(Uf, sí que hace tiempo que no me paso por aquí. Para empezar, buenas, no se me ha tragado la tierra ni he decidido descontinuar el fic (de hecho lo he seguido publicando en un foro de Pokémon llamado Pokécueva, momento spam (?) podéis pasaros si queréis, hay buena gente ahí) es solo que me pasó algo con este capítulo. Por alguna razón no me gustaba cómo quedaba y decidí no subirlo porque pensaba que no daba la talla, en vez de dejar que vosotros juzgarais si os gustaba o no. Decidí por vosotros y no lo publiqué. No sé si habrá alguien que quiera seguir leyendo esto aquí pero bueno, considerando que fue donde lo empecé a publicar seguiré actualizando aquí también hasta que lo termine, de momento he escrito hasta el capítulo 47 y calculo que Alma tendrá alrededor de 55. Si hay alguien pendiente de esto espero que lo disfrute 3

Grytherin18-Friki: ya verás cómo se las apaña el grupo de jóvenes para hacer frente a los pokémon hostiles; la brillante mente de Eco es capaz de hacer maravillas en momentos así.

nadaoriginal: a ti ya te comenté en la cueva jaja y vas más adelantado allí, pero no voy a hacer el feo de ignorarte. Ya sabes cómo irá el momento Ho-Oh y el desenlace de una parte importante del fic, tendrás que esperar un poco más para ver algo nuevo).


El lugar estaba extrañamente tranquilo. Siempre lo estaba, pero el silencio que parecía esconder algún secreto y la advertencia de Celebi fueron suficientes para hacer que se pusiera más alerta todavía.

Al parecer Giovanni no estaba y eso significaba que se había quedado sola con Atlas. Carol le preguntó al pokémon si podía aprovechar para salir y él le contestó que no podía, debía, así que se aseguró de que tenía la Poké Ball de Zoah consigo y salió del cuarto en el que había estado encerrada durante tanto tiempo, con la esperanza de empezar a obtener algunas respuestas.

Lo que descubrió no tuvo que haberla sorprendido, porque de cierta forma lo sospechaba, pero aun así no pudo evitar sobresaltarse al comprobar que se encontraba en el sótano del gimnasio de Ciudad Verde. Se vio obligada a detenerse tras dar un par de pasos, pues todas las veces que estuvo ahí de pequeña, todo lo que vivió durante su encierro, su secuestro; todos esos recuerdos se abalanzaron sobre su mente como si se tratara de una avalancha, como si hubiera abierto un armario de la cocina y toda la vajilla hubiera caído sobre ella con fuerza. Temblorosa, retomó la marcha hacia no supo muy bien dónde, pues no sabía en qué punto se encontraba exactamente y todos los pasillos le parecían iguales. Negros, descuidados, con manchas de humedad que detectaba antes por el olor que por la vista y con bombillas que se aferraban inútilmente a sus últimos destellos de la misma forma que se aferraban al débil hilo del que colgaban. Se encontraba un poco desorientada pero eso no le impidió seguir caminando, tenía claro que no iba a quedarse quieta después de estar tanto tiempo encerrada. Por suerte, y tras unos minutos de recorrido, poco a poco fue reconociendo estancias a medida que sus recuerdos se iban anclando en ellas. Presentaciones, riñas, castigos, desencuentros… Fue así como logró crear de forma casi inconsciente un mapa mental y emocional de aquel lugar.

···

Atlas te trajo a la base de noche, dijo que a partir de ahora dormiríamos juntas porque seríamos compañeras. Yo quería seguir compartiendo habitación con Silver pero bueno, tampoco me voy a quejar. ¡Espero que podamos llevarnos bien!

¿Quieres ser mi amiga?

¡Vale! Tienes pinta de ser muy maja.

Gracias, tú también.

···

Llevas todo el día con Carol, me toca a mí jugar con ella.

Ah, ¿sí? ¿Y eso quién lo decide?

¡Lo decido yo porque es mi amiga!

¡También es la mía!

···

¡Yo no necesito la atención de nadie!

Sí, sí que la necesitas, porque a diferencia de todos los que estamos aquí tú eres huérfana y nadie te ha querido en tu vida.

Es la única manera que tienes de hacerte notar y es patético, no me extraña que no tengas amigos. Toma, aquí está su estúpido pokémon, era una broma no tienes por qué ponerte así.

Mary…

Aquí tienes a Zoah. Dudo que ese imbécil te moleste en un par de semanas.

Sabes que es mentira, ¿no?

¿Somos amigas, Carol?

¡Pues claro que sí! Eres una chica divertida, risueña, que siempre me protege y además eres muy amable conmigo. Te quiero un montón, Mary, ¿por qué no iba a ser tu amiga?

···

Amiga. Mary. Carol sintió una punzada de dolor en el pecho al acordarse de la rubia y revivir aquello por lo que habían pasado, aquello por lo que un par de niñas no tendrían que haber vivido. Algunos días se hicieron increíblemente difíciles y parecía que el sufrimiento siempre estaba presente, de una forma u otra. En aquel momento eran dos crías que no sabían nada, no sabían cómo afrontar una situación que les venía tan grande; había que elegir entre hacer lo que querían y lo que les pedían y era una decisión que nunca resultaba fácil. No pudo evitar preguntarse si se encontraría bien, y mientras trataba de lidiar con sus preocupaciones llegó de forma inconsciente a un lugar. Su cuarto, el cuarto de ella y Silver hasta que Mary se incorporó y la mandaron con ella.

···

Silver, ven. Tengo una sorpresa para ti.

¿Qué quieres?

Esa no es forma de hablarle a tu padre, y menos después del regalo que estoy a punto de darte.

Mira quién va a vivir con nosotros a partir de ahora, tu amiguita.

A ver si eres capaz de calmarla, creo que se ha asustado al ver que vivimos en un lugar tan grande. Podéis jugar hasta la hora de la cena.

Silver, ¿es verdad que ya no puedo volver a casa?

···

A ver. ¿Qué ha pasado, Carol?

He tenido una pesadilla.

Ay, has tenido una pesadilla, pobrecita.

Más despacio, que tiene que sobrar para Carol y para mí.

Pues si se acaba vete a comprar otra tarrina, tú que puedes salir de aquí.

Uh, pero bueno. Serás insolente.

···

Te juro que te voy a sacar de aquí, Carol.

Deja de intentarlo, Silver. Solo te harán más daño.

¡Me da igual! ¡Como si me muero en el proceso! Te juro, Carol, que ellos van a pagar, y me convertiré en el entrenador más fuerte de todos para que nadie nos pueda molestar.

···

Las voces de dos niños resonaron con tanta intensidad y realismo en su cabeza que habría jurado que se encontraban tras aquella puerta, aunque sabía muy bien que eso no era posible. Su mano acarició el pomo y todo su cuerpo se estremeció al impregnarse de un aura oscura y amarga, un aura que le recordó todo el pesar que habían vivido ahí. Tragó saliva, su brazo tembló y por un momento estuvo a punto de retirarlo pero logró mantenerse firme. Inspiró hondo y, al fin, consiguió abrir la puerta.

Chiiiiir

No supo qué esperaba encontrarse ahí. No supo qué sentir cuando entró y una fría corriente de aire le dio la bienvenida, envolviéndola como si hubiera estado ahí, esperándola durante años para recordarle el malestar que dejó atrás. Carol tiritó pero no se abrazó a sí misma; estaba demasiado conmocionada como para poder moverse.

—Veo que has salido de tu cuarto.

No tuvo que darse la vuelta para saber quién era. Carol le oyó, reconoció su voz, pero al mismo tiempo le pareció que Atlas se estaba comunicando desde un lugar muy lejano; desde el presente, y ella en ese momento se encontraba en el pasado, reproduciendo en su cabeza todas las escenas que vivió en aquel lugar.

—¿Abriendo puertas al ayer?

Era una película que quería ver entera y al mismo tiempo terminar cuanto antes. Quería recordar todo lo que había pasado y al mismo tiempo olvidar. Al final, Carol acabó cerrando la puerta y se dio la vuelta para mirar a Atlas, pues para hacer eso necesitaba concentración y estando el miembro del Team Rocket allí presente sabía que eso era lo último que iba a tener. Él la miró triunfante, impoluto, y ella se sintió derrotada, sucia. Fue como mirarse en un espejo que le devolvía un reflejo opuesto.

—¿Qué habéis hecho? —Su voz salió fría y vacía, como si se tratara de un eco de la habitación que tenía detrás. Aquel lugar estaba en un estado lamentable, lo que significaba que no se encontraban en el momento de su fundación, pero la sonrisa de Atlas indicaba que se encontraban en algún momento antes de su derrota en Ciudad Trigal. Habían viajado en el tiempo y, por tanto, habían empleado los poderes de Celebi para su bien.

—Lo que nos hemos visto obligados a hacer.

—¿Dónde estamos?

—¿No reconoces tu casa? —Esa palabra le sentó como una patada en el estómago y ese golpe se reflejó en su cara. Atlas se dio cuenta y su sonrisa se ensanchó un poco— Ah, te refieres al tiempo. Perdón, los términos se vuelven un poco confusos y ambiguos con todo esto de los viajes temporales. El lugar lo conoces, en cuanto al momento, nos situamos un par de semanas posteriores a lo que la gente pensó que fue la primera disolución del Team Rocket.

Lo sabía. Sabía que podía tratarse de algo así, se había hecho una idea de lo que podía estar sucediendo pero no podía acabar de creérselo. No podía creerse que hubieran dado el paso, no podía creerse que hubieran jugado con algo tan serio y peligroso como la línea temporal, y no podía creerse que todo les hubiera salido tan bien hasta ese momento. Todo para cumplir unos fines egoístas que, lejos de aportar beneficios al mundo, podían llevarlo a su destrucción.

—Os habéis aprovechado de Celebi —fue lo único que se vio capaz de susurrar. Atlas se encogió de hombros.

—¿Y qué si ha sido así? No eres tonta, seguro que sabías que te queríamos por eso. ¿O es que pensabas que serías capaz de evitar que lo usáramos a nuestro antojo? Ya ves que no —Carol sintió que algo le oprimía el pecho pero esa vez no era tristeza. No, no era eso, y tampoco era el pesar del pasado, era una emoción muy presente con la que no estaba del todo familiarizada. Sus manos temblaron pero no tenía ganas de llorar, tampoco tenía ganas de echar a correr. Tenía ganas de plantarse, de defenderse, de hacerse oír y de gritar. Estaba empezando a conocer qué era el enfado—. Anda, ven conmigo que te lo explico.

Su respuesta desconcertó a ambos a partes iguales.

—No.

La sonrisa se borró del rostro de Atlas y Carol se quedó un poco sorprendida. Era la primera vez que decía esa palabra así que le resultó extraña. No. El monosílabo dejó un sabor raro en su boca pero no por ello desagradable. Carol repitió la palabra en voz baja para probarla de nuevo; Atlas, por su parte, solo podía mirar incrédulo como la niña que siempre agachaba la cabeza ahora la mantenía erguida con un fuego en sus ojos que logró abrumarle un poco.

—No… pero será posible. No me has entendido, tú te vienes conmigo aquí y ahora.

—Creo que el que no lo entiende eres tú —Atlas alargó un brazo para llevársela consigo pero Carol dio un paso atrás, evitando así que le agarrara; no iba a dejar que le volviera a tocar. La incredulidad del ejecutivo crecía por momentos al igual que la determinación de la joven, que alzó la mirada y clavó sus ojos en los de él—. Pero te lo repito: no. No pienso, de ninguna de las maneras, volver a haceros caso. No pienso, de ninguna de las maneras, volver al Team Rocket. No pienso permitir que volváis a emplear el don de Celebi para vuestros fines malévolos y egoístas, antes me muero. Es cierto que he fallado como guardiana del Encinar y tendría que haber encontrado una solución a todo esto antes en vez de limitarme a ver el tiempo pasar, pero es un error del que voy a aprender y que no pienso volver a cometer.

—Oh, eso suena tan bonito —contestó Atlas cruzándose de brazos y recuperando tanto la sonrisa como la compostura; después de todo, estaba convencido de que ella no representaba ninguna amenaza para él—. Repito, no eres tonta, así que piensa un poco antes de hablar. Si no te has ido antes es porque sabes que no puedes. Tenemos a Silver, te tenemos bien vigilada y contactos por todos lados que nos dirían en menos de media hora donde te encuentras y, por supuesto, tenemos a Mary, que no tiene otro lugar al que ir.

—Lo último que escuché de Silver es que había conseguido la séptima medalla y me prometió que nos sacaría de aquí; ya es un entrenador más que capaz de haceros frente, su seguridad no me preocupa porque puede apañárselas por sí mismo. En cuanto a Mary, después de lo sucedido en Ciudad Trigal estoy segura de que encontrará ayuda si habla con las autoridades adecuadas, cualquier lugar es mejor para ella que este —Después de hablar Carol calló durante unos segundos y suspiró. Ordenó bien las palabras que quería decir y cuando lo tuvo claro retomó de nuevo su discurso; ya empezaba a entender las intenciones de Celebi—. En cuanto a mí, soy consciente de que no soy la mejor combatiendo ni defendiéndome, pero también soy consciente de que ahora estás solo. Es el mejor momento de todos para plantarte cara y hacer lo que tengo que hacer.

—Déjate de palabrería y ve al grano. ¿Qué estás sugiriendo?

—Tener un combate.

Atlas dejó de sonreír al escuchar la propuesta. Carol no supo cómo interpretar su reacción. ¿Se habría cansado de tanta insubordinación? ¿Estaría molesto porque no tenía ganas de combatir? ¿O solo seguía sin poder creérselo? No tuvo que esperar mucho tiempo para averiguarlo, pues el ejecutivo solo tardó unos segundos en estallar en una carcajada que se pudo oír por todo el sótano.

—Ah, pero cuánto me haces reír. Eres muy graciosa, ¿lo sabías? Es cierto que ahora no tengo a cien reclutas a mi disposición pero no me hacen falta para detenerte. Hay mucha diferencia de poder entre tú y yo, solo estaríamos perdiendo el tiempo. No tiene sentido, a no ser que sea tu forma de pasar el tiempo, y ahora mismo no tengo ganas de entretenerte —Atlas alargó su brazo y trató de agarrarla de nuevo—. Venga, hazme caso y vuelve a tu cuar-

La Poké Ball de Carol se abrió y de esta salió una mancha morada que atacó el brazo de Atlas. El ejecutivo gritó y sacudió el brazo hasta que dicha mancha dejó de morderle y se situó delante de su entrenadora. Atlas se miró el brazo y vio que cuatro gotas de sangre mancharon su siempre pulcro uniforme; eran dentelladas superficiales, no le dolían mucho, pero bastaron para dejar claras las intenciones de la joven y hacer que su mensaje calara al fin en el ejecutivo.

—No me lo puedo creer. Lo dices en serio… —dijo alzando la vista lentamente y encontrándose cara a cara con el fuego de los ojos de Carol. Frente a ella, un crobat desprendía por su mirada la misma determinación que mostraba su entrenadora.

—Lo digo muy en serio. Por fin, después de tantos años, se me presenta la oportunidad de abandonar lo que tanto dolor ha causado a la sociedad. Lo que tanto dolor ha causado a Silver y a Mary. Lo que tanto dolor me ha causado —Zoah dejó de aletear por un momento y extendió sus alas, irguiéndose de manera imponente ante el rocket y mostrándole sus colmillos ligeramente ensangrentados—. Es cierto que me captasteis siendo una niña, es cierto que os he dejado campar a vuestras anchas porque carecía de los recursos necesarios para haceros frente; pero habéis cruzado la línea esta vez y eso es algo que ya no puedo permitir. Como guardiana del Encinar voy a encargarme de que no volváis a faltarle el respeto a Celebi. Su habilidad no está a disposición de nosotros, los humanos, es una herramienta que solo compartirá con aquellos a los que considere dignos y no eres digno, ni Giovanni, ni nadie del Team Rocket. Yo, Carol, guardiana del Encinar ¡te reto a un combate para abandonar el Team Rocket, Atlas!

—Un combate. Tsk —El ejecutivo se sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó la sangre del brazo. Ya no sonreía, ya no le parecía divertida la situación; estaba enfadado y se notaba en el temblor de su cuerpo—. Te has venido muy arriba, tanto tiempo encerrada te ha vuelto loca. No entiendo de donde sale esa confianza que te hace pensar que tienes una oportunidad contra mí pero si tantas ganas tienes de que te dé una lección por mí perfecto. Te he aguantado muchas tonterías, Carol, gracias a mí no tienes ni una mísera cicatriz en el cuerpo y así me devuelves el favor. Te he cuidado y te he protegido y así me lo agradeces.

—Me has utilizado.

—Sí, y lo haré las veces que hagan falta para asegurar el futuro del Team Rocket —dijo mientras agarraba la Poké Ball que tenía asegurada en el cinturón y la lanzaba. Solo llevaba una, pues había dejado el resto descansando en el despacho de su jefe, pero al tratarse de su pokémon más poderoso sabía que no le hacía falta nadie más para acabar con la joven que tenía delante—. Te arrepentirás de haber conocido a Silver, te arrepentirás de todas las trabas que nos has puesto y te arrepentirás de haberme desobedecido. ¡Houndoom!

—¡Zoah!

Y, sin más dilación, los dos pokémon se lanzaron al ataque, dando inicio a uno de los combates que determinaría el destino del Team Rocket.


Lo primero que escuchó al volver en sí fue el rumor del agua. Esta parecía estar cerca, muy cerca, tan cerca que prácticamente podía sentir como le salpicaba. Lira quiso levantarse y ver donde se encontraba pero al intentarlo la cabeza le empezó a dar vueltas y se vio obligada a quedarse en el suelo durante un rato más. Por alguna razón que no lograba recordar tenía la ropa mojada y el cuerpo entumecido.

¿Os encontráis bien?

Si a nosotras nos ha sentado mal no me quiero imaginar cómo estará ella.

Oía voces pero no podía decir si eran reales o productos de su imaginación. ¿Tal vez se trataba de algún sueño? Alguien le tocó el hombro con una delicadeza y un cuidado que le hicieron recordar al tacto de su madre y eso sí le hizo abrir los ojos. Alzó la cabeza con cuidado, deseando encontrarse con la cálida mirada de su progenitora, pero en su lugar vio que dos geishas la observaban con atención.

—Menos mal. Ha sido una entrada un poco brusca, temíamos que os hubiera pasado algo grave.

Lira echó un vistazo a su alrededor y se sentó lentamente. Las cinco chicas kimono se encontraban ahí, delante de ella, algunas con mejor aspecto que otras. Tamao y Umeko estaban agachadas delante de ella para ver como estaba pero Satsuki y Sakura parecían encontrarse un poco afectadas, pues estaban sentadas a lo lejos con los ojos cerrados siendo cuidadas por Komomo. Las dos se cubrían el rostro con ambas manos y Komomo, que se hallaba en el medio, les acariciaba la espalda con amor fraternal.

—Se han mareado pero están bien —respondió Umeko a su pregunta sin formular poniéndose de pie y tratando de secarse el kimono, aunque sabía que era una tarea inútil—. Efectos secundarios de dejarnos tragar por un remolino, supongo.

Tamao no rio el intento de animar el ambiente de su hermana y ella misma se dio cuenta de que a lo mejor no había sido algo muy inteligente por su parte. Volvió a centrarse en su kimono y Tamao le tendió una mano a Lira para que pudiera ponerse de pie. La entrenadora no se había fijado hasta ese momento porque a ella la cabeza también le daba vueltas pero el maquillaje de las chicas se había corrido. El agua había hecho un empastre en sus rostros y sus cabellos, pues estos estaban despeinados y encrespados (y el mío también lo estará seguramente pensó ella) pero el aspecto físico era lo de menos en ese momento y no tardó en preocuparse en lo que de verdad importaba.

—¿Dónde estamos? —Lira tosió después de realizar la pregunta con voz ronca, pues había ingerido algo de agua y no se había dado cuenta hasta que había empezado a hablar. Tamao le dio un par de golpes en la espalda suaves pero seguros.

—Suponemos que en la morada de Lugia —respondió la bailarina. Cuando Lira dejó de toser echó un vistazo alrededor y lo que vio la dejó sin palabras.

Se encontraban en una pequeña península dentro de una enorme cueva. Una tranquila masa de agua la rodeaba, cuyo rumor resultaba tan agradable como apaciguador. Había dos rocas enormes a cada lado de esta y una campana dorada atada a cada una de ellas, pero no fue nada de eso lo que captó su atención. No, aquello que la dejó tan maravillada fue lo que tenía delante, a un par de metros, donde se encontraba la cascada más grande que había visto en su vida. Una cantidad ingente de agua se dejaba caer por esta con una violencia amenazante y seductora. La joven no se atrevía a aventurar cuáles eran sus dimensiones pero estaba segura de que medía más que algunos edificios que había visto en Ciudad Trigal.

—Lo sentimos pero no podemos retrasarnos más —La voz de Tamao la sacó de su ensimismamiento y la devolvió a la realidad—. Debemos hacer nuestra parte ahora. Sacad la Campana Oleaje y sostenedla durante el tiempo que dure nuestra danza.

—¿Y ellas? —preguntó Lira preocupada mirando hacia Sakura y Satsuki. Komomo les dio un par de palmaditas en el hombro y ellas se descubrieron el rostro lentamente antes de levantarse con cuidado.

—No nos hemos pasado la vida ensayando para que un mareo nos impida realizar nuestra labor —contestó Sakura fastidiada por el estado en el que se encontraban. Satsuki asintió.

—Así es. Hemos bailado en condiciones peores —añadió Komomo. Al entender la situación en la que se encontraba Lira se volvió hacia Tamao para acabar de confirmar lo que estaba a punto de suceder.

—Entonces vamos a invocar ya a Lugia.

—Así es. ¿Tenéis algún inconveniente? ¿Alguna duda?

Nervios era lo que tenía. Nunca había estado tan cerca del momento de la verdad y ahora que lo tenía a la vuelta de la esquina le parecía hasta irreal. Estaba a punto de enfrentarse cara a cara a aquella criatura que había aparecido tantas veces en sus sueños, aquella que la había manejado a su antojo, aquella que pensaba que era la más indicada para salvar su región. Nervios era lo que tenía por lo que podía suceder a partir de ese momento, pero también determinación y ganas de solucionar lo que no pudo en Ciudad Trigal, por eso a la joven no le tembló la voz a la hora de responder.

—No. Adelante.

Tamao asintió, Lira sacó la Campana Oleaje y las chicas kimono se distribuyeron a lo largo de la península. Todas las actrices tomaron sus debidos puestos y entonces la magia empezó.

Ding

La campana sonó por sí sola, asustando a Lira, y fue así como dio inicio la danza de las bailarinas. Comenzaron a girar y a realizar movimientos que recordaban a las olas del mar con la misma sincronización que habían mostrado a la hora de combatir con sus pokémon. Tras los primeros pasos las campanas doradas que había en las dos rocas comenzaron a sonar también y, poco a poco, Lira fue testigo de como el agua que las envolvía comenzaba a cobrar vida. Al principio fue un movimiento casi imperceptible, meras vibraciones superficiales, pero con el tiempo se fueron formando olas que llegaron a cubrir el istmo que conducía a la salida de aquel lugar. Todo se movía al son de las campanas, al ritmo que marcaban las bailarinas: tanto lo vivo como lo inerte había despertado y se había unido de forma natural a un ritual tan bello como cautivador. La cueva entera estaba realizando un llamamiento, un llamamiento a una criatura que se encontraba descansando en lo más profundo de la cueva. Lira sintió como sus pulsaciones y el tañido que realizaba la Campana Oleaje se iban igualando hasta que llegaron a un punto en el que se convirtieron en el mismo son. El sonido de la campana resonaba dentro de ella y sus pulsaciones hacían sonar el instrumento de vuelta. Las bailarinas y las olas parecieron darse cuenta de aquello, pues entraron en el clímax de la actuación, y cuando al fin acabaron de realizar la danza se detuvieron.

Pero la campana siguió sonando.

Y la cascada pareció haber cambiado.

Costó un poco de ver, pues el agua caía con mucha fuerza y rapidez, pero poco a poco se empezó a vislumbrar que algo se acercaba tras la cortina de agua. Primero apareció una sombra, una sombra gris y difusa, y después dos ojos azules se abrieron donde supuestamente estaba la cabeza de la criatura. La cueva contuvo su aliento, la campana dejó de sonar y todo quedó sumido en un respetuoso silencio.

Pues la deidad de los mares estaba a punto de entrar.

KYAAAAAAAA

Tras el grito la sombra salió de la cascada, revelando al fin su identidad. Lira no pudo disimular su asombro, y a las chicas kimono también les costó mantener la compostura, pues una cosa era ver a un legendario en sueños y documentos y otra muy distinta verlo a escasos metros de distancia. Sus alas eran las mismas, las placas de su espalda eran las mismas, su color era el mismo y, aun así, Lira no podía creerse que tenía a Lugia justo delante.

El legendario descendió un poco hasta situarse solo a escasos centímetros de la superficie del agua. Si a su enorme envergadura se le sumaba la potente cascada que tenía a sus espaldas era más que comprensible que las chicas tardaran en salir de su estupor, pues aquella imagen desprendía fuerza, poder y autoridad por todos los costados. Estaban en su casa, eran sus invitadas y estaban ahí solo porque él quería; eso era lo que les quería recordar y no lo pudo haber hecho mejor.

—Contemplad —empezó Tamao todavía maravillada. Solo cuando ella habló se dio cuenta Lira de cuanto había abierto la boca—. Lugia. Ha acudido con presteza a la llamada en cuanto la Campana Oleaje ha resonado en armonía en el interior de Lira. Ciertamente lleva tiempo aguardando este momento, seguro que está deseando comprobar vuestra valía.

Las cinco se giraron hacia Lira a la vez y ella comenzó a sentirse un poco presionada. A esos cinco pares de ojos tuvo que sumarles el del legendario, que parecía invitarla a que se acercara un poco más a él. Ella lo hizo después de guardar la Campana Oleaje, situándose en la orilla que daba a la cascada, aquella más próxima a Lugia.

—Ya estoy aquí. ¿Qué quieres? ¿Qué tenemos que hacer? —preguntó ella tratando de ocultar los nervios. Él no contestó y eso no la tranquilizó, todo lo contrario. Lira evitó la tentación de cubrirse el rostro con su sombrero para intentar mantener cierta compostura; no se había parado a pensar con detenimiento como sería su encuentro pero nunca se habría imaginado que podía llegar a ser un poco incómodo. ¿Acaso tenía que ser así o estaba haciendo algo mal?

—A veces los legendarios buscan un buen combate —susurró una de las artistas a la que Lira no pudo identificar. La entrenadora intentó mirar al legendario a los ojos y ladeó ligeramente la cabeza, sorprendida por aquella propuesta.

—¿Es eso? ¿Quieres combatir? —preguntó no del todo convencida. ¿De verdad? Eso no podía ser. ¡Pero cómo iba ella a ganar a un pokémon con un poder tan inmenso! No le veía el sentido por ningún lado, estaba claro que no tenía ninguna oportunidad. Lugia no respondió y Lira decidió que por probar no pasaba nada, pues era eso o quedarse mirándolo eternamente— Espeon, ¡te elijo a ti!

El felino apareció frente a ella y alzó la cabeza con dignidad pero tan pronto como se posó en el suelo Lugia creó una corriente de aire y lo tiró al agua. Alarmada, Lira lo devolvió a su Poké Ball, pues sabía que en el agua no tenía ninguna oportunidad contra Lugia. Al hacerlo se dio cuenta, tanto asombrada como repugnada, que Espeon había sido debilitado de un solo golpe.

—Pero ¡¿qué es esto?! —preguntó en un grito sin darse cuenta. Lira miró la Poké Ball, afligida, y después clavó sus ojos en los del legendario— ¿No querías mi ayuda? ¡Pues aquí me tienes! ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Qué quieres de mí?

Lugia se mostró impasible mientras Lira se enfurecía por momentos. Todos los nervios y la vergüenza se esfumaron tras ver como había tratado a su amado pokémon y fue a partir de entonces cuando dejó de importarle que fuera un legendario. Tanta indiferencia estaba acabando con su paciencia y que llevara días con mucho estrés acumulado solo hizo que la ira acudiera a ella más rápido.

—¿Puedes decirme algo? ¿Por qué no pones algo de tu parte? ¡Así no llegamos a ningún sitio! —El legendario seguía mirándola sin cambiar de expresión. Lira inspiró hondo y trató de calmarse, a lo mejor la estaba poniendo a prueba. Una prueba que no entendía, a la que no tenía tiempo de buscarle el sentido, pero al menos ya sabía que podía causar una reacción en él si intentaba entablar un combate. No le hacía gracia que otro de sus pokémon fuera debilitado de una manera tan fulminante pero decidió intentarlo de nuevo; a lo mejor los tiros iban por ahí— Está bien, si es lo que quieres —La entrenadora lanzó dos Poké Balls para sacar a la vez a dos de sus compañeros—. Feraligatr, ¡acércate lo máximo posible a él para que Ampharos pueda darle un buen chispazo!

¿Querría probar sus dotes estratégicas? ¿Su prudencia? No tenía ni idea, podía ser cualquier cosa. Sus dos pokémon asintieron y el reptil fue de cabeza hacia Lugia cuando Ampharos se subió en él, como si no se tratara de un legendario que pudiera acabar con él solo con pestañear. Y eso tendría que haberle hecho sospechar a Lira, porque Lugia no trataba de intimidar, porque no parecía querer imponerse como una criatura de gran poder, porque no parecía querer luchar para ganar; todo lo contrario, era casi como si quisiera que se acercaran a él. Solo cuando la joven empezó a pensar que a lo mejor esa vez estaba siendo muy fácil fue cuando sucedió.

Fue cuando aparecieron.

Fue cuando unos remolinos rodearon a Feraligatr y Ampharos y amenazaron con arrastrarlos a las profundidades del agua.

—¡Otra vez! Pero qué-

Lira intentó devolverles a sus Poké Balls para ahorrarles el sufrimiento pero entonces Lugia alzó sus alas e hizo que una fuerte corriente de aire las tirara al agua junto a su bolso. La joven no pudo evitar chillar cuando sintió que estuvo a punto de empujarla a ella también pero tras unos angustiosos segundos logró mantenerse en tierra firme. Cuando se aseguró de que había recuperado el equilibrio alzó la mirada para ver, aterrada, como Ampharos trataba de mantener la cabeza fuera del agua y Feraligatr, impotente, intentaba salir del remolino en el que había quedado atrapado para acudir en el auxilio de su amiga. La corriente empeoró, las olas se hicieron más grandes y Lira los perdió de vista. El viento comenzó a azotarla con fuerza y llegó un punto en el que no vio nada, fue ahí cuando su instinto la empujó a tomar una decisión muy arriesgada. Lira no lo dudó ni un instante: saltó al agua llena de peligros ante la mirada horrorizada de las bailarinas para intentar llegar hasta su equipo y salvarles. Lugia extendió las alas de nuevo y dio un grito ensordecedor que hizo que las artistas se cubrieran los oídos y cerraran los ojos. Hubo un destello de luz y cuando ellas volvieron a abrirlos no vieron nada allí. El agua estaba en calma, la cascada no parecía guardar nada más que rocas tras ella, y el rumor de las pequeñas olas parecía susurrarles a las artistas que se habían quedado solas.


El silencio reinó durante unos segundos en la Torre Campana tras la aparición de la imponente ave. El viento calló, el murmullo de los pokémon cesó, y por un eterno instante dio la sensación de que el tiempo se detuvo. Sus calmos e inteligentes ojos se posaron en los tres Descendientes y los miraron de hito en hito; ellos, en cambio, estaban demasiado impresionados como para hacer otra cosa que no fuera quedarse ahí plantados.

—Morti. ¿Qué hacemos?

El líder de Ciudad Iris salió de su asombro al oír la voz de Lance. El Campeón estaba igual de maravillado que él pero parecía que había recuperado la capacidad de hablar, aunque solo esa, pues seguía igual de inmóvil que los otros dos. Ho-Oh se fijó en Débora mientras los tres trataban de recuperarse y alzó un ala en su dirección, tras lo cual ella abrió los ojos y se llevó una mano a su hombro afectado.

—Ya no me duele —susurró mientras movía la articulación lentamente para comprobar que no eran imaginaciones suyas. Se quitó el vendaje que le había hecho su primo y probó a hacer movimientos más rápidos y bruscos. Morti asintió.

—Revivió a los tres pokémon que perecieron en la Torre Latón, eso no habrá sido nada para él —dijo de forma automática y al oír su propia voz despertó y su cerebro volvió a ponerse en marcha. Sacudió la cabeza para centrarse, dio un par de pasos hacia el legendario y alzó la vista para mirarle a los ojos mientras le hablaba—. Dinos, Ho-Oh, ¿qué esperas de nosotros? ¿Cuál es nuestro trabajo como Descendientes? ¿Cómo podemos seros de ayuda a ti y a Johto?

El legendario dejó de prestar atención a Débora y le miró a él. El líder de Ciudad Iris volvió a quedar encandilado con los ojos de color bronce de aquel ser, que parecieron leerle el corazón. Ho-Oh descendió hasta situarse al lado de los tres, bajó el cuello y les dio vía libre para que pudieran subirse a su espalda.

—Creo que quiere que nos montemos —indicó el rubio, señalando la obviedad para animar a los otros dos entrenadores a moverse. Lance asintió pero Débora retrocedió un par de pasos mientras la desconfianza se asomaba en sus ojos.

—No sé yo. ¿Cómo sabemos que no está bajo los efectos de lo que sea que afecta a los otros pokémon y nos va a tirar en pleno vuelo?

—Me temo que no lo sabemos y que no podemos hacer nada al respecto. O nos subimos o nos quedamos, y no creo que quedarse tal y como están los pokémon de aquí sea mucho mejor que caer desde el cielo —dijo Lance mientras se acercaba al ave. Morti fue el primero en subirse, después fue el Campeón, pero Débora siguió sin acercarse al legendario.

—Te ha curado el hombro —le recordó Morti al ver que no avanzaba—. Es un pokémon noble, además al ser tan poderoso seguro que las ondas no le afectan con tanta facilidad. Podemos confiar en él —Débora pareció absorber aquellas palabras lentamente y al final terminó asintiendo.

—Cierto. Gracias —murmuró antes de subirse a su espalda. Cuando los tres se aferraron bien a él Ho-Oh extendió sus alas y alzó el vuelo, emprendiendo el camino hacia un destino desconocido para ellos.

Volar con un legendario generaba una sensación indescriptible, lo más aproximado sería decir que estar sobre él era como sentir butterfree en el estómago constantemente. Su aura envolvía todos los sentidos y era un poco difícil fijarse en el paisaje, pues lo único que podían captar era la fuerza y el poderío que emanaban del pokémon. Débora acarició su suave plumaje y echó la vista atrás al darse cuenta de que iba dejando una estela con el color del arco iris conforme se iba alejando de la torre. Al hacerlo vio que algunos pokémon intentaban perseguirlos pero en cuanto entraban en contacto con la estela sacudían la cabeza y se miraban confundidos, como si no supieran muy bien donde se encontraban y qué estaban haciendo. Débora se animó al ver aquello, pensando que si volaban alrededor de Johto solucionarían el problema y que ese era el plan de Ho-Oh, pero tras un rato vio que si los pokémon se alejaban de la estela volvían a quedar bajo la influencia de las ondas al cabo de unos minutos. Aquel podía ser un parche que les podía dar algo de tiempo pero si querían solucionar realmente el problema debían encontrar su raíz e ir a por ella con todo lo que tenían.

Débora volvió a mirar al frente cuando aquella vista dejó de interesarla y entrecerró los ojos cuando vio algo extraño a lo lejos. Lance también lo notó, al igual que Morti, y los tres se inclinaron inconscientemente hacia adelante para poder verlo mejor.

—¿Pero qué…? —murmuró el líder de Ciudad Iris mientras intentaba identificar aquello. Un gran aura morada y rosácea sobresalía en el horizonte, en el centro de Ciudad Trigal, y a pesar de la distancia a la que se encontraban los cuatro podían sentir la energía que salía de ella. Fuera lo que fuera se notaba que era algo muy importante y enseguida se dieron cuenta de que era ahí hacia donde Ho-Oh se dirigía.

No fue hasta que entraron en la capital cuando vieron perfectamente de qué se trataba. Aquella fuente de energía envolvía por completo la Torre Radio como si se tratara de una cápsula que la aislaba del mundo exterior. Ho-Oh aterrizó encima de esta y extendió sus alas para calmar a los pokémon que había alrededor y darle un respiro a los habitantes de la ciudad, que miraron y señalaron al ave con una mezcla de sorpresa, temor y alivio.

—¿Qué es esto? —preguntó en voz alta el Campeón mientras se bajaba de un salto. Le dio un par de pisotones bien fuertes al campo de energía y este vibró un poco, pero no pareció agrietarse ni siquiera un poco bajo sus pies.

—Una barrera protectora muy, muy poderosa —respondió Morti mientras bajaba también. Frunció el ceño al agacharse y acariciar la superficie delicadamente con sus dedos.

—¿Cómo de poderosa? —preguntó Débora mientras daba un salto para ponerse al lado de los dos. Morti dejó la mano en el campo de energía un rato más y cuando se consideró satisfecho con su análisis la retiró.

—Mucho. El pokémon que la ha hecho está al mismo nivel que un legendario, de hecho podría tratarse de un legendario —contestó cruzándose de brazos—. Olvidaros de usar a nuestros pokémon, esto está fuera de nuestro alcance. Sus movimientos no le harían ni un mísero rasguño.

—Espera, has dicho que el pokémon que lo ha hecho está al mismo nivel que un legendario, y hay uno que está de nuestro lado —indicó Lance mientras señalaba a Ho-Oh—. Podríamos pedirle que acabe con ella.

Morti miró a Ho-Oh y él miró a los alrededores, vigilando que al menos todo lo que entrara en su campo de visión se encontrara bajo control.

—Sí, puede, pero me temo que acabaría con Ciudad Trigal en el proceso. La mitad si somos optimistas, el ataque que tendría que usar para destruirla por completo sería devastador —dijo mientras negaba con la cabeza—. Debemos encontrar la forma de debilitarla para que baste con un ataque concentrado y controlado-

Una exclamación ahogada de sorpresa interrumpió a Morti e hizo que los dos hombres miraran a Débora. Ella se tapó las dos manos con la boca y después se acercó a su primo con urgencia.

—Las ondas, los dragones. ¡Ciudad Endrino! —gritó ella mientras le golpeaba el pecho repetidamente— ¡La Guarida Dragón! ¡El abuelo! ¿Pero qué estamos haciendo nosotros aquí? ¡¿Sabes lo que puede significar que tantos dragones se descontrolen?! ¡Eso puede ser un hervidero de caos, violencia y destrucción! ¡La ciudad puede quedar en ruinas!

—Tranquila, Débora —trató de calmarla Lance, aunque él no se veía menos agitado que ella. Logró que ella dejara de pegarle y solo para asegurarse de que no volvía a entrar en pánico le agarró con suavidad los brazos y la retuvo lo mejor que pudo—. Recuerda que Ciudad Endrino está rodeada de montañas y la Guarida Dragón está bajo tierra, las ondas no llegarán tan fácilmente a los dragones.

—Vaya, quién lo diría. ¡Tener una pésima señal que nos deja incomunicados de vez en cuando al fin nos va a ser útil y todo! —exclamó sarcástica mientras se apartaba de él bruscamente. Después se cruzó de brazos y comenzó a patalear— No me voy a quedar tranquila, Lance, y sé que tú tampoco. ¡No puedo dejar mi ciudad desatendida durante una crisis así! ¡Tengo que llegar allí como sea!

Lance abrió la boca para intentar decir algo pero antes de que se le ocurriera el qué Ho-Oh gritó al cielo, atrayendo la atención de los tres entrenadores. Tuvieron que pasar unos segundos para entender lo que había ocurrido y cuando lo vieron tardaron un poco en creérselo, pues fueron testigos de como un enorme perro de pelaje marrón que parecía expulsar humo de su espalda acudió a la llamada del ave. Entei trepó por la barrera hasta situarse en lo alto de la misma y justo delante de Débora, mirándola a la espera de recibir órdenes. Los dos domadragones se quedaron boquiabiertos, tratando de asimilar qué estaba sucediendo.

—Tu transporte —dijo Morti casualmente, que se había mantenido ajeno a la conversación de los primos hasta ese momento. Débora asintió al salir de su estupor y se acercó rápidamente al pokémon, pues su preocupación era mucho mayor que su sorpresa.

—Gracias, muchas gracias —repitió varias veces mientras se subía a los lomos del perro. En cuanto se hubo agarrado bien este se fue tan rápido como vino, llevando a la líder a su amada ciudad y dejando a los dos hombres solos.

—Bien, una cosa menos. Ahora tenemos que centrarnos en esto —dijo Lance poniendo su atención en la barrera. Se llevó una mano a la barbilla y se quedó pensando durante unos minutos, hasta que una bombilla se le encendió e iluminó su rostro—. ¿Mento te sería de ayuda? —La cara de Morti también se iluminó al oír el nombre del integrante del Alto Mando.

—Sí, podría ser de gran ayuda. Seguro que con sus poderes solucionamos esto mucho antes, eso o nos ayuda a pensar un buen plan —Lance asintió y miró a Ho-Oh, que le devolvió la mirada con curiosidad.

—Necesito tu ayuda, por favor —pidió alzando la Poké Ball de Dragonite. El ave asintió y Lance sintió como una energía revitalizadora acariciaba su mano al envolver la Poké Ball de su pokémon. Cuando esta cesó abrió la cápsula y de ahí salió su pokémon, más fuerte y radiante que nunca. Hizo un grito de guerra y posó para demostrar que se sentía tan bien como se veía y Lance sintió que la alegría le embargó en aquel momento.

—¡Dragonite! —El Campeón no pudo evitar darle un gran abrazo a su pokémon en cuanto vio que se encontraba en perfecto estado. El dragón emitió un sonido alegre y trató de devolverle el gesto lo mejor que pudo con sus diminutos brazos, creando una escena tierna y jocosa—. Menos mal. Espero que entendieras la situación y por qué hice lo que hice —Los dos se separaron y Dragonite asintió. Lance le acarició con una dulce sonrisa y tras estar un rato mimándole se colocó detrás de él—. Por desgracia el deber nos llama como siempre, amigo, y ahora no tenemos ni un segundo que perder. Rápido, ¡rumbo a la Liga!

Lance se subió a los lomos de Dragonite y él emprendió el vuelo en cuanto su entrenador se aferró a él. Morti vio como se fueron convirtiendo en un punto pequeño en el cielo hasta que finalmente desaparecieron en el horizonte. Se había quedado solo con Ho-Oh, que seguía vigilando los alrededores para detectar a tiempo cualquier posible amenaza externa que pudiera atacarlos. El poder y la seguridad que rebosaba el ave lograron calmar sus nervios, pues si ella se encontraba así era porque de momento no iban muy mal. Se sentó en la barrera y se secó el sudor de la frente, decidido a aprovechar los minutos que quedaban hasta la llegada de Mento para descansar y reponer fuerzas, porque sabía que las iba a necesitar. En ese momento solo le quedaba esperar; la suerte estaba echada.