura. Con gran esfuerzo logró atravesar su cabeza para después pasar por completo, sólo que al liberarse del espacio tan pequeño terminó besando el suelo.

Al levantarse, vio a lo lejos una extraña cueva en forma de cráneo. Frida frunció el ceño hasta divisar una entrada suponiendo que la llevaría a alguna parte. Corrió con todas sus fuerzas hasta la estatua gigante pero unos temblores la detuvieron. La tierra empezó a partirse en grietas blancas y de pronto se vio hundida en una especie de laberinto mientras que la mascota quedó arriba.

—Enfrenta el laberinto, y gana el derecho a ser juzgada. —dijo una voz desde la estatua.

—Oigan, no me dijeron que iba a presentar examen. —se dijo Frida quedando como piedra. Casualmente una piedra gigante rodaba en dirección a ella obligándola a correr. El laberinto empezó a ladearse de aquí para allá haciendo más difícil el escape de la niña. Al conejo no le quedó más que saltar sobre las paredes de los laberintos siguiendo el paso a su compañera y asegurándose de que estuviera bien, mientras que Frida ahora trataba de esquivar tres piedras gigantes rodando en su contra. Al ser alguien pequeño se le hizo más fácil ponerse contra la pared para no ser golpeada, pero las cosas se ponían cada vez más difíciles con trampas en el suelo. Entonces se le ocurrió ponerse contra la pared y esperar una piedra, cuando rodó cerca de ella se trepó hasta estar encima, ayudándose de sus pies para seguir el ritmo de la enorme roca. En algún momento las tres piedras chocaron un tanta fuerza que Frida perdió el equilibrio y cayó hacia adelante. Menos mal logró apoyarse de las piedras con sus manos, suspirando de alivio y cansancio producto de la reciente adrenalina.

El conejo por su parte corrió hacia ella hasta que vio al suelo reacomodarse, quedando sólo las rocas y la de overol rojo sobre una de estas mientras la escultura de cráneo se levantaba, revelando su cuerpo completo.

—Te has ganado el derecho a ser juzgada. —señaló la criatura.— Pero te lo advierto... —finalizó empuñando una gran espada: —...Sólo un mortal ha logrado pasar.

La chica se quedó inmóvil frente a la espada que estaba por atacarla. Pero entonces vio a su amigo de cuatro patas saltar hacia el verdugo. Frida no la pensó dos veces y estiró sus brazos lo mejor que pudo.

—¡No! —logró atraparlo y abrazarlo a su pecho. Se agachó aún con la espada apunto de tocarla.

Pasó un poco, pero Frida no tenía la sensación de haberse lastimado o de que el arma de piedra la rozara siquiera. Levantando la cabeza vio sus goggles en contacto con la espada, que poco a poco se fue agrietando hasta ser pedazos.

—Frida Suárez. —dijo el guardián de piedra.— Tu alma esconde rebeldía, valor y un gran coraje. Tienes el permiso de entrar. —con eso, su cabeza volvió al piso dejando sus fauces al alcance de la peliazul.

Esta se quedó callada queriendo procesar todo.

—¡Ah! —sonrió.— No parecía difícil de todos modos. —tomó al conejo y se encaminó a la oscuridad de la cueva. Había neblina y rocas por todas partes. Apenas podía ver la punta de su nariz... Hasta que una luz dorada emergió entre sus brazos. Era el conejo, que saltó al suelo revelando su brillo, volviéndose una adorable linterna que guiaba a Frida a donde fuera. Ambos llegaron a un cráneo gigante de azulejos plasmado en el suelo que, de la nada, se elevó por el aire como platillo volador. A la chica de goggles no le quedó más que arrodillarse y observar boquiabierta como se alejaba más y más del piso. Desde arriba, una luz llamó su atención y elevó la mirada: Había llegado a una cueva llena de velas. De todas las formas y tamaños posibles. Y entre las montañas de velas, había cascadas de agua cristalina.

—Sopes... ¿Qué es éste lugar? —se preguntó mirando alrededor. Comenzó a caminar con deseos de explorar ése sitio. ¡Cual fue su sorpresa estando apunto de caer y agarrándose de la plataforma! Pronto cayó en la cuenta de que las nubes a los pies de las montañas de velas eran solo fachada: Prácticamente no había suelo.

—Vaya, vaya. Parece que tenemos visitas inesperadas. —dijo una voz alegre y un tanto pomposa.

La peliazul dio la vuelta: un hombre completamente dorado, alto y robusto, de cabellera y barba blanca, usando un collar de cráneos de piedra.

—¿Usted quién es? —indagó ella.

—Yo soy El Hombre de Cera. —se presentó el mayor.— Y esta, es La Cueva de las Almas. —estiró los brazos presentando el lugar.

—Que padre. —dijo Frida mirando al sujeto.— Yo me llamo...

—Ah, sí. Frida Suárez. Sin duda eres una niña muy peculiar. —interrumpió el Hombre de Cera mirando su libro flotante de tapas cafés, que por cierto Frida no había notado hasta ése momento.— Debo admitir que la forma en cómo lograste pasar me llama mucho la atención. —agregó muy emocionado viendo a la niña otra vez.— Dime, ¿Cómo fue que lo hiciste?

—Bueno, yo... Espere, ¿Usted me conoce?

—Por supuesto, jovencita. Conocemos a todo el mundo. Hasta a Orejitas. —señaló el hombre al conejo muerto.— ¿Cómo estás, Orejitas?

Frida se quedó callada al mirar a su nueva mascota, que ahora parecía tener dueño.

—Ah... Orejitas. Mucho gusto. —saludó incómoda.

—Todo está aquí en el Libro de la Vida. —dicho libro se inclinó a la de goggles como un saludo.— Y todas estas velas son las vidas de todo el mundo.

—Son demasiadas... —sentenció la chica mirándolas de nuevo. De pronto, reaccionó: —Oiga, si conoce a todo el mundo, ¿Podría decirme dónde está mi Grandmami?

—¿Tu Grandmami?

—Sí. Sandra Suárez.

El de barba blanca se quedó en seco. Miró al libro y este giró hacia él.

—Claro, por supuesto que se puede. —miró las páginas del Libro de la Vida mientras sudaba frío.— Déjame ver... Es que hay muchas "Sandra Suárez" en el mundo. —rio nervioso mientras el libro hojeaba sus páginas por cuenta propia.— Bueno, ella está en La Tierra de los Recordados, cerca del Castillo de la Catrina. —dijo al fin.— Dará un gran concierto para celebrar el Día de Muertos.

—¡Qué chido! —exclamó la peliazul.— ¿Es una cantante? ¿Una estrella de rock? ¿Canta mariachis? —empezó a dar brinquitos tomando el brazo del Hombre de Cera como niña pequeña. —¡Por favor, por favor, por favor cuénteme de ella! —insistió con cara de cachorro.

La ente puso una cara pensativa.

—Bueno, se supone que no debo revelar las vidas de las personas, pero tal vez pueda doblar las reglas. Ligeramente. Después de todo, hoy es Día de los Muertos. ¿No, Libro? —con eso, El Hombre de Cera chocó el puño con el libro; quien luego se abrió mostrando las páginas de la vida de Sandra Suárez.

—Bien, Sandra Suárez fue en vida La Bandida Azul. Una mujer que recorrió las tierras de San Ángel robándole a los más acaudalados y despiadados hombres de la región y...

Pese a tratarse de su abuela, Frida se vio algo desilusionada respecto a su vida. Ella quería saber su vida artística, no si siguió o no los pasos familiares de "luchar a favor de la ley".

Mostró más curiosidad al ver a Orejitas brincar, ¡¿En el aire?! directo a una de las cascadas.

—¡Psst! Orejitas. —masculló para que el mayor no la notara.— Vuelve. —el conejo no le hizo caso y hasta se puso del lado de la cascada.

La peliazul en verdad se sintió tentada. Con temor puso un pie en el aire y se sorprendió de sentir un suelo invisible. A pesar de eso caminó paso a paso ignorando las narraciones del Hombre de Cera y tratando de no mirar abajo creyendo que si lo hacía "se perdería la magia".

—¿Espera un minuto? —se dijo el barbudo.— Si tu Grandmami es Sandra Suárez, eso quiere decir que tu bisabuelo es... —al leer el nombre, quedó estupefacto, pero decidió comprobar de todas formas incluso si el libro estaba lejos de mentirle. —Oye, niña, ¿de casualidad tu padre se llama Emi... —al girar la vista hacia Frida, esta ya estaba por cruzar la cascada junto con su amigo.— ¡No, espera! ¡Esa cascada lleva a...!

Era tarde. Ambos se habían lanzado a un vacío desconocido.

—¡Ay no! ¡Xibalba y La Catrina están en serios problemas! —exclamó con las manos en la cabeza.— ¿A quién llamo de los dos? —el libro sólo se inclinó como queriendo encogerse de hombros.

Mientras tanto, Frida y Orejitas caían directo un suelo lleno de púas. Para su fortuna sus rostros se estamparon en la tierra, pero al levantarse y mirar el triste panorama, Frida comprendió que llegó hasta la entrada de un reino que era... Todo lo opuesto a la Tierra de los Recordados.

Bienvenidos a la Tierra de los Olvidados. (Reino de Xibalba. Prohibido ser feliz)

Frida se quedó estática procesando todo lo que tuvo que recorrer para que al final se viera al fondo del Mundo de los Muertos.

—¡Tú! —señaló al conejo, furiosa.— Me hiciste perder el tiempo todo éste tiempo.

El animal ni se inmutó, sólo se rascó con una pata trasera, provocando que Frida gruñera con rabia.

—¿Crees que esto es gracioso? Necesito respuestas de mi familia antes del amanecer o moriré.—de repente recordó las palabras de su papá y cayó en la cuenta de que quizá morir no era mala idea.

"¡Era igual de tonta, terca y rara como tú!"

Porque además parecía muy divertido ser un esqueleto y hacer travesuras con tus huesos.

—Pensándolo bien, morir... —sacudió la cabeza y exclamó: —¡Pero no importa! Tengo que averiguar quién es mi Grandmami. Quiero saber si era igual de rara como dijo papá.

El pequeño conejo ladeó la cabeza y retomó su camino (el que sea que fuese). Y ya que se había metido en ello, a Frida sólo le quedó llegar hasta el final. En este caso seguir al conejo con la energía que quedaba en sus piernas. Siguió hasta chocar con dos sujetos. Una pareja. Frida cayó de sentón en el suelo y cuando se repuso los miró: Un hombre y una mujer de ropas algo anticuadas. Si Frida tuviese que suponer, diría que eran conservadores de los 70's u 80's.

—¡Oye, jovencita! —vociferó la mujer acercando su cráneo a la chica.— ¿Acaso tus padres no te enseñaron a respetar a tus mayores?

—Yo...

—Por supuesto que no. Sólo mírala. —el hombre levantó a Frida de los tirantes y la examinó arrogante.— Mira ése cabello azul y esas ropas. Ésta niña no tiene clase.

—Está lejos de ser una niña perfecta.

—¡O-Oigan! —exclamó Frida temblorosa.— ¿Quiénes son ustedes?

—Iván.

—Ivón.

—¿Iván e Ivón? —repitió la chica de goggles arqueando una ceja.

—¡Iván e Ivón! —respondió la pareja a la vez, haciendo una pose orgullosa.

—Mucho... Gusto. —saludó Frida con una mano tímida.— Yo sólo...

—Déjanos ayudarte con ese molesto color azul. —dijo Iván sacando un removedor de tinte y prosiguió a rociarlo en la cabeza de Frida. Su cara pasó a ser de una sorpresa negativa al ver que eso no resultaba.

—Y... —empezó Frida desviando la vista.— ¿Si les digo que el azul es mi color natural?

Los señores pegaron la cara de susto soltando a la menor.

—¡Imposible! —apuntó Iván con el dedo.— ¡Es una rara!

—¡No puede ser! —exclamó Ivón, melodramática.— ¡Una rara en el Mundo de los Muertos!

—Bueno...

—¡¿Cómo es que siquiera puedes seguir existiendo?!—inquirió Ivón como loca poniendo el índice en la frente de Frida.— Tu sola existencia pone de cabeza el orden de las cosas.

—¡Sopes! Eso es increíble.

—No lo es. El simple hecho de que una viva esté en el Mundo de los Muertos es poner de cabeza el orden de las cosas. —regañó el mayor con las manos en la cintura.

—Véanlo de esta forma. Poner de cabeza algunas cosas a veces hace todo más fácil. Cómo las bombillas o... Las pinturas anti-grafiti.

—¡No te atrevas a responderle a tus mayores, mocosa! —vociferó Ivón como una neurótica.— Es de mala educación hacerlo.

—Pero yo...

—¡No le respondas a tus mayores!

—Las ardillas se quedan cortas a lado suyo. —masculló Frida agachando la mirada.

—Tal vez debamos pintarte el cabello con brea para que no llames la atención. —propuso Iván cargando a la niña.

—¿Brea? —repitió la niña con un enorme nudo en su garganta.

—Te aseguro que a diferencia de nuestra ingrata hija estarás agradecida con esforzarte en ser una niña buena. Lo prometo. —la calmó Ivón, irónicamente con un tono de miedo.

Fue la gota que derramó el vaso. La chica de goggles se zafó de su captor y corrió con todas sus fuerzas mirando hacia atrás asegurándose de que esos locos estuviesen lejos de ella. Sin darse cuenta cayó cuesta abajo a otra parte, donde acabó estampando su cara contra la tierra. Al incorporarse, se talló la cabeza por el golpe y se miró en un lugar menos desolado que el anterior. Para ser exactos, un bosque de árboles secos que guiaban a una dirección. ¿Tétrico? Tal vez. Pero daba igual, al menos para nuestra protagonista. Se vio caminando en el camino de árboles rodeada de algunos cuervos de hueso. Andar todo ese tramo la hizo pensar, en especial porque los cuervos le recordaban a Zoe y a su teoría de que quizás era Cuervo Negro.

—"Una rara"... —recitó Frida con el tono petulante de Ivonne.— Como no. Dígame algo que no sepa. Hasta mi papá lo dice. —lo último lo dijo con algo de tristeza porque... Bueno, era cierto. Miró hacia arriba por instinto y se asustó al ver a una mujer en las ramas de un árbol. La mujer la miraba, obvio. Pero más que mirarla la examinaba. De pies a cabeza sin duda.

—Hola... Yo... Sólo venía a cruzar. No sé la contraseña. —inició Frida un tanto nerviosa.

—¿Contraseña? ¿Pues a dónde vas, querida?

La niña se rascó la nuca. —Bueno, a decir verdad no importa a dónde voy.

—Entonces no importa el camino que tomes, incluso si vuelves por donde viniste. —respondió la mujer sin borrar su sonrisa.

—¿Me está echando? —atacó Frida con las manos en la cintura.

—Yo no dije eso. —respondió la mayor luego de una risilla. Para sorpresa de la peliazul, la mujer desapareció haciéndola mirar a su alrededor para encontrarla.

Sin embargo, de pronto...

—Pero sí estoy interesada en ti. —aquella mujer apareció justo a lado suyo.— No es común ver niñas por estos lugares. —agregó suavemente con una sonrisa de oreja a oreja bastante auténtica.

—Ah... Bueno, cuando yo entro en escena todo se pone más... Alocado y divertido. —dijo Frida tratando de sonar genial. Pero ni siquiera se lo creía y eso que era verdad.

—Oh. Mi error. Es sólo que llevo mucho tiempo sin ver un cabello azul. —dijo la dama misteriosa sin borrar la curvatura en sus labios.— Por cierto, me llamo Ángela. Pero mis amigos me dicen Chela.

—Soy Frida. Frida Suárez. —se presentó la peliazul.

—¿Suárez? Creo que conozco ése apellido de alguna parte. —la mayor hizo una mueca pensativa como si tratara de recordar.— No estoy segura.

—Por favor intente recordar. —suplicó Frida.— Lo único que quiero son respuestas de mi familia. Si para eso debo cruzar toda la Tierra de los Olvidados, lo haré.

Ángela desapareció frente a ella sólo para reaparecer a sus espaldas tocando sus hombros.

—En estos momentos mi cabeza está fuera de control. Pero El Torero Loco y La Espadachina seguro te ayudarán a encontrar respuestas. —Y volvió a desaparecer.

—¡Oiga! ¿Y dónde están ellos? —dijo Frida queriendo detenerla.

—Pues... A veces por aquí, y a veces por acá. —respondió Chela gentilmente.— Pero como yo soy una amiga cercana, siempre los veo por acullá. —acto seguido, chasqueó los dedos para desaparecer en un "poof".

Frida de por sí ya estaba asustada con tantas apariciones, pero su curiosidad por el Torero y la Espadachina se volvía más fuerte. Buscó a la mayor con la mirada por todo el bosque hasta verla en un punto distante del camino.

—¿No vienes? —inquirió Ángela esperando a que Frida la siguiera. Y así lo hizo.


Mundo de los Vivos.

—¡Frida! —gritaba el Jefe Suárez buscando a su hija casi corriendo. Bueno, corriendo en su totalidad. Ya estaba a mitad de la Ciudad Milagro y no había ni un sólo rastro de ella.

Al borde de la desesperación, se recargó en una pared y de deslizó hasta sentarse en el piso. Se tapó el rostro con una mano evitando llorar de impotencia. Era culpable de que su Frida se fuera de la casa. Y es que sí quería contarle sobre su Grandmami, sobre Sandra Suárez. Pero al mismo tiempo tenía miedo de su madre. ¿Cómo es que le temes a una madre que te amó y te cuidó hasta su último día de vida? Era algo que sólo Emiliano sabía.

La nube negra que invadía su consciencia se disolvió al escuchar algo cerca de él. Volteó a un lado y se vio cara a cara con un perro ¿De huesos?. Estaba sentado con la lengua de fuera como esperando una caricia o algo para atrapar. A Emiliano le tomó dos o tres segundos para procesar, levantarse en un susto y quedarse viendo al perro (que más parecía lobo), confundido.

—Vaya... Que... ¿Qué eres, amigo? —el canino tan solo ladeó la cabeza.

—Oye, no puedo jugar contigo, ¿sí? Tengo que encontrar a mi hija. —dijo Emiliano sintiéndose más tonto por hablar con un montón de huesos. En respuesta, el lobo ladró y se fue corriendo.

—¡Oye, espera! —el Jefe Suárez lo siguió hasta el cementerio de la Ciudad Milagro viéndose al fin en la entrada de lo que parecía una cueva, justo a una parte alejada del lugar. Era la cueva que llevó a Frida al Mundo de los Muertos.

—Oye, ¿Qué...? —El mayor se agachó para divisar la profundidad de la cueva pero no consiguió ver nada mas que oscuridad.

—¿Por qué me llevaste a...? —cuando levantó la mirada, el perro no estaba por ninguna parte.— ¿...Aquí?

...

Al final del bosque, Frida caminó esperando ver algo interesante ahora que Ángela salió de su radar. Y así fue: Una mesa larga llena de comida. En ella se encontraban sentados un hombre vestido de torero y una mujer de vestido largo. El torero se ocupaba en afinar una guitarra mientras la dama acariciaba a un cerdo de huesos, grande y gordo por cierto.

Casualmente el estómago de Frida empezó a rugir y había algunos churros en la mesa así se acercó con más ansias por la comida que por los anfitriones. Los ojos del torero brillaron como brillantina al ver a la peliazul acercarse a su mesa. Dio unas palmaditas a su compañera para avisarle y esta, al ver a Frida, se asombró también.

El torero se levantó y caminó sobre la mesa ignorando platos y teteras hasta tener a Frida a unos pasos de él.

—¡Es un milagro! ¡María, es un milagro! ¡Es Sandra!

—¿Sandra? —inquirió la mujer apunto de llorar de felicidad.

—Am... —Frida sentía que era descortés pero decir la verdad era lo correcto. Tonta moral, pensó.

—Me llamo Frida.

La cara del torero se desilusionó un poco, pero al mirar los goggles rojos reavivaron sus esperanzas.

—Bueno, no eres Sandra, pero a juzgar por tus goggles estoy seguro de que la conoces. —repuso él agachándose para estar a la altura de la joven.

—¿Mis goggles? —señaló Frida.— Bueno, Sandra Suárez era el nombre de mi Grandmami. Pero, ¿Qué tienen que ver mis goggles en esto?

—Esos goggles eran de Sandra. —respondió María comiendo una costilla.

—¿Los goggles eran de mi Grandmami? —inquirió Frida con ilusión. —¡Eso es increíble!

—¡Sí que lo es! Y cualquier nieta de Sandra es bienvenida. —sin rodeos, el torero tomó a Frida de la mano y la condujo por la mesa a un tronco grueso que fungía como asiento. Procedió a sentarse pero reaccionó.

—¡Cierto! Mis modales. —tosió un poco.— Mi nombre es Manolo Sánchez, para servirte. Yo fui famoso por lidiar toros... ¡Sin matarlos! —narró.— ¡Acabar con los toros es para cobardes!

—Un torero ecologista. ¡Qué padre!

—Y ella es mi esposa: María Posada. —presentó el mayor con la mano a la dama.

—Mucho gusto. Me gusta su cerdo.

—Oh, ¿Hablas de Chuy? Gracias, querida. —respondió María gentilmente.

—Díganme... —dijo Frida desviando la mirada.— ¿Cómo saben de mi Grandmami?

—Bien, eso es fácil. —respondió Manolo viendo a su esposa, como dándole la palabra.

—Sandra era como una sobrina para nosotros. Amaba cantar y tenía demasiada energía. Tal vez tanta como la que tú tienes.

—E incluso sabía el porqué un churro era igual a un carrusel. —terció el hombre agitando las manos de emoción.

—¿Y ella tenía el cabello azul como el mío? —preguntó Frida mostrando su cabello.

—¿Qué si lo tenía? ¡Claro que sí! Y es una historia muy interesante. —dijo Manolo recargando en brazo en la mesa.— Verás, antes de nacer, su madre caminaba por las calles del pueblo de San Ángel cuando de repente un rayo le cayó encima. ¿Loco, verdad? —preguntó mirando la cara de la niña.

Frida asintió con los ojos bien abiertos por lo que acababa de oír.

—Milagrosamente Ángela, su madre, sobrevivió al impacto. Todos decían que su hija moriría por el poder de ése rayo. Pero no fue hasta el día del parto que descubrieron que tu Grandmami también sobrevivió, pero su cabello terminó siendo azul. —explicó el torero poniendo emoción en sus palabras.

—Pienso que toda esa energía cayó justamente en Sandra. Tal vez por eso podía correr por todo San Ángel un día entero. —agregó María como si fuera una detective. Chuy gruñó en señal de acuerdo.

—¿Y qué dijeron sus padres cuando la vieron? —preguntó Frida poniendo las manos en la mesa con más ilusión que antes. Entonces, las miradas de la pareja se cruzaron con tristeza.

De golpe, Frida empezó a temer lo peor.

—Ya veo. No estaban muy felices con eso, ¿verdad?

—Puedo asegurarte de que la querían mucho.

Frida giró la vista y gritó como gallina. ¿De dónde rayos salió Ángela? Pensó.

—¿Qué? —inquirió la mujer misteriosa.— Cuando tus padres te aman de verdad, los detalles no importan. —y dio un sorbo de té.

—Qué curioso que lo digas, Chela. Jamás hiciste nada cuando los niños del pueblo se burlaban de tu hija. —dijo Manolo confirmando las sospechas de Frida.

Esperen, entonces...

—Porque no había nada que hacer. Eran escuincles envidiosos que no soportaban que Sandra fuera la estrella de San Ángel.

—Pero si hubieras hecho algo desde el principio jamás hubiera pasado lo de esa noche. —contestó María levantándose de su asiento, golpeando la mesa.

—¡NO fue culpa de nadie! —sentenció Ángela levantándose también, forzando su sonrisa por algún motivo.

Manolo frunció el ceño reprobando sus palabras.

—Oigan, sé que están ocupados, pero, ¿Podrían ayudarme a encontrar a mi Grandmami antes del amanecer? —preguntó Frida después de dar un bocado de churro.— Me estoy empezando a volver esqueleto.

Al ver a los difuntos ignorarla, se arrepintió de hablar.

—Si no quieren no me ayuden. —dijo Frida mostrándose incómoda. Cruzó los brazos y desvío la mirada diciendo: —No quiero ser parte de sus problemas familiares.

Entonces la mirada del Torero Loco se apaciguó, entendiendo que no podía dejarla a su suerte, en especial por cierto sujeto rondando por el reino de Xibalba.

Pasos se oían en la lejanía alertando a todos en la mesa. María se subió en los hombros de su esposo y miró a la distancia: una manada de lobos acercarse junto con bandidos enanos y armados hasta en el sombrero. Detrás de ellos, un hombre fuerte y alto imponía nervios a los presentes en la cena familiar.

—¡Rayos! —se quejó.— Tenía que ser el Lobo Mayor.

—¿La mano derecha del Rey Lobo? ¡No puede ser!

Manolo no lo pensó dos veces y le sirvió a Frida un té directo a la boca. Antes de poder quejarse, la niña se dio cuenta de que se hacía cada vez más pequeña hasta literalmente caber en la mano del mayor. Éste la escondió en un tetero y sin mas ni menos la puso bajo la mesa mientras veía llegar a los no-invitados. Apenas los vio, Ángela se fue huyendo.

—Buenas noches, Torero. —habló el que parecía ser el líder.— ¡Ah, Espadachina! Espero que mi visita no los moleste este Día de Muertos.

—Hola Chakal. —dijo Manolo sonriendo a la fuerza.— No te había visto desde... Esta mañana. —agregó monótono.

—¡Es la hora del té! —exclamó María lanzando una taza al bandido, quien se apartó haciendo que la taza golpeara a uno de sus esbirros. Chakal la miró con desapruebo mientras la castaña carcajeaba con su marido.

A Chakal solo le quedó toser para recuperar su atención.

—Quisiera saber de una niña viva que llegó aquí. En la Tierra de los Olvidados se habla de ella y de su cabello azul. Y si la están ocultando... —dijo acercándose hasta el asiento de Manolo y acabó amenazante.— Perderán la cabeza.

El torero por su parte rio entre dientes.

—Oye, ¿te parece que tengo una? —y ambos Sánchez se echaron a reír.

—Bien. Ustedes ganan. —gruñó Chakal.— Pero les advierto. Voy a encontrar a esa niña. Yo siempre logro lo que quiero. —con eso, se marchó con sus mascotas perdiéndose en la lejanía.

—Es tan malo. —dijo María preocupada.

—Tiene que serlo. Trabaja para el Rey Lobo. Y puedo entender que Chela huya de él cuando aparece. —decía Manolo sacando la tetera escondida con cuidado.— Fue su padre alguna vez.

Abrió la tetera y suavemente sacó a Frida de ahí -considerando que ahora era más pequeña- y la paró en la mesa.

Seguía siendo pequeña. Y muy adorable con ese tamaño.

—Señora Sánchez, es obvio que la niña no puede estar aquí.

—Ya lo sabemos. Pero estoy segura de que ése malvado seguirá buscándola.

—Eso no me detuvo nunca. —terció Manolo. Tomó un pañuelo rojo de alguna parte, lo cortó hasta hacerlo un vestido y se lo puso a la niña junto con un trapo para su cabeza.

Frida miró lo que traía puesto un rato. Se sentía como una muñeca.

—¡Que linda! —apremió el torero recargando la barbilla en la mesa.

—¡Qué dulzura! —dijo María.— A ver, canta algo.

—¡No, ya sé! Baila el Baile del Sombrero con un salmón en la cabeza.

Las dos señoritas se le quedaron viendo. Manolo entonces tosió y subió a Frida a su hombro.

—Bien, en marcha.

—¿A dónde?

—Al castillo de Xibalba. Él te ayudará a encontrar a tu Grandmami Sandra y regresar al Mundo de los Vivos. Luego nosotros nos ocuparemos del Rey de los Bandidos y del Guerrero Falso. Estoy seguro que si se entera de tu existencia se volverá una amenaza.

—¿Guerrero Falso? —repitió Frida, mas fue ignorada por completo.

—En todo caso iré contigo. —María sacó su espada y siguió: —Hace mucho que no tengo una aventura y estar sentada todos los años le hace daño a mi ciática. ¿Tú que dices, Chuy? —el cerdito gruñó ansioso.

—Igual yo. —terció Ángela apareciendo detrás de Manolo y sacándole un susto.— Como tú dijiste, Frida es mi bisnieta y es mi deber protegerla.

—No se diga más. ¡Es tiempo de visitar el castillo de Xibalba!

Y así, con ayuda de los tres difuntos, Frida comenzó su viaje a dicho castillo.

...

La puerta de la habitación de Frida se abrió de golpe. Emiliano buscó apresurado por el cuarto hasta hallar una camisa para dormir. Bajó a la sala y silbó. Sus Dóberman salieron al encuentro listos para cualquier orden de su dueño. El mayor acercó la camisa de su hija y sus perros no dudaron en olfatearlo. Luego, persiguieron el rastro de Frida mientras Emiliano los seguía. Su sorpresa fue grande al ver que los Dóberman perdieron el rastro de la niña justo en la boca del túnel al que el lobo-calaca lo llevó antes.

Volvió a examinar la profundidad desde lejos. Esto no podía estar pasando.

—¿Frida? —preguntó sin éxito. Y de verdad el túnel se veía extenso. Fue por un momento que Emiliano supo que no tenía opción: Debía dar el salto de fe.

—Esperen aquí. —le pidió a sus mascotas. Con eso, se sentó en la tierra y suspiró hondo antes de saltarse al vacío.

Todo oscureció detrás de él y se iluminó de naranja y amarillo seguido de objetos flotantes y flores frente a sus ojos. Sintió nada cuando cayó en un montón de pétalos de cempasúchil. Antes de levantar siquiera la mirada, el suelo se rompió, provocando que cayera más abajo, viéndose en un ambiente árido y triste. Esta vez no cayó en el piso, sino sobre un esqueleto vestido de soldado.

Emiliano se levantó tallándose la cabeza y notando al sujeto que golpeó.

—¡Órale! Lo siento mucho, no quise herirlo. —se disculpó ofreciendo la mano.

—No hay problema. —el hombre estaba por tomar su mano hasta verse cara a cara. Ambos soltaron un grito y cayeron de sentón por el susto.

—¡¿Estás muerto, tú?! —exclamó Emiliano. Pero el sujeto sólo lo miraba consternado.

—¡No! —el militar se arrodilló frente al Jefe Suárez y junto las manos en señal de plegaria.— ¡Devuélveme a mi hija! ¡Toma todas mis medallas pero déjame verla otra vez!

Emiliano se le quedó viendo y se acercó para tranquilizarlo.

—Espera. No tengo a tu hija. Cálmate.

—¡No! Sé que es lo que quieres. —el otro se levantó súbitamente haciendo que Emiliano se sentara de golpe y desenvainó... ¿Una espada de cartón?— ¡Pelea conmigo! Si yo gano, ¡Me darás a mi hija! —el soldado aparentaba gallardía pero las manos le temblaban desenmascarando su temor.

Más que risa, a Emiliano le daba pena. Demasiada.

—Oye, no te ofendas pero no tienes con qué atacarme... Además no quiero pelear. —se levantó tratando de acercarse, viendo al contrario alejarse con el terror en sus ojos. Hasta que Emiliano, a punto de perder la paciencia, le tomó de los hombros como último intento de razonar con él.

—¡Mírame! No quiero lastimarte. —agregó para transmitirle algo de paz.

Cuando lo miró mejor, el muerto se tranquilizó y exhaló.

—Lo lamento. Creí que eras otra persona. —dijo bajando su "arma".

—Ya lo noté. —dijo el mencionado separándose de él.— Me llamo Emiliano.

—Joaquín. Joaquín Mondragón. Pero todos me llaman "El Guerrero Falso". —dijo el esqueleto dando un apretón de manos.— Es la primera vez que veo a alguien vivo.

—No lo dudo. Oye, lamento dejarte así pero debo irme. Tengo que buscar a mi hija. —dijo Emiliano con la educación posible considerando que estaba frente a un hombre traumatizado.

—Qué coincidencia. Yo también busco a mi hija... Desde hace... —Joaquín miró a su alrededor y finalizó desanimado: —...Mucho.

Eso le dio más pena al jefe de policía.

—Bien... Creo que podemos buscar juntos a nuestras hijas. ¿Te parece?

—Es... ¡Es estupendo! —contestó Joaquín conteniendo la emoción y mirando a todos lados con más nervios.— Sólo... Hay que tener mucho cuidado. Hay un malvado hombre que me ha perseguido desde que llegó. —dijo caminando con su nuevo colega.— Siempre va acompañado de feroces lobos rojos y cada que me lo encuentro siempre huyo por no poder hacerle frente.

Emiliano vio entonces dos espadas enfundadas en la espalda del tal Joaquín y se preguntó a qué se refería con eso.

—Y... ¿A dónde vamos?

—A mi guarida. Debes estarte preguntando qué es este lugar. Bueno, estamos en la Tierra de los Olvidados. Es donde terminan todos los muertos que no son recordados. Ya sabes, a los que no les ponen ofrenda o ni siquiera los mencionan. Y como no tengo familia arriba, mi destino está marcado aquí. —explicó Joaquín.— Tendrás que hallar a tu hija antes del amanecer o acabarás como un esqueleto. —agregó asustando a Emiliano.

—Gracias... Por el dato. —respondió el oficial procesando todo.

Después de caminar un rato llegaron a una piedra un tanto grande que en realidad era una puerta invisible.

—Por aquí. —El militar condujo a Emiliano a unas escaleras bajo tierra hasta llegar a una guarida. El lugar estaba lleno de cachivaches y unas velas en las paredes que ayudaban a iluminar el ambiente. Mientras Emiliano miraba todo desde su eje, Joaquín buscaba algo en el montón de cosas que tenía en un rincón. Sacó una foto, más vieja que él, y se la mostró al huésped.

—Bueno, se ve algo borroso, pero aquí está. Soy yo con mi esposa e hija, antes de que ése hombre me la robara.

Emiliano examinó la foto y se percató de que la hija de Joaquín tenía cierto parecido con Frida. Sólo que Frida no tenía el cabello hasta el pecho. Aguarden...

—¿Esos son goggles? —inquirió.

—Sí. Mi hija nunca dejó de usarlos desde que se los traje de Europa. Eran como su moño. —respondió Joaquín, nostálgico.— Creo que es lo más cercano que tengo de ella. Desde que ése hombre me la quitó, ya no puedo recordar más.

El Jefe Suárez se sorprendió un poco.

—¿Y quién es?

—No lo sé. No recuerdo su cara y mucho menos su nombre. Pero todos creen que yo le di mi hija a ese monstruo. Y no tengo nada que me haga probar mi inocencia.

Así que era eso. Pensó Emiliano.

—Bueno, en mi caso, mi hija Frida está viva. Todo lo que quiero es encontrarla antes de que sea tarde. —dijo mirando sus pies, dándose cuenta de que ya eran de esqueleto. Estaba asustado, desde luego, pero quería mantener compostura.

—¿Estás seguro de que no hay una manera más sencilla de hacerlo? Tú sabes, para encontrar a nuestras hijas.

—Bueno, la hay. Para ello debes ir al castillo de Xibalba, el gobernante de la Tierra de los Olvidados.

—¿Xibalba? ¿Dónde está?

—Casi al centro de estos lares. —agregó Joaquín mostrando un mapa hecho a mano que mostraba todos los puntos que llegó a recorrer después de tantos años.— Nosotros estamos aquí. —señaló un garabato en una esquina del mapa.— Y aquí está el castillo de Xibalba. —señaló al centro.

—Si sabes cómo llegar, ¿Qué te impide hacerlo? —inquirió el policía.

—Los lobos del Rey de los Bandidos. —respondió el soldado.— Ése malvado sabe perfectamente que el castillo de Xibalba es el único lugar donde no tiene poder. Pero logró colocar lobos alrededor para que nadie pueda cruzar. Son realmente ágiles y rápidos, y yo... —escondió su rostro lleno de vergüenza y frustración mezclados.

—Supongo entonces que no amas a tu hija tanto como dices. —fanfarroneó el policía jugando con la destruida mente del soldado.

A Joaquín se le subió la cólera por tan insolente comentario. Se lanzó contra Emiliano tomándolo de su traje.

—¡TÚ NO TIENES IDEA DE CUÁNTO AMO A MI HIJA! —vociferó.

—Entonces pruébalo. —respondió Emiliano sin mostrar una pizca de temor.— Dices que llevas huyendo de ése hombre y los lobos desde que llegaron. No te has puesto a pensar que eso es lo que han querido desde entonces y tú solo has hecho su voluntad como un títere manejado por los hilos del miedo. Si quieres encontrarla, debes enfrentarlos; después de todo, ¿Qué más puedes perder? ¿No quieres abrazar a tu hija con todas tus fuerzas después de años sin verla?

—No es tan sencillo.

Joaquín no pudo evitar llorar, pero se aguantó porque no quería derrumbarse antes las firmes y extrañamente amables palabras de Emiliano.

—Yo antes tenía una medalla mística que me daba increíbles poderes y me hacía sentir valiente.

—Y dale con los poderes místicos. —soltó Emiliano en bajo rodando el ojo.

—Gracias a ella me volví un héroe. Pero no sé. Hice las cosas mal, supongo. Cuando me quitaron a mi hija no sólo me la quitaron a ella; me quitaron la confianza de mi esposa, de mis amigos... Y de mí mismo. Él sabía que si perdía todo eso yo no iba a nacer. Porque es todo lo que quise... ¿Crees que pedía demasiado?

El señor Suárez hizo una pausa.

—No, Joaquín. Merecías cumplir esos sueños. Y ahora puedes cumplirlos sin esa estúpida medalla. Solo tienes que convertir ése miedo en coraje para vencer.

—Pero mis amigos y esposa eran todo lo que necesitaba para tener coraje. No puedo combatir a los lobos del Rey ni a los del ladrón de mi hija yo solo.

—Ellos ya no están aquí. Todo lo que tienes eres tú y es en ti en quien debes confiar. Al final del día somos quienes debemos pelear nuestras batallas y... —Emiliano se detuvo al ver la mirada caída del sujeto.— ...Además no estás solo ahora. —lo tomó de la nuca y lo acercó a él chocando frentes como hermanos.— Yo pelearé contigo.

El soldado se quedó en silencio. Las palabras de Emiliano parecían agua fría, fuego abrazador, canción de cuna. O tal vez todo eso junto.

¿Por qué éste hombre me recuerda a papá? Pensó.

—Tienes razón. No hay tiempo que perder. Pero antes... —con rapidez puso una máscara de cráneo al policía y agregó: —Ahora, a salir por otro lado.

Resulta que Joaquín tenía una salida secreta; un túnel que llevaba a la superficie, lejos de donde habían entrado. Aunque efectivo, te hacía sentir como si estuvieras en ningún lado. Cosa que sintió Emiliano cuando fue el último en salir.

—Por cierto, vas a necesitar estas. —le dijo sacando las espadas reales de las fundas de su dueño. Joaquín se maravilló pensando que se trataba de magia.

—¿Qué, cómo...? ¿Cómo hiciste eso? —y giró a todos lados para averiguar el truco hasta que fue tomado de la espalda para ver mejor.— ...Ah, siempre las tuve aquí. —rio nervioso.

...

Caminando en dirección fija, Manolo llevaba a Frida consigo mientras ella se sujetaba del hombro izquierdo del torero para no caerse.

—¿Dices que tu padre te dijo todas esas cosas horribles? Debe ser muy ciego.

—Bueno, perdió un ojo hace mucho. —respondió la de goggles con una risilla.— Pero en cuanto a mi, no fue su culpa. Supongo que Grandmami le hizo algo malo o nunca estuvieron de acuerdo. Mi papá siempre fue alguien correcto que sigue las reglas. Y toda mi familia. Yo soy la oveja azul que le gusta hacer travesuras y mucho ruido.

—¡Bah! Padres. —repuso Manolo con disgusto.— Se creen dueños de sus hijos como les debieran algo que jamás pidieron. Creen que pueden controlarnos y decirnos quienes debemos ser "por el honor del apellido".

—Sí. —dijo Frida poniéndose de su lado.

—No los necesitamos para que nos digan qué hacer de nuestras vidas. ¡Los papás sólo lo arruinan todo! Sólo nos aman cuando hacemos lo que quieren. ¿Pero qué tal cuando hacemos lo que no quieren? "Tu familia estaría muy decepcionada de ti". —finalizó engravando la voz, haciendo reír a la pequeña.— El padre de mi esposa la mandó a un convento cuando era niña sólo porque "él lo decía". Y el padre de tu Grandmami, El Guerrero Falso, la entregó a un monstruo firmando un contrato ¡Como si ella fuera un mueble! —a medida hablaba, empezó a alzar y a forzar la voz.— ¡En todos mis años de vida y muerte jamás nunca había visto algo tan loco, ruin y despiada...!

—¡Torero! —pisoteó María haciendo que se calmara.

—Gracias cielo. —murmuró el contrario y respiró.— Quizás el té fue algo fuerte. —agregó rascándose la nuca con la mano derecha.

Frida apretó los labios pensando en otro tema de conversación que no lo hiciera enfadar.

—¿Por... Qué no me cuenta como eran los shows de mi Grandmami?

—¡Oh, claro! —respondió Manolo con. Tosió un poco y siguió: —¡Pueblo de San Ángel! Contemplen a la única e inigualable Sandra Mondragón. —decía fingiendo la voz de un presentador de espectáculos.— La salamandra azul... Que canta como ruiseñor. ¡Señoras y señores! Jamás se ha visto algo igual. Corran a la Plaza. ¡No se lo pierdan! ... ¿Te gusta? —inquirió a la pequeña.

—¡Me encanta! —aplaudió Frida.— Grandmami debió ser una mujer famosa.

—Eso hubiera sido maravilloso. —dijo María decepcionada.— Es una pena que no todos los sueños puedan cumplirse.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —preguntó la peliazul preocupada.

El Sr. y la Sra. Sánchez se miraron algo angustiados por cómo tomaría Frida su respuesta, hasta que Manolo sintió una mano sobre su hombro.

—Yo le diré. —dijo Ángela cargando a Frida con la mano y llevándola consigo.

—Verás Frida, Sandra era una buena chica... El problema es que no todos en San Ángel eran buenas personas. Ella... —un nudo en la garganta se alojó en la mayor pero seguía con esa tonta sonrisa.— Ella fue raptada hace años por un hombre misterioso.

—¿Hombre misterioso?

—Ése maldito me robó a mi hija, y estoy segura de que fue él quien nos atacó a mí y a mi esposo esa noche... —Chela bajó la cabeza ocultando su tristeza, viendo los ojos de su esposo en los de Frida.

—Y... ¿Sabe quién es? ¿O en dónde puede estar?

—Nadie lo sabe. Y lo peor de todo es que el único que sabe dónde está mi hija. —trató de decir Ángela con lágrimas en los ojos.

—Lo siento. Si no quiere podemos...

—No. —Ángela puso a Frida en sus manos y le dijo con voz quebrada: —Mi deber ahora es protegerte para que el Rey de los Bandidos nunca te atrape.

La sonrisa de la mujer incomodaba a Frida. Esto era el colmo: Estaba confundida. Primero le dicen que su Grandmami y ella eran igual de raras. Ahora sabía que tenía más familia pero eso no era alentador. Su Grandmami fue robada o peor aún entregada. Y si lo pensaba mejor... Tal vez... No. Su papá se oía muy seguro cuando la llamó "tonta, terca y rara" como su Grandmami. Seguro no le agradaba, pero, ¿Por qué?

—Pero... —alcanzó a decir Frida, pero fue elevada al hombro de Ángela.

—No más preguntas. —interrumpió la mujer amablemente.— Vamos a cuidarte hasta que veas a tu Grandmami, es todo lo que necesitas saber.

Todo quedó ahí, siguiendo su travesía.

...

Algunos metros atrás, Joaquín y Emiliano caminaban al castillo de Xibalba por un sendero azabache repleto de los picos gigantes. Durante la caminata surgió una conversación entre los dos.

—...Y entonces Manolo y yo caímos en la Tierra de los Malditos para rescatar a mi papá mientras María peleaba contra su madre, y Chela reunía un ejército para vengarse de su padre Chakal que en realidad era su padre adoptivo, aunque luego nos enamoramos con el tiempo y tuvimos a nuestra hija. —narraba Joaquín desconcertando a nuestro policía favorito.

Emiliano se quitó el sudor de la frente escuchando todo y resopló al final.

—Bien, estamos cerca, tú. Pero gracias por esta informativa charla sobre... Tu ambiciosa familia.

Joaquín se detuvo y tapó su ojo sano; en unos segundos temblaba de miedo y sin embargo se negaba a huir. Estaba HARTO de huir, de temblar ante el peligro; todo lo que quería era a su hija de vuelta y Emiliano le había dado un impulso que no podía desaprovechar.

Impulso que corroboró cuando el contrario lo tomó de la mano para calmarlo.

—No te asustes, Joaquín. —dijo Emiliano.— No permitas que el miedo sea tu consejero ahora.

Por esto el soldado se armó de valor para avanzar cauteloso por los grandes picos negros.

—¡Oye, 'pérate! —murmuró Emiliano entre dientes, pero lo siguió tras verse tomado de la mano con él. Así, los dos se ocultaron en un pico escuchando gruñidos de lobo.

—¿Viste algo? —preguntó en voz baja.

—No. Pero eso se puede arreglar. —El Mondragón volvió a cubrir su ojo -para sorpresa de Emiliano-. Lo que vio a través de él fue a sus amigos y esposa acorralados por los lobos rojos que lo persiguieron desde que pisó la Tierra de los Olvidados.

—Son Manolo, María, ¡Y Ángela!... No puedo. —negó con temor y se agachó en el piso.— No sé si pueda hacerlo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Son los lobos del Rey. —Joaquín no se dio cuenta de que Emiliano se asomaba y siguió: — No es seguro que vayamos juntos si ellos están cerca.

—Espera. —dijo el Jefe Suárez llamando la atención de su compañero: —Puedo ser de distracción si tú quieres. —agregó con más seguridad.

—No tienes que hacerlo. —terció Joaquín mirando al suelo y asintió.— Yo lo haré. —y se asomó apunto de mostrarse a sus enemigos de muerte.

—No. ¡No! ¡Espera! —Emiliano alcanzó a Joaquín antes de que hiciera algo estúpido y lo volteó mirándolo al ojo.— No hagas esto. No ahora. Estás muy cerca de encontrar a tu hija. No puedes tirar todo a la basura.

—Pero si mis amigos y esposa están en riesgo, no los puedo abandonar.

—Y no lo harás. —aseguró el jefe de policía con sonrisa ladina.— Porque tengo un plan.

Manolo y María blandían sus espadas contra los lobos rojos mientras Ángela protegía a Frida a toda costa, mirando a los canes que los rodeaban. El más grande de ellos estuvo a nada de abalanzarse, cuando de repente unos ruidos le detuvieron.

—¡Ahora! —Joaquín y Emiliano dejaron caer una roca gigante hacia la manada, que terminó aplastada y salió rodando del camino, confundiendo por completo a los Sánchez y a las Suárez Mondragón.

—¿Hola? —preguntó Manolo dando dos o tres pasos al frente.

—Tranquilos... No se preocupen. —dijo una voz saliendo de su escondite.— ...S-soy inofensivo.

—¿Joaquín? —dijo Manolo consternado por la presencia de su (ex) mejor amigo. Pero el asombro se volvió ira, que lo impulsó a correr hacia él aún con espadas al aire.— ¡Eres un traidor! ¡Te voy a hacer pagar!

No supo de dónde había salido, pero una espada le apuntó justo en medio de las cuencas de sus ojos, forzándolo a detenerse.

—Yo no haría eso si fuera tú. —dijo Emiliano, mirando a Manolo como adversario pero tomando a Joaquín como rehén.

Frida se sorprendió enseguida. ¿Era su papá? ¿En verdad vino por ella?

—¿Papá? —soltó en bajo.

—¿Ah? —Ángela y María la miraron impactadas por la noticia.

—No lo entiendes. —insistió el torero.— Ése hombre entregó a su hija como si fuera un mueble. ¡¿Y todavía lo defiendes?!

—Es cierto, entregó a su hija. —fingió Emiliano.— Pero lo necesito, porque él me llevará al castillo de Xibalba y me ayudará a encontrar a mi hija.

—Pierdes tu tiempo. Él no es de fiar. —refutó Manolo.— Pero nosotros sí. Puedes acompañarnos mientras no lleves a ése... Farsante contigo. —finalizó señalando al soldado.

Al ver la expresión derrotada de Joaquín, Emiliano tuvo una idea.

—Lo siento mucho, amigo. Pero soy hombre de palabra. Le prometí a este hombre que lo dejaría ir cuando me llevara a mi hija. Y así lo haré.

Por alguna razón, Manolo soltó una risilla como si estuviera desesperado.

—Cielos. Sin duda es el mejor truco que has hecho. Pero ya estoy harto. Estamos hartos. Ya dijimos que no hemos visto a esa niña viva de cabello azul de la que hablan, así que ve y dile a Chakal que pierde su tiempo.

—¿Chakal? ¿De qué hablas? —inquirió el oficial.

—¡No finjas! —vociferó Manolo apunto de atacar.

—Manolo, espera. —le detuvo María.— Hay algo que debes saber. —con disimulo, la señora Sánchez miró a una Frida preocupada.

Entonces, Manolo supo que algo no estaba bien.

—¡Ustedes no se muevan! —ordenó al dúo frente a él y se alejó aún apuntándolos con su espada.

—¿Qué están haciendo? —susurró Joaquín viendo a sus amigos de la infancia conversar casi entre dientes.

—Están decidiendo si deben confiar en mí. —respondió Emiliano.— ¿Por cierto, quién es Chakal?

—La mano derecha del Rey. —respondió el soldado sin dejar de mirar a los demás.— Parece que las tres señoritas confían en ti.

—¿Tres?

—Mira a la niñita en el hombro de mi esposa. —señaló Joaquín con el dedo. Al reconocer a su pequeña Frida en miniatura a pesar de su nueva ropa, Emiliano quedó boquiabierto.

—¡Es Frida! —dijo el jefe Suárez casi gritando. —Es Frida, es mi... —al no tener palabras por encontrar a su hija aún siendo una cosita linda, sólo pudo preguntarse: —¿Qué hace mi Frida con esos tres?

—No temas. Manolo y María son buenas personas. —le respondió su "rehén". —Y Ángela es una buena mamá. —agregó con algo de tristeza.

Por otro lado...

—¿Estás segura de que es tu padre?

—Es él. Además vean sus pies, se está haciendo esqueleto. —señaló Frida.

—No estoy muy seguro. —insistió Manolo mirando al policía.

—Que sí es él. —insistió la niña.— Reconozco ése sombrero de cualquier lado.

—Bueno, solo nos queda hacer que lo pruebe. —Manolo se acercó al dúo todavía blandiendo su espada y dijo:

—Creemos que sí eres el padre de la niña de cabello azul que están buscando. Pero yo sigo sin estar seguro. —y su espada casi tocaba el pecho de Emiliano.

Para sorpresa de todos, el jefe Suárez dejó caer su arma, tocó la hoja de la espada de Manolo y deslizó la mano por todo el filo frunciendo los labios para soportar el dolor. Luego la mostró con el líquido rojo saliendo de la herida.

—¿Esto te parece suficiente? —inquirió Emiliano como si tuviese el tiempo del mundo.

El torero quedó mudo por su acto.

—Yo... Es prueba suficiente. —contestó bajando su espada.— ¡Pero igual te estaré vigilando! —sentenció más seguro, enfundó el arma y volvió con las señoritas.

—¡No he terminado! ¡Dame a mi hija! —ordenó Emiliano.

—No lo haré. Y menos si ella no quiere volver contigo.

El oficial miró a su hija esconderse en el cabello de Ángela y su corazón se quebró. Soltó a Joaquín y se acercó a Frida, al menos hasta donde Manolo le permitió.

—Sé que estás ahí, bonita. —inició apacible.— Y lamento todas las cosas horribles que dije. Que eras "tonta, terca y rara". Jamás debí ser de esa forma. Estuvo mal.

—No... Estuvo bien. Creo que es la primera vez que eres sincero con lo que piensas de mí. —dijo Frida apunto de llorar.

—No, no es verdad.

—¡Sí lo es! Pero ya no te preocupes. Iré a buscar a mi Grandmami y me quedaré con ella para que ya no tengas una hija rara nunca más. —finalizó ella dándole la espalda para que no la viera llorando.

Todos estaban anonadados, más Emiliano quien ahora estaba al borde del llanto; sobre todo porque Frida lo dejó sin argumentos.

Agachó la cabeza y se quitó el sombrero, diciendo lo único que se vino a la mente.

—Entonces iré contigo.

Y los ojos de Frida brillaron. Se dio la vuelta y miró a su papá aún llorando.

—Quizá no lo recuerdes, pero yo también soy raro. —agregó el mayor.

De pronto la peliazul hizo memoria de cómo descubrió el secreto de su padre. Recordó entonces que él también tenía el cabello azul y, después de pensarlo, saltó del hombro de su bisabuela directo a las manos de su padre.

—Está bien. Iré contigo. —y abrazó el pulgar del mayor en señal de cariño.

De pronto un lobo atacó al policía por la espalda quien dejó caer a Frida al suelo. Para su suerte, Emiliano se volteó e hizo que el predador mordiera su brazo. En sus ojos rojos vio reflejados sus temores, entre ellos a Frida apunto de ser devorada por la oscuridad.

Sin embargo el jefe Suárez frunció el ceño con rabia suficiente para rugir:

—¡SIENTATE! —haciendo que de puro miedo el lobo lo soltara y se fuera huyendo.

Todos quedaron maravillados por la gallardía de Emiliano, especialmente Joaquín. El señor Suárez tomó a Frida en sus manos para comprobar que estaba bien.

—Estuvo increíble, papá. Eres mi héroe. —dijo la peliazul con orgullo. Emiliano sólo besó la cabeza de su hija mostrándole su cariño y protección.

—Bien, vámonos ya. —espetó María más tranquila ahora que Frida estaba en nuevas buenas manos. Por otro lado, Manolo tomó a Joaquín y bruscamente amarró sus manos detrás de su espalda.

—¡O-Oye! ¿Qué haces?

—Después de años sin verte, mi amigo, no VOY a dejarte escapar. —aseveró Manolo con firmeza.— ¡Camina! —con eso, se lo llevó consigo a su destino.

...

En un gran salón, un hombre estudia un libro de tapas rojas bastante vivas. Como si tuviera el tiempo del mundo, se sentó poniendo las piernas en la mesa hojeando las páginas. Las pisadas de un lobo lo distrajeron y desvío la vista hacia su mascota.

—¿Por qué la cara larga, mi amigo? —le preguntó.— Estamos muy cerca de partir al Mundo de los Vivos. —aseguró tranquilamente mientras miraba un muñeco de Manolo con un bicho negro y rojo sobre él.— Sólo hay que hacer que nos entreguen a la niña viva para tener listo el portal.

Inesperadamente el lobo, que atacó a Emiliano antes, agachó la cabeza llenando de curiosidad a su amo.

—¿Qué es lo que pasa? —inquirió menos divertido.— ¿Qué fue lo que viste? —su tono de voz atemorizó más al canino quien agachaba más la cabeza. La paciencia del mayor se agotó y se levantó de su asiento. Se acercó al lobo y tras arrodillarse colocó su pulgar en su frente. Entre el brillo de sus ojos miró en los recuerdos de su mascota a cierto policía acompañado de ¿Joaquín Mondragón?

—Vaya, vaya, vaya... ¿Así que éste hombre pudo evitar el poder de mis lobos? —dijo con calma.— Este Día de Muertos no puede ser mejor. —se levantó callándose un momento, desvió la vista al can y dijo malicioso:

—Temo que esta victoria me está abriendo el apetito.~

El lobo supo a la perfección lo que estaba por ocurrir. Trató de huir por la única puerta disponible pero una fuerza lo inmovilizó por completo. El canino se empezó a evaporar mientras imploraba en aullidos que su dueño tuviera compasión, pero ya era tarde. El lobo pasó a ser un aura rojo que recorrió el brazo del hombre y despareció en él. Aquel extraño respiró profundo, como disfrutando la esencia del animal. Se dejó caer en su silla y suspiró.

—Ya no me temen como antes.

Mientras tanto, el Lobo Mayor esperaba en una sala con dos subordinados a su lado. En sala hay detalles de lobos en las paredes y hasta tenía una alfombra roja con detalles dorados incluidos. Ahora, aparece por arte de magia un hombre de espaldas. No era tan alto como Chakal, pero imponía miedo con su presencia.

Después de todo, era el Rey.

—¿Esa es manera de mostrar respeto a su rey? —dijo el hombre misterioso.

—¿Ah? —se preguntaron los esbirros.

—De rodillas. —el hombre chasqueó los dedos y, como si perdieran voluntad de su cuerpo, Chakal y sus hombres se arrodillaron.

Chakal gruñó en bajo. Era humillante y le enfermaba.

—Lamento mucho el inconveniente, majestad. Pero mis hombres afirman haber visto...

—¿Quién te dio permiso de hablar, animal? —inquirió el superior nada agradable.— Sus afirmaciones me son irrelevantes. Todo lo que necesito ahora es saber sobre la niña de cabello azul. —hizo una pausa.— Y por qué rayos no la tengo en mi poder ahora. ¿Algo tan simple como eso no pueden hacer por mí? Una gran parte de la Tierra de los Olvidados está bajo mis dominios. Debería ser sencillo para ti y tus 240 bandidos atraparla. ¿O acaso son tan débiles para cumplir ésa tarea?

—Entonces sus lobos no son tan fuertes como cree. —susurró uno de los esbirros de Chakal, pensando que sólo él lo escucharía.

—¿"Entonces mis lobos no son tan fuertes como creo"?—repitió amenazante el rey provocando escalofríos en dicho bandido.— Adelante, dime. —agregó con calma.

—¿El escuchó eso? —se preguntó el infortunado casi sin voz.— N-no es posible.

—¿Qué no es posible? —inquirió el rey sorprendiendo a los presentes aún. ¿En verdad podía escuchar el silencio?— Dudar de mi poder te hará... perder la cabeza.

Para el temor del segundo al mando, una fuerza invisible levantó al pobre secuaz de una pierna poniéndolo de cabeza, como flotando en el aire.

—¡No! ¡No por favor majestad! —suplicó el bandido agitándose para liberarse, viendo a lobos rojos acercarse a él esperando a que cayera.— ¡Por favor, tenga compasión! ¡Tenga compasión! ¡Tenga compasión! —cayó justo en medio de los hambrientos caninos que, frente a los ojos de Chakal y su compañero, lo devoraron hasta ser... Nada. Solo vapor.

—Creo que quedó claro que es exactamente lo que quiero de ustedes. —dijo el monarca volviendo a ser el centro de atención.— Pero en caso contrario, encuentren a esa niña de cabello azul. ¡Encuéntrenla! —vociferó.

...

—¿Y con exactitud qué hace tan poderoso al Rey Bandido? —preguntó Emiliano en el camino.

—Sólo sabemos que sus lobos pueden olfatear a sus presas bastante bien. Por eso también lo conocen como El Rey Lobo. —respondió Manolo.

—Tengo una teoría. Él es un hechicero. Un maestro de la magia. —propuso Ángela dramáticamente manteniendo su sonrisa.— Y sólo busca cualquier oportunidad para atacar.

Durante la plática Frida saltó del hombro de su padre hacia la cabeza de Joaquín, quien además de estar amarrado, era arrastrado con cadenas por su amigo de la infancia.

—Hola, pequeñita. —dijo el prisionero.— Tú debes ser la hija de Emiliano.

—¡Sí señor! —exclamó Frida.— Usted debe ser Joaquín. Sólo quería ver sus medallas.

—Ah, bueno. Puedes quedártelas. —respondió el mayor con apatía.— No valen nada en realidad.

—¿Por qué? Mi papá dice que las medallas son símbolo de honor y respeto para los militares.

—No para mí.

Silencio incómodo. La chica de goggles optó por sentarse en la cabeza de Joaquín como si de pasto se tratara.

—¿Por qué Manolo y María lo tratan mal?

—Tienen... Motivos. —dijo él.— Ellos creen que entregué a mi hija... Y creo que tienen razón.

—¿Por qué? —inquirió Frida con tristeza.— ¿En verdad lo hiciste?

—No. Pero hace mucho dejé de saber quién soy. A veces creo que sí la entregué a ése monstruo y sólo me estoy engañando a mí mismo.

—¿Usted cree eso, o es algo que le dijeron que creyera?

Joaquín no respondió, sólo miró al vacío y las cosas alejarse de él a medida era llevado a rastras por el suelo.

—¡Ya sé! Cuénteme cómo conoció a Ángela.

—Eso es sencillo. —dijo el castaño con más ánimos empezando a recordar.— Ángela, o Chela, había llegado a San Ángel para vengar a su padre que era un bandido enemigo de la familia. Recuerdo que la primera vez que nos vimos fuimos enemigos al instante. Nos costó trabajo reconocer que teníamos mucho en común como si fuéramos la misma persona. Pero luego, tuvimos la... "Oportunidad" de conocernos. Ése día supe que la amaba, y ella a mí.

—Eso es tan hermoso.~ —dijo Frida con ilusión.— Espero que pronto pueda reconquistarla.

—Gracias. Es la primera cosa buena que me desean después de todos estos años.

—Yo no creo que usted haya regalado a su hija. Pero debería creer en sí mismo si quiere que los demás lo hagan.

Y Joaquín se calló de nuevo. Pero se le hacía tierno que una niña que apenas lo conocía creyera en él más que sus amigos de toda la vida.

Ángela escuchó la conversación y supo de antemano que decírselo a sus amigos era mala idea. Decidió mejor preguntar:

—Oigan, ¿no creen que deberíamos decirle a Joaquín que Frida es la nieta de Sandra?

—¿Para qué? ¿Para que la entregue al Rey Lobo? Olvídalo. —sentenció Manolo con enojo.— No voy a perder a otra. ¿Tú que crees que sea lo correcto, María? —inquirió amablemente a su esposa.

—No creo que debamos fijarnos en las apariencias. Emiliano ha mostrado ser un buen hombre y un buen padre para Frida. Pero me parece algo impulsivo.

—¡Escuché eso!

—Cariño, me refería a que si debemos decirle a Joaquín sobre Frida.

—Ah... No lo sé. Creo que si lo hacemos quizá nos ayude a encontrar a Sandra.

Manolo y Ángela se le quedaron viendo.

—Piénsenlo; Joaquín es malo diciendo mentiras. Si él quisiera entregar la niña al Rey Bandido ya lo hubiera hecho.

—Pero es bueno ocultando cosas. ¿Cómo crees que logró mantener en secreto la Medalla de la Vida Eterna? Podría estar aliado con él en éste momento y jamás lo sabríamos.

María no respondió, dándole la razón.

—Por mi parte... —Manolo se rascó la nuca y siguió: —No confío en él. Pero respetaré que ustedes lo hagan.

El camino al castillo de Xibalba incluía algunas fosas de lava y brea que nuestros protagonistas lograron pasar sin problemas. Ya se habían alejado mucho cuando...

—¡Alto! —ordenó María deteniéndose. —Creo que no estamos solos.

Todos los mayores se prepararon para lo peor mientras los temblores se hacían cada vez más fuertes. Manolo entonces divisó un toro cubierto de metal, haciéndole recordar al toro con el que peleó una vez; sólo que éste no tenía cuernos. Detrás de él, los lobos rojos de los que Joaquín habló antes.

—Bien, ¿Qué hacemos? ¿Lo distraemos o lo acabamos? —propuso Emiliano.

—Ni sueñes que los dejaré acabarlo.

—Espera, ¿Eres un torero, pero no acabas con toros? ¿Acaso estás loco?

—Sí. Por eso le dicen El Torero Loco. —respondió Frida asomándose por el cuello de su padre.

La bestia se acercaba más y más a nuestros héroes con intenciones de ataque.

—Muy bien. Yo y Joaquín lo distraeremos.

—¡¿Qué?! ¿Voy a ir contigo? —preguntó el militar consternado.

—¡Sí! —exclamó Manolo con rabia.— Mientras los demás enfrentan a los lobos rojos, y... —antes de terminar se fue entre forcejeos hasta ponerse en medio del camino. María y Ángela fueron las primeras en correr siguiendo Emiliano quien protegía a Frida con sus manos.

Manolo sacó una capa roja para domar al toro, ignorando los nervios de su amigo.

—M-Manolo, ¿Qué haces? ¡Por Dios, Manolo, no hagas esto! ¡MANOLO!

Por un segundo Joaquín creyó que su cráneo sería papilla con el golpe del animal, pero en el último momento el Sánchez se movió evitando que el toro siquiera los rozara. Aún así, el castaño agradeció no estar vivo en ése momento ya que estaba seguro de que, en caso contrario, Manolo no dudaría en dejarlo a merced del toro.

El resto del equipo blandió sus espadas desafiando a las mascotas del Rey. Fue entonces que Emiliano dijo:

—Estas cosas pueden leer los miedos. Hagan lo que hagan no los miren a los ojos.

—Somos los Héroes de San Ángel. Por supuesto que no les tenemos miedo. —repuso María lanzándose al ataque con Chela.

—¿Los Héroes de... Qué? —Emiliano no pudo obtener respuesta. Todo lo que pudo hacer fue esconder a Frida en un bolsillo de su saco y hallar una salida de los lobos mientras las damas se encargaban de ellos.

Mientras tanto Manolo lidiaba con el toro aún con Joaquín a su lado como si no le importara que saliese herido. Por eso mismo, el Mondragón se vio forzado a luchar tratando de librarse de las cadenas que lo ataban. No obstante la ira del torero iba quizá más allá de su compresión, entendiendo que no tenía ventaja. De todos modos lograron reunirse con los demás antes de que el toro se recuperara del último esquivo de Manolo, quien tenía la extraña sensación de que el toro en realidad no quería atacarlos.

Lejos de ahí, Chakal y sus hombres vigilaban el resultado de su plan.

—¡Chakal, mira! Vencieron a los lobos y van al castillo de Xibalba. Hay que avisarle al Rey. —el bandido iba a marcharse hasta que una mano de metal lo levantó de la cabeza.

—¡No! No debemos desaprovechar nuestra única oportunidad. —sentenció Chakal.— Hay que dejarlos ir.

—P-pero el Rey...

—No importa. Incluso si los siguiéramos ahora, los perderemos una vez lleguen con Xibalba. —con eso, el líder se marchó con sus soldados. —Después de todo, son nuestro único boleto a la libertad.

...

—Bien, lo logramos. Ahora podemos ... —Manolo no pudo terminar la oración ya que Emiliano le arrebató la cadena de la mano.— Oye, ¿Qué haces?

—No estás en condiciones mentales y morales para tener a un "prisionero". Sólo por eso se quedará conmigo.

—Con que no me lances a toros rompe-huesos me conformo. —agregó un Joaquín tembloroso por lo que acababa de pasar mientras Emiliano seguía caminando.

—¡Los estaré vigilando de todos modos! ¡Estoy seguro de que sólo lo ayudas porque es tu abuelo! —Manolo se tapó la boca al darse cuenta de lo que había dicho.

Emiliano se detuvo en seco.

—Mi... ¿Qué?

—¡Ah! ¿Dije "abuelo"? Debo estar confundido. Joaquín no es tu abuelo. Ni siquiera sé quién es Joaquín. —y el torero rio tratando de no parecer nervioso.

El Jefe Suárez ni se inmutó. Frida, subiendo al hombro de su papá, apretó los dientes y lo miró tratando de averiguar qué iba a hacer.

Emiliano se acercó a Manolo con un semblante serio y aterrador.

—Te lo voy a preguntar de nuevo. Joaquín es mi... ¿Qué?

Si estuviese vivo, Manolo tragaría saliva por el temor que el mayor evocaba. Quiso hablar pero Ángela le robó la iniciativa.

—Joaquín Mondragón es tu abuelo. Es mi esposo.

Emiliano procesó el apellido "Mondragón", pero no bastaba. Así que volteó a ver al mencionado.

—¿De casualidad... Tu hija se llama Sandra?

—...Sí.

El policía sólo conectó los puntos y confirmó sus sospechas mirando al piso.

—...Sandra Mondragón era mi madre.

Sus abuelos se asombraron, pero no tanto como Frida. Se tapó la boca para no dejar escapar un grito y en pocos segundos todo lo que había pasado recobró sentido.

—Sopes, debí suponerlo por lo del cabello azul. —dijo para sí misma.

Manolo, pese a la sorpresa del momento, no ignoraba el problema inicial.

—Entonces deberías tener más cuidado. —le dijo a Emiliano.— No olvides que la entregó como basura.

—No lo olvido. Pero tampoco lo creo. —el contrario se dirigió a Joaquín, tomó una espada de su funda y atacó. O más bien, cortó las cadenas que lo ataban.

Tras mirarlo un rato, le dijo:

—Un placer conocerte, abuelo.

Sus palabras atravesaron el alma de Joaquín, quien no pudo evitar llorar en silencio y luego sollozando en voz baja hasta caer de rodillas al piso. Se sentía como si ser llamado "abuelo" lo liberara de la carga sobre sus hombros que soportó desde su muerte. La escena generó en los presentes una sensación de incomodidad y tristeza muy fuertes e imposibles de medir.

Jamás notaron a un alto dios de brea cerca de ellos algo conmovido mientras se limpiaba una lágrima.

—Oh, vaya. Eso fue tan bello.

Todos voltearon a verle para gritar despavoridos.

—¡Xibalba!

—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —preguntó María.

—No mucho. Sólo venía por algo a mi reino hasta que los vi a ustedes y escuché el escándalo. Ha pasado mucho desde la última vez que nos vimos. —Xibalba se inclinó a la altura de Emiliano y Frida para examinarlos lentamente.— ...¿Y quiénes son estos?

—Verá, vinimos al Mundo de los Muertos por... —respondió Emiliano con mucho respeto, que se volvió miedo al ver como el ser de alas negras tomaba a su hija y la elevaba a la altura de su rostro. Frida lo miró jugando con sus manos; aunque el sujeto se veía malvado, no parecía querer hacerle daño. Razón por la cual no gritó o hizo algo para escapar.

—Eres muy pequeña, niñita. —sentenció el hombre de brea.

—Me dieron mucho té mágico. —dijo Frida y rio nerviosa.

Xibalba chasqueó los dedos, un aura verde rodeó a Frida hasta volverla a la normalidad y un "wow" salió de todos los presentes. Acto seguido y por mera curiosidad, el dios le quitó el pañuelo rojo que Frida tenía en la cabeza, dejando caer su cabello azul como cascada. Tanto Joaquín como Xibalba estaban sorprendidos, sólo que Joaquín se desmayó por tantas sorpresas en un día.

—¡Se le bajó la presión! ¡Traigan un refresco! —exclamó Chela después de revisarlo.

La deidad se esforzaba en no dejar caer a la niña de su mano a causa del asombro. Le quedó articular una sola palabra:

—Sandra.

—Frida. —respondió la contraria. Ya estaba harta de que la asimilaran con su Grandmami. Era lindo, pero Frida era Frida y Sandra era Sandra.

Esperen, ¿a qué Sandra se refería?

—Ya veo. —con eso, Xibalba bajó a la niña con cuidado.— ¿Puedo saber qué los trae aquí?

—Quiero ver a mi Grandmami: Sandra Suárez. Quiero saber quien fue. —dijo Frida.

—¿Y qué te hace pensar que voy a ayudarte a llegar a ella?

—¡Bien! No me ayude. Iré con ella yo misma. —al señalarse con el pulgar notó que ahora tenía brazos huesudos, comprendiendo que no le quedaba mucho tiempo: — ...Pero me vendría bien algo de ayuda.

Emiliano se dio un manotazo en la cabeza.

—Am... Xibalba. —interrumpió Manolo para calmar la tensión.— ¿Nos ayudas a encontrar a Sandra y regresar a Emiliano y a Frida al Mundo de los Vivos?

—Bueno, se supone que ya no debo meterme en los asuntos de los hombres y...

—¡Joaquín la entregó a un criminal! ¡Eres el único aquí en el que podemos confiar para saber la verdad! —insistió el torero ya exasperado, llamando la atención de la deidad.

—¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no lo hice?! —gritó Joaquín lagrimeando de rabia.

—¡Puedes decirme todo lo que quieras pero no caeré en tus trucos nunca más!

—¡Él no está mintiendo! —intervino Frida aún si su padre la sujetaba de las manos para no ser parte de la pelea.— Por favor, señor Sánchez, tiene que creerle.

—No te metas Frida. No tienes que ser parte de nuestros problemas familiares.

La peliazul se zafó de su papá y se puso frente a Manolo llena de enojo.

—Claro que me voy a meter, por que estás hablando de mi abuelito, ¡Torero testarudo! —gritó saltando como niña chiquita.

Xibalba ansiaba ver la pelea hasta el final. Pero en vista de la situación, tosió, se enderezó y dio un bastonazo al piso para que todos se concentraran en él.

—¡Muy bien, señoritos! Ustedes vienen conmigo. —usó su bastón para empujar a los revoltosos y caminó diciendo: —El resto sígame. Sólo hay una forma de arreglar esto.


Xibalba había guiado a todos a su morada: una estructura de cráneos y serpientes, gigantes cadenas en el ambiente y el suelo repleto de lava, obligando a Frida y a su padre a taparse la nariz.

Ahora todos se hallaban dentro del castillo, emulando un jurado donde Joaquín estaba en juicio, Manolo y María estaban a su derecha y su familia a su izquierda.

Xibalba, fungiendo como juez, sacó un pergamino y lo abrió diciendo:

—Joaquín Emilio Mondragón, se te acusa de entregar a tu hija... ¡¿Sandra Mondragón?! —dijo incrédulo al final para seguir leyendo.— ...A un malvado horas antes de tu muerte. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?

—¡Tienen que creerme! ¡Amaba a mi hija y jamás le haría algo así! —imploró el acusado llorando de impotencia.

—Cuéntanos cómo fue que pasaron las cosas antes de morir. —ordenó Xibalba como si tratara de no explotar.

—La noche en que fallecí con mi esposa, Sandra iría a un concurso de talentos, pero le dije que no. —contaba Joaquín con mucha pena.— Discutimos tanto que la envié a su cuarto. Yo no quería hacerlo porque sabía que era su oportunidad de mostrarle a San Ángel su pasión para cantar. Pero...

—Pero no la entregaste, ¿O sí?

El semblante de Manolo cambió a uno de incertidumbre.

—Todos decían que moriría con el rayo que golpeó a Chela... Hasta que nació. —confesó el acusado con las memorias volviendo a él.— Vi su cabello azul y escuché su llanto. Desde entonces supe que sería mi niña por siempre. No importaba que fuera enérgica a su manera. No importaba que fuera distinta a mí o a su madre... ¿Alguno de ustedes sabe lo que es que vengan hombres con sus hijos a pedir la mano de tu hija en matrimonio como si fuera algo que puedes comprar? ¿Para luego ver a esos mismos niños burlarse de mi hija como si fuera un monstruo de circo? Luego tienes a las mocosas del pueblo humillando a tu hija por ser diferente, incluso si no hacía nada. Eso me desesperó. Busqué en todo el país una solución pero ninguno me garantizaba que Sandra podría vivir con normalidad... Entonces un día, apreció ése... Miserable muchacho.

—¿Qué tiene que ver en esto?

—Cuando lo conocí me dijo que podía ayudar a Sandra, y todo lo que pedía a cambio eran 100 monedas de oro. Acepté el trato. La noche en que la niña y yo peleamos fue cuando todo se vino abajo porque ése fue el día del acuerdo. Lo esperé en donde acordamos pero jamás llegó. Regresé a casa pensando que algo había pasado... Pero al llegar, se estaban llevando a mi hija en una carreta. Corrí tanto como pude para alcanzarla y entonces lo vi. Era él. Me había tendido una trampa. Se llevó a mi hija y yo no pude salvarla. Lo último que recuerdo es ir con mi esposa para que me ayudara a buscarla y... Y luego... —Joaquín se quedó callado al recordar como un estallido dentro de su casa lo cubría a él, a su esposa y a sus amigos. Las lágrimas salieron solas.

Parecía eterno el silencio que cubrió el lugar. Mientras Joaquín sollozaba por los recuerdos, Manolo miró al vacío haciéndose la pregunta que quizá nunca se hizo por la ira que lo cegaba.

¿Joaquín en verdad entregó a Sandra?

Se rascó la nuca y parte de la cabeza. Algo le picaba como si se tratara de una pulga gigante que lo comía. Una sensación de inercia lo hizo sacar un papel de su bolsillo y leerlo. El enojo de años que tenía contra su amigo de la infancia regresó... O eso parecía.

—Manolo Luis Sánchez. —pronunció Xibalba sacándolo del trance.— ¿Cuál es tu versión de los hechos?

—Sí. Bueno... —mostró la hoja y trató de mantenerse como estaba antes.— Tengo un contrato firmado por Joaquín donde acepta entregar a su hija. —y mostró la hoja a todos.

—¿De dónde sacaste ése contrato?

—La noche en que Sandra fue raptada María y yo íbamos a llevarla al concurso, pero cuando llegamos a su casa no estaba por ningún lado. Entonces, encontré el contrato donde claramente Joaquín entregaba a Sandra a ése monstruo. Se lo mostré a María, Ángela llegó y le contamos todo. Para colmo de males, Joaquín llegaba con una bolsa llena de dinero. Cuando apenas pude reaccionar, la casa estalló. —giró la cabeza a Joaquín y soltó con descaro: —Eres valiente, lo admito. ¿Pero cómo pensabas proteger a un pueblo cuando ni siquiera puedes proteger a tu hija?

—¡AHORA SÍ! —el soldado no lo toleró más. Se abalanzó sobre Manolo y comenzaron una lucha que las damas se vieron obligadas a detener.

—¡Dejen de actuar como niños! No es educado pelear en un jurado. —regañó María. Y Ángela, bueno...

—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!

Durante el altercado, Emiliano tomó el contrato y lo leyó en silencio. Frida se asomó por la espalda de su padre leyendo también.

—"Yo, Joaquín Mondragón, acepto otorgar 100 monedas de oro a cambio de darle a mi hija Sandra Mondragón una vida normal"...Eso no parece una entrega. —opinó Frida.

—No lo es. —Emiliano se acercó a Xibalba y le mostró la hoja. Éste lo leyó con detenimiento y luego miró a Emiliano.— No parece que Joaquín haya entregado a mi mamá.

—Pero Manolo dice que sí. —repuso Xibalba.— Algo está mal.

El jefe Suárez se acercó a Manolo y le pidió que leyera en voz alta la carta. Sin tener otra opción, lo hizo.

—"Yo, Joaquín Mondragón, acepto entregar a mi hija Sandra Mondragón." —dijo estresado por la pelea.— ¿Es prueba suficiente?

—Sí. Es prueba suficiente... Para ti.

—No lo digo yo. ¡Es lo que dice el contrato!

—¿Y por qué Xibalba y yo leemos otra cosa? ¿Por qué sólo tú lees eso?

—No me sorprendería que tú y Xibalba hicieran esto juntos para hacerme creer que Joaquín es inocente. Xibalba tiene fama de bribón en la Tierra de los Muertos. —sentenció el torero provocando disgusto al mencionado.

—Yo apenas acabo de llegar. Y Frida también. ¿Me dirás que ella es una mentirosa?

—No. Pero no puedo creer en algo dicho por Xibalba. Sólo puedo confiar en La Catrina ¡Y solo en ella voy a confiar!

—¿Alguien dijo "confiar"? —un destello de cempasúchil emergió, de ella, una mujer alta con vestido rojo y cabello largo. ¡La Catrina en persona!

—¡Sopes! ¿Esa es La Catrina? —dijo Frida con ojos llenos de brillo.

—Parece que se necesita mi ayuda para descubrir la inocencia del señor Mondragón.

—¿Cómo supo del juicio contra Joaquín? —inquirió Manolo.

—Xibalba me contó en el camino. —y la dama miró a su esposo, quien la saludaba ruborizado.— Ahora, ¿me permites el contrato, Manolo?

El joven Sánchez obedeció y La Catrina leyó en silencio. Decía justo lo que Emiliano y Frida habían leído. —"...Otorgar 100 monedas de oro a cambio de darle a mi hija Sandra una vida normal". Manolo, no hay nada en el contrato que lo relacione a una entrega.

—¿Qué? Pero él y nosotras lo leímos, y decía que sí. —dijo María con mucho respeto.

—Lo sé. Y creo saber por qué. —la deidad chasqueó los dedos y un fuego cubrió la hoja. El papel no se quemó, pero apareció un símbolo rojo que hizo que la Catrina se lo diera a Xibalba.

—¿Alguna vez has visto esto?

—Es magia negra. Un hechizo de ilusión. —el dios miró a todos confundidos.— Ya sé. —giró su bastón y lo golpeó contra el piso. De este salió un pequeño círculo de aura verde que en menos de cinco segundos desapareció.

Entonces, un hombre regordete y barbudo apareció del suelo entre brillos dorados con un libro flotante.

—Oiga, usted otra vez. —dijo Frida.

—¡Ah! Con que aquí estás, niña traviesa. —dijo el barbudo con alegría.— Empezaba a preocuparme.

—Hombre de Cera, te necesitamos. —interrumpió Xibalba.— Joaquín está siendo acusado de entregar a su hija. Solo El Libro de la Vida puede desmentir todo esto.

—Bien, veamos... —el libro mágico se abrió frente al contrario y buscó en la vida de Joaquín.— Hizo un trato con Aurelio Suárez para darle una vida normal a su hija a cambio de cien monedas de oro. Y firmas el contrato. Luego... ¡Santa Chihuahua! Se llevan a Sandra en una carreta. Intenta correr pero ya es tarde. Busca ayuda y entonces... —el Hombre de Cera vio aterrado en las páginas ilustradas a manera de historieta como la casa Mondragón se cubría de fuego acabando con cuatro personas.

—Entonces no hay duda alguna. Joaquín es inocente. —sentenció Xibalba con temple.

El mencionado se hincó a llorar fuertemente al saber que después de años, al fin pudo demostrar que era un verdadero héroe... O al menos el intento de. Ángela, que por primera vez en años pudo al fin borrar la maldita sonrisa de su cara, corrió a abrazarlo y llorar con él. Emiliano se cubrió la cara y los Sánchez no fueron la excepción sollozando en el suelo por la culpa de que nunca le creyeron a Joaquín. Frida sólo miró la escena llorando en silencio con un hueco en el estómago que no podía describir.

Emiliano, después de secarse las lágrimas, se acercó Manolo con el contrato en mano.

—¿Puedes leer esto en voz alta? —siguió el mayor mostrando el papel. Manolo lo tomó leyéndolo con mucha vergüenza.

—"Yo, Joaquín Mondragón, acepto otorgar 100 monedas de oro a Aurelio Suárez a cambio de darle a mi hija Sandra Mondragón una vida normal"... —un bicho negro y rojo apareció de la nada en su cabeza provocándole un grito de horror.

—¡Un alacrán! ¡Quítenmelo!

—¡Manolo, no corras! ¡Espera! —le dijo María persiguiendo a su esposo. Entre la corredera le lanzó al insecto una piedra tirándolo al suelo y ambos, marido y mujer, lo pisotearon hasta hacerlo puré.

—¿Qué rayos fue eso? —dijo Ángela.

Cuando el Sánchez se calmó, sus ya verdes ojos se dilataron.

—¡Aurelio! ¡Es verdad! ¡Ahora lo recuerdo todo!

—¿Qué? —dijeron todos.

—¡Sí! Aurelio me hechizó para no recordar nada. ¿R-recuerdan a Lobo Negro, el joven maleante que atrapamos hace años? —dijo frenético el torero.

—Sí. ¿Por qué?

—¡El verdadero nombre de Lobo Negro es Aurelio Suárez, el muchacho que se robó a tu hija! ¡Él es el causante de todas nuestras desgracias! —reveló Manolo provocando asombro y enojo en sus amigos y esposa.

—¡¿QUÉ?! —gruñó Joaquín como bestia enfurecida.— ¡¿Aurelio es Lobo Negro?!

—Y eso no es todo. —agregó Manolo para disgusto de Joaquín.— El Rey de los Bandidos... Es Aurelio. —vio las caras perplejas de todos pero debía continuar.— Está en el Pueblo del Cráneo planeando salir al Mundo de los Vivos ¡Ésta noche! Y sólo necesita a alguien vivo para lograrlo porque sabe que en el Día de Muertos la barrera entre los dos mundos se hace más débil. —soltó una bocanada de aire luego de hablar tan rápido.— Y por eso quiere a Frida.

—¿Y tú como sabes eso? —indagó Chela.

—Bueno, hace unos años estaba persiguiendo a un toro pero después...

—Tiene sentido. El Pueblo del Cráneo es la guarida de muchos bandidos que han sido olvidados. —dijo La Catrina viendo a Manolo hablar rápido.

—Y siendo Aurelio el Rey de los Bandidos... —siguió Xibalba.

—...No hay forma de que alguien lo detenga. —finalizó Hombre de Cera.

Frida, mientras tanto, notó a Orejitas rascándose lejos de donde estaba. Su curiosidad volvió de la nada y lo siguió hasta un pasillo oscuro.

Joaquín escuchó sus pasos y fue tras ella. La encontró cerca de un círculo verde que parecía un portal.

—¿Frida? —le preguntó. La susodicha lo miró de vuelta.

—Oh, lo siento. Es que vi a Orejitas hace rato. —sonrió nerviosa la niña.

—¿Orejitas?

—Ahí. —y señaló el portal en la pared. Por instinto, Joaquín supo lo que tramaba.

Tierra de los Recordados.

—No hagas eso. Tu padre se preocupará mucho si sabe que te fuiste.

—Es que ya no tengo tiempo. —dijo Frida mostrando su torso de esqueleto. — Quiero hallar a mi Grandmami de una vez por todas. Y sé que tu también. Y sólo podremos encontrarla en la Tierra de los Recordados.

—¿Qué? ¿Cómo sabes que...? —era tarde, la peliazul saltó hacia el portal y desapareció en una luz blanca.

—¡FRIDA!

El grito de Joaquín llamó la atención de los huéspedes del castillo, pero más del Rey de los Olvidados por de dónde venía. Fue directo frente al portal justo cuando Joaquín había pasado por él y eso lo preocupó un poco.

—¡Xibalba! —exclamó Emiliano llegando a donde estaba él.— ¿Dónde está mi hija? —al mirar dicho portal en la pared, no tardó en deducir lo ocurrido.— ...¿A dónde lleva ése portal?

—A la Tierra de los Recordados... —respondió la deidad con el entrecejo fruncido.— Pero creo saber a dónde van tu hija y abuelo.

...

Por el Día de Muertos, era obvio que el color y las fiestas de la Tierra de los Recordados se multiplicara por tres. Pero lo relevante ahora era que Frida y Joaquín corrían con todas sus fuerzas, siguiendo al conejo de huesos a un show que se presentaría justo esa noche.

Esta noche: Sandra "Salamandra" Suárez.

—Aquí es. ¡Vamos! —Al entrar al lugar evadiendo la seguridad, llegaron a una sala repleta de espectadores ansiosos por ver a la cantante en el escenario. Con más razón bisabuelo y bisnieta se escabulleron tras bambalinas hasta los camerinos. El conejo entró a un cuarto donde, en la puerta, se veía el nombre de Sandra. Joaquín se congeló enseguida.

—Yo... No sé si pueda hacerlo. —dijo de espaldas contra la pared frente a la puerta.

—¡Claro que puedes! Has sufrido mucho para verla, hoy es momento de acabar con todo ése dolor. No hay Aurelio, no hay lobos rojos. Sólo tú y ella. Te hago casita si quieres.

—Pero tú hiciste todo esto posible. Tú primero.

—¡Tú! —Frida lo empujó a la puerta ya desesperada. Aunque quería ver a su Grandmami con todo el alma sabía que Joaquín merecía verla.

Además porque la puerta estaba abierta. No era precisamente un gran sacrificio.

El militar respiró hondo antes de entrar. Al hacerlo lo primero que vio fue un largo cabello azul, unos goggles rojos y a una dama en el reflejo del espejo haciendo cariños con cierto conejo.

—¿Dónde te has metido? Debes estar hambriento. —decía ella con una voz suave.

—¿Sandra? —habló Joaquín.

La mujer se dio la vuelta desde su asiento y se levantó.

—Hola... Yo... —dio pasos atrás hasta chocar con su tocador. Estaba asustada incluso si el hombre le parecía familiar.— Lo siento. No te...

—No tengas miedo. Soy yo, papá. —dijo el hombre tratando de acercarse.

—¿... Qué?

—Soy tu padre. ¿Cómo es posible que no lo recuerdes? —el Mondragón tomó las manos de su hija y la miró a los ojos.— Cuando eras niña solías cantar con el tío Manolo y la tía María. Soñabas con ser una estrella y viajar por el mundo para que todos te escucharan. —la tomó de las mejillas y tocaron frentes.— Por favor, mija. Sé que puedes recordar.

La mujer lo miró un buen rato y, de alguna forma, supo que era él.

—¿Papá? —soltó con ternura, como si el arrebato de recuerdos la convirtiera en niña otra vez.

—Oh, Sandra. Mi pequeña Sandra. —Joaquín no pudo resistir más y abrazó a su hija con fuerza mientras volvía a llorar. La peliazul también lloró suavemente correspondiendo al gesto, dejando que los sentimientos fluyeran solos.

—Creí que nunca vendrías por mí. —dijo Sandra separándose de su papá.

—No sabes como lo siento, mija. La noche en que te perdí fue la noche en que lo perdí todo. —respondió el señor Mondragón tomando el rostro de su hija entre sus manos.

Sandra lo supo entonces.

—¿Aurelio?

—Sí. —con eso, todo quedó en silencio.

La mujer de goggles miró a la puerta y vio otros goggles rojos asomarse. Frida ante un artista favorito se hubiera lanzando a pedirle un autógrafo, pero tratándose de su abuela que apenas conocía, escondió la cabeza tímidamente.

Mija, no te asustes. Es tu Grandmami Sandra. —le dijo el mayor con calma.

—¿Grandmami? —repitió la mencionada después de ahogar un suspiro.

Frida se mostró en la entrada del cuarto sin dejar de jugar con sus manos. Con suerte lograba alzar la vista considerando de quién se trataba.

—Hola, bonita. —dijo Sandra.— ¿Cómo te llamas?

La mujer aún muerta era bellísima y de semblante puro. La calma que desprendía le dio a la peliazul la confianza para acercarse a ella. Por otro lado, la señora estaba sorprendida del parecido que ambas tenían. Verla a los ojos era como ver un relámpago.

—Frida. —dijo la menor.— Me llamo Frida. Es... Es un placer conocerla.

—Aw, que linda. —sin pensarlo Sandra abrazó a su nieta cariñosamente. Después Frida la abrazó igual deseando que el tiempo se detuviera y, al menos en ése momento, no estar viva.

Lo cierto es que esperaba que Sandra fuera tan alocada y enérgica como ella para ser igual de "raras". Pero su aroma a buñuelos era tan bonito que eso no importaba ahora.

—Pero, ¿Cómo llegaron aquí? —preguntó la dama.

—Heh. Tu mascota nos echó una mano. —respondió Joaquín tomando a la bolita de pelos del piso.

—Ah. Así que fuiste tú. —la dama tomó al conejo y le dio a comer una galleta de nuez.

—Galletas de nuez. ¿Me da uno? —pidió Frida con ilusión.

—Bueno, estas son para que no pierdan sus fuerzas y las de amaranto para curar sus heridas. —señaló Sandra un tarro de su tocador con el dedo.— No conozco a una persona que las haya probado.

—Bueno, supongo que al estar muerto no hay fuerzas que recuperar. —terció Frida como si fuera de lo más obvio. Su abuela rio suavemente.

—Cielos. Yo... —Sandra no pudo contener las lágrimas de felicidad.— Estar con mi querida nieta. Y contigo, papá. Esto es increíble.

—Y espera a ver a tu madre y a tus tíos. No sabes cuanta alegría les dará verte.

—¿De veras? ¿Y dónde están? —preguntó Sandra ilusionada.

—Es que... Ellos están en la Tierra de los Olvidados. —dijo el castaño rascando su nuca.— Y de hecho... Es de donde venimos.

—¿Qué? ¿Pero por qué?

—Bueno, a diferencia de ti, nosotros no tenemos ofrenda. —intentó explicar su padre para no asustarla. Pero eso sólo empeoró todo.

—No puede ser. Tenía fotos de ustedes antes de morir. ¿Por qué...? ¿Cómo...?

—Bueno, eso lo puedo explicar. —dijo Frida levantando el índice.— Lo que pasa es que... Jamás hemos puesto ofrenda en casa.

—¡¿Qué?! —exclamaron padre e hija.

—N-no es mi culpa. Nunca en mi vida he visto que mis padres pongan una ofrenda en casa. Y hoy más que nunca he llegado a pensar que... Que papá te odia.

El corazón de Sandra se rompió, reflejado en su mirada. Su nieta lo notó entonces.

—Te juro que no tengo idea del porqué. Eres una mujer increíble. No hay razón para que él te odie. —siguió tratando de animarla.

—La hay. —Sandra sentó a Frida en su regazo como si fuera una niña pequeña y continuó: —Hay algo que no saben de mí. Cuando era joven yo era La Bandida Azul. Verán... —dijo mirando las expresiones de su padre y nieta.— Cuando era joven, todos en San Ángel se burlaban de mí por mi cabello azul o por mi forma de ser; pensé que volverme una bandida despiadada tal vez haría que me respetaran. El problema es que de todos los planes malvados que se me ocurrían los únicos que me salían bien eran los robos a personas ricas, sobre todo a estafadores. Es que... Siempre había algo o alguien que frustrara mis planes, o al final ayudaba a mi papá a vencer males más grandes, o me acobardaba. —narraba recordando esa penosa etapa de su pasado.— Era obvio que no era lo suficientemente malvada y... Supe que debía parar.

Joaquín se quedó en silencio procesando la confesión de su hija. Porque entonces tenía sentido cuando los soldados investigaban los cientos de robos que había en San Ángel y en pueblos vecinos a los acaudalados, además del porqué nunca lograron atrapar a la dichosa Bandida Azul. De todos modos, su hija era una víctima de Aurelio y eso no iba a cambiar. En vez de juzgarla, se arrodilló a su altura y le tocó el hombro.

—Puede que haya sido por eso, pero tu hijo no debe odiarte. Estoy seguro que fuiste una gran madre para él; si no fuera así no nos hubiera ayudado a encontrarte.

Aquello último sorprendió a la Mondragón.

—¿En serio?

—¡Por supuesto! —contestó Frida saltando de su regazo.— Ven con nosotros. Si hablas con él seguro lo entenderá.

La mujer se quedó mirando al piso un momento, para luego ponerse de pie.

—Lo haré. Pero... Estoy un poco nerviosa.

—No te preocupes. Estaremos contigo en todo momento. ¡Vamos! —Frida tomó de la mano a su abuela y los tres fueron de vuelta al reino de Xibalba. Excepto porque la niña volvió para tomar de las galletas de nuez y amaranto para alcanzar a su abuela y bisabuelo.

¿Y qué pasaba en la Tierra de los Olvidados mientras tanto?

...

Desde el castillo de Xibalba, Emiliano y los demás partían al Pueblo del Cráneo a caballo, sabiendo que el tiempo se les agotaba. Recorrieron las tierras desérticas y, en el camino, el mismo perro que se le apareció al jefe Suárez se mostró para seguirlos.

—¡Oigan, es Calupoh! —exclamó Emiliano.— ¿Sabes cómo llegar al Pueblo de Cráneo?

En respuesta, el can ladró y se adelantó corriendo con más fuerza.

—Creo que quiere que lo sigamos. —dijo el policía a Manolo.

—¿Estás seguro?

—Ya me guió una vez. Confío en él. —acto seguido, Emiliano le siguió el paso a Calupoh junto con los demás. Minutos después ya estaban en la entrada del "reino de los bandidos".

Pueblo del Cráneo.

Desde la entrada se podía ver a malhechores cometiendo toda clase de delitos. Avanzaron por las calles terrosas ignorando que muchos bandidos los observaban discretos.

—¿Bien? ¿Cuál es el plan? —indagó Manolo.

—¿Quieres un plan? Te daré uno... —el bufido de un toro llamó su atención y los cuatro desviaron la vista a un animal encadenado de casi todos lados dentro de un corral. A Manolo le rompió el corazón esa escena.

—El toro de hace rato. —dijo María denotando la ausencia de sus cuernos.

—Tenemos que hacer algo. —Manolo cabalgó hasta él animal y usando su espada cortó todas las cadenas y lo liberó. Este salió del corral y corrió en círculos haciendo reír a Manolo. Luego se acercó a él dejando que acariciara su cráneo y así lo hizo; se sentía como si fuera la primera vez que una persona era amable con él.

—No tengas miedo. Te recuerdo. —le susurró el torero. La bestia sólo pudo gruñir ligeramente en señal de confianza. Pero como si nada, dio fuertes pisotones en su lugar. Manolo miró y notó algo extraño. —Hey, miren eso. —se le prendió el foco enseguida. Con cuidado el toro se apartó para ver mejor: era una tabla.

María se puso al frente y logró levantarla con su espada. Resulta que bajo la tabla había una cueva secreta. Y más sorprendido quedó el torero al ver quién estaba dentro.

—¿Mamá? —inquirió aterrado al ver a una mujer con vestido maltratado y cabello descuidado.

—¿Manolo? —dijo la dama mirando la luz de la salida (literalmente). Sin más ni menos, Manolo se lanzó a sacar a su madre de ese horrible agujero y la abrazó con toda la fuerza posible.— Te extrañé tanto, mijo. —sollozó la señora Sánchez.

—Mamá, ¿Quién te hizo esto? —preguntó el torero separándose de su madre y tomándola de los hombros.— Dime, ¿Fue el Rey Lobo, verdad? —insistió casi perdiendo los estribos.

—Sí. Ése hombre nos mantuvo aquí esperando al olvido.

—¿Nos? —como si encontrar a su madre después de años de desaparecida no fuera suficiente, Manolo escuchó ruidos dentro de la cueva. Después una cabeza se asomó a la vista de los presentes. Luego otra y otra más: Todos los ancestros Sánchez estaban atrapados en ese hoyo. Ni Manolo ni su esposa lo podían creer.

—Oye, Emiliano, creo que podemos... —el policía no estaba por ninguna parte. Las damas lo notaron enseguida.

—Chela, ¿No estaba contigo? —inquirió María.

—Sí. Estaba aquí hace un minuto.

Algunas voces lejanas atrajeron a todos. Asomándose por una pared, vieron a Emiliano sin su máscara, capturado y cargado por bandidos de Chakal.

—Oh, no. —dijo la Mondragón viendo a su nieto ser llevado como un criminal. —Lo atraparon.

—Sería una lástima que los Héroes de San Ángel nos siguieran hasta llegar al castillo del Rey Lobo. —dijo uno de los bandidos de metal pasando por ahí.

Los héroes se miraron pensando si sería buena idea seguirlos. Pero en vista de la situación, no les quedaba de otra.

...

—¿Puedes contarme un poco más del Rey Lobo? —le preguntó el uniformado a Chakal.

—Nadie nunca ha visto su rostro. Puede escuchar los más bajos susurros y cualquiera que le ofenda es comida para sus lobos. En cuanto a ellos... No sé como funcionan. Pero huelen el miedo y creo que de eso se alimentan. Más te vale cumplir con tu parte del trato.

—En cuanto cumplas la tuya, claro.

...

Los héroes de San Ángel siguieron a la multitud enemiga hasta llegar a una mansión de un saturado carmesí. Espiando desde una ventana, vieron como los sirvientes de Chakal lanzaban a Emiliano a los pies de su gran señor.

—Majestad, mis hombres hallaron a este sujeto en el pueblo. Pensé que le podría interesar. —dijo Chakal, pero Aurelio seguía de espaldas llenando el ambiente de un molesto silencio.

—Sed. —soltó el monarca sin más ni menos. Entonces, se escucharon pasos llegando hasta donde el rey misterioso: se apareció una dama de vestido verde y cabello negro que parecía escoba. Con la cabeza gacha extendió una taza de té hacia su señor quien la tomó y bebió. Los únicos ruidos de la taza y del monarca bebiendo hacían el ambiente más y más tenso. Hasta que al fin puso la taza en el plato e hizo una ademán para que la mujer se retirara. Y así lo hizo, dando pasos atrás cuidando temerosa de no levantar la mirada.

El Rey Lobo tomó un bastón rojo y lo apretó un poco.

—Me encargaré de él. Ahora largo. —ordenó el mayor en tono condescendiente. Sin nada que decir, Chakal y sus hombres se fueron.

—¿Chakal obedeciendo órdenes? —susurró Manolo.— Eso sí es una locura.

—Entonces, como sea que te llames... —inició Aurelio sin mirar a su prisionero.— ...¿De dónde vienes y a dónde vas?

—Primero que nada... —soltó el contrario sin una pizca de respeto.— Vengo de la Ciudad Milagro, pero por alguna razón paré en este lugar tan... Fuera de lugar. —acabó mirando el interior de la mansión, creando un alter ego.

—¿Por qué mis hombres te encontraron en mis dominios? —preguntó el rey.

—Simple: un torero me dejó aquí solo porque ayudé a un sujeto a salir de una roca. Dijo que era un monstruo igual a ... Joaquín no-sé-qué. —respondió el oficial logrando lo que quería: ganar el interés de Aurelio.

—¿Qué está haciendo? —inquirió María por la ventana.

—Trata de engañarlo. —susurró el torero como respuesta.

—¿De casualidad el torero se llamaba Manolo Sánchez? —preguntó el Rey Bandido.

—Eh... —Emiliano movía su cabeza de lado a lado fingiendo tratar de recordar.— Sólo sé que le llamaban "El Torero Loco". —respondió arqueando una ceja.

El rey se quedó callado. La tensión que brotaba del cuarto se expandía hasta donde se hallaban los héroes tras la ventana.

—Dame una razón para no acabar contigo. —le dijo tranquilamente.

—¡Oye, espera! Me han contado de tu gran poder, a-así que podrías ir al Mundo de los Vivos si quisieras. —habló Emiliano pareciendo asustado.

—¿Y tu punto es...?

—Hasta donde sé la magia tiene un precio. Y para llegar al Mundo de los Vivos necesitas algo de allí, como una planta, un zapato o...

—Una persona. —interrumpió el esqueleto.

—¡S-sí! Eso, una persona. —el oficial "rio" nervioso y continuó: —Una persona viva para llegar allá. Y ése soy yo. Si prometes llevarme a casa puedo ser tu boleto de salida. —trató de convencerle.

—¿Y por qué habría de confiar en ti? No necesito mas que a la niña viva de cabello azul, porque no sólo me llevará al Mundo de los Vivos, también me guiará al pendiente familiar que debo terminar.

A sabiendas de que hablaba de Frida, Emiliano no se inmutó; ni siquiera cuando se daba una idea de a qué pendiente se refería.

—Bueno, si no te interesa... —dijo fingiendo desdén.— Puedes buscarte a otro vivo en estos lares. Pero te diré una cosa: si me matas, dile adiós a tu oportunidad para cruzar al Mundo de los Vivos. —finalizó con tono más serio.— Porque te tomará días encontrar a esa niña. Y para cuando lo hagas, estará muerta.

Luego de pensarlo un poco, Aurelio se dio cuenta de que el prisionero había dado en el blanco. No iba a cumplir su promesa de todas formas; y para este punto la niña de cabello azul ya no era importante con el policía en bandeja de plata.

Un giro de trama se presentó en nuestros héroes, pues el rey se dio la vuelta para ver cara a cara a Emiliano. Todos, incluido él mismo, se asombraron por el parecido que tenían. Eran como el retrato fijo del otro, pero Aurelio tenía bigote puntiagudo y algunas líneas canosas en su cabello.

Aurelio liberó al jefe Suárez usando una espada y lo levantó con fuerza.

—Bien, tú ganas. Pero te lo advierto, el proceso puede doler.

—Lo que sea con volver a mi casa de una vez por todas. —"reprochó" Emiliano.

—¡Esa es la actitud! —exclamó el regocijado monarca, palmeando fuerte la espalda de su nuevo socio.— Déjame llevarte al portal. —y le condujo hasta una habitación lejos de los mirones de afuera.

Dicha habitación era gigante oscura y de tonos rojos, iluminado de algunas velas y lleno de libros apilados en las paredes. Emiliano, cautelosamente revisó cada rincón del espacio, pero su curiosidad aumentó al ver, en una mesa, un muñeco de trapo con forma de Manolo y un bicho raro sobre él que yacía ahí.

—¿Llevas mucho estudiando magia? —se le ocurrió preguntar.

—Creo que toda mi vida. —sin prestarle atención, Aurelio señaló un círculo dibujado en el centro del cuarto y secamente ordenó: —Ponte aquí.

Retomando su papel de sujeto descarado, Emiliano obedeció la orden. En medio del círculo, unas cuantas preguntas pasaron por su cabeza. En especial una:

—¿No suele haber un sacrificio de algún tipo?

—Es bueno que lo menciones. —Aurelio, con una sonrisa maligna, se acercó al policía.

Emiliano quedó mudo y se convenció de que él sería el sacrificio, lo que no le preocupó tanto hasta que vio a un perro mitad lobo ser tomado del pescuezo. Y se asustó enserio.

—O-oye, ¿Qué no esas cosas son sagradas? —dijo evitando hacer algo tonto.

—¿Qué pasa, oficial?. No me diga que le agarró cariño a un pulgoso. —sin tiempo para nada, Aurelio sacó magia roja de su mano contra el animal, hiriéndolo.

—¡CALUPOH! —gritó Emiliano queriendo intervenir, pero ya no podía salir del círculo. "Letras chiquitas de contrato", le llaman.

—Oh, lo siento. Olvidé decirte que una vez que estás en el círculo ya no hay vuelta atrás. —Aurelio soltó una carcajada viendo como su víctima ahora ya no podía ni parpadear.

...

Mientras tanto, Frida y su familia habían regresado con Xibalba y los otros dioses desde el portal con ayuda de Orejitas.

—¡Xibalba! —exclamó Joaquín llegando primero.— ¡Necesitamos tu ayuda, señor mío!

Los dioses estaban pasmados.

— ¿Sandra? —preguntó el dios de brea.— ¿Qué haces tú aquí?

—Am... Bueno, yo... Acabo de encontrarme con papá. —sonrió nerviosa la mujer.

—Esperen, ¿ustedes se conocen? —terció Frida.

—¿Ya lo olvidaste? —contestó el Hombre de Cera muy animado.— Conocemos a todo el mundo, y en especial a Sandra porque...

—¡No le digas! —interrumpió La Catrina nerviosa tapándole la boca.— Ya quedó claro.

Frida y su bisabuelo se les quedaron viendo.

—Oigan, ¿y mi papá? —preguntó la chica de repente.

—Fue con los demás para enfrentar a Aurelio. —le dijo Hombre de Cera.

—¡¿Aurelio?! —exclamó Sandra.— ¿Por qué dejaron que mi hijo fuera a buscar a ése monstruo? —reclamó preocupada.

—Nosotros... —La Catrina no pudo terminar.

—¿A dónde fueron?

—Al Pueblo del Cráneo para vencerlo. —respondió Xibalba.

—Tengo que ir por mi papá. —imploró Frida.

—Eso si que no. Tu padre nos dijo que te enviáramos al Mundo de los Vivos antes de que sea tarde.

—¡Usted no puede pedirme que lo deje sólo! ¡Iré con él para ayudarlo a enfrentar a Aurelio!

—Eso no es seguro y no es lo que el destino escribió para ti. —dijo La Catrina tomando riendas de mamá protectora.

—¿Y a mí qué me importa? ¿Sabe cuántos aparte de ustedes me han dicho qué hacer y quién ser? Me dijeron que soy una rara y que mi sola presencia altera el orden de todo. Me encogieron, me pusieron en una tetera, trataron de untarme brea en el cabello y además me quieren para abrir un portal. —reprochó Frida entre pisotones.— No sé cual es el problema conmigo, con mi cabello azul y con lo que soy, pero no me ha importado en catorce años y no me importa ahora.

Xibalba y La Catrina se miraron. Resulta que "lo que el destino escribió" era una prueba para Frida, que había pasado con todos los honores. El Libro de la Vida llamó la atención del Hombre de Cera y al mostrar sus páginas lo sorprendió con un detalle.

—¡Santa Cachucha! —exclamó el barbudo y volteó a ver al resto.— Escuchen. El Libro de la Vida tiene la historia de todo el mundo. Pero las páginas de la familia Suárez a partir del nacimiento de Frida... ¡Están en blanco! —explicó emocionado.— No sólo puedes escribir tu propia historia, le permites a toda tu familia escribir la suya. Tu eres... La chispa. —finalizó con un ademán dramático.

—¿La chispa? —repitió Joaquín mirando a su hija. Entonces unos gritos lejanos los distrajeron.

Manolo, María y Ángela llegaban montados en un toro junto con todos los Sánchez uno encima de otro formando una torre de huesos.

—¿Mamá? —soltó Sandra al ver a su madre bajar de la bestia. La mujer no podía estar más asombrada.

—Sandra... —murmuró Ángela como si la voz se le escapara.

—¿Sandra? —dijo la pareja Sánchez asombrada de ver a la que querían como a una sobrina una vez más.

—¡Tío Manolo! ¡Tía María! —la felicidad pudo más y Sandra se lanzó a los brazos de sus familiares. Sus tres seres queridos lloraban en silencio, pero Chela se dejó sucumbir ante las emociones de ver a su hija después de esa noche y sollozó fuerte. Era ya la segunda vez que no sonreía a la fuerza y mostraba -finalmente- lo que sentía.

—Pensé que no volvería a verlos. —dijo Sandra luego de soltarlos.

—Nosotros también llegamos a creerlo, pero tu hijo y nieta nos ayudaron a encontrarte. —repuso Manolo tomando sus manos.

—Mi hijo... —suspiró Sandra con alegría, y entonces recordó.— ¡Mi hijo! ¿Dónde está Emiliano? —indagó preocupada.

—¡Es verdad! —reaccionó el torero aterrorizado.— Emiliano fue capturado y Aurelio lo usó para llegar al Mundo de los Vivos.

Todos ahogaron un grito.

—¡Mi nieto! ¡No puede ser! —exclamó Joaquín.— ¡¿Dónde está?!

—Aurelio lo llevó con él. Dijo algo sobre acabar un asunto familiar. ¡Maldición! —pisoteó Manolo como un niño.— Ni siquiera muerto puede dejar a nuestras familias tranquilas.

La sensación de incomodidad y la presión por ver a su papá volvió a alojarse en Frida. Lo único que se le ocurrió debido al estrés y las emociones fuertes fue acercarse a Grandmami.

—Grandmami, ¿Podrías ayudarme a rescatar a mi papá?

—Claro que si, bonita. Pero no me he enfrentado a Aurelio en años. Y no sé si sea tan buena en esgrima como antes. —respondió una Sandra avergonzada mirando sus manos.

—¡Aurelio y Emiliano ya están en el Mundo de los Vivos! —dijo Hombre de Cera leyendo el Libro de la Vida.— El fin de los Suárez Mondragón está cerca.

—¡Te lo suplico, Grandmami! ¡Hazlo por mi familia y más por papá! —imploró Frida.— Sé que nunca te puso una ofrenda, pero estoy segura de que siempre estuviste en sus recuerdos.

Sandra se quedó en silencio un rato y tomó un macarrón que tenía por collar. Lo miró reviviendo la imagen del pequeño Emiliano.

—Sí. —suspiró calmada. Mas esa calma se volvió firmeza al acercarse a sus dioses.

—Señores míos, pido permiso para acompañar a mi nieta al Mundo de los Vivos y salvar a mi hijo. —pidió la mujer de goggles con calma y respeto.

Los tres dioses se miraron uno al otro con una misma sonrisa que escondía distintas emociones.

—No necesitas pedir permiso, querida. —dijo La Catrina.— Solo tendrás que regresar al amanecer.

—Gracias, mamá. —susurró Sandra con dulzura.

—Y ahora, como dictan las ancestrales reglas... —Hombre de Cera tomó a los dioses de la mano y juntos pronunciaron:

Les damos vida.

—Cuídense mucho, niñas. —dijo Chela ocultando los nervios.

Envueltas en pétalos de cempasúchil, Frida y su Grandmami ascendieron por el aire dejando de ser esqueletos. Una luz blanca las cubrió como la salida a un túnel, dando a entender a los presentes que habían cruzado con éxito.

—Oigan, tengo una duda. —dijo Manolo mirando hacia arriba.— Si nunca les pusieron ofrenda, ¿Cómo es que Sandra sí es recordada?

Los ojos de La Catrina y Xibalba se abrieron como platos. Se miraron coordinando no decir nada al respecto.


Casa del Macho. Puma Loco se hallaba en su habitación directo a un armario. Al abrirlo contempla el pequeño altar que ha preparado para cierta mujer de cabello azul. En su foto se le puede ver acostada en un sillón, abrazando a un niño del mismo color de cabello y a su hijo Rodolfo cuando tenía 13 años. Revivir la escena le rompía el corazón.

—Feliz Día de Muertos, Sandra. —dijo con mucho pesar sacando arroz con leche de su sombrero para ponerlo en la ofrenda.— Desearía haber podido salvarte aquel día.

Un estruendo cercano que sacudió al edificio -y probablemente toda la calle- lo tomó desprevenido. Se asomó por su ventana y vio un portal rojo salir de la carretera. De allí, emergen dos hombres bastante parecidos... ¿Ése es el Jefe Suárez?

...

Desmayado, Emiliano ahora estaba a merced del brujo quien lanzó a Calupoh al piso. Lo lastimó anteriormente ya que además de ser un sacrificio era un "canalizador"; cosas de magia. Logró su objetivo y era todo lo que importaba ahora. No sólo eso, también emergieron sus clásicos lobos rojos sedientos de miedo y víctimas.

Aurelio miró a su alrededor. Ciudad Milagro había cambiado mucho desde la última vez que estuvo allí. Pero no le daba importancia. No era algo de la ciudad lo que buscaba, sino a alguien.

Soltó el cuerpo de Emiliano y dio algunos pasos al frente, ignorando a los ciudadanos sorprendidos de su aparición. Sonrió de lado, malicioso.

—Finalmente he cumplido mi objetivo. —se dijo con tono tranquilo y victorioso al mismo tiempo.— No creo que sea molestia si los habitantes de Ciudad Milagro me reciben calurosamente con sus más profundos miedos. —alzó las manos a los costados y los lobos se lanzaron al ataque.

Desde luego, todos los ciudadanos huyeron de los canes que los perseguían incesantes e incluso los acorralaban en los árboles. No había escape para ninguno.

—¡Alto ahí, villano! —le grito una voz detrás de él. Aurelio volteó: un hombre de saco blanco y botas de bronce se mostró decidido junto con un anciano en un traje mecánico dorado.— ¡Ríndete ahora!

—Ah, perdona, ¿Tú eres...? —apuntó el señalado.— Ah, sí. Tú debes ser de esos héroes que les encanta hacer el ridículo. Bien... —dio unos pasos al frente y finalizó: —Te mostraré lo que Aurelio Suárez puede hacer. —en un ademán hizo que criaturas largas con cabeza de lobo salieran del piso en dirección a Rodolfo mostrando afiliadas garras negras. Gracias a sus habilidades como White Pantera logró esquivarlos a todos y propinarles patadas y puñetazos en la cara, mas no parecía ser suficiente. Para su mala suerte fue tomado por uno de esos monstruos pero liberado enseguida con ayuda de los misiles de su padre.

Rodolfo aterrizó en pie viendo como Puma Loco se posicionaba frente a Aurelio y sus monstruos.

—Rodolfo, ve por Emiliano. Yo me ocuparé de este cretino. —dijo Puma Loco sin dejar de ver a su adversario.

—Pero papi...

—¡Es una orden! —aseveró el mayor mostrando las pinzas de su robot al enemigo.— Esto es entre villanos.

Sabiendo que era inútil discutir, Rodolfo obedeció la orden de su padre y se alejó de la batalla. Aurelio mandó a uno de sus lobos a atacarle, pero un misil fue lanzado en su contra dejando escapar al héroe.

—Olvídate de él. Ahora solo somos tú y yo.

Ambos villanos se miraron como pistoleros del viejo oeste. Pronto Aurelio sintió en el contrario una vibra extraña.

—Así que tú eres el legendario Aurelio. —inició Jorge Rivera un tanto sarcástico.

—¿Te conozco? —inquirió Aurelio en posición de ataque mientras dos esferas rojas salían de sus manos.

—No, pero yo sí sé quien eres tú. Sandra me habló mucho de ti.

El villano se quedó pensando un poco y adivinó risueño:

—Ah, ya entiendo. Tú debes ser su enamorado.

Jorge frunció el ceño. Le dio donde más dolía.

—Jamás.

Con eso apretó un botón haciendo que misiles salieran disparados contra Aurelio. Éste los esquivó de forma tosca ya que era la primera vez que luchaba con esa clase de cosas. Usó su magia para contraatacar dando inicio a una guerra de armas de fuego y energía maligna en forma de lobo. Aurelio se desplazaba sin tocar el piso gracias a la magia de sus manos como si se tratara de propulsores, dándole mejores oportunidades de evasión. Se elevó por los aires y se lanzó hacia Puma Loco mostrando magia negra aprovechando que trataba de zafarse de algunos de sus lobos rojos. Su enemigo se cubrió con un brazo mecánico de su robo-traje en el último segundo; fue inútil porque aunque logró protegerse, casi le destruye la extremidad y lo arrastra a otra parte. Mas pudo usar sus piernas para frenar y ver como el ataque no solo inutilizó el brazo de su robot sino que además agrietó ligeramente el domo.

Mientras tanto, Rodolfo se apresuró a llegar hasta donde yacía el jefe de policía Suárez en el piso. Levantó su cabeza para averiguar que estaba a salvo.

—Emiliano. ¿Estás bien? —le habló sumamente preocupado. Para su alivio, el mencionado empezó a recuperar el conocimiento.

—Frida... ¿Dónde está Frida? —murmuraba recuperando la vista hasta ver la cara de White Pantera. Se alejó a rastras sorprendido y miró a su alrededor: Estaba de vuelta en Ciudad Milagro. —¿Qué, dónde...? Aurelio. ¿Dónde está Aurelio?

—¿Te refieres a ése domador de lobos?

—¿Ah? —soltó Emiliano. Ambos voltearon al origen de la pelea inicial, donde al parecer, Aurelio llevaba la ventaja contra Grandpapi Rivera.

—Ya que quieres tanto a ésa mujer, ¡Haré que se reúnan en el Mundo de los Muertos! —Vociferó Aurelio apunto de dar su golpe final contra Jorge.

Sin ningún miramiento, -ni siquiera por tratarse de un villano- Emiliano se interpuso empujando a Puma Loco, ayudándolo a evadir el ataque.

Esto sin duda enfureció al hechicero.

—¿Qué rayos crees que haces? —le gritó.

—Mi trabajo: Detener a los de tu clase. —contestó el policía en posición.

—¡Sabía que no podía confiar en ti! ¿Pero qué mas da? Ya estoy en el Mundo de los Vivos. Ya no me eres útil. —Aurelio hizo emerger sombras del piso en contra de Emiliano. Estos tenían la singularidad de ser esqueletos "fantasma" capaces de estirarse a voluntad. De todos modos no fueron obstáculo para el jefe Suárez, al menos no en lo que a evasiones se refería; pero uno de ellos logró darle un golpe en el abdomen y lanzarlo contra una pared. Justo iban tres de ellos mostrando sus garras hacia él cuando tres destellos repentinos los desplomaron al suelo de cemento: White Pantera usó sus botas de bronce haciendo frente a las criaturas y poniéndose a lado de Emiliano en señal de camaradería.

El otro sólo rodó los ojos entendiendo que no tenia alternativa. Tomó a su nuevo compañero y giró varias veces hasta lanzarlo como una bola de cañón. Rodolfo realizó volteretas en el aire antes de estampar la suela de su bota contra todas las criaturas a la vez y no dudó en mantenerlas inmóviles una sobre la otra pisándolas con un solo pie. Ahora era turno de Emiliano, quien corrió hacia Aurelio con todas sus fuerzas tomando ventaja de su pelea con Puma Loco, pero fue rodeado por sus malditos lobos rojos. Ninguno de ellos perdió el tiempo y uno a uno se lanzaron hacia su persona. El señor Suárez los evadió y golpeó todo lo que creyó necesario pues no quería lastimarlos, pero luego al mirar a uno a los ojos se proyectaron imágenes de sus peores temores otra vez. Tomó al lobo de la cola y giró sobré sí mismo para golpear a los demás a su alrededor. Luego lo lanzó golpeando a Aurelio por la espalda y haciéndolo besar la acera. Al levantar el rostro vio a su manada huir de Emiliano.

—Mejor no intentes nada. —le dijo viendo como Aurelio intentaba sacar magia de su mano. El tono que usó fue tan imponente que asustó al Rey de los Bandidos.— Todavía puedo suerte útil hallando al pendiente familiar que quieres acabar.

—¿Y cómo piensas hacer eso? Estoy buscando a Sandra Suárez. —dijo Aurelio enfatizando en el nombre.— Acabar con ella será acabar con el apellido.

—Ya veo... Sandra. Bueno, ella murió hace mucho. —confesó el policía para temor del brujo.— Pero su hijo, Emiliano Suárez, puede ser tu nueva meta. —agregó.

—¿Emiliano Suárez? —repitió el villano todavía sentado en el piso.— ¿Lo conoces?

El mencionado soltó una risita. —Por supuesto que lo conozco. —fuertemente se pasó el cabello quitándose el tinte y revelando su verdadero color a los ojos de un perplejo Aurelio.

—Soy yo.

El hechicero estaba realmente anonadado. ¿Su objetivo estuvo a pasos de él todo el tiempo? ¿Cómo era posible que nunca lo notó o siquiera lo sospechó? Entonces, ¿la niña de cabello azul era su hija?

—Hola papá. —sonrió Emiliano sarcásticamente.— No te había visto desde... Nunca. —agregó con molestia.

"Papá". Fue la gota que derramó el vaso. Aurelio empezó a sudar frío tratando de responderse mentalmente cómo fue que no consideró esa probabilidad. ¡Claro! Por eso no le dijo su nombre antes. Entonces... ¿Él ya sabe quién soy?, pensó.

—Lo sé. Debe ser una sorpresa. —agregó el policía viendo las facciones aterradas de su "padre".— Debo admitir que cuando hablaste del "pendiente familiar" sospeché que hablabas de mí hasta que mencionaste a mamá... Y como sé que no quieres saber cómo te engañé como a un bobo, me gustaría que me dijeras qué pasó esa noche. —finalizó autoritario sin perder la calma.

Aurelio lo pensó mejor. Era su oportunidad para ganar tiempo y atacar. Con sigilo escondió una mano para emanar magia de esta.

—Bien. Yo fui un bandido desde muy joven y me tomé la libertad de viajar a San Ángel esperando encontrar la fortuna Mondragón. Pero entonces ellos... Me humillaron de la peor forma. —dijo conteniendo la ira al recordar a Joaquín y sus amigos derrotándolo.— Y juré vengarme a cualquier costo. Para ello, usé a la joya de la familia, a Sandra Mondragón. No fue difícil, ¿sabes? Una rara como ella sufriendo toda clase de burlas solo por su cabello azul y su forma de ser tan distinto fue quizá mi presa más linda.~

Emiliano apretaba los dientes ante tan insolentes comentarios hacia su madre.

—Para no hacerte largo el cuento, sí. Yo engañé a Joaquín para robarme a su linda hija. Al mismo tiempo que engañé a su esposa y amigos para que creyeran que él me la había entregado. Aunque, si lo piensas bien, fue exactamente lo que sucedió.~ —rio en bajo provocando a su hijo.— Y luego terminé el trabajo, hice a Sandra mi esposa, y llegaste tú, por supuesto. Pero para entonces ella ya estaba vieja y acabada. Un hombre como yo no podía seguir con una mujer así. Debiste ver como me suplicaba para que la llevara al hospital porque estabas por nacer. —carcajeó descarado.

—Entonces... Lo que Puma Loco me contó de ti era verdad. —murmuró Emiliano entre dientes, dejando escapar algunas lágrimas.

—Debo admitir que en un principio quise llevarte conmigo para hacerte un digno sucesor de mi linaje, pero ahora veo que eres indigno de pertenecer al clan.

El policía quedó confundido sin percatarse de los lobos que lo acechaban.

—¿Clan?

De manera furtiva, Aurelio lo atacó con magia tirándolo al suelo. El momento fue aprovechado por los lobos quienes mordieron las mangas y pantalón de Emiliano dejándolo inmóvil, viendo como Aurelio se acercaba para darle el golpe final.

—Hasta nunca, hijo mío. —pero antes de hacerlo...

—¡Aléjate de mi papá!

En medio de ambos, un destello dorado salió del suelo y golpeó a Aurelio en la cara alejándolo de Emiliano. Cuando el humo se disolvió, dos féminas de cabello azul aparecieron de este.

El alivio del Jefe Suárez por ver a su hija de nuevo se volvió asombro al ver a su lado a una dama de traje y cabello azul. Sin embargo no era el momento.

Cuando Frida miró al mayor de camisa blanca, sus pupilas se dilataron.

—¿... Papá? —inquirió con un nudo en la garganta.

Aurelio rio en bajo.

—¿En verdad parezco tu padre? Qué bonita. —preparó algo de magia negra y atacó, pero unas espadas se interpusieron entre la magia y Frida.

—No te atrevas. —ordenó Sandra protegiendo a su nieta.

Al principio el mayor quedó petrificado por esa actitud, pero su estúpida sonrisa malvada regresó a su rostro.

—¿Qué te he dicho de hacerme enojar? —intentó manipularla como si volvieran a ser esposos.

Sandra no le siguió el juego. Tan solo frunció los labios en señal de desapruebo.

—Sandra, Sandra, Sandra. ¿Quién te viera, Salamandra? —dijo Aurelio después de una risilla. De sus manos volvieron a salir esferas rojas listas para atacarla. Ambos se miraron desafiantes mientras Frida se escudaba en su abuela por el miedo que el brujo evocaba.

De la nada una luz gigantesca apareció ante los ojos de nuestros héroes. De esta salieron sujetos de carne y hueso armados y listos para la batalla. ¡La Familia Mondragón y Carmen Sánchez! Incluso el toro sin cuernos que Manolo liberó.

—¡Hola, niñas! —dijo Manolo.— Llegamos justo a tiempo para el té.

Las familiares de cabello azul estaban sorprendidas.

—Es Día de los Muertos, hijas mías. —dijo La Catrina desde lo alto de un edificio cercano.

—Y en nuestro día... —siguió Xibalba.— Tenemos algo de...

—Libertad.

—¡Suerte! —exclamó el Hombre de Cera.

—¡Gracias! —gritaron Frida y su Grandmami con la energía de dos niñas para después retomar posturas de combate.

Aurelio no se quedó atrás. Sacó una carta que contenía un símbolo y de pronto el cielo se nubló abriendo paso a enormes rayos carmesí. Sus ojos se tornaron más rojos que el fuego vivo provocando que sus adversarios retrocedieran un poco.

En el Pueblo del Cráneo se abrió un portal gigantesco del cual salió un tornado que se llevó no solo a Chakal y a sus estupefactos bandidos. También a una especie de buitre gigante, y hasta a la duquesa que llevaba el té. Todos terminaron recuperando la piel que dejaron en vida y viéndose en un lugar completamente distinto.

Chakal y sus hombres miraban a su alrededor mientras la mujer se sonaba los mocos.

—Oh, cielos. ¿No hay alguna fogata cerca? —preguntó limpiando su nariz.

Joaquín bajó sus armas sin creer lo que veía.— ¿Mamá? —preguntó denotando las cadenas en sus manos y pies.

La contraria volteó a verlo.

—¡Ah, hola hijo! —saludó alegre.— Me da tanto gusto... —fue interrumpida por una mano que tomó sus cadenas jalándola hacia Aurelio.

—¡Bandidos, ataquen! —vociferó aquél. Y en vista de los que ocurrió al más reciente bandido que lo desafío, ni Chakal ni sus lacayos tuvieron opción.

—¡Nadie retrocede...! —inició Joaquín alzando su espada.

—¡Ni se rinde! —le siguieron sus amigos y esposa.

Ambas familias se lanzaron contra bandidos y lobos. Entre choques de espadas, patadas y golpes a puño limpio, la tensión por cual bando saldría ganador se hacía más grande; excepto para Frida que sólo se limitó a darle las galletas a Calupoh para curar su herida.

Mientras tanto, Aurelio subía al buitre gigante con la duquesa como rehén para escapar descaradamente.

—¡Grandmami! —le apuntó Frida con el dedo aprovechando que estaba cerca.— ¡Está escapando!

—Oh, no. No lo hará. —acto seguido la mayor se quitó un zapato y lo lanzó con la fuerza de una mamá mexicana enojada. El zapato golpeó al ave rapiña haciendo que villano y rehén cayeran en picada junto con él. La señora cayó en los brazos de Frida quien corrió a salvarla.

—¡Hola señora! —le dijo Frida a la mayor.

—Hola. —respondió la madre de Joaquín un poco aturdida por la caída.— ...Que bonito cabello tienes.

Sandra se lanzó contra su ex-marido empuñando las espadas que nunca usó desde su juventud. El pelinegro por su parte sacó un espada de su propia sombra y atacó. Las armas de ambos se encontraron junto con la mirada de uno hacia el otro. Fue cuando Aurelio entendió que Sandra ya no estaba bajo su control... Por ahora.

Ambos se separaron atacándose en perfecta sincronía por lo que ninguno pudo causarle daño al otro. Pero Aurelio sintió una vibra extraña en su ex-esposa que le preocupó un poco, en especial porque no había una pizca de miedo en sus maniobras. ¿La razón? Sandra estaba harta. Harta de las heridas del pasado. Harta del hombre que la condenó junto con su familia. Harta de los que la señalaron y humillaron por años sin detenerse a pensar en lo que ella podía dar. Todo ese enojo junto la volvía considerablemente peligrosa para el brujo quien en su consternación mental no predijo que Sandra alcanzó a herirlo cerca de su mejilla derecha. Pero antes de responder con furia, unas cuchillas le fueron lanzadas por la espalda que para su fortuna logró esquivar. Volteó a ver: Chela con cara de pocos amigos, lista para lo que fuera.

—¿Cómo te atreves a atacarme, tonta? ¿Acaso te duele que tomé a tu hija como mi mujer? —le aseveró corriendo hacia ella.

—¡¿Cómo te atreves tú a burlarte del dolor de una madre?! —respondió Ángela sacando más punzocortantes y los lanzó directo a Aurelio quien igual los evadió todos, excepto uno que desgarró una manga de su camisa y lo hizo enfurecer más. De pronto unos goggles le bloquearon la vista; era Frida cooperando en el duelo familiar. Pero el mayor era más fuerte logrando quitársela de encima. La tomó de las mejillas y la miró a los ojos.

—Muy bien, niña. ¿Qué será esa voz? ¿Ése tormento que no te deja en paz? ¿Cuál, pequeñita, es tu mayor temor?

Frida hizo contacto visual con su abuelo tratando de no darle lo que quería. Pero al parpadear pensando en su miedo más profundo, Aurelio sonrió perverso.

—Lo tengo. —una carta con un lobo dibujado apareció en su mano por arte de magia y fue lanzado a la espalda de Emiliano, quien junto con Rodolfo se encargaba de lobos y bandidos. Sintió como si un cuchillo lo atravesara y se inmovilizó aún arrastrando los pies tratando de averiguar que rayos le pasaba a su cuerpo.

Se miró las manos y sus miedos se multiplicaron al ver como le crecían garras y pelaje de oscuro escarlata.

—¡P-Pantera!... —le gritó a su compañero felino al verlo preocupado.— ¡Corre!

La niña de overol corrió hacia su padre para intentar salvarlo.

—¡Papá!

—¡FRIDA!

En la sombra formada por la luz de la luna llena, se veía la transformación de un hombre a un hombre lobo que se volvía más gigante. Como toque final, aulló ahuyentando tanto a los buenos como a los malos. Pero los ahuyentó aún más al tomar bandidos y para lanzarlos a su boca. Luego giró su único ojo hacia su hija y rugió con la ferocidad de un alfa, volviéndola incapaz de poder huir o reaccionar. La niña sintió algo sólo cuando, de un manotazo, fue estrellada contra una pared. Se agitó la cabeza para correr como gallina al ver al licántropo avanzar hacia ella.

Aurelio disfrutaba tan bizarro espectáculo mientras surcaba los aires en su buitre mascota.

—Será mejor que te apresures antes de que tu padre se vuelva un monstruo para siempre. A menos claro que... ¡Él te devore! Estoy ansioso por ver su cara cuando descubra que él mismo mató a su pequeña peliazul. Seguro se volverá loco, ¡Como tu tonto abuelo! —y rio con malicia.

Cuál fue su sorpresa al sentir las manos de Joaquín Mondragón tomarlo del cuello para lanzarle al suelo otra vez. El pelinegro logró aterrizar mientras veía al soldado empuñar espadas listo para el duelo de su muerte.

—Llevo años esperando este día. —gruñó Joaquín reuniendo todo el miedo de su espíritu para convertirlo en coraje, tal y como su nieto le había aconsejado.

—Es una pena que hayas esperado tanto sólo para derrumbarte una vez más. —dicho esto se presentó un duelo de espadas que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. Aurelio se limitaba a lanzar pequeñas raciones de magia que Joaquín no solo apartaba con sus espadas sino que los esquivaba mientras avanzaba hacia su enemigo. Cobardemente, Aurelio silbó llamando a sus lobos, pero Joaquín cerró su único ojo y aún así logró partir a los lobos de Aurelio como mantequilla, evaporándolos al instante. Aurelio pudo sentir la rabia del soldado, así que entendió que ya no podía subestimarlo más.

...

Mientras tanto, Frida corría por las calles de Ciudad Milagro lejos de su propio padre, quien se acercaba más a ella con cada paso agigantado. El único lugar que pasó por su cabeza para esconderse fue su casa, estando a tres calles de distancia. Subió las escaleras de la sala casi volando hasta llegar a su cuarto y meterse bajo la cama a esperar. Se tapó la boca al escuchar pasos cerca y, cuando los pasos llegaron justo a lado de la cama...

—¡Tú las traes! —una cabeza se asomó a los pies del mueble. Era Manolo.

—¡Torero! —exclamó la peliazul alzando la cabeza golpeándose con los soportes de la cama. Se talló la cabeza y se tapó la boca como si su papá-lobo estuviera ahí.— ¿Qué haces aquí? —susurró.

—Ah, hola Frida. Tengo algo de té de durazno. Aprovecha que está caliente. —dijo Manolo sacando una tetera con su taza para servirle a la menor.

—Oye, de casualidad, ¿No has visto al lobo gigante?

—No. ¿Tú has visto uno? —inquirió el mayor procediendo a beber de la tetera.

—¿Qué? ¡Es un monstruototote que quiere comerme! ¡Y lo peor de todo es que es mi papá!

—Los lobos huelen el miedo. Entre más miedo le tengas más fácil le harás el trabajo de lastimarte.

—¡Yo no le tengo miedo a papá! —refutó la niña con los nudillos en la cintura.— Es sólo que hay algo de él que me incomoda.

—Bueno, eso lo entiendo. Tu padre es bravo como un toro. Ja, toro. ¿Entendiste? —Manolo rio intentando animar a su nueva amiga, pero el verla decaída se detuvo y se agachó a su altura.

—Mirarlo me revuelve la cabeza de tanto pensar en cosas feas... —Frida empezó a moquear.— Tengo miedo, señor Manolo. Sé que nunca me lastimaría, pero igual me hace temblar. ¿He perdido la cabeza?

El mayor la tomó de las mejillas con cuidado.

—Sí, creo que sí. Te has vuelto loca.

Frida agachó la cabeza. La verdad esperaba una respuesta contraria.

—Pero, ¿Sabes una cosa? —le inquirió Manolo levantando su barbilla.— Las mejores personas lo están. —agregó provocando una sonrisa en Frida.

Tan tierno momento se vio interrumpido por grietas que rodearon las paredes de la habitación hasta que el techo se desprendió por completo de la casa. Era el hombre lobo. Por fin había encontrado a la peliazul, para temor de los presentes.

—Hola. —le dijo el Torero Loco tranquilamente.— ¿Gustas té de mango?

La bestia lo mandó a volar de un manotazo.

—¡Ahí te voy, Pepe el Toro! —gritó en el viaje.

Prisión.

Cayó en una clase de cárcel rodeado se esqueletos junto con una mujer sentada que tocaba su guitarra.

—Lo siento, hay un hombre lobo gigante afuera. —se disculpó el hombre. Acto seguido se echó a correr dejando más confundida a la villana y a sus esbirros. Unas fuertes pisadas aumentaron su curiosidad asomándose por una ventana de la prisión: Efectivamente había no solo un monstruo lobo gigante sino decenas de bandidos peleando con White Pantera, Puma Loco, algunos sujetos que no conocía y...

—¿Sandra?

...

En la casa de los Suárez, las piernas de Frida temblaban ante la presencia de quien hace unos minutos era su padre. Sumado a eso, su único ojo sano brillaba como lava en el que Frida podía ver su reflejo. Luego de dar unos pasos atrás su bota chocó con algo de madera. Frida giró la cabeza: Era su guitarra. Algunos recuerdos de cómo la recibió cuando estaba en primaria la desconectaron con su situación actual. Por mera inconsciencia la tomó lista para tocarla y así...

Aguarden, ¿Eso era lo mejor que tenía? ¿Su guitarra? Qué tontería. ¿Ni un ataque, ni siquiera un plan para escapar? Pero algo en la peliazul le gritaba que por lo menos debía intentar. ¿Cómo es que podía ser tan terca? Para pensar que podría vencer a ése monstruo con una simple guitarra tenía que ser una...

Rara.

Las voces de las personas que hasta el momento le recordaron su verdadero yo se amontonaron en la cabeza de Frida. Algo en ella explotó en un grito. No necesitaba saber qué demonios pensaban los demás de ella. No necesitaba saber lo que su padre pensaba de ella después de ése día y no necesitaba sino de ella misma. Si iba a morir por intentar vencer a su papá con su guitarra, moriría siendo ella misma.

En un rasgueo de cuerdas Frida asustó al papá-lobo retrocediendo ante el instrumento musical, cosa que la sorprendió mucho. Y lo supo: era una rara. Y como toda rara llevaría sus raras ideas hasta el final. Así que empezó a tocar la guitarra en un tono suave llamando la atención del antropomorfo.

"Papá, Emiliano tu nombre es.

Papá, justo y leal siempre has de ser...

Y tú... ¡Matas malos! ¡Matas malos! ¡Matas, matas, matas malos!"

Aprovechó la cercanía con el monstruo para subir por su hocico a la cabeza, deslizarse hacia abajo por su espalda y saltar por la cola aterrizando en pie; logrando escapar intentó componer una música rockera en su cabeza.

Por supuesto, la bestia enfureció por la trampa y la siguió.

...

La Ciudad Milagro.

Joaquín se enfrentaba a los lobos de Aurelio con la valentía perdida. Despedazarlos hasta volverlos vapor azabache, le dio una teoría bastante lógica en vista del tiempo que había pasado desde la primera vez que los vio.

—Debí suponer que esta era la habilidad de los lobos rojos. —se dijo.— Proyectar los miedos de sus víctimas para alimentarse de ellos.

Sus sentidos de alerta se dirigieron a los gritos de una niña desde la lejanía.

Frida pese al esfuerzo que ponía en sus piernas no dejaba de tocar para hacer enojar a la gran bola de pelos que la seguía. El lobo trataba de aplastarla con sus manos, que eran esquivadas por Frida sin parar de tocar Rock 'n Roll y cantar "incoherencias".

"Me lastimas, me tienes harta.

Me lastimas, ¡Me tienes harta!"

Joaquín al verlo todo no previno el ataque de Aurelio, así como él tampoco previno la patada de Chela que lo llevó hasta una pared. Al levantarse ve vio acorralado por los padres e hija Mondragón los cuales no tardaron en lanzar una maniobra triple. Joaquín le lanzó una espada, Ángela una lluvia de cuchillas y Sandra... Un zapato.

Cansado de juegos, Aurelio despidió magia carmesí que mandó a los tres a volar. Madre e hija terminaron metros lejos de él, pero Joaquín fue lanzado a una tienda de peinados.

Peluquería.

Chocó de espaldas contra una repisa llena de tintes de cabello, las cuales cayeron al suelo; excepto una.

Azul Cielo #42.

Que después de tambalearse unas tres veces, terminó derramándose en el cabello del guerrero.

El brujo convocó lobos que rodearon a Chela y Sandra y salió disparado al techo de un edificio con el propósito de asegurarse de que su plan con Frida y Emiliano estaba resultando.

Las damas parecían en fuertes aprietos hasta que recibieron la ayuda de un traje mecánico con orejas de gato.

—¡Jorge! —exclamó la peliazul con júbilo.

—Hola Sandra. Ha pasando mucho tiempo. —respondió el anciano un tanto ¿sonrojado? enfrentando a los lobos como tratando de impresionarla.

—¿Se conocen? —preguntó Chela.

—Oh, claro. Es como un amigo. —le respondió su hija haciendo que el señalado desviara la mirada un tanto enojado.

...

Frida parecía tocar su guitarra con tanto estruendo que obligaba a su papá-lobo a taparse las ojeras de lo ruidosa que era.

Aurelio tuvo que reconocer que su nieta era muy persistente. Si tan solo pudiera corromperla...

No. Debía concentrarse en la batalla. Saltó hacia Emiliano y le colocó una reliquia circular en la espalda. El villano presionó la gema roja que tenía en el centro y gritó:

—¡No hagas más largo este asunto! ¡Destruye a tu hija! ¡TU ALFA TE LO ORDENA!

El ojo sano del lobo brilló en un negro intenso y rugió. A pesar de esto, Frida se tronó los dedos y volvió a tocar importándole un bledo lo que podría pasar.

La bestia tomó carros y los lanzó contra la niña. Gracias a sus entrenamientos con Anita y Nikita la chica pudo esquivar y saltar sobre ellos; mas por descuido fue golpeada brutalmente por uno, dando vueltas antes de besar el suelo.

"No te puedo cambiar..." —murmuraba tratando de no perder sus notas musicales mientras se incorporaba apoyándose en sus manos.— "Y tú a mí... Nunca podrás".

Con ayuda de hilos rojos, y la gema fungiendo como hilero, Aurelio movía los brazos del títere gigante para golpear a Frida. El puño del lobo estaba casi cerca de su nariz cuando de la nada alguien la tomó de la cintura llevándola por los aires.

—¿Manny? —soltó Frida mirando a su salvador.

—Tranquila, tengo el control. —dijo el felino usando sus cade-manos para alejarse del lobo feroz.

—¡No los dejes escapar! ¡Persíguelos! —ordenó el Rey Lobo flotando en el aire, furioso por el héroe que apareció de la nada arruinando sus planes.

—¿Qué es esa cosa? —indagó Manny con incredulidad.

—Es mi papá. Ése señor feo lo convirtió en lobo y quiere destruir a la Ciudad Milagro.

—¿Cómo es que terminaste en esto?

—Am... —Frida miró a los lados pensando en qué decir.— Asuntos familiares.

El lobo seguía adelante destruyendo todo a su paso; a pesar la distancia, los hilos mágicos con los que Aurelio lo controlaba no se rompían o siquiera se tensaban.

Manny aterrizó en el techo de un edificio, poniendo a Frida a salvo. Sacó sus garras contra el Jefe Suárez arriesgándose a lo que viniera.

—¡Vamos a bailar, señor "perro embrujado"!

—¡No, Manny! —intervino la peliazul.— Ésta es mi pelea.

—¿De qué estás hablando? —preguntó el moreno mientras el lobo avanzaba hacia ellos.— ¿No estás viendo todo lo que puede hacer?

—Tengo que correr el riesgo. —respondió Frida con determinación.— Si no lo hago, mi abuelo destruirá a toda mi familia. El apellido Suárez Mondragón... Terminará.

Una mano gigante apareció de la nada asustando a los adolescentes. Acto seguido tomó a Manny sin dejarle ninguna salida, y lo lanzó a sus fauces.

—¡Manny!

—¡Frida! —fue su última palabra antes de caer al vacío de la boca del lobo y ser atrapado tras sus enormes colmillos. La chica de goggles solo pudo escapar un grito.

Aurelio soltó una carcajada observando a su propia nieta cuajar sus ojos de lágrimas, taparse la cara y arrodillarse de miedo. Abrazando a su guitarra como la única esperanza que tenía.

—Temerosa e indefensa como conejito.~ —se burló en bajo y agregó entre dientes: —Igual que Sandra.

Manejó sus hilos para que Emiliano la atrapara, pero... Algo pasó.

Una especie de escudo azul apareció protegiendo a Frida. Por más fuerza que pusiera sobre el escudo éste nunca se rompía. Sólo sacaba rayos y chispitas alrededor.

—¿Qué? —murmuró el villano sin comprender nada.

De pronto Frida alzó la vista contra él mostrando que se equivocó con ella:

No estaba llorando de miedo. Sino de rabia.

Y no sólo con haber llorado se equivocó sobre ella.

Tras levantarse dio un rasgueo de cuerdas acumulando todo el enojo del momento en un grito. La energía que transmitía provocó la caída del lobo al piso y mayor consternación al brujo.

Frida seguía rockeando mientras disparaba energía de su guitarra y de sí misma. Trató de dejar de llorar para concentrarse más en la pelea, sacando la conclusión de que si apartaba a Aurelio tendría más oportunidad para "vencer" a su papá.

Dio pasos atrás hasta el extremo del techo y corrió con todas sus fuerzas hasta la boca del lobo. Aurelio jaló sus cuerdas rojas con el fin de que su lobo lacayo lanzara otro ataque. Pero Frida ya había predicho esto así que tomó impulso del puño de su depredador y, desde el aire, tocó su guitarra apuntando hacia su nefasto abuelo.

Un rayo azul salió disparado hacia el pecho del brujo quien cayó soltando la joya con el que controlaba los movimientos de su hijo junto con un cuchillo extraño, tratando de atraparlos en el aire y fracasando en el intento. Frida se agarró de la espalda del lobo para evitar caerse hasta que miró grandes garras tratando de quitarla de encima. La chica se trepó a la cabeza lo cual se hacía más complicado porque su papá-lobo se movía de un lado a otro llegando a casi marearla.

Finalmente, logró zafarse de ella elevándola por los aires. Era la oportunidad perfecta para nuestra peliazul, quien bajo la vista de la luna llena descendió tocando su guitarra.

"¡YO SOY FRIDA!"

Como golpe final, a la chica de goggles se le ocurrió golpear la cabeza de su padre con la guitarra. Un bonk se escuchó hasta unos metros de distancia dejando estupefacto al villano en turno por la ridiculez de su plan.

Debido al golpe, la guitarra de Frida se agrietó considerablemente, poniendo una cara de preocupación en ella y una sonrisita triunfante en su abuelo.

Sin embargo, tras unos segundos de silencio, la cabeza del lobo mostró una grieta que recorrió su cuello hasta volverlo un conjunto de mil pedazos. Una luz blanca salió dentro de él y el lobo voló... en mil pedazos. A causa del estallido, Frida fue mandada a volar también cayendo al suelo, y a pesar del dolor sólo alzó la vista para ver como Manny, su padre, y los bandidos aparecían cayendo donde alguna vez estuvo el monstruo.

Aurelio, al ver su preciosa gema en el piso se arrastró para recuperarla, pero esta fue destruida por el pie de un soldado ¿Con cabello azul?

—¿No te olvidaste de mí, verdad? —le inquirió Joaquín.

El contrario no respondió sino con magia negra, que se veía débil y encima Joaquín desvío. Acto seguido el guerrero le propinó un puñetazo a la cara de su yerno y luego lo lanzó a otra parte donde Manolo, María y Chela lo esperaban tronando sus nudillos después de acabar con los bandidos de Chakal.

Los cuatro se lanzaron a darle una paliza de lo lindo ante los ojos de los dioses muertos, quienes después de mirarse y sonreír, se unieron a los golpes. Total, era Día de Muertos.

Mientras Frida se recuperaba de la caída reciente, reaccionó y salió en busca de su papá.

Al encontrarlo boca abajo en el suelo, ahogó un grito.

—¡Papá!

Más cerca de él pudo distinguir la carta con dibujo de lobo en su espalda. De este salían raíces rojas que se expandían lentamente y esto atemorizó mucho a la niña.

—¡Changos! ¿Cómo puedo arreglar esto? —se preguntó con desesperación.— Oye... —sacó lo restante de las galletas que tomó del camerino de su Grandmami.

—"Las de nuez ayudan a no perder fuerzas." —pronunció recordando las palabras de la mayor.— "Y las de amaranto ayudan a curar las heridas". —frunció el entrecejo dándose ideas.— Me pregunto si... —arrancó la tarjeta lo más rápido posible. Emiliano apretó los dientes asustando a la niña, pero no fue impedimento para voltearlo y acostarlo boca arriba. Luego Frida aplastó las galletas hasta hacerlas polvo, y abrió la boca de su padre para rociar las galletas ahí. Golpeó un poco su pecho, así lograría tragarlas con éxito. Y lo hizo.

Lo acostó de lado para tener mejor vista de su espalda, mordiéndose el labio y rezando para que su plan funcionara. Entre la esperanza, tocó la herida. Sólo pedía una señal. Por más mínima que fuera, sólo pedía una señal que garantizara que su padre estaría bien.

Un brillo naranja apareció bajo la mano de Frida iluminando sus ojos de ilusión. Cuando quitó la mano de la espalda del Jefe Suárez, la herida y las grietas desaparecieron. La cereza del pastel fue ver al pelinegro recobrar la conciencia y abrir su único ojo.

Una sonrisa seguida de unas lágrimas tomaron lugar en el rostro de Frida.

—¡Papá! —exclamó. Se lanzó a abrazarlo poniéndolo de vuelta al piso.

¡Mija! —rio Emiliano.— ¡Me salvaste!... Otra vez. Estoy tan orgulloso de ti. —agregó luego de separarse y sentarse en el piso.

—Bueno, tenía que hacerlo porque... Aurelio leyó mis miedos y por eso te volviste un lobototote.

Emiliano se sorprendió ante la confesión e hiló todo en cuestión de segundos.

—¿Me tenías...? ¿Me tienes miedo? —preguntó algo herido.— ¿Por qué?

—No, no es a ti a quien tengo miedo... Sino a otras cosas. —contestó Frida agarrando su brazo.— Todos los días cuando veo el parche recuerdo cómo Puma Loco lastimó tu ojo y no hice nada para evitarlo. —recordaba los hechos mientras su voz se quebraba en cada palabra.— Aún así pasaba tiempo con los Rivera, Manny y yo éramos amigos... Hasta que eligió a Zoe. Nunca entendí como podías quererme y salvarme a pesar de ése día. Nunca dejo de creer en todo lo malo que piensas de mí. Y nunca puedo confiar totalmente en tu cariño mientras ése tonto parche siga ahí. —acabó tapando su rostro para que no la viera llorar. Pero era inútil.

Emiliano sólo la miró un rato y suspiró.

Mija, por favor, ése día no fue tu culpa. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Y yo jamás podría culparte. Sólo... fue un accidente. ¿Por qué debería odiarte? No vuelvas a pensar eso. Yo te querré hasta el fin del mundo, mi pequeña Frida. —con eso, besó la frente de su hija. Pero el tierno momento se vio interrumpido por un dolor en su ojo herido, soltando un "¡Auh!" en bajo.

—¿Qué pasa?

—Creo que... Algo está mal con mi ojo. —dijo Emiliano quitándose el parche por puro instinto. Para su sorpresa la visión de su glóbulo ocular izquierdo empezó a recuperar la visión, enfocando a la peliazul que tenía enfrente.

—... ¡Puedo ver! —exclamó el mayor.— ¡Puedo verte, mija! —tomó a la menor de los Suárez en sus brazos mostrando profunda alegría.

Manny veía todo desde lejos mostrando alivio en su cara. Alivio que desapareció al escuchar un estruendo. Al mirar de qué se trataba, tanto El Tigre como padre e hija se encontraron con el peor escenario posible: Aurelio había logrado escapar de sus enemigos.

Pero antes de lograr cualquier cosa, Chakal llegó de la nada saltando contra él aplastándolo en el acto. Sus bandidos acordaron ayudar a su verdadero líder y le siguieron junto con los héroes de San Ángel, los Rivera y Sandra. Hasta Xibalba quiso unirse al pleito. Sin embargo antes de aunque sea acercarse, una luz roja apareció donde estaba el villano, quien en una explosión de energía apartó a todos de su camino.

—¡NO PUEDEN DETENERME! —vociferó.

—Agh... Es demasiado fuerte. —aquejó Ángela tratando de levantarse.

—Tiene que haber una forma de vencerlo. Se está debilitando, puedo sentirlo. —le siguió Joaquín.

Sandra desvío la vista un par de veces hasta obtener valor suficiente para lo que estaba por hacer.

—Papá, mamá, lo siento de verdad.

—¿Lo sientes? —repitió el soldado.— ¿Por qué?

Como respuesta Sandra corrió con todas sus fuerzas hacia su ex-esposo. Aurelio convocó lobos rojos quienes no dudan en atacarla, pero ella los volvió vapor negro con sus espadas y hasta saltó sobre sus cabezas para llegar a Aurelio. Este sacó magia de sus manos esperando a que ella llegara, pero antes de atacar fue sorprendido por un beso.

Loa presentes alrededor, incluidos Manny, Rodolfo y Grandpapi, quedaron atónitos. Frida y Emiliano estaban boquiabiertos. Manolo por su parte sólo dejó salir un "guácatelas" de sus labios para luego beber una taza de té que sólo Dios sabe de dónde sacó.

El beso era tan profundo que Sandra apretaba la camisa de Aurelio para soportarlo. El contrario se dejó llevar por el momento, desapareció la magia de su mano y tomó a la mujer de la cintura para inclinarla como si fuera una escena romántica. Esto sería su perdición, ya que Sandra giró con fuerza y lo estampó en el piso. Como era de esperarse, el brujo reaccionó sacando magia de su mano, pero esta por alguna razón desapareció en un "poof" dejándolo más aturdido todavía.

—¿Qué?... ¿Por qu...? —una patada en el abdomen lo llevó volando. Era Emiliano, listo para aplicar todas sus maniobras de combate en su padre.

Entonces comenzó una lluvia de puñetazos en la cara, el estómago y en todas las zonas legalmente golpeables. Quería demostrarle a su padre que no necesitaba magia ni trucos sucios para ganar. Y de paso darle una cucharada de su propia medicina.

Aurelio consiguió atacar con una patada en el cuello. En cámara lenta podía visualizar su victoria hasta ver el antebrazo de Joaquín interponiendo la trayectoria de su pierna, seguido de un golpe en la cara que lo hizo enojar más.

Juntos, abuelo y nieto, prepararon ataques dobles sincronizados a la perfección; sin titubear, sin dudarlo por un instante. Aurelio no estaba dispuesto a perder de esta forma, por lo que recurrió a los monstruos de sombra con cabezas de lobo. Estos ya no eran tan altos y mucho menos tan fuertes como la primera vez, así que recibieron las filosas espadas de Sandra volviéndolos humo negro, mostrando los años de dolor e ira ocultos. Por último, antes de que el brujo atacara, Frida lo pateó por la espalda (como venganza por el hechizo contra su papá) impulsándolo hacia enfrente. Ahí, policía y soldado lo recibieron con un puñetazo doble en la cara que lo estrelló a una pared.

—Se acabó, Aurelio. —dijo Joaquín.

—Tu reinado termina aquí y ahora. —siguió Frida cerrando los puños.

—Ustedes... No son... Nada. —terció Aurelio tratando incorporarse.— Logré destruir a todo su apellido aún después de la muerte... Soy... ¡Un rey!

—¡NO! —gritó Sandra empujándolo de nuevo, sólo para tomarlo de la camisa y mirarlo fijamente.— Sólo eres un rufián que se aprovecha de los débiles. Que sólo puede ser el vencedor cuando sus enemigos están indefensos.

—Vaya fanfarrón.~ —finalizó Emiliano un tanto burlón pero sin ningún gesto divertido.— Se cree el alfa de la manada pero no es más que un gusano.

Rematando la situación, el policía lo levantó y lo lanzó a unos metros lejos. Aurelio pensó retroceder a rastras hasta que su espalda chocó con ¿flores?. Miró hacia arriba topándose con unos imponentes ojos dorados.

—¿A dónde crees que vas, yerno? —le inquirió La Catrina con una tranquilidad que daba miedo.— Hasta donde sé, tienes mucho que pagar en el Mundo de los Muertos. —lo jaló del brazo y lo llevó consigo a un portal que apareció de la nada. Apenas la diosa y Aurelio entraron en él, el portal desapareció, dejando atrás los gritos que el villano lanzaba; creyendo que el suplicar perdonaría sus pecados.

—Bien, nosotros debemos irnos. Sandra... —Hombre de Cera se acercó a la mencionada y habló: —Puedes quedarte hasta el amanecer para arreglar las cosas con tu familia. Es lo menos que merecen después de tanto dolor.

—Muchas gracias, tío Cera. —respondió sonriente la dama. Con eso, la deidad amarilla se marchó.

—Sigo interesado en cómo Aurelio creó un reino frente a tus narices todo el tiempo. —dijo el barbudo a Xibalba.

—También me da curiosidad el cómo adquirió tanto poder como para empujar a tres dioses. Debemos hacer una investigación a fondo.

Así, se abrió un nuevo portal en el que primero entró Hombre de Cera y al final Xibalba; pero antes de cruzarlo miró un rato a Puma Loco, le hizo la seña de "te estaré observando" y se metió al portal, cerrándose a espaldas suyas.

Manolo escuchó un bramido que llamó su atención.

—¡Algo le pasa al toro! —exclamó. Todos rodearon al animal viendo asombrados como este era cubierto de luces doradas. Entre pétalos de cempasúchil la bestia tomó forma humana hasta volverse un hombre con saco de torero color verde y pantalones blancos...

—¿Carlos? —soltó Carmen poniendo las manos cerca de su boca.

El hombre se miró las manos un momento. Luego miró a la multitud frente suyo, pero más que nada a su amada esposa.

—Carmen. —murmuró.

—¡Carlos! —la mujer de vestido negro corrió a sus brazos empapada de lágrimas por la euforia de ver a su esposo otra vez.

—Manolo. —dijo el torero.— Que gusto verte, mijo. —se acercó a su hijo para abrazarlo. Pero el Torero Loco retrocedió de manera agresiva como si le temiera.

En vista de la situación sólo desvío la vista unas veces y extendió la tetera que tenía a la mano forzando una sonrisa:

—¿Quieres algo de té?

Por otro lado, un graznido hizo que los demás alzaran la mirada. El buitre gigante de Aurelio volaba en círculos mientras era rodeado por luces doradas y pétalos de cempasúchil hasta volverse un soldado fornido con sombrero de metal. Éste cayó cuesta abajo pero fue salvado por los brazos de la madre de Joaquín.

—¡Gertrudis! —exclamó el hombre con ojos brillantes.

—¡Oh, mi amor! —La mencionada estornudó antes de abrazar y besar al amor de su vida un montón de veces.

—¡Papá! —Joaquín se unió al abrazo familiar y los tres lloraron juntos.

...

—¡Lo logramos Grandmami! ¡Salvamos a Ciudad Milagro!... —Frida buscó con la mirada hasta encontrar a su abuela frente a su papá. Entendiendo que se trataba de un tema delicado, apretó los dientes esperando lo mejor.

Emiliano miraba enmudecido a su madre, a quien no volvió a ver desde los 10 años. Sandra estaba feliz de tenerlo frente suyo pero no sabía que decir y menos con qué cara verlo después de las mentiras que le dijo en vida.

Mijo, yo...

—No. —contestó secamente el Jefe Suárez sin perder su asombro.— No me digas nada. —agregó acercándose a ella.— Todo el tiempo que pasé a tu lado creí tus mentiras al pie de la letra.

Todos estaban sorprendidos. Especialmente Joaquín.

—Siempre me dijiste que mi padre fue un héroe que "se fue a servir en el ejército." —le dijo Emiliano ya a tres pasos de ella.— Cuando en realidad, ¡El verdadero héroe fuiste tú! ¿Por qué, mamá? ¿Por qué me mentiste de esa forma? ¡¿Por qué nunca me contaste todo lo que tuviste que pasar?!

—Eras un niño. Es obvio que no debía decirte esas cosas. Además, ¿Por qué nunca me pusiste ofrenda? ¿Es por eso? ¿Porque nunca te conté la verdad? Todo lo que quise fue darte una vida feliz. —reclamó Sandra.— ¿En verdad me odias por eso?

—¿Que qué? ¿Por qué habría de odiarte? —el pelinegro no lo soportó y comenzó a llorar.— No te puse ofrenda porque te odiara... Sólo no sabía con qué cara verte después lo que pasó.

Sandra se acercó a su hijo y acarició su mejilla. —¿De qué hablas? —preguntó con suavidad.

—... Ése día que fui a la escuela unas señoras querían verte. Se me hizo extraño, pero era tarde y me tenía que ir... No sabía que iban a acusarte por supuesta brujería. —alzó la voz con ruptura.— Después de todo lo bueno que has hecho esta ciudad te trató como una criminal. ¿Cómo mirarte a los ojos y decirte que no hice nada para salvarte? — y agachó la cabeza.

—Ay, mijo. No llores. —la peliazul abrazó al hombre con cariño, dejando pasar los fuertes sollozos del contrario.

Emiliano estaba harto. Harto de ocultar ése dolor. Harto de la culpa que cargó desde entonces y de la tristeza por haber perdido a su madre siendo apenas un niño. Ignoró todo a su alrededor y se sintió como si fuera el niño peliazul de chaqueta de cuero que tenía a la mamá más increíble de Ciudad Milagro.

—Ése día jamás fue tu culpa y jamás lo será. —le dijo Sandra dulcemente acariciando su cabello.— Mi pequeño Emiliano. —se separó de él y agregó: —Me diste quizá los mejores años de mi vida. Como mujer y como madre. Yo jamás podría odiarte.

Fue entonces que el policía notó algo: en el cuello de Sandra colgaba un macarrón pintado de dorado amarrado a un estambre.

—¿Traes puesto el collar? —dijo consternado.

—Bueno... Mi hijo me la hizo. —respondió la mayor mirando a su hijo llena de cariño y nostalgia.— Me alegra tanto que cumplieras tu sueño de ser policía. Qué guapo te has puesto.

—Siento tanto parecerme a Aurelio, mamá. —terció Emiliano ladeando su rostro.— No quisiera que vieras su imagen en mí.

—Oh, no digas eso. —rio la madre golpeando el pecho de su hijo con ligereza.— No te pareces en nada a él. Mejor cuéntame un poco más de ti y de tu familia. —dijo para cambiar el tema.— Estoy ansiosa por conocerla.

—¡Ajúa! —gritó Frida apareciendo en medio de los dos.— Ahora la familia Suárez Mondragón está de vuelta.

—Oh, Frida. —Emiliano y Sandra la abrazaron con gran alegría. Sí, la familia estaba de vuelta, gracias a ella.

Rodolfo miraba llorando de felicidad hasta sentir una mano tocar su hombro.

—Disculpa. —le dijo Carmen.— ¿Simón Rivera es pariente tuyo?

—Am... —White Pantera se giró hacia ella.— Claro. Simón Rivera fue mi abuelo. ¿Lo conoce?

—Sí. Él es mi hermano, y cuando te vi creí verlo a él.

—¿Qué? ¿Mi padre es tu hermano? —le preguntó Puma Loco apareciendo de repente.

Frida y Manny, quienes estaban cerca, se asombraron.

—¡Manny! Eso significa que la Familia Sánchez también es tu familia. —afirmó la peliazul alegre.

—¡Chido!

—Oye. Tú debes ser Manny Rivera. —Manolo llegó con ellos junto con su esposa.

—Hola, Torero. Él es Manny Rivera. También conocido como El Tigre.

—Am... Sí. Es lo que él dijo. —terció el mencionado al ser lo obvio.

—Ustedes sin duda se ven muy lindos juntos. —dijo María apoyando las manos en las rodillas.

—Gracias. Pero Manny tiene novia. —repuso Frida con una risita.— ¡Oigan! Ahora solo falta que yo tenga novio para que seamos cuatro como ustedes. —dijo viendo llegar a sus bisabuelos.

—Eh, sí... Pero tómatelo con calma. —respondió Joaquín riendo un tanto nervioso.


La puerta de la Residencia Suárez se abrió para sorpresa de Carmela, Anita y Nikita, quienes estaban en la sala.

—¿Carmela? —habló Emiliano entrando con su madre.

—Ya era hora. ¿Qué fue lo que pasó? ¿En dónde está el te... ? —la jueza paró en seco al ver a la mujer de cabello azul tomando a su esposo de la mano.

—Hola, mi amor. —le dijo él.— ¿Recuerdas a mi mamá? —preguntó mirando a la susodicha.

Carmela miró a Sandra y comprendió lo que sucedía. Así que empezó a sonrojarse.

—Hola señora Suárez. —saludó con una sonrisa nerviosa.— Me llamo Carmela. Soy la esposa de su hijo y... Espero que podamos llevarnos... —fue interrumpida por un abrazo de su suegra.

—Gracias por cuidar a mi hijo. —le dijo Sandra muy tranquilamente. Se separó y tomó a su nuera de las manos para decir: —Tienes mi completa gratitud. —sonrió con gentileza.

—Espere, ¿No debo cumplir una especie de prueba o algo así?

—Ya la pasaste. —afirmó Sandra sin perder su sonrisa.

—¿Qué? ¿Cuándo? —inquirió la castaña con incredulidad.

—Hace catorce años. —y la mujer de goggles finalizó con una risita. Fue cuando llegaron Anita y Nikita para averiguar qué estaba sucediendo.

—Oye papá...

—¿Quién es ella?

—Es nuestra Grandmami: Sandra Suárez. —dijo Frida emocionada apareciéndose detrás de su abuela. Las gemelas no podían creerlo.

—Hola, niñas. Es un placer conocerlas. —saludó la mayor con la mano.— Me llamo Sandra, pero pueden decirme Grandmami.

—Am... —Anita quedó silenciada por ése tono de voz tan tranquilo y suave.

—¿Segura que no eres la Frida del futuro? —preguntó Nikita provocando una risilla en su abuela.

Retumbó en la casa el timbre de la puerta. Carmela abrió y fue sorprendida por cuatro personas completamente desconocidas.

¡Abuelito! —la menor de la familia se lanzó a los brazos del soldado tuerto, quien la recibió con toda la alegría del mundo.— Que bien te queda el cabello azul.

—¿De verdad? Bueno, es mi nuevo cambio de imagen. —alardeó Joaquín como solía hacerlo en vida.

—Oye, cielo... —habló Carmela más confundida que antes.— ¿Quiénes son ellos?

—Son inofensivos, Carmela. —respondió Emiliano mientras miraba a sus hijas mayores esconderse detrás de él por la incomodidad de las visitas.— ...Son mis ancestros.

—¿Ah? —dijeron las mellizas al unísono.

—¿Tus... Ancestros?

—Sí. Ah... —el oficial se rascó el dorso de la mano.— Es complicado.

Como si la llegada de sus antepasados no fuera suficiente, la puerta se abre de golpe con la presencia de White Pantera. Éste provocó una mueca disgustada en Emiliano, pero no hizo nada por el hecho de que era Rodolfo y como tal no representaba una amenaza.

—¿Señora Suárez? —preguntó Rodolfo apenas abrió la puerta.— Soy yo, Rodolfo. ¿Se acuerda de mí? —dijo luego de acercarse a ella con la velocidad de un rayo.

—Rodolfo. —soltó Sandra alegremente al reconocerlo.— Pero cómo has crecido. ¡Y mírate! Lograste obtener las Botas de Bronce de la Verdad. Felicidades. —lo abrazó con fuerza suficiente como para levantarlo un poco.

El superhéroe notó a Emiliano, así que se le ocurrió una jugarreta arriesgada.

—Gracias, mami. No sabes lo feliz que me haces.

Emiliano sacó humo de las orejas y se lanzó a él tirándolo al piso.

—¡Es mi madre, búscate la tuya! —aseveró tomando al moreno del saco.

—Por una vez que sea mi madre no se va a acabar el mundo. No seas desconsiderado. —refutó Pantera. Hasta que procesó lo que acabó de decir.— Uh-oh.

—¡Es todo! ¡Voy a hacerte pedazos! —rugió Emiliano.

Un zapatazo aterrizó en las cabezas de los adultos antes de que hicieran cualquier cosa.

—¿Es en serio? ¿Me reencuentro con mi familia después de tantos años y me reciben de esta forma? ¡Deberían estar avergonzados! —los regañó Sandra mientras apretaba su zapato.

—¡Iiigh! Lo siento, mamá. —dijo Emiliano entre bajos quejidos de dolor.

...

A partir de las últimas horas todo fue sobre conocer a la familia. Anita y Nikita quedaban maravilladas por las historias de sus tatarabuelos mientras Carmela tenía una charla con su suegra. Emiliano los miraba a todos sentado en un sillón. Estaba feliz por su familia y más porque ahora sabía que tenía parientes más allá de su madre.

Pero siendo sinceros, eso jamás le fue relevante.

—¡Jefe Suárez! —una palmada en el hombro lo desconectó de sus pensamientos. Emiliano volteó y vio a quien en algún momento fue conocido como "El Guerrero Falso".

—Abuelo. —dijo Emiliano levantándose para recibirlo.

—Si no te molesta me gustaría que habláramos en privado. —propuso Joaquín con demasiado respeto.

—Am... Claro.

Frida, quien jugaba con el sombrero del Capitán Mondragón mientras escuchaba sus hazañas, vio como su padre y bisabuelo se alejaban de la sala. La curiosidad sobrepasó sus límites y los siguió hasta el pasillo del segundo piso donde había una ventana. En las escaleras, Frida miraba a ambos hombres observar la noche desde el cristal enmarcado.

—Quería agradecerte por ayudarme a derrotar a Aurelio. —inició Joaquín.— Gracias a tus consejos he vuelto a ser el hombre que siempre soñé ser.

—No necesitas agradecerme. —repuso Emiliano.

—Bueno, es que significa mucho para mí volver a ser yo después de tanto tiempo. —terció el abuelo rascando su nuca. Pero le llamó la atención que Emiliano siguiera mirando a la ventana.— ...¿Qué pasa?

El pelinegro hizo una pausa.

—Ahora te recuerdo. A mi abuela y a tus amigos. —confesó.

—¿Qué?

—Cuando era niño mi mamá me contaba las historias de los Héroes de San Ángel cada noche antes de dormir. Con sus nombres: Joaquín, Ángela, Manolo y María. —Emiliano recordaba con solo contar su historia.— Ella decía: "Algún día serás un héroe igual o mejor que ellos". Y siempre soñé con conocerlos. —volteó a ver a Joaquín y finalizó: —Por lo visto logré esa meta.

Consternado, el tuerto miró a cualquier otra cosa, con las palabras de su nieto repitiéndose en su cabeza; preguntándose si Sandra le dijo que eran familia o no. Si no lo hizo, ¿será porque lo odiaba? ¿porque lo culpaba de sufrir a lado de Aurelio?

¿Porque no pudo protegerla?

—Sé lo que estás pensando. —dijo el jefe Suárez.— Pero piensa un poco. —miró a la ventana y prosiguió: —Las personas como Aurelio son parásitos que viven de los demás para estar completos porque no pueden completarse a sí mismos. Debió hacerle creer a mamá que por su culpa habías muerto y por eso ella nunca me dijo la verdad.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó Joaquín de repente.

—Demuéstrale que estarás para ella pase lo que pase. Que vas a apoyarla. Y más que nada dale tiempo. Sus heridas no sanarán ni hoy, ni mañana, ni en un mes. Le tomará mucho tiempo y eso si tiene voluntad. —bajó la mirada un rato y volvió a verle diciendo: —Eso también va para ti.

La pequeña de overol miraba con mucha tristeza, preguntándose la clase de cosas por las que sus ancestros debieron pasar. De espaldas contra la pared, miró al piso.

—¿Frida? —la voz de de abuela la hizo gritar como gallina, asustando también a la mayor.

—¡Grandmami! Hola, no estaba espiando ni nada así.

—No importa, yo también solía espiar a veces. —y ambas rieron en bajo.— Bueno, quería pedirte un momento con tus hermanas. Hay algo muy importante que debo decirles.

Frida sonrió en señal de aceptación. Caminó con ella hacia el cuarto de Anita y Nikita y se sentó con ellas en el piso. Una vez que Sandra se sentó dijo:

—Escuchen. Sé que apenas nos conocemos pero me gustaría saber si las cosas que hacen las eligieron por sí mismas y no por complacer a otros.

—Claro. Elegimos ser cadetes de policía...

—Porque amamos combatir malhechores como papá. —agregó Nikita chocando puño con palma.

—Y yo amo rockear. ¡Y tocaré fuerte y claro hasta que muera! —anunció Frida alzando su guitarra con ambas manos. Luego la puso en sus piernas al notar que estaba rota.— Cierto. Olvidé que se rompió en la batalla contra Aurelio. —dijo con vergüenza.

—Déjame ver eso. —Sandra tomó el instrumento junto con los goggles y al poner su mano en la ruptura taraeó una melodía mientras la guitarra se reparaba entre luces celestes.

—¡Sopes! —exclamó Frida con inmenso brillo en sus ojos. Las gemelas también estaban sorprendidas. —Oye, ¿entonces sí eres una bruja?

—Por supuesto que no, tontita. —contestó Sandra un poco risueña.— Sólo aprendí algunas cosas en el Mundo de los Muertos. Pero volviendo a lo que quería... —trató de poner las manos de sus nietas entre las suyas y dijo: —Quiero que no lo olviden, niñas. La libertad es un derecho que todos merecemos. Y más ustedes que están por vivir sus vidas. Atesoren esa libertad y úsenla sabiamente.

—¿Nos estás dando un consejo de abuela?

La mujer soltó una risilla.

—Les estoy dando un consejo de abuela.

Con el fin de endulzar más el momento, las tres hermanas la abrazaron con fuerza.

...

Los rayos del sol empezaron a asomarse por las ventanas de la casa de los Suárez dando por concluida la visita de sus ancestros.

—Temo que éste es el adiós, ¿No es cierto? —dijo Carmela mirando salir el sol.

—Sí. —acertó Chela.— Pero no será por siempre. Nos veremos el siguiente año si es que ponen ofrenda esta vez. —dijo sonriendo de lado. Abrazó con fuerza a la contraria casi apretándola, tronando algunos de sus huesos.

—Lo... Prometo... —trató de decir Carmela aguantando el dolor.

—Bien abuelo, fue un honor haber peleado a tu lado. —Emiliano le ofreció la mano en señal de cortesía, pero recibió no sólo un apretón de manos de su abuelo sino también un abrazo.

—El honor fue mío, mijo. —murmuró Joaquín.

Un portal se abrió frente al jardín de la casa haciéndose notar para la familia.

—Ah, el portal se abrió. —señaló el Capitán Mondragón.— Debemos volver al Mundo de los Muertos. —junto con su esposa fue el primero en entrar al vórtice.

—¡Pero...! Aún podemos aprender de ustedes. —dijo Frida tratando de hacer que se quedaran un poco más.

—Tranquila. —repuso Ángela.— Estás en excelentes manos.

—Pero tengo muchas preguntas. —corrió hasta su Grandmami y la siguió: —¿En verdad mi existencia cambiará el rumbo de las cosas? ¿Cumpliré mi sueño de ser una estrella? ¿Algún día seré bonita?

Sandra apoyó las manos en sus rodillas para estar a la altura de Frida y le dijo:

—Eso debes averiguarlo tú misma. Pero siempre estaré contigo... —apuntó a su frente.— Aquí... Y aquí. —apuntó a su pecho.— Hasta luego... Mi pequeña Frida. —dio fin a su encuentro al abrazar a su nieta para luego marcharse, brindando a sus parientes vivos (especialmente a Emiliano) una sonrisa antes de saltar al portal.

—¡Esperen! —unas voces lejanas se dirigían a los ancestros Mondragón. Eran los Sánchez, quienes no perdieron la oportunidad de conocer a los Rivera en la Casa del Macho.

—No nos dejen atrás. —dijo María.— También tenemos que volver.

—Agradecemos mucho que nos ayudaran a restaurar a nuestras familias. —les dijo Carmen a Emiliano y a Frida.— Lo digo de corazón. —acto seguido Carlos la cargó y juntos saltaron al portal.

Ahora sólo quedaban los que en vida fueron llamados "Los Héroes de San Ángel". El primero en entrar fue Manolo, pero antes de hacerlo...

—¡Oye, Torero! —le gritó la chica de goggles.— ¿Por qué un churro es igual a un carrusel?

El músico sólo volteó a verla para decir:

—No tengo la menor idea. —se dejó caer en el portal diciendo: —¡Día bueno, Frida!

María se lanzó como si se tratara de un lago seguido de Ángela. Por último, Joaquín mostró lo orgulloso que estaba de su nieto y bisnieta con una mirada. Luego saltó al portal, que se cerró detrás de él.

Frida exhaló.

—Qué día tan extraño. —Habían sido muchas emociones sin mencionar que no durmió en todo el día por esa aventura de muerte.— Ahora estarán bien, ¿Verdad?

—Estarán bien. —respondió el jefe Suárez mirando el horizonte acompañado de su familia.— Mucho muy bien. Porque ahora vivirán por siempre.


De vuelta al Reino de los Recordados, los ancestros Mondragón y Sánchez cayeron dentro del castillo de la Catrina, quien los esperaba junto con Xibalba y Hombre de Cera.

—¿Dónde está Aurelio? —inquirió Joaquín mirando a su alrededor.

—¿Ya van a irse? —respondió Hombre de Cera.— Sandra dará un concierto esta noche.

Ángela miró a su alrededor. Los nervios le ganaron al notar que faltaba alguien.

—¿Sandra? ¿Dónde está Sandra? —preguntó alterada.

—¿Eh?

Resultó que Sandra seguía en Ciudad Milagro, corriendo a toda prisa por las calles hasta cierto lugar conocido.

Prisión.

A las afueras del lugar se encontraba una mujer esqueleto apunto de entrar al edificio. Tras reconocerla, Sandra no lo pensó y gritó:

—¡Sartana!

La villana reaccionó. Volteó súbitamente al origen de la voz.

—¿Sandra?

—¡Sartana! —gritó la peliazul otra vez saludando desde la distancia.

La guitarrista no podía creerlo. Tuvo que parpadear e incluso tallarse los ojos para probar que no era una ilusión.

—...¿Sandra?

—¡Sartana! —esta vez Sandra corrió a ella con los brazos abiertos.

—¡Sandra! —la mujer esqueleto repitió la acción con lágrimas de regocijo.

Ambas se acercaron hasta abrazarse con todos los lindos sentimientos posibles. Sartana tuvo que limpiar sus lágrimas queriendo conservar su orgullo de villana desalmada, pero ver a su mejor amiga después de muchos años era más fuerte que ella misma.

—Te extrañé tanto, amiga.

—Yo también te extrañé mucho. —Sandra se separó de Sartana y la tomó de las manos.— Tenía que volver al Mundo de los Muertos pero antes debía hablar contigo.

—Espera, yo tenía que hablar contigo.

—Dime entonces. —terció Sandra.

—No, mejor tú primero.

—No, tú primero.

—¡No, tú!

—¡Tú!

—¡Tú!

—¡Tú!

Con eso, Sartana suspiró derrotada dándole la razón.

—Bien. Te vi en la batalla con los lobos rojos y al hombre de camisa blanca se le cayó esto. —Sartana mostró el cuchillo de Aurelio, de filo gris y mango rojo con detalles negros. La mujer de goggles se llenó de intriga.

—¿Qué tiene de especial? Además de que es de Aurelio.

—¿Tu ex-esposo? —inquirió la guitarrista con ojos bien abiertos. Espabiló.— El punto es que... Este cuchillo tiene la capacidad de herir a los muertos.

—¿Y eso qué tiene? Los muertos podemos regenerarnos, ¿no?

—Sí. Pero esto es diferente. Con cualquier otro ataque los muertos serían capaces de curar sus heridas. Pero... —levantó su guante izquierdo para revelar una cortada en su mano.— Si recibes un ataque de este cuchillo, la cicatriz se quedará para siempre. Ni siquiera mi guitarra mística logró curarlo.

Estas pruebas preocuparon a Sandra quien puso las manos sobre su boca ahogando un suspiro.

—Sólo existe un arma con ése poder.

—Sí... —la villana volvió a colocarse el guante.— Si tu ex-esposo está aliado con él, tenemos mucho de qué preocuparnos.

La mujer Suárez desvío la mirada en el cuchillo pensando en un plan. Con decisión, miró a Sartana diciendo:

—Debemos decirles a La Catrina y Xibalba. Estoy segura de que ellos nos...

—¡Jamás les pediré ayuda! ¡Nunca! —negó Sartana dando pasos atrás.

—Oh... Olvidé que tienes problemas con ellos. —terció Sandra apenada. Viendo que su amiga solo se cruzaba de brazos ladeando la vista, sólo jugó con los índices pensando en sus palabras.

—Ellos te extrañan, Saty. No saben como expresarlo después de años, pero te necesitan tanto como tú a ellos. —decía a medida la mirada de Sartana se apaciguaba.— No hay un sólo día en que ellos no lamenten haberte expulsado... Además, si lo que sospechamos es cierto, necesitaremos más ayuda que nunca.

La villana lo pensó un buen rato. Dejó caer sus brazos al mismo tiempo que suspiró.

—Pero tú más que nadie sabes que no puedo hacerlo. Han pasado muchos años desde entonces. —repuso con tristeza.

—Lo sé. Pero ahora no estarás sola. —Sandra la tomó de las manos y continuó: —Somos amigas. Voy a ayudarte a acercarte a ellos y a no morir en el intento. —y le brindó una tierna sonrisa, transmitiendo confianza a la mujer con sombrero.

Misma confianza desapareció al escuchar voces pasando por el cementerio.

—¡Sandra! Sandra, ¿Dónde estás? —llamaba una dama de vestido rojo.— Por todos los reinos, ¿Cómo se pudo escapar de esta forma?

—Oye, es La Catrina. —sentenció Sandra oculta tras una lápida.— Es nuestra oportunidad.

—No estoy segura si...

—Ho-hola, mamá. —dijo Sandra saliendo de su escondite.

—Ahí estás. ¿Acaso crees que esto es un juego? No puedes escaparte así nada más. —regañó Xibalba como si fuera su padre.

—Lo siento, es que yo... Estaba buscando a... —la mujer de goggles miraba a todos lados pensando en una mentira blanca.— ¡Orejitas! Sí. Estaba buscando a Orejitas y... —al ver que las deidades mostraban incredulidad en sus ojos apretó los labios.— Bueno. En realidad era porque quería ver a una amiga. ¡Y quiero que la conozcan!

Para curiosidad de los dioses, Sandra se dirigió a una enorme lápida tomando de la mano algo... O a alguien. Revelando a una mujer calavera con vestido negro y adornos rojos.

Xibalba y La Catrina quedaron anonadados.

—Hola papá. Hola mamá... Soy Sartana.