Rinmy Taisho: Me alegro! A ver que te parece este :)

Ferchis-chan: Muchas gracias! ^^ Todavía queda mucha intriga por delante! jaja


Capítulo Cuatro

Al acecho


Inuyasha fue capaz de seguir el consejo de su hermano y resistió las ganas de salir del bosque, aunque era raro el día que no se acercaba a los límites, siguiendo el olor que esa humana dejaba al estar tan cerca.

Parecía que pasaba por el mismo sitio a la misma hora, tanto por la mañana como por la tarde, aunque a veces iba acompañada por otras hembras de su especie.

Y siempre se quedaba un momento mirando hacia el bosque, justo al lugar donde él estaba escondido entre las ramas para observarla. Sabía que con su penosa visión humana jamás podría descubrirlo, pero se sentía incómodo cada vez que veía sus ojos marrones contemplando los árboles con tanta curiosidad.

¿Sería ella capaz de sentir su presencia?

Inuyasha frunció el ceño y sacudió la cabeza, mirando como esa chica se alejaba por el mismo camino de todos los días.

Clavó una de sus garras en la corteza del árbol y la movió, dejando cuatro surcos en ella. Estaba deseando poder hacer eso en la garganta de aquella humana.


Últimamente, cada vez que pasaba por la esquina desde la que podía ver una parte del bosque prohibido, Kagome sentía un pequeño escalofrío al mirar hacia los árboles. La sensación extraña de siempre seguía ahí, como si algo la estuviera llamando desde dentro de aquel lugar tan misterioso.

Cerró los ojos y negó con la cabeza. Seguramente se debía a la pesadilla tan horrible del día de su cumpleaños. Por suerte habían pasado semanas y no había soñado otra vez con eso, pero cuando se iba a dormir recordaba aquellos ojos y temía volver a verlos en sus sueños.

Kagome subió la escalinata de piedra del templo y entró en casa, escuchando la voz de su madre.

—¿Qué tal ha ido tu último día de clase?— preguntó la mujer, asomándose al pasillo.

—Bastante bien— reconoció ella, sonriendo mientras dejaba sus cosas junto a la puerta.

Su madre también sonrió y volvió a entrar en el comedor. Allí estaban su hermano y su abuelo terminando de preparar la cena. Kagome se unió a ellos y puso la mesa.

—¿Entonces ahora estás de vacaciones?— preguntó Sota muy sonriente.

—Solo una semana, pronto empezarán los exámenes finales y tengo mucho que estudiar— respondió Kagome, sirviendo comida en su plato.

—Ya no vas a volver a tener más clases, me das envidia— murmuró él, suspirando.

—Eso si consigo aprobar todo, pero como suspenda alguna tendré que repetir la asignatura.

—Bobadas, nunca has suspendido— dijo su abuelo, sentándose a su lado.

Ella sonrió levemente y siguió comiendo.

—¿Cuándo será la graduación?— preguntó su madre.

—Después de todos los exámenes, en verano.

—¿No vas a celebrar que has terminado las clases en la universidad antes de empezar a estudiar?— preguntó Souta mientras masticaba.

Kagome lo miró con los ojos entrecerrados y resopló al ver que seguía masticando con la boca abierta.

—Sí, de hecho hemos quedado en salir a tomar algo después de la cena— contestó, buscando la mirada de su madre.

—Me parece bien, Kagome. Pero si vuelves muy tarde pide un taxi, no me gusta que vengas andando sola de madrugada.

Ella asintió y sacó su teléfono del bolsillo, preguntando a sus amigas por el lugar donde íban a quedar. Eri fue la primera en responder, diciendo que pasarían por su calle para recogerla en una hora.

—¿Puedo ir con ella?— preguntó su hermano.

Kagome suspiró y lo miró a los ojos.

—Vamos a ir a una discoteca para adultos, Souta. Cuando cumplas dieciocho podrás venir conmigo.

Él frunció el ceño y se cruzó de brazos, pero su abuelo le distrajo con una pregunta sobre videojuegos y Kagome se libró de que insistiera en acompañarla.

Subió las escaleras hasta su habitación y, tras darse una ducha, se puso un vestido rojo que era de sus favoritos y se maquilló un poco, resaltando sus ojos con máscara y delineador.

Cuando vio la hora en el reloj de su habitación, maldijo en voz baja y corrió hacia la puerta de entrada. Se colocó unas sandalias con tacón y, tras coger su bolso y una chaqueta, salió despidiéndose de su familia en voz alta.

Al final de la escalinata de piedra la esperaban seis personas, entre ellas sus tres mejores amigas. Kagome resopló al ver que también estaba Hojo, un compañero de la universidad que llevaba más de un año intentando tener una cita con ella.

Lo saludó a él y a los demás. Los otros tres chicos también eran de su facultad.

Los siete caminaron durante un buen rato hasta llegar a una de las discotecas que estaba más de moda en Tokio, dejaron sus chaquetas en el ropero y entraron en la sala central. Estaba llena de gente de su edad que se movía al ritmo de la música.

Sus amigas se rieron al ver el ambiente y Eri la sujetó del brazo, acercándose con ella a la barra para pedir algo.

Hacía más de dos semanas de su última salida y se merecían desconectar un poco, por lo que Kagome también se relajó y pidió una copa como ellas. Cuando les sirvieron a todos, fueron hasta el centro de la pista y empezaron a bailar.


En cuanto el último rayo de sol se ocultó tras las montañas, Inuyasha volvió a sentir un hormigueo mientras su cuerpo se transformaba en humano.

Ya había ocultado su kimono y su espada en las raíces de un árbol, por lo que escaló la valla de metal y saltó al otro lado, asegurándose que nadie le viera hacerlo.

Volvió a sujetar su larga melena negra en una coleta y se colocó bien la camisa azul que llevaba esa noche. Según había visto, los machos humanos no solían tener el pelo largo. Los pocos que lo tenían no lo llevaban suelto y quería camuflarse lo mejor posible.

Soltó un bufido al mirar hacia el cielo, donde no había ni rastro de la luna... pero, aun sin sus poderes demoníacos, podía sentir la presencia de esa humana bastante cerca.

Siguió su instinto y no tardó en llegar hasta las escaleras de lo que parecía ser un antiguo templo. Inuyasha se ocultó trás un muro y vio como ella bajaba la escalinata y saludaba a otros seis humanos, que parecían estar esperándola.

Empezaron a caminar y él les siguió, manteniendo la distancia para que no le descubrieran pero sin perderlos de vista.

Aunque fuera humano, seguía percibiendo su aroma y eso le ponía de los nervios. Ella olía demasiado bien, y no le gustaba nada lo que eso le hacía sentir.

Según había escuchado decir a los yōkai, el olor de una compañera resultaba irresistible y por eso era tan fácil reconocerla.

Después de su padre, él era el primero que tenía la mala suerte de encontrarla fuera de su especie. Preferiría ser como Sesshomaru y seguir sin compañera a tener que soportar la humillación del resto de demonios cuando se enteraran de que la suya era una estúpida humana.

No, Inuyasha se aseguraría de que nadie lo supiera nunca. Acabaría con ella esa misma noche, aunque intentaría que fuera lo más rápido posible... tampoco quería hacerla sufrir, ella no tenía la culpa y él no era un asesino sin corazón.

Sacudió la cabeza con rabia. En su forma humana era demasiado emocional y lo odiaba. No podía dejar que siguiera existiendo, su olor y su presencia eran como un imán y no estaba dispuesto a vivir así, deseando estar cerca de ella a cada momento.

Vio que entraban en la parte baja de un edificio y frunció el ceño. Seguramente necesitaría pagar para poder colarse allí, y no sabía si tendría suficiente. Inuyasha todavía no entendía muy bien el valor del dinero. Se colocó en la cola junto a los demás humanos, escuchando los suspiros de varias chicas mientras lo miraban y se preguntaban de dónde había salido.

Las ignoró y, tras pagar la entrada, consiguió llegar hasta la sala central. Había música y los humanos bailaban como si se hubieran vuelto locos, restregándose entre ellos y algunos incluso cantaban a gritos.

Inuyasha torció los labios con una mueca y observó a su alrededor, reconociendo a la humana en el centro de la sala.

—Feh— bufó con desprecio y se acercó a una de las barras, apoyándose en ella.

Todos esos humanos comportándose así le parecían unos idiotas.

—¿Quieres tomar algo?— preguntó una chica que estaba tras la barra, mirándolo con interés.

Inuyasha la observó de reojo sin saber que contestar.

—¿Qué tienes?

Ella abrió mucho los ojos, sorprendida ante la pregunta.

—Tengo cerveza, sake, whisky, ron, vodka...— dijo, señalando las botellas que había en la pared.

—Cerveza está bien— murmuró él, desviando la mirada hacia donde estaba su presa.

Unos segundos después sintió un golpecito en el hombro y, al girarse, la chica le alargó una pequeña botella.

—Son quinientos yenes.

Inuyasha volvió a bufar y sacó varios billetes de uno de los bolsillos, dándoselos a ella. La chica le devolvió el cambio y se alejó para atender a otro hombre que estaba llamándola.

Él olisqueó la cerveza y le dio un trago con desconfianza. Lo único que había probado dentro del bosque era el sake, pero aquello sabía bien y tenía burbujas. La comida y bebida humana le seguían sorprendiendo.

Volvió a fijar la vista en la chica a la que le quedaba poco de vida y suspiró. Al menos estaba disfrutando con sus amigos de su última noche. Uno de los humanos estaba hablando con ella muy cerca de su oído, y por el gesto de su cara parecía estar incómoda.

Inuyasha entrecerró los ojos, pensando en lo que podía hacer para acercarse a ella. Aunque fuera humana también tenía que sentir algo al verlo, al fin y al cabo él era su compañero destinado. Pero, de repente, esa chica giró la cabeza y lo miró. Sus ojos se abrieron mucho al verlo y vio que sus mejillas se sonrojaban.

Inuyasha sonrió de lado. Parecía que llamar su atención no iba a ser tan complicado como él pensaba.


Hojo no la dejaba en paz, Kagome estaba empezando a cansarse de él demasiado pronto. Empezó a preguntarle al oído cuándo iba a aceptar salir con él y ella puso los ojos en blanco, suspirando mientras bebía otro sorbo de su gintonic.

¿No se pensaba rendir nunca? Ya no sabía cómo decirle que no estaba interesada. Era demasiado bueno y tranquilo para su gusto, Kagome todavía no había salido con nadie porque el cuerpo le pedía otra cosa, alguien que hiciera cosas diferentes y fuera apasionado, tan intenso que resultara hasta algo peligroso...

Contuvo el aliento al mirar hacia un lado y ver a un chico que estaba apoyado de espaldas en una de las barras. Él no le quitaba los ojos de encima, y le dedicó una sonrisa torcida al ver que ella también lo estaba mirando.

Los ojos oscuros de aquel chico brillaban con las luces de la discoteca. Llevaba unos vaqueros claros y una camisa que marcaba todos los músculos de su cuerpo, hasta los de sus brazos. Tenía el pelo negro y muy largo, recogido en una coleta, y unas cejas del mismo color muy espesas que le daban una expresión enigmática.

Kagome tragó saliva, sintiéndose cada vez más nerviosa porque él no dejaba de mirarla fijamente. Hojo seguía hablando, pero ella ya ni escuchaba su voz, hasta la música parecía haber desaparecido... las demás personas se difuminaron, solo podía verlo a él y algo la empujaba a acercarse y hablarle, quería saber su nombre.

Se mordió el labio inferior y apartó la mirada un segundo, concentrándose en su bebida para intentar calmarse. Nunca se había sentido así al ver a un chico, y jamás se plantearía hablar con uno al que ni siquiera conocía. Aquello no era normal.

Cuando volvió a mirar de reojo hacia donde él estaba, se estremeció al ver que estaba caminando en su dirección. Sus ojos no se desviaban de los de ella y estaba claro que venía en su busca.

Kagome decidió que lo mejor era alejarse un poco de sus amigos. No quería que la vieran nerviosa y ruborizada cuando aquel chico se acercara.

—Ahora vuelvo— dijo a Hojo, que suspiró y se apartó.

Kagome volvió a mirar al chico misterioso y dio unos pasos hacia él, sintiendo como los latidos de su corazón se aceleraban y le retumbaban en los oídos.

Él se acercó más y, de repente, sintió que su sangre se congelaba al tener la misma sensación que en su pesadilla. Una parte de su mente le decía que tenía que conocerlo, pero otra empezó a gritar que se alejara cuanto antes. Kagome se llevó una mano a la frente y cerró los ojos, suspirando y tratando de no hacer caso a su conciencia.

—¿Estás bien?

Ella abrió los ojos de golpe al escuchar esa voz grave, y se encontró con el cuello de una camisa azul justo enfrente. Levantó la vista y ahí estaban esos ojos oscuros que le habían dejado sin aliento.

—Sí, supongo que el ambiente está un poco cargado— respondió, felicitándose a sí misma al ser capaz de hablarle con normalidad.

Kagome sonrió con timidez y volvió a respirar al ver que él correspondía a su sonrisa.

—¿Cómo te llamas?— preguntó el chico, alzando una ceja.

—Kagome.

—Yo soy... Inuyasha— dijo él, parecía haber tenido que pensar su nombre.

—¿No recuerdas tu nombre o es que pensabas decirme uno falso?— contestó ella con algo de rabia.

—Tal vez... pero he decidido que sepas el verdadero— murmuró Inuyasha, mirándola intensamente.

Sus palabras activaron todas sus terminaciones nerviosas y un impulso eléctrico recorrió la espalda, aunque Kagome consiguió disimular bebiendo un sorbo de su bebida.

—Dime, ¿cuántos años tienes?— volvió a preguntar Inuyasha.

—Veintidós, ¿y tú?

Otra vez le dio la impresión de que él pensaba su respuesta demasiado.

—Supongo que tengo unos veinticinco años.

Kagome frunció el ceño, confundida.

—¿Supones?

Él le dio un trago a su cerveza sin dejar de mirarla.

—Estoy intentando ponerte nerviosa... Sí, tengo veinticinco. ¿Demasiado mayor para ti?

—No... no es demasiado— respondió ella, sonrojándose violentamente.

Era muy directo, pero a Kagome no le molestaba en absoluto. Se sentía increíblemente atraída hacia él, y acababa de conocerlo... ¿Cómo era posible? A lo mejor de tanto estudiar se había vuelto loca. Sí, tal vez era eso.

—¿Vienes mucho por aquí?— preguntó Inuyasha al ver que ella no le decía nada.

—A veces... vengo con mis amigas cuando tengo tiempo libre.

Él miró de reojo hacia donde estaban Eri, Ayumi y los demás, y después volvió a observarla a ella. Se inclinó y le habló al oído.

—Pues a mí me gusta más ir al bosque prohibido.

Kagome no pudo evitar soltar una exclamación de sorpresa y se llevó una mano a la boca.

—¿Has estado dentro?— preguntó en voz baja.

Inuyasha seguía inclinado y sus rostros estaban muy cerca.

—Muchas veces, Kagome. ¿Tú no?

Ella negó con la cabeza y los labios de Inuyasha se curvaron con una sonrisa traviesa.

—¿Quieres ir?

Kagome levantó las dos cejas, completamente sorprendida.

—¿Lo dices en serio?

—Pues claro, yo iré después y si quieres puedes acompañarme— dijo él, volviendo a incorporarse y bebiendo un poco más de su cerveza.

Kagome miró hacia atrás, buscando a su grupo de amigos con nerviosismo.

—Mejor no. No voy a ir con un desconocido a ningún sitio, y menos a uno tan peligroso.

—¿Te estoy incomodando?— preguntó él, frunciendo el ceño al ver hacia donde estaba mirando.

Kagome fijó su vista en él y sacudió la cabeza, consiguiendo que volviera a sonreír.

—¿Y si me conocieras más? ¿Vendrías conmigo al bosque?

Inuyasha ladeó la cabeza tras su pregunta y ella no pudo evitar corresponder a su sonrisa.

—Tal vez... la verdad es que siento mucha curiosidad, y cada vez es peor... me muero por saber qué es lo que pasa ahí dentro y si lo que dicen es verdad— admitió, acercándose un poco más para que pudiera escucharla.

—Yo he entrado en el bosque más de veinte veces y nunca he visto nada. Cuando quieras iré contigo— respondió él, tan cerca que su aliento rozó la piel de su cuello.

Kagome asintió y escuchó la voz de su amiga Yuka, llamándola.

—¿Te apetece quedarte un rato con nosotros?— preguntó, contemplando los ojos oscuros de Inuyasha.

Vio una chispa en ellos y sus labios se torcieron hacia abajo durante un segundo, pero fue tan rápido que no estaba segura de si se lo había imaginado.

—De acuerdo— aceptó él, caminando junto a ella hasta que llegaron a donde estaban sus amigas.

—¿Quién es tu nuevo amigo, Kagome?— preguntó Ayumi, mirando a Inuyasha con atención.

—Me llamo Inuyasha— dijo él antes de que ella pudiera presentarle.

Todos le dijeron sus nombres y Kagome notó que Hojo lo miraba de arriba a abajo con mala cara.

La noche avanzó, Inuyasha la invitó a una copa y ella pagó su siguiente cerveza.

Cuando sus amigas se acercaron para decirle que ya se iban a marchar, Kagome se sorprendió. El tiempo se le había pasado muy rápido al lado de ese chico.

Había intentado bailar con él, pero Inuyasha se había negado, bufando y diciendo que no le gustaba. También le preguntó por sus amigos y él le dijo que estaba solo, llevaba poco tiempo en la ciudad y no conocía a nadie. Aquello le extrañó y Kagome se sintió mal por él. Estar en Tokio sin tener amigos ni familia tenía que ser muy duro.

Cuando salieron de la discoteca él estaba a su lado, murmurando algo de que ya mismo saldría el sol y debía marcharse a casa.

Una vez en la calle, sus amigas se despidieron de ellos dos y se marcharon. Eri le guiñó un ojo y Ayumi, que a veces le recordaba demasiado a su madre, le pidió que volviera a casa en taxi. Hojo se ofreció a acompañarla pero Kagome lo rechazó.

Inuyasha tenía los brazos cruzados y arrugó la nariz mientras observaba cómo se marchaban todos.

—¿Tú no vives en esa dirección?— preguntó Kagome, señalando a sus seis amigos a lo lejos.

Él negó con la cabeza y ella se estremeció cuando giró el rostro en dirección a su templo.

—Vivo por allí, si quieres te acompaño a casa.

Kagome se mordió el labio inferior de nuevo. No le parecía buena idea irse sola con él... seguía siendo un completo desconocido y a lo mejor tenía malas intenciones.

Inuyasha volvió a mirarla y le dedicó una sonrisa burlona.

—¿No te fías de mí?— cuestionó, alzando una ceja.

—No sé si debería... apenas nos conocemos.

Había bastante gente por la calle y era viernes. Aunque fuera un mal chico, no se atrevería a hacerle nada si tenían a otras personas cerca... y además, esa sensación rara le decía que él era alguien especial, que no se alejara todavía.

Inuyasha la seguía observando con ojos interrogantes. Kagome suspiró y desvió la mirada.

—Está bien... iremos juntos, prefiero ahorrarme el dinero del taxi.

Él volvió a sonreír y colocó su mano en la zona más baja de su espalda, haciendo que ella se ruborizara por completo.

—Vamos— murmuró, empujándola un poco y empezando a caminar.