Después de días de caminata, cuando el bosque parecía acabarse por fin y un desierto blanco se mostraba ante los ojos del pequeño Lord y la joven salvaje. Steven se dio cuenta que se encontraba muy lejos de casa ya. Al voltear hacia atrás y mirar el extenso mar de árboles cubiertos por nieve, le resultaba lejana aquella masacre que inició todo su viaje en primer lugar.

Era triste ver aquel paisaje y pensar en lo lejos que estaba de su hogar. Extrañaba tanto pasear y jugar por los extensos jardines del castillo de las rosas, esconderse en los matorrales, las enseñanzas de Perla con la espada y sus estudiantes, y las cenas con sus padres. Si no volvía y si se llegaba a quedar en ese Norte tan desconocido, ya no podría disfrutar de ello, e incluso toda herencia, todo apellido y todo familiar suyo se quedaría perdido en el olvido hasta no significar nada. El linaje probablemente acabaría con el aunque, igual podría haber esperanzas de que su madre engendrara algún otro hijo. Eso sería bueno para el, así tendría una carga menos en que pensar en este largo camino.

De vuelta a la realidad solo se veían montañas y montes a lo lejos cubiertos de nieve. Solo ellos dos en un paisaje completamente solitario.

Caminando hacia la nada, Lapis volteando a ver al rizado, sonriéndole cada vez que sus miradas se encontraban, tomando su mano para guiarlo por el terreno cuando era evidente que no era necesaria ninguna guía, y sentándose a su lado cuando se encontraban descansando en silencio.

Steven se mostraba algo serio respecto a todo eso, intentaba responder con expresiones fingidas por cortesía cada cuando, pero sabía que se veía raro haciéndolo.

Para ese punto era fácil saber que la joven castaña sentía algo por el pequeño Lord. Tantas noches poniendo sus pieles junto a las de él, todas esas veces que la hallaba mirándolo, siempre siguiéndole en todo momento y esos comentarios dichos por otros salvajes parecían tener sentido al fin para el. Se había tardado en saberlo, a salta vista era obvio que ella gustaba de el, tanto, que todos los que los acompañaron lo sabían.

Se hubiera dado cuenta mucho antes, si se hubiera tomado el tiempo de ver los ojos azules de la joven salvaje cuando lo miraba a él.

Pasaba tanto tiempo en su compañía que ya sabía leerla cada vez más. Era muy expresiva con su

mirada y las pláticas entre ellos resultaban más peculiares de lo que se hubiera imaginado.

Hacia dos días desde que Steven había cometido el error de decir cuanto le gustaría bañarse con agua caliente.

—La fría es mejor —había dicho ella al momento —Si tienes a alguien que te de calor después. Los ríos aquí solo están helados en parte, deberías ir a bañarte, conozco un río cerca de aquí.

—No gracias, me congelaría.

—¿Todos los del sur son tan friolentos? Un poco de hielo no hace nada a nadie. Es más, te lo demostraré, me bañaré contigo.

—¿Y terminar con las ropas mojadas? Nos enfermaríamos y luego nos congelaríamos.

—¿Qué es lo que dices Steven? Nadie se baña con ropa.

¿Qué era esa clase de comportamiento? Una doncella no actuaría tan deliberadamente como ella.

No podía decir mucho por su falta de experiencia, pero no parecía que fuera bueno estar con alguien así.

El pequeño estaba al tanto en cuidar su honor, no quería perderlo antes de que se casara bajo la mirada de los dioses. Quería que todo fuera digno, ganarse apropiadamente el corazón de la damisela, buscar la aprobación de ambos padres y lo que es sumamente importante en cualquier relación, enamorase de la dama en cuestión. Todo eso según sus conocimientos.

Steven bajo la mirada y suspiro para cuando montañas blancas a lo lejos podían mirarse. Lapis quien estaba cerca suyo volteó a verlo.

—¿Qué sucede? —soltó la salvaje parando su andar.

El pequeño se detuvo al escuchar la pregunta. No estaba para hablar pero el terreno no se veía muy novedoso, los ánimos estaban en el suelo, pero nada cambiaría si hablaba con ella. Entonces negó con la cabeza ligeramente.

—Nada —respondió el pequeño Lord, se tomó una leve pausa y la miró —Solo estaba pensando y ya. No es nada —dijo y reanudó la caminata.

La castaña extrañada lo miró avanzar y también reúno su caminata para seguirlo.

—¿Y en que piensas? Dime.

—En cosas nada más.

—¿Te sientes bien? —dijo y miró al frente —Si algo te molesta, o si quieres algo, solo dilo.

—Gracias, eres muy amable.

Ella sonrió levemente al oír aquello, pero al verlo y encontrarlo serio, la sonrisa se le borró.

—¿Falta mucho para llegar?

—No, ya estamos más cerca. En un par de días llegaremos si no hay tormentas de nieve.

Steven soltó un suspiro, ¿cuantas veces había escuchado eso? ¿Cuantos días habían pasado? Todo se veía tan lejano.

—Más allá de cascada negra hay un paisaje muy hermoso que quiero mostrarte —-soltó con cierta ilusión —Te gustará mucho, te mostrare muchas cosas.

Volteo emocionada con el, pero solo se encontró con su seriedad y melancólica mirada. Pensó en el momento que se veía lindo con toda esa preocupación qué mostraba. Tal vez algo podría animarle.

—¿Hay algo que extrañas de casa?

Los pensamientos del pequeño de la cabellera rizada pararon al voltear con ella. Ella también lo veía a él con un rostro sereno y los dos desaceleraron un poco su andar, luego el niño de la casa Diamond volvió al frente.

—A mis padres y a mis amigos.

Steven volteo con ella de nuevo tras aquella declaración. Lapis ya no lo miraba a él y se encontraba seria. El rizado se concentro nuevamente en el paisaje tras eso.

—Aquí todo se mira tan solo... ¿No vive nadie aquí.

—No lo creo, no hay muchos ríos por aquí, y los pocos qué hay están congelados.

—Nunca se descongelan.

—Aquí no.

—Mmmm, en el sur no pasa eso.

—El sur es para los débiles.

—No soy débil.

—No dije que lo fueras.

—Prácticamente le dijiste débiles a todos los del sur.

—Tu no eres del sur, naciste allá pero no eres de ahí.

Steven se encontró ligeramente confundió.

—¿Entonces de donde soy? ¿Del norte?

Ella paro y el la imito.

—Tu no eres de ni de aquí, ni de allá —soltó y se acercó a él, lo tomó de los hombros para después subir a su rostro. El se sonrojó y desvió un poco la mirada —No bajes la cabeza, mírame —dijo y los dos se miraron —Tu no eres de aquí, lo supe al ver tus ojos la noche en que nos conocimos.

Steven la vio aún más confundido.

—Probablemente ni seamos de la misma especie Steven Quartz.

—¿Qué dices? —dijo el y se apartó de ella ruborizado —No tiene sentido eso —concluyó y reanudó la caminata.

La castaña sonrió y comenzó a seguirlo.

—Actúas extraño Steven Quartz —comentó Lapis mientras lo veía.

—Solo dime Steven —hablo sin siquiera apartar la vista del camino.

—Como quieras Steven Quartz.

Steven se alejó de ella un poco tras eso. Se veía enojado y abochornado, de repente no quería saber más de ella, y se dedicó en no verla, cosa que en momentos fallaba y terminaba por verla, y se sentía muy extrañado al notar su cabello castaño corto, sus cejas, su nariz fina y sus bellos ojos azules. Pronto se dio cuenta con cierta tardanza que la adolescente aquella era muy linda de hecho.

Los salvajes reirían al ver tal escenario. El pequeño Lord sentía atracción a la salvaje.

Se cruzó de brazos mientras avanzaba lentamente por la nieve, dando grandes pasos. Recordó la vez que su padre fue con el atiborrado de vino, muy bohemio y soñoliento, y le dijo:

"—Hijo, si de verdad amas a una mujer, puedes casarte con ella. No son necesarias las formalidades en tiempos de paz, por lo que, si un día de verdad te enamoras, házmelo saber. No vaya ser que tu madre te case con otra que ni... "

Perla entró en aquel momento, mostró preocupación y se ruborizó con la escena. Su padre, Greg, sonrió e hizo una reverencia, y el caballero de las rosas tuvo que sacarlo mientras se disculpaba con Steven por inconveniente.

Se dice entre los murmullos del castillo, que Greg llegó tres horas después a su recámara esa noche, un poco más sereno que antes. "Sabrá qué desastres habrá hecho en ese lapso" escucho a su maestro decir el día anterior mientras examinaban los extensos mapas que estaban en la biblioteca del castillo de las rosas.

No es que el pensamiento se le haya cruzado porque quiere a la salvaje, o al menos él en absoluto quiere verlo así, pero no es así de sencillo, y tiende a desconocer tantas cosas por su edad.

Por el momento sólo puede preguntarse porque pensó en aquello específicamente con uno de esos rubores que se notan a metros de distancia. Negó con la cabeza un par de veces en lo que ascendía de entre la nieve. Al llegar a la cima de la pendiente, se detuvo unos segundos y Lapis también así lo hizo.

Observaron el paisaje helado y las montañas. No habría civilización de ningún tipo en un par de días según asegura la salvaje mientras siguen los dos solos. El silencio es parte del camino, y Lapis parece reflexionar demasiado a lo que se lleva del día. Así lo vio cuando fue a hacer sus necesidades, y la encontró a ella ensimismada en quien sabe qué cosa, sentada en la nieve con la mirada perdida.

Cuando anocheció se quedaron en una cueva, pusieron la fogata y comieron cecina. No muchas veces se hablan mientras las llamas proyectan su sombras en las paredes. Ahí en silencio sentado, Steven ve las virutas del fuego en una atmósfera ensordecedora donde predomina el sonido de la madera consumiéndose. Reflexiona e imagina. Los días van pasando y aveces no se sienten. Solo hay una hilera de días de acá para allá cada vez más extensa. "¿Cuanto habrá pasado?" se pregunta y voltea con la castaña. Tiene la mirada caída igual en las flamas, sería y adversa a su entorno. Reflexiva de nuevo.

"Es bonita" se dice y se avergüenza. Ve sus labios; son finos, probablemente suaves según ha leído en las fábulas de los grandes caballeros. Piensa que son un poco pequeños, claro que esto en nada afecta a qué dejen de ser lindos. Tiene una cicatriz en la ceja derecha, no lo había notado, y cuando más se empeña en verla, pronto ella voltea con él al sentir su mirada, y se encuentra con sus ojos azules.

El joven Lord no aparta la mirada, su corazón late con fuerza, se siente extraño y sus mejillas se coloran. Baja la mirada de repente, la desvía por el piso de pierda y se encuentra con el fuego de nuevo; por su parte Lapis se le queda viendo un poco más en silencio. Sus sentidos se encuentran alterados también, pero no es que comparta los mismos sentidos y pensares de él, y ella esconde el rostro en sus brazos mientras se sonroja levemente.

La castaña duró un poco más de dormir, no se acostó hasta cuando vio que Steven se "durmió", y se escribe entre comillas porque no lo hizo, sino que solo aparento hacerlo.

Lapis se metió a las pieles junto al rizado y se preparo para dormir. No hubo suerte en primera instancia y requirió unos veinte minutos más para caer a aquel mundo donde todo se olvida con tan solo despertar. Pronto Steven escucho como la respiración de ella se calmaba y se aferraba en momentos a su cuerpo. No era extrañarse, era algo que de repente, mientras ella seguía dormida, lo hacía sin más. A los pocos minutos de dormida, le abrazaba suavemente, y de repente por lapsos, aumentaba la fuerza del abrazo, y se aferraba a su cuerpo.

Suponía que era algo debido a un hilo de sueño muy frecuente que traía. A veces se despertaba y veía que ella tomaba su mano aún en sueños, y no lo soltaba hasta que despertara al cien. La razón de ello, la desconocería por un par de años, y solo sabrá cuando haya perdido la inocencia, y cuando la muerte yazca entre sus brazos.

Así que por el momento, él la mira descansar y respirar. La imagen lo tranquiliza, lo envuelve en una calidez y dulzura eterna, y duerme, duerme por fin entre los brazos de ella, entre su aroma tan acogedor y atrayente.

Por la mañana el pequeño se levantó primero y notó la mano de ella entrelazada con la suya. La vio serena, todavía dormida, y se quedó expectante a su rostro, a la sazón de su belleza, a la par de que sentía que el corazón le saltaba y quería salírsele del cuerpo.

Su aroma era más fuerte cuando se acercaba a sus cabellos, y él sentía como su respiración salía por sus labios y pegaba a su rostro. Y mientras fantaseaba con besarla, ella se movía entre sueños, y aquel se asustaba encarnecido, apartándose de las pieles haciendo un leve escándalo.

En ese momento la castaña despierta adormilada y lo ve a él en suelo de piedra.

—¿Qué sucede? —pregunta ella y el niño Lord niega con la cabeza y las manos.

—Nada, nada —dice y se sonroja notablemente.

Ella lo mira atentamente y Steven le da los buenos días con energía y buenas vibras. Lapis le responde, pero no con el mismo ánimo que el primero, tallándose ligeramente los ojos y bostezando mientras apartaba las pieles.

—¿Cómo dormiste... ? —preguntó Steven.

Lapis lo miro.

—Bien; fue cómodo —soltó y se ruborizó viéndole —. ¿Tu dormiste bien?

—Sí, no estuvo mal —respondió y sonrió nerviosamente.

—Me alegro —dijo ella en buen ánimo, y se ruborizó más al decir:—Soñé contigo.

—¿Sí? ¿Qué soñaste Lapis Lazuli? —interpeló el pequeño divertido y en son serio.

A ella ello le hizo que su corazón se inquietara igual. Bajo la mirada y reflexionó unos segundos antes de empezar:

—Soñé que tú y yo vivíamos juntos en la nieve. Que veíamos los atardeceres y las noches, y la luna nos daba muchos hijos, envejeciendo hasta que nos hagamos tierra y vivamos juntos en el polvo toda la eternidad bajo las estrellas.

El pequeño se apenó al oír todo ello.

—¡Lapis, pero sí yo ya estoy prometido! —exclamó Steven en arrebato inesperado, del que bien se arrepintió, mas defendió ya dicho, como todo un hombrecito —No niego que no me halagues en tus muestras y comentarios qué haces, o de cierta forma, tú trato conmigo, sin embargo no podemos pasar a más ya que estoy prometido a mi querida y amada Blair, de los cuáles...

—¡Tú eres mío! —bramó violentamente y se levantó tomando en el arco en un movimiento —No me cuentes de lo que fuiste. Ahora me perteneces a mí.

El pequeño Lord la vio de pies a cabeza caviloso, y Lapis le pidió que alistara todo para el desayuno para que más pronto retomaran su camino.

Ahí los dos dejaron de hablar, dando un cierto recelo y presencia, que hizo tragar saliva a Steven que preparo el fuego mientras ella salía a hacer lo que el cuerpo le pide, y el silencio continuó por mucho más tiempo. Ya pasados los minutos, la aura se disipó solo residiendo fragmentos en él, dando paso a una extrañeza feliz, que de pronto se vaciaba en los alrededores, y los dos se veían abochornados por algo que comprendían del todo, haciéndose como los que no en un silencio tenso, deglutiendo y pensando.

A Steven le atraía Lapis, de eso no había duda, salvo que tenía que salvaguardar su honor ante sus padres, por la prometida que le habían escogido, que nunca en su vida habiéndola visto, escuchaba lo hermosa y pura que era cada vez que se le nombraba. Ahora conocía a una joven que le proclamaba que él era suyo, y no estaba del todo disgustado, situación que le consternaba y le hacía creer que acaso caía en pecado.

Siguieron su caminata después de matar el fuego sin decirse mucho. Y entre la blanca nieve, los pensamientos se destilaban y se dispersaban a las horas como navajas punzantes, (curiosa metáfora, dando por hecho el cómo aquellos dos se encontraron).

Ahora no era terror, no. ¿Qué era exactamente? ¿Él lo sabía acaso? ¿Debía saberlo? No sabe, no sabe. ¡Nada sabe ciertamente, si es un crío! Nunca ha tenido un acercamiento con una mujer; no se había percatado de las diferencias que poseen, como son dos seres de diferente género, con partes que le sacan de sí y le tildan las mejillas o le hace saltar el corazón. Y él no quiere entrar en detalles de estos, porque sabe que los dioses no perdonan pensamientos corruptores y vulgares, lascivos, que sí bien la belleza del cuerpo no está tan bien fomentada en estos tramos artísticamente, o por lo menos en mentes muy cerradas.

—¿Qué sucede? —pregunta ella al verlo muy ensimismado.

—¿Eh... ? ¡Oh! Nada... —le dice él tímido.

Para cuando el alba llegó, habrían recorrido varias hectáreas ya de llano blancuzco. Pronto el chico, empezó a dudar si realmente alguna civilización había en estos terrenos vacíos y pálidos, donde efectivamente, no había nada, así como lo decían en los textos y mapas de la biblioteca.

No hay árboles, y todo termina o empieza con la nieve, y la castaña sigue caminando y oscilando medianamente. Le habla casualmente; "Mira", le dice y apunta al plumaje negro qué pasó a lo lejos en el cielo azul mar.

—Un cuervo —suelta Steven, y la salvaje lo ve.

Cecina en la noche igual que al medio día, pero no mucha, y ya se hartaba de ello, se reprimía ya que no se consideraba en posición de quejarse. Cierra los ojos, y masticando, recuerda el pastel de fresa que hacían en el castillo de las rosas, o el pay de limón que hace Peridot de la casa Olivine (gran amiga suya) a sus invitados más apreciados en el castillo de la torre ancha y prados verdes extensos. Aquellos de los que le encantaban pasar a caballo con Perla, o jugar al escondite. "¿Qué estará haciendo ella? ¿Sabrá que he desaparecido?", pensó y daba en otros de sus conflictos y pensamientos, ya conocidos y por lo tanto repetitivos. Suspiraba y Lapis lo observaba curiosa.

A ella le gustaba verle perderse en su mente, reflexivo y en conflicto a veces, una imagen que indudablemente le parecía atractiva, y que no había apreciado en nadie más que en el pequeño Lord, aquel que siempre estaba ensimismado o soñando, y que por lo tanto prometía implícitamente de un porvenir importante o de un filósofo temprano, y en contrapunto, él no era muy locuaz debido a su circunstancia.

"Estuviera bien hablar...", se dijo Lapis dubitativa, "Me gustaría que hablara conmigo... "

Dio un empujón a su senda romántica, y viéndolo intrigada y altivamente, estuvo cavilando qué decir y que no, siendo que al tener su atención con su agitar y amagos, solo abrió un poco la boca, se levantó ligeramente, balbuceó algo, y de imprevisto, enmudeció sombríamente y se sentó con ímpetu, separando la mirada, dándole una impresión extraña a Steven, que dejando las nubes y confuso, volvía a adjetivarla de bárbara, la cuál le echaba esa vista que consideró arisca o intrigante, permisiva a la imaginación debido a las sombras de la oscuridad, siendo que en realidad, la joven se moría de pena por su intento fallido, sentimiento del que no estaba acostumbrada y que no podía representar corpóreamente, y del que terminó por ignorar, no muy exitosamente al irse a dormir.

Steven pudo separarse unos centímetros de ella en las pieles por primera vez, y al despertarse, encontró su lugar ausente, solo la ceniza de la fogata y la nieve.

—¿Lapis... ? —llamó casi inconsciente, y solo la soledad y el silencio encontraría.

Lapis esta por el riachuelo. Llena la cantimplora de piel de ternera. Levanta la cabeza a unos graznidos, y el agitar de la atmósfera, de un ruido lejano y un presentimiento acaso.

Ella cierra el recipiente y lo guarda. Toma del arco y entreoye ruidos que van por las colinas y dunas blancas del este, donde ha dormido con el chico, alertándose y enderezándose, sacando una flecha de su carcaj.

El pequeño ya está levantado. Ha empezado a oír las voces que vienen detrás de la cueva por donde se apostaron. Curioso, se acerca con cuidado, sufriendo un trompicón en las rocas, y asomándose, ve a dos salvajes subiendo la pendiente.

Se esconde sorprendido, pero uno de ellos ya lo ha advertido.

—¡¿Hey viste eso?!

Un barbón robusto, áspero, asiente.

Steven regresa corriendo y tropezando, se equilibra rápido, y trata de guardar las cosas al llegar al sitio. Un acto estupido, del que abandona ya tarde, solo tomando sus cosas, una daga y la bolsa de la joven, de la que se regresa, y que al tomarla, ve al hombre avanzar saliendo de la roca, sosteniendo un hacha, y da al pánico para salirse corriendo, a pesar de la risa y el "detente" descarado del armado, del que solo se acentuó la risotada, cuando el barbón le salió por donde corría y descendía, queriéndole a atrapar, que falló ligeramente, pero que por un tropiezo más, Steven azuzado cayó por la nieve, que sí no fuera por culpa de su carga, a punto estuviera de rodar por la pendiente y salvarse.

Hubiera sido lo más propicio, porque el salvaje, estaba que le encolerizaban los ojos, y que diciéndole insultos, le agarro de las ropas evitando que huyera, que forcejeando, lloroso y con miedo, veía como aquel monstruo le veía entre enojado, divertido y excitado, oliéndole el cuerpo y los rizos.

El otro hombre llegó riéndose y viendo la escena.

—Oh vaya, parece que encontraste un regalo —río y ayudo a someter al niño por los brazos, agarrando la daga que cayó a unos centímetros.

El otro estaba concentrado en el atormentado.

—Carajo chico, que cabello tienes, y que lindo eres. ¡¿Estás viéndolo amigo?! ¡Es más lindo que muchas mujeres que hemos conocido, ¿no crees?! —soltó en bufidos y trato de romperle la camisa en lo que sacaba saliva de su boca apestosa y lujuriosa—¡Hey! ¡Quédate quieto chico, quédate quieto, que te vamos a coger! ¿Oíste niña? ¡Te vamos a coger!

—¡¡¡NOOO POR FAVOR!!! —pataleó el pequeño rompiendo a llorar, moviéndose lo más que podía y entrambos rieron cruelmente en lo que aflojaban las cuerdas de sus pantalones, y llorando desesperado, gritaba —¡¡NOOO!! ¡NOO! ¡POR FAVOR, LAPIS! ¡AUXI...

Steven fue callado por el guante.

—¡¡CÁLLATE PUTA!! ¡Eres nuestra puta ahora! —gritó y alejó la mano para sacar una navaja y ponérsela en el cuello —¿Quieres que te raje, maldita?

—Hey, espera —sostuvo el otro salvaje —. Mencionó a alguien, ¿no escuchaste?

—Es un llorón, pedirá por su madre aunque esté más muerta que nada la puta... —dijo e intentando sacarle los pantalones a Steven, este mordió la mano de él, en pánico, y sintió el insulto, la navaja pasar por su piel, y de repente, una sacudida, un quejido silencioso del hombre, del que sacando y gorgoteando sangre, vio como en su centro empezó a mancharse y una punta afilada salía de su pecho —, ¿qué... mierda? —y se quitó de encima de Steven, y todos los de ahí confundidos, veían cómo el hombre tomaba la flecha que le había atravesado, y volteaba atrás pasmado, en lo que una segunda flecha le daba a su amigo, y una tercera, le perforaba el ojo izquierdo, y caía en la nieve, sin vida, sin poder reaccionar a la figura delgada que se acercaba.

Lapis camino de prisa por la pendiente pasándose el arco por la espalda, y fue sin pensárselo en nada con el pequeño Lord, que turbado, le veía sacando lagrimas, y que subiéndose el pantalón consternado, empezaba a berrear en cuanto ella se inclinó con él, le tomó de las manos y le preguntó si se encontraba bien, en lo que visiblemente preocupada y sentimental, le checaba si tenía heridas graves.

—Debiste de despertarme... —le ofuscó dejándose llevar por humedecer su pecho de llanto —. No deberíamos de sep-páranos...

Y conmovida, Lapis le abrazó con fuerza y le expresó:

—¡Nunca más te dejare!

Y una mirada cristalina se apropió de la agitada y anteriormente taciturna Lapis, que trató de atenderle en todo lo posible, y a veces, disculpándose con sinceridad.

No pudo responder o decir más en cuanto rompió en su llanto y la abrazó de forma arraigada e inesperada para ella, que correspondió escuchando sus lágrimas, y lo llevó procurando no alterarlo, llevando sus cosas, lejos de esos dos cuerpos inmundos, a darle su silencio primordialmente, en lo que acariciaba su cabeza, un poco conmocionada, que ni siquiera se preocupó por llevarse las flechas que dejó en los cuerpos.

En cuanto Steven logró calmarse medianamente, ya no quería soltarse de la castaña, la cuál no objetaba del acercamiento en lo absoluto, sino ya más tarde de que no quería comer cosa alguna en el día, muy debidamente sabido por nosotros, por aquel incidente que de pura suerte no pasó a mayores, del que solo el pequeño diera combate en su psique, que definitivamente empezó a hacerse más callado, mas, cooperativo en adelante.

—¿Quienes eran esos... ? —preguntó Steven.

Lapis dudo en contestarle, pero tras una insistencia, respondió:

—Salvajes —así como de verdad son los que vienen de las historias de los festines y salones, o como a ella antiguamente le reconocía —. Ellos deben de venir del gran bosque, cerca de donde nos encontramos... —se vieron a los ojos y él apartó la mirada. Ella alicaída, bajó la mirada y continuó —. La mayoría de los que están por esos rumbos, son desertores de sus tribus. Son violentos, pero no disciplinados...

—¿Tú eres de una tribu?

—No —respondió Lapis, y mirándose de nuevo, tomó unos segundos para seguir —. Yo crecí en un bosque alejado a los asentamientos, y no crecí con padre, y mi madre no duró mucho para decirme algo de ella, ya que era muy niña, pero ante todo sería Lazuli.

—Lo siento... —dijo Steven entristecido.

—¿Por qué lo sientes?

—Por tu perdida... —Steven apenó —. Oh... disculpa, tal vez, aún no sé nada...

—No es necesario que te disculpes. No tuviste la culpa de nada de eso.

Se miraron unos segundos, él dijo unas cosas, y luego empezaron a guardar todo.

Al cabo la caminata fue en parte más afable pese al comienzo serio. Los acercamientos aumentaron y las dudas empezaron a disiparse o la compañía se dio más segura.

Por la tarde al avanzar eficientemente, dieron por fin a lo último de su camino del desierto níveo, al dar a lo lejos con los arboles desperdigados. Steven se animó, y Lapis sonrió al verlo más en sí, saltando y dándole cuestionamientos del lugar y panorama.

Durmieron por otra de las fisuras del relieve rocoso, y acaso ya se veían mejor las cosas después de que se prendiera el fuego y empezaran a hablarse amenamente, aunque Lapis no entendiera mucho, y cenaran por su mano, ella asentía, respondía y aportaba, conociéndose por igual y confesando sus cosas y recuerdos, yéndose a dormir, ya más tranquilos, complacientes, acomodados y arrebujados.

Steven abrazándole, y ella encarnecida haciendo más fuerte el abrazo, y en presencia de sus aromas, Lapis con toda seguridad, detuvo la conversación de él poniéndole sus dedos en sus labios, y diciendo:

—Te necesito Steven...

Steven enrojeció, y ella le besó en los labios de sopetón, sin esperar nada un poco hosca, provocándole cierto pánico, al ser su primer beso, claro, trató de separarse no lográndolo siendo que ella no se le dejó tan fácil, que le tenía adherido por sus brazos y piernas.

—¡Lapis, espera! —exclamó Steven pudiéndose escapar del ósculo, unos centímetros, y ella entre decaída y profundamente hipnotizada por él, le decía: "¿qué pasa... ?", y él avergonzado, continuaba—. Es que... Y-Yo... no estoy... Yo no puedo... No hacer esto, po-porque sabes que estoy...

—Tú eres mío —le interrumpió Lapis recelosa —Tú puedes, porque eres mío y yo quiero que lo hagas...

Tuvieron contacto visual, y sus narices no se separaban más de dos centímetros

—¿Yo soy tuy...

—Tú ya deberías saber que eres mío. ¿No es más que obvio que eres mío? —renegó ruborizada.

Steven no respondió, solo se sonrojó más y se le cristalizaron las córneas, dio rienda suelta a ver aquel rostro fino que le miraba, y que pronto se le acercaba parando la trompa y apresándolo en sus brazos, buscando más afecto.

—¡Lapis! Yo no...

Y empezó a besarlo con fuerza, cerrando los párpados y dando a su ímpetu deseosa, en lo que el pequeño Lord tan rojo como un tomate, intentaba separarla, en lo que le revivía sus palabras y los acontecimientos, aún poniendo una leve resistencia.

—Lapis... Yo de verdad...

—¡Tú eres mío! —dijo y a besar esconder su cabeza en su hombro —¡Eres de mi propiedad. ¿No ves que yo te salve?! Tú eres mío.

Y volvió a besarlo, solo que esta vez más deliberadamente, en lo que le tocaba y alzaba sus ropas queriéndole desnudar. Y él, aunque nervioso y asustado, de repente le dejó, siendo que acaso todo ello era diferente, si lo pensaba y sí se dejaba entregar por esos besos, que recién reconocidos por ella, se afanaba más en sobrellevarse, de meter su lengua a su boca, y pasar tan inexpertamente por su cavidad angosta, desequilibrándolo y bullendo en timidez, que poco a poco, deja entregarse, fusionando sus sentires, sus cuerpos, sus almas, entregándose al final, sin oponer nada de la resistencia de orgullo, dando cuenta un papel del que caía en cuenta, dando a sus circunstancias. Aquel: "Tú eres mío", y esas veces, que pensándole bien, ella efectivamente le había salvado, dio con la acumulación de estímulos y pensamientos, que acaso él debía de entregarse de verdad a ella, y que acaso eso era todo ya lejos de ese castillo, de esa familia y ese ambiente mayestático que parece lejano, solo quedándose como un chico de ropajes de pieles, del que Lapis, esa mujer que decidió no matarle y protegerle (por lo tanto salvándolo), le consiguió, alimentándole y encaminándole con seguridad a otro lado del que nada conoce y nadie le conoce, a una casa, siendo por lo que parecía a su pensar, marido o mascota, y "¡No!", pensó Steven mientras los besos seguían, y Lapis le tocaba sus partes íntimas, y separándose de ella, enrojecido y extasiado, le decía:

—¡No! ¡Yo soy un Lord, y tú me has traído hasta aquí, y yo no...

Y volvió a besarle y sacarle la camisa, sin mucha dificultad debido a la superioridad de su fuerza, pasándole los labios por sus fauces, la mejilla, la oreja, por el cuello, el pecho y descubriendo su intimidad al ponerse arriba suyo, sin despegarse y decir en tranquilidad:

—Tú eres mío Steven...

Y el olor de Lapis le llegó, sintiendo su humedad por su ombligo, y su cuerpo grácil que se descubría en esa caverna para sus ojos, dando una escena que nunca olvidaría en la vida, junto a esos iris azules fulgurantes que le anonadaban.

Aquella noche siguiendo las naturales sensaciones corpóreas, darían inolvidables para los finales de los tiempos de estos dos personajes.

La noche tranquila y las estrellas brillantes, serían los únicos testigos, del inicio de la relación de esta pareja, en estos extremos, donde nadie sabe nada ellos, y nada saben de nadie ha excepción de solo ellos.


Un cap más de esto ;u;

Muchas gracias por comentar, sanslash332, la verdad igual me gusta esta historia, aunque pienso que es muy impopular u.u

Un saludo compañero uwu