17. Increíble
Naruto gimió mientras trataba de atender a la reunión que estaba teniendo lugar en su despacho en ese momento. Unos cuántos inversores habían querido citarse con él para ver si estaba interesado en vender aunque fuese un trocito de su empresa. Le estaba costando muchísimo concentrarse, sobre todo porque tenía un calor de los mil demonios y la palpitación constante en su entrepierna no ayudaba.
Debería haberse quedado en casa. Pero Shikamaru le había insistido en que, aunque fuese a negarse, debía al menos escucharles. Era lo menos que dictaba la cortesía.
Pero ya no aguantaba más. Se levantó de su silla y cogió su chaqueta a toda prisa, ante la sorpresa de sus invitados.
―Disculpen, pero debo irme. Ahora. ―Salió casi a la carrera. Estaba en la cúspide del dolor. No sabía cómo había aguantado tanto tiempo lejos de su omega. Su alfa interior estaba gimoteando, desesperado. Le mandó un mensaje a Shikamaru, sabedor de que su amigo sabría lidiar con la situación que había dejado en su despacho. Era más que inteligente. Sabría salir del paso.
En cuánto a él… necesitaba desahogo.
El único que su mujer podía darle.
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Hinata se encontraba echando la ropa en la cuerdas del jardín trasero cuando escuchó el ruido del motor de un coche. Suspiró y dejó su tarea a medio hacer. Sabía que Naruto no tardaría mucho en regresar. Esa mañana lo había visto mal, intentando por todos los medios aguantarse. Le había dicho que no fuese, que se quedase en casa y que así podrían pasar el celo juntos, sin problemas, como se suponía que una pareja debía hacer.
Pero al parecer Shikamaru lo había apremiado, diciéndole que era de vital importancia que fuese ese día a la oficina. Claro que ella enseguida había supuesto que enseguida estaría de vuelta. Y no se había equivocado.
Su alfa necesitaba a su omega. Y ella estaba más que dispuesta a ello.
Esperó hasta verlo aparecer en la parte trasera de la casa, olfateando, buscándola. La excitación la recorrió al ver a su alto y guapo marido avanzar hacia ella, emitiendo gruñidos bajos, llenándose de su aroma.
Le tomó la cara entre las manos en cuánto la alcanzó, besándola con pasión, con fiereza, raspando los suaves y blandos labios femeninos con sus colmillos. Eso la animó y le clavó las uñas en los brazos, correspondiéndole.
―Te necesito―le murmuró, con la voz ronca. Hinata le acarició el rostro y le sonrió a modo de respuesta. Ese fue todo el permiso que el Uzumaki necesitaba.
La levantó por las nalgas para volver a besarla. Hinata enredó las piernas en su cintura y él se giró, apoyándola contra la pared. Estaba tan desesperado que cualquier sitio le valía.
Sujetándola con su cuerpo le levantó la larga falda y la tocó allí dónde ella siempre estaba húmeda y caliente, dispuesta a complacerlo, a saciar sus más bajos instintos. Su alfa interior gruñó en aprobación al encontrarla preparada para él. Sin poder aguantar más, se bajó los pantalones y, apartándole la braga a un lado, se guio con una mano hacia su interior. Gimió al sentir la punta rozar su entrada y de un simple empuje la penetró, sintiendo la satisfacción recorrerlo al notar que lo acogía por entero, cada centímetro.
Intentó quedarse unos segundos quito, disfrutando de la sensación de sentirse atrapado en su cálido interior. Pero sus caderas comenzaron a moverse sin que él pudiera detenerlas. Los gruñidos de él y los gemidos de ella componían una sintonía a su parecer maravillosa. Para un alfa, no había mayor satisfacción que sentir que su omega disfrutaba con él del acto sexual, porque eso significaba una especie de ratificación para los de su casta. Y Naruto, como alfa que era, no iba a ser menos.
Aceleró el ritmo al máximo, queriendo alcanzar la liberación cuánto antes. Era casi un imperativo para él, una necesidad primitiva e inevitable. Hinata se movía junto con él, gimiendo cada vez más alto, casi tan desesperada como él, con las mejillas enrojecidas y los ojos cerrados, sintiendo cada roce de su longitud contra sus paredes íntimas, volviéndola loca de deseo.
Finalmente, el tan ansiado clímax llegó y él gruñó, clavando a su omega contra la pared, sujetándola por las caderas para no permitir que ni una gota de su esencia se desperdiciara. Sin embargo, no era suficiente. Su instinto lo empujaba de nuevo, necesitado de saber que su omega, al fin, había sido fecundado.
Todavía firmemente anclado en su interior, Hinata sintió cómo la tomaba nuevamente de los glúteos y, sin poder parar de besarla, la llevaba en volandas hacia el interior de la casa, dónde cayeron en el sofá, deshaciéndose desesperados de la ropa del otro hasta quedar casi desnudos: ella con la parte de arriba y el sujetador, él con la camisa abierta y los calzoncillos en los tobillos.
Naruto levantó su camiseta y las copas del sujetador, gruñendo al ver sus pechos blandos y suaves rebotar. Pellizcó un pezón con los dedos mientras bajaba la cabeza y se metía el otro en la boca, mamando y mordisqueándolo, como si fuera un bebé hambriento. Hinata le sujetaba la cabeza enredando los dedos en su corto cabello dorado, desesperada por que él no se detuviera nunca. Movió las caderas y, apoyándose en el respaldo del sofá con una mano al tiempo que seguía saboreando sus senos, Naruto se impulsó una y otra vez, gruñendo como un animal salvaje.
―¡Joder, Hinata! ¿Sabes lo deliciosa que eres y lo caliente que me pones?―murmuró, con la voz ronca, admirando su piel blanca perlada de sudor, sus labios rojos e hinchados por los besos y su cabello lacio y brillante revuelto. Hinata se arqueó, haciendo así más profunda la penetración. Con un rugido, Naruto volvió a correrse, sintiendo el orgasmo femenino atrapar su masculinidad, ordeñándolo hasta no dejar ni gota.
A pesar de todo, todavía no era suficiente. Su alfa gruñó, advirtiéndole que no parase, que siguiese hasta estar seguro del resultado final.
Con eso en mente, la levantó y la puso en pie, dándole la vuelta. Hinata se agarró al sofá y se inclinó hacia adelante. Sus pechos rebotaron y él no pudo menos que gruñir al admirar su espalda desnuda, la perfecta redondez de sus nalgas y sus preciosas piernas. Todo a su merced. Se lamió los labios e, inclinándose hacia su oído, le murmuró, con la voz ronca de excitación, de deseo:
―Quédate quieta. ―Ella gimió ante la anticipación de lo que él le quería hacer.
Naruto apartó su cabello a un lado y le besó el cuello y el hombro, pasando la lengua y los dientes por la marca que la proclamaba como suya. Los colmillos le picaron y tuvo que darle una pequeña mordida para aplacar su instinto posesivo, que lo instaba a volver a morderla con toda su fuerza para reafirmar quién era su dueño.
Empezó a bajar, repartiendo besos por toda su espalda mientras sus manos jugaban con sus pezones duros como piedras, tirando de ellos y retorciéndolos entre sus dedos sin piedad, haciéndola gemir y temblar de pura desesperación.
Naruto siguió bajando, lentamente, torturándolos a ambos en el proceso pero sabiendo que luego la recompensa valdría mucho la pena. Los labios masculinos alcanzaron su trasero y sus manos agarraron aquellas redondeces perfectas, amasándolas con cariño y devoción. Sus dedos se movieron entonces hacia el punto más sensible de su cuerpo ahora mismo, abriéndola para él. Su boca se paseó por el contorno de uno de sus glúteos hasta abrirse por entero en sus labios inferiores, sacando la lengua para saborearla como realmente quería.
Hinata tembló y gimió más fuerte al sentir que encontraba su dura perla, escondida entre los rizos oscuros que la ocultaban. Naruto se dedicó a trabajar con ella un buen rato, hasta dejarla al borde mismo del orgasmo. Sin dejar de acariciarla con sus dedos, Se levantó y cogió su miembro con la otra mano, gruñendo mientras la abría y la penetraba poco a poco desde atrás, suspirando de satisfacción cuándo, al encajarse por entero en su cuerpo, este tembló, apretándolo, dando fe así del orgasmo femenino.
Sin poder aguantar más empezó a moverse, con fuerza, agarrándola de las caderas, gruñendo con cada envite. Sintió construirse el clímax en su interior, su sangre convirtiéndose en lava líquida al pensar en que pronto volvería a liberar su esencia en el interior de su omega.
Su alfa gruñó en sintonía con él, satisfecho de ver que su trabajo estaba dando frutos. Sintió su miembro hincharse y, con un último empuje, se clavó en ella, aullando cual animal salvaje.
Se mantuvo así varios minutos, mientras la llenaba y Hinata, obedientemente, aceptaba todo aquello que su alfa tenía a bien darle.
Eso inflamó de nuevo sus venas, endureciéndolo, necesitado de más. De mucho más.
La giró y la besó con fiereza.
―Esto no ha terminado, preciosa―le dijo, con la voz ronca―. Tengo energía de sobra. Prepárate, porque no pienso dejarte descansar. ―Lejos de asustarse, Hinata sintió el cosquilleo propio de la emoción invadirla.
Lo abrazó mientras él gruñía, escondiendo la cara en su cuello, lamiéndola y mordisqueando su piel.
Porque aunque el celo se trataba de puro instinto animal, Hinata podía notar el mimo y el cariño en cada caricia y en cada gesto de su alfa hacia ella.
Lo amaba. Él le correspondía.
Y el sexo―increíble, fantástico e insuperable sexo―era una buena forma de demostrarlo abiertamente, sin tapujos.
Algo que a Naruto le encantaba.
Fin Increíble
