Frida y Zoe estaban bajo las garras de Sartana de los Muertos quien reía a carcajadas desde su guarida. Ambas gritaban por auxilio mientras Manny enfrentaba a todos los esqueletos bandidos que se cruzaban en su camino.

¿Cómo es que habían terminado en esta situación? Ni idea. Y no importaba ahora

—No más trucos, Sartana. —ordenó El Tigre mostrando sus afiladas garras.— Libéralas ahora.

—Bueno, yo tenía una oferta mejor. —la villana lanzó a sus rehenes al piso y las apuntó con su guitarra.— Elige, Tigre. ¿A cuál debo dejar ir, y a cuál debo volver mi prisionera?

—Y... ¿Si no elijo a ninguna? —preguntó el moreno con ceja alzada.

—Entonces... —el clavijero de la guitarra mágica emitió una luz roja, inspirando terror en las adolescentes.

—¡Rápido! Denme una razón para salvarlas. —dijo Manny con desesperación.

—Soy tu amiga.

—Soy tu novia.

—Tengo mucho por qué vivir.

—Soy tu novia.

—Te prestaré mis videojuegos si me ayudas.

—Soy tu novia.

—Oye, te lo estás tomando muy enserio. —opinó Frida con el entrecejo fruncido.

—Porque soy su novia. —recalcó Zoe.

Manny, sudando frío, optó por preguntar:

—Oye, Frida ¿Ya has estado aquí, no?

—Sí, pero...

—Bien, me llevo a Zoe. —espetó el felino tomando a la pelimorada.— Adiós, Frida. Cuídate. —y se fue.

La prisión fue invadida por un silencio incómodo de parte de todos.

—Vaya. Ni siquiera yo vi venir eso. —dijo Sartana rompiendo el hielo.

Tras ese vergonzoso momento Frida fue lanzada a su celda.

Frida.

La peliazul estaba callada. Sentada en el suelo procesó en su mente el hecho de que su supuesto amigo la abandonó por su novia...

Pero tenía sentido. Ya no eran amigos.

Cuando volvió a la realidad, suspiró con tristeza.

—Debí suponerlo. El amor nos hace unos bobos. —sentenció con un tic en el ojo.

—Vaya, que lindos amigos tienes. —dijo una voz sarcástica.

Frida volteó al origen de esa voz: un joven esqueleto con sombrero y poncho recargado en la pared, bebía un refresco de cereza.

—¡Django! —gritó la peliazul.— ... ¿Qué haces tú aquí? —preguntó con más calma.

—Vengo de paso. —respondió el mencionado.— Parece que estás en una situación complicada. —agregó señalándola.

—No del todo. —terció Frida apretando las rejas con molestia.— Manny tiene razón. Siento que llevo más tiempo aquí que Sartana.

—¿Y sólo por eso vas a dejar que te abandone así?

—No, pero... Tiene novia ahora. Y tampoco es que sigamos siendo amigos.

—Entonces... —dijo Django rozando su barbilla con el dedo.— Si tuvieras un novio... ¿Lo abandonarías?

Y la prisión se quedó en silencio. Frida se lo pensó por un rato. Claro que se podía imaginar abandonado a Manny a su suerte como ahorita, pero estaba esa espinita de conciencia que no la dejaba dar el "sí" asegurado. Quiso expresar su encrucijada con palabras pero sólo dijo:

—Tal vez. —y se sentó en la cama de la celda para reposar la barbilla en sus manos.

Django hizo una pausa.

—¡Ya sé! Hagamos un trato. Si te dejo ir me harás un favor.

—¿Y qué favor es ése? —inquirió Frida con incredulidad.

—Te lo diré cuando te pida ése favor. —respondió Django sin más ni menos.— ¿Tenemos un trato? —preguntó estirando la mano.

Frida estaba lista para estrechar manos hasta que un pensamiento la detuvo.

"No debes pelear y mucho menos provocar a Django".

Aguarden, ¿La señora Rivera no dijo nada sobre negociar, verdad?

Con esa conclusión en su mente, tomó la mano del chico huesudo aunque por dentro seguía insegura de esa decisión.

—Tenemos un trato. —dijo la chica de overol, desconfiada.

—¡Perfecto! —con ayuda de su índice, Django abrió la celda liberando a Frida de su prisión. Ambos salieron cautelosamente del edificio a espaldas de Sartana, quien afinaba su guitarra como si tuviera el tiempo del mundo. Habían escapado exitosamente de la prisión y ahora estaban justo en las afueras del lugar.

Prisión.

—Sopes, estuvo cerca. —dijo Frida.— Gracias por la ayuda. Te pagaré cuando quieras.

—Confiaré en ti. Bien, buenas noches. —con eso, Django se fue por otro lado dejando a Frida sola.

La chica de goggles justo estaba por volver a su casa cuando, frente a ella, el chico esqueleto apareció de nuevo, provocándole un gran susto.

Django mostró sus garras y sonrió siniestro.— Bien, ¡Es hora de pagar!


El chico llevó a Frida a un estación de tren muy lejos de Ciudad Milagro. Aunque le peliazul estaba más preocupada por saber el favor que iba a pedirle.

—Y dime... ¿Cuál es el favor?

—Vas a acompañarme a un antiguo imperio azteca. —un tren se detuvo en la parada. Ambos se escabulleron directo al vagón de equipaje burlando al guardia que estaba cerca.

Vagón de equipaje.

Oportunamente el tren siguió su camino luego de que los chicos se escondieran entre las maletas.

—¿Qué quieres decir con un "imperio azteca"? —inquirió Frida al fin.

—Es tan simple como eso. Un imperio azteca. —Django sacó un rollo de papel bastante viejo y lo abrió frente a los ojos de Frida, mostrando una serie de imágenes antiguas.— Pero no cualquier imperio. El imperio de Mikla. Mikla es un príncipe que gobierna en su imperio bajo tierra. Posee habilidades de magia y tecnología; y según los relatos, espera paciente para ejecutar su plan con el que conquistará el mundo.

—¿Entonces iremos a comprobar si ése imperio azteca es real?

—Ho, no. Es real. —respondió Django sonriendo de lado, haciendo contacto visual con la chica de goggles.

—¿Cómo lo sabes?

—La magia que usa es la misma que tiene mi padre. —el chico con sombrero mostró la imagen de un temible esqueleto empuñando una especie de espada.— Machete De Los Muertos.

Los ojos de Frida se abrieron enseguida. Recordó entonces la imagen de aquel libro que la señora María le había enseñado; al ver la enorme espada y su aterradora mirada, supo que el hombre del libro era el mismo que el de la foto.

—Oh, vaya... —dijo para calmar sus nervios.— Es... Intimidante. —agregó sonriendo de lado.— Así que... ¿Para qué quieres ir al imperio de Mikla, eh?

—Estoy seguro de que él puede decirme dónde está papá. Desde que nací no sé nada de él. Mi abuela Sartana me ha dicho cientos de veces que está fuera de la ciudad. —el villano suspiró rendido.— Pero no puedo creerle. Sólo... No puedo.

Conflictuada por esa confesión y por lo que la señora Rivera le había contado, a Frida le quedó sonreír nerviosa.

...

Una pareja poco convencional caminaba sobre las aceras de la Ciudad Milagro. La novia casi flotaba rodeada en corazones siguiendo a su novio quien... Pues...

—Oh, Manny. Sabía que tomarías la decisión correcta eligiéndome a mí y no a Frida. Cada vez me enamoro más de ti.~

—¡Ya no lo soporto! —estalló Manny con las manos en su cabeza. Con su conciencia retumbando, tomó a Zoe de los hombros y dijo: —Zoe, debo volver y rescatar a Frida.

—¿Rescatarla? —repitió la pelimorada con suma incredulidad.— Frida ya está muy grandecita para que la salven. —se apegó a él para jugar con sus rizos y agregó con falsa dulzura: —¿Por qué no mejor vamos a los videojuegos? A Frida no le molestará si jugamos... Unos cinco minutos.~

Manny desvío la mirada. Zoe lo ponía nervioso cuando hacía esas cosas.

—Bueno... Ya está acostumbrada a estar con Sartana, así que... Cinco minutos no estarían mal. —confiado, tomó a Zoe la mano (quien sonreía victoriosa) y juntos fueron a su nuevo destino.

...

El tren avanzaba por las áridas tierras mientras nuestros amigos se preparan para una parada fuera de lo normal.

—¿Lista? —inquirió Django viendo pasar el ambiente, apunto de saltar.

—No. —negó Frida con la cabeza. No tenía miedo, pero... No parecían amigables los cactus alrededor.

—¡Ahora! —el villano tomó a la niña de la mano y ambos saltaron del vagón. Bajo las leyes físicas, ambos rodaron por el suelo hasta terminar uno encima del otro, creando un ambiente lleno de nervios.

—¡Lo siento! —la peliazul se levantó de repente.— No era mi intención. —se disculpó roja como tomate mientras el esqueleto se levantaba y sacudía despreocupado el polvo de su ropa.

—Como sea. —espetó Django acomodándose el sombrero.— Ya llegamos.

Frida miró el desolado paisaje. Supuso que desvariaba por tanta maldad.

—Creo que te has vuelto loco.

—¿Eso crees? —Django sacó su guitarra mística, pero antes de tocar dijo: —Tal vez quieras ponerte detrás de mí para cubrirte.

Frida obedeció, observando a su compañero tocar la guitarra, mirando al piso. Una gran nube de polvo fue barrida, revelando un círculo lleno de tallados antiguos. Específicamente mesoamericanos.

—Increíble. —soltó Frida casi murmurando.

—Te lo dije, es real. Ahora debemos averiguar como entrar en ella. —dijo yendo directo al círculo.

—... ¿Qué tal poniéndonos en medio? —inquirió Frida apuntando al centro de la figura.

—¿Estás segura de que funcionará?

—Bueno, ahí lo dice. —la peliazul señaló el letrero que estaba cerca del punto medio.

Colóquese en medio del círculo para entrar.

Django hizo una pausa.— Bueno, entonces vamos. —tomó a Frida de la mano y se pusieron en el centro esperando algo.

Después de que nada ocurriese por unos segundos, Frida dijo:

—Supongo que es muy viejo y por eso ya no funciona... —el centro del círculo terminó cayendo cuesta abajo llevándolos consigo.

—¡AAAAAAH! —gritaban ambos.

Frida se aferró a Django casi gritándole al cráneo por el miedo a lo que les esperaba. La luz de la boca del portal se alejaba cada vez más, hundiéndolos en la oscuridad absoluta.

Y Frida seguía gritando.

—¡Ya cállate! No nos pasó nada. —se quejó Django con la paciencia al límite.

—Perdón.

En el silencio, hubo un punto en el que ni siquiera podían ver sus manos y sólo eran capaces de guiarse a través del tacto. Así que la peliazul decidió tomar con fuerza el brazo del villano.

—¿Tienes miedo, ratón azul? —se burló Django al sentir los nervios de la chica.

—Un poco. —admitió Frida. ¿Qué sentido tenía mentirle? Su miedo se olía a kilómetros a la redonda.

—Qué extraño. No recuerdo que fueras tan miedosa la última vez que nos vimos.

—Tal vez porque no estaba a punto de morir por lava.

—Tal vez no hubieras estado a punto de morir por lava si tu amigo no hubiera buscado pelea.

—¡Manny no buscaría pelea si no lastimaras a su familia! —exclamó Frida ya más molesta.

—¿Yo? Te aseguro que Manny no es ningún santo, chiquita. Él mismo planeaba acabar con su familia para ganar. Nadie lo obligó a hacerlo.

Frida se congeló ya que sus palabras eran ciertas. Nadie le dijo a Manny que venciera a White Pantera y a Puma Loco para ganar el poder de Sartana. Pero nada de eso hubiera pasado si...

Si ella no lo hubiera convencido de asistir en primer lugar.

La revelación mental le cayó como agua fría. Se alejó de Django mirando al oscuro vacío del entorno y murmuró: —No... Yo lo hice. Yo le dije que si entraba al torneo, tal vez ganaría.

—No te creo. —el villano rió en bajo.— ¿Tú le dijiste que entrara al torneo? —le inquirió riendo por completo mientras Frida apretaba su brazo con incomodidad.— Oh, vaya. Eso sí que no me lo esperaba.

—¡Ya basta! —ordenó la chica de goggles con furia.— No es algo que me haga sentir orgullosa.

—¿Por qué? ¿Porque a pesar de todo tu príncipe peludo eligió a otra chica? —Django se echó a carcajear por sus oraciones ignorando todo lo que Frida pudiera sentir.

Ella mientras tanto ladeó la cabeza ocultando las lágrimas de sus ojos, como si de algún modo el adolescente malvado pudiera verla. Esa ni siquiera era la razón por la que se avergonzaba respecto al torneo, sino porque ése era uno de varios ejemplos en los que Frida hizo algo verdaderamente estúpido. Pero ahora que Django lo mencionaba, tal vez Manny la dejó por eso; porque era una busca-problemas y...

¿Eso era importante ahora?

Sus sollozos llamaron la atención del chico al grado que este se calló para no decir otra tontería que la hiciera llorar más. Entonces se le ocurrió algo: Sacó su guitarra mística e improvisando las notas empezó a tocar suavemente. Pequeños brillos en forma de notas musicales rodearon al dúo, iluminando las mejillas empapadas de Frida y las facciones esqueléticas de Django.

—No era mi intención... —alcanzó a decir el chico pero a estas alturas no sabía cómo excusar sus palabras.

—Tú no sabes lo que es perder a tus amigos. —sentenció la peliazul limpiando las lágrimas de su cara.

—No. —soltó Django después de un suspiro, todavía tocando.— No lo sé. No sé lo que es perder algo que jamás tuve. —desvió la vista a su instrumento, terminando la música abruptamente.

Frida dejó caer ligeramente su mandíbula. Siempre creyó que su hazaña en el volcán lo volvió popular entre los villanos.

—Yo...

—Tranquila. No sabíamos eso del otro. Estamos a mano. —sonrió él ligeramente.

Justo antes de poder decir otra cosa, la peliazul miró hacia abajo notando una luz anaranjada cubriendo la plataforma y que subía por sus pies. Django miró a su alrededor notando paredes de las que colgaban antorchas y había pinturas antiguas. El platillo flotante tocó el suelo, de esta forma nuestros no-tan-héroes podrían encaminarse en el largo sendero que les esperaba.

...

Videojuegos Maya.

—Al fin. —dijo Manny luego de cruzar las puertas de la pirámide roja.— Nada es tan relajante como jugar videojuegos por... —miró su reloj y exclamó: —¡¿Una hora?! ¡No puede ser! Frida sigue atrapada con Sartana. ¡Tengo que salvarla!

Fue entonces cuando Zoe apareció.

—¿Qué? Por favor, Manny. Frida estará bien. Por una vez que le quedes mal no sucederá nada.

—No lo sé, Zoe. —terció Manny preocupado.— Frida es mi amiga, no puedo...

—Hmph, lo sabía. —soltó Zoe tajantemente, cruzada de brazos y dándole la espalda.— Sigues siendo de su propiedad. —sonrió maliciosa, esperando haber dado en el blanco.

Y lo hizo.

—No.~ —contestó Manny.— Jamás he sido de su propiedad. Sólo digo que hay que hacer cosas buenas de vez en...

Esta vez fue interrumpido por el rugido de un gigante monstruo verde que arrancaba los edificios con sus manos, atemorizando a todos a su alrededor.

La pareja se quedó viendo la escena unos segundos.

—¡Bien, es hora de...! —el chico de rulos giró la hebilla de su cinturón y después de un rugido finalizó: —¡El Tigre!

Mientras Manny se lanzaba al peligro, Zoe se miró las uñas despreocupada.

—Eso sin duda lo mantendrá ocupado un rato.

...

Django y Frida caminaron por el sendero al que los trajo la plataforma, explorando las ilustraciones de las paredes. Frida yendo por delante no notó el final del camino que llevaba hacia abajo. Django lo hizo y la jaló hacia él en el momento que ella dio un paso al aire.

—¡Cuidado! —al jalarla la acercó tanto a él que casi parecían estar bailando. Frida volteó a mirar, dándose cuenta de que el villano la salvó de una caída segura.

—Gracias... Creo. —sonrió ella con nervios. Django reaccionó y la soltó.

Ambos se pararon al borde del camino tratando de averiguar que tan profundo era el vacío. Ninguno de ellos alcanzó a distinguir el fondo. ¿Y cómo podrían? Estaba en completa oscuridad.

Lo que sí pudieron divisar fue una plataforma cuadrada que se acercaba frente a ellos desde el otro lado del sendero.

—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó el esqueleto.

—¿En papas fritas?

—Debemos usar esa cosa para cruzar al otro lado. ¿Lista?

Frida no contestó. Sólo tomó posición esperando a la cosa flotante.

—¡Ahora! —gritó Django. Junto con Frida saltó hacia el cuadrado flotante casi perdiendo el equilibrio. Pero lograron cruzar al otro lado con éxito y eso era lo importante.

—Bueno, eso fue fácil. —sentenció Frida adelantándose. Sin embargo, una trampa de picos se elevó ante sus ojos hasta arriba, sólo para bajar lentamente a la altura del piso.

—... Bueno, eso fue fácil.

—Era de esperarse. —dijo Django.— Es de un imperio místico del que estamos hablando. Sólo pocos pueden tener el privilegio de estar aquí. —agregó mirando a su alrededor.

—Creo que empiezo a preguntarme si es buena idea tener ése privilegio. —terció Frida. Intentó con saltar, logrando cruzar justo antes de que los picos ascendieran otra vez. Le siguió Django obteniendo el mismo resultado.

Continuando su travesía, descubrieron más trampas que les esperaban por delante: plataformas con resorte que conectaban con más púas del techo, cubos giratorios suspendidos en el aire, pilas de roca que subían y bajaban... Todo un espectáculo.

Los chicos se quedaron callados un momento.

—Sopes. —soltó Frida.— Igual que un videojuego.

—Am... No creo que sea igual a un videojuego. —refutó Django un tanto incómodo por la sarta de pruebas que debían pasar.

—Tonterías. Observa. —con todos los kilos de confianza, la peliazul se lanzó a las trampas, fracasando en el intento. Al villano no le quedó más que mirar todos los golpes que la chica recibía hasta acabar de vuelta en su punto de inicio, cubierta de raspones, moretones, e incluso le faltaban algunos dientes.

—Ja, definitivamente no es un videojuego. —se burló Django tranquilamente viendo a la chica en el piso.— Mejor ponte cómoda y aprende del maestro. —finalizó orgulloso avanzando a las peligrosas trampas.

Esta vez fue Frida quien, mientras se esforzaba en incorporarse, se reía de los quejidos de dolor de Django, producto de recibir púas, piedras gigantes y lanzas de todos lados. Por supuesto, aterrizó boca abajo a lado de Frida, viéndose igual o peor que ella.

—Vaya. Así es como se sienten los no-videojuegos. —dijo él levantándose con ayuda de sus manos.

—Debemos pasar por esas trampas. Y vamos a pasarlas. —dijo Frida.— ¡Juro que lo haremos! —exclamó apuntando al aire.

200 intentos después.

Los adolescentes en turno lograron esquivar las pruebas hasta llegar al otro lado, pero a costa de más golpes y moretones que nunca. Ambos se desplomaron al piso tratando de recobrar el aliento y las fuerzas perdidas. Estaban tan cansados que llegaron a creer que morirían en un intento.

—Qué. Demonios. ¡¿Fue eso?! —exclamó Django expresando su consternación.

—Unas trampas mortíferas que incluyen lanzas, púas y rocas gigantes. ¿No las viste? —contestó Frida.— Mejor mira el lado bueno. Esto no puede empeorar.

Y el lugar se sacudió, como si el universo conspirara en su contra.

—¿Dijiste algo, muñeca? —inquirió Django en reproche.

El suelo se partió en dos revelando un pilar con metales y púas más filosas que las anteriores. En dúo gritó de horror y sus espaldas chocaron con la pared.

Mirando hacia arriba, Django notó que la pared tenía huecos en algunos ladrillos y se le prendió el foco.

—¡Rápido! —ordenó.— Escalemos por aquí para escapar.

Ambos treparon lo más rápido que podían para evitar ser alcanzados por los filosos materiales, que subían con intenciones de destruir todo lo que se cruzara en su camino.

Frida, alzando la vista, logró divisar una salida a la derecha. Era su oportunidad.

—¡Django, mira! ¡Por allá! —señaló con el dedo. Juntos treparon hasta la salida y saltaron antes de que las púas alcanzaran (y perforaran) el techo, bloqueando su único camino de regreso.

Casi en sincronía, se levantaron del suelo mirando el nuevo muro por unos segundos.

—Bien. —espetó Django.— Temo que ya no hay vuelta atrás. —se giró y retomó su camino. Frida, aún sin entender la metáfora, le siguió.

Avanzando por los pasillos, se enfrentaron a más trampas ridículamente difíciles y casi imposibles de superar: como si las púas y los muros gigantes no fueran suficientes, ahora debían lidiar con sierras pegadas a las paredes, filosos dientes de metal que subían y bajaban de los techos, más sierras en el suelo que iban de adelante hacia atrás poniendo en los más serios aprietos a nuestros protagonistas. Lo único bueno de todo el arsenal de muerte eran los trampolines que les salvaban de metros de piso cubiertos por -adivinaron- metales puntiagudos. Pero no es como si tener bloques de piedra gigantes amenazando con caer sobre ellos ayudara mucho.

Horas después.

Frida y Django sudaban por todo el ejercicio que se vieron obligados a hacer sobreviviendo a esas pruebas. La peliazul se sentó de golpe en el piso mientras Django casi enterraba sus dedos en su cráneo.

—¿Qué demonios... Le pasa... ¡A quien creó éstas cosas!? —alzó la voz mirando hacia arriba.

—Creo que ya no podré soportar otra paliza. —siguió Frida sobando su trasero.— Esto es peor que el entrenamiento de mis hermanas.

—De todos modos no estoy dispuesto a rendirme. —terció Django sacudiendo el polvo de sus guantes.— Quiero respuestas de mi padre y voy a hallarlas.

Sus oraciones alertaron a Frida, pero el dolor de su cuerpo era mucho más grande.

—Bien, pero no tienes que morir para lograrlo.

Ambos se miraron en silencio. ¿En verdad acostumbra decir tantas tonterías? Pensó Django.

—No eres graciosa.

Ya recuperados, continuaron la travesía por los recovecos del majestuoso e inquietante reino. Telarañas e insectos se asomaban por los pequeños rincones; sin mencionar a los murciélagos que colgaban de arriba, despertando de su siesta y volando sobre los adolescentes. Al pasar por encima de ellos, Frida se aferró a Django por el susto. Unos murciélagos no la afectaban en nada, pero el pasar por tantas desventuras la hicieron temer hasta de su propia sombra.

—Aw, que lindo ratoncito.~ —se mofó Django al verla pegada a su brazo.

—¡Basta! Estoy asustada. —confesó la peliazul.— Este lugar da más miedo de lo que pensé.

—Por favor, Frida. —se quejó Django ligeramente. Apartó su brazo de la chica y avanzó diciendo: —Sólo es un laberinto místico y antiguo. No es como que aparezcan esqueletos armados o algo así.

Como si se tratara de una ironía del destino, una especie de arma antigua se estampó en el piso frente a los pies de Django, quien emitió un grito... No tan masculino.

Esa arma era empuñada por un esqueleto con vestiduras antiguas y partes mecánicas en su ojo derecho, brazos y pierna izquierda. Por uno o dos segundos Django creyó que estaba viendo a su padre, hasta que notó la gran diferencia de complexión y de ropa.

—Creí que sólo era un laberinto místico y antiguo. —dijo Frida con los nudillos en la cintura.

El esqueleto enemigo levantó su arma para atacarlos. Fue cuando Frida tomó a su compañero y lo levantó para esquivar el ataque. Ahora que el arma estaba en el suelo una vez más, tomó impulso de ella para saltar hacia el cráneo de su rival, pasándolo literalmente por encima y echándose a correr. Para Django era vergonzoso, pero sacó su guitarra mística y giró su torso a fin de apuntar hacia el guerrero antiguo que por cierto ya los estaba siguiendo. Haciendo uso de su instrumento, Django disparó rayos láser de la punta de su guitarra, derribándolo de un tiro.

Sin embargo ése sería el menor de sus problemas.

Frida gritó al ver más esqueletos con partes mecánicas a lo lejos; todos armados de sierras, martillos gigantes y espadas mesoamericanas. No sólo eso sino que algunos de esos guerreros tenían ruedas en vez de piernas, permitiéndoles avanzar a toda velocidad.

Django volteó mirando todos los secuaces que los esperaban más y más cerca ya que Frida no paraba de correr hacia ellos.

—¡No dejes de correr! —le ordenó mientras apuntaba su guitarra contra los enemigos. En una sinfonía de Rock and Roll, disparó rayos contra ellos. Todos cayeron excepto los esqueletos sobre ruedas, quienes lograron evadir y avanzar hacia nuestros protagonistas.

De la manera más tonta posible, Frida terminó tropezando con una piedra, cayendo al suelo y soltando a Django. Éste cayó boca abajo y de paso soltó su guitarra, la cual quedó lejos de su alcance. Cuando Django levantó la vista, miró a los esbirros mágicos y supo que estaba indefenso.

Al ver al enemigo levantando su sierra en su contra, el chico con sombrero se tapó la cara, listo para lo que fuera. Pero no contaba con que Frida detendría el ataque con ayuda de su guitarra. El esqueleto rival era grande como una montaña y ni hablar del tamaño de la sierra que tenía por brazo, pero no fue impedimento para que Frida desviara su arma con la guitarra y aprovechara los minúsculos segundos de ventaja para golpearlo en la cara. En cámara lenta, Django admiró la paliza de la peliazul, quien literalmente estaba peleando con gigantes.

—Me agrada lo que veo. —soltó el esqueleto adolescente, con ojos iluminados y sonrisa boba.

La chica de overol se lanzó a los hombros del enemigo para golpear su cabeza una, dos, tres veces hasta que cayera al suelo. Se preocupó al verse rodeada por otros guerreros prehispánicos. Pero no era tiempo para dudar.

—¡Arriba! ¡Abajo! ¡Abajo otra vez! ¡A tu izquierda! ¡Tú otra izquierda! —le gritaba Django moviendo las manos conforme a la dirección.

Frida sólo repartía martillazos como un juego de topos acompañado de algunos codazos y patadas. No fue hasta cuando fue tomada de un brazo que se le ocurrió lanzar la guitarra a su legítimo dueño.

—¡Atrapa!

El guitarrista saltó atrapándola en el aire, y aterrizó de manera "cool" listo para tocarla.

—Oh, sí.~ —en un juego de cuerdas, Django derribó a sus enemigos con rayos láser y de paso ayudó a Frida a liberarse de sus captores. La peliazul aprovechó que ahora su rival estaba indefenso para patear su cráneo a metros de distancia.

—¡Django! —exclamó Frida mientras el mencionado se acercaba quitando el polvo de sus manos.— Eso fue increíble.

—Gracias a ti, muñeca. Ahora debemos irnos antes de que aparezcan más de estas cosas.

Avanzaron juntos por el camino que se hacía cada vez más oscuro. No había tantas antorchas para iluminar el lugar, pero al menos no era tan sombrío como el túnel por donde entraron. No obstante, unos crujidos extraños les dieron un mal presentimiento.

Por si las dudas, Django tomó una de las antorchas para ver mejor lo que hubiera por delante, aunque los crujidos seguían repitiéndose. En la poca luz que había, Frida notó unos pequeños ojos rojos asomándose detrás de una roca: una calavera pequeña de color negro la miraba fijamente.

—Aw, que lindo.~ —dijo Frida acercándose a él. Pero entonces, su sonrisa se borró lentamente al ver esos rojos duplicándose hasta crear un... Ejército.

—Ah... Django... —retrocedió la peliazul con lentitud preparándose para correr. Pero eso fue inútil: los cientos de esqueletos pequeños crearon un océano de ojos rojos que cargaron a Frida quien tambaleaba en olas de cráneos.

—¡Django! ¡Django, ¿Dónde estás?! —gritaba Frida buscando a su nuevo amigo por todos lados.

—¡Frida! —escuchó la chica de goggles.— ¡Estoy atrapado!

Frida miró sorprendida al chico esqueleto, también atrapado en una marea de pequeñas calaveras negras que le hacían imposible sacar su guitarra mística para hacerles frente.

Los mares de huesos alados arrastraron a los adolescentes por el resto del camino hasta llegar a un punto donde éste se dividía en dos. Temerosos de lo que pasaría, Frida y Django intentaron estirar las manos para alcanzarse y escapar juntos. Pero ya era tarde: El ejército de engendros se separó, y con ellos, a ambos.

—¡Django!

—¡Frida!

Y todo oscureció.


Los ojos rojos de Django tardaron en abrirse por varios segundos. Había luces anaranjadas por todos lados y cadenas colgando desde lo alto. Giró la cabeza a su derecha y logró mirar unos goggles rojos a la distancia: Frida seguía inconsciente.

—Frida. —le habló el chico de sombrero pero no tuvo respuesta.— Oye, Frida. —intentó de nuevo alzando la voz.— Frida, despierta.

—Es inútil. Los mortales tardan mucho en recobrarse después de que sus energías sean absorbidas.

—¿Absorbidas? —repitió Django. Tratando de hallar al origen de esa voz, se encontró cara a cara con un joven alto, de armadura antigua, larga cabellera y garras doradas en su mano derecha. Además su mano izquierda y pierna derecha eran de un esqueleto negro con brillos violetas.

—¿Quién...? —Django intentó levantarse y hablar al mismo tiempo. Pero entonces el plan inicial se alojó en su mente y descubrió que no necesitaba saber quién era el contrario frente a él.

—¿Príncipe Mikla?

—Oye, me conoces. —respondió el príncipe un tanto incrédulo.— Eso no se ve todo el tiempo. Bueno, tampoco es como que pase algo interesante en éste lugar. —decía mientras Django conseguía ponerse de pie.

—Y-yo... —las palabras se esfumaron de la boca del chico esqueleto en vista de su actual situación.— Es u-un placer cono-conocerlo, su majestad. —tartamudeó un poco. Ser educado jamás fue su fuerte; pero, lo que sea por ver a su padre.

—Bien, ¿Qué puedo hacer por ti?

—Sólo quiero saber sobre mi padre: Machete de Los Muertos. Sé que la magia que usa viene de aquí. Si pudiera darme... —Django no terminó la oración.

—Sígueme. —ordenó Mikla dando la vuelta. Dadas las circunstancias, su visitante obedeció.

—Sí. Machete estuvo aquí una vez. Una única vez para ser exacto. Venía en busca de reemplazos para su cuerpo tras haber sido derrotado en una pelea contra tres héroes. Nunca entró en detalles y tampoco me importó. —narraba el príncipe mexica mientras Django procesaba la información en silencio.— Sobre la magia...

Django no pudo escuchar el final de la frase hasta que una jaula gigante le cayó encima, quitándole toda posibilidad de salir.

—... Tu padre me la robó. —finalizó Mikla mirando al contrario con el rabillo del ojo.

...

—¡Churros! —Frida despertó al fin viéndose en medio de un gran espacio rocoso. Se levantó buscando a su amigo con la visión y miró a lo lejos un brillo naranja atravesarse por la única salida del lugar. Se asomó por el pasillo, y cuál fue su sorpresa cuando vio a Django enjaulado frente a un tipo con ropas antiguas.

—¿Qué quieres decir con que mi padre robó tu magia? —inquirió Django al príncipe.

—La magia que poseo no es suficiente para concretar mis planes. De no ser por tu padre, ahora estaría más cerca de dominar el mundo. —respondió Mikla.— Apenas le otorgué las partes mecánicas para sobrevivir, me engañó y se robó mi magia. —mirando al prisionero, un temblor sacudió el lugar revelando desde el abismo a un monstruo serpiente gigantesco de grandes garras y dientes.

—¡Y ahora, sacrificaré a su hijo como pago! —con una risotada, alzó su mano derecha de huesos negros. La celda que tenía cautivo a Django se elevó con ayuda de cadenas; arrastrándose directo a un foso de lava, donde estaba el monstruo serpiente.

—¡Frida, es un buen momento para que despiertes! —gritaba Django aferrándose a las barreras de la jaula. Miró hacia abajo y notó, hasta ése instante, que Mikla sostenía su guitarra mística.

Pero lo que le sorprendió más fue a Frida acercarse silenciosa hacia él.

—¡Espera! —trató de detenerla el esqueleto adolescente, llamando la atención de Mikla. Fue entonces que Frida le arrebató la guitarra de Django y golpeó su cabeza con el, lanzándolo a metros de distancia.

La peliazul, por supuesto, aprovechó la oportunidad para rasguear las cuerdas del instrumento y disparar un rayo desintegrador, liberando a Django. Una vez que este cayó al suelo, tampoco perdió el tiempo. Extendió su mano y la guitarra mística flotó hacia él listo para luchar.

—¿Cómo te atreves? —atacó Mikla entre dientes. Para mala suerte de Frida, el príncipe usó su propio cabello como látigo para tomarla de la pierna y lanzarla a una pared.

Para mala suerte de Mikla, Django lanzó rayos rojos en su contra, haciéndolo dar volteretas para esquivarlos.

—¡Suficiente! —gritó Mikla enderezándose.— Esto termina ahora. —levantó su mano oscura y de esta emergió una esfera negra que lanzó contra el esqueleto. La esfera chocó contra un rayo proveniente de la guitarra mística, lo que hizo que ambos ataques explotaran.

Ambos bandos empezaron un duelo de poderes místicos en donde ninguno de los dos pudo atacar al otro. Hasta que Mikla alzó su mano de hueso y rasgó la tierra frente a él. De allí, salieron esqueletos con alas que atacaron a Django, pero el chico con sombrero logró destruirlos a todos al acorde de su guitarra y unas cuantas maniobras.

—Necesitas más que muertos olvidados para vencerme. —desafío Django.

El príncipe antiguo gruñó furioso. Así que se le ocurrió algo mejor: levantó la mano al aire y atacó a Frida con un rayo de poder. No la lastimó, pero la encerró en una jaula que apareció de repente.

—¡Django! —gritó la peliazul mientras la jaula se elevaba con cadenas.

—¡Frida! —por instinto quizá, el esqueleto corrió a su auxilio, pero seis manos gigantes impidieron su meta: Eran las manos del monstruo serpiente.

Sus garras rasgaron la tierra como si fuera tela y de los surcos salió todo un ejército de muertos olvidados listos para derrotar al enemigo.

Django quedó atónito, pero no estaba dispuesto a darse por vencido. Tronó los dedos y tocó su guitarra con toda la fuerza posible. Una onda de magia se extendió por todo el lugar, destruyendo casi varios de los esqueletos olvidados haciéndolos polvo.

Mikla no podía estar más harto de la situación.

—¡Ya no lo soporto más! Esto termina, ¡ahora! —vociferó.

—Ya lo dijiste la última vez. —contradijo Frida desde su jaula, fastidiando al monarca.

Mikla saltó hacia su bestia serpiente. En una voltereta trepó a su espalda y ordenó:

—¡Destrúyelo, mi monstruo serpiente!

Después de un rugido, la bestia se lanzó al piso poniéndose frente a frente. Su siguiente acción fue atacar con las garras de sus seis brazos al esqueleto adolescente, quien no cedió a su poder y evadió sus ataques a saltos. Una vez más, usó sus habilidades musicales para hacerle frente, pero en esta ocasión no hicieron tanto efecto, pues solo dejaban rasguños y quemaduras leves en el monstruo serpiente.

Django apretó los dientes al ver como la criatura mística rasgaba el suelo con todas sus garras, liberando a un ejército de esqueletos olvidados diez veces más grande que el anterior. Simplemente no tenía escapatoria.

Frida se aferraba a las barras su prisión buscando desesperadamente una solución a los aprietos en los que estaban metidos. Entonces, descubrió en la plataforma del monstruo serpiente una cosa que esparcía luz violeta, y brillaba con más intensidad cada que Django derrotaba a los esbirros de Mikla. Miró el artefacto y a los esqueletos un par de veces hasta que conectó los puntos.

—¡Django! —le gritó a todo pulmón.— ¡Destruye la plataforma del monstruo serpiente! ¡Es donde obtienen sus poderes!

Ambos rivales se miraron procesando las sentencias de la peliazul. Django no perdió el tiempo y corrió con todo el calcio de sus huesos hasta su nuevo objetivo. Pudo visualizarse en cámara lenta saltando sobre las cabezas de sus enemigos huesudos y golpeando a uno que otro para preparar su guitarra mientras la bestia de Mikla le pisaba los talones. En una voltereta, Django esquivó los seis gigantes brazos que amenazaban con atraparlo. Enfocó su vista en la plataforma parpadeante de destellos violeta, alzó su brazo derecho emanando un brillo escarlata y entonces...

Todo se iluminó de rojo.

Cuando la luz desapareció, los presentes estaban en el suelo. El monstruo serpiente se sentaba con grandes mareos mientras Frida veía como su prisión se desintegraba, cayendo cuesta abajo, pero rescatada por los brazos de Django.

—¡Te tengo! —soltó él. Una vez notó lo cerca que estaba de ella, se sonrojó dejándola caer.

Mikla, por su parte, alzó la cabeza para ver su batería de magia completamente destruida. Con la mandíbula caída y los ojos bien abiertos, procesaba su derrota queriendo gritar y a la vez no. Django lo miró por un rato y avanzó hacia él. El príncipe se volteó viendo como la guitarra apuntaba en su contra y antes de defenderse, un rayo escarlata pasó a lado suyo, directo a los escombros de la plataforma. Esta se reintegró como una cámara en reversa hasta quedar intacta, justo como estaba antes.

—¿Qué? —musitó el antiguo.

—¿Qué? —soltó Frida completamente extrañada.

Django sólo acomodó su instrumento en su espalda y dijo:

—No soy Machete. Soy Django de los Muertos. —tomó la mano de Frida y se marchó sin más.

El príncipe miró al piso un rato. Apretó algo de tierra para tragar sus ansias de atacarlos a traición. Sólo le quedó levantarse y decir:

—No tengo idea de dónde pueda estar tu padre. —al ver a Django detenerse en seco agregó: —Solo sé que vino aquí después de ser derrotado por tres héroes, pero juro por los dioses que no sé más.

El chico esqueleto sólo avanzó a la única salida del lugar no sin antes decir:

—Te estaré esperando.


A saber cómo lo lograron, pero ahora nuestros adolescentes favoritos estaban de vuelta en Ciudad Milagro.

—Lamento que no pudieras saber más de tu padre, Django. —dijo Frida después de estar callada en todo el camino.

—Está bien. Me conformo con saber que sigue vivo... Por ahora, me quité esa duda de encima. —respondió Django mirando su mano para luego mirar a Frida.— Gracias por hacerme compañía, fue una aventura muy divertida. —sonrió.

La peliazul sonrió de vuelta. Se acercó a él con toda naturalidad y le dio un beso, sonrojando al contrario hasta los huesos.

—Gracias a ti por liberarme y salvarme. Espero podamos tener más aventuras.

—¿Frida? —una voz masculina la desconectó provocando que volteara a su origen.

—¿Manny? —inquirió la chica de goggles.— ¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí? Creí que seguías en la prisión de Sartana. —le encaró el moreno enojado.

—Pues... —Frida volteó la mirada, descubriendo que Django ya no estaba.— Sartana me liberó porque ya era tarde.

—¡Ja! ¿Lo ves? —soltó Zoe asomándose detrás de su novio.— Te dije que no tenías que preocuparte por ella.

La chica de overol hizo una mueca meh. No estaba de humor para lidiar con los dos y mucho menos con Zoe.

—Buenas noches. —giró al sentido opuesto y se fue.

En lo alto de un edificio, Django miraba a su compañera de aventuras alejarse del dúo de insufribles mientras el viento volaba su poncho.

—Yo también espero que tengamos más aventuras.

...

Al día siguiente, Frida tuvo que tragarse el miedo y contarle a su mentora lo sucedido.

Escuela Leone.

Biblioteca.

Claro que no esperaba una lluvia de libros de transferencia como respuesta.

—¡Señora María, espere! —se escondía la chica de googles detrás de un estante.

—¡Te lo dije! ¡Te lo dije! ¡No debías involucrarte con Django! —regañaba la mayor lanzando libros de civismo, código penal para estudiantes y de cualquier cosa que tuviera a la mano.

—Pero... Usted solo dijo que no peleara con él o lo provocara. No dijo algo sobre negociar. —se excusó Frida asomando la cabeza.

—¡No me hagas enojar! —exclamó María todavía con libro en la mano, forzando a Frida a ocultarse de nuevo.

—Pero no tenía más opciones. —la peliazul se asomó de nuevo y dijo: —Django quería buscar respuestas de su padre y no se detendrá hasta conseguirlas.

—Espera. —espetó la castaña apunto de lanzar el libro.— ¿Buscar a su padre? —inquirió temerosa.

—Sí. Fuimos a un imperio bajo tierra al que Machete fue hace años para conseguir partes mecánicas y robar la magia del príncipe Mikla.

La mujer se sentó de golpe en una silla cercana, conteniendo la hiperventilación. Frida le pasó una bolsa de papel para respirar mejor y se calmó.

—¿Sabe a lo que me refiero? Si comprueba que su padre está encerrado, querrá liberarlo. No podemos permitir que eso ocurra.

—¿Supiste algo más de Machete?

—Sólo que las partes mecánicas de Machete vienen de Mikla. Quizás él las crea con su magia a base de muertos olvidados.

Eso fue el colmo para la morena, quién se desmayó cayendo al suelo.

—... ¿Señora Rivera?