¡YAHOI! Perdón por atrasarme, otra vez. En mi defensa diré que es un capítulo más largo y que, a poco más, me paso del límite de palabras impuestas en el reto (5.000 por cada capítulo/OS). Así que venga, los tomatazos al final, ¿vale? (?).

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.

Prompt de hoy: Ofrenda.

Hora de publicación: 2:19. Hora peninsular española.

¡Espero que os guste!


6. Mía


Hiashi examinó concienzudamente el aspecto de su hija mayor. La repasó varias veces, de arriba abajo, pero no pudo encontrarle ningún defecto a su atuendo. El vestido largo hasta los pies color lavanda era perfecto para la ocasión, así como los guantes color marfil largos hasta el codo. Su largo pelo azul noche estaba recogido en un elegante moño detrás de la nuca; en las orejas y en el cuello llevaba perlas, reliquias familiares por parte materna. A juego, una pulsera completaba el conjunto. Hiashi no pudo evitar hacer una mueca al ver las joyas que antaño pertenecieran a su esposa. Antes de perder la compostura, aplastó aquellos sentimientos innecesarios.

―Da una vuelta. ―Encogiéndose un poco, Hinata obedeció, girándose lentamente sobre sus propios pies. Agradeció haberse puesto unos zapatos medianamente cómodos que, aunque de tacón, se adaptaban bien a sus pies pequeños y delgados―. Estate abajo a la hora acordada. Al fin y al cabo, esto es por ti. Ya veremos si ha merecido la pena o no el gasto. Ah, y no te olvides de sonreír. Por algo es tu cumpleaños. ―Hinata bajó la cabeza y asintió, sumisa―. Bien. Hanabi me ha dicho que ese pretendiente tuyo también vendrá. Espero que no lo estropees. ―Hinata sintió que el corazón le latía un pelín más deprisa al pensar en Naruto, en que él iba a estar allí, en su aburrida fiesta de cumpleaños.

En cuanto su padre la dejó sola, se precipitó sobre la puerta de su habitación para cerrarla. Luego, se dirigió hacia su tocador y abrió uno de los cajones, donde reposaba un paquete cuidadosamente envuelto.

Quería agradecerle de alguna manera todo lo que había hecho por ella en los últimos meses. Y se le había ocurrido que nada expresaba mejor lo que sentía que algo hecho a mano por ella misma.

Tal vez estaba pecando de cursilona o demasiado romántica, pero comprarle algo en una tienda le parecía demasiado impersonal. Y quería que Naruto supiera lo mucho que se sentía atraída por él.

Suspirando, cerró el cajón. Aún no sabía cuándo se lo daría. Querría aprovechar durante la fiesta, pero iba a estar ocupada prodigando sonrisas falsas y mintiéndole al mundo sobre lo feliz que era y lo mucho que amaba a su familia.

Lo último no era del todo mentira: amaba a algunos miembros de su familia, al resto de miembros los aborrecía con toda su alma. Se llevó una mano al pecho con los ojos cerrados y respiró hondo varias veces, buscando calmarse.

El odio no conducía a nada. Nada ganaba con ello. Si no podía hacer nada para cambiar las cosas, solo estaría malgastando energía. Así que decidió que emplearía toda la que tenía en soportar aquella tediosa noche que se avecinaba.


Naruto se bajó del coche y alzó las cejas al ver a dos mayordomos―o cómo se llamasen―en la puerta, dando la bienvenida a los invitados. Otro chico se acercó presuroso, dejándose la espalda en reverencias.

―Señor, bienvenido, señor. Déjeme hacerme cargo de su coche. ―Suspirando, Naruto le tendió las llaves y el chico volvió a inclinarse al tiempo que iba hacia atrás.

El rubio gruñó, molesto. Parecía que Hiashi era tan dictador en su propia casa como lo era en el resto de sus facetas. Aunque no sabía de qué se sorprendía. Ni siquiera pestañearía si al pincharlo no saliese sangre. Sería lo más lógico en alguien tan frío, calculador y carente de sentimientos como Hiashi.

No entendía cómo Hinata podía compartir la mitad de los genes de ese hombre. Misterios de la humanidad.

Irguiéndose en toda su altura, Naruto se dirigió a los escalones de la entrada, subiéndolos casi de dos en dos, impaciente por entrar en la casa. Entre esas paredes se encontraba lo que más le importaba en el mundo y saber que iba a poder verla después de dos semanas sin saber de ella lo tenía al borde de la ansiedad.

Le entregó su invitación a uno de los pingüinos de la entrada y este asintió, conforme, cuando comprobó que todo estaba en orden. Atravesó entonces las enormes puertas y alzó las cejas, impresionado, ante el elegante vestíbulo revestido de mármol que lo recibió. Del techo colgaba una exquisita lámpara de araña hecha de pequeños cristales en forma de lágrima que seguramente sería una reliquia de tiempos antiguos. Los Hyūga eran una familia no solo poderosa y rica, sino también antigua, que se remontaba a generaciones y generaciones de hombres igual de ricos y poderosos. Y Hiashi alardeaba de ello siempre que podía.

Vio a algunos invitados charlando aquí y allá, haciendo tiempo para entrar en el salón. Él no quería postergar más la agonía, así que con paso resuelto se dirigió hacia dicha estancia. Otro criado aguardaba delante de las puertas dobles talladas en relieve con motivos naturales, otra muestra más de la opulencia en la que nadaba la familia Hyūga.

Entró por las puertas y una suave música de orquesta lo envolvió al instante. Había varias largas mesas preparadas que hacían una u enorme siguiendo el diseño del enorme salón. Aun así, el hueco dejado en medio era lo suficientemente espacioso como para que los 300 o 400 invitados pudiesen moverse y bailar con total libertado, todos a la vez.

Hizo una mueca al pensar que todo esto era para celebrar el cumpleaños de Hinata. Ella aborrecía estas cosas. Estaba seguro de que hubiese preferido mil veces más algo pequeño íntimo, tal vez los dos solos o ellos dos y alguien más, como Sasuke, Sakura, Shikamaru y Temari. Ambas mujeres enseguida habían aprobado a Hinata y la habían recibido con los brazos abiertos como parte de su pequeño grupo de amigos.

Él habría querido hacerle una fiesta sorpresa en su apartamento. De hecho, lo tenía ya todo planeado cuando le había llegado la invitación por parte de Hiashi. No le había sorprendido lo más mínimo. Hiashi era un hombre inteligente y los hombres inteligentes siempre seguían la máxima de «mantén cerca a tus amigos pero mucho más a tus enemigos».

Hiashi quería tenerlo vigilado. Sabía de buena tinta que lo estaba espiando, que había intentado colar en su empresa a algunos hombres de su confianza para que lo espiasen y le pusiesen palos en las ruedas. Afortunadamente, Shikamaru y él habían sabido detectarlos a tiempo y, de momento, ninguno había logrado pasar del primer filtro.

Sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos de sí. Aquella noche nada de trabajo ni de cosas tristes. Era el día especial de Hinata y debía hacer todo lo posible porque ella lo pasara bien.

Agarró una copa de champán de uno de los camareros que pululaban por todo el salón, portando bandejas con canapés y bebidas varias. Había también un min bar en una esquina, dónde quién quisiera podía solicitar un cóctel o algo más fuerte.

Sintió un toque en su brazo y se volvió, encontrándose a una sonriente Hanabi del brazo del mismo joven con quién la había visto el día que Hinata y él habían tenido su cita en el cine.

―Buenas noches, Naruto. Me imaginaba que te vería por aquí hoy. ―Naruto sonrió.

―Buenas noches, Hanabi. Bonita fiesta. ―La joven bufó y su acompañante sonrió.

―Quedamos en que no te enfadarías. ―Hanabi resopló de nuevo.

―No puedo evitarlo. Nee-sama odia estas fiestas. Padre no entiende que la ponen nerviosa ni por lo que tiene que pasar cada vez que la obliga a estar en medio de un montón de gente. Casi todos los alfas y betas se le echarían encima sin vacilar si no fuese porque le tienen miedo a mi padre. ―Naruto frunció el ceño al escuchar aquellas palabras―. Pero eso ya no es un problema, ¿verdad? Tú protegerás a mi hermana. ―Naruto se puso recto y asintió, confaido.

―Por supuesto, Hanabi. Ya te he dicho que tu hermana me gusta mucho, muchísimo. Voy muy en serio con ella. ―Hanabi amplió su sonrisa.

―Eso quería oír. Bien, voy a ir a buscar a la cumpleañera. Konohamaru, ¿podrías… ―El joven que la sostenía sonrió y la dejó libre. Hanabi le devolvió la sonrisa y se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla y susurrarle un «gracias».

Cuando los dos hombres quedaron a solas, Konohamaru se giró y carraspeó, para llamar la atención de Naruto.

―No sé si nos han presentado… Soy Konohamaru Sarutobi. ―Le tendió la mano y Naruto se la estrechó.

―Naruto Uzumaki. ―Le sorprendió el apretón tan firme y seguro que le dio el chico.

―Sé quién es, señor. Mi abuelo hablaba maravillas de usted. ―Naruto parpadeó y ladeó la cabeza, curioso.

―¿Tu abuelo?―Pensó un momento hasta que se dio cuenta de su apellido―. ¿El viejo Hiruzen era tu abuelo?―Konohamaru asintió, sonriente.

―El mismo. Siempre he querido conocerlo en persona. ―Naruto rio.

―Vaya, qué vueltas da la vida. Sentí mucho su pérdida, de verdad. ―Konohamaru se puso serio un segundo y asintió.

―Gracias por sus palabras. Mi abuelo creía firmemente en que usted lograría cambiar las cosas, mejorarlas. Él era de la vieja escuela, pero sabía que, tarde o temprano, las cosas tenían que cambiar. Creo que por eso me eligió para continuar su labor. ―Naruto alzó las cejas y abrió sus fosas nasales, olfateando. Enseguida supo a qué se refería el joven.

―Vaya… Eres un beta. ―Konohamaru asintió―. ¿Y tu abuelo te lo heredó… todo?―Konohamaru asintió.

―Estoy al frente de Empresas Sarutobi. He solicitado varias veces una reunión formal con usted, pero hasta ahora siempre se me ha denegado. Entiendo las razones para ello, no se preocupe, por es pensé que si lo veía aquí, tal vez sería mi oportunidad. Me gustaría mucho reunirnos para charlar. Creo que… puedo ayudar, señor. Si me da la oportunidad. Quiero cambiar las cosas, hacer lo que mi abuelo no pudo. ―Naruto vio la emoción reflejada en los ojos castaños de Konohamaru y sonrió.

―Será un placer reunirme contigo, Konohamaru. ¿Puedo llamarte así?―Konohamaru asintió, esbozando una gran sonrisa―. Le diré a Shikamaru, mi consejero delegado, que se ponga en contacto contigo. ―Konohamaru asintió.

―Avisaré a mi secretaria de que esté al tanto de cualquier llamada o comunicación de parte de la Compañía Namikaze. Gracias, señor Uzumaki, de verdad. No se arrepentirá. ―Naruto sonrió.

―Sé que no, chico. Sobre todo si estás dispuesto a estar con alguien como Hanabi. ―Konohamaru le devolvió la sonrisa.

―La quiero. Y una degradación de casta no sería nada comparado con poder pasar el resto de mi vida con ella. ―Naruto miró para el joven con un nuevo respeto.

―Konohamaru, creo que tú y yo vamos a ser muy pero que muy buenos amigos. ―La orquesta dejó de tocar en ese momento y el silencio reinó de pronto en el salón. Todos los invitados se volvieron entonces hacia las escaleras, dónde Hiashi aguardaba al pie de las mismas, con una mano sobre la elegante barandilla de madera.

―Gracias a todos por estar aquí esta noche. Como sabéis, hoy celebramos un acontecimiento muy especial: el cumpleaños número 29 de mi hija mayor, Hinata, que ha sido un ejemplo de omega para nuestra sociedad desde su nacimiento. No solo es elegante y hermosa―algunos rieron y murmuraron en afirmación a las palabras del Hyūga―sino que siempre ha sabido desempeñarse en su lugar con gran diligencia. Por favor, recibámosla con un fuerte aplauso y una efusiva felicitación: ¡Feliz cumpleaños, Hinata!

―¡Feliz cumpleaños, Hinata!―Naruto se aguantó el bufido que quiso escapar de sus labios.

Entonces, sus pulmones perdieron toda capacidad de respirar en cuánto la criatura más hermosa de todas hizo su aparición en lo alto de aquella escalera. Incluso desde tan lejos, Naruto pudo notar que temblaba ligeramente. Buscó sus ojos y los vio llenos de aprehensión. Quiso abrirse paso a empujones para llegar junto a ella y abrazarla fuerte contra su pecho, liberar su hermosa melena negro azulada de aquel tirante moño y acariciársela mientras le murmuraba lo mucho que la quería y que todo estaría bien, que él estaba allí y que nada malo le pasaría mientras él estuviera para cuidarla y protegerla.

Se aguantó las ganas, pero la copa que tenía en la mano se rompió por la fuerza que estaba empleando para controlarse. Un camarero se materializó al instante a su lado, presto para limpiar el desastre. Naruto lo dejó hacer mientras sus ojos no se separaban de la figura de Hinata, que bajaba las escaleras en compañía de su hermana Hanabi, quien se había negado a dejarla sola en aquel trance, a pesar de que, por la expresión de Hiashi, aquello no le gustaba un pelo.

Cuando llegó al fin al pie de las escaleras, la multitud prácticamente se puso a hacer cola para felicitarla y decirle lo hermosa que estaba. Naruto apretó los puños a sus costados. Estúpidos hipócritas. Solo le hacían la pelota porque creían que eso los congraciaría con Hiashi, sin saber que a este poco o nada le preocupaba que a Hinata le cayese bien alguien o no.

Vio cómo, Hinata empezaba a pasearse entre la gente, acompañada en todo momento de Hanabi, que le hacía de paraguas cuando alguien se excedía más del tiempo necesario que requería un «Feliz cumpleaños. Estás preciosa, querida». Sus ojos perlas escudriñaron la multitud y, cuando lo vio, le hizo un sutil gesto con la cabeza. Naruto entendió al instante.

―Discúlpame, Konohamaru. ―El aludido asintió, con una pequeña sonrisa en sus labios.

―Por supuesto, señor Uzumaki. ―Sorteando con fluidez a la multitud, Naruto se encaminó hacia una de las puertas laterales del salón que daban al jardín. Allí olfateó en busca de Hinata y enseguida detectó su delicioso aroma, a un lado de la casa. Siguió el rastro hasta encontrar a ambas hermanas sentadas en un banco, en una pequeña terraza medio escondida entre arbustos altos. Hanabi sonrió en cuánto lo vio y se levantó.

―Bueno, nee-sama. Yo me voy. Intentaré distraer a padre durante varios minutos. Aprovechad. ―Les guiñó un ojo haciéndolos sonrojar a ambos.

―¡Ha-Hanabi!―La castaña rio y desapareció a paso ligero entre la lata vegetación. Hinata suspiró y luego miró hacia Naruto, esbozando una tímida sonrisa en su dirección―. Ha-has venido. ―Naruto sonrió y asintió, acercándose al banco para sentarse a su lado.

―No me perdería tu cumpleaños por nada del mundo'dattebayo. ―Hinata suspiró en cuánto él la abrazó, disfrutando de su cercanía, de su tacto y de su aroma. Naruto tampoco se quedó atrás, aspirando hondo en cuánto la tuvo pegada a él. Gruñó al detectar cierto nerviosismo emanando de ella―. Tu padre es un imbécil. Yo te habría hecho una fiesta mucho más bonita que esta'ttebayo. ―Hinata sonrió, apretando su chaqueta en sus pequeños dedos enguantados.

―¿Ah, s-sí?―Naruto asintió, serio, alzándole la barbilla con los nudillos para que lo mirara.

―Tenía todo planeado: habría una maratón de tus películas favoritas, con palomitas y refrescos, por supuesto. También habría pizza, hamburguesas y sándwiches de queso fundido, de esos que al cortarlos se estiran sin llegar nunca a romperse. También habría una tarta, por supuesto, la más grande y deliciosa que hubieses probado jamás. Y rollos de canela. Montones de rollo de canela. Las chicas iban a ayudarte a vestirte y arreglarte, para que te sintieras lo más cómoda posible. Fíjate que hasta el teme había confirmado su asistencia… ―Hinata soltó una risita.

―N-no me imagino a Sasuke viendo películas románticas… ―Naruto sonrió, malicioso.

―Sakura lo tiene bien enseñado. Aún me sorprende lo mucho que ha cambiado con el tiempo. Si lo hubieras conocido cuando niño… Ni él mismo se aguantaba'ttebayo. ―Hinata rio y Naruto se sintió realmente bien por haber conseguido animarla―. En fin, no he venido a hablar de cosas que ya no podrían ser. He venido a hacer otra cosa más interesante. ―Hinata lo miró.

―¿E-el qué?―Naruto sonrió, misterioso, y le tomó nuevamente la barbilla entre sus dedos.

―Esto. ―Juntó sus labios con los femeninos y Hinata se aferró a sus ropas, correspondiendo la tierna y apasionada caricia. Era la primera vez que la besaba, y no podía haber pedido un regalo más perfecto que ese―. Feliz cumpleaños, Hinata. ―Las lágrimas se acumularon en sus ojos y sonrió, feliz.

―Gra-gracias, Naruto-kun. E-es el mejor regalo que- ―Naruto la acalló poniendo un dedo sobre sus labios.

―Ese no era tu regalo. Lo he hecho porque me apetecía'ttebayo. ―Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de su traje y sacó una caja de joyería de tamaño mediano―. Este es tu regalo. ―Con manos temblorosas, Hinata tomó el presente y se lo quedó mirando, anonadada―. Vamos, ábrelo―la apremió el rubio, con voz suave.

Tragando saliva y tratando de contener su impaciencia, Hinata abrió la tapa y se quedó embelesada por el contenido de la caja. Un colgante en forma de copo de nieve reposaba en el fondo de suave terciopelo. En el centro del triángulo que formaban el dije y la cadena, había un par de pendientes que hacían juego.

Miró para Naruto, con lágrimas nuevamente anegando sus ojos.

―Na-Naruto… ―Él rio, rascándose la nuca, nerviosamente.

―Sé que esto no es anda, probablemente ya tengas una colección de joyas más que considerable, pero en cuánto lo vi… inmediatamente pensé en ti. ―Hinata tragó saliva y miró de nuevo para su regalo.

No importaba que ya tuviese el equivalente a una habitación entera en joyas. Aquellas sencillas piezas de plata eran para ella mucho más preciosas que todos los diamantes de la familia Hyūga juntos.

Conteniendo sus ganas de llorar, dejó su regalo en medio de los dos, encima del banco, y cogió su bolso, abriéndolo para coger algo de dentro. Naruto abrió los ojos con sorpresa cuando Hinata le tendió el objeto, un paquete cuidadosamente envuelto en papel de regalo.

―Y-yo… que-quería agradecerte todo… to-todo lo que has hecho por mí y… N-no se me ocurrió otra forma. ―Naruto sintió que se derretía al ver sus pálidas mejillas coloradas. Le dieron ganas de volver a besarla pero se contuvo. No quería provocarle un desmayo.

Con emoción, tomó el paquete y rompió el papel, impaciente por ver su contenido. Abrió la boca en cuanto se hizo con ello: un tejido suave se deslizó entre sus dedos. Lo extendió y, con sorpresa, se dio cuenta de que era una bufanda de lana de color rojo, tejida a mano. Tragó saliva y la miró.

―¿La has hecho tú?―Roja como un tomate, Hinata asintió. Naruto sintió que quería llorar y tuvo que parpadear. Se apresuró a ponérsela alrededor del cuello y se levantó, acomodando la prenda lo mejor que pudo con sus dedos temblorosos―. ¿Qué tal estoy?―Hinata sonrió con ternura y se levantó, yendo hacia él para colocársela. Acarició su pecho un segundo y luego se separó, sin dejar de tocarlo. No podía. Era como una droga para ella.

―Estás muy guapo. ―Naruto sonrió ampliamente y bajó la cabeza para besarla una vez más, disfrutando al máximo del contacto de su boca dulce y suave.

―¡HINATA!―Un grito los hizo separarse de golpe. El instinto hizo a Naruto ponerse en guardia. Su alfa interior se alzó, gruñendo, exigiéndole que protegiera a su omega de la amenaza que se acercaba hacia ellos a pasos agigantados.

―¡Padre, espera!―Hiashi llegó frente a ellos, seguida de una agitada y angustiada Hanabi. Tras ella, Konohamaru cerraba la comitiva, a trote ligero. A diferencia de Hanabi, no parecía en absoluto preocupado.

―¡Así que por eso te escabullías! ¿Para estar con este… ―No se atrevió a terminar la frase, pero eso no aplacó la furia de Naruto.

―¿Este qué? Termina la frase, Hiashi. ―Tras él, Hinata le agarró de la chaqueta por la espalda, indicándole que por favor se calmara.

―¡Padre, por favor, detente! ¡Te dije que nee-sama se estaba viendo con alguien!―Hiashi miró furibundo para su hija mayor, que se había colocado frente a él y al lado de Naruto, poniéndose en posición para proteger también a su hermana.

―¿Y a él te referías? Esta tontería se acaba ahora mismo. Hinata, vuelve dentro. Estás avergonzándome. ―Hinata tembló. Su instinto de supervivencia la instaba a obedecer, pero un gruñido salido de lo más profundo del pecho de Naruto que hizo vibrar todo su cuerpo la dejó paralizada.

―Vuelve a insultarla y, te lo aseguro: no será agradable. ―Naruto tensó todos los músculos, dispuesto a todo por proteger a Hinata. Su alfa rugió en su interior, aprobador: nadie podía tratar así a su omega y salir impune.

―Padre… ―llamó Hanabi, medio suplicando. Hiashi gruñó, enseñando los dientes.

―¿De verdad quieres luchar contra mí, chico?―Naruto correspondió su gruñido con otro más grave y siniestro.

―Si eso es lo que quieres, estoy dispuesto. Di hora y lugar. ―Hinata sintió el pánico recorrerla.

―Na-Naruto… ―Pero él echó un brazo hacia atrás y la sujetó de la cintura, diciéndole así que le dejara eso a él. Hinata pegó la frente contra su espalda y asintió, cerrando los ojos. El alfa que era Naruto sintió el triunfo recorrerlo. Hinata confiaba en él, lo había elegido a él. No había más que hablar.

―Vamos, Hiashi: ¿te acobardas ahora?―El aludido se puso rojo de ira. ¿Cómo se atrevía aquel mocoso a desafiarlo? ¿Cómo se atrevía a poner sus sucias manos encima de una de sus hijas? No permitiría que su regio linaje se manchase con la sangre impura de los traidores.

―No sabes a lo que estás jugando, mocoso malcriado. ¿Acaso Jiraiya no te enseñó a elegir tus batallas?―Naruto casi perdió el control al escuchar de los labios de Hiashi el nombre de su padrino, el hombre que lo había criado, que le había enseñado todo lo que sabía.

Se controló por Hinata. Ella era más importante. No podía perder ahora su oportunidad o no volvería a tener otra. Lo sabía.

―Al contrario: sé exactamente lo que hago. ¿Acaso un alfa debe dar explicaciones cuando encuentra a su omega? Si he esperado, si no he reclamado a Hinata todavía, ha sido por respeto a ella, hacia sus deseos. Así que no me provoques, Hiashi, porque te juro que un insulto más, solo uno, a ella o a mi familia, y te juro por lo más sagrado que me la llevaré de aquí y no volverás a verla. ¿Qué pensarán entonces tus importantes y poderosos amigos, eh? ¿Qué dirán cuándo les tengas que explicar que, en contra de todas esas leyes y creencias que tan fervientemente defiendes, has intentado negarle a un alfa su derecho a reclamar a un omega?―Hiashi empezó a ponerse colorado, sin duda por la furia que estaba sintiendo.

―Maldito niño… ―Un carraspeo llamó la atención de todos los presentes.

Con soltura, Konohamaru avanzó hasta ponerse al otro lado de Naruto, con las manos entrelazadas tras la espalda.

―Si me permite decir algo, señor Hyūga: como el señor Uzumaki acaba de señalar, es su derecho como alfa reclamar al omega que desee. Ni usted ni nadie puede negárselo. Además, Hanabi y yo estamos como testigos y, seamos sinceros: usted siempre ha querido librarse de su hija mayor. ―Hiashi se puso aún más rojo de lo que ya estaba.

―¡¿Cómo te atre-

―No es algo que no se sepa―lo interrumpió Konohamaru, encogiéndose de hombros―. ¿O creía que nadie se había dado cuenta? Todos los que están ahora mismo en ese salón saben que no siente ni el más mínimo afecto por la señorita Hinata. Igual usted creyó que lo había disimulado bien, sacándola a pasear de vez en cuando para lucirla o preparándole una gran fiesta por su cumpleaños. Pero hay rumores, la gente habla y los que le conocen opinan que no ha hecho un buen trabajo ocultando lo que en verdad siente por ella. Es de dominio público que la familia Hyūga no tiene en gran estima a los omega, así que le ruego que no insulte nuestra inteligencia intentando convencernos de lo contrario. ―Hanabi miraba con admiración para Konohamaru, mientras que Naruto le sonreía, aprobador.

No se había equivocado al juzgarlo: el chico tenía agallas e inteligencia, una de sus combinaciones favoritas en las personas. Ahora tenía más ganas si cabe de aliarse con él.

―Niñato insolente-

―¡Padre, basta! ¡¿Es que acaso no escuchas?!―le gritó Hanabi, cortando lo que quisiera que fuera a decir―. Naruto es un alfa y ha hecho patentes sus intenciones. ¿Quieres que mañana seamos el hazmerreír de todos los periódicos?―Hiashi miró para su hija menor, lanzándole una afilada mirada.

―Hanabi, no digas tonterías. No vas a hacer semejante cosa. ―Hanabi bufó.

―Yo no, pero ¿qué me dices de Naruto?―Hiashi hizo un gesto con la mano.

―No le conviene un escándalo. Así que dejemos esta absurda conversación de una vez. Hinata: ven. Ya. ―Naruto apretó el agarre que mantenía en la cintura de la mencionada, negándose a dejarla marchar.

Aún no había dicho la última palabra.

―En realidad, Hiashi, me importa un comino el escándalo. Puedo soportar que se hable de mí un día o dos en los periódicos o en las revistas de chismes. Pero, dime, ¿puedes tú decir lo mismo? ¿No se supone que los Hyūga son ejemplo de sobriedad y moderación? ¿Cómo sentará a tu consejo de administración que aparezca en todos los medios de comunicación que le has negado a un alfa su derecho a reclamar a su omega?―Hiashi tensó la mandíbula, sus ojos volviéndose hielo―. Exacto. Y tú no quieres eso, ¿verdad? Mejor dicho: no te conviene. En lo absoluto. Así que, en mi opinión, sería mucho mejor para todos que hiciéramos esto por las buenas. Quiero a Hinata, es mía, te guste o no. Y pienso estar con ella tanto si estás de acuerdo como si no. Decídete, y rápido. Porque ya he tenido mucha paciencia y no pienso esperar ni un segundo más. ―Naruto esperó, tenso, a que el hombre tomara su decisión.

Hiashi se irguió entonces en toda su altura, clavando sus orbes perlas sin emoción en los tres jóvenes parados frente a él, desafiándolo abiertamente, con el conocimiento de que uno de ellos era su propia Hanabi, el que había creído su más grande logro y su mayor orgullo. Y resulta que también lo había tracionado.

Miró para Naruto y finalmente habló, su voz igual de vacía que su mirada:

―Haz lo que quieras. ¿La quieres? ¿A esa omega que no ha hecho más que traer vergüenza y desgracia a mi familia? Toda tuya. Ya no me interesa lo que pase con ella. A partir de ahora, ya no es mi hija. ―Y con estas palabras se dio la vuelta y se internó de nuevo en la casa.

Naruto no pudo evitar sentir el triunfo recorrerlo. Sentía a Hinata temblar y sollozar a su espalda y, aunque ello hizo que quisiera ir tras Hiashi para desmembrarlo lenta y dolorosamente, nada de eso importaba ya.

Porque, a partir de ahora, él se encargaría de sanar todas y cada una de las heridas que el malnacido de su padre le había provocado.

Se giró para abrazarla, con los ojos cerrados, aspirando hondo, queriendo disfrutar de su olor, del momento, todo lo que pudiese.

Mientras, en su interior, su alfa no cabía en sí de júbilo.

«Mía. Al fin eres mía. Mía y solo mía».

Fin Mía


Ahí está, lo que todos queríais *se va lentamente* os dejo que disfrutéis del momento (?).

¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores, sí.

Acosadores, no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.