Inugirl: pues aquí tienes otro capi más


Capítulo Ocho

Luna nueva


Por fin llegó la noche que llevaba casi dos meses esperando.

Al fin sería libre.

Inuyasha ya estaba en el borde del bosque cuando el sol terminó de esconderse tras las montañas, esperando su momento.

No había ningún otro demonio cerca. Se había asegurado de ello antes de trepar a aquel árbol y contemplar el atardecer con impaciencia.

Esa tarde se había vestido con ropa humana en la cueva, teniendo cuidado al correr por el bosque para no estropearla. Su kimono rojo estaba bien escondido junto a su espada, en las raíces de un árbol que había cerca de la pradera llena de flores.

Tras sentir el típico cosquilleo en su piel, Inuyasha aterrizó en el otro lado de la valla de un salto. Estaba a las afueras de la ciudad y a aquellas horas no había ningún humano por allí.

Pasó una mano por su camisa, quitando un par de hojas, y empezó a caminar en dirección a una de las calles principales en busca de una de esas tiendas donde podía cambiar su oro por dinero.

Tras conseguirlo, sacó su teléfono del bolsillo y observó la pantalla. Tan solo faltaba media hora para su cita con Kagome.

No quedaba suficiente tiempo para ir andando hasta allí. Tendría que meterse en una de esas máquinas apestosas sobre las que había leído en la guía que tenía de Tokio, comprada durante su primera incursión en el mundo humano.

Vio que había tres de ellas paradas a un lado, de color verde y amarillo como en las fotografías de ese libro. Se acercó a la más cercana y el hombre que estaba sentado dentro bajó el cristal de la ventana, mirándolo con una ceja levantada.

—¿Puedes llevarme al templo Higurashi?

El humano asintió.

—Claro, sube.

Inuyasha dudó, pero abrió una de esas puertas metálicas y se sentó dentro, observando el interior de esa máquina llamada coche con desconfianza.

Al mirar hacia delante, vio que el hombre lo estaba mirando con ojos curiosos a través de un espejo pequeño que había en el centro de la parte delantera. Inuyasha frunció el ceño, asqueado.

—Me recuerdas a mi hijo, cuando le gustaba la música rock —comentó el hombre en voz baja, volviendo a dirigir la vista al frente.

—¿Qué? —preguntó Inuyasha, extrañado.

—Él también se dejó el pelo largo y se lo ataba en una coleta, igual que tú. Tardó años en cortársela y la tiene guardada de recuerdo en uno de sus cajones. Es asqueroso.

Inuyasha arrugó la nariz, desviando la mirada hacia el cristal de su derecha. Contempló las luces de los edificios de Tokio mientras pensaba en por qué alguien se cortaría el pelo voluntariamente.

—Yo no pienso cortármelo —gruñó entre dientes.

El hombre se rio.

—Ya me lo dirás en unos años.

Inuyasha le lanzó una mirada de odio a través del pequeño espejo y el humano se encogió de hombros, no volviendo a hablar hasta que se detuvo delante de la entrada al templo.

—Son dos mil quinientos yenes, amigo —murmuró, girándose para mirarlo a los ojos.

Inuyasha chasqueó la lengua, sacando un fajo de billetes de su bolsillo y dejando cinco en la mano de aquel hombre.

Salió de aquella máquina asquerosa gruñendo una maldición y deseando no necesitar usarlas nunca más. Al levantar la vista, observó la larga escalera de piedra con más de cien escalones, iluminada por la luz eléctrica de varias lámparas a ambos lados.

Si había algo que Inuyasha envidiaba de los humanos, era que tuvieran ese tipo de luz. En el mundo yōkai solo existían las lámparas de aceite y las antorchas, pero ellos podían iluminar cualquier sitio fácilmente.

El aroma de su compañera estaba por todas partes. Apoyó la espalda en el muro que había justo al lado de la escalinata, resoplando. Tenía bastante hambre, llevaba días pensando en esos noodles que le había prometido la humana.

Sus pensamientos volaron hasta los últimos mensajes de Kagome, donde se notaba lo emocionada que estaba por volver a verlo. Inuyasha sacudió la cabeza, bufando. No podía dejar que sus sentimientos humanos lo embargaran, necesitaba concentrarse y conseguir convencerla para que lo acompañara hasta el bosque.

Tenía que ser esa noche, no estaba dispuesto a esperar otro mes. Inuyasha se pasaba el día pensando en ella, en su olor, su sonrisa, sus ojos… y no podía soportarlo más. Su pesadilla tenía que terminar de una vez.

Sacó otra vez su teléfono, confirmando que faltaban solo unos minutos. Al alzar la mirada, vio una figura en lo alto de la escalera de piedra.

Inuyasha sonrió internamente. Kagome se había puesto un vestido rojo y, cuando una suave brisa le trajo su olor, estaba mezclado con otro floral. Se notaba que se había arreglado para intentar llamar su atención.

Inuyasha contuvo la respiración, apretando los puños ante lo que esa oleada de su aroma estaba provocando en su cuerpo.

Esta vez no escaparía.


Kagome salió de su casa muy nerviosa, alisando la parte delantera de su vestido y mirando a su alrededor. Aún había varias personas en la explanada del templo, rezando oraciones frente al altar. Los saludó con un gesto de la cabeza y siguió su camino, empezando a bajar la enorme escalinata.

Se quedó sin aliento al ver que Inuyasha ya estaba allí abajo, apoyado en un muro y mirándola fijamente. Kagome sintió que sus mejillas se encendían y suspiró, asegurándose de que tenía el flequillo bien peinado mientras seguía bajando.

Llevaba cuatro semanas sin verlo, pero parecía que estaba incluso más guapo que aquel día. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón y llevaba una chaqueta gris encima de su camisa blanca, ocultando los músculos de sus brazos. Su pelo negro estaba recogido en una larga coleta alta, y sus ojos oscuros no se despegaron de los suyos hasta que llegó a su lado.

Kagome tragó saliva, deteniéndose a un metro de distancia.

—Hola.

Inuyasha le dedicó una sonrisa que la dejó sin aliento otra vez.

—Hola, Kagome.

Ella sonrió con timidez, mirándolo de reojo a través de sus pestañas.

—¿Nos vamos?

Él asintió y los dos empezaron a caminar, juntos pero sin tocarse. Kagome se mordió el labio y apartó la mirada, tratando de controlar sus nervios. Podía sentir su presencia a su lado y algo la empujaba a acercarse más, pero se contuvo.

Se había convencido a sí misma de que, tras cuatro semanas sin verlo, no volvería a sentir esa atracción tan intensa al estar con él. Pero se había equivocado… era incluso peor. Kagome estaba deseando extender una mano y tocar su brazo, o rozar sus dedos mientras andaban. Quería saber si sentiría esa chispa otra vez.

Al fijarse en su rostro, vio que Inuyasha estaba muy serio. Incluso parecía algo enfadado.

—¿Inuyasha? ¿Estás bien?

Él pestañeó varias veces, sorprendido por la pregunta, y giró la cabeza para mirarla.

—Sí. Solo tengo un poco de hambre.

—El sitio que te dije está muy cerca, llegaremos enseguida —dijo ella, intentando no sonreír.

Tras pasar por un parque, Kagome señaló un restaurante que tenía una pequeña terraza al lado de la acera.

—¿Te gusta el sitio?

Inuyasha se encogió de hombros y ella se acercó a una de las camareras, explicándole que había hecho una reserva para dos. La mujer señaló la única mesa que quedaba libre y Kagome miró a Inuyasha, sonriendo y haciéndole una seña con su mano.

Él chasqueó la lengua y la siguió, sentándose justo frente a ella. La camarera dejó dos menús sobre la mesa y se marchó.

—Ahí tienes la lista con todos los noodles que hay. Tienes que elegir.

Él pestañeó, observando la carta con los ojos muy abiertos.

—Yo no… no lo sé —murmuró, confundido.

Kagome se rio entre dientes. Había unos diez tipos diferentes de noodles, con más de veinte salsas a elegir.

—¿Cuáles conoces?

—Solo estos —dijo Inuyasha, señalando la foto de los más típicos.

—Mis favoritos son esos blancos, están hechos de arroz.

Él se mordió el interior de la mejilla, entrecerrando los ojos mientras volvía a leer todas las opciones.

—Vale, quiero esos.

Kagome sonrió, apoyando la barbilla en una de sus manos mientras lo observaba. Inuyasha hacía unos gestos muy graciosos y miraba a su alrededor con curiosidad, como si fuera la primera vez que estaba en un restaurante.

—¿Y la salsa?

Él levantó la mirada, fijándola en sus ojos. Kagome sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

—Elige tú por mí.

Ella suspiró, mirando hacia abajo para que los ojos casi negros de Inuyasha dejaran de atravesarla. Parecía que podía leer su mente y no le gustaba esa sensación, era como sentirse desnuda.

—Entonces los dos tomaremos lo mismo.

Cuando la camarera volvió a acercarse, dejando dos vasos de agua sobre la mesa, Kagome le pidió dos raciones de noodles de arroz con verduras y salsa de soja. En cuanto la mujer se marchó, miró de reojo a Inuyasha y vio que la seguía mirando fijamente.

Kagome desvió la mirada hacia el cielo con nerviosismo, contemplando las pocas estrellas que se veían desde allí.

—Hoy hay luna nueva, justo como la noche en que nos conocimos.

Sintió que Inuyasha se tensaba frente a ella y lo miró a los ojos, frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa?

Él se aclaró la garganta, sacudiendo la cabeza.

—Nada.

Inuyasha olisqueó el vaso de agua y bebió un gran trago. Kagome volvió a reírse suavemente, hasta que él la miró con mala cara.

—¿Por qué te ríes?

—Eres gracioso. Es la primera vez que veo a alguien oler algo antes de beberlo.

Inuyasha apretó la mandíbula.

—Me gusta comprobar que lo que voy a tomar no es peligroso.

—¿Y por qué iba a ser peligroso? Es solo agua —contestó Kagome, arqueando una ceja.

Inuyasha se encogió de hombros, apoyando la espalda en el respaldo de su silla.

—Nunca se sabe, es mejor estar seguro.

Kagome torció los labios, no entendiendo bien por qué decía eso. Tal vez Inuyasha venía de algún sitio donde el agua no era potable. Decidió no seguir preguntando sobre el tema y suspiró, volviendo a apoyar la cabeza en una de sus manos.

—¿Qué has estado haciendo estas semanas? No me has contado mucho en tus mensajes.

Inuyasha miró hacia su derecha, observando a una pareja que tenían al lado antes de contestar.

—He estado… trabajando, y he conocido a alguien.

Kagome sintió un retortijón muy desagradable en el estómago, pero él siguió hablando.

—Es bastante más pequeño que yo, pero nos estamos empezando a llevar bien.

No estaba hablando de una chica. Kagome suspiró, aliviada, y volvió a sonreír.

—¿Cómo lo conociste?

—Lo encontré. Bueno, él me encontró a mí.

—¿Cómo? —preguntó ella, extrañada.

¿Se había encontrado a un niño por la calle?

Inuyasha humedeció sus labios y los ojos de Kagome bajaron por su rostro para seguir el movimiento. Volvió a levantar la mirada y fijarla en sus ojos, sintiendo que se ruborizaba.

¿Por qué le miraba la boca? No podía hacer eso más, ya era la tercera vez.

—Él estaba solo, sus padres… ellos murieron hace poco.

Kagome sintió que no podía respirar bien. Se llevó una mano a la boca, horrorizada.

—¿Está solo? Pero… ¿Y su familia?

—Ahora está con mi hermano. No tiene familia, pero no importa.

Kagome recorrió el rostro de Inuyasha con sus ojos, conmocionada. Él seguía igual de serio, como si estuviera hablando de algo normal.

—¿Tú estás cuidando de él?

Inuyasha asintió, apartando la mirada. La camarera había vuelto con su comida. Tras dejar los dos enormes cuencos sobre la mesa, se volvió a alejar.

—Eso… eso es muy bonito, Inuyasha. No todo el mundo lo haría —añadió Kagome en voz baja, todavía emocionada.

Él se encogió de hombros otra vez, restándole importancia. Sujetó los palillos con la mano derecha y sonrió al ver la comida que tenía delante.

Kagome también sonrió, pensando en que Inuyasha no dejaba de sorprenderla. Y, además… ahora sabía que tenía un hermano.


Inuyasha empezó a comer a toda velocidad, pero cuando escuchó la risa de Kagome decidió que no era buena idea. Ninguno de los humanos que tenían cerca estaba engullendo su comida, así que decidió imitarlos y comer despacio.

Aquello estaba delicioso, joder. Mucho mejor que los paquetes de noodles que él compraba y se llevaba al bosque. Miró un momento las letras luminosas con el nombre del restaurante, apuntándolo en su mente. Volvería a cenar allí cada noche tenebrosa.

Fijó sus ojos de nuevo en Kagome, que seguía comiendo tranquilamente. Le había preguntado sobre su hermano, aunque Inuyasha había evadido la pregunta. Prefería que ella no supiera mucho de su vida, se estaba arrepintiendo de haberle contado lo de Shippo.

Aunque tal vez esa historia había hecho que ahora ella confiara un poco más en él, y eso le venía muy bien.

Inuyasha dejó los palillos de madera apoyados en el borde del cuenco y Kagome levantó la mirada.

—Entonces… ¿Vas a querer venir conmigo esta noche? —preguntó él en un susurro.

Los ojos marrones de Kagome se abrieron mucho y observó a su alrededor con nerviosismo, comprobando que nadie estaba pendiente de su conversación.

—No lo sé, Inuyasha. La pesadilla que te conté ocurría de noche, y no me veo capaz de ir allí ahora —respondió ella en voz baja, hundiendo los palillos en su comida.

Inuyasha entrecerró los ojos y un gruñido resonó en su pecho. Kagome lo miró fijamente al escucharlo, con expresión asustada.

Mierda, tenía que controlarse. Esa maldita humana se lo estaba poniendo difícil, pero no podía perder los nervios o jamás se ganaría su confianza.

Se aclaró la garganta, crujiendo sus nudillos.

—Te aseguro que no te va a pasar nada malo —murmuró, cogiendo de nuevo los palillos.

Kagome torció la cabeza hacia un lado, pensando.

—Preferiría ir de día. ¿Qué tal mañana?

Inuyasha apretó los dientes, controlando su furia. No, mañana ya no estaría en su forma humana, joder. Y no quería tener que esperar otro mes más.

—Pues yo prefiero ir ahora, cuando terminemos de comer.

Kagome se mordió el labio inferior con nerviosismo e Inuyasha resopló, bajando la mirada hasta su plato. Cada vez que ella lo miraba así, sentía cosas por dentro que no le gustaban. Una pequeña parte de él le había cogido cariño a esa chica tan amable y no quería atravesar su garganta con sus garras. Su maldita parte humana, débil y llena de emociones, no quería acabar con su compañera.

Pero Inuyasha no era un humano, era un medio demonio. Y, tras encontrarla, solo había dos opciones: continuar su existencia junto a ella, o que alguno de los dos muriera para liberar al otro.

Y él sabía muy bien quién prefería que muriera. Nadie echaría de menos a una simple humana, había millones de ellos repartidos por todo el planeta y todos eran iguales.

Escondió la mano que no estaba usando bajo la mesa y apretó el puño con fuerza, dejando salir un poco de su rabia. Si no conseguía matarla esa noche pensaría en un plan alternativo, pero esperar otro mes más estaba totalmente descartado.

Decidió cambiar de tema para distraerla, y funcionó. En cuanto le preguntó por sus semanas, Kagome empezó a contarle anécdotas sobre sus horas de estudio en la biblioteca y la visita de unas amigas diferentes a las que él vio esa noche en aquel sitio con tanto ruido y luces de colores.

Cuando terminaron, Inuyasha llamó a la camarera y le dio un puñado de billetes, levantándose.

Kagome también se puso de pie, sujetando uno de sus brazos e impidiendo que se alejara de la mesa.

—Yo quiero pagar mi parte, Inuyasha.

Él arrugó la nariz, negando con la cabeza.

—Feh, da igual.

Ella apretó los labios hasta que finalmente asintió.

—De acuerdo, pero solo si la próxima vez invito yo.

Inuyasha rechinó los dientes. Si todo iba bien, no habría una próxima vez.

Salieron de aquella terraza y empezaron a caminar por las calles de la ciudad en silencio. Kagome sujetaba su bolso con las dos manos, señal de que estaba nerviosa otra vez.

—Si no estás segura, no tiene que ser hoy. Podemos ir otro día —murmuró Inuyasha, desviando la mirada para que no lo viera poner los ojos en blanco.

Kagome suspiró, acelerando el paso para poder caminar a su lado.

—Quiero ir mejor de día. Así podré hacer fotos, me gustaría guardarlas de recuerdo.

Inuyasha le lanzó una mirada de odio, entrecerrando los ojos, y Kagome retrocedió un paso.

—No me mires así, he cumplido mi promesa. No le he enseñado a nadie lo que me enseñaste —susurró ella, acercándose más para que pudiera escucharla.

El entrecejo de Inuyasha se relajó y asintió, empezando a andar un poco más lento.

—Te acompañaré a casa entonces —gruñó entre dientes, metiendo las dos manos en sus bolsillos.

Kagome sonrió.

—Gracias por esta noche, Inuyasha. Me lo he pasado bien y creo que ya te conozco un poco más.

Inuyasha giró la cabeza y vio que su mirada era sincera. Esa humana de verdad estaba interesada en saber más cosas de él.

No era capaz de entenderlo. No estaba siendo demasiado amable, solo lo justo para no espantarla. ¿Cómo podía gustarle pasar tiempo con él?

Sería por el vínculo. Aunque no fuera capaz de comprender esa sensación tan extraña que se extendía por su cuerpo cuando lo veía o escuchaba su voz, ella también podía sentir que estaban destinados a encontrarse.

Pero él sí sabía lo que todo eso significaba y, tras casi dos meses soportándolo, había llegado a su límite.

Kagome tenía que morir cuanto antes.

Ella se detuvo e Inuyasha la imitó. Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que ya estaban ante la escalinata de piedra.

—¿Cuándo te veré otra vez? —preguntó ella, mirándolo a los ojos.

Inuyasha ya tenía un nuevo plan en mente. Necesitaba meditarlo un poco más, pero estaba casi seguro de que funcionaría.

—Pronto. En un par de días.

Kagome volvió a sonreír, entrelazando sus dedos en el asa de su bolso.

¿Por qué no se iba? ¿A qué estaba esperando?

—Bueno, Kagome… hasta pronto —dijo él, retrocediendo.

Ella cerró los ojos con fuerza y apretó los puños, sacudiendo un poco la cabeza, e Inuyasha frunció el ceño.

¿Qué demonios…?

Su mente se quedó en blanco cuando ella dio dos pasos hacia él, colocando las dos manos sobre sus hombros y poniéndose de puntillas. Se había quedado completamente paralizado al tenerla tan cerca.

Kagome presionó sus labios contra los suyos con suavidad, tan solo un segundo. Toda su piel se erizó y una sensación parecida al fuego nació donde sus bocas se rozaron, recorriendo su cuerpo y abrasando cada célula de su piel.

La escuchó jadear. Ella también lo había sentido.

—Hasta pronto, Inuyasha —susurró Kagome, dando unos pasos atrás con la mirada baja y escondiéndose tras su flequillo. Tenía las mejillas más rojas que nunca.

Empezó a subir las escaleras y él la observó con los ojos muy abiertos, incapaz de moverse.

¿Qué era lo que acababa de hacer esa humana?