Ferchis-chan: Muchos besos también para ti! Aquí tienes la continuación

nefilimgrey: En Ao3 lo estoy subiendo también, pero en inglés. En esa plataforma hay pocos lectores españoles así que por ahora no tengo pensado subirlo en español. Creo que ya vi algún comentario tuyo en Ao3 jaja

Rimny Taisho: Gracias!


Capítulo Cinco

Cambio de planes


Maldición... conseguir que Kagome lo siguiera hasta el bosque no iba a ser tan sencillo como Inuyasha imaginaba. Aunque los humanos no fueran tan inteligentes como los demonios, ella no era tonta, y no pensaba marcharse con él por mucho que sintiera la conexión.

Se planteó llevarla por la fuerza. Aunque esa noche fuera humano, sabía que era mucho más fuerte que ella y podría arrastrarla hasta allí... pero seguro que chillaría y se defendería, llamando la atención del resto de humanos y obligándolo a soltarla.

Y, después de eso, estaba seguro de que ya no conseguiría que volviera a confiar en él y sería imposible hacer que ella entrara en el bosque.

Inuyasha frunció el ceño e ignoró a su conciencia, que se estaba quejando de que ese humano llamado Hojo se ofreciera a acompañar a Kagome hasta su casa. Se notaba que estaba interesado en ella, pero por lo visto no era mutuo.

Sonrió en su interior al pensar en que, ahora que ella lo había conocido... ese pobre humano ya no tenía nada que hacer. Desde el momento en que Kagome lo vio, ya no sería capaz de pensar en otro hombre que no fuera él.

La magia de la atracción estaba ahí, le molestaba pero él también la sentía... al fin y al cabo estaban destinados a ser compañeros, no podía evitar esos sentimientos y menos en su forma humana, cuando se volvía mucho más sensible.

Y por eso no le agradaba la idea de tener que esperar otro mes para matarla. Cuanto más tiempo pasara, más difícil le resultaría.

Su color de ojos le llamaba la atención, de un marrón muy claro que parecía brillar cuando ella lo miraba. Su pelo era tan oscuro como el suyo en ese momento y desprendía gran parte de su aroma. Cada vez que Kagome lo movía, Inuyasha tenía que dejar de respirar para no desconcentrarse.

Su grupo de amigos empezó a alejarse y vio que ella estaba nerviosa, agarrando su bolso y mirándolo de reojo.

Kagome le preguntó si su casa no estaba en la misma dirección por la que se estaban marchando los demás y él negó con la cabeza. Tenía que seguir intentando convencerla, aunque ya se empezaba a intuir la luz del sol en el ambiente y le quedaba poco tiempo.

Hizo un gesto hacia donde sabía que estaba el templo del que la había visto salir, ofreciéndose a acompañarla, y la vio morderse el labio con nerviosismo. Por lo visto seguía sin confiar en él.

—¿No te fías de mí? —preguntó Inuyasha con tono burlón.

—No sé si debería... apenas nos conocemos.

Su respuesta le hizo apretar los puños para contener un gruñido. Odiaba que se resistiera a él con tanta facilidad.

La vio observar a su alrededor, fijándose en la gente que caminaba por las calles. Aunque fueran las cinco de la mañana, Tokio estaba llena de humanos jóvenes que salían de bares y discotecas entre risas, algunos bastante borrachos según pudo apreciar Inuyasha.

La miró levantando una ceja. Si no quería que fuera con ella, lo mejor era que se lo dijera ya para marcharse al bosque y volver a intentarlo en un mes. Kagome suspiró y apartó la mirada antes de hablar.

—Está bien... iremos juntos, prefiero ahorrarme el dinero del taxi.

Las comisuras de los labios de Inuyasha se curvaron hacia arriba y apoyó una mano en la parte baja de su espalda, empujándola suavemente para que empezara a caminar. Tuvo que contener una sonrisa burlona al ver que se ruborizaba cuando la tocaba. Si él había sentido un pequeño escalofrío, no podía ni imaginar lo que habría sentido ella que era completamente humana.

—Vamos —murmuró, dirigiéndose hacia la calle de enfrente.

Kagome no tardó en apartarse y él apretó los labios cuando su mano dejó de rozar la tela de su chaqueta negra, pero no hizo ningún comentario. Ella caería en su trampa. Tal vez tardaría más de lo que esperaba, pero sabía que al final no podría resistirse.

—¿Entonces vas a ir al bosque ahora? —preguntó Kagome con la voz llena de curiosidad.

—Sí, estaré unas semanas fuera de la ciudad y quiero volver a visitarlo antes de irme —respondió Inuyasha, estando pendiente de su reacción.

Kagome frunció un poco el ceño y volvió a desviar la mirada, como si le molestara saber que se marchaba a otro lugar.

—Ya veo —murmuró, suspirando.

—Cuando regrese a Tokio me gustaría volver a verte, Kagome —susurró él, acercándose más a ella.

Kagome lo miró, algo sorprendida y sonrojada, y sonrió.

—¡Claro! A mí también me gustaría volver a verte, Inuyasha. Por cierto, tienes un nombre muy curioso... ¿sabías que significa perro demonio? —preguntó, levantando una ceja.

Ay, humana... si ella supiera...

Inuyasha se encogió de hombros para quitarle importancia, ignorando el pequeño nudo que se le había formado en el estómago al escucharla decir su nombre.

—Feh, supongo que mis padres tenían gustos extraños —murmuró en voz baja.

Ella se rio y ese sonido le gustó, provocando que su cuerpo se tensara. Kagome tenía que morir, no debía olvidar su objetivo.

Siguieron hablando hasta que llegaron a la escalinata de piedra que la había visto bajar unas horas antes, deteniéndose.

—Esa es mi casa —dijo ella, señalando hacia lo alto de las escaleras.

—¿Vives en un templo?

—Sí, es de mi familia desde hace generaciones.

Inuyasha metió las manos en los bolsillos de su pantalón y apretó la mandíbula al darse cuenta de que faltaba muy poco para el amanecer.

—Bueno, Kagome... ya nos veremos —murmuró, dando media vuelta para ir hacia el bosque.

—¡Espera!

Inuyasha miró sobre su hombro. Ella no se había movido y tenía las mejillas sonrojadas.

—¿No me vas a dar tu número? —preguntó en voz baja.

Él frunció el ceño y volvió a acercarse a ella.

—¿Número? —repitió, confundido.

Kagome sacó algo rectangular de su bolso y se lo mostró.

—Sí, tu teléfono... si no me lo das, ¿cómo vamos a volver a vernos? —cuestionó, sonriendo con timidez.

¿Teléfono?

Esa cosa se iluminó e Inuyasha comprendió que sería un objeto que los humanos utilizaban para comunicarse unos con otros. Necesitaba conseguir uno antes de entrar en el bosque, por suerte aún le quedaba bastante dinero.

—Mmm... Mejor me das tú el tuyo —respondió, dejando de mirar el teléfono para fijarse en sus ojos marrones.

—¿Dónde lo vas a apuntar? ¿No llevas el tuyo encima?

Él negó con la cabeza y torció los labios, sin saber qué hacer.

—Espera... creo que tengo un bolígrafo en el bolso —añadió ella, rebuscando en el interior.

Sacó algo muy parecido a las plumas que tenía Sesshomaru en su palacio y extendió una de sus manos hacia él.

—Dame tu mano —pidió con voz temblorosa.

Inuyasha se la dio algo inquieto, sin entender lo que pretendía. Ninguno de los dos estaba preparado para el cosquilleo eléctrico que les recorrió todo el cuerpo cuando sus pieles entraron en contacto.

La vio disimular, acercando el bolígrafo a la palma de su mano y empezando a escribir números.

—Ahí tienes, espero que me llames —dijo, volviendo a guardarlo en su bolso y tocándose el flequillo con los dedos.

—Lo haré —afirmó Inuyasha, asintiendo en su dirección.

Volvió a girarse y, tras caminar unos metros, miró hacia atrás y vio que ella seguía a los pies de la escalinata. Kagome agitó una mano en señal de despedida y él la imitó, viendo cómo empezaba a subir las escaleras.

Inuyasha bufó y empezó a andar más rápido. Necesitaba encontrar una tienda abierta donde vendieran uno de esos teléfonos y largarse al bosque cuanto antes. No le costó trabajo dar con una, Tokio era una ciudad enorme y a todas horas había negocios abiertos.

Sonrió al llegar a la valla a tiempo. Tras comprobar que no había humanos cerca se agarró a ella y trepó, saltando al otro lado.

Su cuerpo ya estaba cambiando cuando llegó hasta las raíces del árbol donde había ocultado sus cosas. Soltó su larga melena y la vio caer sobre sus hombros, tan blanca como siempre.

Sacó el teléfono de su bolsillo con cuidado, intentando no romperlo con sus afiladas uñas.

El hombre de la tienda le había explicado cómo funcionaba, incluso guardó el número de Kagome en la agenda y le enseñó cargadores solares cuando Inuyasha le explicó que no tendría acceso a la electricidad en el lugar al que iba. Conectó el teléfono como él le había enseñado y se encaramó a lo alto del árbol, dejando que la luz del sol diera en el pequeño panel solar.

Enseguida vio que salía un mensaje en la pantalla, anunciando que estaba cargando.

Inuyasha levantó una ceja y empezó a moverse por el menú, siguiendo las instrucciones del humano. No tardó en encontrar el contacto de Kagome, y también estaba en la aplicación que él le había ayudado a descargar, explicándole que los jóvenes la usaban para hablar entre ellos.

Esperaba haberle metido suficiente saldo, el hombre le dijo que le duraría por lo menos un mes. Ese era el tiempo que tardaría en volver a encontrarse con ella, en la siguiente noche tenebrosa... y esa vez conseguiría que le acompañara al bosque y terminaría con su suplicio al fin.


Cuando Kagome se despertó, se llevó las manos a la cara y suspiró.

Había soñado con Inuyasha toda la noche (o más bien toda la mañana, porque cuando se acostó eran casi las seis) y se había despertado justo cuando estaba a punto de besarla.

Sacudió la cabeza y se incorporó. Todavía no entendía lo que le había pasado con él, nada más verlo le había gustado de una forma rara. Casi le pareció enfermizo que un desconocido pudiera atraerle tanto.

Y su voz... su voz le provocaba escalofríos.

Pero lo peor había sido cuando le tocó la espalda. Kagome tenía el vestido y la chaqueta entre la piel y su mano, pero aun así había sentido una especie de llama encendiéndose en su interior.

Si había experimentado eso... ¿qué pasaría si Inuyasha le acariciaba la piel directamente, sin ropa de por medio? ¿Y si la besaba?

Entonces recordó que ella había tocado su mano para escribir su número y fue como si un estallido eléctrico la recorriera por completo.

Kagome suspiró, peinándose con los dedos. Lo mejor era no pensar en eso, Inuyasha se marchaba ese mismo día y no volvería a verlo en semanas, se lo había dicho antes de irse.

Al levantarse y llegar hasta su escritorio, vio que la pequeña lucecita de su teléfono parpadeaba, señal de que tenía mensajes nuevos. Lo desbloqueó y entró en Whatsapp, resoplando al ver que tenía cincuenta mensajes nuevos en el grupo de sus amigas.

Las tres le hacían preguntas sobre Inuyasha, también querían saber si la había acompañado a casa y si había pasado algo entre ellos. Tenía tres mensajes de Hojo, preguntando si había llegado bien y cómo había dormido... pero lo que hizo que el corazón se le subiera a la garganta fue el mensaje que tenía de un número desconocido.

Hola, Kagome.

Entró en su chat y se fijó en que no tenía ninguna foto puesta.

¿Inuyasha?

Enseguida vio que estaba en línea y le contestaba.

El mismo.

Kagome sonrió y guardó su contacto en la agenda. Cuando se despidieron, no estaba muy segura de si volvería a saber de él.

¿Sigues en Tokio?

Justo me estoy marchando.

Ella torció los labios. No le gustaba no poder volver a verlo.

¿Cuándo volverás?

Más o menos en un mes. Te avisaré por si sigues con ganas de verme.

Kagome sonrió y negó con la cabeza, segura de que se moriría de ganas de verlo cuando volviera.

Claro que querré verte, aunque esto es un poco raro. Sé que nos conocimos ayer, pero siento algo extraño... como si te conociera de antes.

A mí me pasa lo mismo.

Se llevó una mano al rostro y sonrió como una idiota. Le costaba creer que ese chico tan guapo y misterioso estuviese hablando con ella, seguramente tenía a decenas de chicas suspirando por él. A lo mejor lo que quería era acostarse con ella y añadirla a su lista, para después buscar a la siguiente.

Pero, entonces... ¿Por qué no se lo había sugerido anoche? Ni siquiera intentó besarla y apenas la tocó, solo cuando la empujó un poco para que caminara a su lado.

Kagome tenía que dejarle claro que, si lo que buscaba era eso, con ella no iba a conseguirlo.

Oye, Inuyasha... no sé qué es lo que pretendes conmigo, pero si buscas algo rápido y fácil te aviso de que no soy ese tipo de chica, para que no pierdas tu tiempo.

Tardó un buen rato en darle a enviar. Le parecía demasiado brusco, pero necesitaba que lo supiera, para que la dejara tranquila si lo único que buscaba era sexo.

Tan solo quiero conocerte más, y enseñarte que las leyendas sobre el Bosque de los Yōkai son cuentos infantiles.

Kagome no pudo evitar reírse y sacudir la cabeza.

¿Lo dices en serio? Me cuesta creerte.

Pues claro, ya te dije que he entrado muchas veces ahí... y la próxima vez tú vendrás conmigo.

Kagome se estremeció y suspiró. Todavía temblaba al pensar en el bosque y en su pesadilla... pero con Inuyasha a su lado, seguramente se atrevería a explorarlo un poco y comprobar que todo era mentira. Si él estaba cerca, tenía la sensación de que no podría pasarle nada malo.

Por eso dejó que la acompañara a casa, su presencia le hacía sentirse protegida, a salvo... aunque no entendía por qué, la verdad.

En marzo tuve una pesadilla... soñé que estaba en el bosque y que algo me atacaba, intentando matarme.

Inuyasha tardó bastante en contestar.

Pues la mejor forma de que lo olvides es ver con tus propios ojos que allí no hay nada peligroso.

Lo pensaré, no sé si el mes que viene me atreveré a ir.

Ya te convenceré... Además, podemos hablar por aquí y conocernos mejor, así seguro que confías en mí lo suficiente como para acompañarme.

Kagome sonrió y escuchó ruidos en el piso de abajo. Seguramente su familia estaba preparando el almuerzo.

Ya veremos... Voy a comer, luego hablamos.

Si te enseño algo, ¿prometes que no se lo mostrarás a nadie más?

Kagome frunció el ceño, intrigada.

Te lo prometo.

Sus ojos se abrieron más al ver que Inuyasha le había enviado una imagen.

Al abrirla, se le escapó un pequeño grito cuando vio que era una fotografía del Bosque Prohibido. Resultaba fácil reconocer esos árboles, en Japón los únicos que eran tan antiguos estaban en ese bosque. Parecía ser de día y la luz del sol se filtraba un poco a través de las hojas, aunque estaba todo en bastante penumbra... tal como en su sueño, donde la luz de la luna apenas traspasaba los árboles.

Kagome amplió la imagen y lo observó todo mejor. No se veía nada aparte de los árboles y algunas plantas. Todo parecía muy húmedo y salvaje, como si el ser humano nunca hubiera estado en aquel lugar.

Sí, definitivamente era una foto del bosque de los demonios.

Su teléfono vibró al recibir otro mensaje de Inuyasha.

¿He despertado tu curiosidad?

Kagome contestó con dedos temblorosos.

¿En serio tienes fotos del bosque? ¿Cuándo las has hecho?

Tengo bastantes, pero no vas a ver más por ahora. Espero que cumplas tu promesa y no se la enseñes a nadie, no quiero que se sepa que he estado dentro.

Puedes confiar en mí, esto se queda entre nosotros.

Tú también puedes confiar en mí, Kagome. Ve a comer, luego hablamos.

Lo intentaré... hasta luego, Inuyasha. Y gracias por escribirme, pensaba que no lo harías.

¿Y por qué no iba a hacerlo? Anoche me llamaste la atención, supongo que lo notaste.

Kagome se ruborizó mientras le respondía.

Tú a mí también.

Esperó un minuto y, al ver que no contestaba, volvió a dejar el teléfono sobre la mesa y salió de su cuarto, bajando las escaleras en busca de su familia.


Tú a mí también.

No necesitaba que se lo dijera, Inuyasha había podido ver en sus ojos todo lo que ella sentía.

Y, si hubiera estado en su forma normal como ahora, también podría haber olido lo que experimentó al verlo. Miedo, excitación, nerviosismo, ansiedad, furia... cada emoción tenía un olor diferente que los demonios perro como él podían detectar, y estaba seguro de que los humanos también desprendían esos olores, seguramente con mayor intensidad que los yōkai.

Inuyasha ató el teléfono en el cinturón de su kimono rojo. Ya había hablado suficiente con ella por el momento y no quería congeniar demasiado con esa humana. Su objetivo seguía siendo matarla.

Resopló al recordar que ella había pensado que lo que él estaba buscando era un poco de sexo. Como si él tuviera esa necesidad tan primitiva, y menos por culpa de una estúpida humana.

Esperaba que, al haber compartido con ella una fotografía del bosque, empezara a confiar más en él... y con suerte estaría muerta de curiosidad para la próxima noche tenebrosa y querría acompañarlo.

Inuyasha siguió saltando de árbol en árbol, alejándose de la frontera entre sus mundos.

Cuando llegó a su cueva, sujetó el teléfono con una mano y lo miró. La pantalla decía que no tenía señal. Claro, la tecnología humana no podía llegar muy lejos de la ciudad. Cada vez que quisiera hablar con Kagome tendría que acercarse al borde, menuda pérdida de tiempo.

Resopló y dejó el aparato en una esquina de la cueva, donde tenía toda la ropa humana y la comida que había comprado en la ciudad. Se había pasado la mañana aprendiendo a manejarlo y la verdad es que parecía ser un objeto muy útil. Eso de poder hacer fotografías le gustaba.

—Ho... hola.

Al escuchar esa voz, Inuyasha sacó la espada de su vaina. La hoja se agrandó hasta triplicar su tamaño y él se giró, gruñendo y mostrando sus colmillos. La espada de su padre era mágica. Parecía una espada normal y corriente, incluso algo oxidada, pero en sus manos se transformaba en un arma mucho más grande y letal.

Buscó con la mirada al dueño de esa voz, haciendo una mueca al ver a un pequeño demonio en la puerta de la cueva. Parecía un niño humano, pero no lo era. Tenía orejas puntiagudas, una cola peluda salía de su pantalón y sus piernas eran patas de zorro.

—¿Quién eres y qué quieres? —preguntó, volviendo a guardar la espada.

Con sus garras podría acabar fácilmente con él, ese yōkai no suponía ningún peligro para alguien tan poderoso como Inuyasha. Él lo miró, con lágrimas brillando en sus ojos verdes.

—Acaban de asesinar a mis padres. Puedo oler que tú eres un híbrido, así que seguramente no querrás matarme... ¿me puedo quedar contigo?

—¡Feh! No soy una niñera, enano —murmuró Inuyasha con desprecio, volviendo a girarse.

Escuchó su llanto y puso los ojos en blanco mientras echaba agua caliente en un cuenco lleno de noodles instantáneos.

Murmuró una maldición entre dientes y se sentó cerca del fuego, mirando al yōkai zorro de reojo. Le recordaba demasiado a él, completamente solo y sin sus padres siendo tan joven.

—Ten —gruñó Inuyasha, alzando el cuenco hacia él.

El zorro se acercó y, tras olisquear lo que le estaba ofreciendo, se sentó a su lado y empezó a comer con muchas ganas. Inuyasha abrió un sobre de noodles y lo echó en otro cuenco, añadiendo agua caliente.

—Gracias —dijo el pequeño demonio con la boca llena.

Él asintió en su dirección y empezó a comer también.

—Me llamo Shippo, ¿y tú? —preguntó el zorro, sujetando los palillos en su mano derecha.

Inuyasha suspiró lentamente. En cuanto terminara de comer, le echaría de su cueva a patadas.

—Inuyasha.