N: Supongo que debo subir algo de esta historia antes de que acabe el año, ops. Me motivé a acabar este capítulo gracias a los comentarios de algunas personas por wattpad: me sentí miserable al ver que había personas que aún la leían y yo estaba aquí, regodeándome en el hiatus extenso :)

Tuve que buscar algunos detalles olvidados en los capítulos anteriores, y ¡oh, Satanás, no! se me revolvió el estómago al ver lo mal editado y escrito que está, ugh. Sé que debería volver a editar varios errores, pero me da una flojera crónica terrible el pensar en hacerlo :( si algún día acabo esta miserable historia, la editaré, lo juro.


XIII

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La voz de Seras se disolvió en la penumbra apenas dejó de escucharla a través del teléfono. Durante unos segundos simplemente se quedó allí, sentada en la silla de su escritorio con la mirada perdida en las ventanas altas de la oficina. Cientos de ideas corrieron por su cabeza, una más enredada que la otra; todas dejaron la misma sensación: traición.

El nudo en su estómago se revolvió incómodo, con una mezcla de desagrado e ira. Apretó la mandíbula mientras su ceño se endurecía. Necesitaba aclarar el tema de una maldita vez.

Sus pasos firmes resonaron en el pasillo vacío cuando salió de su oficina rumbo a la habitación.

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La leve nube de polvo que se elevó desde la caja al abrirla le recordó el tiempo que llevaba arrumbada bajo su cama sin ser movida. Sintió otra punzada en el estómago al pensar que no había necesitado moverla; después de dos años él no le había dado ninguna señal de desconfianza, al contrario, lo que solo encarnizaba el malestar que sentía en ese momento. Las armas brillaron brevemente cuando la abrió: todo estaba allí, el metal imitó el reflejo de sus anteojos mientras ella lo miraba. Apretando los labios en una línea fina, alargó la mano y cogió el revólver primero, revisando las municiones; se lo encajó en la pretina del pantalón mientras volvía sus ojos hacia el otro objeto: la espada recubierta de plata pulida reposaba quieta sobre el interior acolchado de la caja. Su hoja firme y reluciente prometía un corte limpio, profundo; el tipo de golpe que necesitaría si las cosas se salían de control.

Integra Hellsing cerró la puerta tras de sí, cerró los ojos, respiró profundo y enfiló sus pasos hacia los niveles más bajos de su mansión, en busca del hombre lobo que sabía que estaría allí. Esperándola.

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Supuso que era cosa de tiempo para que su pasado —cualquier cosa ocurrida en esos extensos años de existencia— se interpusiera en su nueva vida. Sonrió con nostalgia, negando brevemente con la cabeza. Iluso de su parte pensar que podía acceder a una nueva vida, después de todo lo que había hecho; después de lo que era. Tal vez él se estaba volviendo blando («sentimental», diría Luke, burlándose; «marica», añadiría su hermano menos educadamente) y el jugar a las casitas con la bisnieta de Abraham Van Helsing no era más que eso: un juego. Algo absurdo e irrisorio que no tenía cabida en la existencia de ninguno. Tal vez él se había equivocado al sacarla de ese lugar horrendo y seguirla, o tal vez la equivocada había sido ella cuando decidió darle una oportunidad para ganarse su confianza, algo en lo que parecía estar trabajando bien, hasta ahora…

Ahora mismo, toda esa confianza y ese trabajo previo chocaba con una pared azul fría que lo miraba desde la puerta, exigiendo una respuesta a la pregunta tácita entre ellos.

—¿Fuiste tú?

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Integra se impacientó, apretando los dientes ante la visión silenciosa del alemán que la miraba sentado en una esquina de la cama. Sus impasibles ojos color miel parpadearon hacia ella y sintió el nudo retorciéndose con violencia, porque él no tenía derecho de verse así, casi inocente; no después de que posiblemente estaba a minutos de acabar con el frágil lazo de confianza que ella había tendido. Perdió la batalla contra su mutismo.

—Te hice una maldita pregunta.

Eso pareció funcionar. Los ojos claros volvieron a ella para sostenerle la mirada mientras él abría la boca.

—No sé de qué estás hablando.

Integra resopló, tentada a rodar los ojos ante el descaro.

—Por supuesto que lo sabes. —Cambió su peso a la otra pierna mientras lo mantenía bajo observación, sus brazos se cruzaron con descuido a la altura de su pecho—. Me refiero a los asesinatos que están ocurriendo fuera de Londres —estrechó los ojos, estudiando su reacción—, por hombres lobo.

Ahí estaba.

La espalda del hombre se tensó, sentándose erguido ahora. Su propio ceño se frunció mientras la miraba, como esperando que ella agregara algo más. Pero la pregunta ya estaba hecha.

—¿Sí o no? —ella apuró.

Negó rotundo, con un movimiento brusco.

—Ni siquiera sabía… —La furiosa mirada azul cortó su frase, ella claramente no estaba convencida.

—No trates de verme la cara, porque estoy a un paso de tirar a la mierda el poco formalismo de todo esto y simplemente obligarte a confesar —amenazó.

Lo vio apretar los puños, su cabello claro ensombreció brevemente sus ojos y ella activó sus alertas, preparándose para cualquier cosa. Sus brazos se desenroscaron al mismo tiempo que él se ponía de pie, avanzando. El movimiento fue rápido, apenas unos dos segundos hasta que su mano estaba tirando del revólver en su cadera y lo sostenía frente a ella, en una postura que tenía perfeccionada desde su adolescencia, todo su cuerpo tenso con la adrenalina bulléndole bajo la piel, amenazando con dispararse, debatiéndose entre atacar primero o esperar.

—Lo juro por dios, Günsche, si das un solo paso más, tendrás una bala de plata incrustada en tu maldito corazón.

La acción lo detuvo. La miró, contemplativo; abrió la boca para decir algo, pero ella volvió a interrumpirlo.

—Sé que una bala no es suficiente. Pero créeme, también sé cómo acabar contigo. No me obligues a hacerlo antes de escuchar tu supuesta explicación.

—No soy —su voz grave resonó profunda en la habitación de piedra—. No te he traicionado, te di mi palabra.

—¿Cómo explicarías esto, entonces? —pinchó—. Es la primera vez que escucho de hombres lobo en estas tierras, aparte de tu caso, precisamente.

Hans se encogió de hombros.

—Eso no significa que no existan. —Los ojos azules se estrecharon peligrosamente—. Tu gente tampoco sabía de los vampiros, y allí estaban. —Integra tragó saliva—. Además, ¿por qué iba a hacerlo?

—¿Venganza? —ella aventuró, levantando una ceja sarcástica. Lo vio negar nuevamente.

—No es de ti de quién quería vengarme.

—¿Estás seguro?

—Me gustas —soltó—. Eres un ser humano interesante, no cambiaré mi decisión de seguirte.

Sus profundos ojos claros se clavaron en los de ella con una expresión de sinceridad que la hizo maldecir. A regañadientes, bajó el arma.

—Si descubro que me estás mintiendo —amenazó—, tendré tu preciosa cabeza en una bandeja de plata antes de acabar el día. Ahora sígueme.

Dio media vuelta, segura de que él la seguiría, y echó a andar por el pasillo empedrado. Los pasos pesados de las botas ajenas se oyeron tras los suyos.

—¿A dónde iremos?

—A conocer tu bestia interior.

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«Realmente no crees que es él, ¿verdad?»

La pregunta de su compañero fluyó en su mente ocupada, sacándola de sus propios pensamientos. Pip se mantuvo en su interior a medida que avanzaban hacia la mansión. Evitando dar una respuesta en voz alta, Seras miró por la ventana del vehículo donde iba y le respondió a su alma a través de su vínculo.

«No…en realidad, no lo sé. Nunca había escuchado de hombres lobos en Inglaterra antes».

«Tampoco habíamos escuchado de vampiros, y míranos ahora».

La voz burlona en su interior la hizo fruncir el ceño, pero él tenía un punto, por molesto que le resultara. Seras estaba tratando de ser objetiva, realmente trataba, porque culpar al alemán parecía ser la vía más fácil —y más peligrosa, si lo analizaba con seriedad— pero no existía ninguna prueba, más allá de la evidencia testimonial, que apuntara a que era su hombre lobo el causante de la masacre. Nuestro hombre lobo. Hizo una mueca al pensar en él como un compañero más en la organización, aunque fuera exactamente eso. Pero tampoco podía darse el lujo de bajar la guardia y confiarse demasiado; cada vez que pasaba eso, el recuerdo de Walter atormentaba su corazón: años sirviendo a la familia Hellsing para acabar de ese modo. Aún podía recordar el rostro contraído de pesar de Integra cuando le ordenó a su Maestro acabar con el traidor, y su grito, corto y desgarrador, cuando sintió su muerte. Y aunque la figura del alemán estaba lejos de compararse con lo que el mayordomo había representado para la rubia mayor, o para ella misma, pensar en otra traición le revolvía el estómago de forma incómoda. Tal vez su relación con el hombre lobo no era exactamente una camaradería, pero eso no significaba que un golpe así no fuera a afectarle: a regañadientes, ella había accedido a confiar en él respecto a la seguridad de su señora; descubrir que estaba detrás de esto borraría esa escasa confianza de un plumazo y los obligaría enfrentarse en otra batalla, sin distracciones esta vez. Ella tendría que eliminarlo, costase lo que costase.

A su lado, el soldado que conducía la miró de reojo. Era uno de los antiguos gansos.

—Estamos a minutos de llegar a la mansión, capitán. Guarde el ceño fruncido para entonces.

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Caminaron en silencio hacia el patio de entrenamiento, un silencio pesado que se cernía sobre sus hombros a medida que avanzaban. Integra era consciente del potencial peligro al que se exponía con dicha prueba, pero necesitaba comprobar con sus propios ojos la veracidad de las palabras del alemán. Sabía que, si esperaba unos minutos más, Seras estaría allí para acompañarla; pero también era consciente de que era una mujer que se valía por sí misma, tenía las agallas, no dependía de la draculina para pelear sus batallas o que oficiara como niñera. Nunca lo había necesitado, ni siquiera cuando era Alucard en lugar de la niña.

Se sacudió el recuerdo de su vampiro de la mente y siguió avanzando. Pensar en él era algo que siempre la distraía, y ahora mismo necesitaba mantenerse enfocada en otra bestia, la misma que seguía sus pasos.

Tras ella, Günsche avanzó silencioso, esperando sus órdenes.

El patio se abrió amplio ante sus ojos, solitario del bullicio que los soldados solían mantener en sus entrenamientos. La brisa fría de Londres sacudió la copa de los árboles que sobrevivían en los bordes y meció también las largas hebras rubias sobre el abrigo cuando la mujer se detuvo, más o menos en el centro del lugar. Le hizo una seña con la mano a su compañero para que avanzara frente a ella. Una vez allí, sus ojos lo escudriñaron con firmeza.

—Enséñamelo.

Günsche se alejó unos metros más antes de dar media vuelta y sostenerle la mirada. Vio la tenacidad brillando en las pupilas azules mientras la mujer lo miraba, esperando, con una postura que a simple vista parecería relajada, pero él sabía mejor, conocía la forma rápida en que ella pasaba de una pose neutral a otra completamente alerta, lista para defenderse y atacar. No dudaba de su amenaza anterior: ella acabaría con su vida si lo creía necesario. Un sentimiento de extraño éxtasis le recorrió la columna vertebral al pensar en eso último. Dentro, la bestia gruñó, interesada.

—¿Qué estas esperando?

Al ver su aparente indecisión, Integra se cruzó de brazos, pero luego el hombre se estaba moviendo, las manos tirando de la ropa que llevaba fuera de su cuerpo. Ante el cambio, sus cejas se elevaron sutilmente sobre el marco de sus anteojos.

Aparentemente consciente de la pregunta muda, él proporcionó su explicación.

—Se romperán si no las quito. No querrás verme caminar desnudo.

Integra reprimió una mueca burlona ante la idea.

—Qué amable de tu parte.

Frente a ella, Hans Günsche se mantuvo en pie, llevando solo su ropa interior. La luz suave del atardecer brilló sobre su piel cenicienta mientras miraba a la mujer que había escogido como su líder.

—¿Listo?

Asintió.

El cambio fue sutil al principio. Lo vio temblar levemente, lo que podría pasar como producto del frío de la tarde si él fuera, bueno, un humano común. Su cabeza se inclinó con brusquedad hacia adelante, inclinando un poco el torso, un gruñido bajo salió de su boca; cuando levantó un poco el rostro, Integra supo que esos ojos claros ya no existían. El reflejo rojizo que le devolvió la mirada la hizo pasar saliva, consciente de que ese era el momento del quiebre: vería emerger al hombre lobo. Sus hombros inclinados se sacudieron, llevando la mano derecha hacia arriba, justo frente a ese rostro cambiante: las uñas se estiraron en garras y las falanges se movieron, alargándose y cubriéndose de una capa de pelo plateado. Vio esos ojos tornarse cada vez más rojos tras la palma de una mano que ya no era humana, sin perderla de vista ni un solo momento. Se encontró colgada de esa mirada, casi fascinada; su mano izquierda se movió sobre el arma anclada en el cinturón en una maniobra no del todo consciente, a pesar de que la parte lógica de su cerebro le advertía que era un gesto inútil ante lo que estaba por presenciar.

El gruñido bajo se intensificó, rasgando el aire entre ambos y logrando que Integra inhalara con brusquedad. Volutas de humo blanquecino emergieron del cuerpo frente a ella, desdibujándose a medida que el efecto aumentaba y la visión de la figura del hombre se tornaba menos nítida a cada segundo. La mano frente al rostro se apartó y dejó ver una cara metamorfoseada, mitad bestia y mitad humano, los rasgos de este último perdiéndose cada vez más; los labios se deformaron en una línea larga, cubriéndose de pelos, la nariz se acható, ensanchándose, antes de moverse hacia abajo, junto con el hocico —ahora era un hocico en toda regla, sin rastros de boca humana—, estirando la barbilla masculina en una quijada animal. Günsche abrió la boca, y ya no cabía duda de que el ser frente a ella no era humano: ya no se parecía a uno. El enorme hocico reveló caninos puntiagudos, brillando con un peligro mortal, prometiendo desgarrar cualquier cosa que osara acercarse demasiado a ellos. El cabello claro se agitó, cambiando cada vez más rápido al pelaje plateado que ya cubría la mayor parte de su cara y ahora bajaba a pasos rápidos por su cuello y brazos. En cosa de segundos, el rostro conocido dejó de existir y en su lugar estaba la cara de un animal; el gruñido se volvió persistente, aumentando su nivel a medida que el cuerpo humano desaparecía de su visión. Vio los músculos del torso tensarse horriblemente, hasta el punto del desgarro, y luego la bestia emergió.

En un instante, la figura humana del alemán desapareció de su visión para dar paso a un animal antropomorfo, cercano a los tres metros de altura, que se alzaba frente a ella con las patas traseras dobladas y las garras enterradas en la tierra. La bestia levantó la cabeza al cielo, emitiendo un sonido mezcla de gruñido y aullido que provocó que la respiración de la mujer se atascara un segundo en su pecho, solo un instante. Estaba acostumbrada a ver cosas extrañas, crecer con el vampiro a su lado la había preparado para casi todo, pero jamás había presenciado la transformación de un hombre lobo en persona, peor aún, ni siquiera los conocía. Sintió un escalofrío al escuchar su aullido, como si el sonido se filtrara a través de sus venas directamente a su sangre, y comprendió entonces la sensación que solía acompañarla cuando estaba a su lado. Esto era lo que escondía en su interior, la bestia que asechaba bajo la capa con apariencia humana del alemán, el peso de la presencia misteriosa que ella sentía cada vez que él la observaba. No existía película alguna que hiciera justicia a dicha transformación: no había piel despegándose a pedazos, cayendo como trozos podridos al piso, ni gritos de dolor mientras el cuerpo metamorfoseaba; Hans Günsche se elevó frente a ella, a varios pies de altura, en apenas unos cuántos parpadeos, como si esa fuera desde siempre su forma natural —lo que quizás era cierto— y volver a ella no le supusiera ningún esfuerzo. No había ningún rastro de su cuerpo humano, salvo la ropa que previamente se quitara, enrollada en una bola en el piso de tierra, cerca de sus patas.

La cabeza de la bestia bajó para mirarla y esos enormes ojos rojos brillaron peligrosos. Su pelaje se movía en la brisa con destellos plateados, prometiendo una inusitada suavidad al tacto si alguien fuera lo suficientemente estúpido como para acercarse y tocarlo. Integra recordó la mitología nórdica que había estudiado una vez, en su infancia. Luego, otro pensamiento más racional vino a su cerebro mientras daba un paso al costado, observándolo con cuidado. Era grande, demasiado para pasar desapercibido en un pueblo pequeño, menos con un pelaje tan vistoso; y según el informe apresurado de Seras a través del teléfono, la bestia responsable era oscura, «como un animal moviéndose en dos patas», así lo habían descrito los pocos testigos. La masa de pelo albina de la bestia frente a ella no concordaba con la descripción. Günsche no era el asesino.

—¿Puedes entenderme? —alzó la voz para preguntar, deteniéndose en su andar, consciente de no traspasar los límites. Aliados o no, él no dejaba de ser una bestia impredecible.

El animal giró la cabeza en su nueva dirección, hubo un leve movimiento de asentimiento acompañado de un gruñido ronco y ella sonrió complacida. Había cierto orgullo en el hecho de estar de pie frente a una bestia como esa sin sufrir ningún daño. Todavía.

—Impresionante —alagó—. Aunque no tengo registros para compararte. —Su sonrisa se torció levemente en las esquinas—. Está bien, puedes regresar a tu forma original, hay trabajo por hacer.

Esperó paciente para ver el cambio contrario. El lobo pareció acurrucarse sobre sí mismo, replegándose a la tierra mientras los gruñidos roncos salían de su hocico. Las volutas de niebla regresaron para envolver el pelaje blanco, los huesos crujieron y en un momento todo el ruido se disipó, dejando en su lugar la figura humana ya conocida.

—Bueno —Integra carraspeó, un dejo de burla contenida en su tono—. Buen trabajo manteniendo el recato, Günsche.

El hombre desnudo parpadeó, moviendo la mirada desde ella a la tela rota que yacía frente a sus pies.

Oh.

Se movió para agacharse y recoger sus pantalones. Los ojos azules nunca dejaron su rostro. Se encogió de hombros en disculpa.

—No pude evitarlo —explicó.

Esta vez, la rubia sonrió.

—Por supuesto.

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Caminaron de regreso porque ella no estaba mintiendo cuando dijo que quedaba mucho trabajo por hacer. Ahora que finalmente podía estar segura respecto a la inocencia del hombre lobo, quedaba resolver qué bestia andaba suelta en la capital destrozando a los civiles. Primero, hordas de vampiros y ghouls; ahora, hombres lobos. Integra negó con la cabeza, exasperada, mientras apretaba su cigarillo.

Su compañero se quedó atrás. Lo vio hacer una mueca cuando miró por sobre el hombro.

—¿Todo bien? —giró para verlo con atención y él asintió, aún sin avanzar. Su instinto curioso se hizo cargo—. ¿Secuelas de la transformación? —Necesitaba saber todos los pequeños detalles que pudiera conseguir. Después de todo, lo que sabía de su raza solo se lo debía a Dorothea Wellington.

Volvió a asentir, esta vez señalándose la nariz.

—Olfato sensible —declaró.

Integra levantó ambas cejas.

—No me digas que te molesta mi cigarro —se burló a medias—, o esa es una forma sutil de decir que huelo fatal.

Günsche le dio una mirada seria.

—No. Al contrario.

—Ah, ¿sí? —Integra movió el cigarrillo entre sus dedos enguantados—. ¿Eres adicto al olor de estas cosas, entonces?

El hombre negó bruscamente, sin hacer caso del tono burlón. En su lugar, su respuesta conservó la seriedad de su rostro.

—Me refería a ti.

Recibió un resoplo divertido.

—Es bueno escuchar eso de un detector de olores. Si dices que no huelo como una chimenea extinguiéndose, entonces te creeré.

El cigarrillo volvió a sus labios mientras ella aspiraba. Él dio un paso adelante, acortando la distancia que los separaba. Su voz sonó ronca mientras se inclinaba más cerca, dejando su rostro a la misma altura. Sus ojos apenas pestañearon.

—Siempre hueles bien.

Integra le sostuvo la mirada pétrea, sin moverse un milímetro de su lugar. Se maldeciría a sí misma si retrocedía primero. El humo del cigarro se elevó entre ambos, pero a ninguno pareció molestarle. Los ojos claros la observaron como solían hacer algunas veces: sumergiéndose a través de sus pupilas hasta su alma, atravesando las capas y hurgando en las profundidades, buscando algo, siempre buscando, mientras iban dejando atrás sus propias capas y le enseñaban algo que no se veía a simple vista. El recuerdo de la bestia escondida tras esos ojos cruzó por la mente de la mujer.

Por el rabillo del ojo, lo vio levantar una mano en su dirección.

—¿Sir Integra?

La voz se Seras fue como el corte frío de un bisturí. Integra parpadeó con rapidez, girando la cabeza en la dirección del sonido. Günsche enderezó su postura, alejándose sutilmente mientras veían a la chica avanzar por el pasillo.

—Sir… —Seras titubeó, sin lograr acostumbrarse del todo a la presencia imponente del lobo cerca de su señora. Además, ahí estaba de nuevo esa sensación de haber interrumpido algo. Se tragó el nudo de incomodidad mientras retomaba sus palabras—. Tenemos nueva información.